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sábado, 19 de julio de 2025

Necesitamos ponernos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios

 

Necesitamos ponernos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios

Éxodo, 12, 37-42; Salmo, 135; Mateo 12, 14-21

Una cosa es que nos mantengamos en nuestros principios y valores siendo fieles a nosotros mismos, siendo fieles a la responsabilidad que tenemos en la vida, y otra es que nos presentemos con tozudez tratando de imponernos, incluso con la violencia de nuestras palabras o nuestros gestos. Es difícil muchas veces, por una parte porque nos podemos sentir confundidos y tratemos de hacer arreglos y cesiones que a la larga nos alejan de lo que son nuestros valores, pero también nos sucede que la oposición que encontramos nos lleve al enfrentamiento y si nos acaloramos o nos sentimos heridos en nuestro amor propio no sabemos al final cómo vamos a reaccionar.

Necesitamos alcanzar una madurez en nuestra vida para no perder la serenidad ni la paz, para seguir dando señales de aquello en lo que creemos, de seguir mostrando ese lado bueno de nuestra vida con nuestra dulzura que al final puede atraer mucho mejor a los que nos rodean desde ese testimonio que damos con nuestra paciencia y nuestra paz. Repito que no siempre es fácil, pero diríamos que para eso tenemos que entrenarnos, prepararnos.

Es en la situación en que se encuentra Jesús en el pasaje evangélico que hoy se nos ofrece. Por algunos signos que Jesús ha realizado, señales de lo que es en verdad el Reino de Dios que está anunciando, resulta que algunos grupos ya quieren quitarlo de en medio. Pero Jesús no deja de anunciar el Reino de Dios tal como es su misión y seguirá dejándonos sus señales. Señales que se van a manifestar precisamente en esa su forma de actuar.

Como nos dice el evangelista ‘Jesús se enteró – de aquella situación que se estaba provocando – se marchó de allí y muchos lo siguieron’. Pero El siguió realizando los signos del Reino, ‘curó a todos’ nos dice el evangelista, aunque recomienda que no se haga mucha publicidad.

Y el evangelista nos recordará lo anunciado por el profeta. ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco’. Nos recuerda las palabras escuchadas en lo alto del Tabor en medio de aquella espectacular teofanía. El siervo de Yahvé, el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. El que viene no como un fuego destructor, aunque en algún momento nos diga que ha venido a traer fuego a la tierra, sino el que viene a hacer que la llama aunque sea pequeña se mantenga encendida.

Por eso como dice el profeta ‘no porfiará, no gritará, no voceará por las calles. Porque la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta llevar el derecho a la victoria’.

Seguirá mostrándose Jesús manso y humilde de corazón, seguirá repartiendo sus gestos de amor, seguirá deteniéndose al lado del ciego que no ve para abrirle los ojos, o levantando al que está postrado en la camilla para que camine y vuelva a su casa, se sentará junto al pozo donde sabe que va a venir alguien a buscar agua, o platicará sentado en el patio con las familias que le acogen, consolará a las que lloran junto a la calle de la amargura e irá despertando continuamente esperanzas en quienes parece que se sienten abandonados.

¿No es esto todo un programa para nuestra vida cristiana? ¿No es éste el mejor plan pastoral que podamos realizar para hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo? Nos volvemos con la cabeza del revés locos en nuestras búsquedas de los planes que tenemos que hacer y con nuestras programaciones tan técnicamente elaboradas de cosas espectaculares y no somos capaces de acercarnos allí donde hay un anciano solo para acompañarle, un enfermo postrado en una cama para despertarle las ganas de vivir, una persona que sufre porque se siente desorientada y que no sabe a quien acudir, o ponernos a escuchar pacientemente tantas cosas que muchas personas tienen deseos de desahogar de su corazón.

¿Cuándo nos pondremos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y toda Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios?

miércoles, 30 de abril de 2025

El juicio de Dios siempre es el del amor, porque así nos amó que nos entregó a su propio hijo no para condenar sino para salvar al mundo

 


El juicio de Dios siempre es el del amor, porque así nos amó que nos entregó a su propio hijo no para condenar sino para salvar al mundo

Hechos, 5, 17-26; Sal. 33; Juan 3, 16-21

El camino de las relaciones de los hijos con los padres nunca puede ser el del temor sino el del amor; cuando nos metemos de verdad en el carril del amor nuestro rostro es el de la felicidad porque nos sentimos amados, porque descubrimos que todo aquello que nos diga o nos haga nuestro padre estará guiado siempre por el amor; por eso ante el padre que nos ama no nos escondemos, aunque a veces podamos equivocarnos y cometer errores, porque sabemos que nuestro madre no tiene la pesa o el metro en sus manos para medir cuanto hacemos y si nos pasamos o no llegamos a la medida porque El está ahí para animarnos y alentarnos, para guiarnos pero también para ser luz para que nosotros podamos también ver con claridad cuales han de ser nuestros caminos; con el padre no andamos tampoco con mezquindades si lo amamos de verdad midiendo hasta donde llegamos, pesando como para llevar una contabilidad de lo que hacemos, ni exigiendo porque nos sintamos con derechos a recompensas; la mas hermosa recompensa es la de amar y sentirnos amados.

Algunas veces, es cierto, esto no lo vemos con total claridad ni lo realizamos así, porque manchamos de miserias nuestro amor y ya no es tan autentico, pero aunque no lo veamos sabemos que el padre siempre estará esperando para darnos el abrazo de su amor. Y esto que estamos diciendo tiene también su reflejo en lo que es nuestra relación con Dios. Es el Padre que nos ama y nos ama con un amor tan infinito que es eterno, un amor tan fiel que por muchas que sean nuestras infidelidades siempre nos estará ofreciendo ese abrazo de perdón, siempre estará saliendo a nuestro paso para buscarnos y hacer que retornemos a esos caminos del amor.

Es el mensaje tan bonito que nos ofrece hoy el evangelio. Con toda rotundidad y con toda también solemnidad nos está hablando de ese amor de Dios. Lo hemos escuchado muchas veces pero no terminamos de saborearlo en toda su riqueza. Hay palabras ante las que no es necesario comenzar a hacer muchos comentarios, sino simplemente contemplarlas desde el corazón, rumiarlas repitiéndonoslas una y mil veces para hacerlas en verdad vida de nuestra vida.

Tanto amo Dios al mundo, tanto nos amó Dios porque es un amor muy personal y muy concreto donde también tendríamos que decir, tanto me amó Dios, que entregó a su Hijo Unigénito, no paraba de buscar lo mejor que podía ofrecernos, nos había regalado la vida, nos había puesto en este mundo que había puesto en nuestras manos, nos había acompañado en nuestra historia y nuestro camino, pero no se quedó ahí, desde toda la eternidad había decidido entregarnos a su Hijo, para que todo el que cree en El no perezca sino que tenga vida eterna. ¿Podíamos esperar más? En ese pensamiento nos podríamos quedar, ante ese amor tenemos que responder, desde ese amor hemos de emprender el camino, camino que tiene que ser igualmente de amor.

Pero el Hijo viene con amor. Enviado del Padre por amor es para nosotros la muestra más hermosa del amor. Y será amor lo que nos enseña, será amor lo que es su vida, será amor que nos llena de vida. No para la muerte sino para la vida, no para hacernos perecer aunque muchas veces no nos merezcamos tanto amor, sino para seguir ofreciendo siempre vida, y no una vida cualquiera, vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por El.

El juicio de Dios será siempre el del amor, el de la compasión, el de la misericordia. No viene para pillarnos en nuestros errores y en nuestras infidelidades sino para siempre ofrecernos su corazón compasivo y misericordioso. Estoy pensando en la mirada de amor de Jesús a Pedro momentos después de su negación. Pedro, es cierto, lloraría amargas lágrimas de dolor pero Pedro aprendió a seguir ofreciendo amor, porque en aquella mirada estaba la comprensión y la misericordia de Dios. Por eso no podrá responder de otra manera en aquel examen de amor a orillas del Tiberíades. ¡Tú, Señor, lo sabes todo, tú sabes que te amo!

 

martes, 15 de abril de 2025

A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 


A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

El camino de la vida no es siempre fácil; aparecen los cansancios y los desánimos, momentos de dificultad y de sufrimiento ante los problemas que no nos faltan, ante la situaciones de enfermedad que van surgiendo, en los encontronazos que vamos teniendo en la vida porque la convivencia no es fácil, porque no siempre nos entendemos, porque afloran resentimientos y orgullos mal curados; nos sentimos débiles, nos sentimos solos en ocasiones, no nos parece que seamos escuchados en nuestras suplicas, y nuestro corazón se llena de tormento y de desesperanza. Nos preguntamos muchas cosas, muchos por qué que no entendemos, y tenemos el peligro de verlo todo sin sentido y la tentación incluso de tirar la toalla.

El cántico del siervo de Yahvé que se nos ofrece en la primera lectura es ese cántico atormentado por el que nosotros a veces pasamos en la vida. Sin embargo aquel siervo de Yahvé se siente llamado desde las entrañas de su madre a una misión que Dios le va a confiar, se sabe elegido y amado de Dios, aunque ahora no entienda por lo que está pasando y por eso se hace muchas preguntas.

Como nosotros tantas veces en la vida, porque lo sabemos, que Dios nos ama y que también nuestro lugar en la vida tiene un sentido y una misión, aunque muchas veces nos sintamos envueltos en esas tinieblas de duda y de tentación. Es de donde tenemos que levantarnos sin perder la fe y la esperanza, porque Dios ha puesto una luz en nuestro corazón con la que también tenemos que alumbrar a los demás. Es momento de reavivar nuestra fe, de sacar a flote nuestra esperanza, de continuar firmes nuestros pasos en el camino para cumplir nuestra misión en la tierra.

¿Pasaría Jesús por esos momentos de oscuridad antes de comenzar su pasión? Lo que hoy nos relata el evangelio son partes de lo acaecido aquella noche en la cena pascual. Podíamos decir que hay un momento de desahogo de Jesús. Lleva tiempo con aquellos discípulos a quienes ha querido constituir apóstoles porque van a ser sus enviados, a ellos les va a confiar una misión. ¿Cómo andan los ánimos de los discípulos ahora que barruntan que algo especial va a suceder, porque no entienden a pesar de lo claro que Jesús les ha hablado tantas veces?

Nos dice el evangelista que ‘estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar…’ De alguna manera también los discípulos se quedan desconcertados. ‘Se miraron unos a otro perplejos porque no sabían lo que decía’. Se cruzan las miradas llenas de perplejidad e interrogantes, como las señas que le hará Pedro a Juan que estaba más cerca de Jesús, casi recostado sobre su pecho. ‘Señor, ¿quién es?’ Dolor, sentimiento de traición, desilusión, fracaso, frustración, abandono… ¿será un adelanto de lo que va a ser su oración en Getsemaní?

Jesús solamente tomará un trozo de pan untado que se lo da Judas diciéndole ‘lo que tienes que hacer hazlo pronto’. Judas se marchará a la noche, significativa imagen de la noche de la traición en la que se había sumergido, pero los discípulos siguen sin entender. Pedro, como siempre en su fervor por Jesús, porfiará que está dispuesto a dar la vida por Jesús, que sin embargo le anunciará que antes que el gallo cante – el canto de la madrugada antes de que amanezca de nuevo la luz del día, cosa bien significativa – le habrá negado tres veces.

Pero Jesús habla de que ha llegado la hora de la glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará’. Lo que parece que pudieran ser momentos de sombras y de tinieblas es sin embargo donde va a manifestarse la gloria de Dios. En el Tabor, en aquel momento sublime en que se manifestaba en su transfiguración la gloria del Señor, sin embargo Jesús con Moisés y Elías hablaban de la pasión que Jesús iba a sufrir. Y en aquel momento se escucharía la voz desde el cielo señalándolo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Y ahora se va a manifestar lo que es ese amor de Dios, que tanto nos ama que nos entrega a su Hijo para nuestra salvación. Es su misión, la misión del enviado del Padre, manifestarnos el rostro amoroso de Dios.

A pesar de nuestras oscuridades, a pesar de los sinsabores a los que tenemos que enfrentarnos en la vida ¿no tendríamos que recordar también que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros? ¿No será esa la fuerza que nos hará levantarnos de nuestros cansancios y nuestros desánimos?

lunes, 20 de mayo de 2024

Sintamos el gozo de ese amor de la Madre que ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida en nosotros la llama viva del fuego del amor

 


Sintamos el gozo de ese amor de la Madre que ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida en nosotros la llama viva del fuego del amor

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86; Juan 19, 25-34

¿A quien no le gustaría tener a la madre siempre junto a sí? Es uno de los dolores y desconsuelos más fuertes que tenemos en la vida, siempre estaremos recordándola, queriéndola hacer presente, y de mil maneras queremos mantener sus recuerdos junto a nosotros. Por el contrario, si somos nosotros los que nos vemos abocados a tener que abandonar su presencia por nuestra propia muerte y estuviera en nuestras manos hacerlo, buscaríamos a quien confiarla para que siga cuidándola y con ella se comporte como el hijo que nosotros quisiéramos ser para siempre. Decir esa palabra ‘madre’ o escuchar sus labios la palabra ‘hijo’ es uno de los gozos más profundos que podemos sentir en el alma.

No nos extrañe, pues, lo que nos narra el evangelio y en este día hemos proclamado. ‘Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… y el discípulo amado’. Y es en esa circunstancia donde se establece ese diálogo que parece más bien testamento y ultima voluntad. Viendo Jesús a su madre y al discípulo amado, a una le dije ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’, mientras al discípulo amado le dice también ‘ahí tienes a tu madre’.

El discípulo amado era en aquel momento algo más que Juan el hijo del Zebedeo. En el discípulo amado estábamos todos, estábamos nosotros, porque también somos los amados del Señor. Por eso aquel confiar que María a partir de aquel momento tuviera un hijo que la cuidara, o un hijo a la que ella como madre cuidara, no se trataba solo de Juan el hijo del Zebedeo, sino que allí estábamos todos los amados del Señor, todos nosotros que por amor nuestro precisamente se estaba entregando en la mayor muestra del amor que se pudiera manifestar.

Somos, sí, ese discípulo amado a quienes desde ese momento María nos toma como hijos; somos ese discípulo amado que a partir de aquel momento tenemos que llevar a nuestra nueva madre a nuestra casa, a nuestra vida, como  hiciera Juan. El evangelio solamente nos dice que desde aquella hora Juan la recibió en su casa. La hemos contemplado en la víspera de Pentecostés allí reunido en el cenáculo con sus nuevos hijos en la espera del Espíritu; la tradición nos hablará de esa presencia de María junto a Juan de manera que en Efeso nos encontraremos la casa de María como un testimonio de esa presencia de María siempre junto al discípulo amado que en la cruz se le había confiado como hijo.

Por eso hoy, cuando hemos concluido la Pascua con la fiesta del Espíritu en Pentecostés, la Iglesia nos invita a celebrar y a sentir esa presencia de María junto a nosotros en esta fiesta recientemente instituida con el título con que el papa Pablo VI quiso invocarla al final del concilio Vaticano II, María, Madre de la Iglesia.

¿Qué mejor que llamarla Madre de la Iglesia, cuando eso es lo que ella ha sido a lo largo de los siglos, a lo largo de toda la historia de la Iglesia? Como madre de Dios fue invocada y proclamada al finalizar el concilio de Nicea que definía a Jesús como verdadero Hijo de Dios en aquella primera espontánea procesión del pueblo de Dios junto a los padre del Concilio; pronto fueron proliferándose templos en su honor a lo largo y a lo ancho de la Iglesia y del mundo, aunque cada uno desde nuestro amor especial la invoquemos con distintos nombres que vienen a significar siempre su presencia de madre junto a nosotros.

María ha estado siempre junto al peregrinar del pueblo cristiano y su amor nos ha ayudado a mantener integra nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia. Justo es pues que la invoquemos como Madre de la Iglesia como en este día después de celebrar Pentecostés se nos invita a celebrar. Cuidemos nuestro amor y nuestra devoción a Maria que siempre nos conducirá hasta Jesús; sintamos con vivo agradecimiento de hijos ese amor de la Madre que así siempre ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida viva en nosotros la llama del fuego del amor.

domingo, 25 de febrero de 2024

Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

 


Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Salmo 115; Romanos 8, 31b-34;  Marcos 9, 2-10

Si no sabemos subir a la montaña y no disfrutamos de su altura, me atrevo a decir que no sabremos caminar bien por la llanura. Puede parecer atrevida esta afirmación, porque a algunos no les gusta subir a la montaña; significa esfuerzo y deseos de superación, porque la subida se hace dura, cuanto más vayamos subiendo parece que más dificultad encontramos y necesitamos el esfuerzo de la superación en cada momento para ser capaces de ir más allá y más arriba; hay quien tampoco sabe disfrutar de la altura y no es capaz de contemplar nada, le parece que todo está como difuminado y no será capaz de contemplar los detalles, por eso digo no va a saber caminar por la llanura.

Esto tendría que ser imagen del camino de la vida. Ascensión, pero sabiendo que hemos de caminar por la llanura de la vida que no siempre va a estar tan llana porque también serán muchos los obstáculos y tropezones que vamos a encontrar. Aquella subida, como decíamos, nos habrá enseñado. Pero es tarea necesaria la Ascensión, el estar en actitud y postura de subida, de querer ascender porque buscamos otras visiones, otras perspectivas, porque queremos encontrar un sentido que nos haga al mismo tiempo ahondar en lo más profundo para encontrar el sentido y la fuerza para ese camino.

Es tradicional en la liturgia de la Iglesia que en este segundo domingo de Cuaresma nos encontremos con el evangelio de la transfiguración. Jesús también nos invita a subir al Tabor, como irá luego también delante de nosotros en la subida del calvario. Ahora será una subida que nos lleva a la contemplación de la Transfiguración, como la subida del Calvario será la subida a la Pascua. Que es el camino que vamos haciendo a lo largo de la Cuaresma, un camino hasta la Pascua.

No podemos olvidar que este episodio en los relatos de los distintos evangelistas siempre viene como enmarcado por los anuncios que hace Jesús de su subida a Jerusalén y de lo que allí ha de pasar. Por eso este momento del Tabor viene a ser algo así como un anticipo de la Pascua. Alguno de los evangelistas nos dirá que lo que hablaban Jesús y Moisés y Elías que aparecen en este momento de la Transfiguración es de lo que en Jerusalén ha de suceder. Y finalmente Jesús les dirá los discípulos  que han contemplado este momento de Transfiguración que no han de hablar de ello hasta después de la resurrección, aunque ellos seguirán siempre sin terminar de entender las palabras de Jesús.

Pero allí en lo alto, después del camino duro de la Ascensión, se va a contemplar la gloria del cielo. Una voz desde lo alto va a señalar a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar. Sin embargo, los discípulos que ya estaban pensando en quedarse allí para siempre – ‘haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’ – se sentirán sobrecogidos con la voz del cielo cayendo por tierra, pero cuando Jesús los levanta les dirá que hay que bajar de nuevo.

Una subida con la dureza del camino de la ascensión, un momento de gloria cuando estando Jesús en oración se transfigura en la presencia de sus discípulos, un anuncio del cielo de que hay que seguir el camino de Jesús, todo lo cual va a ser como anticipo de todo lo que entraña el camino de subida a Jerusalén, con el calvario y con la Pascua como meta.

En el Tabor tenemos mucho que aprender para el sentido del camino de nuestra vida, y ahora de nuestra cuaresma. Subida que es ascesis, que es camino de superación, camino de mirar a lo alto, pero también para ponernos en sintonía de escuchar la voz que nos viene de lo alto. Es la manera de aprender para luego saber hacer el camino ordinario de todos los días. Será así como podremos seguir realizando el camino de cada día, con sus luchas, con sus dificultades, con sus momentos de desánimo y decaimiento; pero camino que tenemos que saber hacer con esperanza, porque estamos seguros de lo que nos vamos a encontrar en la Pascua.

Ya hemos contemplado como el anticipo en la transfiguración del Tabor; el centurión después del Calvario podrá exclamar que quien había muerto pendiendo de una Cruz era un hombre justo, un inocente, que era como vislumbrar la acción de Dios, el paso de Dios en aquellas circunstancias, pero nosotros de antemano tenemos la certeza, lo  hemos escuchado en la voz venida del cielo, que a quien luego contemplaremos colgado del madero es verdaderamente el Hijo de Dios. Y claro, finalmente lo veremos resucitado y podremos decir ¡es el Señor!

Subamos, pues, a la montaña y disfrutemos del momento. Subamos hoy al Tabor para que un día también podamos subir al Calvario y no nos escandalicemos ni nos escondamos en aquellos momentos duros. La Pascua estará siempre iluminando el camino de nuestra vida. ¿Qué vamos a hacer en el camino que nos queda de Cuaresma? Escuchemos al Hijo amado del Padre.

miércoles, 19 de abril de 2023

Queremos creer en Jesús, queremos escucharle y hacernos sus discípulos, queremos ir también a hacer ese anuncio de salvación a nuestro mundo de hoy

 


Queremos creer en Jesús, queremos escucharle y hacernos sus discípulos, queremos ir también a hacer ese anuncio de salvación a nuestro mundo de hoy

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21

Hemos retomado esta semana el evangelio de Juan que nos acompañará en todo este tiempo pascua y hemos partido del encuentro de Nicodemo con Jesús. Aquel magistrado judío que fue de noche a ver a Jesús.

El tema de la luz y de las tinieblas es bien significativo en el evangelio de san Juan; en diversos momentos aparecerá esta imagen y no hemos de perder de vista lo que el evangelio está queriendo transmitirnos. Ya al principio del evangelio nos habló de la luz que era la vida, pero que la tiniebla rechazó, no quiso recibir. En diversos momentos del evangelio volverá a aparecer esta imagen por ejemplo en la curación de los ciegos que vuelven a encontrarse con la luz. Pero siempre por detrás irá apareciendo la contraimagen de los que prefieren las tinieblas, de los que rechazan la luz cuando rechazan a Jesús.

Nicodemo estaba también en tinieblas – era de noche cuando fue a ver a Jesús – pero es alguien que está buscando la luz. Su encuentro con Jesús es de alguna manera un dejarse interrogar por Jesús que le habla de una nueva luz, de un nuevo nacimiento. Pero el encuentro con esa luz parte del amor. Todo el evangelio viene a ser un anuncio de lo que es el amor de Dios, un amor tan grande, como nos dice hoy, que nos entregó a su propio Hijo.

Una entrega de amor que se convertirá en lo más sublime en una entrega incluso cruenta, cuando Jesús muere por nosotros. Ese encuentro con Jesús que así se entrega por nosotros se convierte en el juicio de Dios. Pero Dios no ha enviado su Hijo al mundo para condenar el mundo, sino para que el mundo se salve por medio de El. Por eso hemos de creer en El y quien crea en Jesús encontrará la salvación. Se nos repetirá tanto en la teofanía del Bautismo como en la del Tabor que es el Hijo amado y predilecto de Dios a quien tenemos que escuchar. Por eso esa entrega de Jesús será para nuestra salvación.

Ya nos dirá Jesús allá en Betania cuando lo de la resurrección de Lázaro que El es la resurrección y la vida y quien cree en El no morirá para siempre. Es el paso necesario de nuestra fe, es el paso necesario de escuchar a Jesús, es el paso necesario de Jesús en Jesús. Jesús es la Buena Noticia de salvación para el hombre de todos los tiempos. Por eso ha enviado a sus discípulos por todo el mundo a hacer ese anuncio del evangelio para que el que crea en El se salve, encuentre la salvación.

Nos acercamos a la luz, queremos dejarnos iluminar por la luz. Es cierto que no siempre nuestras obras no han sido buenas, y podemos tener el temor de acercarnos a la luz porque se descubriría la maldad que tantas veces nos ha acompañado en nuestra vida. Pero porque creemos en Jesús, que nos vino a traer la salvación, no tememos a la luz, queremos dejarnos iluminar por la luz, porque para nosotros es una luz que nos salva, que nos ilumina, que transforma nuestras tinieblas en obras de luz. Y lo podemos hacer con toda esperanza porque nos confiamos al amor de Dios que nos envía a su Hijo no para condenación sino para salvación.

No lo olvidemos, tenemos que repetírnoslo muchas veces. ‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’. Es nuestra fe, es nuestra esperanza, es la seguridad de la salvación. Queremos creer en Jesús, queremos escucharle y hacernos sus discípulos, queremos ir también a hacer ese anuncio de salvación a nuestro mundo de hoy.

sábado, 6 de agosto de 2022

La transfiguración del Señor transfigurará nuestras vidas y de ello tenemos que ser testigos ante el mundo que nos rodea

 


La transfiguración del Señor transfigurará nuestras vidas y de ello tenemos que ser testigos ante el mundo que nos rodea

2Pedro 1,16-19; Sal 96; Lucas 9, 28b-36

Si queremos tener buenas perspectivas hay que estar en el lugar adecuado; si queremos contemplar una amplia panorámica habrá que colocarse en la altura en el lugar más propicio para poder abarcar toda la amplitud del paisaje; si queremos abarcar en nuestra visión todo el conjunto tendremos que separarnos para poder contemplar toda su belleza. Necesitamos cambiar, buscar aunque nos cueste esfuerzo para poder contemplarlo desde el lugar adecuado, si queremos elevar nuestro espíritu por encima de cosas terrenas tenemos que ir a lo alto.

La vida toda nos está invitando a subir, a elevarnos, a buscar otra perspectiva, a ver las cosas de otra manera, y eso exige esfuerzo y al mismo tiempo sacrificio; nos costará arrancarnos de donde estamos pero el caminar hacia la altura hará que todo cambie y podremos ver las cosas de otra manera; si queremos una plenitud para nuestra vida hemos de darle trascendencia a lo que hacemos y eso nos hará olvidarnos de querer mirarnos solo los pies.

Hoy nos está invitando Jesús a subir a lo alto, podremos contemplar toda la trascendencia de su vida, encontraremos sus más hondos motivos y hará que se eleve también nuestro espíritu. Nos invita ahora a ir con El hasta lo alto pero con la conciencia de que allí por ahora no nos quedaremos porque tenemos que bajar de nuevo a la llanura de la vida por donde seguiremos caminando, pero ahora con nuestros motivos o con nuevas perspectivas después de haberle contemplado en la altura.

Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan a una montaña alta para orar. ¿Estarían orando ellos también o dando cabezadas porque habría aparecido el cansancio y la somnolencia después del esfuerzo de la subida? Nos pasa tantas veces, que no sabemos aprovechar el momento y nos dormimos, volvemos a la pesadez de nuestros ojos o de la rutina de lo que siempre hacemos. Nos pasa en la oración, nos dejamos dormir, aunque digamos qué bueno es dormir en los brazos del Señor. Pero El nos pide estar despiertos porque algo nuevo nos quiere ofrecer.

Aunque daban cabezadas los discípulos pudieron darse cuenta de lo que estaba sucediendo, porque en la oración Jesús se había transformado, se había transfigurado; así eran sus resplandores que podían encandilar. Pero vislumbraron que alguien estaba con Jesús, allí estaban Moisés y Elías, los símbolos de la Ley y de los Profetas, y hablaban con Jesús de lo que había de suceder que ellos no acababan de entender. Pero ahora todo les parecía maravilloso y querían quedarse allí para siempre. ‘¡Qué bien se está aquí! Haremos tres tiendas…’

Pero no pudieron terminar de expresar lo que ahora deseaban. Una nube les envolvió. Fácil en la montaña, pero aquella nube era distinta; los estaba envolviendo la gloria del Señor porque así escuchan la voz que viene de los cielos. ‘Este es mi Hijo, el elegido; escuchadle’. Y cayeron de bruces, pensaban que morían. Si contemplaban a Dios pensaban que morían, pero era algo distinto lo que sucedería después de escuchar así directamente a Dios, sus vidas habían también de transformarse.

Igual que cuando Moisés bajó de la montaña después de haber hablado con Dios, que su rostro resplandecía, de manera que tenía que cubrírselo con un velo, porque los israelitas no soportaban aquel resplandor. Ahora ellos también habían de resplandecer con un nuevo brillo, después de haber contemplado la gloria del Señor. Pero sus mentes seguían cerradas y no terminaban de entender, y no podían hablar de aquello a nadie porque tampoco lo entenderían.

Subamos a la montaña nosotros y dejémonos también envolver por la gloria del Señor. Subamos a la montaña para encontrarnos con la gloria de Dios, para escuchar su voz, para conocer profundamente a Jesús, para sentirnos igualmente nosotros transformados. Subamos a la montaña que nos da nuevas perspectivas, que nos abre horizontes, que nos hace descubrir de verdad cual es nuestra misión, que nos hará bajar a la llanura de la vida, porque por ahí tenemos que seguir caminando, pero ahora tenemos una nueva visión, ahora sabemos con quien caminamos y por qué lo hacemos, ahora comprenderemos mejor lo que es el Reino de Dios que tenemos que anunciar.

Es la montaña que eleva nuestro espíritu; es en la montaña donde nos llenamos de Dios, del encuentro con Dios; es la montaña de nuestra oración y es la montaña de la contemplación; es desde donde hemos de bajar a los caminos de la vida con una nueva luz, con un anuncio claro que tenemos que realizar, con una buena noticia que tenemos que proclamar. Jesús es el Hijo elegido y amado de Dios a quien tenemos que escuchar.

La transfiguración del Señor transfigurará nuestras vidas y de ello tenemos que ser testigos ante el mundo que nos rodea.

sábado, 19 de febrero de 2022

Dejemos que Jesús nos lleve con El a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración, El se nos revelará en lo hondo del corazón

 


Dejemos que Jesús nos lleve con El a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración, El se nos revelará en lo hondo del corazón

Santiago 3,1-10; Sal 11; Marcos 9,2-13

 ‘Ven conmigo que quiero contarte algo’, y el amigo nos sacó de aquella conversación en la que estábamos, o de aquel grupo de amigos con los que estábamos pasando el rato, y nos llevó en un aparte porque quería contarnos algo. Nos sentimos sorprendidos y halagados seguramente; no lo esperábamos y además estaba mostrando una confianza grande al contarme aquello tan especial. Buena consideración debía de tener de nosotros cuando así mostraba algo que no contaba a los demás.

¿Sería algo así cómo se sentirían aquellos tres discípulos cuando Jesús los llama y se los lleva con él para subir a aquella montaña alta? Ya sabían que a Jesús le gustaba retirarse a lugares apartados para orar; lo verían así en oración hasta noches enteras en distintos momentos, pero habitualmente se retiraba solo. Ahora hay que subir a aquella montaña alta en medio de las llanuras y valles de Galilea y Jesús se lleva consigo a Pedro, Santiago y Juan. Después sabremos que en algún otro momento los escoge en particular a ellos también para momentos especiales.

No esperaban lo que allí en lo alto iba a suceder. Estando Jesús en oración y seguramente ellos medio adormilados por algún sitio, cansados quizás de la subida a la montaña, Jesús se transforma. Unos resplandores lo envuelven y sus vestiduras se llenan de un brillo especial. Y Jesús no está solo, pues junto a El estarán Moisés y Elías. Despabilándose ante tanto resplandor los tres discípulos están más que asombrados. Pedro se atreve a hablar porque no quiere que aquello se acabe. Se sienten en la gloria del cielo. ‘¡Qué bien se está aquí!’ y como nos narrará otro de los evangelistas ya está pensando en levantar unas chozas para que permanezcan y aquello no se acabe.,

Pero una nube los envuelve y una voz venida del cielo suena como un trueno sobre ellos. ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’. No soportan tanta emoción y les aturde la revelación que del cielo está viniendo y caen de bruces asustados. Jesús les saca de su aturdimiento y como en un despertar después de tanta emoción, allí está solo Jesús con ellos, que les recomienda mientras bajaban que aquello no lo contaran a nadie hasta después de que resucitara de entre los muertos. No terminan de entender, muchas preguntas siguen estando dentro de ellos. Aunque en los anuncios de la pasión les había hablado siempre de resurrección aun no terminan de entender.

Jesús quiere tener a sus discípulos cerca de sí. Se los llevó con ellos, nos dice en otra ocasión, igual que cuando eligió a los doce era para que estuvieran con El. Jesús nos quiere tener junto a sí. Solo estando con Jesús, solo sintiéndonos muy cerca de El es cómo comenzaremos a conocerlo de verdad. Es ahí en esa cercanía y en esa intimidad donde Jesús se nos da a conocer allá en lo más profundo de nuestro corazón. Como el amigo que nos lleva en un aparte porque quiere revelarnos unos secretos. Tenemos que dejar que Jesús nos tenga junto a sí, nos lleve con El.

Algunas veces parece que se nos complica eso de la fe y lo de ser cristiano. Son tantas las influencias que recibimos de todas partes que un poco parece que ese piso de la fe se nos tambalea debajo de nuestros pies. Hay pasos que nos cuesta dar, cosas que nos cuesta aceptar, valores que nos cuesta vivir, porque aparecen nuestros miedos, porque nos llenamos de dudas, porque las exigencias del camino de Jesús algunas veces nos parecen difíciles.

Parece que nos sentimos solos, parece que no llegamos a vivir esa presencia de Dios en nuestra vida, parece que los caminos se nos hacen demasiado pendientes y nos entran los cansancios. Quizá hay algo que no tenemos muy en cuenta, no le damos tanta importancia y lo abandonamos. Jesús quiere que estemos con El y a nosotros nos cuesta estar con Jesús, porque preferimos otras carreras u otros caminos. 

Y detenernos, hacer silencio dentro de nosotros, abrir bien los oídos del alma, entrar en esa sintonía de Dios para escucharle, para sentirle, para vivirle, es algo que nos cuesta y tantas veces lo dejamos para otro momento, o lo queremos hacer a la carrera. Veamos el tiempo que le damos a nuestra oración, veamos si creamos ese silencio interior para sentir a Dios en nuestra vida; en medio de los ruidos no lo podemos escuchar.

Dejemos que Jesús nos lleve con El, a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración. Aunque los ojos se nos cierren por el sueño intentemos mantener esa sintonía de Dios abierta. Y Jesús se nos revela, Jesús se nos da a conocer, Jesús nos hará vivir su presencia dentro de nosotros. Y bajaremos de la montaña también transfigurados, transformados, con nuevos bríos e impulsos, con nuevas ganas de seguir con toda intensidad el camino de Jesús.

domingo, 28 de febrero de 2021

La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

 


La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Romanos 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10

Todos necesitamos alguna vez en la vida tener la experiencia de subir a una montaña. Alguien podría decirme que en nuestra tierra lo tenemos fácil, pero también te podría decir que sin embargo no todos tenemos la experiencia de lo que es en verdad una subida a una montaña. Sé que en nuestra isla somos muy fáciles para subir al Teide, bueno, o al menos a Las Cañadas y es algo que la mayoría quizá con bastante frecuencia habrá hecho, pero os digo que eso no siempre significa lo que quiero expresar con subir a una montaña.

Es el esfuerzo de la subida que por supuesto no tenemos cómodamente sentados en un coche, pero es el disfrutar de la contemplación que nos ofrece la misma subida del entorno por el caminamos o de lo que dejamos allá abajo en la llanura, a la que sabemos que vamos a volver; pero es la contemplación que en la misma altura podemos experimentar si somos capaces de observar bien nuestro entorno, pero también de aquellos que nos acompañan; es la conversación que surge que no es tan intrascendente como pueda parecer si vamos con una mirada atenta; será lo que desde la altura descubrimos, porque habrá una nueva mirada, una nueva perspectiva que nos podrá ayudar a colocar cada cosa en su sitio; igual que contemplamos desde la altura el paisaje que ha quedado abajo y sabremos situar cada lugar, cada sendero que hayamos recorrido, cada distancia que nos separa unos sitios de otros, así comenzaremos a mirar la vida de una forma distinta y comenzaremos también a colocar cada cosa en su lugar.

Es como una reconversión interior para tener una nueva mirada, una nueva contemplación pero también una perspectiva distinta que nos hará actuar luego de manera diferente. No siempre logramos todo esto en una subida a una montaña porque nos podemos quedar en lo superficial, por eso decía que no todos los que hayan ido a una montaña han subido a la montaña.

A alguien pudiera parecerle innecesaria toda esta descripción en la que me he entretenido, pero creo que nos puede ayudar a entender las subidas a la montaña de las que nos habla hoy la palabra de Dios. Fue la subida al Horeb de Abraham con su hijo Isaac para el sacrificio, y fue luego la subida al monte que llamamos del Tabor de Jesús con aquellos tres discípulos, como será la subida que vamos haciendo hasta el calvario en este camino de Cuaresma.

Podemos hablar del esfuerzo y del sacrificio - ¿qué es lo que iba sucediendo en el corazón de Abrahán mientras subía al monte Moria sabiendo cual era la meta de aquella subida? –, como quienes conocen el Monte Tabor saben de la dificultad para su subida por las fuertes pendientes para llegar a la altura de la montaña que sobresale luego con una visión distinta de las llanuras de Galilea. No digamos el camino de subida al calvario, aunque lo dejamos para otro momento. Toda esa transformación y cambio de perspectiva se iba haciendo en aquellas subidas, que llevarán por una parte a Abraham al verdadero sentido de la fe y del sacrificio, y a los tres discípulos que acompañaban a Jesús de una nueva visión de Jesús al que contemplaron allí transfigurado con la gloria del Señor.

Aunque a los discípulos les costó un camino largo aprender la lección porque siguieron sus dudas en su corazón, porque había cosas que no terminaban de entender, porque incluso hubieran preferido quedarse solo en la contemplación de la montaña y ya estaban maquinando la manera de construir unas tiendas para vivir, la bajada de la montaña fue ya con una visión distinta que les fortalecería para seguir el camino de Jesús aunque aún seguiría siendo ambiguo para ellos.

Si no contemplaron el cielo estrellado como del que nosotros en la alta montaña habremos disfrutado en alguna ocasión, sí se encontraron con resplandores de luz al contemplar la gloria de Dios que se manifestaba en Jesús. Pero la luz les llegaba sobre todo de lo alto en las palabras del Padre que señalaba a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien habían de escuchar y en consecuencia seguir. Era la perspectiva nueva que habían de tener de la obra y de las palabras de Jesús, era el sentido nuevo que la vida de Jesús tendría para ellos que les ayudaría a pasar luego por el camino de la pascua.

Nosotros hoy en este segundo domingo de Cuaresma nos sentimos invitados también a subir a lo alto de la montaña. La contemplación de todo este misterio de la gloria de Dios que se nos manifiesta hoy en la transfiguración nos está animando a emprender el camino de la pascua con decisión siguiendo los pasos de este camino de Cuaresma.

Esa ascensión la iremos haciendo semana tras semana, domingo tras domingo hasta que lleguemos a la celebración del triduo pascual, donde también tendremos que subir con Jesús a la montaña del calvario. Es subida que también tenemos que hacer cada uno llevando nuestra cruz pero sintiendo todos que nuestro Cireneo es Jesús cuando se nos haga pesada esa cruz, cuando tengamos que ceñirnos esa cruz para que podamos vivir la pascua.

Cada momento, casa paso que vayamos dando tendrá su experiencia y su significado. Pero delante de nosotros está el resplandor de la transfiguración que hoy contemplamos y eso será el impulso para seguir adelante, para abrir los ojos, para templar nuestro corazón, para aprender a tener esa mirada nueva que de la vida tengamos cuando con Jesús la veamos desde lo alto del calvario, desde lo alto de la cruz. Es que tiene que ser algo nuevo lo que nazca en nosotros, lo podremos cantar con brío y alegría cuando culminemos el paso de la Pascua en la alegría de la resurrección.

 

domingo, 10 de enero de 2021

Hoy se nos ha manifestado la gloria del Señor sobre Jesús en el momento del Bautismo, pero nos llena de gozo porque así se manifestó también sobre nosotros en nuestro Bautismo

 


Hoy se nos ha manifestado la gloria del Señor sobre Jesús en el momento del Bautismo, pero nos llena de gozo porque así se manifestó también sobre nosotros en nuestro Bautismo

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Marcos 1, 7-11

 ‘Tú, ¿Quién eres?’ interrogaba a Juan la embajada venida de Jerusalén. ‘¿Por qué bautizas?’, querían indagar. Había surgido aquel profeta allá en las orillas del Jordán y aquello había inquietado a los judíos de Jerusalén, sobre todos los principales entre ellos, sumos sacerdotes, ancianos, fariseos, escribas. Por eso envían emisarios y preguntan. Y Juan les dice, como hemos escuchado en otras ocasiones, que ni es el Profeta, ni es el Mesías, que solo es una voz que grita en el desierto –y bien se puede entender lo de gritar en el desierto para el caso que le hacían algunos – porque había que preparar los caminos del Señor. ‘Yo bautizo con agua pero el que viene bautiza con Espíritu Santo’ les dice. Su bautismo solo era un signo de que querían arrepentirse y lavarse de sus pecados para recibir dignamente al Mesías que llegaba, no tenía otro sentido.

Ya les dirá en otro momento que el que le había enviado a bautizar le había dicho que cuando viera bajar al Espíritu Santo, ése era el que bautizaría en Espíritu Santo y fuego porque sería el que estaba lleno del Espíritu de Dios. Y es lo que ahora contempla. En una fila de los que venían a ser bautizados venía Jesús. Por otro evangelista conocemos de la resistencia de Juan a bautizarlo, porque como decía era él quien había de ser bautizado por Jesús, pero Jesús había insistido en que hiciera lo que tenia que hacer. Y tras la inmersión en las aguas del Jordán se hizo presente en aquel lugar la gloria del Señor. El cielo se había abierto sobre El y el Espíritu Santo bajaba en forma de paloma mientras se oía la voz del cielo.

‘Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco’. Así escuetamente nos lo narra el evangelista Marcos. Y es lo que hoy también nosotros contemplamos y celebramos, el Bautismo de Jesús.

Siempre nos preguntamos ¿es que Jesús necesitaba de aquel bautismo? No necesitaba un bautismo penitencial porque ningún pecado había en El. No necesitaba un bautismo en el Espíritu porque por naturaleza era el Hijo de Dios, como nosotros necesitamos de un bautismo que borre nuestros pecados y nos haga participes de la filiación divina. Aquel bautismo sí viene a ser como la inauguración de un nuevo Bautismo en el que quienes creyéramos en Jesús por la fuerza del Espíritu en el agua del bautismo vamos a nacer de nuevo para hacernos participes de la vida divina, Dios nos participes de la pascua de Cristo para adoptarnos y hacernos hijos suyos.

Hay que nacer de nuevo, le decía Jesús a Nicodemo, para entrar en el Reino de Dios para hacernos partícipes del Reino de Dios; hay que nacer de nuevo por el agua y el Espíritu le insiste y le explica Jesús a Nicodemo que no acaba de entender las palabras de Jesús haciendo una referencia clara a lo que es el bautismo que nosotros hemos recibido.

Una oportunidad tenemos en esta fiesta del Bautismo del Señor para considerar lo que significa el bautismo que nosotros hemos recibido y de alguna manera renovar esa gracia entonces recibida. Es momento de considerar la grandeza del bautismo y la maravilla de la gracia que en él hemos recibido. En el Espíritu hemos sido bautizados y así nos hacemos participes de la gracia redentora de Cristo. También sobre nosotros se abrió el cielo porque el Espíritu de Dios venía sobre nosotros para hacernos hijos; también nosotros hemos escuchado la voz del cielo que nos señalaba como hijos amados de Dios.

Hoy es un día de gozo y alegría porque también sobre nosotros resplandece la gloria de Dios. Es algo que hemos venido repitiendo a lo largo de este tiempo de Navidad, porque así brilló la gloria de Dios en la noche de Belén cuando los ángeles se manifestaron a los pastores para hacerles el anuncio del nacimiento del Salvador.

Y hemos ido repitiendo en cada uno de los momentos de lo que hemos venido celebrando estos días cómo se manifestaba la gloria del Señor. La estrella que brillaba en lo alto y guió a los magos de Oriente nos señalaba esa gloria del Señor y como los magos nosotros queríamos ir también en su búsqueda. Hoy se nos ha manifestado esa gloria del Señor sobre Jesús en el momento del Bautismo en esa maravillosa teofanía, pero nos llena de gozo el saber que así se manifestó también sobre nosotros en nuestro Bautismo.

Y ahora nos queda una cosa, y es cómo nosotros hemos de manifestar esa gloria del Señor al mundo, a los que están a nuestro lado, como la iglesia ha de hacer visible en medio del mundo esa gloria del Señor. ¿Será el nuevo anuncio del evangelio – nueva evangelización – que tenemos que hacer? ¿Será el testimonio de nuestra fe desde la alegría y esperanza con que la vivimos y la manifestamos? ¿Será el testimonio de nuestra vida y de nuestras obras de amor con lo que vamos transformando nuestro mundo? ¿Cómo los cristianos tenemos que ser estrellas que brillen y que atraigan, que señalen caminos y que lleven a Jesús, que iluminen un mundo nuevo que llamamos Reino de Dios en esta tierra en la que vivimos?

domingo, 17 de marzo de 2019

La contemplación de los resplandores del Tabor nos recuerdan que tras la Pascua y la resurrección nosotros tenemos que trasparentar una nueva luz y una nueva vida


La contemplación de los resplandores del Tabor nos recuerdan que tras la Pascua y la resurrección nosotros tenemos que trasparentar una nueva luz y una nueva vida

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Filipenses 3, 17-4, 1;  Lucas 9, 28b-36
El que con ojos profanos se acerque a la escena que nos describe hoy el evangelio sentirá admiración por la belleza que se nos describe con una escenografía – y fijaos que digo con ojos de profano – de resplandores y de sombras, de apariciones espectaculares y de voces que se oyen venidas del cielo que dejan en un sopor indescriptible a los diferentes personajes difíciles de imaginar por mente humana.
Pero no es con ojos de profano con los que nosotros nos acercamos a este texto del evangelio sino que quizá desde las sombras de nuestras dudas y sin embargo desde la fe nos sentimos deslumbrados por un resplandor celestial que va a despertar en nosotros caminos de trascendencia pero al mismo tiempo caminos nuevos que de forma distinta vamos a recorrer en el hoy de nuestra vida.
Queremos situarnos nosotros ante este pasaje del evangelio en esta escena que se nos describe como personajes que allí estamos también porque como aquellos tres discípulos nosotros nos sentimos invitados también a subir a lo alto de la montaña. Vamos, sí, en nuestra fe a no dejarnos adormecer o distraer por cosas que no vienen al caso, sino que vamos a intentar situarnos junto a Jesús en esa oración en la que El se sumergió. Subieron a la montaña para orar, aunque aquellos tres discípulos, como en otra ocasión les sucediera en Getsemaní se dejaron dominar por el sopor del sueño, quizá por el cansancio de la subida y se vieron sorprendidos por cuanto allí estaba sucediendo sin saber a qué atenerse y ya inventándose tiendas de campaña para quedarse allí para siempre, aunque para ellos mismos no prepararan ninguna. ‘¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas…’ que serían para Jesús, para Moisés y para Elías, sin pensar en prepararse para ellos mismos.
Contemplemos, sí, nosotros también aunque nos sintamos extasiados para maravilla de la gloria del Señor que se está manifestando. Aquel blanco deslumbrador de las vestiduras de Jesús y aquel rostro resplandeciente de quien está manifestando la gloria del Señor. Con razón Moisés había bajado de la montaña del Sinaí, de la presencia del Señor, con un rostro resplandeciente que nadie se atrevía a mirar cubriéndose con un velo. Y es que quien está en la presencia de Dios con toda conciencia ya su vida tiene que resplandecer de otra manera, porque otra será la vida que tendrá que trasparentar.
Mientras Pedro habla con estas apetencias y ambiciones una nube de sombras los envolvió. Con qué facilidad nos aparecen las sombras en nuestra vida. Sombras de dudas, sombras de egoísmos insolidarios, sombras de ambiciones y vanidades, sombras de orgullos mal disimulados, sombras que nos pueden llevar al precipicio también con toda facilidad. Nos queremos aislar, nos queremos quedar en las alturas, queremos olvidar quizá lo que es la lucha diaria de los que siguen caminando por la llanura de la vida, nos queremos encerrar en nuestras vanidades, son tantas las tentaciones que de una forma o de otra podemos sufrir.
Aquella sombra momentánea fue como una prueba pero que venia a culminar con las palabras del cielo la revelación de quien era en verdad Jesús. Consciente o inconscientemente se veían puestos a prueba muchas veces con lo que Jesús les anunciaba y a ellos les costaba entender. Había habido momentos de fervor como cuando Pedro confesó su fe en Jesús allá en Cesarea de Filipo, pero pronto el mismo Pedro se negaba a aceptar lo que Jesús anunciaba que el Hijo del Hombre subía a Jerusalén donde había de padecer pasión y muerte. ‘Quítate eso de la cabeza’, le había dicho a Jesús.
Lo que ahora estaba sucediendo en lo alto de la montaña vendría a ser como la fortaleza del Espíritu que les iba a acompañar en el camino que aún habían de hacer hasta Jerusalén y en los momentos difíciles de lo que allí había de suceder. Como la liturgia expresa con toda claridad en el prefacio de la celebración de este día ‘después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar que la pasión es el camino de la resurrección’.
‘Una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’. Sí, este Jesús a quien habían seguido, estaban siguiendo por todos aquellos caminos de Galilea y de Palestina y ahora le acompañaban en su subida a Jerusalén, es el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar porque en El está nuestra vida y nuestra salvación. Este Jesús, sí, que había de padecer tal como El les había anunciado su muerte es el Hijo de Dios, la Palabra eterna de Dios que es nuestra luz y nuestra vida.
Aturdidos estaban en medio de cuanto había sucedido y había que bajar de la montaña a la llanura donde se seguirían encontrando las muchedumbres ansiosas de una palabra de esperanza, donde se seguirían encontrando con el dolor y el sufrimiento, con las mismas esclavitudes y opresiones que sufrían todos los días, con gentes desorientadas que buscaban una luz que les guiara. Habían de bajar de aquella montaña para seguir el camino y para subir a Jerusalén. Los discípulos que habían sido testigos de lo sucedido en la montaña y de lo que aun no podían hablar, terminarían de entenderlo después de la resurrección.
Nosotros en este segundo domingo de Cuaresma una vez más hemos subido al Tabor y tenemos que seguir haciendo también el camino que nos lleva a la Pascua. En nosotros tenemos una certeza que nos la da la fe, y que tras la contemplación ahora de la gloria del Tabor tendrá que hacer que nosotros busquemos resplandecer con una nueva luz, aunque tengamos que pasar por la pasión, esa pasión que tenemos que vivir en nuestra vida con tantas cosas, pero que sabemos que es camino de Pascua. Cuando llegue la luz de la resurrección no olvidemos que tenemos que trasparentar una nueva luz, una nueva vida que nace en nosotros con la Pascua de Jesús. Para eso estamos haciendo este camino de Cuaresma.

domingo, 8 de enero de 2017

El Bautismo de Jesús culminación de las fiestas de Navidad nos invita a considerar el Bautismo en el Espíritu que hemos recibido para llegar a transparentar la vida de Cristo en nosotros

El Bautismo de Jesús culminación de las fiestas de Navidad nos invita a considerar el Bautismo en el Espíritu que hemos recibido para llegar a transparentar la vida de Cristo en nosotros

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Mateo, 3, a3-17
Llegamos a la culminación de todas las fiestas de la celebración del misterio de la Navidad y Epifanía. Celebramos en este domingo después de la Epifanía la fiesta del Bautismo del Señor.
El evangelista Mateo nos dice que ‘fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara’. ¿Había formado parte Jesús en algún momento de aquellos que iban a escuchar a Juan? En torno al Bautista, allá en el desierto junto al río Jordán, se había ido formando un grupo de discípulos que le seguían y hasta querían imitarle. No solo eran los que ocasionalmente iban a escucharle y luego se sometían a aquel bautismo penitencial como un signo de conversión escuchando la invitación de Juan para preparar los caminos del Señor, sino que se había formado un grupo de discípulos como veremos más tarde que permanecen fieles incluso cuando Juan es encarcelado.
Ya tenemos mucha ocasión en meditar sobre el bautismo de Juan en el Adviento escuchando también nosotros sus palabras como una preparación para recibir al Señor en las fiestas de Navidad. El hecho es que Jesús se suma ahora a la fila de los que se acercaban a Juan para sumergirse en el Jordán para su bautismo y muchas cosas especiales van a suceder.
Cuando Juan invitaba a aquel bautismo ya decía que el bautizaba solo con agua pero que vendría el que bautizaría con Espíritu y fuego. Señalaba incluso ‘en medio de vosotros está y no lo conocéis, el que os bautizará con Espíritu Santo’. Y ahora se manifiesta el Espíritu del Señor. Como nos ha dicho el evangelista ‘apenas Jesús se bautizó, salió del agua, se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre El, mientras es escuchaba una voz del cielo: Este es mi Hijo, el amado, el predilecto’.
Me atrevería a decir que estamos como en el quicio entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Juan todavía es de los profetas, como los profetas del Antiguo Testamento que vienen como testigos para señalarnos el camino de la luz. Comienza la hora del Espíritu desde el momento en que Jesús fue concebido en el seno de María. Escuchábamos en la anunciación decirle el ángel a María ‘el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra…’
Aquí está ahora el que está lleno del Espíritu, el que con la fuerza del Espíritu viene a realizar un mundo nuevo y hacernos a nosotros unos hombres nuevos. Comienza la hora de la Nueva Alianza que va a ser sellada con la sangre de Cristo, pero que por la fuerza del Espíritu nos va a hacer a nosotros también hijos de Dios.  Aquí está el Hijo amado de Dios que viene a bautizarnos a nosotros con un nuevo bautismo, el bautismo en el Espíritu que nos va a hacer participes de la vida divina para hacernos, repito, hijos de Dios.
Por eso decíamos que en este momento del bautismo de Jesús estamos como en el quicio, se nos abre la puerta a algo nuevo, se nos abre la puerta al Nuevo Testamento, a la Nueva Alianza, al nuevo pueblo de Dios. Podíamos decir que es como el sentido de esta fiesta del Bautismo del Señor que hoy celebramos también como Epifanía, como manifestación de quien es Jesús en quien creemos, cuyos pasos queremos seguir, de cuya vida queremos impregnarnos.
La celebración de este día es también una buena ocasión para que pensemos en nuestro propio bautismo, ese bautismo recibido en el agua y en el Espíritu que necesitamos para nacer de nuevo como le dirá Jesús a Nicodemo. Se nos queda muchas veces nuestro propio bautismo como en penumbra, como algo lejano celebrado en nuestra niñez y no terminamos de considerar la grandeza de la nueva vida que en él recibimos. Se nos puede quedar como un rito lejano que casi pareciera que no tiene repercusión en nuestra vida. Sin embargo tenemos que reconocer que toda nuestra existencia está marcada por ese Bautismo, porque en El nos hicimos participes de la salvación que Jesús nos ofrece en su muerte y resurrección. El bautismo fue un sumergirnos en la muerte de Cristo para con Cristo renacer, por la fuerza del Espíritu, a una vida nueva.
Y eso ha marcado nuestra vida para siempre, aunque muchas veces lo olvidemos, porque si somos conscientes de verdad del bautismo recibido nuestro empeño estaría en vivir siempre esa nueva vida, en vivir siempre dejándonos conducir por el Espíritu, en impregnar ya en todo nuestra vida por los valores del Evangelio, por los valores nuevos del Reino de Dios. 
Como se dice en una de las oraciones de la liturgia de este día ‘transformarnos interiormente a imagen de aquel  que hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad’. Por el Bautismo somos transformados a imagen de Jesús, hemos de transparentar ya para siempre a Jesús en nuestra vida, de manera que quien nos viera pudiera ver a Cristo en nosotros. 

sábado, 6 de agosto de 2016

Aprendamos a subir a la montaña del Tabor de nuestra oración, de nuestra interioridad, del silencio para sentir la presencia y dejarnos iluminar por la luz de Dios

Aprendamos a subir a la montaña del Tabor de nuestra oración, de nuestra interioridad, del silencio para sentir la presencia y dejarnos iluminar por la luz de Dios

2Pedro 1,16-19; Sal 96; Lucas 9, 28b-36

‘Maestro, ¡qué bien se está aquí!’ y no era para menos. La experiencia que estaba viviendo Simón Pedro era única e irrepetible. Nunca había llegado a tener una visión así. La gloria del Señor se estaba manifestando ante él y casi no se lo podía creer.
Jesús se los había llevado a aquella montaña alta. Seguramente les había costado la subida, pero ahora podían decir que había merecido la pena. Y no eran las bellezas de las llanuras de Yesrael que desde allí se contemplaban lo que le causaba admiración. Era algo distinto lo que estaba sucediendo y de lo que eran testigos y que transformaría sus vidas. Con él habían ido también los dos hermanos Zebedeos. Eran los tres discípulos escogidos de manera especial por Jesús para ser testigos de momentos extraordinarios como lo que ahora estaba sucediendo.
Había subido para orar en la montaña, como a Jesús le gustaba; solía ir a lugares apartados y tranquilos, porque la experiencia de Dios es difícil de captarla en medio de bullicios y ruidos. Como Elías que se había ido a la montaña y allí sintió la presencia de Dios; como Moisés que subía a lo alto de la montaña de Dios o del Sinaí; como Abraham que también en soledad del silencio escuchaba y recibía a Dios en su tienda. Ahora Jesús se había transfigurado con la gloria de Dios. Su rostro resplandecía; sus vestidos resplandecían; todo era luz y esplendor; y allí estaban también Moisés y Elías. ‘¡qué bien se está aquí!’
Cuando uno se deja iluminar por la luz de Jesús esa luz no puede dejar de brillar en tu vida. Como Moisés cuando contempló a Dios en la montaña y luego siempre su rostro resplandecía. Disfrutamos de la presencia de Dios en la montaña de la oración, en los momentos especiales que Dios nos concede en que podemos experimentar su presencia en nosotros, pero con esa luz tenemos que ir a los demás. Es tan importante ese momento de encuentro vivo con el Señor para escucharlo, para dejarnos iluminar por El.
La experiencia de la alta montaña aun se había terminado porque los envolvió una nube sino de la inmensidad de la presencia de Dios. Escucharían una voz que señalaba a Jesús como el Hijo amado del Padre.  ‘Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’. Era ahora la experiencia que llenaría de fuerza sus vidas. Vendrían momentos duros y difíciles; Jesús anunciaba una y otra la experiencia de la pascua que El habría de vivir. Para eso era su próxima subida a Jerusalén y bien necesitaban ellos llevar bien asumida en sus vidas esta experiencia única que habían vivido ahora en lo alto de la montaña. Ahora habían de bajar de nuevo a la llanura de la vida, al día a día por aquellos caminos nuevos que se abrían ante ellos.
Tenemos que vivir nosotros la experiencia de la transfiguración para llenarnos de luz y poder resplandecer con esa luz y llevarla a los demás. Las tinieblas se resisten a la luz. Como dice el principio del evangelio de Juan las tinieblas no la recibieron. Es de lo que tenemos que tener conciencia en nuestro camino para fortalecernos en esa luz, en esa fe y poder dar así testimonio.
Cuánto tenemos que aprender a subir a la montaña del Tabor, que es nuestra oración, que es ese nuestro cuarto interior, que es ese momento de recogimiento e interioridad que cada día hemos de saber tener, que es ese silencio que hemos de saber hacer en medio de los bullicios y ruidos de la vida, para tener esa experiencia de luz, de vida, de Dios.