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sábado, 15 de marzo de 2025

No podemos andar con mediocridades en la vida porque señala nuestra pobreza, de ninguna manera puede andar el que se dice discípulo de Jesús con medidas mediocres cuando se trata de amor

 


No podemos andar con mediocridades en la vida porque señala nuestra pobreza, de ninguna manera puede andar el que se dice discípulo de Jesús con medidas mediocres cuando se trata de amor

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

El que anda con mediocridades en la vida manifiesta la pobreza de su espíritu. Con esto es suficiente, nos decimos muchas veces, para que dar más si con eso tiene para sus necesidades elementales. Así andamos muchas veces con nuestras medidas; claro las medidas con las que damos a los demás, porque bien distintas son las medidas que queremos usar cuando se trata de nosotros recibir.

Bueno y no se trata solo de lo que demos o de lo que recibamos, que esa mediocridad la damos también muchas veces en nuestros trabajos lo mismo que en nuestras metas. Para qué voy a esforzarme más sin ya con eso apruebo dice muchas veces el estudiante eludiendo el esfuerzo, contentándose con lo fácil, habiendo perdido la ilusión de lo mejor y quizás mañana nos damos cuenta si hubiéramos estudiado bien aquello, si nos hubiéramos esforzado más en aquella materia que nos parecía menos importante, y nos encontramos con lagunas en la vida, en la formación, en la preparación con lo que luego no podemos responder a la altura que se nos pide.

Para qué esforzarnos, nos dijimos un día y ahora nos damos cuenta de nuestras carencias. Ya estudié lo que era necesario en mis tiempos de estudiante, ahora los libros, la actualización de la vida lo dejamos aparte, y nos encontramos con tantos vacíos, pero aun, nos encontramos con tanto vacío en nuestro espíritu. Es la peor pobreza, la de nuestro espíritu.

La madurez de nuestra existencia nos está pidiendo que demos un paso más, que vayamos más allá y más arriba, que no nos quedemos en la mediocridad, que tengamos siempre deseos de crecer, que lleguemos a ser capaces de dar lo mejor, lo más profundo de nosotros mismos. Serán nuestras responsabilidades, será lo que podemos contribuir a hacer nuestra sociedad mejor, serán las motivaciones hondas que tengamos en nuestro corazón, será la medida de nuestro amor.

Es de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Nos pone el listón del amor bien alto. Nos contentamos a amar a los que nos aman, somos amigos de nuestros amigos, ayudamos al que a mi me ayuda, hoy me toca a mi pero ya sabes que mañana te toca a ti. Seguramente nos suenan estas palabras. Porque son las medidas que usamos habitualmente, suele ser hasta donde pensamos que tiene que llegar la medida del amor.

Dar un paso más para ayudarle a aquel que nunca ayuda a nadie, eso nos parece un heroísmo; ser capaces de ser amables con aquellos que quizás pasan serios a nuestro lado y ni nos miran a la cara, eso nos parece impensable; tener paciencia con aquel que siempre nos está molestando y llegar incluso a ayudarle cuando le vemos muy apurado en su necesidad, bueno, eso sería un milagro por nuestra parte que llegáramos a hacerlo.

Nuestras mediocridades, encerrados en nosotros mismos como si nosotros fuéramos los únicos y más valiosos del mundo. Así vamos tantas veces arrastrándonos por la vida. Por eso nos cuesta tanto entender el mensaje de Jesús. Porque cuando Jesús nos dice que también tenemos que amar a nuestros enemigos y hasta rezar por los que nos han hecho mal o nos han hecho daño, eso ya nos parece imposible y a eso no somos capaces de llegar.

Pues ese es el listón que nos está poniendo Jesús. Porque si amamos a los que nos aman, ¿qué mérito tenemos? Eso lo hace cualquiera. Si saludamos solo a los que nos saludan, como dice Jesús, eso hasta los que no tienen fe lo hacen. En nosotros tiene que haber algo especial cuando hemos recibido la buena nueva del evangelio diciéndonos todo lo que nos ama Dios. ¿Nos podemos quedar encerrados en lo mismo?

Es tajante Jesús. Claro, El ha ido por delante en ese amor. Lo ha hecho, así ha amado, así nos ama a nosotros que aunque nos creemos que nos lo merecemos todo, bien que somos pecadores. Pues, quien ha experimentado en su vida ese amor de Dios, no puede menos que amar y amar con un amor semejante. Por eso tajantemente terminará diciéndonos Jesús que tenemos que ser perfectos como nuestro Padre del cielo lo es, tenemos que ser misericordiosos como lo ha sido Dios con nosotros.

¿No tenemos la muestra de lo que es ese amor de Dios en Jesús que por nosotros se dio y llegó a morir en una cruz? Y no hay amor mayor que el de quien da su vida por aquel a quien ama. Y Jesús terminará diciéndonos en el evangelio que amemos con un amor como el suyo. Será el mandamiento del amor.

