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martes, 15 de septiembre de 2026

Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

 


Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

1Corintios 12, 12-14. 27-31a; Salmo 99; Juan 19, 25-27

¡Qué pocos habían quedado al pie de la cruz de Jesús! ¿Huían también del dolor y del sufrimiento? Solo estaba uno de los discípulos, aquel a quien amaba mucho Jesús, una mujer pecadora de la que Jesús había expulsado siete demonios y que desde entonces lo había seguido por todas partes, su madre y la hermana de su madre, una mujer casi anónima de la que solo sabemos que era María la de Cleofás; apenas unas mujeres en el camino habían mostrado su compasión con sus lágrimas, pero Jesús les había dicho que no llorasen por Él sino por ellas mismas y por sus hijos; los que lo habían hecho todo por llevarle a la cruz desde lejos observaban el espectáculo, aquellas muchedumbres que un día le habían seguido ahora andaban por otros caminos porque aquello parecía que acababa mal. Quienes quedaban allí en primera línea parecían el nuevo resto de Israel, pero de dónde iba a hacer un pueblo nuevo.

Es el cuadro que nos toca hoy seguir contemplando desde que ayer contemplábamos a Jesús levantado en lo alto de la cruz para atraer a todos hacia Él, aunque ahora parecían bien pocos los que quedaban. La cruz asusta, el dolor nos hace huir y el temor al sufrimiento nos lleva a escondernos para que quizás no nos toque a nosotros, pero ese ronco reseco y atormentado de nuestra vida tiene que rebrotar para hacer surgir una nueva flor.

Pero la vida nace en medio del dolor y si no que lo diga la madre que da a luz a un hijo; la semilla enterrada aparentemente para hacerla desaparecer engendra una nueva planta que un día florecerá; triturados quizás por el sufrimiento podremos purificarnos de la hojarasca que nos llenaba de maleza y podados esos sarmientos resecos e infructuosos podemos sacar el mejor vino que pone nueva alegría en nuestro corazón o el mejor aceite de nuestra vida para poder iluminar mejor a los que están a nuestro lado; es el amor el que da sentido a la entrega hasta la muerte y será lo que hará aparecer nuevos resplandores de luz.

Es la luz de la esperanza que podemos descubrir en los ojos de María tras el filtro de sus lágrimas de dolor al pie de la cruz de Jesús. Tras la cortina de dolor de la cruz de Cristo en el Calvario nos está naciendo una madre, podríamos decirlo así, cuando Jesús confía su madre al cuidado del discípulo amado y confía a María la misión de madre para aquellos que estamos naciendo desde ese alumbramiento en la propia Cruz de Jesús.

Es un regalo más que Jesús nos está haciendo en este momento supremo. Nos ha regalado su vida y su amor porque eso significa su entrega y su muerte; ese camino nuevo que abría ante nosotros en la medida que anunciaba el Reino de Dios ahora tiene ya su consolidación con su entrega de amor y su muerte en la cruz. Pero nos ha querido dejar también a su madre, nos la ha regalado como madre, nos ha puesto bajo su cuidado; y como madre estará siempre caminando a nuestro lado, haciendo camino con la Iglesia, haciéndonos sentir lo que también vale el sufrimiento y el dolor cuando en verdad tenemos cimentada nuestra vida en el amor.

Hoy la llamamos y la celebramos como Virgen de los Dolores; hoy sentimos más fuerte que nunca que ella es la Madre de amor que siempre está a nuestro lado; Madre del amor tendríamos que llamarla porque es el que va a ser alivio y consuelo en el camino de nuestra vida tan lleno muchas veces de dolores y de sufrimientos.

Con María aprendemos su sentido; sintiendo la presencia de la madre junto a nosotros nos sentimos aliviados y fortalecidos en nuestros dolores y en nuestras angustias y no es que las busquemos pero sí aprendemos que el amor será nuestra mejor medicina que tonifica nuestra vida, pero que con amor tenemos que saber llegar a cuantos se debaten en sus dolores y sufrimientos para con los gestos y compromisos de nuestra vida ser consuelo y remedio y les podamos ayudar a encontrar ese camino que les lleve a Dios y sentirse en El renovados de verdad.

¿Seremos poquitos o serán numerosos los que aun permanecemos al pie de la cruz? Ahí queremos estar con ese amor que sentimos porque somos también los amados del Señor, con la rémora de nuestra antigua vida de pecado porque en esa cruz de Jesús nos sentiremos purificados para llegar a ser ese hombre nuevo de la gracia, en el anonimato quizás de nuestra vida anodina y fría que muchas veces se nos puede quedar vacía y sin sentido, pero sintiendo, sin embargo, la presencia de una madre, a la que invocamos como Virgen de los dolores, que vela siempre junto a nuestro lecho de sufrimiento y dolor en tantas circunstancias de nuestra vida y nos hace encontrar la mejor gracia del Señor que transforme nuestras vidas.

¿Tendríamos que ser nosotros imágenes de esa madre con nuestro amor al lado del sufrimiento de los demás?


lunes, 9 de junio de 2025

María, madre y molde de la Iglesia sintiendo que camina siempre a nuestro lado y con su mano nos va moldeando para mejor parecernos a ella y así vivir a Jesús

 


María, madre y molde de la Iglesia sintiendo que camina siempre a nuestro lado y con su mano nos va moldeando para mejor parecernos a ella y así vivir a Jesús

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86;  Juan 19, 25-34

Dios busca al hombre, pero el hombre está escondido de Dios. Es la imagen que aparece en las primeras líneas el texto del Génesis proclamado. ‘¿Dónde estás?’ llegaron los miedos donde el hombre había sido colocado para ser feliz, era un jardín al que llamamos paraíso aquí en la tierra, pero entró el desorden y la división, las mutuas acusaciones, quienes habían sido creados para una especial comunión de felicidad, ahora hasta sienten vergüenza de si mismos y llenos de miedo se esconden.

¿No reflejarán estas palabras mucho de lo que nosotros queremos vivir y construir a nuestra manera? El mundo y la vida tenía que ser un jardín apacible, pero quisimos hacer un paraíso a nuestra medida; y hablamos de bienestar pero impera el materialismo, hablamos de comunidad y nos rompemos por nuestras ambiciones, hablamos de un mundo de felicidad pero todo lo sensualizamos, hablamos de un mundo que es de todos pero seguimos encerrados en ambiciones e insolidaridades. ‘¿Donde estás?’, ¿Dónde está el hombre que Dios ha creado y en cuyas manos a puesto toda la riqueza de la creación? ¿Andaremos escondiéndonos también avergonzados de nuestra manera de proceder?

Pero Dios se sigue ganando por su amor. El hombre vivirá errante pero no todo está perdido. La misericordia del Señor fluye por doquier y a ese hombre le promete una salvación, un día en que acabaran esos miedos o esas cobardías, ese mal que nos corroe será vencido porque llegará la estirpe y descendencia de una nueva Eva que traerá la victoria sobre todo ese mal y nos hará un mundo nuevo.

En medio de aquello que había hecho de un jardín un lugar de miedos y cobardía, queriéndolo convertir en un escondite de si mismo, hay una mujer, la madre de todos los vivientes, Eva; pero ahora aparecerá una nueva mujer, una nueva Eva que va a ser la madre de la nueva humanidad. De ella ha de nacer el Salvador, el Hijo de Dios que a ella la convierte en Madre de Dios, pero ese hijo a ella le va a confiar esa nueva humanidad que está naciendo desde la sangre derramada en la cruz para que sea la madre de todos los creyentes, la Madre esa humanidad nueva que es la Iglesia. Es como hoy, en el día siguiente a Pentecostés, queremos llamarla, Madre de la Iglesia, como la había proclamado el Papa san Pablo VI en casi los albores del concilio Vaticano II, que nos dejó en la constitución sobre la Iglesia un hermoso tratado de lo que es y significa María en la historia de la salvación y luego en la historia de la Iglesia.

Y nos dice el evangelio que el discípulo la llevó a su casa. La tradición sitúa la presencia de María en aquellos lugares en que los discípulos estaban haciendo el anuncio del Evangelio, y no hace muchos años, por ejemplo, en los alrededores de Efeso se ha encontrado la casita de María – en cuyo lugar he tenido la suerte de haber estado -, como la vemos también en nuestra tradición hispana presente en el Pilar de Zaragoza, que como confesamos en nuestras tradiciones Maria quiso hacerse presente en las orillas del Ebro junto al Apóstol Santiago que anunciaba la buena nueva de Jesús en nuestras tierras hispanas.

¿No querremos nosotros, como hizo el discípulo amado a quien Jesús se la confió desde la cruz, traernos también a casa a María, para que habite con nosotros? Sí, son sus imágenes repartidas por nuestros templos y capillas por todas partes; son las imágenes de la Virgen María que con tanta devoción conservamos en nuestras casas en la advocación de nuestra especial y particular devoción. Pero son las imágenes de María que nosotros hemos de mostrar desde nuestras actitudes y comportamientos, desde la copia de sus virtudes y el cultivo de los mejores valores que manifiestan nuestro seguimiento de Jesús y su evangelio.

La santidad de nuestras vidas es querer copiar la santidad de María, es como vestirnos con su misma ropa para así mejor parecernos a Ella, es meternos en el mismo molde para que así salgamos nosotros esa imagen perfecta, esa figura que trasparenta lo que fue la vida de Maria, su amor y su generosidad, su fe y su fortaleza, su fidelidad a la Palabra de Dios y su disponibilidad para el servicio, para ayudar, para estar atenta a las necesidades de los demás, para tener los ojos abiertos para beberse las lagrimas de los que lloran y ser el mejor consuelo de los que sufren. Dios llenó de perfección el molde de María en el que nosotros hemos de verternos para que salgan grabadas en nosotros mismos sus virtudes y su amor.

María, madre y molde de la Iglesia sintiendo siempre además que camina a nuestro lado y con su mano va moldeando nuestra vida para mejor parecernos a ella y así vivir la vida de Jesús.

sábado, 7 de junio de 2025

Una respuesta personal es nuestra fe, aunque la vivamos en comunión con los demás y nos sintamos estimulados por el testimonio de los demás creyentes

 


Una respuesta personal es nuestra fe, aunque la vivamos en comunión con los demás y nos sintamos estimulados por el testimonio de los demás creyentes

Hechos. 28, 16-20. 30-31; Salmo 10; Juan 21, 20-25

Hay gente que siempre se está comparando con los demás; si es mejor o peor, más guapo o más feo, si ha tenido más suerte en la vida o no ha tenido, si lleva una vida próspera o nosotros somos unos infelices, y así mil cosas más. Comparaciones que muchas veces están nacidas de envidias y de resentimientos, comparaciones no para sentirnos estimulados por nosotros mismos y en la búsqueda de nuestro crecimiento espiritual, comparaciones que nos destruyen a nosotros mismos mientras quizás estamos queriendo destruir todo lo bueno que puedan hacer los demás. Comparaciones de índole personal, particular podríamos llamarlas, pero comparaciones en lo social, entre pueblos o entidades, que muchas veces llevan a enfrentamientos innecesarios que en fin de cuentas llevan a dañarnos a nosotros mismos, como sociedad o como pueblo. No es camino de superación y crecimiento personal o como comunidad, sino que son resentimientos ahogados que aunque nos creamos mejores que los demás realmente no nos harán felices.

Creo que es bueno detenerse a pensar en estas cosas, aunque nos parezcan muy de índole personal y muy particulares de nosotros mismos, porque nos ayudarán a descubrir actitudes que se transforman en envidias o en orgullos mal curados y por otra parte es sentirnos invitados a ese crecimiento personal valorando el crecimiento de los demás que nos puede servir de estímulo positivo. Puede parecer que poco tiene relación con el mensaje de la Palabra de Dios, pero una curiosidad de Pedro que no se pudo callar ante lo que podía esperarle al discípulo amado de Jesús, me ha motivado a comenzar la reflexión de hoy desde estos aspectos muy humanos, pero que también han de formar parte de nuestra espiritualidad cristiana.

Como decíamos, Pedro que le había porfiado – en el buen sentido de la porfía – su amor que a pesar de sus tropiezos no dejaba de querer expresar a Jesús con toda la fuerza de su ser – Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo, le había dicho – pero cuando Jesús le anuncia lo que incluso va a padecer por su nombre – ‘otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras' - al ver por allí cerca al discípulo, como dice el evangelio, que Jesús tanto amaba, le surge la pregunta ‘y de éste ¿qué va a ser?’. Y poco menos que Jesús ahora le dice que no se meta en la vida de los demás, que no le importa a él lo que Jesús le tenga reservado para el discípulo amado.

No veamos aquí correcciones duras e incomprensibles de Jesús a Pedro como no queramos ver intenciones oscuras en la pregunta que le ha hecho a Jesús. ¿No nos estará diciendo Jesús que cada uno tiene que hacer su camino y cada uno tiene que llevar su cruz cuando le toque? Es cierto que en nuestra vida cristiana hay algo muy importante que es la comunión que tenemos que sentir los unos con los otros; estamos llamados a la comunión y a la comunidad, y Jesús así en ese sentido ha constituido la Iglesia. Pero la respuesta de fe siempre tiene que ser personal, aunque la hagamos caminando junto a los hermanos; pero ni tú puedas dar la respuesta que le toca dar al otro, ni nadie va a sustituir lo que tú tengas que hacer.

Cuando Jesús te invitó a seguirle lo ha hecho por tu nombre personal. Es bonito lo que se expresa en la liturgia del Bautismo cuando el sacerdote al principio de la celebración pregunta por el nombre de aquel que va a ser bautizado. Y será con ese nombre con el que recibe las aguas del bautismo. Es nuestra decisión personal, es nuestro camino personal, que haremos, es cierto, y viviremos en comunión con los hermanos que están a nuestro lado, no para envidiarnos, sino para apoyarnos mutuamente, para servirnos de aliciente y estímulo los unos a los otros. En la liturgia aunque cuando oremos a Dios digamos ‘Padre nuestro’, no mío sino nuestro, a la hora de la confesión de fe diremos ‘Creo’, de una forma personal, porque estoy poniendo mi yo, mi persona, mis valores, mis actos, mi vida en esa fe que estoy proclamando.


lunes, 20 de mayo de 2024

Sintamos el gozo de ese amor de la Madre que ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida en nosotros la llama viva del fuego del amor

 


Sintamos el gozo de ese amor de la Madre que ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida en nosotros la llama viva del fuego del amor

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86; Juan 19, 25-34

¿A quien no le gustaría tener a la madre siempre junto a sí? Es uno de los dolores y desconsuelos más fuertes que tenemos en la vida, siempre estaremos recordándola, queriéndola hacer presente, y de mil maneras queremos mantener sus recuerdos junto a nosotros. Por el contrario, si somos nosotros los que nos vemos abocados a tener que abandonar su presencia por nuestra propia muerte y estuviera en nuestras manos hacerlo, buscaríamos a quien confiarla para que siga cuidándola y con ella se comporte como el hijo que nosotros quisiéramos ser para siempre. Decir esa palabra ‘madre’ o escuchar sus labios la palabra ‘hijo’ es uno de los gozos más profundos que podemos sentir en el alma.

No nos extrañe, pues, lo que nos narra el evangelio y en este día hemos proclamado. ‘Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… y el discípulo amado’. Y es en esa circunstancia donde se establece ese diálogo que parece más bien testamento y ultima voluntad. Viendo Jesús a su madre y al discípulo amado, a una le dije ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’, mientras al discípulo amado le dice también ‘ahí tienes a tu madre’.

El discípulo amado era en aquel momento algo más que Juan el hijo del Zebedeo. En el discípulo amado estábamos todos, estábamos nosotros, porque también somos los amados del Señor. Por eso aquel confiar que María a partir de aquel momento tuviera un hijo que la cuidara, o un hijo a la que ella como madre cuidara, no se trataba solo de Juan el hijo del Zebedeo, sino que allí estábamos todos los amados del Señor, todos nosotros que por amor nuestro precisamente se estaba entregando en la mayor muestra del amor que se pudiera manifestar.

Somos, sí, ese discípulo amado a quienes desde ese momento María nos toma como hijos; somos ese discípulo amado que a partir de aquel momento tenemos que llevar a nuestra nueva madre a nuestra casa, a nuestra vida, como  hiciera Juan. El evangelio solamente nos dice que desde aquella hora Juan la recibió en su casa. La hemos contemplado en la víspera de Pentecostés allí reunido en el cenáculo con sus nuevos hijos en la espera del Espíritu; la tradición nos hablará de esa presencia de María junto a Juan de manera que en Efeso nos encontraremos la casa de María como un testimonio de esa presencia de María siempre junto al discípulo amado que en la cruz se le había confiado como hijo.

Por eso hoy, cuando hemos concluido la Pascua con la fiesta del Espíritu en Pentecostés, la Iglesia nos invita a celebrar y a sentir esa presencia de María junto a nosotros en esta fiesta recientemente instituida con el título con que el papa Pablo VI quiso invocarla al final del concilio Vaticano II, María, Madre de la Iglesia.

¿Qué mejor que llamarla Madre de la Iglesia, cuando eso es lo que ella ha sido a lo largo de los siglos, a lo largo de toda la historia de la Iglesia? Como madre de Dios fue invocada y proclamada al finalizar el concilio de Nicea que definía a Jesús como verdadero Hijo de Dios en aquella primera espontánea procesión del pueblo de Dios junto a los padre del Concilio; pronto fueron proliferándose templos en su honor a lo largo y a lo ancho de la Iglesia y del mundo, aunque cada uno desde nuestro amor especial la invoquemos con distintos nombres que vienen a significar siempre su presencia de madre junto a nosotros.

María ha estado siempre junto al peregrinar del pueblo cristiano y su amor nos ha ayudado a mantener integra nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia. Justo es pues que la invoquemos como Madre de la Iglesia como en este día después de celebrar Pentecostés se nos invita a celebrar. Cuidemos nuestro amor y nuestra devoción a Maria que siempre nos conducirá hasta Jesús; sintamos con vivo agradecimiento de hijos ese amor de la Madre que así siempre ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida viva en nosotros la llama del fuego del amor.

martes, 26 de marzo de 2024

Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón y, aunque mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón

 


Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón y, aunque mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón

Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Hay momentos en que afloran las emociones y nos sentimos incapaces de controlarlas. Hasta la persona más fría del mundo, la que nos parece que nunca se inmuta, aquel que parece que se ha cubierto con una coraza para no dejar entrever cuales son sus sentimientos también tiene un momento en el que el control desaparece y afloran todas sus emociones.

Algunas veces parece que tenemos que mostrarnos duros e insensibles, no queremos dejar trasparentar lo que llevamos por dentro, porque nos parece quizás una falta de dominio de nosotros mismos, o porque queremos aparentar una fortaleza que quizás en el fondo no tenemos tanto como queremos insinuar; pero nos hace falta dejar trasparentar nuestras emociones para ser más humanos, eso forma parte de nuestra vida, de lo que somos, porque todo no es un fría cabeza sino que están los sentimientos que se desprender del corazón, y eso es también vida nuestra. Cuidado que esas insensibilidades aparentes sean orgullos ocultos, pero que son muy reales en nuestra vida y que por otra parte tanto daño nos puede hacer.

El evangelio que se nos ofrece en este martes santo es un evangelio donde afloran las emociones. Sí, podemos decir, Jesús está emocionado por el momento. Démonos cuenta que este episodio que ahora se nos narra está enmarcado en aquella última cena, la cena pascual que Jesús quiso hacer con sus discípulos como un anticipo o como un principio de lo que iba a ser su Pascua. En dos momentos de esta noche expresará Jesús la tristeza de su espíritu y cuanto ha deseado comer aquella pascua con sus discípulos. Al comienzo de la cena, y luego lo repetirá en su entrada en Getsemaní.

Parece como si en su emoción por el momento se le escapara lo que iba a suceder precisamente a partir de las actitudes de ellos. ‘Uno de vosotros me va a entregar’. Pero al mismo tiempo es su entrega, como así lo había manifestado, nadie le arrebata la vida, sino que El la entrega libremente. Pero por medio anda quien lo va a traicionar, o quienes lo van a traicionar. Pensamos siempre en Judas, a quien le da un poco de pan untado en aquella salsa que preparaban para comer el cordero pascual, pero a él le dice que lo que tiene que hacer que lo haga pronto. No entenderá el resto, que piensa en algún encargo de Jesús a quien era encargado de llevar la bolsa común. Pero cuando salió Judas ‘era de noche’, la oscuridad de la noche lo envolvía.

Allá queda el resto con sus buenos deseos, porque no terminaban comprender lo de la traición y la entrega, estarán dispuestos a todo por Jesús como se adelantará a decir Pedro. Siempre adelantándose sin darse cuenta que el espíritu puede estar pronto pero la carne es débil. Luego se dejará dormir en el huerto cuando Jesús les pide que oren en aquella hora tan importante. Pero Pedro siempre porfiando va a recibir el anuncio más terrible que pudiera escuchar, aunque siga sin comprender. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’. Así a suceder antes que el gallo cante en esa noche. Sigue estando presente la noche.

Pero hay uno de quien tenemos que aprender que se ha recostado sobre el pecho de Jesús. Por algo será el discípulo amado, como tantas veces va a ser reconocido así y no por su nombre en el evangelio. Podía sentir el palpitar del corazón de Cristo. Podía él palpitar también al mismo ritmo y con el mismo amor. Suyas pueden hacer sus emociones y su sensibilidad, con Jesús podrá subir a una altura espiritual que quizás otros no podrán alcanzar.

¿Quién será el mejor que nos habla de la luz que quiere ser anulada por las tinieblas pero que será quien nos ilumine el camino, de la vida que tiene la última palabra sobre la muerte porque habrá resurrección, de la verdad porque en el espíritu de Jesús vamos a encontrar la verdadera sabiduría, del amor y de la intensidad con que hemos de vivirlo, del camino para seguir a Jesús que es Jesús mismo? Todo su evangelio estará lleno de estas imágenes que por si mismas nos están hablando de lo más profundo de Jesús.


Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón, y aunque muchas hayan sido nuestras traiciones y negaciones, mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón.