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martes, 11 de agosto de 2026

No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

 


No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Salmo 118; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Si no es nada más que un niño, habremos oído en alguna ocasión, o también hemos de tener la valentía de reconocerlo es también lo que nosotros hemos pensado y quizás manifestado, cuando hemos intuido o hemos visto que se le da opinión, o se le pide la opinión, por ejemplo, a un muchacho sobre cosas que quizás nos puedan afectar a todos. Y es que, aunque también nosotros tengamos ganas de opinar pensamos que hay que tener una cierta madurez, una prestancia o un prestigio – que quizás vaya acompañado de ciertas influencias de poder y no es necesario decir mucho – para poder participar, expresar una opinión o tomar una decisión sobre cosas que consideramos de importancia.

Realmente en nuestra sociedad vamos cambiando porque esto que estamos expresando así y refiriéndonos a estas situaciones o circunstancias era la forma de actuar, por ejemplo, en relación a la mujeres, o las fuerzas que se contrapesaban entre los poderosos por ser ricos y los que no lo eran a los que siempre se les ponía en otros escalones, y creo que todos nos entendemos.

Hoy Jesús nos está mostrando la novedad que suponía el evangelio, la buena noticia del Reino de Dios que Jesús iba proclamando. Siempre, en todos los tiempos, en todas las circunstancias históricas todos – y aquí no queremos excluir a nadie – hemos tenido deseos de grandeza, que significaba una preponderancia y también una prepotencia sobre los demás y nos buscamos mil razones para presentarnos de esa manera. Nadie quiere quedar por detrás, en un segundo plano, que no sea reconocido ni valorado y nos buscamos mil vanidades para alimentar nuestro ego y nuestro orgullo, para hacer salir nuestro amor propio y manifestarnos con esos prestigios que al final se quedan en vanidades.

Eran también las discusiones que tantas veces se traían de camino incluso los discípulos más cercanos de Jesús. Y son las preguntas que tantas veces le repiten a Jesús. Siempre andan buscando lo principal para saber a qué reglas nos atenemos y saber los límites mínimos con los que nos podemos contentar. ‘¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?’, vienen a preguntarle a Jesús.

Y es cuando Jesús nos da la gran lección. ‘En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí’.

Nos habla de un niño, que no era nada considerado en la sociedad de su tiempo; y nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños, y esto no es tarea fácil; fáciles pueden ser las palabras, pero hacerlas categoría de nuestra vida no es tan fácil; siempre estamos aspirando a dejar atrás nuestra niñez para que seamos considerados, todos queremos ser ‘grandes’, o sea poder comportarnos como mayores para tener nuestras opiniones y nuestros derechos y Jesús nos está diciendo que desmontemos todo ese tinglado que tenemos montado en nuestra cabeza para que comencemos a ser niños. No es tarea fácil, por eso Jesús nos habla de conversión. Porque el que se haga pequeño es el que será grande en el Reino de los cielos.

Por eso como dice a continuación tenemos que comenzar por acogerlos y respetarlos, cuidarlos y valorarlos, porque así tenemos que valorar a todos, también a los que nos parecen pequeños, a aquellos que en nuestra sociedad consideramos insignificantes, y mira que tenemos en nuestra mente una lista grande de todos esos que decimos que no valen. Recordemos simplemente como es nuestra mirada a los que están a nuestro alrededor, a quienes acogemos y a quienes no, con quienes no nos sentaríamos ni en la guagua ni por supuesto a nuestra mesa para compartir nuestra comida, a quienes saludamos en la plaza o a quienes dejaríamos o no entrar a nuestra casa. ¿Cuál es la lista secreta que todos llevamos en nuestra cabeza, o peor aún, en nuestro corazón del cual los excluimos?

Nos pone a continuación la parábola de la oveja perdida y herida que tenemos que buscar, para que en verdad le demos a nuestra vida el sentido del Reino de Dios, y termina diciendo que no es voluntad de nuestro Padre del cielo que se pierda ninguno de esos pequeños. ¿Será así cómo nosotros los buscamos?


martes, 7 de julio de 2026

Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

 


Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

Oseas, 8, 4-13; Sal. 113; Mateo 9, 32-38

Vemos a alguien caminando a nuestro lado, como suele decirse, con la lengua fuera por el cansancio ante el esfuerzo que tiene que realizar o la intensidad de lo que está haciendo, y más en días como los que estamos pasado por nuestros lares de intenso calor, nos hace sentir compasión y lástima y si de nuestra parte estuviera les ayudaríamos en lo que fuéramos capaces. Normalmente nuestro corazón se conmueve cuando vemos el sufrimiento de los demás, salvo que fuéramos unos desalmados.

Es la imagen que quiere ofrecérsenos en el texto del evangelio que hoy escuchamos. Jesús recorre pueblos y aldeas en aquellos caminos de Galilea siempre con el mismo anuncio del Reino de Dios que llega y para el que hemos de estar preparados; las gentes escuchando las palabras de Jesús y contemplando los signos que realiza le siguen, sienten como se enardecer sus corazones y parece que renace en ellos la esperanza; se sienten desorientados porque los mensajes que han venido recibiendo no siempre les llegan al corazón ni parece que responden a sus expectativas; parece como si fueran llevados de un lado para otro en medio de un mar embravecido o unas corrientes que no les llevan a ninguna parte. Es lo que Jesús les quiere hacer constatar. Parecen ovejas sin pastor que a ninguna parte son conducidas.

No todos, como suele suceder siempre saben leer el mensaje que Jesús quiere transmitirles, algunos se harán sus propias interpretaciones interesadas, porque están sintiendo que lo que jesús les anuncia y les propone va a exigir un cambio en sus vidas; recordemos que siempre Jesús comienza su predicación invitando a la conversión, a abrirnos a ese cambio y transformación total que tienen que darle a su existencia. 

Que un hombre poseído por el mal y encima con tantas limitaciones en su vida como la sordera o el no poder hablar sea curado de su mal viene a significar cómo nuestros oídos están sordos por tantas cosas o tantos apegos o intereses y tenemos que abrirnos a algo nuevo que se nos está ofreciendo; son los signos del Reino de Dios que nos están pidiendo la vivencia de otros nuevos valores, el desgarro de nuestro interior de todas esas malas voluntades, la apertura para poder encontrarnos con esa luz nueva que quiere iluminar nuestras vidas, pero para muchos eso puede significar perder los papeles, perder las influencias, tener que comenzar de nuevo al recorrido, y eso cuesta y es difícil; por eso querrán atribuir las obras de Jesús al espíritu del mal para crear confusión en los demás.

¿No andaremos nosotros también con esas sorderas que nos hacen escuchar lo que nos interesa? ¿No nos sentiremos en muchas ocasiones confundidos y desorientados por esa lucha interior que sostenemos cuando vemos donde está la luz pero preferimos las luces opacas de nuestras rutinas de siempre?

Jesús nos dice que la mies es abundante pero que los operarios son pocos; está contemplando esas multitudes ansiosas de algo nuevo pero a quienes no siempre llega ese mensaje de salvación. ¿Cómo es ese mundo que nos rodea? ¿Seguirá habiendo en el fondo el deseo de algo y mejor, algo que eleva nuestros espíritus y nos traiga metas de gran altura? A pesar del gran vacío que podríamos contemplar en muchos a nuestro alrededor, sin embargo hay ansia de algo mejor aunque muchas veces no se sepa definir bien lo que queremos. 

Ahí tendríamos que estar nosotros para decir la palabra oportuna, para ofrecer una novedosa orientación para la vida de los que nos rodean, para convertirnos nosotros también en una señal para los que están a nuestro lado y puedan discernir a dónde se tienen que dirigir, para despertar deseos de querer escuchar esa buena nueva del Evangelio. Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos en medio del mundo?


sábado, 4 de julio de 2026

Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, es una buena noticia que hace nueva nuestra vida

 

Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, es una buena noticia que hace nueva nuestra vida

Amós 9, 11-15; Salmo 84;  Mateo 9, 14-17

Nos gusta recibir buenas noticias. Estamos atentos a los diversos medios de comunicación para saber de qué va el mundo de la misma manera que nos comunicamos con aquellos más cercanos a nosotros que siempre tienen algo que contarnos de cuanto sucede a nuestro alrededor; desgraciadamente la mayoría de las noticias que recibimos tienen los tintes negativos de tantas calamidades que afectan a nuestro mundo y a nuestra sociedad que es algo que por nuestra sensibilidad nos inquieta; pero aun si queremos seguir escuchando noticias esperando siempre algo bueno y algo positivo que de alguna manera nos aliente y sea como luz para nuestro camino. 

Hay noticias que recibimos y que nos impactan y nos inquietan, que nos hacen reaccionar de alguna manera y que también van marcando el ritmo y el rumbo de nuestras vidas; cosas que nos afectan en lo más íntimo de nosotros, cosas que nos hacen pensar y nos hacen ver las cosas de otra manera, cosas, palabras o acontecimientos que nos producen un impacto profundo y o nos pueden desestabilizar en lo que es nuestra rutina de cada día, o nos hacen dar un giro a nuestras vidas.

Cuando Jesús comenzó a predicar en Galilea le decía a la gente que se preparara porque les llegaba una gran y buena noticia; en el ritmo de la predicación que había sido del Bautista la invitación que Jesús hacía era la conversión para poder creer en esa buena noticia del Reino de Dios que llegaba. Era una buena noticia que haría cambiar muchas vidas en quienes la aceptaron, una buena noticia que impacta y nos tendría que llegar de inquietud para buscar esos nuevos valores que nos iba a proponer.

No todos lo van a comprender porque están muy anclados en las costumbres de siempre, en la interpretación que ellos se habían hecho de la ley y los profetas, de las Escrituras santas, y no estaban dispuestos a hacer ese cambio, por eso su reacción será ir a la contra, rechazar, no dejar que llegara esa buena noticia a sus corazones. Es lo que iremos encontrando a lo largo del evangelio.

Hoy vienen algunos a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen con los viejos ritos de los ayunos y las penitencias, como los discípulos de Juan o como los discípulos de los fariseos. Jesús tratará una vez más de hacerles comprender la novedad de esa Buena Noticia, de ese Evangelio, que Él está proclamando. Y lo hace siempre, podríamos decir, con su pedagogía de ponernos imágenes como señales que hemos de entender. Por eso habla de rotos y de remiendos, por eso habla de odres viejos y nuevos que habrá que renovar para recibir ese vino nuevo que Él nos ofrece. 

‘Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor’. Es una vestidura nueva la que tenemos que vestir, no nos vale lo viejo remendado, sino que es necesario esa transformación profunda que nos hace un hombre nuevo. 

‘Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan’. Es la conversión profunda de nuestro corazón y de nuestra vida. No podemos ser los mismos ante la Buena Noticia del Evangelio de Jesús. 

¿Significa en verdad eso para nosotros? Cuando queremos en verdad confrontar nuestra vida con el evangelio que escuchamos muchas veces nos quedamos pensando en qué cosas tengo que cambiar. ¿Significa eso los remiendos que le he de poner a mi vida para que no desentone mucho con el evangelio que escuchamos? Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, porque seguramente serán las que no están verdaderamente ancladas en Jesús y su evangelio.

lunes, 20 de abril de 2026

¿Hasta dónde llega nuestra fe en disponibilidad total para creer en Jesús dejando a un lado intereses o conveniencias?

 


¿Hasta dónde llega nuestra fe en disponibilidad total para creer en Jesús dejando a un lado intereses o conveniencias?

Hechos 6, 8-15; Salmo 118; Juan 6, 22-29

¿Alguna vez habremos escuchado que alguien nos dice muy seriamente que tenemos que creer en él? Eso de que alguien nos dice que tenemos que creer en él es algo serio y que implica muchas cosas; más o menos tenemos confianza en las personas y desde esa confianza aceptamos un consejo, una orientación, pero siempre con nuestra libertad de creer o no creer, de aceptar lo que nos dice o pasarlo por alto y olvidarlo, porque decimos que también nosotros tenemos nuestros criterios, nuestra manera de ver las cosas, cada uno está en el ajo de su vida y más o menos saber por donde ir, cómo actuar. Pero cuando nos dicen que tenemos que creer en él, parece que nos están hablando de una fe ciega y que hasta podría anular nuestros pensamientos o nuestra propia manera de actuar. Por eso digo es algo muy serio.

El evangelio de hoy parte haciéndonos un poco de resumen de lo anterior, pues habla de la multiplicación de los panes de la tarde anterior en el descampado, la marcha de los discípulos en barca con sus dificultades, y cómo la gente a la mañana siguiente busca a Jesús, saben que no se ha ido en la barca con el grupo de los discípulos, y aprovechando la llegada de unas barcas de Tiberíades embarcan para Cafarnaún.

Allí inmediatamente se encuentran con Jesús y surge la pregunta más normal. ‘¿Cómo has venido aquí? ¿Cuando has venido aquí?’  No responde Jesús porque ve más allá de lo que son las apariencias. Ayer comieron pan en abundancia en el desierto y ahora buscan a Jesús. ¿Para darle las gracias? ¿O porque quieren que Jesús siga alimentándolos de esa manera milagrosa y gratuita? El amor de Dios si es un don gratuito para nosotros, porque nos ama incluso, podríamos decir, sin merecerlo. Pero aquí se trata de algo más ¿cuál es el interés que en verdad sienten por Jesús? ¿Habrán llegado a descubrir el sentido de lo que Jesús hace y que esos milagros son signo de algo mucho más hermoso que Jesús quiere darnos y también nos lo dará por gracia, o sea gratuito?

‘En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios’.

