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martes, 22 de septiembre de 2026

Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

 


Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Salmo 118; Lucas 8, 19-21

Hay hechos o palabras que algunas veces de entrada nos desconciertan porque parece que no están en la onda de lo que nosotros esperábamos, de lo que podría ser lo justo o lo correcto según los parámetros que habitualmente utilizamos para juzgar lo que nos sucede en la vida, pero que sin embargo pueden ser cosas que tras el primer impacto nos abren a nuevos horizontes, a nuevos planteamientos, a una nueva manera de ver la realidad.

Esto nos sucede en cosas que nos suceden en la vida o en nuestros encuentros con personas que de alguna manera nos sirven de revulsivo para nuestra realidad, con personas de una manera de actuar ciertamente profético no porque sean anuncio de cosas futuras como algunas veces entendemos lo del sentido profético, sino que nos hacen ver la realidad de una manera distinta y nos hacen plantearnos la vida de cada al futuro de una forma nueva.

Es lo que nos puede suceder con el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece, o como nos sucede tantas veces cuando con espíritu abierto recibimos el evangelio, esa buena noticia que Jesús quiere ofrecernos. Si es evangelio no es para que sigamos con viejas noticias o maneras de ver, sino que en verdad tiene que ser novedad en nuestra vida. Es el sentido de la palabra misma, pero que no se queda en la palabra sino en el mensaje que nos quiere transmitir.

Hoy el evangelista comienza narrándonos que María y los familiares de Jesús vienen en su búsqueda, quieren acercarse a Él con la dificultad de toda la gente que rodea a Jesús que viene a ser como una barrera para ese acercamiento. El evangelio muchas veces nos habla de esas aglomeraciones que se forman en torno a Jesús, cómo la gente se apretujaba alrededor de Jesús porque todos querían estar cerca, todos querían escucharle, todos querían sentir el beneficio de su presencia. Nos habla de las multitudes que de todas partes salen al encuentro con Jesús allí por donde va, de los que le rodean haciendo que aquella pobre mujer se contentara con tocar la orla del manto de Jesús, de los que se apretujaban a su puerta haciendo que quienes llevaban a aquel paralítico rompieran el techo para hacerlo descender hasta los pies de Jesús. Es lo que ahora sucede cuando María y sus hermanos, como se dice en el lenguaje del evangelio, quieren llegar también hasta Jesús.

Le llevan la noticia a Jesús y en lugar de abrirles paso para que puedan llegar hasta Él nos dice algo que en principio nos deja desconcertados. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ ¿No los reconoce Jesús? Quiere decirnos algo más, quiere abrirnos nuevos horizontes, quiere hablarnos de una nueva familia. ¿No nos había dicho ya el evangelio que no por la carne o por la sangre se iba a comenzar a ser familia de Dios, hijos de Dios, sino por la fuerza del Espíritu en quienes creen en El? Es lo que ahora nos está diciendo Jesús. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.

‘Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’, nos dice. Ese escuchar es algo más que oír unas palabras; ese escuchar es ponerse en camino para algo nuevo y distinto; ese escuchar es un sentido nuevo para la vida, para nuestras relaciones, para lo que somos y para lo que hacemos, para una nueva manera de mirar al que está a nuestro lado, para sentir que entramos en una nueva relación con los demás de manera que nadie es ajeno o está distante de nuestra vida, para derribar barreras que nos aíslan o abismos que nos distancian porque hemos borrado todas las distinciones y alejado de nosotros todo tipo de discriminación, para una nueva forma de hacer camino en la vida.

No es solo dejar que las palabras entren por nuestros oídos, es hacer que queden sembradas en el corazón, es sentir que son siembra en nuestra vida que le da una nueva fecundidad, es comenzar a quitar la dureza de nuestro corazón para que esa semilla quede bien sembrada, es quitar pedruscos y abrojos de caprichos o de vanidades para hacer que en verdad germine como en tierra buena, es comenzar a sentir que estamos en el mismo campo que entre todos tenemos que mejorar, es apreciar que aunque no tengamos la misma sangre sin embargo hay unos nuevos lazos que nos unen porque comenzamos a amarnos de verdad.

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Se preguntaba Jesús, pero nos está hablando de una nueva familia. ¿Estaremos convencidos nosotros que tenemos que ser esa nueva familia de Jesús no solo porque digamos que creemos mucho y tenemos mucha fe sino porque comenzamos a llevar a la vida ese sentido del Reino de Dios del que nos habla Jesús?


martes, 21 de julio de 2026

Nace una nueva familia, la familia de los que hacen la voluntad de Dios, aquellos que han nacido de Dios porque en El han puesto su fe, ‘creen en su nombre’

 


Nace una nueva familia, la familia de los que hacen la voluntad de Dios, aquellos que han nacido de Dios porque en El han puesto su fe, ‘creen en su nombre’

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 84; Mateo 12, 46-50

Siempre me llamó la atención y me gusto un texto de uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento que aunque sea muy breve de alguna manera es como una alabanza a una amistad verdadera pero que de alguna manera nos está hablando de la nueva relación que tiene que haber entre todos, una relación tan hermosa como la relación familiar, cuando hay amor verdadero. ‘Hay amigos que son más afectos que un hermano’, nos dice el referido texto. Se suele decir que los amigos son la familia que uno escoge, no porque no tenga importancia esa familia a la que nos unen lazos de sangre, sino porque cuando hay amistad verdadero y eso es decir amor verdadero los lazos que se crean es hacernos como una nueva familia.

Creo que esto nos puede dar pauta para comprender el texto que hoy se nos ofrece en el evangelio. La familia de Jesús, ‘su madre y sus hermanos’ como dice el texto sagrado entendiendo en esta palabra de hermano el sentido de la relación familiar pues para el sentir hebreo los que son de una familia son como hermanos, están queriendo hablar con Jesús. A María, la madre de Jesús, la vemos aparecer contadas veces en el evangelio en la vida pública de Jesús, salvo en esta ocasión la veremos luego en el momento supremo de la cruz. ¿Se quedó María en Nazaret rodeada del resto de la familia? Aunque en la visitas de Jesús a Nazaret no se hace mención de María, pues la única referencia es decir que era el hijo del carpintero y que allí estaban sus hermanos y parientes, es probable que allí estuviera y desde allí siguiera las andanzas de Jesús en su predicación.

En esta ocasión la vemos que se acerca a Jesús, quiere hablar con Él, aunque luego el evangelio no nos dé ninguna otra referencia a ese encuentro. Pero valdrá esta presencia para Jesús hablarnos de algo importante. ‘¿Quienes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús y extendiendo su mirada por todos los presentes y en ellos seguramente todos los que le seguían y ponían su fe en El les dice: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’. No es un rechazo ni una minusvaloración de la familia formada por aquellos a los que nos unen los lazos de la sangre. Pero Jesús está ampliando su mirada.

Ya al principio del evangelio de Juan se nos habla de una nueva filiación nacida desde la fe que hemos puesto en Jesús. ‘A cuantos le recibieron, le dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. No son, por así decirlo, títulos humanos, razones humanas, sino que están en la voluntad de Dios. Y ahora nos está diciendo Jesús que su madre y sus hermanos, quienes han de considerarse en verdad su familia son aquellos que hagan la voluntad de Dios. Nace una nueva familia, la familia de los que hacen la voluntad de Dios, aquellos que han nacido de Dios porque en Él han puesto su fe, ‘creen en su nombre’.

Y creer no es solo una palabra, creer es una vida, una nueva forma de vivir, una nueva relación no solo con Dios sino con todos los que son hijos de Dios de quienes tenemos que sentirnos hermanos. Una nueva humanidad, porque es una nueva manera de ver y de sentir nuestra relación con los demás. Y ahora sí tenemos que decir que somos más afectos que un hermano, porque es así como tenemos que vernos y relacionarnos.

Todo esto muy bonito y mucho tendría que hacernos pensar. Tendría que hacernos pensar para examinar si en verdad, nosotros que nos llamamos cristianos y decimos que hemos puesto nuestra fe en El es así como vivimos. ¿Nos queremos de verdad los cristianos? ¿Los que venimos a la Eucaristía cada semana en verdad nos sentimos una comunidad, nos sentimos verdadera familia? Llega el momento de la paz y entusiasmados - ¿o algunas veces quizás con miradas que ponen distancias? – nos damos la paz con todos los que están a nuestro alrededor, pero cuando salimos de la Iglesia ¿seguimos manteniendo el mismo afecto o acaso aquello de que si te vi no me acuerdo? Desde que salimos de la puerta, comenzamos a mantener de nuevo las distancias. Pero ¿no nos decía Jesús que teníamos que ser su familia porque hacemos la voluntad de Dios? Alguna incongruencia se nos está escapando por ahí.


martes, 24 de marzo de 2026

Levantamos nuestra mirada a lo alto de la cruz para reconocer a Jesús, para reconocer y agradecer también el don de ser hijos de Dios que nos regala su salvación

 


Levantamos nuestra mirada a lo alto de la cruz para reconocer a Jesús, para reconocer y agradecer también el don de ser hijos de Dios que nos regala su salvación

Números 21, 4-9; Salmo 101; Juan 8, 21-30

Una pregunta que alguna vez en  la vida o quizás con más frecuencia nos hacemos es preguntarnos por nuestra identidad, ‘¿Quiénes somos?’, porque de alguna manera es preguntarnos por el sentido y por el valor de nuestra vida, pero de nuestra vida concreta, con sus propias circunstancias, con su propia historia, y acompañada ¿por qué?, por nuestros sueños que es en cierto modo lo que queremos que sea nuestra vida.

La pregunta puede parecer fácil, pero quizás no siempre sabemos responderla, porque nos podemos quedar en superficialidades, o nos costará tanto la respuesta que lo veamos todo oscuro y entonces sería como un andar en un sin sentido, o nos queremos engrandecer tanto que al final nos damos cuenta que tenemos los pies de barro y no podemos abarcar más de lo que realmente somos.  ¿Qué respuesta nos podemos dar?

Detrás de esa pregunta fundamental anda el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. A los judíos a fin de cuentas les costaba entender quien era Jesús. Los propios discípulos hay muchos momentos en que dudan, no lo tienen tan claro, a pesar de aquel momento allá en Cesarea de Filipo cuando Jesús les pregunta por una parte lo que la gente dice de Él, pero luego más directamente lo que ellos piensan de Jesús. Se quedaron en tanto paralizados sin saber qué responder y como siempre sería Pedro el que tomaba la voz cantante para responder. Dará una respuesta que merece el elogio de Jesús, pero que también le dirá que si ha sido capaz de dar aquella respuesta no ha sido por sí mismo sino porque el Padre del cielo se lo ha revelado en el corazón.

En la confusión que se crea en la mente de los judíos entre decir que era un profeta o que era el Mesías, que era un simple galileo que en ninguna escuela rabínica había estudiado y todo cuanto decían en contra de Jesús los fariseos y principales dirigentes, la gente no sabe a qué quedarse. Es más, las palabras de Jesús algunas veces les crean confusión para las ideas que ellos tenían de lo que había de ser el Mesías. Ahora habla de una marcha en que le buscarán y no lo encontrarán pero habla también de una exaltación donde llegarían a conocer y reconocer quién es en verdad Jesús.

Y les habla Jesús que había de ser elevado a lo alto y allí lo reconocerían. Y hace comparación con aquello sucedido en el desierto cuando se rebelan contra Dios y contra Moisés pero una invasión de serpientes  pone en peligro sus vidas. Una serpiente de bronce había de ser levantada en algo para que aquellos que se arrepentían encuentren de nuevo la salud liberándose del veneno de aquellas serpientes.

Ahora dice Jesús que lo mismo que Moisés puso en alto aquella serpiente de bronce como un signo, así el Hijo del Hombre había también de ser levantado en algo y quienes ponen su fe en Él encontrarán la salvación. Precisamente porque estaban llenos de dudas y no terminaban de creer en la palabra de Jesús se sentían así de confusos. ‘Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados’. Les costaba creer que les hablaba del Padre y que ahí estaba precisamente el sentido del Reino de Dios que Jesús les estaba anunciando.

Era necesario creer en Jesús, poner toda nuestra fe en Jesús, y al ser elevado a lo alto de la cruz llegaremos a comprender de verdad lo que es el amor, lo que significa la salvación que Jesús nos viene a traer. De quienes menos pensaban que podían hacer una hermosa confesión de fe, es de quien escuchamos ese reconocimiento de Jesús. Será el ladrón que está a su lado en el mismo suplicio el que le pedirá que se acuerde de él cuando llegue a su Reino; y será un centurión romano, en consecuencia un gentil, el que confesará la inocencia de Jesús o lo que es lo mismo la grandeza de Dios que allí aquella tarde del viernes se podía estar contemplando. Ya Jesús había dicho que los últimos serían los primeros.

Si comenzábamos nuestra reflexión pensando en quienes somos, que era algo más que una pregunta retórica, hemos terminado reconociendo en verdad quien es Jesús y el sentido de la salvación que nos ofrece; venimos a concluir también nuestra grandeza por la fe que tenemos en Jesús porque en Él hemos recibido el don de ser hijos de Dios, como nos decía ya Juan al principio de su evangelio.


jueves, 26 de febrero de 2026

Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra

 


Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra

Ester 4, 17k. l-z; Salmo 137; Mateo 7, 7-12

¿Qué seguridad tenemos de que cuando vamos a pedir algo vamos a conseguir lo que pedimos? Según sea aquel a quien se lo pedimos, pensamos. Podríamos decir que entrarían muchas cosas, empezando quizás cómo hayamos sido nosotros con esa persona, pero también depende de su talante, de su manera de ser, de la generosidad de su corazón y, por supuesto, de la relación de amor y amistad que mantengamos con esa persona; por eso cuando la vemos alejada de nosotros o de difícil condición acudimos a mediadores.

Esto nos sucede habitualmente en nuestras relaciones humanas, pero he querido en mi reflexión partir de esa experiencia humana que todos podamos tener para comentar lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio y también en la primera lectura del libro de Esther. ¿Son lo mismo esas peticiones humanas que nos hacemos los unos a los otros que este modo de oración que se nos ofrece hoy en la Palabra de Dios?

Quisiera comenzar por un comentario que hace Jesús casi como colofón para que tengamos esa seguridad en nuestra oración. ‘Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan… Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!’ Y ¿cuál es en fin de cuentas la razón? El amor de un padre que siempre querrá lo mejor para su hijo y le dará siempre lo más hermoso.

Si somos hijos que nos sentimos amados de Dios con cuánta confianza acudimos a El. Nuestra oración no será otra cosa que saborear el amor que Dios nos tiene y en consecuencia también poner de nuestra parte todo nuestro amor. Es a lo que tenemos que apelar, es la confianza y seguridad que saldrá espontánea de nuestro corazón. Será entonces también la manera de hacer nuestra oración, que no es solo hacer nuestras peticiones. Porque siempre hemos de partir de esa experiencia de amor que nosotros vivimos en nuestra relación con Dios. Es el amor de Dios que está primero, un amor que es tan grande que nos regala el hacernos sus hijos. Es un regalo de amor que nosotros hemos de saber saborear en nuestro encuentro con Dios, cuando nos sentimos en su presencia. Y es quizás en lo menos que nos detenemos cuando hacemos nuestra oración. ¿Es que los enamorados no disfrutan de su amor simplemente diciéndose que se aman?

Es hermosa la oración de la reina Esther que se nos ofrece hoy en la primera lectura. Tiene que hacerle una petición al Rey, su esposo, en la que está en juego incluso la supervivencia de su pueblo, pero ella acude antes a Dios, porque sabe bien que no es regalo de un rey humano lo que va a pedir, sino un regalo del amor de Dios. Por eso se acerca con humildad pero con al mismo tiempo con la confianza de saberse pueblo elegido y amado de Dios. Solo pide que el corazón se mueva a la compasión, que ella también tenga las palabras sabias y oportunas para poder intervenir. ‘Pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos…’ y al mismo tiempo pide hacerse grata a los ojos de Dios.

¿Qué significa? Esa oración la está transformando a ella, no va a ir desde la arrogancia y prepotencia sino con humildad y verdadero amor que las actitudes profundas de su vida van a cambiar. Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra. ‘Cambia nuestro luto en gozo y nuestros sufrimientos en salvación’. El dolor por los problemas o dificultades persistirá pero todo va a encontrar un sentido nuevo, un valor nuevo, porque no faltará el gozo del corazón - ¿y cómo va a faltar si nos sentimos amados? – y sentiremos como la salvación llega a nuestra vida.

¿Vivimos con ese sentido nuestra oración o simplemente vamos a despachar con quien nos puede resolver las cosas para que se nos conceda cuanto necesitamos? Otro tiene que ser nuestro sentido.

domingo, 18 de enero de 2026

Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no solo palabras rituales de una profesión de fe, sino algo por lo que orgullosos y con alegría damos gracias a Dios

 


Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no solo palabras rituales de una profesión de fe, sino algo por lo que orgullosos y con alegría damos gracias a Dios

Isaías 49, 3. 5-6; Salmo 39; 1Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34

Cada uno en la vida ha de ocupar el lugar que le corresponde; no puede asumir el rol de otra persona, aunque quizás se nos hayan confiado misiones que tengan relación con ella, ya por los servicios que le podamos prestar, ya incluso por la dependencia de nuestra misión con lo que esa persona representa. Será señal incluso de nuestra propia madurez para respetar la individualidad de toda persona ayudando incluso a que esa persona desempeñe dignamente su rol, pero nunca intentando sustituir. Es un asunto delicado, es algo que algunas veces nos cuesta y a lo que nos sentimos quizás tentados, pero tenemos que saber estar en nuestro lugar.

Me hago esta introducción, que además nos puede ayudar en muchos aspectos de nuestra vida, ya sea en nuestra vida familiar y en la educación de nuestros hijos, como también en nuestros trabajos o el compromiso social que hayamos asumido, pero me la hago, estoy queriendo decir, por lo escuchado hoy en el evangelio y con la figura de Juan Bautista.

Se define él bien a si mismo; así lo había manifestado también con aquella embajada que le habían enviado desde Jerusalén, no quiere ocupar un rol que no le corresponde, sabe cual es su lugar y ahora no le importa menguar, cuando ya ha cumplido su misión. No es el Mesías, solo es el profeta, la voz que clama en el desierto; tiene una misión, preparar los caminos del Señor, por eso bautiza con agua como un signo de purificación, de penitencia y de conversión. Pero ya nos lo dice vendrá, y como nos dirá en otra ocasión entre vosotros está y no lo conocéis, el que viene a bautizar con Espíritu Santo. El sí es el que teníamos que esperar, el Mesías, el Salvador.

Y da testimonio, de lo que él había sentido en su interior como voz de Dios que le hablaba, y de lo que ha visto con sus propios ojos como cumplimiento de lo que se le había anunciado en su corazón. Había visto venir el Espíritu sobre El allí en las aguas del Jordán y había escuchado la voz que hablaba desde el cielo. El era la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor, pero había escuchado la voz que venía desde el cielo y que lo señalaba como el que está lleno del Espíritu del Señor, el Hijo amado del Padre a quien teníamos que escuchar. Y de eso da testimonio Juan, asumiendo su rol y su misión, como dirá en otro momento con gran humildad lo que quiere es que Cristo crezca aunque él tenga que menguar.

