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miércoles, 8 de julio de 2026

Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

 


Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

Muchas veces en la vida tenemos la tentación de ir como francotiradores; es justo que queramos hacer las cosas por nosotros mismos, pues tenemos nuestras capacidades y ciertamente hemos de desarrollar lo que son nuestras cualidades, nuestros valores, pero eso no significa que tengamos que ir por la vida en solitario haciéndolo todo por nosotros mismos. No podemos aislarnos de manera que ya no sepamos contar con los demás, y no es cuestión solo de efectividad sino incluso del sentido de nuestra vida, en lo que somos y en lo que tenemos que estar relacionados con los demás. no estamos hechos para la soledad, una característica fundamental del ser humano es la socialización, la capacidad de relacionarnos con los otros y en consecuencia ser capaces de vivir un sentido social y de comunión también en lo que hacemos.

Es también lo que Jesús viene a enseñarnos en su propio actuar, porque además serán señales del Reino de Dios que Él nos anuncia. Imagen de ello es lo que hoy escuchamos en el evangelio. Jesús escogió a doce de entre todos los discípulos que le seguían, y como nos dice el evangelio, los constituyó apóstoles. Era el grupo que iba a estar más cerca de Jesús porque le acompañarán a todas partes, a los que de manera especial les explicaba lo que a las muchedumbres les hablaba en parábolas, los que iban a ser testigos más directos del actuar de Jesús, de lo que era la persona de Jesús; recordamos como a ellos les preguntará lo que piensa la gente del Hijo del Hombre, pero concretando luego más la pregunta para saber lo que ellos mismos pensaban. Un grupo que va a ser imagen y signo de lo que había de vivirse como el Reino de Dios.

Y a ellos, tan humanos como todos, con sus dudas y con sus pretendidas ambiciones, con sus debilidades pero también con toda la confianza que ponían en Jesús de manera que estando con Él se sentían seguros - recordamos el miedo que pasaron cuando la tempestad en el mar porque les parecía que Jesús se había desentendido de ellos - y a ellos les va a confiar Jesús la misión de seguir anunciando y constituyendo el Reino de Dios. Son los enviados de Jesús.

Pero son los enviados que han de hacer las mismas obras de Jesús. Recordamos lo que dice el evangelio, que les dio autoridad para curar enfermos y para expulsar demonios cuando salieran a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Algunas veces nos atamos a la literalidad de las palabras y podemos perder de vista el sentido hondo que tienen las palabras de Jesús. Cuando nos dice que les dió autoridad para curar y para expulsar demonios creo que las palabras de Jesús van mucho más allá de un poder taumatúrgico para realizar milagros. 

Jesús cuando curaba a los enfermos no era un simple curandero sino que en ello estaba realizando los signos del Reino de Dios. Fijémonos en la compasión de Jesús, en su amor hasta el extremo de que no quiere el sufrimiento del hombre, no quiere nuestro sufrimiento, por eso donde de verdad nos quiere sanar Jesús es dentro de nosotros mismos; es el gran milagro de la presencia de Jesús, esa transformación que se va realizando de nuestros corazones.

Es lo que Jesús quiere que hagan sus discípulos, sus mismas obras, con el mismo amor y compasión también tenemos que acercarnos a los demás y en esa compasión y misericordia estamos expresando lo que es el amor que Dios nos tiene. Un milagro que se queda en lo espectacular de lo taumatúrgico y no provoca el que nos sintamos amados de Dios no es precisamente lo que Jesús quiere que nosotros hagamos. Es nuestra vida con nuestro amor hasta el extremo, con esa compasión y misericordia rebosando de nuestro corazón el verdadero signo que tenemos que realizar. ¿Logramos que nos amemos más? Entonces estaremos haciendo de verdad las obras de Dios.


lunes, 20 de abril de 2026

¿Hasta dónde llega nuestra fe en disponibilidad total para creer en Jesús dejando a un lado intereses o conveniencias?

 


¿Hasta dónde llega nuestra fe en disponibilidad total para creer en Jesús dejando a un lado intereses o conveniencias?

Hechos 6, 8-15; Salmo 118; Juan 6, 22-29

¿Alguna vez habremos escuchado que alguien nos dice muy seriamente que tenemos que creer en él? Eso de que alguien nos dice que tenemos que creer en él es algo serio y que implica muchas cosas; más o menos tenemos confianza en las personas y desde esa confianza aceptamos un consejo, una orientación, pero siempre con nuestra libertad de creer o no creer, de aceptar lo que nos dice o pasarlo por alto y olvidarlo, porque decimos que también nosotros tenemos nuestros criterios, nuestra manera de ver las cosas, cada uno está en el ajo de su vida y más o menos saber por donde ir, cómo actuar. Pero cuando nos dicen que tenemos que creer en él, parece que nos están hablando de una fe ciega y que hasta podría anular nuestros pensamientos o nuestra propia manera de actuar. Por eso digo es algo muy serio.

El evangelio de hoy parte haciéndonos un poco de resumen de lo anterior, pues habla de la multiplicación de los panes de la tarde anterior en el descampado, la marcha de los discípulos en barca con sus dificultades, y cómo la gente a la mañana siguiente busca a Jesús, saben que no se ha ido en la barca con el grupo de los discípulos, y aprovechando la llegada de unas barcas de Tiberíades embarcan para Cafarnaún.

Allí inmediatamente se encuentran con Jesús y surge la pregunta más normal. ‘¿Cómo has venido aquí? ¿Cuando has venido aquí?’  No responde Jesús porque ve más allá de lo que son las apariencias. Ayer comieron pan en abundancia en el desierto y ahora buscan a Jesús. ¿Para darle las gracias? ¿O porque quieren que Jesús siga alimentándolos de esa manera milagrosa y gratuita? El amor de Dios si es un don gratuito para nosotros, porque nos ama incluso, podríamos decir, sin merecerlo. Pero aquí se trata de algo más ¿cuál es el interés que en verdad sienten por Jesús? ¿Habrán llegado a descubrir el sentido de lo que Jesús hace y que esos milagros son signo de algo mucho más hermoso que Jesús quiere darnos y también nos lo dará por gracia, o sea gratuito?

‘En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios’.

Demasiado en la vida vamos actuando por interés. ‘Porque comisteis pan hasta saciaros’, les dice Jesús. Muchos intereses de pan nos van moviendo en la vida. ¿Cuánto me van a pagar?, es la pregunta que pronto hacemos cuando nos piden una colaboración; no somos capaces de verlo como un servicio sino como una posibilidad de una ganancia; ganancias que nos pueden sonar a monedas en nuestros bolsillos, pero ganancias que transformamos en prestigios que hagan que nos sintamos bien considerados, influencias para poder tener muchas cosas en nuestras manos y así ejercer nuestro dominio o nuestro poder, amistades que buscamos para presumir, vanidades que vamos buscando para aparecer como soles, como los mejores, como los poderosos… larga sería la lista de esas ambiciones que llevamos por dentro cuando buscamos algo, tantas dependencias que finalmente nos creamos pero que realmente no nos dejan ser nosotros mismos para actuar con autenticidad y con generosidad.

Jesús quiere hacerles reflexionar, que encuentren de verdad lo que da sentido y profundidad a sus vidas, para no quedarnos en la superficialidad de la apariencia. Jesús viene a anunciarnos el Reino de Dios y darnos las pautas de cómo hemos de aceptarlo y construirlo en nuestras vidas. Son otras las obras que hemos de realizar.

Es lo que ahora le preguntan. ‘Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?’ Y Jesús es claro y tajante, han de comenzar por creer en El. ‘La obra de Dios es esta: que creáis en el que Él ha enviado’. No va a ser fácil, a todos nos cuesta, porque Jesús les está pidiendo toda su fe y para eso es necesaria una disponibilidad total. En otro momento nos dirá que tenemos que negarnos a nosotros mismos para poder seguirle; al comienzo de su predicación pedía conversión, cambio profundo de corazón para poder creer en la Buena Noticia que Jesús venía a ofrecerles.

Decimos fácilmente que tenemos fe, pero lo reducimos a unos conceptos básicos o a unas prácticas religiosas a las que ya les ponemos también nuestra medida. Pero la fe es algo mucho más profundo porque implica toda la vida. Cuando nos ponemos en el camino de la fe con toda seriedad le tenemos que estar dando toda una vuelta a la vida. Por eso Jesús nos pide conversión. ¿Hasta dónde llega nuestra fe? ¿Qué es lo que en verdad nos motiva el querer llamarnos cristianos, seguidores de Jesús?

 

viernes, 11 de abril de 2025

La congruencia entre nuestra fe y nuestra vida nos pide que allí donde estemos los cristianos tenemos que ser fermento desde esa fe que profesamos de una sociedad nueva

 


La congruencia entre nuestra fe y nuestra vida nos pide que allí donde estemos los cristianos tenemos que ser fermento desde esa fe que profesamos de una sociedad nueva

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

A fuer de sinceros muchas veces nos encontramos con muchas incongruencias en la vida, porque da la impresión que no están muy acordes las cosas que pensamos o que decimos con lo que luego realmente hacemos. Somos buenos para establecer principios y reglas pero a la hora de la verdad cuando llega el momento de ver lo que vivimos parece que hay mucha distancia entre eso que establecemos y lo que luego haremos. Nos escudamos quizás en nuestras propias debilidades, nos decimos que tampoco que tenemos que ir a rajatabla con lo que tenemos que hacer ni tenemos que ser tan radicales, nos procuramos algunas rebajas de manera que descafeinamos tanto el café que al final no será café, descafeinamos tanto nuestra vida religiosa y cristiana que al final se parece poco al evangelio. Aparecen las incongruencias, como decíamos.