Demasiado en la vida vamos actuando por interés. ‘Porque comisteis pan hasta saciaros’, les dice Jesús. Muchos intereses de pan nos van moviendo en la vida. ¿Cuánto me van a pagar?, es la pregunta que pronto hacemos cuando nos piden una colaboración; no somos capaces de verlo como un servicio sino como una posibilidad de una ganancia; ganancias que nos pueden sonar a monedas en nuestros bolsillos, pero ganancias que transformamos en prestigios que hagan que nos sintamos bien considerados, influencias para poder tener muchas cosas en nuestras manos y así ejercer nuestro dominio o nuestro poder, amistades que buscamos para presumir, vanidades que vamos buscando para aparecer como soles, como los mejores, como los poderosos… larga sería la lista de esas ambiciones que llevamos por dentro cuando buscamos algo, tantas dependencias que finalmente nos creamos pero que realmente no nos dejan ser nosotros mismos para actuar con autenticidad y con generosidad.

Jesús quiere hacerles reflexionar, que encuentren de verdad lo que da sentido y profundidad a sus vidas, para no quedarnos en la superficialidad de la apariencia. Jesús viene a anunciarnos el Reino de Dios y darnos las pautas de cómo hemos de aceptarlo y construirlo en nuestras vidas. Son otras las obras que hemos de realizar.

Es lo que ahora le preguntan. ‘Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?’ Y Jesús es claro y tajante, han de comenzar por creer en El. ‘La obra de Dios es esta: que creáis en el que Él ha enviado’. No va a ser fácil, a todos nos cuesta, porque Jesús les está pidiendo toda su fe y para eso es necesaria una disponibilidad total. En otro momento nos dirá que tenemos que negarnos a nosotros mismos para poder seguirle; al comienzo de su predicación pedía conversión, cambio profundo de corazón para poder creer en la Buena Noticia que Jesús venía a ofrecerles.

Decimos fácilmente que tenemos fe, pero lo reducimos a unos conceptos básicos o a unas prácticas religiosas a las que ya les ponemos también nuestra medida. Pero la fe es algo mucho más profundo porque implica toda la vida. Cuando nos ponemos en el camino de la fe con toda seriedad le tenemos que estar dando toda una vuelta a la vida. Por eso Jesús nos pide conversión. ¿Hasta dónde llega nuestra fe? ¿Qué es lo que en verdad nos motiva el querer llamarnos cristianos, seguidores de Jesús?

 

lunes, 13 de abril de 2026

Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo con arrojo y valentía el anuncio del nombre de Jesús

 


Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo con arrojo y valentía el anuncio del nombre de Jesús

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Salmo 2; Juan 3, 1-8

¡Cómo ha cambiado esa persona!, habremos dicho quizás más de una vez cuando hemos visto a alguien que conocíamos con un estilo de vida, pero que ahora lo vemos distinto. ¿Qué le han hecho?, pensamos; ¿qué es lo que le ha llevado a esta transformación de la vida? Y como siempre somos tan dados a no pensar muy bien y a andar con la sospecha por delante ya estamos pensando en manipulaciones que alguien ha ejercido sobre esa persona, presiones que no sabemos bien por qué motivo y hasta empleamos aquello del lavado del cerebro sin saber bien ni lo que decimos. Pero seguramente notaremos que no es un cambio superficial, que no es el quita y pon de un ropaje o de una máscara para dar la impresión de algo que realmente no sea, algo profundo hay en esa persona que no terminamos de desentrañar. ¿Experiencias del espíritu que en nuestro materialismo no somos capaces de entender?

Si leemos con atención el evangelio nos iremos dando cuenta de cómo son aquellas personas que de forma muy cercana seguían a Jesús. No negamos la confianza que habían puesto en Jesús, pero no dejaban de ser tan humanos como todos cada uno con sus propias debilidades. Había entre ellos, como es muy normal suponer aunque lo vemos reflejado en muchos momentos, sus ambiciones y sus caprichos quizás ocultos, no dejaban de rondar por sus cabezas lo mismo que a casi todos en Israel con sus deseos de liberación llamémosla política porque quería liberarse de lo que consideraban una opresión de los romanos, había sus luchas por estar por encima de los otros, por los primeros puestos y eran sueños que les hacían en muchas ocasiones enfrentarse entre ellos, miedos y cobardías como le vemos que en el momento crucial del prendimiento todos le abandonan y huyen, o como la negación incluso de quien había sido ya preconizado por Jesús para ser una piedra fundamental de aquella nueva comunidad, y así tantas cosas; en la cruz estaba Jesús solo con una pocas mujeres entre ellas su madre, y solo el llamado discípulo amado, los demás bien lejos y escondidos.

Pero ahora en los Hechos de los apóstoles no parecen los mismos, han sufrido cárceles pero ellos no tienen miedo, les prohíben hablar en nombre de Jesús pero ellos dicen que no pueden callar lo que han vivido, lo que han visto y oído y tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres, hoy les vemos orando después de la prisión de algunos para mantenerse firmes y seguir haciendo el anuncio que saben que Jesús les ha confiado. ¿Qué ha sucedido en ellos para ese cambio?

Hemos escuchado también hoy en el evangelio aquel encuentro de Nicodemo con Jesús a quien va a visitar incluso de noche, dada su condición de maestro en medio de Israel que no quería quizás que le vieran con Jesús pero que andaba también en un camino de búsqueda. Y Jesús le dice una cosa muy clara, aunque siempre nos ha costado entender. Para vivir el Reino de Dios hay que nacer de nuevo. Ya había pedido Jesús desde el principio de su predicación conversión para creer y aceptar la buena nueva que se les iba a anunciar. Ahora tajantemente Jesús habla de un nuevo nacimiento. Difícil de entender cuando ya somos viejos, como le dice Nicodemo. Pero Jesús no se retracta de sus palabras. Nacer de nuevo por el agua y por el espíritu.

Ahí está la clave. No por nosotros mismos por mucha voluntariedad que queramos poner porque siempre seguiremos siendo débiles y aparecerán nuestros cansancios, solo por la fuerza del espíritu se puede realizar ese cambio, ese nuevo nacimiento. Y esto es fundamental. Claro que cuando escuchamos estas palabras pensamos en el bautismo, pero no nos podemos quedar en un rito porque entonces no tendrían sentido las palabras de Jesús. Es lo profundo que el espíritu del Señor realiza en nosotros que nos hace ser distintos, que nos hace tener una nueva vida.

Es lo que hemos venido diciendo de la transformación de los Apóstoles. Habían recibido la fuerza del espíritu, pronto celebraremos Pentecostés. No es la cosa de un día, o de una celebración, es el dejarnos transformar por el espíritu del Señor, el que hizo de aquellos hombres cobardes y ambiciosos los que ahora no temen persecuciones y con arrojo y valentía seguirán haciendo el anuncio del Evangelio, por muchas que sean las prohibiciones y persecuciones.

¿Nos sentiremos nosotros transformados así? Andamos como llorones muchas veces quejándonos del mundo adverso que nos ha tocado vivir; un mundo como el de todos los tiempos, porque siempre las tinieblas han rechazado la luz, pero ahí está la fuerza del espíritu del Señor con nosotros para continuar con esa luz encendida y nada podrá contra ella. Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo el anuncio del nombre de Jesús.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

 


Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

Jonás 3, 1-10; Salmo 50; Lucas 11, 29-32

‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación…’ así ha comenzado el texto del evangelio que hoy se nos ha ofrecido. Signos y pruebas que siempre estamos pidiendo, razonamientos y explicaciones que se repiten y al final no terminamos de sentirnos convencidos, porque de alguna manera por mucho que veamos o que nos expliquen seguimos quizás encerrados en nosotros mismos y en lo que queremos palpar por nuestras manos. Otra tiene que ser nuestra disposición ante la Palabra de Dios que llega a nuestros corazones, porque no nos quedamos solamente en razonamientos humanos.

Jesús habla de Jonás, que se siente interpelado en su propio interior por la misión que se le confía y cuya palabra y vida será igualmente interpelación para aquella gente de Nínive a la que es enviado que se convierten al Señor al escuchar su palabra. Figura que tiene que convertirse para nosotros también en una interpelación porque muchas veces nos sucede algo semejante a las primeras acciones que ha de realizar el profeta.

Jonás no quería aceptar aquella misión que el Señor le había encomendado, quiso huir, se embarcó en dirección contraria a la que debía de tomar para ir a Nínive, tenía miedo por la incapacidad que sentía en si mismo, no pensaba que iba a ser escuchado; por eso se embarca en otra dirección, pero los signos del cielo le hablan a través de aquella tormenta que no deja avanzar el barco, el ser arrojado al mal como culpable de aquellas desgracias a las que se veían abocados los que navegaban con él – pensemos en la mentalidad propia de la época aunque hoy nos cueste entender -, la imagen del cetáceo que se lo traga pero que lo devolverá vivo a la playa a los pocos días, y el asumir al final la misión que tenia que realizar.

¿No buscamos muchas veces escapes, disculpas, refugiándonos en nuestros miedos que nos hacen cobardes ante acciones y compromisos que tendríamos que asumir, pero de los que tratamos de escaquearos? Por eso digo Jonás también es un signo para nosotros, una interpelación ante nuestros miedos y cobardías. Es lo que nosotros tendríamos que ser por el testimonio de nuestra palabra y nuestra vida para los demás en donde tantas veces no terminamos de comprometernos.

Es este camino de ascensión de nuestra vida en esta cuaresma que estamos queriendo vivir pero donde no terminamos de dar los pasos que tendríamos que dar, no terminamos de programarnos bien en lo que realmente tendría que ser nuestra cuaresma. Cuántas disculpas nos buscamos o cuantas cosas hacemos solo en apariencia para cumplir pero sin llegar a una aceptación profunda de los pasos que tendríamos que dar para alcanzar de verdad la pascua.

La palabra de Dios que es una llamada fuerte e insistente para nuestra vida es al mismo tiempo una palabra de esperanza que trata de insuflar en nosotros ese ánimo y ese empuje que necesitamos. El profeta fue escuchado aunque le pareciera difícil que aquel pueblo lo hiciera, el profeta fue de verdad un signo de salvación para aquella gente, sus palabras y predicación no cayeron en saco roto sino que hubo respuesta; es la esperanza que hemos de tener que esa semilla que sembramos puede germinar y un día dar fruto.

No podemos caer en derrotismos de que todo está perdido y a la gente de hoy ya no le interesa lo que nosotros podamos ofrecer. Quizás la gente está más hambrienta y sedienta de lo que nosotros podamos imaginar; lo que nos sucede es que no sabemos ofrecer esa agua que calme tanta sed, o no nos queremos comprometer y buscamos mil disculpas.

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán. Es lo que tiene que ser nuestro aliento para nuestro compromiso y para ser de verdad misioneros en medio del mundo, este mundo concreto en que vivimos, y que está deseoso de la luz.

sábado, 21 de febrero de 2026

Una buena noticia que no hemos de olvidar y que hemos de hacer vida en nosotros para ser luz en medio de las tinieblas

 


Una buena noticia que no hemos de olvidar y que hemos de hacer vida en nosotros para ser luz en medio de las tinieblas

Isaías 58, 9b-14; Salmo 85; Lucas 5, 27-32

Parece como si algunas veces olvidáramos las palabras que nos dice Jesús en el evangelio, o quizás olvidamos el verdadero sentido de esa palabra, evangelio; es una nueva noticia y una noticia buena, pero una noticia transformadora, que nos inquieta, que nos lleva a descubrir algo siempre nuevo; nos hemos acostumbrado a decir evangelio y ya no gustamos de su sentido, de lo que nos ofrece, de aquello a que nos llama.

Por algo Jesús desde el principio nos pide un cambio profundo dentro de nosotros para poder creer en esa buena noticia que nos ofrece y que nos está hablando del Reino de Dios; la palabra que se emplea y que medio hemos endulzado es conversión; y conversión es una vuelta total del corazón. De lo contrario no podríamos llegar a entender páginas como las que se nos ofrecen hoy, y me refiero tanto al evangelio como también al profeta.

Parece que se sale de todos los limites el que Jesús llame precisamente para que le siga como discípulo a un publicano; eran personas muy minusvaloradas en la sociedad judía de entonces, en consecuencia no tendría el prestigio – cuanto hablamos hoy también de los prestigios incluso dentro de la Iglesia – para formar parte de aquellos más cercanos a Jesús que El un día constituiría como el grupo de los apóstoles, el fundamento, podríamos decir, de aquella nueva comunidad.

Pero otra cosa que podría parecer discordante para aquella sociedad es que precisamente Jesús se siente a la mesa con todas esas personas que son despreciadas por su entorno, publicanos y pecadores. ¿Podría quitar eso el brillo de la santidad y rectitud de quien se presentaba como profeta en medio de ellos? Pero esa es la voz del profeta que solo quiere transmitir lo que es el mensaje de Dios, es la garantía precisamente de que Jesús es aquel que había anunciado el profeta como lleno del Espíritu de Dios que venía a traer una buena noticia a los pobres, a los oprimidos, como se había proclamado un día allá en la sinagoga de Nazaret. Es el estilo de Dios que así se nos manifiesta en Jesús. En ese sentido iban las palabras del profeta.

Hermosas las palabras del profeta. ‘Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía’. Así Jesús se convierte en luz de nuestra vida en medio de tantas tinieblas y oscuridad. Claro que como nos dice el evangelio de Juan al principio la luz vino a iluminar las tinieblas pero las tinieblas rechazaron la luz.

Pero la palabra del profeta es aliento para nuestra vida, un impulso para que seamos siempre luz con la luz de Jesús. ‘Tu gente reconstruirá las ruinas antiguas, volverás a levantar los cimientos de otros tiempos; te llamarán “reparador de brechas”, “restaurador de senderos”, para hacer habitable el país’. ¿No será eso lo que nosotros también tenemos que ser? Como dice el  profeta ‘reparador de brechas… restaurador de senderos…’ Cuántos corazones rotos hemos de sanar, cuántas soledades que acompañar, cuántas manos que tender, cuántos caminos de hacer junto a los demás. ‘Brillará tu luz en las tinieblas…’ No olvidemos lo que dice Jesús que ‘no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan’.

Es el camino que se abre ante nosotros en esta cuaresma que estamos comenzando a vivir. Es el ayuno y la penitencia que el Señor nos pide. Son esas actitudes nuevas que han de brillar en nuestra vida. Son los signos de vida nueva que han de ser evangelio también para los demás. Es la misión que Jesús a nosotros también nos ha confiado.

 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

 


Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todos sabemos por qué estamos aquí, todos sabemos lo que hoy celebramos. Hasta nuestros calendarios lo marcan, aunque no sabemos bien por qué motivaciones. Hoy es el miércoles de ceniza, que de alguna manera ha marcado costumbres y tradiciones al menos en los pueblos con una cierta influencia o resonancia cristiana.

Los cristianos decimos que comenzamos un camino que nos lleva a la Pascua y por eso mismo es como entrenamiento y preparación para lo que luego vamos a vivir. De ahí ese carácter en cierto modo de desierto que queremos darle que luego en la Palabra de Dios de estos primeros días, el primer domingo, nos va a recordar cómo Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto. Y recordaremos, por eso está marcada incluso en el número de los días que dedicamos a la Cuaresma, el peregrinar del pueblo hebreo por el desierto también como un aprendizaje y una preparación para la llegada a la tierra prometida. Por eso hablaremos de su sentido penitencial, de purificación, de conversión.

Pero me quiero detener a pensar en el significado que ha de tener la Cuaresma para nosotros en este mundo en el que hoy vivimos en su realidad más cruda. Qué buena nueva de evangelio ha de tener para mi hoy para que no se quede en algo que hay que hacer porque así lo dispone la liturgia de la Iglesia y en el que simplemente vamos a repetir en cierta manera lo que siempre hemos hecho. Y cuando pase la cuaresma y llegue la Pascua, cuando pasen esos días pascuales, ¿en qué se va a notar en nosotros que hemos vivido con sentido pleno esta cuaresma?

Pero de eso que vivimos nosotros tenemos que ser signo para el mundo que nos rodea, y pienso en ese mundo concreto que son nuestras familias o que es esa gente con la que convivimos en el barrio, en el trabajo, en nuestra vida social, en ese camino que hacemos todos los días. Para muchos quizás ya ni les sonará la palabra o no entenderán su significado; algunos lo verán como algo que hacen los cristianos piadosos con sus ritos o sus prácticas religiosas, pero que ellos se quedan al margen; algunos quizás lo considerarán algo lúgubre desde las posibles experiencias que han tenido o la manera de ver las cosas de la Iglesia. ¿Y no tendríamos que ser signo de un verdadero sentido de cuaresma para esa gente que nos rodea? ¿Qué tendríamos que hacer?

En fin de cuentas es evangelio lo que tenemos que trasmitir, porque si no estaríamos también nosotros fuera de honda. Y no podemos vivir todo esto solamente hacia dentro, que por supuesto tiene que partir de la renovación más honda de nosotros mismos, sino también ser un signo de algo nuevo y vivo para los que nos rodean, signos del amor de Dios que quiere hacerse presente, tenemos que hacer presente también en nuestro mundo de hoy.

Es el primer signo que tenemos que mostrar; por nuestra forma de vivir, por la alegría de nuestra vida, por la esperanza que manifestamos en lo que vivimos y hacemos tenemos que hacer presente que nos sentimos amados de Dios. ¿Alguna vez le hemos dicho así clara y tajantemente a alguien que te sientes amado de Dios? La tristeza y cada de acontecimientos con que muchas veces los cristianos vamos por la vida no es precisamente eso lo que reflejan. Rescatemos la alegría de nuestra fe porque nos sentimos amados de Dios. Aunque seamos muy pecadores, experimentemos fuertemente en nosotros que su misericordia no tiene fin. Y eso tenemos que reflejarlo también en nuestra cara.

Pero tenemos que decirles también a los demás que Dios los ama. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Directamente con nuestras palabras? También cuando sea necesario. Pero tenemos que mostrarnos nosotros para los demás como signos de ese amor de Dios. Y cuántos gestos podemos realizar en ese sentido.

Una de las prácticas con las que queremos expresar en la cuaresma, y siempre por supuesto, es la limosna, es el compartir con los demás. Ahí tenemos un hermoso signo que podemos realizar. Y no digo solo el dinero que podamos sacar de nuestro bolsillo – cuidado que algunas veces para la limosna buscamos la moneda más pequeña que tengamos en la cartera – sino en lo que con generosidad podemos compartir de nuestra vida con los demás, por ejemplo, tu tiempo, la compañía que puedes ofrecer a quien se siente solo, la visita a los enfermos y a los ancianos de tu entorno, la atención que prestamos a quien vemos tirado al borde del camino o en la acera pidiéndonos ayuda.

¿No podríamos programarnos nuestro tiempo cuaresmal para esas visitas, para esa atención a los que se sienten solos, para acercarnos de una forma distinta a los que vamos encontrando en nuestro camino, para tener una palabra amable de saludo con quien nos encontramos aunque no nos responda? ¿No será esa la reconciliación que Dios nos está pidiendo?

Podríamos hacer una cuaresma hermosa, y podríamos ser un buen signo del amor de Dios para los demás. Al final será de verdad pascua, que es el paso del Señor por nuestra vida y nuestro mundo.

jueves, 5 de febrero de 2026

Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

 


Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

1Reyes 2, 1-4. 10-12; 1 Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Quien recibe el encargo de algo importante y que puede tener enorme trascendencia para muchos puede experimentar encontrados sentimientos en sí mismo ante la tarea que tiene por delante, desde el orgullo que siente porque han confiado en él y también la incertidumbre de si será capaz de llevar a cabo aquello que se le encomienda; pero si además los recursos humanos que se le ofrecen son escasos, o más bien se le pide que no se apoye en esos recursos sino en la fuerza de lo que está realizando, la sinceridad de su palabra y el testimonio que a través de sí mismo pueda ofrecer de la validez e importancia de lo que realiza, podríamos pensar que en esos sentimientos aflora también el temor de que además no lo vayan a aceptar los que le rodean o con quienes ha de realizar dicho encargo.

Me hago esta previa consideración ante lo que escuchamos hoy en el evangelio. En torno a Jesús se había ido formando una pequeña comunidad de seguidores, de discípulos que le siguen continuamente por todas partes, que están siempre con Él y a los que en esa cercanía les ha ido, podíamos decir, enseñando, manifestándoles todo el sentido que tenía el Reino de Dios que anunciaba. Ahora de entre ellos escoge a doce a los que a enviar a hace ese mismo anuncio del Reino de Dios que Jesús venía haciendo, confiándoles su misión y toda su autoridad.

Pero aquí viene lo que podríamos llamar lo paradójico. Los envía con las manos vacías, podríamos decir. Les pide que se olviden de los recursos humanos, por no llevar solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas sandalias para sus pies. Ni dineros, ni siquiera provisiones, ni siquiera túnica de repuesto. Solo han de ir con lo puesto. Comerán lo que les ofrezcan allí donde vayan llegando y donde sean acogidos, quedándose en la casa donde entren hasta que se vayan de aquel sitio; si son rechazados sacudirán el polvo de sus pies y marcharán a otra parte. Solo sus palabras anunciando la conversión por la llegada del Reino de Dios y la autoridad de Jesús para ir transformando los corazones con las señales de algo nuevo que han de manifestar con su amor, porque sobre todo a los que más sufren han de atender de manera primordial.

Como termina diciéndonos hoy el evangelio ‘ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. No eran cosas extraordinarias las que realizaban ni se apoyaban en medios extraordinarios. Era la sencillez y autenticidad de sus vidas. Era la verdadera riqueza del evangelio. Era el comienzo de algo nuevo que como buena semilla plantada tenía que ir haciendo brotar una planta nueva, un nuevo sentido de vida.

¿Seremos capaces de hacer nosotros lo mismo que realizaron aquellos Doce a los que Jesús les confió esta misión de anunciar el Reino de Dios? Tenemos que decir que es nuestra tarea porque un cristiano tiene que ser siempre misionero. Algunas veces cuando oímos hablar de esto quizás nos ponemos a pensar, y yo, ¿qué puedo hacer? ¿Qué es lo que tengo que hacer para ser misionero en medio de los que nos rodean? ¿Con qué medios voy a contar?

Tienes una palabra que anunciar y un testimonio que dar. Y eso has de hacerlo con la autenticidad de tu vida. Y nosotros pensamos en rodearnos de tantos medios, y estamos imaginando las técnicas que tenemos que aprender, los medios de los que nos hemos de valer. Jesús los mandó con lo puesto, porque lo importante era la autenticidad de sus vidas y el testimonio del amor con lo que así manifestarían la autoridad que Jesús les confió.

Si decíamos antes de los encontrados sentimientos con que nos podemos encontrar ante una misión que se nos confía, muchas veces nosotros vamos por los temores de no saber qué hacer o cómo hacer, pero no llegamos a ver la necesidad de la confianza en la providencia divina que estará con nosotros y con la fuerza del Espíritu que nos conducirá a ese testimonio de vida que hemos de dar. Llenémonos del amor de Dios y nuestra vida va a resplandecer en múltiples gestos que manifiestan que vivimos el Reino de Dios.


lunes, 12 de enero de 2026

¿Estaríamos dispuestos a dejar nuestras redes y nuestras barcas, lo que ha sido nuestra vida hasta ahora para embarcarnos para otra pesca diferente?

 


¿Estaríamos dispuestos a dejar nuestras redes y nuestras barcas, lo que ha sido nuestra vida hasta ahora para embarcarnos para otra pesca diferente?

1Samuel 1, 1-8; Salmo 115; Marcos 1, 14-20

Si alguien llegara de pronto a tu lado y sin más ni más, sin más preámbulos queremos decir, te dijera ‘vente conmigo’, ¿cuál sería nuestra reacción? Hoy que andamos con tantas desconfianzas en la vida seguramente nos quedaríamos a distancia preguntándonos quizás qué es lo que quiere, qué es lo que insinúa esta persona con esta inesperada propuesta; quizás podríamos responder también preguntando para que quiere que vayamos con él o dando largas, como solemos hacer en tantas cosas, diciéndonos que tendríamos que pensárnoslo porque decisiones así no se toman de un momento a otro. Pero, ¿cambiar de la noche a la mañana para dejar atrás lo que somos y lo que tenemos?, no lo haríamos así a bote pronto.

Pero es lo que nos plantea el evangelio de Marcos prácticamente en sus casi primeros versículos con lo que hoy se nos relata. Simplemente nos dice que pasaba Jesús por la orilla del lago, allí donde están los pescadores después de su faena recogiéndolo todo, remendando y guardado sus redes y sus aperos de pesca, y les dice primero a Simón y  Andrés y luego a los hermanos Zebedeos, Santiago y Juan, que se vayan con El. Les hace promesas de otras pescas que ellos seguramente no entienden; anteriormente han escuchado que Jesús al anunciar la llegada del Reino de Dios invita a la conversión y a creer en ese anuncio que les está haciendo. Pero lo maravilloso es la respuesta de aquellos pescadores, lo dejaron todo, sus redes y sus barcas, dejaron plantado al padre de los Zebedeos con sus ayudantes, y se fueron con Jesús.

Creo que mirado así con cierta frialdad y como poniéndonos a distancia este episodio tiene que causar gran sorpresa, como la sorpresa tanto de los llamados como de las personas de su entorno ante la invitación de Jesús y la rápida respuesta de los que serían sus primeros discípulos.

Pues, sí, de verdad, dejémonos sorprender por el evangelio. Es algo nuevo y no parece lo usual, ni entonces ni ahora. Cuidado que nos hayamos acostumbrado, nos hayamos aprendido las cosas demasiado de memoria y no pongamos toda nuestra vida, toda nuestra atención en lo que hoy Jesús sigue diciéndonos con estos pasajes del evangelio. No olvidemos el significado de la palabra, evangelio, buena noticia. Noticia tiene que ser para nuestra vida, noticia que espera una reacción de nosotros, sea cual sea, porque nos dejemos sorprender.

Que nos pongan una condición tan exigente cuando se nos hace una invitación podría parecer fuera de lugar. Pero así de claro es Jesús y así con esa claridad y con esa sinceridad tenemos que escuchar su Palabra y su invitación. Porque las palabras de Jesús, lo que Jesús nos anuncia no nos puede dejar indiferentes, tenemos que sentirnos aludidos allá en lo más profundo de nosotros. Y creer lo que nos anuncia Jesús no es simplemente saberlo como nos enteramos de una noticia por el periódico pero que son cosas de nuestros lugares, que no tienen que ver nada con nosotros; las aceptamos, sí, pero nuestra vida sigue con las mismas rutinas, porque son cosas que no nos afectan.

Pero el evangelio, la buena noticia que nos da Jesús, sí nos afecta, está poniendo en juego el sentido de nuestra vida, va quizás a trastocar muchas cosas pero nos hará descubrir cosas nuevas y de suma importancia para nosotros, está en juego nuestra salvación, el valor de nuestra vida, el sentido de lo que hacemos, la manera de construir nuestro mundo, nuestras relaciones con los demás. Y mucho tiene que cambiar allá desde lo más hondo de nuestro corazón, desde lo más hondo y fundamental de nuestra vida. 

Por eso nos dice Jesús que para empezar su camino tenemos que hacer un cambio en nuestra vida, no unos arreglos, un cambio total de mentalidad, de pensamiento, de sentido de la vida. Y lo hacemos porque creemos en la Palabra de Jesús, porque queremos creer en esa buena noticia que nos anuncia, ese Evangelio que será de salvación para nosotros.

¿Estaremos dispuestos a dejar nuestras redes y nuestras barcas para embarcarnos para otra pesca diferente?


martes, 16 de diciembre de 2025

¿Seremos los que decimos que tenemos muchas cosas que hacer pero al final no hacemos nada, que somos amigos de mis amigos pero nunca hermano de todos?

 


¿Seremos los que decimos que tenemos muchas cosas que hacer pero al final no hacemos nada, que somos amigos de mis amigos pero nunca hermano de todos?

Sofonías 3,1-2.9-13; Salmo 33; Mateo 21,28-32

Con qué facilidad decimos bonitas palabras y hacemos propósitos de buenos deseos. Escuchamos a alguien con sus sueños de grandes proyectos y sin pensárnoslo mucho ha estamos asintiendo espontáneamente apuntándonos a esos futuros éxitos de esas cosas grandes e importantes que ya estamos soñando realizar. No hace falta ni que nos pregunten para ya nosotros estar dando el paso adelante apuntándonos a todo eso que nos dicen. Pero pasa el tiempo, pasan los días ¿y qué ha quedado de toda aquella admiración que sentíamos por los proyectos que nos presentaban, por esos nuevos planes que nos hacíamos para llevarlos a cabo? Como se suele decir ‘si te vi. no me acuerdo’.

Nos quejamos y decimos que estamos cansados de tantas promesas y de tantos proyectos maravillosos que nos ofrecen nuestros dirigentes. Es una de las críticas más frecuentes y son las insatisfacciones más dolorosas, porque en un momento puntual, cuando quizás se estaba pasando por unas circunstancias dolorosas todo eran promesas y aquello se iba a resolver pronto, y las cosas al final incluso iban a estar mejor. Estamos cansados de esas promesas.

Pero que no sea solo la queja que tengamos contra los demás, sino mirémonos a nosotros mismos y en tantas ocasiones no estamos haciendo lo mismo. Y hablo ahora religiosamente en nuestra vida espiritual, en nuestros compromisos como cristianos y en el testimonio que tendríamos que dar y recordemos que tras unos momentos de fervor, una celebración especial, un acontecimiento en la vida de la comunidad, una reflexión que escuchamos, unos ejercicios espirituales, una fiesta de pascua vivida quizás con mucho fervor y mucha intensidad, nos hicimos una lista interminable de propósitos que pronto se fueron borrando incluso del papel en que lo escribimos, porque ya en nuestra mente los damos hasta por olvidados.

De esto nos está hablando Jesús. Hablaba a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, como nos señala el evangelista como nos habla a nosotros hoy. Habla de los dos hijos enviados por el padre a trabajar a la viña; uno entusiasta todo son buenas palabras de ir inmediatamente a cumplir con lo dicho por el padre, pero que pronto lo olvida, porque quizás tiene tantas cosas que hacer, tantas promesas por cumplir, que al final algo se queda sin hacer; mientras el otro que parecía rebelde, que se negó incluso a cumplir con lo ordenado por su padre, sin embargo recapacita y se arrepiente y será el que vaya finalmente a cumplir lo mandado por el padre.

Y Jesús les habla claramente y les echa en cara lo que es la manera habitual de actuar. Vino Juan y no quisieron escucharlo, parecía que no les convencía, quizás les parecieran duras sus palabras y sus propuestas, ellos estaban acomodados a lo de siempre y por qué iban a cambiar, como nos decimos nosotros también tantas veces. Pero Jesús les habla de los publicanos y todos aquellos que ellos despreciaban; les dice que se les van a adelantar en el reino de los cielos, porque escucharon y se arrepintieron, escucharon y entraron en camino de conversión.

¿Quiénes eran los que seguían a Jesús? Le echaban en cara que comía con publicanos y pecadores. Pero el publicano Zaqueo fue el primero que se bajó de su árbol para recibir a Jesús en su casa; el publicano Leví será quien se levanta de se garita dejándolo todo por seguir a Jesús; la mujer pecadora fue la que se atrevió a ir a lavar los pies de Jesús en la casa de Simón el fariseo; la inmunda hemorroisa es la que se abre paso por detrás de Jesús para con fe tocar su manto en busca de su curación; la pecadora de la que habían sido expulsados siete demonios, la Magdalena, será la que está a los pies de la cruz en el Calvario y la que llorará a la entrada del sepulcro porque se habían robado el cuerpo del Señor Jesús. Podríamos seguir recordando muchas más páginas del evangelio.

Y nosotros, ¿dónde estamos? ¿Cuál es nuestra respuesta o cuales son nuestras evasivas? Tenemos muchas cosas que hacer y al final no hacemos nada. Decimos que sí amamos mucho a Jesús, pero seguimos poniendo filtros para ver a quienes tenemos que amar. Amigo de mis amigos, decimos, pero, ¿cuándo vamos a ser hermanos de todos sin distinción?

martes, 18 de noviembre de 2025

Atentos a los gestos y detalles que nos pueden llegar de la manera más insospechada y que son evangelio, buena noticia de Jesús para nuestra vida

 


Atentos a los gestos y detalles que nos pueden llegar de la manera más insospechada y que son evangelio, buena noticia de Jesús para nuestra vida

2Macabeos 6,18-31; Salmo 3; Lucas 19, 1-10

Habremos escuchado a alguien que nos ha contado su experiencia. Se considera a si mismo una persona sencilla, por así decirlo, de esas personas que pasan desapercibidas porque no les gusta estar en primeras filas, pero en aquella ocasión se sintió sorprendida, porque alguien que llegaba a su pueblo y además con cierta expectación por parte de muchos que les hubiera gustado estar con ese personaje, por así decirlo, hacerse una foto con él, sin embargo a su paso por la calle, y donde se encontraba quien nos lo cuenta, y, como decíamos tratando de pasar desapercibido, sin embargo esta persona se detuvo con él para interesarse por sus cosas e invitarle a tomar un café juntos.

Esta persona llena de sorpresa se seguía preguntando por qué precisamente con él se detuvo a hablar y tratar de pasar un rato de manera amigable. Detalles y gestos que no se olvidan, que se valoran, a los que se les da mucha importancia porque quizá levantaron nuestra autoestima al ser tenidos en cuenta, e incluso pueda suceder que muchas cosas puedan cambiar.

¿Sería lo que se estaría luego preguntando Zaqueo cuando Jesús se detiene ante la higuera tras cuyas hojas él está queriendo simplemente ver pasar a aquel profeta de Nazaret que tanto revuelo armaba entre las gentes? Era simplemente lo que había buscado, conocer a Jesús, verlo al menos pasar, que por la aglomeración de la gente por una parte, su corta estatura por otro lado, pero también por el vacío que encontraba entre los que le rodeaban porque era un publicano, había terminado por subirse a la higuera para verlo tranquilamente pasar escondido tras sus ramas y hojas. Pero Jesús se había detenido y se había puesto a hablar con él.

La cortesía y la hospitalidad tan propia de aquellos lugares le hicieron bajarse rápidamente del árbol para recibir en su casa a Jesús, que se había auto invitado a hospedarse en su casa. Sorpresa, admiración, un despertarse su autoestima al sentirse valorado con esos detalles, un torbellino de cosas tenía que estar pasando por su cabeza. Además él no era bien considerado por sus convencinos a causa de su oficio que por una parte lo había colaboracionista con los que los dominaban, y además la mala fama que se habían ganado con sus manipulaciones dinerarias que los había prestamista aprovechados y usureros. Tenía ciertamente conciencia de su situación y de lo que era su vida pero aquel gesto sorpresivo de Jesús de querer ir precisamente a su casa, que era la menos considerada y valorada por las gentes del lugar quizás le había hecho comenzar a plantearse muchas cosas.

Pero en su corazón se estaba produciendo un terremoto que no le podría dejar tranquilo, una revolución que le haría cambiar muchas cosas. Terminará diciendo Jesús al final del episodio que hoy había llegado la salvación a aquella casa. Ya escuchamos en el relato del evangelio las decisiones que tomaba Zaqueo, no solo de restituir lo que con malas artes había robado y ganado, sino además compartir su inmensa fortuna con los demás, especialmente con los pobres. Un evangelio se estaba produciendo en el corazón de Zaqueo, porque a partir de entonces este episodio iba a ser evangelio para todos, buena noticia de salvación para todos  como una invitación también a dejarnos invitar por Jesús.

Por una parte cuando escuchamos nosotros este evangelio aprendamos a dejarnos sorprender por Jesús. En nuestro camino nos podemos encontrar muchas veces el paso de Jesús, pero un paso que no quiere ser pasar de largo sino que también estará auto invitándose a hospedarse en nuestro corazón. No nos vale refugiarnos detrás de unas cortinas o de unos ramajes para que nadie se fije en nosotros  y podamos sin ninguna contraindicación de compromiso ser simplemente espectadores. Apaguemos esas músicas que nos aturden cuando andamos preocupados por nuestros prestigios o nuestros bien aparentar delante de los demás, y dejémonos interpelar por Jesús. Cuidado nos pasen desapercibidos esos gestos y detalles que va a tener con nosotros y que nos llegarán en el momento que menos esperamos, en el lugar donde no pensamos encontrarlo, o desde aquellas personas que están a nuestro lado y quizás tampoco nosotros tenemos en buena consideración. Aprendamos a valorar esos detalles y esas llamadas y tratemos de dar respuesta.

También nos queda preguntarnos qué gestos y detalles tenemos con los demás, con los que quizás son menos apreciados, que puedan ser signos de algo nuevo para sus vidas. ¿Llegaremos a ser evangelio, buena noticia con nuestras vidas para los demás?

sábado, 25 de octubre de 2025

La misericordia de Dios no se agota nunca y siempre está esperando de nosotros flores y frutos de conversión

 


La misericordia de Dios no se agota nunca y siempre está esperando de nosotros flores y frutos de conversión

Romanos 8, 1-11; Salmo 23; Lucas 13, 1-9

Algunas veces agotamos la paciencia de los demás; así somos de humanos, humanos porque en nuestra debilidad tropezamos tantas veces en la misma piedra y así molestamos a los demás con nuestro trato que no siempre es lo bueno que tendría que ser, con nuestras cosas y manías que muchas veces nos hacemos insufribles para los otros y así con no se cuentas cosas mas, aunque una y otra vez tratemos de disculparnos y pedir perdón pero una y otra vez volvemos a nuestras andadas. Pero humano es el que tiene que aguantarnos, tener paciencia con nosotros y algunas veces también se le puede acabar la paciencia; si es tan reincidente por qué tengo que perdonarlo una y otra vez, nos preguntamos muchas veces. Es nuestra condición tendríamos que decir.

Pero, ¿así somos también en nuestra relación con Dios? Reconozcamos nuestra reincidente debilidad pero también lo grande que es la misericordia de Dios, que es infinita, y siempre nos está ofreciendo su amor y su perdón. ¿Dios se puede cansar algún día de nosotros? ¿Dios podrá dejarnos en el olvido porque podemos parecer ya un caso perdido? Algunas veces podemos pensar que agotamos la paciencia de Dios. La imagen de Dios que se nos va ofreciendo en la Biblia nos puede dar la impresión en algunas ocasiones que Dios se está cansando de amar al hombre, de amar a la humanidad.

Lo que hoy escuchamos en la Palabra de Dios es una llamada que se hace a nuestro corazón, una llamada a nuestra conversión. Por una parte vienen contándole lo que ha sucedido con aquellos galileos que se habían rebelado contra los romanos y que habían sufrido castigo, además en unas circunstancias que en cierto modo podían parecer escandalosas, pues fueron ejecutados en el templo.

En el sentido que podían tener entonces sobre la vida, la enfermedad y la muerte podía parecer un castigo de Dios. No tiene que ser la óptica con la que nosotros miremos el sentido de la enfermedad o de la muerte. Por eso Jesús se pregunta y les pregunta ¿serán más culpables estos galileos que los demás? O recordando un accidente en que la caída de un muro de la piscina de Siloé había hecho que perdieran la vida algunos de los que allí estaban, también le hace preguntarse a Jesús ¿eran más culpables los que murieron que el resto de los que allí estaban? Y Jesús les dice que si no se convierten van a perecer todos lo mismo.

Pero esto da pie a una pequeña parábola que Jesús nos propone. La higuera que no da fruto y año tras año el dueño viene a buscar sus frutos y no los encuentra, decidiendo cortarla porque para qué va a ocupar terreno una higuera que no da fruto. Pero aquí aparece el agricultor que le dice que tenga paciencia, que la va abonar, que va a cavar a su alrededor, que va a darle especiales cuidados, para ver si finalmente algún día dé fruto.

¿No es eso lo que Dios está haciendo con nosotros? No pierde Dios la paciencia con nosotros porque no demos fruto, sino que continuamente nos está haciendo llegar sus llamadas de amor para que nos convirtamos a El. Nosotros en la vida tantas veces hubiéramos quitado de en medio a aquellos que nos molestan, a aquellos que obran injustamente, y pensemos en tantas situaciones más en las que nos sentimos incómodos y quisiéramos arrasar con todo. Pero pensemos en lo que es la historia de nuestra vida, que sí es cierto que ha tenido momentos de luz, pero que reconocemos que también hay muchos momentos oscuros en nuestra vida; cada uno sabe su historia, conoce sus reincidencias, es consciente del mal que ha hecho tantas veces, pero Dios no ha arrasado con nosotros.

La paciencia de la misericordia de Dios es infinita. ¿Llegaremos un día a dar fruto de conversión? ¿Florecerán las obras del amor algún día en nosotros para que también podamos ofrecer esos frutos de vida?