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viernes, 7 de febrero de 2025

Lo bueno del pasado un estímulo para el camino de fidelidad que hacemos, los errores cometidos un motivo de reflexión para enderezar la vida

 


Lo bueno del pasado un estímulo para el camino de fidelidad que hacemos, los errores cometidos un motivo de reflexión para enderezar la vida

Hebreos 13,1-8; Salmo 26; Marcos 6,14-29

A todo todos nos sucede, hay cosas del momento presente que nos traen recuerdos del pasado; es bueno, hemos de reconocerlo, recordar cosas positivas de nuestra vida, no para llenarnos de orgullos que nos hagan creernos los mejore y subirnos en pedestales que nos hagan estar por encima de los demás, sino para reconocer de lo que somos capaces valorar lo que es bueno y sentirnos con ello estimulados a seguir nuestro camino aunque algunas veces nos exija esfuerzos.

Pero también nos puede suceder que acontecimientos o reflexiones que nos hagamos en el presente sean como un aguijón que nos pincha en la conciencia por cosas que hicimos y que no fueron buenas; todos cometemos errores en la vida, tenemos tropiezos, hacemos lo que no es bueno porque no somos santos, porque hay mucha debilidad en nuestra vida, porque algunas veces nos habremos cegado con cosas que nos hicieron tropezar. Ahora no sentimos interrogados por dentro y puede surgir la mala conciencia o el arrepentimiento; debe ser lección aprendida para que no volvamos a tropezar.

¿Le estaba sucediendo a Herodes con lo que estaba escuchando de aquel nuevo profeta de Galilea? Jesús se había ido dando a conocer, causaba admiración en las gentes y como siempre las noticias corren; a los oídos de Herodes llegó la noticia. ¿Quién era aquel profeta del que tanto hablaba la gente? Las opiniones de la gente eran diversas, pero en su interior sentía algo especial; ¿sería Juan, el profeta del desierto y del Jordán que él había mandado matar?

Esto le da ocasión al evangelista para narrarnos este episodio completando así la presentación de lo que había sido la figura del Bautista y ofreciéndonos el testimonio supremo de su vida. Juan ya estaba en la cárcel; aunque se dice que Herodes sentía admiración por Juan, instigado por la mujer con la que convivía lo metió en la cárcel porque le decía que no era lícito que viviera con la mujer de su hermano.

Se cruzan las ambiciones, las envidias, las cobardías, la maldad de los corazones heridos que tienen conciencia de que obran mal y el justo sufre las consecuencias. Cuántas veces nos sucede, como se dice, paga el justo por el pecador. Pero Juan era fiel a su sentido moral de la vida y consciente de su misión profética de preparar para la venida del Señor un pueblo bien dispuesto. No puede callar, aunque esto le lleve a la cárcel y posteriormente a la muerte. ¿Seríamos capaces nosotros de mantener una fidelidad así a unos valores y a unos principios? Cuántas veces callamos.

Y la ocasión directa viene en una fiesta que ofrece Herodes a sus invitados y la hija de Herodías baila para Herodes. Vienen las promesas entusiasmadas que luego serían difíciles de cumplir cuando hay verdaderos principios. Pero esta ocasión la cobardía lo invadió todo. La petición de Salomé instigada por su madre será la cabeza de Juan Bautista. Herodes se vio cogido por su palabra y sus promesas y el miedo a quedar mal ante sus invitados. Quedar mal ante los que nos rodean, dar la cara cuando es necesario un testimonio, cuanto nos cuesta. Y Juan fue decapitado. El testimonio de la sangre y de la vida entregada como signo de una fidelidad a una fe y a una misión.

Decíamos que de los hechos de la vida tenemos que aprender, aun cuando hayamos errado y tropezado. De este proceso del corazón de Herodes también tenemos que aprender. ¿Qué es lo que realmente guía nuestra vida? ¿Sobre qué fundamentamos lo que verdaderamente nos hace felices? ¿Hasta dónde llega la fidelidad a nuestra conciencia, a nuestra responsabilidad, a la misión que tenemos que desempeñar en la vida? ¿Cuánto dependemos de lo que pensamos que es la opinión o la valoración que la gente haga de nosotros y de nuestros actos? ¿Seremos capaces de reflexionar seriamente de lo que ha sido el proceso de nuestra vida para comenzar a actuar de manera distinta?

sábado, 26 de octubre de 2024

Sigamos cultivando nuestra vida, la humilde higuera nos dará sabrosos y dulces frutos, aunque nos sintamos pequeños podemos enriquecer nuestro mundo con hermosos frutos

 


Sigamos cultivando nuestra vida, la humilde higuera nos dará sabrosos y dulces frutos, aunque nos sintamos pequeños podemos enriquecer nuestro mundo con hermosos frutos

Efesios 4, 7-16; Salmo 121; Lucas 13, 1-9

Confieso que la imagen que tengo en mi mente de la higuera es la de un árbol humilde. Reconozco que me gusta saborear unos higos recién cogidos de la higuera, como también soy un goloso de los higos pasados, con su dulce sabor además de lo nutritivos que son. Pero mirar o pensar en una higuera me hace pensar, sin embargo, en un árbol humilde, que no sobresale en nada, ni siquiera con flores, por así decirlo frente a otros árboles frutales de nuestros campos. Sin embargo por otra parte bien significativo cuando de sus ramas aparentemente secas comienzan a aparecer en sus yemas los brotes que nos anuncian una cercana primavera. Que sabroso es por otra parte detenernos en el camino a su sombra y poder saborear uno de sus frutos que además nos dan energía para el camino.

Nos aparece en el evangelio en varias ocasiones su imagen, en ellas sin embargo mientras se busca sus frutos y no se encuentran. En una ocasión mientras Jesús caminaba hacia Jerusalén, y hoy, también en su camino de subida a Jerusalén aparece esta imagen en la parábola que Jesús nos ofrece. El hombre que se acerca a su heredad y busca frutos en la higuera que tiene en su huerta; pero no hay fruto y le pide al labrador que la arranque pues no sirve ni para dar fruto. Pero el labrador pide paciencia, promete cuidarla con esmero, abonarla debidamente y cavar la tierra en su derredor, esperando que al año pueda llegar a dar fruto.

¿Seremos acaso nosotros esa higuera que no da fruto y nos escudamos en nuestra infructuosidad en lo humilde y lo pequeño que somos? Cuántas veces lo decimos, yo no valgo nada, yo soy poca cosa y quizás estamos enterrando la riqueza que guardamos en nuestro interior porque quizá nos sea más fácil vivir una vida cómoda y sin esfuerzo. Quizás sea tanta la pobreza de nuestra vida que no somos capaces de ver y reconocer lo que valemos; nos encerramos en una yema que se quiere quedar encerrada en si misma y no tenemos la valentía de hacerla brotar. Pero la yema está en el tallo de la planta para brotar, para que surjan nuevas ramas, para dejar que aparezcan las flores, para madurar los frutos que están como encerrados en ese germen, para que podamos obtener al final hermosos frutos que llenen de buen sabor la vida.

En nosotros siempre hay unos valores, unas cualidades, unas capacidades que tenemos que saber descubrir. Algunas veces, es cierto, tardamos en descubrirlas porque no hemos sabido revolver en nuestro interior esforzándonos en encontrar esa riqueza que llevamos por dentro, a veces quizás porque no recibimos esa ayuda que necesitamos para abrir los ojos y descubrir lo que valemos, pero nunca es tarde.

Recordamos la parábola que tantas veces hemos escuchado que el amo de la viña va llamando trabajadores para trabajar en su viña a distintas horas del día. Nos puede suceder a nosotros y porque quizás pensemos que ya estamos en las últimas horas de nuestro día no merece la pena comenzar; merece la pena, pueden salir cosas hermosas, además llevamos una virtualidad acumulada que puede ser una hermosa riqueza que se desparrame a nuestro alrededor beneficiando a muchos.

No podemos nunca cruzarnos de brazos y dar por terminado el camino; siempre hay un nuevo paso que podemos dar, siempre hay algo bueno que podemos hacer, siempre habrá quien esté esperando de nosotros también lo que le podamos ofrecer, siempre nuestra comunidad se puede ver enriquecida con nuestro trabajo, nuestra sabiduría acumulada, con todas las posibilidades que seguimos llevando dentro de nosotros mismos.

Sigamos cuidando y cultivando nuestra vida, sigamos queriendo darle profundidad y sentido a todo lo que hacemos, aunque nos parezca que somos pequeños y nada valemos; la humilde higuera nos da sabrosos y dulces frutos, el mundo que nos rodea estará esperando esos sabrosos frutos que nosotros podemos ofrecerle.

miércoles, 24 de abril de 2024

Escuchemos el grito que resuena en nuestros corazones y seamos, no por lo que vociferemos, sino por nuestro testimonio de amor, grito que despierte a nuestro mundo

 


Escuchemos el grito que resuena en nuestros corazones y seamos, no por lo que vociferemos, sino por nuestro testimonio de amor, grito que despierte a nuestro mundo

Hechos de los apóstoles 12, 24 — 13, 5ª; Salmo 66; Juan 12, 44-50

Hay gritos que no se oyen con los oídos, pero se escuchan allá en lo más hondo del alma. No son voces estridentes, sino escuchar una voz que susurra en el corazón pero que se convierte en un grito dentro del alma. Son gritos que no es escuchan sensorialmente, pero sensitivamente nos producen gran impacto.

Creo que algo de eso habremos experimentado más de una vez y es una forma maravillosa con la que podemos comunicarnos. Al que más grita es al que quizás menos se le escucha, porque incluso la estridencia del grito produce un caos en nuestros oídos que no llegaremos a entender lo que se nos dice. Fue quizás aquella mirada que en un momento determinado recibimos, por ejemplo de nuestra madre, ante lo que estábamos haciendo, no oímos quizás ninguna palabra pero en nuestro interior hubo un grito de advertencia para que nos diéramos cuenta de lo que estábamos haciendo.

Digo la madre, porque quizás fue lo más bonito que palpamos desde nuestra niñez, pero habrán sido muchas ocasiones en la vida en las que nos habrá sucedido algo parecido. El testimonio de alguien en silencio que cumplía con su deber sin grandes aspavientos, el ejemplo de una entrega generosa sin hacer ruido, pero que tanto bien hacía y que dejó huella en nosotros. No necesitamos grandes juicios ni condenas, pero nos sentimos interpelados y quizás se produjeron cambios beneficiosos en la vida.

Hoy el evangelio nos dice que Jesús alzó la voz y gritó, pero lo que luego nos sigue diciendo el evangelio no son palabras que hagan mucho ruido, pero sí son palabras en los que se va desparramando lo que hay en el corazón de Dios dejándonos entrever la grandeza de su corazón, pero también lo que era la ternura de Dios que se estaba manifestando en Jesús.

Nos habla de creer en El y nos habla de la luz que comienza desde esa fe a resplandecer en nuestros corazones. Nos habla Jesús de su misión, misión que ha recibido del Padre, porque El no habla ni dice sino lo que ha recibido del Padre. Nos habla Jesús de la salvación que viene a ofrecernos, porque El no viene ni para juzgar ni para condenar, sino para ser luz, para sembrar semillas de esperanza y de vida nueva, para regalarnos la salvación.

Hoy quizás nosotros magnificamos, y no podemos menos que hacerlo, todo aquello que iba haciendo Jesús, pero esa algo sencillo, pequeño y humilde, porque lo que Jesús iba haciendo era desparramar amor. Es su cercanía y su presencia allí donde había sufrimiento; era el estímulo para emprender el camino, cuando siempre El iba delante haciendo el mismo camino que nosotros; era su oído atento y su mirada, para escuchar súplicas, para descubrir lágrimas, para ofrecer la calidez de su corazón para que encontraran paz los corazones atormentados.

Y lo hacía mientras hacia camino entre aquellas aldeas perdidas de Galilea, o se sentaba en la orilla del lago para hablar a los pescadores o a cuantos se acercaran junto a El, mientras se dejaba coger el corazón cuando se encontraba con las multitudes hambrientas de vida, o se repartía para llegar a todos como repartía el pan en el desierto para que todos comieran. No era nada especial ni extraordinario sino la grandeza de la vida misma llena y rebosante de amor.

Pasaba en silencio haciendo el bien y su presencia se convertía en grito que despertaba los corazones, sigue despertando los corazones si queremos nosotros también escuchar ese grito que quizás nos llega como susurro en el testimonio de amor de muchos que están a nuestro lado y porque no hacen ruido nos pueden pasar desapercibidos.

Escuchemos ese grito que resuena en nuestros corazones, y aprendamos a ser, no por las palabras que vociferemos, sino por el testimonio de amor que demos, ese grito que despierte a nuestro mundo.

jueves, 14 de marzo de 2024

Con Jesús no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el Camino, tenemos asegurada la Vida

 


Con Jesús no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el Camino, tenemos asegurada la Vida

Éxodo 32, 7-14; Salmo 105;  Juan 5, 31-47

Lo menos que le podemos pedir a una persona en su actuación pública, y más aún cuando ejerce algún tipo de responsabilidad o de liderazgo en la sociedad es que sea coherente; que haya verdadera congruencia entre lo que dice o le pide a los demás y lo que él hace con su propia vida; lo contrario sería falsedad, actuación desde unos intereses donde parece que para él lo importante es su dominio sobre los demás o lo que personalmente se pueda beneficiar antes que esos valores que trata de enseñar o lo que es el bien de esa sociedad a la que tendría que servir.

Desgraciadamente en el mundo que vivimos vemos demasiadas incongruencias, poca coherencia y realmente esta hace que muchas veces vayamos desencantados por la vida y nos sintamos sin estímulo para luchar por unos ideales. Cuánto daño se puede hacer. No son los buenos ejemplos los que arrastran, sino que más bien nos vemos como engullidos en un mundo de falsedad. Poco podemos caminar hacia una sociedad mejor.

