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domingo, 9 de noviembre de 2025

Damos gracias y pedimos a Dios por la Iglesia, dando testimonio de Iglesia con el compromiso de nuestra fe y amor siendo signo de comunión en medio del mundo

 


Damos gracias y pedimos a Dios por la Iglesia, dando testimonio de Iglesia con el compromiso de nuestra fe y amor siendo signo de comunión en medio del mundo

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Salmo 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

¿Agua de vida o agua de muerte? Ya sabemos que cuando las aguas corren sin control y todo lo anegan a su paso se pueden convertir en algo destructivo por los primeros efectos que van produciendo a su paso. No nos gustan las inundaciones, imágenes tenemos recientes en la retina o en el recuerdo de los daños causados en los grandes temporales cuando lo arrasan todo a su paso; pero bien sabemos que cuando aquel torrente de agua impetuosa que baja de la montaña arrasándolo todo llega a la placidez de la tierra llana, donde ha dejado atrás aquella impetuosidad de destrucción se pueden convertir en agua fecunda que llenará de vida nuestros campos y que incluso aquel limo que ha venido arrastrando ahora se convierte en algo así como abono que va llenando de nueva vida allá por donde pase; habrá un resurgir de la vida, habrá una nueva floración, podremos luego recoger frutos hermosos porque de alguna manera también ha servido de purificación.

Es la descripción hermosa que nos hace hoy el profeta de aquella agua que manaba del templo y que crece y crece en su fluir, pero allí por donde pasa hará resurgir la vida, como el mismo profeta nos describe en los árboles frutales de sus orillas rebosantes de frutos. Una referencia hermosa al río de gracia que en la Iglesia de Cristo encontramos y que a nosotros nos llena de vida.

Es el texto que hoy la liturgia nos propone en esta fiesta de la dedicación de la Catedral de Letrán. Decir que es la catedral del Roma, la sede del Papa, Obispo de Roma, y que tiene un hermoso significado para toda la Iglesia, que es por lo que hoy la celebramos prevaleciendo esta fiesta incluso sobre la liturgia del domingo. La Iglesia madre de todas las Iglesias como se la ha querido llamar que nos hace sentirnos hoy en comunión con la Iglesia universal y en comunión con el Papa. Nos coincide además en nuestra Iglesia española que celebramos también en este domingo el Día de la Iglesia Diocesana. Una motivación más para reavivar ese sentido eclesial de nuestra fe con todas sus consecuencias. En ese sentido van todas las lecturas de la Palabra de Dios que hoy nos ofrece la liturgia de este domingo.

Se nos habla de ese edificio, de ese templo de Dios que es Cristo mismo, como se nos señala en el evangelio. ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’, que replica Jesús a quienes le interrogaban sobre su autoridad para la purificación del templo que más que una casa de oración la habían convertido en una cueva de ladrones. Templo y edificio de Dios fundamentado sobre Cristo mismo, como nos dice el apóstol san Pablo, ‘Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo’, nos dice.

No es una iglesia edificada por hombres, sino que el constructor ha sido Cristo. Es su Evangelio, es la Palabra de salvación que nos llena de vida.

Y aquí recogemos esa hermosa imagen con la que comenzábamos nuestra reflexión y que nos ofrecía el profeta. Esa agua que mana debajo de las puertas del templo de Dios es imagen de ese río de gracia que en la Iglesia de Cristo encontramos. En ella tenemos la Palabra de Dios, en su ministerio recibimos la gracia de Dios por los Sacramentos, en ella nos sentimos ese edificio de Dios donde queremos construir nuestra vida y no solo de una forma individual sino en esa comunión de hermanos que formamos todos los que creemos en Jesús.

Es la Iglesia madre que nos acompaña en cada una de las situaciones de la vida, por muy difícil que sea el momento en que nos encontremos; es la Iglesia en la que nos sentimos acogidos porque en ella encontremos siempre la misericordia del Señor, pero que también se convierte para nosotros en fuego fundidor que nos purifica; es la Iglesia que como maestra nos enseña y nos recuerda una y otra vez las enseñanzas de Jesús que también nosotros hemos de anunciar con el testimonio de nuestra vida; es la Iglesia fuente de vida para nosotros que en la medida que con ella nos sintamos unidos a Jesús podremos llenar de fecundidad nuestra vida y dar los mejores frutos; es la Iglesia que desborda su amor sobre nosotros y sobre el mundo queriendo que todo se transforme en ese Reino de Dios que para nosotros es la Iglesia; es la Iglesia que se convierte en aliciente para nuestro camino en el ejemplo de sus mejores hijos y por eso veneramos a sus santos que nos han dejado las huellas de su vida para siguiendo su senda mejor nosotros encontrarnos con Cristo; es la Iglesia ese manantial de agua que nos llena de vida, ‘agua de vida’ que nos hace fecundos en el amor, y se convierte en fuerza y alimento para que demos los mejores frutos para nuestro mundo.

Hoy al sentirnos por una parte miembros de nuestra Iglesia local, nuestra diócesis, pero también en comunión con toda la Iglesia de Cristo al celebrar la dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán, Catedral del Papa, nos sentimos en comunión con nuestros pastores, nos sentimos en comunión eclesial que queremos expresar en todo el compromiso de nuestra fe que nos hace testigos y apóstoles del evangelio de Jesús. Damos gracias por la Iglesia, pedimos a Dios por la Iglesia, damos testimonio de nuestro sentido de Iglesia, y con el compromiso de nuestra fe y de nuestro amor queremos ser ese signo de Iglesia en medio de nuestro mundo.

martes, 28 de enero de 2025

Ha sido para mí como una madre… es para mí como un hermano… amigos más afectos que un hermano… El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre

 


Ha sido para mí como una madre… es para mí como un hermano… amigos más afectos que un hermano… El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre

Hebreos 10,1-10; Salmo 39; Marcos 3,31-35

Ha sido para mí como una madre… es para mí como un hermano. Son expresiones que probablemente habremos empleado alguna vez cuando estamos con una persona, que aun sin ser familia, a la que tenemos un afecto especial. Personas que han sido cercanas a nosotros en la vida, que no nos ha faltado su compañía en momentos importantes, o en momentos que han sido trascendentales en nuestra existencia. Nos acompañaron en momentos de soledad, en momentos tormentosos quizás de la vida, que tuvieron para nosotros palabras verdaderamente orientadoras, que nos mostraron su cariño, no siempre necesariamente con palabras, pero sin con los hechos, con su presencia, con su ayuda. Hay una familia en la vida que no siempre es la familia de la carne y de la sangre, sin menoscabar en nada lo que significa la familia carnal, pero con la que hemos contado y seguiremos contando. Ya dice la Escritura en los libros de la Sabiduría que ‘hay amigos que son más afectos que un hermano’.

¿Por qué saco a colación todo esto? Son cosas que necesariamente hemos de saber valorar, pero viene a cuento con lo que hoy nos presenta el evangelio. Se hacen presentes allí donde está Jesús enseñando a la gente, realizando algunos signos quizás, su madre y sus familiares. En el lenguaje semítico empleado por el evangelio la expresión es que le anuncian a Jesús que allí están su madre y sus hermanos.

¿Tuvo más hermanos Jesús? Ya sé que esté es un punto de batalla en ciertas interpretaciones que se hacen muy literalmente de los evangelio en ciertos sectores de algunas iglesias cristianas y que son aprovechadas muchas veces para confundir a la gente y atraerlos a sus caminos. No es una manera muy leal de anunciar el evangelio de Jesús. Nosotros siempre hemos interpretado que esta expresión de ‘hermanos’ en el lenguaje semítico se aplica a todos los que son familiares cercanos; el concepto y sentido de familia no es tan reductivo como en occidente tenemos de alguna manera sino que se amplia a todo el ámbito familiar. Todos sin embargo tenemos quizás la experiencia de tener primos que algunas veces son más queridos para nosotros que los propios hermanos por distintas circunstancias de la vida. Pero no es la cuestión que más nos importa hoy al comentar el evangelio.

Cuando le anuncian a Jesús la presencia de María, su madre, y sus hermanos Jesús se hace la pregunta. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y nos dice el evangelista que volviéndose a todos los que le rodeaban y como queriendo envolverlos a todos en un mismo abrazo el mismo Jesús nos responde. ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

¿Está negando Jesús la importancia de su madre y de su familia como queriendo dejarlos a un lado? Jesús lo que está haciendo es darnos una nueva amplitud, con una nueva universalidad y fraternidad, que tiene que hacer que en verdad nos sintamos unidos desde una misma fe pero desde esa escucha que hacemos de la Palabra de Dios.

El ejemplo, por decirlo así, lo tenemos en María. El Verbo de Dios se encarna en su seno para ser la madre de Jesús, para ser la madre de Dios, porque ella antes ha plantado la Palabra de Dios en su corazón. No es solamente lo que luego al final de la visita del ángel responderá María, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, sino que en el camino de María había estado como plan de su vida, como trayectoria de su vida, el buscar siempre lo que era la voluntad del Señor. ¿Por qué, si no, el ángel la llama la agraciada de Dios, la que ha encontrado gracia ante Dios? Porque era lo que María siempre estaba buscando, conocer la voluntad de Dios, escuchar la Palabra de Dios en su corazón. Es lo que realmente la ha convertido en la Madre de Dios.

Hoy precisamente la carta de los Hebreos, escuchada como primera lectura, nos habla de lo que fue la voluntad del Hijo de Dios desde su entrada en el mundo. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Esa búsqueda de la voluntad de Dios, esa aceptación de la voluntad de Dios en nuestra vida, esa escucha de la Palabra de Dios plantándola en nuestro corazón es lo que nos hace hijos de Dios. Así nos lo dice el principio del evangelio de san Juan. ‘Estos nos han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’.

¿Cómo, entonces, nos hacemos en verdad esa familia de Dios? Mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de Dios, como nos dice hoy Jesús en el evangelio. Es así como nos hacemos hermanos los unos de los otros, es así como entramos a formar parte de esa nueva familia; será así, desde la escucha de la Palabra de Dios, cómo comprenderemos que somos hermanos y como tales tenemos que tratarnos, amarnos, es la trayectoria que también nosotros hemos de seguir en nuestra vida. Así tenemos que sentirnos, así tenemos que amarnos.


lunes, 7 de octubre de 2024

Nos gozamos con la presencia de María, el regalo de una madre que Dios ha querido darnos, y no nos cansamos de piropearla porque se merece todo nuestro amor de hijos

 


Nos gozamos con la presencia de María, el regalo de una madre que Dios ha querido darnos, y no nos cansamos de piropearla porque se merece todo nuestro amor de hijos

 

Zacarías 2, 14-17; Salmo Lc 1, 46b-55; Lucas 1, 26-38

Los enamorados se dicen una y otra vez palabras de amor y no se cansan nunca de repetirlas. Cuando algo nos gusta no nos cansamos de admirarlo y saborearlo, es más, cada vez le encontramos más sabor enriqueciendo la capacidad de nuestro propio paladar.

Hoy estamos celebrando una advocación de la Virgen que nos lleva a repetir una y otra vez piropos de amor para la que es nuestra madre, depositando en su corazón todo lo que es nuestra vida, con nuestros anhelos y preocupaciones, con nuestros deseos y con nuestras alegrías, desde nuestras penas y nuestros sufrimientos, porque sentimos que es la madre, y la madre no se cansa nunca del amor de sus hijos, y tampoco los deja abandonados en sus angustias y en sus penas.

Una advocación de la Virgen que se convierte en un bello ramillete de rosas de amor cuando le repetimos una y otra vez las palabras del ángel que la hacían sentirse la agraciada del Señor, reconociendo desde su humildad las maravillas que el Todopoderoso realizaba en ella y a través de ella derramando su misericordia de generación en generación para todos los hombres. Hoy la llamamos y la invocamos como la Virgen del Rosario, que al mismo tiempo se convierte para nosotros como una escala a través de la cual le hacemos llegar los efluvios de nuestro amor.

Ha sido una devoción bien enraizada en el pueblo cristiano , pero que no se queda en lo popular a pesar de tantas tradiciones populares que en torno a su imagen en esta bendita advocación del Rosario expresan la devoción y el amor que sentimos por Maria como abogada en todas nuestras necesidades, sino que tiene también un profundo sentido teológico porque al repetir una y otra vez con las cuentas del rosario las palabras del Avemaría al mismo tiempo vamos considerando y contemplando todo el misterio de Cristo que a través de María para nosotros se hace tan cercano y tan vivido.

María nos enseña a contemplar a Cristo para ser capaces de mirarlo a través de sus mismos ojos. Pensemos cómo María en tantos momentos, como saben hacerlo las madres, se pondría a rumiar en su corazón todo aquel misterio de Cristo que junto a ella se había ido desarrollando. En un momento el evangelio nos dice que María, todo aquello que contemplaba, lo guardaba en su corazón. ¿Y para qué guardan en su corazón las madres los acontecimientos de la vida de sus hijos? Hace suyos la madre esos acontecimientos de la vida de sus hijos, se duele con sus sufrimientos y se goza con sus alegrías, se ve en ellos reflejada por las buenas semillas que fue plantando en sus corazones que ahora se manifiestan en lo que van realizando en su vida y tendrán siempre la palabra oportuna para alentar y para animar en el camino que se les pueda hacer difícil. Cómo conforta la presencia de la madre, aunque sea en silencio, en esos momentos de lucha y de superación.

Nadie como una madre los conoce tanto, nadie puede hablarnos de alguien mejor que lo que pueda hacerlo una madre. Así María quiere hacer con nosotros, ser para nosotros esa presencia de Madre que nos alienta y nos anima así como maestra que nos enseña y transmite todo el misterio de Jesús que nadie como ella vivió con tanta intensidad cuando la invocamos con el rezo del santo Rosario. Es una meditación y una contemplación, al tiempo que es un plasmar en nuestro corazón a través de los ojos de María todo ese misterio de Cristo.

Nunca una madre quiere sustituir la acción que el hijo tiene que realizar, pero sí será siempre un estimulo para que realicemos nuestro camino. Tampoco quiere María sustituir la acción de Jesús – por lo que tenemos que cuidar muy bien lo que tiene que ser nuestra devoción a María – sino que siempre está el impulso que continuamente nos recuerde que es a Jesús a quien tenemos que escuchar y al que tenemos que obedecer con nuestra obediencia de fe y de amor para realizar cuánto El nos diga.

Nos gozamos, pues, con la presencia de María que siempre nos llevará hasta Jesús. Damos gracias a Dios por ese regalo de una madre que ha querido darnos en María y no tememos de cansarnos de piropear a María como los buenos hijos saben hacerlo siempre con una madre. ¿Cómo no lo vamos a hacer con María?

martes, 24 de septiembre de 2024

Una nueva dinámica para nuestra vida, la del amor, con nuevas actitudes y nuevos horizontes a los que no podemos poner barreras

 


Una nueva dinámica para nuestra vida, la del amor, con nuevas actitudes y nuevos horizontes a los que no podemos poner barreras

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Salmo 118; Lucas 8, 19-21

Nada que tenga que ver con el amor podrá jamás encerrarnos en nosotros mismos. Dejaría de ser amor. El amor siempre es expansivo, el amor abre horizontes, nunca puede ser un circulo cerrado, nunca convierte a nadie en el centro de si mismo, amarse a si mismo para excluir a los demás no tiene sentido, nunca puede ser excluyente. Es algo de la esencia de la persona. En nombre del amor nunca podremos excluir a nadie. Cuando vamos por la vida excluyendo a personas no hemos entendido la esencia de nuestro ser y podríamos decir que nos estamos traicionando a nosotros mismos.

Sería lo que en verdad nos haría felices y crearía una humanidad de felicidad, pero sabemos que nos cuesta. No todos lo entienden ni lo viven y pueden parecer tan felices. Pero hay un vacío. Sin embargo nos confundimos y nos dejamos contagiar por esos brotes de insolidaridad y de un amor propio que no es verdadero amor y que nos llevan a la guerra. Nos hemos inventado muchas maneras de hacernos la guerra cuando dejamos meter las sombras del egoísmo y de la insolidaridad en nuestro corazón. Tenemos que estar atentos y vigilantes para encontrar lo que de verdad va a llenar nuestra vida.

Es lo que ha venido a enseñarnos Jesús. Estando con El nuestros horizontes tienen que ampliarse porque nos pone en un camino nuevo que nos lleva a la plenitud de nuestro ser. No quiere Jesús que en nombre de ningún amor entremos en esas dinámicas de exclusivismos y de exclusiones.

Hoy en el relato del evangelio se nos habla de una visita de María y sus parientes a Jesús en medio de su predicación. ‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’, le dicen. Siempre en una primera impresión nos ha sorprendido la respuesta de Jesús. Se pregunta ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Nos podría parecer sorprendente esa pregunta que se hace Jesús y la respuesta que les da. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’, viene a decirles Jesús.

Nos podría parecer que Jesús niega la importancia de aquella visita y de la presencia de María y su familia junto a El, pero no es así. Jesús nos está abriendo horizontes, por así decirlo. Amamos a los padres, amamos a la familia, amamos a aquellos por quienes nos sentimos queridos y amados, pero nuestro amor nunca se puede quedar ahí. El sentido de vida que Jesús nos está dando es que tenemos que ampliar esos horizontes del amor y nuestro amor tiene que ser más universal; no es un amor exclusivo, sino siempre un amor abierto. Porque quienes le escuchan, quienes escuchan la Palabra de Dios están entrando en otra órbita de la vida porque nos sentimos obligados a amar, y amar a todos sin exclusión.

Por eso como hemos venido reflexionando se acaban los exclusivismos. Como nos dirá en otro momento no solo saludamos a los que nos saludan, no solo amamos a los que nos aman, entramos en otra dinámica con un amor que tiene que ser siempre universal. Nos salimos de nosotros mismos pero no hacemos círculos que nos encierren sino que siempre tienen que estar las puertas abiertas, al horizonte de esos campos de la vida en que entramos ya no podremos poner barreras.

Qué lástima que no lo terminemos de entender; pero no solo hemos de saberlo en la cabeza – como tantas veces decimos, ‘eso lo sé yo’ – sino que tenemos que comenzarlo a sentir desde lo más hondo de nuestro corazón. Es una nueva humanidad que nace desde el amor cuando así nos sentimos amados de Dios. Porque ‘el amor consiste’, como nos dirá san Juan en sus cartas, ‘no en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que Dios nos amó primero’. Es una nueva dinámica para nuestra vida que tenemos que traducirla en muchas nuevas actitudes para cuantos nos rodean.

 

domingo, 9 de junio de 2024

Queremos ser nosotros la familia de Jesús, llenarnos de su paz, rebosar de amor, sentirnos hombres nuevos, para comenzar a hacer un mundo nuevo

 


Queremos ser nosotros la familia de Jesús, llenarnos de su paz, rebosar de amor, sentirnos hombres nuevos, para comenzar a hacer un mundo nuevo

Génesis 3, 9-15; Sal. 129; Corintios 4, 13–5, 1; Marcos 3, 20-35

‘Mira tú, ese muchacho, por lo que le ha dado’. Así pensamos alguna vez, o hemos escuchado el pensamiento de alguien, cuando vemos que alguien cercano a nosotros, vecino o familiar quizás, se ha dedicado a cosas que nos parecen extrañas, porque quizás en lugar de buscarse un trabajo con el que forjarse un futuro, se dedica a ir por ahí complicándose la vida, porque quiere ayudar a todo el mundo, porque se implica en cualquier batalla reivindicativa ante problemas que hay entre el vecindario o en la comunidad, y vemos que quizás unos lo aprecian, pero otros no lo ven con tan buenos ojos y andan sembrando desconfianzas incluso entre aquellos a los que ha ayudado ese muchacho, como decíamos. ‘Mira tú por lo que le ha dado’.

¿Pensarían así los vecinos de Nazaret cuando se enteraron de las andanzas de Jesús? ¿Pensarían así los familiares y vecinos que le conocían de toda la vida, porque allí se había criado? Ya sabemos, por otra parte, que no fue muy exitosa su visita a Nazaret. No nos extraña pues esos primeros párrafos en que tras presentarnos como la casa se le llenaba a Jesús de gente de manera que ni podían comer tranquilos, ahora aparecen por allí unos familiares que quieren llevarse a Jesús porque eso no es vida, no anda en sus cabales. Pero nada pudieron hacer.

Y Jesús sigue rodeado de aquella gente sencilla que se siente dichosa de escucharle; por eso andan allí metidos en su casa. Pero no todos piensan lo mismo. Han llegado unos emisarios de Jerusalén, representantes de aquellos partidos que se sentían o creían poderosos en medio del pueblo. No se sienten tranquilos con lo que escuchan de Jesús y lo ven un peligro. Hay que buscar la manera de desprestigiarle.

¿Qué Jesús cura a los endemoniados? No podían admitir que aquello era obra de Dios, liberar a cuantos se sentían oprimidos por el mal; era lo que Jesús realmente iba haciendo cuando ayuda a la gente a que realizara una transformación de sus corazones. El mal no es algo que nos domine de fuera, aunque hay muchas cosas que pueden ser opresión pero siempre procede de la maldad de los corazones, sino que tenemos que descubrir ese mal que tenemos dentro de nosotros y del que tenemos que librarnos.

Es algo que cuesta, pero cuando lo vamos logrando nos sentimos transformados, porque nos llenamos de una nueva paz, de un nuevo sentido y valor para la vida. Es lo que Jesús va realizando en los corazones con esa palabra salvadora que nos anuncia. Es así como se va realizando de verdad el Reino de Dios, porque no será el mal el que nos domina, sino que Dios es el verdadero Señor de nuestra vida y con El sentimos la paz.

Pero esa liberación no les convence a aquellos venidos de Jerusalén que vienen sembrando cizañas de desconfianza. Lo que hace Jesús, vienen a decir, lo hacer con el poder del príncipe de los demonios. ¿Quién los puede entender en su propia contradicción? Y escuchamos hoy a Jesús como quiere hacerles comprender donde está esa verdadera liberación que viene de Dios. Es el actuar de Dios en nuestras vidas, es la fuerza del Espíritu del Señor.

La gente sigue apretujada junto a Jesús, porque no escuchan a aquellos sembradores de cizañas. Alguien más quiere llegar hasta Jesús. Ahora no son unos familiares cualesquiera, son su madre y sus hermanos, que tampoco pueden llegar por la aglomeración de la gente. Es lo que le anuncian a Jesús. ‘Fuera están tu madre y tus hermanos que andan buscándote’.

Y ahora Jesús nos dice algo muy importante. No niega la valoración de la familia, de su madre y parientes que están allí porque quieren estar a su lado también. Jesús nos abre horizontes, porque nos dice que todos podemos ser su familia. Estos son mi familia, mi madre, mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.

Queremos ser nosotros esa familia de Jesús. Queremos dejarnos impregnar por esa palabra salvadora que nos libera, nos sana y ya no es solo de nuestros males físicos sino de ese mal que se nos puede meter por dentro, nos llena de gracia, nos hace hijos, nos hace hermanos de Jesús.

Dejémonos liberar por Jesús, dejémonos sanar por esa Palabra de vida. Nos llenaremos de su paz, comenzaremos a rebosar de amor, nos sentiremos en verdad unos hombres nuevos, comenzaremos a hacer un mundo nuevo, comenzaremos a actuar a la manera de Jesús aunque también nos puedan decir que no estamos en nuestros cabales, como san Juan de Dios seremos los locos de Dios por el amor.

sábado, 30 de marzo de 2024

En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

 


En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… así sencilla y escuetamente nos dice el evangelista. ¿Había habido un encuentro en la calle de la amargura camino del Calvario? La devoción popular y la tradición nos hablan de ello, viéndolo con toda normalidad; hecho que además en la tradición daría nombre a aquella calle, pues tal imaginamos era la amargura de la madre en el encuentro con el hijo condenado que llevan a crucificar.

Nosotros también en el amor de los hijos queremos ponernos en estos momentos al lado de la madre. La madre del crucificado con todo lo que eso significa, pero que es la madre que hoy se nos ha regalado. Detalles de Jesús, con su madre, con nosotros. Allí estaba el discípulo amado y es a él a quien le dice ‘he ahí a tu madre’; pero es que también se ha dirigido a María la que en aquel momento estaba perdiendo un hijo que se lo arrebataba la muerte, ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’. Y nos dice el evangelista - ¿fue el mismo el que recibió el encargo? – que ‘desde aquella hora la recibió en su casa’.

Sí, queremos estar al lado de María, al lado de la madre, al lado de nuestra madre, pero vamos a hacerlo en silencio porque no es de otra manera como se pueden acompañar estos momentos. Sobran las palabras, habla el silencio. Muchos nombres, como calificativos, le damos en este día a María, dadas las circunstancias que vive. El más común Madre dolorosa, Madre de los Dolores, Virgen de los Dolores. El dolor y el sufrimiento de una madre que ve morir a su hijo. Algo que no vamos a describir porque es indescriptible. Pero una realidad dura que parte el corazón.

Simeón le había anunciado que una espada le traspasaría el alma y hasta siete espadas en nuestro amor y devoción vemos que atraviesan el corazón de la madre. Así la representamos, no faltará nunca el signo de esa espada en cualquier imagen de la Virgen de los Dolores. Casi más no podemos decir, no es necesario decir, porque sobran explicaciones. ¿Pregúntenselo a una madre que ve sufrir a un hijo enfermo con una enfermedad incurable? ¿A una madre que pierde un hijo en un accidente, en una guerra? ¿Pregúntenselo a una madre que no tiene pan para darle a su hijo que le dice que tiene hambre?

La llamamos también Virgen de las Angustias, quizás porque en ella al pie de la cruz de su hijo o caminando junto al cuerpo difunto de su hijo llegan hasta su tumba. Es un dolor insuperable que nos hace perder el alma, es una oscuridad grande que nos lleva a perder el rumbo de la vida, es un sin sentido que nos enloquece y nos hace perder todo equilibrio. ¿Sería así la angustia de María? Dolor había en su alma y podrá preguntarnos con las lamentaciones del profeta si es que hay un dolor semejante a su dolor, pero María era la mujer confiada de Dios, en El había puesto toda su fe y toda su confianza, y aunque había tenido momentos de incertidumbre en su vida – ‘¿Cómo será eso que no conozco varón?’ se había preguntado ante el ángel – era la mujer que se fiaba y decía sí. ¿No había dicho ella que era la esclava del Señor dispuesta a todo, a que se cumpliera la Palabra del Señor que le llegaba por boca del ángel?

También la invocamos como la virgen de la Soledad. Justo que la veamos y la invoquemos así cuando ha perdido todo lo que humanamente podía ser su apoyo, había perdido a su hijo. En esa soledad queremos nosotros acompañarla en estos momentos posteriores a la muerte de Jesús. Pero ya nos dice el evangelio junto a María estaba también María Magdalena y aquellas otras mujeres que habían venido con El desde Galilea. Aunque los discípulos de su hijo se habían dispersado y habían huido allí quedaba el discípulo amado que iba a recibir aquel hermoso encargo. Desde aquella hora la había recibido en su casa, como ya hemos comentado.

Soledad la llamamos e invocamos porque queremos expresar así lo que se puede sentir, lo que puede pasar por el corazón de una madre en estas circunstancias. No queremos esa soledad de María, porque además queremos que sea ella la que nos acompañe en nuestras soledades, en nuestras angustias, en nuestros dolores. Necesitamos esa madre que sabe estar a nuestro lado y nosotros queremos saber estar también a su lado. Por algo la llamamos también la Virgen de la Esperanza. Por mucho que fuera el dolor no faltó en ella la esperanza, porque era la primera que había plantado la Palabra de su Hijo en su corazón y entendía que la vida y el amor no se acaban, porque con Jesús la tenemos para siempre, con Jesús nos sentiremos siempre desbordados por el amor.

Y con ella hemos caminado esos pasos de la tarde del Viernes Santo, como la queremos acompañar en este Sábado que parece oscuro y silencioso pero que es preámbulo de un amanecer luminoso con resplandores de resurrección. En silencio nos quedamos junto a María, quizás muchas palabras han circulado ya por nuestra mente cuando la contemplamos, pero nada más vamos a decir. Que ese silencio nos hable, que ese silencio nos haga sentir una presencia que llena el corazón. Con María superaremos dolores y angustias, soledades y desesperanzas, porque con María sabemos llenarnos de luz y de vida, renace la esperanza en nuestro corazón.


miércoles, 13 de marzo de 2024

Nunca podremos sentirnos abandonados ni olvidados de Dios, porque ahí está Jesús que con los signos y señales que realiza nos recuerda el amor de Dios

 


Nunca podremos sentirnos abandonados ni olvidados de Dios, porque ahí está Jesús que con los signos y señales que realiza nos recuerda el amor de Dios

Isaías 49,8-15; Salmo 144;  Juan 5, 17-30

No nos gusta ser los olvidados. Ni de la familia, ni de los amigos, ni de aquellas personas que apreciamos y, en cierto modo, tampoco de aquellos con los que nos relacionamos en la vida, ya sea por la convivencia, por las relaciones de vecindad, o por razones laborales.

¿No nos quedamos los vecinos de un lugar determinado, un barrio, un sector de la ciudad, que las autoridades se han olvidado de nosotros porque no atienden nuestras demandas o necesidades? ¿Cómo reaccionamos ante un amigo al que hace tiempo que no veíamos y que de alguna manera se había distanciado la relación? Ya te olvidaste de los amigos, es casi lo primero que le decimos cuando nos reencontramos de nuevo.

Y lo mismo nos sucede en nuestras relaciones familiares y suele ser la queja más común, o de los padres que dicen que sus hijos ya no se acuerdan de ellos, o los hijos por el contrario con la misma queja contra los padres, ya no te acuerdas de mí.

Ese recuerdo que queremos que se mantenga dice mucho de cómo nos sentimos y cómo nos sentimos necesitados los unos de los otros, de su cariño, su presencia, su valoración, el tenernos en cuenta y así mucho más. Y tenemos que decir en el ámbito religioso que es algo que aparece en nuestra relación con Dios, en nuestras prácticas religiosas. Dios no nos escucha, decimos con tanta facilidad tantas veces. Claro que también tendríamos que preguntarnos si nosotros escuchamos a Dios. ¿Nos sentiremos acaso en alguna ocasión olvidados de Dios? ¿O será más bien que Dios es el olvidado de nosotros porque somos nosotros los que realmente no le tenemos en cuenta?

Me estoy haciendo esta consideración que a la larga tendría que llevarme a analizar detenidamente nuestra relación con Dios, desde el texto maravilloso que nos ha ofrecido hoy el profeta. El profeta está hablando a un pueblo que no lo está pasando nada bien; probablemente se trate de la época del exilio a Babilonia y el profeta trata de levantar el animo a aquel pueblo desesperanzado porque se van a abrir caminos por el desierto para un nuevo éxodo, para una nueva vuelta a su tierra desde el lugar del destierro. ¿Se sentían abandonados de Dios? La situación que vivían no era fácil, pero el profeta viene a decirles que Dios no los olvida, que Dios no los abandona, y termina con ese maravilloso texto que nosotros también hemos de escuchar con corazón abierto y con corazón humilde y agradecido.

‘Exulta, cielo, romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados. Sion decía: Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré’.

Una madre nunca podrá olvidar al hijo de sus entrañas. Y eso de alguna manera nos viene a decir también hoy Jesús en el evangelio. Sea cual sea la situación que nosotros vivamos en nuestra vida, ahí está El. Nunca podremos sentirnos ni abandonados ni olvidados ¿Y qué significa su presencia? Recordarnos continuamente que Dios nos ama. Para eso ha venido. Cuando de verdad lo asumamos y lo recordemos siempre, en todo momento y situación, cualquiera que sean las circunstancias de nuestra vida, estaremos entrando en algo nuevo. El Reino de Dios lo llama Jesús. ‘Mi Padre sigue actuando y yo también actúo’, nos dice Jesús.

¿Qué son esos signos y señales que Jesús va realizando con su vida? Las muestras de que Dios nos ama, y porque nos ama irá transformando nuestra vida, y porque nos sentimos amados comenzamos nosotros a dejarnos transformar nuestra vida. ¿No nos ha pedido Jesús desde el principio que tengamos fe y que transformemos nuestro corazón? Acaso somos nosotros los que olvidamos esta invitación y esta llamada de Jesús. Pero aunque nosotros en la práctica tantas veces lo neguemos, como nos diría san Pablo, El no puede negarse a sí mismo, y siempre será fiel en el amor que nos tiene.

¿Qué más necesitamos nosotros para comenzar a dar respuesta a ese amor de Dios? Sigamos con nuestro programa de Cuaresma y podremos llegar de verdad a la Pascua.


miércoles, 28 de febrero de 2024

En este camino de subida a Jerusalén de esta cuaresma miremos que no andemos perdidos porque no sabemos escuchar con corazón abierto a Jesús

 


En este camino de subida a Jerusalén de esta cuaresma miremos que no andemos perdidos porque no sabemos escuchar con corazón abierto a Jesús

Jeremías 18, 18-20; Salmo 30; Mateo 20, 17-28

Nos cuesta escuchar lo que no nos interesa, lo que nos parece que nos hace daño o no va según nuestras conveniencias. Y es que a veces da la impresión que andamos como perdidos en la vida; y no se trata de que nos hayamos ido a las montañas o al bosque y perdimos el camino y ahora no sabemos donde estamos y cómo salir de ese atolladero; no se trata de que nos hayamos metido en la gran ciudad que no conocíamos y caminando entre calles y calles entretenidos en todo lo que va apareciendo a nuestros, ahora no sabemos donde estamos y cómo podemos volver por nuestro camino.

