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sábado, 25 de octubre de 2025

La misericordia de Dios no se agota nunca y siempre está esperando de nosotros flores y frutos de conversión

 


La misericordia de Dios no se agota nunca y siempre está esperando de nosotros flores y frutos de conversión

Romanos 8, 1-11; Salmo 23; Lucas 13, 1-9

Algunas veces agotamos la paciencia de los demás; así somos de humanos, humanos porque en nuestra debilidad tropezamos tantas veces en la misma piedra y así molestamos a los demás con nuestro trato que no siempre es lo bueno que tendría que ser, con nuestras cosas y manías que muchas veces nos hacemos insufribles para los otros y así con no se cuentas cosas mas, aunque una y otra vez tratemos de disculparnos y pedir perdón pero una y otra vez volvemos a nuestras andadas. Pero humano es el que tiene que aguantarnos, tener paciencia con nosotros y algunas veces también se le puede acabar la paciencia; si es tan reincidente por qué tengo que perdonarlo una y otra vez, nos preguntamos muchas veces. Es nuestra condición tendríamos que decir.

Pero, ¿así somos también en nuestra relación con Dios? Reconozcamos nuestra reincidente debilidad pero también lo grande que es la misericordia de Dios, que es infinita, y siempre nos está ofreciendo su amor y su perdón. ¿Dios se puede cansar algún día de nosotros? ¿Dios podrá dejarnos en el olvido porque podemos parecer ya un caso perdido? Algunas veces podemos pensar que agotamos la paciencia de Dios. La imagen de Dios que se nos va ofreciendo en la Biblia nos puede dar la impresión en algunas ocasiones que Dios se está cansando de amar al hombre, de amar a la humanidad.

Lo que hoy escuchamos en la Palabra de Dios es una llamada que se hace a nuestro corazón, una llamada a nuestra conversión. Por una parte vienen contándole lo que ha sucedido con aquellos galileos que se habían rebelado contra los romanos y que habían sufrido castigo, además en unas circunstancias que en cierto modo podían parecer escandalosas, pues fueron ejecutados en el templo.

En el sentido que podían tener entonces sobre la vida, la enfermedad y la muerte podía parecer un castigo de Dios. No tiene que ser la óptica con la que nosotros miremos el sentido de la enfermedad o de la muerte. Por eso Jesús se pregunta y les pregunta ¿serán más culpables estos galileos que los demás? O recordando un accidente en que la caída de un muro de la piscina de Siloé había hecho que perdieran la vida algunos de los que allí estaban, también le hace preguntarse a Jesús ¿eran más culpables los que murieron que el resto de los que allí estaban? Y Jesús les dice que si no se convierten van a perecer todos lo mismo.

Pero esto da pie a una pequeña parábola que Jesús nos propone. La higuera que no da fruto y año tras año el dueño viene a buscar sus frutos y no los encuentra, decidiendo cortarla porque para qué va a ocupar terreno una higuera que no da fruto. Pero aquí aparece el agricultor que le dice que tenga paciencia, que la va abonar, que va a cavar a su alrededor, que va a darle especiales cuidados, para ver si finalmente algún día dé fruto.

¿No es eso lo que Dios está haciendo con nosotros? No pierde Dios la paciencia con nosotros porque no demos fruto, sino que continuamente nos está haciendo llegar sus llamadas de amor para que nos convirtamos a El. Nosotros en la vida tantas veces hubiéramos quitado de en medio a aquellos que nos molestan, a aquellos que obran injustamente, y pensemos en tantas situaciones más en las que nos sentimos incómodos y quisiéramos arrasar con todo. Pero pensemos en lo que es la historia de nuestra vida, que sí es cierto que ha tenido momentos de luz, pero que reconocemos que también hay muchos momentos oscuros en nuestra vida; cada uno sabe su historia, conoce sus reincidencias, es consciente del mal que ha hecho tantas veces, pero Dios no ha arrasado con nosotros.

La paciencia de la misericordia de Dios es infinita. ¿Llegaremos un día a dar fruto de conversión? ¿Florecerán las obras del amor algún día en nosotros para que también podamos ofrecer esos frutos de vida?

 

domingo, 23 de marzo de 2025

Escuchemos en el silencio del corazón esas llamadas de Dios y en lo sencillo y en lo pequeño sepamos escuchar la voz de Dios que espera la respuesta de nuestra conversión

 


Escuchemos en el silencio del corazón esas llamadas de Dios y en lo sencillo y en lo pequeño sepamos escuchar la voz de Dios que espera la respuesta de nuestra conversión

Éxodo 3, 1-8a. 13-15; Salmo 102; 1 Corintios 10, 1-6. 10-12; Lucas 13, 1-9

Cuando nos ponemos a pensar un poco y contemplamos las cosas que van sucediendo en el momento presente en nuestro mundo de alguna manera se nos mete el miedo en el cuerpo, por decirlo de alguna manera, y nos llenamos de muchos interrogantes que nos pueden hacer plantear muchas cosas; guerras provocadas por la maldad de los hombres – no podemos decir otra cosa u otra razón – con el sufrimiento y muerte de tantas personas, catástrofes naturales que se suceden y que también producen tantos estragos y se llevan a tantas vidas humanas por delante, y de eso tenemos hecho muy concretos, muy recientes y muy presentes, como muchas cosas de índole personal que nos van sucediendo y nos llaman la atención en cosas que nos pasan, en enfermedades que aparecen en nosotros o en los nuestros, en las limitaciones que vayamos sufriendo quizá por el paso de los años.

¿Qué sucede? ¿Qué avisos pueden ser esas cosas para nuestra vida y para nuestro mundo? ¿De qué son señales esas cosas? Pero hemos de tener cuidado con los catastrofismos y radicalismos de planteamientos. ¿Dónde buscamos las culpas? ¿Serán acaso castigos divinos?, llegamos también a pensar. ¿Qué llamadas podemos ahí encontrar?

En el evangelio vemos que también van a contar a Jesús lo que ha sucedido recientemente en el templo, con la sangre de los galileos derramada en el lugar de los sacrificios desde aquellas represiones del poder dominante. Algo que realmente era muy indignante para los judíos por tratarse del lugar sagrado. Reacciones quizás de todo tipo se podían estar dando. ¿Estarían buscando quizás que quien parecía ser el Mesías se pusiera al frente de lo que pudiera suceder? también había acaecido otro suceso en la piscina de Siloé donde la caída de una pared había producido también algunos muertos.

Una forma de pensar y de reaccionar ante cosas así era el atribuir a un castigo del cielo porque aquellas personas eran pecadores. ¿No decimos nosotros también muchas veces que Dios castiga sin piedra ni palo?

Jesús les dice que no piensen que aquellos que murieron en tales acontecimientos eran más pecadores que los demás. No podemos pensar en castigos del cielo porque el actuar de Dios es de otra manera. Nos lo está manifestando en la misma presencia de Jesús que no teme estar en medio de los pecadores porque El es el médico que viene a sanar y a curar, no a castigar ni a llegar a la muerte como castigo. Qué distinto a nuestros criterios tan fáciles para juzgar y para condenar, pero fáciles para juzgar y condenar a los demás, porque a nosotros mismos no nos miramos.

Es lo que quiere Jesús, que nos miremos a nosotros mismos, no para hundirnos en nuestras culpas, sino para contemplar lo que es la misericordia de Dios. Y nos propone una pequeña parábola. El hombre que tenía una higuera y año tras año, y ya van tres, viene en su época a buscar higos, pero la higuera no da higos. Parece inútil e inservible en medio de su huerta y lo que no sirve se quita de en medio. Pero allí está el hortelano que le pide paciencia al dueño; él la va a trabajar con especial cuidado, cavará a su alrededor y la abonará en abundancia con la esperanza de que un día dé fruto.

Es la paciencia de Dios con nosotros, mejor tenemos que decir, el amor misericordioso de Dios que viene a buscarnos como hizo con el pueblo oprimido en Egipto y siempre está esperando nuestra respuesta. Continuamente nos está ofreciendo su gracia, pone a nuestro lado otro Moisés que nos haga llegar esa llamada de Dios y nos abra a nuevos caminos de liberación para nuestra vida, va dejando señales en nuestro camino para que en verdad nos convirtamos y hagamos nuestra vuelta al amor de Dios, nos regala continuamente su Palabra que nos llega no solo en aquellas celebraciones en las que participamos sino de mil medios y maneras se hace presente en nuestra vida, recibimos el testimonio de tantos a nuestro alrededor que son llamadas de Dios a nuestra vida. ¿Qué respuesta estamos dispuestos a dar?

El camino cuaresmal que ahora estamos haciendo es una gracia de Dios. Tiempo favorable, tiempo de salvación, tiempo propicio, hemos ido escuchando una y otra vez. No tenemos que irnos por tremendismos de interpretaciones forzadas de los acontecimientos de la vida – también puede ser un toque de atención – sino que en lo sencillo y en lo pequeño hemos de saber escuchar esa voz de Dios. Vayamos rumiando esa palabra que cada semana o cada día vamos escuchando y seamos capaces de abrir nuestro corazón a Dios. Escuchemos en el silencio de nuestro corazón esas llamadas de Dios.

sábado, 26 de octubre de 2024

Sigamos cultivando nuestra vida, la humilde higuera nos dará sabrosos y dulces frutos, aunque nos sintamos pequeños podemos enriquecer nuestro mundo con hermosos frutos

 


Sigamos cultivando nuestra vida, la humilde higuera nos dará sabrosos y dulces frutos, aunque nos sintamos pequeños podemos enriquecer nuestro mundo con hermosos frutos

Efesios 4, 7-16; Salmo 121; Lucas 13, 1-9

Confieso que la imagen que tengo en mi mente de la higuera es la de un árbol humilde. Reconozco que me gusta saborear unos higos recién cogidos de la higuera, como también soy un goloso de los higos pasados, con su dulce sabor además de lo nutritivos que son. Pero mirar o pensar en una higuera me hace pensar, sin embargo, en un árbol humilde, que no sobresale en nada, ni siquiera con flores, por así decirlo frente a otros árboles frutales de nuestros campos. Sin embargo por otra parte bien significativo cuando de sus ramas aparentemente secas comienzan a aparecer en sus yemas los brotes que nos anuncian una cercana primavera. Que sabroso es por otra parte detenernos en el camino a su sombra y poder saborear uno de sus frutos que además nos dan energía para el camino.

Nos aparece en el evangelio en varias ocasiones su imagen, en ellas sin embargo mientras se busca sus frutos y no se encuentran. En una ocasión mientras Jesús caminaba hacia Jerusalén, y hoy, también en su camino de subida a Jerusalén aparece esta imagen en la parábola que Jesús nos ofrece. El hombre que se acerca a su heredad y busca frutos en la higuera que tiene en su huerta; pero no hay fruto y le pide al labrador que la arranque pues no sirve ni para dar fruto. Pero el labrador pide paciencia, promete cuidarla con esmero, abonarla debidamente y cavar la tierra en su derredor, esperando que al año pueda llegar a dar fruto.

¿Seremos acaso nosotros esa higuera que no da fruto y nos escudamos en nuestra infructuosidad en lo humilde y lo pequeño que somos? Cuántas veces lo decimos, yo no valgo nada, yo soy poca cosa y quizás estamos enterrando la riqueza que guardamos en nuestro interior porque quizá nos sea más fácil vivir una vida cómoda y sin esfuerzo. Quizás sea tanta la pobreza de nuestra vida que no somos capaces de ver y reconocer lo que valemos; nos encerramos en una yema que se quiere quedar encerrada en si misma y no tenemos la valentía de hacerla brotar. Pero la yema está en el tallo de la planta para brotar, para que surjan nuevas ramas, para dejar que aparezcan las flores, para madurar los frutos que están como encerrados en ese germen, para que podamos obtener al final hermosos frutos que llenen de buen sabor la vida.

En nosotros siempre hay unos valores, unas cualidades, unas capacidades que tenemos que saber descubrir. Algunas veces, es cierto, tardamos en descubrirlas porque no hemos sabido revolver en nuestro interior esforzándonos en encontrar esa riqueza que llevamos por dentro, a veces quizás porque no recibimos esa ayuda que necesitamos para abrir los ojos y descubrir lo que valemos, pero nunca es tarde.

Recordamos la parábola que tantas veces hemos escuchado que el amo de la viña va llamando trabajadores para trabajar en su viña a distintas horas del día. Nos puede suceder a nosotros y porque quizás pensemos que ya estamos en las últimas horas de nuestro día no merece la pena comenzar; merece la pena, pueden salir cosas hermosas, además llevamos una virtualidad acumulada que puede ser una hermosa riqueza que se desparrame a nuestro alrededor beneficiando a muchos.

No podemos nunca cruzarnos de brazos y dar por terminado el camino; siempre hay un nuevo paso que podemos dar, siempre hay algo bueno que podemos hacer, siempre habrá quien esté esperando de nosotros también lo que le podamos ofrecer, siempre nuestra comunidad se puede ver enriquecida con nuestro trabajo, nuestra sabiduría acumulada, con todas las posibilidades que seguimos llevando dentro de nosotros mismos.

Sigamos cuidando y cultivando nuestra vida, sigamos queriendo darle profundidad y sentido a todo lo que hacemos, aunque nos parezca que somos pequeños y nada valemos; la humilde higuera nos da sabrosos y dulces frutos, el mundo que nos rodea estará esperando esos sabrosos frutos que nosotros podemos ofrecerle.

sábado, 22 de octubre de 2022

Los caminos de la justicia de Dios pasan por los caminos del amor, aprendamos a ser compasivos y misericordiosos

 


Los caminos de la justicia de Dios pasan por los caminos del amor, aprendamos a ser compasivos y misericordiosos

Efesios 4, 7-16; Sal 121; Lucas 13, 1-9

La pequeña parábola que nos propone Jesús en el evangelio es bien significativa. La higuera no da fruto, ¿para que la queremos en el huerto? Ocupando espacio, absorbiendo los nutrientes que podrían valer para otras plantas u otras hortalizas que tengamos allí sembrados, lo mejor es quitarla de en medio.

Es lo que hacemos tantas veces. Con aquello de que el mal hay que arrancarlo desde su raíz, no pensamos en la persona, no pensamos en una nueva oportunidad, sino que pretendemos quitarlo de en medio. Es el clamor que surge tantas veces en nuestro interior y que manifestamos de muchas maneras, cuando vemos este mundo injusto, tantas injusticias que hacen tanto daño a muchos y que de alguna manera están destruyendo nuestro mundo, y ahí estamos preguntándonos por qué Dios no quita de en medio a esos malvados.

Es la reacción que por otra parte dejamos salir con mucha facilidad cuando vemos que a alguien le sucede algo malo y enseguida pensamos que algo malo habrá hecho para que mereciera ese castigo. Nos volvemos justicieros, que no significa amantes de la justicia, y si de nosotros dependiera íbamos eliminando a tantos del camino de la vida porque los consideramos injustos, corruptos, malos desde la raíz, y no nos damos cuenta de cuáles son las actitudes que tenemos en nuestro corazón, muchas veces en esas ocasiones lleno de odio, con deseos de venganza, con ganas de eliminar todo lo que no sea como nosotros queremos o pensamos. ¿Dónde está el mal que habría que erradicar? Tenemos que pensarnos un poco más las cosas.

El motivo por el que Jesús les propuso la parábola a la que hacíamos mención, fue que vinieron contando a Jesús algo desagradable que había sucedido en aquellos días en el templo con la intervención del gobernador romano. Era considerado un sacrilegio, una profanación del lugar sagrado, y pronto comienzan a buscarse culpabilidades y a hacerse juicios de condena por aquellos hechos. Pero Jesús les recuerda, otro acontecimiento, el muro que se había caído de la piscina de Siloé y donde habían muerto varias personas. Ante la reacción que ante esos hechos se tiene con facilidad, Jesús se pregunta quienes eran realmente más culpables, quien merecería en verdad un castigo.

Y nos viene a enseñar Jesús que la manera de actuar de Dios no es a nuestra manera. Como se decía en los salmos los caminos de Dios no son nuestros caminos. En nuestros caminos buscamos siempre el castigo y la venganza pensando que ese es el camino de la verdadera justicia. Y nos viene a decir Jesús que Dios actúa de otra manera. Es la enseñanza de la parábola. El labrador de aquel campo no quiere arrancar la higuera; como ya nos había enseñado en otra parábola que la cizaña no se podía arrancar tan pronto porque podría dañar las buenas plantas de buena semilla. El labrador se ofrece a cavar de nuevo alrededor de la higuera, abonarla, podarla, cuidarla en la esperanza de que un día pudiera dar fruto.

Es la paciencia de Dios; es la misericordia y la compasión de Dios; es la verdadera justicia de Dios que siempre estará esperando nuestra vuelta, como el padre del hijo pródigo, como el pastor que busca a la oveja perdida. La justicia de Dios está en medio de los caminos del amor. Dios nos espera, Dios nos ofrece una y otra vez sus brazos, Dios quiere nuestra vuelta. ¿Por qué no vamos a esperar nosotros la vuelta de los que han errado el camino? ¿Por qué tenemos que arrancar de raíz esa planta?

Nos miramos a nosotros, con quienes Dios tantas veces se ha mostrado misericordioso, pero aprendemos a mirar a los demás, con los ojos de la misericordia de Dios. Seamos compasivos y misericordiosos como Dios, nuestro Padre, es compasivo y misericordioso.

domingo, 20 de marzo de 2022

Entremos en la sintonía de Dios para hacer una lectura creyente de lo que sucede descubriendo las señales de Dios

 


Entremos en la sintonía de Dios para hacer una lectura creyente de lo que sucede descubriendo las señales de  Dios

Éxodo 3, 1-8a. 13-15; Sal 102; 1Corintios 10, 1-6. 10-12; Lucas 13, 1-9

Las señales que encontramos en el camino o en la carretera no son una trampa para que caigamos en el error y luego cebarse en el castigo sobre nosotros. Las señales nos indican el camino y nos previenen de los peligros, nos hacen estar atentos para no perder el rumbo y vigilantes para evitar el daño que nos podamos hacer. Creo que siendo verdaderamente sensatos les prestamos atención, siendo inteligentes no las tomaremos a mal como si estuvieran allí para que si no las cumplimos merezcamos todo el mal que nos estamos haciendo.

Y aunque nos parezca que estamos refiriéndonos a las señales de tráfico o las señales que nos puedan indicar los lugares que merece visitar, creo que entendemos que estamos queriendo referirnos a algo más. Dios también va poniendo señales en la vida, que son llamadas, que son invitaciones a seguir un camino, que nos quieren prevenir para que evitemos lo malo, que no las podemos mirar como castigos divinos por lo malvados que somos, porque Dios siempre estará llamándonos a que seamos capaces de dar buenos frutos en la vida.

Tenemos, es cierto, la tendencia errónea de estar viendo castigos de Dios por todas partes en lo que por la misma naturaleza sucede o lo que muchas veces también es consecuencia de la maldad de los hombres. Son los accidentes producidos por el discurrir de la naturaleza o son las catástrofes humanas que nos provocamos los hombres cuando nos llenamos de odio o de ambición y para conseguir nuestros objetivos o nuestras ambiciones no miramos el daño que podemos hacer a los demás. Llevamos unos tiempos en que se suceden muchas cosas que nos desconciertan desde el cambio climático con todas sus consecuencias, las pandemias o las guerras como lo estamos sufriendo.

Es cierto que esos sucesos o esos acontecimientos nos pueden producir muchos interrogantes en nuestro interior y hasta muchas angustias, pero tendríamos que esforzarnos por hacer esa buena lectura de lo que acontece. Hacer una lectura creyente de la vida no siempre es fácil, y claro que tendríamos que tener una sintonía de Dios para saber interpretar lo que en verdad Dios quiere decirnos. La lectura creyente nos hace descubrir las señales de Dios.

El evangelio comienza recordándonos algunos hechos desagradables que sucedieron Jerusalén en los mismos tiempos de Jesús. Escandalizados vienen algunos a comentárselo a Jesús pero Jesús les ayudará a hacer una buena lectura de aquellos hechos. Era fácil ver castigos divinos en aquellos hechos, unos sacrílegos acaecidos en el propio templo y otros accidentales como la caída del muro de la piscina de Betesda donde murieron algunos. ¿Castigo de Dios?, piensan algunos. ¿Habrán hecho algo malo en su vida para que merecieran una muerte así? Y Jesús les hace pensar ¿es que pensáis que eran más pecadores que nosotros mismos? Pero sí pueden ser llamadas de Dios para que obremos el bien, para que nos arrepintamos de lo malo que hemos hecho, para que nuestro actuar en la vida sea de otra forma, para que demos verdaderamente buenos frutos.

Y Jesús les propone la parábola del hombre que viene a su terreno donde tenía plantada una higuera y aunque estaba bien frondosa no daba frutos. ¿Vamos a arrancarla porque para qué tenerla ocupando espacio en el terreno que podría dedicarse a otras plantaciones? Pero el prudente agricultor le dice que va a cavar a su alrededor, va a abonarla una vez más, esperando que al nuevo año al final de fruto.

También nosotros nos llenamos de rabia tantas veces cuando vemos el mal que hay en el mundo e iríamos quitando de en medio a todos aquellos que nos parecen malos. O sea, que iríamos actuando con la misma medida de maldad, de odio, de revancha, de rencor quitando de en medio a los que nos parecen malos. ¿Es que tú no has pecado nunca? ¿Es que nunca has hecho lo que no debías hacer? ¿Por eso ya merecerías que te castigaran quitándote de en medio? ¿Dónde está el camino de la compasión y de la misericordia? ¿Dónde está la esperanza de que podamos un día cambiar nuestro corazón? Porque para nosotros pediríamos compasión y misericordia, pero para los demás siempre el castigo y la condena.

¡Qué distintos son los parámetros de Dios! ¡Qué distinto tendría que ser nuestro actuar! Sed compasivos nos dirá el Señor, como es compasivo y misericordioso el Señor tu Dios. Escuchamos las llamadas de Dios. Seamos capaces de ver las señales que Dios va poniendo en los caminos de nuestra vida que siempre nos invitan a la conversión, al amor, a la misericordia. Son los caminos de Dios, inescrutables muchas veces, pero que son los caminos que nos llevarán a la verdadera plenitud de nuestra vida.

Todas esas señales nos están hablando del amor de Dios, nos están recordando cuánto nos ama el Señor, nos están diciendo la paciencia de amor infinito que Dios siempre tiene con nosotros, nos están señalando también esos nuevos parámetros con los que nosotros tenemos que tratar a los demás desde la compasión y la misericordia.

sábado, 26 de octubre de 2019

Vivimos con la confianza puesta en el amor de Dios que nos ama y nos llama continuamente a dar una respuesta de amor


Vivimos con la confianza puesta en el amor de Dios que nos ama y nos llama continuamente a dar una respuesta de amor

Romanos 8, 1-11; Sal 23; Lucas 13, 1-9
Alguna vez lo hemos oído o hasta nosotros nos hemos sentido tentados a decirlo. Castigo de Dios; hemos visto que le ha sucedido algo imprevisto y desagradable a alguien de quien no nos agradan algunas cosas o en alguna ocasión hemos quizá recibido algún daño y así se reacciona muchas veces. Pero ¿un cristiano puede reaccionar así? ¿Podemos ver las cosas de esa manera? ¿Estaremos haciéndonos un dios policía que está al tanto de lo que hacemos para castigarnos en todo momento por lo que hagamos mal? Creo que es una cosa en la que tenemos que reflexionar y ser capaces de buscar el odre nuevo para el vino nuevo que nos ofrece Jesús en el evangelio.
Era la reacción que tenían muchos también en los tiempos de Jesús. Vienen a contarle lo que Pilatos a hecho y que consideran sacrílego y Jesús quiere hacerlos reflexionar. ¿Un castigo de Dios a aquellos galileos por algo que quizás habían hecho?
Ya sabemos que los judíos de Judea, el hecho se sitúa en Jerusalén no veían con muy buenos ojos a los judíos de otras regiones; no solo era el odio que tenían hacia los samaritanos con quienes no se llevaban de ninguna manera, sino que a los galileos los consideraban también en un estadio por así decirlo inferior, no en vano se referían a aquella región como la Galilea de los gentiles; por ser zona fronteriza allí se mezclaban los de religión judía con los que no lo eran, los gentiles, y de alguna manera a todos los galileos los consideraban algo así como contaminados.
‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo’. Y hace a continuación Jesús referencia a un sucedo que habría sucedido hacía poco tiempo. ‘Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera’. Fijémonos como Jesús siempre hace referencia a la necesaria conversión. Somos pecadores, hacemos el mal muchas veces, y en eso no somos mejores que los demás, pero Dios siempre está esperando nuestra conversión. Podemos decir que no está al acecho a ver cuando damos los traspiés para venir con la mano levantada del castigo.
Por eso a continuación les propone una pequeña parábola. La del hombre que viene año tras año a buscar fruto en su higuera y no lo encuentra; manda al que cuida de la viña que la arranque para que no ocupe terreno en balde, pero el viñador le dice que espere un poco más que va a cuidarla con esmero con la esperanza de que pronto comience a dar fruto. Es la espera de Dios. Es la respuesta de conversión que nosotros hemos de saber dar.
Todos tenemos la experiencia de nuestros errores y pecados, pero también tenemos experiencia – algo que tenemos que reavivar porque parece que algunas veces olvidamos – de la misericordia que Dios tiene con nosotros. Una y otra vez llama a nuestro corazón; cuántas veces escuchamos su palabra que nos invita a la conversión; cuantas veces a pesar de que somos pecadores experimentamos en nosotros el amor de Dios que no nos abandona, que cuida de nosotros, que nos ofrece su gracia.
Cuantas veces nos hemos visto envueltos en caminos oscuros en la vida, en situaciones difíciles, en situaciones que parecía que el mundo se nos venía encima, pero ahí ha estado siempre la gracia de Dios. Pensemos en nuestro momento presente fruto de ese amor de Dios que nos cuida, que nos ama, que nos regala su amor y su gracia. ¿Daremos respuesta radical con nuestra vida algún día?

domingo, 24 de marzo de 2019

Todo es para nosotros como un signo, una llamada para que nos dejemos transformar, para que cambiemos nuestra vida, para que nos convirtamos de verdad al Señor



Todo es para nosotros como un signo, una llamada para que nos dejemos transformar, para que cambiemos nuestra vida, para que nos convirtamos de verdad al Señor

Éxodo 3, 1-8a. 13-15; Sal 102; 1Corintios 10, 1-6. 10-12; Lucas 13, 1-9
¿Por qué? ¿Por qué esto? ¿Por qué a mí? Es una pregunta muchas veces llena de amargura que nos hacemos ante un acontecimiento trágico que contemplamos, ante una enfermedad que nos sobreviene, una tragedia que se cierne sobre nosotros, ante la maldad de algunos que nos hacen daño, ante los problemas que nos vamos encontrando y que a veces se nos hacen insolubles y nos atormentan…
¿Por qué? Y dirigimos la mirada hacia lo alto, o nos miramos a nosotros mismos y nos decimos por qué ese castigo, o ese destino caprichoso que nos envuelve en sufrimientos. ¿Es que soy tan pecador? ¿Es que esas personas que están sufriendo esas calamidades, terremotos, huracanes, inundaciones, catástrofes que se llevan miles de vidas por delante eran tan pecadoras?
Es una pregunta repetida que el hombre se ha hecho siempre a lo largo de la historia y aun nos seguimos haciendo. Y vemos castigos divinos, venganzas del mas allá, situaciones que nos amargan por dentro y cuyo peso se nos vuelve insoportable. Todos podemos conocer en nuestro entorno situaciones así, unos padres que pierden a un hijo en un accidente o en una rápida e incomprensible enfermedad y que no levantan cabeza en sus angustias y lo ven todo negro, y se rebelan interiormente contra todo, contra la vida, contra si mismos, contra Dios llenándose de mil culpabilidades. Y se hace difícil encontrar respuestas, hacer que se renueve la paz en sus corazones.
Algo así le vienen planteando a Jesús hoy en el relato del evangelio. Le cuentan de un sacrílego y abominable crimen que ha cometido Pilatos cuando ha matado a unos galileos que estaban ofreciendo un sacrificio en el templo. Algo que conmocionó a la gentes y que les llevaban a hacerse preguntas como las que antes nos veníamos comentando. ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?’ les pregunta Jesús para hacerlos reflexionar. Una reacción espontánea de las gentes era decir que si les había pasado eso tan horrible algo malo habrían hecho en sus vidas, pecadores tenían que ser.
Y Jesús les recuerda otro episodio que también había conmocionado a Jerusalén. En algunas obras que se estaban realizando en la piscina de Siloé muchos habían muerto muchos aplastados porque se había derrumbado una torre. Un accidente en este caso, como tantas calamidades que vemos de ese tipo, o la consecuencia de la maldad de un gobernador habían llevado a la muerte a algunos. ¿Eran culpables? ¿Murieron porque eran pecadores? Ya escuchamos la respuesta de Jesús. No eran más culpables que otros, les dice; y aprovecha Jesús para invitarnos a estar preparados en la vida, el primer paso es nuestra conversión.
El Dios del que nos habla Jesús no es un Dios vengador y que busca la muerte; es el Dios de la vida y que quiere para nosotros la vida y para eso nos ofrece su amor. Aunque algunas veces nos hagamos algunas interpretaciones por lo tremendo y hasta diríamos a la ligera, el Dios que nos presenta la Biblia es el Dios que se acuerda de su pueblo, que viene en su ayuda para liberarlo, que quiere caminar junto a nosotros.
Es de lo que nos habla la primera lectura. Dios se le manifiesta a Moisés en el Orbe en medio de algo portentoso, es cierto, en la zarza ardiendo que no se consumía, pero fijémonos en lo que Dios le dice a Moisés. Ha visto el sufrimiento de su pueblo que sufre la esclavitud en Egipto y quiere hacerse presente para liberarlo.
‘He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel’. Y para eso ha escogido a Moisés y lo envía con esa misión. Es el Dios de sus padres, de Abraham, de Isaac y de Jacob, es el Dios que vive y que da la vida, es el Dios que quiere la vida para su pueblo y quiere liberarlo de la muerte, quiere liberarlo de la esclavitud. Es la misión que le está confiando a Moisés.
No es el Dios ajeno a nuestras miserias, no es el Dios que nos abandona, es el Dios que viene a nosotros con su salvación, es el Dios que quiere estar junto a su pueblo, y por eso lo terminaremos llamando Emmanuel, Dios con nosotros. No es el Dios del temor, sino del amor. Es el Dios que nos llama y nos invita a vivir su vida, que quiere estar con nosotros y que llegaré el momento culminante, el momento de la plenitud en que tanto nos ama que nos envía a su Hijo para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Es el Dios paciente que nos espera, como el agricultor que espera que la higuera dé fruto. El dueño de la higuera que ha venido a buscar fruto tres años y no lo encuentra quiere arrancarla y arrojarla al fuego; pero allí está el agricultor que pide paciencia, que ofrece nuevos abonos y nuevos cuidado esperando que al final de fruto. Es lo que Dios está haciendo continuamente con nosotros. Pensemos cada uno en nuestra vida.
Este tercer domingo de Cuaresma nos invita a hacer una parada en nuestra vida para que reflexionemos sobre la vida misma y cuanto nos sucede, para que le encontremos un sentido de vida incluso a aquellas calamidades por las que podamos pasar, para que sintamos como todo es para nosotros como un signo, una llamada para que nos dejemos transformar, para que cambiemos nuestra vida, para que nos convirtamos de verdad al Señor que siempre nos está ofreciendo su amor.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Y no estamos solos, ni hemos de perder la esperanza ni llenarnos de angustia o de zozobra, porque sabemos bien que podemos hacer ese mundo nuevo y ese cielo nuevo




Y no estamos solos, ni hemos de perder la esperanza ni llenarnos de angustia o de zozobra, porque sabemos bien que podemos hacer ese mundo nuevo y ese cielo nuevo

Daniel 12, 1-3; Sal. 15; Hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13, 24-32

La incertidumbre del final parece que es algo que no nos podemos quitar de encima. Mil imaginaciones llenan nuestra mente y fácilmente afloran miedos y temores ante lo que pueda ser el final de la historia, del mundo conocido o de todo el universo.
Las catástrofes naturales que azotan nuestro planeta tierra casi de una manera cíclica, los anuncios del cambio climático con mil calamidades que se avecinan sin que podamos determinar los tiempos, las noticias que nos llegan de agujeros negros que se acercan a nuestra galaxia como hemos escuchado recientemente, o la misma destrucción que el hombre va realizando de la naturaleza hacen surgir agoreros de malas noticias que parece que lo dan todo por irremediable y el fin se acerca.
Y de esto hay mucha gente que se aprovecha y aparecen los profetas de calamidades que nos anuncian y hasta nos ponen fechas para ese fin del mundo. Los que somos mayores muchas veces hemos oído anuncios de este tipo aprovechado por ciertos sectores incluso religiosos más alarmistas.
Este mismo texto del evangelio que en este domingo se  nos ofrece da pie a interpretaciones radicales que nos pueden llenar de alarmismos y no es eso lo que Jesús quiere trasmitirnos con sus palabras. Los últimos tiempos de Antiguo Testamento estuvieron marcados por anuncios apocalípticos que no siempre se supieron o se saben interpretar y eso era algo que estaba latente también entre los judíos en los tiempos de Jesús. Es la época de los profetas con más sentido apocalíptico como Daniel a quien  hoy escuchamos.
Es por lo que surgen las preguntas que le hacen a Jesús sus discípulos. No responde Jesús a esas alarmas apocalípticas aunque los discípulos hacen interpretación de las palabras de Jesús para entender también los tiempos difíciles que se Vivian entre los cristianos en el momento en que se redactan los evangelios. Y eso se va a reflejar en el texto evangélico.
Jesús quiere, si, ponernos en alerta, pero es una vigilancia llena de esperanza. En las palabras que hoy le escuchamos pretende ayudarnos a aprender a leer los signos de los tiempos y sepamos descubrir lo que en cada momento de la historia Dios nos está pidiendo. Nos habla de la parábola de la higuera, cada año cuando se acerca la primavera las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas anuncio de una nueva floración y de unos nuevos frutos.
En cada momento de la historia, y el que vivimos no es ajeno a ello, se viven momentos difíciles de un signo o de otro; podemos pensar en las catástrofes naturales pero no hemos de quedarnos en eso, sino que mas bien tenemos que pensar en la situación en que vivimos los hombres, en que vive nuestra sociedad muchas veces muy llenas de confusión. Nos atormenta quizás en muchos momentos esos momentos difíciles que pueda vivir una sociedad desorientada y que parece que va a la deriva, como nos preocupa la situación que podamos estar pasando los que tenemos fe y vemos como el hecho religioso se ve zarandeado de mil maneras por muchos en la sociedad. ¿Qué hacer? ¿Cómo responder? ¿Cuál tiene que ser nuestra manera de actuar?
En los tiempos en que los evangelistas nos trasladaron las palabras de Jesús comenzaban las persecuciones contra los cristianos y a eso querían responder con las palabras de Jesús para que no se perdiera nunca la esperanza y se tuviera siempre la certeza del Señor que viene como Señor de la historia y será nuestra fortaleza para la salvación del mundo. El libro del Apocalipsis de Juan es una buena imagen de lo que estoy diciendo.
Ahora también en el tiempo presente tenemos que saber leer e interpretar los signos de los tiempos. Ahora también tenemos que escuchar esas palabras de Jesús que nos llenan de esperanza. Son palabras con un lenguaje especial pero que nos hablan de esa venida del Señor a nuestra vida y a nuestra historia y donde creemos que podemos transformar nuestro mundo y hacer un mundo mejor. Parece que todo se tambalea como si el sol y el universo entero perdiera sus cimientos, pero ‘entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte’.
No nos quedemos en las imágenes asombrosas de nubes sobre las que aparece el Señor y de Ángeles que lo acompañan; son imágenes que nos hablan de esa presencia misteriosa pero maravillosa a la vez del Señor en nuestra vida, en nuestra historia y en nuestro mundo. A nosotros nos envió y nos confió el mensaje que habíamos de trasmitir porque su salvación es para todos los hombres y de todos los tiempos. Sentiremos, pues, la presencia del Señor en nuestra vida, porque ya nos dijo que estaría siempre con nosotros hasta el final de los tiempos, pero  nosotros hemos de ser esas señales, esos signos vivos de su presencia también en nuestro mundo.
Y no estamos solos, y  no hemos de perder la esperanza ni llenarnos de angustia o de zozobra, no nos puede faltar la paz en el corazón porque sabemos bien que podemos hacer ese mundo nuevo y ese cielo nuevo. Somos constructores de esa nueva humanidad, y cada uno de nosotros ha de ser semilla que se plante en ese mundo y lo haga fructificar. Somos levadura en esa masa, somos la sal que ha de dar ese sabor nuevo, somos la luz que hemos de llevar reflejando la luz de Cristo para eliminar y destruir toda tiniebla.
Es lo que nos ha confiado Jesús, es lo que nos ha venido diciendo a lo largo de todo el evangelio, es la misión que nosotros tenemos que realizar.


sábado, 27 de octubre de 2018

Lo que sucede en nuestro entorno no hemos de mirarlo como frutos de un destino, sino como llamadas a nuestra conciencia para buscar como dar buenos frutos en la vida



Lo que sucede en nuestro entorno no hemos de mirarlo como frutos de un destino, sino como llamadas a nuestra conciencia para buscar como dar buenos frutos en la vida

Efesios 4,7-16; Sal 121; Lucas 13,1-9

Seguro que quien tiene un terreno cultivable y ha sembrado su semilla querrá obtener buena cosecha. Duro es para el agricultor que después de todo el trabajo realizado al final se vea malograda su cosecha; triste es que tenga unos árboles de los que espera obtener fruto pero año tras año no consigue nada, o se malogran sus frutos antes de poder aprovecharlos.
Es así la tarea del agricultor que siembra con esperanza, cultiva con ahínco día tras día con los múltiples cuidado que le exige el deseo de obtener unos frutos y una veces los obtiene excelentes, pero también le sucede que por las fuerzas o circunstancias de la naturaleza haya ocasiones en que no puede obtener el fruto que tanto anhela después de tantos sudores, trabajos y sacrificios. Claro que cuando surge una planta o un árbol del que no pueda conseguir sus frutos tratará de sustituirlo por aquel del que pueda obtener mejores beneficios.
Es la imagen que nos propone hoy Jesús en el evangelio. El hombre que tenía una higuera en su terreno y buscaba en ella una y otra vez fruto. Una imagen que pretende ser una llamada y una invitación. Nosotros somos ese árbol que tiene que dar siempre buenos frutos. Sin embargo muchas veces nos maleamos, dejamos que el virus del mal se meta en nuestro corazón y surgen nuestras obras malas. Pero nosotros sí podemos cambiar, nosotros sí podemos transformar nuestra vida para hacer que de nuevo transite por los caminos del bien.
Y es el Señor, como divino y sabio agricultor, el que va cuidándonos, regándonos con su gracia que nos transforma, haciendo continuas llamadas a nuestro corazón. Como nos quiere decir Jesús con los acontecimientos sucedidos en Jerusalén en aquellos días, el Señor va poniendo señales en nuestro camino que son llamadas. Esos hechos o acontecimientos que puedan suceder a nuestro alrededor o que incluso a nosotros nos pudieran afectar no los podemos mirar como castigos, sino como llamadas, como una invitación a la conversión, a ese cambio de nuestro corazón, para que busquemos la manera de dar buenos frutos en nuestra vida.
Muchas veces nos hacemos oídos sordos a esas llamadas del Señor, que nos viene, por ejemplo, por una buena palabra que podemos escuchar en boca de un amigo o de cualquier otra persona que nos pudiera hacer pensar o por tantos otros hechos sucedidos en nuestro entorno. Nos impresionamos en ocasiones por accidentes que presenciamos o de los que oímos hablar, catástrofes naturales que producen cuantiosos daños y no sabemos cómo reaccionar o buscamos culpables de tales hechos, pero creo que con espíritu de fe tendríamos que tener una mirada distinta. Es cierto que hemos de sentir compasión por quienes sufren las consecuencias y poner toda nuestra solidaridad, pero tenemos que aprender también lecciones para nuestra vida. No son destinos, no son casualidades, pensemos más bien con espíritu de fe en llamadas de gracia para nuestra vida.
‘Yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto’ decía el agricultor. Son las llamadas de gracia que el Señor nos hace. ¿Nos haremos oídos sordos y cerraremos nuestro corazón? ¿Nos decidiremos a abrir nuestra vida a la gracia del Señor? La respuesta depende de nosotros.

sábado, 22 de octubre de 2016

En cuanto nos sucede aunque sean cosas que nos parecen negativas seamos capaces de descubrir el amor del Señor que nos cuida, nos busca y nos ofrece continuamente vida

En cuanto nos sucede aunque sean cosas que nos parecen negativas seamos capaces de descubrir el amor del Señor que nos cuida, nos busca y nos ofrece continuamente vida

Efesios 4,7-16; Sal 121; Lucas 13,1-9

Algo habrá hecho para que le sucedan esas cosas… Alguna vez habremos escuchado algo así o acaso también se nos ha pasado por el pensamiento cuando vemos desgracias o cosas desagradables que les puedan suceder a personas de nuestro entorno. Es el grito angustiado que brota del corazón de aquel a quien le sucede una desgracia o se ve, por ejemplo, sometido a una enfermedad maligna. ¿Por qué a mí? ¿Qué es lo que he hecho yo?
Es el concepto, no muy en sentido cristiano, que tenemos de la enfermedad o de las desgracias que nos suceden como un castigo. Como puede ser también el sentimiento que nos puede surgir dentro de nosotros cuando vemos las injusticias de este mundo, las maldades que tanto daño hacen a los demás y pensamos cómo Dios no los castiga y los arranca de la vida para que no sigan haciendo tanto mal.
Es lo que le vinieron a contar a Jesús por unos sucesos lamentables que habían sucedido en el entorno del templo por unas revueltas contra los romanos y la actuación del gobernador que las había sofocado derramando sangre incluso dentro del mismo templo; por eso se habla de la mezcla de la sangre de aquellos galileos con la sangre de los sacrificios.
Jesús quiere hacerles reflexionar, recordando también a los que habían muerto cuando se había caído una torre en la fuente de Siloé alcanzando a algunos que allí se encontraban y que había encontrado la muerte. ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?’ les pregunta Jesús. ‘¿Pensáis que aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?’
Aprovecha Jesús para invitarnos una vez más a la conversión, a mirarnos a nosotros mismos, a ver la realidad de nuestra vida en lugar de juzgar a los demás, a ser capaces de darnos cuenta de aquellas cosas que en nosotros habría que mejorar.
Y nos habla de cómo Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Para eso nos propone una pequeña parábola. El dueño de la vida que viene a buscar frutos en la higuera pero que como no encuentra quiere arrancarla de raíz; pero allá está el verdadero agricultor que pacientemente sigue esperando y cavará en su entorno, la abonará debidamente confiando que al próximo año dé fruto. Así el Señor en nuestra vida. Es la paciencia de Dios con nosotros frente a tantas irregularidades de nuestra vida; es la espera de Dios que sigue regándonos con su amor. Cada uno ha de pensar en la realidad de lo que es y ha sido su propia vida; cuánto hemos recibido del Señor y el poco fruto que damos cuando no somos capaces de mantenernos en fidelidad, no somos constantes en nuestra respuesta, tantas negatividades como sigue habiendo en nuestra vida.
Que sea otra la mirada que tengamos ante lo que nos sucede y siempre seamos capaces de ver la mirada amorosa de Dios sobre nosotros que nos llama una y otra vez a que nos convirtamos a El. Seamos capaces también de tener una mirada distinta sobre cuanto nos sucede para descubrir siempre en ello un signo del amor de Dios que nos cuida, nos busca y nos ofrece continuamente vida.

domingo, 3 de marzo de 2013


Nos descalzamos para ir al encuentro del misterio de Dios que nos envía a hacer anuncios de liberación

Ex. 3, 1-8.13-15; Sal. 102; 1Cor. 10, 1-6.10-12; Lc. 13, 1-9
Como música de fondo seguimos teniendo en este tercer domingo de Cuaresma el desierto, la soledad, el silencio, la montaña. Ya hemos venido diciendo que no hemos de rehuir el desierto ni la montaña, que no hemos de tener miedo a ese silencio y a esa soledad. Son un camino muy hermoso que nos harán profundizar dentro de nosotros mismos y nos llevarán a Dios. En ese silencio se cultivan las almas grandes,  capaces de grandes cosas, de grandes misiones, porque ahí tienen ocasión de ir a lo más hondo de sí mismos para encontrarse con Dios.
Siempre recuerdo desde hace muchos años a una persona a quien buscábamos y a quien deseábamos escuchar porque desde su sencillez sabia trasmitirnos hermosos pensamientos que nos llevaban a Dios. Era en un movimiento apostólico en cuyas reuniones siempre se buscaba su palabra y su reflexión. No era sino un simple cabrero, pero cuando le preguntábamos de donde sacaba aquellas reflexiones nos decía que del silencio y de la soledad cuando iba cuidando sus cabras por aquellos campos del sur de nuestra isla, entonces sin tanto desarrollo como ahora - lo conocí a principios de los setenta - y sí con muchos espacios abiertos que le facilitaban el silencio y la reflexión.
Hoy la Palabra de Dios nos ha hablado de ‘Moisés que llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar al Horeb, el monte de Dios’. Allí tiene una experiencia maravillosa y profunda de la presencia de Dios en su vida. Lo hemos escuchado, la zarza ardiendo sin consumirse, Moisés que se acerca preguntándose su significado y la voz que le llama por su nombre y la habla desde el cielo. ‘Quítate la sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado’.  Se siente inundado de la presencia de Dios. Y lleno de Dios se siente enviado a liberar a los israelitas de la opresión de Egipto.
Nos sentimos invitados nosotros a acercarnos al misterio de Dios en este camino de cuaresma que estamos haciendo. Nos sentimos invitados a mirar con una mirada nueva y distinta cuanto nos sucede o cuanto sucede en nuestro mundo al que tenemos también que dar una respuesta. Y es que con la mirada de Dios - Jesús nos enseña a ello - hemos de saber mirar nuestro mundo, ese mundo concreto en el que vivimos con sus problemas.
El Señor desde la zarza ardiendo le decía a Moisés que había visto la situación en que vivía su pueblo en Egipto y sus sufrimientos. Era necesario dar una respuesta. Por su parte, en lo que hemos escuchado en el evangelio, vienen a contarle a Jesús unos sucesos acaecidos en Jerusalén y en el templo con la represión con que habían obrado las autoridades romanas contra unos galileos. Y Jesús les hace mirar esas situaciones y esos problemas con una mirada distinta, porque han de ser una llamada a sus conciencias para un cambio de vida.
El Señor nos quiere enseñar a mirar también nuestra situación, los problemas que vivimos hoy en nuestra sociedad, la angustia y el sufrimiento de tanta gente por la situación social que vivimos en estos momentos, la desorientación de tantos que no saben quizá qué rumbo tomar en su vida, o la vida insulsa y frívola en que viven tantos otros porque solo se dejan llevar quizá por el momento presente o por lo más placentero.
¿Habrá una luz? ¿Habrá algo que pueda cambiar esa sociedad en la que estamos para darle una mayor profundidad, mayor plenitud a la vida? ¿Nos podemos desentender los cristianos dando por imposibles de resolver esas situaciones? ¿Qué tendríamos que hacer para despertar las conciencias dormidas, los corazones cerrados e insolidarios, o los espíritus ahogados por el vicio y por el mal?
Dios envió a Moisés a Egipto con la misión de liberar a su pueblo de aquella esclavitud. Jesús nos pide transformar nuestros corazones para que en verdad busquemos lo  verdaderamente es más importante. San Pablo nos dice que todas esas cosas suceden como para escarmiento nuestro, para hacernos pensar y reflexionar, para que vayamos en búsqueda del verdadero alimento espiritual de nuestra vida.
Es todo un misterio de amor el que se nos revela cuando nos acercamos a Dios para conocerle más. Pero algunas veces  nos es difícil conocerle y conocer ese misterio de amor en el que Dios quiere introducirnos para transformar nuestra vida y para que seamos capaces de ir también a ayudar a nuestros hermanos en esas situaciones difíciles en que se encuentran. Nos da miedo como Moisés que se tapó la cara temeroso de morir por alcanzar a ver a Dios. Pero no moriría porque Dios llenaba de forma nueva su vida y le confiaba una misión. Pero antes el Señor le pedía descalzarse.
¿Querrá significar algo esto que el Señor le pide? Sí, hemos de descalzarnos de nuestras ideas preconcebidas y nuestros prejuicios; hemos de descalzarnos de nuestros miedos y cobardías; pero hemos descalzarnos también de nuestras autosuficiencias y nuestros orgullos pensando que somos nosotros los salvadores de la humanidad; hemos de descalzarnos para sentir que Dios está con nosotros y que si recibimos una misión, si llegamos a hacer alguna cosa buena es porque Dios está con nosotros y no nos faltará su gracia, porque somos unos enviados de Dios y el Señor nos dice que está con nosotros.
Pensemos, sí, de cuantas cosas hemos de descalzarnos porque bien sabemos donde están nuestras limitaciones, nuestras rutinas, todas esas cosas en las que tropezamos una y otra vez. Hemos de descalzarnos para convertir de verdad nuestro corazón al Señor; hemos de descalzarnos para llegar a descubrir que si podemos llegar a dar frutos es porque en el Señor abonamos nuestra vida con su gracia y con humildad hemos de ir hasta El en los sacramentos que nos renuevan y nos fortalecen, nos alimentan y nos llenan de vida.
Jesús en el evangelio nos propondrá la pequeña parábola del hombre que venía a buscar fruto en su higuera, pero que, al no encontrarlo, aún la cavará una vez más y la abonará y regará para seguir esperando que llegue a dar fruto. Es lo que el Señor sigue haciendo con nosotros que tan remisos somos en tantas ocasiones para dar los buenos frutos que nos pide el Señor. Sigue ofreciéndonos su gracia, sigue iluminando nuestra vida con su Palabra, sigue alimentándonos con los sacramentos para que al final cambiemos, nos convirtamos a El y terminemos también por ir a los demás a llevar esa luz de la gracia que a todos ilumine.
En ese silencio que sepamos hacer en nuestro interior, allá en la soledad de nuestro corazón escuchemos la voz del Señor que nos llama y nos llama por nuestro nombre, porque así de personal es su amor; sintamos cómo el Señor viene a nuestra vida y nos está pidiendo la conversión de nuestro corazón; descubramos que si se nos revela este misterio del amor de Dios es para que nosotros vayamos a los demás para ayudarles a transformar sus vidas, a liberarse de tantas cosas que les oprimen allá en su interior y puedan encontrar la paz y la dicha de vivir en el Señor.

viernes, 4 de marzo de 2011

Jesús busca frutos en un corazón puro y lleno de fe para un auténtico culto al Señor


Eclesiástico, 44, 1.9-13;

Sal. 149;

Mc. 11, 11-26

Jesús ya está en Jerusalén para su subida a la Pascua. Cronológicamente este texto corresponde a lo sucedido a continuación de su entrada triunfal en la ciudad santa. ‘Después que la gente lo hubo aclamado, entró Jesús en Jerusalén en el templo y lo estuvo observando todo…’ nos señala el evangelista. Se vuelve a Betanía – a casa de Marta, María y Lázaro lugar de descanso para Jesús en sus estancias en Jerusalén – para volver cada día a Jerusalén y al templo dada la cercanía de dichas poblaciones, unos tres kilómetros como hará notar Juan en su evangelio.

En lo acaecido en los siguientes días vemos unos signos claros del mensaje que hoy podemos deducir. Por una parte la maldición de la higuera que luego al día siguiente los discípulos verían seca de raíz. ‘Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos…’

No es el hecho en sí mismo de si la higuera tenía o no tenía higos, pues no era tiempo de ello, sino que lo viene a significar. Podríamos recordar también una parábola que en este sentido se nos ofrece en el evangelio. Jesús busca fruto, busca fruto en nuestra vida, busca fruto en aquel pueblo de Israel al que Dios tanto había cuidado y donde ahora se manifestaba el amor misericordioso de Dios en Jesús. Pero Jesús no encuentra fruto. Ese fruto que hemos de dar para Dios hay que darlo en todo tiempo. No podemos decir más tarde, en otro momento ya responderé a lo que Dios me pide, ya me corregiré porque aún tengo tiempo… La respuesta tiene que ser pronta, la lucha y el esfuerzo por superarnos es cosa de cada día. ¿Qué hará Dios con nosotros? podríamos quizá preguntarnos.

Otro signo claro del mensaje que Jesús quiere darnos está en la expulsión de los vendedores del templo. ‘Entrando en el templo se puso a echar a los que compraban y vendían en el templo… ¿No está escrito: mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Y vosotros en cambio la habéis convertido en cueva de bandidos…’

La casa de Dios, casa de oración; el culto puro y limpio que tenemos que ofrecer al Señor; ese culto al Señor lejos de todo ritualismo y rutina buscando que siempre sea algo vivo nacido del corazón lleno de fe y de amor del hombre; la no utilización fraudulenta de las cosas santas y de toda acción religiosa para no desvirtuar la verdadera relación con Dios. Son pensamientos que surgen a bote pronto en la contemplación de la escena de la expulsión de los vendedores del templo. Una señal de la purificación que Jesús quería hacer de aquel templo del Señor pero signo de otra purificación interior y más profunda que quiere hacer en el corazón del hombre.

Muchas veces hemos reflexionado cómo nosotros desde nuestro Bautismo somos verdadera morada de Dios y templos del Espíritu Santo que habita en nosotros. Grande es la dignidad de la que nos ha dotado Dios que nos ha hecho sus hijos, pero verdaderos templos de Dios. ¿No será esa entonces la purificación del templo del Señor que Jesús nos está pidiendo, para que purifiquemos nuestro corazón, para que resplandezcamos por la santidad de nuestra vida? Creo que por ahí deben ir nuestros pensamientos, reflexiones y compromisos.

Finalmente Jesús nos pedirá que afiancemos de verdad nuestra fe. ‘Tened fe en Dios’, nos dice. Y nos habla del poder de la oración y de la fe. Pero nos habla también de cómo hemos de purificar siempre nuestro corazón cuando vayamos a ponernos en oración ante Dios. ‘Cuando os pongáis a orar, perdonar lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. Nos recuerda la manera de orar que nos enseña en el padrenuestro.

domingo, 7 de marzo de 2010

Una llamada a transformar nuestro corazón en el amor y la solidaridad

Ex. 3, 1-8.13-15;
Sal. 102;
1Cor. 10, 1-6.10-12;
Lc. 13, 1-9


En tiempo de crisis respiremos esperanza. Me encontré con esta frase en estos días y creo que nos puede valer para iniciar nuestra reflexión de hoy. Es la esperanza una virtud que no puede faltar al cristiano. Y son muchas las razones que tenemos los que creemos y seguimos a Jesús para tener esperanza. Duras pueden ser las situaciones que vivamos por lo que nos va dando la vida, pero en todo ello hemos de saber leer con fe lo que el Señor nos quiere decir o nos pide.
Es necesaria una actitud de fe y de disponibilidad para dejarnos guiar y enseñar por el Señor que nos habla y nos habla también en esos acontecimientos. Porque la palabra de Dios que se nos proclama no es ajena a lo que nos sucede en la vida nuestra de cada día. Nos ilumina para que sepamos comprender el sentido de lo que vivimos y sepamos descubrir también en esos acontecimientos lo que el Señor quiere decirnos. Podíamos decir que hay como una iluminación mutua.
Acudieron a Jesús para contarle algo desagradable que había sucedido en Jerusalén y en el templo. ‘Se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilatos con la de los sacrificios’. Para un judío era algo abominable y ya estaban queriendo ver castigos de Dios o culpabilizaciones por considerarlos quizá unos pecadores merecedores de castigo. Y es en lo que Jesús quiere hacerles reflexionar. ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?’ Y Jesús dejó la lección diciéndonos que eso es una invitación a que nosotros nos convirtamos. Y les recuerda también lo sucedido con los que murieron aplastados por la caída de la torre de Siloé.
Creo que es lo que tenemos que aprender nosotros. Es una invitación a la conversión. Como ya dejamos entrever desde el comienzo de esta reflexión, pero además es cosa que todos palpamos muy bien, los momentos en que vivimos no son fáciles; por una parte la crisis económica que vive nuestra sociedad que está llevando a la pobreza a muchísimas familias que lo están realmente pasando mal, pero también los acontecimientos que suceden en el mundo; llevamos realmente unos días bien duros con terremotos y catástrofes por muchos lugares, Haití, Chile, Taiwan, por no mencionar guerras y atentados en tantos lugares.
Podemos sentir miedo, pensar en castigos de Dios y no sé cuantas cosas más. Pero quizá a través de todas esas cosas, ¿no querrá el Señor despertar nuestro corazón para que en verdad nos comprometamos para hacer un mundo mejor entre todos? Hay sufrimiento por todas partes, pero ¿cuál tendría que ser nuestra reacción? ¿No nos puede servir todo esto como una llamada a mejorar nuestro corazón, a que en verdad nos sintamos más impulsados al amor y a la solidaridad? Realmente contemplamos cómo tras todas estas cosas que se suceden se despierta en muchísimas personas por todas partes la solidaridad y el amor.
En la primera lectura escuchamos el episodio de la zarza ardiendo que fue la llamada de Dios a Moisés para confiarle la misión de ser el liberador de sus hermanos los israelitas de la esclavitud de Egipto. Podemos fijarnos un poquito en este episodio porque podría orientarnos y darnos luz para lo que hemos de hacer de alguna manera.
Ante Moisés está este suceso extraño de una zarza que arde pero que no se consume. Moisés se acerca para ver y averiguar qué es lo que realmente esta sucediendo. En su búsqueda escucha la voz de Dios que le llama. ‘Moisés, Moisés… no te acerques, quítate las sandalias, pues el sitio que pisas es terreno sagrado…’ Una primera actitud que Dios le está pidiendo a Moisés, tiene que despojarse de sus sandalias. Para escuchar a Dios, para sentir y descubrir lo que Dios le dice y le pide, hay que despojarse de muchas cosas, de muchas ideas preconcebidas o de muchos apoyos humanos.
Será entonces cuando Dios se le revele. ‘Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob… he visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas… me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a liberarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel’. El Dios que escucha a su pueblo; ‘el Señor compasivo y misericordioso’, como hemos recitado en el salmo; el Dios que nos quiere liberar de toda opresión y sufrimiento para darnos una nueva tierra, una nueva vida.
Surge entonces el compromiso y la disponibilidad de Moisés en lo que el Señor le pide. ‘Yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros…’ Pregunta Moisés por el nombre de Dios, pero lo importante será la actitud comprometida de Moisés que se siente enviado por Dios para hacer un nuevo pueblo libre de toda esclavitud.
San Pablo, en la segunda lectura, al recordar un poco la historia de Israel, nos dice que ‘todo esto sucedía como un ejemplo y fue escrito para escarmiento nuestro…’ para nuestra enseñanza. Es lo que tenemos que saber deducir de la Palabra que se nos proclama y en esta situación concreta del mundo en el que vivimos. Nos está pidiendo el Señor una nueva actitud en nuestro corazón, un cambio profundo dentro de nosotros porque en verdad hemos de hacer un hombre nuevo y un mundo nuevo y mejor.
Pero, ¿cuál es la respuesta que damos a lo que el Señor nos va señalando y pidiendo? Jesús nos ha propuesto una pequeña parábola hoy en el evangelio. La parábola de la higuera a la que vino a buscar fruto, pero al no darlo se iba a arrancar. ‘Llevo tres años viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó. Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto…’
Es la espera del Señor por nuestra conversión y nuestra vuelta a El. Tenemos que dar frutos. Pero hemos de hacer lo necesario para dar esos frutos. Desde el reconocimiento de lo que es nuestra vida infructuosa a veces y otras llena de malos frutos, de malas obras, hasta el cultivo que hemos de hacer de nuestra vida en esa escucha de Dios para descubrir lo que es su voluntad en todo momento; es ése en verdad dejarnos alimentar por su gracia que llega a nosotros en los sacramentos y en la oración; es ése ponernos nosotros en camino seriamente de producir esas buenas obras, de cambiar nuestro corazón, de vivir en un nuevo estilo de amor y de solidaridad; es ése comprometernos por hacer que nuestro mundo, empezando por ese mundo concreto en el que vivimos, sea cada día mejor y todos podamos ser en verdad más felices, porque seamos capaces de mitigar el sufrimiento de los demás y compartir generosamente lo que somos y tenemos con los que están a nuestro lado.
¿Daremos respuesta a lo que Dios nos pide? ¿daremos los frutos de la conversión?