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jueves, 20 de junio de 2024

Rezar no es cumplir como quien rellena la pagina de un formulario, es disfrutar en el silencio del corazón la presencia amorosa de un Padre que nos ama y no nos olvida

 


Rezar no es cumplir como quien rellena la página de un formulario, es disfrutar en el silencio del corazón la presencia amorosa de un Padre que nos ama y no nos olvida

Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6, 7-15

Cada vez que me hago una reflexión sobre este texto del evangelio que hoy se nos ofrece me viene a la memoria algo que me contaron en una ocasión. Se trataba de dos personas que andaban enfrentados por problemas de la vida que habían surgido entre ellos y se llevaban muy mal y no había manera de resolverlo. Entonces alguien sabiamente les pidió que si serían capaces de hacer lo que él les iba a decir; ante su respuesta afirmativa les pidió que rezaran juntos, a una voz, pero bien despacio y como comiéndose cada una de sus palabras el padrenuestro. Así, con cierto recelo quizá al principio, comenzaron a hacerlo, pero nos cuentan que antes de terminar con el amen final ambos se estaban dando un abrazo. Se habían ido comiendo y saboreando cada una de las palabras del padrenuestro.

Creo que podemos entender lo primero que nos dice Jesús antes de enseñarnos incluso la pauta del padrenuestro. ‘No uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso…’ Y es que el padrenuestro no es para utilizarlo como repetición cantarina de muchas palabras. La oración tiene que ser siempre algo que se saborea en lo más profundo de nosotros mismos. No es algo que tenemos que hacer, y cuando digo esto me refiero que no lo tenemos que tomar como una obligación con la que tenemos que cumplir. Cuando simplemente vamos a cumplir, a llenar la página del formulario, no lo saboreamos; quizás queremos terminar lo más pronto posible para salir de ese paso, para salir de ese momento que entonces se nos puede volver agobiante.

Orar tiene que ser saborear en el silencio del corazón la presencia de Dios que es Padre y que nos ama. ¿No es así cómo nos enseñó Jesús que tenía que comenzar nuestra oración? ‘Padre nuestro…’ decimos. Cuando estamos con nuestro padre, y como ejemplo me refiero a nuestro padre de la tierra, nos sentimos a gusto, como niño sentimos la ternura y la seguridad de sus brazos, ya luego nos gozaremos con su presencia constante junto a nosotros que no nos sirve de agobio sino como de estimulo en los caminos de la vida, y quizás de mayores contemplamos una vida junto a nosotros gastándose por nosotros y recordamos sus sabios consejos que se fueron desgranando de sus labios a lo largo de la vida. Y nos gozamos con nuestro padre, y disfrutamos de su ternura, y sentimos su amorosa presencia manifestada en tantas cosas que a lo largo de la vida hizo por nosotros.

‘Padre nuestro…’ le decimos a Dios y cuánto es lo que tenemos que sentir en nuestro corazón. Toda una historia de amor, toda una vida donde nos sentimos regalados con su amor, todo un camino donde Dios siempre está junto a nuestros pasos siendo la luz que ilumina nuestra vida, todo un regalo de amor que experimentamos en su Palabra que siempre nos alienta y nos abre caminos, nos corrige con amor y misericordia pero nos impulsa a seguir yendo más allá porque sentimos que El confía en nosotros y por eso se hace misericordia en nuestra vida.

Y esto no son palabras repetidas a la carrera, esto lo vivimos en el silencio del corazón sintiendo el gozo de su amor de padre. Lo demás que nos pone Jesús como pauta saldrá luego casi como de forma espontánea. Tenemos la seguridad de su presencia, de su gracia, de su perdón y de su paz. Nos sentiremos confiados por el Dios que alimenta a las aves del cielo y hace florecer la flor de nuestros campos, no va a ser el Padre que olvide y abandone a sus hijos. Problemas, luchas, necesidades, esfuerzos en el camino, deseos de superación con el amor de Dios a nuestro lado tenemos la seguridad en nuestro camino de que no nos faltará nunca la gracia, la presencia de Dios.

Saboreemos el gozo de estar en su presencia, el tiempo se volverá eternidad y envueltos en su amor sentiremos la más hondo felicidad en nuestro corazón. Mastiquemos hasta saborearlo en lo más profundo el padrenuestro que nos enseñó Jesús.

miércoles, 11 de octubre de 2023

Una oración que surge de un corazón que se siente amado y al mismo tiempo se siente necesitado de amar, correspondiendo con amor a ese amor

 


Una oración que surge de un corazón que se siente amado y al mismo tiempo se siente necesitado de amar, correspondiendo con amor a ese amor

Jonás 4,1-11; Sal 85; Lucas 11,1-4

¿Rezamos? ¿Oramos? No son preguntas retóricas. Son preguntas para definirnos. Porque rezar puede ser que lo hagamos; nos sabemos muchas oraciones de memoria que aprendimos de pequeños. Y puede ser que mantengamos la costumbre de hacer nuestras oraciones cada noche y rezamos todo lo que sabemos, o quizás también cuando despertamos por la mañana lo primero que hacemos es rezar nuestras oraciones. Momentos en los pasamos nuestros apuros, nuestras dificultades o nuestros problemas, rezamos todo lo que sabemos a ver cómo salimos de aquella situación. Y recitamos padrenuestros, y repetimos una y mil veces el avemaría, o rezamos todas las novenas del mundo para lograr la intercesión de los santos y toda la corte celestial por aquella enfermedad, por aquel problema, por aquello que le ha sucedido a un ser querido.

No me interpreten mal, y no tomen todo esto que estoy diciendo como una crítica a algo que hacemos que pueda o no tener sentido. Quiero hacer reflexionar. Sí, que pensemos. ¿En todos esos rezos en verdad hemos entrado en unión con Dios? ¿Ha sido en verdad un hablar a Dios de corazón a corazón, como habla un hijo con su padre? Por eso nos preguntamos si en verdad oramos. Y esto lo estoy expresando mirándome a mí mismo y mi forma de orar.

Hoy nos dice el evangelista que viendo los discípulos a Jesús a orar, vinieron pedirle que les enseñara a orar como Juan había hecho con sus discípulos. Y ya conocemos la respuesta de Jesús, ya sea en esta versión más breve de san Lucas, o la otra un poco más extensa del evangelio de san Mateo. Los discípulos le pidieron que les enseñase a orar. No lo olvidemos. Por eso Jesús no enseña oraciones para rezar, sino que Jesús nos da la pauta de cómo hemos de hablar con Dios nuestro Padre. Por eso, es la primera palabra, Padre. Una palabra para saborear, para gustarla en el corazón, una palabra para disfrutarla mientras la decimos, una palabra que sabe a miel, porque sabe a amor; es reconocernos hijos, es decir, amados.

Y desde ahí nuestro corazón comienza a hablar, nuestro corazón comienza a cantar. ¿Qué es lo que hacen los hijos cuando se sienten queridos por sus padres? Amar, en una palabra; decirle que los amamos, y ya nos buscaremos palabras bonitas para expresarlo o tendremos los más hermosos y gozosos gestos de ternura, pero sobre todo lo vamos a expresar manifestando el gozo de ser hijos; y cuando un hijo y su padre se aman de verdad, sienten unidos sus corazones y sienten que es una misma su voluntad. Queremos que nuestro padre se sienta feliz con nosotros. ¿No son las cosas que Jesús a continuación nos dice que tiene que ser nuestra oración?

Y surgirá el corazón el poner en el corazón del padre aquellas cosas que preocupan a los hijos, sus necesidades, sus luchas, sus deseos de caminar y de avanzar sintiéndose seguros. ¿En quien vamos a confiar sino en aquel que sabemos que nos ama? ¿A quién vamos a expresar entonces lo que son nuestras preocupaciones, nuestros sueños o nuestros deseos?

Es la oración que surge de un corazón que se siente amado y al mismo tiempo se siente necesitado de amor, correspondiendo a ese amor. Es lo que hacía Jesús, es lo que nos enseña a hacer nosotros. Es lo que en verdad tiene que ser nuestra oración, ese diálogo de amor, ese diálogo de quienes se sienten enamorados, cogidos por el amor.


martes, 14 de junio de 2022

Dame tu fuerza, Señor, para que pueda amar al prójimo con tu amor, dame tu luz para mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para ser capaz de ponerlo en el mío como un hermano

 


Dame tu fuerza, Señor, para que pueda amar al prójimo con tu amor, dame tu luz para mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para ser capaz de ponerlo en el mío como un hermano

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48

Aunque habitualmente cuando escuchaban hablar a Jesús la gente sentía como les ardía de nuevo el corazón porque se despertaban muchas esperanzas en el mundo nuevo que les anunciaba Jesús, también es cierto que en ocasiones salían perplejos y confundidos porque de alguna manera les parecía muy sublime lo que Jesús les anunciaba y les podía parecer una utopía irrealizable su mensaje. En más de una ocasión salían diciendo que era dura aquella doctrina, algunos incluso no querían escucharle más.

Siempre recuerdo las palabras proféticas del anciano Simeón que hablaba de un signo de contradicción y que aquel niño iba a significar que se decantasen clara y valientemente ante su figura y su mensaje. Esa perplejidad se les producía cuando Jesús les hablaba de aquel estilo nuevo de amar que habían de tener lo que le siguieran y quisieran llamarse sus discípulos. Porque bueno, eso de amar está bien, y ya amamos a los que están cercanos a nosotros, ya amamos a la familia, a los que son nuestros amigos o a aquellos que han hecho algo en algún momento por nosotros. Pero ¿amar también a los enemigos? Si ya nos cuesta amar a los amigos, porque siempre estamos tentados a mirar primero las sombras que lo que podría ser objeto de amor en ellos, ¿Cómo vamos a amar a los que nos hayan hecho mal, nos hayan hecho daño?

La perplejidad no fue solo de los que entonces le escuchaban en aquel sermón del monte, porque esa perplejidad la seguimos teniendo hoy los que vivimos en el siglo XXI. Pero ahí está precisamente la sublimidad de lo que es el amor verdadero, el amor en el sentido de Cristo. Porque no son puros sentimientos de afecto lo que se nos pide, que pueda surgir fácil de nosotros cuando de alguna manera queremos corresponder a algo bueno que nos han hecho. No son simples palabras que nos sirvan de base para una bonita poesía o para ponerle música en una hermosa canción. No son emociones momentáneas que pueden aparecer en un momento determinado pero que luego pronto se borran como se secan las lágrimas de nuestros ojos.

Y es que lo sublime que Jesús nos está proponiendo es un amor como el suyo, un amor como el que Dios nos tiene. Nos dirá que amemos al prójimo, que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Es que tenemos que comenzar por poner a ese que tiene que ser objeto de nuestro amor como prójimo nuestro. No lo miramos en la lejanía, a la distancia, lo ponemos a nuestro lado, lo hacemos nuestro prójimo, y al final nos terminará diciendo que lo miremos como un hermano.

No es cualquier cosa. Es una nueva mirada. Es un nuevo lugar que ha de ocupar en nuestra vida, porque tenemos que ponerlo cerca de nuestro corazón para que sea nuestro prójimo. Entonces ha de surgir una nueva comunión de amor; entonces sabremos hacer como lo hizo El desde la cruz amar disculpando, perdonar porque está amando a quien disculpa incluso de aquello que haya hecho mal.

Claro que esto no se puede hacer de cualquier manera, ni lo puede hacer cualquiera; lo podemos hacer quienes sabemos llenarnos de Dios, quienes sabemos dejarnos conducir por su Espíritu, quienes ponemos a Dios en el iris de nuestros ojos para tener una mirada nueva, una mirada luminosa, una mirada de amor. Hoy nos dirá que recemos por aquellos que nos han hecho mal. ¿Qué significa rezar así? No es recitar una fórmula, no es una buena voluntad de decir mira Señor a aquel que me hizo mal para que cambien sus actitudes o sus posturas, es decirle al Señor dame tu fuerza para que pueda amarlo con tu amor, dame tu luz para que pueda mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para que yo sea capaz de ponerlo en el mío.

Es un amor nuevo, es un amor más sublime, es un amor divino con el que comenzaremos a amar desde lo más hondo del corazón.


sábado, 27 de febrero de 2021

El amor cristiano no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes, simplemente sintámonos hijos amados de Dios y correspondamos con un amor igual

 


El amor cristiano no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes, simplemente sintámonos hijos amados de Dios y correspondamos con un amor igual

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118;  Mateo 5, 43-48

Bueno,  no nos pongamos así, exigentes, que la cosa no es para tanto, yo hago lo que puedo; bueno, yo no soy tan mala persona, soy amigo de mis amigos. Y así nos ponemos a jugar a las rebajas porque, decimos, una cosa son los ideales, y otra es la realidad con que nos tropezamos cada día, porque hay cada uno.

Y esto no lo dice uno que vive alejado de todo sentimiento religioso, uno de tantos que nos podemos encontrar por ahí, sino que muchas veces esto lo oímos en el seno de la propia comunidad cristiana, entre los que vamos a misa el domingo, los que nos llamamos cristianos y hasta quizás nos hemos apuntando a alguna asociación religiosa o alguna cofradía. Así andamos los cristianos con nuestras mediocridades, así andamos sin metas ni ideales, así vamos poco menos que arrastrándonos haciendo, como solemos decir, lo que podemos pero no me exijan más.

Y hoy directamente nos pregunta Jesús ¿Qué estás haciendo de especial cuando dices que te llamas cristiano? Si amas solamente a los que te aman, ayudas a los que te ayudan y de ahí no pasas, eso lo hacen también los que no son cristianos, los gentiles, en una honradez y rectitud de quienes comparten un mismo mundo. En algo tendremos que diferenciarnos. ‘Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’

Con esa mediocridad andamos por la vida. En tantos aspectos, en todo lo que pueda significar superación o espíritu de sacrificio para alcanzar mejores objetivos, más altas metas. Es la mediocridad de nuestro amor con el que no convencemos a nadie. Porque no somos más cristianos porque llevemos una medalla al cuello, sino cuando con nuestra vida estamos reflejando el amor de Dios en el amor que nosotros tenemos a los demás.  ‘Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial’, nos viene a decir.

La meta que nos propone Jesús es que lleguemos a amar a los enemigos, a los que nos hacen mal. Es la sublimidad del amor cristiano; bien distinto de aquello que tan fácilmente decimos de que somos amigos de mis amigos. Ser amigo del que ya es amigo mío no tiene nada de especial, es simplemente corresponder. Y es que en el camino del amor cristiano siempre tenemos que ir por delante, ser capaces de tomar la iniciativa, no estamos esperando a que nos amen para nosotros amar.

Por eso hoy nos dice claramente Jesús contraponiéndolo a lo que parece que seria lo normal o lo  habitual: ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Amar que significa llegar a rezar por aquellos que nos hacen mal. No es fácil, pero si quieres comenzar a tener un amor en el estilo de Jesús comienza por ahí, aunque te repugne comienza por rezar por aquel que te haya injuriado, por aquel que te ha hecho mal, por aquel que dice mal de ti, por aquel a quien cualquiera consideraría un enemigo; para nosotros no es un enemigo, para nosotros es un hermano al que tengo que amar y comienzo por rezar por él; cuando seas capaz de hacerlo, estarás amándolo ya casi sin darte cuenta. Hacedlo que al final no es tan difícil, porque lo que por otra parte comenzarás a sentir en tu corazón bien merece la pena.

El amor cristiano, es cierto, no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes; simplemente sintámonos hijos amados de Dios y comencemos a mirar con los ojos de Dios, como en otro momento hemos reflexionado, y a amar con el amor de Dios.

sábado, 7 de marzo de 2020

Cuando ponemos en nuestra oración a aquel a quien hemos de amar cambian las perspectivas y comenzaremos a mirar con la mirada de Dios


Cuando ponemos en nuestra oración a aquel a quien hemos de amar cambian las perspectivas y comenzaremos a mirar con la mirada de Dios

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118; Mateo 5, 43-48
 “En el amor a Dios puede haber engaños. Puede alguien decir que ama a Dios cuando lo único que siente es un calorcillo que le gusta en su corazón. Puede alguien decir que ama a Dios y lo que ama es la tranquilidad espiritual que ese supuesto amor le da. Amar al prójimo, en cambio, no admite triquiñuelas: Se le ama o no se le ama. Se le sirve o se le utiliza. Se demuestra con obras o es sólo una palabra bonita”. Así escribía aquel gran sacerdote, escritor y periodista que fue José Luis Martín Descalzo. He querido traer aquí este testimonio citado por algún comentarista del texto del evangelio que  hoy nos ocupa, porque puede ser un buen punto de partida también para nuestra reflexión de hoy.
¿Qué buscamos en el amor de Dios? como nos dice el escritor  ¿un regustillo en el corazón que nos deja tranquilos, nos da alguna satisfacción pero no nos lleva a nada más? Cuando hablamos del amor, en este caso del amor de Dios y del amor al prójimo otros tienen que ser los andares, los sentimientos, las actitudes de nuestra vida; a otro compromiso nos llevan. Amar no pueden ser solo palabras; el amor tiene que manifestarse en algo más en lo que se tiene que implicar nuestra vida. Y hemos de reconocer que algunas veces nos cuesta amar.
Nos cuesta amar porque de alguna manera el que ama se despoja de mucho de sí mismo, porque no puede seguir en la misma comodidad de no hacer nada ni en la misma tranquilidad; amar se nos hace difícil porque tenemos que mirar de frente a aquel que hemos de amar, y mirándolo de frente algunas veces no nos gusta, no nos cae bien, vemos cosas que pudieran repugnarnos, hay cosas con las que incluso nos podemos sentir heridos.
No amamos solo al guapo de turno, ni amamos solo al que ya nos ama a nosotros y entonces de alguna manera parece que le debemos algo; no amamos como una deuda que hemos de saldar; amamos y el amor tiene que arrancar primero de nosotros aunque no encontremos reacción positiva ni respuesta; y es que hemos de amar incluso al que no nos ama o se pone en contra nuestra de alguna manera. Y eso no es fácil.
Por eso hoy Jesús nos hablará de forma clara y tajante de cómo ha de ser nuestro amor también al enemigo. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. En algo tenemos que diferenciarnos, nos dice, porque amar al que nos ama o hacer el bien al que nos hace el bien, lo hace cualquiera.
Estamos hablando de la dificultad que encontramos en nosotros mismos para amar al otro; decíamos que tenemos que mirarlo de frente aunque nos cueste, pero tenemos que mirarlo con los ojos del corazón. Los ojos del corazón cuando miran con sinceridad pueden ver las cosas desde otra perspectiva. Cuando miramos con los ojos del corazón nos estamos viendo también a nosotros mismos, y veremos nuestras debilidades y cuántas cosas también hay en nosotros que no son dignas del amor, pero sabemos que aún así Dios nos ama.
Siempre me ha gustado resaltar lo que nos dice Jesús y es que para amar a aquel que se considera un enemigo o que me haya hecho daño es necesario comenzar por rezar por él. Y es que cuando lo ponemos en nuestra oración ya comenzaremos a verlo de manera distinta, ya comenzaremos a verlo con la mirada de Dios. Cómo cambian las perspectivas cuando metemos la vida en nuestra oración, y es que entonces todo se verá iluminado con la luz de Dios. ‘Amad a vuestros enemigos, nos dice, y rezad por los que os persiguen’.

jueves, 20 de junio de 2019

No son las muchas palabras las que hacen nuestra oración sino en el silencio descubrir la presencia de Dios para resplandecer con la gloria del Señor


No son las muchas palabras las que hacen nuestra oración sino en el silencio descubrir la presencia de Dios para resplandecer con la gloria del Señor

2Corintios 11,1-11; Sal 110; Mateo 6,7-15
‘Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que lo pidáis...’ nos enseña Jesús.
Yo no sé rezar, dicen algunos, decimos nosotros tantas veces. Mientras otros dicen que rezan mucho porque repiten y repiten una y otra vez oraciones aprendidas de memoria, formularios de novenas y oraciones que otros han escrito. ¿Sabemos rezar? ¿Sabemos orar? La pregunta es seria y comprometida. Yo me decanto por hacerme la segunda pregunta, si sabré orar. Porque por rezar entendemos muchas veces eso que decíamos de repetir una y mil veces oraciones y rezos. Al final algunos se cansan de esas repeticiones y quizá puedan terminar no haciendo nada y surja la afirmación que antes hacíamos que no sabemos rezar, o tendríamos que decir, no sabemos orar.
Queremos suponer que quien reza o repite oraciones al menos se sentirá en la presencia del Señor, y probablemente mientras va repitiendo esas oraciones allá en su corazón puedan ir surgiendo otras plegarias, porque recordamos a los seres queridos, pensamos en nuestras necesidades o problemas, o nos vamos haciendo muchas consideraciones sobre nuestra vida o sobre los problemas que vemos a nuestro alrededor.
Así podríamos decir que sí, que en el fondo estamos orando porque realmente vamos presentando al Señor nuestras necesidades o lo que deseamos y queremos para nosotros, los nuestros o nuestro mundo. Por eso quizá iríamos más allá del rezo repetitivo si llegamos a sentirnos de verdad en la presencia del Señor. De lo contrario seria una rutina quizás y en el fondo no seria una oración que transformara nuestra vida.
Hoy Jesús en el evangelio nos propone una forma de orar, pero no es que Jesús cuando nos propone ese estilo de oración no es para que lo convirtamos en una formula más que simplemente repitamos, sino que nos está ofreciendo un modelo y un sentido de oración. Porque lo importante es que nos sintamos inundados de Dios, de su presencia y de su amor. Reconocer su presencia, querer que nuestra vida sea siempre una alabanza al Señor, que en su presencia descubramos y sintamos lo que en verdad tiene que ser el sentido de nuestra vida, que haya una verdadera transformación en nosotros para que en todo busquemos siempre su gloria buscando y comprometiéndonos a hacer su voluntad.
En nuestra oración tenemos sentirnos inundados y envueltos por la gloria de Dios. Como Moisés cuando bajó de la montaña de la presencia de Dios tendríamos que salir con el rostro resplandeciente, con nuestra vida transformada e iluminada por la gloria de Dios. En la presencia de Dios tenemos que ver el libro de la historia de nuestra vida con la luz de Dios para iluminar cada recoveco de nuestra vida descubriendo el valor de lo que somos, pero también el sentido de cuanto hacemos queriendo siempre enderezar nuestros pasos por los caminos de Dios. Mal hemos hecho nuestra oración si no salimos así transformados de la presencia de Dios.
Busquemos ese momento de paz, de silencio interior para escuchar a Dios, para sentir a Dios. No son las muchas palabras las que hacen nuestra oración. Es en ese silencio donde hemos de descubrir su presencia y entonces nuestro corazón hablará y también escuchará. No vamos a la oración solo a decir cosas a Dios porque seria un monologo, sino busquemos ese diálogo de amor sabiendo escuchar a Dios y en verdad entonces nos sentiremos reconfortados. Nos llenaremos así de la gloria del Señor que hará resplandecer nuestra vida para en verdad estaremos cantando la gloria del Señor.

jueves, 21 de junio de 2018

Saboreemos esa hermosa palabra y más que palabra con la que Jesús nos enseñó a llamar a Dios, Padre



Saboreemos esa hermosa palabra y más que palabra con la que Jesús nos enseñó a llamar a Dios, Padre

Eclesiástico 48, 1-15; Sal 96; Mateo 6, 7-15

También quizás nosotros sentimos la necesidad, ¿o no?, de pedirle a Jesús que nos enseñe a orar. Hay momentos en que no nos sentimos satisfechos de nuestra oración, de cómo la hacemos. ¿Hacer una lista de cosas que pedirle a Dios para que nos ayude? ¿Darle gracias porque suficientes motivos tenemos para esa gratitud con Dios? ¿Quedarnos en silencio sin saber que hacer o qué decir, simplemente saboreando esa quietud, ese silencio, esa presencia de Dios?
Vemos a otras personas rezar, sabemos de quienes no se olvidan nunca de hacer sus oraciones en la mañana y en la noche, vamos a una iglesia y vemos a otras personas recogidas en silencio, de rodillas o sentados, en meditación, en oración; y quizá sentimos desazón en nosotros porque hay ocasiones en que parece que estamos rezando pero quizá andamos perdidos, nos contentamos en repetir unos rezos o nuestra mente anda como loca por otros lugares en su imaginación, aunque quizás demos la impresión que estamos enfrascados en nuestra oración. ¿Les pasa igual a otras personas? ¿Cómo hacer que mi oración sea oración de verdad? Parece que no terminamos de aprender, no sabemos cómo hacer.
Porque los discípulos veían a Jesús orando un día vienen a pedirle ‘Maestro, enséñanos a orar’. En el evangelio de Mateo que ahora estamos siguiendo nos encontramos en el sermón del monte que se inició con las bienaventuranzas. Y entre todas las cosas que va desgranando Jesús en su enseñanza ahora llega el momento en que quiere enseñarnos a orar. Y si abrimos muy bien los oídos a la enseñanza de Jesús nos daremos cuenta que nos viene a decir que orar es fácil.
‘Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso’, les viene a decir Jesús. Sí, no es cuestión de muchas palabras, Dios conoce nuestro corazón, nuestras necesidades, nuestros problemas y nuestras preocupaciones. Si ya Dios lo conoce todo, ¿entonces no es necesario orar? Todo lo contrario, necesitamos orar, pero tenemos que aprender a hacerlo bien. No es que no le presentemos a Dios nuestras necesidades o queramos poner en su presencia a aquellas personas que amamos y que queremos recordar.
Es algo más grande y más hermoso pero también más sencillo. Con la forma de orar que nos está enseñando Jesús lo que El quiere es que aprendamos a saborear a Dios, a saborear su amor, a saborear su presencia. Y claro que cuando nos sintamos inundados de su presencia todo aquello que está en nuestro corazón, en nuestros deseos o en nuestros gozos va a brotar como de manera espontánea ante Dios. Pero comencemos por saborear su presencia y su amor. Por eso la primera palabra en la que tenemos que pensar y la primera que tenemos que decir es ‘Padre’.
Cuando vamos a hablar con nuestro padre o con nuestra madre la primera palabra que brota de nuestros labios es ‘papá’ o ‘mamá’. Es como llamar su atención; es como decirle ‘aquí estoy’; es sentir que ahí está nuestro papá, nuestra mamá, y con eso nos gozamos, con eso todo lo demás vendrá casi de forma espontánea. Cuando decimos ‘papá’ o ‘mamá’ no vamos con miedo, con temor; vamos con la seguridad del amor, del amor que les tenemos, pero del amor que sabemos que ellos nos tienen; vamos con la confianza de que nos sentimos amados y escuchados, de que estamos a su lado y ellos están a nuestro lado.
Desde esa experiencia humana que vivimos con nuestros padres aprendamos a vivir y gozarnos en el amor y en la presencia de Dios. Seguro que cuando lleguemos a sintonizar de verdad con su amor surgirá nuestra oración que es nuestra respuesta de amor. Saboreemos esa hermosa palabra y más que palabra con la que Jesús nos enseñó a llamar a Dios, Padre.

martes, 19 de junio de 2018

Dejémonos transformar por el amor para arrancar de nosotros esas amarguras que tanto daño nos hacen cuando no nos sabemos aceptar mutuamente


Dejémonos transformar por el amor para arrancar de nosotros esas amarguras que tanto daño nos hacen cuando no nos sabemos aceptar mutuamente

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48

Esa persona me cae mal, no la aguanto, cuando la veo se me revuelven las tripas (¡!), con todo lo que me hizo, lo que habló de mi, el daño que me hizo; por eso, si puedo, la evito, ella por su camino que yo voy por el mío y que no se tropiece conmigo.
Cosas así escuchamos demasiadas veces en nuestro entorno; cosas así podemos en algún momento nosotros sentir por dentro. Podríamos pensar en muchas cosas concretas en ese sentido; y nos encontramos con vecinos que aunque viviendo puerta con puerta no se hablan, personas que pasan indiferentes ante aquellos que un día les hicieron algo – aunque no se si tan indiferentes o con muchos sentimientos encontrados en su interior -, familiares que se han dejado de hablar porque en un momento determinado tuvieron sus diferencias, cosas que no se olvidan y se recuerdan aunque pasen los años.
Pero hemos de reconocer que todo eso produce muchas amarguras en tantos corazones, porque aunque se diga que cada uno viva su vida y cada cual aguante el palo de su vela, sin embargo en el interior no nos sentimos quizá con tanta paz. Y es triste que vivamos con los corazones rotos, que se hayan roto tantas relaciones familiares o de amistad o vecindad que en un momento quizá fueron maravillosas, porque seguimos con nuestros orgullos en nuestro interior. Y hay quien se pregunta que puede hacer, cómo resolverlo, cómo olvidar, cómo restaurar cariños o amistades perdidas. Es difícil.
Hoy Jesús nos propone tres acciones a la hora de situarnos frente a situaciones así. Jesús nos habla de cosas muy concretas; Jesús tiene en cuenta eso que son nuestros dramas interiores y lo que quiere es que encontremos la paz. Son cosas muy sencillas las que Jesús nos propone, aunque nos puedan parecer difíciles. ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, rezad por quienes os persiguen’. Tres acciones derivadas lógicamente del estilo del amor que quiere para nuestras vidas.
¿Son enemigos? ¿Por qué razón? ¿Por qué piensan distinto, tienen otra manera de concebir las cosas? ¿Porque quizá luchan contra nosotros y en esas luchas podrían hacernos daño? ¿O los consideramos enemigos porque un día hicieron algo que no nos agradó o contra nosotros o contra lo nuestro?
Pues Jesús nos dice que pongamos amor. Sí, es difícil, pero nos está pidiendo que seamos capaces de ponerlos en nuestro corazón. Y una forma de ponerlos en nuestro corazón es rezando por ellos. Simplemente desde nuestro corazón ponerlos en la presencia de Dios en nuestra oración. Y cuando seamos capaces de rezar por ellos – que es una forma ya de hacerles el bien – seguro que seguirlos haciendo el bien a esas personas en muchas cosas, estaremos poniéndolas en nuestro amor.
Cuando seamos capaces de hacer eso por quienes nos hayan dañado, nos hayan perseguido, por aquellos a los consideramos o ellos se consideran nuestros enemigos, estaremos comenzando a alejar de nuestro corazón el odio, el rencor, los resentimientos, la ira, la violencia, los deseos de venganza. Era la reacción primaria a cuanto pudieran habernos hecho, pero lo estamos transformando por la fuerza del amor, y podremos comenzar a tener paz en nuestro corazón, y se estarán alejando las amarguras que tanto daño nos hacían, y estaremos comenzando a olvidar y a perdonar.
Y Jesús nos da unas razones y motivaciones. Somos hijos de nuestro Padre del cielo, el Padre del cielo que a todos ama. ¿Vamos nosotros a enmendarle la plana a Dios diciendo que esas personas no merecen ser amadas de Dios? Si nos decimos que somos hijos de Dios y creemos en El, ¿en que nos vamos a diferenciar de los demás? Amar a los que los aman o hacer el bien a quien te haya hecho el bien, eso lo hace cualquiera. Pero un hijo de Dios que ha experimentado su amor en su vida en algo tendrá que diferenciarse. ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo’, nos dice Jesús.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Si decimos ‘Señor’ invocando a Dios es porque queremos escucharle también para descubrir su voluntad y realizar el plan de Dios en nuestra vida y en el mundo

Si decimos ‘Señor’ invocando a Dios es porque queremos escucharle también para descubrir su voluntad y realizar el plan de Dios en nuestra vida y en el mundo

Isaías 26,1-6; Sal 117; Mateo 7,21.24-27

¿Creer en Dios es solamente rezar? ¿Creer en Dios es solamente ser honrado y tratar de hacer cosas buenas? Parecen preguntas fáciles y nos encontramos diferentes posturas quizás ante lo que plantean. Desde los que reducen toda su fe a hacer sus rezos y oraciones cada día cuando se levantan, cuando van a la Iglesia o cuando se acuestan olvidando el resto del día esa presencia de Dios, los que se contentan con rezar pidiendo a Dios que les resuelva y les dé solución fácil a los problemas que se van encontrando en la vida, o por el contra los que te dicen que no hace falta rezar, que solo es suficiente con que seas bueno y trates de hacer cosas buenas a los que te quieren.
Están, pues, los que por una parte reducen toda su fe a unos actos piadosos sin ningún otro compromiso en la vida frente a los que toda su fe la reducen a hacer cosas por los demás contando demasiado poco con la asistencia y fuerza de la gracia para poder llevar adelante su compromiso reduciendo todo a un puro activismo sin mayor trascendencia religiosa. Claro que en medio podemos encontrar otras posturas más conciliadoras entre una actitud y otra, y también aquellos a los que la fe nada les dice y viven sin querer sentir esa presencia de Dios en sus vidas y en lo que hacen.
¿Qué nos dice Jesús hoy en el evangelio? No nos vale decir ‘Señor, Señor’ sin que esas expresiones tengan trascendencia y repercusión en la vida que vivimos. ‘No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’. No es solo decir ‘Señor, Señor’, sino que es necesario escuchar al Señor, conocer su voluntad para poder realizarla en la vida. ‘El que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’.
Los que seguimos a Jesús queremos vivir y realizar en la vida lo que es el Reino de Dios. No decimos que seguimos a Jesús solamente porque nos sentimos atraídos por El, sino que en El estamos descubriendo un camino, un sentido de vida, un sentido y un valor a lo que es nuestro mundo y lo que en él tenemos que realizar. No simplemente queremos ser buenos y hacer aquellas cosas que nos parecen buenas desde nuestra pura subjetividad, sino que queremos realizar el plan de Dios, lo que es el Reino de Dios.
¿Cómo podremos realizar el plan de Dios sin Dios, el Reino de Dios sin Dios? No podemos prescindir de El sino que con El tenemos que contar; primero escuchándole para conocer lo que es su voluntad, luego realizándolo en el quehacer de nuestra vida pero no solo por nuestras fuerzas o nuestra buena voluntad, sino con la fuerza de su gracia, con la fuerza de su Espíritu que actuará en nosotros.
Tendremos que decir, sí, ‘Señor, Señor’, porque queremos reconocer que en verdad es el Señor de nuestra vida, queremos mostrarle todo nuestro amor y nuestra alabanza, queremos darle gracias por esos dones que de El continuamente recibimos, pero queremos también escucharle para conocer su voluntad, para que sea en verdad su Espíritu el que nos ilumine y nos guíe, el que nos dé la fuerza que necesitamos para realizar su plan, para construir de verdad el Reino de Dios.
No solamente amaremos y  haremos cosas buenas a los que nos aman, sino que aprenderemos entonces la amplitud que ha de tener nuestro amor. No solamente nos contentaremos con ser buenos y honrados, sino que descubriremos entonces todo el compromiso que ha de haber en nuestra vida por hacer un mundo mejor, un mundo más justo y más solidario, un mundo donde todos en verdad seamos más felices.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Jesús nos enseña la revolución del amor que será la única que puede transformar nuestro mundo

Jesús nos enseña la revolución del amor que será la única que puede transformar nuestro mundo

1Cor. 8, 1-7.11.13; Sal. 138; Lc. 6, 27-38
Alguien ha escrito que ‘nos encontramos con el trozo más revolucionario del Evangelio’. Quizá nos hemos acostumbrado a escucharlo, pero reconozcamos que aunque lo hemos escuchado y comentado muchas veces es una página que se nos atraviesa y no se nos hace fácil ponerla en práctica.
Como siempre digo, trato de ponerme en la situación de quienes escucharon por primera vez estas palabras directamente de labios de Jesús, que si ya les había sido sorprendente lo que le escuchaban en el principio del sermón del monte con el anuncio de las bienaventuranzas - las escuchábamos ayer -, no sería menos la sorpresa ante lo que les siguió diciendo Jesús y que hoy escuchamos.
Amor a los enemigos, bendiciones para quienes nos maldicen, oraciones por los que nos injurian, responder a la violencia con gestos de mansedumbre y amor, dar a cualquiera que nos pida y prestar sin esperar que se nos devuelva son cosas bien sorprendentes que no caben en los esquemas de actuación que solemos tener en nuestra cabeza y en nuestra manera de hacer o relacionarnos con los demás.
Pero Jesús está anunciando un mundo nuevo al que llamamos Reino de Dios y ya nos pedía desde el principio que para aceptar esa Buena Nueva que El nos venía a proclamar había que cambiar totalmente los esquemas de nuestra vida. Conversión, nos pedía, pero nos acostumbramos a la palabra y ya no le damos el sentido profundo que tiene que sentir. Es dar la vuelta totalmente a nuestra manera de actuar, si en verdad queremos poner a Dios en el centro de nuestra vida. Eso es el Reino de Dios, poner a Dios en el centro, que vendrá a ser entonces toda la motivación de lo que hagamos y todo el sentido de nuestro vivir.
Como tantas veces hemos reflexionado, no se trata de seguir con las mismas cosas o con la misma manera de vivir si en verdad nos convertimos a Dios porque en El hemos encontrado la salvación y el sentido de nuestra vida. Seguir con lo mismo significa que no hemos encontrado aun el sentido del evangelio. Y tras veinte siglos aun seguimos renqueando porque aunque nos llamemos cristianos y todo eso que decimos aun no nos hemos impregnado totalmente del espíritu y del sentido del evangelio. ¿No es señal de eso que nos sintamos sorprendidos con páginas del evangelio como esta que hemos escuchado y que tanto nos cuesta vivir?
Es la revolución del amor la que nos viene a proponer Jesús. Muchas revoluciones y guerras nos hacemos cuando decimos que queremos mejorar nuestro mundo, pero todas nos llevarán al fracaso porque siempre la violencia va a engendrar más violencia y todo va a ser como una espiral que no se acaba sino que se agranda.
La espiral que tenemos que meter en nuestro mundo es la del amor. Y a esto es a lo que nos enseña Jesús hoy cuando nos habla del amor a los enemigos, o nos dice que tenemos que bendecir a los que nos maldicen o rezar por aquellos que nos hacen daño; es lo que nos enseña Jesús cuando nos dice que nunca tenemos que responder con violencia a quien nos injuria o nos hace violencia y como Jesús nos ha dejado una frase bien significativa de poner la otra mejilla, ya no nos lo tomamos en serio y no llegamos a responder con amor a quienes nos odian o nos hacen daño, sea cual sea.
Os digo una cosa, cuando nos vemos insultados o tratados mal seguro que lo pasamos mal y nos surge pronto dentro de nosotros esos deseos de venganza y de respuesta violenta; te digo, intenta, aunque te cueste, rezar no solo para que el Señor te ayude a soportar pacientemente ese mal que te hayan podido hacer, sino a rezar por aquellos que te injurian o hacen daño, y vas a sentir una paz en tu interior que vale más que todos los oros del mundo. No es la venganza la que te dará paz o satisfacción, es esa respuesta de amor hecha oración la que va a producir la paz más hermosa en tu corazón.
Y ¿dónde encontramos el motivo y la fuerza para todo esto?  ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’, nos viene a decir. Nuestro modelo está en el amor de Dios. Un amor que nosotros hemos de vivir en su mismo estilo y en su misma medida. El amor de Dios no tiene fronteras y así ha de ser nuestro amor. Porque si nos decimos amados de Dios, pero luego nosotros amamos con un amor lleno de límites, porque amamos solo a los que nos aman, porque hacemos el bien solo a los que nos hacen el bien, ¿en qué nos estamos diferenciando? Nuestro modelo y nuestro estilo es el amor de Dios.