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sábado, 25 de octubre de 2025

La misericordia de Dios no se agota nunca y siempre está esperando de nosotros flores y frutos de conversión

 


La misericordia de Dios no se agota nunca y siempre está esperando de nosotros flores y frutos de conversión

Romanos 8, 1-11; Salmo 23; Lucas 13, 1-9

Algunas veces agotamos la paciencia de los demás; así somos de humanos, humanos porque en nuestra debilidad tropezamos tantas veces en la misma piedra y así molestamos a los demás con nuestro trato que no siempre es lo bueno que tendría que ser, con nuestras cosas y manías que muchas veces nos hacemos insufribles para los otros y así con no se cuentas cosas mas, aunque una y otra vez tratemos de disculparnos y pedir perdón pero una y otra vez volvemos a nuestras andadas. Pero humano es el que tiene que aguantarnos, tener paciencia con nosotros y algunas veces también se le puede acabar la paciencia; si es tan reincidente por qué tengo que perdonarlo una y otra vez, nos preguntamos muchas veces. Es nuestra condición tendríamos que decir.

Pero, ¿así somos también en nuestra relación con Dios? Reconozcamos nuestra reincidente debilidad pero también lo grande que es la misericordia de Dios, que es infinita, y siempre nos está ofreciendo su amor y su perdón. ¿Dios se puede cansar algún día de nosotros? ¿Dios podrá dejarnos en el olvido porque podemos parecer ya un caso perdido? Algunas veces podemos pensar que agotamos la paciencia de Dios. La imagen de Dios que se nos va ofreciendo en la Biblia nos puede dar la impresión en algunas ocasiones que Dios se está cansando de amar al hombre, de amar a la humanidad.

Lo que hoy escuchamos en la Palabra de Dios es una llamada que se hace a nuestro corazón, una llamada a nuestra conversión. Por una parte vienen contándole lo que ha sucedido con aquellos galileos que se habían rebelado contra los romanos y que habían sufrido castigo, además en unas circunstancias que en cierto modo podían parecer escandalosas, pues fueron ejecutados en el templo.

En el sentido que podían tener entonces sobre la vida, la enfermedad y la muerte podía parecer un castigo de Dios. No tiene que ser la óptica con la que nosotros miremos el sentido de la enfermedad o de la muerte. Por eso Jesús se pregunta y les pregunta ¿serán más culpables estos galileos que los demás? O recordando un accidente en que la caída de un muro de la piscina de Siloé había hecho que perdieran la vida algunos de los que allí estaban, también le hace preguntarse a Jesús ¿eran más culpables los que murieron que el resto de los que allí estaban? Y Jesús les dice que si no se convierten van a perecer todos lo mismo.

Pero esto da pie a una pequeña parábola que Jesús nos propone. La higuera que no da fruto y año tras año el dueño viene a buscar sus frutos y no los encuentra, decidiendo cortarla porque para qué va a ocupar terreno una higuera que no da fruto. Pero aquí aparece el agricultor que le dice que tenga paciencia, que la va abonar, que va a cavar a su alrededor, que va a darle especiales cuidados, para ver si finalmente algún día dé fruto.

¿No es eso lo que Dios está haciendo con nosotros? No pierde Dios la paciencia con nosotros porque no demos fruto, sino que continuamente nos está haciendo llegar sus llamadas de amor para que nos convirtamos a El. Nosotros en la vida tantas veces hubiéramos quitado de en medio a aquellos que nos molestan, a aquellos que obran injustamente, y pensemos en tantas situaciones más en las que nos sentimos incómodos y quisiéramos arrasar con todo. Pero pensemos en lo que es la historia de nuestra vida, que sí es cierto que ha tenido momentos de luz, pero que reconocemos que también hay muchos momentos oscuros en nuestra vida; cada uno sabe su historia, conoce sus reincidencias, es consciente del mal que ha hecho tantas veces, pero Dios no ha arrasado con nosotros.

La paciencia de la misericordia de Dios es infinita. ¿Llegaremos un día a dar fruto de conversión? ¿Florecerán las obras del amor algún día en nosotros para que también podamos ofrecer esos frutos de vida?

 

domingo, 20 de febrero de 2022

Seamos misericordiosos ni juzgaremos ni condenaremos, seremos capaces de ofrecer siempre el perdón, no nos costará compartir, daremos lo mejor de nosotros mismos

 


Seamos misericordiosos ni juzgaremos ni condenaremos, seremos capaces de ofrecer siempre el perdón, no nos costará compartir, daremos lo mejor de nosotros mismos

1Samuel 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; Sal 102; 1Corintios 15, 45-49: Lucas 6, 27-38

El evangelio de Jesús no son unos consejitos piadosos, en lo que quizás muchas veces nos hemos quedado. Escuchar así en directo la palabra de Jesús sobre todo en aquellas cosas que Jesús considera fundamental para vivir el Reino de Dios realmente tendría que impactarnos de manera que no nos quedemos tan insensibles. Pero hemos edulcorado las palabras de Jesús; no es que las cambiemos, porque ahí están, pero cuando nos ponemos a cumplirlas, a reflejarlas en nuestra vida, si es que de verdad nos consideramos sus seguidores, pronto comenzamos con las rebajas, con las interpretaciones, con lo que Jesús quiso decir o no quiso decir. Pero lo que hoy hemos escuchado en el evangelio le dan un viraje completo al concepto de la vida que habitualmente vivimos.

A tí que estás leyendo esta semilla de cada día te invitaría a que antes de seguir leyendo esta reflexión cogieras de nuevo el evangelio en el texto que hoy se nos ofrece - Lucas 6, 27-38 - y lo volvieras a leer, a escuchar, a rumiar por ti mismo en el corazón, subrayando aquellas cosas que son el eje principal de este texto.

Es toda una revolución, y no a la manera como entendemos tantas veces las revoluciones en las que pronto entra la violencia y la destrucción. Es una revolución porque es un cambio radical en nuestras posturas, en la manera de actuar, en lo que podríamos llamar la filosofía de la vida, la manera de entender la vida. Porque es que Jesús nos está pidiendo todo lo contrario de lo que habitualmente hacemos.

Frente a esa manera habitual de nuestro actuar Jesús nos dice: ‘Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada’. Si ya de entrada decimos habitualmente que somos amigos de nuestros amigos, ¿cómo es que Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos? Es que ni siquiera en la forma de presentarnos decimos que queremos ser amigos de todos, sino que somos amigos de nuestros amigos, ¿y los demás no merecen nuestro amor y nuestro respeto? Pero es que Jesús nos está diciendo, repito, que tenemos que amar a los enemigos, y hacer el bien a los que nos odian, bendecir a los que nos maldicen y rezar por aquellos que incluso nos calumnian.

Yo ayudo a los que me ayudan, decimos, y aparecen gestos bonitos entre familiares y amigos que se ponen de acuerdo muchas veces para ayudarse en tareas que pueden ser comunes. Hasta ahí todo muy correcto, pero si hay alguien entre los vecinos que nunca colabora con nada ni con nadie, que se las arregle él solo cuando lo necesite. Por eso el saludar a los que me saludan, como hacemos todos habitualmente, no tiene nada de extraordinario; como dice Jesús eso lo hacen hasta los paganos. Son las reglas de corrección que nos hemos trazado en aquello que llamamos buena educación. Pero en ese protocolo no es en el que se queda Jesús. Hacer el bien y prestar un servicio ‘sin esperar nada’.

Algo muy elemental y sencillo pero que si llegamos a hacerlo será algo maravilloso. ‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo’.

Pero si nos fijamos bien no nos está pidiendo Jesús nada extraordinario. Simplemente que seamos humanos, que nos tratemos como humanos; si nos sentimos miembros de una misma humanidad, con humanidad tendríamos que tratarnos los unos a los otros. ‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten…’ ¿No nos gustaría que todos fueran así de generosos con nosotros? ¿No buscamos en el fondo comprensión para nuestros defectos o para nuestros errores? ¿No  nos agradaría que generosamente nos ofrecieran el perdón ante los errores que hayamos podido cometer, las cosas con las que quizá en un momento de debilidad pudimos ofender a los demás? ¿Por qué tiene que prevalecer el orgullo en nuestras relaciones? Por ahí nos pesa, por ahí nos cuesta, porque hasta para pedir o recibir perdón el orgullo nos hace cosquillas en el corazón.

Pero ¿y cuál es el fundamento de todo esto? La misericordia del Señor que tenemos que imitar en nuestra vida. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso’. Seamos misericordiosos porque tenemos la experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida. ¿Si Dios es misericordioso con nosotros por qué no ser nosotros misericordiosos con los demás? Seamos misericordiosos y no juzgaremos ni condenaremos; seamos misericordiosos y seremos capaces de ofrecer generosamente el perdón a los demás; seamos misericordiosos y no nos costará compartir, ofrecer lo mejor de nosotros mismos para buscar siempre el bien de los demás.

Es el camino de Jesús. Es el camino del que le sigue. Es el camino en el cual viviremos el Reino de Dios.

domingo, 19 de julio de 2020

Pongamos verdadera humanidad en la vida porque entonces amamos, hacemos el bien, brillará la verdad, resplandecerá la justicia y haremos un mundo de paz


Pongamos verdadera humanidad en la vida porque entonces amamos, hacemos el bien, brillará la verdad, resplandecerá la justicia y haremos un mundo de paz

Sabiduría 12, 13. 16-19; Sal 85;  Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30
La gloria y el poder del Señor se manifiestan en la misericordia. No lo podemos olvidar. No podemos pensar que el poder de Dios todopoderoso se manifiesta en una justicia implacable y vengativa que no deja lugar a la misericordia y al perdón.
Quizás nos choque este pensamiento con nuestra manera de actuar. Si no, pensemos, en cómo nos ponemos de violentos cuando constatamos algunas de las injusticias que los hombres cometemos y como gritamos cuando quizá no podemos hacer otra cosa porque vemos algo que no nos gusta, no nos agrada y pensamos que está mal. Allí quisiéramos descargar todo nuestro poder lleno de violencia, si lo tuviéramos, para que se corrija eso que consideramos injusto y si estuviera de nuestra parte haríamos desaparecer a quien así se comporte.
Esa justicia que a veces reclamamos tendríamos que llamarla venganza porque llenamos nuestro corazón y nuestros actos de violencia y de destrucción. Repito,  ¿qué es lo que hacemos cuando reclamamos algo o cuando queremos que se enmiende o corrija aquello que consideramos que no está bien si no lo conseguimos tan pronto como nosotros lo pensamos?
Pero como comenzamos diciendo la gloria y el poder del Señor se manifiestan en su misericordia. Es lo que hoy nos enseña la Palabra de Dios proclamada en este domingo. Tanto esas bellas consideraciones del libro de la Sabiduría como luego la parábola del evangelio. ‘Porque tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos… tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia… Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano…’ Indulgencia, moderación, humanidad han de ser la forma de actuar. Así se manifiesta el poder del Señor.
