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sábado, 13 de septiembre de 2025

Unas raíces dañadas o que se quedan en la superficie no tendrán la fuerza para alimentar y sostener el árbol y hacer que dé buenos frutos ¿será así nuestra vida?

 


Unas raíces dañadas o que se quedan en la superficie no tendrán la fuerza para alimentar y sostener el árbol y hacer que dé buenos frutos ¿será así nuestra vida?

1Timoteo 1,15-17; Salmo 112; Lucas 6, 43-49

Cada mañana en mi paseo de cada día paso junto a una huerta que está en las cercanías de mi casa; está dedicada a cultivos menores, tiene algunos árboles frutales y unas vides, que casi tendría que ser su cultivo principal; pero he venido observando que ni son aprovechables los frutos de esos árboles ni pueden tener una cosecha beneficiosa de las uvas que cultivan; las plantas y los árboles están, podíamos decir, enfermos por las plagas que les afectan y los frutos no son nada aprovechables, más bien los vemos por los suelos e inservibles.  No entro en juicio por respeto sobre lo que dichos agricultores realizan con su campo, pero es cierto que el cuidado no es el mejor, donde podría haber hermosos frutos, todo casi se convierte en árboles y plantas dañadas y todo es inservible.

Me fijo en estas cosas y pienso en lo que hago o como cuido mi vida, mirando también mucho de lo que sucede alrededor. No es solo vivir, porque, por decirlo así, respiramos. Necesitamos una prevención y un cuidado para que el mal no nos dañe, para que finalmente los frutos de nuestra vida sean buenos. En principio Dios nos ha creado para que seamos árbol bueno; bien lo dice la Biblia cuando nos habla de la creación donde cada cosa que va saliendo de las manos de Dios, nos dice ‘y vio Dios que era bueno’. El maligno ya inoculó su veneno en el corazón de Eva y de Adán despertando la ambición y el orgullo, y como decimos, así entró el mal en el mundo. Es la tentación que nosotros seguimos teniendo y el mal también se va metiendo en nuestro corazón.

Es hermoso lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos’. Y añade. ‘El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa del corazón lo habla la boca’.

¿Qué sale de nuestro corazón? Es importante que lo consideremos y analicemos nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra manera de actuar. Nos metemos muchas veces en una pendiente muy resbaladiza, y nos dejamos arrastrar. Es necesario detenernos y descubrir lo que está dañado en nosotros para curarlo; descubrir que es lo que vamos guardando en nuestro corazón, cuales son nuestros recuerdos por ejemplo de lo vivido y la reacción de nuestros sentimientos ante lo que nos va sucediendo; acumulamos muchas veces demasiadas tensiones y la cuerda tensa se puede romper; mantenemos muchas heridas abiertas en nuestro corazón por los roces que vamos teniendo en la vida y no nos preocupamos de curarlas, y una herida mal curada hará que la enfermedad se vaya extendiendo, los sentimientos negativos sigan permaneciendo en nosotros y se irá dañando nuestro espíritu; cuántos malos humores que tenemos muchas veces que nos hace reaccionar mal con todo el mundo son consecuencia de esas heridas mal curadas.

Tenemos que buscar una solidez para nuestra vida y por eso es importante tener una vida sana, pero tener sano el corazón. Un cimiento con un cemento corroído no tendrá la suficiente fortaleza para sostener el edificio. Nos habla hoy Jesús del edificio edificado sobre roca, que aguantará vientos y tempestades. 

¿Dónde habremos buscado nosotros esa fortaleza del espíritu? ¿Cuál es el fondo de nuestra espiritualidad? ¿Nos estaremos quedando en la superficialidad? Las raíces que no se ahondan en la tierra, sino que se quedan en la tierra superficial no tendrán la fuerza necesaria para alimentar y para sostener el árbol. ¿Estaremos haciendo eso con nuestra vida?

sábado, 27 de julio de 2024

Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor traducido en muchos gestos y en cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor

 


Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor traducido en muchos gestos y en cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor

Jeremías 7,1-11; Salmo 83;  Mateo 13,24-30

Cada mañana cuando despierto me gusta quedarme soñando, sí, sueño con lo que quisiera que fuera mi día, es de alguna manera la oración que elevo a Dios pidiendo por la bondad de ese día y cómo podría yo vivirlo con intensidad; es también el deseo que expresaré luego en mi saludo a mis amigos a través de las redes sociales; mis sueños quieren ver un mundo maravilloso, donde todos podamos ser felices, donde nos entendamos y nos mantengamos unidos, donde todos trabajemos por la paz y por el desarrollo de ese mundo; un mundo de utopía pueden decirme algunos, pero necesitamos soñar, necesitamos creemos que en verdad podamos vivir en un mundo mejor y todos podemos poner nuestro granito de arena para que eso sea posible.

Pero bien sabemos que luego la realidad es distinta, porque aparecerán las sombras, porque aparecen nuestras maldades y nuestros egoísmos, porque aparecen las ambiciones que nos llenan de violencias para conseguirlas. Y no es que eso nos venga de fuera, nos venga de otros – que también vendrá – sino que todo eso está naciendo también en nuestro corazón cuando lo dejamos llenar de sombras y de muerte.

¿Qué hacer? ¿Destruirlo todo porque se ha llenado de maldad? O como pensamos tantas veces cuando nos quejamos de las injusticias que vemos en el mundo y que hacen sufrir a tantas personas, ¿por qué no los quitamos de en medio y todo ese mal desaparecerá?  Pero es que no podemos pensar solo en el mal que podamos ver hacer a los demás, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos que también nos dejamos muchas veces arrastrar por ese mal. Paciencia tiene Dios con nosotros que siempre está esperando que demos ese paso bueno que nos haga mejores.

De esto nos está hablando Jesús hoy en la parábola. El buen hombre soñaba también en poder recoger una buena cosecha y con esos buenos deseos sembró su tierra con buena semilla. Pero pronto apareció la cizaña que todo lo llenaba de maleza y maleaba aquella posible buena cosecha. Por allá andan aquellos buenos criados de buena voluntad, que quieren ir a arrancar la cizaña planta a planta para liberar a la buena semilla allí plantada. Pero el amo les decía que dejara que crecieran juntas, que a la hora de la cosecha ya se encargaría de que separaran una de otra para quemar las malas hierbas, pero la buena cosecha guardarla en el granero. Es la paciencia de Dios.

Así andamos en la vida, queremos ser buenos, queremos hacer las cosas bien, también soñamos en cuantas cosas buenas podríamos hacer, soñamos cómo podemos hacer que nuestras comunidades sean más vivas, que nuestro mundo sea mejor, que desaparezcan tantas violencias y enemistades, pero nos encontramos envueltos en un mundo de violencias, de egoísmos, de rencores y gente que no se perdona, de tantas insolidaridades que nos encierran en nosotros mismos y enturbian nuestra mirada.

Y es ahí donde tenemos que estar; es ahí donde tenemos que manifestar que nosotros tenemos otras metas y otros ideales, que otros son nuestros principios, que creemos de verdad que si ponemos un poco más de amor y de comprensión las cosas marcharían mejor, que no nos podemos cegar pensando solo en nosotros mismos, en nuestros beneficios, sino que tenemos que abrir nuestra mirada y nuestro corazón a ese mundo que necesita de nuestra mano de amor.

No siempre los cristianos estamos llevando a término nuestro compromiso, y también nos echamos para detrás, también nos dejamos envolver por esas maneras de pensar, y ya es hora que despertemos, que demos ese testimonio que el mundo necesita. Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor que se tienen que traducir en muchos gestos y en muchas cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor.

martes, 20 de junio de 2023

Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción

 


Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción

2Corintios  7, 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48

Hemos de reconocer que mientras no nos molesten en la vida somos pacíficos; nos gusta llevarnos bien con la familia, con los vecinos, y con la gente que nos encontramos por la calle normalmente somos corteses y educados. Está bien, pero, como decíamos, mientras no nos molesten.

Si un día alguien nos contrarió en algo, si sabemos que tiene ideas distintas a las nuestras – y no digamos nada cuando nos metemos con la política o los políticos -, si alguien en un momento determinado hizo algo que nosotros pudiéramos considerar ofensivo, entonces las cosas cambian, nos dejamos de hablar, comenzamos a mirarnos de lado,  ya en todo lo que hace siempre encontraremos un defecto, una maldad o malicia que muchas veces más que nada es la que nosotros tenemos, ya no somos tan amigables ni corteses. Es nuestra realidad de cada día, lo que nos vamos encontrando, pero lo que vamos haciendo también. Ya parece que todos nos son tan buenos.

Y decimos que vivimos en un ambiente de cristianos, si nos preguntan o nos quieren echar en cada, ya estaremos diciendo que somos cristianos de toda la vida y ponemos mil razonamientos o justificaciones más. Pero realmente, seamos sinceros, ¿dónde están los valores del evangelio? ¿Cuáles son nuestros criterios para actuar según el espíritu y el sentido del evangelio? ¿Habremos dado el paso adelante que nos pide Jesús? ¿Qué es lo que de verdad nos define como cristianos?

Es lo que Jesús nos va desgranando en el sermón de la montaña. Y nos habla de la acogida mutua que siempre hemos de ejercer, sea quien sea; para un cristiano no pueden haber enemigos, un cristiano siempre ha de tener la mirada limpia y luminosa para ser capaz de ver en el otro un hermano, un cristiano siempre tiene el corazón abierto a la comprensión y al perdón, un cristiano si algo tiene que destacar es en la capacidad de amar.

Y es que nos decimos cristianos cuando hemos optado por Jesús, cuando somos capaces de poner como criterios de nuestra vida los criterios de Jesús. Y lo primero que nos dice Jesús es que Dios nos ama y es nuestro Padre; en consecuencia de Dios para abajo todos somos hermanos, y los hermanos se aman y se perdonan, los hermanos, porque nos conocemos y nos amamos, comprendemos las limitaciones de los demás como reconocemos también las propias y lo que vamos a hacer es ayudarnos mutuamente para superar esas limitaciones sin tener en cuenta los roces que se hayan producido entre nosotros. El otro no es un adversario sino un hermano.

Y nos habla Jesús del Padre bueno que hace salir el sol sobre todos, sean malos o sean buenos. Y nos habla Jesús que no solo haremos el bien a aquel que ya ha sido bueno con nosotros, porque eso lo puede hacer cualquiera aunque no se llame cristiano, sino que con todos vamos a tener un corazón generoso capaz de darse sin esperar compensación, y compartiendo también con aquel que quizá nunca tuvo un gesto bondadoso conmigo.

Si ayudamos solo a los que nos ayudan, ¿qué mérito tenemos? Si saludamos solo a los que nos saludan, ¿qué es lo que estamos haciendo de extraordinario? Por eso nos dice Jesús que incluso recemos por aquellos que nos hayan ofendido. Una diferencia tiene que haber en nuestra vida.

Y nos dice Jesús que cuando actuemos así es cuando en verdad nos estamos manifestando como hijos del Padre celestial. Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción. Es más nos dice que en esto tenemos que ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. El amor ha de ser el primer brillo y resplandor de nuestra santidad.

 

domingo, 26 de diciembre de 2021

En la Sagrada Familia de Nazaret encontramos un sentido y valor que hemos de saber ofrecer a nuestro mundo y contribuya a la riqueza de los valores de la familia humana

 


En la Sagrada Familia de Nazaret encontramos un sentido y valor que hemos de saber ofrecer a nuestro mundo y contribuya a la riqueza de los valores de la familia humana

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52

En este domingo que sigue al día de Navidad es tradicional en la liturgia de la Iglesia que se nos presente a nuestra consideración la Sagrada Familia de Nazaret. Aunque no son muchos los datos que nos ofrece el Evangelio de la vida de Jesús transcurrida en el seno de la familia esos pequeños cuadros que se nos ofrecen de la infancia de Jesús nos llevan a mirar a esta familia en cuyo seno quiso encarnarse y nacer y crecer como hombre el Hijo de Dios. Nuestra mirada se dirige a Nazaret, verdadera escuela de sabiduría para la familia cristiana.

El episodio que se nos ofrece hoy en el evangelio nos habla de ese momento en que Jesús niño se hacía hombre y según las costumbres judías en esa edad de la pubertad comenzaba ya a mirarse como hombre pudiendo incluso tomar sus decisiones. Pero ello, aunque sucedido en una subida al Templo de Jerusalén para la fiesta de la Pascua – algún significado puede tener también en relación a la Pascua en que Cristo se había de entregar haciendo su propia Pascua –, se enmarca en la estancia de Jesús en Nazaret, a donde se dice que bajó y estaba sujeto a ellos, queriendo significar ese vivir en el seno de aquella familia de Nazaret.

Este querer contemplar el cuadro de la Sagrada Familia de Nazaret nos vale para echar también una mirada a nuestras familias, con sus luces y con sus sombras, a las que nosotros pertenecemos o que nosotros formamos, donde hemos crecido como  hijos y hemos madurado como personas, donde nos hemos desarrollado aprendiendo todos esos valores humanos y espirituales que nos hacen crecer y que nos hacen madurar en la vida. Es variado como un abanico multicolor el sentido y la vivencia de la familia que podemos contemplar en nosotros y podemos contemplar en nuestro entorno.

No somos quienes para enjuiciar esa variopinta realidad del sentido de familia que podemos contemplar donde siempre tenemos algo que aprender pero que tendría por otra parte que ayudarnos a clarificar el concepto y el sentido que desde nuestros valores cristianos nosotros queremos vivir. Cada uno puede tener su sentido desde sus propios valores y desde el sentido que le quiera dar a su vida. Nosotros, que decimos que el sentido de nuestra vida lo encontramos en nuestra fe en Jesús y en el espíritu del Evangelio, es desde ahí donde tenemos que ahondar, profundizar para vivir esa realidad de nuestra vida. Es lo que tenemos que clarificar con toda profundidad, con un respeto grande también a lo que puedan sentir o vivir lo demás, el sentido de nuestra vida desde nuestra fe en Jesús que será lo que llamamos un sentido cristiano.

En la carta a los Colosenses, que se nos ofrece en la liturgia de hoy, se nos presentan una serie de valores importantes para el crecimiento y maduración de los miembros de la comunidad cristiana que pueden ser en verdad piedras miliares que nos señalen un camino, verdaderos cimientos y fundamentos del edificio de nuestra vida. Se nos habla de revestirnos, que no es simplemente ponernos un vestido como un disfraz sino algo más profundo porque será dar la verdadera imagen de lo que tiene que ser nuestra vida.

‘Revestíos, se nos dice de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia…’ y añade lo importante que es la aceptación mutua y el perdón cuando queremos caminar caminos de paz y de amor. Un camino de sencillez, un camino de autenticidad, un camino de humildad, un camino de acogida mutua ofreciendo de nuestra parte lo mejor de nuestra ternura. Podrían parecer cosas intranscendentes y que no tienen tanta importancia, pero son verdadero norte de nuestra vida. Aleja de nosotros la falsedad y la vanidad, aleja de nosotros el orgullo y todo tipo de violencia, pone en nosotros lazos que nos llevan al encuentro y a la unidad, van encauzando nuestra vida por todo lo que signifique diálogo y entendimiento.

Si fuéramos capaces de ir cultivando en nuestra vida, en nuestras relaciones con los demás, y en este caso en nuestras relaciones familiares esos valores qué entorno de felicidad podríamos ir creando, qué semillero de vida haría florecer en nosotros las mejores virtudes, qué caldo de cultivo más maravilloso tendríamos para nuestro crecimiento y maduración como personas. Sería lo que querríamos hacer en el seno familiar en todos sus miembros y sería la mejor oferta que pudiéramos hacer para el crecimiento de los frutos de nuestro amor que son los hijos.

Hoy lo queremos contemplar en aquel hogar de Nazaret. ‘Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres’, nos describe el evangelista lo que significó para Jesús aquel entorno familiar de Nazaret. Es lo que hoy queremos aprender para nuestra vivencia personal y familiar. Nos decía también la carta a los Colosenses algo que no podemos olvidar para una familia creyente y para una familia que en Cristo quiere encontrar toda su luz y todo su sentido: ‘Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él’.

Solo en el Señor, con la fuerza del espíritu del Señor podremos conseguirlo; así ha de estar presente en nuestra vida nuestra acción de gracias y nuestra alabanza al Señor, pero también la escucha atenta de su Palabra. Es nuestra luz y nuestra fuerza. Es lo que contemplamos en Nazaret y es la oferta que nosotros podemos hacer también a nuestro mundo para esa riqueza grande que es el matrimonio y es la familia.

jueves, 9 de septiembre de 2021

La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas sino que siempre habrá un paso más allá que podamos dar

 


La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas  sino que siempre habrá un paso más allá que podamos dar

 Colosenses 3,12-17; Sal 150; Lucas 6,27-38

Yo soy bueno con los demás, decimos con facilidad; los que son buenos conmigo no tienen por qué quejarse, porque yo soy agradecido y soy también bueno con ellos. Hemos escuchado muchas veces, hemos pensado también quizás, y es la forma de bondad natural que tenemos con los demás de forma habitual. Claro que así pronto cerramos el círculo y vivimos atentos solo a los que están más cercanos a nosotros y con los que nos llevamos bien, pero el campo de la humanidad tendríamos que pensar que es mucho más amplio. ¿Nos podemos quedar reducidos solo a esto?

Jesús nos viene a decir hoy en el evangelio que eso lo hace cualquiera, pero que quienes le seguimos a El no podemos actuar como cualquiera, sino que en algo que tenemos diferenciarnos; no porque nos vayamos a poner en un estadio superior, sino porque los que optamos por el Reino de Dios en algo se ha de notar que queremos vivir ese Reino de Dios. Un Reino de Dios que es para todos, al que todos estamos invitados, el que hemos de ir construyendo haciendo que de él todos participemos. Y cuando entramos en esa tesitura nos damos cuenta que otras son las medidas, que otro es el estilo de ese amor.

Es lo que nos enseña hoy Jesús en el evangelio. Nos da otras medidas para el amor. Porque ya no tenemos solo que amar a los que nos aman y hacen bien, porque como dice Jesús, eso lo hacen también los gentiles. Si saludas solo al que te saluda, no haces nada extraordinario, nos viene a decir. ‘Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo’.

Por eso Jesús nos hablará de amor también a los que no nos aman, de amor incluso a los que nos odian, de amor a los enemigos, de perdón generoso para todos, porque nosotros nos impregnamos del amor generoso de Dios que ha sido compasivo y misericordioso con nosotros y con esa misma compasión y misericordia tenemos nosotros que amar a los demás. ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos’.

La medida de nuestro amor es el amor de Dios. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’.

 Cada vez que escucho este texto del evangelio en eso de que ‘os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante’, y lo he comentado muchas veces recuerdo un gesto de mi padre cuando quería dar un cesto de papas a algún vecino después de la cosecha, no se contentaba con llenar más o menos el cesto sino que lo removía, lo remecía, para que pudieran ponerse aun encima un puñado más de papas. 

La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas, como nos enseña Jesús, siempre habrá un paso más allá en nuestro amor que podamos dar. No solo al que ya es bueno conmigo sino también al que no me puede tragar. Cuando copiamos el amor de Dios en algo tiene que notarse la diferencia.

Qué hermoso lo que nos decía san Pablo en la carta a los cristianos de Colosas. ‘Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo’. Así el amor será el ceñidor que envuelva nuestra vida, así resplandecerá para siempre la paz.

lunes, 27 de enero de 2020

Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad


Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30
Sembrar desconfianza es como ir socavando el terreno por los cimientos y como aparentemente nadie lo ve o se da cuenta pronto el edificio se vendrá abajo. Parece una maldad grande y así es realmente y con frecuencia nos encontramos actitudes así en la vida. No podemos alcanzar las altas cotas que otros están logrando con su tarea, nos corroe la envidia por dentro y buscaríamos la forma que fuera para destruir.
Y una forma es sembrar desconfianza; una forma es querer quitar el prestigio de aquel que vemos como contrincante. Es un lenguaje que vemos con demasiada frecuencia en la vida social, en la vida política, donde se siembra con facilidad la sospecha de los dobles intereses, se hace desconfiar de la gente porque les ponemos intenciones que ellos no tienen, porque aplicamos el éxito de lo que los otros han conseguido a las malas artes. Cuantas situaciones en este sentido podemos ver cada día en la vida social y en la vida política, pero que eso luego se traslada también a nuestras relaciones personales con los que estamos más cerca. Nos volvemos destructivos en lugar de ser constructores aprovechando todo  lo bueno de los demás.
Cuando le has quitado el prestigio a alguien con tus falsedades que difícil es que lo pueda recuperar. Es lo que hacemos con las críticas destructivas, que es como si desplumaras a una gallina en la calle un día de viento y luego quisieras recoger de nuevo las plumas. Y esos bulos corren disparatados sin que nadie los pueda detener; es lo que ahora llaman las falsas noticias, fake news creo que se dice ahora, para distraer al personal de lo que está sucediendo y para socavar lo bueno que los otros puedan estar haciendo. No somos capaces de aceptar nuestra incapacidad para hacer algo bueno pero lo que hacemos es desprestigiar al otro.
Es lo que vemos que sucede con Jesús. Hay quien no puede aceptar aquel mensaje nuevo que Jesús les ofrece. Anclados en su conservadurismo, que muchas veces es cuidar por sus posicionamientos, por las ventajas y beneficios que para ellos mismos tienen, no son capaces de abrirse a aquel mundo nuevo, a aquel sentido nuevo de las cosas, de la vida, que les ofrece Jesús.
Son graves las acusaciones que hacen contra Jesús, graves y blasfemas. Por eso les dirá Jesús que quien peca contra el Espíritu Santo no tiene perdón, porque quien niega la acción del Espíritu divino en nuestros corazones nunca será capaz de reconocer la negrura de su corazón y abrirse a la gracia misericordiosa de Dios. Acusan a Jesús de que obra con el poder del maligno; es algo muy grave lo que están diciendo.
No podemos negar el amor y la misericordia de Dios cuando lo vemos tan palpable delante de nuestros ojos. Es la acción de Jesús que nos muestra el rostro misericordioso de Dios en aquellos signos que realiza. Pero veamos eso mismo en nuestra propia vida, o en lo que sucede a nuestro alrededor. Eso bueno que vemos realizar a los demás ¿por qué no lo vemos como una gracia de Dios para nosotros, porque en esas obras buenas se manifiesta lo que es la bondad de Dios?
Seamos capaces de descubrir y aceptar tanto bueno que podemos recibir de los demás. Es una gracia de Dios para nosotros. Que no haya nunca actitudes y posturas negativas ante lo bueno que realizan los otros.

jueves, 16 de enero de 2020

Nuestros miedos y desconfianzas algunas veces van acompañados un poquito de nuestra soberbia, pero también de no creer en la bondad de las personas


Nuestros miedos y desconfianzas algunas veces van acompañados un poquito de nuestra soberbia, pero también de no creer en la bondad de las personas

1Samuel 4, 1-11; Sal 43; Marcos 1, 40-45
¿Pedir ayuda cuando estamos en necesidad? No es una cosa que sea fácil hacerlo. A una primera impresión no nos parece que esa sea la respuesta. Vemos a la gente pidiendo por nuestras calles o a las puertas de nuestras Iglesias o lugares públicos, quizá alguien nos toque a la puerta queriendo mover nuestro corazón a la compasión presentándonos sus necesidades, pero ¿acaso hemos pensado cómo se siente una persona en su interior cuando se ve en esa extrema necesidad de tener que acudir a alguien para que le preste ayuda? Aunque nos encontremos cosas de frescos o caraduras que tienen cara para todo y se valen de mil recursos para movernos a compasión, lo normal es que una persona se sienta muy mal en su interior, humillada interiormente cuando llega a tenernos que presentar su necesidad. Cuidado no juzguemos por la misma raya cuando veamos a alguien que nos pide ayuda.
Pensemos en nosotros mismos, cómo nos cuesta reconocer un problema que tengamos y cuanto nos cuesta dar el paso para pedir un consejo o una ayuda para tratar de resolver ese problema. Nos puede parecer que nos sentimos inferiores o que ese problema que tengamos marca de una manera especial nuestra vida y no queremos contar con nadie, que nadie sepa lo que nos pasa por dentro. Buscamos a alguien de gran confianza y a quien consideramos de mucha discreción para ir a contarle lo que nos pasa y aun así parece que hay aspectos que nos cuesta desvelar con mayor claridad. Nos lo comemos por dentro, lo sufrimos en nuestro interior pero nos cuesta reconocerlo y pedir una ayuda. Cuántas amarguras de este tipo se guardan en el corazón que al final hasta nos van agriando el carácter o la manera de relacionarnos con los demás. Claro que todos somos lo mismo y los hay que son mucho más reservados y otros que se sienten con la suficiente libertad y valentía para reconocer y para compartir.
Tener la lepra en Israel, y en general en todos los pueblos antiguos, era algo muy humillante. En Israel los leprosos eran considerados como unos malditos y unos impuros de manera que no les permitían convivir con los que estaban sanos, desgarrándolos de sus familias y de sus comunidades humanas para condenarlos a vivir en solitario o en lugares apartados a donde no les estaba permitido llegar los sanos, como ellos mismos no podían salir de aquellos lugares. La ley incluso les obligaba a ir gritando cuando se encontraran con alguien que eran impuros para prevenir cualquier tipo de contacto que les llevara al contagio.
Hoy el evangelio nos habla de un leproso que se presentó delante de Jesús. Se atrevió. Saltándose todas las normas y reglas llegó hasta los pies de Jesús, lo que no le estaba permitido. Pero dio el paso. Y su súplica es sencilla. Es humilde. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Reconoce su enfermedad, no lo oculta ni lo niega; reconoce que está yendo mucho más allá de lo que le permite la ley, pero siente la necesidad de la vida y de la curación; confía en Jesús; sabe que Jesús puede curarlo. Solo suplica con humildad dejándolo todo en las manos de Jesús. ‘Si quieres…’
¿Será también nuestro camino? ¿Será la forma de salir de nuestra cobardía cuando no queremos reconocer nuestra limitación, nuestro problema, nuestras carencias y nuestra necesidad? ¿Por qué no confiar en que alguien nos escuchará? ¿Por qué no dar por sentado también la bondad del corazón de los demás que algo harán, que alguna respuesta nos darán? Nuestros miedos y desconfianzas, algunas veces van acompañados un poquito de nuestra soberbia, pero también de no creer en la bondad de las personas. Ataduras que tenemos que romper, lepras del alma que tenemos que curar.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Sepamos tejer la vida con los valores que nos ofrece el evangelio y nuestras familias cristianas tendrán el colorido de la Sagrada Familia de Nazaret



Sepamos tejer la vida con los valores que nos ofrece el evangelio y nuestras familias cristianas tendrán el colorido de la Sagrada Familia de Nazaret

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23
Seguimos celebrando la Navidad. No es solo el ambiente externo navideño que aún no ha abandonado nuestras calles y nuestros ambientes, aunque pronto se transformará en las fiestas de fin de año y año nuevo, sino que quienes hemos querido meternos hondamente en el misterio de la Navidad lo seguimos sintiendo hondamente y sigue impulsándonos a ese encuentro vivo con el Emmanuel, el Dios con nosotros que nos inunda de su amor y salvación.
Pasará todo este ambiente navideño que vivimos en lo exterior y como hojas que se lleva el viento o planta que no se riega y se cuida debidamente pronto poco a poco se irá acabando y lo sustituiremos por otras fiestas o acontecimientos de la sociedad que llevaran pronto al olvido cuando antes habíamos vivido hasta de una manera loca. Pero el sentido vivo de la navidad no pasará sino que irá dejando huella en nosotros y ojalá fuéramos capaces de ir marcando también con ello la vida de nuestra sociedad para acercarla más al evangelio. Es tarea que tenemos que realizar.
Este domingo siguiente a la navidad tiene un sabor especial. Queremos contemplar y celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret. En la sabiduría y providencia de Dios pudo encarnarse y hacerse hombre de mil maneras, podríamos decir. Pero quiso encarnarse en el seno de María y nacer en el seno de una familia y de un hogar, en el hogar de Nazaret. Nazaret es una gran lección todavía hoy para toda la humanidad. Y es que en Nazaret, un pequeño pueblo que había permanecido en el silencio y en el anonimato a lo largo de la historia, estaba aquel hogar humano, aquella familia en la que había de nacer y crecer nada menos que el Hijo de Dios, hecho hombre.
Nuestra mirada se dirige hoy a aquella familia, en los distintos avatares por los que tuvo que pasar que no fueron nada fáciles, para en ella encontrar ejemplo y estímulo para nuestras propias familias cuando queremos vivir esa realidad desde el sentido de la fe y desde el sentido del evangelio, un sentido cristiano.
Una familia es algo más que una pareja de un hombre y una mujer que porque se aman un día quieren contraer matrimonio. La urdimbre de esa pareja para ser una auténtica familia tiene que estar bien construida, bien conjuntada para crear lo que le va a dar una estabilidad y una hondura, una fortaleza al mismo tiempo que un calor humano y hasta divino que mantenga todas esas condiciones necesarias para ser una verdadera familia.
Allí donde todos van a ser los unos para los otros, porque cada uno va a sentir como propio cuanto le suceda a los demás miembros de la familia, allí donde mutuamente se van a sentir como entrelazados los unos con los otros para hacer un mismo camino aunque cada uno tenga sus características y dones particulares, pero donde siempre van a sentir ese apoyo mutuo que les fortalece y les enriquece y que les da una profunda estabilidad emocional y vital.
Hablando de esa urdimbre, de esa conjunción mutua y de ese sentirse entrelazados los unos con los otros para crear esa unidad familiar me vino a la mente aquellas traperas canarias realizadas en aquellos telares artesanales que hace años aun veíamos en nuestros pueblos y en nuestros campos. Recuerdo ver trabajar en uno de aquellos telares artesanales para realizar una de esas traperas que aun conservo en casa; cómo se preparaba debidamente la urdimbre que iba a ser la base de toda la tarea y por otra parte aquellas tiras con las que se elaboraba la trapera y que en la variedad de colores le daban su vistosidad y su belleza; pero del trabajo de tejer con todo cuidado con todos aquellos materiales y lanas surgía la fortaleza de la trapera elaborada pero también el abrigo que iba a dar para cubrirse de los malos tiempos.
Perdónenme la extensión de la comparación, pero de alguna manera así veo como se han de conjuntar los miembros de una familia entrelazándose mutuamente en el amor que le va a dar fortaleza y estabilidad a la institución familiar. Cada uno ponemos nuestro color que son nuestras cualidades y valores pero con los que mutuamente nos enriquecemos para darle colorido y belleza a la vida. Pero mutuamente nos apoyamos saliendo los unos por los otros en cualquiera de las dificultades que nos puedan ir apareciendo en la vida para en esa unidad sentirnos verdaderamente fuertes. Es el calor humano que nos ofrecemos los unos a los otros porque nunca entonces nos veríamos desamparados.
Es cierto que muchas veces nos aparecen grietas en la vida por donde nos puede entrar aquello que nos corroe y nos destruye, sobrevenidas de las mismas circunstancias de la vida, del carácter y peculiaridad de cada uno que no siempre hemos madurado lo suficiente y la vida se nos puede llenar de fríos que hacen mella en el corazón y nos pueden hacer olvidar aquellos buenos valores que tendríamos que saber cultivar.
Pero es entonces, como cristianos que queremos seguir a Jesús, cuando elevamos nuestra mirada y por una parte contemplamos a esta Sagrada Familia de Nazaret que hoy celebramos, pero también escuchamos en lo más hondo de nosotros la buena nueva del evangelio que una vez más viene a iluminar nuestras oscuridades.
Hoy contemplamos la fortaleza de José, el padre de familia de aquel hogar de Nazaret, para afrontar las dificultades y problemas que van surgiendo buscando siempre lo mejor. Pero es la fortaleza de un hombre creyente, del hombre que busca y quiere encontrar lo que son los caminos de Dios, lo que es la voluntad del Señor y se deja conducir. Cuánto tendríamos que decir en este sentido de esa madurez humana y espiritual que en José podemos contemplar.
Hoy por otra parte en la carta a los Colosenses se nos recuerda una serie de valores y virtudes que si las cultivamos debidamente van a ser como esa urdimbre base de lo que va a ser esa hermosa pieza de nuestra familia. Unos valores y unas virtudes que nos ayudan a entrelazarnos fuertemente los unos con los otros y que van a dar hondura y fortaleza a nuestras vidas y a nuestras familias.
Nos habla el apóstol de compasión entrañable, de bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; de sobrellevarnos mutuamente que significa aceptarnos y respetarnos, de ser capaces de perdonarnos, pero siempre de amarnos y amarnos sin límites buscando siempre la paz. Pero también algo muy importante, que la Palabra de Dios esté siempre plantada en lo hondo de nuestro corazón, para también saber dar gracias, alabar y bendecid al Señor, contar siempre con la fuerza y la gracia de su Espíritu.
Ojalá supiéramos tejer nuestra vida con todos estos valores que así nuestras familias cristianas tendrían otro brillo y otro colorido.



jueves, 10 de octubre de 2019

Es el Padre bueno con el corazón siempre disponible para acogernos, con los oídos atentos siempre a nuestras necesidades y presente siempre en nuestra vida


Es el Padre bueno con el corazón siempre disponible para acogernos, con los oídos atentos siempre a nuestras necesidades y presente siempre en nuestra vida

Malaquías 3, 13 – 4,2ª; Sal 1; Lucas 11,5-13
¿Quién estará llamando a estas horas?  Nos preguntamos quizá de mal humor cuando sentimos llamar a nuestra puerta a horas intempestivas. Nos quejamos porque estábamos ya descansando en las horas de la noche, porque estábamos en nuestras cosas o porque simplemente estábamos entretenidos viendo una película o un programa que consideramos interesante en la TV. Pensamos más en nosotros mismos que en la necesidad o problema que pueda tener quien nos llama. Vivimos en nuestra comodidad, pensamos solo en nosotros, no somos capaces de darnos cuenta que la vida continúa a nuestro alrededor con sus problemas y sus luchas, que también con sus alegrías y buenos momentos, pero solo pensamos en nosotros mismos.
Es más a o menos una traducción al ahora de nuestra vida del ejemplo que nos propone Jesús en el Evangelio; y aunque la intención de Jesús en este caso va por otra parte cuando nos quiere hablar de la insistencia y perseverancia de nuestra oración, sin embargo el hecho nos puede valer para algo más y ayudarnos a analizar la comodidad, quizás, con que vivimos nuestra vida. Muchas veces nos aislamos, y porque tenemos nuestros problemas más o menos resueltos, ya no pensamos en los problemas por los que puedan estar pasando los demás.
A mí que me vengan con penas, como decía alguien en una ocasión, que yo ya tengo las mías y ya me las intento resolver yo solo. No es la actitud ni el camino, porque las penas llevadas en compañía son menos penas, pero además aunque poco podamos hacer porque cada uno tiene que poner su esfuerzo, el sintonizar con el otro, manifestar una cierta empatía ante la situación que está pasando se lo hace más llevadero y en la presencia del amigo o el hermano se siente más estimulado en su lucha.
Valga también esta reflexión que nunca está lejos del evangelio para el camino de nuestra vida. Pero centrémonos también en el mensaje que nos quiere ofrecer el evangelio de hoy. Ya decíamos que Jesús quería hablarnos de la perseverancia en nuestra oración. Decir que nunca Dios va a ser como nosotros que se sienta importunado por nuestras suplicas, porque para Dios nunca son a destiempo. Es el Padre bueno con el corazón siempre disponible para acogernos, con los oídos atentos siempre a nuestras necesidades.
Dios no se desentiende de nosotros. A lo largo de toda la historia de la salvación lo podemos constatar. Dios es el que está atento a los sufrimientos de su pueblo, y como vemos ya en el antiguo testamento llama a Moisés para confiarle la misión de que en su nombre vaya a liberar a su pueblo de la esclavitud. Y a pesar de la mucha infidelidad desagradecida de su pueblo siempre está atento para ofrecerle su amor y su salvación.
Es el Padre que nos envía a su Hijo por el amor que nos tiene, como nos recuerda tantas veces el evangelio. Eso tiene que motivar la confianza con hemos de acudir al Señor en todo momento cualquiera que sea la situación de nuestra vida aunque seamos pecadores. Y es que siendo nosotros pecadores y con una vida llena de infidelidad nos envió a su Hijo que murió por nosotros, no porque fuéramos buenos, sino que siendo nosotros pecadores nos amó.
Así nos dice Jesús hoy: ‘Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre’. El es el padre bueno que siempre sabe dar cosas buenas a sus hijos.

sábado, 24 de agosto de 2019

La rectitud de la vida y la bondad del corazón un buen caldo de cultivo para encontrar el camino del Reino de Dios, que nos abre a lo trascendente, al misterio de Dios


La rectitud de la vida y la bondad del corazón un buen caldo de cultivo para encontrar el camino del Reino de Dios, que nos abre a lo trascendente, al misterio de Dios

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51
‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Fue el saludo y la alabanza de Jesús a Natanael cuando le fue presentado. ¿Podríamos nosotros recibir también esa alabanza de quienes nos conocen? Creo que poder decir eso de una persona es algo maravilloso porque estamos hablando de la rectitud de una vida, de la bondad del corazón, de la madurez de sus sentimientos, de la autenticidad y sinceridad con que se vive. Ojalá pudiéramos ir dando esas bendiciones a todos cuantos encontramos en el camino de la vida.
Pero lo triste de la vida es que encontramos demasiadas sombras a nuestro alrededor y que nos pueden contagiar. Hipocresías, vanidades, orgullos destructores de la propia vida y de la de los demás, recelos y envidias que nos corroen por dentro y rompen la armonía y belleza de una amistad, corazones enfermos que se hacen insolidarios e injustos con los demás, exigencias cuando no somos capaces de exigirnos a nosotros mismos. El mundo necesita de una luz; nosotros necesitamos de una luz; no podemos permitir que esas sombras nublen nuestra vida y la visión de las cosas.
Hoy estamos celebrando a san Bartolomé, el Natanael del que nos habla el evangelio de Juan. Como hemos visto que mereció de entrada esa alabanza de Jesús por la rectitud de su vida. ‘En quien no hay engaño’, que le decía Jesús. Fue Felipe el que le habló de Jesús y ante las reticencias de Natanael, por aquello de los pueblos vecinos con sus luchas, Felipe insiste en que venga a conocer a Jesús. Pero se siente sorprendido por las palabras de Jesús. ‘¿De qué me conoces?’ le pregunta. ‘Cuando estabas debajo de la higuera…’ es la respuesta.
Fue suficiente para sentirse cautivado por Jesús. De tal modo que salta la chispa de la fe en su corazón para hacer un reconocimiento de Jesús muy hermoso. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Pero Jesús le anuncia que aun le queda por ver muchas cosas grandes. ‘¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores. Y le añadió: Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’.
No quiero extenderme en muchos comentarios a que daría pie este breve texto del evangelio, pero sí quiero hacerme una consideración. La rectitud de la vida y la bondad del corazón son buen caldo de cultivo para encontrar el camino del Reino de Dios; un camino que nos lleva a una profundidad de la vida, pero que nos abre a lo trascendente, nos abre al misterio de Dios, porque solo en Dios es donde vamos a encontrar plenitud, en donde podremos vivir eso bueno que llevamos en el corazón pero sin sombras.
No es fácil muchas veces con tantas sombras que nos rodean y que podrían contagiarnos esa oscuridad. La fe nos va a dar esa fortaleza que necesitamos para mantener esa rectitud de nuestra vida y ese buen corazón y no dejarnos arrastrar por tantas insinuaciones que recibimos de nuestro entorno, de la misma manera que esa rectitud por la que luchamos y queremos mantener nos ayudará a buscar a Dios y su gracia.
Dejémonos sorprender por esa bondad de Dios que nos sale al encuentro y que a pesar de las sombras del mundo sin embargo podemos ver reflejada en tantos en nuestro entorno. Y es que los buenos ojos con que nosotros queremos mirar nos harán descubrir esa bondad de los demás, nos estarán abriendo a ese encuentro con los otros y en consecuencia a ese encuentro con Dios.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Seamos signos con nuestra vida sencilla y humilde, pero sobre todo con nuestros gestos de amor, para que los demás lleguen también a descubrir las maravillas del Señor



Seamos signos con nuestra vida sencilla y humilde, pero sobre todo con nuestros gestos de amor, para que los demás lleguen también a descubrir las maravillas del Señor

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32

Suceden cosas maravillosas delante de nuestros ojos cada día pero que en su sencillez no somos capaces de apreciarlas, y sin embargo estamos buscando cosas espectaculares que nos llamen la atención y que decimos que serian las que despertarían en nosotros buenas palpitaciones como ahora se suele decir. No vemos lo bello en lo pequeño y en lo sencillo, pero queremos lo extraordinario, que al final tampoco en ello sabremos descubrir el mensaje de vida que se nos pueda trasmitir.
La sonrisa de un niño, una amanecer o un atardecer, o el gesto de alegría de un animal de compañía cuando se encuentra con nosotros quizás ya no nos llama la atención; son tantas las cosas maravillosas que suceden a nuestro lado, pero parece que no somos sensibles para apreciarlas. También los que están a nuestro lado con sus gestos humildes y sencillos pueden ser signos que nos llamen la atención y nos ayuden a descubrir la bondad que aun hay en el mundo.
Pero también tendríamos que ver nuestra historia de cada día, o recordar lo que nos haya sucedido en el pasado para saber leer muchas señales  que podrían marcar nuestra vida o ser una llamada para que en el presente aprendamos a tener otras actitudes más positivas y nos recordaran de lo que somos capaces, pero también de esa presencia del Señor que ha estado a nuestro lado en ese camino cuando quizás era oscuro y no veíamos salidas, pero que sin embargo fuimos capaces de superar. ¿No tendríamos que aprender a descubrir esa mano del Señor presente de tantas maneras en nuestra vida?
Vemos en el evangelio de hoy que la gente de forma obstinada le está pidiendo señales a Jesús. Y El les recuerda su historia, el episodio de la predicación de Jonás en Nínive y la venida de la reina de Saba a Jerusalén para consultar la sabiduría de Salomón. Y Jesús les dice que allí hay alguien más grande que Salomón y ellos no son capaces de reconocer; les anuncia también que en la hora del juicio los habitantes de Nínive se levantarán en su contra, porque ellos supieron escuchar el mensaje del profeta y se convirtieron al Señor y sin embargo ellos ahora no quieren escucharle a El.
Para nosotros estas palabras tienen que ser un toque a nuestro corazón. ¿Cómo reaccionamos ante las palabras de Jesús? Nos quedamos en admirar sus milagros, pero no somos capaces de escuchar su Palabra en nuestro corazón. Esa Palabra que nos invita a admirar las maravillas del Señor de cada día; esa Palabra que nos habla en nuestro corazón para que nos sintamos agradecidos por su amor; esa Palabra que nos invita a vivir y vivir en plenitud; esa Palabra que nos invita a ir al encuentro con los demás.
Demos gracias a Dios; respondamos a su amor con nuestro amor y con una vida nueva. Demos señales de esa vida nueva que El nos regala; seamos signos con nuestra vida sencilla y humilde, pero sobre todo con nuestros gestos de amor, para que los demás lleguen también a descubrir las maravillas del Señor.
Este camino de cuaresma que estamos haciendo nos tiene que llevar a descubrir esas maravillas del Señor en los gestos humildes y sencillos pero llenos de bondad que hay en tantos que están a nuestro lado, y de la misma manera serlo nosotros para ellos para que lleguen a descubrir los caminos del Señor.

miércoles, 23 de mayo de 2018

La pureza de nuestro corazón y nuestra buena intención nos hará tener una mirada buena para descubrir siempre los valores que hay en los demás


La pureza de nuestro corazón y nuestra buena intención nos hará tener una mirada buena para descubrir siempre los valores que hay en los demás

Santiago 4,13-17; Sal 48; Marcos 9,38-40

No termino de entender por qué nos cuesta tanto reconocer lo bueno que hacen los demás. Lo estamos viendo todos los días. Es en nuestras relaciones personales donde fácilmente nos fijamos en los errores de los otros, pero no tenemos ojos para darnos cuenta de las cosas buenas que tienen los demás. Y ya sabemos bien todo lo que somos capaces de hacer cuando la envidia nos corroe por dentro y con que facilidad echamos basura sobre lo bueno que hacen los otros.
Pero estas posturas y actitudes se ven magnificadas cuando entramos en los ámbitos de la vida social o política. Lo vemos en cualquier tipo de asociación o comunidad donde es natural que haya diferentes puntos de vista; lo vemos cada día en la vida política en que cada uno se encierra en sus ideas y no es capaz de ver algo bueno en los que piensan distinto. Tengo ganas de escuchar a alguien que diga que algo que ha hecho un oponente político o social es bueno, está bien hecho. Si es la gente de mi línea todo lo hacen bien; si son oponentes porque tienen otra opinión u otra manera de ver el desarrollo de la sociedad todo lo que hacen es malo. ¿Lo dijo o lo hizo tal persona? Como no es de los míos, o de los que piensan como yo, todo es malo, no es capaz de hacer nada bueno.
Parece que en lugar de querer construir una sociedad mejor en la colaboración de todos, aportando cada uno sus propios valores, lo que queremos es destruir porque no somos capaces de ver valores en los demás. Que distinta seria nuestra vida y que distinto haríamos nuestro mundo sin cambiáramos estas posturas que nos llegan a encerrarnos en nosotros mismos y solo en los nuestros y crean fácilmente intransigencias hacia los demás.
Pero es algo que también nos puede suceder dentro de nuestras comunidades cristianas con lo que estaríamos bien lejos de lo que Jesús quiere de nosotros, de ese Reino de Dios que entre todos hemos de construir. Enfrentamientos, desconfianzas, grupúsculos que pretenden influir o manipular de la forma que sea son cosas que nos encontramos en nuestras comunidades, parroquias, asociaciones cristianas, hermandades o tantos otros grupos que forman nuestras comunidades cristianas.
Tendríamos que leer con atención el evangelio que hoy se nos ofrece. Vienen diciendo algunos discípulos a Jesús que se han encontrado a uno que echaba demonios en el nombre de Jesús y se lo quisieron impedir ‘porque no es de los nuestros’. Y ya conocemos la reacción de Jesús. ‘No se lo impidáis… El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.
Viene a enseñarnos Jesús a saber descubrir y valorar todo lo bueno de los demás. Siempre hay unos valores, siempre hay algo bueno en el corazón, siempre queremos buscar una rectitud y un bien hacer, siempre queremos tener buena voluntad. Siempre podemos encontrar una buena semilla. No vayamos con malicia al encuentro del otro, porque si nuestros ojos llevan ese cristal de la malicia claro que no seremos capaces de ver lo bueno que hay en el  otro. Por eso tenemos que limpiar las ventanas de nuestra alma, para que no haya filtros sucios en nuestros ojos que nos hagan ver todo malo. No seamos como aquella mujer que criticaba a la vecina porque decía que tendía la ropa a medio lavar y llena de suciedad, pero eran los cristales de su ventana los que estaban manchados y le hacían ver manchas donde no las había.
Seamos capaces de aprovechar todo lo bueno de los otros, porque a nosotros también nos construye, nos enriquece. Si vamos con la autosuficiencia de que somos los únicos, somos los que hacemos siempre las cosas bien poco podremos contar con los demás, como los demás también tomaran esas mismas posturas con nosotros. De ahí nacen tantos enfrentamientos con que nos vamos encontrando en la vida. La pureza de nuestro corazón nos hará tener buena mirada para ver siempre lo bueno que hay en los demás. Recuerdo a alguien que decía que se ponía por la mañana las lentes de ver las cosas bonitas y bellas y era eso lo que siempre veía en los demás. Pensemos si acaso ese mal que estamos siempre viendo en los otros no es otra cosa que el mal que llevamos dentro de nosotros mismos.


jueves, 16 de noviembre de 2017

No todo es negro en la vida de nuestro mundo sino seamos capaces de ver que hay muchos corazones buenos que van creando una nueva humanidad

No todo es negro en la vida de nuestro mundo sino seamos capaces de ver que hay muchos corazones buenos que van creando una nueva humanidad

Sabiduría 7, 22 – 8,1; Sal 118; Lucas 17, 20-25

Pero ¿es que esto no va nunca a cambiar? ¿Tenemos que seguir siempre así con la vida tan llena de sombras? Parece que nunca va a prevalecer lo bueno, que nunca vamos a lograr que nuestro mundo sea mejor. Ansiamos y deseamos desde lo más hondo de nosotros mismos que las cosas sean distintas, que las relaciones entre las personas sean más humanas, que no tengamos que estar sufriendo tantas violencias, que desaparezcan todas esas corruptelas y maldades que observamos a nuestro alrededor y que algunas veces nos manchan a nosotros también, que no sigan siendo los ambiciosos del poder los que se adueñen de todo y manipulen a su antojo los hilos y resortes de nuestra sociedad.
Hay gente inquieta tenemos que reconocer, surgen por acá y por allá grupos insatisfechos que querrían cambiar todo de un plumazo, pero se ven muchas veces impotentes y hasta tienen el peligro de verse salpicados por esa maldad que ronda a nuestro alrededor. Se quieren poner normas y leyes; se quiere cambiar el rumbo de la sociedad porque nos parece que nada de lo que teníamos nos vale, porque por sus frutos los conoceréis. Y se siente cierta frustración porque las esperanzas que tenemos puestas en querer hacer que las cosas sean mejor no se ven cumplidas.
Son los descontentos que se aprecian en la sociedad y de lo que también hemos de reconocer algunos tratan de aprovecharse. Y no es meternos en política en el sentido de partidismos sino en querer buscar el bien de la sociedad, lo mejor para nuestra sociedad. ¿Qué hacer? ¿Sucede todo esto solo en nuestro tiempo o es historia repetida a través de los tiempos?
En el momento histórico de Jesús también se vivían en la sociedad situaciones así. El pueblo judío estaba descontento porque se veían oprimidos y sin libertad bajo el dominio de los romanos y ellos siempre habían tenido la esperanza de un Mesías liberador que dada la situación que vivían lo convertían demasiado en un caudillo guerrero que hiciera una liberación en un sentido político también.
Vivían la esperanza de un Mesías anunciado por los profetas y que vislumbraban que llegaba el tiempo de su venida. Ahora se preguntan si no es Jesús ese Mesías esperado cuando El tanto les habla del Reino de Dios y de una nueva forma de vivir donde habría de prevalecer el amor y la paz. Por eso se preguntan si ya es el tiempo de ese Reino de Dios que Jesús anuncia. Son los fariseos los que vienen ahora a preguntarle cuando iba a llegar el Reino de Dios.
La respuesta de Jesús es contundente. El Reino de Dios no va a llegar de forma espectacular ni de la manera que ellos se están imaginando. ‘Mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros’. ¿Qué significará lo que Jesús les está diciendo? El Reino de Dios no llega desde meras imposiciones externas, porque hagamos unas guerras o impongamos unas leyes. El Reino de Dios hemos de comenzar a vivirlo dentro de nosotros. Si en nuestro corazón no aparecen esas características de las que Jesús nos ha venido hablando a lo largo de todo el evangelio, significa que el Reino de Dios no ha llegado a nuestra vida.
Hemos de comenzar por decir que son nuestros corazones los que tienen que cambiar, nuestras posturas y actitudes tienen que transformarse; hemos de comenzar a pensar y a vivir de una forma nueva; nuestra manera de relacionarnos con los demás, de tratar con todas las personas tiene que ser diferente; la paz no será algo externo e impuesto sino que hemos de sentirla dentro de nuestro corazón porque desterremos resentimientos y rencillas, porque hagamos desaparecer el odio  y la malquerencia de nuestro corazón, porque comenzamos a ser más solidarios los unos con los otros, porque nos amamos más, porque nos respetamos y valoramos mutuamente y las envidias y los celos ya no nos reconcomen por dentro.
Comenzaremos a vivir el sentido del Reino de Dios e iremos contagiando a cuantos están a nuestro lado de todos esos valores. Descubriremos las cosas buenas que hay en los demás y veremos que también hay muchos que viven con esa inquietud en el corazón; nos daremos cuenta de que hay muchas personas buenas y no es el mal el que prevalece, sino que hay muchos que van sembrando en sus familias, en sus ambientes, en su trabajo, en la sociedad en que viven buenas semillas que un día darán fruto.
A pesar de las sombras veremos también que hay mucha luz y que también van cambiando muchas cosas, aunque cueste y sea una lucha de amor continua la que tenemos que ir realizando. Tengamos esperanza, vivamos en esperanza, llenemos de la luz de la esperanza a nuestro mundo para que no caigamos en el desaliento. Seamos positivos en la vida.

martes, 1 de septiembre de 2015

Allí donde hay un cristiano siempre ha de vencer y reinar el bien, la verdad, la justicia, la paz

Allí donde hay un cristiano siempre ha de vencer y reinar el bien, la verdad, la justicia, la paz

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lucas 4, 31-37

Bajó Jesús a Cafarnaún, ayer lo contemplábamos en la sinagoga de Nazaret, y allí en la sinagoga enseñaba a las gentes los sábados. Aquella nueva forma de enseñar llenaba a todos de admiración. Las noticias corrían de boca en boca y acudían a escucharle y a ver las obras que hacía. Porque hablaba con autoridad.
Había comenzado Jesús anunciando la llegada del Reino de Dios. En la sinagoga de Nazaret, como una presentación programática, había dicho cuales eran las señales del Reino de Dios. Comenzaba un mundo nuevo en que todos nos veríamos liberados de esclavitudes y opresiones, empezando por lo más hondo de nosotros mismos. La liberación de las limitaciones corporales era signo de esa liberación interior que hay que hacer en nuestro interior. Con un corazón renovado nuestro mundo será distinto. No comenzamos desde fuera sino desde dentro del corazón del hombre. El mundo había de ser renovado para hacer desaparecer todo mal porque además llegaba el perdón de Dios.
Ahora contemplamos cómo esas señales se van realizando en Jesús. Es la fuerza de su Palabra con la que anuncia de una manera nueva el Reino de Dios. Pero es también ese mal que va siendo vencido, por mucha resistencia que opongamos. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo y al ver y escuchar a Jesús se pone a la defensiva, quiere rechazar la acción de Jesús. Pero allí está el poder de Dios que manifiesta su soberanía sobre todo. El espíritu inmundo es arrojado de aquel hombre. Allí donde está Jesús siempre vence el bien sobre el mal.
Escuchamos también nosotros a Jesús. Cada día dejamos que su Palabra se vaya plantando en nuestro corazón y hemos de sentir paso a paso esa renovación que ha de irse produciendo en nosotros. Hemos de ir dando señales de ese Reinado de Dios en nuestra vida, porque con nuestra vida, con nuestros actos, con nuestros gestos vamos dando señales de esa presencia de Dios en nosotros.
Pero si decíamos antes que allí donde está Jesús el bien vence el mal, tendríamos que decir también que allí donde está un cristiano siempre tiene que vencer el bien, la bondad, la verdad, la justicia. No podemos dejar que el mal se apodere de nuestro mundo; hemos de ir sembrando siempre la buena semilla; hemos de ir llenando día a día nuestro mundo de más amor, de mayor justicia, de una paz más profunda en todos los corazones y en las relaciones entre unos y otros; no podemos dejar que la mentira, la falsedad, la hipocresía, la vanidad se apoderen de nuestro mundo.
Es nuestra tarea porque somos otros cristos, porque para eso hemos sido consagrados en nuestro bautismo. Preocupémonos de sembrar cada día esa buena semilla en nuestro corazón y en aquellos que nos rodean y así iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor.