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martes, 23 de marzo de 2021

Vamos a mirar muy bien cuando sea levantado en lo alto para descubrir todo el misterio de Jesús, encontrar respuesta a la pregunta que hacemos y conocer a Jesús por su amor y por su entrega


 

Vamos a mirar muy bien cuando sea levantado en lo alto para descubrir todo el misterio de Jesús, encontrar respuesta a la pregunta que hacemos y conocer a Jesús por su amor y por su entrega

Números 21, 4-9; Sal 101; Juan 8, 21-30

Si queremos conocer en verdad a una persona no nos fijamos solo en las apariencias ni incluso en las cosas que pueda decirnos de sí misma; claro que conocer a una persona es creer en ella y hemos de saber dar un margen de confianza viendo y escuchando lo que dice pero es algo más hondo que unas palabras lo que nos puede llevar a ese conocimiento de la persona. Por eso lo normal es fijarnos en su vida, cómo vive, cómo actúa en las diferentes circunstancias y como siempre estamos queriendo poner a prueba o lo que es lo mismo pedir pruebas nos fijamos en los momentos duros que viva esa persona porque será cuando mejor la conozcamos.

Damos por supuesto que nos acercamos a la persona con todo respeto porque es meterse en el ser de alguien que cada uno manifiesta a quien quiere o con quien más confianza tiene, pero tenemos que apuntar también la sinceridad con que nosotros nos acercamos, sinceridad que es poner a juego la autenticidad nuestra como personas.

Hoy en el evangelio vemos que directamente le preguntan a Jesús ‘y ¿quién eres tú?’ una pregunta que de una forma o de otra está en el fondo del mensaje de todo el evangelio. En ocasiones formulada así de forma directa pero que en el fondo está siempre presente en la mente de los judíos de su época, como puede sigue estando presente en los hombres de todos los tiempos. Aquellas reacciones, por ejemplo, de las gentes de su pueblo Nazaret cada vez que Jesús se acerca por allá, en que mencionaban a sus padres, a José el carpintero, o a sus parientes más cercanos que probablemente sigan viviendo por allá es un poco querer recordar o resaltar lo que es la identidad de Jesús.

Ahora preguntan porque en cierto modo se sienten desconcertados. Desconcertados entre lo que la mayoría piensa de Jesús que no ha habido nadie que haya hablado igual ni tenido el poder espiritual con que Jesús se manifiesta, mientras los principales del pueblo, los dirigentes judíos y entre ellos los fariseos, y los escribas, y los sacerdotes y los distintos grupos están en oposición manifiesta en contra de Jesús que incluso se rumorea que están intentando apresarle para quitarlo de en medio.

Pero están las palabras de Jesús que no terminan de entender porque están queriendo comprender que Jesús se manifiesta en verdad como hijo de Dios, enviado por el Padre con una misión muy concreta. Si fuera el Mesías prometido como algunos ya incluso se atreven a insinuar, nunca habían escuchado que el Mesías se presentara como el Hijo del Padre; pero por otra parte están los signos que realiza, porque nunca nadie ha visto cosa igual y son signos que manifiesta el poder de Dios que se hace presente en las obras que Jesús hace. ‘¿Quién eres tú?’ le preguntan, ¿Quién es este hombre? a su vez se preguntan a sí mismos, porque barruntan que tiene que ser un profeta bien poderoso.

¿Será acaso la pregunta que también nosotros llevamos en el corazón y que de alguna manera no nos atrevemos a decir en voz alta? Porque aunque nos decimos cristianos – discípulos y seguidores de Jesús – no siempre vemos las cosas claras y en nuestro interior también pueden aparecer dudas y preguntas que algunas veces no sabemos ni como expresar. ¿Será la pregunta que nosotros le hagamos también directamente a Jesús? Ese puede ser un camino verdadero de oración, para dejarnos enseñar, para dejarnos conducir, para ir con total sinceridad, con apertura del corazón, con humildad.

Y Jesús nos dice hoy que cuando sea levantado en lo alto entonces sabrán bien quién es El. Ya sabemos que el centurión romano que dirigía el operativo de la crucifixión de Jesús al final terminará reconociendo ‘este hombre era inocente’.

Pero ya reflexionábamos antes diciéndonos que en los momentos duros es cuando mejor conocemos a las personas porque sabremos de las verdaderas motivaciones de su vida, veremos el por qué de su vida que le puede llevar a momentos tan trascendentales, la manera madura de actuar y de reaccionar ante esos momentos difíciles. Por eso vamos a mirar muy bien cuando sea levantado en lo alto para descubrir todo el misterio de Jesús, para encontrar la respuesta a esa pregunta que hacemos, para conocer a Jesús por su amor y por su entrega, para conocer bien el motivo de su cruz y de entregar su vida.

Miremos a lo alto como miraban los judíos en el desierto a lo alto de aquel estandarte de la serpiente de bronce para descubrir lo que era el amor y la misericordia del Señor que les perdonaba una y otra vez a pesar de sus infidelidades, y ahora nosotros mirando a lo alto de la cruz descubriremos toda la hondura de lo que es la misericordia del Señor. Y es que ahí en lo alto de la cruz estaremos descubriendo el verdadero rostro de Dios, que siempre es de amor y de misericordia. ¿Moverá eso algo nuestra vida?

lunes, 7 de octubre de 2019

Como el hijo que se coge de la mano de su madre cuando rezamos el rosario nos dejamos llevar por Maria para rumiar todo el misterio de Cristo y su salvación





Como el hijo que se coge de la mano de su madre cuando rezamos el rosario nos dejamos llevar por Maria para rumiar todo el misterio de Cristo y su salvación


Zacarías 2,14-17; Sal. Lc 1, 46-55; Lucas 1, 26-38
Aquellas cosas hermosas y bellas que queremos recordar las guardamos en el corazón porque muchas veces queremos traerlas de nuevo al recuerdo para rumiarlas y saborearlas una y otra veas porque eso anima nuestra vida frente a las oscuridades con que nos vamos encontrando. Pero también aquellos sucesos que quizás nos hicieron sufrir, que nos hicieron pasar por momentos amargos, que pudieron suponer un fracaso o una derrota también los guardamos no para mantener resentimientos y amarguras, sino para saber sacar el provecho de una enseñanza, de una lección para nuestra vida o para aprender como el amor pueden vencer lo que nos pueda parecer una derrota.
Es la riqueza maravillosa que atesoramos en nuestro corazón que vale mucho más que las riquezas materiales que se convierten para nosotros en oropeles de fantasía pero que no dan ninguna riqueza a nuestro espíritu. Mucho tendríamos que aprender a valorar y degustar toda esa riqueza espiritual que llevamos dentro de nosotros desde lo que hemos vivido y experimentado.
El evangelio nos repite en varias ocasiones que ante aquellos acontecimientos que se iban sucediendo en torno al nacimiento de Jesús y su infancia Maria guardaba todas aquellas cosas en su corazón. Era el tesoro de su amor y del amor de Dios que ella iba experimentando también en si misma. Guardaba en su corazón y rumiaba una y otra vez porque así admiraba las maravillas que el Señor iba realizando en ella y a través de ella para beneficio y salvación de toda la humanidad.
He querido recordar esto, partiendo también de esa experiencia de nuestra vida de cuantas cosas guardamos en el corazón en esta fiesta de la Virgen del Rosario. Una fiesta muy hermosa de Maria que nos habla del valor de la oración y del triunfo también que podemos obtener en nuestra vida con la oración y con la intercesión de Maria. Una fiesta que nació desde aquella victoria de Lepanto que el pueblo cristiano supo ver como un triunfo de Maria, por cuanto a ella le habían pedido tan intensamente para verse liberados del poder otomano que hubiera cambiado los rumbos de la historia de Europa.
Es el triunfo, podríamos decir, del Rosario, que daría nombre a esa Advocación de María y que nos enseña una hermosa oración que con María podemos realizar y de Maria podemos aprender.
Podríamos decir que rezar el rosario, ese desgranar de cincuenta avemarías de saludo y oración a Maria, es repetir lo que el evangelio nos dice que ella misma hizo. Guardaba todas aquellas cosas en su corazón rumiándolas una y otra vez. Eso es lo que hacemos al rezar el rosario; esos ‘misterios’ son algo más que un título a cada decena del rosario.
Es un ir rumiando en nuestro corazón al unísono con Maria ese misterio de Cristo; es una invitación a que mientras desgranamos esos piropos a Maria que es la oración del Avemaría vayamos meditando ese misterio de Cristo, vayamos rumiando en nuestro interior reviviendo incluso con nuestra imaginación ese momento de la vida de Cristo que recordamos; es un ir rumiando al unísono, repito, con Maria todo ese misterio de nuestra salvación; es un ir empapándonos de evangelio, que es empaparnos de gracia, que es empaparnos de Dios. Es la forma verdadera del rezo del rosario.
Ahí vamos poniendo nuestra vida, con lo mejor de nosotros, con las lecciones aprendidas desde todo lo que nos ha sucedido, pero lo hacemos en un verdadero espíritu de fe dejándonos inundar del misterio de Cristo; y de mano de quien mejor lo podemos hacer que de manos de María, la que estaba empapada de Dios, la llena de gracia, pero la que quería cada día más llenarse de Dios rumiando también cuanto lo había sucedido en orden al misterio de nuestra salvación.
Es una manera de leer, y hacerlo de una manera viva, el evangelio para así llenarnos del mensaje de Jesús, para así empaparnos de sus valores y poder resplandecer con todas las virtudes que han de brillar en la vida de un cristiano. Y lo hacemos de mano de Maria, dejándonos llevar como el hijo que se coge de la mano de su madre y por ella se deja conducir.

jueves, 26 de septiembre de 2019

Pueden surgirnos dudas e interrogantes, pero busquemos, busquemos luz, busquemos verdadera respuesta en Jesús


Pueden surgirnos dudas e interrogantes, pero busquemos, busquemos luz, busquemos verdadera respuesta en Jesús

Ageo 1, 1-8; Sal 149; Lucas 9, 7-9
Ya conocemos las andanzas de Herodes. Hoy nos dice el evangelio que había oído hablar de Jesús y ahora quiere conocerlo. En una ocasión le dirán a Jesús que Herodes andaba averiguando de El, pero no le hace caso, no le da importancia. Reconoce que ha degollado a Juan el Bautista, no sé si por remordimiento, pero al oír hablar de Jesús le entra como un escozor o un miedo de si Jesús es Juan que ha resucitado. Algo hay dentro de él que no le deja mucho en paz. Su forma de vida, pensando solo en fiestas y en banquetes con las mayores orgías, como cuando degolló al Bautista, o su forma de vivir ahora con la mujer de su hermano. Ya le había costado la reprensión de Juan y que de alguna manera motivó que lo metiera en la cárcel a instigación de Heroidas.
Pero ahora, nos dice el evangelista dice que quiere conocer a Jesús. ¿Cuáles serían sus aviesas intenciones? ¿Sentiría inquietud por aquel profeta, según el decir de las gentes, que había aparecido por Galilea, precisamente su territorio? ¿O sería una curiosidad más que se quedara solo en lo exterior sin dejar que la Palabra de Jesús hiciera mella en su interior?
Quería conocer a Jesús. Como nosotros queremos conocer a Jesús. Como tanta gente que siente curiosidad por Jesús, porque es un personaje histórico y queremos tener noticias de él como de cualquier otro persona de la historia que pertenece ya al pasado; conocer a Jesús como quien conoce un movimiento filosófico más, pero que no me va a apartar de mi manera de pensar o mi propio sentido de la vida. Muchos sienten quizá curiosidad por Jesús, pero se quedan quizá en aspectos que no son fundamentales aunque sean cosas que bien podemos destaca de Jesús.
Lo importante ahora es que tengamos claro por qué queremos conocer a Jesús, cuál es la actitud de nuestro corazón y nuestra vida ante Jesús, ante su Palabra, ante su evangelio. Y es que no nos podemos acercar de cualquier manera hasta Jesús, aunque Jesús siempre tendrá una palabra y una luz para quien se acerque con sinceridad. Pero bien sabemos lo importante que es que estemos abiertos al misterio de la fe, al misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Sólo así podremos descubrirle de verdad, conocerle en lo más profundo. No es un personaje más de la historia, no un buen filósofo que nos quiere hacer simplemente un planteamiento de la vida como cualquier otra corriente filosófica.
Es que en Jesús descubrimos el misterio de Dios y solo abiertos a la fe podremos descubrirle. Dejémonos asombrar, no queramos poner límites a ese misterio de fe que se nos quiere manifestar. Pueden surgirnos dudas e interrogantes, pero busquemos, busquemos luz, busquemos verdadera respuesta en Jesús; dejémonos sí interrogar por dentro pero dejémonos interpelar por su palabra, por su vida, por su amor y abrimos el misterio del hombre, el misterio que anida en nuestro corazón al misterio de Dios y ese encuentro nos llevará por caminos de plenitud de vida.
Y eso, aunque ya nos consideremos muy creyentes – como decimos tantas veces creyentes de toda la vida – tenemos que seguir haciéndolo, seguir buscando, seguir queriendo conocer a Jesús, dejándonos interpelar por El, porque en El vamos a encontrar la Verdad, la Verdad de Dios que nos ayudará a descubrir la verdad del hombre, la verdad de mismo.
Quería conocer a Jesús. Queremos conocer a Jesús.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Como María, la mujer profundamente creyente, tenemos que tener bien abiertos los ojos de la fe para no desviarnos del misterio que vamos a celebrar


Como María, la mujer profundamente creyente, tenemos que tener bien abiertos los ojos de la fe para no desviarnos del misterio que vamos a celebrar

Miqueas 5, 2-5ª; Sal 79; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45

‘¡Dichosa tú, que has creído! porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Es la alabanza con la que saluda Isabel a su prima cuando llega a su casa. Simplemente se han encontrado y se han saludado con los saludos de rigor con la afectuosidad muy propia de aquellos lugares. Pero ha habido una sintonía casi sin palabras en lo que Isabel, que tenemos que reconocer es también una mujer profundamente creyente sabe descubrir cuanto sucede en María, cuanto está viviendo María.
¡Cómo nos cuestiona, nos interroga, nos estimula encontrar a nuestro lado personas verdaderamente creyentes! Alguien me podría decir, ‘yo creo’, ‘yo tengo fe’, y no parece que sea algo tan extraordinario. Sí es algo extraordinario, porque ser creyente de verdad no es cuestión de hacernos unas afirmaciones acerca de Dios pero dejar que todo siga igual, que mi vida siga igual. No es que tengamos que poner la cara de la ocasión o de las circunstancias, pero sí tiene que haber algo en el creyente que se refleja en su vida, en sus actitudes, en sus posturas y compromisos.
Aquí estamos escuchando una bienaventuranza que no está en la lista de las proclamadas por Jesús en el sermón del monte, pero que sí tenemos que decir que está en la base de todas ellas, porque sin esa actitud profundamente creyente no podremos llegar a entender ni a vivir toda la profundidad de las palabras que luego allí Jesús va a pronunciar.
Es la persona que se fía y se confía, que sabe descubrir una presencia pero se deja invadir por ella que es la presencia y la fuerza del Espíritu de Dios, que sabe abrirse desde lo más profundo a lo trascendente y se deja encontrar por Dios, abre su corazón y su vida al misterio de Dios aunque sienta que es mas grande que su propia capacidad humana para comprenderlo pero sabe decir sí; es el que sabe abrir los oídos de su corazón para sentir la voz de Dios allá en lo más profundo de si mismo y se va dejar seducir por esos planes de Dios que se le revelan en lo más intimo aunque pudieran ir por otros derroteros que los planes que previamente por si mismo se había trazado.
Es el que sabe hacer ese silencio en su interior para escuchar la voz de Dios, pero que nunca le dejará estático sino que siempre va a sentir el impulso de ponerse en camino. Es el que sabe sentir la paz de Dios en su corazón, por muy fuertes que sean las batallas y los ruidos que suenen en su exterior, pero que sabrá abrirse paso en medio de sus tormentas de la vida sin perder esa paz, sino más bien queriendo llevar, queriendo contagiar de esa paz a los demás.
El autentico creyente sabe ser un místico porque vive siempre en esa presencia de Dios, pero al mismo tiempo es una persona comprometida con la vida que es capaz de meterse en mil batallas con tal de lograr no solo ser mejor el mismo, sino hacer que el mundo que lo rodea sea también mejor. No se cruza de brazos ni está esperando a que lo busquen sino que sabrá salir al encuentro de los otros con la disponibilidad y la generosidad del servicio y del amor.
María fue la que se abrió al misterio de Dios que se le revelaba con el anuncio del ángel. Y aunque los planes de Dios le sobrepasaba lo que ella creía que eran sus fuerzas porque solo se sentía una humilde esclava sin embargo se dejó cautivar por los planes de Dios y poniendo toda su confianza en El fue capaz de decir Sí. Era grande lo que a ella le sucedía cuando se dejó inundar por el Espíritu de Dios, pero eso mismo la hizo ponerse en camino. No importaban las dificultades de un largo camino porque ella se dejaba conducir por Dios. Se sentía transfigurada interiormente pero eso no le impedía seguir sintiéndose la humilde esclava que en todo había de buscar y hacer lo que era la voluntad de Dios.
Así llegó a la montaña a casa de Isabel y se encontró con otra mujer humilde pero también en la misma sintonía de Dios, una mujer también profundamente creyente que fue capaz de descubrir su secreto y su misterio. ‘¿De donde que venga a mi la madre de mi Señor?’, fue el reconocimiento de Isabel. Así se intercambian los saludos y las alabanzas resaltando lo que era la fe y lo que era el amor. Nada les podía perturbar ni alejar de aquel misterio grande que en ellas y especialmente en María se estaba manifestando.
Ese cuadro tenemos ante nuestros ojos en la víspera de celebrar la navidad. Creo que tenemos que tener bien abiertos los ojos de la fe para no desviarnos del misterio que vamos a celebrar. Muchas cosas incluso buenas podrían perturbarnos y distraernos. El misterio del nacimiento del Hijo de Dios en la carne tiene que estar en el centro y ser el centro de todo.
Es cierto que cuando celebramos ese misterio nos llenamos de alegría y no podía ser menos; es cierto que tenemos que sentirnos impulsados al amor, y sentir verdaderos deseos de paz y de armonía con todo el mundo y es bueno que nos acerquemos los unos a los otros, que nos reencontremos las familias y los amigos, que sintamos la urgencia de la paz y pongamos muchos gramos de fraternidad y armonía en nuestro trato entre unos y otros.
Pero cuidado que buscando todo eso, queriendo vivir todo eso al final nos quedemos en una fiesta más, sí con buena voluntad, pero que nos olvidemos del misterio que lo motiva y que tiene que ser el centro de nuestra vida. Nuestra fe tiene que estar muy presente para que lleguemos a ese verdadero encuentro con nuestro salvador y nuestra vida se transforme con su presencia y podamos vivir, si, con toda intensidad todas esas cosas que queremos hacer y celebrar en estos días. Pero que los árboles no nos impidan ver el bosque, que todas esas cosas no nos impidan ver a Dios, ver el misterio de Dios en el nacimiento de Jesús.
A María ni aquel largo camino, ni las efusiones de alegría en el encuentro con su prima a la que iba a servir, le hicieron perder de vista nunca el misterio que en su corazón se estaba realizando.

sábado, 19 de mayo de 2018

Mutuamente nos ayudamos pero también respetamos la respuesta de cada uno en su propio su camino de fidelidad en el seguimiento de Jesús con la fuerza del Espíritu


Mutuamente nos ayudamos pero también respetamos la respuesta de cada uno en su propio su camino de fidelidad en el seguimiento de Jesús con la fuerza del Espíritu

Hechos 28,16-20.30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25

Interesarnos por los demás, mostrar preocupación por los otros, desear lo mejor y ofrecer nuestra mano, nuestro servicio, nuestra compañía son señales de una buena amistad y base de esa buena relación que siempre habríamos que tener con todos. Son caminos de buena convivencia, son señales de esa buena armonía y relación que tendríamos que tener con todos cuando además nos sentimos unidos caminando en un mismo mundo.
Pero eso no me da derecho a meterme en su intimidad, no puedo traspasar aquellos limites de intimidad que todos tenemos y que abriremos a quienes nos merezcan la mayor confianza; pero tampoco esa buena relación me da derecho a imponer mi idea o mi pensamiento, a querer manipular, y que los demás caminen a mi antojo. Y bien sabemos que mucho de esto nos podemos encontrar; hay gente a las que abrimos las puertas de la amistad, y ya se creen con derecho a todo y bien sabemos las desviaciones en las que podemos tropezar y caer. Algunas veces se crea confusión con la palabra amigo y con la relación de amistad.
Son unos pensamientos que me surgen y que alguno quizá pueda pensar que no vienen al caso, al hilo de la curiosidad que siente Pedro por lo que le pueda pasar a Juan después de lo que Jesús le ha anunciado a él. Podríamos decir que Jesús le da un corte, como solemos decir hoy, pero de alguna manera Jesús le está diciendo que cada uno ha de seguir su propio camino, y lo importante en la fidelidad en el seguimiento de Jesús que cada uno ha de mostrar. Así mutuamente nos ayudamos pero también respetamos la respuesta de cada uno siguiendo su propio camino.
Estamos en el final de la Pascua, ya mañana celebraremos Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. La liturgia ha querido ofrecernos en las lecturas de en medio de semana el final del evangelio de Juan con este episodio por una parte de la ratificación de Pedro como pastor en nombre de Jesús para toda la Iglesia que nace precisamente en la fiesta del Espíritu; por otra parte con esta breve referencia al discípulo amado que viene a ser como una firma del evangelista al evangelio que ha querido trasmitirnos. ‘Éste es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’. 
Nos dice que mucho más podemos saber y aprender de Jesús. ‘Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían ni en todo el mundo’. Un lenguaje un tanto hiperbólico pero que nos habla de la magnitud del misterio de Jesús, de la magnitud del Evangelio. Pero que no podemos decir que no lo podamos aprender, conocer, vivir. Precisamente nos ha prometido al Espíritu de la Verdad que nos lo enseñará todo, que nos irá dando a conocer todo ese misterio de Jesús. Solo una cosa es necesaria, que pongamos toda nuestra fe en El y nos dejemos conducir por el Espíritu del Señor.
Bueno es que lo recordemos en esta víspera de Pentecostés, que ya comenzaremos a celebrar en la tarde y que con toda intensidad pidamos la asistencia del Espíritu. Como los apóstoles que con María estaban reunidos en el cenáculo nosotros oremos también pidiendo la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida y dispongámonos a acogerlo en nuestro corazón.

sábado, 7 de octubre de 2017

Rezar el rosario a María es entretejer la vida en el misterio de Cristo con los ojos de María

Rezar el rosario a María es entretejer la vida en el misterio de Cristo con los ojos de María

Hechos 1, 12-14; Sal.: Lc 1, 46-55; Lucas 1, 26-38

No podemos comprender debidamente toda la grandeza y todo el misterio de María si no es desde el Misterio de Cristo. Ahí está su lugar y ahí está su grandeza. Es la Madre de Jesús, es la Madre de Dios. Dios que se fijó en ella desde toda la eternidad la hizo grande porque quiso hacerla la Madre de Dios. Y entonces la llenó de todas las gracias; por eso el ángel la llamará la llena de gracia, la que ha encontrado gracia ante Dios. Maria, es la llena de Dios, inundada por el Espíritu de tal manera que el fruto de sus entrañas sería el Hijo del Altísimo.
Pero en todo ese misterio de Dios que se desborda en María con toda su gracia está la colaboración del hombre, del ser humano. Y es que María se dejó hacer por Dios; ella fue siempre la disponible para Dios, la que en todo momento supo abrir su corazón a Dios con total disponibilidad, dispuesta siempre al servicio y al amor, dispuesta a dejarse conducir por Dios, dispuesta siempre a plantar la Palabra de Dios en su corazón y hacerla vida, por eso rumiaba en su interior cuanto acontecía para descubrir el misterio de Dios; guardaba todo en su corazón, que nos dice el Evangelio.
Cuando vamos, entonces, nosotros a María es porque queremos ir a Dios y de ella queremos aprender los caminos, de su generosidad, de su disponibilidad, de su espíritu de servicio, de su amor, de su acogida a la Palabra de Dios, de la apertura de su corazón a Dios. Ella siempre nos hará referencia a Dios, al misterio de Cristo. Ella nos conducirá a Dios, señalándonos el camino que no es otro que Cristo mismo. ‘Haced lo que El os diga’, nos dice a nosotros también como le decía a los sirvientes de las bodas de Caná.
Entonces nosotros con la mirada de María miraremos el misterio de Dios; son los ojos de la madre y son los ojos del amor; es la mirada de la fe, es la mirada que nos ayudará a comprender mejor el misterio de Cristo. Ella que lo guardaba todo en su corazón, como recordábamos, a través de todo ese misterio de Cristo guardado en su corazón nos mira a nosotros y nos enseña a mirar nosotros también la vida y el mundo que nos rodea.
Mirad eso es lo que hacemos cuando rezamos con todo sentido el rosario. Es cierto que es un ir desgranando avemarías como piropos a María, pero tenemos que tener como cristalino de nuestros ojos la mirada de María, que no es otra que el propio misterio de Cristo que ella ha guardado en su corazón.
Por eso mientras vamos desgranando ese puñado de avemarías vamos al mismo tiempo contemplando el misterio de Cristo con los ojos de María, la que guardaba, repito, todo en su corazón. Y si con nuestras avemarías vamos presentándole peticiones a María para que interceda por nosotros ahí estamos poniendo también todo ese misterio de salvación que queremos que llegue a todos los hombres.
Serán los gozos del misterio de Cristo con los gozos y las alegrías de cuantos nos rodean, será el dolor y sufrimiento de la pascua redentora de Cristo que ponemos al lado del dolor de cuantos sufren a nuestro lado o incluso nuestro propio sufrimiento.
Serán los tiempos nuevos de la resurrección y de la plenitud que en Cristo contemplamos con toda esperanza, donde queremos poner también nuestras esperanzas de un mundo de plenitud que solo en Dios podremos alcanzar, pero también las ilusiones y esperanzas por un mundo nuevo que ahora vayamos contrayendo y en lo que nos sentimos comprometidos que con la ayuda de la intercesión de María esperamos que un día podamos realizar.
Hoy estamos celebrando a María en esta hermosa advocación del Rosario queriendo aprender de ella para nuestra oración. Con el Rosario lo hacemos y como todo lo que hacemos con María siempre lo haremos en la contemplación del Misterio de Cristo.
Rezar el santo Rosario
no solo es hacer memoria
del gozo, el dolor, la gloria,
de Nazaret al Calvario.
Es el fiel itinerario
de una realidad vivida,
y quedará entretejida,
siguiendo al Cristo gozoso,
crucificado y glorioso,
en el Rosario, la vida.

martes, 4 de abril de 2017

También nosotros nos hacemos preguntas sobre Jesús pero pongamos a Cristo en los pasos de nuestra vida porque en El encontremos el verdadero sentido de nuestra vida

También nosotros nos hacemos preguntas sobre Jesús pero pongamos a Cristo en los pasos de nuestra vida porque en El encontremos el verdadero sentido de nuestra vida

Números 21,4-9; Sal 101; Juan 8,21-30
‘¿Quién eres tu?’ le preguntan los judíos a Jesús. No entendían de lo que Jesús les hablaba. No terminaban de vislumbrar el misterio de Jesús. Jesús les hablaba de vida y de muerte, de salvación y de condenación, pero Jesús les hablaba sobre todo de creer en El. Era lo que les costaba, poner su fe en Jesús.
¿Qué veían en Jesús? Si se quedaban solo en lo exterior, un hombre como los demás. Ya lo decían, de Nazaret, allí estaban sus parientes, allí se había criado junto a José, el artesano. Algunas veces descubrían en Jesús algo especial, en la forma de hablar, en lo que les planteaba, en las cosas que les enseñaba, en los signos que realizaba que no terminaban de entenderlo porque se quedaban en el taumaturgo que curaba y que hacia milagros pero no llegaban a leer las señales que eso significaba.
Las exigencias que planteaba Jesús de seguirle con radicalidad, la nueva manera de ver y entender las cosas que les hacia cambiar muchos esquemas y planteamientos, la cierta ruptura que se vislumbraba en relación a lo que enseñaban los maestros de su tiempo, la autoridad con que se manifestaba hacia que sintieran admiración, pero no eran capaces de dar un paso mas; seguirle les comprometía, la muestra estaba  en aquellos pescadores que lo habían dejado todo olvidándose de su pesca o de sus ocupaciones habituales los que no eran pescadores. Eso en cierto modo  les asustaba, les hacia quedarse atrás, un poco a la expectativa sin decidirse del todo a seguirle. ‘¿Quién eres tu?’ Preguntaban, y se preguntaban a si mismos.
¿No nos sucederá a nosotros de manera parecida en muchas ocasiones? Nos asusta darle un si total y radical a Jesús. ¿Y si nos equivocamos? Y nos entran dudas, y pensamos que lo que quizás tengamos que dejar atrás, los cambios que tenemos que realizar en nuestra vida. Y ponemos nuestras pegas, nuestras condiciones, y nos hacemos preguntan, y no terminamos de caminar libremente en pos de Jesús.
Muchos otros también se hacen la misma pregunta porque la presencia y la figura de Jesús no deja insensible a nadie, aunque sea como sucede en tantas ocasiones para combatirle. Si con sinceridad miramos nuestro interior nos damos cuenta que nos inquieta, aunque busquemos subterfugios para la huida, para tratar de desentendernos, para no querer escuchar, para que no nos comprometa.
Creo que como creyentes que ahora estamos haciendo este camino cuaresmal que nos prepara para la pascua tenemos que hacernos la pregunta y sin miedos. Busquemos a Jesús, tratemos de conocerle de verdad para ahondar en el misterio de su vida, porque nos va a revelar el misterio de nuestra propia vida. Cristo le revela al hombre la verdad del hombre; Cristo viene a nosotros para que nos conozcamos a nosotros mismos de verdad y encontremos el verdadero sentido de nuestra vida. No temamos poner nuestra fe en El, toda nuestra confianza, toda la apertura de nuestro corazón. Dejémonos transformar por Cristo en esta Pascua que vamos a vivir para que haya de verdad pascua en nosotros.
No se trata solamente de hacer cosas sino que es nuestra vida la que tiene que implicarse. No se trata de hacer actos bonitos vistosos porque ahora es semana santa y vamos a hacer bonitas procesiones. Tenemos que caminar, desde lo más hondo de nosotros mismos, el mismo camino de Jesús. Y hacer el camino de Jesús no es solamente poner flores o mantos preciosos que adornen nuestros pasos procesionales, sino poner a Cristo en los pasos de nuestra vida. 

domingo, 18 de diciembre de 2016

Como José y como María, a pesar de nuestras dudas y oscuridades, nos abrimos al misterio del Emmanuel que vamos a celebrar para hacer presente la salvación de Dios hoy para todos los hombres

Como José y como María, a pesar de nuestras dudas y oscuridades, nos abrimos al misterio del Emmanuel que vamos a celebrar para hacer presente la salvación de Dios hoy para todos los hombres

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Romanos 1,1-7; Mateo 1,18-24
Nos suceden en ocasiones cosas que nos cuesta entender por muchas vueltas que le demos al asunto, o vemos acontecimientos ante nosotros que nos resultan indescifrables porque no entendemos el por qué de esas cosas que suceden, nos vienen quizá de improviso cuando quizá teníamos otras cosas planeadas y nos vemos envueltos en las sombras de la duda, de la incertidumbre, del no saber qué va a pasar o como vamos a resolverlas. Nos cruzamos de brazos, tratamos quizá de desentendernos del asunto, buscamos una salida que sea lo más honrosa posible, o podemos también emprender el camino de la huida o como hacen tantos de echarle la culpa a los demás. En nuestra honradez y responsabilidad tratamos de buscarle quizá el lado menos malo o con el que menos daño podamos hacer a los demás.
Es a lo que se estaba enfrentando José y no sabia qué sucedía ni como actuar. Buscaba quizá una solución lo más honrosa posible y donde menos daño pudiera hacer, pero no comprendía lo que sucedía en María. Como nos dice el evangelista ‘María estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo’. Este último apunte – ‘por obra del Espíritu Santo’ – ya nos lo adelanta el evangelista como narrador a posteriori de los hechos, pero José de esto no sabía nada.
Pero como nos adelanta también el evangelista ‘José era bueno’, no quería hacer daño a nadie. José se nos manifiesta además un hombre profundamente reflexivo, pero también de espíritu creyente muy grande. Era hombre abierto al Espíritu y bueno sería reflexionar también sobre la espiritualidad de José. Y Dios se le manifiesta allá en su corazón, en sueños que es una manera muy bíblica de expresar esa apertura a Dios pero también cómo Dios se nos manifiesta allá en lo más hondo de nosotros mismos.
Y el ángel del Señor se lo explica todo con claridad. ‘José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’. Y ya el evangelista seguirá explicándonos cómo así se cumplen las Escrituras; nos recuerda lo de Isaías cuando también a un hombre lleno de dudas y que no se atreve a tentar a Dios pidiéndole pruebas el profeta también le anuncie: ‘Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’. Y continuará diciéndonos el evangelista que José se llevó a María, su mujer, a su casa. Aceptó el plan de Dios que se le revelaba.
Escuchamos este evangelio cuando estamos ya a las puertas de la Navidad, estamos en el cuarto domingo de Adviento. Es ya como el pregón inmediato que nos anuncia lo que va a suceder. Pero los pregones se nos hacen para anunciarnos lo que va a suceder pero para que estemos preparados, para que demos los últimos toques, para que entremos ya en el ambiente de lo que ya cercano va a suceder. Un pregón y un anuncio que escuchamos no como algo fuera de nosotros o que nos pareciera extraterrestre sino como algo que tenemos que escuchar aquí y ahora, en el momento que vivimos, con sus luces y con sus sombras.
Se nos anuncia que viene el Emmanuel, que Dios estará y está con nosotros, que es Jesús porque el viene como Salvador, que eso es lo que significa su nombre. Y esa presencia de Dios es ahora y en este mundo en el que vivimos; y esa salvación que nos llega con Jesús es para nosotros, para los hombres de hoy, envueltos en nuestras luchas y problemas, y para este mundo nuestro tan crucificado por tantos sufrimientos, guerras, violencias, injusticias, vanidades, orgullos, indiferencia religiosa, pérdida de valores, tan materialista y tan amante de sensualidades y así tantas cosas más que nos lo llenan de sombras.
Para muchos quizá llega una navidad más y se hace fiesta porque hay que hacer fiesta, y se reúnen las familias porque está bien que al menos una vez al año nos reunamos aunque luego no nos volvamos a ver hasta no sabemos cuando, y se llena todo de luces y se hacen regalos y felicitaciones porque todo el mundo lo hace y nos dejamos llevar por la corriente. Pero ya vemos como incluso algunos quieren desterrar todo sentimiento o manifestación religiosa en las fiestas de estos días, de manera que incluso hasta ya quieren cambiarle el nombre.
Pero quizá algunos queremos pensar en serio en lo que verdaderamente es la navidad, pero viendo el ambiente y la manera de celebrarlo en tantos que nos rodean nos sentimos abrumados, confusos, sin saber quizá qué hacer porque no vamos a nadar contra corriente de lo que todo el mundo hace y tenemos la tentación de dejarnos llevar, porque total con estas fiestas así a nadie molestamos y alguna cosa buena tienen.
Son las dudas de José ante el misterio que estaba ante sus ojos y no terminaba de comprender. Son las dudas que también pueden envolvernos pero a las que hemos de hacer frente sacando lo más hondo de nuestra espiritualidad cristiana y no olvidar de ninguna manera el misterio que celebramos.
También quizá nos preguntamos si esa salvación que nos trae Jesús puede decir algo a la gente de nuestro mundo de hoy y si en verdad con el mensaje de Jesús podemos hacer algo para que nuestro mundo sea mejor. Y es ahí donde tenemos que sacar la firmeza y la fortaleza de nuestra fe. Sí necesita nuestro mundo de la salvación que nos ofrece Jesús. Necesita nuestro mundo, es cierto, esa presencia del Emmanuel, para sentir que en verdad Dios está con nosotros y con Dios podemos hacer que nuestro mundo sea mejor.
José se abrió al misterio de Dios y se dejó inundar por su Palabra. Tomemos ejemplo para estos días que nos quedan antes de la celebración del misterio de la Navidad. José se llevó a María, su mujer a su casa, como le había dicho el ángel. Traigamos nosotros también a nuestra casa, a la casa de nuestra vida, a María, la Madre del Señor que es también nuestra madre.
De ella aprendamos a prepararnos abriendo nuestro corazón al misterio de Dios, para que así hagamos presente de verdad al Emmanuel, no solo porque cantemos bonitos cánticos y villancicos, porque llenemos de luces nuestras casas o nuestras calles, porque tengamos hermosos encuentros familiares y con los amigos en estos días, sino porque en verdad no solo sintamos esa presencia salvadora del Señor en nuestro corazón sino porque también sepamos hacerlo presente a los demás en medio del mundo por nuestros actos, por nuestro amor, por nuestro compromiso, por los gestos que podamos realizar o tener con los demás.
Así haremos autentica navidad haciendo más presente a Dios – el Emmanuel - en nuestro mundo.


viernes, 7 de octubre de 2016

Con María del Rosario entretejemos la vida con el misterio de Cristo gozoso, crucificado y glorioso



Con María del Rosario entretejemos la vida con el misterio de Cristo gozoso, crucificado y glorioso

Hechos de los apóstoles 1, 12-14; Salmo Lc 1, 46-55; Lucas 1, 26-38

La espiritualidad de una persona manifiesta aquellos valores e ideales que se convierten en metas de su vida y que al mismo tiempo vienen a ser como un motor interior que nos impulsa en nuestro camino, da un sentido y valor a cuanto hacemos y nos hace sentir esa fuerza que necesitamos en la lucha de la vida de cada día. Es el espíritu de nuestra vida, de ahí la palabra espiritualidad.
Y la espiritualidad de un cristiano está toda ella centrada en Cristo, porque es en quien en verdad encontramos ese sentido, esa salvación de nuestra vida. Un cristiano está impregnado del espíritu de Cristo; un cristiano está lleno e inundado del Espíritu de Cristo. Un cristiano, pues, todo lo centra en Cristo. Todo lo que gira en torno al hecho de Cristo y su evangelio a eso nos lleva, han de ser en verdad mediaciones que nos conduzcan a Cristo. Cuanto hacemos, cuanto rezamos, los modelos o ejemplos que tengamos ante nuestros ojos siempre nos han de llevar a Cristo. No nos podemos quedar en ellos, porque entonces en verdad perdería su sentido.
Así María, la madre de Jesús que es también nuestra madre; así la devoción que le tengamos a María, el amor que como hijos a ella le tengamos; nunca María sustituirá a Cristo ni podrá ocupar el lugar de Cristo en nuestra espiritualidad, nunca nuestra devoción a María se puede contraponer con nuestra fe en Cristo. Es más, María siempre querrá llevarnos hasta Cristo. ‘Haced lo que El os diga’, nos dirá a nosotros como a aquellos sirvientes de las bodas de Caná.
Hoy estamos celebrando una fiesta de María que es muy entrañable en el pueblo cristiano. Celebramos a María, Virgen del Rosario. Una fiesta y una devoción a María que va profundamente unida a la oración porque de alguna manera toma su nombre de esa cadena de rosas que son las cuentas del rosario, que son las avemarías que desgranamos en nuestra oración a María.
Y es aquí donde hemos de fijarnos en algo muy importante, yo diría esencial, en esta devoción a María en consonancia con lo que venimos diciendo. El rosario no es solo encadenar esas cincuenta avemarías que como piropos dedicamos a María porque el rosario está encadenado – y válganos bien el sentido de la palabra – con todo el misterio de Cristo. Cada decena de avemarías la llamamos un misterio, porque en cada una de esas decenas mientras nuestros labios desgranan esos piropos a María nuestra mente está embebida en ese misterio de la vida de Cristo al que se hace referencia.
Rezar el santo rosario
no es solo hacer memoria
del gozo, el dolor, la gloria,
de Nazaret al Calvario.
Es el fiel itinerario
de una realidad vivida,
y quedará entretejida,
siguiendo al Cristo gozoso,
crucificado y glorioso,
en el Rosario, la vida.
Son unos versos hechos himno de oración en la liturgia de las horas y creo que nos definen muy bien el sentido del rosario haciéndonos marcar profundamente nuestra espiritualidad en todo el misterio de Cristo. A ello nos conduce María siempre. ‘Quedará entretejida la vida en el rosario siguiendo al Cristo gozoso, crucificado y glorioso’, que decían los versos del himno.
Que así vivamos con intensidad nuestra devoción a María, la Madre del Señor y nuestra madre. Así centremos toda nuestra vida, toda nuestra espiritualidad en el misterio de Cristo. María es esa mediación, Mediadora la llamamos, que nos ayuda a ese encontrarnos con Cristo, a ese impregnarnos de su Espíritu, como ella estuvo llena de Dios e inundada por el Espíritu divino. 

jueves, 21 de julio de 2016

En la cercanía con Jesús sentándonos a sus pies para escucharle o caminando tras sus huellas podremos ahondar cada día más en el misterio de Cristo

En la cercanía con Jesús sentándonos a sus pies para escucharle o caminando tras sus huellas podremos ahondar cada día más en el misterio de Cristo

Jeremías 2, 1 3. 7 8. 12 13; Sal 35; Mateo 13, 10-17:

‘Se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas?’ Habían escuchado a Jesús en la orilla del lago que desde la barca les había estado enseñando y les había propuesto diversas parábolas para hablarles del Reino de Dios. Ahora, al llegar a casa, le preguntan. Ellos quieren entender también su significado.
Jesús les dice que les habla en parábolas porque la gente sencilla no le entiende. Ha venido anunciando la llegada del Reino, les ha propuesto todo su estilo y su sentido cuando allá en el monte les había hablado largo y tendido, de muchas maneras les había hablado en la sinagoga o en los caminos y diferentes lugares; ahora les habla en parábolas. Y a los discípulos más cercanos que son los que ahora preguntan les dice: A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos les cuesta más entenderlo’.
Los que están cercanos a Jesús pueden comprender mejor los misterios del Reino. Esto es importante y será para nosotros también una exigencia. Pero Jesús quiere que todos puedan comprender los secretos del Reino, el estilo y sentido del Reino de Dios; por eso habla en parábolas; son imágenes que como signos nos hablan, nos ayudan a comprender. Una forma pedagógica de hacernos entender el misterio que hoy seguimos necesitando.
Es hermoso cuando uno visita antiguas catedrales, templos diversos, claustros de monasterios o de las mismas catedrales la catequesis que en imágenes vemos plasmadas con tanto arte en sus paredes, en sus retablos, en el propio sentido de la arquitectura empleada, en los arcos o soportales de los claustros tanto monacales como de las catedrales. Era una forma de enseñar al pueblo que no sabía leer y que entonces no tenían a su alcance los textos escritos a través de aquellas imágenes trasmitirles todo el mensaje del evangelio.
Así hoy las imágenes sagradas de nuestros templos, y sean de Cristo, de la Virgen o de los Santos de nuestra devoción, o las imágenes de la pasión y muerte de Jesús que veneramos especialmente en semana santa siguen siendo esa catequesis plástica para el pueblo sencillo.
No nos quedamos en el arte, sino en lo que con el arte se nos quiere expresar. Y es cierto que para muchos por no recibir quizá la explicación o enseñanza adecuada se puede crear una cierta confusión; se quedan en la imagen, idolatran la imagen, y no les sirve siempre para acercarse verdaderamente a Jesús en quien únicamente podemos encontrar nuestra salvación.
Decíamos antes que las palabras de Jesús nos comprometen y son una exigencia para los que queremos estar más cerca de El. ‘A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos…’ Es la cercanía a Jesús, es el sentarnos como María de Betania a los pies de Jesús para escucharle, es el querer en verdad hacer camino con Jesús como aquellos discípulos que le acompañaban a todas partes, es el sentir esa presencia permanente de Jesús cerca de nuestra vida queriendo llevarle de verdad en nuestro corazón, será nuestra oración encuentro vivo con el Señor y la escucha de su Palabra, será la participación viva y con sentido en nuestras celebraciones las que nos ayudarán a ir penetrando más y más en el misterio de Cristo para seguirle, para vivir de forma autentica nuestra vida cristiana.
Un compromiso, una exigencia, una gracia del Señor para nuestra vida.

sábado, 23 de abril de 2016

En Jesús contemplamos el rostro misericordioso de Dios que llena de paz nuestro corazón

En Jesús contemplamos el rostro misericordioso de Dios que llena de paz nuestro corazón

Hechos 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14

‘Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y aún no me conoces…?’ Fue la queja de Jesús a Felipe y en consecuencia al resto de los apóstoles ante las preguntas que le hacían porque no terminaban de comprender lo que les estaba diciendo.
Nos cuesta conocer a las personas, aunque pensemos que ya las conocemos; nos cuesta introducirnos de verdad en el misterio de la persona y no quedarnos en detalles, en superficialidades, en cosas externas por las que fácilmente juzgamos y hasta tantas veces condenamos. Por supuesto me atrevería a decir que cada persona es un misterio, porque encierra en si misma muchas cosas que no siempre somos capaces de percibir. Conocer el pensamiento o el interior de la persona no podemos llegar a él si la persona no se nos comunica, abre su interior. Pero una mirada atenta a la persona, fijándonos bien en su trayectoria, siguiendo atentamente sus palabras y lo que va manifestando de si misma nos ayudará a comprender, a ir penetrando en ese misterio, como decíamos, de la persona, para no quedarnos en superficialidades, que nos lleven a ese juicio temerario, a la murmuración o a la critica a lo que nos sentimos tantas veces tentados.
¿Será acaso una queja que Jesús también nos haga a nosotros? ¿Le conocemos de verdad? Hemos venido reflexionando mucho sobre esto. Porque hay ocasiones en que por nuestras actitudes y comportamientos, o incluso por la manera de mantener nuestra relación con Dios, da la apariencia de que aun no terminamos de conocer plenamente a Jesús. Y es que conocer a Jesús nos llevará a conocer a Dios; en Jesús se nos revela todo el misterio de Dios. Por eso decimos en nuestro lenguaje teológico que es el Verbo, la Palabra del Padre que se nos revela.
Necesitamos de verdad escuchar a Jesús, su Palabra, su revelación de Dios. Y es algo que muchas veces nos cuesta porque nos distraen tantos ruidos de nuestro mundo. Hoy nos dice: ‘Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Es de donde surge la petición de Felipe: ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta’. A lo que Jesús le terminará respondiendo, tras su queja, ‘quien me ha visto a mí ha visto al Padre’.
Jesús nos manifiesta con su persona, con su vida, con sus palabras y gestos el rostro misericordioso y lleno de amor de Dios. Ahí tenemos sus parábolas, como aquella parábola tan hermosa y que tantas veces hemos meditado que nos manifiesta al padre compasivo y misericordioso siempre dispuesto a acoger al hijo pródigo que se ha marchado de la casa. Es el rostro de Dios.
Ahí tenemos también sus gestos, su cercanía con los pobres, con los niños, con los que sufren, con los pecadores. El no viene a condenar porque nos está manifestando al Padre misericordioso siempre dispuesto a perdonar. Y acoge a los pecadores y come con ellos, y siempre tendrá la palabra oportuna para salvar a la persona como cuando llega ante El la mujer pecadora, y estará dispuesto incluso a disculpar para ofrecer el perdón – ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ – o para abrir las puertas de la salvación eterna al pecador arrepentido que le reconoce como el Señor y el Salvador – ‘hoy estarás conmigo en el paraíso’ –.
Qué gozo y que paz podemos sentir en nuestro corazón; somos pecadores pero tenemos la certeza de los brazos amorosos del padre que nos acoge y nos perdona y nos llena de vida. Es la maravillosa revelación de amor que nos hace Jesús.

sábado, 2 de abril de 2016

La buena noticia de la resurrección de Jesús no nos la podemos guardar para nosotros sino que tenemos que anunciarla con gozo al mundo aunque le cueste creer

La buena noticia de la resurrección de Jesús no nos la podemos guardar para nosotros sino que tenemos que anunciarla con gozo al mundo aunque le cueste creer

Hechos 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15

Nos cuesta creer y aceptar aquellas cosas que nos parecen en la lógica humana imposibles o que se saltan nuestros convencionalismos o nuestras ideas preconcebidas. Nos volvemos en cierto modo incrédulos de aquello que no entre en nuestra manera de pensar o que pueda tener aire de cierto misterio que solo con la fe podríamos aceptar. Todo lo queremos tener probado pero con nuestras reglas, con nuestros propios parámetros y no aceptamos las cosas simplemente porque el otro nos lo diga o por sí mismo lo haya experimentado.
En el evangelio de hoy nos encontramos algo de eso. María Magdalena se había encontrado con el Señor resucitado, va a comunicárselo al resto de los discípulos y no la creen. Vienen los discípulos de Emaús que habían experimentado la presencia de Jesús resucitado en el camino y lo habían reconocido al sentarse a la mesa y partir el pan, y tampoco los creen. Ahora cuando Jesús se les manifiesta allí reunidos en el cenáculo se llenaron de estupor con su presencia y Jesús les echará en cara su incredulidad y la cerrazón de sus corazones.
En este mismo sentido nos encontramos a tantos a nuestro alrededor. Les cuesta aceptar la resurrección del Señor, no quieren aceptar la resurrección del Señor. Hoy todo queremos probarlo con nuestros métodos científicos y cuando entramos en el misterio de Dios nos sentimos desbordados, no sabemos que hacer, y terminamos negándolo todo.
Tantos a nuestro lado, que incluso llevan el nombre de cristianos porque han recibido el bautismo, han recibido incluso muchas veces en su vida los sacramentos y hasta dicen vivir una vida religiosa, no están seguros de confesar su fe en la resurrección del Señor. Y no estamos haciendo referencia a los que viven sin fe, lejanos de la Iglesia o a los que nunca se les haya anunciado la Buena Nueva de Jesús. Estamos pensando en los que se llaman cristianos y al menos teóricamente viven en el seno de la Iglesia.
Pero no vamos a tirar piedras sobre los otros o los que están fuera, sino pensemos en nosotros mismos, en cómo creemos y vivimos ese misterio de nuestra fe que es la resurrección de Jesús.  Porque no han de ser solo palabras, sino que eso tiene que reflejarse en nuestra vida, en nuestra manera de actuar, de vivir. Y es que muchas veces se nos enfría la fe, vivimos como si no tuviéramos fe.
Quienes creemos en la resurrección de Jesús en verdad que no podemos vivir de cualquiera manera. Nos tenemos que sentir transformados y ante ese misterio que se realiza también en nosotros nuestras actitudes, nuestro actuar, nuestro amor, nuestras responsabilidades las vivimos con otro sentido. Hemos de sentirnos hombres nuevos, rebosantes de gozo y alegría, llenos de trascendencia, abiertos a los demás, misioneros con nuestra vida y con nuestras palabras de ese mensaje de Jesús, de su Buena Nueva de Salvación.
María Magdalena no se guardo la noticia para si; los discípulos de Emaús no se quedaron allá en su pueblo, sino que inmediatamente volvieron para anunciarlo a los demás. Por eso  hoy Jesús después de recriminarnos  nuestra falta de fe, nos envía para que hagamos ese anuncio a los demás, al mundo entero. En ese anuncio gozoso se sentirá en verdad fortalecida nuestra fe.

jueves, 10 de marzo de 2016

Levantemos nuestros ojos a lo alto para descubrir desde la fe todo el misterio del amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta y nos llena de vida

Levantemos nuestros ojos a lo alto para descubrir desde la fe todo el misterio del amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta y nos llena de vida

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47
Algunas veces nos surgen dudas en nuestro interior porque quizá no sabemos ver más allá de lo que tenemos delante de los ojos o de lo que puedan palpar nuestras manos. Nos hacemos excesivamente materialistas y podemos perder un sentido espiritual de la vida o la trascendencia que en nosotros y en los demás tendríamos que saber descubrir.
Y cuando nos quedamos solo en lo que nuestros ojos materiales puedan descubrir sin saber encontrar lo que puede haber realmente de bueno detrás de lo que vemos o experimentamos podemos perder el rumbo y podemos también errar el camino, aparecen los miedos, sobresalen las desconfianzas. Pero eso cuesta, nos llena de dudas muchas veces, es necesario un espíritu mas abierto a lo espiritual y a lo trascendente. Muchas veces la misma fe es cuestión de fe. Es un abrirnos a lo que nos puede parecer un misterio, pero que es realmente abrirnos a Dios. Y no siempre lo sabemos hacer, no siempre somos capaces de hacerlo.
Nicodemo iba también con sus dudas y con sus miedos cuando fue a ver a Jesús de noche, como nos cuenta este mismo evangelio de Juan que estamos ahora escuchando en estos días. El mismo hecho de que fuera de noche a ver a Jesús nos muestra las dudas – negruras – que pudiera haber en su espíritu y también los miedos que pudiera llevar consigo. Sin embargo se deja conducir por lo que intuía y es capaz de descubrir el misterio que se manifiesta en Jesús. Por eso podrá llegar a decir que si Dios no estuviera con Jesús no podría hacer las obras que hacía.
Es lo que en general le sucedía a los judíos como nos manifiesta el evangelio de este día. Mientras el pueblo llano y sencillo era capaz de descubrir en las obras de Jesús las obras de Dios, aquellos que se consideraban quizá más entendidos rechazan a Jesús, no son capaces de descubrir en las obras de Jesús las obras de Dios y, como tantas veces hemos visto, siempre estarán pidiendo signos y pruebas para reconocer a Jesús. Hay desconfianza en sus corazones, no son capaces de abrirse al misterio que se revela en Jesús y no creerán en El. Se les había cegado el Espíritu y no se abrirán al misterio de la fe. Es la recriminación que Jesús les está haciendo.
Que no nos suceda a nosotros. Que no se nos cieguen los ojos del alma. Que se avive nuestra fe para trascender de verdad a lo espiritual y al misterio de Dios. Que en verdad pongamos toda nuestra fe en Jesús. Que desde nuestra debilidad, desde las sombras de nuestras dudas levantemos los ojos a lo alto para que en Cristo se reavive nuestra fe.
Seamos capaces de descubrir el hondo sentido de las obras de Jesús que nos están manifestando lo que es el amor y la misericordia del Señor. Dios siempre nos ama, aunque nosotros por nuestro pecado no lo merezcamos; El nos ofrece su misericordia, su perdón, su gracia, su amor. Todas esas obras que vemos realizar a Jesús en el evangelio son signos para nosotros de ese amor de Dios y cómo a nosotros llega ese amor que nos transforma, que nos llena de vida.


martes, 7 de octubre de 2014

Oramos con María y aprendemos del misterio de Cristo empapándonos del evangelio

Oramos con María y aprendemos del misterio de Cristo empapándonos del evangelio

Hechos, 1, 12-14; Sal.:Lc. 1, 46-54; Lc. 1, 26-38
‘Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos’. Es lo que hemos escuchado en el texto sagrado tomado de los Hechos de los Apóstoles cuando nos habla de quienes estaban reunidos en el Cenáculo en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús, el envío del Espíritu Santo.
Nos viene bien este texto en esta fiesta de María que hoy celebramos, la fiesta del Rosario, la fiesta de nuestra Señora del Rosario. Una fiesta que como sabemos fue instituida por el Papa san Pío V tras la batalla de Lepanto, donde la cristiandad europea se vio liberada del invasor turco con la intercesión de la Virgen María a quien toda Europa invocaba con el rezo del Rosario.
Una forma de oración que había mantenido la fe del pueblo cristiano desde muy antiguo y sobre todo en las nebulosidades de la edad Media. Cuando el pueblo no podía participar en la oración de la Iglesia por su ignorancia de la lengua con que se realizaba la liturgia pues habían ido apareciendo las nuevas lenguas en los distintos pueblos y ya el latín no era la lengua del pueblo, cuando era muy escasa la formación que se tenía el rezo del rosario sirvió con la meditación de los distintos misterios de la vida de Jesús para mantener viva la fe del pueblo al tiempo que era como una catequesis que se iba recibiendo mientras se rezaban los distintos misterios del Rosario.
No es solo la repetición de unas avemarías cual piropos a la Virgen que en nuestro amor le dedicamos una y otra vez, sino que se enunciado que se hace en cada uno de los misterios nos ha de servir para contemplar y meditar esos distintos momentos de la vida de Cristo y de María en su relación con el misterio de la salvación donde nos iremos impregnando poco a poco del espíritu y sentido del Evangelio.
Es hermoso, es cierto, repetir como piropos esas avemarías a la Virgen nuestra Madre en el amor que le tenemos, pero no nos podemos quedar ahí. Es muy importante ese enunciado que hacemos del Misterio de Cristo, porque se ha de quedar como gravado en nuestra mente para contemplarlo y meditarlo a la sombra de la presencia de María. No quiere la Virgen que nos quedemos en ella, sino que siempre María quiere conducirnos a Jesús. Es lo que tenemos que vivir con toda intensidad mientras rezamos el rosario, para que no se nos quede en una repetición monótona y rutinaria.
No puede ser el rezo del Rosario algo que hagamos como a la carrera porque tenemos que cumplir, sino que hemos de darle el tiempo que sea necesario para que de verdad nuestro corazón se vaya abriendo más y más al misterio de Cristo. Ojalá en lugar de esa formulación breve y condensada del enunciado del misterio tuviéramos la calma de leer un trozo del evangelio que a ese misterio hiciera referencia, o tener incluso unos momentos de silencio antes de comenzar a repetir las avemarías para interiorizar de verdad lo que decimos con los labios, pero que es necesario que lo sintamos y digamos desde el corazón. Así lograríamos que fuera un gran alimento espiritual para nuestra vida que nos hiciera sentir profundamente la gracia del Señor y nos fuera empapando más y más del evangelio verdadero alimento de nuestra vida cristiana.
Amemos a María desde lo más hondo de nuestra vida. Con la confianza de los hijos a ella acudimos desde nuestros problemas y necesidades porque sabemos que es la Madre que siempre nos escucha como saben hacerlo las madres, y por nosotros va a interceder ante el Señor para que alcancemos esa gracia que tanto necesitamos no solo como ayuda a nuestras necesidades materiales, sino como verdadera fuente de nuestra santificación. 
Como tienen que hacer siempre los hijos con las madres, las amamos y las imitamos, las amamos y las escuchamos, las amamos y las obedecemos. Imitemos a María,  escuchemos a María, obedezcamos a María que siempre nos está diciendo que miremos a Cristo, que vayamos a Cristo,  que escuchemos a Cristo, que hagamos lo que Cristo nos dice.