Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta amado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amado. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de agosto de 2026

Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

 


Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

Ezequiel 12, 1-12; Salmo 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

¿Nos creemos merecedores de todo? Una mala actitud del corazón que nos va a marcar posturas, planteamientos, formas de relación que aunque en principio en medio de nuestra vanidad nos hace creernos que somos mejores y que con nuestra manera de ver la vida somos los más felices, al final terminaremos en la peor de las soledades y en un vacío interior difícil de llenar. No habremos saboreado lo que es el verdadero amor, porque solo nos hemos mirado a nosotros mismos; no hemos sabido tener la humildad de lo que es reconocer nuestra propia vida tan llena de errores y fracasos porque siempre nos hemos creído en un pedestal; nos hemos rodeado quizás de quienes nos adulan buscando nuestros favores pero que pronto nos abandonarán también porque no podrán soportarnos. Nos convertimos en perdonavidas pero que no sabemos lo que es el auténtico perdón ni seremos capaces de ser compasivos con los demás.

Son las actitudes arrogantes y llenas de soberbia que tenemos que aprender a desmontar de nuestra vida; es aprender a reconocer nuestros propios errores y tropiezos para comenzar a ser comprensivos con los demás; es un camino nuevo que tenemos que aprender a recorrer sintiendo que nos necesitamos los unos de los otros, porque es bueno que tengamos una mano en quien apoyarnos cuando tenemos que atravesar tantos baches que podemos encontrar en la vida; es un nuevo colirio que hemos de poner en nuestros ojos para tener una mejor mirada luminosa que nos haga ver los gestos de amor y comprensión que nos puedan ofrecer los demás.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión que nos puede parecer un tanto cruda porque nos hace reconocer algunas sombras que podemos tener en nuestra vida? Es lo que quiero leer hoy en el evangelio; ha partido el texto de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces ha de perdonar a su hermano si le ofende; le parece a Pedro ya un número excesivamente grande lo de siete veces, pero Jesús le replicará que no siete veces sino setenta veces siete. ¿Se ve Pedro sorprendido porque ya quería dárselas de generoso? ¿Se habría quizás Pedro comenzado a subirse también en un pedestal porque también se creía mejor y más generoso que los demás?

Es lo que a nosotros con tanta facilidad nos sucede. Vemos con mucha prontitud los fallos o los defectos de los demás y no somos capaces de vernos a nosotros mismos. Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro momento de no querer estar quitando la mota del ojo ajeno mientras llevamos una viga en el nuestro.

Pero es que además cuando pensamos en ese perdón generoso que hemos de dar a los demás y tanto nos cuesta tendríamos que reconocer los errores que hemos cometido reiteradamente en la vida y cuántas veces hemos sido perdonados. Nos hemos quizás acostumbrado, cuando llegamos a hacerlo, a pedir una disculpa sin sentirlo demasiado y ya damos por sentado que el otro nos va a disculpar, pero no hemos terminado de saborear lo que es sentirnos perdonados.

Es importante este aspecto que algunas veces se nos pasa desapercibido, comprender lo que es sentirse perdonado y saborearlo. No tiene el otro, por así decirlo, obligación de perdonarnos porque realmente hemos sido nosotros los que hemos hecho mal o hemos ofendido, sin embargo en el que me perdona aparece la generosidad del amor, en fin de cuentas, es un regalo lo que me está ofreciendo al perdonarme. Y los regalos se agradecen, los regalos se valoran, los regalos se tienen en cuenta. Es lo que he de sentir cuando me siento perdonado y entonces mi mirada hacia el otro será distinta, porque será agradecida; mi mirada hacia los demás comenzará también a ser distinta porque voy a ofrecer la misma comprensión que han tenido conmigo.

Es lo que no supo hacer aquel criado de la parábola que había sido perdonado generosamente por su señor y sin embargo no fue capaz de actuar de la misma manera con su compañero de servicio por la minucia que le debía en comparación con todo lo que le habían perdonado a él. Hermosa lección la que nos da Jesús con la parábola que nos propone que hemos de leer mirándonos a nosotros mismos con las arrogancias que tantas veces vamos por la vida donde nos creemos, como decíamos al principio, merecedores de todo. Tenemos que hacer un cambio muy profundo en nuestro corazón, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos. Y todo porque nos sentimos amados y porque nos aman nos regalan el perdón, nos regala Dios su perdón.


jueves, 12 de septiembre de 2024

La experiencia del perdón es una experiencia insuperable porque es una experiencia de amor sin lo cual nunca lo entenderíamos ni lo asumiríamos

 


La experiencia del perdón es una experiencia insuperable porque es una experiencia de amor sin lo cual nunca lo entenderíamos ni lo asumiríamos

1 Corintios 8, 1b-7. 11-13; Salmo 138; Lucas 6, 27-38

La experiencia del perdón es una experiencia insuperable porque es una experiencia de amor. Sin el amor no lo entenderíamos, porque aflorarían otras tensiones y pasiones que nos obnubilarían de tal manera que no lo llegaríamos a entender ni poder vivir.

Claro que cuando comenzamos hablando del perdón enseguida nos vienen a la mente experiencias dolorosas que hayamos tenido alguna vez en la vida y en lo primero que pensamos es el perdón que tendríamos que otorgar a los demás; y claro, eso se nos atraganta y no siempre es fácil de asumir, tenemos que reconocer.

Pero cuando ahora estamos hablando de perdón ¿por qué no empezamos por otro camino? ¿Por qué no pensamos en la experiencia que hayamos tenido nosotros de ser perdonados? Porque todos alguna vez en la vida hemos necesitado de ser perdonados, porque sabemos que cometemos errores, hacemos algo que puede molestar o dañar a los demás, podemos ofender aunque tengamos las mejores intenciones del mundo en lo que hacemos. 

Alguna vez nos hemos visto apesadumbrados por algo que hemos hecho, y casi nos sentimos incapaces de acercarnos a aquel a quien hemos molestado con algo; y quizás cuando por fin nos hemos acercado nos encontramos que aquella persona llena de generosidad nos dice que todo eso para ella está cancelado, en una palabra que nos ha perdonado y quizás sin exigirnos nada. ¿Cómo nos hemos sentido? Seguro que habremos sentido una liberación interior difícil de explicar.

En mi reflexión he querido ir dando estos pasos, pero creo que el paso primero que hemos de dar es en nuestra relación con Dios; y experimentar en nosotros todo lo que es el amor de Dios que se derrama en nuestra vida y que también se hace perdón para nosotros. Nos sentimos amados, y porque nos sentimos amados sabemos que somos perdonados, y somos perdonados con la generosidad del  amor de Dios que siempre va a superar la mejor generosidad que nosotros podamos ofrecer.

Es desde esa experiencia de la que tenemos que partir y obrar en consecuencia. Si Dios así me ama y me perdona, ¿Quién soy yo para negar ese amor y ese perdón a quien me haya ofendido? ¿No es precisamente el mandamiento del amor lo que se nos ha puesto como distintivo a los que seguimos a Jesús, a los que nos llamamos cristianos? Y nos dice que nos amemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. ¿Y si nos amamos no queremos que sean también buenos con nosotros, que sean misericordiosos con nosotros? De la misma manera tenemos que ser misericordiosos con los demás. Es que estamos entrando en la dinámica del amor. Y ese perdonar, porque también nosotros nos sentimos perdonados, como decíamos, es una experiencia insuperable, es una experiencia de amor.

Hoy nos habla Jesús del amor a los enemigos, del amor también a los que no nos aman, porque nuestro amor tiene que ser siempre generoso y universal. ¿En que nos vamos a distinguir si somos seguidores de Jesús? ¿En hacer lo que hace todo el mundo? Como nos dice Jesús saludar a los que nos saludan eso lo hacen también los que no creen en Jesús, como ayudar solo a los que los ayudan. Entonces no habría nada diferente en nuestra vida desde esa fe que tenemos en Jesús y desde esa experiencia del amor de Dios que experimentamos en nuestra vida.

Es el camino que nos distingue a los seguidores de Jesús.

jueves, 11 de mayo de 2023

Vayamos siempre por la vida con el corazón cantando de alegría y contagiaremos al mundo de nuestro amor para disipar las sombras que podrían llenarlo de oscuridad

 


Vayamos siempre por la vida con el corazón cantando de alegría y contagiaremos al mundo de nuestro amor para disipar las sombras que podrían llenarlo de oscuridad

Hechos 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11

Por favor, cambia esa cara, pon cara de alegría, nos habrá dicho alguien en alguna ocasión que íbamos por la calle con cara adusta, de seriedad, y dando incluso la expresión de amargura. Demasiadas caras tensas nos encontramos en nuestro caminar por la vida, aunque alguno quizás nos puede decir que sin con los tiempos que corren podemos poner de verdad cara de alegría. Y pensamos lo más pronto y lo más fácil en cómo sube la cesta de la compra, o escuchamos hablar de cambio climático que todo nos lo va cambiando y que a larga nos puede afectar en tantas cosas, y seguimos pensando en las guerras de las que todos los días nos dan noticias, y podemos seguir pensando en tantas y tantas según sea también la sensibilidad con que vivamos.

Pero nos pueden decir que no sabemos cómo están por dentro pasándolo mal, en tan diversas situaciones adversas con que podemos vernos afectados, desde problemas familiares, desde tensiones que podemos vivir con los que están cerca de nosotros, o en nuestro trabajo o en el circulo de amigos o vecinos, desde preocupaciones y sombras que todos llevamos dentro. ¿Podemos realmente poner cara de alegría? ¿O acaso solo ponemos cara por fuera mientras por dentro siguen las preocupaciones y las angustias?

Claro que queremos alegría y queremos ser felices. Todos lo deseamos y todos lo buscamos de alguna manera, aunque muchas veces pueda quedarse en una apariencia exterior. Suena la música y los cánticos muchas veces incluso de forma estridente y queremos dar apariencia de alegría y de felicidad. Vayamos por donde vayamos queremos llevar la música metida en nuestros oídos que hoy con los medios técnicos de que disponemos pudiera ser muy fácil hacerlo. Pero, ¿llevaremos esa alegría en el corazón? ¿Podremos encontrarla?

Tenemos que buscar lo que nos llene de verdadera alegría el corazón para que no se quede ni en ruidos ni en apariencias. ¿Será una tarea fácil? Hoy nos está hablando Jesús de encontrar esa alegría, de llenarnos de esa alegría. Y de alguna manera nos está diciendo que para eso El está con nosotros y que en El podremos encontrar los motivos más profundos para encontrar y para vivir esa alegría. Es un fruto de su Espíritu y es una característica fundamental del Reino de Dios que Jesús quiere para nosotros.

Vayamos simplemente a algo muy humano que fundamente y crea nuestras relaciones. Todos ansiamos sentirnos queridos. Son muchas las soledades que quiebran la paz de nuestros espíritus y nos hacen sentirnos como sin rumbo sin sentido en la vida. Y es importante el sentirse amados, empezando por los que tenemos más cerca. Qué clima más bonito se crea en una familia donde todos desde el más pequeño al mayor en todo momento se sienten amados por esos seres que tienen junto a sí.

Fijémonos en el rostro de un niño que se siente amado por sus padres y en ese caldo de cultivo va creciendo y va modelando su personalidad; lo veremos siempre con una sonrisa en su semblante, lo veremos con una mirada luminosa y limpia porque ha aprendido que desde ese amor que recibe está hecho para amar. Ahí sonará fuerte la risa porque siempre está sonando la música del amor. Qué terrible sería el momento en que llegara a gritar ‘tú no me quieres’, porque grande y terrible sería la ruptura interior que se produjera en su vida.

Lo hemos puesto como ejemplo para considerar entonces lo que Jesús nos está ofreciendo hoy en el evangelio. Nos habla Jesús de permanecer en su amor, pero es que antes nos ha hablado del amor del Padre y de su propio amor. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Y nos sigue diciendo cómo vamos a permanecer en su amor si guardamos los mandamientos.

Es el camino. Y empezamos por disfrutar del amor que Dios nos tiene que se nos manifiesta en Jesús, en su entrega por nosotros, porque nadie ha amado tanto como aquel que dio su vida por aquellos a los que amaba. Y esto no es cosa solo de saberlo sino de disfrutarlo, gustarlo allá en lo más íntimo y profundo de nosotros. Si así supiéramos disfrutarlo qué distinta sería nuestra vida. ¿Recordáis lo que hace un momento decíamos del niño que se siente amado y se siente feliz? No nos faltará alegría en el corazón.

Por eso termina diciéndonos que nos ha  hablado de esto para que su alegría esté en nosotros, y nuestra alegría llegue a plenitud. Cuando lleguemos a vivir una cosa así todo va a cambiar en nuestra vida, afrontaremos la vida, los problemas, las preocupaciones de una forma distinta; no nos faltará la esperanza, no perderemos la fuerza y la ilusión por hacer nuestro mundo mejor contagiando esa alegría, contagiando ese amor. Los problemas seguirán estando presentes, pero nuestra forma de afrontarlos será distinta; no perderemos la paz, iremos siempre con el corazón cantando de alegría y contagiaremos al mundo de nuestro amor. No solo vamos a poner cara de alegría sino que inundaremos nuestro mundo de felicidad.

 

sábado, 14 de mayo de 2022

Cuando nos encontramos con quien disfruta sintiéndose amado tendrá un brillo distinto en sus ojos, es lo que los cristianos tenemos que reflejar, Jesús nos llama amigos

 


Cuando nos encontramos con quien disfruta sintiéndose amado tendrá un brillo distinto en sus ojos, es lo que los cristianos tenemos que reflejar, Jesús nos llama amigos

Hechos de los apóstoles 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17

Queremos ser felices. ¿Quién me dice lo contrario? Claro, que queremos ser felices. Pero, ¿seremos felices de verdad? Ya sé, lo intentamos, lo buscamos, queremos manifestarnos con rostro de felicidad, pero ¿seremos capaces de darnos cuenta de que muchas veces, incluso en esas personas que se dicen felices, no tienen verdadera alegría? Todos cantamos, nos reímos, gritamos, queremos dar muchas señales de felicidad, pero muchas veces nos puede faltar la alegría. Y la alegría no es una cosa que pueda ser impuesta, tiene que nacer de algo hondo que llevemos dentro; no la podemos cubrir con sustitutivos. Aunque muchos sustitutivos nos vamos inventando para ello.

No quiero pecar de pesimista ni tengo que contagiar con mis preocupaciones o quizás también la falta de alegría que pudiera estar padeciendo. Tenemos que buscar remedio para que nuestras risas nazcan de lo más hondo; para que esos gritos de alegría que damos en muchas ocasiones cuando nos llenamos de euforia por alguna cosa nazcan de una alegría verdadera.

No sé, pero me atrevo a decir que esto de la alegría de lo que estoy queriendo hablar es algo que está muy al lado de lo de sentirse amado y lo de ofrecer un amor muy generoso y altruista. Sí, el amor nos hará desprendernos de nuestras tristezas, el amor nos ayudará a encontrar motivos de verdadera alegría. Cuando nos encontramos con alguien que disfruta sintiéndose amado vamos a verle un brillo distinto en sus ojos, vamos a encontrar una serenidad nueva y distinta en su vida, vamos a descubrir una fortaleza interior que le hace afrontar de una forma distinta aquellas cosas con las que vamos tropezando en la vida y podrían llenarnos de preocupaciones o mermar nuestra alegría.

Quien se siente amado se siente seguro, desaparecen sus miedos y temores, se le acaban las timideces y falsas humildades. Quien se siente amado de verdad se sentirá con una libertad interior en la que no habrá nada que le ate ante lo bueno que quiere trasmitir a los demás. Quien se siente amado se sentirá fuertemente impulsado para ir al encuentro de los demás derramando optimismo, llevando una visión de luz en sus ojos, creyendo en los demás y haciendo que los que se contagian de su alegría comiencen también a creer en si mismos.

Hoy nos viene a recordar Jesús que somos amados y que tenemos todos los motivos para vivir la alegría más honda. Es su revelación. Es su Buena Noticia. Es su Evangelio. Dios nos ama. Y porque nos ama nos ha enviado a Jesús. Es la prueba y la señal del amor que Dios nos tiene. ‘Tanto amó Dios al mundo, que nos envió a su Hijo único’, que hemos recordado tantas veces. Y en Jesús contemplamos todo ese amor que Dios nos tiene.


Y como nos dice hoy nos ha revelado todo esto para que nuestra alegría sea completa; para que no nos falten motivos de alegría. A pesar de las sombras que podamos encontrar en la vida y en el mundo; nos sentimos impulsados por ese fuego de amor divino. Y nos dice aún algo más que tiene que motivar mucho más nuestra alegría. ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’. Somos sus amigos, somos sus amados, El nos lo ha revelado todo.

Pero ahora viene una pregunta interesante que nos tendríamos que hacer aquellos que tenemos todas las razones para vivir alegres. ¿En verdad los cristianos damos señales de esa alegría? Es serio que nos lo preguntemos. Es serio que nos lo planteemos. Porque no es esa muchas veces la imagen que damos.

Quien cree en la Palabra de Jesús no puede ir de amargado por la vida. Y algunas veces por las expresiones de nuestros rostros ésa es la imagen que damos; y seguimos con nuestros miedos y cobardías, y seguimos con nuestras dudas, y seguimos pensando en nosotros mismos y no terminamos de darnos, no terminamos nosotros de amar de verdad. Y nos queda un pozo de tristeza en el alma. Esos pozos negros tenemos que desterrarlos de una vez para siempre de nuestra vida de cristianos.

viernes, 4 de junio de 2021

Nos detenemos en las páginas del evangelio para contemplar y sentir como se desparrama toda la humanidad de Jesús en su ternura y cercanía

 


Nos detenemos en las páginas del evangelio para contemplar y sentir como se desparrama toda la humanidad de Jesús en su ternura y cercanía

Tobías 11, 5-18; Sal 145; Marcos 12, 35-37

‘Una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto’, termina diciendo hoy el evangelio.

Escuchar a gusto.  Sentirse a gusto. ¿Con quien nos sentimos a gusto en la vida? Son variadas las experiencias que podamos tener en este sentido. Como solemos decir todo el mundo no nos cae bien, con todo el mundo no nos sentimos a gusto de la misma manera. Tiene que haber algo que nos haga sintonizar con la otra persona. Claro que comenzamos por los lazos familiares, los lazos de la sangre, en nuestro hogar, con nuestros padres, con nuestros hermanos, con los familiares más cercanos. Nos sentimos acogidos y amados y de la misma manera mostramos nuestra ternura hacia aquellos seres que nos quieren y a quienes queremos.

Pero nuestra sintonía es más amplia, y ahí están los amigos, aquellos con los que de alguna manera quizás hemos convivido desde nuestros juegos de niños o aquellos que han ido apareciendo en el camino de la vida y con los que pronto entramos en sintonía por diversos motivos o razones. Algo que nos une, que nos hace entrar en comunión, algo que haya ido creando esa cercanía y esa amistad, que crea lazos de ternura en el corazón; compartimos ilusiones y sueños, sabemos caminar juntos respetándonos nuestras personales posiciones pero sintiendo que ahí podemos encontrar siempre un punto de apoyo en nuestra vida que no nos va a fallar.

Y así ampliamos nuestro círculo en el ámbito de la comunidad humana en la que vivimos porque nos sentimos respetados y valorados pero también porque sabemos descubrir cosas hermosas en el camino de los demás que nos enriquecen humanamente y nos hacen crecer como personas. Muchas consideraciones podríamos hacernos siguiendo este camino, que nos hace sentirnos a gusto en la vida, que nos llena de ilusión, que despierta esperanzas y lo mejor que llevamos dentro de nosotros mismos.

Pero volvemos al punto de arranque de estas consideraciones que nos hemos venido haciendo cuando escuchábamos que la gente se reunía en torno a Jesús y le escuchaban con gusto. Allí estaba derramándose con profusión toda la humanidad de Jesús en esa cercanía con que se manifestaba hacia todos, esa acogida y esa escucha, pero también esa palabra sabia que encendía corazones, que despertaba ilusiones y esperanzas, que les hacía soñar como algo ya cercano en ese mundo nuevo que todos ansiaban. Podríamos detenernos a contemplar esos gestos de Jesús y su mirada.

Es lo que vemos en Jesús cercano a los pequeños, a los pobres y a los humildes; ahí vemos a Jesús con un corazón abierto a todos y que a todos valoraba, fueran hombres o fueran mujeres, fueran pequeños o fueran ancianos, fueran jóvenes con los ojos brillantes de ilusión o fueran los que eran despreciados y discriminados por los que se querían sentir grandes y poderosos. Cuántos moldes se rompían, cuántas barreras se caían, cuántas costumbres convertidas en leyes de rutina se cambiaban.

Esa ternura del corazón de Cristo hacía que todos se acercaran a Jesús porque querían escucharle, porque querían sentirle a su lado, porque ansiaban aunque solo fuera tocar la orilla de su manto. Nadie se sentía lejano de Jesús y los que eran considerados como pecadores sabían que en Jesús iban a encontrar aquel gesto lleno de compasión y misericordia que les hacía levantarse de la miseria de sus pecados.

Venían de todas partes para escuchar a Jesús, para sentir que con su presencia sus corazones se enardecían y se llenaban de un calor nuevo porque comenzaban a comprender bien lo que era el amor cuando así se sentían amados de Jesús, que a nadie rechazaba y que a todos acogía. Se sentían a gusto con Jesús. En El encontraban siempre la misericordia y la paz. Mucho tendríamos que detenernos en las páginas del evangelio.

¿Será así como nosotros nos sentimos en su presencia? ¿Será ese el ardor de nuestro corazón cuando estamos en oración? ¿Con esa ansia y ese deseo queremos escuchar su Palabra y leemos la Biblia?

jueves, 18 de junio de 2020

Como hijos llenos de amor nos acercamos con la confianza del amor a quien sabemos que nos ama porque es nuestro Padre


Como hijos llenos de amor nos acercamos con la confianza del amor a quien sabemos que nos ama porque es nuestro Padre

Eclesiástico 48, 1-15; Sal 96; Mateo 6, 7-15
No con la misma actitud nos acercamos nosotros a las personas; depende de la percepción que tengamos de esa persona para acercarnos con naturalidad, con confianza o quizá con cierto temor. Si pensamos en una persona a la que llamamos justiciera y dura en sus sentimientos no nos acercaremos con la misma confianza que con aquella que vemos cercana, comprensiva y capaz de escucharnos. No es lo mismo una persona que no conocemos y que no sabemos cómo va a reaccionar o alguien que llega a nosotros con la buena fama de su comprensión y la buena sintonía para expresarnos con confianza.
Una persona que se nos presenta llena de autoridad – en cierto modo autoritarismo – nos da la posibilidad de acercarnos para hacerle nuestras peticiones aunque no sabemos bien como puede reaccionar. Y así podríamos pensar en muchísimas circunstancias, porque las personas realmente somos muy distintas unas de otras y eso va a condicionar nuestra forma de acercarnos a esa persona por muy clara que tengamos nuestra personalidad y nuestra voluntad de entrar en relacion con el otro.
Puede parecernos una introducción un tanto prolífica para nuestra reflexión en torno al evangelio pero es lo que me da que pensar la forma como Jesús nos enseña a relacionarnos con Dios. Para hablarnos de la oración de entrada nos dice que no son necesarias muchas palabras pues Dios nos conoce y sabe bien lo que necesitamos y nos da un modelo de oración. Como siempre decimos no es una oración solamente para aprendernos como un formulario que tengamos que repetir sino un sentido de relación con Dios. Y es que el modo que Jesús nos enseña a relacionarnos con Dios es el de los hijos.
No es lo mismo acercarnos a Dios para nuestra oración sintiendo y gozándonos en que es nuestro Padre, que acercarnos a un Ser que por su grandeza podemos sentir en la distancia y al que vemos como un Dios justiciero al que hemos de temer porque está con la vara de medir en su mano para ver en que hemos faltado o en que nos hemos sobrepasado. Y pensemos si acaso muchas veces no nos acercamos a Dios llenos de temores porque más pronto estamos pensando en el castigo que en la misericordia.
Fijémonos que ese modelo de oración que Jesús nos propone no es otra cosa que un regocijarnos en el amor de Dios que es nuestro Padre. Para empezar comenzamos llamándolo Padre – ese Abba hebreo o arameo que es mucho más tierno incluso que un papaíto que nosotros podamos decir en nuestro idioma – y porque le llamamos Padre nos gozamos en su presencia, queremos disfrutar de su presencia, queremos responderle con nuestro amor al amor que El nos tiene.
¿No es quererle decir como piropos de amor ese deseo de santificar el nombre de Dios? ¿No es una expresión de nuestro cariño el decirle que siempre queremos estar con El porque le amamos y que en todo queremos agradarle porque queremos siempre hacer su voluntad? ¿No es con la confianza de los hijos con la que nos presentamos pobres ante El porque sabemos que nos protege siempre siendo para nosotros un padre providente que así como cuida los pájaros del cielo o las flores de los campos así se llena de ternura con nosotros que somos sus hijos queriéndonos dar siempre lo mejor? Y así podríamos seguir comentando toda esa maravilla de expresión de amor que es la oración que Jesús nos enseñó. Nos sentimos confiados porque sabemos de su misericordia, nos sentimos confiados porque contamos con la fuerza de su Espíritu que nos aleja del mal.
No puede ser otra cosa que la oración de los hijos. Como hijos llenos de amor nos acercamos con la confianza del amor a quien sabemos que nos ama porque es nuestro Padre.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Porque nos sentimos amados de Dios, a El permanecemos unidos para siendo en verdad así discípulos de Jesús para dar en abundancia los frutos del amor



Porque nos sentimos amados de Dios, a El permanecemos unidos para siendo en verdad así discípulos de Jesús para dar en abundancia los frutos del amor

Hechos 15, 1-6; Sal 121;  Juan 15, 1-8
Unidos venceremos, es una expresión que como un slogan quizás habremos escuchado más de una vez en distintas manifestaciones de la vida social queriendo expresar como entendemos bien en la frase que la unión hace la fuerza en otra expresión presentada como un principio y un valor para la vida de la sociedad. No pretendo hacerme portavoz de ningún tipo de reivindicación social pero con toda libertad creo que podemos usar esta expresión que nos viene a resumir lo que Jesús hoy nos quiere presentar en el evangelio.
Y no se trata ya de la unión entre unos y otros donde sintamos el apoyo de los otros en nuestras luchas o en nuestro camino de superación, sino que Jesús quiere hablarnos de otra muy necesaria unión para poder realizar el camino de la vida cristiana. Un camino como llevamos bien experimentado en la vida que no siempre es fácil, un camino con obstáculos y tropiezos, un camino en cuyo entorno nos pueden aparecer en muchas ocasiones tantas cosas que nos atraen y nos distraen de esa meta a la que queremos llegar; un camino de exigencias dentro de nosotros mismos en ese crecimiento humano y personal, pero en ese camino de crecimiento espiritual que tenemos que realizar; un camino en el que sentimos la tentación, porque el enemigo como león rugiente anda a nuestro acecho, como nos dirá la carta del apóstol san Pedro.
Otra dificultad que podemos encontrar en el camino y que está en nosotros mismos es la autosuficiencia. Nos creemos capaces de hacer el camino por nosotros mismos, sin darnos cuenta de que no es solo la voluntad o la decisión que tomemos por nosotros mismos, sino que también es puro asunto de gracia. No se trata de vivir nuestra vida; no se trata de hacer nuestros esfuerzos personales porque queremos cultivar esta virtud o aquella otra; no se trata de ese deseo de superación por nuestra parte en que queremos ir haciendo una ascesis como si solo se tratara de un programa que nos trazamos y que nos proponemos cumplir.
Y es que todo parte del regalo del amor de Dios; nos sentimos amados por Dios, nos sentimos inundados y nuestra vida se transforma como hemos dicho en más de una ocasión recientemente. No es que nosotros hayamos amado a Dios y por eso tratamos de hacer méritos cumpliendo con esto o con aquello, sino que el amor consiste en que Dios nos amó primero, como nos enseña san Juan en sus cartas. Esa es la grandeza y la maravilla de nuestra vida cristiana.
Y aquí viene lo que nos dice Jesús hoy. Tenemos que estar unidos a El como el sarmiento a la vid, porque el sarmiento que se desgaja no dará fruto, se secará y poco más servirá que para el fuego. Esa es la unión que nos hace fuertes, nuestra unión con El, porque sin El nada podemos hacer, como nos dice hoy. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.
Podrán venirnos tormentas, momentos oscuros y de tensión, tentaciones y cosas que nos pueda distraer, pero nada podrá apartarnos del amor de Cristo, como nos dice san Pablo. Y es ese amor, y esa unión la que tenemos que mantener; unidos, pero no es una unión cualquiera, es nuestra unión con el Señor, venceremos. No nos faltará su gracia, como la savia que corre por los sarmientos que están unidos a la vid.
Claro que nuestra unión con el Señor nos hace mantenernos unidos también con los demás hermanos, porque formamos como un gran racimo, como una piña, porque somos una familia, porque vivimos la comunión del amor que parte y arranca del amor que el Señor nos tiene. Y con ese amor amaremos a los demás, cumpliremos el mandamiento del Señor, el mandamiento del amor. Unidos venceremos, como decíamos al principio que es mucho más que un slogan para nuestras relaciones o reivindicaciones sociales, porque la unión importante es la que mantenemos con el Señor.
Como termina diciéndonos Jesús hoy, ‘con esto recibe gloria mi Padre, daréis fruto abundante y seréis discípulos míos’.

lunes, 20 de mayo de 2019

Somos amados de Dios que se nos revela y quiere habitar en nosotros si le escuchamos y cumplimos los mandamientos


Somos amados de Dios que se nos revela y quiere habitar en nosotros si le escuchamos y cumplimos los mandamientos

Hechos 14,5-18: Sal 113B; Juan 14, 21-26
No sé para que te explico yo todo esto si no me vas a hacer caso; te lo digo y te lo explico una y otra vez con toda claridad pero no hay manera que hagas lo que te digo, sabiendo además que lo que te estoy diciendo es por tu bien… Así reacciona a veces un padre ante el hijo que no hace caso y sigue por sus malos caminos; así reaccionamos nosotros y hasta perdemos las ganas de querer ayudar a alguien cuando una y otra vez le decimos las cosas, pero  no hay manera de que nos atienda a lo que le decimos e intente seriamente seguir los cosas, los consejos que le demás para su bien.
¿No será así, de alguna manera, cómo actuamos ante la Palabra del Señor? Continuamente escuchamos el evangelio, escuchamos a aquellos que tratan de comunicarnos la Palabra de Señor, pero no hay manera que cambiemos actitudes, posturas, el actuar de nuestra vida sino que queremos seguir por nuestros propios caminos haciéndonos oídos sordos a lo que el Señor nos dice.
¿Qué nos pide el Señor? Que cumplamos sus mandamientos, lo que es la voluntad del Señor que siempre nos llevará por caminos de felicidad, nos llevará por caminos que nos conducen a la vida eterna. Son los caminos de la bondad y de la rectitud, los caminos de la solidaridad y de la generosidad, caminos de sinceridad, de autenticidad, de verdad, caminos que nos llevarían a ser más hermanos los unos con los otros y a llenar de misericordia nuestro corazón, a mirar con una mirada nueva a los que caminan a nuestro lado, a ser capaces de aceptar a todo persona que llega junto a nosotros alejando todo tipo de discriminación; son caminos que nos llenan de vida.
Pero fijémonos en lo que nos dice hoy Jesús. Con cosas verdaderamente sublimes. Aceptar lo que la voluntad de Dios en nuestra vida nos lleva a la sublimidad de llenarnos de Dios. ¿No preguntaba aquel joven qué tenía que hacer para heredar la vida eterna? Y recordamos que Jesús le decía que cumplir los mandamientos. Hoy nos lo dice con otras palabras pero que es lo mismo.
Primero nos dice: ‘El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él’. Qué hermoso, nos vamos a sentir amados de una manera especial por Dios y tanto es su amor que nos manifestará toda la intimidad de su ser. ‘Lo amaré y me revelaré a El’. Por eso dirá a los discípulos que los llama amigos, amados de Dios, y que los llama amigos porque a ellos les ha revelado todo lo que ha recibido de su Padre.
Pero luego abunda más en este concepto. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Como decíamos antes llenarnos de la vida eterna, llenarnos de Dios. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’. Dios que viene a habitar en nosotros. ¿Qué otra cosa es la vida eterna de la que nos habla y que nos promete?
Por eso decía que es sublime lo que Jesús nos revela, lo que Jesús nos ofrece. Pero tenemos que escucharle, tenemos que aceptar su Palabra, tenemos que cumplir su voluntad, los mandamientos. Porque quien no los cumple es que no ha puesto toda su ve en El. Algo maravilloso que nos ofrece Jesús y que nos dirá que nos enviará su Espíritu para que lleguemos a la plenitud de la verdad. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.
Finalmente pensemos que si ahora estamos reflexionando sobre todo esto, es una manifestación del Espíritu en nosotros. Dejémonos conducir por el Espíritu de Dios y nos llenaremos de la vida de Dios, El habitará en nosotros.


martes, 14 de mayo de 2019

Quitemos las colgaduras oscuras de tristeza porque tiene que resplandecer siempre la alegría de sentirnos amados para comenzar a amar nosotros también


Quitemos las colgaduras oscuras de tristeza porque tiene que resplandecer siempre la alegría de sentirnos amados para comenzar a amar nosotros también

Hechos 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17
Amor y amistad, elección y alegría, revelación de Dios y cumplimiento de los mandamientos son ideas, pensamientos que se entremezclan en el texto del evangelio que acabamos de escuchar. Forma parte de aquel diálogo intenso de Jesús con sus discípulos en la despedida de la última cena. Como a borbotones van saliendo las cosas del corazón de Cristo y aunque parezca que se entremezclan las ideas y los pensamientos, es que Jesús va derramando cuanto desborda de su corazón lleno de amor por sus discípulos en aquellas horas en que era inminente la entrega para el comienzo de la pascua de Cristo.
Hay momento en la vida en los que llenos de emoción por los acontecimientos que vivimos y sobrepasados por la inmensidad de sentimientos que brotan de nuestro corazón parece que balbucimos las cosas pero es que estamos dejando que broten de nosotros como un torrente toda aquello que en nuestro amor queremos expresar. Nos puede surgir a nosotros ante la emoción de lo inesperado o también ante el nerviosismo de lo que se nos viene encima que sabemos que es grande y que nos embarca en acontecimientos o aventuras que sabemos que van a tener especial trascendencia para nosotros o para aquellos a los que amamos.
Insiste Jesús una y otra vez en que tenemos que amarnos y  nos manifiesta como el gran motivo el amor que nos tiene el Padre. Es que hay como una cadena de amor que no podemos, no debemos romper. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Y nos lo dice una y otra vez, nos lo repite. Y quiere que vivamos en alegría, una alegría que no puede faltar en nuestra vida desde que sabemos que somos amados de Dios. Qué gozo el sentirse amado.
Que expresión nueva y bonita vamos a encontrar en aquel que sintiéndose quizá poca cosa en la vida y que piensa que nadie le tiene en cuenta, un día descubre o alguien le ayuda a que pueda descubrirlo que él es amado, que hay alguien importante que quiere contar con El, que le ama y que de alguna manera le elige para que emprenda una inmensa tarea. La alegría llenará su corazón y desbordará en mil señales que le hacen como sentirse un hombre nuevo.
Pues a nosotros nos dice que somos sus amigos, primero porque ha sido El quien nos ha elegido en su amor y luego porque también nos revela los grandes misterios de Dios allá en lo más profundo de nuestro corazón. Y nos pide entonces que correspondamos a esa amistad que nos regala, y no lo podemos hacer sino haciendo lo que es la voluntad de Dios. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’, nos dice.
Y continúa diciéndonos: ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’. Y nos manifiesta cómo El nos ha elegido; y ser elegido es por así decirlo que El ha pensado en nosotros con su amor. No elegimos a quien no amamos, y amar es poner no solo en nuestro pensamiento sino en nuestro corazón a aquel a quien amamos. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’.
¿No tenemos motivos más que suficientes para vivir siempre con una alegría grande en nuestro corazón? Y la alegría no la podemos encerrar, la alegría se desborda, se trasmite, se contagia. ¡Qué triste cuando vemos cristianos que van por la vida siempre con el ceño fruncido! Quitemos de nuestros rostros esas señales de tristeza y amargura que parece que siempre fuéramos por la vida con dolor de estómago. Quitemos esas colgaduras oscuras de la tristeza porque siempre tendría que resplandecer la alegría de sentirnos amados de Dios. Y cuando así nos sentimos amados necesariamente tendremos que ponernos a amar con el mismo amor

martes, 20 de febrero de 2018

Hagamos silencio en el corazón y sintamos siempre la presencia de Dios que nos inunda de amor y así será hermosa nuestra oración

Hagamos silencio en el corazón y sintamos siempre la presencia de Dios que nos inunda de amor y así será hermosa nuestra oración

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15

Quienes se aman de verdad aunque en ocasiones su palabras se vuelven intensas de amor y romanticismo para expresar su amor, hay momentos sin embargo en que no se necesitan palabras sino solo la presencia, disfrutar de la presencia y con una mirada se dicen cosas que ninguna palabra por muy bella que sea será capaz de expresar. Sentir cerca de ti al amado es una experiencia que te llena del alma y casi  no necesitas nada más.
¿No tendría que ser así cuando nos sentimos en la presencia de Dios? No terminamos de aprender a disfrutar de su presencia; no terminamos de comprender toda la maravilla de su amor. Tenemos que aprender a sentir en silencio su presencia y así disfrutaremos más de su amor; un silencio en Dios que no es agobio sino que es paz, un silencio que nos envuelve pero no  nos anula sino que nos llena de plenitud, porque nos llena de Dios. Saborear en silencio el amor de Dios, sentirnos cogidos de su mano que nos hace llenarnos de seguridad frente a todos los peligros, dejar caer su mirada sobre nuestro corazón que nos impulsa más fuertemente al amor para ponernos en caminos de más amor.
Por eso Jesús nos dice que no necesitamos muchas palabras para hablar con Dios. La oración que nos enseña es concisa, breve, intensa; tenemos que aprender a saborearla. Pero las prisas con que tantas veces la repetimos hacen que no aprendamos a gustar de verdad todo lo que es el amor de Dios y el amor con que tenemos que corresponder y le hacemos perder sentido a la hermosa oración del padrenuestro que nos enseñó Jesús..
Quienes se aman, como decíamos antes, no necesitan muchas palabras, y así cuando están viviendo la intensidad de su amor el tiempo desaparece, las prisas son el peor enemigo. En nuestras prisas para rezar no terminamos de saborear la presencia de Dios. Por ahí tendríamos que comenzar siempre que vamos a la oración. No vamos a repetir unas palabras aprendidas de memoria, vamos a gozar de la presencia de Dios y a disfrutar de su amor.
Los discípulos contemplaban a Jesús en la oración y le piden que les enseñe a orar. No uséis muchas palabras, les dice Jesús. El amor de Dios sabe lo que necesitamos. Aprendamos a ponernos en su presencia, a hacer silencio en nuestro corazón para sentir el latido del amor de Dios. Dejemos que nuestro corazón se inunde de su amor y fluirán nuestras palabras, saldrán a flote los mejores sentimientos, querremos sentirnos para siempre unidos a su amor.
Nos sentiremos entonces fuertes, es la gracia del Señor; es su amor que nos da fuerza y nos hace invencibles en la tentación y en el peligro; nos sentiremos llamados a amar y amar siempre, amar a todos, desaparecen resentimientos, se resquebraja la insolidaridad o el orgullo, nos derretimos en ternura, nos sentiremos transformados por la misericordia y la compasión para así serlo siempre con los demás.
Hagamos silencio en el corazón y sintamos siempre la presencia de Dios que nos inunda de amor.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Tenemos que ponernos en camino porque es grande la tarea que tenemos que realizar con las obras de nuestro amor, nuestra presencia y cercanía a todos los que sufren


Tenemos que ponernos en camino porque es grande la tarea que tenemos que realizar con las obras de nuestro amor,  nuestra presencia y cercanía a todos los que sufren

Esdras 9, 5-9; Sal.: Tb. 13,2.3-4.6 Lucas 9,1-6
‘Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes’. Un día se habían sentido atraídos por la palabra y la persona de Jesús, le habían escuchado, les daba gusto estar con él, las esperanzas renacían en sus corazones, sentían que en verdad siguiendo a Jesús era posible un mundo nuevo y mejor.
Jesús les anunciaba el Reino de Dios y les iba dando las señales en que había de manifestarse ese Reinado de Dios, los hombres se amarían de verdad y se sentirían hermanos, el sufrimiento era mitigado con el amor de todos, el mal tendría que desaparecer de ese mundo si sus corazones eran transformados por el amor, algo nuevo tendría que comenzar a vivirse entre todos porque todos centraban sus vidas en Dios.
Eso habrían de comenzar a vivirlo ellos mismos, lo estaban intentando hacer cuando se sentían unidos en torno a Jesús, pero esa buena noticia había de llevarse a los demás, había de anunciarse a todos para que en todos renacieran las esperanzas y todos comenzaran a vivir en ese estilo y sentido nuevo. Ahora Jesús los envía. Han de anunciar el Reino, han de anunciar ese mundo nuevo, han de hacer posible que allí por donde estén se vaya realizando ese mundo nuevo, ese nuevo sentido de vivir.
El amor habría de comenzar a florecer de nuevo en medio de los hombres porque tendrían que hacer desaparecer todo mal, arrancar el odio y la malquerencia de los corazones, desterrar los orgullos y las envidias, que nunca mas apareciesen los brotes de cizaña de las discordias o de los egoísmos. Era lo que Jesús les mandaba realizar.
Las expresiones que emplea el evangelio son muy propias de algunos de los signos externos que habían de realizar pero eran muy significativas de lo que habían de ser las señales de ese reino nuevo que se habría de vivir. El anuncio no ha de ser solo de palabra sino con obras, y habla de curar enfermos y de expulsar demonios.
Curar enfermos no es solo levantarlos de la cama si en ella están postrados; la cercanía y la presencia nuestra junto a un enfermo ha de ser siempre una presencia de vida y de amor y quien se siente amado se está comenzando a llenar de vida, se está comenzando a sanar. Las cegueras de las que nos habla el evangelio, la invalidez de algunos miembros corporales, la sordera que nos impide comunicarnos o la lepra que aísla a los que la padecen son bien significativas de ese mal que hay dentro de nosotros tantas veces y del que tenemos que liberarnos, o del que tenemos que ayudar a liberarse a quienes lo padecen.
Por eso nuestra presencia tiene que ser signo de liberación porque aquel que sufre y al que nos acercamos se siente amado cuando nos interesamos por él. Y no hay mejor cosa que nos ayude a superarnos a nosotros mismos que el sentirnos valorados por alguien. Cuanto podemos hacer en este sentido, cuanto tenemos que hacer. A cuantos tenemos que ayudar a levantarse de su postración porque se sientan valorados y amados de verdad.
Qué hermosa tarea tenemos en nuestras manos, en nuestra presencia, en nuestra cercanía a los demás. Tenemos que ponernos en camino porque es grande la tarea que tenemos que realizar. Jesús a nosotros también nos envía con esa misión. Realizando esos gestos que quizá nos puedan parecer sencillos estamos anunciando el Reino, estamos proclamando la buena nueva de Jesús.


sábado, 7 de mayo de 2016

Nos sentimos envueltos en el amor y la ternura de Dios y así nosotros le amamos y queremos hacer siempre su voluntad

Nos sentimos envueltos en el amor y la ternura de Dios y así nosotros le amamos y queremos hacer siempre su voluntad

Hechos 18,23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Como madre quizá te habrás visto encantada cuando has apreciado que tu hijo tiene un amigo que lo quiere mucho y que está dispuesto a hacer por su amigo, por tu hijo, lo que sea para ayudarlo. Seguro que en tu corazón de madre has comenzado a querer al amigo de tu hijo y hasta hayas llegado a manifestarle cuanto te agrada ese amistad tan sincera y de alguna manera hasta has comenzado a quererlo, por el cariño que le tiene a tu hijo, como si fuera uno de los tuyos también. Y es que cuando vemos que quieren mucho a aquellos que nosotros amamos, comenzamos también a quererlos y ya los miramos como algo nuestro.
He pensado en esta experiencia humana que quizá hayamos vivido de alguna forma para entender bien lo que Jesús nos está diciendo del amor del Padre por nosotros. ‘El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. Amamos a Jesús porque en El hemos puesto toda nuestra confianza; queremos escucharle y queremos seguirle, a pesar incluso de nuestras debilidades. Así nos ama Dios. Pero fijémonos en esa ternura de Dios. ‘El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis…’ Es un gozo grande que hemos de sentir en nuestra alma porque nos sentimos amados de Dios.
Por eso hoy Jesús nos invita a que pidamos al Padre en el nombre de Jesús. Tenemos la certeza de que somos escuchados porque el Padre nos ama y cuanto pidamos en el nombre de Jesús El nos lo concederá. ‘Yo os aseguro, nos dice, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa’.
Podríamos recordar aquí todos aquellos momentos en que Jesús a lo largo del evangelio nos enseña a pedir a Dios con la confianza de un hijo que se acerca a su padre. Podríamos recordar aquel momento en que Pedro echa las redes en el nombre de Jesús. Podríamos recordar cómo Jesús nos enseña a orar y nos da como modelo de oración el Padrenuestro, que precisamente comienza con esas palabras de confianza y de amor llamando a Dios Padre.
Sintámonos siempre envueltos en el amor de Dios, por la ternura y la misericordia de Dios y con esa confianza del amor hagamos con sentido nuestra oración.

martes, 22 de julio de 2014

Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma…

Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma…

Cantar de los Cantares, 3, 1-4; Sal. 62; Jn. 20, 1-2.11-18
‘Mujer, ¿por qué lloras?’, le preguntan dos veces a María, la de Magdala, que estaba fuera, a la entrada del sepulcro, llorando. Primero fueron los ángeles que, vestidos de blanco, estaban sentados, uno a la cabecera y otro a los pies donde había estado el cuerpo de Jesús.
‘Al amanecer había ido María al sepulcro, cuando aun estaba oscuro, y vio la loza quitada del sepulcro’. Había corrido a decirlo a Simón Pedro y a Juan, y ahora allí estaba llorando a la entrada del sepulcro. ‘Se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto’.
Grande era el amor de María por Jesús, que la había liberado de siete demonios, como dice el evangelista Marcos. ¿Será la misma María que se había atrevido a entrar en casa de Simón el fariseo para perfumar los pies de Jesús y lavárselos con sus lágrimas? Da igual. Mucho amor había en su corazón, porque sus muchos pecados se le habían perdonado. Había llegado hasta el pie de la cruz de Jesús. Era una de los pocos que llegaron hasta el Calvario con Jesús. Luego había mirado bien donde lo habían puesto para venir a embalsamarlo debidamente. Ahora no estaba allí el cuerpo del Señor. ¿Se lo habían robado? ¿Lo habían llevado a otra parte?
Ella estaba dispuesta a cargar con él si le decían donde lo han puesto. Por segunda vez le han preguntado del por qué de sus lágrimas y además le habían preguntado también ‘¿a quién buscas?’ ¿A quien iba a buscar sino a quien era el amor de su vida? Se había sentido profundamente amada del Señor que le había perdonado sus muchos pecados, y ahora tenía que seguirle amando. Tenía que saber donde encontrarle.
Pero Jesús estaba allí. Era quien le había preguntado. Solamente llamarla por su nombre ‘¡María!’ había suficiente para que a través del velo de sus lágrimas pudiera reconocerle. ‘¡Rabboni! ¡Maestro!’ y se había postrado a los pies de Jesús una vez más.
Pero para ella había una misión. Como dice de ella la liturgia bizantina era ‘Apóstol de los Apóstoles’. Había de ir a anunciar a los demás que era verdad que Cristo había resucitado. Si antes había corrido por las calles de Jerusalén loca de dolor porque no había encontrado el cuerpo del Señor Jesús, ahora correría pero loca de alegría para hacer el gran anuncio de la resurrección, para llevar la alegría pascual al resto de los discípulos.
‘Lo busqué y no lo encontré; me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma… ¿viste al amor de mi alma? Apenas los pasé, encontré al amor de mi alma’. Así escuchábamos el texto del Cantar de los Cantares, que bien podemos aplicar a María Magdalena a quien hoy estamos celebrando, pero que tendría que ser el cántico que saliera de lo hondo de nuestro corazón en ese deseo de encontrar a Dios, de encontrarnos con el que es el amor verdadero, el amor de nuestra vida.
‘¿A quién buscas?’, le preguntan a María y sería la pregunta que nos hiciéramos a nosotros mismos. ¿A quién buscamos? Ese tendría que ser el deseo hondo de nuestra alma, buscar a Dios y encontrar a Dios, buscar el amor verdadero y encontrarnos con quien es el amor verdadero de nuestra vida. Que no haya tinieblas en nuestros ojos para que podamos ver a Dios; que no haya velos de tinieblas de pecado en nuestra alma para que podamos encontrarnos con Jesús y recibir de El la salvación.
Eso tendría que ser siempre nuestra oración; ese llenarnos de Dios, porque con El nos encontramos y nos llenamos de alegría tendría que ser siempre el sentido de nuestras celebraciones. Ese tiene que ser el ardor que sintamos en nuestro corazón, como aquellos discípulos de Emaús para correr a la Jerusalén de la vida para encontrarnos con los hombres de nuestro tiempo y proclamar con toda valentía nuestra fe en la resurrección del Señor y todo lo que es la esperanza de nuestra vida.

Que con la intercesión y el ejemplo de María Magdalena, como pedimos en la oración litúrgica de esta fiesta. Tengamos la fuerza del Espíritu en nosotros para anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el Reino de los Cielos