Vuelve a hablarnos Jesús en parábolas y emplea de nuevo la imagen de la semilla. Ha sido la buena semilla que se ha sembrado en el campo, pero en el que de pronto aparecen brotes de malas semillas. El enemigo en la noche las había sembrado. Ahí estás los buenos deseos de los jornaleros que trabajan aquel campo para en su buena voluntad querer ir arrancando una a una aquellas plantas de cizaña que han brotado en medio del trigo.
Una imagen de la vida, del mundo en el que vivimos. Como nos dice el Génesis cuando Dios lo creó vio que todo era bueno. Pero ahora constatamos el mal que anda metido en medio del mundo. Pronto había aparecido si seguimos aquellas primeras páginas del Génesis porque por allí estaba la serpiente tentadora que hizo caer a Eva y a Adán; por allá aparecieron los orgullos y las envidias de Caín que le llevaron a la muerte de su hermano, y así podríamos seguir contemplando página a página de la Biblia.
Es nuestra vida, es nuestro mundo, porque ni nosotros somos tan buenos que tantas veces se nos mete la malicia en el corazón traducida en nuestros orgullos y violencias, y al mismo tiempo contemplamos la realidad del mundo que nos rodea tan lleno de las cizañas de las injusticias y la violencias, de insolidaridad y desamor.
También en nosotros cuando se nos despierta la conciencia surgen los deseos de arreglar nuestro mundo, de arrancar tanta mala cizaña como contemplamos, pero ya sabemos bien la forma cómo reaccionamos en muchas ocasiones ante ese mal que envuelve nuestro mundo. Un poco aquello que ya reflexionábamos al principio. Clamamos justicia que muchas veces es venganza o es alimentar más las violencias de la vida que nada solucionan.
Tenemos que escuchar las palabras del amo de aquel campo de la parábola que nos pide paciencia hasta el final no vayamos a arrancar mezclados la buena y la mala simiente. No significa eso un cruzarnos de brazos ante ese mal que nos rodea porque tenemos que luchar contra el mal buscando caminos que nos ayuden a hacer un mundo mejor. Porque esa es la transformación que tenemos que realizar.
El amor y la paz de los que queremos llenar nuestro mundo no se imponen a la fuerza sino que se contagian. Por eso la grandeza de nuestra vida que tenemos que manifestar lo tenemos que hacer a través de la misericordia, la indulgencia, la moderación, el verdadero amor que haga crecer nuestra humanidad pero también la humanidad de los que están a nuestro lado, como nos enseñaba el libro de la Sabiduría que hoy hemos escuchado.
Ojalá aprendamos la lección. Ojalá aprendamos a poner más humanidad en nuestra vida. Ojalá llenemos nuestras entrañas de misericordia para que con la dulce miel del amor sepamos atraer a los que se ven envueltos en caminos de violencia, de insolidaridad e injusticia a cambiar su corazón y a poner verdadera humanidad en su vida. Porque cuando somos humanos de verdad amamos, hacemos el bien por encima de todo, haremos brillar la verdad, resplandecerá la justicia, tendremos un mundo lleno de armonía y de paz.
La gloria y el poder del Señor se manifiestan en la misericordia. No lo podemos olvidar. Es en lo que tiene que resplandecer también nuestra vida.


domingo, 24 de febrero de 2019

Por encima de todas las consideraciones humanas que nos podamos hacer dejémonos empapar por el espíritu del Evangelio para que brille en nosotros el verdadero amor



Por encima de todas las consideraciones humanas que nos podamos hacer dejémonos empapar por el espíritu del Evangelio para que brille en nosotros el verdadero amor

1Samuel 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; Sal 102; 1Corintios 15, 54-58;  Lucas 6, 27-38

Página sublime sobre el amor la que nos ofrece hoy el evangelio. Muchas veces cuando buscamos una página de la Escritura que nos hable de la sublimidad del amor acudimos todos al capítulo 13 de la primera carta a los Corintios, y por supuesto que no hacemos mal, porque san Pablo elocuentemente y hasta de forma poética nos hace allí una bello cántico del amor. Pero no es menos sublime, sino que me atrevo a decir que tiene una profundidad mayor en la forma concreta de cómo nos habla del nuevo sentido del amor, esta página del evangelio que hoy se  nos propone en la liturgia de este domingo.
Es una página rompedora, porque de alguna manera nos trastoca los conceptos y la manera que tenemos de ver el sentido del amor. Porque pensemos, por ejemplo, cómo amamos nosotros y a quien amamos de forma casi espontánea y natural. Nuestra forma natural de entender el amor es entrar en la órbita donde nos sentimos amados y convertimos nuestro amor como en un intercambio; me amas, te amo, haces algo por mí yo lo haré por ti también, hoy te presto un servicio y hasta soy capaz de sacrificarme pero ya tú me corresponderás cuando yo lo necesite. Pero pensemos seriamente, ¿no se nos quedará algo cojo un amor así tan interesado y tan de búsqueda de correspondencias?
Y ¿qué nos dice Jesús hoy? Eso lo hace cualquiera, no viene a decir. Hasta los paganos lo hacen, hasta los que no tienen ningún sentido de Dios hacen lo mismo también con los suyos. Decimos un amor solidario, porque nos sentimos hermanos e iguales, y eso está bien, pero es que el amor tiene que ser algo más; también a los que no se consideran iguales – y bien que nos hacemos esas distinciones, aunque digamos lo contrario, en la sociedad en la que vivimos – tenemos que mostrar amor; también al que pueda sentir como un contrincante, porque tiene opiniones distintas, porque plantea las cosas de otra manera – y miremos como en la normalidad de la sociedad en la que vivimos a los contrincantes parece que hasta los consideramos enemigos – pues también a esos tenemos que amar.
La altitud de miras que nos propone Jesús, el ideal de amor que nos ofrece – y que veremos en El primero que nada – es muy distinto, porque nos está diciendo que no solo a los que no piensan como nosotros sino incluso a aquellos que nos hayan podido hacer mal, a esos también tenemos que amar.
No es un amor cualquiera, no es un amor vivido con cualquier medida a lo humano que siempre se nos quedará raquítica, es un amor generoso, un amor amplio, un amor con miras universales lo que nos está proponiendo Jesús. No es un amor fácil porque aunque estamos hechos para el amor sin embargo pesan en nosotros muchas debilidades humanas; y fijaos que digo humanas, porque entran en las características de la persona; que no son simplemente meros instintos animales, en cosas que nos pueden deshumanizar; es que el amor que nos enseña Jesús, como decíamos antes, es un amor sublime, que nos eleva y nos pone por encima de los mejores deseos humanos que podamos tener; es un amor que de alguna manera nos diviniza, nos hace entrar en el ámbito de lo sobrenatural.
Pero eso no significa que no lo podamos alcanzar, que no lo podamos vivir. Delante de nosotros va Jesús con ese amor, como ejemplo y como estímulo señalándonos el camino, pero es además que con nosotros va Jesús que nos acompaña con su gracia, que nos fortalece con su vida divina en nosotros. El nos regala su Espíritu, su Espíritu de amor. Y es que Jesús nos está señalando un nuevo sentido de vivir.
Al entrar en esa nueva órbita del amor estamos entrando un nuevo sentido de vivir. Es cuando aparece en nosotros la compasión verdadera y el verdadero espíritu de la misericordia. Es cuando en la generosidad de nuestro amor entraremos en los caminos del perdón, y ya sabemos cuánto en este sentido luego a lo largo del evangelio nos irá diciendo Jesús.
No terminamos de entenderlo en toda su amplitud y por eso nos cuesta luego tanto el vivirlo. Porque seguimos juzgando y condenando, seguimos haciéndonos nuestras reservas para quien un día falló o para quien en una ocasión quizá nos ofendió; porque aunque digamos lo contrario y hablemos de manera sublime del amor y de la misericordia, seguimos marcando como con un sambenito a quien un día cometió un grave error o un grave pecado y aunque decimos que perdonamos quizá todavía seguimos queriendo ponerlo en manos de la justicia o querríamos hacerlo desaparecer de la faz de la tierra.
Tenemos que pensarnos muy mucho eso que decimos que la Iglesia es la casa de la misericordia cuando quizá seguimos dejándonos arrastrar por criterios del mundo donde no cabe el perdón y puede que no aparezcan tan claras esas actitudes y valores evangélicos porque ciertas influencias mediáticas siguen cargando sobre la misma Iglesia y podríamos quizá comenzar a actuar como nos pide el mundo. Triste sería que la Iglesia no se mostrara siempre como la madre de la misericordia para todo el género humano, y digo, para todos.
Por encima de todas esas consideraciones humanas que nos podamos hacer dejémonos empapar por el espíritu del Evangelio para que brille en nosotros el verdadero amor.



lunes, 10 de diciembre de 2018

La presencia de Jesús y nuestro encuentro con El viene a restaurar con su salvación a todo el ser de la persona


La presencia de Jesús y nuestro encuentro con El viene a restaurar con su salvación a todo el ser de la persona

 Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

Decimos que cuando hay voluntad todo lo conseguimos, porque ya seremos capaces de poner todos los medios que estén a nuestro alcance y si es necesario inventarnos otros para conseguir aquello que tenemos voluntad de obtenerlo. Es bueno, es cierto, que tengamos voluntad para obtener las cosas porque eso impedirá que nos rindamos fácilmente cuando puedan aparecer las dificultades y eso significa también una valoración de nosotros mismos, una autoestima como ahora tantas veces nos repiten para creer que podemos y somos capaces y mantener nuestras lucha y nuestros afanes por conseguirlo.
Todo esto está muy bien mientras no caigamos en autosuficiencias que nos hagan creer que todo lo podemos alcanzar por nosotros mismos – los orgullos nos impulsarán a intentar conseguir lo que otros consideran imposible – pero nunca esa autosuficiencia nos puede conducir a creernos en un estadio superior y poco menos que omnipotentes. Creo que hace falta algo mas para que no lo echemos a perder, algo que nos ayude a encontrar motivaciones porque fácilmente nos vienen los cansancios en nuestras luchas y bajamos la guardia y terminamos por rendirnos o nos obcecamos de tal manera que nos puede convertir en fieras que busquemos el obtener las cosas por la violencia, o la manipulación.
Nos hace falta humildad para saber hasta donde podemos llegar y nos ceguemos, pero necesitamos además una fuerza superior que solo desde la fe podemos encontrar. Será esa fe la que nos impulse, la que nos haga mover montañas, como ya no dirá Jesús en el evangelio, y nos hará mantenernos perseverantes hasta el final. Muchas consideraciones podríamos hacernos aquí en torno a nuestra fe.
Bástenos lo que hemos dicho hasta aquí como inicio y preparación a lo que el evangelio hoy viene a enseñarnos. Jesús estaba enseñando en una casa rodeado de gente. Era tal la cantidad que cuando vienen unos hombres con un paralítico para llevarlo a los pies de Jesús para que lo cure, es imposible entrar por la aglomeración de la gente en la puerta. Y es aquí donde aparece la voluntariedad de aquellos hombres que no se dejan vencer fácilmente. Pero será también la fe, como luego el mismo evangelista nos resalta que Jesús se fijó en la fe de aquellos hombres. En la dificultad se aguza el ingenio y quitando algunas lozas del tejado por aquel hueco descuelgan a aquel hombre enfermo hasta los pies de Jesús.
Vemos ya una parte del mensaje en la voluntad y en la fe de aquellos hombres. Pero aquí viene la sorpresa de Jesús. Cuando todos pensaban que iba a curarlo lo que Jesús le ofrece es la salvación con el perdón de sus pecados. Desconcierto quizás por aquellos que lo traían y el mismo enfermo porque en su fe sencilla lo que ellos pedían era la curación de la parálisis de aquel hombre. Pero el estupor se contagia entre los demás que están allí escuchando a Jesús y siendo testigos de sus obras, porque por allá aparecen aquellos que dicen que Jesús blasfema porque solo es Dios el que puede perdonar pecados. Los escribas y fariseos están siempre al acecho.
Pero Jesús se reafirma en lo que ha hecho y en lo que ha dicho. ¿Quién puede perdonar pecados? ¿Quién puede tener poder para sanar a aquel hombre? ¿Es cosa de poderes humanos? Si tiene poder para sanar a aquel hombre – es el poder y la gloria de Dios – también en consecuencia tiene poder para perdonar los pecados. ‘A ti te lo digo, le dice al que está postrado en su camilla, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’.
Todos ahora se quedaron viendo visiones, como se diría en otro lugar; todos estaban ahora asombrados como Dios da el poder del perdón de los pecados a quien ellos pensaban que eran un hombre. Pero allí está Dios con su salvación. Todos darán gloria a Dios.
El encuentro con Jesús viene a restaurar la vida del hombre. Estamos viendo todo un proceso en lo que allí ha sucedido aquel día. La fe de aquellos hombres en Jesús les hace fuertes, les hace creer en las posibilidades de todo aquello que anhelan. Está fortaleciéndose la dignidad de aquellas personas, están creciendo humana y espiritualmente desde que creen en Jesús.
Es la vida de aquellos hombres, y no solo la del paralítico la que se está transformando. Aquella voluntariedad que antes decíamos lo está expresando, como al mismo tiempo se va haciendo fuerte su fe, van creciendo humana y espiritualmente; nada los detiene, aparecen las iniciativas para vencer las dificultades, podemos decir que han crecido como personas.
Lo que en la vida de los hombres es tanta veces cobardía o son sombras ahora les hace llenarse de valentía y va haciendo que su vida se ilumine de una forma nueva y sorprendente. Es la salvación que está llegando al paralítico y a aquellos hombres. Nos quedamos muchas veces solo en la curación y el perdón que ha obtenido el paralítico, pero tenemos que darnos cuenta que la gracia de Jesús, la salvación de Jesús está afectando a todos,  porque al final todos darán gloria a Dios.
¿Nos daremos cuenta de que esos han de ser los derroteros por donde ha de girar nuestra preparación en al Adviento para la celebración del nacimiento del Salvador?