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domingo, 17 de abril de 2022

La luz pascual de Cristo resucitado que se ha encendido en esta noche es luz de esperanza también para nuestro mundo y somos testigos y portadores de esa luz

 


La luz pascual de Cristo resucitado que se ha encendido en esta noche es luz de esperanza también para nuestro mundo y somos testigos y portadores de esa luz

Romanos 6, 3-11; Lucas 24, 1-12; Juan 20, 1-9

‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?’ Sorpresa, asombro, desconcierto una vez más para aquellas buenas mujeres. Habían pasado por un trance bien amargo en la mañana y en la tarde del viernes. Con buena voluntad habían preparado sus aromas y sus ungüentos para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús, que no lo habían podido hacer en la tarde del viernes por ser el día de la preparación y al caer la tarde ya nada podían hacer. Ahora se encuentran removida la piedra del sepulcro, el cuerpo de Jesús que no está allí y aquella aparición de ángeles con sus anuncios. ‘¿Por qué buscar entre los muertos…?

Aunque por naturaleza decimos que amamos la vida, buscamos la vida, defendemos la vida, sin embargo nos gusta husmear entre sombras de muerte; para algunos después de determinados momentos de la vida parece que todo girara ya en torno a la muerte y al sepulcro.

Envolvemos con demasiados crespones negros la vida; envolvemos demasiado la vida con sombras y negruras; decimos que amamos la vida y destruimos la vida, demasiada muerte metemos entre nosotros; nos oscurecemos con demasiadas sombras cuando nos destruimos, nos hacemos daño, dejamos que impere la violencia, detrás de nuestras ambiciones no nos importa destruir lo que sea. A niveles grandes con nuestras guerras - ¡cuánta destrucción! -, pero a niveles no menos grandes en la cercanía de los unos y los otros con tantos traspiés que nos vamos haciendo los unos a los otros. ¿Qué buscamos?

¿Qué buscaban aquellas mujeres cuando fueron aquella mañana al sepulcro? Buena voluntad no les faltaba pero se les estaba ofreciendo mucho más de lo que buscaban. Se les estaba haciendo un anuncio muy importante capaz de cambiar la historia. ‘¡No está aquí!’ No está en el sepulcro y en la muerte. ‘¡Ha resucitado!’


‘Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’
. Es el anuncio grande que reciben. Su Palabra se ha cumplido. No busquen la muerte, no busquen a uno que ha sido derrotado, busquen al vencedor de la muerte. ¡Ha resucitado! ¡Ha triunfado la vida! De nuevo brilla la luz. Es el momento de la victoria definitiva. Contemplemos al resucitado, al que vive.

La sorpresa, el asombro, el desconcierto de los primeros momentos se transformó en alegría. Una alegría de la que tenían que contagiar a los demás. Por eso fueron corriendo al encuentro de los demás discípulos para contar cuánto les había sucedido. A todos les cuesta creer, pero ellas ya tienen la experiencia. Por eso algunos correrán de un lado para otro en aquella mañana con visitas también al sepulcro para comprobar que estaba vacío. Pero no era suficiente, lo podían haber robado como seguía pensando María Magdalena; tenían que ir todo teniendo la experiencia del encuentro con el resucitado. Todos al final se convertirían en transmisores de esa buena nueva, de esa gran noticia, Cristo había resucitado.

No olvidemos una cosa que hemos ido teniendo muy en cuenta en estos días. Jesús nos había invitado a sentarnos a su mesa en la cena de la Pascua; así vivimos aquellos momentos. Con Jesús habíamos realizado todo el camino de la pasión hasta hacernos presentes también al pie de la cruz en el Gólgota. Jesús también quiere salirnos al encuentro en esta noche y en este día de pascua para hacernos partícipes también de esa misma experiencia. Nosotros también estamos invitados por una parte a vivir esta alegría de la Pascua pero también a contagiarla al mundo que nos rodea.

Cristo resucitado también nos sale al encuentro aunque nosotros sigamos revolviéndonos entre sombras y entre muertes en el hoy y ahora de nuestra vida y de la misma situación que vive el mundo. La experiencia de la resurrección del Señor no es algo que podamos relegar solo al tiempo de los apóstoles y en aquellos momentos vividos en Jerusalén. Hoy Cristo viene a nosotros para decirnos que es posible salir de esas sombras en que nos vamos envolviendo.

La luz pascual de Cristo resucitado que simbólicamente hemos encendido en esta noche es luz de esperanza también para nuestro mundo. Es hora de encender esa luz, de encender esa nueva esperanza para nuestro mundo. Es la tarea de los testigos de la resurrección. No podemos seguir dejándonos envolver por esos agobios y esas angustias; no podemos seguir postrados en nuestros desalientos y nuestras desesperanzas; es posible algo nuevo, es necesario sentir la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado que renueve nuestros corazones y renueve nuestro mundo, nuestra sociedad; son posibles los caminos de la paz y de una nueva solidaridad; no podemos pensar que todo está perdido.

Signos bonitos de solidaridad hemos sido capaces de tener en los peores momentos por ejemplo de la pandemia que hemos vivido y tenemos que ser capaces de seguirlos teniendo con quienes están sufriendo tantos horrores. Son señales que nos dan esperanza. Aunque la maldad, la ambición, los afanes de destrucción parezca que imperen en nuestro mundo tenemos la esperanza del cambio de los corazones.

La victoria de Cristo sobre la muerte que hoy contemplamos y celebramos nos llena de esperanza en la tarea de la construcción de ese mundo nuevo. Tenemos que ser esos promotores de paz, esos sembradores de esperanza, esos contagios de alegría nueva en el amor y la nueva ternura que vamos sembrando en nuestro mundo.

lunes, 6 de enero de 2020

Ha nacido una nueva estrella y no precisamente entre los astros del firmamento sino en quienes con pequeños gestos llenan de alegría cada día nuestro corazón


Ha nacido una nueva estrella y no precisamente entre los astros del firmamento sino en quienes con pequeños gestos llenan de alegría cada día nuestro corazón

Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12
Hoy es una fiesta entrañablemente popular que aun con la marcada que está por lo infantil, pero sobre todo más por el consumismo, tiene su encanto y se llena de ternura que algunas veces tanta falta nos hace a los humanos. Tan metida está al menos en nuestros espacios culturales en esa ternura casi infantil que no nos hace daño que ha perdido incluso su verdadera titularidad para quedarse en la fiesta de los Reyes Magos, por aquello que nos cuenta el evangelio.
Una fiesta que con todos los peligros del consumismo que algunas veces nos ahoga tiene esos gestos y esos detalles de los regalos que llenan de alegría y ternura nuestro corazón. Hemos de recoger lo bueno en ese compartir generoso para mutuamente llenarnos de alegría, pero no podemos olvidar toda la riqueza que tiene esta fiesta de la Epifanía del Señor.
Unos magos – no significa que tengan que ser reyes que no lo dice el evangelio – que aparecen por Jerusalén buscando al recién nacido rey de los judíos. Unos hombres acostumbrados a mirar para las estrellas que sin embargo vienen a buscar a un niño recién nacido. Hombres de ciencia, podríamos decir, que sin embargo buscan lo pequeño, buscan a un niño, porque aquellas estrellas que están acostumbrados de estudiar en el firmamento les señalan que una estrella nueva ha nacido y no se refieren ya a un astro que cruza los cielos y el firmamento, sino que en ese niño vislumbran una luz para Israel y para todos los pueblos.
Perseverantes escrutan las señales del firmamento, pero perseverantes buscan en las escrituras sagradas de todos los pueblos las señales más cercanas que les harán llegar a encontrar a ese niño recién nacido. podríamos decir que aunque nos parezca lo contrario no buscan cosas extraordinarias ni maravillosas sino algo tan sencillo como una madre que ha dado a luz y ese niño que en verdad está llamado a ser luz, de ahí la imagen y la señal de la estrella mencionada repetidamente.
Ya conocemos por el relato todo lo sucedido en Jerusalén, con la intriga del rey Herodes, con la búsqueda en las Escrituras por parte de los sacerdotes y maestros del templo que les ayudarán y les Irán marcando el camino. Esa búsqueda afanosa encontrará su resultado cuando de nuevo aparece la estrella sobre una humilde casa y será donde encuentran a al niño con su Madre, María. Algo tan sencillo y tan humilde pero que sin embargo les produce una inmensa alegría. Quizás hemos rodeado la escena de gran aparatosidad cuando a los magos los hemos hecho reyes, pero fue algo humilde y sencillo que de alguna manera se va a quedar oculto en aquel humilde hogar.
Creo que esta fiesta para nosotros puede ser una invitación a una búsqueda. Pero para esa búsqueda necesitamos la humildad de los que reconocemos que no sabemos, que muchas veces andamos también perdidos y desorientados, pero necesitamos también la capacidad del asombro. Sí, ser capaces de asombrarnos ante lo que se nos manifiesta y quizá a través de gestos sencillos.
Hay una autosuficiencia soterrada que a la larga es orgullo que nos hace creer que ya no necesitamos asombrarnos por nada. Nos hemos curado de espanto (¿?) porque ya nos lo creemos saber todo, son tantas las cosas extraordinarias que vamos recibiendo cada día cuando incluso la humanidad viaja ya por el universo a través sondas cósmicas y no sé cuentos inventos que en los avances de la ciencia vamos logrando, que ya parece que hemos pedido la capacidad del asombro.
Sin embargo cada día podríamos observar tantas maravillas en lo cotidiano, en lo pequeño que sucede a nuestro lado, en el actuar de las personas con quienes nos vamos encontrando, en tantos gestos sencillos pero maravillosos que podemos observar en quienes nos rodean, y sin embargo parece que ya eso no nos llama la atención perdiendo una riqueza y una sabiduría admirable que podíamos encontrar a nuestro lado.
Palabras llenas de sabiduría en la boca de la gente mas sencilla, gestos de humanidad y cercanía que muchas veces podemos encontrar en quienes menos lo esperamos, sonrisas sinceras que nos pueden llegar al alma para darnos ánimo cuando estamos decaídos y que podemos encontrar en tantos cerca de nosotros, una mano tendida cuando vamos a caer o sobre nuestro hombro cuando nos sentimos derrotados y sin ilusión… gestos humildes, sencillos que tenemos que saber descubrir y ante los que tenemos que sentir admiración.
Aquellos magos del evangelio se asombraron ante las maravillas de Dios que se manifestaban en lo más pequeño y sencillo como encontrar a un niño recién nacido en los brazos de su madre. También en los gestos sencillos y tremendamente humanos que hoy podemos vislumbrar en esta fiesta de reyes seamos capaces de asombrarnos y ser agradecidos aprendiendo como desde lo pequeño podemos hacer felices a los demás.

sábado, 26 de mayo de 2018

Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza, porque solo los que se hacen como niños entenderán el reino de los cielos



Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza, porque solo los que se hacen como niños entenderán el reino de los cielos

Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Las cosas más insignificantes cuando uno se fija en ellas descubre lo bonitas que son. Fue una reflexión que me surgió en la conversación con un amigo que me decía qué bonita era una sencilla y pequeña flor que en una fotografía había subido a Instagram. No era ninguna fotografía extraordinaria, pero yo me había fijado en el detalle para fotografiarla y mi amigo para admirarla. Muchas veces yo mismo había pasado junto a aquel seto y no me había fijado en sus flores; hoy me detuve junto a él y le hice la mencionada fotografía. ‘¡Qué bonita!’ decía mi amigo y me surgió esa respuesta. Las cosas más insignificantes cuando uno se fija en ellas ve lo bonitas que son.
Hemos perdido quizá la capacidad de admirarnos ante muchas cosas bellas que tenemos ante los ojos, pero que en nuestras prisas o en nuestros intereses por otras cosas no les prestamos atención. Y perdemos la oportunidad de admirar su belleza. Son las cosas de la naturaleza o las que las manos del hombre ha elaborado; pero no son solo las cosas, son también las personas; también tienen sus detalles, también hay valores que admirar en toda persona, y no solo vamos a buscar las más importantes, los que hacen cosas mas llamativas que para que les prestemos atención; son los pequeños y los que nos parecen insignificantes. Quizá ellos valoran mas ese pequeño detalle y los cultivan con mayor intensidad en sus vidas, aunque nadie se fije en ellos. Que ciegos vamos tantas veces por la vida.
De eso nos está hablando Jesús hoy para hablarnos del Reino de Dios. La oportunidad vino porque muchas madres traían a sus niños pequeños para que Jesús los bendijera. Pero ya sabemos como son los niños, pronto empiezan a enredar con sus juegos, se acercan con toda confianza a Jesús y diríamos que Jesús estaba gozando rodeado de los pequeños. Pero allá viene celosamente Pedro que no quiere que molesten al Maestro y ya le está pidiendo a las madres que se lleven a los niños porque molestan a Jesús.
‘Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’. Reacciona Jesús inmediatamente. ‘No se lo impidáis, de los que son como ellos es el Reino de Dios’.
Pero si los pequeños son una cosa insignificante. En aquellos tiempos y con aquella cultura no eran tenidos en cuenta para nada. Que todavía en algunos ambientes queda algo de eso. Pero es que Jesús habla de ser como ellos, porque así es como entenderemos el Reino de Dios.
Ahí está lo pequeño, porque será a los sencillos y a los pequeños a los que se revela mejor el Padre del cielo. Será el valorar lo pequeño porque el que no sabe valorar lo pequeño no sabrá valorar luego lo que es verdaderamente importante; es que eso que nos parece pequeño ya es importante también; y será la fidelidad de las cosas pequeñas. Y podríamos seguir fijándonos en muchas mas cosas.
Pero es que Jesús nos dice que hay que ser como los niños. Sí, los niños con los ojos abiertos siempre porque siempre quieren conocer, quieren saber, ahí están todas esas preguntas que algunas veces nos pueden parecer impertinente. Pero es algo más, son los pequeños que se admiran ante todo, porque en todo se fijan, quizá en lo que ya no nos fijamos los mayores.
Son los pequeños que van con simplicidad y sencillez, que mientras nosotros no los hayamos maleado van por la vida sin malicia, con corazón puro y humilde. Son los pequeños siempre abiertos al amor, y para quienes no hay esas distinciones que luego nosotros los mayores nos hacemos, que si la raza y el color, que si esta familia o aquella, que si de este lugar o con estos antecedentes; de cuantas malicias vamos los mayores llenando la vida y haciendo distinciones y apartándonos de los demás.
Que importantes son los pequeños, las cosas pequeñas, la sencillez y la humildad en nuestras relaciones, la valoración siempre de lo bueno y del pequeño detalle. Tenemos que aprender a fijarnos en esas pequeñas cosas, tenemos que aprender a fijarnos en los pequeños no solo en las cosas, tenemos que tener ese corazón puro y sin malicia, tenemos que tener esa capacidad de admiración para descubrir esos pequeños detalles que hacen verdaderamente grandes a las personas. Cuánto tenemos que aprender. Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza.

domingo, 5 de julio de 2015

Nos asombramos ante las maravillas de Dios y nos dejamos transformar por su Espíritu para hacer nacer un hombre nuevo y un mundo nuevo

Nos asombramos ante las maravillas de Dios y nos dejamos transformar por su Espíritu para hacer nacer un hombre nuevo y un mundo nuevo

Ez. 2, 2-5; Sal. 122; 2Cor.12, 7-10; Mc. 1-6
Los paisanos de Jesús en Nazaret estaban asombrados pero no convencidos. Hasta ellos habían ido llegando noticias de que Jesús, el hijo de María, el hijo del carpintero, el pariente de Santiago y José, y Judas y Simón, cuando había venido del Jordán iba recorriendo desde Cafarnaún las aldeas de Galilea e iba enseñando algo nuevo: que llegaba el Reino de Dios y había que creer esa buena noticia; al mismo tiempo les contaban cómo hacía milagros porque curaba a los enfermos y expulsaba a los demonios.
Ahora había vuelto por su pueblo y el sábado se adelantó en la sinagoga a hacer la lectura y dirigir la oración con su enseñanza. Estaban asombrados. ¿Dónde había aprendido lo que ahora enseñaba? No tenían conocimiento de que hubiera asistido a las escuelas de los rabinos ni en Jerusalén ni en ningún sitio, porque la juventud la había pasado allí entre ellos en el mismo oficio que José. ‘¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esta que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos?’ Aunque allí aún no había realizado ninguno.
Estaban asombrados, pero no convencidos. No terminaban de creer ni de confiar. ‘No desprecian a un profeta más que entre sus parientes y en su casa’, les había dicho. Bien sabemos que es así, porque a los más cercanos es a los que más les cuesta creer, porque creen conocerlo desde siempre y se preguntan de donde saca todas esas cosas que ahora enseña. Más tarde también los fariseos y los maestros de la ley vendrán preguntando algo así como que en qué escuela rabínica ha aprendido Jesús todas esas cosas para hablar con esa autoridad. Porque todos reconocerán que habla con autoridad, que nadie ha hablado como El; y le harán preguntas para ponerlo a prueba para ver si enseña algo contrario a la ley o a sus tradiciones.
El evangelista Marcos no nos explicita lo que fue la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret mientras en el texto paralelo de san Lucas nos habla de la lectura del profeta Isaías que anunciaba al que venía lleno del Espíritu para anunciar la Buena Nueva y proclamar el año de gracia del Señor. Marcos quisiera quizá insistir más en el asombro, pero al mismo tiempo en la falta de fe. Por eso dirá que ‘no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos, y se extrañó de su falta de fe’.
¿Pensaban quizá más en el Jesús taumatúrgico que en el propio mensaje que Jesús pudiera ofrecerles de la llegada del Reino de Dios? Es lo que nos puede suceder muchas veces en muchas expresiones de nuestra religiosidad. Buscar el milagro, buscar la cosa asombrosa, pero no escuchar el mensaje y hacernos participes de la salvación. Pensemos en lo que buscamos muchas veces en nuestras visitas a los santuarios de mayor devoción. La salvación que buscamos se nos puede quedar en la búsqueda del remedio para nuestros males, para nuestras necesidades materiales o nuestras enfermedades, pero no llegamos a ahondar lo suficiente para sentir cómo el Señor con su salvación llega a nosotros para transformar nuestros corazones.
Es esa transformación del corazón lo que tendríamos que buscar para vivir esos valores nuevos que Jesús nos ofrece en la Buena Noticia del Evangelio. Que arranquemos de nosotros esas actitudes negativas, esas posturas de comodidad o de rutina, esos planteamientos egoístas y materialistas que nos hacemos en la vida que nos encierran en nosotros mismos y en nuestros intereses, esos resentimientos y envidias que nos amargan el corazón y con los que amargamos y hacemos sufrir también a cuantos están a nuestro lado, esas violencias que aparecen muchas  veces en nuestras reacciones con las que podemos hacer daño a los demás.
Ese es el verdadero milagro que Jesús quiere hacer en nuestra vida transformando nuestro corazón. Es la Buena Noticia que Jesús viene a traernos, de que es posible que seamos ese hombre nuevo que El quiere de nosotros y que es posible hacer que nuestro mundo sea mejor. Tenemos la garantía de su gracia, de su presencia, de su Espíritu que estará siempre con nosotros.
Que se despierte la verdadera fe en nuestros corazones. Que en verdad queramos escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos, no quedándonos solamente en el asombro, sino que demos pasos en esa transformación del corazón. Sí, nos sentimos asombrados ante sus maravillas, ante su Sabiduría infinita de la que queremos beber, cantamos nuestra alabanza al Dios bueno que tanto nos ama, pero al mismo tiempo nos dejamos conducir por su gracia, por la fuerza de su Espíritu, porque además todo eso que recibimos del Señor hemos de comunicarlo, trasmitirlo a los demás, contagiándolos de esa fe y de esos deseos de un mundo mejor.
Nos asombramos ante las maravillas de Dios, ante la Sabiduría de Dios que se nos manifiesta en Jesús y nos queremos dejar transformar por su Espíritu para hacer nacer un hombre nuevo y un mundo nuevo.