Por eso ahora con entusiasmo y con una gran certeza señala a sus discípulos cuando ve venir a Jesús que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y dejará que sus discípulos se vayan con Jesús; él ha cumplido su misión, ha puesto en camino a sus discípulos para que vayan hasta Jesús.

En este domingo ya del tiempo ordinario cuando concluimos la semana pasada el tiempo de Navidad venimos a encontrar de nuevo con Jesús al que señala el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Una imagen que nos traslada ya a lo que es el meollo de nuestra fe y de nuestras celebraciones cristianas; una referencia al cordero pascual que cada pascua se sacrificaba y se comía en la cena pascual como recuerdo del paso de Dios junto a su pueblo que los había liberado de la esclavitud de Egipto. Algo que estaba en el meollo de la fe judía y así cada año lo celebraban.

Pero nosotros nos transportamos desde aquella pascua recuerdo de una liberación antigua a la nueva Pascua donde el Cordero sacrificado es el mismo Cristo que por nosotros se entregó para que tuviéramos vida, para liberarnos de la peor de las esclavitudes, para quitar el pecado del mundo. Es a quien nosotros ahora tenemos que mirar, a quien tenemos que contemplar, a quien tenemos que seguir. Es el camino que emprendemos, que cada día queremos hacer vida de nuestra vida, en que en cada día vamos realizando en nosotros esa liberación. Es nuestra lucha y nuestro compromiso, es nuestro gozo y nuestra gloria. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Que no sean solo palabras rituales que decimos en una profesión de fe, es de lo que nos sentimos orgullosos y con alegría damos gracias a Dios.

En el Bautismo del Espíritu hemos sido nosotros bautizados para tener una vida nueva que ya nos ha transformado para hacernos hijos de Dios; como tal tendríamos que vivir, ése sí que es nuestro rol, nuestra identidad, de lo que tenemos que dar testimonio, que tenemos que reflejar en nuestro vivir. Nos cuesta vivir esa santidad de los hijos de Dios porque seguimos siendo tentados por el pecado, pero tienen que ser en verdad nuestras aspiraciones y nuestra lucha. Con nosotros está la fuerza y la gracia del Espíritu de Dios que habita en nosotros.

domingo, 4 de enero de 2026

Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

 


Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Salmo 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

¡Qué difícil se nos hace hablar de Dios! Se nos revuelven y se nos mezclan las ideas, no encontramos palabras, le damos vueltas y más vueltas y no sabemos cómo expresarnos. Ya se nos dirá en la Escritura que a Dios nadie lo vio nunca; cuando Moisés siente la voz y la presencia de Dios tiene que descalzarse, más tarde cuando bajó del monte su rostro resplandecía como el sol porque había visto a Dios y tenía que cubrírselo con un velo. Jesús nos dirá que solo el Hijo conoce al Padre y a quien quiere revelárselo.

Emplearemos palabras muy de nuestro camino y de nuestros pasos para intentar hablar de Dios, Palabra que nos habla y que se nos revela, y que es Vida y nos hace vivir y es Luz y nos da una visión nueva, Sabiduría que está en Dios desde toda la eternidad por quien fueron hechas todas las cosas, Verbo eterno, nos dirá san Juan, que planta su tienda entre nosotros, que se enraíza en nuestra carne y nuestra vida para tomar nuestra carne, para tomar nuestra humanidad, para hacerse hombre con nosotros.

Y nos quedamos ensimismados dándole vuelta y más vueltas porque al final sentimos que no es algo que está lejos de nosotros sino alguien que está en nosotros; sentimos cómo nuestra vida se expande buscando una mayor plenitud, pero sentimos cómo el amor florece en nosotros y nuestros ojos comenzarán a tener una luz nueva, nos sentiremos llenos de luz y con ello engrandecidos en una vida nueva, en una dignidad distinta porque al sentirnos amados nos sentiremos hijos.

Porque nos sentimos amados nos sentimos bendecidos, porque no solo sentimos el rostro de Dios sobre nosotros con una mirada que nos hace saborear el amor, sino porque nos sentimos enraizados en Dios, porque cuando ha tomado nuestra carne humana para hacerse hombre, a nosotros nos ha elevado para hacernos hijos, para hacernos hijos de Dios. Bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales sabemos que Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo, como nos dice la carta de los Efesios. Hemos sido iluminados con la luz verdadera que ilumina a todo hombre.

No rechacemos la luz para quedarnos encerrados ensombrecidos en las tinieblas, no nos encerremos en nuestras sabidurías que nos hacen autosuficientes y orgullosos para creernos que por nosotros decidimos lo que es el bien y lo que es el mal, no nos intoxiquemos con nuestras propias vanas palabras que cacareamos como un eco pero nos hace encontrarnos en el vacío. Reconozcamos agradecidos cuanto Dios nos regala cuando se nos revela a sí mismo y su Palabra llega a nuestro corazón. Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios.

Todo eso se nos ha revelado en el Niño que hemos contemplado nacido en Belén. Cuando estamos ya a punto de concluir el ciclo de Navidad sepamos aún encontrar tiempo para el silencio, para la contemplación, para ponernos ante ese Niño y saborear todo ese maravilloso sentido de Dios que nos revela, que nos hace descubrir. Con Él todo tiene un nuevo sabor, con Él nos sentiremos fortalecidos sin miedo a afrontar los vaivenes de la vida, con Él ya nunca sentiremos el frío de la soledad.

No pasemos de largo con nuestras prisas y carreras, pendientes de tanto que tenemos que hacer o de nuestros entretenimientos. Detengámonos y en silencio contemplemos. No demos vueltas a muchas cosas en la cabeza que quisiéramos decir o pedir. Ahora es más importante ese silencio, escuchar eso que nos parece silencio de Dios pero donde podemos embebernos en su Palabra, en su Sabiduría, dejémonos envolver por su luz, sintamos esa nueva vida que palpita en nuestro corazón, escuchemos a Dios en silencio.

Probablemente saldremos con nuestro rostro resplandeciente y con un nuevo brío en nuestro corazón.


miércoles, 31 de diciembre de 2025

El jardín de felicitaciones y buenos deseos que florece en la navidad tenemos que hacer que hunda sus raíces en la fe y en el amor de Dios para que no se malogre

 


El jardín de felicitaciones y buenos deseos que florece en la navidad tenemos que hacer que hunda sus raíces en la fe y en el amor de Dios para que no se malogre

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

‘Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre’. Es lo que hoy nos ha dicho la Palabra de Dios. No terminamos de considerar el misterio de amor, el misterio de Dios que estos días venimos celebrando. Es necesario decir sí, es necesario acoger ese misterio de Dios que se nos manifiesta. Es mucho más que una anécdota o una historia muy bucólica y muy emotiva, no nos podemos quedar en lo superficial. Tenemos el peligro de que con nuestras representaciones, aun teniendo la mejor buena voluntad del mundo, nos quedemos en lo superficial, en lo que nos puede sonar a una anécdota, algo que quizás pueda despertar nuestra ternura y nuestros sentimientos, pero no lleguemos a captar todo lo que significa el nacimiento de Jesús que venimos contemplando en estos días.

Puede parecernos anecdótico y luego hasta buscamos mil justificaciones o explicaciones cuando se nos dice que no había sitio en la posada para aquellos caminantes y peregrinos que llegaban desde la lejana Galilea con las circunstancias de que María estaba ya de parto. Pero ¿no hemos escuchado ahora en el evangelio de Juan que vino a los suyos  y los suyos no lo recibieron? ¿No hemos escuchado que la luz brillaba en medio de la tiniebla pero la tiniebla no la recibió, la rechazó?

Cuidado nosotros sigamos envueltos en esas tinieblas y no terminemos de llegar a reconocer la luz, como la posada de Belén estamos nosotros también cerrando puertas. Pudiera ser nuestra superficialidad, el tomarnos las cosas como una ocasión de una fiesta más para pasarlo bien pero sin tener en cuenta cuál es de verdad el motivo y el sentido de esa fiesta que celebramos. Terminamos celebrando la navidad sin Jesús, aunque pongámonos imágenes muy bonitas en el portal, terminamos celebrando la navidad sin Dios.

Puede ser un motivo esta reflexión que nos hacemos a punto de culminar nuestra octava de la navidad para preguntarnos si hemos celebrado una auténtica navidad. Y tiene necesariamente que pasar por la fe, por la aceptación de ese misterio de Dios en nuestra vida con todo lo que nos compromete. No es un barniz, no es un adorno bonito que nos ponemos en algunas ocasiones porque toca o así lo exige el momento. ‘A los que creen en su nombre les dio poder ser hijos de Dios’.

Nos lo decimos tantas veces que ese niño que contemplamos en Belén es el Hijo de Dios necesariamente tenemos que pensar que a nosotros también nos ha hecho hijos. Es algo maravilloso y sublime, algo de lo que no nos creemos merecedores, algo que no tenemos por derecho propio, ‘éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón…’ nos dice el evangelio; es una filiación distinta, algo que nos viene de Dios que nos ha regalado su Espíritu para hacernos hijos. ‘Han nacido de Dios’, termina diciéndonos el evangelista. Todo es un regalo de amor, un regalo del amor de Dios.

Por eso hablamos tantas veces de la profundidad que le hemos de dar a la Navidad. Desde esa raíz es como luego tiene que florecer la alegría, es como tienen que aparecer tantos gestos y detalles de amor, es desde donde tenemos que crear y trabajar ese jardín florido de paz, de entendimiento entre todos, de armonía y de felicidad. Será así como tienen verdadero sentido nuestras felicitaciones y desde donde brotarán todo esos buenos deseos que tenemos los unos con los otros estos días. Si no tuviera esa raíz bien hundida en la fe y el amor de Dios pronto se nos secaría y arruinaría ese jardín.

¿No será eso lo que de alguna manera nos está sucediendo en nuestro mundo que en estos días todo son felicitaciones y alegría pero pronto cuando pasen estos días volveremos de nuevo a la insolidaridad y a seguir haciéndonos la guerra los unos con los otros? Algo, hemos de reconocer, nos estará fallando. Motivos de reflexión y revisión.


martes, 11 de marzo de 2025

No hacen falta muchas palabras para orar, solo nos hace falta una, saborear el poder llamar Padre a Dios

 


No hacen falta muchas palabras para orar, solo nos hace falta una, saborear el poder llamar Padre a Dios

 Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

En ese deambular por la vida, que es la vida misma con lo que hacemos, en lo que nos relacionamos con los demás, en lo que vamos encontrando o en los pensamientos o que van surgiendo dentro de nosotros o en las ideas que otros nos proponen, quizá en un momento determinado descubrimos algo que nos llama la atención, que nos sorprende, que nos deja llenos de admiración de manera que queremos poseerlo, queremos llegar a ese lugar si de un espacio se tratara, o queremos vivirlo; y nos ponemos en camino para conseguirlo, para tenerlo, para vivirlo y luego nos sentiremos como transformados por esa felicidad y de ninguna manera queremos perderlo; ya buscaremos medios, formas de poder seguir disfrutándolo.

Podemos estar pensando en cosas materiales, en cosas que nos darían una riqueza, podemos pensar en un lugar paradisíaco, podíamos pensar en un estado de vida. ¡Cómo nos gustaría conseguirlo, disfrutarlo!

Pues os voy a decir que lo tenemos a nuestro alcance. Leamos con atención de nuevo el texto del evangelio de hoy. De entrada decimos es la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, la oración que nos enseña a nosotros. Ahí lo tenemos. Está bien descrito. Es lo maravilloso de sentirnos en Dios, del encuentro con Dios, de la presencia de Dios en nosotros, en nuestra vida y que tenemos que hacer que sea también en nuestro mundo.

En tres palabras quiero resumir hoy lo que es la oración del padrenuestro, que Jesús nos ha enseñado: contemplación, camino, compromiso.

¿Qué es lo primero que nos llena de admiración cuando comenzamos a rezar el padrenuestro? Qué podamos llamar Padre a Dios. Como nos dirá san Juan en sus cartas es una maravilla que podamos llamarnos hijos de Dios, y nos dice, pues en verdad lo somos. Es para quedarse extasiado. Dios que nos ama, porque es nuestro Padre, que nos llama sus hijos, que quiere que vivamos como hijos. Los hijos no son esclavos, los hijos viven la libertad de su condición, de su filiación; como tal nos trata, como tal nos ama. Por eso no podemos hacer otra cosa que bendecir a Dios, bendecir su nombre, sentirnos dichosos con su amor que es sentirnos bendecidos por Dios. Es una contemplación esta primera parte de nuestra oración. No podemos pasar de largo, no lo podemos hacer a la carrera, tenemos que detenernos para contemplar, para alabar, para dar gracias, para santificar el nombre de Dios en el que nos sentimos santificados.

Como decíamos antes, eso tan bello y hermoso lo queremos poseer; nos ponemos en camino para conseguirlo. Por eso nos abrimos a Dios, a su Palabra que queremos que se plante en nosotros, que se cumpla en nosotros esa palabra del Señor, como pedía y quería María en la anunciación. Queremos hacer la voluntad de Dios; no nos queda otra, es la voluntad del Padre, y a los padres se les obedece, a los padres les somos fieles u leales, a los padres queremos agradarles con nuestro amor y se lo manifestamos haciendo su voluntad. Un camino que hemos de recorrer en esa búsqueda de la voluntad de Dios.

Un camino que se hace compromiso porque ahora veremos las cosas de otra manera; un camino en el que sentimos su presencia junto a nosotros y teniéndole a El, nada nos faltará; un camino que nos lleva a una nueva comunión con los que nos rodean, porque de ellos también Dios es Padre, ¿no decíamos al principio padre nuestro? No es solo mío sino de todos, todos entonces tenemos que sentirnos hermanos, entre todos ha de haber una nueva comunión, a todos tenemos que aceptar y comprender; y nos amamos y nos perdonamos, porque así es la garantía de que seguiremos sintiendo el amor de Dios sobre nosotros a pesar de nuestros errores y debilidades. Con Dios a nuestro lado, nos sentiremos fuertes para no dejarnos arrastrar por el mal, para sentir la fortaleza que nos lleve a hacer siempre el bien.

Una oración para saborear, como siempre tiene que ser nuestro encuentro con Dios, ante el que muchas veces nos quedaremos mudos sin saber qué decir, nos quedamos en silencio, dejando que nuestra mente contemple ese misterio de Dios, pero nuestro corazón se derrita en ese amor de Dios que se está derramando en nosotros. No hacen falta muchas palabras, nos decía Jesús; sólo nos es necesaria una, saborear el poder llamar a Dios Padre.

domingo, 23 de febrero de 2025

Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

 


Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

1Samuel 26, 2. 7-23; Salmo 102; 1 Corintios 15, 45-49; Lucas 6, 27-38

Nadie tiene que decirme lo que tengo que hacer, parece la pataleta de quien se comporta como un niño chico cuando nos están recordando lo que tienen que ser las pautas de la vida; es la rebeldía, decimos, de los jóvenes, pero es muchas veces también nuestra rebeldía; lo hemos pensado nosotros mismos quizás muchas veces cuando no hemos podido hacer lo que queríamos hacer, o lo hemos escuchado también más de una vez a nuestro lado; y no son esas rebeldías juveniles, sino que es esa rebeldía interior que nosotros mostramos también, aunque tratemos de disimularlo, cuando se nos recuerdan los mandamientos o cuando se nos recuerda la altitud de miras que como cristianos hemos de tener y en la forma como hemos de manifestarnos.

Sí, cuando no enfrentamos a un evangelio como el que en este domingo nos ofrece la liturgia fácilmente decimos eso es imposible, si actúo así me van a mirar como a un tonto, es que ante lo que me hacen tengo que reaccionar de alguna manera y no puedo permitir que se pongan sobre mí. Es lo que muchas veces pensamos cuando se nos habla del amor a los enemigos, se nos habla de la comprensión y el perdón, cuando se nos dice que tenemos que ser capaces de poner la otra mejilla, cuando se nos pone el listón bien alto, porque en algo tenemos que diferenciarnos.

Tenemos que tomarnos en serio las palabras de Jesús y no podemos ir haciéndonos nuestras interpretaciones y nuestras rebajas, diciendo que eso son formas de hablar, pero que no es necesario llegar a tanto. Realmente hemos de reconocer que el listón está bien alto, pero ¿es que queremos seguir con mediocridades y rebajas? Los presupuestos de nuestro corazón tenemos que cambiarlos. Por eso Jesús desde que comenzó a anunciar la llegada del Reino de Dios nos pedía conversión para poder creer en esa buena noticia que nos ofrecía. Por eso un cristiano no puede andar con componendas.

Reconocer el Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor, que Dios es un Padre que nos ama y nos ama a todos por igual, un Dios del que somos hijos porque ese es el regalo que nos hace cuando creemos en El pero igual que nosotros los somos Dios quiere que todos sean sus hijos, lo que entraña que todos hemos de mirarnos como hermanos. Por eso la regla básica, por así decirlo, que nos pone es la del amor. Es mi mandamiento, nos dice, que os améis los unos a los otros como yo os he amado. El modelo y estilo de ese amor lo tenemos en Dios, se nos manifiesta en Jesús.

Eso, así, que parece tan sencillo realmente es algo grandioso y que va a cambiar todas nuestras perspectivas. Es una nueva mirada, son unos nuevos ojos, es un nuevo corazón el que tiene que latir. Es un nuevo sentido de nuestra relación, es una nueva forma de tratarnos los unos a los otros, es un comenzar no a mirarnos a nosotros mismos sino comenzar a mirar a los demás, mirar a los que nos rodean y con una mirada nueva, la mirada del amor. Todo cambia.

Aunque en la vida tengamos nuestras diferencias nunca podré mirar al otro como un adversario con el que me voy a enfrentar, voy a mirar a un hermano con el que vamos a caminar juntos; las diferencias se superar, las esquinas donde puedan surgir roces se liman, las debilidades se comprenden porque también nosotros somos débiles, en los momentos de tensión hacemos surgir dentro de nosotros la humildad, cuando hay un contratiempo lo arreglamos, cuando nos sentimos molestos nos disculpamos y ponemos comprensión. Y esto se hace desde los pequeños detalles, con la delicadeza con que vamos a ir por la vida, con la mano tendida que siempre se está ofreciendo para ayudar, con el olvido de aquellas cosas que pudiera producirnos inquietud y tristeza, con la alegría del que se siente hermano y quiere encontrarse con el hermano para hacer el camino juntos.

En Jesús tenemos el ejemplo y el modelo de lo que tenemos que hacer; es la cercanía con que Jesús andaba con todos, es la misericordia que derramaba su corazón para dejar que le tocaran el manto o le lavaran los pies aunque fuesen personas consideradas impuras o pecadoras, es la ternura con que se acercaba a los débiles para llegar junto al paralítico de la piscina, es el impulso que significaba su presencia para que los que estaban caídos quisieran levantarse, es el camino que hacía junto al que sufría o como sabía detenerse a la orilla del camino para llamar al ciego que pedía limosna o para decirle a Zaqueo que quería hospedarse en su casa. Podríamos seguir deteniéndonos en muchas páginas del evangelio, pero escuchémosle pedir al Padre cuando lo crucificaban que los perdonara porque no sabían lo que hacían.

¿Seremos capaces nosotros de una cosa así, hacer ese mismo camino, vivir en ese mismo amor? Intentémoslo. Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer. Empecemos a caminar caminos de humildad que nos conducen al amor verdadero.

domingo, 5 de enero de 2025

La mirada de Dios hacia la humanidad es la mirada de amor que se nos manifiesta en Jesús para hacernos a nosotros también hijos en el Hijo de Dios

 


La mirada de Dios hacia la humanidad es la mirada de amor que se nos manifiesta en Jesús para hacernos a nosotros también hijos en el Hijo de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Salmo 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

La mirada de Dios hacia la humanidad es la mirada de amor que se nos manifiesta en Jesús, como la mirada que nos lleva a conocer a Dios es a través de Jesús, que es revelación de Dios, que es Palabra de Dios, Palabra del amor de Dios para la humanidad. En Jesús hemos sido bendecidos con toda clase de bendiciones celestiales, como nos dice la carta a los Efesios, hemos sido elegidos y amados, y estamos llamados y predestinados a ser sus hijos. Hijos de Dios en el Hijo, en Jesús que nos hace participes de la vida de Dios por la fuerza de su Espíritu.

Es el mensaje maravilloso de la Navidad que seguimos viviendo y celebrando. Es la Sabiduría de Dios que nos llena de vida, que se hace luz y salvación, que se hace verdad y se hace gracia, que nos revela todo el amor de Dios que nos engrandece y nos hace hijos; es la participación en el misterio de Dios, Palabra de Dios que se hace carne y que planta su tienda entre nosotros, como estamos viviendo en la Navidad. Mucho más allá que en la cueva de Belén Dios quiere plantar su tienda en nosotros cuando nosotros le recibimos y le acogemos, porque a aquellos que le reciben les da el poder ser hijos de Dios, como escuchamos hoy en el mensaje del evangelio.

Nos encontramos hoy ante una de la páginas más bellas y profundas del evangelio; es lo que llamamos habitualmente el prólogo del evangelio de san Juan donde se nos está revelando y ofreciendo como en un hermoso resumen toda la teología del misterio de la Encarnación. San Juan no nos narra el misterio del nacimiento de Jesús con la tradición de los otros evangelistas, pero sí nos está expresando todo ese misterio del Dios que existiendo desde toda la eternidad quiere encarnarse y hacerse hombre para ser nuestra Sabiduría y nuestra Salvación, nuestra Luz y nuestra Vida, gracia que nos salva y que nos redime, gracia que tenemos que acoger porque al encarnarse Dios en nuestra carne a nosotros nos eleva para hacernos también sus hijos.

Aparecen en medio de la sombras de nuestra vida, como las tinieblas que rechazan la luz, que no quieren recibir la luz, pero nos abre el camino para que finalmente nos dejemos envolver por esa luz, nos dejemos inundar por esa gracia, podamos alcanzar también la vida.

Es el camino de la redención, el camino de la Salvación que Dios nos está ofreciendo. Es el camino de sabiduría que se abre ante nosotros cuando acogemos su Palabra. Esa palabra que nos revela lo más profundo de Dios, igual que con nuestras palabras estamos manifestando lo que llevamos dentro de nosotros mismos, expresamos nuestros pensamientos o nuestros deseos, reflejamos lo que somos y lo que sentimos, estamos diciendo nuestro propio yo, así nos revela Dios en su Palabra lo más profundo de su ser.

Como nos dice es la Palabra por la que se hizo todo cuanto ha sido hecho, la Palabra de la creación, pero es también la Palabra que ilumina cuanto existe y nos da el sentido de todo, Palabra que es revelación, y es también la Palabra que nos levanta y nos redime ofreciéndonos la gracia y el perdón, es Palabra de Salvación. ‘Basta una sola palabra tuya, le decía el centurión a Jesús, y mi criado quedará sano’. ¡Qué bien lo expresaba la fe de aquel centurión romano! Es la Palabra que en Jesús llega a nosotros para levantarnos y para salvarnos, para inundarnos del amor de Dios y para hacernos hijos de Dios.

No terminamos de considerar lo suficiente tanta maravilla, tanto amor, tanta gracia. Por algo nos decía san Pablo que en Jesús hemos sido bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales. Hoy nos invita el apóstol a dar gracia a Dios, que es reconocer humildemente toda la maravilla del amor de Dios. ¡Bendito sea Dios que así nos ha enriquecido con tanta gracia! ‘Santificado sea tu nombre’, bendito sea el nombre del Señor, como decimos en el padrenuestro.

Pero nos enseña también cuál ha de ser nuestra mejor oración. Que nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprender cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a sus santos.

¿Será así nuestra oración? ¿Será esa la forma en que bendecimos a Dios y pedimos la sabiduría de su Palabra? ¿Cuál es la esperanza que tenemos en nuestro corazón y la verdadera riqueza que buscamos para nuestra vida?

 

martes, 31 de diciembre de 2024

El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

 


El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

 ‘En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios…’ Estamos escuchando el principio del evangelio,  el primer anuncio, en esta semana de la octava de la navidad que estamos culminando pero en las circunstancias sociales que vive nuestra sociedad en el final del calendario del año y comienzos de un año nuevo. Podemos encontrarle un sentido y puede ser una luz también ese camino que cada día vamos realizando.

Este anuncio de evangelio de luz que quiere brillar en las tinieblas pero que no siempre las tinieblas no se dejan eliminar por esa luz; nos habla de su venida hasta nosotros, pero que nosotros nos siempre hemos querido recibir. En estos momentos de finales de año nos vendría bien recordar nuestra historia, la historia que hemos vivido en este año, la historia de Dios en nuestra vida que siempre es una historia de salvación, porque siempre está la oferta de Dios a la que contraponemos nuestra respuesta.

Podemos recordar, tendríamos que recordar de cuantos signos y señales nos ha rodeado el Señor de su presencia a lo largo de este año, de los acontecimientos que hemos vivido, como de cada paso que hemos dado. Nos siempre nos es fácil hacer estas recapitulaciones sobre todo porque nos duele recordar nuestras sombras, las sombras que hemos ido interponiendo a esas señales de Dios; no siempre hemos sabido entrar en la sintonía de Dios, ha habido momentos en que le hemos dado la espalda, no nos hemos querido enterar de esas señales, hemos preferido nuestros camino aunque buscando caminos fáciles sin embargo se nos han hecho escabrosos.

Nos suele pasar cuando dejamos que predomine en nosotros el egoísmo, el pensar solo en nosotros mismos o en nuestros intereses, cuando nos hemos dejado arrastrar por nuestros orgullos o nuestras autosuficiencias y no hemos querido escuchar la voz de Dios, no hemos querido estar atentos a esas señales de Dios. Ahí están y son nuestra historia con la que tenemos que contar. Forma parte de nuestra vida que tenemos que redimir, en la que tenemos que saber ver la obra de salvación de Dios en nosotros.

Es también el repaso que hemos de hacer con corazón agradecido y queriendo que todo haya sido siempre para la gloria de Dios. Nos hemos sentido en muchos momentos de nuestra vida iluminados por su luz, hemos sabido también escuchar su llamada y podemos tener la satisfacción de las cosas buenas que hemos realizado. Todo siempre para la gloria de Dios. Son los pasos de vida que hemos ido dando, esa nueva profundidad espiritual que le hemos ido dando a nuestra vida, ese amor que hemos ido regalando, ese granito de arena que hemos ido poniendo también en el crecimiento del Reino de Dios, ese bien que hemos ido haciendo calladamente a los que están a nuestro lado. Ha brillado también la luz en nosotros y la hemos hecho brillar, aunque no haya sido lo suficiente, en el mundo que  nos rodea. Tenemos que dar gloria a Dios por ello que nos dio su gracia para que pudiéramos realizarlo.

‘Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Así nos sentimos nosotros. Así hemos hecho navidad en nuestra vida. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. 

Es lo que hemos venido celebrando en estos días. Es lo que ha hecho Navidad. Es el verdadero sentido y valor de estas fiestas. Pero es lo que tiene que hacer navidad cada día del año. Es la tarea del verdadero creyente.

domingo, 9 de junio de 2024

Queremos ser nosotros la familia de Jesús, llenarnos de su paz, rebosar de amor, sentirnos hombres nuevos, para comenzar a hacer un mundo nuevo

 


Queremos ser nosotros la familia de Jesús, llenarnos de su paz, rebosar de amor, sentirnos hombres nuevos, para comenzar a hacer un mundo nuevo

Génesis 3, 9-15; Sal. 129; Corintios 4, 13–5, 1; Marcos 3, 20-35

‘Mira tú, ese muchacho, por lo que le ha dado’. Así pensamos alguna vez, o hemos escuchado el pensamiento de alguien, cuando vemos que alguien cercano a nosotros, vecino o familiar quizás, se ha dedicado a cosas que nos parecen extrañas, porque quizás en lugar de buscarse un trabajo con el que forjarse un futuro, se dedica a ir por ahí complicándose la vida, porque quiere ayudar a todo el mundo, porque se implica en cualquier batalla reivindicativa ante problemas que hay entre el vecindario o en la comunidad, y vemos que quizás unos lo aprecian, pero otros no lo ven con tan buenos ojos y andan sembrando desconfianzas incluso entre aquellos a los que ha ayudado ese muchacho, como decíamos. ‘Mira tú por lo que le ha dado’.

¿Pensarían así los vecinos de Nazaret cuando se enteraron de las andanzas de Jesús? ¿Pensarían así los familiares y vecinos que le conocían de toda la vida, porque allí se había criado? Ya sabemos, por otra parte, que no fue muy exitosa su visita a Nazaret. No nos extraña pues esos primeros párrafos en que tras presentarnos como la casa se le llenaba a Jesús de gente de manera que ni podían comer tranquilos, ahora aparecen por allí unos familiares que quieren llevarse a Jesús porque eso no es vida, no anda en sus cabales. Pero nada pudieron hacer.

Y Jesús sigue rodeado de aquella gente sencilla que se siente dichosa de escucharle; por eso andan allí metidos en su casa. Pero no todos piensan lo mismo. Han llegado unos emisarios de Jerusalén, representantes de aquellos partidos que se sentían o creían poderosos en medio del pueblo. No se sienten tranquilos con lo que escuchan de Jesús y lo ven un peligro. Hay que buscar la manera de desprestigiarle.

¿Qué Jesús cura a los endemoniados? No podían admitir que aquello era obra de Dios, liberar a cuantos se sentían oprimidos por el mal; era lo que Jesús realmente iba haciendo cuando ayuda a la gente a que realizara una transformación de sus corazones. El mal no es algo que nos domine de fuera, aunque hay muchas cosas que pueden ser opresión pero siempre procede de la maldad de los corazones, sino que tenemos que descubrir ese mal que tenemos dentro de nosotros y del que tenemos que librarnos.

Es algo que cuesta, pero cuando lo vamos logrando nos sentimos transformados, porque nos llenamos de una nueva paz, de un nuevo sentido y valor para la vida. Es lo que Jesús va realizando en los corazones con esa palabra salvadora que nos anuncia. Es así como se va realizando de verdad el Reino de Dios, porque no será el mal el que nos domina, sino que Dios es el verdadero Señor de nuestra vida y con El sentimos la paz.

Pero esa liberación no les convence a aquellos venidos de Jerusalén que vienen sembrando cizañas de desconfianza. Lo que hace Jesús, vienen a decir, lo hacer con el poder del príncipe de los demonios. ¿Quién los puede entender en su propia contradicción? Y escuchamos hoy a Jesús como quiere hacerles comprender donde está esa verdadera liberación que viene de Dios. Es el actuar de Dios en nuestras vidas, es la fuerza del Espíritu del Señor.

La gente sigue apretujada junto a Jesús, porque no escuchan a aquellos sembradores de cizañas. Alguien más quiere llegar hasta Jesús. Ahora no son unos familiares cualesquiera, son su madre y sus hermanos, que tampoco pueden llegar por la aglomeración de la gente. Es lo que le anuncian a Jesús. ‘Fuera están tu madre y tus hermanos que andan buscándote’.

Y ahora Jesús nos dice algo muy importante. No niega la valoración de la familia, de su madre y parientes que están allí porque quieren estar a su lado también. Jesús nos abre horizontes, porque nos dice que todos podemos ser su familia. Estos son mi familia, mi madre, mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.

Queremos ser nosotros esa familia de Jesús. Queremos dejarnos impregnar por esa palabra salvadora que nos libera, nos sana y ya no es solo de nuestros males físicos sino de ese mal que se nos puede meter por dentro, nos llena de gracia, nos hace hijos, nos hace hermanos de Jesús.

Dejémonos liberar por Jesús, dejémonos sanar por esa Palabra de vida. Nos llenaremos de su paz, comenzaremos a rebosar de amor, nos sentiremos en verdad unos hombres nuevos, comenzaremos a hacer un mundo nuevo, comenzaremos a actuar a la manera de Jesús aunque también nos puedan decir que no estamos en nuestros cabales, como san Juan de Dios seremos los locos de Dios por el amor.