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viernes, 17 de julio de 2026

Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

 


Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Is 38, 10. 11. 12abcd. 16Bcd; Mateo 12, 1-8

Es normal que en la sociedad compleja en la que vivimos la propia sociedad se organice para facilitar la convivencia entre todos y tengamos unas costumbres garantizadas, por así decirlo, desde la experiencia de lo vivido y lo que en determinado momento surgió como la mejor forma de convivencia que es lo que heredamos como unas tradiciones o unas costumbres, pero al mismo tiempo esa sociedad se vaya dando normas, preceptos o leyes como queramos llamarlos que nos garanticen esa paz y armonía entre todos para actuar además de la forma más justa. Pero tendríamos que decir que tanto unas cosas cosas como otras siempre han de procurar el bien de la persona, porque lo importante no es la ley o la norma en si misma sino la persona a la que tenemos que salvaguardar toda su dignidad.

En un pueblo y una sociedad teocrática como era la judía en su conciencia consideraban que las leyes venían de Dios, que había inspirado a unos hombres justos como Moisés o luego los profetas que fueron los que marcaron el camino de fidelidad que habían de vivir, que en ellos estaba siempre la conciencia de su relación con Dios. La Biblia en todo el Antiguo Testamento es fiel reflejo de ello. Pero como sucede en toda sociedad y según la inspiración del momento normas que querían, por ejemplo cuidar la salud de las personas, se fueron agregando dándole también ese valor y sentido sacro. Lo que buscaba el bien de la persona como era la obligación del descanso semanal se convirtió luego en una rigidez tan intensa que llegaba a contar los pasos que se podían dar en el día del descanso.

Es lo que nos está reflejando el incidente que provoca aquella reacción de los fariseos que se quejan de que los discípulos de Jesús no guardan el sábado. Caminando entre sembrados sienten hambre los discípulos y de forma espontanea cogen algunas espigas que llevarse a la boca para calmar aquella sensación que sentían en sus estómagos. Para los fariseos aquello era como segar y en consecuencia un trabajo que no se podía realizar el sábado. ¿Qué era lo importante, la rigidez de la norma o el gesto humano de echarse algo a la boca para calmar la fatiga del camino?

Ya hemos escuchado como reacciona y les lleva la contraria Jesús terminando con esa hermosa sentencia extraída también de la misma Escritura. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’. Algo que tenemos que grabar muy bien en nuestro corazón y que tendríamos que reflejar en unas actitudes nuevas en nuestra vida.

¿Será en verdad la misericordia lo que marca la pauta de nuestros comportamientos y de nuestras actitudes, de nuestra manera de mirar a los demás y lo que tendría que llevarnos a una convivencia de amor con todos sin distinción? Sí, es una nueva manera de mirar, de comprender, de escuchar y de atender para no quedarnos nunca en la primera impresión, para no quedarnos en el juicio previo – prejuicio - que siempre llevamos por delante, para darnos cuenta de que tras ese rostro que contemplamos que nos pudiera parecer inexpresivo hay una historia, puede haber un sufrimiento y muchas amarguras, pueden estar otras personas, están seguro también unas ilusiones y unas esperanzas de futuro, está toda una vida en lo recorrido ya y en lo que aun está por construir.

Detengámonos a mirar sin juzgar, escuchemos esos signos o señales que en mil detalles puedan estar lanzándonos, dejemos de ir con nuestras prisas o solo con nuestras personales preocupaciones que es como solemos ir siempre corriendo por la vida. Y eso lo podremos hacer si ponemos misericordia en el corazón; dejemos aflorar esa ternura interior, seamos capaces de abrir las puertas de nuestro corazón para que fluya esa ternura, pero también para que en él tengan cobijo y acogida tantos que están ansiosos de escucha y de amistad. Pongamos siempre a la persona por encima de todo.

miércoles, 17 de junio de 2026

Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

 


Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

No eches a perder aquello que haces poniéndole demasiados galones, tantos que no se va a valorar lo que tú has sido capaz de realizar por ti mismo, por lo que tú eres y sabes hacer, sino que esos adornos externos realmente lo van a ocultar.  Para que quede bonito, decimos, y lo que estamos haciendo es desvirtuándolo.

Así nos puede suceder en muchas situaciones de la vida, por eso hemos de cuidar la autenticidad de lo que hacemos, que eres tú mismo en tu interior el que tienes que saber darle valor. Cuando ponemos otras intenciones y quiere aparecer el lucimiento realmente hemos desvalorado lo que en principio con nuestra buena voluntad habíamos querido hacer. No busquemos las alabanzas externas sino mejor lo que tú en tu interior sientas. De eso nos está previniendo Jesús.

Nos habla hoy de tres momentos o de tres situaciones, en este caso concreto, en referencia a nuestra religiosidad, pero que lo podríamos ampliar a todo lo bueno que podamos hacer en la vida. La apariencia y la vanidad están reñidas con la autenticidad, porque cuando hacemos las cosas buscando esa alabanza de los demás, aparte de nuestra vanidad le añadimos más cosas para que tengan brillo que encandile a los demás, lo que empañará el auténtico brillo que debería tener y ya ha perdido su autenticidad.

Jesús parte siempre de cosas concretas, señala situaciones que observa en su entorno, nos da pautas para nuestra autenticidad, pero quiere que evitemos las vanidades que podamos contemplar en otros que quieran presentarse como modelos para nuestra vida. Seré modelo auténtico si actúo desde mi mismo en lo que soy y en lo que vivo en lo más profundo de mi, no porque así quiera presentarme ante los demás como su yo estuviera en un estadio superior al que tienen que aspirar los que me rodean. Hemos de reconocer que somos débiles y a pesar de nuestra buena voluntad y de nuestro esfuerzo en ocasiones pueda ser que no aparezca tan perfecto para los demás. Hemos de pasar por el camino de la humildad, de reconocer lo que somos, lo que somos capaces de hacer, pero también de las limitaciones que envuelven nuestra vida.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración y del ayuno. Nos está pidiendo autenticidad, no apariencia. Ya en otro momento nos dirá que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, luego no podemos ir tocando campanillas por delante nuestro cuando vamos a compartir con los demás. La discreción hará valiosa tu generosidad pero además no humillará a quien recibe lo que compartamos.

Y al hablarnos de la oración nos dice que vayamos al lugar escondido. Recordamos la parábola que un día nos propondrá de los dos que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano. Rezar en lo escondido significa la interioridad que hemos de darle a nuestra oración, que no es cuestión de muchos rezos, como nos dice, no hacen falta muchas palabras; la oración es vivir un encuentro de amor. Es por donde tenemos que comenzar y lo que tiene que ser el meollo de nuestra oración; nos sentimos amados y nos dejamos inundar por el amor, y para eso no hacen falta muchas palabras, lo importante es vivir, es sentir en el corazón, es entrar en esa sintonía de amor que será escuchar y saborear todo ese amor que sentimos. Cuanto tendríamos que decir, cuanto tendríamos que reflexionar, cuanto tendríamos que mirar nuestra forma de orar.

Es el sentido de autenticidad que hemos de darle a nuestros ayunos. ¿Es la ofrenda de un sacrificio? Pero tiene que ser algo salido de verdad del corazón. Lo importante no es la apariencia que podamos manifestar exteriormente, sino ese control de nuestra vida que podemos aprender a hacer desde lo más hondo de nuestro corazón. No son ofrendas o sacrificios de cosas lo que le agrada al Señor, sino ese corazón contrito, ese corazón humilde que reconoce cuanto tiene que transformar en si mismo en ese camino de ascensión y superación que tiene que ser su vida.

Aprenderemos a decir no, no para machacarnos en el sufrimiento, sino como un aprendizaje de liberación; no nos ata nuestro capricho, no se nos impone nuestro egoísmo, no nos dejamos arrastrar por nuestro amor propio, no queremos que prevalezca nuestra vanidad que nos hace orgullosos y soberbios, no dejamos que se impongan sobre nosotros las pasiones, no nos queremos dejar arrastrar por el ambiente que nos rodea, y para eso tenemos que aprender a decir no; el ayuno no es en sí una limitación del alimento por si mismo, sino que el ayuno tiene que pasar por todas esas cosas de las que no nos queremos dejar dominar en la vida. No es apariencia ni se queda en gestos externos, pasa por la transformación de nuestra vida que es un camino de conversión.

Todo envuelto por la autenticidad del amor.

viernes, 20 de febrero de 2026

Un aprendizaje necesario para saber decirnos no en lo que no nos conviene aunque parezca bueno y mantenernos firmes en la consecución de nuestras metas

 


Un aprendizaje necesario para saber decirnos no en lo que no nos conviene aunque parezca bueno y mantenernos firmes en la consecución de nuestras metas

Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Vamos dando los primeros pasos de nuestro camino cuaresmal y ya la Palabra de Dios nos va ayudando a que sepamos encontrar esos hitos que marcan nuestro camino, que van a estar ahí a nuestro lado, que nos van a señalar formas y maneras y que encauzan todo ese esfuerzo de superación que hemos de vivir en estos días como verdadero aprendizaje y preparación para que le demos auténtico sentido a la Pascua que vamos a vivir y a celebrar.

Comencemos por la pregunta que le hacen algunos a Jesús de por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan mientras no lo hacen sus discípulos. Era una práctica muy socorrida en la espiritualidad judía y que de alguna manera intensificaban aquellos grupos que se formaban en torno a los profetas o que se formaban desde un deseo de mayor espiritualidad y fidelidad a la Alianza. El Bautista se había presentado con señales de gran austeridad, en el lugar en el que habitaba, el desierto, más allá del Jordán, en la forma de presentarse vestido con gran pobreza pero también en su alimentación a base solo de aquellas cosas que allá en el desierto podía encontrar, las langostas del desierto o acaso miel silvestre encontrada en cualquier oquedad que aprovechaban las abejas.

Cuando ante nosotros se nos presenta un personaje que nos atrae con su mensaje y con su estilo de vida tratamos de imitarlo, aunque hay el peligro que lo imitemos más en las apariencias externas que en la copia en nuestra vida de sus actitudes y de su plan de vida. Son de alguna manera unas desviaciones que van surgiendo muchas veces de forma natural pero con lo tergiversamos lo que es el verdadero mensaje que se nos quiere trasmitir; siempre buscamos más la formalidad de un cumplimiento que la radicalidad de un cambio de manera de vivir.

Por eso aquí tenemos que escuchar lo que hoy nos ha dicho el profeta. ¿Cuál es el ayuno que el Señor quiere? ‘El día de ayuno, les dice el profeta, hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos. No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo’. Otras tienen que ser nuestras actitudes en la vida que nos lleve a actuar de forma diferente. Escuchemos directamente al profeta: ‘Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos’.

Ya recordáis las pautas que os ofrecía el pasado miércoles de ceniza de esos signos y señales que tenemos que dar ante los que nos rodean del amor de Dios en nuestra vida. Es la liberación que hemos de ofrecer, son los signos del amor los que tienen que brillar. Si no somos capaces de mostrarnos con amor y misericordia con los que están a nuestro lado ¿qué signo estamos dando del amor de Dios? ¿Cómo estaremos diciéndoles que Dios los ama?

A la pregunta que le hacían a Jesús sobre el por qué del ayuno o no ayuno, de entrada Jesús nos viene a decir cómo se puede mermar nuestra alegría si estamos disfrutando de la presencia del Señor. ‘¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?’ Es la alegría con la que siempre nos hemos de mostrar y que será también un signo que manifestemos a los demás de cómo nos sentimos amados del Señor.

Pero, sin embargo, Jesús habla de momentos en los que el discípulo puede sentir tristeza en su corazón. ‘Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán’. Podemos ver un anuncio de lo que va a significar la pasión para los discípulos. La pasión que nosotros ahora vamos a celebrar en la Pascua, pero es la pasión por la que hemos de pasar en la pascua de nuestra vida, cuando nos vengan los momentos difíciles, cuando la tentación nos envuelva, cuando nos sintamos que no terminamos de encajar en ese mundo que nos rodea que trata de llevarnos por otros cauces, cuando los problemas se nos acumulen y nos parezca sentirnos solos y abandonados porque nos cuesta encontrar salida. Momentos duros de los que aprenderemos a salir con ese aprendizaje del ayuno, porque ayunar es decirnos no, a unos alimentos por ejemplo, pero también a otras muchas cosas que nos ofrece la vida pero que nosotros tenemos que saber discernir si nos convienen o no nos convienen.

Hoy nos cuesta renunciar, nos cuesta decirnos no, nos cuesta tomar decisiones radicales ante lo que tenemos o podemos hacer. No todo puede ser como dejarnos llevar por una balsa en la que nos arrastran las aguas; hay que saber enderezar el camino, tenemos que saber discernir lo que nos conviene, tenemos que aprender a esforzarnos por lo que consideramos lo recto y lo bueno aunque el ambiente nos quiere arrastrar por otro lado. Aprendamos a decirnos no para saber luego mantenernos firmes en lo que verdaderamente buscamos.

 

viernes, 5 de septiembre de 2025

Llegar a descubrir la novedad de vida que ha de significar el evangelio para nosotros y dejarnos sorprender para llegar a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del Reino

 


Llegar a descubrir la novedad de vida que ha de significar el evangelio para nosotros y dejarnos sorprender para llegar a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del Reino

Colosenses 1, 15-20; Salmo 99; Lucas 5, 33-39

Se suele decir que las comparaciones son odiosas y seguramente alguna vez hemos reaccionado cuando han pretendido compararnos con alguien; si es mejor, si hace las cosas que tú no eres capaz de hacer, si él ha tenido éxito y tu siempre eres un perdedor, y así múltiples cosas más. Sin embargo de alguna manera a veces somos incongruentes, porque lo que no queremos para nosotros mismos, quizás lo ofrecemos como ejemplo o estimulo para los demás, y algunas veces nos sucede en la cuestión de la educación que damos a los hijos; les ponemos modelos quizá en aquellos que son sus amigos o viven en su entorno a los que tienen que imitar o de los que tienen que distanciarse porque pueden ser malas compañías que no los lleven por buenos caminos. ¿No tendríamos que ser más nosotros mismos desarrollando lo que hay en nosotros pero porque queremos llegar a nuestra plenitud de vida?

Allí andaban aquellos a los que les costaba tanto entender a Jesús o aceptar los nuevos planteamientos que Jesús nos propone, que ahora andan con comparaciones entre los discípulos de Jesús y lo que son sus discípulos, aunque lo digan sutilmente hablando de los seguidores de Juan o de la escuela de los fariseos. Y vienen con una cuestión a la que se le daba mucha importancia en el contexto de lo religioso, el ayuno. Los discípulos de Juan ayunan y también lo hacen los de los fariseos, pero le vienen a encarar a Jesús que sus discípulos no ayunan.

No han terminado, o no han querido, entender el mensaje de Jesús, el mensaje del Reino de Dios que Jesús proclama. Aunque esperan al Mesías, parece que lo esperaran para que corroborara o hiciera aquellas cosas que ellos hacían. El Mesías para ellos no significaba una novedad de vida, sino un querer afirmarse en los planteamientos que ellos se hacían de lo que debía de ser ese pueblo de Dios, que Jesús lo llamará el Reino de Dios; era algo más que unas personas que se juntaban o se reunían para algo, tenía que ser una visión nueva del mismo sentido de la vida, como del sentido de Dios. Y ellos pretendían solucionarlo todo con unos arreglitos. Y parecía que por lo que Jesús les enseñaba sus discípulos no debían de estar por esos arreglitos.

Es lo que les viene a decir Jesús. El sentido de la presencia de Dios en sus vidas no era para la tristeza y el luto; un nuevo sentido de fiesta había de tener la vida, por eso Jesús les habla de una boda y de unos amigos del novio que están participando de la fiesta de esa boda. ¿Caben ahí las tristezas y los lutos? Porque además al ayuno le habían cargado una connotación demasiado de caras largas y de duelo. Y Jesús hablaba de fiesta, de una boda, de la fiesta en la que participaban los amigos del novio. Era un nuevo sentido de vivir.

Es lo que Jesús nos está ofreciendo y a un nuevo sentido de vivir no se puede llegar desde unos arreglitos, desde unos remiendos; era un nuevo traje de fiesta el que había de vestirse, y todo creo que podemos entender esa imagen que va más allá de la materialidad de la tela de un vestido, porque tendrá que ser algo hondo que brote del corazón del hombre. Jesús nos hablará de un vestido nuevo y sin remiendos que al final nos traerán rotos mayores, nos hablará de unos odres nuevos que serán los que podrán contener el vino nuevo con toda su fuerza.

Es lo que tiene que ser nuestra vida, es en lo que tenemos que convertirnos en nosotros, porque es algo más que un vestido que nos pongamos exteriormente porque tienen que ser actitudes nuevas, valores nuevos que arrancan de un corazón nuevo, de un corazón que se ha dejado transformar, en el que se ha dejado actuar toda la fuerza del Espíritu.

¿Habremos llegado en verdad a descubrir esa novedad de vida que ha de significar el evangelio para nosotros? ¿Nos dejaremos sorprender por el evangelio o lo damos ya por sabido y que no nos dice nada nuevo? Algo estará fallando en nuestro encuentro con Jesús, algo estará fallando en la apertura de nuestro corazón.

viernes, 7 de marzo de 2025

¿De qué nos estará pidiendo el Señor que nos abstengamos o hagamos ayuno en nuestra vida de cada día para vivir el gozo de la presencia del Señor?

 


¿De qué nos estará pidiendo el Señor que nos abstengamos o hagamos ayuno en nuestra vida de cada día para vivir el gozo de la presencia del Señor?

 Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Parece normal que si estamos viviendo unos momentos agradables y felices en esos momentos no traigamos al presente situaciones que nos puedan resultar duras. Tratamos oportunamente de disfrutar el momento aunque sepamos que luego tendremos que afrontar situaciones que nos puedan resultar costosas, quizás puedan aparecer carencias que nos pueda imponer la vida o que quizás nosotros mismos nos imponemos en aras de conseguir luego algo mejor.

Cuando queremos alcanzar buenas metas quizás tengamos que pasar por el sacrificio y la renuncia, quizás no tenemos más posibilidades, pero sabemos que es el camino que nos ayudará en nuestro esfuerzo por conseguir lo mejor. El estudiante que quiere obtener los mejores conocimientos y las mejores notas al final, tendrá que renunciar a momentos de esparcimiento y de fiesta para poder estudiar; el que va a emprender una obra que es el sueño de su vida, para poder tener lo necesario para alcanzar renunciará a gastos en otras cosas que aunque buenas no son tan necesarias. Y así podríamos ponernos muchos ejemplos de la vida que pasan por ese sacrificio en aras de la meta que quieren alcanzar.

Hoy le vienen a plantear algunos porque sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan el Bautista o los seguidores de los fariseos. Jesús habla de que los amigos del novio cuando están en la fiesta de la boda de su amigo, tienen que participar de la alegría de esa fiesta porque además es la manera de sentirse unidos a El. Y así les pasa a los discípulos de Jesús, los que queremos seguir a Jesús, vivimos siempre en la alegría de su presencia y con ese sentido de fiesta. Qué lástima que algunas veces los cristianos vamos con cara de duelo incluso a nuestras celebraciones más festivas como tiene que ser siempre la liturgia; qué lástima que los cristianos no manifestemos más la alegría con que vivimos nuestra fe.

Jesús les dice, sin embargo, que podrán llegar momentos en que tengan que vivir en ese sacrificio. Así se considera el ayuno, es la renuncia a algo que necesitamos y que además nos gusta y saboreamos. Estamos en la cuaresma y hay algunos días que son especialmente penitenciales; es el momento de ofrecer algo de nosotros mismos, algo que nos cueste pero que ofrecemos con amor, como un signo y una señal de nuestro arrepentimiento pero también de que queremos algo mejor en nuestra vida.

Creo que tenemos que ir descubriendo el verdadero sentido que tiene que tener nuestro ayuno o nuestra abstinencia. Prescindir de algo que es gustoso para nosotros pero como señal de ese camino de superación que tenemos que hacer en nuestra vida. Muchas veces tenemos que decirnos ‘no’ en la vida, porque no todo nos lo podemos permitir, o porque quizás algo se nos presenta tentador como algo bueno pero nosotros sabemos que ese no es el camino de rectitud que hemos de vivir; y eso cuesta, y no siempre tenemos la voluntad firme para hacerlo y no dejarnos arrastrar por la tentación, y para eso tenemos que entrenarnos.

Sí, entrenarnos, aprender a hacerlo. El que realiza un entrenamiento por ejemplo para realizar un deporte tendrá que aprender unas técnicas, tendrá que desarrollar unas cualidades o unas costumbres, tendrá que dejar quizás malos hábitos o malas manera de hacer aquellas cosas, para aprender lo que es mejor, lo que hará de él ese buen deportista que logra metas y triunfos.

Eso en la vida. Siempre nuestro camino ha de ser un camino de superación y crecimiento. Y eso cuesta, y eso nos exige dejar a un lado los malos hábitos o rutinas de cómo hacíamos las cosas, eso nos está pidiendo unas renuncias, un decirnos no. ¿Estaremos entrenados para eso cuando todo nos lo permitimos, cuando no nos negamos de nada, cuando simplemente en la vida nos dejamos llevar?

¿No necesitaremos hacer ayuno de algunas cosas? El ayuno que nos está pidiendo el Señor va más allá de unos determinados alimentos. ¿No habrá en nosotros muchas rutinas de la vida de las que tendríamos que ayunar? ¿No tendríamos que ayunar de nuestro mal humor y de nuestros malos modos, de nuestras violencias y malquerencias, de nuestras envidias y resentimientos, de nuestras miradas despreciativas y de nuestras desconfianzas, de nuestras ganas de murmurar y de criticar y de andar siempre con nuestros juicios severos hacia los demás? ¿No tendríamos que aprender a ayudar de tantas vanidades con las que envolvemos la vida, de nuestros sueños de grandeza y buena consideración, de los aplausos que nos halagan? Miremos con atención muchas cosas concretas de nuestra vida de cada día y de nuestras relaciones con los que nos rodean.

Aprenderemos a decirnos no, absteniéndonos de carne o de golosinas los viernes, pero son de muchas más cosas de las que tenemos que abstenernos, hacer ayuno. Es algo que seriamente tenemos que plantearnos. Leamos con atención lo que hoy nos dice el profeta Isaías. Y todo eso con cara de fiesta porque siempre hemos de sentir la alegría de la presencia del Señor que nos ama y es nuestro salvador.

lunes, 20 de enero de 2025

No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo

 


No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo

Hebreos 5,1-10; Salmo 109; Marcos 2,18-22

‘Las comparaciones son siempre odiosas’, es un socorrido dicho popular, algo así como una sentencia, de la que echamos manos cuando nos encontramos con gente que siempre está haciendo comparaciones entre unos y otros, pero donde de alguna manera tienen siempre alguna relación con nosotros mismos; si a este le dieron y a mi no, si a aquel lo trataron de una determinada manera mientras a mi no me escucharon, si porque aquel tiene amigos influyentes consigue las cosas, pero de mi nadie se preocupa, y cosas así. Son odiosas solemos decir, porque siempre por medio aparece el amor propio, los orgullos, las desconfianzas que van creando enfrentamientos y barreras que nos distancian o que nos pueden llenar incluso de amarguras. Siempre nos encontramos personas así, siempre podemos caer nosotros por esa misma pendiente resbaladiza.

Jesús ha comenzado a predicar y en torno a El se ha ido formando un grupo de los que quieren seguirle más de cerca; son los llamados discípulos, de entre los que Jesús en un momento determinado escogió a los que serían sus apóstoles, sus enviados. Juan el Bautista también tenía sus seguidores allá en el desierto – algunos de ellos fueron los primeros en seguir a Jesús – y aunque la figura de Juan tras ser encerrado en la cárcel y posteriormente decapitado por Herodes había desaparecido, aquellos que le seguían aun siguen manteniendo el espíritu de Juan y siguen realizando lo que de Juan habían aprendido. Pero también había otros grupos sociales que se habían ido formando en torno a figuras o a influencias como las que los fariseos querían imponer en la sociedad de entonces. Todos tenían sus reglas y costumbres, seguían formalmente con algunas costumbres que se convertían para algunos como unas reglas a seguir.

Y es ahora cuando surge la comparación entre los discípulos de unos y de otros, entre lo que hacían los discípulos de Juan y de los fariseos y lo que Jesús les exigía a sus discípulos. Es lo que ahora en sus tiquismiquis le vienen  a plantear a Jesús, la comparación entre el rigorismo que vivían los discípulos de Juan y los fariseos, por ejemplo, en la cuestión de los ayunos y penitencias, y lo que Jesús planteaba a quienes querían seguirle. El planteamiento de Jesús les resultaba novedoso ante lo que estaban acostumbrados que eran las exigencias de los profetas en algunos momentos. Esto era incomprensible para muchos sobre todo los que vivían aquel antiguo rigorismo.

Pero Jesús siempre nos ha dicho que lo que El nos anuncia es una Buena Noticia y las buenas noticias están llamadas a dar esperanza, a levantar los ánimos, a sembrar una nueva ilusión en los corazones; y Jesús había hablado de liberación y de tiempos nuevos, que por algo proclamaba una amnistía, un año de gracia del Señor, que tenia su base y fundamento en lo que era el año jubilar donde todo había de renovarse, donde se encontraría el perdón de antiguas deudas, donde a partir de ese año de gracia todo habría de tener la novedad de lo nuevo, valga la redundancia que tiene su sentido.

Por eso ante las preguntas que le hacen desde sus comparaciones y desconfianzas Jesús hablará de un hombre nuevo, hablará de odres nuevos para vino nuevo, Jesús hablará de que no hemos de andar con remiendos a paños viejos, sino que ha de ser un vestido nuevo que el que hemos de portar. Pero eso es difícil de entender para los que se quieren mantener en viejas costumbres que de verdad no liberan de nada sino que realmente nos hacen caer en una rutina que siempre será ruinosa. Claramente nos lo está diciendo Jesús. No se trata de simples reformas sino de total renovación. Pero nosotros seguimos simplemente queriendo hacer reformas.

Esto tendría que hacernos pensar para muchas cosas, en nuestra vida personal, en ese crecimiento y renovación que tenemos que hacer de nuestra vida, o sea una vida nueva; es el mensaje que tenemos que sentir hondamente en nuestra Iglesia muchas veces tan dada a conservadurismos y no se deja conducir por la novedad del espíritu, por la verdadera novedad del Evangelio de Jesús.

Cuidado hayamos hecho viejo el evangelio, no le terminemos de encontrar su novedad cada vez que lo escuchamos, y tampoco sepamos ofrecerlo como novedad al mundo de hoy. Para muchos, quizás por nuestra forma de presentarlo, puede parecer algo anquilosado, algo de otro tiempo, y no una buena noticia para el mundo de hoy, para el hoy de la vida del hombre actual. No echemos a perder el sabor autentico del evangelio.

miércoles, 19 de junio de 2024

Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios

 


Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios

2 Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todavía hay quien va buscando el reconocimiento y el aplauso, quien va buscando, como se suele decir pero como en realidad sucede, la foto. ¿Nos gustan los aplausos? Nos sentimos halagados es cierto y se aviva nuestro orgullo y nuestro amor propio; pero también es cierto que nos sentimos turbados, al menos quienes queremos ir por la vida con humildad y sencillez. Bien sabemos que para todos no es así.

Pero hoy de lo que queremos hablar es de la sencillez y autenticidad con que hemos de ir por la vida, como nos pide Jesús. No es que ocultemos lo bueno que realicemos, porque ya en otro momento dirá que los hombres vean vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo. Una cosa es que queramos y busquemos nuestra gloria, y otra que a partir de nuestras buenas obras sean muchos los que reconozcan la obra de Dios y den gloria al Padre del cielo.

Jesús se centra hoy en tres pilares de la religiosidad y de la espiritualidad judía, como son la oración, el ayuno y la limosna. Y cuando nos ofrece sus pautas Jesús para la vivencia por nuestra parte de esa religiosidad está teniendo en cuenta lo que con cierta normalidad se contemplaba en su entorno. Jesús denuncia en muchas ocasiones las actitudes hipócritas y de vanagloria que tenían los fariseos, aquel grupo que se consideraba fiel cumplidor de la ley de Moisés en sus prácticas muy estrictas, pero que sin embargo están envueltos de vanidad y de la búsqueda de la apariencia exterior sin darle verdadera autenticidad a sus vidas.

Es lo que nos pide Jesús. Sencillez y humildad lejos de la vanidad y la apariencia, autenticidad para que aquello que realicemos lo hagamos desde el corazón, verdadera espiritualidad porque lo que se busca es la gloria de Dios viviendo en profundidad nuestro encuentro con El por medio de la oración. Lo bueno que realicemos tiene que surgir de lo más intimo y secreto del corazón.

Por eso nos dirá que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha; por eso nos pide esa interiorización en nuestra oración porque lo que buscamos es el encuentro íntimo y profundo con Dios; por eso nos pide hacer desaparecer esas señales externas que quieran manifestar nuestra penitencia y nuestro sacrificio.

Recordamos cómo alabará la actitud humilde del publicano cuando subió al templo para la oración que humilde se sentía pequeño y pecador ante Dios, frente a quien hacía gala ostentosamente de sus cumplimientos casi como una exigencia con la que se presentaba ante Dios. Vete a tu cuarto interior, nos dice Jesús, que no es tanto escondernos cuando hacer verdadero silencio en torno nuestro para poder escuchar la voz de Dios que es lo que verdaderamente importa. Cuando estamos con nuestras galas de lo que hacemos estaremos como distraídos con esas vanidades y no podremos escuchar la voz de Dios en nuestro corazón.

El ayuno no es tanto lo que le podamos restar de alimento a nuestro estómago cuanto todas aquellas cosas de las que debemos desprendernos para poder tener un corazón libre para amar de verdad según el corazón de Cristo. Ayunemos de orgullos y de vanidades, ayunemos de nuestro amor propio y de nuestros deseos de reconocimientos y recompensas, pero ayunemos también de tantas cosas que nos entretienen y nos distraen que se convierten en ataduras de las que tan difícil nos es liberarnos; pensemos en tantas cosas que tenemos a mano continuamente y estamos utilizando a cada momento, pero que si nos faltaran nos parece que ya no seríamos nadie, que nos parece que no podríamos vivir sin ellas.

Piensa, por ejemplo, en ese aparatito que ahora mismo tienes en tus manos para leer esta reflexión, ¿qué serías sin tu móvil, sin tu tablet, sin esos medios que nos unen a las redes sociales? ¿No habría que hacer ayuno de ellas para entrar más en contacto con los que tienes a tu lado?

Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios.

viernes, 16 de febrero de 2024

Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

 


Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Es cierto que siempre nos echan en cara lo mismo; es como si fuera una vía de escape fácil para aquellos que quizás no están tan tranquilos en su conciencia, pero que a manera se justificación de lo que ellos no hacen y en el fondo están sintiendo que algo distinta tiene que ser su vida, el echarnos en cara o el juzgarnos si lo que hacemos está bien hecho o no, o si lo que hacemos es como una pantalla para ocultar nuestras cosas de nuestra vida desordenada.

Sentimos, en cierto, la tentación de responder echándoles en cara lo que ellos no hacen, pero mejor es que nos lo tomemos en serio y como un buen punto de arranque para muchas cosas que tendríamos que mejorar en nuestra vida. ¿Qué sentido tienen nuestros ayunos y por qué los hacemos? La religiosidad que vivimos en nuestra vida ¿es auténtica porque hay una profunda relación con Dios o son solo costumbres o rutinas porque siempre se ha hecho así y alguna cosa habrá que hacer? Mientras ayunamos o hacemos actos de penitencia o dedicamos nuestro tiempo a muchas expresiones de una religiosidad popular ¿por dónde anda nuestra vida? ¿Por dónde andan nuestras relaciones con los demás?

Son preguntas que con sinceridad tenemos que hacernos en nuestro interior para analizar dónde está la autenticidad de nuestra vida. ¿Nos quedamos solo en apariencias, en asistir a unos actos o realizar una serie de prácticas religiosas pero simplemente como una costumbre que se puede convertir en rutina? No estamos queriendo juzgar ni condenar a nadie, sino que os invito a que busquemos esa autenticidad, esa verdad de nuestra vida. No digo que esté mal o no las críticas que nos pueden hacer, pero pueden ser punto de partida para una reflexión que nos hagamos, para una renovación que ciertamente tenemos que hacer de nuestra vida.

A esto nos invita este camino de cuaresma que acabamos de comenzar. Es cierto que de una forma o de otra se nos van a ofrecer toda una serie de prácticas religiosas, vamos a rescatar muchas cosas de esa religiosidad popular que reconozcamos que ha sido así es lo que ha alimentado la fe del pueblo sencillo a lo largo de los años y de los siglos, pero bien sabemos que todo no se puede quedar ahí.

Sí, religiosidad es la forma con la que expresamos lo que es nuestra relación con Dios; es el sentido incluso de la palabra religión. Será algo que tenemos que cultivar con todo espero y queriendo darle la mejor y mayor profundidad. Pero bien sabemos que nuestra relación con Dios estará mejor anudada en la medida en que sabes anudar bien nuestra relación con los demás. No podemos, de ninguna manera, separar la una de la otra.

Por eso hoy el profeta, en nombre de Dios, nos ha dicho y con toda energía cuál es el verdadero ayuno que el Señor quiere. Está claro y no hay que darle ni muchas explicaciones ni muchas interpretaciones.

‘Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos’.

Romper y desatar cadenas y correas, cuantas ataduras nos buscamos, pero con cuantas ataduras queremos dominar sobre los demás; hacer desaparecer lo que haya en nuestra vida que pueda ser un peso para los demás, desterremos exigencias, intransigencias y malos humores con los que tantas veces cargamos contra los otros y les hacemos pasar malos momentos; rompamos las cerraduras con las que queremos guardar solo para nosotros mismos y dejemos que se desparrame de forma generosa lo que somos y lo que tenemos para que todos puedan llegar a vivir con dignidad.

No es fácil. Son muchos los apegos que llevamos en la vida, los orgullos que nos siguen encerrando en nosotros mismos, la insolidaridad que muchas veces hierve dentro de nosotros mismos y cuya espuma nos impide descubrir lo que hay y lo que sufren los que están nuestro lado, no nos enteramos ni nos queremos enterar. Cambiar esas posturas y actitudes produce más desgarro dentro de nosotros que los tirones que nos pueda dar un estómago hambriento solo por un día.

¿Cuál será el ayuno que me está pidiendo el Señor en esta cuaresma que acabamos de comenzar?


miércoles, 14 de febrero de 2024

Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua, el paso del Señor, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús que nos pone en camino de nueva vida

 


Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua, el paso del Señor, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús que nos pone en camino de nueva vida

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Alguien me recordaba ayer que hoy comenzaba la cuaresma y entonces me decía que como comienza la cuaresma no se puede comer (carne, se sobreentendía que quería decir aunque no mencionaba la palabra); yo le respondía que sí era cierto que comenzaba la Cuaresma pero que la Cuaresma es algo más. Pienso que a su manera él quería expresarme que como era la cuaresma venían tiempos de austeridad, de penitencias y de ayunos. Pero me atrevo a decir y con todo respeto para las personas que no llegan a más allá porque eso ha sido resumen de muchas maneras de enfocar las cosas, que eso sería comenzar la casa por el tejado.

¿Qué es la cuaresma que comenzamos hoy? Yo diría que es un camino que nos lleva a la celebración de la Pascua. Hemos de tener clara la meta, por así decirlo antes de hacernos programaciones de muchas cosas a las que hay que darle un sentido. No es penitencia por penitencia, ayuno por ayuno, austeridad por austeridad.

Ya se quejaban los fariseos de que los discípulos de Jesús no ayunaban como sus discípulos o los discípulos del Bautista. Y Jesús les decía que si el ‘novio’ estaba con ellos, qué sentido tendría el que tuvieran que estar tristes, si estar con el novio venía a significar estar en la boda y en una boda hay que estar con alegría y con sentido de fiesta. Pero desgraciadamente esto es lo que muchas veces no brilla en los que nos decimos seguidores de Jesús.

Nos preparamos para la Pascua, es decir, para la fiesta. Sí, no lo podemos olvidar ni descartar. Para nosotros es una fiesta y es una fiesta grande el paso salvador de Jesús por nuestra vida. Es la Pascua del Señor, es el paso del Señor. Queremos en su Pascua sentirnos hombres nuevos, vivir la vida nueva que nos regala Jesús, sentir el gozo de que por el amor que Dios nos tiene nos quiere sus hijos. ¿Pueden andar cabizbajos y tristes los hijos cuando están gozando del amor del Padre?

Es un camino el que hacemos para llegar a vivir eso en toda su plenitud, para llegar a vivir esa fiesta de la Pascua del Señor. ¿Y cómo lo vamos a hacer? Dejándonos impregnar por la Palabra de Dios, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús. Y es ahí donde vamos a encontrar esos caminos de renovación, esos caminos que nos llevan a vida nueva, ese reconocimiento que los caminos que vivimos no son siempre rectos, que la vida que vivimos está llena de muchas sombras que tenemos que iluminar, que tenemos que renovar nuestra vida.

Es entonces, no cuando tenemos que cargar de expresiones tristes nuestras expresiones, sino que vamos a sentir el dolor de haber vivido en esas sombras sin haber escuchado allá en el corazón la Palabra de Dios, pero lo hacemos con esperanza. Y por eso hemos ido dando tropiezos, y nos sentimos pecadores, y queremos acercarnos a Jesús para tocar su manto y que nos cure, dejar que Jesús llegue a nuestra vida y nos tienda su mano para levantarnos, ponga su mano sobre nuestros ojos para que recobremos la luz.

Y claro porque nos sentimos pecadores y en sombras, porque sentimos que nuestra vida está muy llena de muletas de las que un día tenemos que desprendernos, le vamos a decir, ‘si quieres, puedes curarme’, porque sentimos el dolor de nuestra enfermedad, de nuestro pecado. Y claro, cuando nos sentimos así y queremos arrancarnos de esa situación nos sentimos mal, pero no tristes sino con esperanza. Y haremos todo lo posible por ir renovando nuestra vida, y tendremos que aprender a decirnos no en muchas cosas y para eso tenemos que entrenarnos, tenemos que aprender a hacerlo, aunque sea doloroso.

Si ayunamos, si renunciamos incluso a cosas buenas como pueden ser nuestros alimentos – y no tiene que ser el ayuno solo de los alimentos sino de otras muchas cosas que nos dan placer en la vida – es porque queremos aprender a decir no a esas sombras que nos envuelven, porque nos sentimos arrepentidos de nuestro pecado.  No es ayunar por ayunar, no es penitencia por penitencia, es un ejercicio de aprendizaje, de superación en pequeñas cosas para ser capaces de superarnos en lo que verdaderamente es importante. Si vamos a desprendernos de cosas es porque queremos compartir con los demás, porque nos sentimos solidarios de sus problemas o de sus necesidades, es porque queremos que brille de verdad el amor en nuestro corazón y en nuestra vida.

Por eso Jesús no nos quiere tristes y nos manda incluso que nos perfumemos cuando ayunamos para que nadie note que lo estamos haciendo, sino el Padre del cielo, pero además nos pide humildad en nuestra generosidad para evitar lo que sea vanidad u ostentación. Es lo que nos está recomendando hoy Jesús en el evangelio. Así abrimos nuestro corazón a Dios en nuestra oración.

Comenzaremos la cuaresma con ese signo de la ceniza – de ahí el nombre que le damos a este miércoles - que dejamos que se nos imponga sobre nuestras cabezas, como un signo de humildad, es cierto, reconociendo que estamos manchados pero buscando el agua que nos lave, el agua que nos dé nueva vida, ese baño de agua viva que vamos a recibir cuando celebremos la Pascua. ‘En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios’, nos decía san Pablo. Démosle hondo sentido y significado a este rito con que comenzamos la Cuaresma.

No lo olvidemos, caminamos hacia la Pascua.

sábado, 8 de julio de 2023

El evangelio es noticia nueva porque si no es nueva no es noticia y es noticia buena porque nos ofrece la novedad de una vida nueva, dejémonos de componendas

 


El evangelio es noticia nueva porque si no es nueva no es noticia y es noticia buena porque nos ofrece la novedad de una vida nueva, dejémonos de componendas

Génesis 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Mateo 9, 14-17

Los caminos de la vida y de la historia podríamos decir que son un continuo avanzar, cada cosa tiene su tiempo, cada momento será único e irrepetible, y nos vamos encontrando continuamente las novedades que la misma vida nos ofrece, de alguna manera continuación de lo anterior pero siempre con lo nuevo de lo que ahora sucede que no es una simple repetición de lo pasado. Algunas veces nos cuesta aceptar esa novedad; sobre todo los mayores hay momentos en que nos llenamos de añoranzas de las cosas que en otros momentos vivimos y nos cuesta aceptar lo nuevo que progresivamente se nos va ofreciendo.

De ahí las tendencias en la manera de pensar, en la forma de plantearnos la vida, de continuar con la construcción de este mundo, cosas que nos hacen diferentes los unos a los otros, cosas en las que siempre habríamos de tener la lucidez de ver lo nuevo que podemos hacer o podemos construir. Son las diferentes tendencias que nos encontramos en la vida social, en las costumbres que queremos mantener, en lo valores sobre los que hemos de ir construyendo la vida, la visión incluso de futuro que podamos tener. Nos cuesta muchas veces descubrir lo bueno en lo nuevo que se nos va ofreciendo. No es lo mismo la historia vivida en otros siglos y en otros tiempos, que la vida que ahora nos toca vivir, y es a esta vida a la que tenemos que responder.

La presencia de Jesús que tantas esperanzas iba suscitando en los que soñaban con un nuevo, sin embargo también llenaba de inquietud a los que les costaba entender la novedad de la Buena Noticia que Jesús iba proclamando. Siempre la palabra de los profetas a trabes de toda la historia de Israel produjo esperanzas e inquietudes, entusiasmos y desconfianzas, no todos aceptaban la palabra valiente del profeta que les hablaba en nombre de Dios. Lo mismo está sucediendo con Jesús. Los que se sentían más oprimidos por la vida en las circunstancias concretas que cada uno vivía, llenaban su corazón de esperanza con el mensaje de liberación que Jesús ofrecía; pero incluso, sin embargo, aquellos que aun queriendo mantener una fe y unos sentimientos religiosos, descubrían que eran nuevos los caminos que Jesús ofrecía se sentían inquietos y desconfiados porque les parecía que les estaban cambiando su mundo. Fue el rechazo que veremos a lo largo del evangelio que manifestarán sobre todo los dirigentes del pueblo, muy enfrascados en sus intereses también, contra Jesús.

Pero hoy quienes se acercan a Jesús con cierta desconfianza son los que habían estado muy cerca del Bautista que había venido como precursor del Mesías para preparar los caminos del Señor. La austeridad de Juan, que era un signo en medio de aquel pueblo, había hecho también que a sus propios discípulos les costara aceptar el mensaje de Jesús y el nuevo estilo de vida que Jesús iba ofreciendo. Ellos que habían vivido intensamente la austeridad del bautista, ahora no entienden que los que siguen a Jesús no vivan también en ese mismo sentido tan penitencial. Había que preparar los caminos del Señor, pero no eran las cosas como rutinas lo que había que mantener, sino que era el corazón el que de verdad debía convertirse al Señor. Había sido el mensaje del Bautista que no siempre supieron entender, y era el mensaje de Jesús. Algo nuevo estaba ofreciendo Jesús.

Los discípulos de Juan no entienden que los discípulos de Jesús no ayunen como ellos lo hacían. Pero Jesús les está diciendo que ha llegado la hora de las bodas del Reino de Dios. Y las bodas no se pueden vivir en la tristeza sino en la alegría. ¿Cómo van a ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos celebrando el banquete de bodas del Reino de Dios?

Y es cuando Jesús nos deja esas hermosas sentencias que nos hablan de esa vida nueva que hemos de vivir. Pero para vivir esa vida nueva del Reino de Dios hay que vestirse un traje nuevo. ¿No recordamos, con la parábola, aquel traje de fiesta que se exigía al que estaba invitado a la boda y quien no lo tuviera no podía participar en ella? No valen composiciones y arreglos, los remiendos siempre quedan mal apañados. Es necesario un traje nuevo, un vestido nuevo, como nuevos tienen que ser los odres donde se ponga el vino nuevo no sea que su fuerza los destruya y se pierdan los odres y se pierda ese vino nuevo.

Es la conversión a la que nos invita Jesús, que es una transformación total, que no es revestirse un traje cualquiera hecho de remiendos, sino vestirse el traje nuevo de la fiesta. Qué lástima porque seguimos con muchos remiendos en la vida, queremos arreglar esto por aquí, queremos mantener lo otro por allí, volvemos a sacar las cosas viejas que ya están inservibles aunque en su momento tuvieran su razón de ser, nos quedamos con estas devociones y estas rutinas, pero no damos el paso grande de la transformación del corazón y de la vida.

Vivamos toda la novedad que nos ofrece el evangelio, como su misma palabra indica. Es noticia nueva, porque si no es nueva no es noticia, y es noticia buena porque algo bueno y nuevo nos ofrece. Dejemos de hacer componendas. Abrámonos a esa novedad de vida nueva.

miércoles, 21 de junio de 2023

No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

 


No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18

Bueno, hay que decirlo así, a todos nos gusta una alabanza, una muestra de agradecimiento, que nos reconozcan lo que hemos hecho. Es muy humano. Podemos decir también que un reconocimiento puede ser un aliciente, un estímulo en esa lucha interior por salirnos de nosotros mismos para hacer algo distinto, para hacer algo que sea bueno también para los otros. Y realmente hemos de decir que no podemos quitar esos estímulos de la vida. Aunque sabemos que las cosas hay que hacerlas no por los reconocimientos que tengamos, sino desde nuestra responsabilidad, desde la humanidad que llevemos en el corazón.

Es cierto que demasiados hay en la vida que no saben actuar sino por el aplauso, por la plaquita que nos den o pongan en algún lugar con nuestro nombre. Forma parte, como decíamos, de nuestra condición humana, que halaguen nuestro yo. Pero ¿qué tiene que ser lo importante? ¿Nuestro amor propio o un amor autentico que nos lleve a darnos por los demás? Nos ponemos en plan de razonamientos y todos lo vemos muy claro, pero luego quizás será lo que hagamos en el día a día. Y bien sabemos de cuantos se suben con mucha ligereza al pedestal para recibir los aplausos.

Jesús hoy en el evangelio viene a prevenirnos y nos habla en tres situaciones muy concretas de la vida, la limosna, el ayuno y la oración, aunque por supuesto lo podemos ampliar a todos los aspectos de la vida. Quizás el evangelista nos ha recogido solamente estas situaciones por esa denuncia constante que Jesús hace en el evangelio de las actitudes y de las posturas de los fariseos. Porque los ejemplos que está poniendo Jesús para concretar esas situaciones bien retratan las costumbres de los fariseos acostumbrados a figurar y a que todo lo que hacían tuviera su resonancia para recibir las alabanzas de la gente.

Nos deja Jesús una sentencia muy sencilla y muy bonita. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha’. Es la ofrenda callada y anónima de aquella pobre viuda en el templo. Si hoy la conocemos es porque fue Jesús el que en ella se fijó y nos quiso dar una lección, pero la generosidad de aquella mujer había pasado desapercibida para todos. Es la tarea de nuestro amor, es el silencio de nuestra generosidad, es el corazón que calladamente se pone al lado del otro sin que nadie lo note, pero que va a levantar el animo de quien sufre en soledad, es ese gesto que pasará desapercibido para la mayoría de los presentes pero que lo sentirá en su corazón quien está buscando fuerzas para levantarse y en esa mirada silenciosa, en esa sonrisa que pasa desapercibida para los demás él escucha esa palabra que le da aliento y que le da fuerza.

Y nos hablará Jesús de cuales han de ser las actitudes y las posturas de nuestra relación con Dios, ya sea la oración, ya sean nuestros actos penitenciales. ‘Entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Si nuestra oración no sale del corazón nunca llegará a Dios. No son las palabras repetidas en altavoz como una cantinela, mientras quizás nuestros pensamientos y nuestro corazón están muy lejos del lugar en que te encuentras, las que van a llegar al corazón de Dios. Decimos tantas veces que Dios no nos escucha, pero es que realmente nosotros hemos hablado con Dios, ¿nuestra oración ha sido realmente un encuentro vivo con el Dios que tanto nos ama?

Pero ya decíamos que estas pautas que hoy Jesús nos propone nos valen para todas las situaciones de nuestra vida. Es todo ese desarrollo de nuestra vida interior, como será el cumplimiento de nuestras responsabilidades personales, familias o en el ámbito de nuestra sociedad. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿Solamente buscamos una recompensa o una compensación? ¿Habrá algo profundo dentro de nosotros mismos que sea lo que nos mueva a darle toda esa intensidad a nuestra vida?

 

lunes, 27 de febrero de 2023

No son los protocolos los que hacen la dignidad de la persona, sino el grado de humanidad con que tratamos al otro lo que eleva la dignidad de todo ser humano

 


No son los protocolos los que hacen la dignidad de la persona, sino el grado de humanidad con que tratamos al otro lo que eleva la dignidad de todo ser humano

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46

Cuando Dios nos creó, como nos enseña la Biblia desde la primera página, nos dotó de la más gran dignidad y nos hizo para el amor; será en ese amor donde alcanzaremos la más alta cota de nuestra dignidad. Un poco de calor humano en nuestras relaciones nos hace más grandes y más felices que todas las leyes y normas que podamos establecer para proclamar la dignidad de la persona.

Es necesario el respeto, ciertamente, pero podemos manifestar nuestro respeto desde la frialdad del corazón. Podemos tener todos los protocolos que queramos imaginar para que tratemos dignamente a las personas, pero si en nuestro trato falta ese calor humano que solo puede nacer puro cuando nace desde el amor, lo que obtendremos en nuestra relacion entre los unos y los otros será frialdad; qué mal nos sentimos cuando simplemente nos dicen todo lo que tenemos que hacer para beneficiarnos de unos derechos, si quien nos lo está manifestando en sus gestos, en la forma de hablarnos, en su mirada, en su cercanía y su escucha no pone ese calor humano para poder uno sentirse acogido y amado.

Es el amor el que nos engrandece, el que nos hace sentirnos personas de verdad cuando lo recibimos y cuando lo ofrecemos. Es el amor que me valora y me dignifica, es el amor que me hace levantarme cuando estoy hundido, es el amor el que me hace descubrir ese rayo de esperanza para caminar cuando todo me parece turbio porque estoy envuelto en mil problemas, es el amor el que despierta en mí la alegría de la vida.

Por eso son tan importantes los gestos de humanidad que vamos regalando mientras hacemos el camino. No son grandes cosas, pero ese vaso de agua que se me ofrece para calmar mi sed, ese sitio que se me ofrece cuando los que están sentados se acomodan aun en su estrechez para que yo también pueda sentarme, esa sonrisa que llega a mi como una brisa fresca cuando voy acalorado en el camino buscando mil soluciones para mis problemas, ese cederme el paso en el lugar estrecho para evitar que vaya por donde se pueda poner en peligro mi vida, esa mirada que sin palabras me enseña a confiar en mi mismo y en mi capacidad para salir de aquel mal momento… son pequeños gestos de humanidad que me hacen sentirme querido y valorado y que me harán caminar con mayor esperanza e ilusión. Son los que también hemos de saber regalar en cada paso a los demás.

Nos decía Dios desde el texto del Antiguo Testamento las cosas que habíamos de evitar, y simplemente nos daba una razón, porque ‘yo, el Señor tu Dios, soy santo’. Y nos enseñaba como tenemos que amar como nos amamos a nosotros mismos, y lo que no queramos para nosotros, no lo podemos querer nunca para nadie.

Pero Jesús en el evangelio nos levanta el listón un punto más, porque ya nos dice que tenemos que amar como El nos ha amado. Y para que seamos capaces de hacerlo nos dice que cuando hicimos una de esas pequeñas cosas a los demás, a El se lo estábamos haciendo. Desde entonces en el otro no solo he de ver a una persona repleta de dignidad y que con dignidad hemos de tratar, sino que en el otro estaremos siempre viendo a Jesús a quien no podremos amar si no amamos de verdad al hermano.

Nos habla Jesús hoy en el evangelio de que nos va a preguntar cuando nos presentemos a El en el examen final de nuestra vida. Y de lo único que nos va a examinar es de amor. En esa alegoría del juicio final nos va señalando esas actitudes de amor que hemos de tener con los demás que van a manifestar la autentica cordialidad de nuestro corazón. En nuestra reflexión nos hemos detenido en algunos gestos de humanidad que en el día a día podemos tener para los que están a nuestro lado. El amor es creativo, porque cada uno va a encontrar sus gestos, esos gestos que tiene que tener con las personas concretas con las que convive, con las que trabaja, con las que hace su vida, con las que se va a cruzar por la calle. Es ahí donde tenemos que derretirnos de amor.

Es lo que ahora en este camino cuaresmal que casi estamos empezando a hacer tenemos que revisar, tenemos que plantearnos, tenemos que poner por obra. Es el auténtico ayuno y la auténtica penitencia que tenemos que hacer; es la verdadera oración en la que vamos a encontrarnos con el Señor. Piensa, por ejemplo, que cuando te detienes en el camino a escuchar a aquella persona que una y mil veces quizás te va a contar lo mismo, es como si estuvieras orando con el Señor.

miércoles, 15 de junio de 2022

Necesitamos cultivarnos por dentro para no quedarnos en vanidades porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos

 


Necesitamos cultivarnos por dentro para no quedarnos en vanidades porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Sal 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

A quién le amarga un dulce, solemos decir cuando queremos camuflar el orgullo que sentimos dentro de nosotros ante una alabanza por algo que hayamos hecho, un reconocimiento ya sea en forma de plaquita o de los oropeles de las medallas que quieren colgar sobre nuestros cuellos. Es cierto que en la vida tenemos que aprender a reconocer lo bueno que hacen los demás, y que todos sentimos dentro de nosotros el prurito satisfactorio de una alabanza o de un reconocimiento.

De cosas sencillas y pequeñas, muy elementales nacidas de la gratitud que hemos de tener hacia aquellos que hacen el bien, nacen luego las vanidades que se transforman en vanagloria y hasta desearíamos que nuestro nombre se perpetuara hasta la eternidad, porque así complacemos nuestra vanidad, alimentamos el orgullo y el amor propio y terminamos no solo queriendo elevarnos por encima de los demás sino que hasta seremos exigentes con aquellos que no nos muestran esos reconocimientos.

No vamos a seguir tirando del hilo de las vanidades porque esa hoguera de las vanidades consume muchos corazones o nos llena de muchas ambiciones que pueden terminar convirtiéndose en auténticas batallas que pueden destruir lo más hermoso que podemos llevar en nuestro corazón. Nadie es ajeno a esta tentación de la vanidad, a todos nos puede aflorar en el momento en que menos lo pensemos ese brillo en nuestros ojos emocionados por los reconocimientos. Demasiados oropeles de vanidad envuelven nuestra vida.

De esto nos quiere prevenir hoy Jesús en el evangelio. En el llamado sermón del monte Jesús nos va desgranando diversas situaciones de la vida donde hemos de saber mantener una vigilancia para que se mantenga la pureza de intención en aquello bueno que hacemos y no lleguemos a empañarla con esos brillos de oropeles. Nos señala Jesús diversos momentos o situaciones de nuestra vida, y sobre todo en relación a todo lo que fuera nuestra vida religiosa para que alejemos de ella toda vanidad.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración, del ayuno y de la penitencia que podamos hacer en distintos momentos de la vida. Ya de entrada Jesús nos deja la sentencia, el principio: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos’. Practicar la justicia, hacer el bien con humildad y con la sinceridad de nuestra vida. No por el aplauso y reconocimiento, sino por aquello que con sinceridad queremos hacer desde lo más hondo de nosotros mismos.

Claro que Jesús aquí nos está queriendo contraponer actitudes y posturas de mucha gente de su tiempo, que no pueden ser la pauta de los que nos llamamos sus seguidores, sus discípulos vayamos a hacer en nuestra vida. Son las actitudes de los fariseos que veremos en otros momentos del evangelio denunciar con vehemencia y fuerza por parte de Jesús; es de lo que ahora nos quiere prevenir para que haya esa sinceridad y rectitud en nuestra vida, porque lo que en verdad busquemos siempre sea la gloria de Dios.

‘Tú, en cambio, cuando hagas limosna, nos dice Jesús, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará’. No son las recompensas humanas, no son los reconocimientos de los hombres lo que tiene que movernos. Y nos habla de la limosna, pero nos hablará de la oración que haremos en lo escondido de nuestra habitación, porque es allí en nuestro interior más profundo donde vamos a sentir a Dios, donde vamos a encontrarnos con Dios, dónde y cómo vamos a presentarle nuestras peticiones. ‘Ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Y en el mismo sentido nos va a hablar del ayuno. ‘Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará’.

Nos habla Jesús de estas tres situaciones concretas, porque eran hechos que estaban bien palpables en tantos en aquel momento. ¿Hoy qué nos diría el Señor? ¿Qué situaciones concretas de nuestra vida nos estaría señalando? ¿Esa vanidad no irá pareja en la vida con la superficialidad con que vivimos las cosas? Vanidad, superficialidad que nos lleva muchas veces de la rutina y a la vaciedad con que vivimos y hacemos las cosas; y nos fijamos en las apariencias que queremos mantener para que nos tengan en consideración o para que no baje nuestra autoestima; costumbrismo vacío, porque siempre las cosas se han hecho así, y no intentamos ni profundizar ni mejorar y acaso nos contentamos de realizar formalmente, ritualmente las cosas sin darles mayor sentido.

Nos falta muchas veces a los cristianos una auténtica espiritualidad que nos dé profundidad a lo que vivimos; damos la impresión tantas veces de que estamos tan vacíos; sería lo que nos haría creíbles ante el mundo que nos rodea, aunque también hay el peligro o la tentación de que nos rechacen porque les molesta la profundidad que le queremos dar a las cosas que hacemos. Necesitamos cultivarnos por dentro porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos.