No
podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra
fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano
1Reyes 17, 7-16; Salmo 4; Mateo 5, 13-16
Esto está
un poco soso,
decimos cuando nos ofrecen un plato de comida, pero que no tiene sabor; esto
está soso decimos cuando estamos en una reunión que tendría que ser animada
y con alegría de fiesta, pero damos la impresión que allí todos estamos
aburridos y como de compromiso; a éste le falta una pizca de sal decimos
cuando alguien nos está cantando una canción pero lo hace con desgana,
siguiendo la música, sí, pero sin ritmo y sin entusiasmo… para muchas cosas en
la vida empleamos esa imagen de la sal que tenemos o que nos falta en aquello
que hacemos.
Jesús emplea
esta imagen en el evangelio y mucho nos quiere decir con ello, porque, como nos
dice, si la sal se vuelve sosa, ¿quien la salará, quien le dará sabor? Creo
que entendemos muy bien lo que Jesús nos está queriendo decir, porque nos está
hablando de nuestra fe, que es la que nos da sabor a nuestra vida, el sentido
de Cristo, el sentido espiritual y sobrenatural a lo que hacemos y a lo que
vivimos. Es la sal que tenemos que llevar a nuestro mundo, pero para ello será necesario
que estemos bien impregnados del sabor de Cristo. ¿O acaso algunas veces los
cristianos damos la impresión de que vivimos ‘un poco sosos’ nuestra fe
y compromiso cristiano?
Poner esa sal
en nuestra vida y en nuestro mundo significa muchas cosas. A cuantos nos
encontramos por la vida que parece que caminan sin rumbo y sin entusiasmo por
la misma vida, han perdido la ilusión de vivir, de crecer, de soñar y aspirar a
algo nuevo, a algo grande y mejor; viven una vida amorfa, simplemente dejándose
arrastrar por las horas y por los días pero sin darle hondura a lo que hacen,
en la superficialidad que se queda en apariencias; viven sin alegría, sin
motivaciones, siempre en sus rutinas sin esforzarse por algo distinto y mejor,
siempre cansados y sin ganas, dejándose
envejecer y morir. ¿Podemos permitir en aquellos que están a nuestro lado que
vivan una vida así sin vivir?
El compromiso
de nuestra fe no es solo para una satisfacción personal en nuestras vivencias o
experiencias religiosas, sino que tiene que llevarnos a una transformación de
ese mundo que nos rodea. La fe en nosotros ha sido ese grano de sal que ha dado
un sabor y un sentido a nuestra vida; la fe nos llena de inquietud y nos hace
vivir con intensidad cada paso de nuestra vida; pone alegría en nosotros porque
llena de esperanza nuestro corazón y creemos que es posible algo nuevo y mejor;
la fe nos impulsa a superarnos y a crecer y pone entusiasmo en aquello con lo
que nos sentimos comprometidos, da profundidad a nuestras razones para vivir y
nos motiva a buscar siempre lo mejor. Estamos, entonces, llamados a poner vida
en nuestro mundo, a contagiar de eso que vivimos a cuanto nos rodea. Allí donde
hay un cristiano tiene que haber vida y amor a la vida.
Es lo que nos
está diciendo Jesús hoy cuando nos dice que somos la sal de la tierra o
cuando nos dice también que tenemos que ser la luz del mundo. Tenemos
que iluminar. No podemos ocultar nuestra fe. La luz no es para meterla y
encerrarla en un cajón, sino para ponerla en alto para que pueda iluminar. Y es
lo que tenemos que hacer los cristianos. No podemos ser cristianos vergonzantes
que vamos ocultando lo que hacemos; no por orgullo o vanagloria que ya nos dirá
Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, sino porque tenemos
que iluminar, porque nos sentimos responsables de llevar esa luz de nuestro
amor para hacer germinar un mundo nuevo donde falta tanta vida.
Aun siendo
conscientes de nuestras flaquezas y debilidades sin embargo escuchando las
palabras de Jesús que ‘brille así
vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria
a vuestro Padre que está en los cielos’.