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martes, 15 de septiembre de 2026

Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

 


Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

1Corintios 12, 12-14. 27-31a; Salmo 99; Juan 19, 25-27

¡Qué pocos habían quedado al pie de la cruz de Jesús! ¿Huían también del dolor y del sufrimiento? Solo estaba uno de los discípulos, aquel a quien amaba mucho Jesús, una mujer pecadora de la que Jesús había expulsado siete demonios y que desde entonces lo había seguido por todas partes, su madre y la hermana de su madre, una mujer casi anónima de la que solo sabemos que era María la de Cleofás; apenas unas mujeres en el camino habían mostrado su compasión con sus lágrimas, pero Jesús les había dicho que no llorasen por Él sino por ellas mismas y por sus hijos; los que lo habían hecho todo por llevarle a la cruz desde lejos observaban el espectáculo, aquellas muchedumbres que un día le habían seguido ahora andaban por otros caminos porque aquello parecía que acababa mal. Quienes quedaban allí en primera línea parecían el nuevo resto de Israel, pero de dónde iba a hacer un pueblo nuevo.

Es el cuadro que nos toca hoy seguir contemplando desde que ayer contemplábamos a Jesús levantado en lo alto de la cruz para atraer a todos hacia Él, aunque ahora parecían bien pocos los que quedaban. La cruz asusta, el dolor nos hace huir y el temor al sufrimiento nos lleva a escondernos para que quizás no nos toque a nosotros, pero ese ronco reseco y atormentado de nuestra vida tiene que rebrotar para hacer surgir una nueva flor.

Pero la vida nace en medio del dolor y si no que lo diga la madre que da a luz a un hijo; la semilla enterrada aparentemente para hacerla desaparecer engendra una nueva planta que un día florecerá; triturados quizás por el sufrimiento podremos purificarnos de la hojarasca que nos llenaba de maleza y podados esos sarmientos resecos e infructuosos podemos sacar el mejor vino que pone nueva alegría en nuestro corazón o el mejor aceite de nuestra vida para poder iluminar mejor a los que están a nuestro lado; es el amor el que da sentido a la entrega hasta la muerte y será lo que hará aparecer nuevos resplandores de luz.

Es la luz de la esperanza que podemos descubrir en los ojos de María tras el filtro de sus lágrimas de dolor al pie de la cruz de Jesús. Tras la cortina de dolor de la cruz de Cristo en el Calvario nos está naciendo una madre, podríamos decirlo así, cuando Jesús confía su madre al cuidado del discípulo amado y confía a María la misión de madre para aquellos que estamos naciendo desde ese alumbramiento en la propia Cruz de Jesús.

Es un regalo más que Jesús nos está haciendo en este momento supremo. Nos ha regalado su vida y su amor porque eso significa su entrega y su muerte; ese camino nuevo que abría ante nosotros en la medida que anunciaba el Reino de Dios ahora tiene ya su consolidación con su entrega de amor y su muerte en la cruz. Pero nos ha querido dejar también a su madre, nos la ha regalado como madre, nos ha puesto bajo su cuidado; y como madre estará siempre caminando a nuestro lado, haciendo camino con la Iglesia, haciéndonos sentir lo que también vale el sufrimiento y el dolor cuando en verdad tenemos cimentada nuestra vida en el amor.

Hoy la llamamos y la celebramos como Virgen de los Dolores; hoy sentimos más fuerte que nunca que ella es la Madre de amor que siempre está a nuestro lado; Madre del amor tendríamos que llamarla porque es el que va a ser alivio y consuelo en el camino de nuestra vida tan lleno muchas veces de dolores y de sufrimientos.

Con María aprendemos su sentido; sintiendo la presencia de la madre junto a nosotros nos sentimos aliviados y fortalecidos en nuestros dolores y en nuestras angustias y no es que las busquemos pero sí aprendemos que el amor será nuestra mejor medicina que tonifica nuestra vida, pero que con amor tenemos que saber llegar a cuantos se debaten en sus dolores y sufrimientos para con los gestos y compromisos de nuestra vida ser consuelo y remedio y les podamos ayudar a encontrar ese camino que les lleve a Dios y sentirse en El renovados de verdad.

¿Seremos poquitos o serán numerosos los que aun permanecemos al pie de la cruz? Ahí queremos estar con ese amor que sentimos porque somos también los amados del Señor, con la rémora de nuestra antigua vida de pecado porque en esa cruz de Jesús nos sentiremos purificados para llegar a ser ese hombre nuevo de la gracia, en el anonimato quizás de nuestra vida anodina y fría que muchas veces se nos puede quedar vacía y sin sentido, pero sintiendo, sin embargo, la presencia de una madre, a la que invocamos como Virgen de los dolores, que vela siempre junto a nuestro lecho de sufrimiento y dolor en tantas circunstancias de nuestra vida y nos hace encontrar la mejor gracia del Señor que transforme nuestras vidas.

¿Tendríamos que ser nosotros imágenes de esa madre con nuestro amor al lado del sufrimiento de los demás?


sábado, 30 de marzo de 2024

En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

 


En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… así sencilla y escuetamente nos dice el evangelista. ¿Había habido un encuentro en la calle de la amargura camino del Calvario? La devoción popular y la tradición nos hablan de ello, viéndolo con toda normalidad; hecho que además en la tradición daría nombre a aquella calle, pues tal imaginamos era la amargura de la madre en el encuentro con el hijo condenado que llevan a crucificar.

Nosotros también en el amor de los hijos queremos ponernos en estos momentos al lado de la madre. La madre del crucificado con todo lo que eso significa, pero que es la madre que hoy se nos ha regalado. Detalles de Jesús, con su madre, con nosotros. Allí estaba el discípulo amado y es a él a quien le dice ‘he ahí a tu madre’; pero es que también se ha dirigido a María la que en aquel momento estaba perdiendo un hijo que se lo arrebataba la muerte, ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’. Y nos dice el evangelista - ¿fue el mismo el que recibió el encargo? – que ‘desde aquella hora la recibió en su casa’.

Sí, queremos estar al lado de María, al lado de la madre, al lado de nuestra madre, pero vamos a hacerlo en silencio porque no es de otra manera como se pueden acompañar estos momentos. Sobran las palabras, habla el silencio. Muchos nombres, como calificativos, le damos en este día a María, dadas las circunstancias que vive. El más común Madre dolorosa, Madre de los Dolores, Virgen de los Dolores. El dolor y el sufrimiento de una madre que ve morir a su hijo. Algo que no vamos a describir porque es indescriptible. Pero una realidad dura que parte el corazón.

Simeón le había anunciado que una espada le traspasaría el alma y hasta siete espadas en nuestro amor y devoción vemos que atraviesan el corazón de la madre. Así la representamos, no faltará nunca el signo de esa espada en cualquier imagen de la Virgen de los Dolores. Casi más no podemos decir, no es necesario decir, porque sobran explicaciones. ¿Pregúntenselo a una madre que ve sufrir a un hijo enfermo con una enfermedad incurable? ¿A una madre que pierde un hijo en un accidente, en una guerra? ¿Pregúntenselo a una madre que no tiene pan para darle a su hijo que le dice que tiene hambre?

La llamamos también Virgen de las Angustias, quizás porque en ella al pie de la cruz de su hijo o caminando junto al cuerpo difunto de su hijo llegan hasta su tumba. Es un dolor insuperable que nos hace perder el alma, es una oscuridad grande que nos lleva a perder el rumbo de la vida, es un sin sentido que nos enloquece y nos hace perder todo equilibrio. ¿Sería así la angustia de María? Dolor había en su alma y podrá preguntarnos con las lamentaciones del profeta si es que hay un dolor semejante a su dolor, pero María era la mujer confiada de Dios, en El había puesto toda su fe y toda su confianza, y aunque había tenido momentos de incertidumbre en su vida – ‘¿Cómo será eso que no conozco varón?’ se había preguntado ante el ángel – era la mujer que se fiaba y decía sí. ¿No había dicho ella que era la esclava del Señor dispuesta a todo, a que se cumpliera la Palabra del Señor que le llegaba por boca del ángel?

También la invocamos como la virgen de la Soledad. Justo que la veamos y la invoquemos así cuando ha perdido todo lo que humanamente podía ser su apoyo, había perdido a su hijo. En esa soledad queremos nosotros acompañarla en estos momentos posteriores a la muerte de Jesús. Pero ya nos dice el evangelio junto a María estaba también María Magdalena y aquellas otras mujeres que habían venido con El desde Galilea. Aunque los discípulos de su hijo se habían dispersado y habían huido allí quedaba el discípulo amado que iba a recibir aquel hermoso encargo. Desde aquella hora la había recibido en su casa, como ya hemos comentado.

Soledad la llamamos e invocamos porque queremos expresar así lo que se puede sentir, lo que puede pasar por el corazón de una madre en estas circunstancias. No queremos esa soledad de María, porque además queremos que sea ella la que nos acompañe en nuestras soledades, en nuestras angustias, en nuestros dolores. Necesitamos esa madre que sabe estar a nuestro lado y nosotros queremos saber estar también a su lado. Por algo la llamamos también la Virgen de la Esperanza. Por mucho que fuera el dolor no faltó en ella la esperanza, porque era la primera que había plantado la Palabra de su Hijo en su corazón y entendía que la vida y el amor no se acaban, porque con Jesús la tenemos para siempre, con Jesús nos sentiremos siempre desbordados por el amor.

Y con ella hemos caminado esos pasos de la tarde del Viernes Santo, como la queremos acompañar en este Sábado que parece oscuro y silencioso pero que es preámbulo de un amanecer luminoso con resplandores de resurrección. En silencio nos quedamos junto a María, quizás muchas palabras han circulado ya por nuestra mente cuando la contemplamos, pero nada más vamos a decir. Que ese silencio nos hable, que ese silencio nos haga sentir una presencia que llena el corazón. Con María superaremos dolores y angustias, soledades y desesperanzas, porque con María sabemos llenarnos de luz y de vida, renace la esperanza en nuestro corazón.


viernes, 15 de septiembre de 2023

María es el regalo que Jesús nos ha dado desde la cruz y es la señal de una senda nueva que hemos de asumir con responsabilidad



María es el regalo que Jesús nos ha dado desde la cruz y es la señal de una senda nueva que hemos de asumir con responsabilidad

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal. 15; Juan 19,25-27

Una responsabilidad que es un regalo. No sé cómo expresarlo mejor, un regalo que se convierte en toda una responsabilidad. Cuando recibimos un regalo nos sentimos obligados hacia quien nos hizo el regalo; es lo que queremos expresar cuando decimos gracias, cuando mostramos nuestra gratitud. Es curioso como en el lenguaje portugués para manifestar su gratitud hacia aquel de quien se ha recibido algo, se emplea la expresión, obrigado, se sienten obligados.

Si ese regalo es un don (ya lo expresa la palabra regalo) que se nos confía, al recibirlo estamos aceptando una responsabilidad, de la que de alguna manera estamos llamados a dar cuenta. No podemos aceptar ese don que en cierto modo es una misión que se nos confía de manera irresponsable, lo asumimos, por así decirlo, todas sus consecuencias.

Hoy queremos hablar de un regalo, y muy preciado. Es el que Jesús le hizo a la Iglesia que estaba naciendo de su costado con su muerte en la cruz. De su costado, con la lanza del soldado que lo atravesó para confirmar la muerte del reo, brotó sangre y agua. Entendemos que fueron los últimos borbotones de sangre de un corazón que acababa de apagarse y pensamos también en esos últimos humores que brotaron de sus pulmones, al verse rasgados por la lanza del soldado. Pero son todo un signo de la entrega hasta el final de Jesus dando hasta lo último de su ser; era la vida nueva que brotaba de aquella muerte, era el renacer de nuevo en la resurrección y que se hace realidad en nosotros por el agua y el Espíritu como un día anunciara a Nicodemo, era la expresión suprema del amor más grande de quien nos amaba como nadie hasta entonces nos había amado, pero parece que aún le quedaba algo a Jesús que quería también regalarnos, su madre.

Al pie de la cruz estaba el discípulo amado, junto con su madre y la hermana de su madre y María Magdalena. Allí está la madre sola que perdía a su Hijo en momento supremo de amor, pero allí estaba quien de alguna manera nos representaba, beneficiario el primero de los efectos salvadores de aquella muerte, por algo lo llamamos el discípulo amado y como signo de todos los que también habían de beneficiarse de aquella muerte redentora. Y es a él a quien confía el cuidado de la madre que ya desde ahora va a ser también su madre. 'Ahí tienes a tu hijo, ahí tienes a tu madre', les dice a ambos. 'Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa', la tuvo siempre consigo. La tradición incluso nos hablará de una casa de María allá junto a Efeso porque allí se sitúan también los últimos días de la vida de Juan, el evangelista, expresándose así la responsabilidad de quien desde aquel momento supremo de la cruz la tuvo siempre consigo en su casa.

Cuando este día conmemoramos y celebramos los Dolores de María al pie de la cruz de Jesús y hemos contemplado este regalo que Jesús nos hace, sentimos la alegría en el corazón y la responsabilidad de tenerla como madre. Nos sentimos obligados a recibirla en nuestra casa, en nuestro corazón. Es cierto que la presencia de María como madre siempre se ha hecho sentir en el seno de la Iglesia y de ahí tantos nombres como piropos con que queremos invocarla en cualquiera de los rincones de todo el orbe católico.

Será la madre cuya presencia podemos sentir en cada momento o circunstancia de la vida, en nuestros dolores y en nuestras alegrías, cuando caminamos agobiados por nuestras preocupaciones y problemas a ella siempre acudimos porque sabemos como madre estará a nuestro lado haciendo lo que hacen todas las madres, hacernos sentir la paz y la seguridad en el corazón, animando y fortaleciendo nuestro espíritu porque solo es suficiente la mano de una madre que se posa sobre nuestros hombros para sentir todo ese vigor interior que estamos necesitando para enfrentarnos a esos problemas de la vida.

A ella la invocamos, con ella caminamos, a ella queremos sentirla siempre en lo más hondo del corazón como los hijos saben llevar siempre a la madre; ella será faro de luz en nuestras oscuridades, rayo de esperanza en nuestras flaquezas, ojos que nos alientan posando su mirada en lo hondo de nuestros corazones, mano que nos lleva de camino para que siempre vayamos al encuentro de los hermanos, voz que nos susurra continuamente cómo tenemos que escuchar a su Hijo y hacer lo que Él nos diga.

No nos desprendamos de María, convirtamosla en reina de nuestros corazones, disfrutemos del gozo de su presencia, y preparemos para ella el mejor altar y el mejor nido de amor para que ella siempre derrame sobre nosotros las gracias del Señor. Es el regalo que Jesús nos ha dado desde la Cruz, es la señal de una senda nueva que tenemos que asumir con responsabilidad.


jueves, 15 de septiembre de 2022

Invocamos a María como Madre de los Dolores pero con ella a nuestro lado los momentos oscuros de la angustia serán para siempre momentos de esperanza que nos llenan de vida

 


Invocamos a María como Madre de los Dolores pero con ella a nuestro lado los momentos oscuros de la angustia serán para  siempre momentos de esperanza que nos llenan de vida

Corintios 15,1-11; Sal 117; Juan 19,25-27

Aunque ya no seamos tan niños siempre hay momentos en que deseamos tener junto a nosotros el calor de la madre que nos cobije con su cariño, que ponga su mano sobre nuestro hombro, o simplemente se haga presente a nuestro lado en que ni siquiera necesitamos palabras. La presencia de la madre, nos atrevemos a decir, es milagrosa, porque aunque sea en silencio nos dará ánimos, nos levantará del decaimiento en que nos encontremos y se convierte siempre en un foco de luz muy necesario para nuestro caminar. Qué tristes y angustiosos se convierten esos momentos difíciles cuando nos falta la presencia y el cariño de la madre. Es una soledad que se nos convierte en insuperable.

¿Por qué no podemos decir que también Jesús la necesitaba en la soledad de la cruz? Será Juan aquel discípulo tan sensible que disfrutó de un especial cariño de Jesús él que nos hará constar en su evangelio que allí estaba María. Y nos empleaba esa palabra ‘estaba’ con el hondo significado que podemos darle. Ese estar de María – siempre nos la imaginamos de pie junto a la cruz de Jesús – significa la fortaleza de una madre, significa todo lo que puede trasmitir una madre de corazón a corazón aunque sea en silencio, significa el también ¿por qué no? el consuelo que recibió Jesús en esos momentos de su cruz.

Ayer celebramos la exaltación de la Santa Cruz, que en fin de cuentas es contemplar a Cristo crucificado y glorificado en lo alto de la cruz. Así lo había anunciado, sería glorificado cuando fuera levantado en lo alto, y contemplábamos ayer la cruz de la que pende la salvación del mundo, como se proclama en algún momento en la liturgia. Hoy queremos contemplar a quien está al pie de la cruz como madre que se convierte con Jesús en corredentora, porque así se unió al momento redentor de Cristo con su cruz y porque también ella se convierte en una corriente de gracia para nosotros.

Pero es que cuando contemplamos a María al pie de la cruz de Jesús estamos escuchando cómo quiere regalárnosla como madre. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dice Jesús señalando al discípulo amado. ‘Ahí tiene a tu madre’, le dice Jesús a Juan, que ya para siempre la recibió en su casa.

Es el regalo de Jesús para que a nosotros no nos falte nunca una madre. Ella será la nueva Eva madre de todos los creyentes, porque los que creemos en Jesús también hemos de hacer como Juan, recibirla en nuestra casa, acogerla en nuestro corazón, sentir que ella ya para siempre es nuestra madre. Por eso la llamamos también Madre de la Iglesia, porque ella ya para siempre tendrá en su corazón esos nuevos hijos, todos los que creemos en Jesús que así la tenemos como madre.

Si ayer cuando contemplábamos la cruz de Jesús que era un abrazo de dolor que envuelto en el amor se convierte en signo sublime de vida y de amor, hoy queremos sentir ese abrazo de amor de la madre en nuestros momentos de dolor para llenarnos también nosotros de esa nueva vida y poder también resplandecer en el amor; por eso la llamamos madre de los dolores o madre de las angustias, pero también madre de la esperanza y madre del amor más hermoso. Con muchas advocaciones queremos sentir y celebrar esa presencia de María.

Sí, ella también siempre está junto a nosotros en ese camino de cruz en que se nos convierte muchas veces el camino de la vida, como lo está en nuestros esfuerzos y en nuestras luchas, como nos ayudará a vivir con intensidad los momentos dichosos y felices de la vida. Cuántas fiestas hacemos a lo largo del año los cristianos en honor de la madre, porque con ella a nuestro lado nos es más fácil encontrar ese camino de felicidad y de alegría verdadera.

Aunque la invoquemos como Madre de los Dolores o de las Angustias, con ella a nuestro lado se acaban para siempre esos momentos oscuros de la angustia para que sean siempre momentos de esperanza que nos llenan de vida.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Aprendamos del silencio de María o lo que es lo mismo aprendamos de su amor de Madre para que guardemos en nuestro corazón los sufrimientos y alegrías de los demás

 


Aprendamos del silencio de María o lo que es lo mismo aprendamos de su amor de Madre para que guardemos en nuestro corazón los sufrimientos y alegrías de los demás

1Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Juan 19, 25-27

Cuántas cosas guardan las madres en el silencio de su corazón. Es el silencio del amor, es el silencio del dolor y del sufrimiento, es el silencio que solo puede comprender una madre. Atrevido soy yo para hablar de eso.  Un corazón de madre que es todo amor; un corazón de madre que será siempre un cofre abierto para recibir de los hijos pero un cofre cerrado que guarda en silencio porque su sufrimiento es solo para ella.

Hoy contemplamos y celebramos a quien está en silencio al pie de la cruz de su Hijo. No le escuchamos decir palabras, como pocas son las que a lo largo de su vida nos trasmitirá el evangelio salidas de sus labios aunque todas son de una riqueza grande. Muda en silencio se quedó al sentirse invadida por el ángel en su casa de Nazaret y escuchar sus palabras. Se puso a considerar que significaban aquellas palabras; se hará preguntas en el silencio de su corazón aunque solo conocemos las que le hizo al ángel y su respuesta final. ‘¿Cómo será eso?’, se pregunta porque al mismo tiempo vislumbra todo el significado y repercusión que a la larga iba a tener en su vida lo que le proponía el ángel, pero el silencio se rompe luego para decir sí, hágase, ‘cúmplase en mi según tu palabra’. Y María comenzó a guardar en su corazón.

En silencio camina a la montaña donde sabe que tiene que ir a servir, pero cómo rumiaría por aquellos caminos todo el misterio que en ella se estaba realizando. En su mente podrían estar también las dudas que más tarde tratarían de amargar el corazón de José, pero sin tener respuestas deja que se realice el actuar de Dios que irá más allá de lo que ella pudiera pensar o intentara explicar. Son silencios que aunque la llenan de Dios no dejan a un lado los sufrimientos de su corazón cuando sospecha del sufrimiento de los demás en este caso de José.

Pero sorprendida se vio de nuevo cuando su prima la recibe con alegría y cánticos de alabanza como la madre de su Señor. Por eso sus labios romperán el silencio solamente para unirse a ese cántico de alabanza que seguramente había ido rumiando mientras hacía el camino desde Nazaret. Ella está viendo el actuar de Dios que se ha hecho presente también allí en la montaña entre los humildes como se ha hecho presente en su corazón que se siente pequeño; pero sus palabras sin ella quizás darse cuenta son también profecía de ese mundo nuevo, de ese Reino nuevo, donde los poderosos serán abajados de sus tronos mientras los pequeños y los humildes son levantados. Son los silencios de una madre que se hacen profecía.

En el camino que de nuevo hará desde Nazaret hasta Judea con todas aquellas maravillas que se sucederán en Belén con el nacimiento de Jesús, también escucharemos su silencio. Porque los silencios también hablan y podrán trasmitirnos muchas cosas. Y como nos dirá el evangelista María iba guardando su corazón todo cuanto ante ella y en ella se iba sucediendo.

El sufrimiento de una madre que no puede ofrecer el calor de una cuna a su hijo recién nacido, la pobreza de aquel establo que misteriosamente comenzará a brillar con una luz especial porque allí está el Sol venido de lo alto, la humildad y sencillez de aquellos pastores que allí llegan guiados por los anuncios del ángel, más tarde aquellos magos venidos de Oriente con sus ofrendas, son cosas que María va guardando en su corazón. Sufrimientos que se entremezclan con alegrías, oscuridades de una noche solo iluminada por las estrellas, silencio de las puertas que no se abren que serán imagen del rechazo que un día su Hijo sufrirá,  pero al mismo tiempo resplandores de cielo en los ángeles que cantan la gloria del Señor, serán cosas que se suceden y que María va guardando en su corazón.

Serán las palabras del anciano Simeón que por un lado reconoce la gloria del Señor porque llega el sol que viene de lo alto y quien va a ser la alegría de todo el pueblo, pero que a ella le anuncia espadas de dolor y de sufrimiento. Los silencios siguen amontonándose en el corazón de María a medida en que sigue creciendo su amor. Su huida a Egipto porque Herodes busca al Niño para matarlo y su peregrinar de un lado para otro hasta establecerse definidamente en Nazaret serán silencios de amor que se van acumulando en su corazón.

El ángel le había anunciado que sería el Hijo del Altísimo y por el significado de su nombre que será el que salvará al pueblo de sus pecados, pero la vida en Nazaret transcurre en la monotonía y el silencio. ¿Cómo se realizarán los planes de Dios? son preguntas como las que nosotros nos hacemos cuando estamos a la expectativa de algo pero vemos que no se realiza.

Un día marchará Jesús para el Jordán, a donde iban tantos a escuchar a Juan, y a su vuelta serán los caminos y las aldeas de Galilea las que se convertirán en el hogar de aquel nuevo profeta que la gente ve surgir. Pero, para María, silencio quedándose quizá en Nazaret o siguiendo de cerca los nuevos caminos que Jesús comienza a realizar. Y a ella llegarán toda clase de rumores, de lo que el mismo evangelio nos dice de la aceptación o no de Jesús por unos y por otros. Pero el silencio de la madre sigue en pie como se mantiene firme el amor en el corazón de la madre que nunca desfallece.

Ahora hoy la contemplamos al pie de la cruz de su hijo también en silencio. Ella está haciendo suyo todo el sufrimiento de su Hijo en la cruz, o lo que es lo mismo, todo el amor que Jesús está viviendo en su entrega en la cruz. Es la madre llena de dolor, como no puede ser menos, pero es la madre que sigue allí con corazón abierto porque allí recibirá el regalo de unos nuevos hijos. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dice Jesús, mientras escucha que a Juan le dice ‘ahí tienes a tu madre’. Ya desde entonces la casa de Juan será la casa de María. Ella estará ya desde entonces haciendo suyo, metiendo en silencio en su corazón, todos los sufrimientos y las alegrías de los que desde ahora son también sus hijos.

Nos quedamos aquí contemplándola y reviviendo con ella todo lo que ha sido ese recorrido de silencio y de amor, todo lo que ha sido y seguirá siendo ese recorrido de Madre. Porque ahora seremos nosotros los que estamos también dentro del corazón de María, y María también guardará nuestros secretos porque desde entonces ella es también para nosotros la madre en la que confiamos. Y María conservaba, María sigue conservando muchas cosas en su corazón de Madre de nosotros, sus hijos.

¿Aprenderemos nosotros de los silencios de María? ¿Habremos aprendido de lo que es su amor de Madre? ¿Qué es lo que nosotros vamos guardando también en nuestro corazón? ¿Aprenderemos nosotros a ser como María corazón abierto para los demás? ¿Sabremos hacer nuestros en silencio, en el silencio de nuestro corazón, lo que son los sufrimientos y las alegrías de los demás que caminan a nuestro lado?

martes, 15 de septiembre de 2020

El amor de madre la hace estar en el dolor junto a Jesús al pie de la cruz, desde entonces será la Madre del Amor que estará siempre al lado de sus hijos, al lado de la Iglesia

 


El amor de madre la hace estar en el dolor junto a Jesús al pie de la cruz, desde entonces será la Madre del Amor que estará siempre al lado de sus hijos, al lado de la Iglesia

Hebreos 5, 7-9; Sal 30; Juan 19, 25-27

Una madre sabe siempre donde está un hijo que sufre. No es necesario que nadie se lo cuente, su corazón tiene una sintonía especial para escuchar los latidos del amor y del sufrimiento. Será la primera que se pondrá al lado del corazón dolorido del hijo, aunque el hijo no le cuente, ella sabe descifrar como nadie el ritmo de esos latidos y presurosa se pondrá en camino para ese encuentro de amor.

En contadas ocasiones el evangelio hará notar la presencia de María junto a Jesús a la hora del anuncio del Reino. Habrá una ocasión en que el evangelista nos dice que María y los hermanos andaban buscando a Jesús y casi no podían llegar a El a causa del gentío.  Y María vuelve a desaparecer en ese tiempo de la predicación. Y ahora de nuevo la encontramos que se cruza con Jesús en la calle de la amargura y estará como nadie desde ese momento en pie y al pie de la cruz.

Las imágenes piadosas que los artistas nos han plasmado de la presencia de María junto a Jesús en esos momentos muchas veces nos la presentan retorciéndose de dolor y demasiado la llamamos Madre de las Angustias y de los Dolores. Pero la expresión latina que san Jerónimo empleó para traducir del griego fue ‘stabat’. Estaba, que quiere decir que estaba firme, allí de pie, junto a la cruz, sí, es cierto, con el dolor de una madre en el corazón, pero sobre todo con la fortaleza del amor que nos hace estar prontos para la ayuda o para el consuelo, pero con la fortaleza del amor que nos hace estar firmes y seguros de nuestro lugar y nuestra función. Así quiero yo contemplar a María al pie de la cruz de Jesús, tal como hoy la liturgia quiere que la celebremos.

Allí estaba María con la ofrenda de su amor, con la ofrenda del amor como solo una madre sabe hacerlo. Era el momento supremo del sacrificio de Jesús donde se estaba manifestando el amor más maravilloso y el amor más grande. Nadie ama tanto como aquel que da su vida por el amado. Es lo que hacía Jesús, porque todo era una ofrenda de amor. Era a lo que la madre se estaba uniendo. Por eso a partir de ese momento ya no es solo la madre de Jesús sino que va a ser la madre de todos los redimidos. Así la confiaba Jesús al discípulo amado, así la confiaba a su Iglesia. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre’. Y Juan la recibió en su casa, y la Iglesia la ha tenido y sentido siempre como madre.

La que un día nos dijo que hiciéramos como El nos dijera, ejemplo estaba dando porque estaba haciendo como Jesús. Y María se une a la pascua de Cristo, a la pasión y la muerte de Jesús; por eso quizá exagerando los términos porque uno solo es el Redentor, Cristo Jesús, a ella la llamamos corredentora, porque así también ella en el momento de la muerte de Jesús hizo también su ofrenda de amor. Si la llamamos así en lo que pueda parecer un exceso de amor por nuestra parte quiere significar cómo sentimos nosotros que María realizó su función.

Ella había dicho Sí, y era un Sí total de su vida. Ahora llegaba a un momento cumbre de amor y de alguna manera está abriéndonos caminos, está yendo delante de nosotros para hacernos comprender como tenemos que envolver toda nuestra vida de amor. Está queriendo hacernos comprender que solo desde el amor el dolor tiene sentido, que solo desde el amor podremos hacer el camino que nos hace vivir también la pascua como la de Jesús, que solo desde el amor podemos transformar el mundo para hacerlo mejor, que solo desde el amor sabremos acercarnos también al lado de los que sufren no solo para el consuelo de unas palabras bonitas sino para ayudar a transformar esas vidas y desde ese sufrimiento vivido también desde el amor restaurar sus vidas, sanar esos corazones desgarrados, encontrar el sentido de una vida mejor.

Contemplamos a María hoy al pie de la Cruz, la llamamos en nuestra devoción Madre y Virgen de los Dolores, queremos sentirla con su amor de Madre a nuestro lado  y queremos invocarla como Madre del Amor. Sintamos que como Madre camina con nosotros y nos está enseñando los auténticos pasos del amor.

viernes, 12 de abril de 2019

Junto a la cruz de Jesús estaba María, su Madre, queremos ponernos a su lado, sentirla a nuestro lado en nuestro camino, hacerla también presencia de amor para los que sufren

Junto a la cruz de Jesús estaba María, su Madre, queremos ponernos a su lado, sentirla a nuestro lado en nuestro camino, hacerla también presencia de amor para los que sufren

‘Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala’ (Juan, 19, 25)
Tenemos que recordarlo hoy. En la piedad popular este viernes anterior a la semana de pasión conmemoramos a la Virgen de los Dolores. María al pie de la cruz; Maria junto a su Hijo colgado del madero que todo su dolor y sufrimiento está uniéndose a su Hijo en el Sacrificio de nuestra Redención; María que está también viviendo su pascua unida a la pascua redentora de su Hijo; María que está allí de pie, firme al lado de la cruz, uniéndose al sacrificio de su Hijo como solo una madre sabe hacerlo.
Madre de los Dolores, de las Angustias, de la Soledad, de la Esperanza son algunas de las invocaciones con que la llamamos en este día. Por eso a este anticipo del pórtico de la Semana Santa lo llamamos Viernes de Dolores.
Junto al dolor y al sufrimiento no hacen falta muchas palabras, solamente hay que saber estar. Como lo estuvo María junto a la cruz de Hijo con una presencia de amor, como es la presencia de las madres. Alguna vez estuvimos enfermos o envueltos en medio de muchos problemas y adversidades y allí tuvimos o quisimos tener la presencia de la madre; sin palabras, con su mirada y acaso con sus lágrimas nos estaba diciendo que estaba junto a nosotros; quizá una caricia por nuestra frente calenturienta o una mano sobre nuestros temblorosos hombros nos dieron fuerza para salir adelante, para encontrar alivio en la enfermedad o en el dolor, para sentir el ánimo en nuestro espíritu que nos hacían seguir luchando. Qué hermosa es esa presencia amorosa de una madre junto a nosotros.
Allí junto a la cruz de Jesús estaba María. El evangelio no nos transmite ninguna palabra salida de sus labios, pero podemos imaginar su mirada, podemos contemplar su corazón atravesado por el dolor en el sufrimiento de la pasión y la muerte de su Hijo. Pero nosotros queremos ponernos allí cerquita de la Madre, porque así sabemos que estaremos también cerca de su Hijo Jesús.
Pero es que contemplar la pasión de Jesús, como vamos a hacerlo en estos días con especial intensidad, nos hace mirarnos a nosotros mismos con nuestra pasión, nuestros dolores y nuestros fracasos, con esa debilidad que hemos sentido tantas veces en la vida o con esos caminos tortuosos de pecado que quizá hemos atravesado, con nuestras luchas y con nuestras soledades, con nuestros deseos de levantarnos y con la impotencia de nuestra debilidad. Sabemos que en la pasión de Jesús encontraremos el camino de la victoria, aunque tantas veces dudemos o nos tambaleemos.
Por eso hoy queremos ponernos al lado de María, porque es la Madre que queremos sentir a nuestro lado, para que nos enseñe a mirar con el sentido más profundo la pasión de Jesús que vamos a contemplar, pero para que nos enseñe a mirar la realidad de nuestra propia vida y que nazca en nuestro corazón la esperanza de que ese vida nuestra tan tortuosa se va a renovar, se va a transformar.
Con la presencia de la Madre a nuestro lado  nos sentimos alentados, nos sentimos estimulados para mantenernos firmes en ese camino que nos lleva a Jesús, sentiremos que es posible esa nueva vida y nuestro corazón se llena de esperanza; con la presencia de María a nuestro lado no nos sentiremos solos, por muchas que sean las soledades que tengamos en la vida, porque su presencia llena nuestro corazón y lo caldea en el amor.
Esa presencia de María junto a la cruz de su Hijo en el calvario y esa presencia de María que sentimos a nuestro lado en esos caminos de soledad de nuestra vida nos enseñan algo más. Nos enseñan a poner presencia con nuestra vida junto a tantos hermanos que sufren en silencio a nuestro lado, a tantos hermanos que ven sus corazones desgarrados por el dolor y el sufrimiento que atenaza sus vida, a tantos hombres y mujeres que vagan por la vida desorientados quizá sin saber en quien apoyarse, sin encontrar un rumbo para sus vidas.
Pensemos cuánto podemos y tenemos que hacer. Como María tenemos que aprender a estar a su lado y con nuestro silencio o con nuestros gestos de solidaridad y cercanía ser signos para ellos de esa presencia de Dios que nunca les abandona, por duros que sean los calvarios que van pasando en la vida.
Junto a la cruz de Jesús estaba María, su Madre, queremos ponernos a su lado, queremos sentirla a nuestro lado en nuestro camino, queremos hacerla también presencia de amor para todos los que sufren.
Que María de los Dolores nos introduzca en este camino de pasión y de pascua que vamos a vivir en los próximos días.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Hoy nos quedamos en el entorno de la cruz para contemplar a la madre, a María, a quien queremos invocar como Madre de los Dolores y de todos sus hijos que sufren


Hoy nos quedamos en el entorno de la cruz para contemplar a la madre, a María, a quien queremos invocar como Madre de los Dolores y de todos sus hijos que sufren

Hebreos 5,7-9; Sal 30; Juan 19,25-27

¿Quién no se conmueve ante las lágrimas de una madre? Unas lágrimas de amor, lágrimas calladas y en silencio sorbidas muchas veces para tratar de disimularlas, lágrimas que se arrancan desde el alma, lagrimas por el dolor que se lleva en el corazón, pero lágrimas de compasión ante el sufrimiento de los hijos, lágrimas envueltas en la esperanza y en el deseo de algo mejor, lagrimas de impotencia en ocasiones por no poder hacer más cuando ya se han desgastado totalmente por los que aman, lagrimas que se abren a un futuro que desean mejor y que les lleva a luchar por hacer que las cosas cambien, lágrimas en mil situaciones y circunstancias pero que siempre conmueven a quien las contempla.
Hoy contemplamos las lágrimas de una madre, lagrimas de sufrimiento cuando hace suyo el sufrimiento del hijo, pero lágrimas de amor porque su vida quiere hacerse también ofrenda de amor cuando comprende la grandeza y el misterio de quien está sufriendo colgado de un madero. Hoy contemplamos las lágrimas al mismo tiempo serenas porque están llenas de esperanza de quien está al pie de una cruz haciendo suyo el tormento y el martirio de quien está haciendo la más hermosa entrega de amor.
Son las lágrimas de María al pie de la cruz de Jesús. Son las lágrimas de la mujer que permanece firme a pesar del dolor porque para ello estaba preparada porque un día ya le habían profetizado que una espada traspasaría su alma. Son las lágrimas de una virgen Madre a quien desde entonces llamaremos también dolorosa, madre y virgen de los dolores siendo ya para siempre para nosotros la mejor compañía en el camino de nuestra vida también tan lleno de dolores y de sufrimientos.
Si ayer con la liturgia mirábamos a lo alto de la cruz y a quien de ella pendía en la obediente ofrenda de amor, hoy contemplamos el entorno de la cruz para contemplar a la madre, para contemplar a María a quien hoy queremos invocar como Madre de los Dolores. Ella está ahí, firme junto a la cruz y al sufrimiento, pero para decirnos también como quiere estar para siempre junto a nosotros en nuestro dolor y en nuestro sufrimiento, en nuestras angustias y en nuestras penas, porque precisamente desde ahí, desde la cruz, Jesús para siempre la ha convertido en nuestra madre.
¿Cómo no va a estar una madre junto a los hijos que sufren? Esas lágrimas que hoy vemos brotar de sus ojos no son solo porque Jesús está pendiendo de la cruz sino porque está contemplando nuestro sufrimiento, el sufrimiento de sus hijos por los que siente la compasión de madre y con su presencia quiere ser nuestro apoyo en ese camino tan lleno de dolores que nosotros muchas veces tenemos que hacer por la vida. Ven con nosotros al caminar, le hemos cantado tantas veces, ven con nosotros en nuestros caminos de dolor para que seas nuestra luz y nuestro apoyo, para que nos enseñes a amar y a tener esperanza a pesar de los sufrimientos que nos da la vida, como a ella no le faltó el amor y la esperanza al pie de la cruz de su Hijo en el Calvario.
En sus lágrimas están también nuestras lágrimas, en su dolor están los dolores y sufrimientos de todos sus hijos; y aunque la llamamos también madre de las angustias, en ella no hay angustia porque hay amor y hay esperanza, pero si podemos llamarla madre de las angustias, porque es nuestra madre y con nosotros está en nuestras angustias y en nuestras desesperanzas para levantarnos el ánimo, para llevarnos a la vida, para enseñarnos lo que es amor, para poner por encima de todo esperanza en nuestro corazón.
Ven con nosotros, Madre y Virgen de los Dolores, en nuestro caminar, pon esperanza en nuestros pasos, pon en nuestra vida la alegría de la fe.

viernes, 15 de septiembre de 2017

María, Virgen de los Dolores, nos está enseñando a estar junto a la cruz, la de Cristo, la nuestra y la de los demás


María, Virgen de los Dolores, nos está enseñando a estar junto a la cruz, la de Cristo, la nuestra y la de los demás

1Timoteo 1,1-2. 12-1; Sal. 15; Juan 19,25-27

La madre dolorosa estaba junto a la cruz de Jesús y lloraba… cuya alma triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenia…’ Con versos así canta la liturgia en uno de sus himnos litúrgicos a María, Madre de los Dolores, en esta festividad que hoy celebramos.
Permítanme contemplar a través de este cristal a tantas madres que llenas de dolor en su corazón están también al lado del sufrimiento de sus hijos. O permítanme también recordar qué hijo no ha tenido la experiencia de en algún momento doloroso de su vida haberse sentido reconfortado por la presencia de la madre que junto a nosotros estaba con nuestro dolor y con su dolor.
Experiencia habremos tenido en momentos de enfermedad, como también en otros problemas que hayamos tenido en la vida y que nos han hecho sufrir, momentos de crisis con los nubarrones cerniéndose sobre nuestras vidas, los problemas mismos que nos da la vida donde las cosas no marchan quizá como uno quisiera y se ve uno lleno de sombras y de amarguras, o tantos otros momentos en que hemos sentido el alivio de la mirada de la madre, de la mano que se posaba sobre nuestros hombros quizá en silencio, de esa palabra de aliento que con su mirada nos estaba diciendo adelante, sabiendo que ella estaba pasando también nuestro mismo sufrimiento. Momentos duros de nuestra vida, pero que se llenaban de esperanza con la presencia de nuestra madre que siempre sabía estar a nuestro lado. No necesitamos quizás muchas palabras pero su presencia lo decía todo y eso reconfortaba nuestro corazón.
Junto a la cruz de Jesús estaba. Hoy la contemplamos en ese momento supremo de dolor y de amor. No podemos separar nunca el amor del dolor de la cruz porque perdería todo su sentido. Y allí estaba la Madre, María, con su dolor unido al dolor de su Hijo, pero con su amor llenándose hasta rebosar su corazón del mismo amor de su Hijo. Estaba.
El evangelio no pone ninguna palabra en labios de María en esos momentos supremos. Pero aprendemos su lección. Era tal su sufrimiento y su amor que nos atrevemos a llamarla corredentora sabiendo que el único Redentor, por supuesto, es Cristo. Pero María estaba allí uniendo su dolor al dolor de Cristo, haciendo ella también la ofrenda de su amor.
Es la lección que hoy queremos recoger. Para hacer nuestra ofrenda, para darle sentido a nuestro dolor desde el amor, para aprender a estar también junto al dolor de nuestros hermanos que caminan a nuestro lado. Como las madres saben hacerlo, pero como tenemos que aprenderlo a hacerlo todos. Cuántos a nuestro lado necesitan esa presencia, esa mano amiga, esa mirada, esa palabra de aliento. Como lo habremos necesitado nosotros tantas veces. Como tenemos que aprender a hacerlo nosotros ahora. Es la lección de María.
María, Virgen de los Dolores como hoy la celebramos nos está enseñando a estar junto a la cruz. Junto a la cruz de Jesús para dejar que se derrame toda gracia salvadora sobre nosotros; junto a la cruz que Jesús nos enseña a tomar para seguir sus pasos en esa negación de nosotros mismos para aprender lo que es el amor verdadero; junto a nuestra cruz, la cruz de nuestras debilidades, nuestras flaquezas y tropiezos, de nuestro caminar titubeante, de esas tentaciones que repetidamente sentimos en nuestro interior, de nuestras pasiones desbordadas que tenemos que aprender a encauzar, de tantas cosas que se pueden convertir en cruz en nuestra vida y nos pueden hacer sufrir; junto a la cruz de nuestros hermanos que caminan a nuestro lado, para aprender a verlas porque demasiado ciegos vamos por la vida pensando que somos los únicos que sufrimos, para saber tender nuestra mano, para poner nuestro hombro bajo su cruz para ayudarles a llevarla haciéndosela más liviana.
Aprendamos de María a estar junto a la cruz. Ella como madre está a nuestro lado y nos enseña.

viernes, 7 de abril de 2017

A las puertas de la semana de pasión que nos conduce a la Pascua caminamos en pos de María, Madre de los Dolores, que nos llevará por el amor y la cruz a la gloria de la vida

A las puertas de la semana de pasión que nos conduce a la Pascua caminamos en pos de María, Madre de los Dolores, que nos llevará por el amor y la cruz a la gloria de la vida

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42
Los textos litúrgicos de este día nos hablan de aquellas diatribas que Jesús mantenía con los judíos sobre su propia identidad por lo que buscaban la manera de prenderle y de quitarle de en medio. Cuando en el evangelio de Juan se hace esa mención a los judíos no es una referencia en general  a todo el pueblo, sino mas bien a los dirigentes de la sociedad del momento, como eran los sumos sacerdotes, el sanedrín, los escribas o maestros de la ley y aquellos grupos de especial influencia como serian los fariseos y los saduceos.
Hoy veremos, incluso, que Jesús se retira a la región de más allá del Jordán donde aun sigue predicando y nos dice el evangelista que muchos creyeron en El. Será en esa estancia mas allá del Jordán donde le llegara la noticia de la enfermedad de Lázaro, que escuchábamos el pasado domingo y su posterior muerte con los acontecimientos que siguieron ya comentados.
Estamos a las puertas ya casi de la semana santa y la liturgia nos va preparando para estos días de pasión que nos lleven a celebrar la pascua. Por eso todo el ambiente que nos ofrecen las lecturas de la Palabra de Dios hacen referencia a como tramaban contra El que desembocara en su prendimiento como iremos viendo en los días sucesivos. Nos daría esto para momentos de reflexión en como nosotros aceptamos de corazón a Jesús y estamos dispuestos a entrar con El en esta semana de pasión, pero ya será tema de reflexión en los próximos días.
Este viernes de la quinta semana de cuaresma – semana que ya comúnmente llamamos también de pasión – es tradicional fijarnos en la figura de María. Llamamos a este viernes precisamente Viernes de Dolores, por esa referencia a la Madre de Jesús. Aunque la festividad litúrgica de la Virgen de los Dolores es el quince de Septiembre ya en  nuestros templos suele estar entronizada la imagen de la Virgen Dolorosa como una preparación fuerte para nuestros corazones para vivir los días que se acercan.
Miramos, si, a María en el camino de la pasión, al pie de la cruz en el Calvario. Madre de los Dolores, la llamamos, Virgen de las Angustias y así tantos nombres que con nuestro amor de hijos queremos darle junto al sufrimiento redentor de su Hijo en la Cruz. Allí Jesús quiso dárnosla como Madre, aunque ella nos llevaba ya en el corazón desde que acepto la Encarnación de Dios en sus entrañas. Conocía ella las Escrituras y lo que los profetas habían anunciado del sufrimiento del Siervo de Yahvé. Ella sabia que allí estaba la redención. También el anciano Simeón se lo había anunciado diciéndole que una espada atravesaría su alma. Jesús seria un signo de contradicción porque su ofrenda de amor le llevaba a la muerte y aquella muerte nos daría la vida.
Pero de signos contradicción íbamos a ser nosotros porque teniendo la salvación que Jesús nos ofrecía a nuestra mano sin embargo en lugar de la vida tantas veces preferimos la muerte. Contradicciones de nuestra vida pecadora. Y María sabia que había de estar a nuestro lado para recordarnos una y otra vez el camino de Jesús, el camino del amor que nosotros habíamos de escoger. En su dolor y sufrimiento están los dolores de Jesús en la cruz, pero esta también nuestro sufrimiento como están nuestras negruras y oscuridades.
Cuando ahora la vamos a contemplar caminando en pos de Jesús en la calle de la Amargura vamos a seguir sus pasos, vamos ponernos a su lado, vamos a sentir el resplandor y el calor de su amor que mueva también nuestros corazones para que nos decidamos a hacer el camino de Jesús. María es un camino certero que nos lleva a la pascua, que nos hace vivir la pascua, que nos ayudará a transformar nuestro corazón y nuestra vida para sentirnos siempre iluminados por la luz de Jesús.
Ella siempre nos dirá haced lo que El os diga, y nos señala del camino de Jesús, el camino de la cruz pero que es el camino del amor y de la vida.

jueves, 15 de septiembre de 2016

De María aprendemos a estar junto a la cruz de Jesús con una verdadera solidaridad en el dolor de cuantos sufren a nuestro lado

De María aprendemos a estar junto a la cruz de Jesús con una verdadera solidaridad en el dolor de cuantos sufren a nuestro lado

1Corintios 15,1-11; Sal 117; Juan 19,25-27:

‘Junto a la cruz estaba María, la madre de Jesús…’ Después de haber contemplado ayer la Cruz y a quien de ella pendía como nuestro Salvador en la entrega suprema de su vida por amor hoy la Iglesia nos invita a contemplar a María junto a la cruz de Jesús.
‘Y a ti una espada te traspasará el alma’, le había anunciado el anciano Simeón allá en el templo cuando la presentación de Jesús para cumplir la ley de Moisés. Traspasada de dolor en la pasión y muerte de Jesús hoy la contemplamos en cumplimiento de aquella profecía. La tradición nos habla del encuentro de Jesús y María en la calle de la amargura camino del Calvario.
Allí en medio de las gentes que vociferaban contra Jesús la contemplaremos siguiendo aquel cortejo de dolor y sangre arropada por las buenas mujeres que habían seguido a Jesús, alentada quizá por el llanto de aquellas mujeres anónimas a las que Jesús invitaba a llorar por sus pecados y por sus hijos, y apoyada seguro en el discípulo amado que al pie de la cruz iba a recibir como hijo en nombre de toda la humanidad.
María en medio de aquellos que vociferaban su maldad queriendo llevar a su Hijo hasta el patíbulo, pero María allí donde hay sufrimiento y muerte para unirse ella en una solidaridad tan especial como puede hacerlo una madre a la ofrenda de amor que hacia Jesús de su vida al Padre derramando su sangre por la salvación y el perdón de los pecados de toda la humanidad.
Queremos, sí, contemplar a María en medio de ese cuadro lleno de sombras pero también de luz, porque será la manera como seguiremos contemplando a María a través de todos los tiempos junto al dolor de todos sus hijos. María, junto a la cruz de Jesús en el Calvario, María junto a la cruz de Jesús en el sufrimiento de tantos a lo largo de los siglos. La presencia de María va a iluminar las sombras de ese cuadro de muerte del sufrimiento de los hombres a través de todos los tiempos. Es la madre que estará siempre al lado de sus hijos, pero de manera especial de sus hijos más débiles, como siempre hacen las madres, en todos los torturados por el dolor y el sufrimiento sea cual sea.
Qué paz cuando sentimos a María en medio de las sombras de nuestra vida. El amor de la madre nos llena de luz y nos abre a la esperanza. El amor de María nos enseñará también a nosotros a estar junto a la cruz; junto a la cruz, porque la llevamos en nosotros y con nosotros en el camino del seguimiento de Jesús, ya que El nos invita a seguirle tomando, cargando con nuestra cruz de cada día; pero junto a la cruz de Jesús porque aprenderemos a estar al lado del sufrimiento de los demás para con nuestro amor, nuestra presencia, nuestros gestos de solidaridad llevar también ese rayo de luz y de esperanza que necesita todo el que sufre.
Es nuestra tarea. Es la lección que aprendemos de María. María, Madre y Reina de los Dolores porque supo estar junto al dolor de su Hijo con su corazón traspasado; Madre y Reino de los Dolores, porque sigue estando junto a la cruz de sus hijos, todos los hombres que sufren para alentar su esperanza, para darnos motivos para caminar, para aprender también nosotros lo que es el amor verdadero y la solidaridad con que hemos de estar junto a nuestros hermanos los hombres que sufren. De María aprendemos a no cruzarnos de brazos; de María aprendemos a buscar formas para mitigar cualquier dolor, para servir de consuelo a los que lloran, para encender una luz en el corazón que nos haga tener esperanza.

martes, 15 de septiembre de 2015

María de los Dolores es la madre que compartió como nadie el dolor y el sacrificio redentor de su Hijo Jesús en la cruz

María de los Dolores es la madre que compartió como nadie el dolor y el sacrificio redentor de su Hijo Jesús en la cruz

1Tm. 3, 1-13; Sal. 100; Jn. 19, 25-27
Nadie como una madre puede compartir y vivir el dolor de un hijo. Es la sensibilidad de la madre, es la sintonía entre madre e hijo, son los lazos de las entrañas que nunca se rompen, y que harán que el hijo permanezca para siempre en las entrañas de la madre.
¿Cómo nos va a extrañar que a continuación de haber celebrado ayer la exaltación de la cruz de Cristo recordemos hoy los dolores de la Madre celebrándola como la Virgen y la Madre dolorosa? Es la festividad y celebración de este quince de septiembre, la Virgen de los Dolores, como comúnmente la llamamos.
Al pie de la cruz estaba. Así nos lo dice el que a partir de aquel momento iba a ser su nuevo hijo. ‘Ahí tienes a tu madre…, ahí tienes a tu hijo’, señala Jesús desde lo alto de la cruz. Allí al pie de la cruz estaba la que tiene estuvo al pie del Hijo como lo está siempre una madre. En Belén encontraremos al Niño siempre en brazos de la Madre; al pie de la cruz tras su muerte volveremos a ver a Jesús en los brazos de la Madre de la Piedad, como queremos invocarla también en ese trance. Al lado de Jesús veremos a María, al lado del Hijo siempre estará la Madre.
Pero es que al pie de la cruz estaba María acogiendo a Jesús pero acogiendo a todos sus nuevos hijos. Al pie de la cruz estaba María sintiendo el dolor de la entrega de su Hijo Jesús, pero coparticipando también ella con su dolor de madre en el significado y sentido de aquel dolor y sufrimiento de Jesús. Se realizaba en aquel momento de dolor que era momento de amor el acto supremo de la redención. Pero allí la madre que asumía como nadie podría hacerlo mejor todo el dolor y sufrimiento del hijo, se estaba haciendo copartícipe de ese sentido de redención, de esa ofrenda de amor del Hijo, haciendo ella también su propia ofrenda de amor. Por eso nos atrevemos a llamarla corredentora, aunque sabemos muy bien que teológicamente nuestro único redentor es Cristo, pero ella hacia suyo ese sacrificio redentor de Cristo participando de su mismo dolor.
Contemplemos hoy a María, celebremos a la Madre que está acogiendo en su corazón el dolor  de todos sus hijos; María, Madre de los Dolores, en nuestro dolor, acogiendo nuestros sufrimientos y nuestras penas, acompañándonos con su presencia de Madre para enseñarnos a poner amor en nuestro dolor, esperanza en nuestra vida a pesar de las penas y sufrimientos que podamos tener.
Contemplemos y celebremos a María, la Madre que está acogiendo en su corazón el dolor de cuantos sufren, el dolor y sufrimiento de todos los hombres; miremos ese mundo de dolor y sufrimiento que nos rodea pero contemplemos a la Madre que está asumiendo el dolor de sus hijos llevándolos en sus entrañas de madre.  Miremos a María para aprender nosotros también a tener sus mismas entrañas de misericordia y compasión y compartir ese dolor de los hermanos; que nuestra presencia con el ejemplo y estimulo de María alivie tanto dolor, suscite esperanza, nos mueva al amor.
María, madre de los Dolores, a nuestro lado y al lado de todos los que sufren. María, Madre de los Dolores que nos lleva en sus entrañas amorosas de Madre, nos enseñe a tener a tener también entrañas de amor para nuestros hermanos que sufren. Ella lleva como nadie el dolor y el sufrimiento de sus hijos porque está rebosante de amor; que nos enseñe a rebosar de amor en nuestro corazón para que sepamos así con nuestro dolor y sufrimiento hacernos también coparticipes en ofrenda de amor a la cruz redentora de Jesús.


lunes, 15 de septiembre de 2014

La presencia de María junto a la cruz de Jesús nos enseña a una presencia solidaria junto a la cruz de nuestros hermanos

La presencia de María junto a la cruz de Jesús nos enseña a una presencia solidaria junto a la cruz de nuestros hermanos

Hebreos, 5,7-9; Sal. 30; Jn. 19, 25-27
Ayer la liturgia nos invitaba a levantar nuestros ojos hasta el árbol de la cruz de la que pende la salvación del mundo como se proclama en el viernes santo; allí aprendíamos a descubrir el amor de Dios que no nos abandona - a Dios sí le interesamos, como ayer decíamos - y aún más nos enseña a mirar con mirada nueva y distinta no solo nuestra propia cruz, sino también la cruz de los demás.  
Pero hoy la liturgia nos invita a mirar a María, la madre de Jesús que allí estaba al pie de la cruz. ‘Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su madre…’ nos dice el evangelista señalándonos el grupo de las santas mujeres que estuvieron siempre junto a Jesús.
El anciano Simeón le había anunciado que una espada le traspasaría el alma, pero la presencia de María junto a la cruz de Jesús pasando por su mismo dolor de pasión, - que por eso la llamamos Madre de los Dolores - no viene sino a corroborar y culminar lo que fue siempre la presencia de María, no solo junto a Jesús sino solidariamente allí donde era necesaria su presencia de amor.
María unida al dolor y sufrimiento de Jesús en su pasión y muerte; María participando como nadie con su propio dolor y sufrimiento - ¿es que hay dolor mayor que el de una madre que ve morir a su hijo entre los crueles tormentos de una crucifixión? -, participando digo, en la pascua redentora de Cristo por lo que a ella queremos llamarla también corredentora con Cristo - Cristo es el único Redentor - desde su ofrenda de amor junto a la cruz de Jesús.
María estaba junto a la cruz de Jesús.  ¡Cuánto nos enseña su presencia junto a la cruz! La presencia de María junto a la cruz de su Hijo no era una presencia cualquiera, como la de tantos que aquella mañana estaban en Jerusalén y eran testigos de aquel drama: unos como espectadores y curiosos que siempre acuden donde suceda algo para mirar desde lejos, otros quizá indiferentes que pasaban junto al camino pendiente más de sus cosas, y otros como aquellos sumos sacerdotes y miembros del sanedrín con el odio en su corazón queriendo quitar de en medio a Jesús porque no respondía a lo que ellos deseaban que fuera el Mesías, pero que estaban contribuyendo sin saberlo a que se realizase la obra de nuestra redención con la Muerte de Jesús.
La Presencia de María era una presencia pascual porque ella estaba participando como nadie del misterio pascual que en Cristo se estaba realizando en su pasión y muerte. María estaba junto a la cruz de Jesús. María estaba haciendo suyo en su dolor y sufrimiento de madre todo el misterio pascual de Jesús. Fue pascua para María; vivió el paso de Dios por su vida y por la cruz. Tenemos que aprender de esa presencia de María para que no nos quedemos insensibles e indiferentes ante el misterio de la cruz que además hemos de vivir en nuestra propia vida. Que sea pascua en nosotros también porque ahí en la cruz veamos ese paso de Dios.
Tenemos que aprender de la presencia de María que también estaba pasando por el tormento de la cruz en el sufrimiento que se producía en su corazón por la muerte de su Hijo a mirar y a llevar nuestras propias cruces en nuestros sufrimientos de todo tipo y en nuestros problemas. Que María nos ayude a comprender el sentido de nuestra cruz, de nuestro sufrimiento, de nuestras luchas y problemas y como María sepamos hacer esa ofrenda de amor para que adquiera un profundo sentido y valor la vivencia de nuestra cruz unida a la de Cristo.
María estaba junto a la cruz de Jesús. La presencia de María al pie de la cruz de Jesús nos enseña algo más. Ayer cuando alzábamos nuestra mirada hasta la cruz de Jesús aprendíamos también a mirar la cruz de los demás con una mirada nueva. Es una mirada nueva pero es también un saber estar junto a esa cruz de nuestros hermanos de una manera nueva. Ni nuestra mirada ni nuestra presencia pueden ser una mirada o una presencia pasiva, porque no serían una mirada ni una presencia de amor.
Aprendamos de María; hemos dicho que su presencia ahora al pie de la cruz de Jesús venía a culminar todo lo que había sido su vida donde había sabido estar allí donde se necesitara su servicio o ella pudiera contribuir a la solución de un problema, como recordamos en su visita a Isabel en la montaña o su actuación en las bodas de Caná. Era un amor que se manifestaba en las obras, en su actuar generoso y con desprendimiento, o en el saber buscar aquello que remediase la necesidad.
Así nuestra presencia y nuestro estar junto al sufrimiento o la necesidad de los que están a nuestro lado. Hablábamos ayer de unas actitudes nuevas y de una nueva manera de actuar y acompañar. Cuántas son las cosas que podemos hacer cuando hay generosidad y disponibilidad en el corazón para ayudar, para caminar al lado del que sufre, para tender una mano que ayude a dar un paso o para poner nuestro hombro que sirva de descanso, para abrir el corazón para escuchar en silencio del desahogo del alma que sufre, para levantar el ánimo decaído dando esperanza, para consolar y mitigar el dolor y el sufrimiento, para llevar alegría al corazón y hacer que brote una sonrisa en los labios que alegran el alma. 
Pongamos amor y seremos creativos en todo lo que podemos hacer por los demás. Aprendamos de María a quien hoy, repito una vez más, estamos contemplando junto a la cruz de Jesús y junto a nuestra cruz para saber estar nosotros junto a la cruz de los demás, para que a nosotros nos importe también de forma solidaria el dolor y sufrimiento de los demás.
Celebramos hoy a María llamándola Madre y Virgen de los Dolores, porque estuvo asociada al dolor de Cristo en la Cruz; pero la podemos llamar también Madre y Virgen de los Dolores porque ella está siempre junto a nuestro dolor, al lado de todo el que sufre haciéndose en verdad solidaria con una solidaridad verdadera y real de todos nuestros dolores y sufrimientos. ¿A quien mejor que a ella podemos acudir, y de hecho acudimos, sabiendo que es la madre que siempre nos escucha en nuestra oración y atiende a nuestras suplicas sirviéndonos siempre de consuelo y fortaleza de ánimo su presencia y la oración que a ella dirigimos?
La presencia de María junto a la cruz de Jesús nos está enseñando también a una presencia solidaria junto a la cruz de los hermanos, así como aprender a valorar la ofrenda de amor que nosotros hacemos también de nuestra propia cruz.