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viernes, 17 de julio de 2026

Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

 


Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Is 38, 10. 11. 12abcd. 16Bcd; Mateo 12, 1-8

Es normal que en la sociedad compleja en la que vivimos la propia sociedad se organice para facilitar la convivencia entre todos y tengamos unas costumbres garantizadas, por así decirlo, desde la experiencia de lo vivido y lo que en determinado momento surgió como la mejor forma de convivencia que es lo que heredamos como unas tradiciones o unas costumbres, pero al mismo tiempo esa sociedad se vaya dando normas, preceptos o leyes como queramos llamarlos que nos garanticen esa paz y armonía entre todos para actuar además de la forma más justa. Pero tendríamos que decir que tanto unas cosas cosas como otras siempre han de procurar el bien de la persona, porque lo importante no es la ley o la norma en si misma sino la persona a la que tenemos que salvaguardar toda su dignidad.

En un pueblo y una sociedad teocrática como era la judía en su conciencia consideraban que las leyes venían de Dios, que había inspirado a unos hombres justos como Moisés o luego los profetas que fueron los que marcaron el camino de fidelidad que habían de vivir, que en ellos estaba siempre la conciencia de su relación con Dios. La Biblia en todo el Antiguo Testamento es fiel reflejo de ello. Pero como sucede en toda sociedad y según la inspiración del momento normas que querían, por ejemplo cuidar la salud de las personas, se fueron agregando dándole también ese valor y sentido sacro. Lo que buscaba el bien de la persona como era la obligación del descanso semanal se convirtió luego en una rigidez tan intensa que llegaba a contar los pasos que se podían dar en el día del descanso.

Es lo que nos está reflejando el incidente que provoca aquella reacción de los fariseos que se quejan de que los discípulos de Jesús no guardan el sábado. Caminando entre sembrados sienten hambre los discípulos y de forma espontanea cogen algunas espigas que llevarse a la boca para calmar aquella sensación que sentían en sus estómagos. Para los fariseos aquello era como segar y en consecuencia un trabajo que no se podía realizar el sábado. ¿Qué era lo importante, la rigidez de la norma o el gesto humano de echarse algo a la boca para calmar la fatiga del camino?

Ya hemos escuchado como reacciona y les lleva la contraria Jesús terminando con esa hermosa sentencia extraída también de la misma Escritura. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’. Algo que tenemos que grabar muy bien en nuestro corazón y que tendríamos que reflejar en unas actitudes nuevas en nuestra vida.

¿Será en verdad la misericordia lo que marca la pauta de nuestros comportamientos y de nuestras actitudes, de nuestra manera de mirar a los demás y lo que tendría que llevarnos a una convivencia de amor con todos sin distinción? Sí, es una nueva manera de mirar, de comprender, de escuchar y de atender para no quedarnos nunca en la primera impresión, para no quedarnos en el juicio previo – prejuicio - que siempre llevamos por delante, para darnos cuenta de que tras ese rostro que contemplamos que nos pudiera parecer inexpresivo hay una historia, puede haber un sufrimiento y muchas amarguras, pueden estar otras personas, están seguro también unas ilusiones y unas esperanzas de futuro, está toda una vida en lo recorrido ya y en lo que aun está por construir.

Detengámonos a mirar sin juzgar, escuchemos esos signos o señales que en mil detalles puedan estar lanzándonos, dejemos de ir con nuestras prisas o solo con nuestras personales preocupaciones que es como solemos ir siempre corriendo por la vida. Y eso lo podremos hacer si ponemos misericordia en el corazón; dejemos aflorar esa ternura interior, seamos capaces de abrir las puertas de nuestro corazón para que fluya esa ternura, pero también para que en él tengan cobijo y acogida tantos que están ansiosos de escucha y de amistad. Pongamos siempre a la persona por encima de todo.

sábado, 7 de septiembre de 2024

Busquemos el bien de la persona dejando fluir la misericordia y la compasión como suavizante que facilite las relaciones para una verdadera humanidad

 


Busquemos el bien de la persona dejando fluir la misericordia y la compasión como suavizante que facilite las relaciones para una verdadera humanidad

1Corintios 4, 6b-15; Salmo 144; Lucas 6, 1-5

No dejamos que el agua corra montaña abajo buscando su propio camino porque todo lo arrasaría a su paso y de nada nos serviría la fuente de la que nace o la lluvia que nos la hace caer de las nubes; tratamos de encauzarla, buscarle cauces, para poder mejor aprovecharla y a todos nos beneficie; es cierto que la naturaleza en su mismo ha ido creando unos cauces, llamémoslos barrancos por las que circulan esos arroyos, o finalmente ríos que van fecundando con su humedad los campos por los que cruzan; luego nuestra inteligencia y nuestro buen hacer han ido creando esos cauces que nos la transporten para nuestro consumo humano y para todos los beneficios que pueda producir en la naturaleza.

Así ha sido también el transcurrir de la humanidad; nuestra convivencia ha ido creando unos cauces también, llamémosla normas de conducta o códigos éticos, que encauzan toda la actividad humana para lograr también entre la humanidad esa armonía de la que nos es ejemplo la propia naturaleza. Nos vamos imponiendo unas normas o unas leyes que vengan a facilitar ese entendimiento y esa buena convivencia queriendo basarnos en el respeto y la valoración de la persona, que será siempre lo importante. No es rigidez que nos imponemos desde el capricho sino desde un mutuo consentimiento buscando siempre por encima de todo el bien de la persona. Ninguna de esas normas que nos impongamos para nuestra mejor convivencia puede ir nunca en contra del bien de la persona.

Sin embargo, sabemos también que muchas veces nos volvemos exigentes y hasta tratamos de imponernos los unos a los otros, no porque pongamos el bien de la persona por encima de todo, sino que da la impresión que la norma es la que está por encima, dándole una sacralidad  que al final nos convierte en esclavos de esa norma o de esa ley. ¿Por qué hay que hacer esto? Quizás nos preguntamos y simplemente respondemos porque lo dice la ley. Pobre razonamiento que nos damos que le hace perder su sentido más genuino.

Y es una tentación que hemos tenido en todos los tiempos, pero que también podemos seguirla sufriendo hoy, cuando incluso tratamos de imponer una forma de ver la vida desde una ideología o desde una forma de pensamiento muy personal, que olvida cual es el verdadero sentido que siempre ha de tener toda norma de convivencia. Cuánto necesitamos suavizar los engranajes de nuestra vida para que no chirríen nuestros encuentros.

Y vemos en el evangelio que le plantean algunas cosas en este sentido. Está por una parte, por ejemplo del ayuno al que se sometían los discípulos de Juan o de los fariseos, mientras Jesús no es eso lo que le está pidiendo a sus discípulos. Pero viene también el otro planteamiento en torno a lo que era el descanso sabático; algo que se había de alguna manera impuesto en la ley de Moisés para que no olvidaran nunca el culto que debían de darle a Yahvé a quien habían de reconocer como el único Dios y Señor de sus vidas, y que también una forma de respetar y valorar la vida de las personas a las que también había de dársele un necesario descanso en medio de sus tareas.

¿Qué tenía que ser lo importante? Por una parte el reconocimiento del Señorío de Dios sobre todas las criaturas, es nuestro Hacedor y Creador, pero también el valor y el respeto de la dignidad de toda persona que merecía y necesitaba también su descanso. Pero aquello, olvidando su sentido más genuino, se había convertido en una norma implacable de extrema rigidez de manera que pareciera que ya no se pudiera ni ayudar a una persona que lo necesitara. Recordamos como los fariseos estaban muy atentos a ver si Jesús curaba en sábado, o como echaban en cara al paralítico que había sido curado un sábado porque cargara su camilla de regreso a su casa.

Jesús viene a recordarles que el bien de la persona estará siempre por encima de todo, y por el cumplimiento escrupuloso y riguroso de la ley no se podía dejar de ayudar a quien lo necesitara o dar de comer al hambriento aunque fueran los panes que estaban sobre el altar como ofrendas al Señor.

¿Buscaremos siempre el bien de la persona, dejando fluir la misericordia y la compasión, como el mejor suavizante que facilite las mutuas relaciones  y haga verdaderamente humano nuestro trato con los demás?

martes, 16 de enero de 2024

Encontremos el verdadero sentido de nuestro vivir, descubramos la sabiduría para saber hacer, saber encontrar y saber saborear la vida en toda su dignidad

 


Encontremos el verdadero sentido de nuestro vivir, descubramos la sabiduría para saber hacer, saber encontrar y saber saborear la vida en toda su dignidad

1Samuel 16, 1-13; Sal 88; Marcos 2, 23-28

Unos raíles, es cierto, que nos valen para que el ferrocarril no se salga de su camino, de la vía y pueda llegar a término; pero está constreñido a ese corto espacio que medio entre los raíles y de ahí se puede salir; un camino abierto en el campo es más amplio, y te permitirá moverte con mayor libertad mientras cuides no salirte de sus límites para evitar la caída por los precipicios.

Son imágenes, es cierto, que nos valen y nos ayudan en cierto modo para entender el camino de la vida que tenemos que hacer, pero la vida es algo más que un camino constreñido por unos límites, porque vivir es también la libertad, donde nos hacemos el camino, aunque tenemos que saber donde están los peligros que nos pueden dañar; serán quizás unas señales que nos ayuden a encontrar la dirección dentro de esa libertad de movimientos que es el vivir, y que nos harán evitar también los peligros, pero dependiendo de nosotros mismos que tomemos las decisiones más acertadas para no perder el rumbo de ese camino. Porque ya lo importante somos nosotros con nuestras decisiones, con nuestra libertad, con nuestra inteligencia que nos ayude a discernir lo que es bueno, lo que me va a ayudar a vivir la vida en la mayor plenitud.

¿Necesitaremos cauces que encarrilen la vida? ¿Necesitaremos señales que incluso puedan poner límites? Pero necesitamos fundamentalmente el discernimiento de la persona que busca y que elige, que se enamora de lo bello y de lo bueno y sin confundirse escogerá siempre lo mejor. Es la grandeza de la persona, es su valor, es su propia dignidad, descubriendo, repito sin confundirnos, esa semilla de belleza y de verdad que llevamos en el corazón. Es la sabiduría de la vida.

Sí, tener esa sabiduría para saber vivir. No podemos vernos restringidos solamente por unas normas que se nos imponen, no siendo capaces de aprender a vivir en libertad. Pero si tenemos que saber escuchar aquello que nos enseña cual es el camino para saber actuar por nosotros mismos, aunque eso se nos haga difícil en ocasiones. Cuando la vida la convertimos en el cumplimiento ciego de unas normas terminando no siendo nosotros mismos los que actuamos y nuestro único merito sería, si es que lo podemos llamar mérito, para cumplir ciegamente eso que parece que nos viene como una imposición.

Tenemos, pues, que entender bien el sentido de unos mandamientos para poder saber actuar con sabiduría en todo momento encontrando esa ayuda que nos señala cauces, pero que al mismo tiempo nos deja actuar con libertad, que es un don que Dios también ha puesto en el corazón del hombre.

Es lo que nos está proponiendo Jesús en el evangelio. Parece como si fuera solamente una lucha rebelde contra todo lo que fuera la imposición de las miles de normas con que habían llenado sus vidas los israelitas, y el actuar con conciencia de libertad, pero también como con una ofrenda de amor que hacemos con nuestra vida para encontrar ese camino que nos conduzca a mayor plenitud como personas.

Hoy se nos habla en el evangelio de unos preceptos que habían ido acrecentándose alrededor de los mandamientos del Señor y que venían a constreñir la vida de los creyentes de manera incluso que no llegaban a encontrarle un sabor agradable a la vida. Es un detalle que pudiera parecer insignificante, pero que expresa ese cinturón que de alguna manera envolvía a la persona impidiéndole incluso llegar a ser ella misma. No podían coger ni unos granos de trigo mientras caminaban un sábado por medio de los sembrados porque unas normas que se habían impuesto se lo impedían porque así podría parecer que eran infieles a Dios. Y Jesús les dice que no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre. Es necesario, sí, el descanso, pero es necesario cuidar todo lo que signifique la dignidad de la persona.

Vivamos y vivamos con dignidad, disfrutemos del vivir pero sin dañar nunca la dignidad de la persona; encontremos el verdadero sentido de nuestro vivir, descubramos la sabiduría para saber hacer, saber encontrar y saber saborear la vida en toda su dignidad. Y claro nos miramos a nosotros, pero miramos y cuidamos también la dignidad de los que nos rodean.

sábado, 9 de septiembre de 2023

Muchas cosas tenemos que desbrozar en nuestra vida y en nuestra forma de expresar nuestra religiosidad porque tenemos el peligro de ocultar el verdadero sentido del evangelio



 Muchas cosas tenemos que desbrozar en nuestra vida y en nuestra forma de expresar nuestra religiosidad porque tenemos el peligro de ocultar el verdadero sentido del evangelio

Colosenses 1, 21-23; Sal 53; Lucas 6, 1-5

He venido observando en las últimas semanas el interesante trabajo que han venido realizando poco a poco en lo que hace unos años era un hermoso huerto con sus viñas y con sus árboles frutales que lo convertían casi como un jardín junto a la casa en que se situaba; pero con el paso de los años, porque los sucesivos propietarios de tal casa y terreno fueron plantando diversos árboles y enredaderas a su capricho creyendo que lo embellecían, poco a poco se fue convirtiendo en una maraña de enredaderas y árboles sin orden ni concierto que lo volvieron impenetrable e intransitable; ahora con la tarea de desbroce que están realizando está recobrando su primigenia belleza haciéndolo un lugar verdaderamente confortable.

Me ha hecho pensar. ¿Necesitaremos de vez en cuando realizar en la vida esa tarea de desbroce para ir eliminando tantas cosas que se vuelven inservibles, más aún, nos hacen poco confortable la vida? Cuántas cosas vamos acumulando. Y ya no quiero referirme solamente a tal cantidad de cachivaches con que vamos llenando nuestros hogares o los lugares donde hacemos nuestra vida ordinaria - analiza todas esas cosas que vas guardando en tu habitación o en tu casa, la mayor parte inservibles o de poca utilidad pero que van ocupando nuestros espacios y restándonos incluso comodidad a nuestras vidas -, pero quiero pensar en tantas cosas que guardamos dentro de nosotros, recuerdos muchas veces que nos amargan, que merman nuestra felicidad cuando mantenemos rencores en el alma, apegos de los que parece que no podemos desprendernos con tantas dependencias que nos vamos creando en la vida.

Pero haciéndome esta reflexión tras la lectura del evangelio de hoy, en que aquellos fariseos vinieron a reprocharle a Jesus porque sus discípulos habían estrujado unos espigas a su paso por el campo para echarse unos granos a la boca, cuando era un sábado y no se podía realizar ningún trabajo, me lleva a hacerme también muchas preguntas. Jesus viene a hacerles caer en la cuenta que ese campo de su religiosidad, de sus costumbres y leyes judías que se habían llenado de normas y preceptos mucho más allá de lo que estaba señalado en la Escritura santo como mandamientos de Dios, necesitaban un desbroce, porque muchas cosas se habían acumulado que le quitaba brillo a lo que era la verdadera ley del Señor.

Y las preguntas se dirigen a nuestra manera de vivir nuestra piedad religiosa, en las cosas de las que nos hemos rodeado los cristianos para manifestar y expresar nuestra fe, incluso, ¿porqué no? en nuestros ritos y celebraciones de todo tipo en el orden popular o incluso en muchas celebraciones que tenemos en nuestros templos, que de alguna manera pudieran oscurecer lo que tendría que ser nuestra auténtica relación con Dios, nuestro verdadero sentido religioso. ¿No quedará muchas veces oscurecida nuestra liturgia, nuestra celebración de la Eucaristía y de cada uno de los sacramentos, con tantas cosas que las que queremos adornar nuestras celebraciones porque decimos que así parecen más bonitas? Y no digamos nada de tantos actos piadosos y devocionales con los que llenamos nuestros tiempos en el templo, que pudieran hacer que no llegaramos a valorar la auténtica presencia de Dios en nuestra vida.

En tantas partes veo el resurgir de tantas novenas, de tantas y tantas fiestas de santos que muchas veces están alejadas incluso de lo que fue el sentido de la vida de esos santos, de tantas y tantas advocaciones piadosas que pudieran empañar lo que es verdaderamente la salvación que Dios en Jesucristo ha querido ofrecernos.

¿Dónde está el evangelio? ¿Dónde está el verdadero espiritu del evangelio en muchas de todas devociones de las que nos están rodeando? Si todo eso que hacemos no nos lleva al evangelio de Jesus, yo diría que estamos dando palos de ciego; si le damos más importancias a las velas que encendemos o a las flores con que adornemos nuestros altares para que queden muy bonitos, que al espiritu del evangelio que nos hace humildes, que nos hace servidores de los demás, que nos lleva al perdón en todo momento y ser capaces siempre de mostrar misericordia con los demás, lejos estamos del evangelio, lejos estamos de Jesus, tenemos que reconocer.

¿No habrá muchas cosas que desbrozar? Juzgamos y condenamos a los fariseos por todas las normas que se habían impuesto y porque le vinieron a decir a Jesus que los discípulos habían estrujado unas espigas porque iban hambrientos por el camino, pero ¿y qué estamos haciendo nosotros?


miércoles, 8 de junio de 2022

Levantemos el vuelo sin miedo y busquemos esa plenitud que solo en Jesús podremos encontrar que en verdad nos haga grandes en la vida

 


Levantemos el vuelo sin miedo y busquemos esa plenitud que solo en Jesús podremos encontrar que en verdad nos haga grandes en la vida

1Reyes 18, 20-39; Sal 15; Mateo 5, 17-19

Nos encontramos muchas veces inmersos en una sociedad en la que damos la impresión que no sabemos ni lo que queremos; entre aquellos que aman tanto la libertad que no quieren aceptar ninguna norma ni ninguna ley que rija esa sociedad porque dicen que se les coarta su libertad cuando se trata de imponer normas, leyes o reglas que rijan esa sociedad y por otra parte lo que quieren tenerlo todo tan medido y tan calculado que nos atiborran a normas, reglamentos, protocolos como ahora se dicen y no se cuantas cosas más. Algunas veces no terminamos de entender lo que sucede en nuestra sociedad, que es lo que realmente se quiere.

Algunos quieren una revolución en la que se supriman todas las leyes y normas mientras otros tratan de imponerse desde su poder; claro que necesitamos unas leyes, mandatos o como queramos llamarlos que sean como el cauce por donde discurra la vida de todos y a todos se les garantice su libertad pero el poder también vivir con toda dignidad desde el respeto que nos tengamos unos a otros.

Muchos radicalismos en esos sentidos que hemos mencionado nos encontramos hoy, o muchas revoluciones que pretenden acabar con todo orden instituido, porque todo tendría que ajustarse a sus particulares intereses, porque ya muchas veces no son ideas sobre el sentido de una sociedad, sino intereses muy individualistas. ¿Dónde vamos a encontrar un sentido para todo esto? ¿Dónde vamos a encontrar aquello que pueda elevar de la mejor manera la dignidad de toda persona y ayudarla así también a que consiga su felicidad?

Estas cosas que nos suceden hoy, son cosas que de una forma o de otra se repiten a lo largo de la historia. Siempre había quien no buscaba sino revoluciones, siempre había quien lo rechazaba todo, siempre estaban los disconformes pero que sus caminos muchas veces eran los de la destrucción, en lugar de construir.

No eran tiempos fáciles los de la época de Jesús; por una parte estaban disconformes con el estar bajo el yugo de los romanos que los dominaban e imponían sus leyes y sus costumbres, pero en medio del pueblo sencillo había también que no soportaba la ley de Moisés, razón de ser de aquel pueblo, pero sobre todo de cómo se le habían ido agregando normas y normas que hacen interminables las listas de preceptos a los que habían someterse. Por allí andaban los fariseos con la aplicación de la ley a su manera y como maestros de la ley en medio del pueblo los llenaban de normas y preceptos.

Por eso lo que escuchamos hoy a Jesús en el evangelio, que forma parte del sermón programático, que podríamos llamar, del monte, viene a ser como una respuesta a lo que muchos pedía. ‘No he venido a abolir la ley y los profetas’, les dice claramente. Cuando surge Jesús como profeta de Nazaret en medio del pueblo, con su nueva forma de presentarnos las cosas, de hablar del Reino de Dios, se había despertado una esperanza en medio de aquel resto de Israel.

No se presentaba Jesús como un maestro de la ley a la manera que estaban acostumbrados, no se ponía del lado ni de los fariseos ni de los saduceos que eran los dos grupos más dominantes, como tampoco formaba parte del grupo de los Zelotas tan revolucionarios contra los romanos, aunque algunos hubiera entre sus discípulos. Era una esperanza nueva y bonita la que se estaba despertando, pero que también podría hacer surgir la inquietud de renovarlo todo pero revocando y aboliendo todo lo anterior.


Y es a lo que viene a dar respuesta Jesús. El lo que quiere es una plenitud para el hombre y la mujer que caminan sobre la tierra, una plenitud que engrandezca a la persona, una plenitud que dé un sentido hondo a la vida y cuanto hacemos, una plenitud que abra el espíritu a la trascendencia y lo eleve, una plenitud que le haga encontrarse consigo mismo, pero lo más importante, que lo haga encontrarse de verdad con Dios.

Lo irá desgranando a lo largo de todo el sermón de la montaña, pero a lo largo de todo lo que será esa buena noticia del Evangelio que nos está anunciando el nuevo sentido de plenitud del Reino de Dios.

¿Qué ansiamos nosotros? ¿Buscamos también un camino de plenitud para nuestra vida? ¿Cuáles son los valores que tenemos que buscar para encontrar lo que en verdad nos haga grandes? ¿Seguiremos quizás con nuestros raquitismos o estaremos dispuestos a levantar el vuelo para llevar a vivir todo eso grande que Jesús nos ofrece? Levantemos el vuelo sin miedo y busquemos esa plenitud que solo en Jesús podremos encontrar.

viernes, 20 de agosto de 2021

Jesús nos enseña que busquemos lo que va a dar verdadera grandeza y dignidad a la persona que es el amor, es su mandamiento principal

 


Jesús nos enseña que busquemos lo que va a dar verdadera grandeza y dignidad a la persona que es el amor, es su mandamiento principal

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40

Siempre andamos con la pregunta, qué tenemos que hacer, qué es lo más importante. No sé si es que no somos capaces de dar prioridades, o de encontrarlas, o que algunas veces andamos como mareados entre tantas normas y reglamentos, tantas leyes y tantas prescripciones que terminamos siempre haciéndonos la pregunta.

Hoy es un maestro de la ley el que se acerca a Jesús para hacer esa pregunta sobre lo fundamental. ‘¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?’ El tendría que saberlo, pues era maestro en Israel y su misión era precisamente explicar la ley, pero quizá también se encontrase mareado, como decíamos antes, ante tantas normas y preceptos.

¿Sería del grupo de los fariseos que disfrutaban imponiendo normas y reglamentos sobre lo que tenían que hacer, o hasta donde podían llegar con mil minuciosidades que lo que al final lo que hacían era confundir a todo el mundo? Quizá la influencia de grupos como los de los fariseos lo que hacían era crear confusión de manera que este doctor de la ley así se viera confundido en su interior. Eran centenares y centenares de preceptos e imposiciones que se convertían en una carga pesada. La multiplicidad de normas y preceptos en lugar de ser un cauce fácil para el cumplimiento de la ley del Señor se convertía en algo insoportable.

Jesús responde pronto a la petición, repitiendo textualmente además, lo que estaba escrito en la ley. ‘Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’. Nos deja así un magnífico y breve resumen porque nos habla del amor a Dios pero también del amor al prójimo.

No se entretiene Jesús aquí en explicaciones. Las palabras de la ley del Señor están claras. Somos nosotros ahora los que tenemos que ver cómo expresamos ese amor a Dios y cómo tendrá que reflejarse en la vida; tendremos que ver nosotros qué es lo que entendemos como prójimo y hasta donde vamos a llegar en ese amor al prójimo. Tenemos que amar y amar con toda intensidad; tenemos que amar a Dios como tenemos que amarnos a nosotros mismos, porque si no somos capaces de amarnos a nosotros mismos ¿cuál va a ser el amor que le tengamos a los demás? Es la medida que Jesús nos está poniendo, el cauce de lo que ha de ser nuestro amor.

¿Andaremos nosotros también haciéndonos la misma pregunta de cuál es lo principal? Reconozcamos que tenemos que hacérnosla, porque no sé si siempre estaremos buscando para cumplir lo que es lo principal. Y es que cuando vamos buscando cumplimientos es que vamos buscando cosas que hacer, como quien acumula méritos, como quien busca cosas satisfactorias, como quien está buscando unos protocolos porque sabemos que si no nos salimos de ellos haremos las cosas bien. Pero ¿no nos estaremos quedando en cosas externas o en superficialidades? Como quien se pone ‘guapito’ exteriormente para satisfacer su vanidad, mantener la apariencia y la forma mientras interiormente estamos muy lejos de aquello que queremos representar.

Busquemos lo que va a dar verdadera grandeza a la persona, que es el amor.

miércoles, 14 de octubre de 2020

La vida del seguimiento de Jesús no son unas recetas o unas normas de mínimos que cumplir sino un camino de amor siempre creativo con la libertad del Espíritu

 


La vida del seguimiento de Jesús no son unas recetas o unas normas de mínimos que cumplir sino un camino de amor siempre creativo con la libertad del Espíritu

Gálatas 5, 18-25; Sal 1; Lucas 11, 42-46

‘Me tienes que dar la receta’, habremos escuchado o dicho más de una vez cuando la anfitriona de la casa nos ha ofrecido una comida exquisita que ella misma ha elaborado. Que nos digan como se hace, que nos digan sus ingredientes, que nos digan los pasos que tenemos que dar y nos dirán que si lo hacemos con toda fidelidad nos saldrá a nosotros igualmente bien.

Pero no andamos por caminos culinarios sino con ello quiero expresar un poco o un mucho de lo que hacemos en la vida. ¿Qué tenemos que hacer? y queremos, sí, los detalles de lo que hemos de hacer, o mejor dicho esas cosas mínimas o indispensables para quedarnos contentos. Son actitudes y posturas que fácilmente tenemos en la vida, en que queremos lograr cosas, pero tampoco queremos complicarnos la vida demasiado y es algo así como los mínimos ‘papeles’ que necesitamos para conseguir que nos arreglen determinadas cosas o con las que queremos salir airosos en la vida sin muchas complicaciones.

Pero eso afecta a lo que puedan ser nuestros principios o postulados éticos, y como andamos en los negocios sobre el filo de una navaja para no saltarnos la ley, pero para evitar lo que nos pueda exigir demasiado. Y esto afecta a lo que es nuestra vida cristiana. Cuántas veces en nuestras prácticas religiosas estamos a ver con cuántas avemarías o padrenuestros resolvemos toda nuestra religiosidad.

Y de ahí van surgiendo tradiciones, y normas, y preceptos y reglamentos con los que llenamos la vida, pero que al mismo tiempo la vamos encorsetando y no dejamos que la fuerza del Espíritu actúe en nosotros y caminemos con el espíritu de libertad de los hijos de Dios que se guían por los caminos del amor. Y esto nos sucede hoy y ha sucedido siempre; y esto ha provocada muchas veces la frialdad con que vivimos nuestra vida cristiana y el poco compromiso al que queremos llegar; así aparecen las superficialidades y las apariencias cuando queremos dar la impresión de algo, pero en el fondo quizá no tenemos nada.

Hoy Jesús se lo echa en cara a los fariseos de los que dice que andan muy preocupados por pagar ‘el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de hortalizas, mientras, les dice, pasáis por alto el derecho y el amor de Dios’. Les echa en cara que solo busquen apariencias y honores externos buscando puestos de honor y recibir los saludos de todos en las plazas. Pero al final, ¿qué queda? Como un sepulcro sin lápida que nadie sabe quien está allí enterrado serán olvidados de todos y hasta pisoteados.

Jesús quiere prevenir a los que quieran seguirle. Bien sabemos que muchos cuando se decidían a seguirle también andaban buscando de alguna manera esa ley de mínimos. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ era una pregunta que se repetía, era una actitud que podía estar en lo profundo de los que querían seguirle, por eso Jesús les habla de las exigencias de su seguimiento y que seguirle a El no es ir en búsqueda de esos honores y esos aplausos.

Jesús quiere prevenirnos hoy también a nosotros porque algunas veces podríamos pensar que porque somos cristianos y seguimos a Jesús a nosotros siempre tienen que salirnos las cosas fáciles, nosotros no vamos a tener problemas y dificultades. No es eso lo que nos garantiza Jesús aunque nos dirá que alcanzaremos la vida eterna. Pero nos habla de las exigencias que tiene que haber en nuestra vida en que tenemos que saber también tomar el camino de la cruz, pero nos habla de un sentido nuevo de vivir donde ni buscaremos puestos de honor ni grandezas humanas. Entre nosotros no cabe el estilo del mundo lleno de vanidades y de pedestales; nuestro estilo ha de ser siempre el del servicio y el del amor. Por eso nos dirá que tenemos que aprender a hacernos los últimos y los servidores de todos.

La vida cristiana no son unas recetas donde todo está bien especificado ni unas normas de mínimos que nos contentamos con cumplir. Es un camino de amor, es un camino abierto, es un camino lleno de creatividad como siempre lo es el amor y donde siempre surgirá la iniciativa nueva de cómo mejor servir al prójimo.

martes, 13 de octubre de 2020

No perdamos la riqueza de la espontaneidad y de la creatividad de un corazón lleno de amor que le da riqueza la vida por sujetarnos a unas normas o protocolos


 

No perdamos la riqueza de la espontaneidad y de la creatividad de un corazón lleno de amor que le da riqueza la vida por sujetarnos a unas normas o protocolos

Gálatas 5, 1-6; Sal 118; Lucas 11, 37-41

Cuando todo lo reducimos a unas normas parece como si le quitáramos la riqueza de la espontaneidad, de la creatividad y de la iniciativa que nace de un corazón lleno de amor que por eso mismo podríamos decir que se vuelve atrevido para crearse esos nuevos gestos de amor que tanta riqueza le dan a la vida. Reducirnos a unas normas es caer en el peligro y la tentación de la rutina, de hacer las cosas sin alma, de quedarnos en el mero cumplimiento y cuando hacemos las cosas simplemente porque hay que cumplir parece que poco amor ponemos en ellas.

Para todo queremos normas y nos llenamos de leyes, de preceptos, de reglamentos, de protocolos, como ahora se dice, donde nos están señalando lo que en todo momento tenemos que hacer y parece que fuera de ahí ya no podemos hacer nada, no caben nuevas iniciativas o no cabe esa expresión espontánea del amor que siempre será creativo. Y esto lo tenemos en todos los aspectos de la vida. No hay lugar a donde vayamos donde no se pregunten por las normas, donde no busquemos los protocolos de actuación, y de donde no podemos salirnos ni un ápice porque parecería que ya no tiene validez lo que hagamos. Una pregunta sin mala intención ¿nos estaremos llenando también de esas normas y protocolos en la vida de la Iglesia?

Lo tremendo sería que lo que son simples pautas las convirtamos en cosas esenciales y lo que tendrían que ser pautas que nos guíen en la actuación y nos abran a la creatividad lo convirtamos en un corsé que nos aprieta por todas partes dándole más valor a esas cosas que a la persona, y a lo que es la verdadera ley del Señor. No sé si siempre los protocolos que nos creamos en nuestra vida cristiana y hasta en la Iglesia tienen todo el sabor del evangelio que tendrían que tener o algunas veces esas cosas las hacemos para contentar a las exigencias que nos provengan del exterior y estemos actuando a la manera del mundo. Son preguntas que me hago, con lo que quiero reflexionar y que seamos capaces todos de reflexionar con libertad de Espíritu, como mismo hoy nos enseña san Pablo en su carta que se nos ofrece en la liturgia.

Es lo que por otra parte estamos contemplando en el evangelio y vemos la respuesta que Jesús da a aquellas situaciones que se vivían. Lo que habían sido unas normas y preceptos higiénicos se habían convertido en tan ley de Dios que parecía que eso era lo verdaderamente importante. El tema aparece con el conflicto de lavarse o no lavarse las manos antes de comer. Por higiene lo hacemos, porque no sabemos bien lo limpio que está lo que antes hemos cogido con las manos y podríamos estar tragándonos una infección o una enfermedad. Pero de ahí a convertirlo en tema de impureza legal y quien lo cumpliera o no sería un buen judío fiel a la ley del Señor va una distancia grande.


Comprendemos que aquel pueblo había sido un pueblo errante, trashumante con sus ganados de un sitio para otro, en lugares inhóspitos y hasta desérticos con no mucha agua para la limpieza, justo que se recomendara esa higiene para evitar enfermedades y epidemias. Ahora en la situación que estamos viviendo en el mundo actual con las epidemias y pandemias una de las recomendaciones que se nos hacen como una exigencia importante es el lavarnos las manos y así tenemos 'geles' por todas partes a mano.

Jesús nos viene a decir que nos limpiemos por dentro que es donde está la maldad del hombre, en el corazón. Por eso los llama hipócritas porque se quedan en la apariencia de una pureza interior mientras en el interior ocultan la podredumbre de la maldad.  Pero hay algo más que nos puede pasar desapercibido en el comentario a este texto del evangelio.

Nos dice Jesús: ‘Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo’. De aquello bueno que llevamos en nuestro interior compartamos con los demás, viene a decirnos. Pero nos recuerda también algo escuchado con anterioridad y es que la limosna nos purifica de nuestros pecados. Cuando somos capaces de desprendernos de lo que tenemos porque queremos compartirlo con los demás, y en especial con los necesitados, estamos sacando a flote nuestra generosidad y nuestro amor que nos lleva incluso al sacrificio de negarnos para nosotros mismos aquello que tenemos y eso es en verdad agradable a los ojos del Señor.

miércoles, 14 de junio de 2017

El mandamiento del Señor es nuestra sabiduría, lo que enriquece nuestro espíritu y embellece nuestra vida con las más hermosas y bellas virtudes

El mandamiento del Señor es nuestra sabiduría, lo que enriquece nuestro espíritu y embellece nuestra vida con las más hermosas y bellas virtudes

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19
Nos debatimos muchas veces interiormente entre una rebeldía que nos llevaría a prescindir de toda norma o precepto, a vivir en la anarquía de no querer aceptar ninguna ley que nos fuera impuesta porque queremos hacer lo que nos apetezca en cada momento, y por otra parte el buscar esa regla, esa norma que nos diga lo que tenemos que hacer, lo que podemos o  no podemos hacer, hasta donde podemos llegar y tener todo reglamentado como con unos protocolos que nos digan en cada momento lo que podemos hacer.
No son cosas que podamos decir a unos les pasa en un sentido y a otros en el sentido contrario, sino que muchas veces esa contradicción la tenemos en nuestro propio interior. Yo se lo que tengo que hacer, decimos, a mi nadie me tiene que decir por donde llevo mi vida, pero luego vamos pronto con la casuística a buscar o preguntar quien nos diga hasta donde podemos o no podemos llegar. Y ahí tenemos la vida llena de normas, de reglamentos, pues cualquier grupo que se precie enseguida lo que se propone es un reglamento, unas cláusulas que puedan regir hasta el más mínimo detalle las actividades que como grupo ha de realizar. Hasta los más anárquicos tienen sus normas.
Quizás en la época de Jesús sucediera algo igual, en fin de cuentas las rutinas de la vida de cada día se repiten una y otra vez en la historia, y allí estaba lo que prescribía la ley del Señor  en la tradición mosaica, lo que Moisés les había dejado mandado – tendríamos que leer con todo detalle los distintos libros del Pentateuco, o libro de la Ley – pero estaban luego las interpretaciones que las distintas escuelas rabínicas hacían de la ley del Señor y los numerosísimos preceptos que se habían impuesto. Por otra parte estaba el grupo de los fariseos, celosos guardianes de la ley del Señor, que trataban de cumplir a rajatabla la letra de la ley, y que se acrecentaba con todas las normas que se habían impuesto para ayudarse en ese ritual y fiel cumplimiento.
Aparecía ahora un profeta – al menos eso era lo que muchos pensaban con la aparición y predicación de Jesús de Nazaret – que anunciaba un mundo nuevo, lo que El llamaba el Reino de Dios, donde señalaba una transformación de la vida y de las cosas, ¿venía El a liberarlos del peso de la ley? Quizá en su interior sentían esos deseos y que así fuera con el Mesías esperado y que ya muchos vislumbraban en la figura del profeta de Nazaret.
Pero Jesús habla claro. No ha venido a abolir la ley. Ahí estaba claro y manifiesto lo que era la voluntad de Dios y que en lo trasmitido por Moisés reflejaba esa ley natural inscrita por Dios en todos los corazones. Jesús lo que quiere es que le demos plenitud al cumplimiento de la ley, que le demos sentido de plenitud a todo aquello que hacemos. Que seamos capaces de ir a lo más hondo para descubrir lo que verdaderamente es importante y que aunque nos parezca pequeño y sencillo seamos capaces de vivirlo y hacerlo con toda fidelidad. El que no sabe ser fiel en las cosas pequeñas no sabrá ser fiel en las cosas que nos pueden parecer más importantes, nos dirá en otro momento.
Tenemos que empaparnos del espíritu del Evangelio, escuchar en lo más hondo del corazón la Palabra de Jesús saboreando la sublime sabiduría que en ella encontramos. Sí, la ley del Señor es nuestra sabiduría y nuestro alimento. Es la luz que nos guía, es la Palabra que nos habla al corazón, es la dulzura que enriquece nuestra vida y le da verdadero sabor, es lo que hace bella nuestra vida porque nos adorna con las mas hermosas virtudes, es el más hondo sentido de nuestra existencia.

miércoles, 22 de marzo de 2017

El mandamiento del Señor el mejor camino en el amor que nos conduce a la vida en plenitud y a la felicidad

El mandamiento del Señor el mejor camino en el amor que nos conduce a la vida en plenitud y a la felicidad

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19
Queremos vivir. ¿Quién me va a decir que no quiere vivir? Ya sé que algunos se pueden sentir aburridos de la vida y desesperanzados y pareciera que pierden las ganas de vivir; los problemas, las dificultades de la vida, las enfermedades, la carencia de medios de subsistencia, la perdido de un norte o de un sentido para la vida, muchas cosas que pudieran hacer que perdiéramos las ganas de vivir.
Pero todos queremos vivir, aunque luego cifremos ese vivir en diferentes cosas. Hay quien dice que quiere vivir en libertad y que nada le ate, nada le condicione, que pueda hacer lo que quiere o lo que le apetezca en cada momento. Fuera normas, fuera reglas, fuera leyes, todo aquello que yo creo que me condiciona mi libertad. Pero ¿no llegaríamos a un caos total si cada uno hace lo que le da la gana y no tiene en cuenta lo que es también la libertad de los demás?
Me voy a una isla desierta, para vivir solo sin que nadie me moleste o interrumpa mis deseos, piensan algunos y quizás están haciendo islas en su entorno y quieren vivir aislados de los demás, no quieren contar con nadie ni que nadie interfiera en sus vidas, pero ¿podrán vivir sin tener una relación con alguien, sin tener con quien compartir su felicidad? Algo caduco en lo que podemos caer, un sin sentido que a la larga me está haciendo perder algo que es esencial en el ser humano, que es la relación con los demás.
Pero seguimos diciendo que todos queremos vivir y para otros será distinto el sentido de ese vivir. Buscarán algo más hondo que les haga encontrar lo que les lleve a una plenitud en ese vivir. Andamos en búsqueda. Y nos daremos cuenta quizás que en ese aislamiento no vamos a encontrar esa felicidad para su vida, y nos daremos cuenta que no es solo hacer lo que me apetezca porque al final así nunca quedaré satisfecho, que ese caos no me llevará a ninguna parte.
Y es que no vivimos solos en el mundo ni estamos hechos para esa soledad que nos aísle permanentemente de los demás, de lo que nos rodea. Que la plenitud de mi ser no está en romper con todo lo que me relacione con los demás, sino en encontrar un sentido a esa relación y encontrar el camino para que en esa relación pueda ser feliz, pueda realizarme en plenitud, encuentre un sentido a mi vida por lo que luchar, por lo que caminar, por lo que vivir.
Es cierto que la vida la vamos llenando de tantas normas que nos pudieran parecer un corsé demasiado ajustado que nos moleste a caminar con soltura. Quizá nos reglamentamos demasiado en la vida y necesitaríamos ir a lo que verdaderamente es fundamental e importante. A causa de nuestras sinrazones y del caos que creamos con nuestros caprichos y orgullos haya sido necesario ponernos normas que de alguna manera nos obliguen a ir por un camino. Pero si llegamos a encontrar ese equilibrio en nuestra vida personal podremos lograr también un equilibrio en nuestras relaciones y no necesitaríamos tantas normas y preceptos.
Ha sido así en todos los tiempos y en todos los tiempos los hombres han sentido también esa rebeldía interior. Cuando apareció Jesús de Nazaret enseñando un nuevo sentido de vida, un nuevo estilo de mundo que El llamaba el Reino de Dios, también estaban esas voces de los que querían liberarse de normas y preceptos, mas cuando las clases dominantes en aquel momento daban tanta importancia a minucias que no la tenían y se habían cargado de esos preceptos y leyes.
Jesús viene a decir que El no ha venido a abolir la ley, sino lo que quiere es darle plenitud. Y es que Jesús venia a ayudarnos a descubrir el verdadero sentido del hombre, de la persona. De alguna manera estaba conectando con lo que les había dicho Moisés de parte de Dios, como  hoy hemos escuchado en el Deuteronomio. ‘Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar… Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos’.
Así viviréis… son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia. ¿No decíamos al principio de esta reflexión que queríamos vivir? La ley del Señor es vida para el creyente. No es una carga ni una imposición. Es el camino que nos conduce a plenitud, a felicidad.
Fijémonos cómo si seguimos las pautas que nos va señalando el Señor en verdad seremos felices porque nunca haríamos nada que fuera en contra de los demás, que hiciera daño a los otros. Nuestra convivencia sería de lo más hermoso, y ¿en qué podemos encontrar mayor plenitud, mayor felicidad?  Nuestra verdadera sabiduría, nuestra mayor inteligencia, el mejor camino de la felicidad en el amor.

martes, 7 de febrero de 2017

Busquemos de verdad lo que es más importante, el reino de Dios y su justicia que lo demás vendrá como añadidura.

Busquemos de verdad lo que es más importante, el reino de Dios y su justicia que lo demás vendrá como añadidura.

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8; Marcos 7,1-13
En el mundo de hoy, y creo que así ha sido de alguna manera en todos los tiempos, nos encontramos con personas que pasan de todo y que no quieren, en nombre de su libertad personal dicen, tener su vida sujeta por ninguna norma o precepto, sino que simplemente hacen o quieren hacer aquello que les apetezca o que en su subjetividad les parezca que es bueno, sin importarle, repito, ninguna regla, norma o mandamiento, sin importarle ningún principio ético superior.
Por el contrario nos encontramos también la gente minuciosa, que está pendiente del más mínimo detalle a ver hasta donde puede llegar y desde no puede pasarse, y quizá se están fijando sobre todo en reglas o preceptos menos importantes, dejando quizá a un lado lo que habría que considerarse verdaderamente fundamental. Son los amantes de los reglamentos minuciosos que se convierten en verdaderos protocolos que se cumplen con toda rigidez. Y hemos de reconocer que muchas veces entre los cristianos y entre gente de iglesia y hasta organizaciones de la Iglesia sucede algo así. ¿Estaremos de verdad en el espíritu del evangelio?
Como decíamos antes, son cosas que han sucedido en todos los tiempos, pero que nosotros cuando leemos el evangelio tenemos que traducirlo a nuestras situaciones concretas, a lo que de alguna manera nos sucede hoy. Siempre el evangelio es luz, luz que nos ilumina en nuestras oscuridades concretas, en las dudas que nos puedan surgir, en esos rincones más oscuros de nuestra vida que en ocasiones nos cuesta reconocer. Una tentación fácil que hoy también podríamos tener es quedarnos en lamentar las cosas que sucedían entonces pero sin saber aplicar el mensaje de Jesús a nuestra situación concreta de hoy.
El evangelio de hoy parte de aquellas normas estrictas que tenían los judíos y que de alguna manera la secta de los fariseos en cierto modo quería imponer como norma y ley estricta en las costumbres del pueblo en relación al ayuno, al tema de la purificación que se les quedaba reducida en si lavarse las manos o no cuando volvían a sus casas o cuando iban al templo a la oración, minucias a las que les daban excesiva importancia.
No están tan lejos de nosotros las costumbres de los ayunos y las vigilias a cumplir a rajatabla que decíamos para hacer penitencia, pero que mientras nos privábamos de un alimento determinado, quizá nos complacíamos con otros más exquisitos; no está lejos aquello del ayuno eucarístico en que ni agua podíamos tomar después de la media noche para poder ir a comulgar, y si fallábamos en eso lo considerábamos una falta muy grande; cuantas conciencias atormentadas por esas minucias, mientras quizá pasábamos junto al necesitado y no le ayudábamos en nada ni siquiera le mirábamos o teníamos una palabra de saludo para él. ¿Qué era lo más importante que teníamos que hacer?
Tenemos que descubrir la verdadera libertad que el evangelio nos viene a traer. Ya lo anunciaba Jesús en la sinagoga de Nazaret, que venia lleno del Espíritu del Señor a liberar a los oprimidos, ¿no será esa libertad interior la que Jesús en verdad  quiere ofrecernos? Sintamos la libertad que Jesús nos ofrece allá en lo más hondo del corazón y busquemos de verdad lo que es más importante, el reino de Dios y su justicia que lo demás vendrá como añadidura.

lunes, 24 de octubre de 2016

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Efesios 4,32–5,8; Sal 1; Lucas 13,10-17
‘Mujer, quedas libre de tu enfermedad’, le dijo Jesús a aquella mujer encorvada por su enfermedad que se encontró un sábado en la sinagoga mientras enseñaba a la gente.
No todos entienden el signo de Jesús. Había anunciado en la sinagoga de Nazaret que estaba lleno del Espíritu y venia a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a liberar a los oprimidos por el diablo. Era el año de gracia del Señor, el año de la gran liberación. Jesús estaba actuando un sábado. Y ya lo estaban acechando algunos a ver qué es lo que hacía. Por eso cuando Jesús cura a aquella mujer liberándola del mal de su enfermedad algunos comienzan a murmurar.
¿Serían ellos los que también necesitarían que Jesús los liberara? Sus vidas estaban llenas de muchas ataduras y las ataduras siempre esclavizan porque hacen que estemos sometidos a algo. Se había llenado de muchas normas y preceptos que en lugar de liberar al hombre considerando por encima de todo su dignidad lo ataban al cumplimiento estricto de esas normas e interpretaciones que se hacían los hombres aunque fuese en normas y preceptos muy relacionados con la religión. Nunca la religión, nuestra relación con Dios, tendría que esclavizar al hombre sino más bien liberarlo.
En sus estrictos preceptos para el cumplimiento del sábado como día dedicado al Señor valoraban de forma distinta lo que se podía o no se podía hacer en relación con la atención y cuidado de los animales, que lo que tuviese relación con la dignidad de la persona.
En verdad Jesús viene a liberarnos, porque son muchas las cosas que nos imponemos y a las que nos sentimos atados incluso a lo que pueda hacer referencia a la religión. Dios quiere siempre la salvación del hombre y así se manifiesta en todo su esplendor lo que es la misericordia del Señor.
Y aunque lo proclamamos de veinte mil maneras lo que es esa misericordia de Dios que nos libera y que nos enriquece, todavía quizá sigamos considerando cosas en las que no tenemos en cuenta esa misericordia; para algunos aspectos quizá todavía seguimos siendo duros de corazón, inmisericordes con los demás.  ¿Será que seguimos aun demasiado atados al concepto de la justicia humana que aplicándola se quiere hacer de manera tan estricta que no se deja entrar en ella lo que pueda significar perdón y misericordia?
Hablamos los creyentes en Jesús, los cristianos y en la misma Iglesia de cómo no podemos permitir discriminaciones, hacer cargar con la culpa a nadie para siempre porque cuando el Señor es misericordioso y perdona olvidará para siempre nuestro pecado restituyéndonos la dignidad de la gracia como hijos de Dios, pero quizá en muchas actitudes y posturas seguimos marcando a la gente y ese perdón y misericordia que ofrecemos no es tan generoso como lo que decimos que nos ofrece el Señor.
No siempre las personas de iglesia muestran esa cercanía del amor y de la misericordia para todos aquellos que consideran pecadores por alguna situación que hayan podido vivir en su vida. Muchas amarguras y soledades pueden sentir muchas personas por hechos y situaciones así y para quienes no tenemos siempre la adecuada palabra y actitud de consuelo y cercanía. No podemos olvidar que por nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestros actos hemos de convertirnos en signos de la misericordia de Dios para con todos.

miércoles, 8 de junio de 2016

Un camino de plenitud que nos lleva a la felicidad y dicha del Reino que emprendemos siendo fieles a la ley del Señor

Un camino de plenitud que nos lleva a la felicidad y dicha del Reino que emprendemos siendo fieles a la ley del Señor

1Reyes 18,20-39; Sal  15;  Mateo 5,17-19
A veces quisiéramos hacer desaparecer todo lo que nos suene a norma o precepto, porque nos parece que eso nos sujeta y nos coarta nuestra libertad, porque cada uno quisiéramos hacer solamente aquello que nos apetece. Olvidamos quizá que en lugar de ver esas normas o preceptos que regulan nuestra vida personal y nuestras relaciones con los demás y con la sociedad son mas que unos imposiciones unos principios fundamentales que lo que buscan por encima de todo es nuestro propio bien y nos ayudan a alcanzar esa plenitud de vida que todos en el fondo deseamos.
Unos principios que nos ayudan a comprender lo que es verdaderamente el bien de la persona, de toda persona, y no mirado solamente desde un punto de vista personal e individual, así comprendemos lo que verdaderamente es recto y es lo deseable para nuestra vida, cuando tantas veces andamos confundidos y dejándonos arrastrar simplemente por el ambiente que nos rodea.
Ya sabemos las tendencias que aparecen en nuestra sociedad – y eso ha sucedido en todos los tiempos no es solo cosa de estos momentos con ciertos movimientos sociales que parece que ven rebrotando – donde parece que se quiere vivir de una forma anárquica sin querer someterse a ninguna normal o ley que regule la convivencia social. Ahora todo lo resolvemos con asambleas donde el que más grita parece que tuviera más razón pero donde tenemos que reconocer que la bondad o malicia de las cosas no está simplemente en lo que una mayoría pueda opinar o votar; esos principios son algo mucho más hondo.
También en nuestro ámbito eclesial algunas veces podemos tener esa tentación y estamos deseando en nombre de una vuelta a los contenidos fundamentales del evangelio un hacer desaparecer normas o preceptos que por una parte regulen la vida de la Iglesia, pero como decíamos antes sean esos principios que nos ayuden a descubrir lo que verdaderamente es fundamental.
Esa tentación vemos que también existía en los tiempos de Jesús. Frente al rigorismo de los fariseos con un cumplimiento riguroso y excesivamente formal de la ley de Moisés queriendo imponer sus criterios a todo el mundo, también había movimientos donde querían que todo cambiase. Es lo que Jesús vemos que quiere corregir; quizá en algunos con la aparición de aquel profeta a quien muchos ya consideraban quizá como el Mesías, pensaban que ahora todo se iba a abolir porque era necesario romper con todo.
Jesús habla claramente. ‘No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley…’ Jesús les habla de plenitud, de perfección, de purificación quizá necesaria, pero de fidelidad a la ley del Señor que es inamovible.
Es lo que realmente tenemos que buscar, esa fidelidad a la ley del Señor, que es camino de vida y de felicidad. Ha comenzado Jesús su discurso allá en el monte, como ya hemos reflexionado, señalándonos un camino de dicha y de felicidad, que es el camino del Reino de Dios que hemos de emprender. Nos hará descubrir el verdadero sentido de Dios y el lugar fundamental – es el Rey y Señor – que ha de ocupar en nuestra vida, pero  nos ayudará también a descubrir el verdadero sentido de nuestra relación con los demás que son nuestros hermanos.

lunes, 26 de octubre de 2015

El amor y la compasión con el que sufre han de tener la primacía en nuestra vida que le de sentido a lo que hacemos y vivimos

El amor y la compasión con el que sufre han de tener la primacía en nuestra vida que le de sentido a lo que hacemos y vivimos

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

El amor es el que tiene siempre que vencer. Es nuestro sentido, nuestra razón de ser y vivir. Sabemos que no es fácil, vivimos envueltos en muchas negruras y sombras desde nuestros intereses y nuestros orgullos; pero no nos podemos dejar vencer.
Otras veces nos cuadriculamos la vida con normas, reglamentos y leyes, o con cosas que hacemos desde la costumbre que se convierte en rutina, o desde unos parámetros que nos construimos como para decir que haciendo esas cosas ya nos podemos quedar contentos porque hemos cumplido. Otras veces desde esas cuadriculas en las que hemos metido la vida tenemos la tentación y el peligro de convertirnos en manipuladores de los demás, porque queremos que las cosas se hagan desde nuestro parecer, porque queremos encorsetarlos con nuestras normas y reglamentos, porque de alguna manera queremos imponernos sobre los demás.
La vida religiosa y social de los judíos estaba llena de normas y preceptos. Claro que tenemos que pensar si de alguna manera también nosotros andamos así. Lo que en un principio se había preceptuado como algo que nos recordara la primacía de Dios sobre todo como pueblo creyente que era se podían convertir en norma opresora y deshumanizante porque quizá olvidaban el valor de la persona frente a los preceptos. Nunca puede estar reñido el culto que le demos a Dios con el respeto y el valor que le demos a la persona; es más el amor que manifestamos a Dios cuando le damos culto tiene que llevarnos necesariamente al amor a la persona, a la valoración de la persona y a buscar su bien por encima de todo.
Es en lo que se había convertido el descanso sabático que en principio buscaba que el hombre de verdad centrar su vida en Dios; pero se había reglamentado tanto el trabajo que se podía y no se podía hacer, que había perdido todo sentido de humanidad. Pero allí está Jesús que nos viene a recordar el verdadero sentido de las cosas y cómo el amor debe primar sobre todo.
Nos habla el evangelio de una mujer encorvada a causa de su enfermedad a la que Jesús cura. Aclarar el sentido que para los judíos y los antiguos tenía todo tipo de enfermedad que se veía como una posesión y dominio del maligno cuando no de un castigo por algo que se había hecho mal. Jesús nos da un sentido nuevo y distinto. ‘Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios’.
Jesús que viene a sanarnos nos sana también de ese sentido equivocado de las cosas y en este caso de las enfermedades. Pero también nos está dando una señal de lo que realmente Jesús quiere hacer dentro de nuestro corazón del que quiere arrojar todo mal; es el perdón que nos regala, es el camino de vida nueva que nos ofrece, es la gracia que nos salva y nos llena de vida, es el amor que hemos de poner allí donde estemos y hagamos lo que hagamos para que le dé sentido y profundidad a lo que hacemos.
Frente a aquella vida encorsetada de normas y preceptos Jesús nos contrapone una vida llena de amor; como fue el amor y la compasión lo que le llevó a sanar a aquella mujer saltándose todos aquellos preceptos tan deshumanizadores. Que en verdad le demos en nuestra vida la primacía al amor.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Guarda los mandatos y preceptos que te doy que son tu sabiduría y tu prudencia

Deut. 4, 1.5-9;
Sal. 147;
Mt. 5, 17-19

‘Escucha los mandatos y decretos que yo os enseño a cumplir; así viviréis, entraréis y tomaréis posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar’. Así hablaba Moisés al pueblo antes de entrar en la tierra prometida.
Nosotros en este camino cuaresmal que estamos haciendo y que nos conduce a la Pascua así también escuchamos esta Palabra del Señor como una invitación a la vida, a vivir y a vivir en plenitud. Jesús nos lo corrobora hoy en el evangelio donde nos dice que no va a suprimir el mandamiento de Dios sino, todo lo contrario, a darle plenitud. ‘No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud’.
Con los salmos más de una vez hemos cantado ‘tu palabra me da vida, confío en ti, Señor; tu palabra es eterna, en ella esperaré’. Palabra de vida, palabra que da vida; palabra en la que ponemos toda nuestra confianza, que nos llena de esperanza, que nos conduce a la plenitud.
‘Guardarlos y cumplidlos, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia ante los demás pueblos’, nos decía el libro del Deuteronomio. Tenemos que convencernos de la verdad de estas palabras, nuestra sabiduría y nuestra prudencia. Moisés le dice al pueblo que los otros pueblos se van a admirar de la sabiduría que contiene la ley del Señor, y que precisamente en ella van a descubrir como el Señor está en medio de su pueblo. ‘Dirán: cierto que es un pueblo sabio y prudente… porque ¿cuál de las grandes naciones tiene unos dioses tan cercanos¿ ¿y cuál de las naciones tiene unos mandatos y decretos tan justos como toda la ley que hoy os voy a promulgar?’
Los hombres pareciera que queremos enmendarle la plana a Dios y pensamos que con nuestras leyes humanas vamos a conseguir algo mejor para el hombre que lo que nos pide y enseña la ley del Señor. Algunas veces hasta los cristianos pareciera que estuviéramos acomplejados. Las gentes del mundo nos dicen que quieren promulgar leyes mas justas y que los principios y normas nacidas de la religión no tienen que ser las que se impongan a la sociedad que tiene que hacerse sus propias leyes. y quieren demostrarnos su verdad desde su manera de entender las cosas.
Pero ¿es que acaso la ley del Señor, la ley evangélica, en algún momento va a ir en contra de la persona o buscar el daño o la muerte del hombre o de la mujer? Ninguno de los mandamientos de Dios irá contra el hombre, contra la persona. La ley del Señor es siempre ley de vida y lo que quiere la vida. Los hombres nos cegamos y con que facilidad dejamos meter la muerte en medio de nosotros y hasta la permitimos en nombre de no sé qué principios o derechos humanos, como sucede en leyes promulgadas recientemente en nuestra tierra como lo es la nueva ley del aborto. ¿Es que puede haber algo más sublime y más justo que todo lo envolvamos y empapemos en el mandamiento del amor que Jesús nos dará como plenitud de toda la ley de Dios?
Sintamos el orgullo de querer vivir en la ley del Señor; que sea en verdad la norma y el cauce de nuestra vida; que sea nuestra sabiduría y nuestra prudencia, como nos decía el Deuteronomio. Hundamos de verdad las raíces de nuestra vida en el mandamiento del Señor queriendo que sea el sentido de nuestra vida. Busquemos y amemos en todo momento lo que es la ley del Señor.
Y como se nos decía el final de la lectura del Deuteronomio ‘cuidado, guárdate muy bien de olvidar los hechos que presenciaron tus ojos, que no se aparten de tu memoria mientras te dure la vida’. Que no olvidemos nunca las acciones del Señor, como hemos cantado en más de una ocasión con los salmos; que no olvidemos el maravilloso amor que el Señor nos tiene y que de tantas maneras lo hemos experimentado a lo largo de nuestra vida. Dios ha estado con nosotros, se ha hecho presente en nuestra vida y su ley es la expresión del amor grande que nos tiene que buscará siempre lo mejor para el hombre que ha creado y que ha redimido haciéndolo hijo. ¿Cómo no obedecer la ley del Señor después de tanto amor que el Señor nos tiene?