‘Sabemos que eres veraz’, no les quedó más remedio que reconocer a los escribas y maestros de la ley ante Jesús, aunque sus palabras también iban con unas segundas intenciones porque a la larga lo que querían era coger a Jesús en sus propias palabras. Nosotros sí podemos decir de Jesús que sabemos que es veraz, porque El mismo se nos presentará en algún momento del Evangelio como ‘el Camino, y la Verdad, y la Vida’, y nos enseña que siguiéndole no perderemos el camino porque llenos de la Sabiduría de Dios nos llenaremos plenamente de su vida.

Es como se nos presenta hoy Jesús en el evangelio. En el tiempo litúrgico que nos resta de la Cuaresma iremos escuchando en el Evangelio y la Palabra de Dios una serie de textos que nos presentan aquellas diatribas que surgieron entre aquellos que quería quitarlo de en medio y Jesús. Hoy nos está planteando por qué no creemos en El. Nos habla del testimonio de Juan el Bautista que había preparado los caminos del Señor y que nos presentará a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Aunque como les dice, ellos tampoco creyeron a Juan, porque siempre estuvieron en desconfianza con él. Recordemos cómo le habían también enviado una embajada pidiéndole que diera razón de por qué bautizaba allá en el desierto.

Pero Jesús nos habla hoy más del testimonio del Padre a través de las obras que Jesús realiza. ¿Quién podía perdonar pecados sino Dios?, se preguntaban un día ante las palabras de Jesús ante el paralítico que habían descendido del techo hasta los pies de Jesús. Ante la incredulidad de aquellos que lo observaban entonces, de alguna manera Jesús les pregunta también ¿y quien es el que puede tener poder para sanar y para curar, para realizar los signos y milagros que Jesús realiza? Como nos dirá Jesús El no hace sino las obras que el Padre le mandó realizar.

Si Jesús nos va proponiendo un camino nuevo que ha de ser siempre por los derroteros del amor, del perdón, de la comprensión, del servicio, de la misericordia, es así cómo Jesús se nos manifiesta. Jesús es el rostro de la misericordia de Dios. Es el Dios que nos mira a los ojos y al corazón desde su mirada de amor y de misericordia. Ya lo vemos cómo no solo curará a todos aquellos que sufren, sino que se acerca a los más pequeños, acoge a los pecadores y para todos tiene palabras de perdón. ¿Qué es lo que dirá en el momento en que lo estén crucificando? ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’.

Es el camino, es la Verdad, es la Vida; con El no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el camino, tenemos asegurada la Vida, porque le tenemos a El.


lunes, 25 de septiembre de 2023

El mundo está necesitando de nuestra luz, que no es nuestra, sino la luz de Cristo de la que nosotros hemos de ser portadores



 El mundo está necesitando de nuestra luz, que no es nuestra, sino la luz de Cristo de la que nosotros hemos de ser portadores

Esdras 1,1-6; Sal 125; Lucas 8,16-18

Es lógico. Si tenemos una luz en la casa hemos de situarla en el lugar más apropiado para que los que entren en la casa no vayan tropezando con todo en la oscuridad y puedan ver. La luz no es un adorno, es una necesidad para poder ver en la oscuridad. Luego las pondremos también como adornos, o buscando que nos den luz indirecta por los efectos que pretendamos conseguir, pueden ser luces que vengan como a acompañar aquella luz principal para hacer llegar su resplandor a lugares donde sea más difícil hacer llegar la luz. Pero lo importante es que podamos ver, que tenga la luminosidad necesaria y el lugar adecuado.

Parece algo muy elemental. Pero es una imagen que nos quiere decir muchas cosas. Las oscuridades que tenemos que iluminar no son solo cuartos ensombrecidos de la casa, o caminos oscuros por los que tenemos que transitar. Cuando Jesus nos está proponiendo esta imagen de la luz querrá hablarnos de un sentido de la vida, de otros horizontes luminosos que pueden abrirse ante nosotros para que lancemos la mirada más allá de lo que tenemos ahí ante nuestras narices.

Ya el evangelista al comenzar a hablarnos del comienzo de la actividad de Jesus en Galilea anunciando el la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba, nos recordaba las palabras del profeta que hablaban de aquella luz que comenzó a brillar en Galilea, país de Zabulón y de Neftalí. La presencia de Jesus anunciando la llegada del Reino de Dios fue ese rayo de luz que llenaba de esperanza los corazones porque algo nuevo se les estaba anunciando. Con los signos que iba realizando, como señales de ese Reino de Dios que llegaba los corazones se iluminaban y estaban sintiendo que Dios había venido a visitar a su pueblo. Por eso terminará Jesús proclamando que Él es la luz del mundo que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Y esa luz no se puede ocultar, esa luz tiene que iluminar a todos para que vean y para que crean, para que alcancen la salvación.

Por eso ya desde el principio, allá en el sermón del monte, les dirá a los que creen en Él y quieren seguirle que tienen que ser también luz para los demás. La luz se ha de propagar, la luz ha de llegar a todos. Vean vuestras buenas obras, les dice, para que todos puedan dar gloria al Padre del cielo. Con nuestras obras, con nuestra vida, con nuestro testimonio tenemos que ser propagadores de esa luz para que llegue a todos.

Por eso será un signo que se repite con frecuencia en la liturgia de la Iglesia. En el centro tenemos la luz del Cirio Pascual encendida en el centro de la Iglesia con la resurrección del Señor, del que todos tomamos la luz y nos la pasamos los unos a los otros. Muy significativo. Y esa luz pascual iremos tomando nuestra luz, comenzando en nuestro bautismo que ya se nos dió ese cirio encendido para recordarnos que somos luz y que con esa luz hemos de ir siempre al encuentro del Señor. Y al final de nuestra vida en nuestras exequias volverá a aparecer encendida la luz del Cirio Pascual, para significar como nos ha acompañado a lo largo del camino de nuestra vida y en ese encuentro pleno y definitivo con el Señor tras la muerte vamos a presentarnos ante el tribunal de Dios con esa lámpara encendida de nuestra vida.

Pero nos recuerdan también las parábolas del evangelio que algunas veces nos puede faltar el aceite para mantener encendida esa luz. Es la triste realidad de nuestra vida; nuestra tibieza espiritual hace que se tintinee esa luz y se nos pueda apagar. Son tantos momentos de debilidad que podemos tener en la vida y dejamos apagar esa luz. ¿Cómo tenemos que cuidarla? ¿Qué estamos haciendo realmente para que se mantenga siempre encendida? ¿Cómo la estamos alimentando?

El mundo está necesitando de nuestra luz, que no es nuestra, sino la luz de Cristo de la que nosotros hemos de ser portadores. No siempre estamos mostrando ese camino de luz. Nos quejamos tantas veces de las oscuridades del mundo que nos rodea, pero no somos capaces de darnos cuenta de nuestra culpa. No les hemos iluminado debidamente, no hemos sido portadores de esa luz con nuestro testimonio, con nuestras palabras, con nuestra vida. Necesitamos reavivar en nosotros esa luz de Cristo para que se manifieste clara y diáfana frente al mundo que nos rodea.


jueves, 9 de diciembre de 2021

Tenemos que cuidar la imagen que nosotros demos con el testimonio de nuestra vida de Jesús, de la Iglesia, de los valores del evangelio

 


Tenemos que cuidar la imagen que nosotros demos con el testimonio de nuestra vida de Jesús, de la Iglesia, de los valores del evangelio

 Isaías 41, 13-20; Sal 144; Mateo 11, 11-15

Las apariencias pueden engañarnos; y las apariencias nos las creamos nosotros en nuestra imaginación; nos hacemos la idea de cómo tiene que ser una cosa y no somos capaces de ver la realidad; estamos buscando algo en el revoltijo de nuestras cosas y pasamos una y otra vez por nuestra mano lo que andamos buscando y no somos capaces de reconocerlo.

Pero lo de menos son las cosas, lo importante son las personas, y la imagen que nos creamos no sabiendo captar en profundidad el valor de una persona; muchas veces las personas buenas de verdad nos pasan desapercibidas, pero nos encandilamos con quien habla mucho de si mismo o trata de manifestarse de una forma atractiva para llamarnos la atención. Cuántas veces de una misma persona nos encontramos dos opiniones enfrentadas en los que dicen que la conocen quizá por la imagen que de ella nos hemos hecho desde nuestros prejuicios o de las oscuridades que llevamos no solo en nuestros ojos sino en el corazón.

¿Qué idea se tenían del Mesías que había de venir los contemporáneos tanto del Bautista como del mismo Jesús? ¿Cuál es la idea que se formaron de Juan Bautista? Mientras muchos acudían entusiasmados a la orilla del Jordán pensando quizá que ya había llegado la hora del Mesías, había quienes desconfiaban de él e incluso enviaban embajadas que de alguna manera iban a examinar con lupa lo que Juan decía y hacía Lo mismo harían posteriormente con Jesús.

¿Es el Mesías? ¿Es un profeta? ¿Es un antiguo profeta que ha vuelto a aparecer? ¿Será acaso Elías el que fue arrebatado al cielo en un carro de fuego que ha vuelto de nuevo como anunciaron algunos profetas? ¿Por qué bautiza y qué es lo que realmente anuncia? Y la figura de Juan pasó cuando primero fue encarcelado luego fue decapitado por Herodes a pesar de los revuelos que había levantado su presencia en el desierto juno al Jordán. Cuando más tarde Jesús les preguntara que sentido tenía el bautismo de Juan, si era cosa de Dios o cosa de los hombres, incluso no querrán responder. Herodes se quedaría con sus dudas y tormentos de conciencia cuando aparece la figura de Jesús.

Ahora será Jesús el que hable de Juan situándolo de verdad en su misión. Un día diría que no era una caña cascada en el desierto que el viento lleva de allá para acá, para señalar la verdad y la fortaleza de la palabra que había anunciado el Bautista preparando los caminos del Señor. Ahora nos recordará que ha sido el que ha venido con el espíritu y el poder de profecía de Elías como se lo había anunciado el ángel al Zacarías en el templo, aunque muchos no han querido reconocerlo.

Son las imágenes prefijadas de antemano las que nos confunden, como se confundieron con la figura de Juan Bautista porque sus miradas eran turbias. Son las imágenes también prefijadas de antemano que muchos pueden tener de Jesús, de la Iglesia o de la religión quizás también porque el corazón anda turbio y cuesta entonces ver y reconocer con claridad.

Claro que muchas veces somos nosotros culpables de esa neblina turbia que creamos en torno a Jesús, o en torno a la Iglesia, porque no hemos dado un testimonio claro de nuestra fe. Los propios cristianos podemos crear esa neblina turbia cuando nuestra vida se convierte en antitestimonio, porque no hay la rectitud debida en nuestras vidas.

Es lo que tenemos que cuidar, la imagen que demos del cristianismo, de la Iglesia, de la fe por nuestra vida; no estamos reflejando en nosotros siempre con toda claridad los valores del evangelio, no resplandecen las virtudes cristianas, no somos siempre auténticos ejemplos de solidaridad y de amor; nos decimos cristianos y nuestras vidas dejan mucho que desear. La apariencia que damos no es la de unos creyentes en Jesús totalmente convencidos y comprometidos. Podríamos habernos convertido en una pantalla opaca que  no deja traslucir la luz de Jesús y del evangelio.

miércoles, 8 de abril de 2020

Es importante que nos planteemos cómo vamos a celebrar la pascua este año y que conexión le vamos a dar con la realidad de sufrimiento que vive hoy nuestra sociedad



Es importante que nos planteemos cómo vamos a celebrar la pascua este año y que conexión le vamos a dar con la realidad de sufrimiento que vive hoy nuestra sociedad

Isaías 50, 4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25
Con hondo dramatismo tres preguntas se suceden a lo largo del pasaje del evangelio que se nos ofrece hoy. Alguna pregunta en cierto modo inocente pero que sin embargo nos ha de cuestionar dentro de nosotros que es donde quiere Jesús que se prepare la cena de pascua. Pero las otras dos son desgarradoras porque manifiestan y expresan una traición, o la sorpresa llena de dudas que puede inquietar a cualquiera.
¿Qué había sucedido en el interior de Judas para llegar a lo que llegó? ‘¿Qué estáis dispuesto a darme si os lo entrego?’ Era uno de los doce que más de cerca habían seguido al maestro; no sabemos de su vocación primera, pero si fue uno de los doce que Jesús llamó después de aquella noche en oracion para que formara parte del grupo de los más cercanos a Jesús y a los que les iba a confiar en especial el anuncio del evangelio.
¿Desencantos porque aquello que estaba viendo no era lo que él esperaba y por lo que había seguido a Jesús? ¿Le superaba acaso la misión que Jesús les confiaba y el estilo de vida que Jesús quería que tuvieran sus discípulos y en lo que los más cercanos a Jesús tendrían que dar especial ejemplo? ¿Quizá frustración porque no se atreviera a pedir como hicieron los hermanos Zebedeos los primeros puestos en el Reino? ¿El mesianismo que presentaba Jesús no era realmente lo que ellos habían esperado y se caían por tierra quizá ambiciones que siempre surgen en el corazón?
En esa frustración y desencanto, en esa retirada pero para irse al lado contrario, podemos ver también los cambios de postura, las frustraciones y desencantos, las ilusiones y sueños rotos, el abandono de tantos a lo largo de la historia, pero que podemos seguir viendo y hasta viviendo hoy en tantos a nuestro alrededor que un día botaron la puerta y se marcharon porque no encontraban lo que querían, porque sus ambiciones se veían coartadas, porque los sueños llenos de fantasías y de vanidades vieron quizás que no los podían realizar.
Muchos quizá atormentados en su interior no supieron encontrar respuesta o no supieron buscarla; muchos porque su espíritu se enfrió porque querían seguir nadando a dos aguas y pudo más el espíritu del mundo donde encontraban quizás más facilidades para sus sueños; muchos, y tenemos también que reconocerlo, porque quizá en los otros cristianos no encontraron el estimulo, el animo y el testimonio ejemplar que necesitaban o quizá por algunos contra testimonios desagradables sintieron que debían tirar la toalla y abandonar.
Por eso se vuelve inquietante la pregunta que se hacen algunos de los discípulos o incluso el mismo Judas al final cuando Jesús manifiesta claramente que uno de los presentes le iba a entregar. Cayó como un jarro de agua fría la afirmación de Jesús que llenó de inquietud el corazón de todos los presentes. Cada uno de ellos podía decir que no había sido él, pero sin embargo van balbuceando la pregunta, quizá lleno de un cierto temor de culpabilidad. ‘¿Soy yo acaso, Señor?’ Será al final Judas el que le haga también la pregunta a Jesús y sabemos la respuesta y todo lo que se desencadenó a continuación.
Pero el interrogante tendría que estar en nuestro corazón también porque quizá con alguna de nuestras posturas, de nuestros planteamientos, de la manera de hacer las cosas pudiéramos estar contribuyendo a la traición o al abandono de tantos que dan el portazo y se marchan de la Iglesia. No nos haces esta pregunta para llenarnos de amarguras, pero si de mirar y examinar con sinceridad nuestra vida para hacer que nuestro testimonio sea siempre luminoso, y nada haya de oscuridad en nosotros que dañe o perjudique a los demás en el seguimiento de Jesús.
Y nos queda una última pregunta para nuestra reflexión. Antes de hacer los preparativos los discípulos le preguntan a Jesús. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ puede parecernos una pregunta en cierto modo retórica porque solamente se trataba de que Jesús les diera las indicaciones precisas. Así fue y así prepararon ellos la cena de pascua, que luego ya veremos su celebración.
Pero es una pregunta que no se tiene que convertir en retórica para nosotros sino que es preguntarnos en cierto sentido ¿Cómo vamos nosotros a preparar y a celebrar la cena de pascua? Siempre es importante, porque ahí está toda esa preparación espiritual que hemos venido haciendo a través de toda la Cuaresma y lo que en estos días ya cercanos a la pascua nosotros seguimos haciendo.
Pero hay algo más. Este año se nos dan unas circunstancias especiales en que no podremos participar presencialmente en ninguna celebración. ¿Significa eso que no vamos a celebrar la pascua nosotros este año? Creo que nos damos cuenta que va a ser una pascua muy especial, pero que espiritualmente hemos de vivirla con toda intensidad. No tienen que pasar estos días al no poder participar en las celebraciones como si fueran un día más sino que hemos de saber buscar esa interioridad en nuestra casa, con nuestras familias si tenemos la oportunidad, para meternos de lleno en el misterio pascual de Cristo.
Es lo que tenemos que plantearnos, ¿cómo lo vamos a hacer? ¿Qué silencio e interioridad voy a poner en mi vida? ¿Cuáles son las cosas concretas que voy a hacer para poder vivirlo en toda intensidad aunque solo sea en mi hogar o siguiendo la trasmisión de las celebraciones que podamos tener por los medios de comunicación o las redes sociales? ¿Qué conexión le voy a dar a esta celebración con la realidad de sufrimiento que vive nuestra sociedad hoy? Es muy importante este punto y esta pregunta de cómo y dónde voy yo a celebrar la pascua este año.

jueves, 17 de octubre de 2019

Vivamos de forma congruente nuestra fe para que podamos dar un buen testimonio cristiano y así podamos atraer a muchos también al camino del evangelio



Vivamos de forma congruente nuestra fe para que podamos dar un buen testimonio cristiano y así podamos atraer a muchos también al camino del evangelio

Romanos 3,21-30ª; Sal 129; Lucas 11,47-54
¿Habremos pensado alguna vez lo que nosotros podemos influir en los demás casi sin darnos cuenta?  Vivimos en un mundo de relaciones; y no es porque ahora en nuestros tiempos parezca que eso destaca más, sino que por naturaleza estamos hechos para la relación, para el encuentro, para la comunicación.
Queremos quizá alguna vez vivir encerrados en nosotros mismos pero no olvidemos que vivimos rodeados de otros seres, otras personas, ya sea nuestra familia, compañeros de trabajo, los vecinos con los que convivimos en un mismo lugar, pero de alguna manera esa interrelación llega a todo ese mundo que nos rodea, aunque quizá ni nos conozcamos ni hayamos intercambiado una palabra alguna vez. Y eso hace que lo que hacemos y lo que vivimos tenga su repercusión en los demás, podemos ser ejemplo, podemos ser estímulo, simplemente caminamos los unos junto a los otros, pero también podemos influir negativamente.
Alguna vez tú mismo te diste cuenta que estabas fijándote en una persona que se cruzó en tu camino, con la que ni siquiera intercambiaste una palabra de saludo, pero viste algo en esa persona que te llamó la atención, que te hizo quizá pensar, o que de alguna manera te interpeló interiormente. Cuántos de la misma manera se habrán fijado en nosotros y quizá hayamos podido ser también interpelación para sus vidas. Decimos que no nos importa la vida de los demás, lo que hagan o dejen de hacer, pero consciente o inconscientemente tenemos en cuenta muchas cosas que nos pueden ayudar o que nos pueden entorpecer nuestro camino.
Importante entonces es la rectitud con que nosotros vivamos; importante la congruencia de nuestras acciones, que verdaderamente tengan una relación con lo que pensamos para que haya una unidad en nuestra vida y así nos presentemos ante los demás. Malo es que siendo capaces de decir cosas hermosas, que pueden ser buenos principios de vida, sin embargo luego nuestra manera de actuar o de relacionarnos con los demás vaya por otro camino. Y en esas incongruencias podemos caer fácilmente si vivimos una vida superficial. Es una gran tentación, es un gran peligro.
Creo que en la vida estamos para estimularnos para el bien los unos a los otros. Qué daño pueden hacer nuestros oscuridades en los demás, porque con esa negatividad de nuestra vida nos convertimos en mal ejemplo, nos convertirnos en una rémora para el conjunto de la sociedad en la que vivimos.
Todos hemos de tener esa buena preocupación, por decirlo de alguna manera, pero cuanto más aquellas personas que tienen una responsabilidad especial, los padres para sus hijos, los maestros y profesores para sus alumnos  los dirigentes de la sociedad en cualquiera de sus facetas para el conjunto de la sociedad. Con el ejemplo arrastramos para bien o para mal. No basta decir yo hago lo que quiero y que cada uno sea responsable y maduro por sí mismo en sus cosas, que a esa madurez hay que llegar, pero tenemos que saber ser estímulo para los demás.
Me estoy haciendo esta reflexión que pudiera parecer que solo tiene aspectos humanos de nuestras relaciones humanas, pero me la hago desde la reacción de Jesús ante los que eran los dirigentes, o pretendían serlo, del pueblo de su época. Venimos escuchando estos días las palabras incluso duras que tiene Jesús contra los fariseos y los maestros de la ley. Le dolía en el alma la incongruencia en que vivían y como tan negativamente estaban tratando de imponerse a las gentes de su época. Les echa en cara como tratan de imponer minuciosas normas de conducta con mucha rigidez a los que les seguían mientras, como dice Jesús, ellos no movían ni un dedo.
¿Sucederá de alguna manera igual en nuestro tiempo? Nos sucederá a nosotros por la incongruencia de nuestras vidas que no terminamos de vivir en total rectitud, pero puede suceder en tantos sectores y facetas de nuestra sociedad e incluso de nuestra comunidad eclesial. Pensemos, pues, como podemos repercutir en la vida de los demás. Vivamos de forma congruente nuestra fe para que podamos dar un buen testimonio cristiano y así podamos atraer a muchos también al camino del evangelio.

lunes, 23 de septiembre de 2019

No ocultemos la luz de nuestra fe porque el evangelio sigue siendo una necesaria luz que dé brillo a nuestro mundo


No ocultemos la luz de nuestra fe porque el evangelio sigue siendo una necesaria luz que dé brillo a nuestro mundo

Esdras 1,1-6; Sal 125; Lucas 8,16-18
Ya sabemos que hoy cuando se trata de iluminación hay mucha imaginación en quien está encargado de realizarla; se hacen juegos de luces maravillosos tratando de resaltar aquello que consideramos más importante, lo que puede conllevar un mensaje, se utiliza con frecuencia una iluminación indirecta y no siempre quizá vemos la lámpara o foco que produce tal iluminación. Ocultaremos la lámpara quizás pero buscamos la mejor iluminación; ocultar la lámpara no significa taparla para que no dé luz, sino quizá producir mejor iluminación según lo que pretendamos conseguir o resaltar. La luz, por supuesto, es para iluminar, no para producir oscuridad.
Así la vida, hay personas que son muy luminosas porque cuanto le vemos hacer sentimos en nosotros un estímulo interior quizá para imitarle en sus valores y virtudes o para despertar en nosotros cuanto de bueno llevamos en nuestro corazón para tratar también de iluminar ese mundo en el que vivimos, muchas veces tan lleno de oscuridades. 
Ser luminoso en la vida no es pretender ir por delante con nuestros orgullos para que vean lo bueno que somos o las cosas buenas que hacemos para recibir el aplauso. Hacemos lo que hacemos, vivimos nuestros valores y nuestras virtudes con sencillez y quizá así de forma indirecta sin tener que decirlo de palabra estimulamos a los demás.
Esa sencillez y humildad con que vivimos la vida no nos tiene que hacer ocultar aquello bueno que hacemos, no buscamos el aplauso, pero sí queremos siempre poner luz en la vida, despertar lo bueno que cada uno lleva en su corazón para que salga a flote y así entre todos hagamos un mundo más brillante, más luminoso porque entre lo bueno que hacemos todos haremos que todos podamos ser un poco más felices.
No serán necesarios grandes focos que llamen la atención sino esos gestos humildes y sencillos de amor y cercanía que podamos tener con los demás, esa responsabilidad con que vivimos la vida y aquellas cosas que se nos han confiado calladamente sin hacer alardes pero nunca abandonando esa responsabilidad que tenemos. Eso bueno que vivimos, esa responsabilidad con que vivimos la vida, aunque parezca oculto, saldrá a flote, iluminará aunque sea de forma indirecta, como decíamos antes, a los que están a nuestro lado y algún día se darán cuenta de la luz.
De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio cuando no dice que la luz no se puede poner en un lugar oculto para que no ilumine, no se puede tapar, como dice El, no se puede meter debajo de la cama o de la mesa. Y esto atañe también a todo lo que es la vivencia de nuestra fe. El mundo necesita de esa luz pero desgraciadamente los cristianos no damos toda la luz que tendríamos que dar, es más, muchas veces parece que hay cristianos que quieren ocultar esa luz, como si les diera vergüenza llevar esa luz de la fe en sus vidas.  No hemos sabido ser valientes para manifestar esa luz, para expresar valientemente nuestra fe con nuestro estilo de vida y también cuando sea necesario con nuestras palabras. Es un testimonio valiente que tenemos que saber dar.
Así nuestro mundo ha ido perdiendo su brillo, no se tienen en cuenta ya lo que son nuestros valores cristianos, muchas veces nos encontramos un mundo adverso que rechaza esa fe, quizá porque el testimonio que les hemos dado no ha sido del todo convincente porque no ha habido verdadera congruencia en nuestras vidas. Mucho tenemos que revisarnos los cristianos de cómo damos ese testimonio, si nuestras vidas son verdaderamente luz para los demás, o si acaso alguna vez lo ocultamos o el testimonio es negativo por su incongruencia.
Que brillen nuestras buenas obras para que todos lo hombres puedan dar gloria al Padre del cielo, como nos dice Jesús en otro momento del Evangelio.

viernes, 20 de septiembre de 2019

Queremos sentirnos caminantes en una misma fe en la que mutuamente nos alimentamos, nos ayudamos con nuestro mutuo estimulo y ejemplo



Queremos sentirnos caminantes en una misma fe en la que mutuamente nos alimentamos, nos ayudamos con nuestro mutuo estimulo y ejemplo

1Timoteo 6,3-12; Sal 48; Lucas 8,1-3
De camino. Es la vida. No estamos en un estado permanente, aunque muchas veces queremos como anclarnos en lugares, en situaciones, en cosas que convertimos en absolutos de la vida, pero pronto nos damos cuenta cuán efímeros son.
Pensemos, si no, en lo que ha sido nuestra existencia; cuantas cosas nos han sucedido, cuantas situaciones distintas hemos vivido y no es necesario hacer una historia muy larga sino pensemos en lo más inmediato; cuantas cosas van cambiando en nuestro pensamiento, en la manera de enfrentarnos a la vida y a las cosas, cuantos encuentros hoy con unos mañana con otros.
Y no es que vivamos superficialmente – aunque a veces lo hacemos demasiado así – sino que en el progreso de nuestro vivir cambiamos porque maduramos, porque aprendemos a profundizar y nos damos cuenta que hemos de actuar de otra manera. Es un camino que vamos haciendo, y en el que vamos al mismo tiempo aprendiendo. Vamos haciendo camino, aunque algunos físicamente no salgan del mismo lugar geográfico, porque el camino es algo más profundo, dentro de nosotros.
Si hablábamos de los encuentros que vamos teniendo, también podemos pensar en los que van junto a nosotros en ese camino. Primero la familia, nuestros padres, porque ahí nacimos y ahí dimos los primeros pasos, pero en ese encuentro en el crecimiento muchas de esas personas se convierten en compañeros de camino; y pensamos en aquellos con los que nos relacionamos más y tenemos mejor sintonía, los amigos, pero pensamos en tantos que nos rodean, vecinos, compañeros de trabajo, gente de la comunidad o entorno en el que nos movemos. No hacemos camino solos. Para bien o para mal son muchos los que van caminando a nuestro lado, aunque hemos de saber aprovechar las mejores oportunidades y las mejores cosas que nos ofrecen.
Estamos hablando de camino, ese camino humano, ese camino social que vamos realizando, pero pensamos también en el camino de nuestra fe. Hoy nos habla el evangelio de que Jesús iba en camino, unas veces recorriendo los pueblos y aldeas de Galilea, otras veces en su subida a Jerusalén. Hoy nos habla del grupo de los doce que se había formado junto a El – El los había llamado de manera especial en medio de todo el resto de discípulos que le seguían – y de un grupo de mujeres que lo acompañaban y lo atendían de diversas maneras. Unas con corazón agradecido porque se habían visto liberadas de muchos males por la presencia de Jesús  - María la de Magdala de la que había expulsado siete espíritus malos – y otras que le ayudaban incluso con sus bienes.
Pensemos en ese camino de nuestra fe que nosotros también vamos haciendo. Un camino que personalmente cada uno debe hacer porque tiene que dar sus propios pasos, pero un camino que nunca se hace en solitario. Igual que decíamos que en el camino humano estaban nuestros padres y el seno de la familia en la que nacimos y recibimos los primeros principios de vida, también en este camino de la fe, ésta se nos transmitió a través de nuestros padres y los que más cercanos estaban junto a nosotros en el inicio de nuestra vida.
Pero tenemos que mirar a la Iglesia, a la comunidad de los cristianos en la que estamos insertados desde nuestro bautismo y que vivimos en un lugar concreto como son nuestras comunidades y parroquias. Así tendríamos que sentirnos caminantes en una misma fe en la que mutuamente nos alimentamos, nos ayudamos con nuestro mutuo estímulo y ejemplo.
Y cada uno puede pensar de forma concreta en esas personas que en nuestra parroquia nos han ayudado de una forma o de otra. Un día hay que pararse a pensar en eso para reconocer lo que recibimos de esas personas cercanas a nosotros en nuestra propia comunidad y de la que tanto hemos recibido, catequistas, monitores de algunas acciones, tanta gente comprometida a nuestro lado que casi sin darnos cuenta han sido nuestro estímulo y una gran ayuda para ese camino de nuestro ser cristiano.
Demos gracias a Dios porque en ese camino no hemos estado solos. A través de ellos se nos ha hecho presente el Señor.


jueves, 1 de noviembre de 2018

En la Sangre del Cordero hemos sido consagrados y nuestra vida ha de ser entonces sagrada, una vida santa, porque hemos de significar para siempre esa presencia de Dios


En la Sangre del Cordero hemos sido consagrados y nuestra vida ha de ser entonces sagrada, una vida santa, porque hemos de significar para siempre esa presencia de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

‘Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero…’ y anteriormente se nos había hablado de ‘una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos’.
Es la imagen que aparece ante nuestros ojos en la solemnidad que hoy estamos celebrando, la fiesta de Todos los Santos. Una imagen que nos habla del cielo, de la gloria de Dios, y de cuantos en Dios están alabándole y bendiciéndole siempre por toda la eternidad. Lavaron y blanquearon sus vestiduras en la Sangre del Cordero. Un primer pensamiento nos lleva a los mártires, que derramaron su sangre, que dieron su vida, por eso los contemplamos con las palmas de la victoria en sus manos.
Pero si ahondamos en esta imagen y captamos que nos dice que lavaron sus vestiduras en la sangre del Cordero, tenemos que pensar en algo más, en cuantos han sido bautizados, que con la sangre de Cristo fuimos redimidos, por la sangre de Cristo alcanzamos vida, la vida de la gracia, la vida de Dios y que por eso mismo estamos llamados a ser santos, llamados a la santidad.
En la Sangre del Cordero hemos sido consagrados, la unción del Bautismo eso ha venido a significar, siendo consagrados somos como separados para Dios, seremos para siempre para Dios. Si decimos que una iglesia ha sido consagrada y desde ese momento es un lugar santo, un lugar sagrado que viene a significar como una presencia especial de Dios en aquel lugar, de la misma manera nosotros, hemos sido consagrados en la Sangre del Cordero, nuestra vida ha de ser entonces sagrada, nuestra vida ha de ser santa, porque hemos de significar para siempre esa presencia de Dios.
Cuando decimos santos muchos se quedan en las imágenes sagradas, son los santos decimos; pero esas imágenes sagradas son eso imágenes, unas imágenes que nos hablan de los santos. Claro que en esa forma tan elemental de ver las cosas para muchos los santos son los que hacen milagros, o los que nos consiguen de Dios aquellas cosas que necesitamos y a ellos pedimos, y pensamos en los santos solo como unos intercesores poderosos que están en el cielo junto a Dios para conseguirnos aquello que le pedimos diciendo entonces que unos santos son más milagrosos que otros. Nos quedamos bien pobres en nuestra imagen de los santos.
¿Por qué son santos? Porque lavaron sus vestiduras en la Sangre del Cordero, porque consagraron su vida para vivir en una fidelidad total a Dios para no volver a manchar sus vidas con el pecado. Los que es santo y sagrado lo queremos mantener sin mancha porque la dignidad de su ser sagrado así lo exige. Pero somos santos y consagrados y no es ya una mancha externa la que tenemos que evitar en virtud de esa dignidad sagrada de nuestra vida, sino que lo hemos de ser desde lo más hondo de nosotros mismos porque viviendo en esa fidelidad – fe – vivimos para Dios y nos alejamos de cuanto nos pueda alejar de Dios. Y eso vivieron los santos, también con sus luchas y con sus debilidades como todos nosotros pero manteniéndose en esa fidelidad.
Estamos pensando, pues, en los santos quienes ya recorrieron el camino de la vida y por su fidelidad ahora gozan ya de la gloria de Dios en el cielo. La Iglesia reconoce la santidad de sus mejores hijos y así lo proclama además poniéndolos como ejemplo de ese camino que nosotros hemos de hacer; contemplar a los santos es para nosotros también como un estímulo, porque nos sentimos débiles y pecadores tantas veces, pero estamos contemplando quienes siendo humanos como nosotros – no fueron hechos de una materia distinta que los hiciera santos - vivieron en esa fidelidad de amor a Dios con una vida santa. Es para nosotros posible, pues, esa santidad a la que somos todos llamados.
Hoy cuando la Iglesia nos propone esta celebración de todos los santos no es que solo vayamos a celebrar a quienes la Iglesia ha reconocido – canonizado, decimos – como tales proponiéndonoslos como ejemplo y al mismo tiempo como intercesores, sino que hoy queremos celebrar a todos, aunque los desconozcamos, los que han vivido su vida de forma santa en su fidelidad al Señor.
Santos que han caminado a nuestro lado, con quienes hemos convivido también, que vivieron nuestras mismas luchas y nuestros mismos problemas, de quienes un día recibimos una palabra o un ejemplo que nos edificó en nuestra vida, muchos que no supimos quizá ver y reconocer lo bueno que hacían y que vivían pero que podemos tener la certeza de que también están junto a Dios alabándole por toda la eternidad.
Es la fiesta de todos los santos, de todos los santos de los que aspiramos un día nosotros también formar parte en esa corte celestial. Porque con esa esperanza vive el cristiano, es la trascendencia que queremos darle a nuestra vida; es lo que queremos hacer en nuestra fidelidad y en la rectitud con que queremos vivir nuestra vida; es lo que queremos expresar con nuestro amor, con nuestro compromiso, con nuestra lucha por el bien y la justicia, en todo eso bueno que queremos hacer para de verdad construir el Reino de Dios entre nosotros cuando vivimos el espíritu de las bienaventuranzas que nos propone hoy Jesús en el Evangelio; es lo que venimos a celebrar cuando vivimos los sacramentos para así sentir esa fuerza de la gracia de Dios; es a lo que queremos unirnos, como decimos y expresamos en nuestras celebraciones, con los Ángeles y los santos y todos los coros celestiales, para cantar para siempre la gloria y la santidad de Dios.
Es la fiesta de Todos los Santos, nuestra fiesta, de nuestros hermanos que nos precedieron y están en el cielo, de los que caminan a nuestro lado en una vida de fidelidad y de nosotros mismos porque llamados estamos a ser santos por nuestra consagración bautismal.

miércoles, 15 de agosto de 2018

María de Candelaria, lucero del alba de la evangelización de nuestra tierra siga siendo Estrella de la evangelización y estimulo que con su presencia suscite esperanza en nuestros corazones


María de Candelaria, lucero del alba de la evangelización de nuestra tierra siga siendo Estrella de la evangelización y estimulo que con su presencia suscite esperanza en nuestros corazones

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56

Todos necesitamos en algún momento un estimulo que nos anime en nuestro camino, algo que suscite esperanza y nos haga ver las cosas sin negruras ni pesimismos sino que de alguna manera nos esté diciendo que es posible, que podemos, que hemos de tener ánimo para levantar el vuelo y no quedarnos ni en superficialidades ni en puro materialismo, que nos dé como un sentido nuevo que llene nuestro espíritu, llene nuestro ser y nos impulse a seguir caminando con ilusión y esperanza.
Algunas veces nos confundimos y podemos pensar en estimulantes efímeros que si nos dan quizá un poco de fervor se nos queda en algo momentáneo que luego nos dejará vacíos. Los estímulos no están en las cosas, los estímulos los podemos encontrar en personas que se convierten en tipo y figura de lo que tiene que ser nuestra vida y que con su ejemplo y testimonio no nos agobian ni nos hunden sino todo lo contrario  nos llenan de ilusión y esperanza nueva. En cuantas personas de nuestro entorno podemos encontrar ese ejemplo.
Un estimulo cierto lo tenemos en la cercanía y en el amor de nuestra madre que siempre estará a nuestro lado creyendo en nosotros a pesar de los errores o fracasos que algunas veces podamos cosechar en la vida. La presencia de la madre la tenemos desde nuestro nacimiento y nunca nos faltará. Aunque un día se adelante a nosotros en su muerte siempre sin embargo la podremos sentir junto a nosotros porque recordaremos su testimonio y recordaremos las palabras que quizás tantas veces nos repitió en vida y no le hicimos mucho caso, pero que ahora en soledades y momentos difíciles seguiremos haciendo presente en nuestro recuerdo.
Los discípulos de Jesús en nuestro camino de vida cristiana, en nuestro camino de seguimiento de Jesús tenemos el estimulo de cuantos antes que nosotros nos han precedido en el camino de la vida y con una vida ejemplar hoy son para nosotros ese espejo en el que nos miramos, esa imagen de lo que es vivir el evangelio convirtiéndose así en un recuerdo permanente de lo que ha de ser nuestra vida cristiana.
Pero tenemos sobre todo a María, la Madre de Jesús, que El quiso dejarnos también como esa madre que esté a nuestro lado siendo modelo estimulo para nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro compromiso en el amor. Por eso para los cristianos las fiestas en que conmemoramos a María tienen un especial significado. Las queremos llevar incluso físicamente junto a nosotros en sus sagradas imágenes por esos mismos caminos que nosotros tenemos que hacer en la vida cada día, porque así su recuerdo y su presencia se convierten en memoria y estimulo permanente.
Por eso nos llenan tanto de alegría las fiestas de María, porque con la madre nos regocijamos, a la madre celebramos, la presencia viva de la madre sentimos junto a nosotros y con ella queremos seguir haciendo el camino con ilusión y con esperanza. De ahí tantos y variados nombres con los que la invocamos, que como un rosario de piropos queremos dedicar a nuestra amada.
Hoy es una fiesta especial para ese estímulo y para animar nuestra esperanza, porque es el triunfo de María cuando la vemos glorificada como primicia ya en el cielo. En todos nosotros desde nuestra fe está la esperanza de la resurrección, pero a ella hoy la vemos como adelantada participando de la gloria de su Hijo en el cielo, es su Asunción, su glorificación, el contemplarla en cuerpo y alma en el cielo que es lo que expresamos en esta fiesta y es como un adelanto de la resurrección de la carne para María.
María se puso en camino, como  hoy nos dice el evangelio y hoy la vemos al término de ese camino en su glorificación en el cielo. Como María nos queremos nosotros también poner en camino, y aunque nos vamos a encontrar en la vida tantas veces ese dragón del maligno y de la tentación como la contemplamos en la imagen del Apocalipsis, a ella la vemos vencedora, y nosotros también podremos vernos un día vencedores para llegar a participar de la misma gloria en el cielo.
No siempre es fácil nuestro camino. Como decíamos al principio, necesitamos esos estímulos que nos den esperanza, que sean espejo en el que contemplarnos, y hoy nosotros miramos a María y con ella queremos seguir haciendo nuestro camino porque sabemos muy bien que ella viene con nosotros en nuestro caminar. Es la alegría y el gozo de la fiesta que hoy celebramos.
Nosotros los canarios miramos a María hoy con una mirada muy especial cuando la invocamos como Candelaria, la que antes incluso de la conquista de estas tierras ya su presencia estaba con nosotros siendo su imagen un preanuncio de evangelización para los moradores de la tierra canaria.
En nuestro tierra tinerfeña y podemos decir que en toda canarias, todos los caminos hoy conducen a Candelaria, todos los caminos conducen hasta María. Muchos incluso con grandes esfuerzos recorriendo a pie los caminos antiguos de la isla quieren acercarse hasta el Santuario y Basílica de la Morenita, como  nosotros cariñosamente la llamamos. Es toda una imagen ese camino.
Mucho esfuerzo quizá tengamos que hacer en el mundo que vivimos para mantener nuestra fe; María como estrella de la evangelización ahí está orientándonos en ese camino que tenemos que hacer, porque ella siempre apuntará al Norte verdadero de nuestra vida, porque ella siempre nos conducirá a Jesús. María es la Madre y Maestra de ese camino de nueva evangelización en el que queremos estar comprometidos con nuestra tierra y con el evangelio. Que en verdad sintamos la presencia, la fuerza de María, la gracia que ella nos trae de parte del Señor y no decaigamos por fuerte que sea el dragón fuerte de increencia o indiferencia que vamos a encontrar en muchos.
Que María de Candelaria, que fue lucero del alba de la evangelización de nuestra tierra, siga siendo esa estrella de la evangelización en quien nos sintamos estimulados para mantener firmes el legado de nuestra fe en nuestra tierra.