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martes, 25 de agosto de 2026

De nada nos vale un oloroso perfume que nos pongamos externamente si dejamos que nuestro corazón lleva el desagradable olor de la maldad

 


De nada nos vale un oloroso perfume que nos pongamos externamente si dejamos que nuestro corazón lleva el desagradable olor de la maldad

2 Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Salmo 95; Mateo 23, 23-26

Y aun seguimos viviendo en un mundo de apariencias; y no me quiero referir solo a las vanidades de la vida que manifestamos con nuestros lujos por una parte, pensando que nuestros ostentosos vestidos son los que nos dan verdadero prestigio, sino quiero pensar más en la falsedad con que aparentamos una bondad que no tenemos, una rectitud que se queda solo en el cumplimiento de unas normas sino saber encontrar su sentido más hondo, o el ocultamiento de los verdaderos sentimientos que tenemos dentro de nosotros bien lejanos de una bondad y de una auténtica cercanía de amor y amistad.

Es lo que hoy Jesús en el evangelio quiere denunciar de nuestra vida, o mejor, las actitudes nuevas que hemos de vivir con autenticidad y con una vida congruente. Porque decir lo bueno que hay que hacer en cierto modo es fácil y de eso es capaz todo el mundo, pero hacer que esa bondad abunde en nuestro corazón que luego se refleje en unas actitudes y en una manera de actuar es algo bien distinto.

Por eso Jesús los llama hipócritas, esa palabra que nos habla de una doble cara; era la careta que se ponían los actores en el teatro para poder representar a un personaje. Era esa apariencia que el actor tenía que dar para poder caracterizar al personaje. Las caretas con las que ahora nosotros quizás queremos representarnos es la de cumplidores y la de personas buenas, pero ¿dónde está nuestro corazón? ¿Qué es lo que realmente sentimos por dentro? ¿Cuál es, por ejemplo, la malquerencia que ocultamos detrás de una sonrisa? ¿Queda algo profundo dentro de nosotros tras esa religiosidad que vivimos quizás solamente por seguir unas tradiciones o porque queda bonito el que nos presentemos así con esos signos religiosos externos cuando quizás nuestro corazón está muy lejos de Dios?

Como les dice hoy Jesús a los fariseos ‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad …!’ Es lo que nos tiene que hacer pensar. Nos es en cierto modo decir que somos muy creyentes y muy cristianos porque quizás aun mantenemos unas costumbres y tradiciones en su origen fruto de una religiosidad profunda, expresión de unos sentimientos cristianos, pero quizás luego nuestros valores, las cosas que marcan el sentido que le hemos dado a nuestra vida están muy lejos de lo que Jesús nos enseña en el evangelio.

¿Reflejamos de verdad ese amor cristiano, ese amor con el sentido que nos enseña Jesús en lo que hacemos o lo que son nuestras relaciones con los demás? Seguimos discriminando y poniendo distancias con aquellos que no nos caen bien, mantenemos el resentimiento y hasta el odio en el corazón dejándonos de hablar por cualquier cosa por la que nos hayamos sentido heridos, somos incapaces de ser misericordiosos y compasivos con los demás ofreciendo generosamente el perdón, actuamos desde la ambición o desde la envidia para destruir cuanto de bueno puedan hacer los demás. Y esto son cosas que suceden cada día en esta sociedad donde decimos que todos somos cristianos y luego hasta hacemos grandes fiestas al ‘Cristo’ de nuestra devoción, a la Virgen o al patrono de nuestros pueblos. Tras esas fiestas, por ejemplo, ¿donde florecen los valores y las actitudes cristianas?

Porque cuando leemos un evangelio como el de hoy quizás nos preguntamos por qué los fariseos actuaban como actuaban y ya tenemos preparado nuestro juicio de condena. Pero, ¿no nos pareceremos de alguna manera nosotros a ellos porque también vamos actuando con esa doble vida? Es cierto que somos humanos y siempre en nosotros hay debilidades, pero lo humano y valiente es reconocer nuestra debilidad pero querer dejarnos transformar por unas buenas y nuevas actitudes.

Por eso termina hoy pidiéndonos Jesús que limpiemos el corazón por dentro. No dejemos nunca que la maldad, sea la que sea, se enroque dentro de nuestro corazón. Esa apariencia sería como la del que se pone olorosos perfumes, pero su cuerpo sigue sucio y lleno de desagradable sudor. Como nos dirá en otro momento, eso es lo que verdaderamente nos hace impuros.


martes, 4 de agosto de 2026

Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

 


Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Salmo 101; Mateo 15, 1-2. 13-14

Uno de los signos anunciados por el profeta por los que había de reconocerse la llegada del Reino de Dios era que los ciegos recobrarían la vista. Así lo proclamó Jesús en la sinagoga de Nazaret con aquel texto proclamado del profeta Isaías; y Jesús había dicho al terminar su proclamación que aquello allí anunciado se estaba cumpliendo entonces.

Bien vemos a lo largo del evangelio cómo se repiten las curaciones de los ciegos que acuden a Jesús y bien nos proclamará Jesús que El es la luz del mundo. ¿Para qué es la luz? Para que podamos ver, pero también para que podemos iluminar; tenemos que iluminar. Pero además nos está pidiendo que nosotros seamos luz y la luz no se puede ocultar, tiene que ponerse en el lugar más estratégico para que todos se puedan iluminar. Así nos pedirá que salgamos a nuestros caminos con la luz en nuestras manos para que todos sean iluminados; así hemos de tener cuidado que no nos falte el combustible que mantenga encendida nuestra luz, no sea que nos pase como a aquellas doncellas que no fueron previsoras y no llevaron alcuzas con suficiente aceite para mantener encendidas sus lámparas.

Pero hoy nos encontramos con lo que sería un contrasentido, los ciegos que no reconocen su ceguera, creen que ven pero sus ojos están ciegos, no tienen luz pero rechazan la luz. Ya lo decía el evangelio de Juan al principio, las tinieblas rechazaron la luz. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Surge el comentario a raíz de lo que le dicen los discípulos a Jesús. Los fariseos se habían escandalizado con las palabras de Jesús. Y Jesús no había hablado sino de la necesaria autenticidad de nuestra vida que no se puede quedar en apariencias. Nos pide Jesús que miremos el corazón que es de donde sale la más terrible maldad. ‘Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre’.

La ley del Señor que pedía la pureza interior desde la mayor autenticidad se había transformado con las normas y preceptos que se les hacían insoportables de lo que podían o no podían comer porque solo por eso se convertía en impuro el hombre. Y venían las normas de lavarse las manos para no caer en esa impureza por algo que pudieran haber tocado. Era algo muy arraigado en la fe judía y de lo que les costó liberarse. Recordemos aquella visión de Pedro en la que descendía del cielo un gran mantel con toda clase de alimentos y se le decía a Pedro que tomase de aquel mantel y comiese; Pedro se negaba porque allí había alimentos impuros, pero el Señor le decía que lo que Dios declaraba puro porque de sus manos había salido el hombre no podía declararlo impuro.

Ahora ante la observación de Jesús para que examinemos lo que sale de nuestra boca, lo que sale dentro de nosotros cuando tenemos el corazón lleno de maldad, los fariseos se escandalizan. Y es cuando Jesús nos deja esta observación de que son ciegos que no quieren reconocer su ceguera y por eso nunca irán en la búsqueda de la luz. ‘Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo’.

Que no nos sucede a nosotros esto. Tenemos cegueras porque son muchas las debilidades que nos envuelven; somos ciegos muchas veces cegados por el orgullo y por el amor propio; somos ciegos en nuestras autosuficiencias en que no nos dejamos enseñar; somos ciegos en nuestras insolidaridad que nos encierra en nosotros mismos; somos ciegos que solo nos miramos a nosotros mismos y lo que son nuestros intereses; somos ciegos arrastrados por la vanidad que nos hace creernos los mejores y los superiores; somos ciegos y no somos capaces de ver un hermano en quien está a nuestro lado sea cual sea su condición. Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo.


jueves, 2 de octubre de 2025

Hacernos como niños en la simplicidad y en la generosidad, en la ausencia de malicia y en el deseo de crecimiento interior, camino para vivir el Reino de Dios

 

Hacernos como niños en la simplicidad y en la generosidad, en la ausencia de malicia y en el deseo de crecimiento interior, camino para vivir el Reino de Dios

Nehemías 8, 1-4ª. 5-6. 7b-12; Salmo 18; Mateo 18, 1-5. 10

Nadie quiere aparecer como pequeño e insignificante. Es una tentación que sentimos, aunque al final tengamos que reconocer que no somos tan importantes, al menos entre los que nos rodean queremos hacernos notar; nos puede suceder a todos, buscamos influir, que se nos tenga en cuenta, no queremos quedarnos atrás, nuestro deseo es sobresalir. Y sucede en todos los ámbitos, muchas veces nos quedamos relegados a un ámbito más cercano, pero vemos que en esa escala ascendente de los que se sienten poderosos continuamente andamos en esa carrera por ostentar el poder, por creernos superiores o mejores que los demás; cuántas vanidades de ese tipo contemplamos en la vida social, en la política o en los círculos de influencia en nuestra sociedad; verdadera guerras sordas por conseguir esos lugares de apariencia o de poder.

Frente a esa experiencia de la vida cada vez más frecuente, aunque siempre ha habido quien se ha andado con esas insuflas de grandeza, hoy nos habla Jesús en el evangelio de que en su reino hemos de hacernos como niños. Palabras de Jesús que en el tiempo y momento en que fueron pronunciadas tenían como una connotación especial, por la poca importancia que en aquella sociedad se les daba a los niños. Hasta que no llegaran a una cierta edad en que ya se consideraran mayores no se les tenia en cuenta, se les dejaba a un lado.

Y ahí en medio de esa connotación de la sociedad Jesús nos viene a decir que seamos como niños; ¿con su inocencia? ¿Con su ingenuidad? ¿Con esa falta de malicia? ¿Con esa curiosidad de su espíritu que les hace preguntar y preguntar porque quieren saber, porque quieren entender? ¿Con esa simplicidad del niño que corre libremente de una lado para otro parece que es ajeno a todas las preocupaciones? ¿Con esa espontaneidad que se convertía en una generosidad natural siempre dispuestos a ser los primeros en hacer las cosas?

Podrían parecer valores muy infantiles, cosas de niños que nos decimos. Pero ¿realmente son valores infantiles o pueden convertirse en valores muy fundamentales para entender lo que ha de significar el Reino de Dios para nosotros?

Ojalá tuviéramos esa inocencia para quitar la malicia y desconfianza a nuestros actos, a lo que hacemos, a lo que son nuestras relaciones con los demás. Ojalá tuviéramos siempre esa hambre de aprender y de crecer, supiéramos acelerar ese motor de búsqueda interior que nos hace encontrarnos con nosotros mismos o con lo que es la verdad de la vida y de las cosas que vivimos. Ojalá tuviéramos esa disponibilidad que nos hace generosos haciendo que pensemos menos en nosotros mismos que en el bien que podemos hacer a los demás. Ojalá supiéramos entrar en esa órbita en la solo buscamos poner nuestra parte, nuestro granito de arena, sin buscar coronas de oropeles, sin querer estar imponiéndonos sino sabiendo colaborar poniendo cada uno su saber y su capacidad de actuar.

No son cosas tan infantiles, sino que serán cosas que nos harán profundizar más en nuestra vida para buscar lo que verdaderamente es fundamental y así abandonáramos esas ínfulas de vanidad que tantas veces nos envuelven para hacernos un mundo de fantasías y de superficialidad.

El evangelio de hoy nos ha querido hablar de esa sencillez con que hemos de tomarnos la vida, de esa alegría de vivir simplemente porque somos generosos, porque somos capaces de compartir con los demás lo que somos, porque estamos deseando estar siempre en esa actitud de servicio.

Claro que si hoy se nos ofrece este evangelio, en esta fiesta de los Santos Ángeles Custodios, es por aquello que se nos dice al final de que tengamos ‘cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’.

Nos quiere recordar este texto el sentido de la celebración de este día y es el pensar en esos Ángeles de Dios que están a nuestro lado, que serán inspiración celestial para nosotros y signos de esa presencia de Dios en nuestras vidas para insuflar en nosotros también esa fortaleza de gracia para el camino de nuestra vida. No nos sentiremos nunca abandonados de Dios que nos hace sentir su presencia en el signo de los ángeles del cielo y que son también una invitación para que nos unamos siempre, como decimos en la liturgia, al coro de los ángeles que canta la gloria del Señor.


martes, 26 de agosto de 2025

Olvidáis el derecho, la compasión y la fidelidad…Limpiáis por fuera la copa y el plato mientras por dentro rebosáis de maldad…’ ¿Qué es lo transformará nuestra vida?

 


Olvidáis el derecho, la compasión y la fidelidad…Limpiáis por fuera la copa y el plato mientras por dentro rebosáis de maldad…’ ¿Qué es lo transformará nuestra vida?

1Tesalonicenses 2, 1-8; Salmo 138; Mateo 23, 23-26

La verdad que son geniales las palabras de Jesús, sus imágenes y comparaciones; parábolas y alegorías que nos hacen entender el mensaje; frases lapidarias, podríamos decir, que nos impactan y nos hacen ir más allá de lo que es la literalidad de las palabras en sí mismas. ‘Coláis el mosquito y os tragáis el camello’, les dice hoy a los fariseos y maestros de la ley. Muy preocupados de lo que llamaríamos pijadas pero de las cosas grandes e importantes ni fijarnos en ellas. El mosquito se puede atragantar en tu garganta pero eres capaz de tragarte un camello entero.

Hablábamos de la literalidad de las palabras y no saberlas interpretar, no comprender lo que con ellas se nos quiere decir. muchas veces no es que no entendamos, es que nos resulta más fácil o más cómodo quedarse en esa literalidad que al final poco me compromete, pero no queremos entender, no queremos aceptar aquello que desde lo más hondo nos va a comprometer. Eso significa también el no ser auténticos en la vida, quedarnos en las apariencias, ir por lo más fácil, evitar lo que me pueda comprometer.

Es lo que les está echando en cara Jesús a aquellos dirigentes sociales de su época. Claro que tenemos que apretarnos el cinturón y pensar lo que con eso nos quiere decir hoy Jesús a nosotros, a nuestra sociedad, a nuestro mundo, ese mundo que estamos construyendo. ¿Qué fundamentos le estamos poniendo? ¿Cuáles son los valores que como verdaderos cimientos estamos poniendo en la vida? Cuando las piedras que ponemos en los cimientos no sirven porque pronto pierden la fuerza y la solidez que han de, el edificio se nos puede venir abajo. ¿Nos podrá suceder esto en nuestra sociedad en la superficialidad que estamos dejando introducir en nuestra vida y en nuestras costumbres?

Jesús les denuncia que se queden en esa superficialidad, en esas minucias de pagar impuestos simplemente por esas plantas aromáticas, pero que no sean capaces de comprometerse hacer que la vida de todos sea más digna, que haya más humanidad y más comprensión en las relaciones entre unos y otros, que se tenga un corazón verdaderamente compasivo y lleno de ternura y de misericordia, de darle más autenticidad a la vida siendo fieles a lo que de verdad se tiene que ser fiel, ya sea en nuestra relación con Dios ya sea en nuestras relaciones humanas, en el matrimonio, en las familias, entre los que son cercanos por amistad o por vecindad. ¿Qué será de verdad lo más importante?

Pero como decíamos la denuncia de Jesús no es solo para aquellas gentes sino que nos llega a nosotros. Podemos verlo como un toque de atención para nuestra sociedad en general donde estamos llamados a hacer una proclamación e esa verdad que auténticamente va a traer la salvación del hombre, pero tenemos que verlo como dirigida muy directamente a nosotros, los que nos llamamos sus seguidores, cristianos, que decimos que en Él hemos puesto nuestra fe. ¿Cuáles son esos verdaderos valores sobre los que estamos fundamentando nuestra vida? ¿En qué buscamos la plenitud y felicidad para nuestras vidas?

Podemos andar también con muchas superficialidades, con valores que no son permanentes, podemos seguir pensando en eso de pasárselo bien sea como sea que son cuatro días los que vivimos, podemos estar dejándonos contagiar por esa filosofía del mundo, podemos estar olvidando los verdaderos valores que Jesús nos transmite en su evangelio. ¿Por dónde andamos? ¿Sentiremos como se corroen y se destruyen esos cimientos que hemos puesto bajo nuestros pies y de alguna manera el edificio se nos viene abajo? ¿No será señal de ese vacío en que tantas veces nos encontramos?

‘Olvidais el derecho, la compasión y la fidelidad’, nos dice Jesús. ‘Limpiáis por fuera la copa y el plato mientras por dentro rebosáis de maldad…’ ¿Qué es lo que verdaderamente tenemos que transformar en nuestra vida?


domingo, 2 de marzo de 2025

Si nos decimos cristianos, que sea pues el evangelio de Jesús el que empape nuestra vida para resumar ese amor con que empapar nuestro mundo para hacerlo mejor

 


Si nos decimos cristianos, que sea pues el evangelio de Jesús el que empape nuestra vida para resumar ese amor con que empapar nuestro mundo para hacerlo mejor

Eclesiástico 27, 4-7; Salmo 91; 1Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

Es cierto lo que nos dice Jesús en el evangelio, y no podía ser menos; me refiero a esa imagen que emplea hoy del árbol, sabemos que es un peral porque nos da peras, sabemos que es una higuera porque nos da higos. ¿Qué clase de árbol somos? Nuestras palabras, lo que hacemos nos define; y eso es importante, no porque digamos cosas bonitas de nosotros mismos estamos definiendo lo que somos. Es la necesaria autenticidad de vida.

Es lo que nos está pidiendo hoy el evangelio. Nos defraudan aquellos que hablan mucho y nada hacen; la pasividad no es una buena muestra del sentido que le damos a la vida; pero más aun cuando queremos dar una bonita imagen, pero por otra parte estamos haciendo lo contrario de lo que decimos; es necesario que seamos en verdad congruentes entre lo que decimos, lo que proclamamos a los cuatro vientos como normas o como leyes que decimos que van a cambiar el rumbo de la vida y luego lo que hacemos, unas veces tras el disimulo y la apariencia o abiertamente en contra de aquello que hemos enseñado. Desgraciadamente entra en lo ordinario que contemplamos en la vida; con sinceridad tenemos que reconocer que por nuestra debilidad y flaqueza no siempre somos lo auténticos que tendríamos que ser.

El texto del evangelio que hoy se nos ofrece puede parecernos como una recopilación de distintas sentencias de las palabras de Jesús en distintos momentos pero que el evangelista nos presenta así como un único discurso; pudiera parecernos incluso como si no hubiera autentica conexión entre unas y otras pero siempre hemos de saber contemplar la unidad del evangelio en su conjunto, porque es la buena noticia que Jesús nos esta proclamando con sentido de nuestra vida cuando queremos vivir el Reino de Dios.

Nos hablará del ciego que no puede ser guía de otro ciego, como del discípulo que primero tendrá que realizar su aprendizaje antes de ser tenido como verdadero maestro; nos habla de las vigas que dejamos meter en nuestros ojos que nos van a impedir tener la visión clara tanto para nosotros seguir el camino como para poder ayudar a los demás; y nos hablará finalmente con la imagen a la que hacíamos referencia al principio de los frutos que ha de dar ese árbol de la vida, y que por los frutos, por lo que hagamos se nos va a conocer y definir.

Hay todo un mensaje que nos está pidiendo autenticidad y congruencia, de la rectitud que tiene que haber en nuestro corazón para que en verdad seamos testimonio ante los demás. Esa autenticidad será lo que hará creíble nuestro mensaje, nuestro testimonio. No nos valen las apariencias ni las vanidades; siempre se ha dicho que más pronto se coge a un mentiroso que a un cojo, porque al final la verdad resplandecerá y si hay mentira en nuestra vida quedaremos desenmascarados y al descubierto.

Por eso hemos de cuidar tanto nuestro interior; y ya nos dirá Jesús en otro momento que de nuestro interior, cuando está podrido, saldrán todas nuestras maldades; no lo que entra por la boca, sino de esa malicia que podamos llevar en nuestro interior. Nos dirá también que no podemos ser sepulcros blanqueados, muy bonitos por fuera pero por dentro, como es normal porque es un sepulcro, lleno de podredumbre. No podemos ser ese sepulcro porque estemos guardando en nuestro interior todas esas maldades.

Por eso, tenemos que sanarnos por dentro, no dejemos que aquello desagradable que suceda en nuestro entorno nos haga guardar malos recuerdos, nos haga guardar reticencias y odios mal curados, nos haga guardar deseos de venganza y rencor, nos haga actuar de la misma manera malvada e injusta que podamos ver en nuestro entorno contagiándonos de ese mal.

¿Para qué guardar esa podredumbre en nuestro corazón? Nos vamos enfermando en nuestro interior y nos vamos llenando de muerte. ¿No decimos que no tenemos que dejar que nos contagien los virus que nos contagiarían de enfermedad y nos pueden llevar a la muerte? Si así cuidamos nuestro cuerpo, ¿por qué no cuidar nuestro espíritu? No nos dejemos enfermar, vivamos sanamente en lo espiritual. Por eso nos decía Jesús que de lo que rebosa de nuestro corazón habla la boca y que por el fruto se conoce al árbol. Vayamos con mirada limpia, porque hemos limpiado el corazón, porque no hemos dejado atravesadas las vigas de la maldad dentro de nosotros.

Hemos hablado de congruencia y de autenticidad. Nos decimos cristianos, creyentes en Jesús, que sea pues el evangelio de Jesús el que empape nuestra vida para que podamos resumar ese amor con el que empapemos nuestro mundo para hacerlo mejor.

 

miércoles, 12 de febrero de 2025

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

 


Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

Génesis 2,4b-9.15-17; Salmo 103; Marcos 7,14-23

Son cosas que vamos observando en la vida y que tras reflexión nos hacen pensar en lo que es realmente importante, lo fundamental. Las apariencias engañan. Podemos contemplar por ejemplo un edificio de rica y bella factura exterior pero que cuando traspasamos sus puertos lo encontramos inservible y lleno quizás de miseria; podemos contemplar a nuestro paso personas bella y elegantemente vestidas, pero cuando estamos a su lado por ejemplo no soportamos el desagradable olor que despiden unos cuerpo que no están limpios; podemos contemplar personas que se nos presentan, como solemos decir, con mucha labia, presentándose como expertos en todo porque de todo opinan, pero que cuando las escuchamos con atención nos damos cuenta de su vacío interior. Así podíamos pensar en muchas cosas que se ocultan tras una fachada de vanidad y ostentación que de nada sirve.

Es en lo que nos quiere ayudar a pensar hoy Jesús en el evangelio. Nos hablará en fin de cuentas de esa necesaria profundidad interior que será la que dará verdadera grandeza a nuestra vida y no nos podemos quedar en superficialidades ni en apariencias, no podemos contentarnos con un rígido legalismo ni con un ritualismo vacío que al final nos hará vivir como en un sin sentido.

Habían comenzado, como escuchamos ayer, preguntando por la falta de pureza de sus discípulos porque no se lavaban las manos antes de comer el pan. Por eso habla Jesús que no es lo que entra de fuera lo que hace impuro al hombre, sino la maldad que tenemos en nuestro interior. ‘Escuchad y entended todos, les dice, nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’.

Cuando llegan a casa los discípulos le preguntan sobre el sentido de sus palabras. Estaban acostumbrados a escuchar las enseñanzas de los maestros de la ley influenciados por aquella corriente de los rigoristas fariseos que iba teniendo su influencia que la ley había que cumplirla a rajatabla y sin hacer preguntas, por así decirlo, porque eso sería lo que manifestaría una fidelidad a la Ley y a los profetas.

Y Jesús les explica detalladamente el sentido de lo que les está diciendo. Lo que necesitamos es una autenticidad en la vida, una congruencia entre lo que hacemos y lo que en verdad vivimos. No nos podemos contentar con cumplir unas normas o unos preceptos si luego en el día a día de nuestra vida nuestro corazón está muy lejos de Dios y de lo que en verdad quiere Dios de nosotros.

También nosotros tenemos que preguntarnos y hacerlo con sinceridad. ¿No andaremos algunas veces también en unos cumplimientos rituales pero con un vacío interior muy peligroso? Las superficialidades harán que al final todo se quede en nada y porque al final no saboreamos con gusto aquello que hacemos, que solo lo tomamos como una obligación que se convierte como una carga impuesta, terminaremos de dejar de hacerlo todo.

Es la pendiente por la que hemos caminado muchas veces que nos lleva poco a poco a ese debilitamiento de nuestra fe, a esa pérdida de convicciones, a esa tibieza espiritual que terminara en un frío vacío. Las cosas tibias que no tratamos de darles calor desde lo más profundo terminan convirtiéndose en piedras de hielo. ¿No será así cómo hemos llegado a esa indiferencia religiosa que contemplamos cada vez más en nuestro entorno?

Y Jesús nos recuerda que lo que hemos de tener limpio de verdad es el corazón, porque es de ahí, de dentro de nosotros mismos de donde surge toda la maldad. Nos escudamos muchas veces en las influencias que podamos recibir del ambiente que nos rodea; es cierto que el ambiente no nos ayuda gran cosa sino que se convierte en una tremenda tentación, pero en esa pendiente caemos porque nosotros no nos sentimos seguros dentro de nosotros sino que más bien estamos llenos muchas veces de malos sentimientos.

Es lo que tenemos que cuidar. No somos egoístas porque lo sean los que están a nuestro lado, sino porque hemos dejado enfriar el amor en nuestro corazón y pronto comenzamos a pensar mas en nosotros mismos que en los demás. Porque no nos hemos sabido controlar interiormente pronto surgirán los orgullos y las envidias, la soberbia de la vida y la vanidad, los resentimientos y los rencores. Como nos deja sentenciado Jesús ‘lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre’, y nos señala cosas muy concretas de nuestros malos sentimientos.

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, profunda espiritualidad son lo que nos llevará a una grandeza de vida.

miércoles, 7 de febrero de 2024

Purifiquemos y sanemos el corazón, llenemos de buena higiene nuestras mutuas relaciones y nuestro mundo será otro, vayamos con Jesús y El nos sanará

 


Purifiquemos y sanemos el corazón, llenemos de buena higiene nuestras mutuas relaciones y nuestro mundo será otro, vayamos con Jesús y El nos sanará

1 Reyes 10, 1-10; Sal 36; Marcos 7, 14-23

Hoy toca hablar de higiene. De alguna manera hemos venido hablando de ello. Vivimos hoy en un mundo donde se cuida mucho más ese tema. Hoy todo es cuidado para preservar la buena presentación de las personas, de las cosas y de los lugares. Lo cuidamos en nuestra presencia, lo cuidamos en los lugares en que habitamos – queremos tener nuestro hogar resplandeciente, como queremos que las calles y lugares comunes de nuestros pueblos y ciudades estén bien cuidados – como lo vigilamos en nuestra alimentación para que nada sea dañino o perjudicial para nuestra salud.

¿A qué viene todo esto que estamos diciendo? ¿Qué tiene que ver con el mensaje que hoy nos quiere trasmitir el evangelio? Tiene que ver y tiene relación. Pero también puede ser una contraposición a otras situaciones donde quizás no cuidamos tanto nuestra higiene mental, o la higiene de nuestro espíritu. Hay que notar la diferencia entre la preocupación que sentimos por esa higiene corporal o por esa higiene, digámoslo así, de lo exterior de aquellos lugares donde vivimos, y quizá el poco cuidado que tengamos con lo que llevamos dentro de nosotros.  Somos unos defensores ultra del medio ambiente, pero no cuidamos quizás tanto el bien ambiente que tendría que haber en nuestras relaciones humanas, que algunas veces terminan siendo tan inhumanas.

Quizás cuando hemos seguido el evangelio estos días no hemos llegado a entender ese afán que tenían algunos por lavarse las manos para no caer en impurezas legales porque hubieran tocado algo contaminado de muerte, pero somos nosotros bien parecidos porque cuidamos tanto nuestra higiene exterior - ¡cómo nos perfumamos incluso para dar buen olor y crear buen ambiente! – pero no cuidamos tanto aquello que llevamos en el corazón y que crea ese mal ambiente de unas relaciones tensas, de unas palabras fuertes, de unos resentimientos que no terminamos de sanar, de unas violencias interiores que nos hacen estar mal con todo el mundo, de unos distanciamientos que nos creamos poniendo barreras entre unos y otros, unas desconfianzas que crean abismos, y así podríamos pensar en muchas cosas que amargan nuestros encuentros, que nos hacen perder la paz, que dificultan una sana convivencia, que al final nos hacen sentirnos mal.

De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Como continuación de lo que ayer escuchábamos sobre el comer o no con manos impuras, hoy tajantemente nos dice Jesús. ‘Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’.

Están claras las palabras de Jesús, pero aun así, incluso sus discípulos más cercanos no entienden. Era tal lo influidos que estaban por todas aquellas normas que habían querido imponer los que se consideraban dirigentes entre los judíos en aquel momento. Siguen ellos pensando en la necesaria purificación. ¿Andaremos nosotros incluso entre nuestra propia iglesia un poco con esos criterios de purificación, en que al menos tenemos que dar una buena apariencia externa?  Por eso cuando llegan a casa piden explicación.

También nosotros en muchas cosas nos queremos dar nuestras explicaciones y necesitamos escuchar más a Jesús. ‘¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre… Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro…’

¿Qué es lo que destruye nuestras buenas relaciones y la buena convivencia entre unos y otros? ¿Qué es lo que rompe la paz y la armonía entre las personas? Examinemos toda esa lista de cosas que nos señala Jesús y nos daremos cuenta.

Todo eso malo que llevamos dentro es lo que está produciendo la más horrible enfermedad de nuestra humanidad, lo que nos está haciendo tan inhumanos, lo que crea esas tensiones en que vemos vivir nuestra sociedad, lo que está ahondando esos abismos en que no llegamos a entendernos. Miremos lo que sucede cada día, lo que nos muestran los medios de comunicación de tantos ámbitos de nuestra sociedad, miremos lo que son todas esas cosas que nos destrozan la familia, que rompen amistad, que distancian a los vecinos.

Purifiquemos el corazón, sanemos el corazón, llenemos de buena higiene nuestras mutuas relaciones y nuestro mundo será otro. Vayamos hasta Jesús, escuchémosle, dejémonos sanar por El.

lunes, 26 de septiembre de 2022

Aprendamos a dejar a un lado los protagonismos y a dejarnos inundar por la humildad y el espíritu de servicio para con corazón acogedor valorar lo bueno de los demás

 


Aprendamos a dejar a un lado los protagonismos y a dejarnos inundar por la humildad y el espíritu de servicio para con corazón acogedor valorar lo bueno de los demás

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

Me van a decir algunos que no, pero hemos de reconocer que queremos ser los más guapos, los más altos, los más inteligentes, en una palabra, que queremos ser los mejores en todo; y no es porque nos estemos esforzando quizás mucho por ser los mejores, pero que venga alguien y ocupe en lugar nuestro aquel lugar con el que soñábamos, que venga alguien y quede por delante nosotros porque en la carrera corrió más, o porque supo ser más sagaz para ponerse por delante y no hubo manera que nosotros le venciéramos; nos sentimos mal, en cierto modo humillados si nos relegaron a un segundo puesto cuando nosotros creíamos que teníamos asegurado el primer puesto.

En esa andaban los discípulos de Jesús, aquellos que andaban más cerca de Jesús en todo momento, aquellos a los que Jesús había elegido para ser sus enviados. Ahora andaban discutiendo por quien valía más, quien era el primero en aquel grupo ya fuera porque se creyeran los más antiguos, los primeros que comenzaron a seguir a Jesús, o porque se consideraban con más derechos o privilegios que los demás para ocupar los primeros puestos cuando Jesús no estuviera. Como nosotros cuando en la vida nos vamos dando empujones porque queremos salir bien en la foto… a ver cuanto más cerca que podamos del personaje que consideramos principal.

¿Esos codazos y esas zancadillas tienen sentido en un grupo de hermanos? ¿Qué sentido y que valor tiene que andemos en esas carreras, con esos empujones cuando formamos parte de una misma humanidad que entre todos tendríamos que preocuparnos de hacer que cada día sea más humanidad? Cuando vemos que Dios nos ha puesto el mundo en nuestras manos para que entre todos los hagamos caminar, no tienen sentido nuestras rivalidades ni nuestras envidias, nuestros orgullos o mal disimulado amor propio cuando tendríamos que aprender a valor lo que realmente cada uno vale y la función que cada uno tiene en ese mundo que es de todos.

Cuánto nos gustan los protagonismos, que aparezcamos nosotros, que parezca que somos los únicos salvadores, que acapararemos todos los méritos, que nos pongan sobre pedestales. Y cuando aparece alguien que nos pueda dar sombra o quitar protagonismo nos recomemos por dentro y surgen los recelos y las envidias, el desprestigiar o el quitar méritos, creyendo que somos los únicos que podemos hacerlo.

Y Jesús nos da la gran lección, a la chita callando, como se suele decir. Solamente cogió un niño y lo puso en medio de ellos y les digo que todos teníamos que comenzar por ser como niños. ¿Nos quiere infantilizar Jesús? Ni mucho menos. Necesitamos de la virtud de la humildad y de la sencillez, el espíritu abierto de un niño que con todos se junta y con todos juega y reaviva sus sueños, en el que no caben personalismos porque aun en él no hemos despertado los orgullos y los sueños de grandiosidades, que se deja querer y a todos ofrece la limpieza de sus ojos.

Pero nos dice aun algo más Jesús, no solo hemos de ser como ellos sino también saber acogerlos a ellos, aunque nos parezcan pequeños y nada nos exijan. ‘El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’. Cuantas veces vamos por la vida apabullando a todo el que nos parece menos, a todo el que nos parece pequeño e insignificante. ¡Qué sabes hacer tú!, le decimos a aquel que nos parece inferior, ¿me vas a dar lecciones a mi?

Y Jesús nos está diciendo que nos dan lecciones los niños, que nos dan lecciones los pequeños, que nos dan lecciones aquellos que menos consideramos y a los que quizá no queremos dejar que hagan algo para que no ocupen nuestro lugar. Por allá vinieron a decirle a Jesús que a uno que no de su grupo pero que también echaba demonios en nombre de Jesús se lo habían querido prohibir. ‘El que no está con nosotros, está a favor nuestro’, les viene a decir a Jesús para que nadie se crea el único protagonista o el único que sabe hacer las cosas bien.

Qué distinto es el estilo de Jesús; qué amplitud de miras tiene su corazón; qué apertura a lo bueno, venga de donde venga, porque siempre será construir el Reino de Dios; en qué caminos nuevos nos está poniendo Jesús. No se trata de carreras para ver quien llega primero, sino para ver quien es el que mejor sirve a los demás.

sábado, 13 de agosto de 2022

 


Cuando vayamos con la mirada del niño y tengamos siempre las puertas abiertas estaremos dando la señales del Reino

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

Aunque hoy nos llenamos de orgullo y se nos hace la boca agua para hablar de cuánto hemos avanzado, del mundo mejor que hemos hecho, de cómo se van reconociendo los derechos de todos, y sin negar niveles de progreso que se han conseguido, hemos de reconocer que todavía nuestro mundo está lleno de etiquetas, de distinciones que nos hacemos que si progresistas o carcas, que si proceden de este u otro lugar o país, de esta zona o de aquella isla y también ¿por qué no? aun hacemos distinciones por el color de la piel. Pero no solo eso luego vienen los que se creen más importantes porque son más progresistas, vienen los que se siguen fijando en las apariencias, que si es una persona de la calle porque no tiene donde vivir y así no se cuentas discriminaciones más que nos seguimos haciendo.

Es la realidad. Los que nos parecen pequeños no los tenemos en cuenta, mientras a los que van avasallando les tenemos temor porque no sabemos qué jugarreta nos harán. Y nos vamos contagiando con esas cosas parece que sin darnos cuenta, y tenemos nuestras miradas y nuestras apreciaciones hacia quien nos llega quizá a tocar a la puerta de la casa o lo vemos merodeando allí por donde vivimos. Y surgen los recelos, las desconfianzas, las miradas a distancia, y hasta las humillaciones porque con todos no nos mezclamos.

Jesús hoy en el evangelio nos da una hermosa lección que podíamos decir es un gesto más de cómo él se va acercando a todos sin distinción. Hoy es con algo tan inocente como un niño. Por allá andan los discípulos cercanos a Jesús con sus prejuicios por una parte pero también en un exceso de celo con las barreras que quieren interponer, porque no se puede molestar al Maestro. Están en la plaza y los niños se acercan a Jesús. Los niños tienen una intuición especial para saber a quien se acercan; por otra parte las madres muy entusiasmadas con Jesús les traen a sus hijos para que Jesús les imponga las manos y los bendiga. Pero al Maestro no hay que molestarlo y salen por allí muy ‘fervorosos’ los discípulos.

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Allí está la palabra y el gesto de Jesús. Ahí está la hermosa lección de Jesús. Como sugeríamos antes no es sino una prolongación de lo que Jesús habitualmente hace. A todos se acerca. Deja que todos se acerquen a Jesús.

¿No le critican los fariseos porque como con publicanos y prostitutas? ¿No llamó a Zaqueo el publicano porque quería hospedarse en su casa? ¿No invitó a Leví que estaba en su mostrador de cobrador de impuestos para que le siguiera y luego participó con él en el banquete que ofreció en su casa? ¿Pero no había ido a comer también a casa de Simón el fariseo, aunque en aquella ocasión hasta dejó que una mujer de la calle le lavara los pies? ¿No recibió en la noche en su casa a Nicodemo, hombre principal y magistrado cuando éste vino a verle?

En la orilla del lago permitía que todos se arremolinaran en torno a El para escuchar su Palabra; la gente la estrujaba cuando caminaba hasta la casa de Jairo y aquella mujer impura por sus flujos de sangre llegó hasta tocarle el manto, cuando le hacía reconocer Pedro y El preguntaba quién lo había tocado. ¿Cómo no iba a ahora a dejar que los niños, los pequeños, se acercaran a El?

Pero es que Jesús quiere decirnos algo más. Hay que ser como esos niños para poder entrar en el reino de los cielos. Bien sabido es lo poco que eran considerados los niños en aquella sociedad de entonces, eran como personas sin valor hasta que no llegaran a la mayoría de edad. Pero Jesús dice que hay que ser como un niño, y lo repetirá en otras ocasiones.

¿Cómo es la mirada del niño hasta que no se le hecho manchado con el ejemplo de nuestros malos deseos e intenciones? Una mirada limpia, una mirada curiosa e interrogativa, una mirada sin malicia ni maldad, una mirada que siempre se está ofreciendo para el encuentro, una mirada que se está fijando en cuanto le rodea para aprender, una mirada que se confía porque no piensa en la maldad de los otros. ¿No irán por ahí las características del Reino de Dios que nos está planteando Jesús?

Cuando en la vida aprendamos a ir sin poner etiquetas, sin hacer distinciones, sin ningún miedo ni temor a nadie, cuando vayamos abriendo nuestros brazos a todos y a todos ofreciendo nuestra sonrisa, cuando no hagamos distinciones de a quien hemos de saludar y de quien hemos de pasar de largo, cuando sepamos ponernos todos a la misma altura y si acaso nos agachamos es para lavarle los pies al que está a nuestro lado, cuando vayamos con la mano tendida para no desconfiar pero también para ofrecer la paz de nuestro corazón, cuando sepamos tener siempre abiertas nuestras puertas y sepamos mezclarnos con todos,  estaremos dando las señales del Reino, nos sentiremos hermanos, porque todos somos hijos del mismo Padre y Señor.

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

sábado, 26 de febrero de 2022

Serán los pequeños y los sencillos los bendecidos de Dios, los que poseerán el Reino y los que por la pureza de su corazón podrán ver a Dios



Serán los pequeños y los sencillos los bendecidos de Dios, los que poseerán el Reino y los que por la pureza de su corazón podrán ver a Dios

Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Uno de los rasgos humanos que destacan en la vida de Jesús es su cercanía. Muchas veces nosotros en la lejanía e influenciados por imágenes en las que a través de los tiempos los artistas han querido plasmar la figura de Jesús o que se han utilizado en la catequesis en un momento concreto de la historia podremos tener la tentación de imaginarnos la figura de Jesús que es el Señor en unas posturas un tanto hieráticas y de alguna manera manteniendo distancia, pero si nos fijamos con detalle en el evangelio es todo lo contrario lo que podemos descubrir.

Rodeado siempre de gente que llega a apretujarlo como le reconoce Pedro en alguna ocasión, en medio de la gente sencilla del pueblo, rodeado de enfermos, pobres y gentes que incluso por algunos eran considerados mala calaña; en algunas ocasiones es tanta la cercanía que cuando a algunos no le gustan las cosas de Jesús le empujan cuando quieren echarle del pueblo e incluso arrojarle por un barranco; los pecadores y las prostitutas llegaran hasta Él para lavarle sus pies o para tocarle el manto; en una ocasión a la orilla del lago tendrá que subirse a una barca para hablarles desde allí, no porque buscase la lejanía, sino para que todos le pudieran ver y escuchar; rodeado de gentes que le aclaman, de niños que gritan a su lado le veremos hacer el camino que le lleva a Jerusalén; se sentará en el patio de las casas del camino para descansar y refrescarse como sucederá en Betania. Normal es, pues, la imagen que nos presenta hoy el evangelio.

En la plaza Jesús sentado entre la gente pronto se verá rodeado de niños que poco menos que quieren jugar con El porque ellos son los que mejor detectan la cercanía y el cariño que le puedan ofrecer las personas. Las madres incluso los traerán para que Jesús les imponga las manos y los bendiga.

Pero allá están los celosos discípulos preocupados por el descanso de su maestro que tratarán de impedir que los niños así se acerquen a Jesús. Pero Jesús detendrá aquella celosa acción de sus discípulos, porque quiere verse rodeado de niños, sentir el calor y la alegría de sus risas y de sus juegos y porque además nos los querrá presentar como prototipo de cómo tenemos que acoger nosotros el Reino de los cielos.

‘Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos’.

Ser como los niños, acogedores, abiertos a la vida y al amor, humildes y sencillos, sin malicia en el corazón, buscadores de saber, desprendidos que dan su corazón, siempre tendiendo la mano para dejarse acompañar, pero sabiendo estar a nuestro lado con los ojos abiertos de su curiosidad… Todavía no les han maleado el corazón.

Es la apertura que necesitamos, es la búsqueda que tenemos que hacer, es el desprendimiento con el que tenemos que vivir, es el deseo de estar junto a los otros para hacer de la vida una fiesta… cosas que necesitamos para saber acoger el reino de Dios. Humildad y sencillez para aceptar a todos, siendo capaces de acoger al más pequeño y al más humilde, porque es ahí donde encontraremos la grandeza del Reino de los cielos.

Es por lo que Jesús dará gracias al Padre porque los misterios de Dios se revelan a los pequeños y a los sencillos y por lo que nos dirá que de los humildes y de los pobres es el Reino de Dios y los que son puros de corazón podrán ver a Dios. Son los bendecidos de Dios. Este pasaje es toda una bienaventuranza de Jesús. 

miércoles, 12 de febrero de 2020

Externamente por vanidad queremos mostrar una imagen contradictoria con la maldad que llevamos oculta en el corazón que nos daña y con la que dañamos a los demás

Externamente por vanidad queremos mostrar una imagen contradictoria con la maldad que llevamos oculta en el corazón que nos daña y con la que dañamos a los demás

1Reyes 10, 1-10; Sal 36; Marcos 7, 14-23
El evangelio que hoy se nos ofrece tiene una perfecta continuidad con el que ayer se proclamaba. Si entonces veíamos como los que habían bajado de Jerusalén vienen a echarle en cara a Jesús que sus discípulos no se lavan las manos antes de comer, con el peligro de que sean manos impuras por algo impuro que hubieran tocada y que entonces les producía una impureza en sus vidas, ahora vuelve a insistirnos Jesús en la necesaria pureza interior, porque la maldad no nos viene de fuera sino que la tenemos en el corazón del hombre.
Podemos, es cierto, recibir influencias desde el exterior, pero bien sabemos que la tentación no es pecado sino en el consentimiento de esa tentación. Podemos, como digo, recibir influencias desde el exterior porque pueden ser muchos los malos ejemplos y maldades que contemplemos que se pueden convertir como en una invitación para que nosotros obremos de la misma manera. Pero ahí está, tiene que estar, nuestra voluntad, el sí que nosotros podamos darle a esa incitación al mal, pero es nuestro corazón el que está diciendo sí al mal dejándonos embaucar por incitaciones engañosas.
El pecado, es cierto, nos acecha como una tentación, pero es nuestro yo el que da una respuesta. Y será esa inclinación al mal que sintamos en nuestro interior el que nos moverá en un sentido o en otro. Seremos nosotros los que demos esa respuesta y será entonces de nuestro corazón desde donde salen esos malos deseos que nos lleven a esas actitudes negativas en contra de los demás, aparecerán nuestros orgullos o nuestro amor propio, serán las ambiciones de todo tipo que sentimos en nuestro interior y ese afán de poseer o bienes materiales o poder nos llevarán a toda malquerencia y destrucción, será la violencia surgida de nuestras frustraciones la que nos impulse en contra de los demás tratando de destruir todo o a todos los que me puedan hacer sombra y me impidan alcanzar esos sueños de grandeza o de poder que anidan en nuestro corazón.
Esas cosas sí que son las que nos dan muerte, merman la verdadera vida de la que tendríamos que disfrutar entre la armonía y la paz con todos y nos llevan también a dañar la vida de los demás. Externamente no siempre lo manifestamos porque en nuestra vanidad queremos conservar una imagen que se convierte en engañosa para los demás, pero dentro de nuestro corazón ronronean esas malicias y esos malos deseos de destrucción y de muerte.
Es eso lo que humildemente tendríamos que saber presentar a Jesús para que nos sane y para que nos llene de nueva vida. Ya hemos contemplado en estos días cómo acudían de todas partes con sus dolencias y con sus males para que Jesús les curara, así nosotros hemos de presentarnos a Jesús, es la salvación más honda que El nos ofrece. Y no andemos preocupándonos por apariencias externas que pueden estar manifestando la tremenda hipocresía que llevamos en nuestras vidas. Queremos dar apariencia de buenos mientras el corazón lo llevamos lleno de maldades. Nos preocupamos de gestos externos con lo que dar una imagen, pero no todo es santo en nuestra vida.
Escuchemos, sí, y con mucha atención lo que hoy nos dice Jesús: ‘Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre… Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.

martes, 11 de febrero de 2020

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83;  Marcos 7, 1-13
La autenticidad con que nos manifestamos, la veracidad de la vida donde no nos quedamos en la apariencia y la vanidad exterior son valores muy importantes que nos manifiestan la madurez humana de la persona. Esa incongruencia que aparece en la vida cuando nuestras palabras van por un lado, pero lo que llevamos en el interior se queda lejos es algo que produce rechazo y desconfianza. ¿Cómo nos vamos a fiar de quien solo tiene gestos de cara a la galería pero de quien sabemos de la superficialidad que lleva dentro de si aunque nos parezca contradictoria la frase?
Son por otra parte en los que se quedan en las costumbres que convierten en reglas de su vida, pero que no saben ni que sentido darle a lo que están haciendo. Es que eso siempre se ha hecho así, nos dicen, y si les preguntas qué sentido tiene no saben darnos una respuesta. Está bien tener buenas costumbres porque son las que pueden hacer madurar nuestras virtudes, pero es necesario hacer las cosas con sentido dándole su auténtico valor. Hacer las cosas simplemente porque repetimos lo que siempre hemos hecho no siempre da la autenticidad de la persona y de lo que hacemos.
Costumbres que nacieron en unas circunstancias concretas y que entonces sirvieron para orientar el sentido de lo que hacíamos, no significa que por si mismas tengamos que seguir repitiendo lo mismo. Muchas veces se pueden convertir en reglas implacables a las que podemos darle mayor importancia incluso que a la humanidad con que hemos de tratar a los demás. Todo ha de servirnos para hacer crecer nuestras humanidad, hacer que nuestras relaciones sean humanas y entonces sepamos tratar con ese respeto pero también con esa bondad a los que están a nuestro lado.
Hoy en el evangelio vemos que le echan en cara a Jesús porque sus discípulos al regresar de la plaza comen sin lavarse las manos. Está bien las normas y reglas de higiene, pero llegar a convertir su cumplimiento o no en causa de una impureza del espíritu, es algo que llega a pasarse de la raya, podíamos decir. Fue necesario quizá en un tiempo educar al pueblo en esa higiene, viviendo además como vivían una vida errante de un lado para otro y donde no era fácil además tener lo suficiente para la higiene personal.
Por eso en la respuesta de Jesús les insiste en la necesaria pureza interior, que va mucho más allá de lavarse o no las manos, porque hayamos tocado algo que se considera impuro y nos puede volver impuros. Nos preocupamos de lo externo, pero no le prestamos la misma atención por lo menos al interior del hombre, nos preocupamos de esas impurezas legales, pero nos importa poco que nuestro corazón esté lleno de maldad y queramos más a los demás o los tratemos injustamente. ¿Qué será lo verdaderamente importante?
Les recuerda Jesús lo anunciado por el profeta. ‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
Es la autenticidad con que hemos de mostrarnos en la vida, en todas las facetas de la vida, también en este aspecto religioso o cristiano. Tenemos que darle autenticidad, veracidad a aquello que hacemos, que no solo sean con nuestros labios, con gestos externos que hagamos como mera costumbre, pero que interiormente no nos significan nada.
Y en esto quiero resaltar algo que parece lo más normal, nuestras prácticas religiosas, ya desde nuestras oraciones personales, como nuestra participación en las celebraciones litúrgicas. Muchas veces se nos quedan en una rutina; es cierto que no nos podemos pasar sin hacer nuestras oraciones, y como dicen algunos no me puedo dormir sin rezar mis oraciones, pero cuidado que sea solo como una cantinela que nos adormece; no tengo sueño y me pongo a rezar para que me dé sueño. Y eso nos pasa, y eso es la manera como hacemos muchas veces las cosas.
Y lo mismo tendríamos que decir de nuestra participación en las celebraciones litúrgicas, como la misa por ejemplo. Yo fui a Misa, yo estaba en Misa, decimos, tu cuerpo, pero tu mente, ¿dónde estaba? ¿Aquellas oraciones en verdad eran tu oración porque tú lo estabas sintiendo por dentro, viviendo por dentro? Mucho tenemos que revisar en la vida en este sentido, no me quiero ahora alargar en este comentario y reflexión.


Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina, sino que en verdad sea vida en nosotros.