Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios
Daniel 7,9-10.13-14; Salmo 137; Juan 1,47-51
Nos habremos quedado ‘moscas’, como suele decirse, cuando quizás nos han presentado a alguien de quien pensábamos que no le pudiéramos conocer de nada o él tampoco nos pudiera conocer a nosotros, cuando de repente nos dice que él ya nos conocíamos. ¿De qué me conoces?, seguramente la preguntamos y esperamos que nos dé razones de ese conocimiento. Y quizás podía haber buenas razones y motivos para que hubiera ese conocimiento, aunque no cueste comprender por qué.
Es lo que sucede en este pasaje del evangelio que hoy se nos propone en esta fiesta de los Santos Arcángeles; luego podremos ver la razón por la que se nos propone en la liturgia este evangelio. En este caso lo que sucede es que Natanael es llevado a la presencia de Jesús por su amigo Felipe que ya es seguidor de Jesús y cuando le es presentado a Jesús éste comienza a hablar maravillas de Natanael, ‘un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Realmente Jesús hace una gran alabanza de aquel a quien ahora le están presentando. A cualquiera que le hicieran una alabanza así se le subirían los colores a la cara.
Es entonces cuando surge la pregunta, ‘¿y de qué me conoces tú a mi?’ Hay que tener un buen conocimiento de la persona para hacer una alabanza así, y quiera que no el que así es alabado sentirá mucho orgullo y satisfacción en su corazón. Sin embargo se preguntará, ¿por qué esta alabanza? ¿Yo qué he hecho para merecer una alabanza así? Pero ahí está la respuesta de Jesús. ‘Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi’. Muchas elucubraciones nos hemos hecho a lo largo de los siglos sobre el sentido de estas palabras de Jesús. ¿Por qué no darle un sentido positivo?
Alguien en sus comentarios sobre este texto piensa en ese lugar secreto de Natanael donde él quizás buscaba el silencio interior y la reflexión. Todos tenemos un lugar, donde nos gusta retirarnos, donde aun en soledad nos sentimos muy a gusto porque nos ayuda a buscar esa paz interior que en las carreras de la vida no llegamos a alcanzar, un lugar para el silencio y para escucharnos a nosotros mismos, un lugar donde nos abrimos a la trascendencia y nos gusta comenzar a mirar más allá, a tratar de descubrir algo distinto, un lugar para rumiar una y otra vez cuanto nos sucede, lo que nos dicen y escuchamos, lo que sutilmente sentimos dentro de nosotros mismos muchas veces sin saber de dónde viene.
Un lugar de oración donde vamos más allá de la repetición de unas palabras dichas o pensadas por otros por muy bonitas que sean, un lugar para la escucha o para detectar aquello que eleva nuestro espíritu, un lugar donde al rumiar esos impulsos interiores se nos abren nuevos caminos, nos aparecen nuevas sugerencias. La oración no son esos rezos en que repetimos siempre las mismas palabras que se convierten en una rutina para nosotros; oración es entrar en otra sintonía en la vida cuando entramos en la honda de Dios; es la apertura del corazón para ver, para contemplar, para comprender algo nuevo y distinto pero también para entrar en diálogo con la mente y el corazón. abiertos a la escucha del mensaje que Dios quiere transmitirnos.
Aquellas palabras un tanto enigmáticas que se cruzaron entre Jesús y Natanael fueron una auténtica oración, porque quizás a Natanael le hizo recordar aquel lugar y aquellos momentos que quizás debajo de la higuera tantas veces se había pasado con tantos interrogantes de su vida. Algo especial y sobrenatural lo había envuelto en aquellos momentos aunque él no supiera bien lo que le estaba sucediendo; era la presencia de Dios en su vida que elevaba su corazón.; esa presencia de Dios que como tantas veces vemos en la Biblia se manifiesta a través de sus ángeles.
Con la presencia del ángel Gabriel en Nazaret María había sentido cómo Dios le envolvía haciendo que el Espíritu de Dios la inundará para convertirla en la Madre de Dios; con la presencia del arcángel san Rafael Tobías había sentido la gracia de Dios que le devolvía la luz a sus ojos y a su vida. Así le había manifestado el arcángel que era Él quien presentaba ante Dios las súplicas y oraciones que Tobías hacía y por eso había acompañado al joven Tobías en su camino. Es esa fuerza interior que sentimos en nuestras luchas contra la tentación y contra el mal como una presencia del Arcángel san Miguel en nosotros para vencer todo mal en nuestra vida.
Es lo que hoy estamos celebrando en la fiesta de los santos arcángeles. Es lo que Jesús terminará diciendo a Natanael y a los discípulos ante el asombro que los embargaba ante el misterio de Jesús. ‘En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’. ¿No nos estará diciendo Jesús que es lo que experimentamos en una verdadera y auténtica oración que va más allá de pedir a Dios que nos solucione nuestros problemas? Es el ángel del Señor que está con nosotros y nos envuelve de esa presencia de Dios.
Pero tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, como nos dirá Jesús en otro lugar que cuando vayamos a orar busquemos ese lugar a solas y con tranquilidad, ese momento en que sintamos esa paz interior porque ciertamente nos sintamos llenos de Dios, como María, la llena de gracia porque el Señor estaba con ella. Será así cómo vivimos de forma auténtica nuestra oración.