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jueves, 19 de diciembre de 2024

Sepamos discernir, aunque sean momentos oscuros, la mirada del Señor que se vuelve hacia nosotros para llenarnos de bendiciones en la misión que nos confía

 


Sepamos discernir, aunque sean momentos oscuros, la mirada del Señor que se vuelve hacia nosotros para llenarnos de bendiciones en la misión que nos confía

Jueces 13, 2-7. 24-25ª; Salmo 70; Lucas 1, 5-25

Cuando estamos esperando algo con mucha ilusión y durante mucho tiempo sin que veamos señales de que podamos conseguirlo y finalmente nos anuncian que después de tanta espera nos lo van a conceder, no nos lo creemos. Era tanto que lo deseábamos que ahora nos parece un imposible que se cumpla, que se haga realidad. Las esperas desesperan y el tener que esperar mucho nos hace perder la esperanza.

El deseo de aquel buen matrimonio ya anciano era poder tener un hijo; con ansia lo habían pedido al Señor pero un día sus esperanzas se habían desinflado, Isabel era estéril y no podían tener hijos; ahora además eran muy mayores. Pero otros son los designios de Dios, aunque muchas veces nos cueste entenderlos. Zacarías era sacerdote y aquella semana estaba oficiando en el templo. Le tocaba hoy hacer la ofrenda del incienso entrando al lugar santo, mientras el pueblo estaba fuera a la espera.

Quizás con su pensamiento centrado en lo que era el deseo del todo buen judío, la pronta venida del Mesías, hasta había podido olvidar o dejar en segundo plano lo que eran sus deseos personales. Atento estaba a lo que tenía que realizar en el lugar sagrado recogiendo lo que eran las oraciones del pueblo. Su misión y función en aquel momento era recoger los anhelos de todos para presentarlos al Señor, y allí en esas ofrendas también estarían sus anhelos.

Su oración había sido escuchada. Un ángel del Señor, como un enviado de Dios, se iba a hacer presente en medio del humo que ascendía desde el santuario al cielo aquel día. A la derecha del altar del incienso allí estaba el ángel del Señor. ‘Tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría y gozo, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor’. Fueron las palabras del ángel invitándole a no perder la paz. ‘No temas, Zacarías’, había comenzado diciéndole.

Será el momento de la emoción ante el misterio de Dios que se le revelaba y fue el momento de la sorpresa. No lo podía creer. Lo había deseado tanto y parecía que el cielo se hacia sordo a sus peticiones, que ya le parecía imposible que su cumplimiento. Pero allí estaba la certeza y a veracidad de la Palabra de Dios que no podía ponerse en duda, aunque muchas seguían siendo las dudas que embargaban su corazón. Son las preguntas balbucientes que salen de sus labios.

Allí estaba el cumplimiento de la promesa del Señor. Aquel niño vendría como signo de contradicción como día otro anciano, pero como señalaba el ángel para cumplimiento de las promesas de Dios a través de los profetas, venía para convertir muchos corazones a Dios; con el espíritu y el poder de Elías se iba a manifestar de manera que luego Jesús vendría a corroborar que la segunda vuelta del profeta Elías se había cumplido en la figura de Juan Bautista, porque ‘venía para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’. A Zacarías le había costado entender y creer, de ahí el tiempo que permanecería mucho hasta el nacimiento de su hijo, mientras Isabel daba gracias a Dios que en ella había puesto sus ojos. Un día María también precisamente en la presencia de Isabel reconocería que Dios se había fijado en la pequeñez de su esclava y en ella había hecho cosas maravillosas. ¿No sería de alguna manera era la oración de Isabel en aquellos momentos?

Pasamos en la vida por momentos difíciles y contradictorios, mantener unas esperanzas en el corazón aunque nos cueste porque queremos seguir confiando en el Señor, hay momentos en que todo se nos vuelve turbio y oscuro y podría parecer que ya hemos de perder la ultima esperanza, pero Dios sigue contando y confiando en nosotros. A pesar de nuestras dudas tendríamos que saber reconocer como Dios se fija también en nosotros y para nosotros tiene también una misión

¿Sabríamos discernir esos momentos en que también sobre nosotros se vuelve la mirada del Señor para llenarnos de sus bendiciones ante la tarea que tenemos que nos confía realizar?


sábado, 14 de octubre de 2023

Vayamos más sensibles por la vida, no se nos amargue el corazón, seamos capaces de sintonizar y hacer que nos salga una palabra amable y un gesto de ternura

 


Vayamos más sensibles por la vida, no se nos amargue el corazón, seamos capaces de sintonizar y hacer que nos salga una palabra amable y un gesto de ternura

Joel 4,12-21; Sal 96; Lucas 11,27-28

Cuando intentamos caminar en la vida con las antenas de la sensibilidad abiertas es fácil que en aquellas situaciones en que nos encontremos y también en aquella cosas que contemplamos que le suceden a otras personas seamos capaces de sintonizar, de ponernos en su situación y en cierto modo sentir como propio el dolor o la alegría que puedan estar viviendo esas personas. Claro, como decíamos, tenemos que tener abiertas las antenas de la sensibilidad. Cosa que muchas veces hoy no es fácil, porque tenemos el peligro de insensibilizarnos, de no querer saber, de no querer sentir en nuestra carne lo que puedan estar pasando los demás.

Ponernos en el lugar de unos padres que han perdido un hijo en un accidente, por ejemplo; gozarnos con las alegrías y los triunfos de los demás; tratar de descubrir el por qué de un rostro sombrío del que no se escapa ni por equivocación una sonrisa; sentir como propio el sufrimiento, las penas por las que puedan estar pasando los demás. Son cosas que podemos hacer; son las lágrimas fáciles que vemos derramar a tantos cuando escuchan hablar del sufrimiento de los demás; son cosas, por demás, que algunas veces nos cuesta vivir porque en fin de cuentas no queremos sufrimientos ajenos, porque decimos que ya tenemos con los nuestros.

Es la sensibilidad del amor, pero de un amor que se hace profundo, que no se queda en superficialidades o en fervores de un momento. Es el camino que nos va enseñando Jesús que quiere que siempre tengamos los ojos abiertos para los demás. Y tener los ojos abiertos de esa manera no es mera curiosidad, sino que es esa sintonía que nace del alma y que nos llevará a sentirnos solidarios siempre y en todo con los demás.

Hoy escuchamos en el evangelio el gesto de una mujer que mientras escuchaba a Jesús y se entusiasmaba con su mensaje, comenzó a pensar en la madre, a ponerse en el lugar de la madre, a sentir el gozo y la satisfacción de la madre cuando ve los logros de su hijo. Por eso, parece que interrumpe todo con su grito, pero que es que no podía hacer otra cosa desde la emoción que sentía en su corazón. ‘Bendita la madre que lo crió’, viene a decir aquella mujer. Se estaba gozando con el gozo que ella sabía que tenía que sentir el corazón de María. Cómo son sensibles las mujeres para entrar en sintonía con el corazón de sus semejantes.

Aunque sabemos que el mensaje de este texto del evangelio no se acaba aquí, pues ahí están las palabras con las que replica Jesús, como ya tantas veces hemos comentado y precisamente estos últimos días, yo quisiera detenerme hoy en esta sensibilidad que hemos de saber despertar en nuestros corazones. Ya decíamos que tenemos la tentación de ir por la vida con ceño fruncido porque solo vamos pensando en nuestras particulares cosas y no queremos cargar con las de los demás.

Pero creo que puede ser un buen toque de atención para que despertemos las sintonías del alma. En fin de cuentas es responder al mensaje del evangelio que nos pone siempre en camino de amor. Ojalá fuéramos más sensibles de la vida, que no se nos amargue el corazón, que seamos capaces de sintonizar y hacer que nos salga una palabra amable, un gesto de ternura, y quitemos tanta acritud como contemplamos en la vida y nos dejamos también envolver.

María tenía esa sensibilidad; lo contemplamos en el evangelio; parte presurosa para la montaña porque se pone en el lugar de Isabel,  una mujer anciana que va a ser madre, y ella quiere estar a su lado en sus preocupaciones pero también en sus alegrías; mucho podríamos fijarnos en María. La que supo plantar la Palabra de Dios en su corazón para hacerla realidad en su vida. ‘Dichosos mas bien, diría Jesús como replica a aquella mujer anónima, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’. Que escuchemos hoy su mensaje y lo pongamos en práctica y brillemos por esa sensibilidad de nuestra vida.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Como María bendición para Dios y bendición también para los demás, reconocemos los regalos de amor que recibimos y al tiempo hacemos ofrenda de nuestro amor

 


Como María bendición para Dios y bendición también para los demás, reconocemos los regalos de amor que recibimos y al tiempo hacemos ofrenda de nuestro amor

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8abcd; Lucas 1,46-56

Cuando hablamos de bendiciones normalmente pensamos en si llevamos algo al sacerdote para que lo bendiga, acaso pensamos en cómo el sacerdote al final de la celebración nos da la bendición de Dios antes de marcharnos de nuevo a nuestros quehaceres, a lo sumo pensamos en la bendición que le piden los hijos a los padres – aunque sea una costumbre que va desapareciendo -, pero realmente cuando hablamos de bendición tendríamos que pensar en algo más y no quedarnos solamente en algo que recibimos, aunque también lo sea.

Creo que de alguna manera tenemos que rescatar ese sentido de bendición con el que nosotros también queremos regalar a los demás. Nuestras palabras o nuestra presencia junto a los demás tendrían que ser siempre bendición para el otro, con lo que les mostramos nuestro aprecio y también nuestra gratitud porque por otra parte somos conscientes de cuanto de ellos estamos continuamente recibiendo.

Bendecir, en el estricto sentido de la palabra en sus propias raíces, es decir bien, pero le damos ese carácter sagrado de una bendición que recibimos de parte de Dios. Pero bendecir es también cantar a Dios, bendecir a Dios. Si cuando recibimos la bendición de Dios estamos pensando cómo queremos que su presencia nos llene y nos inunde con sus gracias y con sus dones, para vernos también liberados de todo mal, ¿Por qué no pensar en esa alabanza que queremos dar a Dios cantando su gloria que sean como piropos de amor que a Dios dedicamos también como una acción de gracias por cuanto de El recibimos?

Bendición para Dios y bendición para los demás porque son muestras de nuestros deseos de amor, el regalo que también desde nuestro amor queremos hacerles deseando que se vean envueltos por todo lo bueno y por todo lo bello. Bendecir es decir también estoy contigo, ya sea que bendigamos a Dios o que bendigamos a los demás, y con mi amor quiero que nos llenemos de felicidad, ya porque cumpliendo la voluntad de Dios quiero darle gloria, ya porque siempre haremos todo lo bueno para los demás.

Aprendamos de María. Tenemos ante nuestros ojos aquel momento de su visita a su prima Isabel allá en la montaña de Judea donde todo fueron bendiciones. Isabel siente como una bendición la presencia de María que llega a ella en la actitud del servicio como ofrenda de amor pero que también le trae la presencia de Dios y María se siente bendecida en las palabras y la acogida de su prima que la reconoce la Madre de su Señor.

Por eso todo el cántico que hoy escuchamos en esta parte del Evangelio es un cántico de bendición. Reconoce María las maravillas que Dios en ella está realizando a pesar de que se siente pequeña y la humilde esclava del Señor y todo son bendiciones para Dios, todo es alabanza para Dios que de manera especial visita a su pueblo derramando sus bendiciones de gracia y de misericordia. Es un cántico de acción de gracias pero es un cántico de bendición a quien así quiere hacerse presente en medio del pueblo, para quien quiere hacerse Emmanuel, Dios con nosotros.

Aprendamos nosotros a bendecir porque es humildemente reconocer. Reconocemos los dones recibidos ya sean de Dios, ya sean de los que caminan a nuestro lado y tanto hacen por nosotros y queremos ser siempre bendición, bendecimos y alabamos a Dios, pero aprendemos a bendecir a los demás porque alabamos y reconocemos también su amor, y aprendamos a recibir con gratitud las bendiciones que de tantos modos van llenando también nuestra vida.

jueves, 8 de diciembre de 2022

Con María desbordamos de gozo en el Señor porque a ella la hizo la llena de gracia y por ella somos nosotros bendecidos con toda clase de bendiciones

 


Con María desbordamos de gozo en el Señor porque a ella la hizo la llena de gracia y por ella somos nosotros bendecidos con toda clase de bendiciones

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

¡Qué suerte hemos tenido! Pensamos, por ejemplo ahora que estamos en fechas de eso, si nos toca la lotería. Es como un regalo que no esperábamos, aunque quizás lo deseamos. Nos volvemos locos de alegría. Como si nos hacen un regalo muy valioso que ni esperábamos y ni siquiera habíamos pensado en ello. No lo podemos callar, desborda la alegría de nosotros y queremos contagiar de ello a los demás.

‘Desbordo de gozo en el Señor mi Dios, porque se ha fijado en la pequeñez de su esclava y el Señor ha hecho maravillas en mi’, cantará María cuando llega a casa de Isabel y no puede callar la noticia que lleva dentro de sí. Todo el camino había sido como un ensayo de cómo decirlo, de cómo cantar a Dios, de cómo dejar que todo aquel río de alegría y felicidad que lleva dentro de ella desborde y contagie a los demás. Por eso dirá Isabel que tan pronto oyó las palabras de saludo de María, la criatura – Juan el Bautista - saltaba de gozo en su seno.

No era para menos. El ángel en su saludo la había llamado la ‘llena de gracia’, y ante las dudas de María el ángel insiste en que ‘ha hallado gracia’ en la presencia de Dios y por eso ha sido elegida para ser la madre del Altísimo. Es más, el ángel le dirá que el Espíritu divino vendrá sobre ella y la cubrirá con su sombra para que lo que de ella ha de nacer sea llamado el Hijo de Dios.

Ha hallado gracia ante Dios, la llena de gracia, nos hemos acostumbrado a estas palabras que terminamos por no captar su hondo sentido. Gracia significa don, significa regalado; es lo que se regala gratuitamente, simplemente porque se quiere, no como pago a unos merecimientos, sino como un don que nos enriquece, porque nos da algo nuevo. Y María es la agraciada del Señor, la regalada del Señor; Dios derrocha en ella toda gracia, todo don, porque nada menos que le regala el que pueda ser su madre, la Madre de Dios. Y colmada de la bendición del Señor todo en ella será belleza porque será vida y será amor.

Es lo que se derrocha del corazón de Maria. En ella ya no podemos ver ninguna mancha, ninguna impureza, ningún pecado. Por eso hoy la llamamos Inmaculada, porque en ella ni siquiera la mancha del pecado original con el que todos nacemos la pudo manchar, porque en virtud de los méritos de Cristo, como decimos en el catecismo y en la teología, Maria fue preservada de toda mancha de pecado original. Es lo que hoy celebramos, es lo que hace que hoy la Iglesia se vista de fiesta con María.

Hoy nosotros nos sentimos bendecidos con María. Ese don de Dios, esa gracia de Dios para María no era solo para ella; somos nosotros los bendecidos también, somos nosotros los agraciados también. Porque en María, podemos decirlo así, se hizo presente la salvación de Dios para nosotros; quien nació de María, se llamaría Jesús, porque sería el Salvador, porque seria la salvación de Dios para la humanidad. El que nacerá de María, y ya prontamente lo vamos a celebrar, será el Emmanuel, el Dios con nosotros.

Dios que se encarna en el seno de María, Dios que se hace hombre en las entrañas de María para participar de nuestra humanidad a la que iba a divinizar, iba a elevar también con ese don y esa gracia sobrenatural que a nosotros nos haría hijos de Dios. Es hermoso. Es motivo para que nosotros también desbordemos de gozo en el Señor, desbordemos de gozo con María porque también nos sentimos unos bendecidos de Dios, y para nosotros sería también la gracia, para nosotros sería también ese regalo del amor de Dios.

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos’, decía el apóstol en la carta que hemos escuchado en la segunda lectura. Toda clase de bendiciones, porque ‘nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor… nos ha destinado a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado’.

Somos, pues, también nosotros los agraciados, los regalados del Señor. Llamamos a María, la llena de gracia, pero es lo que también tendría que rebosar en nosotros. Tendríamos que aprender de María a decir sí, a reconocer la inmensidad de gracias y de maravillas que el Señor también realiza en nosotros, aunque seamos indignos, pero es el regalo del amor, que en María comprendemos mejor, que con María queremos por ello dar gracias a Dios.

sábado, 14 de agosto de 2021

De una forma muy profética Jesús deja que los niños se acerquen a El y nos enseña a ser como los niños para vivir el Reino de Dios

 


De una forma muy profética Jesús deja que los niños se acerquen a El y nos enseña a ser como los niños para vivir el Reino de Dios

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15

¿Quién no ha sentido emoción ante la ternura de un niño que espontáneamente se te da sin ningún temor ni desconfianza y viene quizá con su juguete para ofrecértelo y que juegues con él? Saben los niños a los que quieren y en los que confían, en su pequeñez e inocencia sin embargo captan el sentido de tu mirada o de tus gestos y saben que pueden confiarse en ti y al mismo tiempo poco a poco se van robando tu corazón. No hay malicia ni desconfianza, simplemente abren sus brazos como te ofrecen su cariño, se cogen confiados de tu mano pero al mismo tiempo saben tirar de ti para que te pongas a su altura. Y ante su ternura si nosotros vamos con corazón limpio terminamos por abajarnos para estar a su altura y participar también de sus gestos espontáneos y ocurrentes. Al final terminaremos riendo con su misma sonrisa.

¿Será algo de eso lo que nos está pidiendo Jesús en el evangelio? Ese mundo nuevo que Jesús quiere para nosotros tiene que estar alejado de toda malicia y desconfianza, y lleno de la espontaneidad de la sencillez y de la ternura con que aprenderemos a tratarnos. Nos coge Jesús de la mano como un niño pero quiere llevarnos por su camino, quiere que nos abajemos de nuestros pedestales, y seamos capaces de ponernos a la altura de un niño o a la altura de cualquier hermano con el que nos encontremos en el camino.

Nos enseña Jesús a mirar a los ojos sin malicia, pero también descorriendo el velo con que queremos quizás ocultar mucho de lo nuestro, porque en ese mundo nuevo tenemos que aprender a caminar de forma distinta, pero también a sonreír con la misma inocencia de un niño, porque en nuestros ojos brilla ya una nueva alegría nacida de la ternura con que nos tratamos y del amor que vamos sembrando en la vida.

Hoy el evangelio nos trae un texto muy breve y muy sencillo. Pudiera parecer como una anécdota más de esos hechos curiosos que podríamos encontrar en el evangelio, pero sin embargo nos trae el anuncio de que quiere desmontar todo ese mundo falso y de vanidad que nos hemos ido creando.

Unos niños que juegan en la plaza pero que espontáneamente unos como saben hacerlo siempre los niños, o llevados de la mano de sus madres pronto estarán rodeando a Jesús y queriendo recibir sus bendiciones. El corazón de una madre sabe a donde puede y tiene que llevar a su hijo porque va a encontrar una buena sombra o una radiante luz que ilumine sus vidas. Por eso, con esa quizá ingenuidad se acercan a Jesús que quizá descansa sentado en medio de la plaza, porque quieren que Jesús bendiga a sus hijos.

Por allá andan celosos de cuidar a su maestro y nada le moleste los discípulos que tratan de apartar a los niños para que no molesten el descanso de Jesús. Y aquí nos deja Jesús esa frase con un tono muy profético de ese mundo nuevo que Jesús quiere para los suyos. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

Habla del reino de los cielos, constante en su predicación y en su evangelio y habla de ser como niños. Recordemos lo que hemos venido reflexionando y veamos si no es eso lo que nosotros tenemos que copiar en nuestras vidas y nos daremos cuenta de que ahí están encerrados todos los valores del Reino que Jesús nos está proclamando.

Cuántas cosas tenemos que desmontar, cuantas actitudes nuevas hemos de tener, que sentido y estilo nuevo de vida hemos de vivir. En el Reino de Dios no caben las desconfianzas, como no cabe tampoco la prepotencia y la vanidad; en el reino de Dios hemos de vivir con un espíritu sencillo y humilde, porque todos hemos saber sentirnos siempre cercanos los unos a los otros; en el reino de Dios no cabe que nos guardemos malicias en el corazón, sino que siempre tenemos que actuar con un corazón abierto y generoso; en el reino de Dios no caben tristezas ni amarguras, sino que siempre tienen que brillar nuestros ojos con una alegría salida de un corazón limpio y lleno de esperanza.

‘De los que son como ellos es el Reino de los cielos’.

martes, 24 de diciembre de 2019

Bendigamos al Señor con la más absoluta seguridad y certeza de que viene a nosotros con vida y salvación y se disipen para siempre dudas y temores


Bendigamos al Señor con la más absoluta seguridad y certeza de que viene a nosotros con vida y salvación y se disipen para siempre dudas y temores

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88; Lucas 1,67-79
El momento es inminente. ‘Hoy sabréis que vendrá el Señor y mañana contemplaréis su gloria’, cantan las antífonas litúrgicas en esta víspera de la Navidad del Señor. Son momentos de esperanza cierta, de esperanza en la que comenzamos a saborear de antemano la alegría, de alabanza y de acción de gracias, de ultima puesta a punto del corazón para recibir al Señor que viene.
Mañana contemplaremos su gloria en el niño recién nacido recostado entre las pajas de un pesebre, contemplaremos la gloria del Señor en la pobreza y la humildad de quienes no tienen donde guarecerse, porque para ellos ni en la posada hay sitio, contemplaremos su gloria en la mejor lección de vida de cómo Dios quiere ser en verdad Emmanuel y estar con nosotros, anonadándose, metiéndose en nuestra carne dolorida y en el corazón atormentado quizá porque no tiene paz.
Es la visita de Dios a su pueblo para estar con nosotros, para derramar y derrochar su misericordia sobre todos aquellos que sufren en la desesperanza y en la oscuridad porque para nosotros comenzará a brillar una luz nueva. Es posible la esperanza de algo nuevo que nos viene a llenar de vida, solo tenemos que dejarle el portal de nuestra pobreza, el pobre pesebre de nuestro pobre y frío corazón porque El viene con su calor, el calor del amor, que hará arder con un nuevo fuego, un fuego divino de amor nuestra vida.
Hoy, en esta víspera de la llegada del Señor, queremos tomar las palabras del anciano Zacarías para también bendecir nosotros al Señor que viene a visitar a su pueblo, a derramar su misericordia sobre nosotros suscitando una fuerza de salvación para nosotros y para nuestro mundo. ‘Bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas’.
Las promesas se cumplen porque la Palabra de Dios es fiel. Y la Palabra de vida se hace vida en nosotros para arrancarnos del mal para siempre, para curar nuestras heridas y dolores, para aliviar nuestro corazón atormentado dándonos de nuevo la paz. Cuánto necesitamos de esa paz en nuestro corazón para que no nos sintamos agobiados nunca más por muchos que sean los problemas que puedan ir apareciendo en nuestra vida. El es nuestra paz; dejemos que se aposente en nosotros y podamos sentir esa paz en nuestro corazón; dejémonos hacer por el Señor que viene no poniendo resistencia a su gracia, aunque haya momentos en que no sabemos lo que queremos o el sentido de lo que nos sucede. El viene a darnos siempre lo mejor. La visita de Dios es siempre visita de salvación.
‘Bendito sea Dios que por su entrañable misericordia nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’. Bendigamos al Señor con la más absoluta seguridad y certeza de que viene a nosotros con vida y salvación. Que se disipen nuestras dudas y temores. Que seamos capaces de poner toda nuestra confianza porque en verdad nos hagamos disponibles para Dios, dejándonos conducir por sus caminos. Tenemos la certeza de que son caminos de vida y de amor.

sábado, 12 de octubre de 2019

A María del Pilar invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza de su fe proclamamos el Evangelio



A María del Pilar invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza de su fe proclamamos el Evangelio

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28
Hoy es un día de bendiciones. Un día para sentirse bendecido y para bendecir. Hoy es una fiesta de María, la Madre del Señor. Hoy es el día de la Virgen del Pilar.
Con María bendecimos a Dios. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor’, cantaba María, bendiciendo a Dios que se había fijado en la pequeñez de quien se consideraba su sierva y la había hecho su Madre. Reconoce María las maravillas del Señor que realiza obras grandes y se vale de los humildes y los pequeños a los que de manera especial quiere manifestarse. Todo en María es un canto de alabanza al Señor; ella que plantó la Palabra de Dios en su corazón, la que sentía pequeña como la humilde esclava pero que siempre dejaba actuar a Dios en su vida, ‘hágase en mí según tu palabra’ cumpliendo así en todo la Palabra de Dios.
María que se siente bendecida por el Señor. Reconoce las maravillas que el Señor en ella realiza y siente así la bendición de Dios. Por eso replicará Jesús a aquella alabanza de la mujer anónima del Evangelio que prorrumpe en alabanzas a la Madre de Jesús, que más dichosos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen práctica. Es una alabanza y una bendición para María, la que mejor plantó en su corazón la Palabra de Dios.
No es extraño que María incluso en su humildad reconozca que va a ser bendecida y alabada por todas las generaciones. Es lo que seguimos nosotros haciendo. Cada fiesta de María es esa bendición para María, esa alabanza del pueblo cristiano que sabe reconocer a la figura de la Madre, la figura de María que es la Madre de Dios pero a quien nosotros sentimos como Madre. Por eso de mil maneras nosotros queremos cantar también las alabanzas a Maria uniéndonos a todas las generaciones, a todos los pueblos que a lo largo de los tiempos han querido cantar a María. Saldrán las mejores palabras y canciones de nuestros labios, pero quiere salir lo mejor de nosotros mismos, el amor de nuestro corazón para que nuestra vida se convierta también en una alabanza a María.
Claro que la mejor alabanza no son las palabras ni las canciones, sino la mejor alabanza es nuestra vida misma que se viste de María, de ella queremos copiar su amor, de ella queremos copiar todas sus virtudes, de ella queremos aprender a plantar también en nosotros la Palabra del Señor. Nuestra vida vestida de María, nuestra vida imitando a Maria es la alabanza que queremos cantar.
Nos sentimos bendecidos en María, en su presencia de Madre que siempre junto a nosotros ha estado y quiere estar. Esta fiesta que hoy celebramos, la fiesta del Pilar, eso nos está recordando. En piadosa tradición se nos está hablando cómo Maria quiso estar junto a nosotros desde los albores de la cristiandad. La tradición nos habla de la presencia de María que se manifiesta al apóstol que predica el evangelio en nuestra tierra. Y en el duro trabajo del evangelio María viene a ser fortaleza, un signo de ello es el Pilar que da título a esta advocación de María, porque ella va a ser a lo largo de los tiempos ese pilar de fortaleza en la fe.
Eso quiere significar ese Pilar sobre el que asienta sus pies la imagen de María. En ella queremos apoyarnos, porque ella del Señor nos alcanza la gracia que necesitamos, para mantenernos firmes en nuestra fe a pesar de los duros embates por los que podamos pasar. No es fácil seguir dando testimonio del Evangelio, pero apoyándonos en María podremos lograrlo.
A ella invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad y generosidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza del pilar de su fe queremos dar testimonio de nuestra fe y de lo que son los valores del Evangelio. Es un día de muchas bendiciones.

sábado, 8 de octubre de 2016

Que la Palabra de Dios sea el cimiento sobre el que se edifique nuestra vida, la tierra fecunda donde se hundan nuestra raíces para ser árbol bueno que dé frutos buenos

Que la Palabra de Dios sea el cimiento sobre el que se edifique nuestra vida, la tierra fecunda donde se hundan nuestra raíces para ser árbol bueno que dé frutos buenos

Gálatas 3,22-29; Sal 104;  Lucas 11,27-28

Las gentes se entusiasmaban con Jesús. Era su Palabra con un mensaje claro y lleno de vida, eran los signos que realizaba, era la vida misma de Jesús, su cercanía, sus gestos los que les hacían proclamar que nadie había hablado como El, con su autoridad, con su firmeza y valentía; la esperanza comenzaba a despertar de nuevo en sus corazones porque vislumbraban ese mundo nuevo que El anunciaba y vivir esa paz y en esa comunión entre todos, donde todos se aceptaran, donde nadie fuera mejor ni más poderoso que el que estaba a su lado era algo que en el fondo todos deseaban y con Jesús parecía que todo aquello era posible.
Por eso lo seguían aunque fuera al desierto y descampado; cuando se retiraba a solas para orar lo esperaban o lo buscaban; cuando marchaba de un lugar a otro lo seguían; así se aglomeraban multitudes en torno a El, no le dejaban ni en la casa porque se agolpaban a la puerta de manera que a veces parecía imposible llegar hasta El con los enfermos o los lisiados que le traían para que El los curara. Y El estaba dispuesto a ir a todas partes, y allí donde supiera que había alguien que sufría El estaba dispuesto a ir a estar a su lado, como al paralítico de la piscina, o a la hija de Jairo que estaba en las últimas.
No es extraño, pues, que pudiera surgir aquella voz anónima en medio de la multitud. Una mujer sencilla del pueblo que se entusiasmaba al escucharle y que se acordó de su madre. Qué dichosa tendría que sentirse la madre de Jesús, pensaba aquella mujer en sus adentros, pero no pudo más hasta que gritó para que todos la escucharan. ¡Dichosa la madre que te crió! ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Es normal cuando contemplamos la belleza del corazón de una persona, porque vemos sus gestos, vislumbramos sus actitudes, somos testigos de las cosas buenas que hace, de su entrega, de su generosidad, de su compromiso, pensamos en la familia donde fue educado, pensamos en la madre que lo crió y le enseñó tales cosas tan buenas.
Jesús no es que rechace esa alabanza que se hace a su madre. El también estaría dispuesto a decir cosas hermosas de María. Pero Jesús quiere señalarnos la fuente. Porque Jesús quiere decirnos donde tenemos que fundamentar bien nuestra vida, lo que han de ser los verdaderos cimientos de nuestra vida para que luego salga el edificio bello, donde asentar nuestras raíces para que el árbol sea frondoso y nos pueda dar buen fruto.
‘Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Ahí tenemos nuestro cimiento, ahí tenemos nuestra raíz, la Palabra del Señor; pero la Palabra que escuchamos y que plantamos en nuestro corazón; la Palabra que nos llena de vida y nos mueve a la vida; la Palabra que nos transforma, que convierte de verdad nuestro corazón al Señor, la Palabra que nos pone en camino nuevo, en el camino del amor, de la generosidad, de la misericordia, de la compasión y del perdón, de la entrega y del compromiso por los demás, que nos hace tener los ojos abiertos para ver el mundo con ojos nuevos.
Plantemos esa Palabra en nuestro corazón y en nuestra vida. Que como María digamos también que se cumpla, que se realice en nosotros es Palabra de Dios.  

jueves, 8 de octubre de 2015

La confianza del amor que nos hace saborear la presencia del Dios que sabemos que nos ama y nos escucha

La confianza del amor que nos hace saborear la presencia del Dios que sabemos que nos ama y nos escucha

Malaquías 3, 13 – 4,2ª; Sal 1; Lucas 11,5-13

Es la confianza que da el amor; es la confianza de quien se siente en la presencia del que sabe que le ama; es la confianza a la que nos invita Jesús con que hemos de orar a Dios.
Ayer escuchábamos que nos enseñaba a llamar Padre a Dios y decíamos cómo nuestra oración es un saborear en lo hondo del corazón ese amor de Dios y ese sentirle y vivirle como Padre. Cuando estamos con el Padre que nos amas se establece una relación profunda de amor que nos hace desnudarnos ante El con nuestras miserias y nuestras necesidades; cuando sabemos que así Dios nos ama a El acudimos con la confianza de que siempre seremos escuchados y nos dará lo mejor que necesitemos. No nos caben dudas ni miedos; todo ha de ser confianza porque todo es una relación de amor.
Pero por si acaso considerando nuestra pequeñez y nuestra miseria dudáramos de acercarnos a Dios con nuestras necesidades hoy Jesús nos insiste. ‘Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre’. Antes nos había puesto el ejemplo de quien acude a su amigo incluso en horas intempestivas para pedirle pan porque le ha llegado una visita a casa y no tiene que ofrecerle; con insistencia llama al amigo sabiendo que al final va a ser escuchado.
Así nosotros acudimos a Dios y nos ponemos ante El tal como somos, con nuestra pobreza, con nuestras debilidades, con nuestras carencias, con nuestra vida al desnudo sabiendo que en Dios encontraremos siempre amor, misericordia, gracia, paz, ayuda y fortaleza en nuestras luchas y necesidades.
Como nos dice pedimos, pero nuestra petición no es una petición pasiva; pedimos y buscamos, pedimos y vamos a la búsqueda de la verdad, pedimos y queremos encontrar caminos, pedimos y ponemos de nuestra parte todo lo que sea necesario para hacer ese camino, pedimos y ansiamos no solo cosas materiales sino que levantamos nuestro espíritu buscando algo más hondo que llene nuestra vida.
Nuestra oración no es algo pasivo donde simplemente esperamos que milagrosamente se nos resuelvan las cosas; nuestra oración es encuentro con el Padre de amor que llena de luz nuestra vida; nuestra oración es iluminación interior que nos hace encontrar sentido y valor, que nos abre caminos, que nos lleva al compromiso; nuestra oración es escucha allá en lo más hondo de nosotros mismos de esa voz de Dios que nos descubre sus designios de amor; nuestra oración es aprender a tener una mirada nueva sobre nuestra vida, pero también una mirada nueva de amor hacia los hermanos que nos rodean y que nos hará actuar con una misericordia y un amor semejante al de Dios.
Nuestra oración es sentirnos envueltos por el amor de Dios y en El nos sentimos llenos de bendiciones que hemos de saber llevar a nuestro mundo.

jueves, 16 de octubre de 2014

Bendecimos a Dios y nos sentimos bendecidos por Dios, que nuestras buenas obras lleven a los demás a bendecir a Dios

Bendecimos a Dios y nos sentimos bendecidos por Dios, que nuestras buenas obras lleven a los demás a bendecir a Dios

Ef. 1,1-10; Sal. 97; Lc. 11, 7-54
Qué contraste entre la luminosidad que se nos refleja en el principio de la carta de san Pablo a los Efesios y las negruras que se nos describen en el texto del evangelio refiriéndose a la respuesta que daba el pueblo de Israel, y en especial está haciendo referencia a los fariseos, a lo que había sido la historia de amor de Dios para con su pueblo, la historia de la salvación.
En ese inicio de la carta a los Efesios que hoy comenzamos a escuchar de forma continuada todo son bendiciones por una parte primero para Dios que así nos ha amado y nos ha entregado a su Hijo para nuestra redención, para el perdón de los pecados; y luego por otra parte es el reconocimiento de las bendiciones de Dios para con nosotros en Cristo Jesús. ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, nos dice, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales’.
Bendecimos a Dios y nos sentimos bendecidos por Dios. Ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha elegido en Cristo Jesús. Todo se convierte en bendición y en alabanza. Nos regala con su gracia que nos hace hijos, pero nos enriquece con toda clase de bendiciones para que seamos santos e irreprochables. Es un derroche de amor de Dios sobre nosotros que nos inunda con su gracia.
Todo esto nos tiene que hacer considerar muchas cosas para que en verdad con toda nuestra vida alabemos siempre al Señor, y todo sea siempre para la gloria de Dios. Eso nos tiene que impulsar a ser santos, aprovechando ese río de gracia que se desborda sobre nosotros. Esto ha de significar como toda nuestra vida siempre ha de estar centrada en Cristo. En El nos llega toda la bendición de Dios; por su sangre hemos sido redimidos; la fuerza de su Espíritu nos llena de la vida divina por lo que ya para siempre podemos llamarnos y sentirnos de verdad hijos de Dios.
Ojalá fuera así siempre nuestra vida. Ojalá siempre y en todo momento todo lo que hagamos sea para la gloria de Dios. Ojalá sepamos hacer las cosas, vivir nuestra vida de fe de manera que en todo ayudemos a los demás a descubrir ese regalo del amor de Dios que es su gracia y como todos nos sentidos bendecidos por el Señor para que todos aprendan a dar esa gloria del Señor en todo momento.
En las palabras que le hemos escuchado a Jesús en el evangelio denunciando la manera torpe de obrar de aquellos que le rechazaban en sus orgullos y en su pecado, señala también que en lugar de ayudar al pueblo desde el lugar que ocupaban en la vida social y religiosa del pueblo de Israel, ya porque fuesen sacerdotes o escribas, ya porque fuesen los dirigentes del pueblo de alguna manera, eran sin embargo un estorbo que entorpecían el camino de los sencillos en su querer acercase a Dios y ser fieles. ‘Ay de vosotros que os habéis quedado con la llave del saber: vosotros que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar’. Palabras de Jesús que le valieron el odio de aquellos ‘letrados y fariseos que empezaron a acosarlo y tirarle de la lengua, con preguntas capciosas, para cogerlo con sus propias palabras’.
Creo que esto tendría que hacernos pensar para que nunca nosotros seamos obstáculo para que los demás se encuentren con Jesús. No siempre los cristianos damos buenos ejemplos a los que nos rodean y con nuestra frialdad o nuestra desgana podemos estar incitando a los demás a que vivan también de una forma fría su vida cristiana. Quizá no le damos importancia en este sentido a lo que hacemos y escudándonos en que somos débiles y pecadores nos vamos dejando llevar. Eso puede arrastrar también a los que están a nuestro lado. Es una cosa que tenemos que cuidar.
Cuando decimos que somos testigos de nuestra fe ante los que nos rodean, esto es algo que tenemos que cuidar. Testigos de nuestra fe, serán las obras buenas las que tienen que resplandecer. Que no seamos obstáculo para que los demás también amen y sigan a Jesús.


jueves, 11 de septiembre de 2014

Jesús nos enseña la revolución del amor que será la única que puede transformar nuestro mundo

Jesús nos enseña la revolución del amor que será la única que puede transformar nuestro mundo

1Cor. 8, 1-7.11.13; Sal. 138; Lc. 6, 27-38
Alguien ha escrito que ‘nos encontramos con el trozo más revolucionario del Evangelio’. Quizá nos hemos acostumbrado a escucharlo, pero reconozcamos que aunque lo hemos escuchado y comentado muchas veces es una página que se nos atraviesa y no se nos hace fácil ponerla en práctica.
Como siempre digo, trato de ponerme en la situación de quienes escucharon por primera vez estas palabras directamente de labios de Jesús, que si ya les había sido sorprendente lo que le escuchaban en el principio del sermón del monte con el anuncio de las bienaventuranzas - las escuchábamos ayer -, no sería menos la sorpresa ante lo que les siguió diciendo Jesús y que hoy escuchamos.
Amor a los enemigos, bendiciones para quienes nos maldicen, oraciones por los que nos injurian, responder a la violencia con gestos de mansedumbre y amor, dar a cualquiera que nos pida y prestar sin esperar que se nos devuelva son cosas bien sorprendentes que no caben en los esquemas de actuación que solemos tener en nuestra cabeza y en nuestra manera de hacer o relacionarnos con los demás.
Pero Jesús está anunciando un mundo nuevo al que llamamos Reino de Dios y ya nos pedía desde el principio que para aceptar esa Buena Nueva que El nos venía a proclamar había que cambiar totalmente los esquemas de nuestra vida. Conversión, nos pedía, pero nos acostumbramos a la palabra y ya no le damos el sentido profundo que tiene que sentir. Es dar la vuelta totalmente a nuestra manera de actuar, si en verdad queremos poner a Dios en el centro de nuestra vida. Eso es el Reino de Dios, poner a Dios en el centro, que vendrá a ser entonces toda la motivación de lo que hagamos y todo el sentido de nuestro vivir.
Como tantas veces hemos reflexionado, no se trata de seguir con las mismas cosas o con la misma manera de vivir si en verdad nos convertimos a Dios porque en El hemos encontrado la salvación y el sentido de nuestra vida. Seguir con lo mismo significa que no hemos encontrado aun el sentido del evangelio. Y tras veinte siglos aun seguimos renqueando porque aunque nos llamemos cristianos y todo eso que decimos aun no nos hemos impregnado totalmente del espíritu y del sentido del evangelio. ¿No es señal de eso que nos sintamos sorprendidos con páginas del evangelio como esta que hemos escuchado y que tanto nos cuesta vivir?
Es la revolución del amor la que nos viene a proponer Jesús. Muchas revoluciones y guerras nos hacemos cuando decimos que queremos mejorar nuestro mundo, pero todas nos llevarán al fracaso porque siempre la violencia va a engendrar más violencia y todo va a ser como una espiral que no se acaba sino que se agranda.
La espiral que tenemos que meter en nuestro mundo es la del amor. Y a esto es a lo que nos enseña Jesús hoy cuando nos habla del amor a los enemigos, o nos dice que tenemos que bendecir a los que nos maldicen o rezar por aquellos que nos hacen daño; es lo que nos enseña Jesús cuando nos dice que nunca tenemos que responder con violencia a quien nos injuria o nos hace violencia y como Jesús nos ha dejado una frase bien significativa de poner la otra mejilla, ya no nos lo tomamos en serio y no llegamos a responder con amor a quienes nos odian o nos hacen daño, sea cual sea.
Os digo una cosa, cuando nos vemos insultados o tratados mal seguro que lo pasamos mal y nos surge pronto dentro de nosotros esos deseos de venganza y de respuesta violenta; te digo, intenta, aunque te cueste, rezar no solo para que el Señor te ayude a soportar pacientemente ese mal que te hayan podido hacer, sino a rezar por aquellos que te injurian o hacen daño, y vas a sentir una paz en tu interior que vale más que todos los oros del mundo. No es la venganza la que te dará paz o satisfacción, es esa respuesta de amor hecha oración la que va a producir la paz más hermosa en tu corazón.
Y ¿dónde encontramos el motivo y la fuerza para todo esto?  ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’, nos viene a decir. Nuestro modelo está en el amor de Dios. Un amor que nosotros hemos de vivir en su mismo estilo y en su misma medida. El amor de Dios no tiene fronteras y así ha de ser nuestro amor. Porque si nos decimos amados de Dios, pero luego nosotros amamos con un amor lleno de límites, porque amamos solo a los que nos aman, porque hacemos el bien solo a los que nos hacen el bien, ¿en qué nos estamos diferenciando? Nuestro modelo y nuestro estilo es el amor de Dios.

sábado, 16 de agosto de 2014

Nuestras actitudes hacia los demás han de ser camino para que todos puedan llegar hasta Jesús

Nuestras actitudes hacia los demás han de ser camino para que todos puedan llegar hasta Jesús

Ez.18, 1-10.13.30-32; Sal.50; Mt. 19, 13-15
Era costumbre entre los judíos presentar sus hijos a los rabinos o maestros de la ley para que éstos los  bendijesen. Los mayores recordamos también cómo en nuestra infancia había en nuestra tierra esa bonita costumbre, los hijos le pedían la bendición a sus padres, los nietos a los abuelos, los ahijados a sus padrinos, y también era muy habitual que cuando se encontraba uno con un sacerdote se le pedía la bendición. Desgraciadamente esas costumbres se han ido perdiendo, pero confieso que en mis relaciones con las gentes de América o con personas que hayan estado en América uno ve que aún se mantienen esas costumbres, porque incluso entre personas amigas muchas veces se comienza o se termina una conversación con la petición de bendición.
La escena del evangelio se desarrolla en ese entorno, las madres traen a sus hijos para que Jesús los bendijese. Pero por allá andan muy celosos los apóstoles de que no se moleste al maestro y ya les parece mucha pesadez que todos vengan a pedir la bendición de Jesús; por eso tratan de apartar a los niños de la cercanía de Jesús.
Pero eso Jesús no lo puede permitir. El había dicho, y lo hemos escuchado recientemente, que había que hacerse como niño para entrar en el Reino de los cielos; por otra parte las actitudes limpias y puras de los niños que se dan con amor y generosidad allí donde encuentran amor nos lo pone Jesús como modelo de lo que han de ser las relaciones entre sus discípulos. ‘Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los cielos’, hemos vistos estos últimos días que les decía Jesús a los discípulos.
Es Jesús el que dice que ‘los limpios y puros de corazón serán los que verán a Dios’ proponiéndonoslo en una de las bienaventuranzas, como todos bien sabemos. Y nos dirá además que sus ángeles están viendo el rostro de Dios. Y también por otra parte nos enseña a acoger a los pequeños y a los sencillos, porque el que no sabe acoger a un niño, a alguien que sea pequeño, no entenderá lo que es el Reino de Dios y no lo sabrá acoger a El.
Por eso ahora, ante la reacción de los discípulos que quieren alejar a los niños del lado de Jesús, les dirá regañándolos: ‘Dejadlos, no impidáis a los niños que vengan a mi, de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. ¿Cómo vamos a atrevernos a impedir que alguien se acerque a Jesús? Es en lo que tenemos que reflexionar seriamente.
Muchas son las enseñanzas que podemos deducir de este pasaje del Evangelio y lo que venimos comentando en sus textos paralelos. Por una parte la actitud que en nosotros hemos de tener para hacernos pequeños y sencillos, para purificar nuestro corazón de toda malicia y ambición, para tener una mirada limpia y sin mala intención en lo que hacemos o en lo que pensamos para así merecer la bienaventuranza del Señor.
 Pero también nos enseña a tener una mirada distinta hacia cuantos nos rodean porque la aceptación sincera de quien esté a nuestro lado o venga a nosotros es la mejor contribución para unas relaciones amistosas y para poner fundamentos de verdadera dicha y felicidad en nuestro encuentro con los otros. Eso significa cómo han de estar lejos de nosotros las posturas y actitudes de discriminación porque todos merecemos la misma dignidad y respeto. Somos muy fáciles a hacer distinciones entre unos y otros poniéndonos nuestras propias pautas y categorías por las que aceptamos a unos y a otros rechazamos, ya sea porque nos caigan bien o no nos sean simpáticos… y así no sé cuantas discriminaciones más que nos hacemos.
Será pequeño o será grande, nos parecerá importante o se nos presentará poderoso, será de este o aquel lugar o es de no sé qué condición, será de esta procedencia o de qué color de la piel, se nos presentará desarrapado o vendrá no sé con qué aires de grandeza, será un pesado con sus manías o nos caerá bien por su simpatía, pero no somos quienes para juzgar ni para discriminar y el amor que tiene que ser el fundamente de nuestra vida nos llevará a aceptar a todos y a amar a todos, porque ya Jesús nos enseña que el amor ha de tener siempre ese carácter universal. Y la actitud que tengamos ante los demás puede ser obstáculo o ayuda para que todos lleguen hasta Jesús.
Unos pocos versículos del evangelio, pero cuando nos dejamos iluminar por el Espíritu divina, son muchas las cosas que el Señor quiere decirnos allá en lo hondo de nuestro corazón.

martes, 24 de diciembre de 2013

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visita el sol que nace de lo alto

2Sam. 7, 1-5.8-11.16; Sal. 88; Lc. 1, 67-79
‘Juan es su nombre’ escribió Zacarías en un tablilla ante la pregunta insistente de todos sobre el nombre del niño, ‘e inmediatamente se le soltó la boca y la lengua’ -  recordamos que había permanecido mudo desde el anuncio del ángel en el templo - ‘y empezó a hablar bendiciendo a Dios’. Como nos ha dicho hoy el evangelio ‘lleno del Espíritu Santo comenzó a profetizar’, bendiciendo y alabando a Dios.
Largos nueve meses en silencio habían dado para mucho meditar y abrir su corazón a Dios. Ahora estaba lleno de Dios, ‘lleno del Espíritu Santo’, y todo aquel misterio que no comprendía se le había revelado en su corazón. Cuánto nos ayuda hacer silencio en nuestro interior alejándonos de tantos ruidos exteriores que nos aturden y ensordecen para poder escuchar de verdad a Dios en el corazón. En aquel silencio de su corazón Zacarías descubrió bien el misterio de Dios que primero tanto le había costado entender y al que ahora canta y bendice. Cómo tendríamos que aprender a hacer ese silencio en nosotros para abrir de verdad nuestro corazón a Dios que viene a nosotros con su salvación.
Estamos en el eje entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Se acaban los tiempos antiguos de la promesa y comienza un tiempo nuevo que es el de la gracia donde se va a manifestar la misericordia y el amor de Dios. Todas aquellas promesas antiguas, ‘todo lo predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas’ ahora tienen su cumplimiento.
‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte; para guiar nuestros pasos en el camino de la paz’. Canta y bendice proféticamente Zacarías a Dios.  Llega la hora de la salvación y de la gracia. Dios viene a visitar a su pueblo para quedarse con El. El que llega es el Emmanuel anunciado por los profetas, que será ya para siempre Dios con nosotros.
Aquella Alianza del Antiguo Testamento llega ahora a su plenitud en la Nueva Alianza que se va a constituir. Llega el momento es que nos veremos libres de las tinieblas de la muerte y del pecado; se va a manifestar la misericordia del Señor que nos liberará para siempre del pecado para llenarnos de la gracia y de la vida. Se alejan de nosotros los temores porque podemos alcanzar la verdadera libertad. El que viene ‘es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian’, el que viene nos concede que ‘libres del temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos en santidad y justicia, en su presencia todos los días’.
Aquel niño que ahora porta en sus brazos lleno de gozo Zacarías es el que viene como ‘profeta del Altísimo, porque irá delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Es el precursor cuya voz gritará en el desierto preparando los caminos del Señor. Es la misión que Juan va a realizar allá en el desierto invitando al bautismo de conversión para preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor.
La liturgia en este día nos proclama ‘hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria’. Es lo que estamos viviendo en esta mañana en estas vísperas del nacimiento del Señor. Hoy tenemos la voz profética de Zacarías que nos invita a bendecir al Señor porque llega la salvación, llega el Salvador y podemos contemplar la gloria del Señor. Bendecimos, sí, al Señor con el cántico de Zacarías porque sentimos cómo  nos visita el Señor para traernos la salvación y la redención, ‘suscitándonos una fuerza de salvación’, en cumplimiento de las antiguas profecías.

No nos queda sino orar una vez más con insistencia como lo hacíamos en la oración litúrgica: ‘Ven, Señor, no tardes, que tu venida consuele y fortalezca  a los que lo esperan todo de tu amor’. En El hemos puesto toda nuestra esperanza que ahora la vemos cumplida. Llenémonos de su Salvación para que vivamos intensamente la fiesta grande de la Navidad del Señor.

sábado, 17 de agosto de 2013

Dejemos que los niños lleguen hasta nosotros y nos enseñen a vivir el Reino de Dios

Josué, 24, 14-29; Sal. 15; Mt. 19, 13-15
‘Dejad que los niños se acerquen a mi… le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y los bendijera’. Era una bonita costumbre entre los judíos de presentar las madres a sus hijos a los rabinos para que los bendijeran. Pero por allá andan los apóstoles muy celosos de Jesús, que no quieren que nadie moleste al maestro. Los discípulos les regañaban. Parece que algunas veces los niños nos molestan. Nos los queremos quitar de encima. Cuantas veces hemos escuchado o contemplado actitudes así. ‘Niños, no molestéis a los mayores…’ ‘los niños cuando están hablando los mayores se callan y están quietos…’ o no dejamos que estén en nuestras cosas de mayores o incluso en las cosas de la comunidad.
Pero a Jesús no le molestan. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. Qué distinta la actitud de Jesús de muchas de nuestras actitudes. Jesús quiere estar con los niños que son una bendición de Dios también para los demás.
No hace mucho hemos escuchado textos paralelos donde Jesús nos decía que había que hacerse como niños y que el que acogiera a un niño lo estaba acogiendo a El. Y ya recientemente hemos reflexionado sobre ello. Para ser grande e importante en el Reino de los cielos hay que hacerse como un niño.
Pero no se nos agota aquí la reflexión. En esta actitud de Jesús con los niños, a los que quiere tener cerca, de los que dice que de los que son como ellos es el Reino de los cielos me parece estar haciendo una lectura de las Bienaventuranzas que Jesús pronunció allá en el monte.
¿Qué nos dice allí? Que de los pobres, de los pequeños, de los sencillos es el Reino de los cielos; y nos dirá que los que son limpios de corazón, verán a Dios; que de los que llenan de mansedumbre su corazón, de los que tienen un corazón lleno de amor y de misericordia, van a poseer el Reino y alcanzarán también misericordia. Lo hemos meditado muchas veces. ¡Qué hermosa lectura podemos hacer de las bienaventuranzas con este texto del encuentro de Jesús con los niños!
¿Qué ve Jesús en los niños que quiere tener cerca de sí? ¿por qué tenemos que hacernos como niños? ¿cómo tenemos que hacernos como niños? ¿Cómo es el corazón de un niño? La ternura de un niño nos cautiva; la limpieza de la mirada de un niño nos enamora; la sonrisa de un niño nos hace sentirnos felices desde lo más hondo de nosotros mismos; la sensación de paz que se siente junto a un niño llena de paz también nuestro corazón. Cuando logremos que  nuestro corazón sea así, estaremos viviendo el Reino de Dios, estaremos sembrando el Reino de Dios a nuestro alrededor.

No es necesario decir nada más. Purifiquemos nuestro corazón de toda malicia; tengamos siempre una mirada limpia; seamos sembradores de paz porque irradie esa paz y esa mansedumbre de nuestro corazón; sepamos acoger siempre con un corazón limpio de malas intenciones a cuantos se acerquen a nosotros; vayamos repartiendo en todo momento amor y llenando de alegría los corazones de los demás. Dejemos que los niños lleguen a nuestra vida y nos enseñen a vivir el Reino de Dios.

viernes, 21 de diciembre de 2012


El amor y la alegría no se pueden contener y María se puso en camino a la montaña

Sofonías, 3, 14-18; Sal. 32; Lc. 1, 39-45
‘María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá’. María no podía quedarse quieta ni encerrada en Nazaret, tenia que salir. El amor y la alegría no se pueden ocultar; el amor y la alegría no sólo se notan, aunque no queramos, en quien está lleno de amor y de alegría en su corazón, sino que además tiende a expandirse, a comunicarse; nos lleva siempre a la comunión y a la comunicación. Es una experiencia por la que todos hemos pasado cuando hemos recibido una noticia buena, cuando nos ha sucedido algo agradable; nos salimos, vamos al encuentro de los demás, buscamos con quien compartirlo y aunque queramos ocultarlo todos van a notar lo que llevamos dentro.
María no podía quedarse en Nazaret. Llena e inundada del amor de Dios como estaba, sabiendo además que allá podía prestar un servicio ‘fue aprisa a la montaña’; no son simples carreras por la prisa, sino que eran las alas del amor las que le impulsaban a llegar a casa de Isabel. María iba llena de Dios. ‘Llena de gracia’, la había llamado el ángel.
Fue suficiente el saludo de María para que Isabel también se contagiara de aquella alegría y también se llenara de Dios. ‘En cuanto Isabel oyó el saludo de María… se llenó Isabel del Espíritu Santo’, y comenzaron las alabanzas y bendiciones. Bendiciones para María, pero que eran bendiciones a Dios, porque allí se estaba reconociendo su presencia salvadora. ‘La criatura saltó de alegría en su vientre’ y los cánticos y alabanzas se suceden. ‘Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre’.
Cuántas veces María en su camino de Nazaret sintiendo al Hijo de Dios en sus entrañas y sintiendo también que era su hijo estaría bendiciendo al Señor. Le dio mucho tiempo a María para meditar y considerar cuanto en ella sucedía en aquellos largos días de camino. Cuántas veces María cantaría al Señor desde lo hondo de su corazón sintiendo cómo Dios estaba con ella.
‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’, exclamó Isabel. Lo estaba reconociendo; nadie humanamente se lo había dicho, pero el Espíritu del Señor estaba actuando en su corazón y ella sabía leer y escuchar lo que el Espíritu le inspiraba. Allí estaba la madre del Señor. Allí estaba la mujer de la fe, la mujer que era grande, aunque se considerara pequeña, por su fe. ‘¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’.
Nosotros también en este camino de Adviento que vamos haciendo y ya en la cercanía de la Navidad tan próximo también tenemos que cantar al Señor. Reconocer quien viene a nosotros, quien llega a nuestra vida con su salvación. ‘Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén… el Señor tu Dios en medio de ti, es un guerrero que salva. El se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta’. Así nos gozamos, viene a nosotros el que nos trae el perdón; viene a nosotros el que nos hace sentirnos seguros porque estará siempre con nosotros. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros.
En la medida que nos hemos ido preparando también hemos querido enderezar caminos, como nos pedía el Bautista, nos hemos acercado no a un bautismo de agua sino al bautismo en el Espíritu, nos hemos ido acercando a los sacramentos que nos purifican y nos llenan de vida nueva; hemos ido queriendo cultivar en nosotros más y más esas perlas preciosas de la fe y de la humildad, de la disponibilidad y de la generosidad en el amor; habrán ido apareciendo en nosotros nuevos sentimientos de amor y de solidaridad, de comunión y comprensión que nos han llevado a estar más cerca de los demás, más en comunión con todos y así no hemos ido preparando, porque el amor y la alegría que llevamos dentro es expansiva y nos hace encontrarnos con los demás y compartir con ellos nuestra fe, nuestra alegría, nuestro amor.
Sentimos, pues, en nosotros la alegría del Espíritu en la Navidad que se acerca, en el Señor que llega a nuestra vida. Saltemos también de jubilo con el Señor.