¿Seremos capaces de intentar ponernos en nuestro amor a esa altura? ¿Llegaremos de verdad a entender lo que es un amor verdadero? Ya seguirá mostrándonos este camino de Cuaresma lo que tenemos que entender por amor.

sábado, 20 de agosto de 2022

Ser humilde es exigirnos a nosotros mismos para estar siempre en camino de búsqueda de metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto somos

 


Ser humilde es exigirnos a nosotros mismos para estar siempre en camino de búsqueda de metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto somos

Ezequiel 43, 1-7ª; Sal 84;  Mateo 23, 1-12

Las mediocridades suelen ser pendientes muy resbaladizas, y las pendientes nos suelen precipitar al abismo. Yo soy bueno decimos, y vamos haciendo lo que buenamente podemos y nuestra vida se convierte en ramplona, no salimos del pe al pa, no avanzamos, siempre andamos en lo mismo, hace falta esfuerzo y deseos de superación.

Claro que cuando nos contentamos lo de siempre podemos convertir en principios inmutables lo que pudieron haber sido buenas costumbres que valían en otro momento, y aquello quedó obsoleto, fuera de lugar en el momento presente, no hubo búsqueda sincera y profunda de algo mejor, y terminamos por imponer cosas que se quedan en superficiales, pero que las queremos convertir en leyes y normas.

No eran malos los fariseos, querían ser cumplidores y se toman muy radicalmente cosas que pudieron valer en otro momento negándose a abrirse a algo nuevo y renovador. Claro que con su influencia social su estilo que decían muy de cumplidores, pero que a la larga era ramplón por lo repetitivo y por lo rutinario se quería imponer a los demás. No había apertura en su corazón sino cumplimiento ciego y radical llenando la vida de los que los rodeaban de agobios y angustias al sentirse incapaces de vivir encorsetados en tantas normas y reglas y se manifestaba todo eso en una falta de paz en el corazón.

Jesús viene abriéndonos caminos, enseñándonos a aspirar a lo más alto, pero al mismo tiempo a darle profundidad hasta en las cosas más pequeñas cuando le damos el sentido más verdadero. No nos quiere encorsetados en normas que nos tratan de imponer, sino que quiere la autenticidad del corazón. No quiere que nadie se sienta esclavo de nadie, pero nos enseña también que nuestro camino no es el imponernos los unos a los otros, sino el de caminar como hermanos que se dan la mano para superar esos obstáculos y escollos de la vida. Quiere alejar de nosotros todo lo que signifique vanidad y nos hace darnos cuenta que el orgullo es mal compañero para el camino de la vida. Lejos de nosotros la búsqueda de títulos o de pedestales, de reverencias o de reconocimientos que despierten  nuestro ego que pronto se llene de orgullo. Es en el espíritu de la humildad y de la sencillez, donde todos nos sentimos igualmente débiles, pero cuando caminamos juntos nos sentimos más fuertes, el sentido que le hemos de dar a nuestro camino.

‘Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabí”, porque Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque Uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías’.

Por eso terminará diciéndonos algo que muchas veces nos repetirá y que tanto nos cuesta comprender y aceptar. ‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

Ser humilde no es llevar una vida ramplona; ser humilde es ser sencillo y saber ponernos a la altura del otro; es reconocer nuestra debilidad, pero reconocer también los valores que Dios ha puesto en nuestro corazón que hemos de desarrollar. Ser humilde no es ocultar los talentos, sino exigirnos a nosotros mismos para no quedarnos en la rutina, para no quedarnos en una vida ramplona y repetitiva de lo de siempre, para estar siempre en camino de búsqueda, para saber levantarnos para buscar metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto tenemos en nosotros. Por eso nos dirá que el que se humilla, será enaltecido, porque llegará a encontrar la verdadera grandeza de su vida.

viernes, 22 de octubre de 2021

No solo hemos de ser capaces de hablar del tiempo, sino que hemos de saber discernir y opinar en la que sucede en nuestra sociedad y también en la Iglesia

 


No solo hemos de ser capaces de hablar del tiempo, sino que hemos de saber discernir y opinar en la que sucede en nuestra sociedad y también en la Iglesia

Romanos 7, 18-24; Sal 118; Lucas 12,54-59

Hoy estamos pendientes al final de los telediarios de cada día para ver las previsiones que nos hace el hombre del tiempo. Con los métodos científicos de los que se dispone hoy desde las lecturas de las cartas de isobaras y no sé cuántas más cosas, con las informaciones que nos dan los satélites que estar orbitando continuamente alrededor de la tierra nos hacen esa lectura del tiempo que vamos a tener.

Nuestros mayores que no disponían de esos métodos científicos sin embargo mirando el correr de las nubes, el volar de las aves o los colores del cielo nos hacían también sus pronósticos sabiendo hacer a su manera también una lectura y predicción del tiempo. Todos más o menos nos damos de enterados en estas cosas por lo que vemos o por lo que oímos o por nuestras particulares impresiones. Qué fácil es hablar del tiempo, del que hizo, del que hace o del que va a hacer.

Queremos ser sabios en unas cosas pero luego quizá no aparezca tanto esa sabiduría para hacer una lectura de la vida. Simplemente vamos viviendo, dejando discurrir el tiempo y cuanto sucede, a lo sumo escuchando en tantas tertulias que proliferan por aquí o por allá y recibiendo sus influencias, pero no somos capaces de hacer por nosotros mismos esa necesaria lectura de la vida que tendríamos que saber hacer.

Entramos con facilidad en un mundo de mediocridad, porque no terminamos de hacernos unos juicios propios de lo que sucede en la vida; vemos que se repiten una y otra vez muchos acontecimientos de la vida de nuestra sociedad y no somos capaces de afrontar con ideas claras unos caminos de solución sino que los dejamos la mayoría de la veces en lo que opinan o dicen los demás sin tener nuestros propios criterios.

Nos hacemos vagos para pensar y para razonar, nos cuesta ponernos a reflexionar para aprender de la vida, simplemente dejamos hacer, que otros piensen, que otros tomen decisiones, y no terminamos de implicarnos en la vida. Creo que esto es muy serio. No somos capaces de desarrollar todas nuestras capacidades o nuestras posibilidades; tenemos quizás unas ideas que muchas veces son muy vagas y elementales, pero no terminamos de profundizar.

Es cierto que tenemos que escuchar lo que otros dicen, pero no nos lo tragamos todo, sino que tenemos que hacer nuestro discernimiento, exponer las cosas desde nuestro encuadre, de nuestra visión, que por supuesto enriquecemos también en el diálogo con los demás. Y eso en todos los aspectos de la vida, la vida social, la vida política, la vida cultural, la vida religiosa y eclesial también.

Es lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio. La necesidad de esa madurez en nuestra vida para poder discernir claramente los caminos que debemos de tomar. Porque no somos buenos solamente porque nos dejamos arrastrar por lo que hay en nuestro entorno y a todo decimos sí, sino en la medida en que discernimos y tomamos con madurez nuestras propias decisiones mintiendo una línea y un ritmo de camino.

Y esto nos falta mucho en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana, donde no hemos profundizado y madurado como cristianos lo suficiente y así andamos con nuestras superficialidades, nos dejamos arrastrar por la desgana o caemos fácilmente por la pendiente resbaladiza de la tibieza en nuestra vida espiritual, en nuestros compromisos cristianos.

Y esto nos falta en nuestra participación en todo lo que es la vida de la Iglesia, de la que formamos parte desde nuestro bautismo pero que no siempre nos sentimos en profunda comunión de Iglesia; los asuntos de la Iglesia parece que hay que dejarlos en manos de otros  y que ellos sean los que tomen las decisiones o los que nos marquen las pautas y nos dirijan.

Estamos en estos momentos en un momento eclesial muy interesante, del que quizá no terminamos de enterarnos. El Papa nos ha convocado a toda la Iglesia a que hagamos un camino sinodal. El Sínodo de los Obispos el Papa lo convoca cada cierto tiempo para tratar asuntos que afectan a toda la vida de la Iglesia, pero ahora ha querido el Papa que no solo sean unos obispos reunidos en Roma los que realicen el Sínodo, sino que partamos desde nuestras diócesis y desde nuestras parroquias ese camino de consulta al que nos llama el Papa. En estas pasadas semana fue la apertura de este camino sinodal para toda la Iglesia desde Roma, pero el pasado domingo se ha iniciado en nuestras Iglesias particulares, en nuestras diócesis. Es esa lectura de los signos de los tiempos de lo que está sucediendo en nuestra Iglesia.

¿Nos habremos enterado? ¿Estaremos mostrando algún interés por esta llamada a la participación? ¿Seguiremos quizás con nuestra mediocridad y falta de interés ante este camino que se nos invita a hacer? Tratemos de enterarnos, qué está sucediendo, qué se está programando en este sentido desde nuestras comunidades parroquiales. También nosotros tenemos algo que opinar, también nosotros hemos de participar. 


sábado, 27 de febrero de 2021

El amor cristiano no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes, simplemente sintámonos hijos amados de Dios y correspondamos con un amor igual

 


El amor cristiano no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes, simplemente sintámonos hijos amados de Dios y correspondamos con un amor igual

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118;  Mateo 5, 43-48

Bueno,  no nos pongamos así, exigentes, que la cosa no es para tanto, yo hago lo que puedo; bueno, yo no soy tan mala persona, soy amigo de mis amigos. Y así nos ponemos a jugar a las rebajas porque, decimos, una cosa son los ideales, y otra es la realidad con que nos tropezamos cada día, porque hay cada uno.

Y esto no lo dice uno que vive alejado de todo sentimiento religioso, uno de tantos que nos podemos encontrar por ahí, sino que muchas veces esto lo oímos en el seno de la propia comunidad cristiana, entre los que vamos a misa el domingo, los que nos llamamos cristianos y hasta quizás nos hemos apuntando a alguna asociación religiosa o alguna cofradía. Así andamos los cristianos con nuestras mediocridades, así andamos sin metas ni ideales, así vamos poco menos que arrastrándonos haciendo, como solemos decir, lo que podemos pero no me exijan más.

Y hoy directamente nos pregunta Jesús ¿Qué estás haciendo de especial cuando dices que te llamas cristiano? Si amas solamente a los que te aman, ayudas a los que te ayudan y de ahí no pasas, eso lo hacen también los que no son cristianos, los gentiles, en una honradez y rectitud de quienes comparten un mismo mundo. En algo tendremos que diferenciarnos. ‘Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’

Con esa mediocridad andamos por la vida. En tantos aspectos, en todo lo que pueda significar superación o espíritu de sacrificio para alcanzar mejores objetivos, más altas metas. Es la mediocridad de nuestro amor con el que no convencemos a nadie. Porque no somos más cristianos porque llevemos una medalla al cuello, sino cuando con nuestra vida estamos reflejando el amor de Dios en el amor que nosotros tenemos a los demás.  ‘Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial’, nos viene a decir.

La meta que nos propone Jesús es que lleguemos a amar a los enemigos, a los que nos hacen mal. Es la sublimidad del amor cristiano; bien distinto de aquello que tan fácilmente decimos de que somos amigos de mis amigos. Ser amigo del que ya es amigo mío no tiene nada de especial, es simplemente corresponder. Y es que en el camino del amor cristiano siempre tenemos que ir por delante, ser capaces de tomar la iniciativa, no estamos esperando a que nos amen para nosotros amar.

Por eso hoy nos dice claramente Jesús contraponiéndolo a lo que parece que seria lo normal o lo  habitual: ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Amar que significa llegar a rezar por aquellos que nos hacen mal. No es fácil, pero si quieres comenzar a tener un amor en el estilo de Jesús comienza por ahí, aunque te repugne comienza por rezar por aquel que te haya injuriado, por aquel que te ha hecho mal, por aquel que dice mal de ti, por aquel a quien cualquiera consideraría un enemigo; para nosotros no es un enemigo, para nosotros es un hermano al que tengo que amar y comienzo por rezar por él; cuando seas capaz de hacerlo, estarás amándolo ya casi sin darte cuenta. Hacedlo que al final no es tan difícil, porque lo que por otra parte comenzarás a sentir en tu corazón bien merece la pena.

El amor cristiano, es cierto, no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes; simplemente sintámonos hijos amados de Dios y comencemos a mirar con los ojos de Dios, como en otro momento hemos reflexionado, y a amar con el amor de Dios.

domingo, 16 de febrero de 2020

Vivamos un camino de ascensión y de superación que nos dé una verdadera hondura espiritual y humana y cristianamente nos conduzca a una mayor plenitud



Vivamos un camino de ascensión y de superación que nos dé una verdadera hondura espiritual y humana y cristianamente nos conduzca a una mayor plenitud

Eclesiástico 15, 16-21; Sal 118; 1Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37
El camino de la vida en cierto modo es una ascensión; un camino ascendente que siempre nos ha de llevar a más. Vamos teniendo por decirlo así unas metas parciales, pero conseguidas estas buscamos otras más altas; no nos podemos quedar en esa primera meta parcial que hayamos conseguido porque sería como si nuestros esfuerzos se convirtieran en inútiles e inservibles.
Queremos más, y no es solo en el aspecto de ganancias materiales – que también es justo que en ello vayamos subiendo – sino en todo lo que son buenas aspiraciones de la vida en el nivel humano, en el nivel profesional, en el nivel de la familia, o de lo que queramos incluso conseguir para la humanidad. La imagen la tenemos en el deportista que cada día supera sus retos, en el atleta que pone cada día el listón más alto y no se contenta con lo ya conseguido.
En ese aspecto humano de la vida vamos logrando superar unos retos cada día que nos hagan mejores, más humanos, que nos lleven a cultivar los mejores valores; es el espíritu de superación y de crecimiento que ha de haber en todo ser humano en que nunca lo damos todo por hecho, sino que siempre queremos dar un paso más en nuestra madurez humana y en la asunción de responsabilidades. Igual decimos en el plano profesional como en lo que luchamos por hacer también que nuestra sociedad sea mejor y más humana cada día.
Y así ha de ser en el cultivo de nuestra propia espiritualidad y de nuestro ser cristiano. A esto nos invita Jesús en el evangelio. Hoy nos habla de alcanzar plenitud. Y será así como se va purificando y ahondando más y más nuestro amor que nos va haciendo extremadamente delicados en sus expresiones y en su vivencia. No nos contentamos con decir que no matamos a nadie, sino que vamos analizando posturas, gestos y palabras que tengamos con los demás para que ya no solo evitemos cualquier ofensa que podamos hacerle sino que además le expresemos con mayor intensidad nuestro amor.
Por eso Jesús nos dice hoy que no ha venido a abolir la ley y los profetas – que eran los pilares de toda la espiritualidad del pueblo de Israel – sino que hemos de hacer que hasta los más pequeños detalles nos tienen que conducir a darle la mayor y mejor plenitud. Nos dice que podrán pasar el cielo y la tierra, pero ha de cumplirse hasta la última jota o tilde de la ley. No es buscar legalismo por legalismo – eso nunca lo querrá Jesús – sino encontrar el sentido  hondo de la cosas poniendo verdadero amor en lo que hacemos y en lo que vivimos que será lo que dará verdadera plenitud a nuestro ser.
Así nos hablará luego del respeto y valoración que siempre hemos de hacer de las personas poniendo todo nuestro amor para que el matrimonio, por ejemplo, adquiera todo su sentido y valor. Es la autenticidad y la veracidad de la que hemos de hacer gala en la vida porque si obramos siempre en rectitud nuestra palabra estará siempre llena de sentido y la verdad brillará por si misma sin necesidad del juramento.
Pero todo esto significa los pasos que hemos de ir dando en nuestra vida cada día, unos pasos que nos lleven a más, unos pasos que nos lleven a crecer y a madurar, unos pasos que nos ayudan a ir superando en cada momento buscando siempre lo mejor. Hemos de reconocer que no es fácil porque pueden aparecer los cansancios y las rutinas, la tentación continuamente nos está acechando y el conformismo puede hacer aparición en nuestra vida que sería nuestro gran enemigo.
Siempre ha de ser camino de ascensión como decíamos al principio. Y ya sabemos que cuando subimos la montaña nos aparecen los cansancios, el conformismo de decir bueno ya es suficiente que desde aquí se ve bien bonito, y tenemos el peligro de no llegar hasta la cima donde alcanzaríamos la plenitud de la montaña y la belleza de cuanto desde allí podemos contemplar.
De ahí la mediocridad peligrosa en que podemos vivir nuestra vida cristiana cuando nos falta este espíritu de ascensión. Cuando nos entra esa tibieza espiritual en lugar de crecer lo que hacemos es que nos vamos destruyendo. Nos sucede a tantos con nuestro conservadurismo espiritual; nos contentamos con poco y así es la flojera que vemos en nuestras comunidades cristianas a las que les falta vitalidad, empuje, espíritu apostólico, ser verdaderos misioneros en medio del mundo.
La pendiente de la tibieza espiritual es muy peligrosa porque cada día en lugar de ascender lo que hacemos es que bajamos más, nos hundimos más. El espíritu mundano, materialista y sensual que nos rodea nos va comiendo, nos va haciendo perder nuestro sentido, nuestra verdadera espiritualidad que tiene que ser siempre ascendente y de empuje fuerte. Tenemos que saber ser exigentes con nosotros mismos.
Escuchemos con corazón bien abierto la Palabra del Señor y dejémonos interpelar por ella y demos respuestas de vida porque verdaderamente despertemos de ese letargo en que tantas veces caemos en nuestra vida espiritual y cristiana.

sábado, 16 de marzo de 2019

La sublimidad del amor cristiano hace que comencemos a amar primero, no estar esperando a que me amen, porque eso lo hace cualquiera


La sublimidad del amor cristiano hace que comencemos a amar primero, no estar esperando a que me amen, porque eso lo hace cualquiera

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48

Decimos que queremos lo mejor, pero no sé si siempre estaremos llevando las cosas a lo mejor, si somos capaces de intentar de verdad superarnos para alcanzar lo que es mejor. Cuando las cosas nos parece que van bien ya nos contentamos con lo que hemos conseguido aunque sabemos que con un poco de más esfuerzo podríamos alcanzar algo mejor. Ante esos buenos deseos nos dejamos vencer por la pereza, la desgana, o simplemente el hacer lo que todos hacen. Nos dejamos arrastrar por una cierta mediocridad y como se suele no decir no llegamos a poner toda la carne en el asador.
Somos buenos, nos decimos, porque queremos a los que nos quieren, hacemos el bien a los que antes nos hayan hecho el bien a nosotros, y parece como si estuviéramos pagando lo bueno que nos hacemos, porque ni menos ni más, sino en la misma medida que tienen con nosotros. Parece como si nos faltara iniciativa en el amor. Pero con el pensamiento que Jesús nos ofrece hoy en el evangelio, ¿qué mérito tenemos? Eso lo hace cualquiera.
Las metas que nos ofrece Jesús es que seamos capaces de ir más allá, de alcanzar lo más alto, de buscar siempre lo mejor, aunque ya hagamos lo bueno que todos hacen. ¡Plus ultra!, nos está diciendo Jesús. Por eso la amplitud del amor que Jesús nos pide es universal, en donde tienen que caber todos, no solo los que me hacen el bien, sino incluso aquel que me haya hecho daño.
Y nos propone Jesús que seamos perfectos, como nuestro Padre celestial es perfecto. Nuestro amor tiene que ser siempre imagen de lo que es el amor de Dios. Aunque nos cueste o nos parece en ocasiones imposible. Con Dios nada es imposible, porque El siempre derrama sobre nosotros la fuerza y presencia de su Espíritu.
‘Sed perfectos, nos dice Jesús, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Tenemos que aspirar a la perfección de Dios, tenemos que imitar el amor infinito de Dios, que nos amó primero, como nos dirá san Juan en sus cartas. Y como nos dice san Padre ‘el amor de Dios consiste en que siendo nosotros pecadores, nos amó y se entregó por nosotros’.
Tenemos que amar primero, no estar esperando a que me amen, porque eso lo hace cualquiera. No nos basta decir que somos amigos de nuestros amigos; eso tiene ya una limitación, restringe nuestro amor. ‘Si saludáis solo a los que os saludan, ¿qué hacéis de extraordinario?’ Fijémonos cómo en la vida vamos ignorándonos unos a otros; las carreras de la vida moderna hacen que pasemos el uno al lado del otro ni nos miremos, ni nos saludemos, nos ignoremos por completo; qué inhumanos nos vamos haciendo, y casi lo hacemos sin darnos cuenta sino por la inercia de lo que todos hacen.
Y Jesús se entregó por todos y cuando nos dice que amemos como su único mandato, nos señala que lo hagamos como El nos ha amado. ‘Así seremos hijos de nuestro Padre que está en el cielo’. Como nos dice el salmo ‘dichoso el que camina en la voluntad del Señor’. Y nos decía tambien el Deuteronomio; ‘El será tu Dios, tú irás por sus caminos, guardarás sus mandatos, preceptos y decretos, y escucharás su voz’.

martes, 4 de agosto de 2015

Jesús siempre viene a nuestro encuentro, tiene una palabra de ánimo para nosotros y nos llena de una nueva vitalidad

Jesús siempre viene a nuestro encuentro, tiene una palabra de ánimo para nosotros y nos llena de una nueva vitalidad

Números 12, 1-13; Sal 50; Mateo 14, 22-36
Jesús siempre viene a nuestro encuentro cualquiera que sea la situación en la que nos encontremos. Creo que es algo que no deberíamos olvidar. Sobre todo cuando nos sentimos solos o en los peores momentos de nuestra vida. Nos parece que no podemos, que no avanzamos, que no alcanzamos las metas propuestas, pues abramos bien los ojos de la fe y descubramos su presencia; no nos engañemos, no pensemos en fantasmas, como tampoco estemos buscando hechos especialmente milagrosos, porque llega el Señor cuando menos lo esperamos y de la manera quizá que menos pensamos.
Cuantos miedos nos atenazan en la vida que nos hacen perder el pie, perder la paz. Todo se nos vuelve oscuro porque los problemas pueden ser muchos y quizá duros, o porque nos habíamos trazados unos planes que quizá no eran verdaderamente los planes de Dios, sus designios divinos. Y se nos hace difícil ver, se nos hace difícil creer. Nos parece que nos hundimos.
Es lo que nos refleja el evangelio de hoy. Jesús los pone en camino; han de atravesar el lago para ir a la otra orilla; el trayecto se les está haciendo muy costoso, porque los vientos los tienen en contra y el mar, el lago parece que se va a embravecer. Van solos; o al menos eso es lo que ellos piensan. Porque cuando mas dura se les está haciendo la travesía, resulta que Jesús va a su lado, pero no lo saben ver.
Les parece que es Jesús pero les parece también un fantasma; quieren pruebas; Pedro quiere caminar también sobre las aguas como Jesús, pero sigue dudando y sigue teniendo miedo; con dudas y con miedos no se puede tener seguridad, y comenzó a hundirse. Pero allí está Jesús que tiene su mano.
Cuando Jesús está a nuestro lado siempre nos está tendiendo la mano para que tengamos seguridad; siempre nos está poniendo el camino porque no nos podemos quedar siempre en la misma orilla; con Jesús aparecerán iniciativas nuevas, nuevos impulsos, nos sentiremos siempre estimulados a lo mejor porque no nos podemos quedar en mediocridades, siempre tenemos que tender a más.
‘No tengáis miedo’, les dice Jesús. Y cuando tienen la seguridad de que Jesús está con ellos vuelve la calma; con la seguridad de que Jesús está con nosotros no nos faltará la paz aunque tengamos los vientos en contra, aunque nos sea dificultoso el camino o algunas veces no tengamos por donde salir.
Es la firmeza de nuestra fe. Es la confianza que el Señor despierta en nosotros. Son los nuevos impulsos que sentimos movidos por su Espíritu. Son las nuevas tareas que somos capaces de emprender. Son esas iniciativas que nos sugiere el Espíritu en la tarea de la nueva evangelización. Con Jesús no nos hundimos. Tenemos seguridad. Abramos bien los ojos de nuestra fe para vivir a Jesús que nos sale al encuentro en todo momento, en toda circunstancia, en toda ocasión. Jesús siempre tiene una palabra de ánimo para nosotros y nos llena de una nueva vitalidad.

domingo, 23 de febrero de 2014

Un evangelio que no es para timoratos ni mediocres



Un evangelio que no es para timoratos ni mediocres

Lev. 19, 1-2.17-18; Sal. 102; 1Cor. 3, 16-23; Mt. 5, 38-48
El evangelio no lo entienden los timoratos, los que siempre andan a medias tintas, los que no son capaces de mirar a lo alto, más allá, más arriba, sino que se quieren quedar siempre en los mínimos o en lo que suponga el menor esfuerzo. El evangelio es para el que quiera tener un alma grande y tenga aspiraciones siempre a lo mejor y a lo más hermoso, el que tiene ansias de perfección y plenitud. Por eso en este mundo tan lleno de mediocridad cuesta tanto entender el evangelio, queremos estar haciéndonos nuestras componendas, buscando interpretaciones y rebajas.
Ante la página del evangelio que hoy hemos escuchado habremos oído quizá decir a muchos que bueno, eso está muy bonito, son hermosos ideales, pero que tenemos que saber interpretar lo que nos dice Jesús, porque las cosas no hay que tomárselas con tanta radicalidad. Son los mediocres y los timoratos; y cuidado no seamos nosotros de ellos también, porque le tengamos miedo a enfrentarnos de verdad y sin tapujos a esta página del evangelio, que forma parte del sermón del monte. Ya desde las primeras palabras del sermón del monte, donde se  nos proclaman las bienaventuranzas nos estamos haciendo nuestras interpretaciones que las suavicen y que nos las den en rebajas. No ha de ser esa nuestra postura ni nuestra manera de acercarnos al evangelio de Jesús.
Perdónenme quienes me escuchan, pero es el primer pensamiento que el Señor me ha sugerido en mi corazón al querer explicaros esta página del evangelio. Y comienzo diciéndomelo a mi mismo, porque soy tan pecador y tan mediocre como cualquiera de vosotros y tengo también la tentación de querer suavizar en mi favor la Buena Nueva del Evangelio, con lo que le estaría quitando o restando toda la verdad que contiene la Palabra de Jesús.
Tenemos que comenzar por lo que ya nos decía el libro del Antiguo Testamento, lo que Moisés le decía al pueblo de parte de Dios: ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios,  soy santo’. No se trata simplemente de que tengamos que ser buenos. Es mucho más. ‘Seréis santos’. Y no es que seamos buenos por una exigencia ética, porque así pues no hacemos daño a los demás, nos llevamos bien, evitamos cosas malas; el motivo es más grande, el motivo está en Dios; luego tendrá sus consecuencias porque esa santidad nuestra hará todo esto necesariamente  en relación a los demás. Pero tenemos que ser santos, porque nuestra meta de perfección y santidad, y nuestro ideal está en Dios. ‘Porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’.
¿No decía el Génesis que habíamos sido creados a imagen y semejanza de Dios? Pues ahí tenemos el motivo y la razón. Hechos a semejanza de Dios que es santo. Y cuanto más santos seamos más estaremos reflejando, presentando esa imagen de Dios, para que todos lleguen también a creer en El y a ser santos también.
Y ¿cómo conseguirlo? Nos lo decía san Pablo. ‘El Espíritu de Dios habita en vosotros…’ somos templo de Dios y ese templo de Dios es santo, luego nosotros tenemos que ser santos; para eso se nos ha dado su Espíritu. ‘Todos hemos bebido de un solo Espíritu’, nos dirá san Pablo en otro lugar. Y entonces, si estamos llenos de su Espíritu, estaremos llenos de su amor, de su misericordia, de su paz, de su gracia. Y eso se va a reflejar en nuestra vida, en lo que somos, en nuestra manera de vivir, en nuestro trato con los demás, en el amor que les tenemos a todos, en la capacidad de la misericordia y del perdón. Será lo que luego nos va a enseñar Jesús en el Evangelio.
‘Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’ es la sentencia final que como conclusión nos pone Jesús hoy al final de sus palabras. Lo que decíamos, el mensaje del evangelio no es para los mediocres. No podemos quedarnos en medias tintas, en la mediocridad. Nuestra meta es bien alta. Porque además nos pregunta Jesús, si hacemos como todos, ¿qué mérito tenemos? ¿qué hacemos de extraordinario? Para seguir haciendo lo mismo, de la misma manera no hubiera hecho falta la venida del Hijo de Dios a encarnarse y estar en medio de nosotros. Si seguimos haciendo lo que todos hacen, ¿dónde está la Buena Noticia, la Buena Nueva del Evangelio? No habría ninguna  novedad.
No nos han de extrañar, entonces, las actitudes nuevas, las nuevas posturas, la nueva manera de actuar que nos propone Jesús. Para seguir ‘con el ojo por el ojo y el diente por el diente’ no necesitaríamos de evangelio. La novedad está en esa nueva actitud y postura, de perdón, de generosidad, de misericordia, de comprensión, de donación de nosotros mismos que nos está pidiendo Jesús si en verdad queremos decirnos sus seguidores.
Nos pone ejemplos muy concretos que hemos de traducir en muchas cosas concretas también de nuestra vida. Será nuestra humildad y nuestra mansedumbre, será la generosidad y la misericordia de la que hemos de llenar nuestro corazón y que se va a reflejar en actos concretos en la vida de cada día con los que están a mi lado. Lejos de nosotros el orgullo, la impaciencia, la mezquindad, la dureza e insensibilidad del corazón. La espiral de la violencia y del egoísmo tiene que romperse y lo que ha de iniciarse es la espiral del amor, de la solidaridad y de la misericordia.
Pero, ¿sabéis por donde tiene que empezar esa espiral? Porque quizá estamos esperando que empiece por el otro. No, tiene que empezar en nosotros mismos, tiene que empezar en mí, ha de decirse cada uno. No voy a comenzar a amar cuando el otro me haya amado primero. No es ese el estilo de Jesús ni de su amor. De la misma manera que nos dice san Juan que el amor de Dios fue el primero, porque El fue el que comenzó a amarnos, así ha de ser nuestro amor para con los demás, hemos de empezar nosotros sin esperar que el otro comience. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero’, nos dice la carta de san Juan. Así nosotros en nuestro amor para con los demás. Esa es la grandeza del amor al estilo de Jesús.
De ahí se desprende lo que luego nos dirá Jesús del amor a quienes no nos aman, que se consideran enemigos. Porque un cristiano, además, no puede considerar nunca enemigo a nadie; el otro podrá considerarse mi enemigo, pero para mi tiene que ser siempre un hermano; quizá no nos entendemos, haya habido algo entre nosotros, me habrá quizá ofendido, pero es ahí donde tiene que estar nuestro amor. Por eso nos dirá Jesús que tenemos que amarlos, y cuando se nos atraviesen y no podamos tragarlos porque puede ser amargo lo que nos hayan hecho, comencemos a rezar por ellos. Será una sabia decisión para poder comenzar a amar.
Tajantemente nos lo dirá Jesús: ‘Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.
Es la valentía y la grandeza del amor. Es lo que serán capaces de alcanzar los que tienen un alma noble y grande. Lejos de nosotros, entonces, las mezquindades; lejos de nosotros esa pobreza que nos lleva a la envidia y al resentimiento, que nos lleva a guardar rencor en nuestra alma y a amargarnos nuestras entrañas haciéndonos perder la paz para siempre. Qué paz pueden sentir en su corazón los que son capaces de amar y de perdonar, los que son capaces de llegar a rezar por aquel que te haya podido hacer mal. ¿No querremos tener también nosotros esa paz en nuestro corazón?

jueves, 1 de agosto de 2013

No nos dejemos ahogar por la mediocridad sino busquemos siempre caminos de plenitud

Ex. 40, 16-21; 34-38; Sal. 83; Mt. 13, 47-53
En la vida  no podemos andar con mediocridades, nadando entre dos aguas, quedándonos a medias tintas. La vida en si misma entraña crecimiento, vitalidad que decimos en una palabra, y si no crecemos, nos renovamos continuamente nos morimos. Algo que se realiza fisiológicamente por si mismo en toda persona y en toda edad. Sin querer entrar en terminologías médicas o técnicas ¿qué es el cáncer sino que unas células muertas nos invaden y nos van llenando de muerte? Por eso no nos podemos quedar nunca a medias - quedarnos a medias sería dejar entrar algo de muerte en nuestra vida - sino que siempre, en todas las etapas de la vida, hemos de tener espíritu de superación y crecimiento.
Podríais decirme es que ya somos mayores, ya hemos vivido la vida, ahora ya no tenemos la energía ni la vitalidad de cuando éramos jóvenes y nos comíamos el mundo. No vale decir esto. No se nos pide que tengamos la vitalidad de un joven, pero sí que tengamos una verdadera madurez en la vida, y la madurez no la da solamente la acumulación de los años. Por supuesto que los años vividos nos enseñan, y precisamente porque nos enseñan es por lo que nos hemos de dar cuenta de que no podemos perder esa vitalidad de la vida en si misma, aunque sea con los años y las posibilidades que ahora tengamos. Somos maduros cuando sabemos darle un sentido hondo a lo que hacemos y a lo que vivimos. No vivimos de ensoñaciones, sino poniendo bien los pies en la tierra de lo que es nuestra realidad, pero sabiendo elevar nuestra mente y nuestro corazón en ese deseo de vivir con plenitud de sentido cada momento.
Esto en el aspecto humano de nuestra existencia en esa lucha diaria de nuestro vivir, pero esto también en ese camino espiritual que queremos vivir desde nuestra fe y nuestro seguimiento de Jesús. Es esa madurez espiritual que le hemos de dar a nuestra vida, esa espiritualidad que nos anima; una espiritualidad que parte de ese ser espiritual que hay en nosotros, que nos constituye en persona, pero que fundamentamos por así decirlo en el Espíritu divino que Dios nos concede, del que nos hemos hecho partícipes desde nuestro bautismo.
Estos días pasado hemos ido escuchando en el evangelio las diferentes parábolas de Jesús que Mateo nos ha concentrado en el capítulo trece de su evangelio. Parábolas que nos han ido hablando del Reino de Dios como semilla que se planta en nosotros y que hemos de saber hacer fructificar. Ayer se nos hablaba del Reino como de un tesoro escondido o de una perla preciosa, por el que hemos de ser capaces de darlo todo. Y hoy nos ha hablado por una parte del pescador que al sacar la red a la orilla de la playa escoge entre los peces buenos, mientras desecha los que no sirven, o del hombre sabio que sabe sacar del arca lo nuevo o lo antiguo según convenga.
Es esa sabiduría que nosotros queremos aprender de la Palabra del Señor para nuestra vida, para buscar lo que en verdad vale, lo que en verdad es importante y por lo que merece la pena darlo todo. Como un tesoro, como una perla preciosa. Ese tesoro y esa perla que en la sabiduría infinita de Dios y en su eterna misericordia llega a nosotros para ayudarnos a descubrir caminos, para alentarnos en nuestra vida para que nuestra vida crezca, para fortalecernos en nuestro caminar a pesar de nuestra debilidades y carencias.
Queremos seguir luchando, queremos seguir buscando lo bueno, queremos intentar que nuestro corazón cada día se llene de más bondad y generosidad, queremos seguir sintiendo dentro de nosotros esa inquietud por hacer que cada día nuestro mundo sea un poquito mejor y queremos poner nuestro granito de arena.
No nos queremos quedar arrumbados a un lado, como si ya fuéramos inservibles; todos podemos hacer siempre algo bueno, aunque nos parezca insignificante. Una gota de agua puede parecer insignificante en la inmensidad del mar, pero el mar no sería mar, el océano no sería océano si no estuviera formado por esos miles y millones de gotas que nos puedan parecer insignificantes.

Pongamos la gotita de agua o el granito de arena de nuestra vida que no es tan insignificante y veremos cuanto de bueno podemos hacer. Pongamos con intensidad eso que yo soy en la vida y nos sentiremos fuertes y con mayores deseos aun de crecer más y más dándonos así cuenta de cuánta vida hay aun en nosotros. Busquemos esa perla preciosa, ese tesoro de la sabiduría de Dios que enriquece nuestra vida y nos hace sentirnos en verdad fuertes para seguir luchando. No nos dejemos ahogar en la mediocridad que solo nos llevaría a la muerte.