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lunes, 1 de junio de 2020

María, la madre que está en silencio junto a la Iglesia y nos ayuda a discernir los designios de Dios en estos concretos caminos de la historia



María, la madre que está en silencio junto a la Iglesia y nos ayuda a discernir los designios de Dios en estos concretos caminos de la historia

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34
Cuando nos piden hablar de la madre afloran en nuestro interior los más hermosos sentimientos y aunque rebusquemos las palabras, si no tenemos el don de la poesía, nos salen torpes y no sabemos expresar debidamente las emociones que fluyen de nuestro corazón. De la madre es la que aprendimos lo que es la ternura y el amor no porque nos repitiera muchas palabras para enseñárnoslo sino porque nos sentíamos envueltos en sus brazos llenos de ternura que ahí en el contacto de la piel nos hacían sentir lo más bello del amor.
Queremos hablar del amor de la madre y nos viene al pensamiento su entrega y su sacrificio y corren por nuestra mente las imágenes de la preocupación de la madre siempre afanada en darnos lo mejor aunque algunas veces por nuestra resistencia tuviera que fruncir el ceño pero del que se escapaba sin que ella pudiera evitarlo toda la ternura del corazón.
Pero no solo estamos contemplando esos grandes momentos de emoción o de vida sacrificada sino que descubrimos también el silencio de la madre que siempre estuvo a nuestro lado, en nuestro camino, aunque no comprendiera quizá lo que estábamos haciendo pero respetando siempre nuestros pasos y asintiendo en silencio para decirnos como siempre estaba a nuestro lado pasara lo que pasara, pero que somos nosotros los que tenemos que encontrar nuestro propio camino. No discurrieron ni grandes discursos ni muchas palabras, sino que la mirada en silencio nos bastaba para saber que ella estaba ahí, que su amor nunca nos faltaría.
Me estoy haciendo estas consideraciones en torno al corazón lleno de ternura de una madre en este día, lunes siguiente a Pentecostés, en que la Iglesia nos presenta a María, sin las grandes alharacas de las grandes o populares fiestas, casi como en el silencio en que sabe estar una madre que no busca cosas extraordinarias para sentir el amor de sus hijos, en esta fiesta en que la celebramos como Madre de la Iglesia. Así la quiso proclamar san Pablo VI en una de las sesiones finales del Concilio Vaticano II cuando fue aprobada precisamente la Constitución sobre la Iglesia.
Así contemplamos a María, junto a la Iglesia, en el silencio y en el amor de una madre, como lo había estado junto a su Hijo Jesús. Nos aparece la figura de María en el Evangelio sobre todo en torno al nacimiento de Jesús y su infancia, y luego aparecerá en momentos puntuales como cuando en medio del rebullicio de la gente ella estaba allí junto a Jesús, o como la vemos al pie de la cruz también en silencio, y más tarde en el cenáculo con los apóstoles en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre en la venida del Espíritu Santo.
Habitualmente cuando hablamos de María destacamos esos momentos en que aparece en el evangelio y ya ahí la contemplamos llena de virtudes y rebosante de amor y de esperanza como un acicate y un estímulo para nuestro camino de fe, ella que fue llamada dichosa por su fe. Pero hay muchos momentos de la vida de María y en torno a Jesús que se quedan en silencio y parece como si de ellos no supiéramos qué decir. Pero son esos momentos hermosos y profundos del silencio de María junto a Jesús. Ella que había sabido discernir lo que era la Palabra del Señor que se le manifestaba y había sabido decir Sí, en esa misma actitud y postura tenemos que verla junto a Jesús, descubriendo en su palabra y en los signos que hacía lo que era el designio de Dios que se estaba manifestando en Jesús.
Cuanto nos enseña María en este sentido en el camino de la Iglesia, en el camino de nuestra vida creyente también. Ahí está María junto a la Iglesia, no solo porque hayamos levantado grandes santuarios en su honor a lo largo y ancho del mundo y de la historia, sino porque María está ahí, en ese camino de la Iglesia, en silencio también y de ella aprendemos a ese discernir los designios de Dios, los caminos de Dios que tenemos que ir trazando o recorriendo en este mundo concreto en que vivimos, con sus luces y con sus sombras.
¿Qué se nos pide hoy? ¿Qué se nos pide en el momento presente de nuestra historia? ¿Cuál es la Palabra, la respuesta que tenemos que saber dar a esos problemas de nuestra historia? ¿Cuál es el camino de la Iglesia hoy? ¿Cuál es el camino que como creyente yo he de recorrer? Aprendamos de María a discernirlo; que María nos alcance esa gracia del Señor.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Los ángeles son presencia de Dios en nuestra vida y también, por qué no, en nuestra historia, que nos impulsan siempre al bien y nos aleja del mal



Los ángeles son presencia de Dios en nuestra vida y también, por qué no, en nuestra historia, que nos impulsan siempre al bien y nos aleja del mal

Éxodo 23, 20-23ª; Sal 90, 1-2. 3-4. 5-6. 10-11; Mateo 18, 1-5- 10
En este dos de octubre la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar a los Santos Ángeles Custodios. Quizás a los mayores el oír hablar de los Ángeles Custodios nos rememora años de nuestra infancia con aquellas oraciones infantiles que nos enseñaban a rezar a los Ángeles que en cada esquinita de nuestra cama guardaban nuestros sueños, o quizá nos viene a la memoria aquel cuadro que solía haber en nuestras casa del Ángel que cuidaba del niño que no se cayera en aquel lugar de peligro.
Y con ello nos hemos quedado en una imagen muy infantil que con el paso de los años quizá hemos desechado y nosotros mayores ya en lo menos que pensamos es en ese ángel que está junto a nosotros y nos cuida y previene de toda clase de mal o peligro. Ya ni siquiera en nuestros hogares se les menciona a nuestros niños ni el ángel de la guarda ni por tanto algún sentido religioso de la vida que le haga entrar en relación con Dios.
Hoy también hay ciertas corrientes que nos hablan de los Ángeles como de unos talismanes misteriosos que nos alejan de peligros o nos dan suerte en la vida; en las redes sociales habremos recibido en más de una ocasión esas cadenas que nos hablan de los Ángeles que nos envían, pero que también nosotros hemos de enviar porque de lo contrario la desgracia se cebaría sobre nosotros. Confusiones y más confusiones que muchas veces se llenan de superstición y que nos alejan de un verdadero sentido religioso de nuestra relación con Dios a través de sus ángeles.
Claro que todo lo que entra en relación con el misterio de Dios muchas veces cuando  no nos sabemos explicar lo llenamos de imaginación con el peligro de que al final nos quedemos con las imágenes pero no lleguemos a penetrar en el misterio. En referencia a los Ángeles Custodios que hoy nos invita a celebrar la liturgia tendríamos que hacernos una buena reflexión para que comprendamos su verdadero sentido y significado.
En la Biblia, y hablo también de todo el Antiguo Testamento, se nos hace referencia continuamente de la presencia de Dios que camina junto al hombre y a su pueblo. Pero una forma de expresar esa presencia de Dios es a través de sus Ángeles. En las visitas, llamémoslas así, de Dios a los grandes patriarcas Abrahán, Isaac, Jacob para hablarnos de esa presencia de Dios en muchas ocasiones se habla del Ángel del Señor. Es a través de ese Ángel del Señor como Dios se les comunica, se les manifiesta, les hace comprender su voluntad y señala la que son los designios de Dios para la humanidad.
Será el Ángel del Señor el que anunciará, por ejemplo, el nacimiento de los llamados Jueces de Israel en aquellos tiempos tan turbulentos y difíciles pero donde Dios quería hacer sentir se presencia junto a su pueblo. Será un Ángel del Señor el que vaya junto a su pueblo guiándolos de día y de noche a través del desierto camino de la tierra prometida. ‘Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado’, le dice Dios a Moisés cuando le confía la misión de llevar a su pueblo a la tierra que le ha prometido. 
En la brevedad de esta reflexión no podemos aducir más textos del Antiguo Testamento que nos manifiestan esa presencia de Dios junto a su pueblo con esa expresión de sus Ángeles que le cuidan y le dirigen. Podemos pensar también en el ángel que acompañó a Tobías en su camino y que decía como estaba también ante el trono de Dios para presentar sus oraciones al Todopoderoso.
En el texto que hoy hemos escuchado en el evangelio Jesús habla de los ángeles de aquellos niños que están en la presencia de Dios. Esa presencia de Dios a nuestro lado que se manifiesta en la presencia de su Ángeles que nos acompañan, nos inspiran y nos iluminan en nuestro camino. Cuántas veces nosotros en la vida no hemos sentido como una moción interior que nos quería apartar de un camino – y no me refiero solo a un camino geográfico – porque nos inspiraban algo mejor, porque hacían surgir en nosotros ese deseo de lo bueno, esa inspiración de algo que ni siquiera habríamos imaginado, pero que allí esta latente en nuestro interior impulsándonos a una obra buena y mejor.
Es esa gracia de Dios, esa presencia de Dios en nosotros que quizá algunas veces no queremos escuchar pero que ahí está queriendo alejarnos de lo malo e impulsarnos a lo bueno. Espíritus puros decimos que son los ángeles, una participación del Espíritu divino que así nos hace sentir la presencia de Dios en nuestra vida. Más oídos atentos tendríamos que tener en nuestro corazón para saber escuchar, para dejarnos conducir, para dejarnos llenar del Espíritu de Dios que se hace presente en nosotros.
Lejos de nosotros supersticiones y miedos a maleficios que en ciertos ambientes rodean la imagen de los Ángeles desvirtuando su verdadero sentido. Muchas cosas tenemos que purificar de esas religiosidades que nos acompañan y que muchas veces se van alejando de un verdadero sentido cristiano.
Los ángeles son presencia de Dios en nuestra vida y también, por qué no, en nuestra historia, y siempre la presencia de Dios nos impulsa al bien y nos aleja del mal. ‘Delante de tus ángeles tañeré para ti’, como decimos en los salmos. O también podemos recordar aquello otro ‘a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos’.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Gracias, María, porque dijiste Sí, grande fue tu disponibilidad y grande fue tu fe

Gracias, María, porque dijiste Sí, grande fue tu disponibilidad y grande fue tu fe

 Isaías 7,10-14; Sal 23; Lucas 1,26-38

Gracias, María, porque dijiste Sí. Es lo primero que surge en mi corazón al escuchar el relato de Nazaret. Gracias, madre, grande fue tu disponibilidad y grande fue tu fe. Y el Señor hizo obras maravillosas en ti; y la humanidad entera, gracias a tu Sí, pudo comenzar a sentir que Dios hacia maravillas en todos nosotros.
Gracias, María, porque te convertiste en la aurora de la salvación, hiciste posible que el Sol de la salvación comenzará a brillar para toda la humanidad. Es el Señor el que nos salva, pero tu Sí hizo posible que la humanidad se levantara llena de esperanza porque nos llegaba la salvación tan ansiada.
Gracias, porque aunque aparentemente se desbarataban tus planes, fuiste generosa para abrirte a Dios y dejar actuar a Dios en tu vida. Gracias, Madre, por tu disponibilidad y por tu generosidad aunque te sentías pequeña, pero eres grande, no con las grandezas efímeras de este mundo, sino con la grandeza del amor de tu corazón. Cuánto tenemos que aprender de tu amor, de tu generosidad, de tu disponibilidad, de tu fe.
En la vida nos hacemos planes y estamos ansiosos soñando ver cómo podemos realizarlos; ponemos nuestro empeño, nuestros esfuerzos, y hacia la consecución de esos planes dirigimos todo el actuar de nuestra vida. Sin embargo, en muchas ocasiones, nuestros planes se desbaratan, porque surgen imponderables, circunstancias que trastocan nuestra vida y nos hacen quizás comenzar caminos nuevos o distintos.
Suelen producirnos estas circunstancias que nos parecen adversas incomodidad y desasosiego, sin terminar de ver hacia donde vamos ahora a dirigir nuestra mirada y nuestra vida. En muchas ocasiones surge algo que es mejor, que nos hace tener otra mirada y quizá elevar la meta de nuestras ilusiones. Pero el hombre luchador y el hombre de fe intenta descubrir detrás de todo eso que sucede qué puede haber de la voluntad de Dios, del designio divino para nuestra vida que nos hace tener una mirada y unas metas distintas. Son los momentos de reflexión para repensarnos las cosas y para saber encontrar el sosiego que necesitamos. Una luz nueva y espiritual puede comenzar a brillar en nuestra vida. Seremos luego felices como María.
María se vio sorprendida con la visita celestial y con las palabras de saludo del ángel que eran principio de un anuncio de algo nuevo y distinto. Ya nos dice el evangelio que María comenzó a reflexionar que podía significar aquel saludo. María era una mujer profundamente creyente. Ella había querido ofrecer lo mejor de su vida a Dios, y ahora Dios le presentaba un plan nuevo. ‘Yo no conozco varón’, decía para expresar la determinación de su vida, pero ahora era el Espíritu del Señor el que iba a inundar su vida para que de ella naciera algo nuevo, tan nuevo, que era el Hijo del Altísimo.
Y allí estaba María en toda su grandeza, aunque ella solo se considerara la humilde esclava del Señor. Era su disponibilidad, la apertura de su corazón a Dios, la generosidad de su amor. Y Dios hizo cosas grandes en ella, la hizo su Madre, nos la dio como madre. Su maternidad era divina, su maternidad era ahora universal. La grandeza de su corazón era así. Gracias, Madre.
Nos enseñas a ser generosos, nos enseñas a descubrir los planes de Dios, nos enseñas que Dios está por encima de todo y siempre nos propondrá cosas grandes, aunque nos parezca que se trastocan nuestros planes. Nos enseñas a decir Si a Dios, que es abrirnos a los hermanos, para que todos seamos hermanos, como tú eres Madre de todos. Gracias, María.

sábado, 24 de marzo de 2018

Aprendamos a descubrir el designio de amor que Dios tiene sobre nosotros para saber dar en la vida una respuesta de amor


Aprendamos a descubrir el designio de amor que Dios tiene sobre nosotros para saber dar en la vida una respuesta de amor

 Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jr 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11,45-57

‘¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación’. Las autoridades judías, los principales del pueblo, los miembros del Sanedrín, los fariseos andaban nerviosos. Les parecía que el tema se les escapaba de las manos y ya no sabían qué hacer con Jesús porque o se les escabullía cuando trataban de prenderle, o en su dialéctica se veían derrotados por la palabra de Jesús. No es solo el peligro de lo que pueda suceder en referencia a los romanos que dominaban en aquel territorio. Es algo mas y distinto. Malo es verse acorralado como una fiera asustada.
El Sumo Sacerdote les da a entender que no se enteran de nada. Hay que quitar a Jesús de en medio. Es mejor que muera uno por todo el pueblo. Allí están ellos con sus maquinaciones que tratan de llevar adelante. Pero si el Sumo Sacerdote les decía que no entendían nada, ni el mismo Sumo Sacerdote se enteraba de verdad de qué iba aquello. Porque no eran sus decisiones. Ya Jesús lo había anunciado y había subido libremente a Jerusalén por aquella Pascua. Detrás de todo está el designio de Dios.
¡Qué difícil nos resulta muchas veces primero descubrir y luego aceptar el designio de Dios! La voluntad y el designio de Dios están por encima de nuestras decisiones humanas. Y algunas veces parece que nos complica las cosas pero siempre el designio de Dios es un designio de amor y lo que Dios quiere es lo mejor para el hombre. Ahí está la gloria de Dios.
Nos sucede tantas veces en la vida. Vamos tomando decisiones, nos encontramos quizá envueltos en un mar de dudas, muchos interrogantes se nos pueden plantear en la vida, reflexionamos y queremos buscar lo mejor, tomar la mejor decisión, pero ¿contamos con Dios? Pareciera muchas veces en nuestra manera de actuar que no somos creyentes, que no ponemos nuestra confianza en Dios, que no creemos en la inspiración del Espíritu que se nos revela en el corazón. Tenemos que aprender a despertar nuestra fe, abrirnos a la trascendencia de Dios.
Volviendo al texto del evangelio que estamos comentando en las vísperas como estamos de entrar en la Semana que nos conduce a la celebración del misterio pascual. El Sumo Sacerdote ha tomado una decisión, que es cierto llevará a la muerte a Jesús. Pero ya el evangelista nos da una pista para nuestra reflexión. Estaba realizando un acto profético. Todo lo que va a suceder no es sino una consecuencia de aquello que ya se nos había dicho en este mismo evangelio de san Juan. ‘Tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su Hijo único’. Aquí no se está manifestando otra cosa que el amor infinito de Dios que nos entrega a su Hijo, que quiere nuestra salvación, que va a ofrecer su sangre, su vida por nosotros y por todos los hombres para el perdón de nuestros pecados.
Es lo que tenemos que tener muy claro en nuestra mente y en nuestro corazón, siempre en toda nuestra vida, pero de una manera especial en estos días especiales que vamos a vivir y en que vamos a celebrar la muerte de Jesús. Es la ofrenda del amor. Es la señal del amor más grande. Es lo que de verdad debe conmover nuestro espíritu y despertarnos a una vida nueva. Es lo que tiene que conducirnos a la Pascua para con Cristo morir y con Cristo resucitar a nueva vida. Dispongámonos a vivir con intensidad estos días.



sábado, 19 de marzo de 2016

San José nos enseña a abrir nuestro corazón a Dios para descubrir incluso en medio de las sombras de la vida lo que es el designio de Dios para nosotros

San José nos enseña a abrir nuestro corazón a Dios para descubrir incluso en medio de las sombras de la vida lo que es el designio de Dios para nosotros

2Sam. 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Rom. 4, 13. 16-18. 22; Mt. 1, 16. 18-21. 24a

Nos planificamos las cosas que queremos, nos hacemos proyectos, queremos llevar adelante aquello soñamos. Eso es bueno y una forma madura de actuar, pero el creyente creo que ha de tener en cuenta algo más y es descubrir el designio de Dios sobre nuestra vida. Ojalá sepamos hacer que nuestros planes entren en los planes de Dios, en los designios de Dios para nuestra vida.
Hoy, podríamos decir, que estamos entre dos pensamientos. Por una parte estamos en las vísperas de la Semana Santa porque ya mañana es Domingo de Ramos con el que iniciamos la semana de la Pasión que culminará con la celebración de la Pascua del Señor, pero por otro lado tenemos la celebración propia de este día 19 de Marzo, día de San José.
En el evangelio propio del sábado de esta quinta semana de Cuaresma se nos narra el anuncio que hace el sumo sacerdote de que alguien tiene que morir por todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y los fariseos andan tramando la manera de quitarse de en medio a Jesús. Se escudan por una parte de que pudiera ser peligro de una rebelión por parte del pueblo y las represalias en consecuencia por parte de los romanos que pondría en peligro muchas vidas. Pero son sus tramas porque realmente a ellos quien les molesta es Jesús y no quieren aceptarle ni su mensaje.
Pero ya el evangelista con inspiración no está dando a entender que aquellas palabras del sumo sacerdote aunque pudieran parecer duras e interesadas tienen un sentido profético. Detrás de todo están los designios de Dios y el cumplimiento de la misión de Jesús. Allí estaba por encima de todo el designio de Dios que era la salvación del hombre. En verdad Cristo había de morir por todo el pueblo, por todos los hombres, porque con El nos viene la vida y la salvación.
Esto nos ha de llevar a un primer planteamiento. ¿Sabremos descubrir en todo eso que nos podamos planificar para nuestra vida donde está el designio de Dios? ¿Podríamos descubrir incluso en esas sombras que algunas veces nos envuelven que detrás de todo ello hay una luz en el designio de Dios  para que encontremos un sentido y un valor para todo?
En ese descubrir el designio de Dios para nuestra vida tenemos un ejemplo muy concreto en san José a quien hoy celebramos. Era el hombre justo, el hombre bueno, como nos dice el evangelio. Era el hombre abierto a Dios.
Su vida se llenaba de sombras, al menos eso era lo que parecían en principio, en las dudas, en las dificultades, en los viajes que tuvo que afrontar hasta el destierro en la huida a Egipto, pero él siempre supo descubrir la luz porque era un hombre abierto a Dios. Lo que parecían sombras se convirtieron para él en resplandores de luz al aceptar a Maria y acogerla en su casa, en el niño que iba a nacer que iba a ser el salvador de los hombres, en los caminos que hubo de recorrer que para él siempre fueron caminos de luz. Todo porque estaba abierto a Dios y supo descubrir el designio de Dios para su vida.
Es lo que queremos aprender de san José en este día de su fiesta y en este momento concreto de la vida que cada uno vivamos, pero también en este momento del inicio de la Semana Santa. Que resplandezca siempre en nosotros esa luz de Dios. Que lleguemos de verdad a ser pascua y a vivir pascua, porque ahí en eso que somos y donde estamos, sean como sean algunas veces las oscuridades que podamos tener en nuestra vida, está el paso de Dios que hemos de descubrir y hacer realidad en nosotros. Eso nos llevará a vivir con un sentido pleno esta semana que vamos a iniciar y esto como una consecuencia nos hará vivir con pleno sentido pascual toda nuestra vida.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Serenidad y fortaleza interior como san José para saber discernir los planes de Dios también en los momentos de duda y oscuridad

