Que la emoción con que recibimos las palabras de Jesús nos hagan crear esos necesarios lazos de comunión que tienen que haber entre los que creemos en Jesús
Hechos 20, 28-38; Salmo 67; Juan 17, 11b-19
Cuando las palabras llegan al corazón porque han salido también del corazón, nos emocionamos, nos sentimos conmovidos; como le estaba sucediendo al grupo de los apóstoles que aquella tarde habían comido con Jesús el Cordero Pascual, pero que ahora en las palabras que Jesús les dirige, palabras que a estas alturas se han convertido en oración y que conmocionan al grupo de los discípulos que están con Jesús. Se hace silencio, ya no tienen nada que decir ni que preguntar, como hace unos momentos, pero con todas esas muestras de cercanía y de desahogo que tiene con ellos en su emoción no tienen nada que decir.
Así tenemos que escuchar nosotros también esta oración que Jesús está haciendo al Padre también por nosotros. Pareciera que nos deja solos, como dice, mientras estaba con los discípulos les hacía sentirse seguros aunque en ocasiones afloraran los miedos, pero Él estaba a su lado; parece como si Jesús tampoco quisiera desprenderse de ellos aunque sabe que tiene que volver al Padre, por eso ¿a quien mejor encomendar su cuidado sino al Padre del cielo que así ha de protegerlos?
Si un día se les había revelado, como en aquella ocasión que a Pedro le revela en su corazón la respuesta que ha de dar a Jesús – ‘no lo dices por ti mismo sino porque mi Padre del cielo te lo ha revelado en el corazón’, le había dicho Jesús – justo es que ahora sintamos su presencia y su protección. Por eso Jesús nos ha prometido el Espíritu de Dios, y Él tiene que volver al Padre para enviar su Espíritu divino sobre sus corazones para que se sientan seguros.
Están absortos los discípulos con lo que Jesús les está revelando, con lo que Jesús les está pidiendo; si hasta ahora se habían mantenido unidos formando el grupo de los Doce en torno a Jesús, aunque a veces tuvieran sus más y sus menos con sus ambiciones, con sus carreras por ver quién sería el primero, quién es el que iba a ser el más importante, pero en torno a Jesús se habían mantenido unidos, ahora Jesús les está pidiendo que una unidad aun tiene que ser mayor. No van a ser ya solo el grupo de los Doce, sino que la comunidad irá creciendo, diversas opiniones y sentimientos irán apareciendo en esa nueva comunidad cada vez más compleja, pero una cosa es importante para que el mundo crea, su unidad.
Y eso necesitamos seguir considerándolo hoy, en el momento presente, en el que también pueden ir apareciendo esas rupturas y divergencias como la historia nos ha mostrado que así ha sido a lo largo de los siglos; pero no solo pensamos en esas grandes heridas por la falta de unidad de todos los que creemos en Cristo, sino que en el día a día de nuestras comunidades, de nuestros pequeños grupos de cristianos también pueden ir apariencia esa grietas cuando nos falta humildad y amor, cuando nos dejamos arrastrar por nuestras ambiciones y más nos parecemos a los hijos del mundo con todas sus luchas que también reflejamos muchas veces en el seno de la Iglesia, o cuando quizás pretendemos acomodarnos a los pareceres o deseos del mundo y aparecerá también una comunidad, una iglesia dividida.
‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros’, comienza pidiendo Jesús. ‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad’. Es como debemos dejarnos impregnar por el amor de Dios que así nos mantiene unidos y nos santifica. Somos enviados al mundo, nos dice Jesús, y para que el mundo nos crea tenemos que manifestar esa unidad y esa verdad en el amor. ¿Seremos capaces?
Que la emoción con que recibimos las palabras de Jesús nos hagan crear esos necesarios lazos de comunión que tienen que haber entre los que creemos en Jesús.