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sábado, 10 de enero de 2026

La Buena Nueva del Evangelio sigue siendo buena noticia de salvación hoy, no una utopía que nos confunde y adormece sino una nueva realidad para nuestra vida

 


La Buena Nueva del Evangelio sigue siendo buena noticia de salvación hoy, no una utopía que nos confunde y adormece sino una nueva realidad para nuestra vida

1Juan 4, 19–5, 4; Salmo 71; Lucas 4, 14-22a

Quien va por la vida arrastrando una pesada carga si encuentra en el camino un alma caritativa y generosa que quita de sobre sus hombros tal tormento se sentirá liberado es cierto pero sobre todo va a comenzar a creer en la bondad de los hombres cuando alguien sin pedirle cuentas le ha ayudado a liberarse de su peso.

Este pensamiento de entrada nos puede parecer muy utópico, sobre todo desde esas negruras sin esperanza en las que vivimos muchas veces, pero lo podemos ver palpable en gestos materiales que siempre nos encontramos en aquellos que siempre están dispuestos a ayudar; serán los trabajos que algunas veces se nos convierten en esclavizantes por la manera de plantearlos, la dureza de la vida del campo, el trabajo duro de quien trabaja en una mina, por ejemplo, trabajos que nos roban todo el tiempo o angustias de los que aun con todo el esfuerzo que hacen sienten que no pueden salir de sus amargas situaciones. Encuentran a alguien que les echa una mano y seguro que se lo agradecerán, como solemos decir, eternamente.

Pero son también otros agobios que sufrimos en la vida, problemas que se acumulan, enfermedades que nos destruyen no solo nuestro cuerpo sino también nuestra estabilidad emocional y la de los que conviven con nosotros, esperanzas que se pierden, situaciones de la sociedad que no sabemos qué rumbo toman, materialismo de la vida que contemplamos a nuestro alrededor donde parece que el dinero y la riqueza la solucionan todo, gente que camina sin rumbo ni sentido y solo buscan un placer efímero que quizás les haga olvidar sus otros sufrimientos. ¿Encontraremos una salida válida a todas estas situaciones que vivimos o que nos encontramos a nuestro alrededor?

Nos hace falta una palabra de aliento, un gesto que despierte la esperanza, algo que ponga una ilusión nueva en nuestro espíritu para poder seguir manteniendo la lucha y la búsqueda de caminos. Algo tiene que despertarnos, alguien tendrá que ser quien ponga una nueva luz en nuestra vida. ¿Dónde encontrar esa salvación?

En estos días en que estamos culminando la Navidad la liturgia nos va ofreciendo diversos textos de la Palabra que nos ayudan a descubrir quién es en verdad Jesús para nosotros y la esperanza que pone en nuestra vida. Hoy ya en este penúltimo día del tiempo de la navidad que concluirá mañana con la celebración del Bautismo de Jesús, el evangelio un poco se nos adelante y nos presenta a Jesús predicando por los distintos lugares de Galilea y en esta ocasión visita su pueblo de Nazaret.

Acude el sábado a la sinagoga según costumbre y es Jesús quien hace la proclamación de la lectura de la ley y los profetas. En este caso será un texto de Isaías que habla de quien viene lleno del espíritu de Dios para proclamar el año de gracia del Señor. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, es todo el comentario que hace Jesús. Allí está la buena noticia que va a ser anunciada a pobres y oprimidos, el anuncio de liberación y de salvación. Ese mundo lleno de sombras va a encontrar una luz y esa luz la encontraremos en Jesús. En Él se cumplen esos anuncios de la Escritura, de los profetas.

¿Qué viene a ofrecernos Jesús? Que encontremos esa verdadera liberación de nuestras vidas porque encontremos ese sentido nuevo de vivir; quiere para nosotros la mayor dignidad y grandeza, no podemos seguir dejándonos oprimir, pero no hemos de pensar en la opresión que otros podrán hacer sobre nosotros, sino en esas cosas que llevamos dentro de nosotros con nuestra maldad o con nuestra desorientación que nos hacen sufrir, que nos hacen sentirnos agobiados, que nos hacen caminar sin esperanzas, que nos atan demasiado a estos placeres de aquí abajo que al final nos dejarán vacíos o hastiados.

Jesús quiere ponernos en pie, que dejemos de arrastrarnos de la manera que hacemos detrás de nuestras pasiones, nuestras ambiciones o nuestros materialismos. Nos habla de que los cojos podrán caminar, que los ciegos tendrán luz en sus ojos, que los sordomudos podrán hablar y escuchar. Jesús quiere sanarnos desde lo más hondo de nosotros mismos, porque muchas veces seguimos acumulando resentimientos y heridas mal curadas que a la larga nos hacen sufrir a nosotros mismos. Jesús quiere otra vida para nosotros, otro sentido para nuestro mundo y para nuestra sociedad, otra grandeza y dignidad porque seamos nosotros mismos y nos sintamos engrandecidos desde lo más hondo de nuestro interior.

Es lo que hoy nosotros también necesitamos escuchar. Es lo que nos tiene que hacer despertar de este sonambulismo en que vivimos. La Buena Nueva del Evangelio sigue siendo una buena noticia de salvación para nosotros hoy y para nuestro mundo. Escuchémosla y anunciémosla dando testimonio de que en verdad podemos vivir una vida nueva. El evangelio no es una utopía que nos confunde y nos deja adormecidos, sino una realidad nueva para nuestro vivir.


sábado, 6 de septiembre de 2025

Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

 


Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

Colosenses 1, 21-23; Salmo 53; Lucas 6, 1-5

Es cierto que en nuestras relaciones humanas, en las relaciones que tenemos los unos con los otros que nos lleva a la convivencia y al encuentro porque además por naturaleza somos seres sociales, llamamos a relacionarnos, pero dada por otra parte la tendencia egoísta que muchas veces surge de nosotros mismos necesitamos como unas pautas que regulen esas relaciones, para que nadie además se sienta mermado en su dignidad y se le resten las posibilidades de desarrollar su vida según su saber o su capacidad; así, podríamos decir de una manera fácil, nacen las leyes, las normas, los preceptos desde nuestro raciocinio, desde la mejor manera que buscamos para facilitarnos esa mutua relación en la vida de cada individuo.

Todo está en función de la persona. Queremos salvaguardar su dignidad. Buscamos la manera de que a nadie se le dañe en su vida. Cuidamos el respeto que mutuamente todos hemos de tenernos. Eso que hemos consensuado y que llamamos leyes o preceptos siempre busca por encima de todo el bien del individuo pero también de esa comunidad que conformamos. Por encima de todo y como centro siempre está la persona, la norma no puede estar por encima de la persona porque perdería humanidad; desde ese sentido de humanidad que expresamos con nuestro amor damos vida y calor, daremos sentido a esa ley. 

No somos unos seres autómatas que mecánicamente actúan desde unos protocolos, sino que es nuestro ser, nuestra humanidad, nuestro amor el que tiene que darle sentido a todo. No amamos porque nos lo mande la ley, sino desde lo que nace de nuestro corazón que será lo que le de calor y color a esa norma de la ley.

Es el mensaje revolucionario, podíamos decir, que Jesús viene a darnos porque lo que Jesús quiere es la grandeza del ser humano. Y esto resultaba chocante en aquel pueblo en que de alguna manera parecía que lo que prevalecía era la norma y la ley. Todo estaba regulado y de allí nadie podía salirse ni desprenderse, porque las normas se multiplicaban hasta lo inimaginable. Y todo quería escudarse en que así era la ley del Señor, parecía que se olvidaba que Dios quiso siempre la libertad del hombre y que en verdad se engrandeciera desde el amor.

¿Qué significó realmente la liberación de Egipto y el cruzar el desierto en búsqueda de una tierra de libertad, sino la grandeza del ser humano, la grandeza de aquellos hombres y mujeres que formaban aquel pueblo? Sin embargo parecía que de nuevo estaban atados por unas cadenas que parecían más fuertes que la esclavitud que vivieron en Egipto. Todo estaba milimétricamente tasado y sancionado y de allí parecía que se podía salir a respirar una nueva libertad.

Son las quejas y cuitas con las que vienen a Jesús alegando que sus discípulos no ayunaban ni respetaban la ley de Moisés, simplemente porque al paso de los caminos en sábado cogían unas espigas para calmar de alguna manera el cansancio y ahora del camino. En otro momento dirá Jesús que El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darle plenitud; es encontrar el verdadero espíritu de la ley, es encontrarle su verdadero sentido; es llenar de autentica humanidad nuestras relaciones para que sean verdaderamente humanas; es el actuar desde la libertad del espíritu que nos ayuda a engrandecer al hombre, a la persona; es el encontrar la mejor forma para hacer que lo que hacemos, lo que es nuestra vida sea realmente siempre buscando la gloria del Señor; es el no actuar de una forma ciega, autómata y rutinaria, cumpliendo porque hay que cumplir, sino encontrar e verdadero sentido de lo que hacemos que revertirá siempre en el bien de la persona.

Es el camino de grandeza y dignidad que Jesús abre ante nosotros, que nos hará verdaderamente humanos, que en ello nos hará buscar siempre la gloria del Señor.

domingo, 6 de octubre de 2024

Amor, comunicación y comunión, camino de plenitud no solo de un yo sino de un nosotros, que nos engrandece y dignifica, signo e imagen del amor de Cristo por su Iglesia

 


Amor, comunicación y comunión, camino de plenitud no solo de un yo sino de un nosotros, que nos engrandece y dignifica, signo e imagen del amor de Cristo por su Iglesia

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16

Hemos sido creados para ser felices alcanzando la plenitud de nuestro ser como personas. Una plenitud que fundamentamos en el pleno desarrollo de nuestro ser como personas, en la corporeidad de nuestra presencia pero también en lo más profundo que llevamos dentro de nosotros que nos eleva y nos lleva mas allá de ese cuerpo para sentir la fuerza del espíritu dentro de nosotros que nos hace ser nosotros mismos, para disfrutar todo lo que somos, todas las capacidades y posibilidades que tenemos en nosotros mismos; pero esa plenitud, tenemos que reconocer, no se encierra en el yo sino que siempre estará en relación con un tú que hace un nosotros. Ese es el camino que nos conduce a la mayor plenitud de nuestro ser.

Somos relación, no somos soledad aislada; estamos llamados a la relación y a la comunicación que nos lleva a una comunión que es la que nos va a dar esa verdadera plenitud, por eso decimos que somos seres sociales, y no podemos vivir aislados de todo y de todos. Pero nuestra relación no es solo una cosa material, entra nuestro ser espiritual que es por donde podemos alcanzar la mejor comunión. Y esa relación es con otros seres que son como nosotros, con la misma dignidad y también con los mismos deseos de plenitud; es una relación personal que nos hace entrar en una comunión de personas. Y el lazo más hermoso y profundo para ello es el amor. Estamos llamados al amor.

‘No está bien que el hombre esté solo’, decía el Génesis; ninguno de los otros seres de la creación podían llenar de satisfacción al hombre; pueden ser presencias a nuestro lado de las que nos valgamos para muchas cosas, pero esa comunión desde lo más hondo solo se podrá tener con quien sea carne de mi carne y hueso de mismos huesos, con quien tenga la misma dignidad humana.

Una comunión que porque todos nos amamos y respetamos nuestra dignidad vamos haciendo en la relación con todos los que son como nosotros, pero que va a encontrar su plenitud en esa comunión plena de amor que es el matrimonio. Un hermoso edificio a construir que nos llenaría de la felicidad más plena, pero que tenemos que saber fundamentar muy bien.

Pero aunque estamos llamados y hemos sido creados para esa comunión sin embargo no siempre será fácil. Cuando se introducen en nosotros elementos que nos hacen perder de vista esa grandeza y dignidad de toda persona se debilita esa comunión porque se debilita el amor como la donación más sublime que podemos hacer de nosotros mismos. Entraremos en un camino no de donación sino de dominio y de imposición, que es destruir desde la base, desde los cimientos ese edificio de comunión que nos llevaría a la plenitud de nuestro ser y nuestra vida. Se nos endurece el corazón. El egoísmo que nos quiere hacer dominadores nos destruye esa capacidad de un amor en plenitud.

En el evangelio hoy le plantean a Jesús una cuestión que tiene actualidad y se agudiza en todos los tiempos. Jesús reconociendo nuestra debilidad y la dureza que se nos introduce en el corazón nos lleva a considerar lo que está en el origen de la vida y del ser humano. Lo que Dios quiso para el hombre desde siempre, desde toda la eternidad podemos decir, creándonos con esa dignidad igual en todo ser humano y con esa capacidad para el amor y para la comunión.

Sigue siendo piedra de tropezar en todos los tiempos y hemos de considerar esas claves fundamentales que parten de la dignidad de toda persona humana. Cuando lo tenemos en cuenta nunca entraremos en caminos de imposición sino de comunión, por eso para realizar bien ese camino tenemos que saber despojarnos de nuestros orgullos y de esos resabios de egoísmo que nos encierran en nosotros mismos. El orgullo es mal compañero para un camino de comunión que necesariamente tenemos que saber hacer juntos.

Es saber ponernos al lado del otro que camina conmigo y con el que yo camino. Un camino en el que tenemos que saber ayudarnos mutuamente, comprendiendo las limitaciones que cada uno pueda tener. Es cuando nos sentiremos felices de lo logrado juntos, es la felicidad de un amor verdadero que siempre busca el darse porque ama, porque no pensando solo en si mismo quiere el bien del otro que también me hará feliz a mi.

Un camino de comunicación para que podamos llegar a esa comunión; un camino de búsqueda constante siempre de lo mejor que nos haga felices a todos; un camino de desprendimiento de si mismo que nos hace humildes, sencillos y cercanos; un camino que rehacemos y reemprendemos continuamente desde los errores cometidos porque a nadie culpabilizamos sino que en todo comprendemos; un camino que nos ayuda a crecer en todo aquello que nos lleve a esa plenitud del nosotros.

Por algo quiso Dios, como nos lo expresa san Pablo, que el amor de un hombre y una mujer es imagen del amor que Cristo tiene a su Iglesia. Un amor el del matrimonio que se desprende del amor que Dios nos tiene, pero que cuando lo vivimos en plenitud se convierte en signo e imagen del amor de Cristo a su Iglesia.

sábado, 7 de septiembre de 2024

Busquemos el bien de la persona dejando fluir la misericordia y la compasión como suavizante que facilite las relaciones para una verdadera humanidad

 


Busquemos el bien de la persona dejando fluir la misericordia y la compasión como suavizante que facilite las relaciones para una verdadera humanidad

1Corintios 4, 6b-15; Salmo 144; Lucas 6, 1-5

No dejamos que el agua corra montaña abajo buscando su propio camino porque todo lo arrasaría a su paso y de nada nos serviría la fuente de la que nace o la lluvia que nos la hace caer de las nubes; tratamos de encauzarla, buscarle cauces, para poder mejor aprovecharla y a todos nos beneficie; es cierto que la naturaleza en su mismo ha ido creando unos cauces, llamémoslos barrancos por las que circulan esos arroyos, o finalmente ríos que van fecundando con su humedad los campos por los que cruzan; luego nuestra inteligencia y nuestro buen hacer han ido creando esos cauces que nos la transporten para nuestro consumo humano y para todos los beneficios que pueda producir en la naturaleza.

Así ha sido también el transcurrir de la humanidad; nuestra convivencia ha ido creando unos cauces también, llamémosla normas de conducta o códigos éticos, que encauzan toda la actividad humana para lograr también entre la humanidad esa armonía de la que nos es ejemplo la propia naturaleza. Nos vamos imponiendo unas normas o unas leyes que vengan a facilitar ese entendimiento y esa buena convivencia queriendo basarnos en el respeto y la valoración de la persona, que será siempre lo importante. No es rigidez que nos imponemos desde el capricho sino desde un mutuo consentimiento buscando siempre por encima de todo el bien de la persona. Ninguna de esas normas que nos impongamos para nuestra mejor convivencia puede ir nunca en contra del bien de la persona.

Sin embargo, sabemos también que muchas veces nos volvemos exigentes y hasta tratamos de imponernos los unos a los otros, no porque pongamos el bien de la persona por encima de todo, sino que da la impresión que la norma es la que está por encima, dándole una sacralidad  que al final nos convierte en esclavos de esa norma o de esa ley. ¿Por qué hay que hacer esto? Quizás nos preguntamos y simplemente respondemos porque lo dice la ley. Pobre razonamiento que nos damos que le hace perder su sentido más genuino.

Y es una tentación que hemos tenido en todos los tiempos, pero que también podemos seguirla sufriendo hoy, cuando incluso tratamos de imponer una forma de ver la vida desde una ideología o desde una forma de pensamiento muy personal, que olvida cual es el verdadero sentido que siempre ha de tener toda norma de convivencia. Cuánto necesitamos suavizar los engranajes de nuestra vida para que no chirríen nuestros encuentros.

Y vemos en el evangelio que le plantean algunas cosas en este sentido. Está por una parte, por ejemplo del ayuno al que se sometían los discípulos de Juan o de los fariseos, mientras Jesús no es eso lo que le está pidiendo a sus discípulos. Pero viene también el otro planteamiento en torno a lo que era el descanso sabático; algo que se había de alguna manera impuesto en la ley de Moisés para que no olvidaran nunca el culto que debían de darle a Yahvé a quien habían de reconocer como el único Dios y Señor de sus vidas, y que también una forma de respetar y valorar la vida de las personas a las que también había de dársele un necesario descanso en medio de sus tareas.

¿Qué tenía que ser lo importante? Por una parte el reconocimiento del Señorío de Dios sobre todas las criaturas, es nuestro Hacedor y Creador, pero también el valor y el respeto de la dignidad de toda persona que merecía y necesitaba también su descanso. Pero aquello, olvidando su sentido más genuino, se había convertido en una norma implacable de extrema rigidez de manera que pareciera que ya no se pudiera ni ayudar a una persona que lo necesitara. Recordamos como los fariseos estaban muy atentos a ver si Jesús curaba en sábado, o como echaban en cara al paralítico que había sido curado un sábado porque cargara su camilla de regreso a su casa.

Jesús viene a recordarles que el bien de la persona estará siempre por encima de todo, y por el cumplimiento escrupuloso y riguroso de la ley no se podía dejar de ayudar a quien lo necesitara o dar de comer al hambriento aunque fueran los panes que estaban sobre el altar como ofrendas al Señor.

¿Buscaremos siempre el bien de la persona, dejando fluir la misericordia y la compasión, como el mejor suavizante que facilite las mutuas relaciones  y haga verdaderamente humano nuestro trato con los demás?

jueves, 4 de julio de 2024

Que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad porque nos vemos liberados de todas las ataduras que nos esclavizan

 


Que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad porque nos vemos liberados de todas las ataduras que nos esclavizan

Amós 7, 10-17; Salmo 18; Mateo 9, 1-8

¿Qué es lo que nos paraliza en la vida? Al pensar en ello nuestra mirada se vuelve espontánea hacia esa persona que un día tuvo un accidente y quedó traumatizada de tal forma que sus miembros perdieron movilidad y no puede valerse totalmente por si misma, o pensamos en las consecuencias de alguna enfermedad que paralizó sus miembros, que debilitó y traumatizó su vida que le creo invalidez y dependencia, o quizá en quien ya nación con esas deficiencias físicas y le impiden desarrollar lo que llamamos una vida normal.

Pensamos habitualmente en esas deficiencias físicas o corporales, pero ¿solo hemos de referirnos a eso? En nuestro lenguaje coloquial incluso decimos que nos quedamos paralizados cuando algo nos impresiona, algo sucedido de improviso, algo extraordinario en su manifestación, algo que nos impresiona y nos asusta; o nos vemos paralizados por nuestros miedos, y aquí entrarían miedos de todo tipo, desde aquello que tememos que nos pueda suceder, o desde las presiones que de una forma o de otra recibamos en la vida.

Pero no nos podemos quedar ahí; porque hay cosas que desde dentro nos paralizan, nos coaccionan, los quitan libertad y nos atan; está desde nuestro carácter o manera de ser, pero están también las costumbres adquiridas de las que no nos podemos liberar, o están nuestras pasiones que se nos descontrolan y no tenemos el suficiente dominio de nosotros mismos y la necesario fuerza de voluntad para tomar las riendas de nuestra vida, o está la desgana y atonía en la que tantas veces caemos y nos quita voluntad y buenos deseos, y nos vamos como arrastrando por la vida. Son muchas las parálisis que podemos encontrar dentro de nosotros mismos y no es ya solo lo que desde el exterior podamos recibir.

¿Tenemos que seguir atados a la camilla de nuestras parálisis? ¿Qué o quién nos podrá liberar de verdad? El evangelio de hoy nos ilumina; nos habla de un hombre paralítico que traen, porque él no se puede valer y en este caso hemos de valorar la buena voluntad de aquellos portadores de la camilla, y lo presentan delante de Jesús. En los otros evangelistas se nos hablará de la imposibilidad de entrar por el gentío, de la audacia de levantar las tejas del techo para bajarlo por allí, y eso nos puede dar pie en otros momentos para otras consideraciones.

Nos quedamos hoy con el hecho escueto; un paralítico que portan hasta Jesús para que lo cure. Lo que esperan es poder ver cómo aquel hombre se levanta de la camilla y comienza a valerse por sí mismo. Pero Jesus quiere decirnos algo más; valerse por sí mismo no es tener el dominio de sus miembros para caminar y hacer las cosas, hay algo más que nos puede paralizar, y de hecho nos está paralizando continuamente en la vida.

No todos lo comprenderán, y veremos luego los comentarios, pero lo que Jesús le dice es que sus pecados están perdonados. Ya puede levantarse aquel hombre de su postración. Pero aquí son todos los que están alrededor - ¿quizás también el paralítico que esperaba otra cosa? – los que se quedan paralizados y comienzan los comentarios, ‘este hombre blasfema’. Qué fácil nos es condenar aunque esté viendo el bien delante de nuestros ojos, porque es fácil el juicio y ya desde nuestros prejuicios tenemos la condena hecha.

¿Quién puede liberarnos de la peor esclavitud que podamos sufrir? No es que estemos buscando el poder de Dios para que nuestros miembros retornen a la movilidad, sino que tenemos que buscar el poder de Dios para que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad. Y para eso hay que quitar el mal, que es el que nos paraliza, nos ata, nos esclaviza. Es el perdón que Jesus viene a ofrecernos, es la verdadera salvación que va a transformar de verdad nuestro mundo.

Queremos hacer muchas cosas para hacer que nuestro mundo sea mejor, nos queremos buscar las mejores leyes y normas para lograr esa mejoría de la humanidad. No hay más ley que la del amor que nos transforma. Son nuestros corazones los que tienen que sentirse transformados; es de nuestros corazones de donde tenemos que arrancar toda malicia, es un color nuevo el que tenemos que darle a nuestras mutuas relaciones con las que lograremos un mundo de hermandad, un mundo de armonía y de paz.

Quitemos la aridez con la que estamos llenando el mundo; desterremos esas violencias y desconfianzas que nos estamos haciendo los unos a los otros; no permitamos de ninguna manera que la acritud se establezca poco menos que como norma de nuestra vida, entremos en el camino de una nueva humanidad donde prevalezca la comprensión y la misericordia, coloreemos nuestro mundo con el bello y rico colorido del amor. 


viernes, 28 de junio de 2024

Cuando vemos el actuar de Jesús tenemos que decir que también nosotros queremos e inmediatamente tender nuestra mano para levantar al que está a la vera del camino

 


Cuando vemos el actuar de Jesús tenemos que decir que también nosotros queremos e inmediatamente tender nuestra mano para levantar al que está a la vera del camino

2Reyes 25, 1-12; Salmo 136; Mateo 8, 1-4

Se suele decir que las desgracias nunca vienen solas. Y no es que se tenga un sentido pesimista de la vida, a la que siempre hemos de darle un sentido de positividad, porque será además lo que nos haga salir de los momentos oscuros; pero fácilmente constatamos que cualquier situación mala por la que podamos estar pasando, no se queda muchas veces, por ejemplo, en el dolor que podamos tener por una enfermedad, sino que espiritualmente, anímicamente nos sentimos débiles, la impotencia para salir de aquella situación nos hace descubrir otras pobrezas de nuestra vida, o nos lleva a un vacío espiritual que aumenta nuestra soledad y nuestro dolor.

Hoy el evangelio nos habla de un leproso que viene y se postra a los pies de Jesús para decirle que si quiere puede curarle. Pero no era solo la enfermedad física de ver cómo su cuerpo se desmorona con la enfermedad, sino era la soledad en la que estaban obligados a vivir, porque habían de vivir alejados de la gente, fuera de los pueblos, sin contacto ni siquiera con la familia. La enfermedad en este caso conllevaba una exclusión social que tenía que ser también muy difícil de llevar.

Es bien significativo para nuestra vida este episodio del evangelio. Jesús había venido anunciando el Reino de Dios y había ido mostrando señales de cómo ese Reino de Dios se hacía presente en medio de ellos. Antes del Sermón del Monte que hemos venido escuchando y que es como un resumen del mensaje de Jesús, ya le habíamos visto en Galilea realizando diversos signos que manifestaban esa cercanía del Reino de Dios.

Vamos a ver ahora un gran signo de esa presencia del Reino de Dios. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le había dicho el leproso que se había atrevido a llegar a los pies de Jesús en medio de la gente a pesar de la prohibición de que un leproso pudiera acercarse así a la gente. Y Jesús quiere. Y aquel leproso queda limpio. Y Jesús le pedirá que vaya a presentarse al sacerdote porque es quien tiene la autoridad para una vez curado poder entrar en el seno de la comunidad.

Aquel hombre ha sido curado de su enfermedad, pero aquel hombre ha recobrado su dignidad como persona; puede estar de nuevo en medio de los suyos, se reintegra de nuevo en el seno de la comunidad.

Y es aquí donde tenemos que ponernos a pensar en el hoy de nuestra vida. Vemos a nuestro alrededor tantos con las mismas señales de lo que era la vida de aquel leproso. Pensamos en el sufrimiento de tantos en sus enfermedades y limitaciones, pensamos en la pobreza que viven tantos a nuestro alrededor, pero no nos podemos quedar en esas situaciones, digamos, físicas que podemos contemplar. Hemos de detenernos a contemplar lo que hay detrás de todos esos sufrimientos.

¿De alguna manera no estaremos creando abismos detrás de muchas de esas personas que vemos con sus sufrimientos, con sus enfermedades, con sus limitaciones, con sus pobrezas y carencias? Cuando vamos por la calle y nos vamos tropezando con tantos que no nos gustan, que no nos caen bien, cuya presencia nos puede resultar repulsiva, o que vemos sumidos en un mundo de dependencias de tantas cosas, ¿no estaremos de alguna manera, quizás incluso de una forma inconsciente, discriminación con nuestras miradas de pena pero siempre desde la lejanía, con ese mantenernos a distancia y mirarlos quizás por encima del hombro, con ese no querer mezclarnos y entonces no dejamos entrar en nuestro circulo que siempre quiere ser selecto?

Muchas formas en las que seguiremos mirando a tantos a nuestro alrededor como a aquellos leprosos de los que nos habla el evangelio. Vendrán o no vendrán a pedirnos o a decirnos que nosotros podemos limpiarnos, como le decía aquel leproso a Jesús, pero no sé lo que realmente vamos pensando en nuestro interior de si acaso o no podemos limpiarlos.

Cuando vemos el actuar de Jesús no es solo para admirarnos y decir ‘mira lo que Jesús fue capaz de hacer’. Vemos el actuar de Jesús y sabemos que ese tiene que ser nuestro actuar. también nosotros hemos decir que sí queremos y adelantar nuestra mano hasta el leproso de turno, hasta ese al que tenemos que levantar, hasta ese al que no queremos mirar al pasar, hasta eso del que nos hacemos oídos sordos para no escuchar su ruego.

Es duro y es difícil. Porque en nuestra conciencia nos damos cuenta de que seguimos pasando de largo ante el leproso, ante tantos que están a la vera de nuestro camino. ¿Despertaremos algún día?

martes, 25 de junio de 2024

La puerta que se abre para el camino de la vida, los mandamientos, tiene el ancho suficiente para que todos vivamos cada día con mayor dignidad

 


La puerta que se abre para el camino de la vida, los mandamientos, tiene el ancho suficiente para que todos vivamos cada día con mayor dignidad

2 Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Salmo 47; Mateo 7, 6. 12-14

Me vino a la mente una cosa que siempre escuché, ‘cria cuervos y te sacarán los ojos’. ¿Qué es lo que estamos criando? ¿Qué es lo que estamos plantando? Nos vale para todos los aspectos, para todas las situaciones de la vida. Ya sea en nuestra propia vida personal, la metas que nos proponemos, las cosas que nos gusta hacer, o aquellas cosas por las que nos dejamos arrastrar, cuando no sabemos tener la suficiente fortaleza para decirnos no en cosas que apetecemos y de las que finalmente nos convertimos en esclavos; cuantas malas costumbres que tenemos en la vida, que comenzaron porque simplemente nos dejamos llevar por la rutina, por la desgana, por la ley del mínimo esfuerzo, y al final caímos en sus redes, y nos convertimos en dependientes de esos malos hábitos, convirtiéndose en vicios o esclavitudes de la vida.

Es con lo que nos encontramos en el ámbito de la educación, sea quien sea a quien le corresponda; no forjamos el carácter de la personas, no fortalecemos la voluntad aprendiendo a discernir con claridad para tomar decisiones, en las que también tenemos que aprender a decir no; vamos por un camino de permisividad en todo, donde todo parece que es bueno y todo podemos permitírnoslo; permitimos hoy cosas que nos parecen de poca importancia, pero no hemos fortalecido las voluntades, no enseñamos que hemos de tener unas normas de conducta y de comportamiento, no solo desde un punto de vista moral, sino como ciudadanos y miembros de una sociedad en la que vivimos.

Nos quejamos de libertinajes y no se cuantas cosas, pero  hemos enseñado a cumplir unas reglas que vienen a facilitar la convivencia en la sociedad, y que nos vienen a enseñar a tener voluntad para saber escoger lo mejor, aunque no sea lo más fácil. ¿Qué sociedad estamos creando que al final nos sacarán los ojos?

Así podríamos pensar en muchas cosas, que tienen que darnos criterios claros y firmes para nuestro comportamiento, para vivir con mayor y mejor dignidad. Porque eso tenemos que saber buscar, en eso hemos de saber crecer, en esto tenemos que saber madurar.

‘No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros’, nos dice hoy Jesús en el texto del evangelio. Y hemos de saber interpretarlo bien y entenderlo. Y nos hace pensar en la dignidad de nuestra propia vida que hemos de cuidar, pero en lo que tenemos que saber crecer como personas. Es mi propia dignidad, pero es también la dignidad de los demás, que también tengo que saber apreciar, valor, tener en cuenta, respetar.

Por eso seguirá dándonos pautas Jesús de cómo hemos de saber tratarnos los unos a los otros, porque no vamos a exigir para nosotros lo que no somos capaces de dar o de ofrecer a los demás. Para que respeten tu dignidad comienza tú respetando la dignidad de los demás. ‘Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas’, termina diciéndonos Jesús.

¿Qué es lo que realmente nos están enseñando los mandamientos del Señor? Los vemos muchas veces como cargas pesadas, como si todo fueran prohibiciones que nos vinieran a coartar nuestra libertad – cuantas cosas en este sentido tenemos que escuchar – pero nos olvidamos que lo que nos están enseñando es a respetar a los demás, a valorar a las otras personas, porque así lograremos nuestro propio respeto y nuestra propia dignidad.

Como decimos tantas veces nos puede parecer puerta estrecha, porque queríamos la amplitud de hacer lo que nos apetezca – y ya veíamos en qué terminamos – pero no nos damos cuenta de que tiene el ancho suficiente para que pasemos por ella con dignidad; cuando nos recargamos de caprichos, de dependencias, de esclavitudes, por muy ancha que sea la puerta nunca podremos pasar, porque siempre queremos más. Tiene el ancho necesario para mantener la dignidad de toda persona, porque el amor suavizará tantas aristas de nuestra vida y facilitará el verdadero camino que hemos de tomar.

lunes, 17 de junio de 2024

Caminos de generosidad y desprendimiento, caminos de comprensión y de perdón, caminos de amor que nos dan sentido y plenitud

 


Caminos de generosidad y desprendimiento, caminos de comprensión y de perdón, caminos de amor que nos dan sentido y plenitud

1Reyes 21, 1-16; Salmo 5; Mateo 5, 38-42

No somos todos iguales, cada una tenemos nuestro carácter y nuestra personalidad, nuestra manera de ser y nuestras costumbres, somos distintos, son también nuestras cualidades y nuestros valores, la riqueza humana en la que hayamos crecido y nos hagamos formado y ciertas diferencias que pueden ir apareciendo según el camino que hayamos ido haciendo.

Y aunque queremos hacer un mismo camino, o al menos caminamos juntos por los caminos de la vida, las diferencias se notan y no siempre es fácil hacer ese camino juntos; por esa manera de ser o por nuestro carácter, por los impulsos que tengamos en la vida o la cierta pasividad que otros puedan manifestar, pueden surgir roces, encontronazos, y hasta podemos herirnos los unos a los otros; no quiero hablar de mala voluntad, pero sí hemos de tener en cuenta la debilidad o fortaleza que tenga cada persona.

¿Eso tiene que significar que tenemos que hacernos la vida imposible los unos a los otros? De ninguna manera, tenemos que decir. Pero ahí está la madurez humana que cada uno tengamos para aceptarnos y para respetarnos. Cuando Jesús nos está planteando todo un sentido de la vida, es lo que viene a enseñarnos en el sermón del Monte que estos días estamos escuchando y venimos comentando, nos está poniendo el amor como el que tiene que engrasar todos esos resortes de nuestra vida, o limar las asperezas o aristas que nos puedan aparecer y con las que nos podemos dañar. ¿Mecánicamente no utilizamos las grasas para facilitar los engranajes y las rodaduras en vehículos o herramientas que tengamos que utilizar? Esa grasa, podríamos decir, que nos va a facilitar el rodaje de la vida es precisamente el amor.

Y Jesús hoy en el evangelio desciende a cosas muy concretas que hemos de saber tener en cuenta. Y nos habla de que no tenemos que hacer frente al que nos agravia. Es el impulso primero que surge en nosotros cuando nos sentimos heridos, como cuando alguien toca una herida de nuestra carne. Y el rodaje de la vida había hecho que se marcaran como unos límites en esas reacciones que pudiéramos tener cuando nos sintiéramos heridos. Por eso se hablaba del ojo por ojo y del diente por diente. Si te rompen un diente tú no vas ahora a romperle tres al oponente. Por eso se ponía ese límite, que ahora Jesús nos viene a decir que eso tiene que quedar atrás, ‘no hagáis frente al que os agravia’, nos viene a decir.

Y para que entremos en una dinámica de la desterremos toda violencia, nos viene a decir eso que siempre nos ha llamado tanto la atención. ‘Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto…’

¿Significa eso que tenemos que permitir la violencia o la injusticia de los otros? De ninguna manera, pero significa la respuesta de paz que siempre tenemos que saber dar, no entrar en esa dinámica y espiral de la violencia. La mejor manera de detener una pelea y desarmar al oponente es precisamente ese no dar respuesta a su violencia. No vamos a dejar que nos machaquen, porque no vamos a consentir lo que signifique injusticia o maltrato, falta de respeto y daño de la dignidad de la persona, pero no nos vamos a poner a tiro de seguir con esa violencia. Es la mejor manera de emprender el camino del amor, del perdón, del que luego Jesús nos va a hablar más ampliamente.

Por eso nos invita Jesús a un camino de generosidad, de desprendimiento que solo podremos entender y emprender desde el amor más auténtico. ‘A quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas’, viene a decirnos Jesús. Es la generosidad que nace del amor, donde encontramos el sentido de la vida y desde donde haremos caminos de plenitud.

miércoles, 6 de marzo de 2024

Un acicate y un reto para ahondar más en nuestra fe, en el conocimiento de Dios y su voluntad, para profundizar en el evangelio y querer hacer un camino de vida cristiana

 


Un acicate y un reto para ahondar más en nuestra fe, en el conocimiento de Dios y su voluntad, para profundizar en el evangelio y  querer hacer un camino de vida cristiana

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

Bien sabemos con cuanta facilidad pueden aflorar en nosotros unas raicillas de rebeldía que poco menos quieren hacer de nosotros unas gentes sin ley porque nos queremos quitar de encima todas las normas y leyes que nos pensamos que nos oprimen y nos quitan la libertad. Pueden ser raicillas personales, pero también constatamos que son movimientos que se suceden en nuestra sociedad en la que todo se quiere cambiar, y para eso lo primero que hacemos es anular normas y leyes con el señuelo de la libertad en que cada uno tenemos el derecho de hacer de nuestra vida lo que queramos; pero también somos conscientes que muchas veces no es anular sino sustituir por cosas caprichosas desde ideologías particulares y que tratan de imponer sea como sea a los demás y creo que al final estaremos cayendo en peor esclavitud, porque no entra la razón sino el capricho personal, el hacerme yo notar y finalmente crear peor desestabilidad.

Hoy nos ofrece el evangelio y la palabra de Dios que se nos proclama en todo su conjunto unos textos maravillosos que nos hablan de vida y de sabiduría que en el fondo vienen a engrandecer a la persona porque quien se deja conducir por los mandamientos del Señor siempre estará buscando el bien, siempre caminará por caminos de respeto y de valoración, y estará dándonos en lo más hondo de nosotros mismos la libertad más verdadera y que más nos engrandece.

Ya le decía Dios a su pueblo a través de las enseñanzas de Moisés que quien escucha los mandamientos del Señor y los cumple tendrá vida y encontrarán la verdadera sabiduría. Merece la pena detenerse a leer con atención este texto del Deuteronomio. ‘Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar…’

Escuchar y cumplir para tener vida, para alcanzar aquellos sueños de plenitud que estaban latentes en el corazón del hombre. Ese entrar a tomar posesión de la tierra que el Señor les va a dar es la culminación de un camino hacia la libertad que han realizado en un camino de desierto, pero desde que fueron liberados de la esclavitud de Egipto. Nos habla de esclavitud y de libertad, nos habla de vida y de posesión de una tierra como signo de esa libertad. Y continuará diciéndoles: ‘Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos…’ de manera que todos lo reconocerán. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación’.

Con razón nos dirá Jesús en el sermón del monte, que hoy en parte escuchamos en el evangelio. ‘No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud…’ En Jesús encontramos esa Sabiduría, en Jesús encontramos esa vida porque El ha venido para que tengamos vida y vida en plenitud. Por eso nos dirá en otro momento que El es el camino, y la verdad, y la vida, y quien le sigue alcanzará vida eterna. En Cristo se nos ha revelado la verdad del hombre, como tantas veces nos repetía san Juan Pablo II.

No nos dejemos seducir por tantos cantos de sirena que en el mundo podemos o vamos a encontrar que nos van a decir que cuando han quitado la religión de sus vidas es cuando han encontrado vida porque ahora sin mandamientos ni nada que los coarte hacen solamente lo que les apetece sin que nada ni nadie tenga que decirles cómo han de actuar.

¿Qué es lo que nos encontramos muchas veces? Gentes esclavizados de sus caprichos, de su vanidad o de su amor propio, gente que solo piensa en si mismo y pronto podrán comenzar a avasallar a los demás tratando de imponer sus criterios, su modo de vida; nos encontraremos una nueva esclavitud cuando con tanta ligereza no siempre respetemos la dignidad de las personas, de toda persona, sea quien sea y venga de donde venga. Algunos te dirán que abandonaron la religión para ser más libres pero son personas que nunca tampoco vivieron una verdadera religión, nunca supieron encontrar ese sentido de Dios en sus vidas, gentes que aunque algunas veces se llamaran cristianos o hicieran algunos actos de culto realmente ya estaban viviendo sus vidas sin Dios.

Aunque nos duela en el corazón respetamos sus opciones y sus decisiones porque respetamos su libertad, como queremos también que los demás respeten nuestro camino, y no nos vamos a dejar convencer. Es para nosotros un acicate y un reto para ahondar más en nuestra fe, en el conocimiento de Dios y de lo que es su voluntad, para profundizar en el evangelio y de verdad querer hacer un camino de vida cristiana. Este tiempo de Cuaresma que estamos recorriendo es una llamada a la que tenemos que saber dar respuesta para de verdad llegar a la Pascua y haya de verdad paso de Dios por nuestra vida.

martes, 16 de enero de 2024

Encontremos el verdadero sentido de nuestro vivir, descubramos la sabiduría para saber hacer, saber encontrar y saber saborear la vida en toda su dignidad

 


Encontremos el verdadero sentido de nuestro vivir, descubramos la sabiduría para saber hacer, saber encontrar y saber saborear la vida en toda su dignidad

1Samuel 16, 1-13; Sal 88; Marcos 2, 23-28

Unos raíles, es cierto, que nos valen para que el ferrocarril no se salga de su camino, de la vía y pueda llegar a término; pero está constreñido a ese corto espacio que medio entre los raíles y de ahí se puede salir; un camino abierto en el campo es más amplio, y te permitirá moverte con mayor libertad mientras cuides no salirte de sus límites para evitar la caída por los precipicios.

Son imágenes, es cierto, que nos valen y nos ayudan en cierto modo para entender el camino de la vida que tenemos que hacer, pero la vida es algo más que un camino constreñido por unos límites, porque vivir es también la libertad, donde nos hacemos el camino, aunque tenemos que saber donde están los peligros que nos pueden dañar; serán quizás unas señales que nos ayuden a encontrar la dirección dentro de esa libertad de movimientos que es el vivir, y que nos harán evitar también los peligros, pero dependiendo de nosotros mismos que tomemos las decisiones más acertadas para no perder el rumbo de ese camino. Porque ya lo importante somos nosotros con nuestras decisiones, con nuestra libertad, con nuestra inteligencia que nos ayude a discernir lo que es bueno, lo que me va a ayudar a vivir la vida en la mayor plenitud.

¿Necesitaremos cauces que encarrilen la vida? ¿Necesitaremos señales que incluso puedan poner límites? Pero necesitamos fundamentalmente el discernimiento de la persona que busca y que elige, que se enamora de lo bello y de lo bueno y sin confundirse escogerá siempre lo mejor. Es la grandeza de la persona, es su valor, es su propia dignidad, descubriendo, repito sin confundirnos, esa semilla de belleza y de verdad que llevamos en el corazón. Es la sabiduría de la vida.

Sí, tener esa sabiduría para saber vivir. No podemos vernos restringidos solamente por unas normas que se nos imponen, no siendo capaces de aprender a vivir en libertad. Pero si tenemos que saber escuchar aquello que nos enseña cual es el camino para saber actuar por nosotros mismos, aunque eso se nos haga difícil en ocasiones. Cuando la vida la convertimos en el cumplimiento ciego de unas normas terminando no siendo nosotros mismos los que actuamos y nuestro único merito sería, si es que lo podemos llamar mérito, para cumplir ciegamente eso que parece que nos viene como una imposición.

Tenemos, pues, que entender bien el sentido de unos mandamientos para poder saber actuar con sabiduría en todo momento encontrando esa ayuda que nos señala cauces, pero que al mismo tiempo nos deja actuar con libertad, que es un don que Dios también ha puesto en el corazón del hombre.

Es lo que nos está proponiendo Jesús en el evangelio. Parece como si fuera solamente una lucha rebelde contra todo lo que fuera la imposición de las miles de normas con que habían llenado sus vidas los israelitas, y el actuar con conciencia de libertad, pero también como con una ofrenda de amor que hacemos con nuestra vida para encontrar ese camino que nos conduzca a mayor plenitud como personas.

Hoy se nos habla en el evangelio de unos preceptos que habían ido acrecentándose alrededor de los mandamientos del Señor y que venían a constreñir la vida de los creyentes de manera incluso que no llegaban a encontrarle un sabor agradable a la vida. Es un detalle que pudiera parecer insignificante, pero que expresa ese cinturón que de alguna manera envolvía a la persona impidiéndole incluso llegar a ser ella misma. No podían coger ni unos granos de trigo mientras caminaban un sábado por medio de los sembrados porque unas normas que se habían impuesto se lo impedían porque así podría parecer que eran infieles a Dios. Y Jesús les dice que no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre. Es necesario, sí, el descanso, pero es necesario cuidar todo lo que signifique la dignidad de la persona.

Vivamos y vivamos con dignidad, disfrutemos del vivir pero sin dañar nunca la dignidad de la persona; encontremos el verdadero sentido de nuestro vivir, descubramos la sabiduría para saber hacer, saber encontrar y saber saborear la vida en toda su dignidad. Y claro nos miramos a nosotros, pero miramos y cuidamos también la dignidad de los que nos rodean.

domingo, 22 de octubre de 2023

Dar a Dios lo que es de Dios, o lo que es lo mismo respetar, valorar, engrandecer la dignidad de la persona, de toda persona, en ellos estamos viendo la imagen de Dios

 


Dar a Dios lo que es de Dios, o lo que es lo mismo respetar, valorar, engrandecer la dignidad de la persona, de toda persona, en ellos estamos viendo la imagen de Dios

Isaías 45, 1. 4-6; Sal 95; 1Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21

Hay gente que le gusta poner en apuros a los demás; parece que son especialistas en preguntas de doble sentido, muchas veces con aviesas intenciones queriéndonos hacer decir lo que nosotros no queremos decir; luego vendrán las interpretaciones, los juicios, las cosas que confunden. De todas maneras la vida misma nos pone muchas veces en la encrucijada. ¿Qué tenemos que hacer en cada momento? ¿Qué es lo más correcto? Viéndonos envueltos en tantas cosas confusas, ¿cómo tenemos que reaccionar? ¿Cómo tenemos que actuar?

Vivimos en medio de una sociedad, ese mundo en el que vivimos, las tendencias de muchos van por una parte que a nosotros no nos terminan de convencer, pero nos vemos envueltos por mayorías que opinan o piensan de manera distinta a nosotros, ¿qué hacemos? ¿Nos acomodamos? ¿Nos dejamos arrastrar cobardemente por no enfrentarnos?

Hoy escuchamos decir con frecuencia de hacer lo políticamente correcto, para no ponernos en contradicción con nadie; es una tentación cuando nos sentimos débiles e indefensos. Pero, ¿dónde están nuestros principios, nuestros valores? Vendemos lo que sea por un plato de lentejas. Tenemos que buscar seguridades, tenemos que fundamentar bien nuestra vida, ponerle buenos cimientos, para que esos vientos y huracanes no nos arrastren y terminen por arrasarnos. Ya Jesús nos lo repetirá en el evangelio, aunque nosotros en nuestra debilidad y muchas veces también en nuestra cobardía, no sabemos bien ni donde estamos.

Con frecuencia vemos que vienen a Jesús con preguntas capciosas. Hoy nos encontramos en el evangelio una de esas preguntas. En cierto modo es un dilema serio el que le están planteando a Jesús. Y saben entrar con mucha astucia, y podríamos decir también, con mucha diplomacia. ‘Sabemos que eres veraz, que eres sincero’. De alguna manera es un reconocimiento de la personalidad de Jesús, lo que sucede es que la frase está dicha con cierto veneno.

Y con esa veracidad, con esa sinceridad Jesús responde. Ojalá nosotros en la vida siempre fuéramos así de sinceros, de veraces, de íntegros en nuestro actuar y en nuestro decir. Lo que le plantean a Jesús pudiera parecer que tiene cierta connotación política, pero en al ambiente judío tenía también sus resonancias religiosas. Para un buen judío el único impuesto que en su conciencia podía aceptar eran los diezmos y primicias que se ofrecían en el templo. Un pueblo teocrático que todo lo centraba en Dios, era ese el camino de su contribución.

Pero ahora vivían sometidos a la autoridad de Roma, y como todo  pueblo dominado tenían que pagar sus impuestos al pueblo dominador, en este caso a Roma. De mala gana lo aceptaban. Por eso consideraban como unos colaboracionistas a los encargados de cobrar los impuestos, a los que además por la usura con la que actuaban en todo lo referente al dinero porque al mismo tiempo se convertían en prestamistas para los que tuvieran necesidad de dinero, los consideraban unos pecadores, publicanos los llamaban, como tantas veces hemos visto a lo largo del evangelio.

La pregunta que le plantean a Jesús va por ese camino. ¿Es lícito o no pagar los impuestos al Cesar? La pregunta en las dos posibles respuestas que ellos podían esperar tenía su veneno. Siempre podía quedar mal Jesús, si justificaba sin razón los impuestos, o si se oponía a ello con lo que se iba a encontrar las autoridades romanas en su contra. Pero la sabiduría de Jesús es mayor que la que ellos pueden imaginar. Pregunta que le enseñen la moneda de curso legal y pregunta que es lo que se representa en esa moneda, cual es la imagen que aparece. Era normal que si era moneda romana fuera la figura del César y es lo que no les queda más remedio que reconocer. ‘Pues dad al César lo que es del César, pero dar a Dios lo que es de Dios’.

¿Y qué es lo que es de Dios? ¿Dónde encontramos esa imagen de Dios que nos manifiesta su grandeza y su señorío? Es el hombre la verdadera imagen de Dios, hecho a su imagen y semejanza como lo manifiestan ya las primeras páginas de la Biblia y donde encontramos la verdadera antropología con sentido cristiano. Es lo que Jesús nos viene a revelar, pero también a purificar y a engrandecer. Con nuestro pecado hemos mancillado esa imagen de Dios en el hombre y Cristo viene a redimirnos. Hemos arruinado nuestra vida y Cristo viene a hacer una verdadera restauración que además nos engrandece, porque somos de tal manera hechos a imagen de Dios que nos quiere hacer sus hijos. ‘A los que creen en su nombre les da poder ser hijos de Dios’, como se nos dice al principio del Evangelio de san Juan.

Tendremos, es cierto, que dar al César lo que es del César, tendremos que trabajar por ese mundo en el que vivimos porque además sabemos que Dios lo ha puesto en nuestra manos para que continuemos con nuestro desarrollo su obra creadora; pero tenemos que trabajar por la dignidad del hombre, de la persona, porque así es como estaremos dando gloria a Dios.

No podemos permitir que nuestra dignidad sea mancillada, no podemos permitir la destrucción de la persona, pero seguimos en un mundo donde no se termina de respetar la dignidad de toda persona; seguimos con esclavitudes y con discriminaciones, seguimos con violencias y con muerte, seguimos con nuestra injusticia queriendo aprovecharnos de los demás y mancillando su dignidad, seguimos destruyéndonos cuando incluso destruimos el mundo en el que vivimos y no todos pueden alcanzar igual dignidad.

He ahí nuestra tarea, dar a Dios lo que es de Dios, o lo que es lo mismo respetar, valorar, engrandecer la dignidad de la persona, de toda persona, porque en ellos estamos viendo la imagen de Dios, porque en ellos tenemos que ver unos hijos de Dios a los que Dios ama, y por eso tenemos que amarlos nosotros también.

lunes, 11 de septiembre de 2023

Tengamos siempre en cuenta por encima de todo la dignidad de toda persona, sea quien sea, haya hecho lo que haya hecho y venga de donde venga

 


Tengamos siempre en cuenta por encima de todo la dignidad de toda persona, sea quien sea, haya hecho lo que haya hecho y venga de donde venga

Colosenses, 1, 24-2, 3; Sal 61; Lucas 6,6-1

Si ante un grupo de personas hiciéramos la pregunta ¿qué es lo más importante para ti? seguramente recibiremos un variado repertorio de respuestas, seguramente muchas de ellas muy originales; nos hablarán de la felicidad y de la vida, nos hablarán de las cosas que desean poseer o de algo muy importante que guarden en su corazón, no hablarán de la familia y de la amistad, nos hablarán de riquezas o nos hablarán del amor... Muchas pueden ser las respuestas; seguramente todos con el deseo de ser lo más felices posible. Pero quiero que de alguna manera quede ahí en nuestra mente esa pregunta, para que nos definamos de verdad en lo que ponemos nuestra esperanza, por aquello que queremos luchar, lo que en verdad consideramos primordial, aquello en lo que ponemos la vida.

Vivimos muchas veces como encorsetados, normas que nos imponemos o que nos impone la sociedad, influencias que recibimos de las que no siempre sabemos liberarnos, agobios que podemos sentir en nuestro interior ante los problemas a los que nos enfrentamos cada día, presiones de un lado y de otro, ofertas de felicidad que recibimos desde todos los lados y desde los más variados sentidos de la vida, ¿seremos en verdad libres? ¿tendremos unos principios y unos valores por los que luchamos? ¿llegaremos a alcanzar esa felicidad que tanto deseamos? ¿a qué le damos importancia, a las cosas o a las personas? Aunque tanto hablamos de la dignidad de la persona, de los derechos humanos haciendo grandes proclamaciones, en verdad ¿respetamos la dignidad de toda persona o andaremos con discriminaciones?

Quizás son muchas las preguntas que me voy haciendo, pero creo que es necesario que afrontemos la realidad que muchas veces es muy cruda. Nos cuesta. Muchas veces preferimos soñar antes que actuar. Podemos también caer en palabras huecas y vacías que no nos lleven a encontrar una verdadera respuesta. pueden ser también muchas las cosas que nos inquietan en nuestro interior, pero si no nos ponemos a pensar, a planteárselo y a buscar respuestas, siempre andaremos en lo mismo. No podemos andar como adormilados por la vida. No nos podemos cegar.

Quiero seguir planteándome qué lugar e importancia le damos a la persona. Podemos pensar en nuestra propia dignidad, cómo la vivimos o lo que nos cuesta para vivir en toda dignidad como personas, y no estoy refiriéndome solo a las carencias o no carencias de orden material que podamos tener, sino a algo más hondo que es lo que nos hace mantener nuestra dignidad con el cuidado de nuestra personalidad, con el crecimiento de verdaderos valores que contribuyan a mantener esa dignidad.

Pero estoy pensando en cómo salvaguardamos la dignidad de toda persona. Porque cuando toca respetar la dignidad de las demás personas, podríamos estar recibiendo muchas influencias negativas, naciendo de prejuicios, de costumbres, de normas de comportamiento, de racimos incluso que pudieran andar encubiertos en muchas actitudes y posturas de lo que vemos alrededor. Porque ese es una mala persona, dicen algunos, y no merece nada; porque si miramos su pasado aunque ahora se presente con buena cara, ya no pensaríamos lo mismo; porque es de aquí o de allí y aquí pueden añadir toda clase de discriminaciones, y así podríamos seguir. pero, ¿no es una persona? ¿No merece, por tanto, siempre el respeto a su dignidad sea lo que sea, haya hecho lo que haya hecho, tenga o no tenga no sé qué limitaciones o dependencias?

Podéis estar pensando quien está siguiendo esta reflexión, a qué viene todo esto. Primero que miro la realidad que nos rodea y no siempre es tan bonita como queremos aparentar a pesar de tan hermosas declaraciones que podamos hacer, pero me lo estoy haciendo también fijándome en un solo gesto que se nos ofrece hoy en el evangelio.

Era sábado, estaban en la sinagoga, esperaban a Jesus y estaban al acecho de lo que pudiera hacer o decir, como pasaba tantas veces, hay allí un hombre con una limitación en sus manos, todos están pendientes de lo que pudiera pasar, cada uno con sus prejuicios, cada uno con sus influencias, cada uno cargando con las normas que le imponía aquella sociedad en la que viven. Sabiendo Jesus quienes le están rodeando con sus pensamientos y con sus intenciones comienza con un solo gesto. Puso de pie allí en medio aquel hombre con su mano impedida. Era necesario que todos lo miraran.

¿Qué podía estar pasando por la mente de todas aquellas personas? Pero Jesus quiere que miren cara a cara a aquel hombre. Y solo se pregunta Jesús qué es lo que se puede hacer un sábado. ¿Se puede hacer el bien de liberar a aquel hombre de su limitación y dependencia o era mejor dejarlo como estaba porque predominaban las normas por encima del valor de la persona? Ya sabemos y entendemos la actitud y la postura de Jesus. Ya nos está diciendo por dónde deben ir nuestros valores. Creo que no es necesario decir mucho más sino que cada uno saque sus consecuencias en su interior.