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martes, 25 de agosto de 2026

De nada nos vale un oloroso perfume que nos pongamos externamente si dejamos que nuestro corazón lleva el desagradable olor de la maldad

 


De nada nos vale un oloroso perfume que nos pongamos externamente si dejamos que nuestro corazón lleva el desagradable olor de la maldad

2 Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Salmo 95; Mateo 23, 23-26

Y aun seguimos viviendo en un mundo de apariencias; y no me quiero referir solo a las vanidades de la vida que manifestamos con nuestros lujos por una parte, pensando que nuestros ostentosos vestidos son los que nos dan verdadero prestigio, sino quiero pensar más en la falsedad con que aparentamos una bondad que no tenemos, una rectitud que se queda solo en el cumplimiento de unas normas sino saber encontrar su sentido más hondo, o el ocultamiento de los verdaderos sentimientos que tenemos dentro de nosotros bien lejanos de una bondad y de una auténtica cercanía de amor y amistad.

Es lo que hoy Jesús en el evangelio quiere denunciar de nuestra vida, o mejor, las actitudes nuevas que hemos de vivir con autenticidad y con una vida congruente. Porque decir lo bueno que hay que hacer en cierto modo es fácil y de eso es capaz todo el mundo, pero hacer que esa bondad abunde en nuestro corazón que luego se refleje en unas actitudes y en una manera de actuar es algo bien distinto.

Por eso Jesús los llama hipócritas, esa palabra que nos habla de una doble cara; era la careta que se ponían los actores en el teatro para poder representar a un personaje. Era esa apariencia que el actor tenía que dar para poder caracterizar al personaje. Las caretas con las que ahora nosotros quizás queremos representarnos es la de cumplidores y la de personas buenas, pero ¿dónde está nuestro corazón? ¿Qué es lo que realmente sentimos por dentro? ¿Cuál es, por ejemplo, la malquerencia que ocultamos detrás de una sonrisa? ¿Queda algo profundo dentro de nosotros tras esa religiosidad que vivimos quizás solamente por seguir unas tradiciones o porque queda bonito el que nos presentemos así con esos signos religiosos externos cuando quizás nuestro corazón está muy lejos de Dios?

Como les dice hoy Jesús a los fariseos ‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad …!’ Es lo que nos tiene que hacer pensar. Nos es en cierto modo decir que somos muy creyentes y muy cristianos porque quizás aun mantenemos unas costumbres y tradiciones en su origen fruto de una religiosidad profunda, expresión de unos sentimientos cristianos, pero quizás luego nuestros valores, las cosas que marcan el sentido que le hemos dado a nuestra vida están muy lejos de lo que Jesús nos enseña en el evangelio.

¿Reflejamos de verdad ese amor cristiano, ese amor con el sentido que nos enseña Jesús en lo que hacemos o lo que son nuestras relaciones con los demás? Seguimos discriminando y poniendo distancias con aquellos que no nos caen bien, mantenemos el resentimiento y hasta el odio en el corazón dejándonos de hablar por cualquier cosa por la que nos hayamos sentido heridos, somos incapaces de ser misericordiosos y compasivos con los demás ofreciendo generosamente el perdón, actuamos desde la ambición o desde la envidia para destruir cuanto de bueno puedan hacer los demás. Y esto son cosas que suceden cada día en esta sociedad donde decimos que todos somos cristianos y luego hasta hacemos grandes fiestas al ‘Cristo’ de nuestra devoción, a la Virgen o al patrono de nuestros pueblos. Tras esas fiestas, por ejemplo, ¿donde florecen los valores y las actitudes cristianas?

Porque cuando leemos un evangelio como el de hoy quizás nos preguntamos por qué los fariseos actuaban como actuaban y ya tenemos preparado nuestro juicio de condena. Pero, ¿no nos pareceremos de alguna manera nosotros a ellos porque también vamos actuando con esa doble vida? Es cierto que somos humanos y siempre en nosotros hay debilidades, pero lo humano y valiente es reconocer nuestra debilidad pero querer dejarnos transformar por unas buenas y nuevas actitudes.

Por eso termina hoy pidiéndonos Jesús que limpiemos el corazón por dentro. No dejemos nunca que la maldad, sea la que sea, se enroque dentro de nuestro corazón. Esa apariencia sería como la del que se pone olorosos perfumes, pero su cuerpo sigue sucio y lleno de desagradable sudor. Como nos dirá en otro momento, eso es lo que verdaderamente nos hace impuros.


martes, 26 de agosto de 2025

Olvidáis el derecho, la compasión y la fidelidad…Limpiáis por fuera la copa y el plato mientras por dentro rebosáis de maldad…’ ¿Qué es lo transformará nuestra vida?

 


Olvidáis el derecho, la compasión y la fidelidad…Limpiáis por fuera la copa y el plato mientras por dentro rebosáis de maldad…’ ¿Qué es lo transformará nuestra vida?

1Tesalonicenses 2, 1-8; Salmo 138; Mateo 23, 23-26

La verdad que son geniales las palabras de Jesús, sus imágenes y comparaciones; parábolas y alegorías que nos hacen entender el mensaje; frases lapidarias, podríamos decir, que nos impactan y nos hacen ir más allá de lo que es la literalidad de las palabras en sí mismas. ‘Coláis el mosquito y os tragáis el camello’, les dice hoy a los fariseos y maestros de la ley. Muy preocupados de lo que llamaríamos pijadas pero de las cosas grandes e importantes ni fijarnos en ellas. El mosquito se puede atragantar en tu garganta pero eres capaz de tragarte un camello entero.

Hablábamos de la literalidad de las palabras y no saberlas interpretar, no comprender lo que con ellas se nos quiere decir. muchas veces no es que no entendamos, es que nos resulta más fácil o más cómodo quedarse en esa literalidad que al final poco me compromete, pero no queremos entender, no queremos aceptar aquello que desde lo más hondo nos va a comprometer. Eso significa también el no ser auténticos en la vida, quedarnos en las apariencias, ir por lo más fácil, evitar lo que me pueda comprometer.

Es lo que les está echando en cara Jesús a aquellos dirigentes sociales de su época. Claro que tenemos que apretarnos el cinturón y pensar lo que con eso nos quiere decir hoy Jesús a nosotros, a nuestra sociedad, a nuestro mundo, ese mundo que estamos construyendo. ¿Qué fundamentos le estamos poniendo? ¿Cuáles son los valores que como verdaderos cimientos estamos poniendo en la vida? Cuando las piedras que ponemos en los cimientos no sirven porque pronto pierden la fuerza y la solidez que han de, el edificio se nos puede venir abajo. ¿Nos podrá suceder esto en nuestra sociedad en la superficialidad que estamos dejando introducir en nuestra vida y en nuestras costumbres?

Jesús les denuncia que se queden en esa superficialidad, en esas minucias de pagar impuestos simplemente por esas plantas aromáticas, pero que no sean capaces de comprometerse hacer que la vida de todos sea más digna, que haya más humanidad y más comprensión en las relaciones entre unos y otros, que se tenga un corazón verdaderamente compasivo y lleno de ternura y de misericordia, de darle más autenticidad a la vida siendo fieles a lo que de verdad se tiene que ser fiel, ya sea en nuestra relación con Dios ya sea en nuestras relaciones humanas, en el matrimonio, en las familias, entre los que son cercanos por amistad o por vecindad. ¿Qué será de verdad lo más importante?

Pero como decíamos la denuncia de Jesús no es solo para aquellas gentes sino que nos llega a nosotros. Podemos verlo como un toque de atención para nuestra sociedad en general donde estamos llamados a hacer una proclamación e esa verdad que auténticamente va a traer la salvación del hombre, pero tenemos que verlo como dirigida muy directamente a nosotros, los que nos llamamos sus seguidores, cristianos, que decimos que en Él hemos puesto nuestra fe. ¿Cuáles son esos verdaderos valores sobre los que estamos fundamentando nuestra vida? ¿En qué buscamos la plenitud y felicidad para nuestras vidas?

Podemos andar también con muchas superficialidades, con valores que no son permanentes, podemos seguir pensando en eso de pasárselo bien sea como sea que son cuatro días los que vivimos, podemos estar dejándonos contagiar por esa filosofía del mundo, podemos estar olvidando los verdaderos valores que Jesús nos transmite en su evangelio. ¿Por dónde andamos? ¿Sentiremos como se corroen y se destruyen esos cimientos que hemos puesto bajo nuestros pies y de alguna manera el edificio se nos viene abajo? ¿No será señal de ese vacío en que tantas veces nos encontramos?

‘Olvidais el derecho, la compasión y la fidelidad’, nos dice Jesús. ‘Limpiáis por fuera la copa y el plato mientras por dentro rebosáis de maldad…’ ¿Qué es lo que verdaderamente tenemos que transformar en nuestra vida?


miércoles, 8 de febrero de 2023

Una nueva perspectiva que nos ofrece Jesús para que vivamos de forma auténtica desterrando toda falsedad e hipocresía

 


Una nueva perspectiva que nos ofrece Jesús para que vivamos de forma auténtica desterrando toda falsedad e hipocresía

Génesis 2,4b-9.15-17; Sal 103; Marcos 7,14-23

Los cambios de perspectivas nos hacen ver en muchas ocasiones las cosas con ojos nuevos; podemos estar acostumbrados a ver un paisaje siempre desde el mismo lugar, pero por las circunstancias que sea un día nos trasladamos al lado contrario, que quizás no frecuentábamos descubrimos aquella panorámica, aquel paisaje que estábamos acostumbrados a verlo siempre del mismo sitio, ahora de forma distinta, haciéndonos observar detalles o lugares en los que nunca nos habíamos fijado. Nos parecen nuevas las cosas, son para nosotros como un lugar distinto.

En la vida no nos podemos encerrar en una idea, en una costumbre, en aquello que siempre decimos es que esto se ha hecho siempre así, sino que hemos de estar abiertos a lo nuevo que se nos puede ofrecer, por supuesto haciéndonos también nuestro juicio crítico para no tragarnos todo lo que se nos presente como nuevo como algo bueno, pero siempre dando paso a esa perspectiva nueva.

Es la mirada nueva que Jesús quiere que hagamos, es la novedad de su anuncio del Reino de Dios, es esa buena noticia, pero que además como noticia siempre es nueva, que nos ofrece cuando comienza su predicación. Las palabras de Jesús, es cierto, que dejaban descolados a muchos, para quienes la vida y la religión habían entrado en un camino de rutina y ya no se planteaban lo nuevo que Jesús nos pudiera ofrecer. Era, es cierto, un pueblo de tradiciones, pero si observamos la trayectoria de los profetas aparte de mantener con toda su fidelidad al Dios de la Alianza, siempre sin embargo estaban ofreciendo caminos nuevos para vivir esa fidelidad a Dios en las circunstancias concretas que en cada momento vivían.

Han venido a Jesús con el problema de la impureza o no de comer o no comer sin haberse lavado antes y Jesús quiere centrarlos en lo que verdaderamente es principal. El evangelio de hoy es continuación cierta del ayer escuchado. Y Jesús nos viene a hablar hoy de donde está la verdadera pureza o impureza de lo que hacemos. No es algo que podemos observarlo desde lo exterior, como si fueran las cosas las que nos hacen impuros.

Y nos viene a decir Jesús que la verdadera maldad del hombre, la mayor impureza, arranca del corazón del hombre. es ahí donde se anidan los malos deseos, es ahí donde tenemos el caldo de cultivo de nuestros orgullos y de nuestro amor propio, es ahí donde nace el egoísmo que nos hace insolidario, las envidias que nos llevan a las malquerencias hacia los demás, los resentimientos y los odios que terminan destruyéndonos a nosotros mismos.

‘Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina… Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.

Ahí tenemos las palabras de Jesús que no necesitan muchos comentarios. Es la nueva visión que Jesús quiere ofrecernos de cómo no tenemos que preocuparnos tanto de lavar los platos o las ollas por fuera, sino que es el interior del corazón del hombre lo que tenemos que purificar. Es la nueva perspectiva que Jesús quiere ofrecernos para que encontremos la verdadera autenticidad de la persona.

domingo, 27 de febrero de 2022

Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar con autenticidad en nuestra vida, porque vayamos plantando la buena semilla en nuestro interior

 


Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar con autenticidad en nuestra vida, porque vayamos plantando la buena semilla en nuestro interior

Eclesiástico 27, 4-7; Sal 91; 1Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

Cuánto nos gastamos en guardar las apariencias… ahora tenemos hasta asesor de imagen; hay sus protocolos de cómo hay que presentarse, lo que podemos o no podemos decir, la imagen que tenemos que dar para ser más atrayentes. Falsos oropeles, palabras vacías, gestos que nada dicen y que ocultan mucho, apariencias que tratan de engañar para dar una presentación, aunque por dentro estemos vacíos u ocultemos las intenciones torcidas que tengamos.

Al hablar de esto podemos pensar en personajes públicos o gente que consideramos importantes y que se envuelven en estas vanidades, pero hemos de reconocer que es algo que nos puede pasar a todos; como me decía un amigo medio en broma ‘cuando me hago una fotografía pongo el lado bonito de la cara’, y ocultaba el lado que no tenía buena apariencia. Todos podemos tener esa tentación de la apariencia. Nos falta autenticidad, nos faltan valores que verdaderamente podamos presentar como auténtica riqueza de nuestra vida. Pero bien sabemos que el que está vacío por dentro pronto saldrá a relucir la falsedad de su vida a pesar de todos los oropeles y vanidades de las que se quiera rodear.

Es de lo que nos está previniendo hoy el evangelio y podemos decir que todo el conjunto de la Palabra de Dios que en este domingo se nos proclama. Si somos ciegos poco podremos convertirnos en guías del camino de los demás; si nuestros ojos están turbios poco podemos hablar de claridad, porque esa claridad no existe en nuestros ojos. Sin embargo en nuestra ceguera con qué facilidad juzgamos y condenamos a los demás. Quizás muchas veces aquellas cosas que criticamos de los demás y por las que los juzgamos o los condenamos son carencias que llevamos en nosotros mismos. Dime de lo que hablas y sabré lo que verdaderamente llevas en el corazón.

Limpiemos los cristales por los que miramos a los demás, porque si los tenemos llenos de suciedad estaremos viendo suciedad en los otros, pero donde está es en nuestros ojos. Siempre recuerdo lo de aquella mujer que criticaba a su vecina porque decía que lavaba mal la ropa y la tendía al sol llena de suciedad; no se daba cuenta que la suciedad estaba en los cristales de su ventana y era lo que le hacía creer que veía suciedad en la ropa de su vecina.

Hoy nos habla Jesús de quitar la viga que llevamos en nuestros ojos antes de querer quitar la pequeña mota que pudiera haber en los ojos del hermano. Por eso, tenemos que mirarnos primero a nosotros mismos para limpiar la suciedad que llevamos en el corazón. Como nos decía Jesús en otro momento, es de dentro del corazón de donde salen las malicias y toda clase de males. Como tantas veces habremos reflexionado es el camino de superación, de crecimiento interior que tenemos que realizar en nuestra propia vida.

Somos discípulos que seguimos el camino de nuestro Maestro y de El tenemos que aprender. Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar en nuestra vida, porque vayamos plantando esa buena semilla en nuestro interior. Porque de lo que llevamos en el corazón hablará nuestra boca, se reflejará en nuestras obras. Por eso tenemos que cuidar con mucho esmero esas actitudes que llevamos dentro. No se trata solamente de que hagamos muchas obras de caridad y con ello parece que quedamos bien, si no hay verdadera caridad en nuestro corazón.

Quizá en un momento podemos ser capaces de desprendernos incluso de algo nuestro que nos puede costar, pero si lo hacemos a regañadientes, poco nos vale y se queda en apariencia; si mientras damos esa limosna al necesitado no somos capaces de tener una mirada de amor para con esa persona que atendemos, algo nos está fallando en nuestro interior, algo nos está fallando para que sea un amor verdadero lo que estemos manifestando.

Es necesario un corazón fraterno y abierto, un corazón lleno de misericordia porque hemos experimentado en nosotros la misericordia de Dios que se manifestará verdaderamente compasivo y cercano con los demás, un corazón lleno de delicadeza y de humildad porque nunca con nuestras obras vamos a avasallar a los demás considerándonos superiores.

El amor nunca humilla, siempre levanta; el amor no crea distancias, sino que busca la ternura y la cercanía; el amor nunca se impone ni lo realizamos como un cumplimiento, sino que será algo que siempre se contagia creando unos vasos de comunicación con los demás; el amor nunca puede ser apariencia sino que tiene que manifestarse con la autenticidad de nuestra vida; el amor no es un protocolo que nos traza cómo hemos de hacer las cosas para dar una buena imagen, sino que siempre partirá de la generosidad que llevemos en el corazón que nos hará creativos en gestos y acciones concretas; el amor cuando hay entrega sin limites nunca mermará ni se consumirá sino que crecerá agrandando nuestro corazón pero también contagiando a los demás; los gestos y actitudes de amor serán siempre el fruto del árbol bueno que llevamos en el corazón y define nuestra vida.

viernes, 8 de octubre de 2021

Jesús invita a que se mantengan firmes en su fe los que se van viendo liberados de las viejas ataduras porque puede aparecer la nueva cizaña de la confusión y el desaliento

 


Jesús invita a que se mantengan firmes en su fe los que se van viendo liberados de las viejas ataduras porque puede aparecer la nueva cizaña de la confusión y el desaliento

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Parece que ya casi nos hemos acostumbrado. Lo vemos en cualquier trasmisión de noticias, en las discusiones por llamarlas de alguna manera que se montan en las redes sociales, en las luchas en la vida diaria entre unos y otros, cómo en cualquier discusión o intercambio de opiniones sobre las más diversas cosas cuando no tenemos razones o argumentos lo más fácil es entrar en el campo de las descalificaciones queriendo desprestigiar al adversario echando toda clase de porquería sobre ellos; si ante los ojos de la sociedad logramos desprestigiar a alguien aunque sea con falsedades la gente dejará de creer en esa persona y anularemos cualquier tipo de influencia que pudiera tener en la sociedad.

Algunas veces, tanto nos han insensibilizado, que nos parece hasta normal que esas cosas sucedan así y perdemos nuestra capacidad de juicio personal dejándonos llevar simplemente por ‘lo que dicen’ de la otra persona sin ningún tipo de comprobación de su certeza. Echa basura que algo queda, es un dicho que se suele repetir más o menos en ese sentido. ¿Hasta dónde llega la ética de las personas? ¿Qué mundo nos estamos creando cuando vemos tan normal que sucedan cosas así?

Nunca somos capaces de aceptar lo bueno que puedan hacer los demás; todo lo que hagan aquellos que ‘no son de los nuestros’ no puede ser bueno y cuando yo llegue a tener algún tipo de poder lo destruiré aunque no sea capaz de construir algo mejor. Lo estamos viendo en la sociedad todos los días y en todos los ámbitos. Así anda nuestra vida política donde nunca somos capaces de entendernos y tratar de acercar opiniones o planteamientos para hacer algo bueno y duradero, lo vemos en otros ámbitos de la vida social, del mundo de los deportes, o hasta en nuestras asociaciones de vecinos donde pronto aparece el partidismo y más que las ganas de hacer algo positivo, están los deseos de destruir lo que otros han hecho. Algunas veces viendo todo esto se siente uno desalentado.

Me surge toda esta reflexión sobre las andaduras de nuestra vida social actual desde lo que también contemplamos en el evangelio que sucedía en tiempo de Jesús. También el desprestigio era la regla de juego. Había quienes no podían aceptar a Jesús porque la transformación que Jesús quería realizar desde lo más hondo de los corazones de los hombres, quizá pudiera poner en peligro sus posicionamientos y grados en la escala de la vida social de su época. Allá estaban en contra los fariseos y los saduceos, que eran algo así como los dos principales partidos de la sociedad judía; igualmente los sumos sacerdotes y los escribas que pertenecerían a alguno de estos u otros grupos también hacían oposición a Jesús.

Había cosas que estaban muy claras y que eran los signos, los milagros que Jesús realizaba. La gente veía renacer sus esperanzas en las palabras de Jesús pero también con los signos que realizaba que eran señales de esa vida nueva que Jesús nos venía proponiendo al hablarnos del Reino de Dios. No podían negar las evidencias, pero sí podían sembrar dudas en los corazones de la gente sencilla. Por eso, como hoy contemplamos, al final quieren atribuir el poder de Jesús al poder del príncipe de los demonios. Sembraban dudas y sembraban desprestigio para que la gente no siguiera a Jesús.

Jesús invita a los que le siguen y se van viendo liberados de muchas ataduras en la vida nueva que El les ofrecía, para que se mantengan firmes en su fe; para que no se confíen en que ya se sienten liberados y nada les puede pasar. Puede venir de nuevo el enemigo y sembrar la cizaña en medio de la buena semilla para crear confusión, como es lo que están queriendo hacer con las críticas que se hacen a Jesús. La maldad y la malicia del que busca el mal pueden hacer surgir nuevas formas que nos tienten y nos envuelvan con su mal.

Es en lo que nosotros hemos de estar prevenidos y sentirnos fuertes para no volver a caeré en la tentación del maligno que nos acecha para llevarnos por caminos de maldad y de pecado. Es también ese mundo de confusión que nos envuelve, como hemos venido reflexionando, que nos hace perder la fe y la esperanza, que nos desalienta y que nos confunde. El mal está ahí, y puede estar metido también en nuestro mundo, pero no nos podemos dejar confundir, no nos podemos dejar vencer por el desaliento, no podemos sentirnos defraudados por aquello que intencionadamente nos pueden presentar de una forma determinada para desestabilizarnos y hacernos perder la fe.

Es cierto que podemos ver también mucho mal hasta dentro de la Iglesia o cosas que no nos gusten. Pero tenemos la seguridad de quien es el que guía los caminos de la Iglesia, quien la asiste y la hace superar esas fuerzas del mal que atentan y acechan contra ella.  El Espíritu del Señor está con la Iglesia siempre, aunque nos veamos envueltos en sombras. ‘El poder del abismo no la derrotará’, le dijo Jesús a Pedro. Tengamos esa confianza en las palabras de Jesús.

miércoles, 25 de agosto de 2021

El evangelio ha de ser un interrogante al que no le tengamos miedo porque reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nosotros nos haremos más creíbles para los demás

 


El evangelio ha de ser un interrogante al que no le tengamos miedo porque reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nosotros nos haremos más creíbles para los demás

1Tesalonicenses 2, 9-13; Sal 138; Mateo 23, 27-32

Todos queremos conservar intacta nuestra imagen; bueno, la imagen que nos hemos creado de nosotros mismos, donde siempre queremos presentar el lado bonito, pero que no se vean los claroscuros que pudiera haber. Como anécdota recuerdo siempre a un hombre, que no era muy agraciado en su cara hay que reconocerlo, pero que él decía de sí mismo que era bonito y cuando se hacía una fotografía se ponía de perfil de tal forma que no se vieran las partes de su rostro que no eran tan agraciadas.

Pues un poco así somos aunque no lo queramos decir en voz alta. Quizás lo que más nos duele de algún error que hayamos cometido en la vida, no es el error en sí, sino lo que los otros podrán pensar de él cuando se enteren, la desilusión que se van a llevar porque siempre nos tuvieron por buenos y nosotros nos aprovechamos de ello presentando solo ese lado bueno y de evitar esos otros lados oscuros de la propia vida. Es lo que llamamos el prestigio que tenemos que salvar, el buen nombre que podríamos tener y por eso quizás damos una apariencia que no refleja lo que en verdad somos.

Así vamos por la vida llenos de vanidades, con muchas apariencias que no reflejan la auténtica realidad. Nos manifestamos grandilocuentes cuando no sabemos decir dos palabras seguidas, por decirlo de alguna manera; nos queremos presentar fuertes y poderosos, cuando sentimos tanta debilidad en nuestro interior y tantos miedos que en el fondo vamos acobardados; ocultamos la timidez que llevamos dentro dando apariencias de seguridades que no tenemos pero con nuestra prepotencia y con nuestra autosuficiencia tratamos de disimularlo; queremos presentarnos como personas muy religiosas y haciendo muchas recomendaciones a los demás de cómo tiene que ser su religiosidad, cuando nosotros estamos vacíos por dentro y sin ninguna espiritualidad que merezca la pena.

Y de esto nos encontramos en todas las facetas de la vida y de la sociedad; y es triste reconocerlo, pero muchas veces nos encontramos así entre gentes de iglesia y hasta en quienes tienen que ser dirigentes o formadores de la comunidad cristiana. Cuanto vacío nos encontramos tantas veces, cuanta palabrería, cuanta fanfarria, cuantas suntuosidades, pero donde falta algo profundo. Y no nos queremos dar cuenta o tratamos de buscar disimulos o disculpas.

Hoy Jesús llama sepulcros blanqueados a aquellos fariseos y maestros de la ley que se quedaban en las apariencias y en la hipocresía y nada tenían en su interior. Cuando leemos este evangelio nos damos gusto cargando contra aquellos y hasta nos frotamos las manos, pero no somos valientes para hacer una lectura donde nosotros nos veamos reflejados en aquellos personajes y aquellas actitudes que Jesús denuncia en el evangelio. Tenemos que aprender a mirarnos a nosotros mismos que nos vemos bien reflejados en esas páginas del evangelio y en esas palabras de Jesús.

Tenemos que examinar la autenticidad de nuestras vidas y la sinceridad de nuestro vivir. No nos cueste reconocer nuestras debilidades, nuestras inseguridades, nuestra superficialidad, porque puede ser el punto de arranque para que siendo conscientes de nuestra condición nos pongamos en serio a cambiar, a buscar la manera de encontrar esa espiritualidad profunda que dé sentido a nuestras vidas.

El evangelio tiene que ser un interrogante para nosotros al que no hemos de tenerle miedo. Con la sinceridad reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nuestra vida nos haremos más creíbles para los demás, seremos más auténticos.

miércoles, 24 de marzo de 2021

Busquemos la libertad que me hace encontrarme conmigo mismo para desatar ataduras, para liberarnos de caprichos, para encontrar la verdadera sabiduría de mi vida

 


Busquemos la libertad que me hace encontrarme conmigo mismo para desatar ataduras, para liberarnos de caprichos, para encontrar la verdadera sabiduría de mi vida

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal.: Dn 3, 52ª-56ª; Juan 8, 31-42

¡Qué difícil hablar de libertad! Es el ansia, es cierto, de todos los hombres y de todos los pueblos, hoy y en todos los tiempos. Queremos libertad es el grito que más se escucha; se sigue repitiendo en manifestaciones de todo tipo, y incluso en aquellas en las que parece que lo que se pide nada tenga que ver con la libertad, sin embargo es el eslogan preferido, el eslogan más repetido y algunas veces uno se pregunta si los que están pidiendo libertad saben lo que piden. ¿Cómo se reflejará todo eso en sus vidas?

Libertad porque yo tengo derecho a opinar lo que a mí me parezca; libertad porque yo quiero hacer lo que yo quiero por mí mismo sin que nadie me coarte, nadie me tenga que señalar lo que tengo que hacer; libertad, libertad, oímos repetir una y otra vez quizá cuando esos gritos van teledirigidos por intereses de quienes saben manipular los gritos de los que piden libertad pero son los más esclavos porque no hacen sino repetir lo que les dicen sin convicciones profundas, sin un sentido de vida, sin una metas que den más plenitud a la persona, sin valoración ni respeto a los que puedan opinar en contra, porque si opinas de forma distinta ya te dicen que estás atentando contra la libertad. Se siente uno desencantado viendo peticiones y razonamientos, descubriendo intereses oscuros y ocultos de los que manejan los hilos con lo que acabamos todos siendo unas marionetas.

Libertad es cierto es la aspiración más noble de la persona, pero una libertad que me haga grande porque encuentre un verdadero sentido a mi vida; una libertad que valora la persona por encima de todo pero que nos lleva también a respetarla en sus planteamientos aunque nos puedan parecer equivocados; una libertad que con profundos fundamentos construye la vida de las personas desarrollando lo más noble que hay en ellas y así hace una sociedad también más justa; libertad que me levanta del ras del suelo para no ser pisoteado pero me hace ver valores altos, nobles, espirituales que me dan la verdadera grandeza; libertad que me hace encontrarme conmigo mismo para desatar ataduras, para liberarnos de caprichos, para encontrar la verdadera sabiduría de mi vida; libertad que me ayuda también a descubrir la presencia de Dios en mi vida y en mi mundo, pero que no viene para coartar sino para engrandecer al ser humano.

Hoy nos dice Jesús que El viene a nosotros para que sepamos encontrar esa verdadera sabiduría de la vida que nos va a conducir por los verdaderos caminos de la libertad. Y hoy nos dice: ‘Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Conocer la verdad que nos hace libres. Es esto muy importante.

Ya podríamos afirmar de entrada que la mentira nos esclaviza porque es la verdad la que nos libera. De cuántas falsedades nos rodeamos, de cuántas vanidades y apariencias, de cuántos orgullos con los que queremos figurar de otra manera a lo que realmente somos y que nos llenan de apegos, de esclavitudes de tantas cosas, empezando por hacernos esclavos de nuestro amor propio.

Y Jesús viene a liberarnos. Cuando hablamos de liberación, de salvación pensamos en el pecado que nos ata y nos esclaviza, pero puede que se quede en un concepto al que al final no le demos el verdadero valor.


Tenemos que emplear esa palabra liberación con toda la carga de profundidad que tiene, porque nos arranca de esos apegos del alma, de esas esclavitudes que engañosamente muchas veces presentamos como camino de libertad; nos engañamos cuando nos hacemos esclavos del orgullo y del amor propio, de la vanidad de la vida con que nos presentamos y de todas esas apariencias que camuflan y ocultan el vacío que llevamos en nuestro interior. Un vacío que nos llena de falsedad y de mentira, un vacío que finalmente nos esclaviza.

¿Piensas que solo cuando haces lo que te apetece, lo que te dictan tus pasiones, lo que te da la gana como se suele decir tan fácilmente, es cuando somos realmente libres de verdad? Piénsatelo dos veces.

Leamos con detenimiento este pasaje del evangelio que hoy se nos propone para que encontremos esa verdad que es Jesús que nos da la más hermosa libertad.

sábado, 13 de junio de 2020

No nos dejemos envolver por esas tinieblas de la mentira, seamos auténticos y congruentes en nuestra vida y nuestra palabra sea siempre la verdad


No nos dejemos envolver por esas tinieblas de la mentira, seamos auténticos y congruentes en nuestra vida y nuestra palabra sea siempre la verdad

1Reyes 19, 19-21; Sal 15; Mateo 5, 33-37
‘Te lo juro por lo más sagrado…’ Y no es expresión de chiquillos como algunas veces pudiera aparentar. Hay personas que parece que no saben decir dos cosas seguidas sin que medie por medio un juramento. Y ya no es solo juramentarse para reafirmar que lo que estamos diciendo es verdad, sino que lo empleamos con frecuencia como promesa de futuro, algo que queremos hacer, algo que vamos a hacer y que alguien puede poner en duda de que seamos capaces de realizarlo y ya va por medio el juramento.
El juramento viene a ser como una reafirmación de que lo que decimos o prometemos es verdad. Lo reafirmamos con el juramento; y ya no es solo el carácter religioso sagrado que en si tendría el juramento poniendo a Dios por testigo de aquella afirmación que hacemos, sino que en nuestro mundo laicista muchas veces le quitamos esa referencia a Dios, pero ponemos por medio nuestro honor o nuestra conciencia. Es lo que vemos ya con frecuencia en la juramentación de lealtad y honradez al tomar posesión de un cargo público o de nuestros representantes sociales. También sabemos en lo que se quedan muchas veces esos juramentos cuando se hacen o esas promesas de lealtad apelando a la conciencia y al honor.
Con lo fácil que sería que nunca se pusiera en duda la veracidad de lo que afirmamos o de lo que prometemos, porque así es la veracidad de nuestra vida, así es la sinceridad con que siempre hablamos y actuamos, que en nosotros no cupiera ni la mentira ni la falsedad sino que fuéramos auténticos y leales como para que nuestras afirmaciones sean siempre verdad. Pero ya sabemos muy bien cómo andamos siempre con la  desconfianza ante aquello que prometen o nos prometen.
¿Nos conocía bien Jesús y ya sabía por dónde iban a ir nuestras flaquezas y deslealtades? Hoy le escuchamos en el evangelio decirnos que no juremos por ningún motivo. Pero es que Jesús en fin de cuentas viene a decirnos que lo que necesitamos es que seamos leales, seamos congruentes en nuestra vida, actuemos siempre movidos por la sinceridad y que si actuamos así nada ni nadie tendrían que poner en duda nunca nuestras palabras.
Y es que en los valores que Jesús viene a enseñarnos en el evangelio que tienen que resplandecer en nuestra vida están la verdad y la sinceridad. Nada que suene a falsedad o mentira cabe en la vida de quien es seguidor de Jesús que es Camino, y Verdad y Vida. Por eso le veremos hablar fuerte contra quienes tienen con plan de vida la falsedad y la hipocresía que es una mentira. Es la peor mentira de la vida; no es solo que digamos unas palabras por otras, que afirmemos como verdad algo que es mentira, sino la mentira de la vida misma cuando no actuamos con sinceridad, cuando nos dejamos arrastrar por la hipocresía para aparentar lo que realmente no somos.
Jesús es la luz que disipa toda mentira; Jesús es el camino que nos conduce a la verdad, siendo El mismo la verdad en plenitud; Jesús quiere que nos llenemos de vida que es llenarnos de amor para que actuemos siempre con sinceridad de corazón porque es la verdad que nos hace libres. Seguimos a Jesús el que vino a dar testimonio de la verdad aunque las tinieblas del mundo trataron de oscurecerla como siguen envolviéndonos esas mismas tinieblas en nuestra hora tan llena de falsedades y de vanidades. No nos dejemos envolver por esas tinieblas de la mentira, seamos auténticos y congruentes en nuestra vida con lo que decimos que creemos y que es la auténtica verdad de nuestra vida.

lunes, 27 de enero de 2020

Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad


Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30
Sembrar desconfianza es como ir socavando el terreno por los cimientos y como aparentemente nadie lo ve o se da cuenta pronto el edificio se vendrá abajo. Parece una maldad grande y así es realmente y con frecuencia nos encontramos actitudes así en la vida. No podemos alcanzar las altas cotas que otros están logrando con su tarea, nos corroe la envidia por dentro y buscaríamos la forma que fuera para destruir.
Y una forma es sembrar desconfianza; una forma es querer quitar el prestigio de aquel que vemos como contrincante. Es un lenguaje que vemos con demasiada frecuencia en la vida social, en la vida política, donde se siembra con facilidad la sospecha de los dobles intereses, se hace desconfiar de la gente porque les ponemos intenciones que ellos no tienen, porque aplicamos el éxito de lo que los otros han conseguido a las malas artes. Cuantas situaciones en este sentido podemos ver cada día en la vida social y en la vida política, pero que eso luego se traslada también a nuestras relaciones personales con los que estamos más cerca. Nos volvemos destructivos en lugar de ser constructores aprovechando todo  lo bueno de los demás.
Cuando le has quitado el prestigio a alguien con tus falsedades que difícil es que lo pueda recuperar. Es lo que hacemos con las críticas destructivas, que es como si desplumaras a una gallina en la calle un día de viento y luego quisieras recoger de nuevo las plumas. Y esos bulos corren disparatados sin que nadie los pueda detener; es lo que ahora llaman las falsas noticias, fake news creo que se dice ahora, para distraer al personal de lo que está sucediendo y para socavar lo bueno que los otros puedan estar haciendo. No somos capaces de aceptar nuestra incapacidad para hacer algo bueno pero lo que hacemos es desprestigiar al otro.
Es lo que vemos que sucede con Jesús. Hay quien no puede aceptar aquel mensaje nuevo que Jesús les ofrece. Anclados en su conservadurismo, que muchas veces es cuidar por sus posicionamientos, por las ventajas y beneficios que para ellos mismos tienen, no son capaces de abrirse a aquel mundo nuevo, a aquel sentido nuevo de las cosas, de la vida, que les ofrece Jesús.
Son graves las acusaciones que hacen contra Jesús, graves y blasfemas. Por eso les dirá Jesús que quien peca contra el Espíritu Santo no tiene perdón, porque quien niega la acción del Espíritu divino en nuestros corazones nunca será capaz de reconocer la negrura de su corazón y abrirse a la gracia misericordiosa de Dios. Acusan a Jesús de que obra con el poder del maligno; es algo muy grave lo que están diciendo.
No podemos negar el amor y la misericordia de Dios cuando lo vemos tan palpable delante de nuestros ojos. Es la acción de Jesús que nos muestra el rostro misericordioso de Dios en aquellos signos que realiza. Pero veamos eso mismo en nuestra propia vida, o en lo que sucede a nuestro alrededor. Eso bueno que vemos realizar a los demás ¿por qué no lo vemos como una gracia de Dios para nosotros, porque en esas obras buenas se manifiesta lo que es la bondad de Dios?
Seamos capaces de descubrir y aceptar tanto bueno que podemos recibir de los demás. Es una gracia de Dios para nosotros. Que no haya nunca actitudes y posturas negativas ante lo bueno que realizan los otros.

martes, 27 de agosto de 2019

Que nuestra fachada nunca engañe sino que exprese lo que en verdad somos con un corazón lleno de bondad y buenos deseos



Que nuestra fachada nunca engañe sino que exprese lo que en verdad somos con un corazón lleno de bondad y buenos deseos

1Tesalonicenses 2, 1-8; Sal 138; Mateo 23, 23-26
Imaginemos que llegamos a una casa que contemplamos en su exterior bellamente cuidada, en el enlucido lleno de colorido de sus paredes, en la belleza de puertas y ventanas, en los jardines que embellecen su entrada y que traspasado su umbral nos encontraremos esa primera habitación que nos recibe también en su apariencia bellamente acicalada y todo muy bien ordenado, sin embargo cuando vamos damos pasos en su interior comenzamos a ver que el orden aparente no es tal orden sino que oculta un desorden y desorganización muy grande donde contemplaremos cosas escondidas tras los muebles de primer plano, basuras por los rincones y algo muy distinto a la aparente belleza de la fachada.
Nos quedaremos cuando menos estupefactos y asombrados por lo que ahora estamos viendo donde ya todo no es belleza sino basuras y caótico desorden. ¿Qué podemos pensar? No tendremos que imaginar mucho para hacer nuestros juicios negativos hacia quienes habitan ese lugar y viven tras engañosas apariencias.
¿Será así nuestra vida y la forma que tenemos de presentarnos a nosotros mismos engañando también con apariencias? Cuántas veces la vanidad de la vida nos lleva por esos derroteros. Cuanta apariencia de personas buenas podemos dar haciendo muchas cosas para la galería, mientras nuestro interior está realmente lleno de corrupción y de maldad. De dentro del corazón del hombre, nos dirá Jesús en otra ocasión, brotan las malquerencias y todos los malos deseos.
Tras una sonrisa falsa podemos estar ocultando nuestras traiciones o nuestros recelos que van poniendo verdaderas vallas entre nosotros y los demás. Una apariencia de bondad pero quizá anide en el interior la maldad que nos lleva a la puñalada trapacera porque con nuestras apariencias buscamos nuestros intereses o nuestras ganancias y realmente poco nos preocupa lo que puedan estar pasando los demás; bonitas palabras pero corazones llenos de maldad.
De todo esto quiere prevenirnos hoy Jesús. No es que todos actuemos siempre de esta manera, pero con frecuencia surge la duda y la desconfianza, surgen los recelos y los distanciamientos, surge la tentación que aviva nuestros orgullos y nuestro amor propio, haciendo que surja ese mundo de vanidad y de apariencia que tanto daño nos hace aunque no queramos reconocerlo, porque solo nos parece que estamos ganando prestigios y pedestales realmente con sus bases bien llenas de polilla o de corrupción.
Necesaria es una autenticidad en la vida, donde en verdad nos manifestemos como somos. Claro que eso necesita también el reconocimiento de las debilidades que tenemos en nuestro interior para no vivir en la falsedad de las apariencias. Nos revestimos de esa vanidad y al final terminamos creyéndonos que somos así como aparentamos engañándonos a nosotros mismos. Claro que si reconocemos las debilidades es para que luchemos por superarnos, por purificar nuestro corazón. Que nuestra fachada nunca engañe, sino que exprese lo que en verdad somos, porque realmente nuestro corazón está lleno de bondad y de buenos deseos.

lunes, 26 de agosto de 2019

Que nunca nos envuelva la vanidad, la búsqueda de apariencias, los brillos superfluos que nos llevan por caminos de falsedad e hipocresía


Que nunca nos envuelva la vanidad, la búsqueda de apariencias, los brillos superfluos que nos llevan por caminos de falsedad e hipocresía

1Tesalonicenses 1,1-5.8b-10; Sal 149; Mateo 23,13-22
La falsedad y la hipocresía hacen odiosas a las personas. Ya sé que me podéis decir de entrada que tratándose de unas reflexiones con valores cristianos el odio es algo que no tendría que caber nunca en nuestros corazones, pero de alguna manera es una forma de hablar para expresar que esa negatividad e hipocresía es algo que nos tiene que caer mal, algo que no tendría que tener lugar en nuestra vida. Sin embargo el que actúa así, movido quizá de la vanidad, se cree grande e importante por la apariencia que quiere reflejar.
Sin embargo se llenan de vanagloria desde los aduladores de turno que les hacen soñar con sus brillos externos y aparentes, y colocándose sobre pedestales hasta quieren ser ejemplo para los demás. Pero a la persona de bien, el que quiere obrar con rectitud y actuar justamente esas cosas le repugnan, las rechaza y le duele en el corazón tanta falsedad como nos vamos encontrando en la vida. Pero sigue siendo una tentación constante que seguimos teniendo en la vida.
El que obra rectamente y quiere actuar en justicia quizá no se haga notar, sino que calladamente va sembrando su semilla de hacer el bien, no hará nunca alarde de lo bueno que hace sino que sabrá vivir con humildad la vida. Son estrellas que parecen escondidas pero que hacen brillar su luz, como tantas estrellas que podemos ver en la infinitud del firmamento, que parece que no destacan con un brillo especial pero en unión con todas las demás dan ese brillo especial al firmamento en una noche estrellada.
Así en la vida vamos dando nuestra luz, que nos parece pequeña, pero que unida a tantas otras luces que parecen pequeñas también dan un brillo de esperanza a la vida para que no todo sea falsedad e hipocresía. Son las luces que verdaderamente nos atraen, son ejemplo y estimulo para los demás y que nos ayudarán para que entre todos podamos hacer mejor nuestro mundo.
Hoy escuchamos a Jesús con palabras fuertes y duras para los que viven en la hipocresía y falsedad, porque quiere que aprendamos vivir en autenticidad buscando siempre lo que es mejor, lo que es lo principal, y que no nos vayamos por las ramas como tantas veces nos sentimos tentados. Jesús habla de actitudes muy concretas que poco menos que se habían convertido en costumbres hechas ley en su época; Jesús rechaza todo lo que sea manipulación de las personas y de la ley del Señor; siempre hay personas interesadas, pero que hacen mucho daño a los demás. No quiere que entre los que le siguen, entre los que optan por el Reino de Dios se dejen seducir por esas falsedades.
Estemos alertas y atentos en la vida para buscar la auténtica verdad, la auténtica ley del Señor, lo que verdaderamente es su voluntad, y buscaremos siempre así el bien del hombre para la gloria del Señor. Que nunca nos envuelva la vanidad, la búsqueda de apariencias, los brillos superfluos que son un engaño para la vida y para nosotros mismos. Que haya autenticidad en nuestra vida y busquemos siempre el bien.

sábado, 15 de junio de 2019

La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilita el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor


La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilita el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor

2Corintios 5, 14-21; Sal 102; Mateo 5, 33-37
Hoy para todo necesitamos dejar constancia en documento escrito firmado y sellado y si es ante notario mejor, y aun así seguimos con la desconfianza de la falsedad, porque la veracidad de nuestras palabras no es algo que brille con brillo especial.
Recordamos la veracidad de la palabra dada por nuestros mayores, daban su palabra, un apretón de manos y ya no era necesario ningún documento más porque nos podíamos fiar de la palabra dada. Hoy quizá hay momentos que ni bajo juramento nos creemos en lo que nos decimos. Ocultamos, engañamos, dejamos lados oscuros que nadie entiende o para que no nos entiendan y así vamos por la vida con la desconfianza por delante porque no nos fiamos, como se suele decir, ni de nuestra propia sombra.
Estamos haciendo mención por una parte a la veracidad y a la sinceridad con que hemos de andar por la vida en este mundo tan lleno de vanidades y de falsedades. Prima nuestro yo y nuestros intereses y ocultamos la verdad para que nada nos perjudique en nuestros intereses particulares y egoístas y nos vamos envolviendo en trampas de todo tipo. ¿Qué mundo y qué sociedad hacemos así?
Pero también estábamos haciendo mención a que ni siquiera respetábamos lo sagrado del juramento. Jurar es poner a alguien por testigo de aquello que hacemos o decimos, pero, ¿quién se puede fiar de nosotros para ser testigos de la veracidad de lo que decimos? Claro que en su sentido más profundamente religioso el juramento es poner a Dios por testigo de lo que decimos. Si en cualquier juramento unas condiciones necesarias son la sinceridad de lo que decimos y la justicia con que lo hacemos, ¿cómo podemos atrevernos a jurar por Dios en la falsedad y en la injusticia de nuestros actos? Grave pecado, grave sacrilegio tendríamos que decir. Por eso para no mermar la santidad y la importancia del juramento no ha de hacerse sin necesidad.
Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el Evangelio. Y nos dice que no juremos ni por lo más sagrado. Que nos basta decir si o decir no. Con lo que hay que resaltar entonces la sinceridad con que andamos por la vida. Ojalá siguiéramos el mandato del Señor. Qué felices seríamos y que bonitas serían nuestras mutuas relaciones. Crearíamos confianza entre unos y otros y así seriamos capaces de tendernos las manos los unos a los otros para caminar juntos y para juntos hacer que nuestro mundo sea mejor.
Desgraciadamente llenamos de oscuridades nuestra vida con nuestra falta de sinceridad. Y no son solo ya las palabras que pronunciemos sino las actitudes negativas con que vivimos en la vida. Nos queremos revestir de honorabilidad pero tenemos muchos lados oscuros en la vida, esas sombras de vanidad, de falsedad de hipocresía en que nos envolvemos. Despojémonos de esas falsas vestiduras y revistámonos de luz, la luz de la sinceridad y de la verdad, la luz de la autenticidad y de la congruencia.
La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilitan el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor. Y en esto los que nos decimos seguidores de Jesús tenemos un compromiso que cumplir. Seguimos a Jesús que es el Camino, y la Verdad, y la Vida.


martes, 28 de agosto de 2018

La autenticidad, la compasión y la sinceridad son virtudes y valores que hemos de cuidar y hacer resplandecer en nuestra vida para hacernos verdaderamente creíbles



La autenticidad, la compasión y la sinceridad son virtudes y valores que hemos de cuidar y hacer resplandecer en nuestra vida para hacernos verdaderamente creíbles

2Tesalonicenses 2,1-3a.14-17; Sal 95; Mateo 23,23-26

La sinceridad es una de las virtudes y valores que más apreciamos. Una persona sincera nos merece confianza; a quien encontramos con engaños y falsedades pronto le perdemos el respeto y porque nos es creíble para nosotros nos será muy difícil mostrarle nuestra confianza.
Son las mentiras en las que ocultamos la verdad, las mentiras en las que a conciencia decimos una cosa por otra porque queremos engañar, son las mentiras de la falsedad con que ocultamos nuestra autentica apariencia no mostrándonos como somos, son las mentiras de la vanidad y de la hipocresía con que vivimos la vida queriendo aparentar lo que realmente no somos, son las mentiras de la incongruencia con que vivimos la vida mientras proclamamos unos principios muy bonitos sin embargo nuestro actuar va por otros derroteros.
Algunas veces hemos infantilizado demasiado el concepto de la mentira dejando de lado las tremendas mentiras que puede haber en nuestra vida que son las que verdaderamente nos hacen daño.
Las personas que se nos manifiestan con autenticidad merecen nuestro aprecio, aunque lo que descubramos no sean solo virtudes, sino que podamos apreciar incluso las debilidades de su vida. A fuer de sinceros tendríamos que ser capaces de reconocer que todos tenemos debilidades y no actuamos a la perfección aunque lo deseáramos, pero si no ocultamos nuestras debilidades de alguna manera estamos diciendo que son cosas que queremos superar, que en nosotros quiere haber un esfuerzo de superación. Pero la debilidad que quizás mas nos cuesta perdonar en el otro es su falta de autenticidad ocultando tras un velo de vanidad la realidad de su propio ser.
Jesús que es la verdad en si mismo, de quien incluso sus adversarios alaban su sinceridad y lealtad, se muestra dura en el evangelio con quienes llenan su vida de hipocresía y falsedad; el hipócrita que está queriendo mostrar una cara distinta a lo que es la realidad de su vida de alguna forma nos está demostrando la vaciedad de su vida; no tiene nada bueno que mostrar y se oculta tras las vanidades y apariencias.
Lo venimos escuchando en el evangelio en estos días. Son duras las palabras de Jesús contra los fariseos a los que llama hipócritas, porque aunque se ponen exigentes en la apariencia de una vida muy cumplidora, por dentro más que vacíos lo que están llenos de podredumbre. Sepulcros blanqueados los llama. Mucha blancura de cal por fuera pero que oculta y quiere disimular la podredumbre de su interior. Muy limpia la copa y el plato en su exterior, pero muy sucia en su interior.
No tengamos miedo de mostrar la autenticidad de nuestra vida; no queramos vivir en apariencias; que haya verdadera congruencia en nuestro actuar con lo que proclamamos con nuestras palabras; que tratemos de llenar nuestro corazón de los verdaderos valores que van a reflejarse en el actuar de nuestra vida. Que nos mostremos verdaderamente creíbles por la sinceridad de nuestro actuar.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Llenemos nuestro corazón de amor, de deseos de bien, de paz y armonía y aprenderemos actuar con delicadeza y entrega generosa para con todos

Llenemos nuestro corazón de amor, de deseos de bien, de paz y armonía y aprenderemos actuar con delicadeza y entrega generosa para con todos

1Reyes 10,1-10; Sal 36; Marcos 7,14-23

De lo que llevamos en el corazón habla nuestra boca y hacen nuestras manos. Lo que somos por dentro se va a manifestar queramos o no en lo que hacemos. Algunas veces las apariencias nos pueden confundir; la hipocresía de quien manifiesta una cara mientras en su interior guarda otros sentimientos termina por desenmascararse; las caretas como falsas que son no duran siempre y pronto se caerán y dejarán ver la verdad de lo que hay en nuestro corazón.
Qué importante es la rectitud del corazón y como hemos de procurar mantener esa pureza interior. Cuánto daño hacemos con nuestras malicias ocultas que siembran desconfianzas, que conspiran contra todo lo bueno, que se vuelven destructivas como destructiva es siempre la envidia que nos corroe por dentro. La sagacidad del hombre perverso y de mal corazón tratará de llevarse por delante todo lo bueno que haya a su alrededor antes de que podamos desenmascararla.
Y desgraciadamente hay demasiado de todo eso en el mundo en que vivimos y nos podemos contagiar. Tenemos que estar alertas porque es una mala epidemia que nos contagia fácilmente y nos hace daño y no solo a nosotros sino que hará daño a los demás.
Es de lo que quiere prevenirnos hoy Jesús en el evangelio. La ocasión ha sido cuando han venido los fariseos con sus reclamaciones porque los discípulos de Jesús no se lavaban las manos antes de comer. ‘Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga’.
Lo dice claramente Jesús, es lo que sale de dentro del corazón del hombre lo que manifiesta la malicia y lo que nos llena de pecado. Los discípulos no terminaran de entender porque mucha era la influencia de las enseñanzas de los fariseos y doctores de la ley que se fijaban solamente en las cosas externas. Como decíamos antes nos podemos contagiar fácilmente. Cuantas veces nosotros también en la vida le restamos importancia a lo que verdaderamente ha de tenerla, porque es lo que todo el mundo hace. No porque todo el mundo haga una cosa significa que es buena, sino que hemos de saber ver la rectitud en si misma y no dejarnos influenciar tan fácilmente.
Por eso ante la pregunta de los discípulos más cercanos a Jesús cuando llegan a casa, Jesús les dirá tajantemente: ‘Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Es la maldad del corazón la que nos hace hablar mal, la que nos lleva a las malas acciones, la que impulsa nuestras violencias y nuestros orgullos, nuestros resentimientos y nuestros odios, la que  no nos deja ser verdaderamente misericordiosos y solidarios sino que nos hace egoísta o nos encierra en nosotros mismos.
¿No habremos fijado bien lo que predomina en nuestro corazón? No nos quedemos en la buena voluntad, sino pensemos en las intenciones algunas veces torcidas que surgen de dentro de nosotros. Llenemos nuestro corazón de amor, de deseos de bien, de paz y armonía y aprenderemos a tratar mejor a los demás, a tener sincera confianza en las personas, a saber actuar con delicadeza y entrega generosa para con los demás.