Es otra cosa; vamos haciendo un camino en la vida porque nos entusiasmamos por algo que nos parecía que nos podía interesar, encontramos a alguien con carisma y nos atrajo, pero cuando nos va dando las verdaderos motivaciones nosotros andamos como soñando con otras cosas y al final ni prestamos atención a aquello que se nos dice o que se nos propone. Seguimos tras aquella persona, porque quizás nos atrae su simpatía, su alegría, pero cuando nos habla de algunas exigencias, eso ni lo escuchamos.

¿Les estaría pasando a los discípulos así? Estaban entusiasmados por Jesús, escuchaban sus enseñanzas y se quedaban encantados con sus parábolas, los milagros que hacía despertaban un interés pero les parecía que aquella era un camino que les llevaría a triunfos y a que ellos pudieran alcanzar también esas glorias humanas que podían ver en otros. Ahora marchaban a Jerusalén, y les parecía que aquello iba a ser un camino victorioso. En Galilea la gente andaba entusiasmada por Jesús y las multitudes le seguían por todas partes; su fama llegaría también a Jerusalén y allí no iba a ser menos, pensaban ellos.

Por eso cuando ahora habla Jesús de su sentido de la subida a Jerusalén donde el Hijo del Hombre iba a ser entregado incluso en manos de los gentiles, no lo entendían. Ellos seguían con sus mismos pensamientos. Estaban como obcecados.

Por eso se adelante la madre de aquellos dos hermanos, los Zebedeos, y se postra ante Jesús porque quiere hacer una petición para sus hijos. ‘¿Qué deseas? ¿Qué pides?’ le pregunta Jesús. ¿Era un camino de triunfo y de gloria el que iban haciendo, al menos así lo pensaban ellos? Pues participar de esa gloria; y por aquello de que eran parientes de Jesús, que ocuparan los primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda, de ese poder que vislumbraban para Jesús.

‘No sabéis lo que pedís’, es la primera respuesta de Jesús. Respuesta que se convierte en pregunta. Había hablado Jesús poco menos que de un bautismo de sangre, porque había hablado de entrega que llevaría al sufrimiento y a la muerte, ¿estarían ellos dispuestos a ese bautismo de sangre? ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Y en el entusiasmo de sus sueños dicen que están dispuestos.

Están dispuestos y, como les dice Jesús, lo beberán. Pero en el Reino de Dios las cosas no son como nosotros a nuestra manera humana soñamos o imaginamos. Hay algo distinto que tenemos que hacer y que tendremos que llegar a vivir. No podemos andar a la manera de los reinos de este mundo. Bien lo sabemos; cómo la gente aspira al poder y es aspirar a riquezas y a dominio sobre los demás, es buscar honores y reconocimientos. Así andamos, así lo estamos viendo todos los días, como la corrupción va entrando en los corazones, el egoísmo y el orgullo es lo que impera, y surge todo lo que surge que lo estamos viendo en las noticias de todos los días.

En el camino de Jesús otros son los parámetros, otro es el estilo y la manera de hacer las cosas. Es el espíritu de servicio el que tiene que imperar en el corazón; y eso nos tiene que hacer humildes, ser capaces de hacernos los últimos para mejor servir a los demás, dejar de pensar en nosotros mismos para buscar el bien y lo bueno que tenemos que hacer. Y eso no es fácil, porque son muchas las cosas que de un lado y de otro estarán tirando de nosotros, nos atraerán y nos tentarán. De muchos orgullos y pedestales tenemos que bajarnos; otros caminos con los pies descalzos tenemos que hacer.

Estamos subiendo a Jerusalén, porque estamos haciendo el camino que nos lleva a la pascua en esta cuaresma. ¿Estaremos dispuestos a emprender el camino a la manera de Jesús? ¿Cuáles serán en verdad nuestras aspiraciones? ¿Andaremos también a la manera de los hijos del Zebedeo?

Mirad que no andemos también perdidos, porque no sepamos escuchar con corazón abierto a Jesús.

martes, 23 de enero de 2024

Levantemos nuestros oídos y escuchemos, el Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’

 


Levantemos nuestros oídos y escuchemos, el Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’

2Samuel 6, 12b-15. 17-19; Sal 23; Marcos 3, 31-35

‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Es la pregunta que se hace Jesús cuando estando rodeado de mucha gente que va a oírle, que van están allí a su alrededor con sus sufrimientos y esperanzas, con sus desconsuelos y con sus amarguras, le dicen que fuera están sus madre y sus hermanos que quieren verle.

No es una pregunta cualquiera la que se hace Jesús. No es decir simplemente, mira que bien, que ha venido mi familia, sería bueno que estuviera con ellos un rato; no es valerse de su autoridad o su influencia para abrirles paso y que puedan llegar más pronto y mejor hasta El, Algo más quiere decirnos Jesús con esa pregunta que se hace, cuando le dicen que allí están su madre y sus parientes que quieren verle.

Parece como si Jesús quisiera hacer una distinción, sin quitarle importancia, por supuesto, a lo que significa la familia. ¿No estará abriéndonos Jesús a que esos sentimientos que tenemos cuando pensamos en la familia, en los hermanos, en los que son cercanos a nosotros por razón de la sangre, les demos una mayor amplitud para darnos cuenta de que podemos amar con un amor así, un amor que nos hace sentir familia, un amor que nos hace sentir hermanos, con un carácter más universal?

También nosotros decimos muchas veces a alguien a quien apreciamos mucho que para nosotros es más que un amigo, que es un hermano. Y no hablamos aquí de un amor afectivo que nos lleve, por ejemplo, a la unión matrimonial. Es una relación que establecemos entre personas que nos sentimos eso, amigos, pero que crean otros lazos, otro estilo de comunión. Una relación, tenemos que reconocer, que muchas veces es mucho más honda que la que podamos tener con muchos familiares por lazos de sangre. Es también la belleza y hermosura de la amistad.

Pero sí, Jesús cuando se hace esta pregunta en aquellas circunstancias está abriéndonos los horizontes. Es esa nueva comunión y fraternidad que vamos a tener todos los que pongamos en El nuestra fe y nuestro amor. Dirá Jesús en aquel momento, mirando alrededor nos dice el evangelista, que su madre y sus hermanos están allí, en todos aquellos que le escuchan, en todos aquellos que no se contentan con oír algo que pronto quizás podrán olvidar, sino que aquello que escuchan de labios de Jesús lo van a plantar en su corazón. ‘Estos son mi madre y mis hermanos, dirá. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

Mira Jesús alrededor mientras pronuncia estas palabras y mira, sí, a aquellos que allí y ahora están escuchándole, pero mira más allá, lo que sus ojos no pueden ver porque está detrás de la puerta, y es que está también mirando a su madre, la que plantó la Palabra de Dios en su corazón. ‘Hágase en mi según tu palabra’, según lo que Dios me está transmitiendo por tu palabra, le respondió María al ángel de la anunciación.

Es el camino que hemos de seguir. Y no es solamente oír, porque oímos muchas cosas, muchas palabras resuenan continuamente en nuestro mundo, muchas músicas o muchos ruidos aturden continuamente nuestros oídos, muchos mensajes nos pueden llegar desde todos lados, oímos muchas cosas, pero ¿qué escuchamos?

Cuando estamos en un lugar donde hay mucho bullicio a nuestros oídos llegan muchos sonidos, pero cuando entre todo eso surge algo que nos interesa, levantamos nuestros oídos podríamos decir siguiendo la imagen de los animalitos que levantan sus orejas para prestar atención, para poder escuchar mejor. Levantemos nuestros oídos y escuchemos. El Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’.

viernes, 15 de septiembre de 2023

María es el regalo que Jesús nos ha dado desde la cruz y es la señal de una senda nueva que hemos de asumir con responsabilidad



María es el regalo que Jesús nos ha dado desde la cruz y es la señal de una senda nueva que hemos de asumir con responsabilidad

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal. 15; Juan 19,25-27

Una responsabilidad que es un regalo. No sé cómo expresarlo mejor, un regalo que se convierte en toda una responsabilidad. Cuando recibimos un regalo nos sentimos obligados hacia quien nos hizo el regalo; es lo que queremos expresar cuando decimos gracias, cuando mostramos nuestra gratitud. Es curioso como en el lenguaje portugués para manifestar su gratitud hacia aquel de quien se ha recibido algo, se emplea la expresión, obrigado, se sienten obligados.

Si ese regalo es un don (ya lo expresa la palabra regalo) que se nos confía, al recibirlo estamos aceptando una responsabilidad, de la que de alguna manera estamos llamados a dar cuenta. No podemos aceptar ese don que en cierto modo es una misión que se nos confía de manera irresponsable, lo asumimos, por así decirlo, todas sus consecuencias.

Hoy queremos hablar de un regalo, y muy preciado. Es el que Jesús le hizo a la Iglesia que estaba naciendo de su costado con su muerte en la cruz. De su costado, con la lanza del soldado que lo atravesó para confirmar la muerte del reo, brotó sangre y agua. Entendemos que fueron los últimos borbotones de sangre de un corazón que acababa de apagarse y pensamos también en esos últimos humores que brotaron de sus pulmones, al verse rasgados por la lanza del soldado. Pero son todo un signo de la entrega hasta el final de Jesus dando hasta lo último de su ser; era la vida nueva que brotaba de aquella muerte, era el renacer de nuevo en la resurrección y que se hace realidad en nosotros por el agua y el Espíritu como un día anunciara a Nicodemo, era la expresión suprema del amor más grande de quien nos amaba como nadie hasta entonces nos había amado, pero parece que aún le quedaba algo a Jesús que quería también regalarnos, su madre.

Al pie de la cruz estaba el discípulo amado, junto con su madre y la hermana de su madre y María Magdalena. Allí está la madre sola que perdía a su Hijo en momento supremo de amor, pero allí estaba quien de alguna manera nos representaba, beneficiario el primero de los efectos salvadores de aquella muerte, por algo lo llamamos el discípulo amado y como signo de todos los que también habían de beneficiarse de aquella muerte redentora. Y es a él a quien confía el cuidado de la madre que ya desde ahora va a ser también su madre. 'Ahí tienes a tu hijo, ahí tienes a tu madre', les dice a ambos. 'Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa', la tuvo siempre consigo. La tradición incluso nos hablará de una casa de María allá junto a Efeso porque allí se sitúan también los últimos días de la vida de Juan, el evangelista, expresándose así la responsabilidad de quien desde aquel momento supremo de la cruz la tuvo siempre consigo en su casa.

Cuando este día conmemoramos y celebramos los Dolores de María al pie de la cruz de Jesús y hemos contemplado este regalo que Jesús nos hace, sentimos la alegría en el corazón y la responsabilidad de tenerla como madre. Nos sentimos obligados a recibirla en nuestra casa, en nuestro corazón. Es cierto que la presencia de María como madre siempre se ha hecho sentir en el seno de la Iglesia y de ahí tantos nombres como piropos con que queremos invocarla en cualquiera de los rincones de todo el orbe católico.

Será la madre cuya presencia podemos sentir en cada momento o circunstancia de la vida, en nuestros dolores y en nuestras alegrías, cuando caminamos agobiados por nuestras preocupaciones y problemas a ella siempre acudimos porque sabemos como madre estará a nuestro lado haciendo lo que hacen todas las madres, hacernos sentir la paz y la seguridad en el corazón, animando y fortaleciendo nuestro espíritu porque solo es suficiente la mano de una madre que se posa sobre nuestros hombros para sentir todo ese vigor interior que estamos necesitando para enfrentarnos a esos problemas de la vida.

A ella la invocamos, con ella caminamos, a ella queremos sentirla siempre en lo más hondo del corazón como los hijos saben llevar siempre a la madre; ella será faro de luz en nuestras oscuridades, rayo de esperanza en nuestras flaquezas, ojos que nos alientan posando su mirada en lo hondo de nuestros corazones, mano que nos lleva de camino para que siempre vayamos al encuentro de los hermanos, voz que nos susurra continuamente cómo tenemos que escuchar a su Hijo y hacer lo que Él nos diga.

No nos desprendamos de María, convirtamosla en reina de nuestros corazones, disfrutemos del gozo de su presencia, y preparemos para ella el mejor altar y el mejor nido de amor para que ella siempre derrame sobre nosotros las gracias del Señor. Es el regalo que Jesús nos ha dado desde la Cruz, es la señal de una senda nueva que tenemos que asumir con responsabilidad.


sábado, 17 de junio de 2023

Desde que nos la diera por madre en lo alto de la cruz para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios porque sentimos los latidos del amor

 


Desde que nos la diera por madre en lo alto de la cruz para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios porque sentimos los latidos del amor

Corintios 5, 14-21; Sal 102; Lucas 2, 41-51

¡Qué archivo más grande tienen las madres guardado en su corazón! Toda una biblioteca. Y casi tenemos que decir que se las saben todas. En silencio escuchan y contemplan. Es lo que nosotros les contamos, es lo que ellas intuyen con ese corazón de madre. Esperamos muchas veces una palabra de la madre, aunque no nos guste lo que nos dicen en muchas ocasiones – ahí están nuestros orgullos y nuestras rabietas de niño que nos molesta la verdad -, se lo agradecemos.

Pero muchas veces callan, sufren en silencio, nos acompañan de lejos o de cerca, pero sabemos que siempre nos tienen en el corazón, miran, no dicen nada, pero sabemos que están ahí y comprenden hasta la incomprensible, conocen hasta lo que nosotros guardamos más secreto, es la madre que nos ama, que está a nuestro lado, no solo nos dio la vida un día cuando nos trajo a este mundo, sino que está dispuesta a darla cuantas veces haga falta.

Hoy la liturgia nos invita a contemplar el Corazón de María, y he querido comenzar con esta pequeña reflexión que quiere ser como un homenaje a la madre que no terminamos de agradecer cuanto hace por nosotros. He querido comenzar con un recuerdo de nuestra madre de la tierra pero es que hoy quiero contemplarla al lado de María, nuestra madre del cielo. Porque estamos queriendo contemplar también su corazón de madre.

Ese corazón de María, igual que hacen todas las madres, en el que iba guardando todo cuanto iba sucediendo en torno a Jesús. Así nos lo dice el evangelio hoy, pero en algún otro momento se nos dice, pero muchas veces se intuye.

Hemos escuchado el relato del evangelio; Jesús que se ha quedado en el templo cuando sus padres se disponían en caravana regresar a su pueblo tras la fiesta de la pascua. Una caravana no solo de la gente de Nazaret, familiares y convecinos todos, pero que probablemente se uniría a las de otros pueblos cercanos de Galilea para hacer el camino juntos evitando también peligros. Jesús podría estar entre tantos que hacían el camino, como suele suceder en los muchachos sobre todo cuando van entrando en la adolescencia. Concluida la primera jornada de camino al reunirse en el atardecer por familia, allí no aparece Jesús. Comprendemos los momentos de dolor de unos padres, comprendemos la espada de dolor que comenzaba a taladrar su corazón de madre. Se van cumpliendo los anuncios proféticos del anciano Simeón.

De vuelta a Jerusalén en nueva jornada de camino al tercer día lo encuentran entre los doctores y maestros de la ley en los soportales del templo donde se reunían para enseñar a la gente; y allí está Jesús en diálogo con los doctores, de manera que incluso el evangelista nos resaltará que la gente estaba admirada de la sabiduría de Jesús, un adolescente aún de doce años.

‘Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados’. Es la queja, la reprimenda normal de la madre. Pero aquí está Jesús que está manifestando su madurez humana con su respuesta. ‘¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?’. No hay más palabras. El silencio es lo que queda. El silencio de una madre que va rumiando en su corazón las palabras de su hijo. Es algo que María sabe hacer.

Cuando el ángel llega hasta ella con el anuncio del gran misterio, María también se quedó en silencio rumiando en su interior el significado de aquellas palabras. Ahora nos dice el evangelista que María guardaba todo esto en su corazón. Los archivos de María donde va sumando lo que son las maravillas del Señor. ‘El Todopoderoso ha hecho en mi cosas grandes’, había dicho un día en un cántico de alabanza.

Ese cántico se continúa cantando porque María en el silencio de su corazón sigue cantando al Señor. Es ahora, pero será el seguimiento que como Madre va haciendo de su hijo. Pasa desapercibida, como saben hacerlo las madres, pero ahí estará siempre María; la veremos aparecer en el evangelio en momentos puntuales, pero el corazón de María se iba ensanchando porque aunque grande era su fe y su amor, iba aprendiendo del amor.

Así contemplamos hoy el corazón de María, deteniéndonos en el pasado del evangelio que nos ofrece la liturgia, pero así es como contemplamos a aquella que nos metió a todos en su corazón de Madre. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dirá en lo alto del Calvario, y ya para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios, porque sentimos los latidos del corazón y del amor de María.

 

lunes, 29 de mayo de 2023

María será siempre nuestra madre y como está también cerca del corazón de Dios porque es su madre, algo sabrá hacer por la Iglesia en el camino de sus luchas y problemas

 


María será siempre nuestra madre y como está también cerca del corazón de Dios porque es su madre, algo sabrá hacer por la Iglesia en el camino de sus luchas y problemas

 Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34

Litúrgicamente ayer con Pentecostés concluimos las celebraciones del tiempo pascual, lo que no significa perder el sentido de pascua de nuestra vida; tiene que ser la vivencia nuestra de cada día porque de ese misterio de la Pascua estamos impregnados desde nuestro bautismo y además cada que celebramos un sacramento estamos celebrando el misterio pascual de Cristo.

Hoy tendríamos que retomar el tiempo Ordinario con sus lecturas continuadas en medio de la semana en aquel punto en que lo interrumpimos para comenzar la cuaresma como camino de preparación a la pascua, sin embargo la liturgia nos ofrece una fiesta especial de la Virgen que ha sido introducida en el calendario romano. A María hemos venido cantándole el ‘regina coeli’ durante todo este tiempo pascual, queriendo vivir con ella esa alegría de la Pascua y aprender de ella a vivir ese sentido pascual de Cristo.

Hoy la queremos invocar como Madre de la Iglesia, una invocación presente de alguna manera siempre en toda la historia de la Iglesia porque así ha sentido siempre a la Madre de Dios, nuestra madre y madre de la Iglesia, pero que de alguna manera se ha ido introduciendo a partir del concilio Vaticano II, que dedicó una de sus constituciones a la Iglesia y en ella un capitulo especial a María en su función y, podríamos decir, ministerio dentro de la Iglesia.

Ha sido hace pocos años, quizá como algo nacido y pedido desde el sentido de la fe de los cristianos, de la Iglesia, cuando ha sido instituida para toda la Iglesia esta celebración especial de María con esta invocación en el calendario de la liturgia romana que es pauta para toda la Iglesia. Nos hace situar bien el lugar de María, que por supuesto no podemos endiosar, siempre tenemos que verla al lado de su hijo en su función de Madre, y así la contemplaremos en el seno de la Iglesia y a nuestro lado como la Madre que Jesús nos quiso confiar desde la cruz en la hora suprema de la redención.

Nos la confía, como madre, tenemos que reconocer, porque eso es lo que hizo Jesús con Juan. Le señala a María como madre, le señala a Juan como hijo. ¿Qué es lo que hizo Juan? ‘la recibió en su casa’. Es el hijo que va a cuidar a la madre, pero será también la madre que con amor maternal, como solo saben hacerlo las madres, nos cuida a nosotros como hijos. ¿Qué harán entonces los hijos? Llevarla siempre en el corazón, que es lo mismo que darle todo nuestro amor de hijos, que es estar a su lado, pero hacer también que ella está siempre a nuestro lado, que es escucharla porque siempre una madre tendrá una palabra especial para sus hijos, para cada uno de sus hijos, que será contar con ella porque la presencia de una madre será siempre un estímulo fuerte, una fuerza de vida en el camino de nuestras luchas, nuestros sufrimientos, y en especial también en nuestras alegrías.

No va nunca a sustituir a Jesús, a sustituir a Dios, como algunos que no entienden del amor de María pretenden achacarnos. Ella será siempre nuestra madre, pero como está también cerca del corazón de Dios porque es su madre, algo sabrá hacer en su intercesión para socorrernos a nosotros en nuestras necesidades y en nuestras luchas.

Sí, María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, intercede por nosotros.