Una mirada
nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior
para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos
1 Pedro 4,7-13; Salmo 95; Marcos 11, 11-26
Dos días de
la vida de Jesús, en este caso en su estancia en Jerusalén y sus alrededores
que tienen una aparente normalidad pero en donde se van dejando algunas señales
de algo nuevo que Jesús quiere para ese mundo nuevo del Reino de Dios que
anuncia.
Una mañana o
un día de observación a su llegada a la ciudad santa que terminará en una tarde
de paz y de descanso al recogerse en Betania. Ya sabemos cuanto significaba
Betania para Jesús con aquella familia que le acogía y de qué manera en su
hogar. Una búsqueda de frutos en una higuera solo llena de hojas, porque aun
parece no es el tiempo de dar fruto pero que nos estará enseñando esa búsqueda
de fruto o de crecimiento de nuestra vida que nunca podemos dejar de lado.
Si en el día
anterior había estado observando cuanto sucedía en su entorno en el templo y en
Jerusalén ahora será el momento de ordenar lo que estaba desordenado, de darle
sentido a lo que había caído en una rutina, de rehacer lo que se había
embrollado y necesitaba una restauración. Gestos y detalles que no siempre son
comprendidos, gestos y detalles que nos tienen que hacer que tengamos una
mirada más profunda que será lo que nos llevará a una mayor autenticidad de
cuanto hacemos.
Y Jesús nos
hablará de la fe que será capaz de mover montañas, y del valor de la oración
que cuando es humilde y confiada siempre tendrá la certeza de que va a ser
escuchada. Fe y oración que no es solo para un gozo o disfrute personal, que también
hemos de saborearlo, sino que nos tiene que hacer estar siempre en una postura
de apertura al otro, para aceptar y para comprender, para perdonar y para dar
siempre una nueva oportunidad.
Qué importante
es esa premisa para una verdadera oración, si no hay esa apertura al otro
tampoco lograremos la apertura de nuestro corazón a Dios. Por eso nos dice que ‘cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis
contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras
culpas’. ¿No será eso también lo que
nos está enseñando cuando nos da como modelo de nuestra oración el
padrenuestro?
Sacando consecuencias de lo que nos
muestran hoy las palabras del evangelio tenemos que plantearnos cómo en medio
de nuestras actividades, por muchas que sean, siempre hemos de sacar ese tiempo
para el descanso espiritual. No podemos decir que no tenemos tiempo porque eso
significaría que hemos hecho una verdadera valoración del sentido de nuestra
vida.
Es necesario ese tiempo de crecimiento
interior, ese tiempo en que buscamos, ¿por qué no?, donde tenemos asentadas las
raíces de nuestra vida; y para eso necesitamos un sosiego interior para poder
mirar con atención, para poder analizar lo que hacemos o los caminos que
estamos haciendo, para contemplar de verdad lo que es la realidad no lo que
imaginamos o soñamos, para poder trazarnos planes de crecimiento y maduración
de nuestra vida. No seremos fecundos por ser solamente una higuera llena de
hojas, sino por esos brotes de vida que surgen de nosotros y que van a hacer
florecer nuestro mundo como promesa de mejores frutos.
Cuántas veces
pasamos por los caminos de la vida y no terminamos de contemplar cuanto en
ellos se nos ofrece; vamos a lo nuestro, a nuestras carreras o a nuestros
compromisos, a salir del paso o apresurados porque queremos llegar a todo y no
podemos. Algunas veces ni nos damos cuenta de las personas que caminan a
nuestro lado. Para tener esa mirada nueva de auténtica contemplación de lo que
nos rodea, hemos de saber tener una mirada interior que será la que dará
verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos.