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lunes, 18 de diciembre de 2023

Nos ponemos en camino como Abrahán, como María, como José, nos dejamos conducir, Dios llega a nosotros y para nosotros quiere ser para siempre Emmanuel

 


Nos ponemos en camino como Abrahán, como María, como José, nos dejamos conducir, Dios llega a nosotros y para nosotros quiere ser para siempre Emmanuel

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24

Ponernos en camino es algo que hacemos todos los días. Nos levantamos y nos ponemos en camino a la vida de cada día; y no solo son los pasos de nuestros pies, no solo es la tarea diaria que emprendemos y para la que quizás necesitamos unos desplazamientos, es el camino interior que cada uno hace de búsqueda de sentido y de vida, de búsqueda de lo mejor o de búsqueda de los demás con los que convivimos o con los que queremos estar, un camino que queremos hacer para bien.

Es el camino de nuestra fe, de apertura a la trascendencia y búsqueda de lo espiritual, es el camino que nos eleva sobre lo material porque hay algo que sentimos superior, y es el camino que nos lleva al encuentro con Dios, a la escucha de Dios, a la vivencia de Dios. Es la historia del camino de nuestra fe, como lo es la historia de la salvación de toda la humanidad.

Abrahán un día escucha la voz de Dios que le invita a salir de su tierra e ir a la tierra que Dios le va a dar. Y Abrahán se puso en camino. ¿Un camino a lo desconocido? Dios no le dice a donde ha de ir, sino que se ponga en camino. ¿Un camino hacia el misterio y la trascendencia? Abrahán ha de ir más allá, atravesará desiertos y valles, irá abriendo caminos por lugares desconocidos para él, es el camino de Dios, pero Abrahán se deja conducir y nacerá un pueblo nuevo. 

María de Nazaret también escuchará a Dios a través de la voz del ángel, y también se pone en camino. No es solo, como nos dice el evangelio, que se pondrá en camino a las montañas de Judea para atender a su prima Isabel, sino que María se pone en camino a algo más grande. También María se deja cautivar por la voz de Dios y se pone en camino, como ella dice, para ser la humilde esclava del Señor, pero su disponibilidad para caminar al ritmo de Dios le lleva a algo más grande, va a ser la Madre de Dios; lo que de ella ha de nacer será el Hijo del Altísimo, será el camino por el que Dios llegará a nuestra tierra encarnándose en sus entrañas para ser Dios con nosotros.

Hoy nos aparece en el evangelio la figura de José. Se encuentra ante un misterio y algo totalmente nuevo para él, que no termina de comprender. Pero el corazón de José está disponible para la bondad y para la generosidad. Quiere descifrar el misterio de Dios que se le está manifestando y se deja conducir. Cuando el ángel le aclara que son las cosas de Dios que además quiere contar con él, también se pondrá en camino. Como nos dice el evangelista haciendo lo que le había mandado el ángel acogió a María, su mujer, en su casa.

Lo que parecía un misterio indescifrable ahora se convierte en revelación del amor de Dios que se quiere hacer presente en medio de la humanidad, será para siempre Emmanuel, Dios con nosotros. Es lo que vamos a celebrar y vivir en los próximos días; emprendemos también esta ultima etapa del camino del Adviento que desemboca en la Navidad, un camino que nos lleva al encuentro con Dios, un camino donde tenemos que dejarnos conducir por su Espíritu, un camino de escucha de la Palabra y de contemplación, un camino que nos lleva a sentir a Dios en nuestro corazón, un camino que nos lleva a vivir en Dios.

Como Abrahán cerramos los ojos y nos ponemos en camino que es también hacer camino para los demás; como María humildes abrimos nuestro corazón para que Dios plante su tienda entre nosotros; como José abrimos las puertas para que Dios venga a vivir con nosotros, pero sabiendo que Dios nos llega por muchos caminos, en distintas personas, en los acontecimientos que van sucediendo a nuestro alrededor. Nos preguntamos cómo, pero sabemos que tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Dios.

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Aprendamos de José a ir a nuestro interior para escuchar ese susurro de Dios y aunque muchos sean los vientos de la vida, la luz permanecerá encendida

 


Aprendamos de José a ir a nuestro interior para escuchar ese susurro de Dios y aunque muchos sean los vientos de la vida, la luz permanecerá encendida

1Juan 1, 5 – 2, 2; Sal 123; Mateo 2, 13-18

Por muchos que sean los vientos la luz permanece encendida. Hemos pasado por vientos fuertes quizás, en algunos lugares por huracanes que todo lo destruyen; si tras el paso por una situación así, nos encontramos con una luz encendida nos podría parecer un milagro. ¿Cómo fue posible que se mantuviera encendida después de tanta destrucción?

Es el milagro que nosotros hemos de contemplar. En nuestra vida, en nuestra sociedad, en ese mundo nuestro tan complejo en el que vivimos, pueden venir fuertes vientos y tempestades, pueden venir momentos difíciles, puede parecernos que todo está tan convulso que no hay quien entienda nada y parece que no tenemos ninguna salida. Ahí está el milagro. Ahí está precisamente lo que es nuestra esperanza. Ahí está lo que estamos celebrando en estos días.

¿No contemplamos, en un determinado momento del evangelio, a Jesús y sus discípulos atravesando el lago en medio de un fuerte huracán cuando incluso parecía que Jesús se desentendía de todo y dormía plácidamente incluso en medio de aquella tormenta? Allí estaba Jesús y se levantó la calma. La luz se mantenía encendida.

Es la esperanza que nos anima desde la fe que hemos puesto en Jesús. La luz se puede mantener encendida. ¿Tenemos esperanza? ¿Hemos puesto nuestra confianza en Jesús? ¿Hemos asumido el evangelio y sus valores como nuestro sentido de vivir? La luz se mantendrá encendida. Pueden venir los temporales y los vientos de todos lados, pero sabemos de quien nos fiamos y quien mantiene encendida nuestra luz. Hemos de saber encontrar caminos.

Hoy el evangelio nos ha hablado de un acontecimiento trágico, ya en el inicio de la vida de aquel niño recién nacido en Belén. Herodes se ha sentido burlado por los Magos de Oriente que no le han hecho caso ni le han avisado de lo que él quería, y su orgullo y sus ansias de poder que podrían estar en peligro con un nuevo rey recién nacido – él sabía incluso que aquella corona que ceñía realmente no le correspondía – y se lanza por el camino de la violencia.

Cuántas veces hacemos lo mismo cuando nos parece que nos sentimos burlados, cuando no conseguimos lo que son nuestras apetencias, cuando descubrimos que hay otra verdad que no queremos aceptar, y nuestro orgullo y nuestra soberbia nos lleva a querer destruir cuanto haya a nuestro alrededor y nos suene a oposición. Cuánto de eso vemos incluso en los que detectan el poder en nuestra sociedad como quieren arrasar con todo lo que no sean sus ideas.

Nos habla el evangelio de aquella matanza de niños inocentes, porque a quien quería Herodes realmente hacer desaparecer era aquel niño recién nacido en Belén. Pero en medio de aquella crueldad hubo un camino. José en sueños recibe el aviso del ángel del Señor. Es la huida a Egipto que también tanto puede significar como testimonio para nuestra vida.

En medio de esas tormentas de la vida, ¿tenemos que saber soñar? Quizás. Pero creo que se nos quiere decir algo más. Ese sueño de José nos está hablando de su vida interior, de ese silencio que él sabía hacer en su corazón para escuchar la voz y la presencia de Dios y no sentirse solo en las situaciones difíciles por las que tenía que pasar. 

Cuánto tenemos que aprender a hacer ese silencio interior; cuánto tenemos que aprender a saber escuchar en nuestro interior. Muchas veces oímos el susurro de esa voz de Dios pero no la escuchamos, seguimos con lo nuestro, nuestras preocupaciones o nuestros intereses, o las cosas que nos entretienen y nos distraen.

Busquemos de verdad en el interior de nuestro corazón y por mucho que sean los vientos la luz permanecerá encendida. Es nuestra esperanza.

jueves, 8 de septiembre de 2022

Hoy nos toca regalar a María en su cumpleaños, acogerla en nuestro corazón y regalarle la flor de nuestra disponibilidad para que se plante siempre en nosotros la Palabra de Dios

 



Hoy nos toca regalar a María en su cumpleaños, acogerla en nuestro corazón y regalarle la flor de nuestra disponibilidad para que se plante siempre en nosotros la Palabra de Dios

 Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Podíamos decir que es de hijo bien nacido el celebrar el cumpleaños de la madre. Lo llevamos en la sangre. Lo vemos en cualquier casa y más hoy que somos tan dados a celebraciones y fiestas. Por muy humilde que se sea y escasos sean los recursos siempre hay para una flor, para un detalle que los hijos ofrecen con amor a su madre; cuando nos falta, y a todos nos llegan esos momentos, vienen los recuerdos, las añoranzas, los sentimientos porque quizá no siempre la festejamos como se merecía, nunca supimos corresponder al amor de una madre.

Hoy es el día de nuestra madre, la que nos regaló Jesús en la cruz, la que era la madre de Dios pero Jesús quiso que también fuera nuestra madre. ‘Ahí tienes a tu madre’, le decía Jesús a Juan desde la cruz en la hora suprema de la muerte; fue algo hermoso que nos dejó como herencia, el regalo de una madre. Hoy 8 de septiembre celebramos la natividad de la Virgen María.

En la devoción popular muchos con los nombres diversos con que la llamamos y festejamos en este día según sean los pueblos y lugares. Recordando brevemente en el entorno más cercano a donde vivo, la llamamos la Virgen de la Luz o la Virgen de los Remedios como advocaciones muy comunes en muchos de nuestros pueblos, pero la llamamos también Nuestra Señor del Socorro que es como una réplica de la Virgen de Candelaria pues se celebra en aquellos lugares donde fue encontrada su imagen o la Virgen del Pino como la celebran en una de nuestras islas o también Virgen de la Natividad recordando su nacimiento.

El evangelio nada nos dice del nacimiento de María, pues todo girará siempre en torno a Jesús; pero los evangelios apócrifos nos hablarán del lugar del nacimiento de María en las cercanías del templo de Jerusalén donde hoy se levanta una basílica en su honor. Lo que sí podemos considerar como algo muy especial su nacimiento, pues recordamos que hace nueve meses celebramos su Inmaculada Concepción para contemplar cómo ella, en virtud de los merecimientos de Cristo Jesús, ya que iba a ser su madre, fue preservada de todo pecado, siempre inmaculada desde el primer instante de su concepción y posterior nacimiento.

Si la Escritura pone en labios de Jesús, en su entrada en el mundo, aquellas palabras proféticamente señaladas en la oración de los salmos ‘aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, ¿qué podríamos decir de ese nacimiento de María que un día llegaría a proclamar que era la esclava del Señor y que se cumpliera en ella según su palabra?

Podríamos atrevernos a decir que así se sentía ella desde que tuvo conocimiento de sí misma, para buscar siempre y en todo lo que era la voluntad del Señor para su vida. De ahí la disponibilidad y la generosidad de su corazón, disponible para la voluntad de Dios, disponible siempre para el servicio a los demás. Podríamos decir que fue como el lema de su vida, en todo siempre y por encima de todo la voluntad de Dios, que se realizara en ella lo que era la Palabra de Dios.

Cuando hacemos un regalo a alguien a quien queremos y más cuando queremos hacer un regalo a la madre, buscaremos lo que más le agrade, lo que más le haga feliz. Hoy nos toca regalar a María, cuando tantos regalos de ella hemos recibido en forma de gracia a lo largo de nuestra vida. José le hizo el regalo de su confianza para aceptar lo que en ella venía de Dios y la acogió en su casa. Juan la recibió en la cruz como madre y la acogió en su casa. Nosotros que la tenemos como madre también queremos acogerla en la casa de nuestra vida pero además queremos ofrecerle una flor.

La flor que le ofrezcamos hoy a María sea el de nuestra disponibilidad para que también nosotros se realice siempre lo que es la voluntad de Dios. Como lo hizo ella. Ya ella también nos enseñó a hacerlo, aunque como sucede siempre tantas veces hemos olvidado. A nosotros nos decía, como a aquellos sirvientes de las bodas de Caná, ‘haced lo que El os diga’. Hoy le decimos a María que así queremos hacer siempre lo que nos dice el Señor, así queremos nosotros también plantar en nuestro corazón la Palabra de Dios. No dejemos marchitar esa flor.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio porque sabe que con cuanto haga y viva está realizando el plan de Dios de salvación para los demás

 


Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio porque sabe que con cuanto haga y viva está realizando el plan de Dios de salvación para los demás

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24

Hay personas que pasan desapercibidas en la vida, que nunca se mencionan y que da la impresión que no hubieran existido si la historia la construimos o la narramos de la prestancia de las personas y de la relevancia que se dan. Sin embargo aunque en su humildad han pasado desapercibidas han ocupado un lugar muy importante y hasta diríamos sobresaliente en la vida. No vendieron quizá su imagen, pero su obra callada quedó y solo los que saben ser observadores podrán descubrir su relevancia.

Hoy la palabra de Dios dirige nuestra mirada a quien quiso pasar así desapercibido por la vida pero que jugó un papel importante en nuestra historia de la salvación. Me refiero a José el esposo de María. En contadas ocasiones se nos menciona en el evangelio y siempre parece que tiene un papel muy secundario. La imagen que en la tradición nos hemos hecho de él, un anciano venerable, lo hace pasar más desapercibido. ¿Por qué razón tenemos que imaginarlo siempre como un anciano venerable cuando en lo poco que se menciona de él se dice que era un artesano de Nazaret? Jesús era el hijo del artesano, así nos aparece en el evangelio, y no podemos pensar entonces en un hombre tan mayor como que lo veamos como anciano. Quizás la humildad con la que pasa tan calladamente por el evangelio nos lo haga figurar así.

Pero por lo que escuchamos hoy en el evangelio de Mateo podemos encontrar en él una persona muy madura humanamente hablando y una persona de una grande fe. Era el esposo de Maria, así nos lo menciona el evangelio aunque en las costumbres propias de la época parece que aun no se hubieran celebrado las bodas porque aún María no convivía en el mismo hogar de José. ‘No conozco varón’, le había dicho María al ángel de la anunciación.

En aquellos misterios de Dios para ofrecernos al Emmanuel por obra del Espíritu Santo María esperaba ya un hijo. Y eso tenía que haber sido algo de gran tormento en el corazón de José, de manera que en secreto para no hacer daño a nadie está decidido a repudiarla. El tormento de su corazón pero la madurez de su vida le hace llevar aquel sufrimiento en silencio, esperando quizá que el Señor le manifieste su voluntad.

Aún no conoce José los designios de Dios. El ángel del Señor se le manifestará en sueños para revelarle todo el misterio de Dios que en María se está realizando. Y José también pone su vida en las manos de Dios. Si María respondió al ángel diciendo que allí estaba la esclava del Señor y se cumpliera en ella según su palabra, José en silencio dice sí a Dios y se llevó a María, su mujer a su hogar. Es el hombre creyente que rumia en silencio todo el misterio de Dios que se le revela y responde a Dios con la obediencia de la fe.

Nos centramos hoy en este episodio que es el que nos ofrece el evangelio en esta ocasión, aunque siguiendo el camino de José veremos cómo tendrá que enfrentarse a momentos difíciles y dolorosos pero siempre con la madurez del creyente que busca lo que es en todo la voluntad de Dios. El camino hasta Belén para el empadronamiento, el nacimiento de su hijo en un establo, la persecución de Herodes y la huida casi como un exiliado a Egipto, etc., son momentos en que como en silencio y de forma madura se va enfrentando a esas diversas situaciones queriendo caminar descubriendo siempre lo que son los designios de Dios. Así, en silencio, ocupa un lugar muy importante en la historia de nuestra salvación.

Preguntas podrían surgir muchas en nuestro corazón desde la contemplación del silencio, de la madurez y de la fe de José. ¿Cómo reaccionamos nosotros ante las dificultades de la vida? nos decimos creyentes, pero ¿sabemos hacer una lectura creyente de cuanto nos sucede para en ello descubrir lo que son los designios de Dios para nuestra vida? porque ser creyente no significa que tengamos que someternos a un destino fatídico al que no encontramos sentido, pero ante el que tenemos que aguantarnos de la forma que sea.

El creyente se pregunta y le pregunta a Dios, el creyente siente inquietud en su corazón y muchas veces también tiene que sufrir mientras no encuentra un sentido y un valor a lo que le sucede, el creyente no simplemente cierra los ojos para dejarse llevar por algo irremediable, sino que saber abrir bien los oídos y los ojos de su corazón para descubrir su lugar, pero para descubrir en el lugar de Dios en cuanto nos sucede, para descubrir el designio de Dios. Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio, como fue el de José, porque sabe que también con cuanto haga y viva está realizando ese plan de Dios de salvación para los demás.

jueves, 17 de diciembre de 2020

El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, mejor a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy

 


El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, mejor a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17

‘Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo’. Alguien podría decir que si estamos empezando la casa por el tejado. Si estamos en Adviento e iniciando esta última semana que tiene unas características especiales como preparación inmediata para la celebración de la Navidad el que ahora aparezca este versículo haciendo referencia al nacimiento de Jesús pudiera parecer como un contrasentido.

Pero no lo es. Es la meta hacia la que vamos. Y bien que necesitamos recordarlo y más en este mundo en que vivimos en que ya ni siquiera algunos quieren mencionar la palabra Navidad contentándose con aquello tan genérico de ‘felices fiestas’. Ya sabemos como estamos terminando en esta sociedad nuestra tan especial en una navidad sin Jesús y si podemos evitar esas palabras, las evitamos.  Alguien me hacía referencia estos días en que ya incluso las iluminaciones ‘navideñas’ de nuestras calles y plazas en la Navidad poco tienen que ver con el sentido de la navidad; muchas veces unas luces y cuantas más mejor para quedar por encima de otros lugares, pero apenas sin referencia a lo que en realidad celebramos.

El versículo que hemos citado al comienzo de esta reflexión viene a ser como el broche final de la genealogía de Jesús que nos propone el evangelista al iniciar el evangelio, la buena nueva de Jesús. ‘Origen (genealogía) de Jesús, hijo de David, hijo de Abraham’, nos dice en su primer versículo. Jesús tiene una historia, pertenece a un pueblo y a una familia, tiene su origen en una raza y en la historia de ese pueblo. Eso nos viene a enseñar la genealogía. Por eso nos dice hijo de David – de la tribu de Judá lo que viene a ser cumplimiento de la bendición y promesa profética de Jacob – e hijo de Abraham para señalar su pertenencia al pueblo de la Alianza que tiene su origen en el patriarca Abraham.

Ya a lo largo del Evangelio en los diferentes evangelistas se nos darán otras connotaciones históricas para situarnos a Jesús en un tiempo concreto de la historia. No es un mito ni una invención, es un personaje de la historia pero que la trasciende, porque ese hijo de David y de Abraham es el Hijo de Dios que ha venido a encarnarse, a hacerse hombre y será en un momento y en una familia concreta, como nos señala a ‘José, el hijo de Jacob y el esposo de María de la cual nació Jesús, llamado Cristo’.

Y ahora, en nuestra historia concreta, en las circunstancias concretas en las que vivimos en el momento presente nosotros vamos a celebrar el nacimiento de Jesús. Algo que no podemos olvidar; algo, por supuesto, que no podemos disimular ni ocultar. Por eso en este momento presente nosotros queremos hacer presente a Jesús. Si en aquel momento histórico en que nació Jesús en Belén fue un rayo de luz que llenó de esperanza la humanidad, hoy necesitamos también ese rayo de luz, porque necesitamos resucitar la esperanza de la humanidad. Otros años quizás nos habíamos sentido como aturdidos por tanto jolgorio y tantas celebraciones externas, este año tenemos el peligro y tentación de dejarnos aturdir por la situación que vivimos y todo lo llenemos de la oscuridad de la desesperanza.

El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, más que algo tendríamos que decir, a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy. El Evangelio de Jesús sigue teniendo mucho que decir al mundo en el que vivimos aunque algunas veces se nos oculte o incluso lo disimulemos. Esa Buena Noticia que es Jesús sigue siendo Buena Noticia hoy y tenemos que proclamarla.

Las mismas circunstancias que vivimos nos pueden hacer recapacitar para darnos cuenta de que son muchas las cosas que tienen que cambiar en nuestro estilo de vida y en nuestro mundo. Es la renovación que nos trae Jesús. Tenemos que dejarnos iluminar por su luz; tenemos que abrir los oídos de nuestro corazón para escucharle; tenemos que abrir todos los sentidos de nuestra vida para que se haga presente en nosotros y a través de nosotros llegue también a iluminar a nuestro mundo.

Miremos cómo lo vamos a hacer; dejémonos inspirar y conducir por su Espíritu que allá en lo  hondo de nosotros nos irá dando pautas y señalando caminos. Pero Jesús es nuestra única salvación.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Sepamos tejer la vida con los valores que nos ofrece el evangelio y nuestras familias cristianas tendrán el colorido de la Sagrada Familia de Nazaret



Sepamos tejer la vida con los valores que nos ofrece el evangelio y nuestras familias cristianas tendrán el colorido de la Sagrada Familia de Nazaret

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23
Seguimos celebrando la Navidad. No es solo el ambiente externo navideño que aún no ha abandonado nuestras calles y nuestros ambientes, aunque pronto se transformará en las fiestas de fin de año y año nuevo, sino que quienes hemos querido meternos hondamente en el misterio de la Navidad lo seguimos sintiendo hondamente y sigue impulsándonos a ese encuentro vivo con el Emmanuel, el Dios con nosotros que nos inunda de su amor y salvación.
Pasará todo este ambiente navideño que vivimos en lo exterior y como hojas que se lleva el viento o planta que no se riega y se cuida debidamente pronto poco a poco se irá acabando y lo sustituiremos por otras fiestas o acontecimientos de la sociedad que llevaran pronto al olvido cuando antes habíamos vivido hasta de una manera loca. Pero el sentido vivo de la navidad no pasará sino que irá dejando huella en nosotros y ojalá fuéramos capaces de ir marcando también con ello la vida de nuestra sociedad para acercarla más al evangelio. Es tarea que tenemos que realizar.
Este domingo siguiente a la navidad tiene un sabor especial. Queremos contemplar y celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret. En la sabiduría y providencia de Dios pudo encarnarse y hacerse hombre de mil maneras, podríamos decir. Pero quiso encarnarse en el seno de María y nacer en el seno de una familia y de un hogar, en el hogar de Nazaret. Nazaret es una gran lección todavía hoy para toda la humanidad. Y es que en Nazaret, un pequeño pueblo que había permanecido en el silencio y en el anonimato a lo largo de la historia, estaba aquel hogar humano, aquella familia en la que había de nacer y crecer nada menos que el Hijo de Dios, hecho hombre.
Nuestra mirada se dirige hoy a aquella familia, en los distintos avatares por los que tuvo que pasar que no fueron nada fáciles, para en ella encontrar ejemplo y estímulo para nuestras propias familias cuando queremos vivir esa realidad desde el sentido de la fe y desde el sentido del evangelio, un sentido cristiano.
Una familia es algo más que una pareja de un hombre y una mujer que porque se aman un día quieren contraer matrimonio. La urdimbre de esa pareja para ser una auténtica familia tiene que estar bien construida, bien conjuntada para crear lo que le va a dar una estabilidad y una hondura, una fortaleza al mismo tiempo que un calor humano y hasta divino que mantenga todas esas condiciones necesarias para ser una verdadera familia.
Allí donde todos van a ser los unos para los otros, porque cada uno va a sentir como propio cuanto le suceda a los demás miembros de la familia, allí donde mutuamente se van a sentir como entrelazados los unos con los otros para hacer un mismo camino aunque cada uno tenga sus características y dones particulares, pero donde siempre van a sentir ese apoyo mutuo que les fortalece y les enriquece y que les da una profunda estabilidad emocional y vital.
Hablando de esa urdimbre, de esa conjunción mutua y de ese sentirse entrelazados los unos con los otros para crear esa unidad familiar me vino a la mente aquellas traperas canarias realizadas en aquellos telares artesanales que hace años aun veíamos en nuestros pueblos y en nuestros campos. Recuerdo ver trabajar en uno de aquellos telares artesanales para realizar una de esas traperas que aun conservo en casa; cómo se preparaba debidamente la urdimbre que iba a ser la base de toda la tarea y por otra parte aquellas tiras con las que se elaboraba la trapera y que en la variedad de colores le daban su vistosidad y su belleza; pero del trabajo de tejer con todo cuidado con todos aquellos materiales y lanas surgía la fortaleza de la trapera elaborada pero también el abrigo que iba a dar para cubrirse de los malos tiempos.
Perdónenme la extensión de la comparación, pero de alguna manera así veo como se han de conjuntar los miembros de una familia entrelazándose mutuamente en el amor que le va a dar fortaleza y estabilidad a la institución familiar. Cada uno ponemos nuestro color que son nuestras cualidades y valores pero con los que mutuamente nos enriquecemos para darle colorido y belleza a la vida. Pero mutuamente nos apoyamos saliendo los unos por los otros en cualquiera de las dificultades que nos puedan ir apareciendo en la vida para en esa unidad sentirnos verdaderamente fuertes. Es el calor humano que nos ofrecemos los unos a los otros porque nunca entonces nos veríamos desamparados.
Es cierto que muchas veces nos aparecen grietas en la vida por donde nos puede entrar aquello que nos corroe y nos destruye, sobrevenidas de las mismas circunstancias de la vida, del carácter y peculiaridad de cada uno que no siempre hemos madurado lo suficiente y la vida se nos puede llenar de fríos que hacen mella en el corazón y nos pueden hacer olvidar aquellos buenos valores que tendríamos que saber cultivar.
Pero es entonces, como cristianos que queremos seguir a Jesús, cuando elevamos nuestra mirada y por una parte contemplamos a esta Sagrada Familia de Nazaret que hoy celebramos, pero también escuchamos en lo más hondo de nosotros la buena nueva del evangelio que una vez más viene a iluminar nuestras oscuridades.
Hoy contemplamos la fortaleza de José, el padre de familia de aquel hogar de Nazaret, para afrontar las dificultades y problemas que van surgiendo buscando siempre lo mejor. Pero es la fortaleza de un hombre creyente, del hombre que busca y quiere encontrar lo que son los caminos de Dios, lo que es la voluntad del Señor y se deja conducir. Cuánto tendríamos que decir en este sentido de esa madurez humana y espiritual que en José podemos contemplar.
Hoy por otra parte en la carta a los Colosenses se nos recuerda una serie de valores y virtudes que si las cultivamos debidamente van a ser como esa urdimbre base de lo que va a ser esa hermosa pieza de nuestra familia. Unos valores y unas virtudes que nos ayudan a entrelazarnos fuertemente los unos con los otros y que van a dar hondura y fortaleza a nuestras vidas y a nuestras familias.
Nos habla el apóstol de compasión entrañable, de bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; de sobrellevarnos mutuamente que significa aceptarnos y respetarnos, de ser capaces de perdonarnos, pero siempre de amarnos y amarnos sin límites buscando siempre la paz. Pero también algo muy importante, que la Palabra de Dios esté siempre plantada en lo hondo de nuestro corazón, para también saber dar gracias, alabar y bendecid al Señor, contar siempre con la fuerza y la gracia de su Espíritu.
Ojalá supiéramos tejer nuestra vida con todos estos valores que así nuestras familias cristianas tendrían otro brillo y otro colorido.



lunes, 18 de diciembre de 2017

Aprendamos a reaccionar con una actitud creyente ante las incertidumbres de la vida, ante las dudas que se nos presentan y que nos inquietan angustian


Aprendamos a reaccionar con una actitud creyente ante las incertidumbres de la vida, ante las dudas que se nos presentan y que nos inquietan angustian

Jeremías 23,5-8; Sal 71; Mateo 1,18-24
Un hombre justo pero un hombre de fe. Así tenemos que decir de san José, cuya figura se nos presenta hoy en el evangelio ya en la cercanía del nacimiento de Jesús. José dudaba, había cosas que no comprendía y se convertían como en un misterio en su corazón que al mismo tiempo por la duda se llenaba de dolor.
Nos sucede también a nosotros. En la vida en ocasiones se nos presentan hechos o acontecimientos que un poco nos descolocan en el camino que estamos siguiendo en la vida; cosas imprevisibles a las que nos cuesta dar respuesta. Nos angustiamos ante el futuro que se nos presenta, sufrimos en nuestro interior en nuestro desconcierto, nos vemos desorientados porque la duda nos llena de sospechas, nos duelen cosas que suceden a personas cercanas a nosotros en que también nos vemos implicados, no lo esperábamos.
Sentimos la tentación de tirar la toalla, como suele decirse, romper con todo para olvidar lo que nos sucede, sentimos desesperación en nuestra impotencia, nos hacemos preguntas en nuestro interior para las que no encontramos respuesta. Alguna vez en la vida pasamos por situaciones así o somos testigos de cómo eso le puede pasar a personas que están a nuestro lado. ¿Qué hacer?
Nos estamos mirando en esas situaciones por las que podemos pasar y lo hacemos partiendo de la duda por la que vemos en el evangelio que esta pasando José. Estaba desposado con María  ‘y antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo’. Era lo que no comprendía José, y podemos imaginar todo el dolor humano que rompería su corazón, todo lo que veníamos reflexionando de lo que sucede en nuestro interior ante las dudas e incertidumbres que se nos presentan en la vida que igual sucedía en el corazón de José.
Pero ya nos dice el evangelista que José era un hombre justo. Una hermosa alabanza que nos habla de la madurez humana de aquel hombre. El evangelio es muy escueto para hablarnos de José, pero cada vez que lo hace es para hablarnos de los problemas que se le iban presentando, pero también de cómo iba afrontándolos. Era un hombre justo que no quería hacer daño, aunque sufriera mucho por dentro. Ya sabemos como suelen ser nuestras reacciones tantas veces.
Pero José era un hombre abierto a Dios, un verdadero creyente para saber escuchar en su corazón lo que Dios quería manifestarle y lo que le iba pidiendo. Era importante el lugar de José en la historia de la salvación. Importante fue el Sí de María en Nazaret ante el anuncio del ángel, pero estamos bien qué importante es este Sí de José ante todo lo que está sucediendo donde él sabe descubrir los designios de Dios.
El evangelio nos habla con el lenguaje de la Escritura y de su tiempo para decirnos como Dios se le manifiesta en sueños. Imaginemos nosotros como queramos la forma, pero él ha sentido la voz de Dios en su corazón. Un ángel, nos dice el evangelista, se le manifestó en sueño para explicarle el sentido de todo. Lo que sucede en María es obra de Dios, es obra del Espíritu divino. El debe aceptar aquel misterio divino que se está realizando ante sus ojos porque de allí nos viene la salvación. ‘La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’.
Y nos recuerda el evangelista, lo recuerda José lo anunciado en la Escritura, ‘lo que había dicho el Señor por el Profeta: Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’. Y José, el hombre justo y el hombre de fe, dice Sí.
¿No tendríamos nosotros también ante la incertidumbre de lo que se nos presenta en la vida, ante esas preguntas sin respuesta que sentimos tantas veces, ante esas dudas que se nos presentan y que nos inquietan y hasta angustian, tratar de responder desde una actitud creyente? ¿Somos en verdad esas personas de fe que intentan descifrar la voz de Dios en los acontecimientos que nos suceden?

domingo, 18 de diciembre de 2016

Como José y como María, a pesar de nuestras dudas y oscuridades, nos abrimos al misterio del Emmanuel que vamos a celebrar para hacer presente la salvación de Dios hoy para todos los hombres

Como José y como María, a pesar de nuestras dudas y oscuridades, nos abrimos al misterio del Emmanuel que vamos a celebrar para hacer presente la salvación de Dios hoy para todos los hombres

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Romanos 1,1-7; Mateo 1,18-24
Nos suceden en ocasiones cosas que nos cuesta entender por muchas vueltas que le demos al asunto, o vemos acontecimientos ante nosotros que nos resultan indescifrables porque no entendemos el por qué de esas cosas que suceden, nos vienen quizá de improviso cuando quizá teníamos otras cosas planeadas y nos vemos envueltos en las sombras de la duda, de la incertidumbre, del no saber qué va a pasar o como vamos a resolverlas. Nos cruzamos de brazos, tratamos quizá de desentendernos del asunto, buscamos una salida que sea lo más honrosa posible, o podemos también emprender el camino de la huida o como hacen tantos de echarle la culpa a los demás. En nuestra honradez y responsabilidad tratamos de buscarle quizá el lado menos malo o con el que menos daño podamos hacer a los demás.
Es a lo que se estaba enfrentando José y no sabia qué sucedía ni como actuar. Buscaba quizá una solución lo más honrosa posible y donde menos daño pudiera hacer, pero no comprendía lo que sucedía en María. Como nos dice el evangelista ‘María estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo’. Este último apunte – ‘por obra del Espíritu Santo’ – ya nos lo adelanta el evangelista como narrador a posteriori de los hechos, pero José de esto no sabía nada.
Pero como nos adelanta también el evangelista ‘José era bueno’, no quería hacer daño a nadie. José se nos manifiesta además un hombre profundamente reflexivo, pero también de espíritu creyente muy grande. Era hombre abierto al Espíritu y bueno sería reflexionar también sobre la espiritualidad de José. Y Dios se le manifiesta allá en su corazón, en sueños que es una manera muy bíblica de expresar esa apertura a Dios pero también cómo Dios se nos manifiesta allá en lo más hondo de nosotros mismos.
Y el ángel del Señor se lo explica todo con claridad. ‘José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’. Y ya el evangelista seguirá explicándonos cómo así se cumplen las Escrituras; nos recuerda lo de Isaías cuando también a un hombre lleno de dudas y que no se atreve a tentar a Dios pidiéndole pruebas el profeta también le anuncie: ‘Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’. Y continuará diciéndonos el evangelista que José se llevó a María, su mujer, a su casa. Aceptó el plan de Dios que se le revelaba.
Escuchamos este evangelio cuando estamos ya a las puertas de la Navidad, estamos en el cuarto domingo de Adviento. Es ya como el pregón inmediato que nos anuncia lo que va a suceder. Pero los pregones se nos hacen para anunciarnos lo que va a suceder pero para que estemos preparados, para que demos los últimos toques, para que entremos ya en el ambiente de lo que ya cercano va a suceder. Un pregón y un anuncio que escuchamos no como algo fuera de nosotros o que nos pareciera extraterrestre sino como algo que tenemos que escuchar aquí y ahora, en el momento que vivimos, con sus luces y con sus sombras.
Se nos anuncia que viene el Emmanuel, que Dios estará y está con nosotros, que es Jesús porque el viene como Salvador, que eso es lo que significa su nombre. Y esa presencia de Dios es ahora y en este mundo en el que vivimos; y esa salvación que nos llega con Jesús es para nosotros, para los hombres de hoy, envueltos en nuestras luchas y problemas, y para este mundo nuestro tan crucificado por tantos sufrimientos, guerras, violencias, injusticias, vanidades, orgullos, indiferencia religiosa, pérdida de valores, tan materialista y tan amante de sensualidades y así tantas cosas más que nos lo llenan de sombras.
Para muchos quizá llega una navidad más y se hace fiesta porque hay que hacer fiesta, y se reúnen las familias porque está bien que al menos una vez al año nos reunamos aunque luego no nos volvamos a ver hasta no sabemos cuando, y se llena todo de luces y se hacen regalos y felicitaciones porque todo el mundo lo hace y nos dejamos llevar por la corriente. Pero ya vemos como incluso algunos quieren desterrar todo sentimiento o manifestación religiosa en las fiestas de estos días, de manera que incluso hasta ya quieren cambiarle el nombre.
Pero quizá algunos queremos pensar en serio en lo que verdaderamente es la navidad, pero viendo el ambiente y la manera de celebrarlo en tantos que nos rodean nos sentimos abrumados, confusos, sin saber quizá qué hacer porque no vamos a nadar contra corriente de lo que todo el mundo hace y tenemos la tentación de dejarnos llevar, porque total con estas fiestas así a nadie molestamos y alguna cosa buena tienen.
Son las dudas de José ante el misterio que estaba ante sus ojos y no terminaba de comprender. Son las dudas que también pueden envolvernos pero a las que hemos de hacer frente sacando lo más hondo de nuestra espiritualidad cristiana y no olvidar de ninguna manera el misterio que celebramos.
También quizá nos preguntamos si esa salvación que nos trae Jesús puede decir algo a la gente de nuestro mundo de hoy y si en verdad con el mensaje de Jesús podemos hacer algo para que nuestro mundo sea mejor. Y es ahí donde tenemos que sacar la firmeza y la fortaleza de nuestra fe. Sí necesita nuestro mundo de la salvación que nos ofrece Jesús. Necesita nuestro mundo, es cierto, esa presencia del Emmanuel, para sentir que en verdad Dios está con nosotros y con Dios podemos hacer que nuestro mundo sea mejor.
José se abrió al misterio de Dios y se dejó inundar por su Palabra. Tomemos ejemplo para estos días que nos quedan antes de la celebración del misterio de la Navidad. José se llevó a María, su mujer a su casa, como le había dicho el ángel. Traigamos nosotros también a nuestra casa, a la casa de nuestra vida, a María, la Madre del Señor que es también nuestra madre.
De ella aprendamos a prepararnos abriendo nuestro corazón al misterio de Dios, para que así hagamos presente de verdad al Emmanuel, no solo porque cantemos bonitos cánticos y villancicos, porque llenemos de luces nuestras casas o nuestras calles, porque tengamos hermosos encuentros familiares y con los amigos en estos días, sino porque en verdad no solo sintamos esa presencia salvadora del Señor en nuestro corazón sino porque también sepamos hacerlo presente a los demás en medio del mundo por nuestros actos, por nuestro amor, por nuestro compromiso, por los gestos que podamos realizar o tener con los demás.
Así haremos autentica navidad haciendo más presente a Dios – el Emmanuel - en nuestro mundo.


miércoles, 19 de marzo de 2014

San José, hombre fiel con una fe silenciosa pero comprometido en el plan salvador de Dios para la humanidad



San José, hombre fiel con una fe silenciosa pero comprometido en el plan salvador de Dios para la humanidad

2Sam. 7, 4-5.12-14.16; Sal. 88; Rom. 4, 13.16-18.22; Mt. 1, 16.18-21.24
‘Este es el criado fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia’, rezaba la antífona de entrada en esta Solemnidad de San José que estamos celebrando haciendo referencia a las palabras de Jesús cuando nos invitaban a la vigilancia y a la fidelidad. La liturgia las utiliza como una alabanza y una bendición  para referirse a san José, fiel y solícito servidor, a quien el Señor escogió en una altísima misión dentro de la historia de la salvación.
Fue ‘el hombre justo que diste por esposo a la Virgen Madre de Dios, como proclamaremos en el prefacio, el servidor fiel y prudente que pusiste al frente de tu familia, para que haciendo las veces de padre, cuidara a tu único Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo’. Altísima misión la de san José. Ocupa un lugar muy importante dentro de la historia de la salvación.
Su sí al plan de Dios es como un eco del sí de María y de una importancia capital para todo el misterio de la Encarnación de Dios y ser el Emmanuel en medio de nosotros; en él descubrimos al hombre justo, al hombre bueno que se deja conducir por la fuerza del Espíritu divino para cumplir la misión que Dios le había encomendado. Cuánto podemos aprender de la fe y de la disponibilidad de san José; cuanto podemos aprender de su silencio que es un rumiar en su corazón todo el misterio de Dios que ante él se estaba realizando.
Lo primero que comenzaríamos a destacar es su fe y la apertura de su corazón a lo que son los planes de Dios. Podríamos destacar su fe desde los retazos que nos da el evangelio de lo que fue la vida y la práctica religiosa de san José y de su hogar de Nazaret. Lo vemos cumplir con todos los ritos prescritos de la circuncisión y de la presentación en el templo como de la subida a Jerusalén en la fiesta de la pascua, que todo buen judío realizaba. Sin forzar demasiado las cosas podemos contemplarlo cada sábado en la sinagoga escuchando la lectura de la ley y los profetas como participando en la oración en común.
Pero para resaltar la fe de san José podemos fijarnos en lo que trasluce de aquellos acontecimientos que se van sucediendo y en los que siempre actuará como un verdadero hombre de fe, como un verdadero creyente. Es la bondad de su corazón para no querer hacer daño a nadie y entonces cuando van sucediéndose cosas que no entiende, decide no denunciar lo que en María su mujer estaba sucediendo. Pero es que ahí descubrimos la apertura de su corazón a Dios; sabe escuchar a Dios que se le manifiesta a través de su ángel en sueños; y sabe asumir y aceptar el plan que Dios tiene para él. ‘Cuando José se despertó hizo lo que le había  mandado el ángel del Señor’, nos dirá el evangelista.
‘Abrahán creyó; apoyado en la esperanza creyó, contra toda esperanza…’ nos decía san Pablo en referencia a Abrahán y cuánto le prometía el Señor. Lo podemos referir perfectamente a san José; nubarrones de dudas inundaban su espíritu cuando nada comprendía de lo que estaba sucediendo. Pero José creyó, contra toda esperanza, contra todo razonamiento humano podríamos decir, y se fió de Dios y se dejó conducir por Dios.
Para él Dios tenía reservada una importante misión. Aquel hijo de María que iba a nacer y que había sido concebido por obra del Espíritu Santo iba a estar a su cuidado de padre, como aparecería siempre ante los ojos de los hombres, de manera que las gentes de Nazaret dirán de Jesús que es el hijo de José, el hijo del carpintero. El Hijo de Dios iba a estar a su cuidado como si fuera su hijo. Importante iba a ser el lugar que José ocuparía dentro de la historia de nuestra salvación, porque a aquel niño había de llamarlo ‘Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados’, como le había dicho el ángel.
En el relato de la anunciación veíamos a María considerando las palabras del ángel porque no terminaba de comprender cuanto le pedía al Señor; ahora vemos dudar a José porque no había entendido lo que estaba sucediendo. María preguntó por el significado de lo que le decía el ángel; pero José guardó silencio, pero fue un silencio de interiorización, un silencio de preguntarse en su interior para escuchar la voz del Señor en su corazón que se le manifiesta a través del ángel. Y será antes de nacimiento de Jesús, y será en su caminar hasta Belén para el empadronamiento queriendo descifrar  lo que son los planes de Dios, y será en su peregrinar hasta el destierro en Egipto, porque la vida del niño habría de preservarse. Pero en todo aparece la fe robusta y profunda de un gran creyente que sabe descubrir los planes de Dios para su vida y también en bien de la humanidad, y realizarlos.
Cuanto tenemos que aprender en este sentido para nuestra vida de cada día. Nos sentimos turbados en tantas ocasiones por las cosas que nos suceden, una enfermedad, un accidente, la discapacidad que va apareciendo en nuestra vida con el paso de los años, problemas que de la  noche a la mañana aparecen en nuestro entorno familiar, acontecimientos que suceden en nuestro entorno o en el ámbito de nuestra sociedad que nos hacen entrar en crisis de todo tipo, en preguntas y en por qué que no sabemos muchas veces contestar.
En medio de todo eso tiene que aparecer la madurez del creyente y del cristiano. Pero sin confusiones  fatalistas. La madurez del creyente no es simplemente resignarse, como si de un destino fatal se tratara, sino que tendrá que aparecer nuestro espíritu de lucha y superación, nuestro deseo de vida y de algo mejor, la búsqueda de soluciones, pero junto a todo eso la apertura a Dios para descubrir qué quiere decirnos el Señor con todo eso que nos sucede. Y eso necesita de silencio interior para rumiar las cosas, para meditar en cuanto sucede, para poder escuchar esa voz de Dios que quizá muchas veces nos habla como un susurro. Es lo que hoy queremos aprender de san José, el hombre del silencio, el hombre de la fe silenciosa, pero el hombre de la fe madura porque era un hombre abierto a la palabra de Dios.
San José, hemos dicho, es el hombre de la fe silenciosa que se volcó hacia Dios, fiándose de Dios, para finalmente cumplir la misión que Dios le confiaba. Puede parecernos como un salto en el vació oscuro, pero con la fe no hay oscuridad sino que pronto se va a descubrir el camino luminoso de la voluntad salvadora del Señor, y en el caso de José, era una salvación para toda la humanidad. Pero quien cree de verdad ese paso lo da con confianza porque se sabe en las manos de Dios y se siente siempre seguro.
Esta solemnidad de san José la estamos haciendo en medio de nuestro camino cuaresmal que nos conduce a la Pascua.  Esta lección que aprendemos de la fe de José para discernir los caminos y los planes de Dios para nuestra vida nos vale muy bien en este recorrido que estamos haciendo en la cuaresma. Aunque José no llegó a vivir la Pascua de la pasión y muerte de Jesús, supo hacer pascua de su vida porque sintió ese paso salvador de Dios por su vida.
Momentos de pasión y de muerte tuvo que vivir en medio de sus dudas o en los momentos duros de su caminar hacia Belén o hacia Egipto. Fue un participar de alguna manera de la Pascua de su Hijo porque en verdad iría haciendo una ofrenda de amor desde su más profundo interior porque era conciente de que cuanto le sucedía y Dios le revelaba era siempre para bien de los demás, como el mismo nombre de Jesús indicaba ‘porque salvará al pueblo de sus pecados’ y ahí tenía su parte también san José. Seguro que ahora goza de la plenitud junto a Dios en el cielo.
Que con su intercesión nos sintamos fortalecidos con la gracia del Señor para que crezca más y más nuestra fe y sea en verdad una fe madura y comprometida. Que su intercesión nos ayude a descubrir también los planes de Dios para nuestra vida y a realizarlos conforme a su voluntad. Pensemos que los dones de Dios que recibimos no son solo para nosotros sino que siempre serán una riqueza para la Iglesia y un bien para nuestro mundo.

domingo, 3 de febrero de 2013


Te consagré, te nombre profeta… no les tengas miedo, yo estoy contigo

Jer. 1, 4-5.17-19; Sal. 70; 1Cor. 12, 31-13, 13; Lc. 4, 21-30
‘Será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones’, escuchamos ayer profetizar al anciano Simeón cuando Jesús fue presentado en el templo. Jesús, como un signo de contradicción, porque ante Jesús hay que decantarse, hay que hacer opción.
No siempre va a ser comprendido su mensaje. Pronto lo vemos en el evangelio, casi en sus primeras páginas. Es lo que estamos contemplando que sucede en la sinagoga de Nazaret. El texto que hoy hemos escuchado es continuación literal del que escuchamos el pasado domingo. Fue la presentación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, donde se había criado. Entonces escuchamos como toda la sinagoga tenía puestos los ojos en El y muchos se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios.
‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, escuchamos el comentario y explicación que Jesús hacía del texto de Isaías proclamado. Hoy, nuestro texto, comienza a partir de esas palabras de Jesús, pero ya vemos que dentro de la admiración y hasta orgullo que sentían por sus palabras, pronto comienzan a preguntarse ‘¿no es este el hijo de José, el carpintero?’ Como se  nos dirá en textos paralelos  ‘¿de donde le viene a éste todo esto? ¿Qué es esa sabiduría… y esos milagros?’ Y finalmente, ante las palabras de Jesús, terminarán ‘poniéndose furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo’.
‘Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra’, les dice Jesús. Y les recuerda episodios de los profetas, de Elías y de Eliseo, hechos que tenían allí contenidos en la Escritura Santa, que alimentó uno a una fenicia, y el otro curó a un sirio de la lepra, mientras en Israel había muchos que padecían hambre o sufrían el mal de la lepra.
Jesús no se arredra ante la indiferencia o la oposición que pueda surgir ante sus palabras y ante su mensaje. Sus palabras son claras y firmes porque además grande es el amor que nos está manifestando. Podemos recordar al profeta Jeremías que escuchábamos en la primera lectura. ‘Te consagré, te nombre profeta de las gentes… Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando; no les tengas miedo… te convierto en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce… lucharán contra ti pero no te podrán, porque yo estoy contigo…’ Hermosas palabras del profeta que nos manifiestan la firmeza y claridad con que se ha de proclamar la Palabra de Dios. Así se presente Jesús ante sus gentes.
Muchas cosas nos quiere decir Jesús en este texto y con estas menciones que hace. La obra de la salvación que Jesús viene a realizar ni se reduce a un pueblo ni solo a unas gentes determinadas. Ya, desde el principio del evangelio, se va manifestando la universalidad de la salvación que Jesús nos ofrece. Todos están llamados a esa salvación, para todos es la gracia del Señor; por nuestra parte, por parte de todos los hombres, sean de la nación que sean, no queda sino la acogida a ese mensaje de salvación. Su sangre derramada, como decimos en la Eucaristía, es para el perdón de los pecados de todos los hombres y lo que el Señor quiere es que todos los hombres alcancen dicha salvación.
Hay una cosa a destacar. No podemos intentar manipular el mensaje salvador de Jesús. Quizá la gente de su pueblo, en el orgullo que pudieran sentir por la fama que les llegaba de Jesús de cómo era acogido por todas partes y de los milagros que hacía, podían sentirse con derecho, podríamos decir, de que a ellos les tocara la mejor parte. Jesús era uno de ellos, era el hijo del José el carpintero y allí se había criado. Podrían ser beneficiarios especiales de las obras de Jesús, de los milagros de Jesús; pero como se nos dirá en otro lugar allí Jesús no realizó ningún milagro por su falta de fe.
Como recordábamos al principio de nuestra reflexión con las palabras de Simeón en la presentación de Jesús en el templo, ‘será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones’. ¿Cuál es la actitud con la que nosotros  nos acercamos a Jesús y a su palabra?
Es necesaria una apertura del corazón, una disponibilidad total desde lo más hondo de nosotros mismos para acoger a Jesús y a su mensaje, una generosidad grande en el sí que le demos a Jesús y a su evangelio; generosidad, disponibilidad, apertura pero para acoger a Jesús no como nosotros nos lo imaginemos o solo en aquellas cosas que nos pudieran parecer mejor para nuestro beneficio sino en la totalidad del Evangelio, sin distingos, sin divisiones, sin elecciones interesadas de parte del mensaje.
Cuántas veces  nos sucede así. Cuántas veces queremos hacer como rebajas en el mensaje cristiano y en la moralidad de nuestra vida. Cuántas veces nos decimos que hay cosas que cambiar, que hay que modernizarse y ponerse con los tiempos. O cuántas veces le ponemos ‘peros’ según quién sea el que nos está trasmitiendo el mensaje. Nuestra respuesta a Jesús y al evangelio tiene que ser siempre radical, con la totalidad de nuestra vida. No nos valen las rebajas cuando se trata de seguir a Jesús.
A la gente de Nazaret les costaba aceptar que aquel que entre ellos se había criado ahora pudiera presentarse ante ellos como maestro que les enseñara. Aunque sentían admiración y hasta orgullo, como antes decíamos, sin embargo sus mentes se cerraban para aceptar el mensaje de vida y de salvación que Jesús les pudiera ofrecer. Como nos puede suceder a veces a nosotros que no tenemos la humildad suficiente para aceptar el mensaje que se nos trasmite.
Olvidamos fácilmente que es el Espíritu del Señor el que está detrás de esa enseñanza, de ese mensaje; que nuestras garantías de verdad no son garantías humanas, sino que es la garantía del Espíritu de Dios que está en su Iglesia, que está en aquellos que en la Iglesia nos trasmiten la Palabra de Dios. La Iglesia, asistida por el Espíritu, se presenta ante nuestros ojos, se ha de presentar ante el mundo como esa Iglesia profética que nos anuncia ese mensaje de vida que en verdad nos conducirá a la mayor plenitud. El mundo necesita de esa Iglesia profética, necesita de esos profetas que nos trasmitan la Palabra de Dios con claridad y con valentía.
Tenemos, pues, que saber reconocer la voz profética de nuestros pastores y dar gracias a Dios porque no faltan profetas en nuestro mundo que levanten esa voz que despierte las conciencias, que abran la mente y los corazones a la trascendencia, que ayuden a descubrir esos valores más altos que eleven nuestra vida en búsqueda de plenitud, que nos ayuden a descubrir a Dios.
Hemos de reconocer y dar gracias a Dios por esos grandes profetas que en los últimos tiempos se han levantado ante nuestros ojos, un Juan XXIII con su visión profética para convocar un concilio, un Pablo VI que supo llevarlo a término y aplicarlo, un Juan Pablo I que cautivo en poco tiempo al mundo con su sonrisa que levantaba esperanza, un Juan Pablo II con esa voz valiente que recorrió el mundo, nuestro Papa actual, una Teresa de Calcuta y tantos y tantos más profetas de nuestro tiempo que haríamos interminable la lista.
Eso nos recuerda también que nosotros hemos de ser profetas, porque estamos también participando de la misión de Cristo, y no nos hemos de acobardar ni esconder porque sabemos que Dios también está con nosotros. 

sábado, 25 de diciembre de 2010

Es navidad porque ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre


Es navidad porque ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre

Caminaba ayer en la mañana por la calle ensimismado en mis pensamientos cuando detrás de mi escuché la angelical voz de un niño que iba cantando con mucha alegría ‘cumpleaños feliz’. Curioso me volví y miré a su madre con una sonrisa y espontáneamente me dijo, es su cumpleaños pero él se lo va cantando a todos.

Ese detalle tan bonito de aquel niño me hizo pensar. Estamos nosotros también celebrando un cumpleaños; es el cumpleaños de Jesús, celebramos su nacimiento hoy. Tendríamos que cantarle nosotros a El el cumpleaños feliz – lo queremos hacer con nuestros cantos y con toda nuestra fiesta -, pero resulta que es Jesús el que quiere cantarnos a nosotros - sí, El a nosotros – el cumpleaños feliz. Nosotros nos alegramos y nos felicitamos porque estamos celebrando el nacimiento de Jesús. Y con mucha y honda alegría tenemos que celebrarlo.

Hoy es un día grande porque el que tenemos que felicitarnos, es cierto. Pero nos felicitamos no sólo porque ahora todo el mundo tiene buenos deseos los unos para con los otros. Eso está bien y así cada día tendríamos que saber hacernos felices los unos a los otros. Pero nos felicitamos porque tenemos a Jesús, porque celebramos su nacimiento, con todo lo que eso significa para nosotros, y para nuestro mundo. Y de ahí es de donde tiene que brotar toda nuestra alegría; eso es lo que tiene que producir en nuestros corazones todos esos buenos deseos que hoy nos tenemos.

Anoche nos sentimos sorprendidos con su nacimiento y con el anuncio de los ángeles de que entre nosotros teníamos ya un Salvador. Como aquellos pastores de Belén corríamos anoche hasta el portal, corremos ahora en esta mañana de pascua, venimos aquí para ver, para contemplar eso que el Señor nos ha anunciado por medio del ángel.

Hoy toda la Iglesia se congrega en torno a este Niño nacido en Belén que bien sabemos que es el Emmanuel, que es Dios con nosotros, que es nuestro Salvador que viene a liberarnos de las tinieblas y a inundarnos de su luz. Con gozo grande, con alegría profunda queremos celebrar con la mayor sencillez al tiempo que con la solemnidad que se merece el Señor la Eucaristía en este día de Pascua.

Bueno será que nos detengamos un poco a considerar el misterio grande que celebramos. Maravilla del amor de Dios, locura de amor. ‘En el misterio santo que hoy celebramos, Cristo, el Señor, sin dejar la gloria del Padre, se hace presente entre nosotros de un modo nuevo; el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para ssumir en sí todo lo creado, para reconstruir lo que estaba caído y restaurar de este modo el universo, para llamar de nuevo al reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado’.

Así lo expresa maravillosamente la liturgia de este día en uno de los prefacios de la Navidad. Presente en medio de nosotros, lo contemplamos asumiendo nuestra naturaleza pero para darnos vida, para elevarnos, para limpiarnos y purificarnos de nuestro pecado, para regalarnos su vida. Toma nuestra vida y nos regala su vida. Cargará con nuestro pecado para llenarnos de gracia.

Todo eso hemos de contemplar al mirar a este Niño recien nacido en Belén. No nos quedamos en un niño aunque ahora lo contemplemos en el misterio de su nacimiento. Es Dios verdadero en medio nuestro al hacerse también verdadero hombre. Se hace así nuestra salvación, nuestra vida. No podemos separarlo nunca del misterio pascual. Pensemos que estamos celebrando hoy su nacimiento y lo hacemos celebrando el misterio pascual de su muerte y resurrección que es lo que celebramos y proclamamos siempre en la Eucaristía.

Necesitamos, sí, penetrar con fe profunda en el misterio que estamos celebrando y así nos llenaremos de inmensa alegría. Una alegría que nace de toda esta consideración que nos hacemos del amor que el Señor nos tiene y alegría que vivimos hondamente en la medida en que queremos comenzar a vivir esa nueva vida de amor a la que El nos llama. Por eso nos desbordamos en estos días en gestos de amor para con los demás; parecería que todos somos más buenos; parece que la paz es más posible, y la armonía entre todos; hoy nos sentimos más impulsados a buscar lo bueno para con los demás y a hacernos felices los unos a los otros.

Pero todo eso tiene que nacer de Jesús, de su amor, de ese regalo grande que Dios nos ha hecho cuando nos ha dado a Jesús, cuando se ha hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación. Sí así lo hacemos lo podremos vivir con mayor profundidad y hondura. No será un deseo fugaz o una palabra que se lleva el viento, o la alegría que surja por estímulos artificiales.

Cuando comenzamos al revés, y digo al revés en el sentido de que lo hacemos buscando cosas externas que nos estimulen a esa alegría y a esa fiesta, todo se quedará en nada, en unos días de fiesta pasajera, pasarán esos momentos de euforia y seguiremos luego con las mismas batallitas de todos los días y con las mismas negruras en nuestras relaciones. Qué lástima que para muchos la navidad se quede en eso nada más.

Pero cuando arrancamos de verdad de ese amor tan grande de Dios que se nos manifiesta en Cristo, entonces sí que estaremos comenzando un mundo nuevo de auténtico amor y verdadera fraternidad. Los que vivimos inmersos en la luz de la Palabra hecha carne hemos de hacer resplandecer en obras y en obras de amor esa fe que tenemos en nuestro corazón. Es una de las peticiones que hacemos en las oraciones de la liturgia de este día.

Que resplandezca con el nacimiento de Jesús nuestra fe; que resplandezca nuestro amor. Nos llenamos de alegría y queremos contargiar de esa alegría verdadera al mundo. Que con la presencia de Cristo en nuestra vida, dejándolo que penetre profundamente en nuestro corazón, desaparezcan para siempre esas superficialidades y vanalidades.

En en el Niño Dios que contemplamos nacer hoy en Belén tenemos toda la fuerza que puede transformar nuestro mundo. ‘Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro salvador, y su amor al hombre…’ nos decía el apóstol en una de las lecturas de esta fiesta. Tenemos el amor que es el que en verdad lo transformará; el amor que hará que nuestro mundo sea mejor cuando nos amemos más entre nosotros, seamos capaces de compartir y ser solidarios los unos con los otros, el amor que nos hace hermanos y nos hará vivir en paz y en bonita armonía. Pidamos esa gracia del Señor.

El evangelio del nacimiento nos dice que después que los pastores llegaron al lugar del nacimiento, contemplando ‘a María y a José, y al niño acostado en el pesebre… se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído, todo como les habían dicho’. Es como nosotros tenemos que prolongar nuestra celebración más allá de los muros de la iglesia en que lo celebremos, porque daremos gloria y alabanza a Dios contando a todos lo que es nuestra fe, lo que hoy hemos contemplado y celebrado. Cuando nos felicitemos, pues, los unos a los otros en este día de Navidad hemos de hacerlo haciendo referencia a Jesús porque esa es, tiene que ser la verdadera Navidad que celebramos y que vivimos.