En la hora en que Jesús les repartió pan para que pudieran comer todos en abundancia allá en el descampado cuando se habían acabado las provisiones, todos estaban entusiasmados queriendo proclamarlo rey; cuando daba la vista a los ciegos o curaba a los leprosos decían que Dios había visitado a su pueblo; cuando curaba a los que llamaban endemoniados o hacia caminar a los tullidos el poder de Dios estaba con El y todos se entusiasmaban porque era para ellos una señal de la venida del Mesías; pero cuando Jesús les decía que eran otras cosas las que tenían que pedir o buscar, que no todo estaba en el milagro fácil sino que había que comenzar a actuar de una manera nueva en las mutuas relaciones o en su relación con Dios, ya eso costaba entenderlo porque aquel estilo nuevo de vivir podía echar abajo muchas cosas que había que transformar, signo de ello fue la expulsión de los vendedores del templo.

Cuando Jesús en sus palabras y en su actuar estaba manifestando claramente el rostro de Dios que era algo muy distinto de lo que habían imaginado, como Jesús se presentaba como el enviado del Padre, se atrevía a llamar Padre a Dios además de enseñarnos que esa era la nueva relación que con Dios habíamos de tener porque El era el Hijo de Dios y porque a nosotros nos quería hacer también hijos de Dios, entonces ya Jesús eran un blasfemo al que había que apedrear.

Es lo que se nos presenta hoy en el evangelio. ‘Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?’ les pregunta Jesús. ‘No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios’, le dicen. No había terminado de conocer a Jesús, no habían querido entender sus palabras. ‘Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre’, les vuelve a insistir Jesús. Palabras solemnes de Jesús que nos vienen a manifestar claramente que es el Hijo de Dios. Como dirá en otro momento ‘el Padre y yo somos uno’.

Se escabulló de sus manos, porque aun seguían queriendo detenerlo y se fue a la otra orilla del Jordán, allá donde Juan había estado bautizando.  ‘Y muchos creyeron en El allí’, nos dice el evangelista.

Estamos ya a las puertas de la semana de Pasión que culminará con la celebración de la Pascua para lo que hemos venido preparándonos durante todo el camino cuaresmal. Momento ha sido todo este recorrido para repasar muchas cosas de nuestra vida, de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesús, de la autenticidad que tiene que haber en nuestra vida y de la necesaria renovación que hemos de hacer. Hoy se nos está preguntando por la congruencia de nuestra fe y nuestra vida.

¿Creemos para una procesión o para hacer grandes manifestaciones religiosas cargadas de mucha pomposidad o creemos como verdadero alimento de nuestra vida, como motor de una transformación de nuestras costumbres, como fermento de un nuevo sentido de iglesia que hemos de vivir, como un compromiso que tenemos también con la vida y con la sociedad que estamos construyendo?

¿Se notará allí donde estamos, donde desarrollamos nuestra vida diaria que en nosotros hay una fe y hay unos valores distintos aunque tengamos que ir a contracorriente del mundo y la sociedad en la que vivimos? ¿En qué se nota que hay unos cristianos que son fermento de una sociedad nueva?

lunes, 17 de febrero de 2025

Sepamos entrar en un diálogo de amor que no pide explicaciones ni lleva a la crispación, que buscar la sabiduría del Espíritu y nos conduce al entendimiento y la paz

 


Sepamos entrar en un diálogo de amor que no pide explicaciones ni lleva a la crispación, que buscar la sabiduría del Espíritu y nos conduce al entendimiento y la paz

Génesis 4,1-15.25; Salmo 49; Marcos 8, 11-13

Hay personas a las que por muchas explicaciones que les demos nunca escucharán lo que les decimos; y son los que mas explicaciones nos piden, pero no escuchan, no entran en razones porque solo tienen en la mente sus ideas. Cuánto en este sentido habremos visto en discusiones por cualquier cosa, cuanto vemos en la vida social cuando cada uno desde su ideología se cree poseedor de la verdad absoluta; así contemplamos la crispación que se va creando en nuestra sociedad, porque además quienes tendrían que darnos ejemplo de diálogo y de búsqueda de caminos más se aferran a sus ideas y no solo no escuchan sino que tratan de descalificar a los adversarios aumentando la tensión; y ya sabemos cómo.

Lo estamos contemplando en el evangelio, en la postura de los que no quieren aceptar el mensaje de Jesús; les resultaba molesto y andaban siempre buscando explicaciones que les pudieran favorecer, pidiendo continuamente pruebas cuando solamente tenían que contemplar el actuar de Jesús. Como Jesús mismo replicará cuando le piden explicaciones ante el tribunal del Sanedrín nos dirá que El siempre ha hablado y actuado en público, que pregunten a quienes han querido escucharle que les podrán dar todas las explicaciones.

Hemos venido viendo cómo Jesús les resulta incómodo porque está pidiendo nuevas actitudes sin las cuales es imposible acoger y aceptar el Reino de Dios; Jesús pide más autenticidad en la vida, que nos quitemos las caretas con las que pretendemos dar una cara que no es lo que realmente llevamos en el corazón, fuera las vanidades y las auto justificaciones y más sinceridad de vida para ser en verdad leales y fieles a lo que es la voluntad de Dios. Pero cuando hemos conseguido unos posicionamientos en medio de la sociedad, unas influencias que nos pueden beneficiar desnudarnos de esos mantos de vanidad nos cuesta más. Por eso andarán siempre buscando la forma de desprestigiar a Jesús.

Hoy la postura de Jesús es tajante. ¿Qué no quieren escuchar? ¿Qué no hacen sino pedir señales cuando las tienen delante de los ojos en lo que es la vida misma de Jesús y lo que hace? Jesús marcha a otra parte donde haya quien quiera escucharle. Porque no hay peor sordo que el que no quiere oír. Ha venido Jesús a abrir nuestros oídos – signo de ello son todas las curaciones que veremos en el evangelio de sordomudos a los que hace hablar – y es lo que Jesús quiere seguir realizando, pero en aquellos que en verdad quieren abrir sus oídos y sus ojos para escuchar y para ver las señales del Reino que Jesús está realizando. ‘Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla’, nos dice el evangelista.

Escuchemos este evangelio en nuestra vida. Tengamos esa sinceridad y esa autenticidad que nos pide Jesús. No temamos que tengamos que despojarnos de los mantos de las vanidades; son mantos de vacío interior, son ornamentos que no nos dan lo que es la verdad de nuestra vida; dejémonos curar por el Señor, que se realicen en nosotros esos signos que Jesús quiere realizar. No seamos sordos ni ciegos para ver las obras de Dios que nos acompañan en nuestra vida.

También muchas veces nos ofuscamos y nos llenamos de dudas; también habrá momentos que tengamos que decirle una vez más como hacían tantas veces los discípulos que querían ser fieles, ‘explicanos esta parábola’, danos la fuerza de tu Espíritu y su sabiduría para nuestro corazón se abra y podamos llevar la semilla a tierra buena en nuestra vida. Cuando con humildad, reconociendo nuestra ignorancia, acudimos al Señor para mejor escucharle y entenderle, El nos dará la fuerza de su Espíritu, nos llenará de la sabiduría del cielo.

Y aprendamos también para sabernos escuchar los unos a los otros, que tantas veces nos encerramos en nosotros mismos y no somos capaces de ver lo bueno que nos quieren trasmitir. Que tengamos en la vida siempre un diálogo de amor con los demás.

jueves, 19 de diciembre de 2024

Sepamos discernir, aunque sean momentos oscuros, la mirada del Señor que se vuelve hacia nosotros para llenarnos de bendiciones en la misión que nos confía

 


Sepamos discernir, aunque sean momentos oscuros, la mirada del Señor que se vuelve hacia nosotros para llenarnos de bendiciones en la misión que nos confía

Jueces 13, 2-7. 24-25ª; Salmo 70; Lucas 1, 5-25

Cuando estamos esperando algo con mucha ilusión y durante mucho tiempo sin que veamos señales de que podamos conseguirlo y finalmente nos anuncian que después de tanta espera nos lo van a conceder, no nos lo creemos. Era tanto que lo deseábamos que ahora nos parece un imposible que se cumpla, que se haga realidad. Las esperas desesperan y el tener que esperar mucho nos hace perder la esperanza.

El deseo de aquel buen matrimonio ya anciano era poder tener un hijo; con ansia lo habían pedido al Señor pero un día sus esperanzas se habían desinflado, Isabel era estéril y no podían tener hijos; ahora además eran muy mayores. Pero otros son los designios de Dios, aunque muchas veces nos cueste entenderlos. Zacarías era sacerdote y aquella semana estaba oficiando en el templo. Le tocaba hoy hacer la ofrenda del incienso entrando al lugar santo, mientras el pueblo estaba fuera a la espera.

Quizás con su pensamiento centrado en lo que era el deseo del todo buen judío, la pronta venida del Mesías, hasta había podido olvidar o dejar en segundo plano lo que eran sus deseos personales. Atento estaba a lo que tenía que realizar en el lugar sagrado recogiendo lo que eran las oraciones del pueblo. Su misión y función en aquel momento era recoger los anhelos de todos para presentarlos al Señor, y allí en esas ofrendas también estarían sus anhelos.

Su oración había sido escuchada. Un ángel del Señor, como un enviado de Dios, se iba a hacer presente en medio del humo que ascendía desde el santuario al cielo aquel día. A la derecha del altar del incienso allí estaba el ángel del Señor. ‘Tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría y gozo, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor’. Fueron las palabras del ángel invitándole a no perder la paz. ‘No temas, Zacarías’, había comenzado diciéndole.

Será el momento de la emoción ante el misterio de Dios que se le revelaba y fue el momento de la sorpresa. No lo podía creer. Lo había deseado tanto y parecía que el cielo se hacia sordo a sus peticiones, que ya le parecía imposible que su cumplimiento. Pero allí estaba la certeza y a veracidad de la Palabra de Dios que no podía ponerse en duda, aunque muchas seguían siendo las dudas que embargaban su corazón. Son las preguntas balbucientes que salen de sus labios.

Allí estaba el cumplimiento de la promesa del Señor. Aquel niño vendría como signo de contradicción como día otro anciano, pero como señalaba el ángel para cumplimiento de las promesas de Dios a través de los profetas, venía para convertir muchos corazones a Dios; con el espíritu y el poder de Elías se iba a manifestar de manera que luego Jesús vendría a corroborar que la segunda vuelta del profeta Elías se había cumplido en la figura de Juan Bautista, porque ‘venía para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’. A Zacarías le había costado entender y creer, de ahí el tiempo que permanecería mucho hasta el nacimiento de su hijo, mientras Isabel daba gracias a Dios que en ella había puesto sus ojos. Un día María también precisamente en la presencia de Isabel reconocería que Dios se había fijado en la pequeñez de su esclava y en ella había hecho cosas maravillosas. ¿No sería de alguna manera era la oración de Isabel en aquellos momentos?

Pasamos en la vida por momentos difíciles y contradictorios, mantener unas esperanzas en el corazón aunque nos cueste porque queremos seguir confiando en el Señor, hay momentos en que todo se nos vuelve turbio y oscuro y podría parecer que ya hemos de perder la ultima esperanza, pero Dios sigue contando y confiando en nosotros. A pesar de nuestras dudas tendríamos que saber reconocer como Dios se fija también en nosotros y para nosotros tiene también una misión

¿Sabríamos discernir esos momentos en que también sobre nosotros se vuelve la mirada del Señor para llenarnos de sus bendiciones ante la tarea que tenemos que nos confía realizar?


lunes, 15 de abril de 2024

Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre

 


Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre

Hechos de los apóstoles 6, 8-15; Salmo 118; Juan 6, 22-29

Todos siempre andamos buscando; es desde una insatisfacción innata en que queremos más y mejor o queremos otras cosas. Queremos vivir y queremos siempre algo mejor para nuestra vida y buscamos eso que creemos que nos hará mejor la vida; buscamos la felicidad, buscamos ver satisfechas no solo nuestras necesidades básicas sino esas ansias que llevamos dentro; buscamos trabajo para conseguir lo que anhelamos, o buscamos el encuentro con los otros y por qué no decirlo, queremos ver lo que podemos conseguir con esa amistad que buscamos. Pero buscamos que nos lo den fácil, que sea quizás con el mínimo esfuerzo por nuestra parte, casi como si fuera un regalo del que siempre nos creemos merecedores; recordemos todas las reivindicaciones que en este sentido hacemos en todos los ámbitos. Nos seguimos preguntando qué buscamos y por qué buscamos.

Hoy nos habla el evangelio de cómo la gente buscaba a Jesús. Habían estado con él la tarde anterior y allí Jesús movido a compasión había repartido milagrosamente aquel pan que todos recibieron gratuitamente; querían hacerlo rey, pero Jesús se les escabulló. Aunque habían visto que no se había montado en el barco con los discípulos,  ahora en la mañana al no encontrarlo llegan como pueden hasta Cafarnaún. Allí está Jesús. Y le pregunta, ‘Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’ Es como decirle ayer nos dejaste con tres palmos de narices y ahora apareces aquí.

¿Qué buscaban? ¿Por qué buscaban a Jesús? El sabe bien interpretar esas búsquedas de la gente y por eso les dice que trabajen por aquello que los alimenta para siempre, no por lo que es caduco de un día y pronto los va  a dejar insatisfechos. Es el comienzo de un gran interrogante que Jesús les va plantando en el corazón.  Ayer todo era muy fácil, y todo fui gratuito, pudieron comer pan hasta hartarse. Pero parece que siguen teniendo hambre, siguen corriendo tras Jesús que parece que les puede hacer la vida fácil. Mira cómo los cura; ahora los ha alimentado en el desierto. ¿Qué es lo que se suele pedir a los dirigentes para que le solucionen los problemas a la gente? Que no les falte la comida y que se pueda conseguir fácilmente; y si encima algo de entretenimiento, pues mejor. Por eso Jesús les está haciendo este planteamiento.

‘En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios’.

Les va a costar entenderlo, porque cuando tenemos algo muy metido en la cabeza no es difícil cambiarlo. Era la idea, por otra parte, que ellos tenían de lo que había de ser el Mesías. Y para ellos en cierto modo Jesús se les está presentando como el Mesías. Pero lo que les está planteando Jesús es distinto, son otras posturas y otras actitudes las que hemos de tener, es otra manera de buscar pero también es algo nuevo lo que se les está ofreciendo aunque les cueste entenderlo y aceptarlo.

Estos primeros momentos de diálogo de Jesús con aquellas gentes de Cafarnaún va a dar pie para cosas nuevas y distintas, que todo va a salir en ese diálogo. Porque otro es el alimento que Jesús quiere ofrecerle. ‘El alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre’, les dice. Pero para eso han de realizar el camino que Dios quiere, aunque les cueste.

‘¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras que Dios quiere?’, es la pregunta que surge entonces y que tiene que surgir también en nuestro corazón. ¿Qué estamos dispuestos a hacer? ¿Qué pasos estamos dispuestos a dar? Porque también nosotros buscamos que las cosas sean fáciles, nos creemos que eso de seguir a Jesús es cumplir con unas cuantas cositas y ya está todo hecho.

Pero Jesús nos dirá algo distinto. ‘La obra de Dios es esta: que creáis en el que Él ha enviado’. Pudiera parecer fácil, pero no es cualquier cosa eso de creer en Jesús. Ya en otros momentos nos había hablado de conversión, de cambio profundo, de que era necesario dar la vuelta totalmente a la vida.

jueves, 14 de marzo de 2024

Con Jesús no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el Camino, tenemos asegurada la Vida

 


Con Jesús no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el Camino, tenemos asegurada la Vida

Éxodo 32, 7-14; Salmo 105;  Juan 5, 31-47

Lo menos que le podemos pedir a una persona en su actuación pública, y más aún cuando ejerce algún tipo de responsabilidad o de liderazgo en la sociedad es que sea coherente; que haya verdadera congruencia entre lo que dice o le pide a los demás y lo que él hace con su propia vida; lo contrario sería falsedad, actuación desde unos intereses donde parece que para él lo importante es su dominio sobre los demás o lo que personalmente se pueda beneficiar antes que esos valores que trata de enseñar o lo que es el bien de esa sociedad a la que tendría que servir.

Desgraciadamente en el mundo que vivimos vemos demasiadas incongruencias, poca coherencia y realmente esta hace que muchas veces vayamos desencantados por la vida y nos sintamos sin estímulo para luchar por unos ideales. Cuánto daño se puede hacer. No son los buenos ejemplos los que arrastran, sino que más bien nos vemos como engullidos en un mundo de falsedad. Poco podemos caminar hacia una sociedad mejor.

‘Sabemos que eres veraz’, no les quedó más remedio que reconocer a los escribas y maestros de la ley ante Jesús, aunque sus palabras también iban con unas segundas intenciones porque a la larga lo que querían era coger a Jesús en sus propias palabras. Nosotros sí podemos decir de Jesús que sabemos que es veraz, porque El mismo se nos presentará en algún momento del Evangelio como ‘el Camino, y la Verdad, y la Vida’, y nos enseña que siguiéndole no perderemos el camino porque llenos de la Sabiduría de Dios nos llenaremos plenamente de su vida.

Es como se nos presenta hoy Jesús en el evangelio. En el tiempo litúrgico que nos resta de la Cuaresma iremos escuchando en el Evangelio y la Palabra de Dios una serie de textos que nos presentan aquellas diatribas que surgieron entre aquellos que quería quitarlo de en medio y Jesús. Hoy nos está planteando por qué no creemos en El. Nos habla del testimonio de Juan el Bautista que había preparado los caminos del Señor y que nos presentará a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Aunque como les dice, ellos tampoco creyeron a Juan, porque siempre estuvieron en desconfianza con él. Recordemos cómo le habían también enviado una embajada pidiéndole que diera razón de por qué bautizaba allá en el desierto.

Pero Jesús nos habla hoy más del testimonio del Padre a través de las obras que Jesús realiza. ¿Quién podía perdonar pecados sino Dios?, se preguntaban un día ante las palabras de Jesús ante el paralítico que habían descendido del techo hasta los pies de Jesús. Ante la incredulidad de aquellos que lo observaban entonces, de alguna manera Jesús les pregunta también ¿y quien es el que puede tener poder para sanar y para curar, para realizar los signos y milagros que Jesús realiza? Como nos dirá Jesús El no hace sino las obras que el Padre le mandó realizar.

Si Jesús nos va proponiendo un camino nuevo que ha de ser siempre por los derroteros del amor, del perdón, de la comprensión, del servicio, de la misericordia, es así cómo Jesús se nos manifiesta. Jesús es el rostro de la misericordia de Dios. Es el Dios que nos mira a los ojos y al corazón desde su mirada de amor y de misericordia. Ya lo vemos cómo no solo curará a todos aquellos que sufren, sino que se acerca a los más pequeños, acoge a los pecadores y para todos tiene palabras de perdón. ¿Qué es lo que dirá en el momento en que lo estén crucificando? ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’.

Es el camino, es la Verdad, es la Vida; con El no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el camino, tenemos asegurada la Vida, porque le tenemos a El.


lunes, 13 de febrero de 2023

En lugar de pedir milagros para creer, la postura cómoda que muchas veces tomamos, vamos a confiar y a poner fe y podremos ver los milagros de Dios

 


En lugar de pedir milagros para creer, la postura cómoda que muchas veces tomamos, vamos a confiar y a poner fe y podremos ver los milagros de Dios

Génesis 4,1-15.25; Sal 49; Marcos 8, 11-13

Hay ocasiones en la vida en que estamos desconfiados de todo y de todos; nada nos convence, no nos agrada lo que nos dicen, siempre estaremos buscando un ‘pero’, algo que queremos ver en los otros para desconfiar. Y cuando entramos por ese camino nada que nos digan nos convencerá, y a lo que hagan siempre le estaremos viendo segundas intenciones que decimos nosotros que ellos ocultan por detrás. No ven, ni quieren ver. Y pretenderán hacérselo complicado a los que quieren confiar. Qué difícil estar con personas desconfiadas, que se vuelven recelosas, que hacen que las relaciones se agrían, que a la larga se aíslan o rompen la relación, porque actitudes así son difíciles de llevar.

Esto sucedía con algunos en torno a Jesús. Había, es cierto, mucha gente que confiaba, se veía entusiasmada con lo que Jesús les enseñaba, con lo que Jesús hacía; muchos decían que no habían visto cosa igual; muchos hablaban de que un profeta de Dios había aparecido en medio de ellos.

Pero no todos pensaban lo mismo de Jesús. Estaban aquellos a los que le parecía que Jesús venía rompiendo con todo y las tradiciones sacrosantas que habían mantenido se iban a perder; por su posición social, por la influencia que ellos tenían en medio del pueblo, porque eran los maestros de la ley, porque se consideraban unos dirigentes de Israel, quizá veían en peligro sus privilegios porque se daban cuenta que Jesús hablaba y actuaba de una distinta o como ellos enseñaban, o a como ellos querían que las cosas funcionaran, quizá en su beneficio. Jesús podía ser un estorbo.

Le hacían frente a Jesús, aunque no sabían cómo podrían convencer a la gente para que no se fuera con Jesús. Y sucedió lo que sucede tantas veces a través de los tiempos; hay que quitarlo de en medio, pero hay que hacerlo de una forma sutil; vamos a desprestigiarlo, a hacerle ver a la gente que no tiene el poder que se arroga (¿?) o que realmente no hay ninguna razón que nos convenza para creer en El. Si la gente ve que no responde a lo que le planteamos, dejarán de creer en El. Por eso su desconfianza, con todas sus consecuencias.

Es lo que hoy escuchamos. ‘Se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo’. No quieren ver ni entender los signos que Jesús iba realizando continuamente con sus milagros, las curaciones de los enfermos. ¿Qué signo del cielo es el que piden? Podríamos pensar que ni ellos mismos saben. En esta ocasión Jesús no responde a sus peticiones. Cuando hay malicia en el interior de la persona, si la persona no se quiere dejar curar, poco podemos hacer.

Jesús realiza signos de manera especial por la fe que tienen las personas. Siempre resaltará la fe, lo hemos escuchado repetidas veces a lo largo del evangelio; la fe de la mujer cananea, la fe de Jairo que pedía la salud de su niña, la fe del centurión, la fe de la mujer que sin decir nada se adelantó a tocar el manto de Jesús. Si no despertamos la fe en el corazón nunca podremos ver las obras de Dios, las señales del amor de Dios que se derrama en nuestras vidas, en nuestros corazones.

Quizá tendríamos que preguntarnos por nuestra fe; en lugar de pedir milagros para creer, porque esa es la postura cómoda que muchas veces tomamos, vamos a confiar, vamos a poner fe y los milagros de Dios se realizarán en nuestra vida. Dios se revela los que se hacen pequeños, a los que son humildes, a los que con capaces de sentir admiración por las obras de Dios. No vayamos por la vida como quien viene ya de vuelta de todo. Dejémonos sorprender por tantas maravillas que Dios va poniendo a nuestro paso. Y que esa sea también la actitud de confianza que tengamos en los demás.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Oídos atentos para saber discernir lo bueno que nos puede enriquecer espiritualmente y para descubrir los signos de Dios en el mundo que nos rodea

 


Oídos atentos para saber discernir lo bueno que nos puede enriquecer espiritualmente y para descubrir los signos de Dios en el mundo que nos rodea

Números 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mateo 21, 23-27

¿Quién eres tú para decirme nada a mí?, respondemos enfadados cuando nos dicen algo que no nos gusta, nos llaman la atención por alguna cosa, o cuando esa persona nos está mostrando con su buen hacer que nosotros andamos equivocados o no estamos haciendo lo que debemos hacer.

Y vaya si estaban enfadados los fariseos y los letrados o maestros de la ley o los sacerdotes del templo. La vida de Jesús en sí misma ya era un duro reproche para su manera de actuar, pero además Jesús les señalaba claramente cómo se movían movidos por sus intereses o sus ganancias, por las situaciones que se habían creado en torno a sí buscando siempre lugares de privilegio o por lo que Jesús se había atrevido a hacer en el templo expulsando a vendedores y diciéndoles que lo habían convertido en una cueva de ladrones. Sus privilegios, su status quo se veían amenazados porque la gente podía llegar a tomar conciencia de lo que Jesús decía y denunciaba y ellos podían perder muchos privilegios.

Además a Jesús no se le conocía que perteneciera a ninguna de las escuelas rabínicas de Jerusalén o de alguna parte de Israel, y para ellos era solo un galileo que había comenzado por aquellos lugares a ganarse un prestigio y ahora en Jerusalén ya no se lo quieren permitir. Hasta Galilea, hasta Cafarnaún había llegado en ocasiones gente que espiaba a Jesús y que querían analizar con lupa lo que hacía y lo que decía. Por eso ahora, cuando está abiertamente enseñando a la gente, le vienen con la pregunta. ¿Cuál es tu autoridad? ¿Quién eres tú para ponerte a enseñar a la gente si no eres ni de la casta sacerdotal, ni los que han aprendido con otros maestros de la ley?

Quieren desmontarle la autoridad a Jesús pero es Jesús el que les desmonta sus preguntas porque ellos no saben o no se atreven – a vuelta con sus intereses – a responder a la pregunta de Jesús. Les pregunta por la autoridad del bautista para administrar aquel bautismo allá en las orillas del Jordán; les pregunta por el valor o el sentido del bautismo que Juan administraba, ¿era cosa de Dios o era cosa solamente de los hombres? Estaban cogidos, si era cosa de Dios, ¿por qué ellos no lo aceptaron? Y si era solo fruto de caprichos humanos se las iban a ver y desear con el pueblo que tenía a Juan como un profeta.

La autoridad de Jesús está por encima de ese tiquis-mikis tan propio de los hombres. Las obras de Jesús daban testimonio de su autoridad. Como vendría a reconocer un fariseo y maestro de la ley, ‘nadie puede hacer las cosas que tú haces si Dios no está con él’. Por eso Jesús en otros momentos les querrá hacer comprender que sus obras son obras de Dios y que El no hace nada sino lo que el Padre le ha mandado hacer, con lo que está manifestando que está lleno del Espíritu de Dios.

¿Podrá hablarnos con Jesús como lo hace con toda claridad y con toda autoridad? ¿No seremos capaces de ver las obras de Dios en Jesús? Pero pensemos además que el Espíritu de Dios aletea por donde quiere y muchas veces se nos puede manifestar en lo que escuchamos o en lo que nos dicen los que están a nuestro lado.

Oídos atentos hemos de tener para saber discernir la bueno que nos puede ayudar y nos puede enriquecer espiritualmente escuchando esos signos de Dios en la voz de los que nos rodean. Siempre hay un mensaje bueno, siempre hay una buena palabra, siempre hay una señal que nos hable. No es que andemos como veletas de acá para allá dejándonos llevar por cualquier comentario, pero sí tenemos que saber discernir lo bueno, esa semilla buena que plantada en nuestro corazón nos puede llevar a dar buenos frutos. Estemos atentos a los signos de Dios.