Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta jesus y los niños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta jesus y los niños. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de marzo de 2025

La sonrisa de un niño nos abra el camino para acoger el Reino de Dios en nuestra vida porque sea la sonrisa que reflejamos en nuestro rostro

 


La sonrisa de un niño nos abra el camino para acoger el Reino de Dios en nuestra vida porque sea la sonrisa que reflejamos en nuestro rostro

Eclesiástico 17, 1-15; Salmo 102; Marcos 10, 13-16

¿Has mirado alguna vez la sonrisa de un niño? Seguro que sí, pero como estábamos en ese momento más preocupados en cosas que considerábamos de más importancia, esa visión pasó como un relámpago por delante de nuestros ojos porque, en fin de cuentas, no eran sino unos niños que jugaban en su inocencia.

Niños que jugaban en su inocencia, así los vemos, son cosas de niños decimos y nos pasa desapercibida su sonrisa, su alegría, su mirada limpia y sin malicia, sus ojos que miran a nuestros ojos esperando algo y quizás porque no les prestamos atención, porque seguimos en nuestras cosas, se malogra esa sonrisa. A música celestial, y dicho en el mejor de los sentidos, tendrían que sonar en nuestros oídos risas y voces alegres que hablan o chillan sin predisposiciones ni prejuicios, sin malicias y sin desconfianzas, ofreciéndonos el regalo de alegría que tendría que hacernos olvidar tantos agobios que llevamos en la vida y que nos quitan la paz y nos impiden saborear las cosas que nos harían más felices.

Es el niño que en sus juegos se manifiesta como es, siempre confiado, siempre ofreciendo lo mejor, siempre dispuesto a estar con aquellos que considera sus amigos y con aquellos donde encuentra ternura, que tendrán sus más y sus menos con aquellos con los que juega, pero pronto se recuperará del enfado y seguirán siendo amigos, salvo que nosotros le hayamos maleado el corazón. Cuánto daño les hacemos cuando les contagiamos el actuar desde una vida interesada, cuando les hacemos perder la confianza, cuando los inducimos a poner distancias y desconfianzas, cuando los contagiamos de nuestras violencias. A veces no nos damos cuenta del escándalo que en ellos producimos, del daño que les hacemos cuando por nuestros ejemplos de egoísmo y de orgullo les hacemos perder aquella risa inocente.

Hoy en el evangelio vemos a Jesús rodeado de niños. Ellos saben bien ponerse al lado donde encuentran ternura y ofrecen al mismo tiempo su ternura. No es para ellos una señal de molestia el acercarse así espontáneamente como son donde saben que hay amor, ni nosotros tendríamos que ver como una molestia sus risas y sus juegos, su confianza y la manera como se acercan espontáneamente a nosotros. Pero por allá están los discípulos cercanos a Jesús – qué curioso que sean precisamente los discípulos más cercanos a Jesús – muy celosos del descanso de su maestro y no quieren que los niños le molesten, quieren quitarlos de en medio para no turbar el descanso de Jesús cuando su verdadero descanso eran aquellas risas y juegos inocentes.

¿Seremos así muchas veces no solo en lo que haga referencia a los niños de los que ahora estamos hablando, sino de que podríamos sentirnos molestos por la cercanía de los demás a nuestra vida? Cuantas veces pasamos de largo porque quizás nos molesten algunas cercanías que nos parecen exceso de confianza.

‘Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios…’ ¡Cuánto nos está diciendo Jesús! ¿Aprenderemos de una vez por todas a valorar a los pequeños? ¿Aprenderemos a valorar lo que nos parece pequeño y sin importancia porque son otras cosas a las que les damos más importancia? Tengo cosas más importantes que hacer, decimos tantas veces. Y esas cosas que consideramos importantes nos agobian, nos hacen perder la paz, hacen desaparecer la sonrisa de nuestros labios, crean distancias que luego son tan difíciles de superar.

Pero Jesús nos está diciendo también que ‘los que son como los niños – esos niños que pretendemos apartar a un lado – es el Reino de Dios’. ¿Es que no sabremos ver en la sonrisa de un niño las señales del Reino de Dios? Son alegría y cercanía, son los que van generando confianza y los que van siempre tendiendo puentes, son los que aprecian la ternura y la manifiestan de forma sencilla, son los que siempre se sienten amigos y hermanos de los otros para vivir la alegría de la vida. ¿No tendríamos que manifestar así las señales del Reino de Dios? Y terminará diciéndonos Jesús: ‘En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él’. ¿Nos haremos niños para acoger el Reino de Dios en nuestra vida?

Y dice que Jesús les bendecía. Ojalá nos sintamos bendecidos de Dios de la misma manera.

 

 

sábado, 25 de mayo de 2024

Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios

 


Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios

Santiago 5,13-20; Salmo 140;  Marcos 10,13-16

‘Pareces un niño’, quizás nos dijeron un día y no nos agradó mucho. ¿Me están diciendo que soy infantil? Todos queremos parece mayores, a todos nos gustaría que nos trataran como adultos; siendo jóvenes no nos agradaba que nos dijeran ‘niño’, porque eso nos parecía que nos ofendía, porque nos gustaba que nos trataran ya como mayores.

¿Parezco niño porque mi manera de actuar es infantil, llenos de caprichitos y de mimos? ¿Parezco niño porque parece que actúo con ingenuidad y no tengo malicia para vislumbrar la malicia que pueden estar ocultando los demás? Pero ¿qué tiene de malo la ingenuidad si me la tomo como un quitar malicias del corazón, no andar con segundas intenciones ocultas, mostrarme de una forma llana y sencilla?

Nos daría mucho que pensar eso de que nos traten o nos consideren como niños. Porque en la inocencia del niño hay algo que significa cercanía, humildad, sencillez; mientras no echemos a perder esa inocencia hay algo muy bonito en ese trato de unos y otros siempre llenos de alegría, siempre con la risa y la carcajada a flor de pies, podríamos decir, porque fácilmente se superan los orgullos, tenemos abierto el corazón y todos son mis amigos, como suelen decir los niños, aunque haga un momento que se hagan conocido, han jugado juntos con alegría y ya son amigos para siempre.

Creo que en la vida nos hace falta mucho de eso. Andamos demasiado envarados, demasiado metidos en nuestros castillos o subidos a nuestros pedestales, con demasiado orgullo que va creando rivalidades, resentimientos, envidias, desconfianzas. No terminamos de entender que este mundo no es para buscar exclusividades y poner barreras, sino para saber hacer camino juntos y tendiéndonos las manos los unos a los otros.

Es la lección que Jesús quiere darnos hoy. Ese corazón lleno de ternura de Jesús hacía que todos quisieran acercarse a El, estar a su lado, no perderse ninguna de sus palabras, sintiendo el gozo de su presencia. Diríamos que tenía que surgir de forma espontánea, que las madres llevaran a sus niños hasta Jesús para que los bendijera, para que impusiera sus manos sobre ellos; y ya sabemos que cuando los niños se sienten queridos se llenan de confianza, y entonces serían los propios niños los que buscarían a Jesús.

Pero como siempre sucede hay algunos que les molestan los gritos o las risas de los niños; allá estaban los discípulos cercanos a Jesús poco menos que haciendo guardia en torno a Jesús para que nadie se propasara; quizás lo querían solo para ellos; pero los juegos y los gritos espontáneos de los chiquillos podían convertirse en una molestia. Y no había que molestar al maestro. Por eso los veremos apartando a los niños para que no molestaran a Jesús.

Pero Jesús sale al paso de este fervor tan entusiasta de sus discípulos cercanos. ‘Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios’. Jesús quiere que los niños estén con El. Pero es que Jesús les dice algo más. ‘De los que son como ellos es el Reino de Dios’.

Tanto que Jesús había venido anunciando el Reino de Dios y ahora nos da una característica muy importante, que por supuesto no estaba olvidada en toda la predicación de Jesús. Pero ahora nos pone a los niños como ejemplo de lo que han de ser esas actitudes del Reino de Dios. Hay que ser como los niños. Y aquí aparece la inocencia y la ingenuidad de la que veníamos hablando, aquí viene la alegría y la cercanía, aquí vienen las confianzas que hacen pronto amistad porque todos tenemos que queremos como hermanos, aquí está la humildad y la sencillez con que hemos de saber caminos los unos junto a los otros, aquí está todo ese derribar barreras y pedestales para saber encontrarnos y para saber amarnos siempre. Es lo que tenemos que vivir en el Reino de Dios, que en los niños vemos reflejado, como nos dice Jesús hoy. 

Por eso nos hablará de acogida, acogida al niño y al pequeño – y qué importante era eso en aquella sociedad donde los pequeños y los pobres nada valían y nunca se contaba con ellos – como signo y señal de esa acogida que tenemos que saber hacernos en todo momento los unos a los otros. ‘En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él’. Que sintamos, entonces, sobre nosotros esa bendición de Dios, como Jesús bendecía a los niños.

sábado, 19 de agosto de 2023

Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños

 


Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15

No seas un niño, le decimos quizás a alguien, y en cierto modo de manera despectiva, cuando nos parece que se está comportando de una manera muy infantil. ¿Quizás podríamos preguntarnos por que es un niño? ¿Por qué se comporta de una manera inocente y sin malicia? ¿Qué tiene eso de malo? ¿Es que es necesario ir por la vida siempre con una mirada atravesada, llena de desconfianzas, o con los malos instintos , como solemos decir, de estar echando la zancadilla para ver cómo cae el otro?

¿Será acaso niño porque se deja sorprender por la vida y todo le llama la atención? Sentir curiosidad por lo que no se conoce, sentir deseos de saber y aprender más, tener inquietud en nosotros que no nos deja quietos e imperturbables ante lo que sucede alrededor, estar buscando siempre algo nuevo, algo que hacer, algo que nos haga desarrollarnos y crecer, no creo que sea malo para la persona sino más bien necesario.

Nos hace falta despertar esa inquietud en nuestros corazones porque es la manera como creceremos, como avanzaremos en la vida, cómo vamos haciendo que la vida en verdad sea interesante y creativa. Por eso me atrevo a decir que no es tan malo ser como un niño, porque siempre tenemos esa inquietud en nuestro corazón por algo más, por algo distinto, por algo nuevo, por algo mejor. No nos podemos quedar adormilados en la vida, porque camarón que se duerme se lo lleva la marea, que dice el refrán popular, porque quien vive adormilado no sabrá disfrutar de lo mejor de la vida, no sabrá llenar la vida de grandes sueños y de grandes ideales, y su vida perderá vitalidad.

Me hace pensar en todo esto como plan incluso para darle vitalidad a la vida, lo que escuchamos hoy en el evangelio. ‘Le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban’. Quiero ponerle incluso un poco de imaginación al tratar de contemplar este episodio. Jesús quizás sentado en la plaza, sentado a la puerta de su casa, como tantas veces quizás nosotros hemos hecho después de nuestras tareas y trabajos, y los niños que revolotean a su ardedor con sus juegos, sus gritos, su alegría; podemos ver tan a unas madres, como nos dice el evangelio que le traen a sus hijos a Jesús para que se los bendijera.

Pero allí están los de siempre, en este caso eran los discípulos tan celosos del descanso de su maestro. Vaya jaleo con los muchachos, sus carreras, sus juegos, sus gritos, sus preguntas y sus curiosidades. Quiten a esos chiquillos que no hacen sino molestar. Una reacción muy celosa. No sé, pero recuerda alguna escena alguna vez contemplada en nuestros templos con los jaleos que forman los chiquillos. Pero es importante la reacción de Jesús. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

Y ahora nos dice que Jesús que ‘de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. ¿Entonces tenemos que hacernos niños revoltosos e inquietos? Creo que nos damos cuenta de la inquietud que hemos de tener muy despierta en nuestro corazón. Esas ganas de más y mejor, esa búsqueda continua tan necesaria en la vida, ese dejarnos sorprender por las maravillas de Dios, esa apertura tan necesaria en nuestro corazón. No nos dejemos avejentar, no permitamos que se endurezca el corazón, no es posible que nos acostumbremos de tal manera a las cosas que las convirtamos en una rutina, arranquemos esas costras de pasividad con que nos vamos envolviendo tantas veces, tengamos la inquietud vital de ese niño que parece que se toma la vida como un juego pero que es así como va creciendo, es necesario tener la juventud que busca siempre la novedad para darle más intensidad a la vida y a lo que estamos haciendo.

Por algo nos dirá Jesús en otro momento que es necesario nacer de nuevo. No podemos seguir viviendo anquilosados en el hombre viejo. Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños que nos dejemos sorprender y sepamos hacer nuevas todas las cosas.

sábado, 13 de agosto de 2022

 


Cuando vayamos con la mirada del niño y tengamos siempre las puertas abiertas estaremos dando la señales del Reino

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

Aunque hoy nos llenamos de orgullo y se nos hace la boca agua para hablar de cuánto hemos avanzado, del mundo mejor que hemos hecho, de cómo se van reconociendo los derechos de todos, y sin negar niveles de progreso que se han conseguido, hemos de reconocer que todavía nuestro mundo está lleno de etiquetas, de distinciones que nos hacemos que si progresistas o carcas, que si proceden de este u otro lugar o país, de esta zona o de aquella isla y también ¿por qué no? aun hacemos distinciones por el color de la piel. Pero no solo eso luego vienen los que se creen más importantes porque son más progresistas, vienen los que se siguen fijando en las apariencias, que si es una persona de la calle porque no tiene donde vivir y así no se cuentas discriminaciones más que nos seguimos haciendo.

Es la realidad. Los que nos parecen pequeños no los tenemos en cuenta, mientras a los que van avasallando les tenemos temor porque no sabemos qué jugarreta nos harán. Y nos vamos contagiando con esas cosas parece que sin darnos cuenta, y tenemos nuestras miradas y nuestras apreciaciones hacia quien nos llega quizá a tocar a la puerta de la casa o lo vemos merodeando allí por donde vivimos. Y surgen los recelos, las desconfianzas, las miradas a distancia, y hasta las humillaciones porque con todos no nos mezclamos.

Jesús hoy en el evangelio nos da una hermosa lección que podíamos decir es un gesto más de cómo él se va acercando a todos sin distinción. Hoy es con algo tan inocente como un niño. Por allá andan los discípulos cercanos a Jesús con sus prejuicios por una parte pero también en un exceso de celo con las barreras que quieren interponer, porque no se puede molestar al Maestro. Están en la plaza y los niños se acercan a Jesús. Los niños tienen una intuición especial para saber a quien se acercan; por otra parte las madres muy entusiasmadas con Jesús les traen a sus hijos para que Jesús les imponga las manos y los bendiga. Pero al Maestro no hay que molestarlo y salen por allí muy ‘fervorosos’ los discípulos.

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Allí está la palabra y el gesto de Jesús. Ahí está la hermosa lección de Jesús. Como sugeríamos antes no es sino una prolongación de lo que Jesús habitualmente hace. A todos se acerca. Deja que todos se acerquen a Jesús.

¿No le critican los fariseos porque como con publicanos y prostitutas? ¿No llamó a Zaqueo el publicano porque quería hospedarse en su casa? ¿No invitó a Leví que estaba en su mostrador de cobrador de impuestos para que le siguiera y luego participó con él en el banquete que ofreció en su casa? ¿Pero no había ido a comer también a casa de Simón el fariseo, aunque en aquella ocasión hasta dejó que una mujer de la calle le lavara los pies? ¿No recibió en la noche en su casa a Nicodemo, hombre principal y magistrado cuando éste vino a verle?

En la orilla del lago permitía que todos se arremolinaran en torno a El para escuchar su Palabra; la gente la estrujaba cuando caminaba hasta la casa de Jairo y aquella mujer impura por sus flujos de sangre llegó hasta tocarle el manto, cuando le hacía reconocer Pedro y El preguntaba quién lo había tocado. ¿Cómo no iba a ahora a dejar que los niños, los pequeños, se acercaran a El?

Pero es que Jesús quiere decirnos algo más. Hay que ser como esos niños para poder entrar en el reino de los cielos. Bien sabido es lo poco que eran considerados los niños en aquella sociedad de entonces, eran como personas sin valor hasta que no llegaran a la mayoría de edad. Pero Jesús dice que hay que ser como un niño, y lo repetirá en otras ocasiones.

¿Cómo es la mirada del niño hasta que no se le hecho manchado con el ejemplo de nuestros malos deseos e intenciones? Una mirada limpia, una mirada curiosa e interrogativa, una mirada sin malicia ni maldad, una mirada que siempre se está ofreciendo para el encuentro, una mirada que se está fijando en cuanto le rodea para aprender, una mirada que se confía porque no piensa en la maldad de los otros. ¿No irán por ahí las características del Reino de Dios que nos está planteando Jesús?

Cuando en la vida aprendamos a ir sin poner etiquetas, sin hacer distinciones, sin ningún miedo ni temor a nadie, cuando vayamos abriendo nuestros brazos a todos y a todos ofreciendo nuestra sonrisa, cuando no hagamos distinciones de a quien hemos de saludar y de quien hemos de pasar de largo, cuando sepamos ponernos todos a la misma altura y si acaso nos agachamos es para lavarle los pies al que está a nuestro lado, cuando vayamos con la mano tendida para no desconfiar pero también para ofrecer la paz de nuestro corazón, cuando sepamos tener siempre abiertas nuestras puertas y sepamos mezclarnos con todos,  estaremos dando las señales del Reino, nos sentiremos hermanos, porque todos somos hijos del mismo Padre y Señor.

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

sábado, 26 de febrero de 2022

Serán los pequeños y los sencillos los bendecidos de Dios, los que poseerán el Reino y los que por la pureza de su corazón podrán ver a Dios



Serán los pequeños y los sencillos los bendecidos de Dios, los que poseerán el Reino y los que por la pureza de su corazón podrán ver a Dios

Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Uno de los rasgos humanos que destacan en la vida de Jesús es su cercanía. Muchas veces nosotros en la lejanía e influenciados por imágenes en las que a través de los tiempos los artistas han querido plasmar la figura de Jesús o que se han utilizado en la catequesis en un momento concreto de la historia podremos tener la tentación de imaginarnos la figura de Jesús que es el Señor en unas posturas un tanto hieráticas y de alguna manera manteniendo distancia, pero si nos fijamos con detalle en el evangelio es todo lo contrario lo que podemos descubrir.

Rodeado siempre de gente que llega a apretujarlo como le reconoce Pedro en alguna ocasión, en medio de la gente sencilla del pueblo, rodeado de enfermos, pobres y gentes que incluso por algunos eran considerados mala calaña; en algunas ocasiones es tanta la cercanía que cuando a algunos no le gustan las cosas de Jesús le empujan cuando quieren echarle del pueblo e incluso arrojarle por un barranco; los pecadores y las prostitutas llegaran hasta Él para lavarle sus pies o para tocarle el manto; en una ocasión a la orilla del lago tendrá que subirse a una barca para hablarles desde allí, no porque buscase la lejanía, sino para que todos le pudieran ver y escuchar; rodeado de gentes que le aclaman, de niños que gritan a su lado le veremos hacer el camino que le lleva a Jerusalén; se sentará en el patio de las casas del camino para descansar y refrescarse como sucederá en Betania. Normal es, pues, la imagen que nos presenta hoy el evangelio.

En la plaza Jesús sentado entre la gente pronto se verá rodeado de niños que poco menos que quieren jugar con El porque ellos son los que mejor detectan la cercanía y el cariño que le puedan ofrecer las personas. Las madres incluso los traerán para que Jesús les imponga las manos y los bendiga.

Pero allá están los celosos discípulos preocupados por el descanso de su maestro que tratarán de impedir que los niños así se acerquen a Jesús. Pero Jesús detendrá aquella celosa acción de sus discípulos, porque quiere verse rodeado de niños, sentir el calor y la alegría de sus risas y de sus juegos y porque además nos los querrá presentar como prototipo de cómo tenemos que acoger nosotros el Reino de los cielos.

‘Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos’.

Ser como los niños, acogedores, abiertos a la vida y al amor, humildes y sencillos, sin malicia en el corazón, buscadores de saber, desprendidos que dan su corazón, siempre tendiendo la mano para dejarse acompañar, pero sabiendo estar a nuestro lado con los ojos abiertos de su curiosidad… Todavía no les han maleado el corazón.

Es la apertura que necesitamos, es la búsqueda que tenemos que hacer, es el desprendimiento con el que tenemos que vivir, es el deseo de estar junto a los otros para hacer de la vida una fiesta… cosas que necesitamos para saber acoger el reino de Dios. Humildad y sencillez para aceptar a todos, siendo capaces de acoger al más pequeño y al más humilde, porque es ahí donde encontraremos la grandeza del Reino de los cielos.

Es por lo que Jesús dará gracias al Padre porque los misterios de Dios se revelan a los pequeños y a los sencillos y por lo que nos dirá que de los humildes y de los pobres es el Reino de Dios y los que son puros de corazón podrán ver a Dios. Son los bendecidos de Dios. Este pasaje es toda una bienaventuranza de Jesús. 

sábado, 14 de agosto de 2021

De una forma muy profética Jesús deja que los niños se acerquen a El y nos enseña a ser como los niños para vivir el Reino de Dios

 


De una forma muy profética Jesús deja que los niños se acerquen a El y nos enseña a ser como los niños para vivir el Reino de Dios

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15

¿Quién no ha sentido emoción ante la ternura de un niño que espontáneamente se te da sin ningún temor ni desconfianza y viene quizá con su juguete para ofrecértelo y que juegues con él? Saben los niños a los que quieren y en los que confían, en su pequeñez e inocencia sin embargo captan el sentido de tu mirada o de tus gestos y saben que pueden confiarse en ti y al mismo tiempo poco a poco se van robando tu corazón. No hay malicia ni desconfianza, simplemente abren sus brazos como te ofrecen su cariño, se cogen confiados de tu mano pero al mismo tiempo saben tirar de ti para que te pongas a su altura. Y ante su ternura si nosotros vamos con corazón limpio terminamos por abajarnos para estar a su altura y participar también de sus gestos espontáneos y ocurrentes. Al final terminaremos riendo con su misma sonrisa.

¿Será algo de eso lo que nos está pidiendo Jesús en el evangelio? Ese mundo nuevo que Jesús quiere para nosotros tiene que estar alejado de toda malicia y desconfianza, y lleno de la espontaneidad de la sencillez y de la ternura con que aprenderemos a tratarnos. Nos coge Jesús de la mano como un niño pero quiere llevarnos por su camino, quiere que nos abajemos de nuestros pedestales, y seamos capaces de ponernos a la altura de un niño o a la altura de cualquier hermano con el que nos encontremos en el camino.

Nos enseña Jesús a mirar a los ojos sin malicia, pero también descorriendo el velo con que queremos quizás ocultar mucho de lo nuestro, porque en ese mundo nuevo tenemos que aprender a caminar de forma distinta, pero también a sonreír con la misma inocencia de un niño, porque en nuestros ojos brilla ya una nueva alegría nacida de la ternura con que nos tratamos y del amor que vamos sembrando en la vida.

Hoy el evangelio nos trae un texto muy breve y muy sencillo. Pudiera parecer como una anécdota más de esos hechos curiosos que podríamos encontrar en el evangelio, pero sin embargo nos trae el anuncio de que quiere desmontar todo ese mundo falso y de vanidad que nos hemos ido creando.

Unos niños que juegan en la plaza pero que espontáneamente unos como saben hacerlo siempre los niños, o llevados de la mano de sus madres pronto estarán rodeando a Jesús y queriendo recibir sus bendiciones. El corazón de una madre sabe a donde puede y tiene que llevar a su hijo porque va a encontrar una buena sombra o una radiante luz que ilumine sus vidas. Por eso, con esa quizá ingenuidad se acercan a Jesús que quizá descansa sentado en medio de la plaza, porque quieren que Jesús bendiga a sus hijos.

Por allá andan celosos de cuidar a su maestro y nada le moleste los discípulos que tratan de apartar a los niños para que no molesten el descanso de Jesús. Y aquí nos deja Jesús esa frase con un tono muy profético de ese mundo nuevo que Jesús quiere para los suyos. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

Habla del reino de los cielos, constante en su predicación y en su evangelio y habla de ser como niños. Recordemos lo que hemos venido reflexionando y veamos si no es eso lo que nosotros tenemos que copiar en nuestras vidas y nos daremos cuenta de que ahí están encerrados todos los valores del Reino que Jesús nos está proclamando.

Cuántas cosas tenemos que desmontar, cuantas actitudes nuevas hemos de tener, que sentido y estilo nuevo de vida hemos de vivir. En el Reino de Dios no caben las desconfianzas, como no cabe tampoco la prepotencia y la vanidad; en el reino de Dios hemos de vivir con un espíritu sencillo y humilde, porque todos hemos saber sentirnos siempre cercanos los unos a los otros; en el reino de Dios no cabe que nos guardemos malicias en el corazón, sino que siempre tenemos que actuar con un corazón abierto y generoso; en el reino de Dios no caben tristezas ni amarguras, sino que siempre tienen que brillar nuestros ojos con una alegría salida de un corazón limpio y lleno de esperanza.

‘De los que son como ellos es el Reino de los cielos’.

sábado, 17 de agosto de 2019

No perdamos la capacidad de disfrutar de esas cosas tan sencillas como las risas de unos niños que juegan alegres a nuestro lado y que son señales del Reino de Dios



No perdamos la capacidad de disfrutar de esas cosas tan sencillas como las risas de unos niños que juegan alegres a nuestro lado y que son señales del Reino de Dios

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15
¿Sabremos disfrutar de las cosas pequeñas y sencillas de cada día? Da la impresión muchas veces de que estemos buscando siempre cosas extraordinarias, grandes cosas, especiales acontecimientos, fiestas a lo grande para poder disfrutar de la vida y nos perdemos esas cosas pequeñas y sencillas que están a nuestro lado pero que algunas veces no sabemos percibir.
Buscamos una grandes obras de arte y no apreciamos la sencilla flor que brota al borde del camino; viajamos cuando podemos poco menos que hasta el fin del mundo para admirar bellezas naturales que nos dijeron que allí eran muy bellas, pero no apreciamos los colores del cielo en un amanecer o a la puesta del sol; no nos maravillamos del sol que se levanta cada mañana y nos da luz y calor, como quizá no sabemos apreciar el cariño y la sonrisa de un niño, o la mirada calida de un amigo que pasa a nuestro lado y nos da los buenos días. Cuántos detalles de la vida nos perdemos cada día, solo porque vamos buscando cosas grandes o cosas extraordinarias, cuando grande y extraordinaria es la vida misma en su propia sencillez.
Escuchando hoy el evangelio he querido disfrutar de algo tan sencillo como ve a alguien sentado en la plaza y rodeado de niños que corren y juegan a su alrededor. Es la escena que nos ofrece hoy el evangelio. Sentado en la plaza o a la puerta de su casa, de camino por aquellos caminos o sencillas calles de aquellos pequeños pueblos contemplamos a Jesús a quienes las madres le traen a sus niños que revolotean con sus jolgorios y risas a su alrededor para que los bendiga.
Imagen bucólica, quizá me queréis decir, pero imagen hermosa que estamos perdiendo ya en nuestro entorno, como aquellos avispados discípulos que alejaban a los niños del maestro para que no lo molestaran. Me vais a decir que ando con añoranzas, pro echo de menos cuando los vecinos nos sentamos en la calle a las puertas de nuestras casas sin ninguna prisa por otras cosas que hacer al caer de la tarde mientras comentábamos los acontecimientos del día mientras los niños corríamos arriba y abajo con nuestros gritos y bullicios llenos de alegría.
Buscando cosas que nos parecen más importantes, agobiados porque siempre tenemos muchas cosas que hacer, corriendo siempre de un lado para otro nos estamos perdiendo esas cosas pequeñas y sencillas de la vida donde podíamos disfrutar de la belleza de la convivencia entre familiares y vecinos.
No quiso Jesús que apartaran los niños de su presencia, porque allí estaba, nos decía, el Reino de Dios. Era algo muy sencillo y natural lo que allí sucedía, pero nos estaba enseñando que en esas cosas sencillas encontramos las señales del Reino de Dios.
No perdamos la capacidad de admirarnos por las cosas sencillas, no perdamos la capacidad de disfrutar de esas cosas tan sencillas como las risas de unos niños que juegan alegres a nuestro lado y que nos están diciendo que pongamos cara de alegría en esas pequeñas cosas que hacemos que no le damos importancia, pero que tienen la importancia de ser señales del Reino de Dios.

sábado, 2 de marzo de 2019

Aprendamos de la sencillez de los niños y de la apertura de su corazón lleno de confianza para comenzar a vivir el sentido del Reino de Dios


Aprendamos de la sencillez de los niños y de la apertura de su corazón lleno de confianza para comenzar a vivir el sentido del Reino de Dios

Eclesiástico 17,1-13; Sal 102; Marcos 10,13-16

La reacción de los apóstoles es la reacción de tantos que no queremos que nos molesten o quizá desde una postura demasiado servicial no queremos que se importune a otras personas que nosotros consideramos importantes. Vamos tan enfrascados en nuestras cosas, nuestras preocupaciones o nuestros entretenimientos que nos parece que atender a las preguntas ingenuas de un niño, prestar atención a quienes consideramos quizá inferiores mirándolos desde las alturas de nuestros orgullos, o detenernos para saludar a una persona sencilla que nos encontremos, pudiera ser una pérdida de tiempo, por decirlo de una manera suave.
O es también, como decíamos, la postura servicial – que no es lo mismo que espíritu de servicio – que tenemos ante quien consideramos importante y a quien no hay que importunar con pequeñeces de las que consideramos que ellos pasan. Ya decimos que no es lo mismo espíritu de servicio, que una actitud servicial con la que nos podemos convertir en aduladores y otros servilismos.
Algunas veces nos pudiera molestar las actitudes, preguntas, o cosas ingenuas de nuestros niños, pero que se manifiestan como son, y allí donde encuentran cariño se sienten muy a gusto y se manifiestan tal como son. En la época de Jesús no eran bien considerados ni tenidos en cuenta hasta que llegaran a una cierta edad en la que ya los consideraban mayores y les permitían entonces estar con todos. Pero quizá a pesar de cuanto proclamamos derechos humanos de todos, todavía haya quienes los tengan por menos o incluso no los respeten o más bien los utilicen para sus fines o intereses. Niños de la guerra, niños de la calle, niños maltratados y un largo etcétera, y ya sabemos bien lo que Jesús nos dice de quienes hagan daño de la forma que sea a un niño.
Pero bien, vayamos al hecho concreto del evangelio de hoy. Los apóstoles apartan a los niños – sus madres los traen para que Jesús los bendiga – porque no quieren que molesten al Maestro. Pero bien hemos visto la reacción de Jesús: ‘Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’.
Esta corta frase de Jesús encierra muchas cosas. Primero, por situarlo en algún orden, el respeto y la valoración que merece en si mismo el niño, es una persona, se ha de tener en cuenta, no tenemos por qué apartarlos a un lado. ‘No se lo impidáis’, les dice.
Pero la imagen del niño, siempre con el corazón abierto, siempre con una mirada que va más allá y más hondo de lo que nos pudiera parecer, siempre con una confianza en su corazón sobre todo donde saben que encuentran amor, nos está señalando como hemos de abrirnos a Dios, como nuestro corazón tiene que estar siempre abierto al amor de Dios. ‘De los que son como ellos es el Reino de Dios’.
Tenemos que tener corazón de niño, hemos de tener la confianza de un niño que se fía de lo que le dicen sobre todo quien tiene la autoridad del amor sobre ellos, porque es así como hemos de abrirnos nosotros al Reino de Dios, será así como nosotros entraremos en el Reino de Dios, comenzaremos a vivir en el sentido y en el valor del Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’.

sábado, 18 de agosto de 2018

No rompamos el candor de ese mundo feliz de los niños sino más bien aprendamos a ser como ellos que incluso con sus juegos están construyendo un mundo feliz



No rompamos el candor de ese mundo feliz de los niños sino más bien aprendamos a ser como ellos que incluso con sus juegos están construyendo un mundo feliz

 Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

Creo que todos nos sentimos cautivados por la ternura de un niño pequeño. Su inocencia, su mirada limpia de toda malicia, la sonrisa que se escapa de sus ojos, sus gestos sencillos y nunca calculados, su prontitud para responder al cariño que te le ofreces que él te devuelve multiplicado en generosidad, sus preguntas inocentes que nos llegan al alma porque simplemente quiere conocer, saber por qué, su disponibilidad siempre pronta para agradarte son algunos de esos gestos que nos cautivan y que nos llenan el alma porque con su ternura se adueña de nuestro corazón.
Qué lastima que la vida pronto lo vaya maleando y no se mantenga siempre esa inocencia en su mirada, porque nuestras respuestas y actitudes comienzan a encerrarlo en si mismo; es el mal ejemplo que le damos en un mundo que ellos quisieran siempre feliz, pero que descubren en nosotros esas malicias que nos rompen y nos enfrentan, que le hacen perder el brillo de su mirada porque pronto con nuestras actitudes les enseñamos a ser egoístas y ambiciosos. No rompamos el candor de ese mundo feliz de los niños sino más bien aprendamos nosotros a ser como ellos que incluso con sus juegos inocentes están construyendo un mundo feliz.
Es por lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio que los que somos como niños podremos entender bien lo que es el Reino de Dios que el nos viene a anunciar y construir.
Las madres les habían llevado a sus hijos a Jesús para que los bendijese. Con sus juegos inocentes pronto se adueñarían de la escena, porque Jesús a quienes prestaba atención era a aquellos niños que le rodeaban. Pronto aparecerán por allí los discípulos muy celosos de la tranquilidad de Jesús sin llegar a comprender lo que Jesús estaba disfrutando de la presencia de aquellos niños. En ellos estaba viendo las características del Reino de Dios que anunciaba, un mundo donde en verdad todos fuéramos felices. 
Pero siempre aparecerá quien nos viene a agriar los mejores momentos; allí están los que no saben apreciar las cosas pequeñas y sencillas, sino que piensan que todo tiene que ser a lo grande, por eso no aprenderán a valorar a los que son pequeños en la vida que no solo son los niños, a los niños tampoco los valorarán. Les molesta lo pequeño y lo sencillo porque esos gestos quizá les están denunciando que con sus ambiciones grandiosas y llenas de orgullo no podrán nunca ser felices de verdad. Aquello que nos habla claramente nos molesta y lo queremos quitar de en medio.
‘No le impidáis a los niños que se acerquen a mi’, les dirá Jesús corrigiendo aquellos celosos ímpetus de sus discípulos. Os he hablado del Reino de Dios, un día en la montaña os llamé dichosos y felices no por poseer muchas cosas, sino que en vuestra pequeñez, con las pequeñas cosas, si ponéis ternura en el corazón, si quitáis toda malicia de vuestros sentimientos, si os manifestáis sencillos y cercanos, como lo hacen estos niños, podréis entender todo lo que os he dicho del Reino de Dios. Aquí tenéis la muestra de la felicidad que os ofrezco que llenará plenamente vuestro corazón. Tenéis que haceros como niños, tenéis que saber acoger y valorar a un niño y las cosas de los niños, así podréis poseer de verdad el Reino de Dios.
Ojalá nos hiciéramos de nuevo niños con nuestra ternura, en la sencillez de nuestras vidas, en la rectitud y limpieza de nuestro corazón del que desterramos toda malicia, en el saborear aquellas cosas que nos parece tienen poco valor pero que están muy llenas de amor, en esa cercanía que nos hace acoger a todos sin poner ninguna traba ni distinción, en el saber estar con todos valorando todo lo bueno que con ellos podemos disfrutar. Qué distinta seria nuestra vida, qué distinto sería nuestro mundo, qué felices seríamos todos.

sábado, 26 de mayo de 2018

Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza, porque solo los que se hacen como niños entenderán el reino de los cielos



Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza, porque solo los que se hacen como niños entenderán el reino de los cielos

Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Las cosas más insignificantes cuando uno se fija en ellas descubre lo bonitas que son. Fue una reflexión que me surgió en la conversación con un amigo que me decía qué bonita era una sencilla y pequeña flor que en una fotografía había subido a Instagram. No era ninguna fotografía extraordinaria, pero yo me había fijado en el detalle para fotografiarla y mi amigo para admirarla. Muchas veces yo mismo había pasado junto a aquel seto y no me había fijado en sus flores; hoy me detuve junto a él y le hice la mencionada fotografía. ‘¡Qué bonita!’ decía mi amigo y me surgió esa respuesta. Las cosas más insignificantes cuando uno se fija en ellas ve lo bonitas que son.
Hemos perdido quizá la capacidad de admirarnos ante muchas cosas bellas que tenemos ante los ojos, pero que en nuestras prisas o en nuestros intereses por otras cosas no les prestamos atención. Y perdemos la oportunidad de admirar su belleza. Son las cosas de la naturaleza o las que las manos del hombre ha elaborado; pero no son solo las cosas, son también las personas; también tienen sus detalles, también hay valores que admirar en toda persona, y no solo vamos a buscar las más importantes, los que hacen cosas mas llamativas que para que les prestemos atención; son los pequeños y los que nos parecen insignificantes. Quizá ellos valoran mas ese pequeño detalle y los cultivan con mayor intensidad en sus vidas, aunque nadie se fije en ellos. Que ciegos vamos tantas veces por la vida.
De eso nos está hablando Jesús hoy para hablarnos del Reino de Dios. La oportunidad vino porque muchas madres traían a sus niños pequeños para que Jesús los bendijera. Pero ya sabemos como son los niños, pronto empiezan a enredar con sus juegos, se acercan con toda confianza a Jesús y diríamos que Jesús estaba gozando rodeado de los pequeños. Pero allá viene celosamente Pedro que no quiere que molesten al Maestro y ya le está pidiendo a las madres que se lleven a los niños porque molestan a Jesús.
‘Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’. Reacciona Jesús inmediatamente. ‘No se lo impidáis, de los que son como ellos es el Reino de Dios’.
Pero si los pequeños son una cosa insignificante. En aquellos tiempos y con aquella cultura no eran tenidos en cuenta para nada. Que todavía en algunos ambientes queda algo de eso. Pero es que Jesús habla de ser como ellos, porque así es como entenderemos el Reino de Dios.
Ahí está lo pequeño, porque será a los sencillos y a los pequeños a los que se revela mejor el Padre del cielo. Será el valorar lo pequeño porque el que no sabe valorar lo pequeño no sabrá valorar luego lo que es verdaderamente importante; es que eso que nos parece pequeño ya es importante también; y será la fidelidad de las cosas pequeñas. Y podríamos seguir fijándonos en muchas mas cosas.
Pero es que Jesús nos dice que hay que ser como los niños. Sí, los niños con los ojos abiertos siempre porque siempre quieren conocer, quieren saber, ahí están todas esas preguntas que algunas veces nos pueden parecer impertinente. Pero es algo más, son los pequeños que se admiran ante todo, porque en todo se fijan, quizá en lo que ya no nos fijamos los mayores.
Son los pequeños que van con simplicidad y sencillez, que mientras nosotros no los hayamos maleado van por la vida sin malicia, con corazón puro y humilde. Son los pequeños siempre abiertos al amor, y para quienes no hay esas distinciones que luego nosotros los mayores nos hacemos, que si la raza y el color, que si esta familia o aquella, que si de este lugar o con estos antecedentes; de cuantas malicias vamos los mayores llenando la vida y haciendo distinciones y apartándonos de los demás.
Que importantes son los pequeños, las cosas pequeñas, la sencillez y la humildad en nuestras relaciones, la valoración siempre de lo bueno y del pequeño detalle. Tenemos que aprender a fijarnos en esas pequeñas cosas, tenemos que aprender a fijarnos en los pequeños no solo en las cosas, tenemos que tener ese corazón puro y sin malicia, tenemos que tener esa capacidad de admiración para descubrir esos pequeños detalles que hacen verdaderamente grandes a las personas. Cuánto tenemos que aprender. Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza.

sábado, 19 de agosto de 2017

La mirada limpia de los niños sin ninguna malicia en el corazón tendría que ser siempre nuestra mirada porque siendo como ellos mereceremos la bienaventuranza de poder ver a Dios

La mirada limpia de los niños sin ninguna malicia en el corazón ha de ser siempre nuestra mirada porque siendo como ellos mereceremos la bienaventuranza de poder ver a Dios

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15
No queremos seguir siendo niños ni que nos traten como niños. Queremos crecer. Es ley de vida, podríamos decir, porque la vida es crecimiento, maduración; queremos llegar a ser adultos, porque así tenemos, o creemos tener, nuestra autonomía, nuestra propia personalidad, nuestro propio ser. No queremos que decidan por nosotros, y en la medida en que el niño va creciendo le vamos enseñando a tomar sus propias decisiones hasta que vaya alcanzando esa madurez. Lo peor que nos puede pasar es que nos traten de una forma infantil, porque aun nos consideren niños.
Forma parte todo esto de nuestro desarrollo personal, de nuestra maduración como personas. Cuando vemos a alguien que no se comporta con la debida madurez decimos que se comporta como un niño porque no sabe tomar sus propias decisiones de forma responsable, sabiendo lo que quiere.
Pero hoy Jesús nos desconcierta. La ocasión fue que las madres traían a sus niños para que Jesús les bendijera y los discípulos muy celosos de su maestro y que nada le perturbara trataban de quitarlos de en medio. Ya sabemos cómo son los niños cuando les das confianza y ellos se sienten a gusto. Poco menos que se suben encima de uno. Pero no es eso lo que Jesús quiere. Se siente a gusto con los niños, con su inocencia, con su cariño espontáneo, con la generosidad que suele haber siempre en el corazón de los niños, en ellos no aparece nunca la malicia sino la espontaneidad y lo que buscan es la relación y el encuentro.
De ahí la respuesta a la postura de los discípulos y la actitud de Jesús. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Y Jesús los atraía hacia él, los abrazaba y los bendecía.
Bendice a los niños. Puede tener esto un gran significado. En aquella sociedad los niños eran poco considerados y valorados. No se les tenía en cuenta. Pero Jesús quiere contar con ellos, más aun, quiere expresarnos en la actitud de los niños algo que no debe faltar nunca en nuestro corazón. No es infantilizar nuestra vida porque, como decíamos antes, tenemos que crecer y que madurar. Pero nuestro crecimiento y maduración no tiene que significar llenar de malicia nuestro corazón.
Esa mirada limpia de los niños sin ninguna malicia en su corazón tendría que ser siempre nuestra mirada. Ya sabemos lo que nos suele suceder, nos llenamos de desconfianzas, recelos que nos hacen no creer en las personas; andamos con la sospecha detrás de la oreja y queremos ver intenciones ocultas en lo que hacen los demás; nos movemos demasiado por intereses y si no sacamos nada para nuestro provecho nos parece que no merece la pena embarcarse en tareas que nos pueden comprometer u ocupar nuestro tiempo.
Y ya sabemos bien que cuando vamos así por la vida vamos llenando de amarguras nuestro corazón y terminamos porque nosotros nos manifestemos como realmente somos, fácilmente ocultamos otra cara en lo que hacemos, y no expresamos nuestra confianza en las personas. Y así no podemos vivir felices porque los recelos y las desconfianzas nos quitan la paz.
En muchas mas cosas podríamos fijarnos de esas actitudes de los niños que Jesús quiere que copiemos en nuestros corazones. Repito, no es infantilizar nuestra vida porque tenemos que madurar como personas, pero que haya esa pureza de corazón que merece la bienaventuranza del Señor. ‘Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’. Como nos dice hoy ‘de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

sábado, 25 de febrero de 2017

Aprendamos a nacer de nuevo y hacernos niños para descubrir cada día la novedad del Evangelio

Aprendamos a nacer de nuevo y hacernos niños para descubrir cada día la novedad del Evangelio

Eclesiástico 17,1-13; Sal 102; Marcos 10,13-16
‘Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis…’ Fue la reacción de Jesús a la actitud de los discípulos con los niños, aunque quería enseñarnos algo más. Las madres entusiasmadas los traían a Jesús para que los bendijera; cuantas veces vemos como una madre orgullosa de su niño lo acerca a una persona mayor para que lo bendiga, o simplemente para que se goce con el niño.
Y es normal que los niños cuando entran en confianza se pongan juguetones y hacia aquellos en quienes encuentran bondad y cariño pronto se acercan a ellos y casi los miran como si fueran de su edad para sus juegos. Pero también vemos personas ariscas a los que molestan los niños y no aguantan las importunidades de los niños y tratan de quitárselos de encima.
Algo así sucedió en aquel momento. Los discípulos más cercanos no querían que los niños molestasen a Jesús y trataban de quitarlos de en medio. ‘Les regañaban’, dice el evangelista. Y ahí vemos la reacción de Jesús. El evangelista nos dice que Jesús se enfado. ¿Por qué iban a alejar a los niños de su presencia? ‘Dejad que los niños se acerquen a mi…’ les dice. Dejad que se acerquen y aprendan ustedes, porque tienen que hacerse como niños, con esa ingenuidad si lo queréis llamar así, pero con esa confianza, con esa cercanía, con esos deseos de aprender y de buscar, con esos ojos abiertos para descubrir las cosas nuevas que la vida les va mostrando. ‘De los que son como ellos es el reino de Dios’.
En este caso no se trata como en otro momento Jesús querrá también enseñarnos de acoger al niño que es acoger al pequeño, valorar lo pequeño, acoger a todos, porque quien acoge al mas humilde esta acogiendo a Jesús. Hoy el mensaje va por otro camino porque nos dice ahora hacerse como niños. No olvidemos lo que Jesús le decía a Nicodemo, ‘hay que nacer de nuevo’. Nacer de nuevo, hacerse pequeño, hacerse niño para comenzar de nuevo. ¿No es la conversión, el cambio total del corazón, de las actitudes, de la manera de ver las cosas y de vivir la primera exigencia que nos propone Jesús en el evangelio para aceptar y creer en la Buena Nueva del Reino de Dios?
El niño no sabe nada y siempre quiere aprender, conocer lo nuevo. El niño se abre a la vida y comienza a vivir, todo es nuevo para el. Algunas veces nos creemos demasiado ‘sabidos’, nos parece que nos lo sabemos todo y quien nos va a enseñar. Cuando somos mayores nos aparecen esos orgullos, nos falta esa humildad de reconocer que podemos aprender algo nuevo, podemos encontrar algo nuevo.
Y muchas veces podemos tener esa actitud ante el evangelio y el evangelio deja de serlo para nosotros. El evangelio siempre es buena noticia y si es noticia es algo nuevo, porque lo viejo, lo sucedido hace tiempo ya no es noticia. Y tenemos el peligro de acercarnos al evangelio así, viéndolo como noticia, como cosas de otro tiempo. Nos falta descubrir esa novedad del cada día en el evangelio para poder encontrarnos con esa luz que nos ilumina, nos salva, nos da nueva vida.
Por eso terminara diciendo Jesús: ‘Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’. Y el evangelista continua diciéndonos que los abrazaba y que los bendecía. Así tenemos que sentir ese abrazo del Señor a nuestra vida si nos llenamos de esa humildad y sentiremos en nosotros su bendición que nos da nueva vida.

sábado, 13 de agosto de 2016

Nos hacemos como niños aprendiendo de su ternura, copiando su sonrisa en nuestros semblantes y poniendo confianza en nuestro corazón y viviremos el Reino de Dios

Nos hacemos como niños aprendiendo de su ternura, copiando su sonrisa en nuestros semblantes y poniendo confianza en nuestro corazón y viviremos el Reino de Dios

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Habían acudido muchas madres llevando a sus niños a Jesús para que los bendijera. Era una costumbre entre los rabinos. Pero allí están muy celosos del descanso de Jesús sus discípulos más cercanos. No querían que molestaran a Jesús, después quizá de aquellas largas caminatas por los caminos de Galilea y las intensas horas de estar hablando y enseñando a las gentes. No quiere Jesús que les impidan a los niños llegar hasta Él.
Seguro que aquellas bendiciones de Jesús eran bien distintas de las que quizá ritualmente hicieran los letrados y rabinos. Jesús amaba a los niños, les tenía en cuenta, se sentía a gusto entre ellos, nos los ponía como ejemplo de cómo tenemos que ser. ¿Qué ejemplo puede darnos un niño? Podrían pensar algunos. Pero Jesús dice que hay que hacerse como ellos para ser del Reino de los Cielos, para entender lo que es vivir el Reino de Dios.
La sonrisa de un niño cautiva el corazón, la ternura que manifiestan de forma espontánea nos mueve también a nosotros a sentimientos semejantes;  ¿quién no es tierno con un niño? El que no sabe vivir esa ternura es porque quizá ha ennegrecido demasiado el corazón o  lo ha llenado de tantas cosas que ya no hay cabida para el amor. ¿Quién no se conmueve ante la imagen de un niño que camina confiado porque sabe que su padre lo lleva de la mano y con él a su lado nada le puede pasar? La alegría con que el niño se expresa cuando va caminando al lado de aquel en quien confía es contagiosa y nos hace mirar las cosas con otros ojos, con una mirada distinta; no tiene malicia en su corazón y no es capaz de actuar con malicia aunque realice las travesuras de un niño que siempre estaremos dispuestos a perdonar.
Antes nos preguntábamos qué ejemplos nos puede dar un niño y pienso que recordando estas cosas que hemos ido haciendo mención podríamos estar descubriendo, sí, cuantas cosas podemos aprender de un niño. Necesitamos ese corazón puro y limpio para poder contemplar a Dios. Ya nos lo decía Jesús en las bienaventuranzas, ‘dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’. Y Jesús nos dirá en otro momento advirtiéndonos de qué no les hagamos daño, porque sus Ángeles están contemplando siempre el rostro de Dios; yo lo traduciría en los ojos puros de un niño podemos contemplar ese rostro de Dios.
¿Por qué no andar nosotros confiados, como si fuéramos de la mano, poniendo toda nuestra vida en las manos de Dios que es nuestro Padre? Recordemos cómo en otro momento Jesús nos hablará de la providencia de Dios que cuida de nosotros que somos sus hijos mucho más que de unas flores que hace florecer en nuestros campos, o unos pajarillos que cruzan nuestros aires y nos alegran con sus cantos.
Sintiendo el amor que Dios nos tiene, que es un amor de Padre, ¿no tendrá que brotar también la ternura en nuestro corazón? Hablábamos de la ternura y de la maravillosa sonrisa del rostro de un niño, y tendríamos que pensar que si lleváramos esa sonrisa en nuestros labios y en nuestro semblante con todo aquel que nos encontráramos en los caminos de la vida, haríamos un mundo mucho más hermoso y capaz de ser feliz.
‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’ eran las palabras de Jesús con las que comenzábamos este comentario. ¡Cuánto podemos aprender!

sábado, 21 de mayo de 2016

Toda persona merece nuestro respeto y la valoración de su dignidad

Toda persona merece nuestro respeto y la valoración de su dignidad

 Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Toda persona merece nuestro respeto y la valoración de su dignidad. Y cuando decimos toda persona es toda persona, sea pequeño o mayor, sea de la condición que sea porque de ninguna manera debemos encasillarla desde nuestros prejuicios o valoraciones subjetivas.
Creo que es una primera enseñanza que nos ofrece el texto del evangelio de hoy. Nos habla de unos niños que sus madres acercaban a Jesús para que los bendijera. Pero por allá andan los discípulos cercanos a Jesús que aun necesitaran aprender muchas cosas que no quiere que se moleste al maestro con chiquillerías. Querían escucharlo y estar cerca de El y eso, pensaban quizá, era cosa de mayores, no de niños.
Pero ya vemos la reacción de Jesús. ‘No se lo impidáis… dejad que los niños se acerquen a mí…’ y añade algo más y bien hermoso ‘de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. Ya en otros momentos había puesto un niño en medio de ellos y les había enseñado que quien acogía a un niño como aquel, lo acogía a El.  Y es que en aquella sociedad los pequeños no eran valorados, no eran tenidos en cuenta. Y es lo que viene a enseñarnos Jesús. También el niño ha de ser valorado, tiene su dignidad que hemos de respetar pues también es una persona.
Quizá en nuestra sociedad actual no se haga esa valoración negativa del pequeño, del niño, pero sí nos daría para pensar en qué valoración hacemos nosotros de todas las personas; también hay algunos quizá a los que consideramos pequeños en tantas discriminaciones que nos hacemos entre unos y otros; desde aquellos en los que cargamos el sambenito de lo que hayan podido hacer en su vida y ya no nos los vamos a valorar ni tener en cuenta, o ya sea desde discriminaciones de raza o de origen a los que mermamos en sus derechos; los consideramos pequeños, por decirlo con frase suave, y si no pensemos en lo que hacemos o estamos haciendo con los emigrantes que llegan a nuestras tierras buscando una vida mejor y más digna, huyendo de guerras y de miserias, a los que negamos una acogida con toda dignidad.
Yo pienso de forma muy concreta en esos emigrantes que a las puertas de la Iglesia o en las puertas del supermercado están pidiéndonos una ayuda pero ante los que tantas veces pasamos sin ni siquiera mirarles a la cara para desearles unos buenos días. Mucho tendríamos que pensar en todo esto cuando decimos que nosotros queremos vivir el Reino de Dios.
Hoy al hablarnos de los niños que tendríamos que acoger nos decía Jesús que de los que son como ellos es el Reino de los cielos. Hacernos niños, sencillos, humildes, abiertos de corazón, con generosidad espontánea en nuestra vida. De cuantas cosas tenemos que adornar nuestro corazón para que en verdad acojamos el Reino de Dios en nuestra vida.

sábado, 16 de agosto de 2014

Nuestras actitudes hacia los demás han de ser camino para que todos puedan llegar hasta Jesús

Nuestras actitudes hacia los demás han de ser camino para que todos puedan llegar hasta Jesús

Ez.18, 1-10.13.30-32; Sal.50; Mt. 19, 13-15
Era costumbre entre los judíos presentar sus hijos a los rabinos o maestros de la ley para que éstos los  bendijesen. Los mayores recordamos también cómo en nuestra infancia había en nuestra tierra esa bonita costumbre, los hijos le pedían la bendición a sus padres, los nietos a los abuelos, los ahijados a sus padrinos, y también era muy habitual que cuando se encontraba uno con un sacerdote se le pedía la bendición. Desgraciadamente esas costumbres se han ido perdiendo, pero confieso que en mis relaciones con las gentes de América o con personas que hayan estado en América uno ve que aún se mantienen esas costumbres, porque incluso entre personas amigas muchas veces se comienza o se termina una conversación con la petición de bendición.
La escena del evangelio se desarrolla en ese entorno, las madres traen a sus hijos para que Jesús los bendijese. Pero por allá andan muy celosos los apóstoles de que no se moleste al maestro y ya les parece mucha pesadez que todos vengan a pedir la bendición de Jesús; por eso tratan de apartar a los niños de la cercanía de Jesús.
Pero eso Jesús no lo puede permitir. El había dicho, y lo hemos escuchado recientemente, que había que hacerse como niño para entrar en el Reino de los cielos; por otra parte las actitudes limpias y puras de los niños que se dan con amor y generosidad allí donde encuentran amor nos lo pone Jesús como modelo de lo que han de ser las relaciones entre sus discípulos. ‘Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los cielos’, hemos vistos estos últimos días que les decía Jesús a los discípulos.
Es Jesús el que dice que ‘los limpios y puros de corazón serán los que verán a Dios’ proponiéndonoslo en una de las bienaventuranzas, como todos bien sabemos. Y nos dirá además que sus ángeles están viendo el rostro de Dios. Y también por otra parte nos enseña a acoger a los pequeños y a los sencillos, porque el que no sabe acoger a un niño, a alguien que sea pequeño, no entenderá lo que es el Reino de Dios y no lo sabrá acoger a El.
Por eso ahora, ante la reacción de los discípulos que quieren alejar a los niños del lado de Jesús, les dirá regañándolos: ‘Dejadlos, no impidáis a los niños que vengan a mi, de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. ¿Cómo vamos a atrevernos a impedir que alguien se acerque a Jesús? Es en lo que tenemos que reflexionar seriamente.
Muchas son las enseñanzas que podemos deducir de este pasaje del Evangelio y lo que venimos comentando en sus textos paralelos. Por una parte la actitud que en nosotros hemos de tener para hacernos pequeños y sencillos, para purificar nuestro corazón de toda malicia y ambición, para tener una mirada limpia y sin mala intención en lo que hacemos o en lo que pensamos para así merecer la bienaventuranza del Señor.
 Pero también nos enseña a tener una mirada distinta hacia cuantos nos rodean porque la aceptación sincera de quien esté a nuestro lado o venga a nosotros es la mejor contribución para unas relaciones amistosas y para poner fundamentos de verdadera dicha y felicidad en nuestro encuentro con los otros. Eso significa cómo han de estar lejos de nosotros las posturas y actitudes de discriminación porque todos merecemos la misma dignidad y respeto. Somos muy fáciles a hacer distinciones entre unos y otros poniéndonos nuestras propias pautas y categorías por las que aceptamos a unos y a otros rechazamos, ya sea porque nos caigan bien o no nos sean simpáticos… y así no sé cuantas discriminaciones más que nos hacemos.
Será pequeño o será grande, nos parecerá importante o se nos presentará poderoso, será de este o aquel lugar o es de no sé qué condición, será de esta procedencia o de qué color de la piel, se nos presentará desarrapado o vendrá no sé con qué aires de grandeza, será un pesado con sus manías o nos caerá bien por su simpatía, pero no somos quienes para juzgar ni para discriminar y el amor que tiene que ser el fundamente de nuestra vida nos llevará a aceptar a todos y a amar a todos, porque ya Jesús nos enseña que el amor ha de tener siempre ese carácter universal. Y la actitud que tengamos ante los demás puede ser obstáculo o ayuda para que todos lleguen hasta Jesús.
Unos pocos versículos del evangelio, pero cuando nos dejamos iluminar por el Espíritu divina, son muchas las cosas que el Señor quiere decirnos allá en lo hondo de nuestro corazón.