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viernes, 22 de mayo de 2026

Cuando nos dejamos llevar por la disponibilidad del amor descubriremos las maravillas de Dios porque llegaremos a sentir su presencia

 


Cuando nos dejamos llevar por la disponibilidad del amor descubriremos las maravillas de Dios porque llegaremos a sentir su presencia

Hechos 25, 13b-21; Salmo 102; Juan 21, 15-19

Ahora en estas diversas manifestaciones de Cristo resucitado va haciéndoles sentir su presencia de una manera especial porque así han de dejarse envolver por su Espíritu para ser sus testigos hasta los confines del mundo. Son momentos de sentir algo especial, son momentos que nos preparan para el anuncio, momentos que hacen rebrotar la esperanza y ese compromiso de llevar ese anuncio de la buena nueva de Jesús hasta el último rincón.

No nos pide Jesús otra cosa que amor. Es ese dialogo tan tierno entre Jesús y Pedro. Ya habíamos como tantas veces se había adelantado Simón para ir por delante en esas promesas de amor, para dejar bien sentado cuanto lo amaba y que estaría incluso dispuesto a dar la vida por Jesús. Así eran los impulsos del corazón que no podía permitir que nada le pasara. Cómo se ponía de pesado queriendo convencer a Cristo que nada de aquello que anunciaba le podía pasar de manera que Jesús quiere quitárselo de delante porque está síendo una tentación para El. Palabras duras serán las que pronunciará en ese momento.

Jesús ahora le pregunta por su amor, no uno, sino dos, hasta tres veces. Quiere Jesús que pastoree sus ovejas. Un  día se lo había anunciado Aquel de quien hablaban Moisés y los profetas. En otra ocasión ante el aturdimiento de Pedro por la pesca tan grande que habían recogido en el lago porque se había dejado confiar en la palabra de Jesús, se le había anunciado que sería pescador de hombres. Ahora se había repetido aquella pesca y allí en medio estaba Jesús. También ahora había confiado en la Palabra de Jesús que le señalaba por donde había que echar la red. Es la disponibilidad del amor.

Jesús confía en el amor, y cuando ponemos amor de verdad todo es posible. Nosotros tenemos que confiar en el amor que Dios nos tiene, de cuántas maneras maravillosas nos lo va manifestando en el día a día de nuestra vida. Y ahí tiene que estar nuestra respuesta de amor, aunque nos sintamos débiles, aunque muchas veces no hemos sabido estar a la altura de ese amor. Como Pedro tenemos que decirle, que la amamos y el conoce las medidas de nuestro amor – ‘tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’ -. ¿Estaremos dispuestos como Pedro a dejarnos ceñir para ser capaces de dar la vida también por el Maestro?

 

martes, 31 de marzo de 2026

Fáciles para la promesa entusiasmada pero pronto también para con nuestros miedos y cobardías querer salvar nuestros intereses aunque tengamos que negar lo más sagrado

 


Fáciles para la promesa entusiasmada pero pronto también para con nuestros miedos y cobardías querer salvar nuestros intereses aunque tengamos que negar lo más sagrado

Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Qué fáciles somos para las promesas en los momentos de entusiasmo. A veces las cosas nos parece que marchan bien y en nuestra mente nos creamos castillos en el aire, que pronto veremos quizás que se nos caen como un castillo de naipes que al menor movimiento de alguna de las fichas se viene abajo. Así nos entusiasmamos en muchos momentos de la vida, momentos de euforia y de felicidad y ya pensamos que todo siempre va a marchar sobre ruedas, momentos de fervor espiritual y nos hacemos mil propósitos, y nos decimos que las cosas ya no van a ser como antes pero pronto nos damos cuenta que la vida es más difícil y más dura, y nos faltan las fuerzas, o nos volvemos a encantar con las cosas de antes y todo se vuelve como una pendiente en que todo va resbalando y termina en una perdición.

Así Vivian momentos de entusiasmo los discípulos con Jesús sobre todo cuando veían que la gente le seguía y acudían a El de todas partes y parecía que aquello se convertía en un camino de triunfo; de ahí sus sueños, porque ya estaban aspirando a ver qué puesto les iba a tocar en ese reino que con el Mesías se iba a instaurar. ¿No recordamos el entusiasmo de Pedro en el Tabor que ya estaba allí montando tres tiendas para Jesús, Moisés y Elías, olvidándose incluso de que ellos también estaban allí en el descampado y quizás las pudieran necesitar?

Son las emociones de la cena pascual lo que nos trasmite hoy el evangelio. Hoy se nos sitúa un pequeño marco de aquella cena donde se van a pronunciar palabras muy solemnes y de mucha trascendencia. Porque Jesús comienza anunciando una traición; y todos se revuelven porque les parece algo incomprensible, Juan en la cercanía de Jesús alrededor de la mesa se atreve a preguntar como en secreto a Jesús. Y Jesús untando un trozo de pan lo entrega a Judas indicándole que lo que ha de hacer que lo haga pronto. El resto no entiende, porque pensaban que era algún preparativo que Jesús le había encargado para la fiesta. Y Judas sale del Cenáculo, diciéndonos el evangelista que era de noche. De la luz se fue a la oscuridad, un tremendo y trágico signo por cuanto había de suceder. Un tremendo y trágico signo en el que tantas veces quizás nosotros también nos vemos envueltos.

Y Jesús presintiendo ya la pasión que iba a vivir a partir de ese momento sin embargo habla de glorificación. En un sentido muy a ras de tierra parecen palabras incomprensibles como les está resultado a los que quedan alrededor de la mesa. Jesús habla en cierto modo de su soledad, porque ellos no podrán seguirle, ¿o no serán capaces de seguirle?, tendríamos que preguntarnos porque quizás es también la misma debilidad que nosotros tenemos en la que no terminamos de mantener nuestra fidelidad. Cuántos tropiezos y caídas, cuántas marchas atrás y traiciones, cuántas veces nos quedamos por camino con nuestros cansancios o con nuestras desilusiones.

Pero allí está Pedro como siempre dispuesto a todo, aunque un día cuando Jesús anunciaba su pasión decía que eso no podía pasarle y trataba de disuadir a Jesús; pero ahora parece que está firme en su voluntad, ‘aunque todos te abandonen, yo no’, es la porfía con la que Pedro quiere presentar su disponibilidad. Bueno, llegaría a buscarse una espada que llevar consigo, como aparecerá en el huerto de Getsemaní.

Pero para él también tiene Jesús un anuncio. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’. Ya sabemos lo que sucedió más tarde. Pedro como todos cuando llegó la hora del prendimiento lo habían abandonado y se habían dispersado. Más tarde se atrevió a acercarse por el patio del Pontífice y había caído en la trampa porque hasta su hablar lo delataba como galilea y entonces amigo del Galileo que estaban juzgando y condenando; alguno incluso lo reconocería por haberlo visto en el huerto. Y vienen las negaciones, el recular y el querer esconderse, el no reconocer que conocía a Jesús quien tantas veces le había manifestado su cariño y su amor, quien había dicho las más bellas palabras sobre Jesús, aunque inspirado por el Padre del cielo.

¿No es también el camino que nosotros tantas veces hacemos? Pedro también se metió en las sombras de la noche, como tantas veces nos sucede a nosotros. Las tinieblas prefirieron la oscuridad a la luz, como nos decía el evangelio de san Juan. ‘Vino a los suyos y los suyos no lo reconocieron’, y seguimos tantas veces sin reconocerle, o sin dar la cara por El. ¿Esta Pascua que vamos a vivir significará ya ese cambio definitivo porque vamos siempre a preferir la luz?

martes, 15 de abril de 2025

A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 


A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

El camino de la vida no es siempre fácil; aparecen los cansancios y los desánimos, momentos de dificultad y de sufrimiento ante los problemas que no nos faltan, ante la situaciones de enfermedad que van surgiendo, en los encontronazos que vamos teniendo en la vida porque la convivencia no es fácil, porque no siempre nos entendemos, porque afloran resentimientos y orgullos mal curados; nos sentimos débiles, nos sentimos solos en ocasiones, no nos parece que seamos escuchados en nuestras suplicas, y nuestro corazón se llena de tormento y de desesperanza. Nos preguntamos muchas cosas, muchos por qué que no entendemos, y tenemos el peligro de verlo todo sin sentido y la tentación incluso de tirar la toalla.

El cántico del siervo de Yahvé que se nos ofrece en la primera lectura es ese cántico atormentado por el que nosotros a veces pasamos en la vida. Sin embargo aquel siervo de Yahvé se siente llamado desde las entrañas de su madre a una misión que Dios le va a confiar, se sabe elegido y amado de Dios, aunque ahora no entienda por lo que está pasando y por eso se hace muchas preguntas.

Como nosotros tantas veces en la vida, porque lo sabemos, que Dios nos ama y que también nuestro lugar en la vida tiene un sentido y una misión, aunque muchas veces nos sintamos envueltos en esas tinieblas de duda y de tentación. Es de donde tenemos que levantarnos sin perder la fe y la esperanza, porque Dios ha puesto una luz en nuestro corazón con la que también tenemos que alumbrar a los demás. Es momento de reavivar nuestra fe, de sacar a flote nuestra esperanza, de continuar firmes nuestros pasos en el camino para cumplir nuestra misión en la tierra.

¿Pasaría Jesús por esos momentos de oscuridad antes de comenzar su pasión? Lo que hoy nos relata el evangelio son partes de lo acaecido aquella noche en la cena pascual. Podíamos decir que hay un momento de desahogo de Jesús. Lleva tiempo con aquellos discípulos a quienes ha querido constituir apóstoles porque van a ser sus enviados, a ellos les va a confiar una misión. ¿Cómo andan los ánimos de los discípulos ahora que barruntan que algo especial va a suceder, porque no entienden a pesar de lo claro que Jesús les ha hablado tantas veces?

Nos dice el evangelista que ‘estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar…’ De alguna manera también los discípulos se quedan desconcertados. ‘Se miraron unos a otro perplejos porque no sabían lo que decía’. Se cruzan las miradas llenas de perplejidad e interrogantes, como las señas que le hará Pedro a Juan que estaba más cerca de Jesús, casi recostado sobre su pecho. ‘Señor, ¿quién es?’ Dolor, sentimiento de traición, desilusión, fracaso, frustración, abandono… ¿será un adelanto de lo que va a ser su oración en Getsemaní?

Jesús solamente tomará un trozo de pan untado que se lo da Judas diciéndole ‘lo que tienes que hacer hazlo pronto’. Judas se marchará a la noche, significativa imagen de la noche de la traición en la que se había sumergido, pero los discípulos siguen sin entender. Pedro, como siempre en su fervor por Jesús, porfiará que está dispuesto a dar la vida por Jesús, que sin embargo le anunciará que antes que el gallo cante – el canto de la madrugada antes de que amanezca de nuevo la luz del día, cosa bien significativa – le habrá negado tres veces.

Pero Jesús habla de que ha llegado la hora de la glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará’. Lo que parece que pudieran ser momentos de sombras y de tinieblas es sin embargo donde va a manifestarse la gloria de Dios. En el Tabor, en aquel momento sublime en que se manifestaba en su transfiguración la gloria del Señor, sin embargo Jesús con Moisés y Elías hablaban de la pasión que Jesús iba a sufrir. Y en aquel momento se escucharía la voz desde el cielo señalándolo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Y ahora se va a manifestar lo que es ese amor de Dios, que tanto nos ama que nos entrega a su Hijo para nuestra salvación. Es su misión, la misión del enviado del Padre, manifestarnos el rostro amoroso de Dios.

A pesar de nuestras oscuridades, a pesar de los sinsabores a los que tenemos que enfrentarnos en la vida ¿no tendríamos que recordar también que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros? ¿No será esa la fuerza que nos hará levantarnos de nuestros cansancios y nuestros desánimos?

viernes, 7 de marzo de 2025

¿De qué nos estará pidiendo el Señor que nos abstengamos o hagamos ayuno en nuestra vida de cada día para vivir el gozo de la presencia del Señor?

 


¿De qué nos estará pidiendo el Señor que nos abstengamos o hagamos ayuno en nuestra vida de cada día para vivir el gozo de la presencia del Señor?

 Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Parece normal que si estamos viviendo unos momentos agradables y felices en esos momentos no traigamos al presente situaciones que nos puedan resultar duras. Tratamos oportunamente de disfrutar el momento aunque sepamos que luego tendremos que afrontar situaciones que nos puedan resultar costosas, quizás puedan aparecer carencias que nos pueda imponer la vida o que quizás nosotros mismos nos imponemos en aras de conseguir luego algo mejor.

Cuando queremos alcanzar buenas metas quizás tengamos que pasar por el sacrificio y la renuncia, quizás no tenemos más posibilidades, pero sabemos que es el camino que nos ayudará en nuestro esfuerzo por conseguir lo mejor. El estudiante que quiere obtener los mejores conocimientos y las mejores notas al final, tendrá que renunciar a momentos de esparcimiento y de fiesta para poder estudiar; el que va a emprender una obra que es el sueño de su vida, para poder tener lo necesario para alcanzar renunciará a gastos en otras cosas que aunque buenas no son tan necesarias. Y así podríamos ponernos muchos ejemplos de la vida que pasan por ese sacrificio en aras de la meta que quieren alcanzar.

Hoy le vienen a plantear algunos porque sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan el Bautista o los seguidores de los fariseos. Jesús habla de que los amigos del novio cuando están en la fiesta de la boda de su amigo, tienen que participar de la alegría de esa fiesta porque además es la manera de sentirse unidos a El. Y así les pasa a los discípulos de Jesús, los que queremos seguir a Jesús, vivimos siempre en la alegría de su presencia y con ese sentido de fiesta. Qué lástima que algunas veces los cristianos vamos con cara de duelo incluso a nuestras celebraciones más festivas como tiene que ser siempre la liturgia; qué lástima que los cristianos no manifestemos más la alegría con que vivimos nuestra fe.

Jesús les dice, sin embargo, que podrán llegar momentos en que tengan que vivir en ese sacrificio. Así se considera el ayuno, es la renuncia a algo que necesitamos y que además nos gusta y saboreamos. Estamos en la cuaresma y hay algunos días que son especialmente penitenciales; es el momento de ofrecer algo de nosotros mismos, algo que nos cueste pero que ofrecemos con amor, como un signo y una señal de nuestro arrepentimiento pero también de que queremos algo mejor en nuestra vida.

Creo que tenemos que ir descubriendo el verdadero sentido que tiene que tener nuestro ayuno o nuestra abstinencia. Prescindir de algo que es gustoso para nosotros pero como señal de ese camino de superación que tenemos que hacer en nuestra vida. Muchas veces tenemos que decirnos ‘no’ en la vida, porque no todo nos lo podemos permitir, o porque quizás algo se nos presenta tentador como algo bueno pero nosotros sabemos que ese no es el camino de rectitud que hemos de vivir; y eso cuesta, y no siempre tenemos la voluntad firme para hacerlo y no dejarnos arrastrar por la tentación, y para eso tenemos que entrenarnos.