Serenidad y fortaleza interior como san José para saber discernir los planes de Dios también en los momentos de duda y oscuridad

Jeremías 23,5-8; Sal 71; Mateo 1,18-24
Cuando nos sucede un imprevisto que trastorna y trastrueca todos nuestros planes nos quedamos bloqueados sin saber muchas veces cómo actuar, qué reacción tener o cuales son las decisiones más acertadas que hemos de tomar. Es necesario una madurez interior, una fortaleza del alma que nos dé serenidad y paz también en esas situaciones adversas para encontrar el mejor camino de solución. Es en lo que es necesario crecer como personas, para lograr esa madurez; es necesario ese crecimiento interior, una fortaleza espiritual para afrontar esos momentos.
Es la madurez humana y espiritual que hoy apreciamos en José en el texto del evangelio. ‘María estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo’. Claro que cuando ahora nosotros leemos el texto sagrado ya el evangelista nos dice que ‘María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo’. Pero esto no lo sabía José. El solo veía el embarazo de María. Y ahí encontramos la profundidad espiritual de José. ‘Era bueno’, dice el evangelista, ‘no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto’.
Pero en José había una madurez humana y espiritual; era un hombre de fe, abierto al misterio de Dios. Y la voluntad de Dios se le manifestó en sueños a través de un ángel. ‘José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’.
Así se le manifiesta la voluntad de Dios, el misterio de Dios en el que él va a tener su parte también, porque Dios quiere contar con él. Se cumplía lo anunciado por los profetas; el hijo de María sería el Emmanuel, Dios con nosotros. Su nombre  será Jesús, porque es el Salvador. Y José también aceptó el plan de Dios. ‘Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer’.
Es un paso más el que estamos dando acercándonos a la Navidad. La figura de José aparece también en nuestro camino para ayudarnos a dar esos pasos hacia el encuentro con el Señor. Ojalá tuviéramos la misma profundidad en nuestra vida que se manifiesta en José. Así tenemos que crecer en nuestra vida espiritual, crecer en nuestra fe para descubrir el plan de Dios, para aceptar el plan de Dios, para decir Sí a lo que Dios nos propone aunque a veces un poco trastorne nuestras vidas.
En esos momentos oscuros por los que podamos pasar, en esos momentos que quizá se prolongan sin saber encontrar el camino de salida, sepamos tener la serenidad y la esperanza que hoy vemos manifestada en José. Que sepamos hacer silencio ante Dios para dejar que El se nos manifieste, cuando y como quiera, y sepamos encontrar esa luz, sepamos descubrir esos designios de Dios para nuestra vida.

jueves, 8 de octubre de 2015

La confianza del amor que nos hace saborear la presencia del Dios que sabemos que nos ama y nos escucha

La confianza del amor que nos hace saborear la presencia del Dios que sabemos que nos ama y nos escucha

Malaquías 3, 13 – 4,2ª; Sal 1; Lucas 11,5-13

Es la confianza que da el amor; es la confianza de quien se siente en la presencia del que sabe que le ama; es la confianza a la que nos invita Jesús con que hemos de orar a Dios.
Ayer escuchábamos que nos enseñaba a llamar Padre a Dios y decíamos cómo nuestra oración es un saborear en lo hondo del corazón ese amor de Dios y ese sentirle y vivirle como Padre. Cuando estamos con el Padre que nos amas se establece una relación profunda de amor que nos hace desnudarnos ante El con nuestras miserias y nuestras necesidades; cuando sabemos que así Dios nos ama a El acudimos con la confianza de que siempre seremos escuchados y nos dará lo mejor que necesitemos. No nos caben dudas ni miedos; todo ha de ser confianza porque todo es una relación de amor.
Pero por si acaso considerando nuestra pequeñez y nuestra miseria dudáramos de acercarnos a Dios con nuestras necesidades hoy Jesús nos insiste. ‘Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre’. Antes nos había puesto el ejemplo de quien acude a su amigo incluso en horas intempestivas para pedirle pan porque le ha llegado una visita a casa y no tiene que ofrecerle; con insistencia llama al amigo sabiendo que al final va a ser escuchado.
Así nosotros acudimos a Dios y nos ponemos ante El tal como somos, con nuestra pobreza, con nuestras debilidades, con nuestras carencias, con nuestra vida al desnudo sabiendo que en Dios encontraremos siempre amor, misericordia, gracia, paz, ayuda y fortaleza en nuestras luchas y necesidades.
Como nos dice pedimos, pero nuestra petición no es una petición pasiva; pedimos y buscamos, pedimos y vamos a la búsqueda de la verdad, pedimos y queremos encontrar caminos, pedimos y ponemos de nuestra parte todo lo que sea necesario para hacer ese camino, pedimos y ansiamos no solo cosas materiales sino que levantamos nuestro espíritu buscando algo más hondo que llene nuestra vida.
Nuestra oración no es algo pasivo donde simplemente esperamos que milagrosamente se nos resuelvan las cosas; nuestra oración es encuentro con el Padre de amor que llena de luz nuestra vida; nuestra oración es iluminación interior que nos hace encontrar sentido y valor, que nos abre caminos, que nos lleva al compromiso; nuestra oración es escucha allá en lo más hondo de nosotros mismos de esa voz de Dios que nos descubre sus designios de amor; nuestra oración es aprender a tener una mirada nueva sobre nuestra vida, pero también una mirada nueva de amor hacia los hermanos que nos rodean y que nos hará actuar con una misericordia y un amor semejante al de Dios.
Nuestra oración es sentirnos envueltos por el amor de Dios y en El nos sentimos llenos de bendiciones que hemos de saber llevar a nuestro mundo.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Aunque todo parecía que iba bien Jesús no deja de anunciarles los momentos de la pasión y de la entrega que han de ser su pascua

Aunque todo parecía que iba bien Jesús no deja de anunciarles los momentos de la pasión y de la entrega que han de ser su pascua

Zacarías 2,5-9.14-15ª; Sal.: Jr. 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45

Cómo nos sentimos cuando, en medio de buenos momentos en que estamos saboreando el que las cosas nos estén marchando bien y estamos viendo quizá el éxito de nuestros logros, de nuestras luchas y quehaceres, nos vienen con una mala noticia, o nos dicen que quizá aquello que nos parecía un triunfo son solamente apariencias y las cosas van a ir mal muy pronto. Nos sentiríamos frustrados, desalentados, como un jarro de agua fría que nos echaran encima, como suele decirse. Quizá todo se nos vuelva oscuro y no sabemos cómo salir adelante ni el sentido de lo que nos pasa.
Algo así les estaba pasando a los discípulos. Todo parecía que iba bien, pues ellos veían como la gente se entusiasmaba por Jesús, había muchos que lo seguían y venían a escucharle de lejos y continuamente Jesús iba realizando signos con sus milagros de ese Reino nuevo que comenzaba, aunque ellos aun bien no terminaban de entender cómo se iba a realizar. En su interior seguían los sueños de grandezas humanas y ya hemos visto como en ocasiones disputan entre ellos sobre quien era el que iba a ser más importante en ese reino de Jesús.
Es lo que hoy nos trasparente este corto texto del evangelio que hemos escuchado. ‘Entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres’. Un jarro de agua fría. Entre la admiración general, dice el evangelista, Jesús aprovecha para seguir haciendo sus anuncios de pascua. No lo entienden; si las cosas van bien, las gentes siguen a Jesús, todo parece un éxito. Pero Jesús anuncia que lo van a entregar, Jesús anuncia prisión y muerte.
A los discípulos - y hablamos de aquellos más cercanos a Jesús que estaban siempre con El -les cuesta meterse eso en la cabeza. ‘Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto’. Y como dice el evangelista no se atreven ni a preguntar. No terminaban de entender lo que era el Reino de Dios que anunciaba Jesús. No pueden entender que tenga que haber esa pascua para Jesús, que significaría pasar por la pasión y la muerte, aunque, como les anunciara claramente en otras cosas, al tercer día habría resurrección.
Es el camino de la entrega, del servicio, del amor hasta el final. Y entregarnos y darnos por los demás, porque eso es amar y servir, significa olvidarnos más de nosotros mismos. Hacernos los últimos, como nos dirá en otra ocasión, será valorar por encima de todo a los demás, valorar por encima de nosotros mismos. No soy yo el importante, sino el importante es el otro, por el que me tengo que preocupar.
Es sentir verdadera desazón en nuestro corazón cuando vemos sufrimiento en los demás, hasta tal punto que nos olvidamos de nuestro propio sufrimiento, y comenzamos a buscar cómo remediar ese sufrimiento, qué podemos hacer para liberar de ese mal al hermano que sufre; comenzamos a desprendernos de nosotros mismos porque desde el amor nos duele el sufrimiento del hermano y ya no importa lo que guardemos para nosotros porque todo será buscar el bien del otro.
Claro que muchas mas reflexiones nos podríamos hacer desde este evangelio cuando nosotros en la vida hemos de vivir momentos de pascua, momentos de pasión, de sufrimiento, de muerte en nosotros mismos, cuando nos aparecen circunstancias adversas en nuestra vida, cuando quizá tenemos que dejar aquella tarea que estamos realizando con ilusión, cuando quizá tenemos que pasar por ser esa semilla enterrada en una vida oculta y sin ninguna realización exterior. Son momentos que se nos pueden hacer duros en que no entendemos lo que nos pasa ni por qué. Son los momentos en que tenemos que aprender a fiarnos del Señor y de sus caminos y designios para vida aunque quizá no los entienda o me cueste aceptarlos.
No puede decaer mi fe, porque ponemos nuestra mirada en el Señor, en su pasión, en su pascua, y viviremos con la esperanza de que todo un día puede dar fruto. Que no nos falte esa confianza en el Señor.

martes, 4 de agosto de 2015

Jesús siempre viene a nuestro encuentro, tiene una palabra de ánimo para nosotros y nos llena de una nueva vitalidad

Jesús siempre viene a nuestro encuentro, tiene una palabra de ánimo para nosotros y nos llena de una nueva vitalidad

Números 12, 1-13; Sal 50; Mateo 14, 22-36
Jesús siempre viene a nuestro encuentro cualquiera que sea la situación en la que nos encontremos. Creo que es algo que no deberíamos olvidar. Sobre todo cuando nos sentimos solos o en los peores momentos de nuestra vida. Nos parece que no podemos, que no avanzamos, que no alcanzamos las metas propuestas, pues abramos bien los ojos de la fe y descubramos su presencia; no nos engañemos, no pensemos en fantasmas, como tampoco estemos buscando hechos especialmente milagrosos, porque llega el Señor cuando menos lo esperamos y de la manera quizá que menos pensamos.
Cuantos miedos nos atenazan en la vida que nos hacen perder el pie, perder la paz. Todo se nos vuelve oscuro porque los problemas pueden ser muchos y quizá duros, o porque nos habíamos trazados unos planes que quizá no eran verdaderamente los planes de Dios, sus designios divinos. Y se nos hace difícil ver, se nos hace difícil creer. Nos parece que nos hundimos.
Es lo que nos refleja el evangelio de hoy. Jesús los pone en camino; han de atravesar el lago para ir a la otra orilla; el trayecto se les está haciendo muy costoso, porque los vientos los tienen en contra y el mar, el lago parece que se va a embravecer. Van solos; o al menos eso es lo que ellos piensan. Porque cuando mas dura se les está haciendo la travesía, resulta que Jesús va a su lado, pero no lo saben ver.
Les parece que es Jesús pero les parece también un fantasma; quieren pruebas; Pedro quiere caminar también sobre las aguas como Jesús, pero sigue dudando y sigue teniendo miedo; con dudas y con miedos no se puede tener seguridad, y comenzó a hundirse. Pero allí está Jesús que tiene su mano.
Cuando Jesús está a nuestro lado siempre nos está tendiendo la mano para que tengamos seguridad; siempre nos está poniendo el camino porque no nos podemos quedar siempre en la misma orilla; con Jesús aparecerán iniciativas nuevas, nuevos impulsos, nos sentiremos siempre estimulados a lo mejor porque no nos podemos quedar en mediocridades, siempre tenemos que tender a más.
‘No tengáis miedo’, les dice Jesús. Y cuando tienen la seguridad de que Jesús está con ellos vuelve la calma; con la seguridad de que Jesús está con nosotros no nos faltará la paz aunque tengamos los vientos en contra, aunque nos sea dificultoso el camino o algunas veces no tengamos por donde salir.
Es la firmeza de nuestra fe. Es la confianza que el Señor despierta en nosotros. Son los nuevos impulsos que sentimos movidos por su Espíritu. Son las nuevas tareas que somos capaces de emprender. Son esas iniciativas que nos sugiere el Espíritu en la tarea de la nueva evangelización. Con Jesús no nos hundimos. Tenemos seguridad. Abramos bien los ojos de nuestra fe para vivir a Jesús que nos sale al encuentro en todo momento, en toda circunstancia, en toda ocasión. Jesús siempre tiene una palabra de ánimo para nosotros y nos llena de una nueva vitalidad.

sábado, 13 de junio de 2015

Aprendamos de la espiritualidad de María a rumiar las cosas en el corazón para descubrir y aceptar los designios de Dios

Aprendamos de la espiritualidad de María a rumiar las cosas en el corazón para descubrir y aceptar los designios de Dios

Génesis 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Lucas 2,41-51
‘María, su madre, conservaba todo esto en su corazón’. Nos lo repite el evangelio. Cómo tenemos que aprender de María a guardar en el corazón, a mirar con el corazón, a pasarlo todo por el filtro del amor, a tener la mirada de Dios.
Es lo que hacía María. Es lo que haciéndose pequeña la hacía grande. Cuando el ángel se le manifiesta en Nazaret ante su saludo se quedó María rumiando en su corazón aquellas palabras del ángel. Y el ángel le decía que estaba llena de Dios, que la gracia de Dios la inundaba. Es que María rumiaba en su interior cuanto le sucedía para descubrir la acción de Dios en su vida. Llegará a reconocer que el Señor ha hecho obras grandes en ella y por eso bendice y alaba al Señor con toda su alma, con todo su ser.
¿Por qué María podía llegar a decir que era la esclava del Señor y que estaba dispuesta, su corazón y su vida estaban abiertos para que Dios realizara en ella lo que era su voluntad? Porque María era una mujer abierta a Dios. En silencio, rumiando en su interior, meditando, reflexionando, orando, queriendo escuchar a Dios, buscando siempre su voluntad, alabando y bendiciendo a Dios María crecía en su interior; era la mujer llena del Espíritu divino de tal manera que de ella había de nacer el Hijo del Altísimo, el Hijo de Dios. Es la espiritualidad en que nos enseña a crecer María.
Miramos y celebramos hoy ese Corazón de María - celebramos hoy la fiesta del Corazón de María -, aprendiendo de él, queriendo parecernos a María, queriendo copiar en nosotros esa actitud de su corazón, aprendiendo como María a guardar en nuestro corazón para así aprender a descubrir siempre y en todo lo que es la voluntad del Señor.
Algunas veces los caminos pudiera parecernos que se nos vuelven turbios y nos cuesta entender lo que nos sucede y por qué nos sucede. Rumiemos como María en nuestro interior cuanto nos sucede abriéndonos a Dios para descubrir sus designios y aunque nos cueste decirlo que también nos pongamos en las manos de Dios, que también nos sintamos esos humildes siervos del Señor dispuestos a aceptar y hacer lo que el Señor nos pide; que lleguemos a descubrir lo que es la voluntad del Señor y así lo asumamos en nuestra vida, que se cumpla en nosotros lo que es la voluntad de Dios, aunque nos llegue a sangrar el corazón.
Y finalmente un deseo, quisiera estar en el corazón de María; como ella guardaba todo en su corazón, que nos guarde a nosotros, que nos deje introducirnos en su corazón porque así siempre nos sentiremos protegidos en su corazón de madre, así siempre podremos sentir mejor lo que ese corazón de madre querrá decirnos, y es que siempre busquemos a Jesús y hagamos cuánto El nos diga.

martes, 21 de enero de 2014



Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado

1Sam. 16, 1-13, Sal. 88; Mc. 2, 23-28
‘Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga poderoso…’ Así repetimos con el salmo. Una referencia clara a lo que hemos escuchado en la primera lectura. Comienza a narrarnos la historia de David, el que iba a ser un gran rey de Israel, en el que se fundaría la dinastía davídica en una importante relación con el mesianismo que marcaría toda la historia de Israel.
Hemos venido escuchando a grandes trazos desde su nacimiento la presencia y la figura del profeta Samuel que ante la petición del pueblo y, aunque él no lo veía claro, le había dado como rey a Saúl. Ya escuchamos en días anteriores cómo Saúl no fue agradable al Señor y fue reprobado por su desobediencia a la voluntad de Dios. ‘Obedecer al Señor vale más que un sacrificio, ser dócil más que grasa de carneros…’
Hoy escuchamos cómo Dios le dice a Samuel que les dé un nuevo rey y lo envía a Belén, a la casa de Jesé, para que entre sus hijos encuentre el elegido del Señor. Ya escuchamos con detalle el relato. Aunque pasan todos los hijos de Jesé por delante del profeta ninguno es el elegido del Señor, porque ‘la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’. 
Mensaje hermoso que nos daría para hacernos una hermosa reflexión y aprender a hacer esa mirada profunda cuando nos acercamos o nos relacionamos con los demás, para no quedarnos en las apariencias, ni para hacer el juicio fácil que con tanta frecuencia nos sale y nos lleva desde la apariencia a la crítica y a la condena sin conocer realmente lo que pasa dentro del corazón de cada persona. Cómo tendríamos que aprender para fijarnos en lo que de verdad vale en la persona, aunque esté oculto a nuestros ojos y no quedarnos nunca en lo superficial, porque lo esencial es invisible a los ojos, pero sí podemos percibirlo desde el corazón cuando nos acercamos con rectitud, sin malicia, con buenos ojos e intenciones al prójimo.
Pero centrémonos en el texto, aunque este comentario que hemos hecho ante esa sentencia también nos puede ayudar mucho. Será el más pequeño, el que parece que no es tenido en cuenta ni siquiera por su padre que ha convocado a todos sus hijos para participar en el sacrificio y posterior comida que se está haciendo con Samuel, el que va a ser el elegido del Señor. ‘¿No quedan ya más muchachos?’, le pregunta Samuel cuando han pasado todos los hijos presentes. ‘Todavía falta el más pequeño que está guardando el rebaño… Manda que lo traigan, le dice Samuel, que no comeremos hasta que haya venido’.
Es el elegido del Señor y sobre el que Samuel va a derramar la cuerna del aceite para ungirlo como rey de Israel. Así son los designios de Dios. Así hemos visto y seguiremos viendo a lo largo de toda la historia de la salvación cómo Dios elige a sus preferidos para los que tiene misiones especiales. Lo que puede parecer pequeño e insignificante no lo es para el Señor. La mirada del Señor no es como la nuestra, porque el Señor mira el corazón.
Y es que, como hemos repetido muchas veces con lo que nos dice el Evangelio, Dios se revela a los pequeños y a los humildes y a ellos se les manifiesta y les confía misiones especiales. Porque no será la acción humana la que realiza maravillas, sino es el poder y la gracia del Señor. Nunca podemos decir que no valemos para nada y que nada sabemos hacer porque si el Señor nos ha elegido El hará brillar su gracia sobre nosotros y podremos también realizar maravillas, no las nuestras sino las maravillas del Señor.
Aprendamos de María la que se sentía tan pequeña que se llamaba a sí misma la esclava del Señor y cuántas maravillas realizó el Señor en ella y a través de ella sigue realizando a favor nuestro. Dejémonos conducir por el Señor; dejémonos hacer por el Señor; que se cumpla siempre su voluntad sobre nosotros. Como hemos repetido estos días hemos de decir una y otra vez: ‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’. Somos nosotros también los ungidos del Señor, elegidos y amados de Dios. Algo querrá el Señor de nosotros.

miércoles, 3 de octubre de 2012


Buscando a Dios que da sentido a nuestro vivir y sufrir

Job. 9, 1-12.14-16; Sal.87; Lc. 9, 57-62
Job busca dramáticamente a Dios y le parece imposible alcanzarle y comprender sus designios, pero aún asi sigue queriendo confiar en Dios y reflexiona buscando la luz que necesita para su vida. Le cuesta comprender todo lo que le está sucediendo y como hemos venido escuchando son varios los pensamientos y los sentimientos que van surgiendo en su interior que lo llenan de confusión.
Ha recibido la visita de sus amigos, que han pasado largos de silencio a su lado como consuelo, pero tratando también de buscar una respuesta o un sentido a todo lo que está pasando. Como  nos sucede también a nosotros tantas veces las palabras de invitación a la resignación o a pensar que lo que le sucede puede ser también un castigo por algo que haya hecho, son las más fáciles de decir. Qué fáciles somos para decir palabras bonitas, vamos a decirlo así, para tratar de consolar al que sufre. Muchas veces nuestras palabras en lugar de ser luz y consuelo verdadero lo que hacen es llenar más de confusión, porque no siempre está inspiradas en un verdadero espíritu cristiano y evangélico.
Pero no satisfacen a Job ni le dan respuesta a los interrogantes profundos que tiene en lo hondo de su espíritu las palabras de consuelo de sus amigos. ‘Sé muy bien que es así, les responde, y que el hombre no es justo frente a Dios’. Y reflexiona sobre la grandeza y el poder de Dios que supera toda sabiduría y todo poder humano. ‘¿Quién, fuerte o sabio, le resiste y queda ileso?’ se pregunta.  Se siente anonadado.
Y de alguna manera surge el pensamiento de que Dios se manifiesta poderoso y realizando prodigios insondables casi como si fueran un capricho de sus deseos. Se siente pequeño ante la inmensidad de Dios y no sabe cómo podrá conocer sus designios, cómo podrá alcanzarle. ‘Si cruza junto a mí, no puedo verlo, pasa rozándome y no lo siento’.
Mucho queda aún para llegar a la plenitud de la revelación que nos llegará en Jesús, donde ya no somos nosotros los que intentamos alcanzarle, sino que más bien es Dios el que viene a nosotros, y ¿de qué manera?, que se hará hombre como nosotros, para ser Dios con nosotros y así manifestarnos su amor y toda la cercanía de Dios y su revelación.
Todo el antiguo testamento es una revelación progresiva de Dios que alcanzará su plenitud en Jesús, verdadera Palabra de Dios, verdadera revelación del misterio de Dios. Como  nos dirá en el evangelio nadie como al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo revela. Podemos ir acercándonos a esos designios de Dios, a lo que es su voluntad, a lo que es el verdadero sentido del hombre en la medida en que vayamos conociendo a Dios que nos ha creado y nos ha redimido.
Seguiremos aún estos días escuchando el texto de Job y reflexionando sobre él. Pero nosotros desde la revelación de Jesús sobre el misterio de Dios sí podemos encontrar respuestas y sentido para todo lo que nos sucede en nuestra vida. Por eso, como hemos venido diciendo en el comentario que hemos hecho en estos dias sobre el libro de Job, miramos a Jesús, miramos su pasión, su muerte y ahí encontramos la luz y el sentido, porque estamos encontrando el amor de Dios que se nos entrega en Jesús para nuestra salvación.
Tenemos que tratar de impregnarnos bien del espíritu del Evangelio para ir descubriendo el verdadero sentido a lo que nos pasa. Hemos de saber encontrar un valor y un sentido a lo que nos sucede, también esas situaciones difíciles o dolorosas por las que tenemos que pasar en nuestros problemas o sufrimientos. Hemos de leer mucho y meditar el evangelio en esa profundización de nuestra fe para que sea auténtica y para que así podamos llenarnos de Cristo. Hemos de orar mucho pidiendo esa luz del Señor, esa luz de su Espíritu que es el que nos ayudará a encontrar el verdadero sentido de todo. Busquemos a Dios para encontrarnos con su amor.

miércoles, 6 de junio de 2012


Por designio divino llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús

2Tim. 1, 1-3.6-12; Sal. 122; Mc. 12, 13-17
‘Apóstol de Jesucristo por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús…’ Hermosa definición que hace Pablo de sí mismo, de su vocación y de su misión cuando saluda al hijo querido, Timoteo, en la segunda carta que hoy nos propone la liturgia.
No es voluntad propia, sino ‘designio de Dios’. ¿Qué es lo que nos anuncia? ¿Cuál es su mensaje? ‘La promesa de vida que hay en Cristo Jesús’. Podemos recordar que no fue Saulo el que buscó a Jesús sino que fue Jesús el que le salió al encuentro en el camino de Damasco cuando iba con sones de persecución para los que seguían el camino de Jesús.  ‘Lo he elegido para ser instrumento que lleve mi nombre a todos los pueblos’, le dijo el Señor a Ananías. Y se convirtió en mensajero de vida, de la vida de Jesús que a todos llena de vida y de salvación.
¿No será ese el mensaje que los que creemos en Jesús tenemos que llevar siempre a los demás? Esta carta de Pablo que estamos comentando forma parte de las llamadas cartas pastorales; en ellas el apóstol da instrucciones a aquellos discípulos a los que había encomendado unas comunidades - Éfeso a Timoteo, Creta a Tito, como bien  sabemos – y en este caso estamos viendo cómo el apóstol se preocupa de que Timoteo avive la gracia de Dios que recibió con la imposición de las manos.
Pero nos vale a todos, pastores y fieles, dichas recomendaciones porque todos tenemos la misión del apostolado, en virtud de nuestra fe en Jesús y nuestra pertenencia a la comunidad cristiana hemos de ser apóstoles, testigos de nuestra fe en medio del mundo. ‘Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, de amor y de buen juicio’. Por eso le dice, nos dice, ‘toma parte en los duros trabajos del evangelio, según las fuerzas que Dios te dé’.
No terminamos de considerar lo suficiente la riqueza del mensaje del evangelio que nos manifiesta el amor que Dios nos tiene desde toda la eternidad. Nos regala su amor y nos regala su vida que se manifiesta en plenitud en Jesucristo, el Señor. Sintiéndonos así amados de Dios, si lo consideráramos lo suficiente, nos sentiríamos urgidos a la santidad, a una vida santa. ¿Cómo no responder con una vida de amor a todo el amor que Dios nos tiene?
‘El nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación del mundo, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo, y ahora, esa gracia se ha manifestado por medio del evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal’. Maravilloso mensaje que tenemos que meditar pausadamente allá en lo hondo de nuestro corazón. Rumiarlo en nuestro interior, repetir una y otra vez la reflexión dejando que el Espíritu del Señor nos ilumine por dentro.
Esto para nuestra vida, pero esto también como mensaje que hemos de saber trasmitir a los demás. No conocemos a veces suficientemente todo lo que es el misterio de nuestra salvación y por eso nuestra vida en ocasiones es mediocre espiritualmente. Y si nos encontramos mucha gente a nuestro alrededor a los que no les dice nada o les dice poco la fe y el ser cristiano, hemos de reconocer porque muchas veces no se les ha hecho el debido anuncio.
¿Cómo van a creer si no se les anuncia el Evangelio? Esto nos urge con mayor intensidad el que tenemos que ser apóstoles, testigos de nuestra fe en Jesús, de la salvación que en Jesús Dios nos da para todos los  hombres. Que la gracia del Señor nos acompañe. Como dice el apóstol ‘estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio’. No nos faltará la gracia del Señor en ese testimonio que hemos de dar de Jesús y del evangelio.

martes, 20 de diciembre de 2011

Una vez más nos extasiamos contemplando con amor el misterio de Dios


Is. 7, 10-14; Sal. 23; Lc. 1, 26-38
Algunas veces hay personas que nos dicen que siempre estamos repitiendo lo mismo y que así aburrimos a la gente y por eso la gente se cansa de oír las mismas cosas y por eso no vienen a la iglesia. ¿Tendrán razón? ¿Será verdad que siempre estamos repitiendo las mismas cosas? De entrada decir que eso depende de cómo oigamos nosotros las cosas y cuál es la actitud de fe que llevamos en el corazón.
Pienso en dos enamorados. Parece que se dicen lo mismo, pero por eso mismo, porque están enamorados de verdad, nunca se cansa el uno del otro aunque se digan las mismas cosas. O pienso cuando hay algo en la vida que nos gusta, que nos satisface o nos llena interiormente, aquello lo repetimos, nos quedamos extasiados saboreándolo una y otra vez porque siempre lo gustaremos como algo nuevo que nos llega como muy dentro de nosotros.
Hoy hemos escuchado una vez más, por tercera vez dentro de este tiempo del Adviento, el mismo evangelio de la Anunciación. Creo que si consideramos con fe honda lo que este texto del evangelio de Lucas se nos manifiesta es como para quedarnos extasiados ante este texto saboreándolo una y otra vez por el misterio grande de Dios que en El se nos revela. Es el más inmenso misterio del amor de Dios que tanto nos ama que quiere encarnarse en el seno de María para hacerse hombre, pero para ser también Dios en medio de nosotros, para ser Emmanuel.
Locura de amor de Dios que así nos ama y nos salva, que así quiere estar con  nosotros y así quiere levantarnos para engrandecer nuestra naturaleza humana y llevarnos con El. Se hizo hombre, tomando nuestra naturaleza humana para engrandecernos y dignificarnos haciéndonos partícipes de su misma vida divina, haciéndonos a nosotros también hijos de Dios. Es como para quedarse en silencio, sin pronunciar palabra, y casi sin respirar para poder sentir y gozar de ese amor de Dios que así se nos manifiesta.
En la oración litúrgica se nos ha hablado del designio de Dios que humildemente y con amor es aceptado por María con ese sí rotundo y generoso que da con toda su vida al querer de Dios. Como ya dijimos en otro momento, es que María no sabía decir otra cosa ante Dios porque en sus manos se había puesto, y para El había consagrado toda su vida de forma radical. Así era la llena de la gracia, la llena e inundada de la presencia de Dios, la que se dejó transformar totalmente por obra del Espíritu Santo para ser verdadero templo de Dios.
Es algo que queremos aprender de María. De ella queremos aprender las mejores actitudes, la mejor forma de prepararnos para acoger al Señor que viene a nosotros con su salvación. ‘Ella lo esperó con inefable amor de madre’, decimos en uno de los prefacios de Adviento. ‘Y del seno virginal de la hija de Sión ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz’, que decimos en el otro de los prefaciones que decimos en estos días.
Esa forma de esperar de María, dejándose inundar de la gracia del Señor, dejándose transformar por el Espíritu para ser ese verdadero y santo templo de Dios, es lo que nosotros también tenemos que hacer. Por eso pedíamos en la oración litúrgica, al contemplar cómo María acogía los designios de Dios, que ‘siguiendo su ejemplo, nos conceda la gracia de aceptar tu designios con humildad de corazón’.
Sólo los humildes de corazón podrán conocer a Dios. ‘Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos; dichosos los humildes porque ellos poseerán la tierra; dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’. Son las bienaventuranzas que Jesús proclamará allá en el monte. Pero son las bienaventuranzas que nosotros vemos reflejadas en el corazón de María. Son los caminos de humildad, sencillez, pureza de corazón por los que nosotros hemos de transitar para llenarnos de Dios, como lo hizo María. 

jueves, 29 de septiembre de 2011

Miguel, Gabriel y Rafael nos alcancen la fortaleza de Dios y nos acompañen en el camino de los designios de Dios



Apoc. 12, 7-12;

Sal. 137;

Jn. 1, 47-51

‘Se hizo silencio en el cielo cuando el dragón trabó batalla con el arcángel Miguel. Se oyó una voz que decía: victoria, honor y poder al Dios todopoderoso…’

‘Y el ángel Gabriel se apareció a Zacarías y le dijo: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan…’

‘Yo soy el ángel Rafael, que estoy al servicio de Dios; vosotros bendecid al Señor y escribid todo lo que os ha ocurrido…’

‘Y un ángel se puso junto al altar del templo con un incensario de oro en sus manos, y le entregaron muchos perfumes. Y por manos del ángel subió a la presencia del Señor el humo de los perfumes, que son las oraciones de los santos…’

Estas son algunas de las antífonas que la Iglesia nos propone, sobre todo en la liturgia de los horas en esta fiesta de los Santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael que hoy estamos celebrando en una misma fiesta. Pueden ser un buen resumen del sentido de esta celebración al igual que nos manifiestan el significado de los santos Arcángeles que están en la presencia de Dios cantando siempre la gloria del Señor.

Pero nos manifiestan también la misión y el ministerio que ejercieron y ejercen a favor de los hombres en la historia de la salvación. Mensajeros divinos que nos hacen sentir la presencia y la fortaleza del Señor en nuestra lucha contra el mal, al tiempo que inspiran en nuestro corazón el mensaje divino que nos manifiesta la voluntad de Dios escondida desde los siglos pero que nos quiere ofrecer siempre su amor y su salvación. Angeles que nos protegen y nos acompañan, que nos hacen llegar la medicina de Dios pero que también a través de sus manos como un incienso divino que sube hasta el cielo hacen llegar nuestras oraciones ante el trono de Dios.

Miguel en su lucha contra el maligno nos hace pregustar la victoria definitiva sobre el mal para hacernos partícipes del Reino eterno de Dios en que Dios mismo será siempre nuestra victoria y nuestro gozo; como su mismo nombre indica, ‘¿quién como Dios?’, nos hace sentir esa presencia de Dios en nuestra vida que con su gracia nos fortalece en nuestra lucha contra el mal.

Gabriel mensajero divino no solo para Zacarías anunciándole el nacimiento de Juan, sino para María a quien revela lo que son los designios divinos que quiere contar con ella, con su Sí, para que se realiza la obra de nuestra redención a través del misterio de la Encarnación que se iba a consumar en las entrañas de María. Así tendremos que escuchar allá en lo hondo de nuestro corazón ese designio de amor de Dios para con nosotros, y así tenemos que aprender a abrirnos a ese Misterio de Dios que se nos manifiesta y se nos revela.

Rafael, compañero de camino y medicina de Dios, como su mismo nombre indica; no sólo nos acompaña en el camino de la vida librándonos de todo peligro sino que nos conducirá siempre hasta Jesús es es la verdadera medicina de salvación para el hombre porque es nuestro salvador y redentor que nos cura, nos sana y nos salva de todos nuestros males y pecados. Cuánto necesitamos nosotros encontrar esa medicina de Dios que nos haga llegar la gracia y la salvación.

Que el árcangel Rafael, presente ante el trono de Dios también el memorial de nuestras oraciones como hizo con Tobías y Sara para que así alcancemos siempre la gracia del Señor frente a las adversidades peligros que nos encontramos tantas veces en los caminos de la vida. Mejor acompañante no podemos encontrar para ese nuestro peregrinar hacia la patria definitiva donde podamos cantar para siempre la gloria del Señor.