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viernes, 8 de mayo de 2026

No somos los siervos que simplemente tenemos que obedecer, somos los elegidos de Dios a quienes llama amigos, para permanecer en su amor y dar fruto

 


No somos los siervos que simplemente tenemos que obedecer, somos los elegidos de Dios a quienes llama amigos, para permanecer en su amor y dar fruto

Hechos 15, 22-31; Salmo 56;  Juan 15, 12-17

¿Desde cuándo somos amigos? ¿Cómo comenzó nuestra amistad? ¿Me buscaste de alguna manera interesándote por mí o yo me dejé encontrar? Preguntas así se hacen alguna vez los amigos cuando ya hay una amistad consolidada y llegan momentos quizás de mayores confidencias. ¿Por qué comenzamos a ser amigos? ¿Qué encontramos el uno en el otro que nos llamara la atención y provocara esa amistad? Pero creo que es importante también lo que ya antes mencionábamos de dejarnos encontrar; porque eso significa una apertura por nuestra parte pero también es la atención y la llegada del otro a nuestra vida.

¿Podremos o tenemos que hacernos preguntas así en torno a nuestra fe y a nuestro seguimiento de Jesús? Fácilmente podemos pensar que ha sido el resultado de una búsqueda por nuestra parte, con sus reflexiones y momentos de interiorización personal; es cierto que es necesario una maduración por nuestra parte en lo humano y luego también en el camino de nuestra fe, pero hay algo más misterioso y maravilloso al mismo tiempo de lo que hoy nos habla también el evangelio.

Podríamos hacer a lo largo de los cuatro evangelios un recorrido sobre las vocaciones de aquellos primeros discípulos; es cierto que Juan y Andrés se fueron tras Jesús tras lo que había señalado Juan Bautista e iban preguntando a Jesús donde vivía, como un deseo de conocerle. Pero veremos que hay una constante y son las llamadas de Jesús; se nos describen algunos momentos como la llamada de los pescadores a la orilla del lago o tras la pesca milagrosa, la vocación de Leví que estando tras el mostrador de los impuestos Jesús le llama y la invita a seguirle; es cierto también que muchos vienen hasta Jesús invitados por otros que ya siguen de cerca de Jesús, como sería Simón Pedro o Natanael, y podemos recordar el momento en que de entre todos ellos Jesús escoge a los doce a los que llamará Apóstoles y que van a estar de una manera muy cercana a Jesús.

Pero hoy Jesús nos está dando la clave cuando incluso nos deja como sentido fundamental de la vida del discípulo el amor. ‘Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado’, les dice pero nos señala también la medida de ese amor. ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. No es un amor cualquiera, porque es el amor que es capaz de dar la vida. Y Jesús nos llama amigos, esos por quienes ha dado su vida. Y nos revela algo importante. ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

No somos los siervos que simplemente tenemos que obedecer; Jesús nos ha revelado lo más hondo de sí mismo para que vivamos en comunión con Él; por eso nos llama amigos. Somos los amigos que Él ha elegido, nos ha llamado por nuestro nombre, sabe cómo somos y sabe también de nuestras debilidades, pero somos los amigos en quien Jesús confía. Pero ¿qué hemos de hacer? ¿Cómo hemos de responder? Quiere que demos frutos pero unos frutos que permanezcan. Por eso recordamos lo que ya nos había dicho, quiere que permanezcamos en su amor, porque permaneciendo en su amor es cómo podremos llegar a dar fruto.

Por eso el amor se convierte en una exigencia para nosotros; El nos dice que es su mandato que nos amemos los unos a los otros; es algo que con gusto hemos de hacer porque cuando nos sentimos así amados y elegidos del Señor, cuando nos dice que somos sus amigos, ¿qué otra cosa podemos hacer sino amar?


martes, 17 de junio de 2025

Ojalá llegue el día en que los latidos del amor marquen el ritmo de los latidos del corazón de todos para hacer esa nueva humanidad que es el Reino de Dios

 


Ojalá llegue el día en que los latidos del amor marquen el ritmo de los latidos del corazón de todos para hacer esa nueva humanidad que es el Reino de Dios

2Corintios 8,1-9; Salmo 145; Mateo 5,43-48

En fin, tras la lectura de este evangelio tenemos que decir que Jesús nos dice que no solo tenemos que amar a los que ya son amigos, sino que tenemos que sentir como amigos a todos. Entendemos que la palabra amigo significa algo así como amado, porque los amigos se quieren y lo manifiestan en muchos gestos y actitudes buenas que tenemos unos con otros, confianza, cercanía, acompañamiento, estar ahí para lo que nos necesiten, compartir que no son solo cosas sino algo más de nosotros mismos, pues nos contamos nuestras cosas, nuestros proyectos… claro que me vas a decir si ahora tengo que contarle las cosas a todo el mundo, es algo distinto, es algo más profundo pues es abrir las puertas del corazón a los demás.

Porque amar solo a los que nos aman como terminará diciéndonos Jesús lo hace cualquiera, pero es que nuestro amor cristiano, que es nuestro distintivo tiene que ser distinto. De ahí esa apertura de nuestro corazón. Por eso ha comenzado Jesús diciéndonos que tenemos que amar también a nuestros enemigos y rezar por ellos. Aquí corrige la ley antigua que habían interpretado hasta entonces demasiado a la letra y era algo que no podía entrar en los caminos del amor.

Pero Jesús es tajante. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen…’ y nos da una razón muy importante. Será así cómo vamos a manifestar que somos hijos de Dios; porque Dios ‘hace salir el sol sobre malos y buenos, y deja caer la lluvia sobre justos e injustos’. Y cuando Jesús nos pone como modelo de nuestro amor a Dios, ahora nosotros vamos a enmendarle la plana a Dios y le vamos a decir, ahí te equivocas, a los que son malos con nosotros no los vamos a amar. Por eso nos dice que incluso recemos por aquellos que nos han hecho mal, que nos han hecho daño. Cuando comienzas a rezar por alguien lo estás poniendo en tu corazón, y si pones a alguien en tu corazón pronto poco a poco comenzarás a amarle.

Nos habla Jesús de enemigos, pero es que quien ama no se puede considerar enemigo de nadie, ni a nadie puede considerar su enemigo. Claro, pero puede suceder que alguien si se considere enemigo nuestro, nos mire mal, nos desee mal, incluso trate de hacernos mal. Y es aquí donde tienen que aparecer las verdaderas y grandes motivaciones para el amor. Yo diría que claves o piezas importantes para el amor son la comprensión y la misericordia.

Me explico. ¿Por qué alguien se considera enemigo mío? ¿Se sentirá ofendido o molesto conmigo por algo? Tendríamos que analizarnos nosotros los primeros si habrá habido algo en nosotros, un gesto, una actitud en un momento determinado, por el que se sienta ofendido, y claro que tenemos que ser nosotros los que demos el primer paso; pero la comprensión tiene que ir más allá, no nos podemos contentar con decir qué culpa tengo yo de que él tenga un mal momento. Pues eso, todos tenemos malos momentos en la vida y tenemos que ser comprensivos en lo que pueda estar pasando la otra persona para actuar de una manera determinada; conociendo más hondamente seguramente comenzaremos nosotros también a ver las cosas de otra manera.

Y hablábamos también de la otra clave, la misericordia. Ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo. Y lo que decíamos antes de la oración lo podemos ver aquí también; misericordia es algo así como poner el corazón al lado de la miseria del otro; pongámonos en su lugar, o más aun, hagámosle lugar en nuestro corazón y cuando sintamos sus latidos al ritmo del nuestro, aunque algunas veces discorden, no vayan al mismo ritmo, hará que al final los latidos del amor pongan un ritmo nuevo no solo en nuestro corazón sino también en el corazón del otro.

Ojalá un día esos latidos del amor sean los latidos que marquen la vida de todos.

viernes, 23 de mayo de 2025

Somos los elegidos del Señor, somos aquellos a los que Jesús nos llama amigos, somos los que ahora siguiéndole llegaremos en vedad a dar frutos

 


Somos los elegidos del Señor, somos aquellos a los que Jesús nos llama amigos, somos los que ahora siguiéndole llegaremos en vedad a dar frutos

 Hechos 15, 22-31; Salmo 56; Juan 15, 12-17

Gracias por considerarme tu amigo, me decía hace días una persona con la que se había ido estableciendo una bonita relación, una buena comunicación aun en las distancias que muchas veces podamos tener en la vida - hoy tenemos de fácil la posibilidad de comunicación a través de las redes con personas que físicamente pueden estar lejos de nosotros – y a la que en un momento le había llamado amigo. Es bonito ese paso, desde una comunicación ocasional a algo más cercano que pueda convertirse en amistad. Que no es solo, repito, un conocimiento ocasional, sino que es una comunicación más hondo donde ya vamos trasmitiendo parte de nosotros mismos al tiempo que comienza esa nueva interrelación.

Es una palabra, amigo, que muchas veces utilizamos con demasiada ligereza; parece que a todo persona que por la razón que sea hayamos conocido e intercambiado algunas palabras, ya tenemos que llamarlo amigo. Y no podemos confundir la amistad con otro tipo de relaciones; todos nos llamamos amigos, pero no siempre tenemos bien claro quienes son nuestros amigos de verdad; de alguna manera es un proceso de la persona que lleva a una nueva y distinta comunión y cuando vivimos la belleza de una amistad verdadera nos sentimos más felices y realizados como personas, nos conocemos mejor a nosotros mismos como entrar en un conocimiento y comunicación con esas personas a las que consideramos amigos, nos sentimos impulsados a un desarrollo mejor de lo que somos y nos sentimos verdaderamente apoyados en los proyectos que tengamos en la vida.

¿Cómo se sentirían los apóstoles en aquella noche de confidencias en que se había convertido la cena pascual que estaban celebrando? Muchas son las cosas que se van como destilando del corazón de Cristo que les abren nuevas expectativas, al mismo tiempo que sentían como una preangustia porque les parecía que todo aquello lo podían perder, aunque aun no terminaran de comprender lo que se iría sucediendo en aquellos días. De alguna manera era para ellos momentos de crisis en la incertidumbre que llegaría como a explosionar con el prendimiento de Jesús en el Huerto y todo lo que a continuación sucedería.

Pero en medio de esas recomendaciones de Jesús, donde les está hablando del amor con que han de vivir, en un momento dado los llama amigos. ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’. Qué dulce tendría que haber sonado esa palabra en sus oídos, ‘a vosotros os llamo amigos’. A ellos se les había revelado, a ellos les había transmitido todo el misterio de Dios. Aunque ahora no terminaban de comprender como más tarde recordarían irían pasando por su mente todo aquello que había hecho y había dicho Jesús. Como El mismo les prometería ‘cuando venga el Espíritu de la Verdad es os lo recordará todo’. Será cuando terminen de comprender estas palabras de Jesús.

Y Jesús los puede llamar amigos porque todo ha sido algo que ha salido de su corazón, de su amor. Algunas veces nos queremos echar flores, queremos decir cuántas cosas nosotros hemos hecho, o como un día Pedro le recordaría a Jesús, es que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte. Pero no son méritos nuestros, aunque muy meritorio sea el haber llegado a ser capaces de despojarnos de cosas o de personas para seguir a Jesús, sino que todo parte de la elección de Dios. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

Somos los elegidos del Señor, somos aquellos a los que Jesús nos llama amigos, somos los que ahora siguiéndole llegaremos en verdad a dar frutos. ¿Es lo que estamos sintiendo?, ¿es lo que estamos haciendo?

sábado, 8 de febrero de 2025

Ojalá sepamos estar con Jesús, aprenderíamos de verdad a ver las cosas con los ojos de Jesús, aprenderíamos a hacer las cosas como nos enseña Jesús

 


Ojalá sepamos estar con Jesús, aprenderíamos de verdad a ver las cosas con los ojos de Jesús, aprenderíamos a hacer las cosas como nos enseña Jesús

 Hebreos 13,15-17.20-21; Salmo 22; Marcos 6,30-34

Nos gusta volver a encontrarnos con los amigos, con aquellas personas que nos aprecian y nos aman; es la alegría que sentimos cuando volvemos a encontrarnos con el amigo que hace tiempo no veíamos, es el bonito reencuentro de las familias que muchas veces a causa de trabajos y ocupaciones estamos lejos, pero deseamos volver a encontrarnos con ellos; y en nuestro reencuentro recordamos cosas y compartimos lo que ha sido nuestra vida en la ausencia, nos contamos lo que hacemos o lo que son nuestros proyectos, contamos cómo nos va y lo que quizás ansiábamos volver a encontrarnos. Aun cuando estemos cercanos y casi nos veamos todos los días siempre buscamos el momento para estar con el amigo, con la persona que apreciamos, siempre tenemos tiempo para ellos.

Hoy nos dice el evangelio que ‘los discípulos volvieron a encontrarse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado’. Recordamos que en la lectura del evangelio en días anteriores vimos cómo Jesús los había elegido y dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos los había enviado a hacer un anuncio del la Buena Nueva del Reino de Dios. Ahora es la vuelta, el reencuentro después de la tarea. Y Jesús busca la manera de querer llevarlos a un lugar apartado para estar a solas con ellos y que descansaran. ‘Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco… Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer’.

Estar a solas con Jesús. Tenemos que aprender a estar a solas con Jesús, simplemente para eso, para estar con El. Como dos amigos que se sientan juntos y quizás no necesitan decirse muchas cosas, sino simplemente estar con el amigo. Irá surgiendo la conversación de forma espontánea, habrá momentos de silencio en que solo con la mirada o con sentir la respiración del otro nos es suficiente.

Ya me diréis que eso lo hacemos en la oración, cuando vamos a rezar. Pero, con sinceridad preguntémonos, ¿sabemos estar en silencio con Jesús? Seguro que cuando vamos a rezar ya llevamos nuestras oraciones preparadas, seguro que ya llevamos una lista de cosas de las que queremos hablarle a Dios, o mejor, cosas que queremos pedir, y será por nosotros o será por nuestros seres queridos, o será por la situación que vemos en el mundo. Eso está bien, pero hagamos silencio, dejemos a un lado todas esas cosas por las que vamos a pedir y hagamos silencio para escuchar, para sentir su presencia, para disfrutar de estar con el Señor.

Seguro que nos sentiremos mejor, porque nos sentiremos más llenos de Dios. Con nuestros rezos muchas veces lo que queremos es que Dios haga las cosas como nosotros las vemos, pero tenemos que aprender a ver nosotros las cosas como las ve Dios.Y para eso necesitamos silencio, escuchar, estar. Y allí en nuestro corazón comenzaremos a sentir algo nuevo y distinto. Como decían los discípulos de Emaús que recordaban que cuando Jesús les hablaba comenzaron a sentir arder su corazón.

Fijémonos en un detalle más de lo que nos narra hoy el evangelio. Cuando llegaron al lugar, cuando estuvieron con Jesús comenzaron a ver algo distinto, porque se encontraron que allí había mucha gente con sus preocupaciones, con sus ansias de estar con Jesús también, con sus enfermedades y con las cosas que les atormentaba en el corazón. Y nos dice el evangelio que Jesús se puso a escucharles y a hablarles, porque estaban como ovejas sin pastor.

Muchas veces interpretamos que lo que Jesús había planeado con los discípulos se había venido abajo y no pudieron tener ese descanso programado. Creo que aquel estar con Jesús les hizo ver las cosas de manera distinta; en la continuación del evangelio veremos que los discípulos serán los que se preocuparan de que no tienen que comer y que hay que hacer algo. Y es a lo que los impulsa Jesús; buscarán los recursos aunque no los tengan y todos saldrán de aquel momento con algo nuevo en sus vidas.

Ojalá sepamos estar con Jesús. Aprenderíamos de verdad a ver las cosas con los ojos de Jesús, aprenderíamos a hacer las cosas como nos enseña Jesús.

sábado, 20 de mayo de 2023

No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor

 


No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor

Hechos 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Escuchamos estas palabras de Jesús pronunciadas en el marco de la última cena, cuyos textos hemos venido reflexionando en estos días, palabras que nos hablan de despedida, de marcha al Padre, precisamente cuando litúrgicamente vamos a celebrar mañana la Ascensión.

Como hemos venido notando en las reflexiones que en torno a la Palabra nos hemos venido haciendo hay algo en lo que insiste Jesús una y otra vez. Siempre la sensación de despedida es de abandona, de la soledad en que se van a quedar después de la despedida, como suele suceder en la vida. lloramos siempre la partida de alguien por la soledad que vamos a padecer los que nos quedamos, ya sea en la despedida de alguien que marcha a otro lugar, ya sea en la partida a la hora de la muerte.

¿Nos vas a dejar solos? Jesús está repitiéndonos insistentemente que no nos deja solos, estará siempre la presencia de su Espíritu, el Espíritu de la Verdad que, como hemos reflexionado, nos lo enseñará todo, nos irá recordando todo lo referente a Jesús. Pero ahora el texto nos insiste en la oración. Tendremos la certeza de que seremos escuchados, tenemos la certeza del Padre que nos ama y nos escucha. Como nos dice Jesús, no es que El interceda por nosotros, aunque en otro momento nos diga que será nuestro intercesor, sino que el Padre nos escucha porque somos sus hijos.

‘Aquel día pediréis en mi nombre, - nos dice y nos añade aun más - y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. El Padre nos ama por el amor que le tenemos a Jesús, por la fe que hemos puesto en Jesús.  Es hermoso. Es como si alguien nos dijera que nos ama y que nos escucha, porque somos amigos de su hijo, o aquello otro que decimos tantas veces, los amigos de mis amigos son mis amigos también.

Jesús se vuelve al Padre pero no nos deja solos. La maravilla de nuestra fe nos hace descubrir una presencia que no tenemos que ver con los ojos de la cara, es lo que podemos sentir en el corazón. Algunas veces en nuestros momentos de fervor nos llenamos de añoranzas y nos ponemos a pesar si nosotros hubiéramos estado allí, en aquellos momentos de los que nos habla el evangelio, cómo habría sido nuestra fe, como nosotros no le hubiéramos abandonado ni rechazado, con cuanto fervor hubiéramos vivido junto a El. Pero en la maravilla de nuestra fe, como decíamos, no necesitamos de esa presencia que palpemos con los ojos de la cara. Hay algo místico y maravilloso que nos hará sentir, nos hará vivir esa presencia de Jesús junto a nosotros. Es lo que ahora tenemos que intensificar.

Es lo que vivimos en nuestro sentido de Iglesia, es lo que vivimos en los sacramentos, es lo que vivimos con nuestra oración y mira que Dios nos escucha, pero es también lo que vivimos en el encuentro con los hermanos; cuando estamos reunidos en su nombre allí está en medio de nosotros. Pero es también que en cada hermano que viene a nuestro encuentro está viniendo Jesús a nosotros, en cada gesto de amor que nosotros tengamos para los demás es como si a El se lo estuviéramos haciendo. ‘Todo lo que hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicisteis’, que nos dice Jesús.

No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor.

viernes, 12 de mayo de 2023

Repasemos nuestra vida y veremos de cuantas maneras se ha manifestado el amor de Dios, ha tocado la fibra de nuestro corazón con su amor, somos sus amigos

 


Repasemos nuestra vida y veremos de cuantas maneras se ha manifestado el amor de Dios, ha tocado la fibra de nuestro corazón con su amor, somos sus amigos

Hechos 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

Hay cosas que nos llegan al alma. Agradecemos y valoramos a los demás y lo que los otros hacen por ti, somos capaces de admirar las cosas buenas que vemos en los demás, mantenemos una relación amistosa y de respeto con los que nos vamos encontrando en la vida o tenemos que hacer algún tipo de convivencia, pero hay momentos en que suena una palabra en nuestros oídos que rebota con un gozo inmenso en el corazón. ‘Tú eres mi amigo, te considero un amigo del alma’, escuchamos de alguien por quien sentimos cierto aprecio pero cuando escuchamos de sus labios una palabra así es algo que nos llega al alma.

Ya sé que utilizamos la palabra amigo de forma muy genérica; ¿qué quiero decir? A todos llamamos amigos, simplemente por el hecho de que nos conocemos, tenemos que compartir, por ejemplo, unas relaciones de trabajo, o viven en una cierta cercanía de nuestra vida, ya los llamamos amigos. Pero aún así, sabemos distinguir, esos que de una forma genérica, como decíamos, llamamos amigos, de aquellos por los que sentimos algo más, cuyas palabras nos suenan a música en el alma, por quienes tenemos un verdadero y hondo aprecio, en quienes nos confiamos totalmente y de la misma manera ellos confían en nosotros, a quien no guardamos un secreto porque siempre sabemos que podemos contar con ellos. Son, como comenzábamos diciendo, los que nos llegan al alma.

Pues hoy esa palabra la escuchamos en labios de Jesús y refiriéndose a nosotros. ‘A vosotros os llamo amigos…’ nos dice Jesús como les decía a los discípulos en la noche de la última cena. Aquella noche se había desbordado el corazón de Cristo. Los signos y señales se habían multiplicado desde el momento que comenzaron la cena, con el gesto de lavarles los pies. ‘Si no te lavo no tienes parte conmigo’, le había dicho a Pedro a consecuencia de sus reticencias. Jesús quería que tuvieran parte con El. Y les había dejado un signo nuevo de su presencia y de su pascua, en el pan y vino que les había repartido que era para ellos ya para siempre el cuerpo entregado y la sangre derramada en el cáliz de la nueva Alianza.

Pero en las palabras que les había ido diciendo en aquella noche se había ido derramando toda su ternura y su amor. Por eso les pide que lo que tienen ahora que hacer es amar con un amor como el que El les tiene. ‘Amaos, como yo os he amado’, les dice. Y es que ‘sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando’. Necesariamente sintiendo cómo se ha derramado el amor de Dios en nosotros no podemos menos que amar de la misma manera. Si nos sentimos así amados por Jesús, que nos llama amigos, es el amor que nosotros también hemos de vivir. Es su mandamiento.

Jesús nos está tocando el corazón con su amor. Se ha entregado por nosotros en la mayor prueba de amor que se nos pueda ofrecer. Es su entrega hasta la muerte y la muerte en cruz, pero es la entrega que le vemos realizar cada día con su cercanía, con su presencia, con sus múltiples gestos de amor. Recorramos las páginas del evangelio y estaremos contemplando esa entrega de Jesús.

Repasemos nuestra vida con ojos de fe y veremos de cuantas maneras se ha manifestado el amor de Dios en nuestra vida, ha tocado la fibra de nuestro corazón con su amor, por eso nos llama amigos. Es el día a día de nuestra vida tocado por el amor de Dios que nos ha mantenido en pie, que nos ha mantenido en la lucha cuando nos parecía que estábamos vencidos, que nos ha hecho superarnos en tantas cosas cuando nos parecía que no éramos capaces, que nos ha hecho sentir de nuevo la luz cuando tantas sombras nos iban envolviendo, que ha mantenido la paz en nuestro corazón a pesar de las turbulencias por las que hemos pasado. Tenemos tanto que agradecer al amor de Dios, que no nos queda otra que responder con un amor igual.

 

martes, 28 de febrero de 2023

No es un modelo para aprender y repetir lo que Jesús nos ofrece, es un nuevo estilo de relación con Dios donde los hijos se sienten a gusto y con confianza con su Padre del cielo

 


No es un modelo para aprender y repetir lo que Jesús nos ofrece, es un nuevo estilo de relación con Dios donde los hijos se sienten a gusto y con confianza con su Padre del cielo

Isaías 55, 10-11; Sal 33;  Mateo 6, 7-15

Habla con confianza que somos amigos, le decimos al amigo – valga la redundancia – que tenemos a nosotros y que sabemos que tiene que contarnos algo y se encuentra como medio retraído para vaciar lo que lleva dentro; no nos sorprendemos por lo que nos va a decir, porque bien nos conocemos a nosotros mismos y en nuestra escucha somos comprensivos para cuanto le haya sucedido o ahora tenga que contarnos.

Habla, con confianza, soy tu padre, tu eres mi hijo y sabes que te entiendo y estoy a tu lado, es la conversación, aunque no sea siempre con palabras, pero con lo que se expresa esa cercanía para abrirse a la confianza y para expresar cuanto un hijo lleva dentro, le interroga o tiene necesidad.

Lo intentamos hacer, ya sea con el amigo o el padre con el hijo, pero creo que todos somos conscientes de que hay en nuestro mundo mucha gente con esos deseos de hablar, de expresar cuanto lleva dentro, de desahogarse y que no siempre encuentran ese padre, ese amigo, esa persona que les escucha, les comprende, se detiene a su lado, porque muchas veces lo que mas se necesita es que alguien se detenga a tu lado, sin prisas ni agobios, en silencio quizá, con apertura del corazón siempre. Quizás cuantas confidencias así habremos escuchado cuando lo hemos sabido hacer con los demás, o nosotros mismos cuanto habremos expresado cuando encontramos esa persona de confianza.

¿Qué nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio? Así a primera vista, decimos que nos habla de la oración y que nos enseña el padrenuestro; ¿pero no será algo más sencillo a la vez que más profundo lo que Jesús nos está queriendo manifestar? ¿No estará yendo Jesús en lo que hoy nos dice y nos ofrece algo en el sentido de lo que hemos venido reflexionando?

¿Qué es Dios para nosotros? El que está ahí a nuestro lado y a la escucha, el que nos ofrece la mayor de las confianzas porque es en el que hemos de confiar por encima de todo y de todos, y el que nos está abriendo su corazón para que vayamos y nos sentemos con El y nos sintamos a gusto con El. Como el amigo que se sienta al lado del amigo que le escucha y se siente a gusto; con el hijo que se sienta a hablar con su padre y quizá comienzan hablando de cosas que parecen superficialidades, pero que terminan metiéndose uno y otro en el corazón del otro.

¿Qué nos está diciendo Jesús? que nos sintamos a gusto con Dios, que en Dios podemos descargar nuestro corazón y que con Dios podemos siempre contar que esté a nuestro lado, aunque algunas veces nos parezca no verlo, porque camina a nuestro lado y de su presencia podemos en todo momento disfrutar y que no es necesario solo estar con El cuando necesitemos cosas, porque El sabe bien lo que nos hace falta y a nuestro frió siempre el nos ofrecerá su manta, porque nos ofrece todo su amor.

Fijémonos que desgranar esos puntos, vamos a llamarlos así, que nos ofrece Jesús en el estilo de oración que nos presenta, es ir desgranando nuestra vida, es ir poniéndonos ante Dios tal como somos, con nuestros deseos de amor, pero también con nuestras debilidades y necesidades de cada día, con nuestras luchas por superarnos en cada momento pero también con los tropiezos que muchas veces tenemos y que quizá ni al amigo de más confianza somos capaces de contar, pero con Dios lo hacemos porque sabemos que siempre nos vamos a sentir perdonados, porque el corazón de Dios siempre rebosa misericordia.

No es un simple modelo para aprender y repetir lo que Jesús nos está presentando hoy, es un estilo nuevo de relación con Dios que nace de la confianza de sentirnos amados, porque Dios será para siempre nuestro Padre que nos ama.

lunes, 3 de octubre de 2022

Nos tenemos que preguntar no solo quien es el prójimo sino como nosotros nos comportamos como prójimos con los que nos cruzamos en los caminos

 


Nos tenemos que preguntar no solo quien es el prójimo sino como nosotros nos comportamos como prójimos con los que nos cruzamos en los caminos

Gálatas 1,6-12; Sal 110; Lucas 10,25-37

El propio significado de la palabra lo dice, prójimo es el que está cerca, el próximo, el que está al lado y parece que no tiene mucha complicación su interpretación. Pero claro, nosotros consideramos próximos a nosotros a los que son de los nuestros, a nuestros familiares, a nuestros amigos, a aquellas personas con las que habitualmente nos relacionamos y mantenemos una buena relación; estaríamos hablando de una cercanía por la sintonía familiar o de amistad que mantengamos con esa persona. Pero ¿no nos estará sucediendo que incluso aquellos que físicamente están cercanos a nosotros en esa otra sintonía los estaremos poniendo lejos?

Creo que esto es lo que nos está planteando Jesús. Vayamos por partes. Un letrado, un maestro de la ley se ha acercado a Jesús para preguntar por lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna; Jesús le responde haciendo que recuerde qué es lo que dice la ley de Moisés, cuales son los mandamientos. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?’ a lo que aquel letrado no le quedará más remedio que responder con aquello que todo buen judío se sabia de memoria, que era el mandamiento principal que hablaba del amor a Dios sobre todas las cosas y del amor al prójimo.

Y es aquí cuando comienzan los cuestionamientos. Aquel hombre pregunta ‘¿quién es mi prójimo?’ Jesús le responderá con la parábola que todos conocemos, la hemos escuchado muchas veces y nos hemos repetido hasta la saciedad en comentarios. Un hombre malherido al ser asaltado por unos ladrones que queda tirado a la orilla del camino. ¿Está vivo? ¿Está muerto? Un problema para aquel sacerdote y para aquel servidor del templo, que si llegaban a tocar un muerto quedarían impuros y eso les incapacitaría para el servicio del templo hasta que hicieran la correspondiente purificación. Era la ley de Moisés que en esos aspectos tan escrupulosamente querían cumplir. Por eso dan un rodeo. Como para no ver al herido.

Pero alguien más va por el camino. Estamos en la tierra de Judá, entre Jerusalén y Jericó, pero quien viene ahora por el camino no es un judío, sino un hombre de Samaria. Bien conocida es la rivalidad entre judíos y samaritanos, y como estos eran mal vistos por los judíos, porque los consideraban como unos herejes al haberse construido otro templo en el Garizín. Pero este hombre sí se detiene junto al herido, lo cura, lo monta en su cabalgadura y lo lleva a una posada donde lo terminen de curar desprendiéndose de lo que fuera necesario para que aquel hombre se recuperara.

Y es ahora cuando Jesús hace la pregunta al letrado pero dándole la vuelta a lo que éste antes había preguntado. No pregunta Jesús quien es el prójimo, sino quien se portó como prójimo, quién se hizo cercano, quien no midió distancias ni afectos ni amistades, quien se bajó de la cabalgadura para curar y para ceder puesto, pues en esa cabalgadura sin más miramientos montó al herido para llevarlo a la posada.

Y es la pregunta que nos late también a nosotros en lo más hondo de nosotros mismos. ¿Cuándo nos portamos como prójimos? ¿Con quien nos portamos como prójimos? ¿Será solo aquello de que yo soy amigo de mis amigos y con ellos me porto bien? ¿Será aquello de que yo te ayudo hoy porque tú me ayudaste ayer o para que me ayudes mañana? ¿Habremos convertido la ayuda o el servicio que les prestamos a los demás en algo así como una compraventa, porque yo te doy para que tú me des?

Mucho tiene que hacernos pensar. Mucho tiene que hacernos reflexionar sobre la manera como vamos caminando por la vida. Mucho tenemos que abrir los ojos, pero abrir también el corazón para comenzar a ver con una mirada distinta a tantos con los que nos cruzamos en los caminos y a los que ni miramos ni somos capaces de regalarles una sonrisa. Reconozcamos que cuesta.

viernes, 20 de mayo de 2022

Nos quedamos nosotros con las palabras de Jesús, con su desahogo y con su mandato, con su confidencia y su ternura porque nos llama amigos

 

Nos quedamos nosotros con las palabras de Jesús, con su desahogo y con su mandato, con su confidencia y su ternura porque nos llama amigos

Hechos de los apóstoles 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

Hay momentos en que parece que son más propicios a una mayor confidencialidad, donde afloran los sentimientos más hondos de la persona, en que todo son recomendaciones y advertencias, últimos consejos porque de alguna manera todo suena a despedida. Se quiere dejar las cosas claras pero también se advierte de cosas que se han de tener en cuenta para siempre.

Podemos pensar, como es de suponer, en última despedida de la vida, pero sucede de alguna forma cuando por ejemplo el padre o madre de familia tiene que ausentarse y deja todo en manos de los hijos, o de igual manera son las recomendaciones del padre o de la madre para el hijo que marcha a emprender una nueva vida con nuevos horizontes, o la despedida del amigo querido por las circunstancias que sean. Salen a flote todos los sentimientos del corazón sin ningún tipo de pudor, o se tiene la valentía de advertirte en lo que no debes hacer, conociéndote como te conocen. 

¿Era lo que sucedía en aquellos momentos de la cena pascual? Muchas veces hemos comentado el ambiente especial que allí se vivía en aquellos momentos; las palabras de Jesús también suenan a despedida y a últimas recomendaciones; pero sobre todo se derrama la ternura del corazón sobre aquellos a los que ama de manera especial. ‘Hijitos míos’, dirá en algún momento, ahora les dice que no les llama siervos sino que los llama amigos. Es El quien se ha puesto en el lugar del siervo que está para servir cuando desde el principio de la cena se ha postrado delante de ellos para lavarles sus pies. Ahora les dice que les ama y les ama de manera que está dispuesto a dar la vida por sus amigos como realmente va a significar su entrega.

‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos
. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’
.

Fijémonos en sus palabras que habla del amor más grande que es capaz de dar la vida por sus amigos; y a continuación les dice ‘vosotros sois mis amigos… a vosotros os llamo amigos…’  ¿Puede haber un derroche de ternura más grande? Con ellos ha tenido las confidencias mayores. ‘Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’, les dice. Y ahora termina soltando todo lo secreto que lleva en su corazón.

Por eso les recomienda e insiste porque lo dice de una forma y de otra. Tenéis que amaros. Eso es lo importante. Eso es lo que hay que hacer. Ese es el testimonio que tenéis que dar. Esa es la Buena Noticia que tenéis que transmitir. Que no son solo palabras las que tenéis que pronunciar, que es una vida que hay que pronunciar, transmitir, testimoniar con el amor. Y como si pareciera poco, lo deja como mandamiento. ‘Esto os mando: que os améis unos a otros’.

Los hijos se quedan con las últimas palabras del padre o de la madre que saben que tienen que cumplir, es su última voluntad; el amigo guardará en su corazón esa última recomendación o ese último desahogo del alma que le ha hecho el que marcha. Nos quedamos nosotros con las palabras de Jesús, con su desahogo y con su mandato, con su confidencia y su ternura porque nos llama amigos, y es lo que tenemos que estar dispuestos a poner por obra.

sábado, 14 de mayo de 2022

Cuando nos encontramos con quien disfruta sintiéndose amado tendrá un brillo distinto en sus ojos, es lo que los cristianos tenemos que reflejar, Jesús nos llama amigos

 


Cuando nos encontramos con quien disfruta sintiéndose amado tendrá un brillo distinto en sus ojos, es lo que los cristianos tenemos que reflejar, Jesús nos llama amigos

Hechos de los apóstoles 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17

Queremos ser felices. ¿Quién me dice lo contrario? Claro, que queremos ser felices. Pero, ¿seremos felices de verdad? Ya sé, lo intentamos, lo buscamos, queremos manifestarnos con rostro de felicidad, pero ¿seremos capaces de darnos cuenta de que muchas veces, incluso en esas personas que se dicen felices, no tienen verdadera alegría? Todos cantamos, nos reímos, gritamos, queremos dar muchas señales de felicidad, pero muchas veces nos puede faltar la alegría. Y la alegría no es una cosa que pueda ser impuesta, tiene que nacer de algo hondo que llevemos dentro; no la podemos cubrir con sustitutivos. Aunque muchos sustitutivos nos vamos inventando para ello.

No quiero pecar de pesimista ni tengo que contagiar con mis preocupaciones o quizás también la falta de alegría que pudiera estar padeciendo. Tenemos que buscar remedio para que nuestras risas nazcan de lo más hondo; para que esos gritos de alegría que damos en muchas ocasiones cuando nos llenamos de euforia por alguna cosa nazcan de una alegría verdadera.

No sé, pero me atrevo a decir que esto de la alegría de lo que estoy queriendo hablar es algo que está muy al lado de lo de sentirse amado y lo de ofrecer un amor muy generoso y altruista. Sí, el amor nos hará desprendernos de nuestras tristezas, el amor nos ayudará a encontrar motivos de verdadera alegría. Cuando nos encontramos con alguien que disfruta sintiéndose amado vamos a verle un brillo distinto en sus ojos, vamos a encontrar una serenidad nueva y distinta en su vida, vamos a descubrir una fortaleza interior que le hace afrontar de una forma distinta aquellas cosas con las que vamos tropezando en la vida y podrían llenarnos de preocupaciones o mermar nuestra alegría.

Quien se siente amado se siente seguro, desaparecen sus miedos y temores, se le acaban las timideces y falsas humildades. Quien se siente amado de verdad se sentirá con una libertad interior en la que no habrá nada que le ate ante lo bueno que quiere trasmitir a los demás. Quien se siente amado se sentirá fuertemente impulsado para ir al encuentro de los demás derramando optimismo, llevando una visión de luz en sus ojos, creyendo en los demás y haciendo que los que se contagian de su alegría comiencen también a creer en si mismos.

Hoy nos viene a recordar Jesús que somos amados y que tenemos todos los motivos para vivir la alegría más honda. Es su revelación. Es su Buena Noticia. Es su Evangelio. Dios nos ama. Y porque nos ama nos ha enviado a Jesús. Es la prueba y la señal del amor que Dios nos tiene. ‘Tanto amó Dios al mundo, que nos envió a su Hijo único’, que hemos recordado tantas veces. Y en Jesús contemplamos todo ese amor que Dios nos tiene.


Y como nos dice hoy nos ha revelado todo esto para que nuestra alegría sea completa; para que no nos falten motivos de alegría. A pesar de las sombras que podamos encontrar en la vida y en el mundo; nos sentimos impulsados por ese fuego de amor divino. Y nos dice aún algo más que tiene que motivar mucho más nuestra alegría. ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’. Somos sus amigos, somos sus amados, El nos lo ha revelado todo.

Pero ahora viene una pregunta interesante que nos tendríamos que hacer aquellos que tenemos todas las razones para vivir alegres. ¿En verdad los cristianos damos señales de esa alegría? Es serio que nos lo preguntemos. Es serio que nos lo planteemos. Porque no es esa muchas veces la imagen que damos.

Quien cree en la Palabra de Jesús no puede ir de amargado por la vida. Y algunas veces por las expresiones de nuestros rostros ésa es la imagen que damos; y seguimos con nuestros miedos y cobardías, y seguimos con nuestras dudas, y seguimos pensando en nosotros mismos y no terminamos de darnos, no terminamos nosotros de amar de verdad. Y nos queda un pozo de tristeza en el alma. Esos pozos negros tenemos que desterrarlos de una vez para siempre de nuestra vida de cristianos.

domingo, 20 de febrero de 2022

Seamos misericordiosos ni juzgaremos ni condenaremos, seremos capaces de ofrecer siempre el perdón, no nos costará compartir, daremos lo mejor de nosotros mismos

 


Seamos misericordiosos ni juzgaremos ni condenaremos, seremos capaces de ofrecer siempre el perdón, no nos costará compartir, daremos lo mejor de nosotros mismos

1Samuel 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; Sal 102; 1Corintios 15, 45-49: Lucas 6, 27-38

El evangelio de Jesús no son unos consejitos piadosos, en lo que quizás muchas veces nos hemos quedado. Escuchar así en directo la palabra de Jesús sobre todo en aquellas cosas que Jesús considera fundamental para vivir el Reino de Dios realmente tendría que impactarnos de manera que no nos quedemos tan insensibles. Pero hemos edulcorado las palabras de Jesús; no es que las cambiemos, porque ahí están, pero cuando nos ponemos a cumplirlas, a reflejarlas en nuestra vida, si es que de verdad nos consideramos sus seguidores, pronto comenzamos con las rebajas, con las interpretaciones, con lo que Jesús quiso decir o no quiso decir. Pero lo que hoy hemos escuchado en el evangelio le dan un viraje completo al concepto de la vida que habitualmente vivimos.

A tí que estás leyendo esta semilla de cada día te invitaría a que antes de seguir leyendo esta reflexión cogieras de nuevo el evangelio en el texto que hoy se nos ofrece - Lucas 6, 27-38 - y lo volvieras a leer, a escuchar, a rumiar por ti mismo en el corazón, subrayando aquellas cosas que son el eje principal de este texto.

Es toda una revolución, y no a la manera como entendemos tantas veces las revoluciones en las que pronto entra la violencia y la destrucción. Es una revolución porque es un cambio radical en nuestras posturas, en la manera de actuar, en lo que podríamos llamar la filosofía de la vida, la manera de entender la vida. Porque es que Jesús nos está pidiendo todo lo contrario de lo que habitualmente hacemos.

Frente a esa manera habitual de nuestro actuar Jesús nos dice: ‘Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada’. Si ya de entrada decimos habitualmente que somos amigos de nuestros amigos, ¿cómo es que Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos? Es que ni siquiera en la forma de presentarnos decimos que queremos ser amigos de todos, sino que somos amigos de nuestros amigos, ¿y los demás no merecen nuestro amor y nuestro respeto? Pero es que Jesús nos está diciendo, repito, que tenemos que amar a los enemigos, y hacer el bien a los que nos odian, bendecir a los que nos maldicen y rezar por aquellos que incluso nos calumnian.

Yo ayudo a los que me ayudan, decimos, y aparecen gestos bonitos entre familiares y amigos que se ponen de acuerdo muchas veces para ayudarse en tareas que pueden ser comunes. Hasta ahí todo muy correcto, pero si hay alguien entre los vecinos que nunca colabora con nada ni con nadie, que se las arregle él solo cuando lo necesite. Por eso el saludar a los que me saludan, como hacemos todos habitualmente, no tiene nada de extraordinario; como dice Jesús eso lo hacen hasta los paganos. Son las reglas de corrección que nos hemos trazado en aquello que llamamos buena educación. Pero en ese protocolo no es en el que se queda Jesús. Hacer el bien y prestar un servicio ‘sin esperar nada’.

Algo muy elemental y sencillo pero que si llegamos a hacerlo será algo maravilloso. ‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo’.

Pero si nos fijamos bien no nos está pidiendo Jesús nada extraordinario. Simplemente que seamos humanos, que nos tratemos como humanos; si nos sentimos miembros de una misma humanidad, con humanidad tendríamos que tratarnos los unos a los otros. ‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten…’ ¿No nos gustaría que todos fueran así de generosos con nosotros? ¿No buscamos en el fondo comprensión para nuestros defectos o para nuestros errores? ¿No  nos agradaría que generosamente nos ofrecieran el perdón ante los errores que hayamos podido cometer, las cosas con las que quizá en un momento de debilidad pudimos ofender a los demás? ¿Por qué tiene que prevalecer el orgullo en nuestras relaciones? Por ahí nos pesa, por ahí nos cuesta, porque hasta para pedir o recibir perdón el orgullo nos hace cosquillas en el corazón.

Pero ¿y cuál es el fundamento de todo esto? La misericordia del Señor que tenemos que imitar en nuestra vida. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso’. Seamos misericordiosos porque tenemos la experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida. ¿Si Dios es misericordioso con nosotros por qué no ser nosotros misericordiosos con los demás? Seamos misericordiosos y no juzgaremos ni condenaremos; seamos misericordiosos y seremos capaces de ofrecer generosamente el perdón a los demás; seamos misericordiosos y no nos costará compartir, ofrecer lo mejor de nosotros mismos para buscar siempre el bien de los demás.

Es el camino de Jesús. Es el camino del que le sigue. Es el camino en el cual viviremos el Reino de Dios.

viernes, 4 de junio de 2021

Nos detenemos en las páginas del evangelio para contemplar y sentir como se desparrama toda la humanidad de Jesús en su ternura y cercanía

 


Nos detenemos en las páginas del evangelio para contemplar y sentir como se desparrama toda la humanidad de Jesús en su ternura y cercanía

Tobías 11, 5-18; Sal 145; Marcos 12, 35-37

‘Una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto’, termina diciendo hoy el evangelio.

Escuchar a gusto.  Sentirse a gusto. ¿Con quien nos sentimos a gusto en la vida? Son variadas las experiencias que podamos tener en este sentido. Como solemos decir todo el mundo no nos cae bien, con todo el mundo no nos sentimos a gusto de la misma manera. Tiene que haber algo que nos haga sintonizar con la otra persona. Claro que comenzamos por los lazos familiares, los lazos de la sangre, en nuestro hogar, con nuestros padres, con nuestros hermanos, con los familiares más cercanos. Nos sentimos acogidos y amados y de la misma manera mostramos nuestra ternura hacia aquellos seres que nos quieren y a quienes queremos.

Pero nuestra sintonía es más amplia, y ahí están los amigos, aquellos con los que de alguna manera quizás hemos convivido desde nuestros juegos de niños o aquellos que han ido apareciendo en el camino de la vida y con los que pronto entramos en sintonía por diversos motivos o razones. Algo que nos une, que nos hace entrar en comunión, algo que haya ido creando esa cercanía y esa amistad, que crea lazos de ternura en el corazón; compartimos ilusiones y sueños, sabemos caminar juntos respetándonos nuestras personales posiciones pero sintiendo que ahí podemos encontrar siempre un punto de apoyo en nuestra vida que no nos va a fallar.

Y así ampliamos nuestro círculo en el ámbito de la comunidad humana en la que vivimos porque nos sentimos respetados y valorados pero también porque sabemos descubrir cosas hermosas en el camino de los demás que nos enriquecen humanamente y nos hacen crecer como personas. Muchas consideraciones podríamos hacernos siguiendo este camino, que nos hace sentirnos a gusto en la vida, que nos llena de ilusión, que despierta esperanzas y lo mejor que llevamos dentro de nosotros mismos.

Pero volvemos al punto de arranque de estas consideraciones que nos hemos venido haciendo cuando escuchábamos que la gente se reunía en torno a Jesús y le escuchaban con gusto. Allí estaba derramándose con profusión toda la humanidad de Jesús en esa cercanía con que se manifestaba hacia todos, esa acogida y esa escucha, pero también esa palabra sabia que encendía corazones, que despertaba ilusiones y esperanzas, que les hacía soñar como algo ya cercano en ese mundo nuevo que todos ansiaban. Podríamos detenernos a contemplar esos gestos de Jesús y su mirada.

Es lo que vemos en Jesús cercano a los pequeños, a los pobres y a los humildes; ahí vemos a Jesús con un corazón abierto a todos y que a todos valoraba, fueran hombres o fueran mujeres, fueran pequeños o fueran ancianos, fueran jóvenes con los ojos brillantes de ilusión o fueran los que eran despreciados y discriminados por los que se querían sentir grandes y poderosos. Cuántos moldes se rompían, cuántas barreras se caían, cuántas costumbres convertidas en leyes de rutina se cambiaban.

Esa ternura del corazón de Cristo hacía que todos se acercaran a Jesús porque querían escucharle, porque querían sentirle a su lado, porque ansiaban aunque solo fuera tocar la orilla de su manto. Nadie se sentía lejano de Jesús y los que eran considerados como pecadores sabían que en Jesús iban a encontrar aquel gesto lleno de compasión y misericordia que les hacía levantarse de la miseria de sus pecados.

Venían de todas partes para escuchar a Jesús, para sentir que con su presencia sus corazones se enardecían y se llenaban de un calor nuevo porque comenzaban a comprender bien lo que era el amor cuando así se sentían amados de Jesús, que a nadie rechazaba y que a todos acogía. Se sentían a gusto con Jesús. En El encontraban siempre la misericordia y la paz. Mucho tendríamos que detenernos en las páginas del evangelio.

¿Será así como nosotros nos sentimos en su presencia? ¿Será ese el ardor de nuestro corazón cuando estamos en oración? ¿Con esa ansia y ese deseo queremos escuchar su Palabra y leemos la Biblia?

domingo, 23 de febrero de 2020

Comencemos a respetar, comprender, disculpar, descubrir lo bueno que hay en las personas, colaborar en su crecimiento, pasos importantes para vivir el amor cristiano



Comencemos a respetar, comprender, disculpar, descubrir lo bueno que hay en las personas, colaborar en su crecimiento, pasos importantes para vivir el amor cristiano

Levítico 19, 1-2. 17-18; Sal 102; 1Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48
Yo soy amigo de mis amigos, alardeamos en los perfiles de las redes sociales. Somos buenos con nuestros amigos, si hay que hacer un favor, se hace; nos gusta estar juntos y compartir nuestras cosas, y si es muy amigo hasta llegamos a confidencias de lo que llevamos en nuestro interior. Pero y si no es amigo, ¿qué pasa? Y si tampoco es amigo de tus amigos ¿cómo lo miras? ¿Qué estarías dispuesto a hacer?
Es bueno ser amigo de nuestros amigos y de los amigos de nuestros amigos; es bueno ser humano los unos con los otros y prestarnos esa ayuda y si es necesario defendernos; está bien eso de llevarse con todos, pero claro nuestros amigos son nuestros amigos, y con ellos habrá algo más especial. Podríamos decir que entrar en la normalidad de las relaciones humanas entre unos y otros. Yo soy bueno decimos, y si no que pregunten a mis amigos y conocidos. Y hasta alardeamos de que nos amamos como nos dice Jesús.
Somos amigos y nos queremos. Pero ¿solo en eso consiste el amor cristiano del que nos habla Jesús? Es aquí donde tenemos que pararnos un poco para ver la sublimidad de lo que nos enseña y nos pide Jesús. No es cualquier cosa. Mirando lo que son nuestras relaciones normales entre unos y otros donde, como decimos, nos llevamos bien y nos tratamos bien hasta… que no me ofendan, no me molesten, no me hagan daño en lo mío o en mis cosas.
Somos buenos y nos queremos, pero tenemos nuestros límites porque fácilmente nos sentimos heridos, fácilmente nos aparece el rencor y nos volvemos vengativos, o al menos ya queremos tener cuidado porque el que me la hizo una vez, no me la hace dos… Ya sabemos cómo son nuestras reacciones, como aparecer nuestro ego y nuestro amor propio, y ya no son todos amigos.
Valiente fue Jesús para que precisamente en medio de aquel pueblo que tenían tan desarrollado su amor propio y su orgullo nacional viniera a proponer lo que les estaba diciendo de ese nuevo estilo del amor. Valientes tenemos que ser nosotros para que, sabiendo como somos y sabiendo cual es el ambiente y el sentido de tantos a nuestro alrededor, nos arriesguemos por Jesús, nos lancemos a querer vivir el amor en los parámetros que El nos propone.
Y es que Jesús nos vendrá a decir que los que le siguen no pueden contentarse con hacer como todos hacen. Saludar al que te saluda, ser bueno y ayudar al que te ha ayudado lo hace cualquiera aunque no se llame cristiano. Como dirá Jesús en el evangelio eso lo hacen también los gentiles. Y es que Jesús nos está ofreciendo lo que podríamos llamar una utopía, pero que no es un sueño simplemente sino que ha de ser la realidad de lo que nosotros hemos de vivir.
Aquí está la sublimidad del evangelio, de la Buena Nueva del Reino de Dios. Una buena nueva que tenemos que creer; una buena nueva que para aceptarle tenemos que convertirnos de corazón. Por algo insistiría Jesús tanto al principio de su predicación en la conversión del corazón, en la vuelta que había que darle al corazón. Porque pensando lo que siempre hemos pensado no es estar aceptando esa buena nueva, ese evangelio; viviendo como siempre hemos vivido no es precisamente vivir el Reino de Dios.
Ese Reino del Dios compasivo y misericordioso, de ese Dios que siempre nos ama y que nos enseña a amar de la misma manera. Porque aceptar su Reino, reconocerle como Rey y Señor de nuestra vida implica comenzar a vivir de una forma nueva, desde unos valores nuevos, desde un estilo de amor nuevo cuyo modelo y ejemplo tenemos en Dios.
Por eso nos hablará Jesús del amor también al que no es amigo o no se ha comportado como amigo contigo, amar también al que nos agravia, amar también al que nos haya podido hacer daño, amar también al que nos ha ofendido, amar a todo hombre porque es mi hermano porque también es amado de Dios y Dios también lo quiere hacer y tener como hijo.
Por eso nos hablara Jesús también del amor a los enemigos hasta el punto de a ellos también hacerles el bien, o como nos dice concretamente, rezar por el enemigo, por el que te haya hecho daño. No tienen cabida las venganzas ni los resentimientos; ya está superado aquello del ojo por ojo y diente por diente que se había impuesto pero que al menos el que se vengaba no se pasara sino solo exigiera una medida semejante; ahora ya no cabe el que hagamos frente a aquel que nos ha agraviado y ya nos ponemos a la distancia manteniendo nuestras reservas en el hablar o llevarnos con él. Ahora tendremos que aprender a tratarlo como a un hermano y ser capaz hasta de perder la capa por mantener intacta nuestra relacion con él.
Y es que Jesús nos pone el listón muy alto y para ello tenemos que entrenarnos, porque todo no se consigue de una vez. Algunas veces no se nos quita el peso de nuestra conciencia porque no terminamos de ver con buenos ojos a aquel que nos ofendió y parece que nos duele el corazón. Comencemos a dar pasos, comencemos a tener una mirada nueva, comencemos a contemplar el amor que Dios nos tiene a pesar también de nuestras propias debilidades y caídas, comencemos por rezar por aquel a quien nos cuesta tragar, comencemos a respetar, comprender, disculpar, descubrir lo bueno que hay en las personas, para colaborar en su crecimiento. Ya es comenzar a vivir un amor como nos propone Jesús. Es mucho más que ser amigo de mis amigos.
Es un entrenamiento, pero con la mirada puesta en la meta que nos presenta hoy Jesús. ‘Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos… Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’.


sábado, 16 de noviembre de 2019

Es cuestión de amor, de amistad, es cuestión de enamorados, de saber que amamos a Dios queriendo amarle cada vez más, pero con la certeza y la confianza de que El nos ama




Es cuestión de amor, de amistad, es cuestión de enamorados, de saber que amamos a Dios queriendo amarle cada vez más, pero con la certeza y la confianza de que El nos ama

Sabiduría 18,14-16;19, 6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8
A los amigos les gusta encontrarse y unos buenos amigos siempre tienen cosas que contarse; se pasan horas y horas en la tarde o en la noche, cuando ocasionalmente se encuentran o cuando se buscan por los medios de comunicación y hoy por las redes sociales para contarse lo que les sucede, lo que son sus preocupaciones o los sueños de su vida. Malo es cuando unos amigos no tienen de qué hablar, no tienen nada que contarse, porque eso puede significar que se ha enfriado la amistad, que comienzan a haber distanciamientos y esa amistad si no se cuida tiene el peligro de perderse, de morirse.
Lo mismo podríamos decir de dos personas enamoradas, como se buscan y como les agrada estar juntos, para soñar juntos, para expresarse su cariño y su amor, para ir construyendo una vida en común. Siempre tienen de qué hablar, en sus corazones no se guardan secretos, siempre hay algo nuevo que decirse, algo nuevo que comunicarse, o un proyecto en común que realizar. Si algo necesita cualquiera de los dos, ya sabe con quien contar, aunque el otro en su amor y en el conocimiento mutuo que se tienen ya casi de antemano sabe cuales son sus necesidades.
Son experiencias que vivimos en la vida. Cosas que expresan esa mutua relación desde la amistad y desde el amor. Casi no es necesario hablar de ello, porque será algo que habremos experimentado de una forma u otra en la vida. Pero si hoy me he entretenido en esta pequeña descripción es porque todo esto me hace preguntarme muchas cosas de nuestra relación con Dios. Y con todo esto de base quizás tendríamos que preguntarnos por qué nos cuesta tanto hablar con Dios, relacionarnos con Dios, hacer nuestra oración porque es la forma como llamamos a esa relación con Dios.
De entrada en nuestra fe más simple y elemental hablamos y decimos que Dios es nuestro padre, ¿cómo es que no tenemos de qué hablar con Dios? ¿Por qué nos cuesta tanto perseverar en la oración? Y seguimos profundizando algo más en el evangelio recordamos que Jesús nos llama amigos, ¿pero vivimos en verdad una relación de amistad con Jesús con todas aquellas características, por ejemplo, que hablábamos de los amigos a los que les gusta encontrarse y que siempre tienen tiempo para hablar y hablar y contarse cosas y contar el uno con el otro? ¿Nos estará fallando algo en nuestra fe y en nuestro amor a Dios? ¿Por qué nos falla tanto nuestra oración? ¿Habremos perdido ese sentido de comunión y de amistad en nuestra relación con el Señor?
Hoy en el evangelio se nos dice que Jesús nos propone una parábola para explicarnos como debemos orar siempre y sin desanimarnos. Y nos habla de la viuda que acude a un juez para que se le haga justicia, pero aquel juez no le hace caso hasta que por la insistencia de aquella mujer, al menos para quitársela de encima finalmente le hará justicia. El ejemplo no es el de aquel juez inicuo que de ninguna manera podemos comparar con Dios, sino el ejemplo está en la perseverancia de aquella mujer. Así nuestra oración, perseverante porque cuando acudimos a Dios acudimos con la confianza de los hijos y con la confianza de que Dios nos ama.
¿Queremos más motivos para nuestra oración? Sabemos que Dios es un padre que nos ama y la razón del amor es la mayor motivación. Por eso podía llegar a decir santa Teresa de Ávila, nuestra gran mística que tanto sabía de oración, aquello de que ‘orar es tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama’. Es cuestión de amor, de amistad de la más grande; es cuestión de enamorados, de saber que amamos a Dios y queremos amarle cada vez más, pero con la certeza y la confianza de que El nos ama.