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martes, 7 de julio de 2026

Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

 


Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

Oseas, 8, 4-13; Sal. 113; Mateo 9, 32-38

Vemos a alguien caminando a nuestro lado, como suele decirse, con la lengua fuera por el cansancio ante el esfuerzo que tiene que realizar o la intensidad de lo que está haciendo, y más en días como los que estamos pasado por nuestros lares de intenso calor, nos hace sentir compasión y lástima y si de nuestra parte estuviera les ayudaríamos en lo que fuéramos capaces. Normalmente nuestro corazón se conmueve cuando vemos el sufrimiento de los demás, salvo que fuéramos unos desalmados.

Es la imagen que quiere ofrecérsenos en el texto del evangelio que hoy escuchamos. Jesús recorre pueblos y aldeas en aquellos caminos de Galilea siempre con el mismo anuncio del Reino de Dios que llega y para el que hemos de estar preparados; las gentes escuchando las palabras de Jesús y contemplando los signos que realiza le siguen, sienten como se enardecer sus corazones y parece que renace en ellos la esperanza; se sienten desorientados porque los mensajes que han venido recibiendo no siempre les llegan al corazón ni parece que responden a sus expectativas; parece como si fueran llevados de un lado para otro en medio de un mar embravecido o unas corrientes que no les llevan a ninguna parte. Es lo que Jesús les quiere hacer constatar. Parecen ovejas sin pastor que a ninguna parte son conducidas.

No todos, como suele suceder siempre saben leer el mensaje que Jesús quiere transmitirles, algunos se harán sus propias interpretaciones interesadas, porque están sintiendo que lo que jesús les anuncia y les propone va a exigir un cambio en sus vidas; recordemos que siempre Jesús comienza su predicación invitando a la conversión, a abrirnos a ese cambio y transformación total que tienen que darle a su existencia. 

Que un hombre poseído por el mal y encima con tantas limitaciones en su vida como la sordera o el no poder hablar sea curado de su mal viene a significar cómo nuestros oídos están sordos por tantas cosas o tantos apegos o intereses y tenemos que abrirnos a algo nuevo que se nos está ofreciendo; son los signos del Reino de Dios que nos están pidiendo la vivencia de otros nuevos valores, el desgarro de nuestro interior de todas esas malas voluntades, la apertura para poder encontrarnos con esa luz nueva que quiere iluminar nuestras vidas, pero para muchos eso puede significar perder los papeles, perder las influencias, tener que comenzar de nuevo al recorrido, y eso cuesta y es difícil; por eso querrán atribuir las obras de Jesús al espíritu del mal para crear confusión en los demás.

¿No andaremos nosotros también con esas sorderas que nos hacen escuchar lo que nos interesa? ¿No nos sentiremos en muchas ocasiones confundidos y desorientados por esa lucha interior que sostenemos cuando vemos donde está la luz pero preferimos las luces opacas de nuestras rutinas de siempre?

Jesús nos dice que la mies es abundante pero que los operarios son pocos; está contemplando esas multitudes ansiosas de algo nuevo pero a quienes no siempre llega ese mensaje de salvación. ¿Cómo es ese mundo que nos rodea? ¿Seguirá habiendo en el fondo el deseo de algo y mejor, algo que eleva nuestros espíritus y nos traiga metas de gran altura? A pesar del gran vacío que podríamos contemplar en muchos a nuestro alrededor, sin embargo hay ansia de algo mejor aunque muchas veces no se sepa definir bien lo que queremos. 

Ahí tendríamos que estar nosotros para decir la palabra oportuna, para ofrecer una novedosa orientación para la vida de los que nos rodean, para convertirnos nosotros también en una señal para los que están a nuestro lado y puedan discernir a dónde se tienen que dirigir, para despertar deseos de querer escuchar esa buena nueva del Evangelio. Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos en medio del mundo?


domingo, 14 de junio de 2026

Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con las mismas entrañas de Jesús

 


Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con las mismas entrañas de Jesús

Éxodo 19, 2-6ª; Salmo 99; Romanos 5, 6-11; Mateo 9, 36 – 10, 8

Hay algo de lo que se habla hoy en nuestro mundo con mucha facilidad y es hablar del amor; aparece por todos lados, es una conversación fácil y todos decimos que amamos, pero creo que tendríamos quizás que preguntarnos si estaremos diciendo lo mismo, si estaremos hablando del mismo amor; de lo que es amar en su esencia; es fácil decir que somos amigos de mis amigos, decimos que amamos cuando nos sentimos amados o porque nos aman, cuando nos ofrecen algo en correspondencia, porque con la misma facilidad decimos que un día el amor se acabó entre dos personas o entre dos amigos y después ya no queda nada de lo que decíamos que fue ese amor. Cuando actuamos así, cuando amamos así ¿estaremos empleando ese concepto en el mismo sentido que Jesús nos ofrece?

Es lo que se nos revela hoy en la Palabra de Dios. Hoy por ejemplo el evangelio nos relata cómo Jesús se encontró con aquella multitud que le esperaba y a los que ve como ovejas sin pastor. Y nos dice el evangelista que ‘se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonados como ovejas que no tienen pastor’. Quería fijarme en el sentido de esa palabra que emplea el evangelista; nos habla de compasión, pero ¿qué significa esa palabra en su propia raíz? Es el estremecimiento que siente en sus entrañas una madre por su hijo, pero ese amor de madre así no se perderá nunca, porque una madre nunca olvida al hijo de sus entrañas, aunque el hijo la abandone o se marche de su lado.

Jesús siente ese estremecimiento en sus entrañas por aquella multitud, siente ese estremecimiento en sus entrañas por nosotros. Así es el amor de Dios. Y nos lo explicará de forma muy hermosa y diríamos que impresionante san Pablo. No nos ama Dios porque nosotros le hayamos amado, sino que el amor de Dios es primero, es lo inicial. Seamos nosotros como seamos, Dios nos ama. No terminamos de considerarlo lo suficiente.

Como sigue diciéndonos el apóstol ‘por una persona buena tal vez se atrevería uno a morir’, que es como nosotros hacemos habitualmente en lo que decimos que es nuestro amor, amamos a los que nos parecen buenos o han sido buenos con nosotros. Pero el amor de Dios va más allá. ‘Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros’. ¡No es nada lo que nos está diciendo! No por nuestros merecimientos, sino que cuando parecía que no merecíamos nada, sin embargo El nos amó. Pero aun nos dirá más. ‘Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!’ El amor de Dios siempre permanece y cuando ya ha dado Cristo su sangre por nosotros, ¿cómo no nos va a seguir amando y ofreciéndonos su salvación?

El evangelio termina narrándonos como Jesús eligió a los Doce y los envió con su misma misión. Como nos dice el evangelista, ‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis’. Pero ¿qué significa ese envío? Tenemos que ir con las mismas entrañas de misericordia de Jesús a los demás. Con ese mismo estremecimiento en nuestras entrañas ante lo que vamos encontrando en nuestro mundo, esa multitud por la que Jesús se compadecía porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor.

Así tenemos que mostrarnos los cristianos. Es la tarea y la misión que Jesús nos confía. ¿Y no es así ese mundo que contemplamos a nuestro alrededor? Cuánto sufrimiento y cuánta soledad, cuánto vacío y cuanta frialdad por muchas palabras bonitas que digamos; nuestro mundo está roto, se siente también desorientado en muchas cosas; el ambiente que nos rodea, la situación de nuestra sociedad, la indiferencia de tantos, la insolidaridad que aflora tantas veces en nuestros corazones porque siempre nos miramos primero a nosotros mismos, las discriminaciones y desconfianzas que siguen existiendo, la maldad y la ambición de muchos que les lleva a ser injustos con los demás, los resentimientos y las envidias que van sembrando cizañas allá por donde pasan, los afanes de grandeza y de poder que llenan de orgullo a tantos y que contemplamos alrededor en tantos y para lograrlo no les importa arrasar con quien sea o con lo que sea.

Ahí nos envía Jesús a curar enfermos y a resucitar muertos, como nos dice hoy el evangelio. No podemos decir que nada podemos hacer. ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para que nuestro mundo cambie? ¿Sentiremos ese estremecimiento también en nuestras entrañas para llegar a manifestar el verdadero amor?

sábado, 7 de diciembre de 2024

Ahí tenemos que estar nosotros para hacer presente el Reino de Dios con los signos de nuestra vida con una esperanza viva, unas señales verdaderas del amor de Dios

 


Ahí tenemos que estar nosotros para hacer presente el Reino de Dios con los signos de nuestra vida con una esperanza viva, unas señales verdaderas del amor de Dios

Isaías 30, 19-21. 23-26; Salmo 146; Mateo 9, 35 — 10, 1. 5a. 6-8

¿Habremos visto o nos habremos encontrado en alguna ocasión con alguien que lloraba sin consuelo? Seguramente que en la experiencia de la vida nos habremos encontrado una situación así. ¿Qué hemos sentido? ¿Cómo nos hemos sentido? Habremos sentido pena, pero quizás hemos sentido desconsuelo en nosotros mismos por no saber qué hacer o cómo actuar. Al final ¿hemos terminado haciendo algo?

Pero no nos quedemos en situaciones que podíamos llamar personales, de un individuo, sino pensemos en algo más amplio, una familia desconsolada por algún acontecimiento que les ha afectado a todos, un accidente de un miembro de la familia, la muerte de un ser querido, un problema gordo que les ha hecho perder todo, por ejemplo, ¿Cuál ha sido nuestro reacción?

Pero dando un paso más ya no será solo una familia sino una comunidad, un pueblo, ante una catástrofe – como ahora hemos visto recientemente lo de la DANA o no hace tantos años en nuestro tierra con el volcán de la isla de La Palma – que se sienten desconcertados, que lloran sin consuelo ante las perdidas sea cual sea lo que haya sucedido, y nos preguntamos también ¿qué hemos sentido o cómo nos hemos sentido? ¿Tendremos palabras de consuelo o solo nos quedamos en eso?

De eso nos está hablando el evangelio en aquel comienzo de la predicación de Jesús. Recorría toda Galilea con el anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba. Pero ¿qué es lo que se encuentra Jesús? Por una parte vemos que una primera reacción de la gente ante las palabras y los gestos de Jesús es traerle todo los enfermos e impedidos para que Jesús los cure; pero detrás de todo eso Jesús ve algo más; allí hay una gente que ha perdido la esperanza, una gente desorientada porque incluso los dirigentes sociales y religiosos no están realizando lo que deberían hacer, y Jesús ve que la gente está como las ovejas que no tienen pastor. Les falta verdadero alimento para sus vidas y les falta unos guías que en verdad les conduzcan por los mejores caminos de la vida. Lo que está sucediendo entre aquellas gentes está muy lejos de lo que el Señor quiere para ellas.

Pero Jesús no se queda con los brazos cruzados preguntándose una y otra vez qué es lo que hay que hacer. Pone manos a la obra porque lo primero que hay que hacer es despertar la esperanza para que todos tengan ganas de luchar y de salir adelante; irá dejando señales de lo que es ese mundo nuevo, ese Reino nuevo que está anunciando, con los signos que realiza, con los milagros que va haciendo. Pero pronto en su entorno se irá formando el grupo de los que escuchan y acogen su Palabra; vemos como constituye el grupo al elegir a los que van a ser sus apóstoles, sus enviados.

Ellos también podrán realizar los signos que El hace; nos dice que les da poder, está en ellos despertando la fe y la esperanza para que realicen sus mismas obras. El Reino nuevo tiene que irse manifestando en las obras que realizan. ‘Curad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, expulsad demonios’, son muchos los signos que han de realizar.

Es el consuelo para los que no tienen consuelo, es la vida para los que se sienten muertos, es el ponerse en camino para los que les parece que nada pueden hacer, es sentirse limpios y puros porque en Jesús somos sanados. Es nuestra tarea hoy. También a nuestro alrededor encontramos un mundo que parece que no tiene consuelo; cuánto sufrimiento, cuántas soledades, cuántas desesperanzas, cuántas lágrimas vemos derramarse a nuestro alrededor.

Pero ahí tenemos que estar nosotros para anunciar que el Reino de Dios ha llegado, ahí tenemos que estar nosotros para hacer presente ese Reino de Dios con los signos de nuestra vida; así tenemos que presentarnos ante el mundo, tenemos que ser ese paño de consuelo, pero tenemos que manifestar una esperanza vida, tenemos que mostrar unas señales verdaderas de lo que es el amor de Dios.

¿Cómo nos sentimos ante el mundo que nos rodea? ¿Nos quedaremos cruzados de brazos o nos pondremos en camino con la misión que Jesús nos confía?

 

sábado, 3 de febrero de 2024

No podemos mirar alrededor y viendo cuanto hay que hacer en la vida sin embargo desentendernos porque ahora es mi tiempo para mí

 


No podemos mirar alrededor y viendo cuanto hay que hacer en la vida sin embargo desentendernos porque ahora es mi tiempo para mí

1 Reyes 3, 4-13; Sal 118; Marcos 6, 30-34

Un día la preguntaba a un amigo a qué dedicaba su tiempo. Me habló enseguida de su trabajo, que tenía la suerte de estar empleado, que tenía sus horas y en consecuencia recibía su remuneración. Hasta aquí, bien. Pero seguí insistiendo en la pregunta, pero ¿a qué más cosas te dedicas? Y me respondía que cuando terminaba su trabajo venía para su casa, también pasaba ratos con los amigos, pero que tenía su tiempo para el relax y el descanso. Yo seguía insistiendo, quizás de pesado, si acaso en su tiempo libre no había pensado que podía hacer algo más, implicarse en alguna cosa, prepararse para algo más en la vida; pero él se daba por satisfecho con lo que tenía y con lo que hacía, que tampoco tenía grandes o nuevas aspiraciones, y que ya estaba bien con sus horas de trabajo, que su tiempo lo quería para él.

Y yo pensaba, con todo lo que hay que hacer en la vida; cuántas cosas a nuestro alrededor, aunque nadie nos lo pida, podríamos hacer y que podríamos hacer que nuestra sociedad sea mejor; en cuántas cosas podríamos participar, en cuántas cosas pondríamos la ilusión de algo mejor, de algo nuevo no solo para nosotros sino también para los que nos rodean. Pero ya nos sentimos cansados y agobiados con nuestro trabajo ordinario y pensamos que nada más necesitamos hacer. ¿Es que no sentimos inquietud porque nuestra sociedad sea mejor? ¡Qué miedo tenemos a implicamos! Porque implicarse seguramente significaría complicarse.

Comienzo con este pensamiento mi reflexión de hoy sobre el evangelio. ¿Qué es lo que vemos hacer a Jesús?

Hoy nos habla el evangelio de la vuelta de los discípulos que Jesús había enviado a predicar con su misma misión. Le cuentan cómo les ha ido, y entonces Jesús toma la iniciativa de querer llevarlos a un lugar apartado para descansar; para descansar que significaría seguramente compartir todas aquellas experiencias que habían vivido y en ese compartir se reflexiona y se aprende desde lo mismo que hemos hecho. Y es que si seguían donde estaban no podrían tener esos tiempos de relax, vamos a llamarlos así. ‘Eran muchos los que iban y venían, nos comenta el evangelista, que no tenían tiempo ni para comer’. Como diría alguno, ojo al dato.

Pero cuando llegan a aquel lugar que Jesús se había escogido se encuentran con una multitud esperándolos. Habían adivinado, podríamos decir, a donde se iba Jesús con aquellos discípulos más cercanos, y por sus medios, buscándose sus propios caminos lograron adelantarse a la llegada de Jesús.

Habían hecho su trabajo, podríamos pensar, y si allí se habían dirigido era para descansar. ¿Qué hacer? ¿Despedir a aquella gente porque ahora no era el momento? Es que hoy no toca, nos decimos muchas veces; es que están fuera de horario, nos dicen en alguna ocasión; es que ahora tenemos que dedicarnos a otras cosas, vuelva usted mañana, es algo que con frecuencia escuchamos, o acaso nosotros decimos también.

Y nos dice el evangelista que ‘al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas’.

No había tiempo ni para comer, ahora venían buscando el descanso, pero ‘Jesus se puso a enseñarles’. ¿Cómo podría Jesús desentenderse  de aquellos a los que contemplaba ‘como ovejas que no tienen pastor’? ¿Podemos mirar alrededor y viendo cuanto hay que hacer en la vida y sin embargo desentendernos porque ahora es nuestro tiempo? ¿Cuál es el verdadero trabajo al que estamos llamados?

No podemos seguir con las manos vacías; no las llenamos solo porque cumplamos con unas obligaciones, cosa que tenemos que hacer también. Pero hay unos valores que tenemos que desarrollar, hay algo bueno que podemos compartir, hay algo enfermo que podemos sanar, hay una alegría más que podemos poner en nuestro mundo, hay una ternura que repartir. No nos crucemos de brazos contemplando la hermosa tarea que podemos desarrollar.

domingo, 18 de junio de 2023

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, regalemos amor, que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo

 


‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, regalemos amor, que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo

Éxodo 19, 2-6ª; Sal 99; Romanos 5, 6 11; Mateo 9, 36-10, 8

Tengo un amigo que siempre me dice que no le gustan las aglomeraciones, donde hay mucha gente, los apretujones, el no poderse mover a su aire, no se explica bien el porqué huye de esas aglomeraciones, pero en cierto modo se entiende, en medio de una masa uno se siente un desconocido, aunque rodeado de mucha gente se siente aislado, no te sientes conocido, de alguna manera ignorado porque solo eres uno más en medio de esa masa.

Algunas veces cuando voy en un medio de transporte, en medio de toda aquella gente que allí vamos como muy unidos, porque el espacio es reducido, sin embargo eres un desconocido; qué sabes de esas personas que van a tu lado, que están contigo en una cola, por ejemplo, y qué saben de ti; de alguna manera nos ignoramos los unos a los otros, porque cada uno va a lo suyo; hoy vamos enfrascados en nuestros móviles cada uno pendiente de la conversación que mantiene con alguien que está al otro lado del mundo, pero no se ha fijado en quien tiene a su lado. Cuando ves a alguien que se sonríe, o intenta tener un detalle contigo para cederte el paso o darte un lugar para sentarte, parece que ves la luz, algo nuevo comienza a brillar.

Hoy nos dice el evangelio que Jesús se encontró con una muchedumbre que le esperaba y sintió lástima de ellos, ‘porque andaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y les dice a los discípulos que la mies es mucha, pero que los obreros son pocos, que rueguen al Señor de la mies para que envíe trabajadores para su mies.

Pero aquí viene el detalle de Jesús, llamó a doce, a cada uno por su nombre, ‘y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’. Y les dio instrucciones y los envió a anunciar el Reino, pero los envió a curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, echar demonios. Son doce a los que envía, y los envía para que vayan teniendo un contacto directo con aquellos que están llenos de sufrimientos; se acercarán a la persona que está enferma para curarla, limpiarán a aquel en concreto que está leproso, liberarán en concreto del mal a quien está poseído por el maligno. Han de ir al encuentro con la persona, allí donde hay dolor y sufrimiento.

Nos rodea, sí, una muchedumbre desconcertada, desorientada. Miramos nuestro mundo y vemos la inmensidad de trabajo que nos espera si en verdad queremos coger el guante que nos lanza Jesús para que vayamos a realizar su obra. Miro en mi entorno y de me doy cuenta de cuanta indiferencia en tantas aspectos de la vida nos envuelve. Nos hemos convertido en seres anónimos, sin nombre.

¿No nos sucede que algunas veces no sabemos el nombre de quien vive en nuestro mismo edificio, o quien vive cuatro casas más allá en nuestra misma calle? Vamos a lo nuestro, nuestros problemas, nuestras luchas, nuestras cosas, a lo más ese círculo de personas, que no siempre amigos, que están cerca de nosotros quizá por razón de trabajo, pero que cada uno se las apañe como pueda. Como mencionábamos antes por las redes sociales estamos más atentos a quien vive en otro continente, que de la persona que va con nosotros en el mismo transporte publico.

¿Tendremos que curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos? Empecemos por dejarnos curar nosotros mismos, queriendo escuchar esa llamada que por nuestro nombre nos está haciendo el Señor. Despojémonos de esos lienzos de individualismo que tantas veces nos envuelven para poder caminar liberados de ataduras y prejuicios al encuentro de esa persona que tenemos ahí muy cerca, pero que tantas veces pasamos a su lado ignorándolo. Esos son los milagros que nos pide el Señor.

Vayamos con ese bálsamo de la escucha, con esa luz de una sonrisa, con esa mirada a los ojos para que el otro vea que tú le interesas. Cuantas señales podemos dar de esa cercanía del Reino de Dios con nuestra cercanía, con nuestro cederle el paso o darle un asiento en el transporte, con tantos gestos de humanidad que tenemos que comenzar a dar si no queremos que cada vez se haga más inhumano nuestro mundo. No es cuestión de gritar derechos, que eso es muy fácil hacerlo enardecidos por una manifestación, sino sepamos darle esos derechos a la persona cuando nos interesamos por ella, cuando estamos a su lado, cuando ponemos el aire fresco de una sonrisa a nuestro paso por la calle en medio de tantos que caminan indiferentes.

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, termina diciéndonos hoy Jesús. Regalemos amor. Que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo.

sábado, 4 de febrero de 2023

Sepamos detenernos con Jesús porque siendo nuestro descanso nos regala la fuerza del Espíritu y nos pone en camino para una vida nueva

 


Sepamos detenernos con Jesús porque siendo nuestro descanso nos regala la  fuerza del Espíritu y nos pone en camino para una vida nueva

Hebreos 13,15-17.20-21; Sal 22; Marcos 6,30-34

Es necesario saberse detener en la carrera de la vida que a veces se nos hace loca. No podemos aguantar un ritmo trepidante porque no solo físicamente sino también anímicamente podemos llegar a un colapso. Una parada para el descanso, una parada para la reflexión. Una parada que aprovechamos para ver caminos recorridos, metas conseguidas, pero también para corregir rumbos si es necesario y sobre todo para retomar fuerzas para continuar el camino. 

Algunos pretenden conseguirlo todo de un solo golpe, pero el esfuerzo de la ascensión de la montaña nos obliga a detenernos para tomar aire renovado que nos de fuerza para poder llegar a la cima. Ese aire renovado puede ser esa reflexión que nos hagamos sobre lo que estamos haciendo, pero también es la necesidad de ese fortalecimiento interior, de ese crecimiento interior que necesitamos hacer.

Son muchas, pues, las razones que podemos encontrar para ese detenernos. ¿Unas vacaciones? Algunos las pueden llamar así, pero algunos nos dicen que esas vacaciones son como un cambio de actividad que nos hace ver con una nueva perspectiva el camino que estamos haciendo. Mucho podríamos hablar en este sentido, muchos ejemplos de lo que nos sucede en la vida podríamos poner.

Me estoy haciendo estas consideraciones desde lo que hoy contemplamos en el evangelio. Los discípulos que habían sido enviados por Jesús para ir por delante haciendo el anuncio del Reino regresan de su tarea y cuentan a Jesús lo que han realizado. Todo en medio de la tarea de Jesús que sigue porque siguen acudiendo a El en todo momento, de manera que, como apunta el evangelista, no tenían tiempo ni para comer.

Por eso Jesús busca la manera de llevárselos a ellos solos a un lugar apartado. Jesús quiere estar a solas con ellos. Lo veremos en otros momentos del evangelio, como cuando se han ido a casi las fronteras de Israel con Fenicia y lo que hoy sería el Líbano o cuando en la subida a Jerusalén en que hay momentos en que se los lleva aparte porque a ellos quiere irles explicando cuanto va a suceder en Jerusalén aunque a ellos les cuesta entender.

Y ya nos comentará entonces el evangelista que serán momentos de mayor intimidad entre Jesús y el grupo de los apóstoles, pues a ellos de manera especial les explica las cosas, o como aquel momento en indaga Jesús lo que la gente piensa de El y lo que los propios apóstoles también piensan de El, llegando a aquella hermosa confesión de fe de Pedro en una ocasión o al rechazo de Pedro a lo que Jesús les anuncia.

En el momento que hoy nos presenta el evangelio parece que de alguna manera las intenciones de Jesús se vinieron abajo. La gente se enteró a donde se dirigía Jesús y cuando llegaron allá se encontraron con una multitud que les esperaba. Pero será momento también de hermosa lección de Jesús. Cuando contempló aquella multitud que andaban como ovejas sin pastor sintió compasión.

Compadecerse es hacer aparecer la ternura que llevamos en el corazón. Compadecerse que es compartir unas lágrimas, unos sufrimientos, unos sentimientos, va más allá porque esas lagrimas hay que secarlas, porque ese sufrimiento hay que mitigarlo, porque es necesario ponerse en el lugar del otro y con el otro luchar para lograr esa necesaria liberación.

Es la lección que nos da Jesús. Se puso a hablarles, a estar con ellos, a curarles de sus males y enfermedades, a ayudarles a transformar el corazón, a levantarlos para hacerles recuperar su esperanza y su dignidad. Jesús que se abaja para estar al lado del otro, para que los corazones lleguen a estar en la misma latitud, en la misma sintonía. Jesús quiere ponernos de pie, Jesús quiere ponernos en camino, Jesús camina con nosotros para enseñarnos a ser ese hombre nuevo, Jesús en verdad es nuestro salvador porque con El nos sentimos liberados y renovados con nueva vida.

Sepamos nosotros detenernos en la vida, para estar con Jesús, para aprender a sintonizar su corazón, para que en verdad nos sintamos fortalecidos desde lo más hondo de nosotros mismos, para que podamos continuar con la fuerza de su Espíritu la tarea. Con Jesús podremos realizar todo aquello que decíamos antes que necesitamos hacer en el camino de la vida. Nos lleva con El para que estemos con El. Nos dice que vayamos a El porque en El encontraremos nuestro descanso, porque El es esa nueva vida para nosotros.

jueves, 3 de noviembre de 2022

En Jesús estamos viendo ese rostro de Dios, de misericordia y de perdón, presencia del Dios misericordioso que cura a los enfermos, resucita a los muertos y perdona a los pecadores

 


En Jesús estamos viendo ese rostro de Dios, de misericordia y de perdón, presencia del Dios misericordioso que cura a los enfermos, resucita a los muertos y perdona a los pecadores

Filipenses 3, 3-8ª; Sal 104; Lucas 15, 1-10

Se perdió, ¿qué le vamos a hacer? ya volverá, ya buscaremos otra. Nunca escucharemos en esa actitud pasiva a un pastor al que se le extravía una oveja en el campo. La saldrá a buscar, la llamará, irá por todos los sitios donde han ido en el día y se habrá podido perder, removerá hasta las piedras si fuera necesario porque ha de encontrar la oveja perdida; no es una oveja más, no es un número en el conjunto de su rebaño, es su oveja, que conoce, que ama, que hará todo lo posible por encontrarla. Son los sentimientos también de cualquiera que tiene animalitos a su cuidado, no le gusta que se les enfermen, que se les mueran, hará lo posible por no perderlos, es que quieras que no se ha establecido una relación muy bonita y muy especial; llora el pastor por su oveja perdida, llora quien tiene un animalito a su cuidado y lo puede perder.

¿Cómo no iba a utilizar Jesús esa imagen para expresar cómo Dios nos ama y nos busca? El motivo se lo están dando aquellos que lo critican porque anda con pecadores, y se mezcla y come con toda clase de gente, ya sean publicanos, ya sean prostitutas, ya sean pecadores. Como dirá en otra ocasión el médico no es para los que están sanos o se sienten sanos, sino para los enfermos, para los pecadores.

Está hablándonos Jesús del amor de Dios que quiere que todo hombre se salve. Que nos llama y que nos busca como el pastor que busca a la oveja perdida, que nos ofrece su abrazo de perdón y espera como el padre bueno la vuelta del hijo, que manifiesta la alegría de la mujer que ha encontrado la moneda que se le había extraviado y llama a amigas y vecinas para anunciarles que la he encontrado. Por eso nos habla de la alegría del cielo.

Es el amor y la misericordia del Señor, se ha manifestado a través de toda la historia de la salvación que es una historia de infidelidades por parte de su pueblo escogido pero es la historia del amor de Dios que llama a su pueblo de Egipto para liberarlo de la esclavitud, que lo conduce por el desierto ofreciéndole el agua manada de la peña, el maná que cada mañana cae del cielo, pero la guía segura y con mano fuerte de Moisés que los conduce a la tierra prometida. Es la historia de los patriarcas y profetas que como signos de Dios han estado siempre al lado de su pueblo en el camino para que no pierda su rumbo. Pero es la historia que tiene su culminación cuando porque tanto nos ama nos envió a su hijo único para que todos tuviéramos vida y vida en abundancia. Es una historia de amor.

En Jesús estamos viendo ese rostro de Dios, un rostro de misericordia y de perdón, una presencia del Dios compasivo y misericordioso que cura a los enfermos, resucita a los muertos y perdona a los pecadores, una muestra suprema de lo que es el amor cuando por nosotros se entrega y da la vida para que nosotros tengamos vida, para hacernos participes de la vida de Dios. Recorramos las páginas del evangelio y no estaremos contemplando otra cosa que lo que es el amor de Dios. Por eso es evangelio, por eso es buena noticia, que hemos de creer, a la que tenemos que convertirnos, de la que tenemos que convertirnos en signos para los demás.

Tenemos que aprender a gozarnos en ese amor, porque experimentamos en nosotros lo que es ese amor y esa misericordia porque nosotros también somos pecadores. Esa alegría del cielo por un pecador que se convierte, hemos de experimentarla y vivirla en el día a día de nuestra vida. Cuidado que perdamos esa sensibilidad, cuidado que ya no demos importancia a los pecadores que vuelven al seno del redil, cuidado nos acostumbremos a muchos actos piadosos y no seamos capaces de saborear la alegría del perdón y del amor renovado.

domingo, 11 de septiembre de 2022

Con las palabras de Jesús nos sentimos reconfortados interiormente y regalados con su amor, podemos siempre esperar su perdón, que también hemos de ofrecer a los demás

 


Con las palabras de Jesús nos sentimos reconfortados interiormente y regalados con su amor, podemos siempre esperar su perdón, que también hemos de ofrecer a los demás

Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32

Todos más o menos tenemos la experiencia de encontrarnos en nuestro entorno con esas personas que les decimos que son unos desgraciados, unos perdidos; los vicios, el alcohol, ahora la droga, los juegos de azar, la mala cabeza para saber salir adelante, los problemas que se les acumulan, les hace que ahora se vean envueltos en una vida de pena.

Nuestro juicio hacia esas personas no suele ser muy favorable, sentimos cierta repulsa, no querríamos vernos envueltos en una situación así, y de alguna manera los evitamos, no queremos que sean mal ejemplo para nuestros hijos, y en cierto modo los culpabilizamos de su situación sin hacernos más consideraciones que quizá nuestros prejuicios; se han metido en ese mundo que ahora sepan salir, que se las arreglen, y ya nos quedamos tan tranquilos, dando gracias quizás porque ni nosotros ni los ‘nuestros’ estamos metidos en esos líos.

¿Qué hacemos por ellos? Hasta quizás no queremos darle unas monedas porque en nuestro prejuicio ‘ya sabemos’ donde va a ir a parar ese dinero. Y pasamos de lado y de largo. ¿Nos podemos quedar así tan tranquilos? Seguramente tranquilizamos nuestra conciencia con mil justificaciones, porque en el fondo nos dice que algo nos está fallando. Pero seguimos sin hacer nada.

Hoy la Palabra de Dios nos pone en un aprieto. Es un interrogante fuerte. Y no podemos cerrar los ojos ni los oídos. Hoy se nos está dando una imagen de Dios que pudiera trastocar muchas cosas que llevamos en nuestro interior y en nuestra manera incluso de concebir la religión. No es un calmante lo que se nos ofrece sino un revulsivo.

Es la imagen de Dios que siempre está en búsqueda, está en nuestra búsqueda. Parte Jesús al proponernos estas parábolas de lo que aquellos fariseos y escribas – normalmente hombres que se consideraban muy religiosos y muy ligados a la religión oficial y al templo – murmuraban sobre que Jesús siempre andaba rodeado de publicanos y de pecadores. Y nos viene a decir que Dios siempre nos está buscando, y está buscando de manera especial esos que consideramos perdidos en nuestra sociedad, los publicanos, las prostitutas y los pecadores, y aquí podemos poner toda la lista de esos que nosotros habitualmente descalificamos.

Es el pastor que busca a la oveja que se le extravía por los campos y por los barrancos, es la mujer que revuelve la casa buscando la moneda que ella consideraba preciosa y que se le había perdido, es el padre que no solo espera pacientemente al hijo que se marchó, y le abraza y hace fiesta a su vuelta, sino que sale a buscar al otro hermano que renuente en su orgullo no quiere entrar a la fiesta. Es la imagen que nos están ofreciendo las distintas parábolas que nos propone Jesús.

Es la imagen de Dios que nos ama siempre, por encima incluso de nuestras infidelidades y nuestro desamor; el amor de Dios siempre es fiel; el amor Dios siempre quiere levantarnos, darnos otra oportunidad, el amor de Dios nos busca, es un regalo que Dios nos ofrece aunque seamos nosotros los que nos hayamos perdido, marchado, o nos queramos mantener en nuestros orgullos. Es el amor de Dios que nos enseña a amar de un modo nuevo.

No es la compasión y la misericordia lo que muchas veces aflora en nuestros corazones cuando nos encontramos con los demás; parece que siempre estamos llenos de desconfianzas, siempre nos creemos merecedores, siempre nos creemos distintos a los demás, siempre vamos poniendo barreras y distancias. Como aquel hermano que en su orgullo no quería mezclarse con el que se había ido y había vuelto, cuando él estaba tan distante del padre y de todo con sus exigencias, con sus recelos, con sus rencores guardados y sin curar.

Aprendamos de la misericordia y de la compasión que Dios siempre nos ofrece; nunca la misericordia y la compasión humillan, sino que siempre levantan; es lo que tenemos siempre que saber ofrecer derribando barreras e ideas preconcebidas; desde esa experiencia de misericordia de Dios que tantas veces habremos sentido en nuestra vida, seamos capaces de ir también con corazón misericordioso hacia los demás. ¿No nos pedía Jesús que fuéramos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo? Da la impresión muchas veces que no saboreamos de verdad el perdón cuando lo recibimos; cuidado lo convirtamos en un rito y al final sea como una rutina para nosotros.

Cuando escuchamos estas parábolas que hoy nos ofrece Jesús nos sentimos reconfortados interiormente porque podemos siempre esperar su perdón, sentirnos regalados con su amor; pero cuando escuchamos estas parábolas nos hemos de sentirnos que hemos de ponernos en camino para llevar también a los demás esa misma compasión y misericordia. Ya no podremos mirar de la misma manera a esos que, como decíamos al principio, consideramos unos desgraciados y unos perdidos. Nadie tiene por qué sentirse desgraciado y perdido, porque siempre tienen que haber unos brazos de amor que se ofrecen para la acogida, para levantar y para ayudar a caminar.

Es también una tarea importante que tiene que realizar la Iglesia en todo momento y con todos sin hacer excepciones. Nunca la iglesia tiene que tener un rostro endurecido, sino el rostro dulce de la misericordia.

martes, 5 de julio de 2022

Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo realizando los signos del Reino de Dios para que alcance esa luz y encuentre de nuevo el sabor del evangelio

 


Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo realizando los signos del Reino de Dios para que alcance esa luz y encuentre de nuevo el sabor del evangelio

 Oseas 8, 4-7. 11. 13; Sal 113; Mateo 9, 32-38

Los signos del Reino de Dios se van prodigando en la medida en que avanzamos por las páginas del evangelio. Aquellas señales anunciadas por los profetas y que Jesús mismo nos recuerda cuando proclama la profecía de Isaías en la Sinagoga de Nazaret se van cumpliendo. Escuchamos el relato de la resurrección de la hija de Jairo, como la curación de la hemorroísa que se había acercado con fe a Jesús queriendo tocarle al menos la orla de su manto; se van sucediendo relatos de curaciones de ciegos a los que se les devuelve la vista o como es el caso que escuchamos hoy en el evangelio será un hombre atenazado por el espíritu del maligno y que no podía hablar el que ahora es curado por Jesús para que pueda manifestarse y expresarse con entera libertad.

Son los signos que nos liberan, y no solo de enfermedades o limitaciones físicas, sino de ese mal que más hondo mora en nosotros y del que Jesús quiere liberarnos. Son muchos los que acercan hasta Jesús para ver la liberación y la salvación en sus vidas. Es el signo y señal de que algo nuevo está comenzando, que una nueva primavera de vida va brotando con el paso y la presencia de Jesús. Será clara la liberación que Jesús quiere hacer en nosotros y van brotando semillas nuevas de ese Reino de Dios que abre horizontes, en encamina para un mundo nuevo.

La gente decía admirada que nunca había visto cosas igual, aunque por otra parte haya algunos que quieren negar lo evidente y lo que quieren es socavar los cimientos de la confianza que la gente sencilla y humilde ha puesto en Jesús. Siempre estarán al acecho los fariseos y maestros de la ley para hacernos su interpretación, que lo que Jesús hace no es con el dedo de Dios, con el poder de Dios, sino con el poder del príncipe de los demonios. Como Jesús les hará ver en alguna ocasión, todo reino dividido se destruye a sí mismo, luego son incomprensibles y sin sentido las palabras de los que quiere enturbiar la acción de Jesús que va así realizando el Reino de Dios.

Hoy le contemplamos recorriendo las ciudades y las aldeas de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios y realizando esos signos que nos manifiesta que ya el Reino de Dios está entre nosotros. ‘Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Pero realizaba los signos, curaba de toda clase de enfermedad, iba transformando el corazón de los hombres y mujeres que le rodeaban y le escuchaban, porque algo nuevo, una vida nueva iba brotando en ellos.

¿Cómo estamos haciendo presente el Reino de Dios hoy en este mundo concreto que nos ha tocado vivir? ¿Estaremos haciendo resplandecer de verdad esos signos del Reino de Dios que se han de ir manifestando en nuestra vida? Tenemos que ser un signo bien palpable en medio de nuestro mundo, donde también muchos se sienten extenuados, desorientados, abandonados. Es nuestra tarea.

Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo, como Jesús caminaba en medio de aquellos pueblos de Galilea y toda Palestina, realizando de la misma manera esos signos del Reino de Dios para que el mundo alcance esa luz, para que tantos se dejen iluminar y renovar por esa luz y encuentren de nuevo el sabor del evangelio. Por eso nos ha dicho Jesús que tenemos que ser luz del mundo y sal de la tierra. No lo podemos olvidar. Un amplio campo que se abre ante nosotros y por el que también debemos orar, como nos está pidiendo hoy Jesús. ‘La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’.

Estemos atentos a esto que nos dice Jesús hoy en el evangelio. También tenemos que orar, por la abundancia de trabajadores, pero también por la realidad de ese mundo en medio del cual estamos. Será nuestra oración lo que lo vivificará porque hará que se derrame el Espíritu del Señor sobre él.

sábado, 4 de diciembre de 2021

Pensemos dónde estamos los cristianos cuando contemplamos ese mundo a nuestro lado que no conoce el evangelio

 


Pensemos dónde estamos los cristianos cuando contemplamos ese mundo a nuestro lado que no conoce el evangelio

Isaías 30, 19-21. 23-26; Sal 146; Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8

Son muchos los que dicen que están, pero a la hora de la verdad pocos vemos que estén dando el callo con su compromiso y con su acción. En momentos de entusiasmo estamos todos, cuando llega lo que podríamos llamar la rutina de la vida, o sea, el día a día de la vida donde tenemos que ir afrontando esas cosas pequeñas que nos pudieran parecer rutina son pocos los que permanecen constantes.

En un momento llamativo de algo extraordinario que sucede y que pudiera causar daño y perjuicios a muchos, surgen prontas las voces de solidaridad, que luego se irán enfriando, vamos olvidando, o incluso nos moleste que nos lo estén recordando continuamente. Vamos a ver hasta dónde llega esa solidaridad tan general que ha surgido con el volcán de Cumbre Vieja y donde ahora parece que todos quieren arrimar el hombro para ayudar; cuando pase algún tiempo ¿qué quedará de toda esa solidaridad? y no queremos ser pesimistas.

Lo vemos en muchos aspectos de nuestra sociedad, en actividades culturales que reclamamos, que comienzan muy bien pero que pronto nos encontraremos con los vacíos; ven en todas las actividades de la vida social, y tenemos que preguntarnos quizás si no nos sucederá algo así a los cristianos. Fervorosos en grandes cosas, grandes peregrinaciones o romerías y pronto nuestros templos vacíos y poca gente que quiera en verdad comprometerse.

He comenzado fijándonos en estos aspectos un tanto variados, pero es algo que llevo en mi mente y en mi corazón que me hace plantearme algunos interrogantes a mí mismo y a mi vida. Cuando camino por las calles o caminos de mi pueblo voy contemplando cuanta es la población que hay en nuestro entorno y decimos que estamos en un pueblo o una ciudad en la que todos prácticamente nos llamamos cristianos, recibimos el bautismo y los sacramentos y quizás todavía a la hora de la defunción de nuestros seres queridos los llevamos a la Iglesia para el funeral, bueno y celebramos las fiestas del Cristo.  ¿En qué se queda la vida cristiana para la mayoría de esa gente? O quizá habría que preguntar ¿qué conocimiento tienen de lo que significa ser cristiano? O más aún, ¿qué conocimiento y vivencia tienen del evangelio de Jesús?

Ahora llega la navidad, vemos un ambiente que llamamos navideño ya en nuestras calles, en los escaparates de las tiendas y comercios, en los adornos y luces que vamos colocando y ya comenzaremos pronto a decirnos unos a otros ‘feliz navidad’. Pero aparte de estas fiestas – incluso ya algunos quieren que digamos simplemente felices fiestas y no feliz navidad -, de esas celebraciones familiares o comidas de amigos o de empresa, ¿qué repercusión tiene en nuestras vidas como creyentes y cristianos todo eso que decimos que celebramos? ¿En verdad estará presente el evangelio de Jesús en todo eso que decimos navidad? Son cosas para pensar.

Hoy el evangelio nos ha hablado de que Jesús recorría los caminos, las aldeas y los pueblos de Galilea anunciando el reino de Dios y eran muchos los que acudían hasta Jesús; el evangelista nos subraya que le traían a todos sus enfermos de diversos males para que Jesús les curara, y que se reunían multitudes para escuchar a Jesús.

Pero es aquí donde Jesús hace como un parón, nos dice el evangelista que Jesús sentía compasión de toda aquella gente ‘porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y es cuando les dice a los discípulos más cercanos que la mies es mucha y que los obreros son pocos, y llama a los discípulos les da autoridad sobre los espíritus inmundos y los envía a predicar por todas partes, pero de manera especial a las ovejas descarriadas de Israel. No los envía a campos nuevos – al mundo entero como hará al final del evangelio – sino a los que están cercanos, a los que son ovejas de Israel, pero quizá viven sin esperanza y sin fe.

¿No será algo así lo que nos está pidiendo Jesús cuando escuchamos este evangelio? Un mundo que nos rodea, que tendría muchos motivos para vivir una fe con intensidad porque en algún momento han escuchado el evangelio o habrán tenido algún tipo de experiencia religiosa, pero que ahora son como aquellas ovejas abandonadas y extraviadas, como ovejas que no tienen pastor. Es ese mundo cercano a nosotros, esas personas que nos rodean y que hasta podemos tener en nuestra propia casa al que tenemos que anunciar de nuevo el evangelio de Jesús.

No se nos quede toda nuestra religiosidad y nuestro ser cristiano en unas peregrinaciones, en unos momentos de esplendor y de fervor, sino que en el día a día vayamos anunciando el evangelio comenzando por esos que están a nuestro lado. Somos tantos cristianos y ¿qué hacemos? ¿Hasta dónde llega nuestro compromiso con el evangelio? ¿No será aquello que decíamos al principio son muchos los que dicen que están, pero a la hora de la verdad, a la hora de la evangelización, no se les ve por ninguna parte?

martes, 6 de julio de 2021

Jesús quiere arrancar el mal de lo más hondo de nosotros para que sintamos esa libertad interior, por eso nos regala el perdón que nos hará sentir la verdadera paz

 


Jesús quiere arrancar el mal de lo más hondo de nosotros para que sintamos esa libertad interior, por eso nos regala el perdón que nos hará sentir la verdadera paz

Génesis 32, 23-33; Sal 16; Mateo 9,32-38

Lo había anunciado con palabras del profeta en la sinagoga de Nazaret. Jesús ha venido para dar libertad a los oprimidos. Por eso proclamaba el año de gracia del Señor; el año de gracia era aquel en el que las deudas quedaban condonadas y los que carecían de libertad eran liberados. Los signos que va realizando Jesús son la señal, la muestra de esa liberación.

En el evangelio se habla con frecuencia de los endemoniados, o sea, de aquellos que estaban poseídos por el espíritu del mal; el que está poseído o dominado, sea de la forma que sea, no es libre para hacer lo que desea; la posesión significa ese dominio que se ejerce sobre algo o sobre alguien; poseído por el espíritu del mal, se sentirá impelido a hacer las obras del mal, como el esclavo que no puede hacer sino lo que su amo le mande hacer. El poseído no puede ser él mismo, no podrá expresar lo que son sus verdaderos sentimientos, no podrá actuar con verdadera libertad, no podrá tener su proyecto de vida personal, no podrá dejar de hacer aquello que no quiere hacer. Y no es eso lo que Dios quiere para la persona, creados a imagen y semejanza de Dios, lo que significa con capacidad de conocimiento y de decisión.

Creo que tenemos que entender muy bien lo que el evangelio quiere expresarnos cuando nos muestra a Jesús expulsando demonios. Con la misma autoridad con que Jesús expulsa a los demonios – aunque como vemos en el evangelio de hoy hay quienes quieren negarle esa autoridad a Jesús – le veremos por otra parte no solo curando a los enfermos sino sobre todo perdonando a los pecadores. Todo es signo de esa liberación que Cristo quiere realizar en nuestra vida. Nos quiere Jesús liberados, que nada ni nadie nos domine ni nos esclavice; por eso quiere arrancar el mal de lo más hondo de nuestro corazón para que sintamos esa libertad interior, por eso nos regala el perdón que nos hará sentir la verdadera paz.

Seamos conscientes de esa liberación que necesitamos en nuestra vida, porque bien sabemos cómo el mal nos domina tantas veces en nuestra vida. Cuántas veces nos sentimos inclinados al mal y nos parece que no podemos liberarnos de esa inclinación; cuántas veces nos cegamos en nuestro interior con las diferentes pasiones y nos parece que aunque quisiéramos no podemos superar ese momento que nos llena de maldad; cuántas veces el orgullo o el amor propio nos dominan de tal manera que ya no sabemos actuar bien con los demás sino que nos aparece la malquerencia, la envidia o el resentimiento, los deseos de venganza o la violencia, y nos convertimos ciegamente en destructores de los otros.

Cuánto tendríamos que analizar en nuestra vida para darnos cuenta de esas esclavitudes de las que dependemos. Claro que también tendríamos que pensar en esas esclavitudes que nosotros imponemos a los demás cuando no les dejamos ser ellos mismos, cuando manipulamos y tratamos de dominar de la manera que sea a nuestros semejantes. Nosotros no podemos ser signos del dominio del mal, sino signos de liberación para los que nos rodean.

Jesús llega a nosotros con su compasión y con su misericordia; parecemos muchas veces esas ovejas descarriadas que andan a la deriva en la vida sin pastor. Es lo que nos expresa hoy el evangelio cuando nos habla de aquellas multitudes que acudían a Jesús, que le llevaban a sus enfermos, pero que Jesús en su compasión sentían lástima de ellos como andaban como ovejas sin pastor. Y ya nos damos cuenta que no se refería solamente a aquellas gentes que contemplamos en esas hermosas páginas del evangelio, sino que nos está mirando hoy, a nosotros y a nuestro mundo.

‘Las mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’, termina diciendo Jesús. Una oración que tenemos que elevar a Dios pero también una misión que hemos de asumir para ser esos signos de liberación para cuantos nos rodean.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Como el pastor que busca la oveja perdida porque para él tiene su valor e importancia, buscamos y nos preocupamos del valor y de la dignidad de toda vida y toda persona

 


Como el pastor que busca la oveja perdida porque para él tiene su valor e importancia, buscamos y nos preocupamos del valor y de la dignidad de toda vida y toda persona

Filipenses 3, 3-8ª; Sal 104; Lucas 15, 1-10

Quizás en una civilización más urbana como la que estamos viviendo algunos no terminen de entender toda la hondura que quieren expresar algunas parábolas de Jesús como las que hoy nos propone nacidas más en un contexto rural y agrario, de trashumancia de ganados y del cuidado de aquellos animales que les servían para su sustento, pero que significaban mucho más en sus vidas. Hoy un poco lo vamos sustituyendo en nuestras ciudades y hasta en nuestros campos con las mascotas que adquirimos como animales que nos acompañan y que quienes los tienen saben de la relación entrañable que se puede establecer entre los humanos y sus animales de compañía.

Para algunos escuchar esta parábola que nos habla del pastor que hace lo imposible por encontrar a la oveja perdida quizás les pueda decir poco desde ese sentido urbano del que hemos hablado y una pérdida para alguno pueda significar un daño colateral a otras circunstancias que se puedan vivir y entonces no se le dé importancia. Son cosas que pasan dirán algunos. Pero Jesús nos está diciendo que para aquel pastor sí tiene importancia, como importancia tiene la moneda extraviada en la casa y que la mujer busca con tanto ahínco. ¿Una joya? ¿un recuerdo familiar? ¿el significado de un primer salario? ¿una herencia de antepasados que nos trae recuerdos e historias familiares vividas? Para aquella mujer no era una simple moneda. Tanto uno como otro al encontrar lo perdido o lo extraviado invitarán a sus amigos a unirse a la alegría y a la fiesta por haberlo recuperado.

Jesús ha propuesto la parábola en un entorno concreto; El buscaba a los pecadores y a los publicanos y no le importaba mezclarse con quien fuera con tal de ganar a alguno. Pensamos fácilmente en la salvación que Jesús nos está ofreciendo cuando a todos ofrece su perdón, a todos llama y a ninguno rechaza, cosa que no entenderán los escribas y los fariseos tan preocupados por sus purezas legales. ¿Cómo Jesús iba a sentar a su mesa a aquellos pecadores? ¿Pero Jesús no se había sentado también a la mesa del fariseo cuando tantas veces había denunciado su obstinación y su pecado?


Pero Jesús nos está hablando de algo todavía, podíamos decir, más profundo e importante. Nos está enseñando el valor de toda persona. Será algo que veremos repetido en el evangelio. Da igual la etiqueta de dignidad que nosotros les pongamos a los demás, porque ya sabemos cómo andamos con nuestras discriminaciones, nuestros separatismos, nuestros racismos… Todo ser humano tiene su dignidad y su grandeza, es una persona y en nuestro humanismo y antropología cristiana decimos más, porque decimos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por eso toda persona merece nuestro respeto, nuestra atención, nuestro cuidado.

Por eso cuidamos la vida, toda vida, aunque algunos hoy que se tienen por muy avanzados nos digan que hay vidas que no merecen existir por sus deficiencias, por sus enfermedades, por sus limitaciones y no sé cuantas cosas más que nos decimos. Importa poco hoy eliminar una vida que se está gestando en el seno de su madre, y lo mismo buscamos la eutanasia para eliminar a aquellos que ya consideramos inservibles para la sociedad. Pueden parecer fuertes estas palabras pero es en realidad lo que se está haciendo o se quiere hacer en nuestra sociedad.

Por eso buscamos, cuidamos, valoramos, nos preocupamos de todo ser humano; no los podemos dejar a su suerte; hemos de preocuparnos de su dignidad y de su grandeza como personas y así hemos de tratarlos; y queremos la mayor dignidad para toda persona, como también nos preocupamos de su salvación, de arrancarlos de esos pozos hondos en los que algunos quieren hundirse destrozando sus vidas y ya sabemos de cuántas maneras hoy nos podemos destrozar la vida.

Tenemos que sentir esa inquietud en el corazón, tenemos que saber poner manos a la obra, ponernos en camino para ir siempre al encuentro del otro al que siempre podemos ofrecerle vida, luz, sentido, valor para su existencia. Está en nuestras manos hacerlo. Nos lo está pidiendo hoy Jesús en el evangelio. Que sintamos también la alegría cuando ayudamos a recuperar la dignidad de alguien que se encontraba hundido en las miserias de la vida.

 

miércoles, 8 de julio de 2020

Tenemos que dejarnos interpelar por el evangelio para descubrir a nuestro lado ‘esas ovejas descarriadas’ a las que tenemos que ir con el mensaje de Jesús

Tenemos que dejarnos interpelar por el evangelio para descubrir a nuestro lado ‘esas ovejas descarriadas’ a las que tenemos que ir con el mensaje de Jesús

 Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Sal 104; Mateo 10, 1-7
Hemos de reconocer una cosa, vivimos, queremos vivir una vida cómoda sin demasiadas complicaciones y está la reacción o la postura de muchos en que cada uno va a lo suyo y a mi que no me compliquen la vida, pero está también la reacción bastante peligrosa de los que nos creemos buenos y nos vamos contentando con hacer lo de siempre, acomodamos incluso lo que escuchamos a lo que es la rutina de nuestra vida y también es que no nos complicamos demasiado.
Hay sucesos de la vida, cosas que pasan en nuestro entorno o que quizá escuchemos en cualquier medio de comunicación, o será un gesto de alguien en nuestro entorno que en un momento determinado toma decisiones que nos pueden parecer drásticas, o será un mensaje que nos llega aparentemente inocente, pero que cuando nos detenemos a pensar resulta que nos revuelve y nos interroga por dentro. Cosas, hechos, gestos, palabras que son como un toque de atención, una llamada, un interrogante por dentro y nos sentimos impactados y parece que tenemos que buscar una salida que quizá nos puede plantear cambios en nuestra vida.
Hay momentos en que la Palabra del Señor que escuchamos nos impacta; es algo que quizá hemos escuchado muchas veces, pero ahora aquel gesto de Jesús, aquella palabra, aquel mensaje nos llama la atención. Puede surgir una lucha interior en que quizá queremos acallar aquello que nos sucede, pero se nos pueden presentar importantes interrogantes sobre la manera como escuchamos habitualmente el evangelio. Necesitamos sinceridad, apertura del corazón, humildad para dejarnos interrogar, disponibilidad para dar los pasos que se nos pueden estar pidiendo, aunque algunas veces todo eso nos cueste mucho.
En el relato del evangelio que hoy se nos ofrece se nos habla de la llamada de Jesús a los doce que iba a constituir apóstoles; el evangelista, por así decirlo, nos da el listado oficial, pero el evangelista también nos habla de las recomendaciones que Jesús hace en aquel momento en su envío a los apóstoles. Es curioso que en esta ocasión les dice que no vayan a tierra de paganos – eso será en otro momento en otro envío – ni que vayan a las ciudades de Samaria; los envía a las ciudades descarriadas de Israel. No los envía a territorios fáciles, a lugares por los que ya habría pasado Jesús y habrían escuchado el primer anuncio, no los envía a aquellos lugares de la gente buena, de los que ya se comportan como buenos israelitas. Los envía a las ciudades descarriadas de Israel.
Es para pensar. El evangelio me está obligando a hacer un parón para dejarnos interrogar por cosas. Es para pensar en nuestra situación, en lo que habitualmente hacemos los cristianos, a lo que es la tarea pastoral ordinaria de la Iglesia. ¿A dónde vamos? ¿Con quienes contamos? Con los que ya habitualmente vienen, con los que ya habitualmente están pidiéndonos unos servicios religiosos, por ejemplo, ya sea por motivos de bautismos, primeras comuniones, matrimonios o defunciones. Pero ¿ahí están todos?
Es cierto que vivimos en unos lugares que decimos cristianos, porque la mayoría de la gente bautiza, se casa o reza por sus difuntos. Pero bien sabemos que la realidad que nos rodea ya no es esa. Que para muchos quizá lo más que les queda es ir a un santuario por devoción a una imagen de la Virgen, del Señor o de algún santo, pero que de ahí no pasan, y ya  no son todos tampoco los que realizan esas prácticas religiosas.
Cuando camino por las calles, carreteras o caminos de mi entorno veo la cantidad de gente que vive a su aire en ese aspecto religioso o cristiano, cuando no alejados totalmente de la fe y de la práctica religiosa. Antes sonaban las campanas llamando a Misa y veíamos salir a la gente hacia la Iglesia, ahora quizá molesta que toquen las campanas porque los pueden despertar de sus sueños, o pueden ser un toque de atención que no quieren recibir. ¿Y la Iglesia llega a toda esa gente? ¿Y los cristianos que nos decimos más comprometidos con nuestra fe nos sentimos preocupados por hacer llegar el mensaje del evangelio a esas gentes?
Nos falta más espíritu misionero; sentir ese envío del Señor que nos envía, no a los de siempre, a los que ya están, sino a los que no vienen nunca, a los que han perdido el rumbo de la fe, a los que ya no les dice nada el evangelio. Quizá también la práctica pastoral de la Iglesia también tendría que cambiar mucho en la formas o en la atención que le prestamos a esos alejados. Decimos mucho, como palabras bonitas, una Iglesia en salida, una iglesia misionera, ponemos bonitos carteles en nuestros templos, pero no nos podemos quedar en eso, tenemos que ir de verdad al encuentro de ‘esas ovejas descarriadas de Israel’, como nos dice hoy Jesús en el evangelio.

El pensarlo ya quizá es un impacto o un interrogante a nuestra conciencia.