Sí, entrenarnos, aprender a hacerlo. El que realiza un entrenamiento por ejemplo para realizar un deporte tendrá que aprender unas técnicas, tendrá que desarrollar unas cualidades o unas costumbres, tendrá que dejar quizás malos hábitos o malas manera de hacer aquellas cosas, para aprender lo que es mejor, lo que hará de él ese buen deportista que logra metas y triunfos.

Eso en la vida. Siempre nuestro camino ha de ser un camino de superación y crecimiento. Y eso cuesta, y eso nos exige dejar a un lado los malos hábitos o rutinas de cómo hacíamos las cosas, eso nos está pidiendo unas renuncias, un decirnos no. ¿Estaremos entrenados para eso cuando todo nos lo permitimos, cuando no nos negamos de nada, cuando simplemente en la vida nos dejamos llevar?

¿No necesitaremos hacer ayuno de algunas cosas? El ayuno que nos está pidiendo el Señor va más allá de unos determinados alimentos. ¿No habrá en nosotros muchas rutinas de la vida de las que tendríamos que ayunar? ¿No tendríamos que ayunar de nuestro mal humor y de nuestros malos modos, de nuestras violencias y malquerencias, de nuestras envidias y resentimientos, de nuestras miradas despreciativas y de nuestras desconfianzas, de nuestras ganas de murmurar y de criticar y de andar siempre con nuestros juicios severos hacia los demás? ¿No tendríamos que aprender a ayudar de tantas vanidades con las que envolvemos la vida, de nuestros sueños de grandeza y buena consideración, de los aplausos que nos halagan? Miremos con atención muchas cosas concretas de nuestra vida de cada día y de nuestras relaciones con los que nos rodean.

Aprenderemos a decirnos no, absteniéndonos de carne o de golosinas los viernes, pero son de muchas más cosas de las que tenemos que abstenernos, hacer ayuno. Es algo que seriamente tenemos que plantearnos. Leamos con atención lo que hoy nos dice el profeta Isaías. Y todo eso con cara de fiesta porque siempre hemos de sentir la alegría de la presencia del Señor que nos ama y es nuestro salvador.

domingo, 2 de julio de 2023

Ponemos la alegría de la ilusión por lo nuevo y la esperanza de plenitud con la certeza de que hasta lo más pequeño será siempre una siembra de vida

 


Ponemos la alegría de la ilusión por lo nuevo y la esperanza de plenitud con la certeza de que hasta lo más pequeño será siempre una siembra de vida

2Reyes 4, 8-11. 14-16ª; Sal 88; Romanos 6, 3-4. 8-11; Mateo 10, 37-42

Estamos llamados a vivir y a transmitir vida. Forma parte de nuestra naturaleza, del sentido de nuestra existencia. La vida no se acaba en sí misma, no se encierra en sí misma; la vida que se encierra en sí misma, podríamos decir, que enferma y muere: estamos llamados a contagiar vida, trasmitir vida, crear vida; signo de esa vitalidad que llevamos en nosotros es la creación de vida; cuando amamos vamos sembrando semillas de vida, engendrando vida.

Pero muchas veces nuestra vida tiene el peligro de rodearse de sombras y es cuando nos encerramos en nosotros mismos, en nuestro egoísmo; llegamos a confundir lo que es de verdad vivir y solo nos buscamos a nosotros mismos, nuestras satisfacciones, lo que entonces nos parece que nos va a dar verdadera felicidad; y como decíamos antes comenzamos a morir.

Si una semilla no la plantamos para que de ella surja una nueva planta sino que la guardamos en sí misma indefinidamente, veremos que poco a poco va perdiendo esa fuerza generadora de vida, como decimos, se atrofia, se seca, pierde la capacidad de generar una nueva planta. Así nos sucede a nosotros, cuando nos encerramos en nosotros mismos, perdemos la capacidad de amar y de generar vida.

Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio buscamos una vida que nos hace perder la verdadera vida. Es el sentido de estas palabras de Jesús: ‘El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará’. Por eso nos pueden parecer muy exigentes y duras las palabras que hoy escuchamos en el evangelio. Es la exigencia de haberle encontrado a El que se convierte así en el sentido de nuestra vida. Como nos dirá en otro momento cuando encontramos el tesoro escondido hacemos todo lo posible para conseguirlo, por obtenerlo, seremos capaces de vender todo lo que tenemos para comprar esa perla preciosa. Es lo que significa seguir a Jesús.

Nada puede estar por encima de nuestro amor a Jesús, pero es que todo encontrará la plenitud de su sentido precisamente desde ese amor de Jesús. Nada puede ponerse por medio para interferir en nuestro camino de seguimiento de Jesús, pero cuando seguimos a Jesús todas esas realidades de la vida van a adquirir un nuevo sentido y valor. No nos dice Jesús que prescindamos así porque sí de esas realidades de la vida, llámese familia o llámese trabajo, llámese casa o llámense aquellas cosas que poseemos como instrumentos y medios de nuestro vivir, sino que en ellas vamos a poder poner un amor distinto que le dará verdadera grandeza a cuanto hagamos.

Esa transformación de sentido algunas veces nos resultará costosa porque pesan mucho en nosotros esas sombras de las que nos hemos rodeado y que nos impiden ver la auténtica realidad. Por eso nos hablará de negación de nosotros mismos y de un camino de cruz. Es porque buscamos la luz, porque buscamos la vida, y esa búsqueda significa salir de nosotros mismos, arrancarnos de los egoísmos que nos hacen insolidarios, y arrancar también las malas raíces de nuestras ambiciones y del amor propio que nos encierran, será doloroso pero es la necesaria poda para obtener frutos de vida.

Pero no lo hacemos algo así como que no nos queda más remedio, con resignación. No es la resignación un valor positivo de la vida. Otra cosa es la paciencia que mantenemos con nuestra esperanza para alcanzar lo que deseamos. Ponemos la alegría de la ilusión de lo nuevo y la esperanza de plenitud de vida. Lo hacemos con gozo porque tenemos la certeza y seguridad de que hasta lo más pequeño que podamos hacer, como dar un vaso de agua, será siempre una siembra de vida.

Y ver surgir la flor de la vida nos alegra siempre el corazón, llena de un nuevo perfume nuestra existencia y tenemos la garantía de unos frutos futuros. ¿Quién no se alegra con la cosecha de unos frutos que nos llenan de vida? El cristiano siempre será una persona llena de alegría, siempre vivirá con ilusión por algo nuevo y con optimismo aun en los momentos oscuros, porque al cristiano no le falta la virtud de la esperanza.


martes, 4 de abril de 2023

Errores, tropiezos, incongruencias, traiciones, negaciones… siempre se van repitiendo a pesar de nuestros buenos deseos, no dejemos que las sombras de la noche nos envuelvan

 


Errores, tropiezos, incongruencias, traiciones, negaciones… siempre se van repitiendo a pesar de nuestros buenos deseos, no dejemos que las sombras de la noche nos envuelvan

Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Nuestra vida se nos llena en muchas ocasiones de contradicciones e incongruencias como si no supiéramos lo que queremos o lo que buscamos; tenemos momentos de entusiasmo, tras los que viene pronto el sentirnos como derrotados, y comenzamos a actuar de manera distinta en contradicción quizá con lo que antes queríamos vivir o veíamos tan fácil. Contratiempos que  nos aparecen, insatisfacciones porque las cosas no son como nosotros pensábamos o soñábamos, un desaire que nos afectó o una situación difícil que vimos en alguien en quien habíamos puesto nuestra confianza, momentos de flaqueza y de debilidad en que vamos tropezando con todo, nos llevan a esas incongruencias y contradicciones. Una cadena que a veces parece que no tiene fin.

¿Cómo se encontraban los discípulos de Jesús en aquellos momentos que estaban viviendo ya en Jerusalén después de lo que Jesús había anunciado repetidamente en su subida a la ciudad santa? Las cosas parecía que se iban precipitando. Las mismas palabras de Jesús y sus gestos hay momentos en que les resultan enigmáticas, difíciles de entender. Ahora que están en la cena pascual – ya ha habido algunos signos a los que haremos mención en otro momento – y viene Jesús y en medio del entusiasmo de la cena les dice que uno de ellos lo va a entregar.

Fue un mazazo, podríamos decir. Se preguntan con la mirada sobre el significado de las palabras de Jesús. A insinuaciones de Simón Pedro, Juan que está más cerca de Jesús le preguntará un poco como queriendo sonsacar un secreto, quien es el traidor. ‘Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado’, y se lo dio a Judas Iscariote.

Y Jesús le dirá que lo que tiene que hacer, que lo haga pronto, sin que el resto de comensales entienda. Y tras tomar el pan Judas salió para dar cumplimiento a la traición. ‘Era de noche’, dirá el evangelista. ¿Comenzaba la hora de las tinieblas como diría Jesús en otro momento? ¿Era de noche para Judas que había emprendido un camino de alejamiento de Jesús? En cuantas noches nos vamos introduciendo nosotros también tantas veces. Una pendiente resbaladiza, de la que no siempre sabemos cómo salir.

Y Jesús sigue hablándonos de lo que son aquellos últimos momentos. ‘Me queda poco de estar con vosotros…’ pero ellos no quieren apartarse de Jesús. Como siempre Pedro habla en nombre de todos afirmando sus deseos y voluntad de estar siempre al lado de Jesús pase lo que pase. No sabe de lo que es su propia debilidad. Nos sentimos tan fuertes y valientes en ocasiones, pero pronto pueden aflorar nuestras debilidades y tropiezos. Es lo que Jesús le dice a Pedro, el que estaba dispuesto a dar su vida por Jesús. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’ .Una nueva incongruencia que iba a aparecer. Como tantas de nuestra vida.

Errores, tropiezos, incongruencias, traiciones, negaciones… cosas que siempre se van repitiendo a pesar de nuestros buenos deseos. Pero no dejemos que la noche nos envuelva. Pedro también tropezó en esas valentías y atrevimientos como tantas veces nos metemos en la vida, pero no se dejó que las sombras de la noche le envolvieran, aunque le costara recuperarse y salir de nuevo a flote. Pedro supo llorar su pecado; Judas Iscariote se dejó vencer por la negrura de su traición y sabemos cómo terminó.

Dejémonos encontrar por Jesús aunque estemos hundidos en la peor de nuestras negruras. Cuando aquella noche cantó el gallo y Pedro se dio cuenta de su negación, aún estaba en patio cuando pasó Jesús y se dejó mirar por Jesús. No hubo palabras, no hubo reproches, solo una mirada en silencio, porque aún en su dolor por su negación el amor permanecía en el corazón de Pedro. No podía quedarse Pedro en la noche oscura. Un día Jesús solamente se lo recordará preguntándole si lo amaba y lo amaba más que el resto. Jesús podía seguir contando con Pedro.

Es para nosotros un rayo de luz y de esperanza. Es un comenzar a ver cómo se puede desenmarañar ese ovillo de nuestras incongruencias y debilidades. Jesús estará tirando del hilo de nuestro amor para que se mantenga siempre bien unido a su amor a pesar de los nudos. Y es que siempre Jesús nos está llamando a la vida, siempre nos regalará su perdón. ¿Aprenderemos nosotros a mantener también vivo y sin romperse ese hilo del amor hacia los demás aunque a veces nos sintamos defraudados, a veces nos veamos también enrollados en esas mutuas incongruencias que nos pueden hacer daño?

martes, 12 de abril de 2022

Jesús quiere tener palabras de luz y de glorificación para nosotros, porque cuenta con nosotros, sabe de nuestra porfía de amor aunque nos recuerda nuestra debilidad y flaqueza

 


Jesús quiere tener palabras de luz y de glorificación para nosotros, porque cuenta con nosotros, sabe de nuestra porfía de amor aunque nos recuerda nuestra debilidad y flaqueza

Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Luces y sombras se entremezclan continuamente; así es la vida. Quisiéramos todo en armonía y paz, desearíamos que la convivencia con los que nos rodean, ya sean familiares, amigos, o compañeros de trabajo fuera siempre armoniosa; pero sabemos que surgen contratiempos, que hay momentos en que parecía que todo iba en paz y pronto surge una desavenencia, un mal entendido, algo que sucede que nos descoloca de nuestras rutinas de cada día y no entendemos por qué, no llegamos a comprender las reacciones de las personas, no sabemos a donde nos van a llevar esos imprevistos que nos van surgiendo.

Aparecen en medio de las luces, sombras que nos pueden quitar la paz, que nos oscurecen el panorama, que nos hacen surgir dudas y hasta desconfianzas en nuestro interior, no sabemos a donde nos llevarán esas sombras, como podrían repercutir en nuestra vida. Y tenemos que aprender a reaccionar ante esas situaciones para que no se nos sobrepongan.

En el evangelio de estos días de la semana de pasión van apareciendo retazos de lo que fue la cena pascual, como es el caso de hoy. La cena pascual tenía que ser una fiesta, era un recuerdo agradecido a Dios por la Pascua, por aquella primera pascua de Egipto, pero también por el paso de Dios por la historia de cada día de su pueblo. Pero aparte de algunos gestos extraordinarios de Jesús, como ya veremos en la tarde del jueves santo, hoy parece que se rompen esos aires de paz y de fiesta en aquella cena. Jesús anuncia lo que va a suceder – ellos ya presentían algo especial por todo lo que Jesús había ido anunciando – pero ahora habla de traición. El desconcierto se apodera de todos porque no lo entienden, y no pueden llegar a comprender que la traición estuviera allí en medio de ellos.

Pero Jesús como en un contraluz habla de la hora de la glorificación que ha llegado. ¿Recordarían los que habían subido con El al Tabor lo que allí entonces había sucedido en que había aparecido la gloria del Señor? ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros:
Donde yo voy no podéis venir vosotros’

Esa claridad que quiere imbuirles Jesús no la terminan de entender porque se andarán preguntando también a donde va a ir que ellos no puedan ir. Pedro porfiará que él está dispuesto a todo, incluso a dar su vida por Jesús. Pero llegará otra ráfaga de sombra que siguen sin entender. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’.

Nos hemos prometido en esta semana estar en todo momento al lado de Jesús para no perder ni un ápice de cuanto suceda. De rondón nos hemos metido nosotros en esta escena y estamos contemplando y estamos viviendo estos momentos. Estaremos quizá sintiendo como una espada nos está atravesando el alma con estos anuncios de Jesús, pero que no nos podemos contentar con contemplar como a la distancia. Porque es a nosotros a quienes Jesús está dirigiendo sus palabras, sus gestos, su cercanía, su presencia.

Para nosotros quiere tener palabras de luz y de glorificación, porque cuenta con nosotros, sabe de nuestra porfía de amor, como la de Pedro, aunque nos recuerda nuestra debilidad, nuestra flaqueza; en esa traición, en esa negación andamos también metidos nosotros. Sabemos que en nuestra vida no todo es agua limpia, porque también tenemos nuestras sombras en el corazón y hemos de recordar nuestras debilidades, nuestras flaquezas que tantas veces nos afloran. Nos prometemos tanto que luego no llegamos a cumplir, no llegamos a realizar.

¿Nos dirá a nosotros Jesús, como le dijo a Judas, ‘lo que has de hacer, hazlo pronto’? Claro que Judas sintió en aquel momento el impulso de salir a la noche oscura. Oscura iba a ser la noche para Judas y en esas tinieblas quería envolver a Jesús y a los demás discípulos, que así se vieron luego en Getsemaní sin saber que hacer, hasta que todos le abandonaron y huyeron. Pero a nosotros esas palabras tendrán que hacernos recapacitar, pero no para encerrarnos en la noche oscura, sino para salir al encuentro con la luz.

Es el camino de verdad que queremos hacer hacia la Pascua. Es por lo que queremos estar junto a Jesús en todo momento y no apartarnos por nada de El. Aunque hay un paso amargo de pasión y sacrificio, sabemos que todo va a terminar en la luz de la resurrección que es la verdadera luz pascual que nos va a iluminar para siempre.

miércoles, 7 de abril de 2021

Las palabras de Jesús les sabían a bálsamo que curaba sus heridas y más tarde dirán que el corazón les ardía por dentro mientras les explicaba las Escrituras

 


Las palabras de Jesús les sabían a bálsamo que curaba sus heridas y más tarde dirán que el corazón les ardía por dentro mientras les explicaba las Escrituras

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Sal 104;  Lucas 24, 13-35

Las decepciones producen fuertes heridas en el alma que son difíciles de curar; son heridas que se enconan, y que más y más van produciendo turbulencias en el alma con el peligro de que todo quede arrasado como tras un temporal. Por una parte hemos de tener cuidado de no herir a nadie de esa forma por el daño que le hacemos, pero también hemos de tener cuidado por nosotros mismos de donde ponemos nuestras esperanzas; todos soñamos y en nuestros sueño podemos imaginar cosas maravillosas pero que se quedan en sueños, por eso hemos de saber distinguir la realidad, aunque algunas veces se nos hace bien difícil por los deseos que podamos llevar en el corazón.

El anciano Simeón anunció que Jesús iba a ser un signo de contradicción y su presencia, su persona y su vida iba a servir para que muchos se decantaran, se aclararan y vieran cual partido tomar, qué dirección le dan a su vida y donde ponen sus esperanzas. En torno a los discípulos cercanos a Jesús también se produjeron esas crisis. Todos aquellos momentos de la pasión fueron amargos para quienes habían puesto en Jesús sus esperanzas y a pesar de los anuncios que El había hecho continuamente no terminaron de entender lo que estaba sucediendo.

El arranque de todo aquello con la traición de Judas fue un momento de decepción probablemente de aquel apóstol que en sus deseos y en su imaginación podía haber soñado con otro estilo y sentido de mesianismo, unido a su afán al dinero que hacía que se le pegaran los dedos en tremendas tentaciones concluyó con el abandono y la traición. Y así podríamos pensar en los demás discípulos. ‘Todos le abandonaron y huyeron’, quienes se atrevieron a acercarse a donde estaban sucediendo los hechos, la cobardía les pudo y vinieron las negaciones como las de Pedro, otros abandonaron lo que había sido su refugio en aquellos días, como Tomás que no estaba presente en la primera aparición en el Cenáculo.

Hoy nos habla el evangelio de otros dos decepcionados, los llamados discípulos de Emaús por aquello del pueblo al que se dirigían. Iban tristes en el camino y no hacían sino darle la vuelta a lo mismo una y otra vez, pero al final abandonaron Jerusalén para irse a lo que podría ser su lugar de origen, Emaús. Y así, en esa tristeza y decepción, los encuentra aquel caminante que parece que no sabe nada o no se quiere enterar.

‘¿Eres tú el único de Jerusalén que no sabe lo que allí ha pasado estos días?’ Y le cuentan dándole vueltas al tema una vez más las esperanzas que habían puesto en Jesús, porque pensaban que era el Mesías liberador, pero nada de lo que ellos esperaban se había cumplido, es más, había muerto en la cruz y aunque había prometido que al tercer día resucitaría hasta la fecha ellos no habían visto nada. Y El iba con ellos.

Pero Aquel que parecía que no sabía nada comenzó a explicar y, valiéndose de las Escrituras, la ley y los profetas, les hizo ver que cuanto había sucedido estaba así anunciado en las Escrituras. Y parecía que ellos comenzaban a comprender; al menos sus palabras les sabían a bálsamo que curara sus heridas y más tarde dirán que el corazón les ardía por dentro mientras les explicaba las Escrituras.

Tanta fue la esperanza que comenzó a despertarse en su corazón que le invitaron a quedarse con ellos, porque además los caminos eran peligrosos y se estaba haciendo tarde. No había confinamiento en aquellos momentos, pero por una parte los peligros acechaban, pero quizá lo que era más importante ellos no le querían dejar ir, se sentían a gusto con El. Por eso lo invitan a la mesa, en las bonitas leyes de la hospitalidad. Y es allí en la mesa donde se les abren los ojos para reconocerle. Era verdad, había resucitado el Señor. Estaba allí con ellos y les había acompañado por camino, aunque ahora ya no lo veían. ‘Le reconocieron al partir el pan’.

Por eso corrieron a Jerusalén de nuevo, ya decíamos que no había toque de queda,  porque había que anunciarle al resto de los discípulos lo que a ellos les había pasado y como lo habían reconocido al partir el pan, aunque ya les ardía el corazón mientras les hablaba. Momentos de dicha y de alegría donde todas las heridas se curaron porque reconocieron que las esperanzas que tenían no eran las verdaderas esperanzas.

Ahora sí se había despertado su corazón y se había abierto su espíritu para reconocer de verdad a Jesús y la salvación que El nos ofrece. El Señor también viene a nosotros y camina a nuestro lado, sentémonos con El a la mesa, pero también sepamos hacer un alto en el camino para escucharle, para bebernos sus palabras, para dejar que su Palabra vaya cayendo como rocío fecundo en nuestro corazón o para dejar que esa Palabra como espada de doble filo penetre hasta lo más hondo de nosotros. No nos hará daño sino todo lo contrario porque estará sembrando semillas de vida en nosotros que nos harán dar mucho fruto.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

El camino de Jesús es un camino exigente pero de maduración y de crecimiento, en ocasiones con sacrificios pero que nos da la más profunda felicidad con el corazón liberado de ataduras

 


El camino de Jesús es un camino exigente pero de maduración y de crecimiento, en ocasiones con sacrificios pero que nos da la más profunda felicidad con el corazón liberado de ataduras

Filipenses 2, 12-18; Sal 26; Lucas 14, 25-33

No es cuestión de que en todo en la vida andemos siempre como en negociación pero sí sabemos que cuando queremos llegar a algo importante tenemos que eliminar o dejar a un lado de nuestro camino cosas que quizás nos habrían podido parecer importantes, pero que vemos que sin embargo pueden ser un estorbo para alcanzar aquellas metas a las que aspiramos. Recuerdo escuchar alguna vez aquello de que lo bueno es enemigo de lo mejor, porque nos quedamos simplemente en esto que nos parece bueno pero no llegamos a alcanzar aquello que es mejor.

Disfrutemos, sí, por qué no, del camino pero no nos quedemos en el camino, lo importante es la meta y habrá que renunciar a cosas que hasta pudieran ser buenas en sí, porque lo que buscamos es lo superior. Claro que para eso hay que tener espíritu de superación, de deseos de más, de arrancarnos de conformismos y rutinas, de ser capaces de ponernos por encima de los cansancios que puedan significar los esfuerzos; solo a lo cómodo no llegamos a ninguna parte, y para quedarnos en lo mismo no nos pongamos en camino; ponerse en camino significa buscar, incluso arriesgarse, desear lo mejor y poner nuestro esfuerzo, nuestro talento y nuestro talante, nuestros deseos que nos llevan quizá a una radicalidad en lo que pretendemos conseguir.

Pero quizá muchas veces los cristianos somos excesivamente conformistas, parece que ya vamos cansados en la vida y no tenemos ganas de luchar para avanzar, nos quedamos en aquello de que esto siempre se ha hecho así pero no somos capaces de ver la posibilidad de que podemos alcanzar algo mejor. Por eso algunas veces nos asustan las palabras del evangelio cuando nos plantean exigencias e incluso renuncias. Eso será para otros, pensamos, con tal de nosotros no implicarnos ni complicarnos.

Pero Jesús hoy nos está diciendo que nos paremos un poco para ver qué es lo que queremos, a qué aspiramos, si estamos dispuestos a llegar a las alturas de lo que nos propone el evangelio. Esas dos como parábolas que nos propone Jesús al final, del hombre que quiere realizar una construcción o del rey que quiere hacer una guerra, son planteamientos serios que nos está haciendo Jesús para que nos tomemos en serio lo de ser cristianos, lo de ser sus discípulos y seguidores. Claro que eso de ponerse a pensar y a planificar ya nos resulta costoso porque lo queremos todo de inmediato. Las prisas con que vivimos la vida que nos hace tan superficiales. Y los superficiales no llegarán nunca a ninguna parte.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de negarnos a nosotros mismos, de posponer muchas cosas para quedarnos con lo principal aunque las cosas que dejemos a un lado sean buenas como puede ser la familia, como pueden ser incluso aquello que poseemos que nos hayamos ganado con nuestro esfuerzo, nos habla de tomar la cruz. Creo que con la reflexión que nos venimos haciendo nos damos cuenta del sentido de las palabras de Jesús. No es renunciar por renunciar, no es un masoquismo donde lo que queramos hacer es machacarnos y hundirnos; eso nunca el Señor nos lo pedirá, pero sí la exigencia de seguir adelante, de mirar a lo alto de buscar lo mejor, aunque cueste sacrificio, aunque cueste cruz.

Algunas veces no lo hemos terminado de entender y rehuimos o rechazamos incluso las palabras de Jesús. Tenemos que entender su hondo sentido con todas sus consecuencias y con todas sus exigencias. Es un camino exigente pero de maduración y de crecimiento; es un camino en ocasiones con sacrificios pero que nos da la más profunda felicidad. Tenemos que entusiasmarnos por el Señor, por Jesús, por su evangelio, y veremos lo felices que vamos a ser con el corazón liberado de tantas ataduras que nos impedirían volar.


domingo, 11 de octubre de 2020

Despertemos, mantengamos vivo y reluciente el traje de fiesta porque nunca se pierda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor

 


Despertemos, mantengamos vivo y reluciente el traje de fiesta porque nunca se pierda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor

 Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

¿A quien le amarga un dulce?, se suele decir. ¿Quién rechaza una comida, un banquete de bodas? ¿Quién rehúsa participar en una fiesta que se presenta bastante atrayente? Podríamos decir que en general a todos nos gustan los dulces, nos agrada que nos inviten a una comida o a un banquete, participar en una fiesta. 

Sin embargo sabemos que a veces podemos tener otras preferencias, otras prioridades en la vida; hay personas quizás muy hurañas a las que no les gusta participar en fiestas o en reuniones donde haya mucha gente; también sabemos que a veces ponemos por delante nuestros intereses particulares, nuestro yo antes que encontrarnos con los demás en una comida fraternal; los orgullos nos dominan en ocasiones y nos encerramos en nosotros mismos, sin querer incluso dar explicaciones, pero evitamos aquel encuentro, aquella fiesta, aquella comida que quizá incluso desde el núcleo familiar se había preparado con tanta ilusión de que todos estuviéramos juntos, pero nos negamos a asistir; ya sabemos el llanto de tantas madres que no llegan a ver sentados en una misma mesa a todos sus hijos cuando con tanta ilusión había preparado aquella comida.

Como preámbulo me he hecho estas consideraciones ante la parábola de los invitados a la boda que no quisieron participar que nos propone hoy el evangelio. Cargamos las tintas muchas veces en los que se negaron a participar en el banquete de bodas que el rey había preparado y nos olvidamos que en la vida nosotros también vamos negándonos a muchas invitaciones que se nos pueden hacer desde distintas circunstancias o también en una diversidad grande de sentidos.

Pero aquel rey no se arredró ante la negativa de los invitados sino que la boda y el banquete seguían adelante; por eso envía a sus servidores para que vayan por todas partes, vayan a los cruces de los caminos y traigan a todos los que encuentren para el banquete de bodas de su hijo. La sala del banquete al final se llenó de invitados.

¿Qué nos quiere decir Jesús con esta parábola? Ya entendemos fácilmente que todos estamos invitados al banquete de la vida y de la salvación. Jesús nos está diciendo que el Reino de Dios es como esta invitación al banquete de bodas. Jesús nos está ofreciendo ese banquete de vida porque Jesús se ha ofrecido para la salvación de todos. Y quiere que todos participemos y vivamos esa salvación, esa gracia que El quiere regalarnos.

Y es aquí cuando tenemos que comenzar a preguntarnos por nuestras respuestas. Y no es solo este banquete de vida que es la Eucaristía a la que cada día pero en especial cada domingo somos invitados, somos llamados, sino tenemos que pensar con mayor amplitud y universalidad para escuchar esa invitación al Reino de Dios, para esa respuesta de fe que nosotros tendríamos que dar. ¿Respondemos todos a esa llamada de la fe? ¿Respondemos todos queriendo vivir el Reino de Dios? ¿Respondemos aceptando plenamente el evangelio sin hacernos rebajas y queriendo empaparnos así de sus valores?

Nos damos excusas, por decirlo suavemente. Nos ponemos límites en nuestra respuesta. Miramos primeramente nuestro yo y nuestros intereses y aparecen incompatibilidades en nuestra manera de vivir la vida con lo que nos pide la fe, con lo que nos pide el evangelio ¿y qué preferimos? También nos negamos y queremos hacerlo algunas veces de manera sutil a vivir en plenitud el evangelio, el compromiso de la fe y nos quedamos en cumplimientos superficiales y ocasionales, o vamos abandonando poco a poco el camino de nuestra vida cristiana en la medida en que crece nuestra tibieza que se convierte en frialdad y alejamiento.

Y es aquí donde entra el sentido de la segunda parte de la parábola; algún comentarista nos dice incluso que son como dos parábolas que se han unido en una, por una parte los invitados al banquete de bodas y por otra parte el que no iba vestido dignamente para participar en aquel banquete.

Dice la parábola que aquel rey que había preparado el banquete cuando ya estaba llena la sala de comensales entró a saludar a los ahora invitados pero se encontró a uno que no llevaba el traje de fiesta. En principio es algo que nos desconcierta, porque si eran pobres recogidos por los caminos, cómo iba a tener un traje de fiesta para participar en el banquete. Pero son esas aparentes incongruencias las que nos hacen pensar y nos hacen preguntarnos en que nos puede afectar a nosotros y qué mensaje nos puede ofrecer.

Cuando ya nosotros hemos querido venir y dar respuesta a la invitación del Señor y participar de esa fiesta que es nuestra fe y que ha de ser toda nuestra vida cristiana es cuando ahora tendríamos que preocuparnos de llevar siempre ese traje de fiesta. ¿Qué significa? Esa fe y esa gracia que nos ha convocado no la podemos perder. En la medida en que fuéramos creciendo en nuestra respuesta y en nuestra fe tendría que ir resplandeciendo cada vez más nuestra vida cristiana.

Pero ¿qué nos sucede? Que muchas veces caemos por la pendiente de la tibieza y de la superficialidad, vamos perdiendo la intensidad de nuestra vida cristiana y nos estamos volviendo atrás porque de nuevo nos dejamos seducir por las tentaciones que nos manchan, que nos llenan de oscuridad de nuevo la vida; nuestro traje de fiesta está perdiendo su esplendor.

Es un toque de atención, es una llamada de nuevo que el Señor nos hace, es un repetirnos de alguna manera la invitación para que despertemos y no nos dejemos arrastrar por esas pendientes que van enfriando nuestra vida cristiana, que ya entonces no sería esa fiesta de nuestra vida. Cuantas veces vamos perdiendo la ilusión y la alegría de la fe cuando volvemos a nuestras rutinas de siempre, cuando se afloja la intensidad de nuestra vida y de nuestro amor.

Despertemos, mantengamos vivo y reluciente el traje de fiesta porque nunca se pierda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor.

sábado, 30 de mayo de 2020

Lo importante es estar dispuesto a seguirle, aunque muchas preguntas se agolpen en la cabeza y muchos temores haya en el corazón, no nos faltará la fuerza de su Espíritu


Lo importante es estar dispuesto a seguirle, aunque muchas preguntas se agolpen en la cabeza y muchos temores haya en el corazón, no nos faltará la fuerza de su Espíritu

Hechos de los apóstoles 28, 16-20. 30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25
Al amigo lo apreciamos, queremos contar con El y al tiempo queremos hacernos presente en su vida como un buen compañero que comparte camino, sentimos como propias sus preocupaciones y al mismo tiempo queremos ser estímulo en su camino pero siempre dejándolo ser él. La confianza de la amistad no nos da derecho a entrar irrespetuosamente en su vida e influir de tal manera que queramos hacerlo tan semejante a nosotros que de alguna manera le robemos su propia identidad. Por eso es tan importante el respeto para dejar caminar libremente al amigo en sus propias decisiones  y realizando su propio camino en el que no tenemos por qué entrometernos.
No podemos ser influencia que coarte, no podemos ser causa de merma de su propia autoestima, sino con todo respeto ser aliciente y estímulo para que realice su propio camino. Ya sé que nuestro pecado es muchas veces querer meternos en todo restándole o mermándole hasta su propia intimidad, sus propias decisiones y su propio camino. Tenemos que dejar caminar mientras nosotros hacemos también nuestro propio camino en el que no queremos que nadie se nos entrometa. Aunque algunas veces lo hagamos con la mejor buena voluntad, con la mejor intención.
Me viene a la mente toda esta reflexión con que he introducido el tema de hoy contemplando el evangelio que hoy se nos propone. Nos damos cuenta que ya es el final del evangelio de Juan y que es una continuación de la pesca milagrosa en el mar de Galilea después de la resurrección y de la confesión de amor de Pedro a Jesús cuando llega a sus pies, como ya ayer comentábamos. Ha habido un diálogo de una intimidad grande de Pedro con Jesús y éste le ha seguido confiando la misión de pastorear a sus ovejas como un día le había prometido de hacerlo piedra sobre la que se fundamente su Iglesia. Las malas experiencias de Pedro a la hora de la pasión de Jesús con sus dudas y negaciones no han sido razón para que Jesús no siga confiando en él.
Cuando la conversación va tocando a su fin Pedro se da cuenta de que por allí cerca está el llamado discípulo amado. Se nos recuerda en el texto incluso el hecho de que estuviera recostado sobre el costado de Jesús en la cena pascual y por eso le hiciera la pregunta de quién era el que lo iba a traicionar. Pedro que se siente sobrecogido por lo que le ha dicho Jesús ve como un escape de su emoción el interesarse por su amigo y compañero, Juan, que tantas cosas han compartido juntos con el Maestro. Si para mí me tienes reservado todo esto, parece decirle Pedro a Jesús, y para éste, refiriéndose a Juan, ¿qué?
Y es la frase de Jesús que sería mal interpretada por los discípulos ‘Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme’. Elude Jesús la pregunta de Pedro pero le dice que para él ahora es importante seguirle. ¿Qué llegará un momento que ni podrás ceñirte por tí mismo o no podrás ir a donde quieras? Otro te ceñirá, otro guiará tus pasos, pero para tí lo importante es seguirme, parece decirle Jesús.
Seguirle, aunque el camino se haga oscuro en ocasiones; seguirle, aunque signifique también hay que beber de su mismo cáliz; seguirle, aunque no sea comprendido por los demás que lo verán como una locura; seguirle, dejando que se abran caminos nuevos, amplios horizontes que nos hagan salirnos de la rutina de siempre, nuevos campos de trabajo no siempre fáciles pero en los que hay que labrar bien el terreno para sembrar la semilla, un mundo diverso y que algunas veces nos pueda parecer sofisticado que nos cueste entender pero que es donde tenemos que sembrar y pastorear. Lo importante es estar dispuesto a seguirle, aunque muchas preguntas se agolpen en la cabeza y muchos temores haya en el corazón. Seguirle, porque por El hemos de estar dispuestos hasta a dar la vida, como el mismo Pedro prometiera un día. Seguirle porque El nos quiere hacer pescadores de otros mares y en El hemos puesto toda nuestra confianza. No nos faltará la fuerza de su Espíritu.


miércoles, 8 de abril de 2020

Es importante que nos planteemos cómo vamos a celebrar la pascua este año y que conexión le vamos a dar con la realidad de sufrimiento que vive hoy nuestra sociedad



Es importante que nos planteemos cómo vamos a celebrar la pascua este año y que conexión le vamos a dar con la realidad de sufrimiento que vive hoy nuestra sociedad

Isaías 50, 4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25
Con hondo dramatismo tres preguntas se suceden a lo largo del pasaje del evangelio que se nos ofrece hoy. Alguna pregunta en cierto modo inocente pero que sin embargo nos ha de cuestionar dentro de nosotros que es donde quiere Jesús que se prepare la cena de pascua. Pero las otras dos son desgarradoras porque manifiestan y expresan una traición, o la sorpresa llena de dudas que puede inquietar a cualquiera.
¿Qué había sucedido en el interior de Judas para llegar a lo que llegó? ‘¿Qué estáis dispuesto a darme si os lo entrego?’ Era uno de los doce que más de cerca habían seguido al maestro; no sabemos de su vocación primera, pero si fue uno de los doce que Jesús llamó después de aquella noche en oracion para que formara parte del grupo de los más cercanos a Jesús y a los que les iba a confiar en especial el anuncio del evangelio.
¿Desencantos porque aquello que estaba viendo no era lo que él esperaba y por lo que había seguido a Jesús? ¿Le superaba acaso la misión que Jesús les confiaba y el estilo de vida que Jesús quería que tuvieran sus discípulos y en lo que los más cercanos a Jesús tendrían que dar especial ejemplo? ¿Quizá frustración porque no se atreviera a pedir como hicieron los hermanos Zebedeos los primeros puestos en el Reino? ¿El mesianismo que presentaba Jesús no era realmente lo que ellos habían esperado y se caían por tierra quizá ambiciones que siempre surgen en el corazón?
En esa frustración y desencanto, en esa retirada pero para irse al lado contrario, podemos ver también los cambios de postura, las frustraciones y desencantos, las ilusiones y sueños rotos, el abandono de tantos a lo largo de la historia, pero que podemos seguir viendo y hasta viviendo hoy en tantos a nuestro alrededor que un día botaron la puerta y se marcharon porque no encontraban lo que querían, porque sus ambiciones se veían coartadas, porque los sueños llenos de fantasías y de vanidades vieron quizás que no los podían realizar.
Muchos quizá atormentados en su interior no supieron encontrar respuesta o no supieron buscarla; muchos porque su espíritu se enfrió porque querían seguir nadando a dos aguas y pudo más el espíritu del mundo donde encontraban quizás más facilidades para sus sueños; muchos, y tenemos también que reconocerlo, porque quizá en los otros cristianos no encontraron el estimulo, el animo y el testimonio ejemplar que necesitaban o quizá por algunos contra testimonios desagradables sintieron que debían tirar la toalla y abandonar.
Por eso se vuelve inquietante la pregunta que se hacen algunos de los discípulos o incluso el mismo Judas al final cuando Jesús manifiesta claramente que uno de los presentes le iba a entregar. Cayó como un jarro de agua fría la afirmación de Jesús que llenó de inquietud el corazón de todos los presentes. Cada uno de ellos podía decir que no había sido él, pero sin embargo van balbuceando la pregunta, quizá lleno de un cierto temor de culpabilidad. ‘¿Soy yo acaso, Señor?’ Será al final Judas el que le haga también la pregunta a Jesús y sabemos la respuesta y todo lo que se desencadenó a continuación.
Pero el interrogante tendría que estar en nuestro corazón también porque quizá con alguna de nuestras posturas, de nuestros planteamientos, de la manera de hacer las cosas pudiéramos estar contribuyendo a la traición o al abandono de tantos que dan el portazo y se marchan de la Iglesia. No nos haces esta pregunta para llenarnos de amarguras, pero si de mirar y examinar con sinceridad nuestra vida para hacer que nuestro testimonio sea siempre luminoso, y nada haya de oscuridad en nosotros que dañe o perjudique a los demás en el seguimiento de Jesús.
Y nos queda una última pregunta para nuestra reflexión. Antes de hacer los preparativos los discípulos le preguntan a Jesús. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ puede parecernos una pregunta en cierto modo retórica porque solamente se trataba de que Jesús les diera las indicaciones precisas. Así fue y así prepararon ellos la cena de pascua, que luego ya veremos su celebración.
Pero es una pregunta que no se tiene que convertir en retórica para nosotros sino que es preguntarnos en cierto sentido ¿Cómo vamos nosotros a preparar y a celebrar la cena de pascua? Siempre es importante, porque ahí está toda esa preparación espiritual que hemos venido haciendo a través de toda la Cuaresma y lo que en estos días ya cercanos a la pascua nosotros seguimos haciendo.
Pero hay algo más. Este año se nos dan unas circunstancias especiales en que no podremos participar presencialmente en ninguna celebración. ¿Significa eso que no vamos a celebrar la pascua nosotros este año? Creo que nos damos cuenta que va a ser una pascua muy especial, pero que espiritualmente hemos de vivirla con toda intensidad. No tienen que pasar estos días al no poder participar en las celebraciones como si fueran un día más sino que hemos de saber buscar esa interioridad en nuestra casa, con nuestras familias si tenemos la oportunidad, para meternos de lleno en el misterio pascual de Cristo.
Es lo que tenemos que plantearnos, ¿cómo lo vamos a hacer? ¿Qué silencio e interioridad voy a poner en mi vida? ¿Cuáles son las cosas concretas que voy a hacer para poder vivirlo en toda intensidad aunque solo sea en mi hogar o siguiendo la trasmisión de las celebraciones que podamos tener por los medios de comunicación o las redes sociales? ¿Qué conexión le voy a dar a esta celebración con la realidad de sufrimiento que vive nuestra sociedad hoy? Es muy importante este punto y esta pregunta de cómo y dónde voy yo a celebrar la pascua este año.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Ya es hora de que no seamos unos cristianos descafeinados y superficiales sino que con radicalidad sepamos comprometernos por el evangelio


Ya es hora de que no seamos unos cristianos descafeinados y superficiales sino que con radicalidad sepamos comprometernos por el evangelio

Romanos 13,8-10; Sal 111; Lucas 14,25.33
Hay un dicho popular que creo que puede reflejar la novelería – podríamos llamarlo así – con que vamos muchas veces por la vida. ‘¿A dónde vas, Vicente? A donde va la gente’.
Fijémonos, por ejemplo en una calle cualquiera de nuestros pueblos o ciudades. Vemos gente que va de acá para allá, cada uno con sus preocupaciones, deseoso de realizar sus tareas o sus encargos, caminamos deprisa los unos al lado de los otros y casi no nos vemos ni nos percatamos de la existencia de los demás. Pero basta que haya un pequeño accidente, que sucede algo que llame la atención, y pronto quienes íbamos de carrera de un lado para otro nos detenemos y poco a poco se va aglomerando en torno a aquel suceso o aquel hecho multitud de personas, que pronto Irán engrosando su número porque de aquí o de allá van apareciendo nuevas personas atraídas por lo sucedido. Bastó que uno se detuviera ante algo extraño para que pronto a su alrededor se aglomeraran multitud de personas.
Y si lo sucedido no es en aquel lugar en que nos encontramos y oímos que fue más allá, pronto correremos curiosos a ver qué es lo que ha pasado. Vemos incluso aglomeraciones en manifestaciones y nos preguntamos qué hace toda aquella gente allí,  y serán muchos los que se apuntan casi sin tener mucho conocimiento de la razón de lo que se hace, sino simplemente porque todos van nosotros vamos también. Habría, pues, que preguntarse si realmente vamos allí porque es algo de nuestro interés, o lo hacemos solamente por curiosidad, o por dejarnos arrastrar por lo que hacen los demás.
Hoy escuchamos en el evangelio que era mucha gente la que seguía a Jesús, en ocasiones incluso trasladándose en búsqueda de Jesús o simplemente caminando con El, pero parece que Jesús da algo así como un golpe sobre la mesa para plantear seriamente lo que tendría que significar ir con Jesús.
Discípulo es el que sigue el camino de su maestro. No es el que simplemente escucha en una ocasión pero al momento nos vamos tras otra cosa. Ser discípulo es hacer una camino; ser discípulo es no solo escuchar sino asumir los planteamientos que hace el maestro siendo fiel a su enseñanza. Ser discípulo entraña unas exigencias, empezando por querer conocer en profundidad lo que nos plantea el maestro; ser discípulo no es querer ir por varios caminos a la vez, sino radicalmente decidirse a seguir un único camino; ser discípulo no es estar de acuerdo en una cosas pero en otras nos hacemos nuestras rebajas, nuestros arreglos o ponemos nuestras condiciones. Ser discípulo es comenzar a pensar y a obrar de una manera nueva conforme lo que vamos recibiendo de nuestro maestro.
Es lo que nos cuesta entender a la mayoría de los cristianos que nos lleva a vivir un cristianismo descafeinado, una vida cristiana superficial y poco comprometida, una tibieza espiritual tan peligroso que nos lleva a la pendiente de la indiferencia y el abandono, una vida llena de componendas y de arreglos, de estar siempre poniendo mis condiciones para hacer simplemente lo que me sea fácil y para no llegar nunca a compromiso serio, un estilo conformista de decir esto lo hemos hecho siempre así pero sin la ilusión y el coraje de ver lo que tiene que ser mejor o los nuevos campos que se nos abren delante de nosotros.
Nos habla Jesús de radicalidad para ponernos a su lado siendo capaces de renunciar a todo aquello que no entra en la órbita del evangelio, nos habla del que se siente a calcular bien lo que va a hacer para no dejar las cosas a medios y quedarse luego en el ridículo, nos habla de renuncias y saber decirnos no para saber encontrar lo que es fundamental, de buscar unas raíces fuertes y hondas para que haya una verdadera profundidad en la vida, nos habla de una confianza porque sabemos que el camino es exigente siempre estará con nosotros la fuerza del Espíritu que nos ayudará en el camino.
¿Seremos capaces de vivir una vida cristiana exigente y comprometida? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?