Vistas de página en total

domingo, 21 de junio de 2026

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

 


Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

Jeremías 20, 10-13; Salmo 68; Romanos  5, 12-15; Mateo 10, 26-33

Cuando estamos convencidos de algo lo defenderemos a capa y espada – es una forma de decir – porque nada ni nadie nos puede quitar ese convencimiento. Encontraremos razones y motivos que den fuerza a nuestras palabras, nos valdremos de todos los argumentos, pero defenderemos esa verdad. Experiencias tenemos en personas que nos rodean, capaces de darlo todo por ese convencimiento, y quizás en más de una ocasión nos habremos visto así defendiendo nuestra verdad.

Sin embargo nos queda por dentro una duda o una pregunta, ¿tendremos esos convencimientos tan fuertes? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? ¿Y si se ponen en peligro aquellas cosas que poseemos o acaso hasta se pudiera llegar a poner en peligro nuestra vida? ¿Mostraremos así con valentía nuestro convencimiento?

Pareciera que yo pongo duda incluso a esas afirmaciones un tanto categóricas con las que he comenzado esta reflexión. Pero me remito a lo que es nuestra vida, a nuestras actitudes y a nuestros valores, porque quizás muchas veces nos dejamos arrastrar, nos cuesta ir a contracorriente, si todo el mundo vive así, ¿por qué yo voy a ser distinto? Son quizás tentaciones que nos acechan.

Y podemos pensar en la rectitud de nuestra vida como podemos estar pensando también en lo que es el mundo de nuestros negocios, de nuestras ganancias y de lo que no queremos que sean perdidas, de nuestros principios morales, y por supuesto tendríamos que estar pensando en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana desde los valores del Evangelio que Jesús nos propone para vivir el Reino de Dios. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?

Porque nos entran los miedos cuando vemos que el mundo que nos rodea pasa de religión, del evangelio, de los valores cristianos, que no todo el mundo piensa lo mismo, que muchos incluso nos van a la contra y estarán incluso sacando a flote de manera interesada nuestras debilidades para desprestigiarnos, para quitarle valor a nuestro anuncio, para seguir queriendo sostener nuestra sociedad sobre unos valores bien distantes de los que nosotros queremos proclamar desde el evangelio. Y nos cuesta nadar a contracorriente frente a ese mundo para proclamar con valentía nuestros valores para la construcción de nuestra sociedad.

Nos sentimos débiles en muchas ocasiones e inseguros porque también poco nos hemos preocupado por fundamentar bien nuestra fe, por vivir unas intensas experiencias de Dios que nos llenen de fortaleza, porque parece que nos faltan argumentos, pero lo que realmente nos falta es confianza en la palabra de Jesús que nos promete la asistencia de su Espíritu. Y vamos entonces queriendo compaginar todo para no enfrentarnos con los que nos presentan otra manera de sentir y de vivir, y nos hacemos cobardes y timoratos. En este corto texto del evangelio por tres veces nos dice Jesús que no tengamos miedo.

En la primera lectura hemos escuchado las consideraciones que se hace el profeta Jeremías que se ve acosado por todas partes, pero como finalmente terminó confesando ‘el Señor es mi fuerte defensor…’ Se siente fuerte y no se amilana, no se cruza de brazos, sigue proclamando con valentía su misión profética, aunque encuentre el rechazo de los que están a su alrededor.

Es a lo que nos está invitando Jesús, pero también nosotros tenemos en muchas ocasiones la tentación de buscar nuestros refugios, de hacernos nuestras rebajas a la hora de compromiso para quedarnos tranquilos y no se tan estridentes frente a nuestra sociedad; pero Jesús nos dice que lo que nos dice en secreto tenemos que proclamarlo desde la azotea.

¿Nos refugiamos quizás en rezos y en un cristianismo muy encerrado en el culto y en las devociones pero con poca trascendencia en todo lo que es la vida social del entorno en el que vivimos? Un cristianismo muchas veces meramente sociológico apoyado en tradiciones o costumbres ancestrales, que se puede manifestar en expresiones artísticas, hemos de reconocer, de indudable valor, pero que finalmente terminamos convirtiendo en fiesta de interés  ‘turistico’ para que vengan a visitar nuestro pueblo.

¿Qué estamos haciendo de nuestra religiosidad? ¿Qué estamos haciendo del evangelio que vivieron y nos trasmitieron esos santos a los que ahora celebramos con nuestras romerías? ¿Qué tendrá que ver todo eso con un auténtico evangelio?

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por Él ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio? ¿Cuáles tendrían que ser las actitudes, las posturas, los compromisos con los que un cristiano hoy tiene que anunciar a Jesús? Son preguntas serias que nos tenemos que hacer y busquemos respuestas en el evangelio.

Más tendríamos que hacer los cristianos un camino sinodal en el que juntos reflexionemos el Evangelio para encontrar el mejor modo de hacer el anuncio hoy ante nuestro mundo. Confieso que a mi también me cuesta.


sábado, 20 de junio de 2026

Busquemos lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón

 


Busquemos lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón

2 Crónicas 24, 17-25; Salmo 88; Mateo 6,24-34

Está bien y bonito eso que desde hace unos años hemos acuñado como la sociedad del bienestar; es humano, ¿por qué no decirlo?, que queramos vivir bien, ser cada día más felices, alejar de nosotros preocupaciones y sufrimientos y por supuesto todos hemos de luchar por una vida más digna cada día; son nuestros sueños y nuestros anhelos, porque además Dios nos quiere felices, y la persona cada día ha de ir superándose cada vez más por tener un mejor nivel de vida.

Decíamos que está bien y es bonito y no nos desdecimos de ello, pero también hemos de reconocer que se puede convertir en una trampa; no vamos a alcanzar todos igual nivel, ni quizás el nivel que esperamos, porque la vida se pone difícil, porque algunas veces quizás nos faltan oportunidades, porque tampoco sabemos buscar lo que realmente es importante, y vienen los fracasos y las decepciones, o vienen de nuevo los agobios porque siempre queremos tener más, y podemos terminar esclavizándonos de esos mismos agobios.

Hoy nos quiere hacer pensar Jesús. Parece que rompe todos nuestros esquemas. Pero es algo distinto lo que Jesús nos propone. No nos habla de que no busquemos una vida digna, ni que no utilicemos los medios humanos a nuestro alcance para seguir avanzando y creciendo en la vida; El nos ha hecho responsables precisamente de esa vida que ha puesto en nuestras manos y ya desde aquella primera página de la vida nos decía que creciéramos y nos multiplicáramos, pero lo que no quiere es que convirtamos en dioses de nuestra vida eso material que está al alcance de nuestras manos.

Por eso ha comenzado diciéndonos hoy que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero. Ya en otros momentos nos ha hablado de esa codicia que algunas veces esclaviza nuestro corazón de manera que nos parece que teniendo de todo ya somos felices de verdad. ¿Recordamos la parábola del que cogió grandes cosechas, amplió sus lagares y bodegas y se decía que ya podía vivir feliz porque tenía de todo?

Hoy quiere hacernos pensar que hay bellezas que tienen que envolver nuestra vida que no conseguimos desde la adquisición de cosas materiales. ¿No es bella una flor que llena de colorido nuestros campos y nos envuelve con su perfume? El afán por llenar nuestro estómago no tiene que hacer perder de vista otras cosas que en la vida nos dan más satisfacción. Los pajarillos del cielo son alimentados por el Creador de manera que ni uno solo se pierde sin que lo quiera Dios. En el aire se sostienen y nos alegran la vida con sus trinos posados en las ramas de nuestros árboles.

¿Qué es lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón? Hay tantas cosas que hemos de cuidar en nuestro paso por la vida, que hemos de vivir con gran responsabilidad, que nos tiene que hacer mirar a los otros de forma distinta y hacerles agradable la vida. Son cosas que no se pagan con dinero, son cosas que nos salen del alma desde la sencillez y la humildad y alegran de verdad nuestro corazón.

Hoy Jesús está queriendo enseñarnos a que pongamos toda nuestra confianza en Dios que es nuestro Padre que nos ama. ¿Y qué padre no quiere el bien de sus hijos? Por eso nunca tenemos que sentirnos abandonados; podrán venir vendavales en la vida y tormentas que nos amenazan con perder la paz, pues puestos en las manos de Dios nos sentimos seguros, no nos faltará esa paz y esa alegría interior sea cual sea la situación por la que pasemos.

Busquemos, pues, no lo que llene nuestros bolsillos, sino lo que llene el corazón; sepamos repartir ternura a nuestro paso y con nuestros gestos hagamos más agradable la vida de los que nos rodean. Es el Reino de Dios al que Jesús nos llama, el Reino de Dios que hemos de construir, el Reino de Dios que se va a manifestar en una nueva armonía y paz entre todos porque va a resplandecer de verdad el amor. En Dios confiamos para poder vivirlo. Es mucho más que una sociedad del bienestar, pero estaremos construyendo un mundo que ha encontrado la felicidad verdadera.

 


viernes, 19 de junio de 2026

Pongamos un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo

 


Pongamos un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Salmo 131; Mateo 6, 19-23

¿Cuál es la luz que de verdad ilumina tu vida? No vamos a responder de forma teórica pensando ya de antemano a lo que nos quiere llevar el mensaje del evangelio de hoy. Vamos a responder desde lo que es la cruda realidad de nuestra vida, a hacerlo con sinceridad. Es como preguntarse seriamente, en lo que es la práctica de nuestra vida ordinaria de cada día, lo que realmente es importante para mi, por lo que sería capaz de darlo todo, seriamente, los intereses que tengo en la vida.

Ya terminaba Jesús el texto que hoy se nos ha propuesto diciéndonos unas palabras que van mucho más allá de lo que literalmente nos dicen porque de alguna manera sienta unos principios de pensamiento. ‘La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’ No es referencia a enfermedades del cuerpo o de los ojos sino algo así como suele decirse que veremos según el color del cristal con que se mira. Y en esos filtros que ponemos es donde encontramos la respuesta.

Actuamos según esos intereses que tenemos y no podemos negar que lo material o lo sensual son lentes de enfoque habituales en nuestra vida. Queremos tener y queremos pasarlo bien, que tengamos de todo y de todo podamos disfrutar; por ahí andan nuestros esfuerzos y hasta nuestras luchas porque pronto aparecerán nuestras ambiciones y nuestras envidias, que irán corroyendo la base de nuestra vida entrando en un estado de corrupción de nuestro espíritu; es más, como el espíritu no lo tenemos en cuenta aquello que no se usa al final termina atrofiándose y muriendo por inacción. Algo que nos está sucediendo, que se van perdiendo todos esos valores espirituales y nos vamos embruteciendo en lo material y en lo caduco.

¿Dónde tenemos puesto nuestro corazón? ¿Cuáles son, entonces, nuestros tesoros? Con aquello de que hemos creado todo un mundo económico para ese necesario intercambio entre unos y otros para luego poder obtener aquello que básicamente necesitamos para nuestra vida, hemos terminado convirtiendo esa posesión de lo material en lo que parece que es el único objetivo de nuestra vida. Nos creamos unos dioses para depender de ellos en esos bienes materiales. Seremos tan avaros en la posesión de lo material que por una parte nos quitarán la verdadera libertad interior y por otra no seremos capaces ni de utilizarlos para mejorar nuestra vida. La avaricia nos hará mirar solo el brillo del oro pero no sabremos utilizarlo para buscar camino de una mayor dignidad en nuestra vida. El ojo enfermo que no nos permitirá ver la luz.

No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban’, nos dice Jesús. Es lo caduco y lo efímero que tan fácilmente podemos perder. Y no solo es porque en lo efímeros que son pronto se pueden acabar, o por la ambición codiciosa de otros los podemos perder porque nos los roban, sino que somos nosotros mismos los que estaremos perdiendo la verdadera grandeza de nuestra vida.

Pensando que solo lo material nos da felicidad nos olvidamos de disfrutar de la presencia de los demás, disfrutar de la amistad y la compañía de los amigos y de los que te quieren, disfrutar del buen corazón que se vuelve generoso, sentirte en verdad satisfecho cuando haces el bien a los demás, gozarte en lo que es la sinceridad de la vida, elevar nuestro espíritu para disfrutar de lo espiritual y poder entrar en la sintonía divina que nos envuelve con su amor.

‘Haceos tesoros allí donde no hay polilla ni carcoma que los corroan, ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón’. ¿Entraremos en esa nueva sintonía de la vida? ¿Sabremos poner un hermoso filtro en nuestros ojos para ver la vida de una manera distinta? Que no se nos atrofie nuestro espíritu, que seamos capaces de crecer desde lo más hondo.

jueves, 18 de junio de 2026

Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

 


Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6, 7-15

Aunque nos decimos muy libres y autosuficientes, que sabemos hacer las cosas por nosotros mismos y tenemos nuestras maneras, sin embargo en el fondo nos gustan las fórmulas; ¿cómo tenemos que hacer eso?, nos preguntamos muchas veces y estamos esperando que nos den detalladamente los pasos que tenemos que dar, para todo tenemos protocolos de cómo hay que hacer las cosas reglamentándonos según las situaciones en que nos encontremos lo que tenemos que hacer. Mira por donde hasta en nuestra relación con Dios queremos tener unas formulas, unas palabras que simplemente repitiéndolas decimos que estamos orando, que estamos hablando con Dios.

¿Será eso lo que en alguna ocasión le pedían los discípulos a Jesús cuando le pedían que les enseñara a orar, como hacían también los fariseos con sus seguidores? Los discípulos contemplaban la oración de Jesús, en alguna ocasión con el Tabor le verán incluso transfigurarse cuando está en oración, y querían orar como Jesús y parece que no terminaban de encontrar el camino. ¿No nos sucederá de alguna manera a nosotros también?

Es la respuesta que nos da Jesús hoy en el evangelio, nos enseña lo que tiene que ser nuestra oración, que no puede ser una formula aunque en eso la hemos convertido. Tenemos que entender muy bien lo que Jesús nos está diciendo, porque más que una fórmula que repitamos nos está enseñando una manera de sentirnos con Dios, nos está revelando una forma de vivir nuestra relación con Dios.

No es tanto lo que nosotros queramos decirle a Dios; como nos dice que nuestro Padre sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos. Convertimos nuestra oración en muchas palabras que decimos o una lista de peticiones que traemos previamente preparada. Muchas veces decimos que antes que eso nosotros tenemos que aprender a escuchar a Dios, es cierto, pero es mucho más lo que tiene que ser nuestro encuentro con El; es sentirnos envueltos en su amor porque somos sus hijos y nos ama; por eso la primera palabra, el primer sentimiento que expresamos es llamarle Padre; y cuando digamos o sintamos eso de verdad todo se transformara en ese momento en nuestra vida.

Nos sentimos hijos amados de Dios y en El nos sentimos santificados; nos sentimos hijos amados de Dios y a partir de ese momento todo tiene que ser distinto en nuestra vida. Es lo que se va expresando en esas palabras de Jesús cuando nos enseña a orar. Pero quizás nosotros nos contentamos con repetirlas, muchas veces a la carrera, y no saboreando todo lo que es ese amor que Dios nos tiene a partir del cual nos sentimos transformados.

Claro que queremos hacer su voluntad, que queremos sentir que es el único Señor de nuestra vida, que nos sentimos perdonados entrando también nosotros en ese órbita del perdón para los demás, claro que nos sentimos fortalecidos con su presencia y ya nada tememos porque El está con nosotros. Pero no se puede quedar en palabras que repetimos una y otra vez pero tras las cuales al final nos sentimos igual que siempre y nuestra vida no se siente transformada.

Qué lástima que nuestra oración la hayamos convertido en un recitar palabras por las que pasamos sin que en verdad lleguen a lo hondo de nuestra vida; y nos sucede en nuestra oración personal o nos sucede en nuestras celebraciones, que terminan siendo frías y rutinarias que tenemos que terminar en un tiempo determinado para no cansarnos. ¿Es que se puede uno cansar cuando está viviendo la experiencia de sentirse amado por Dios? ¿Por qué tenemos que estar pensando en lo que luego tenemos que hacer pero no vivimos hondamente ese momento en que nos sentimos de manera especial en la presencia de quien sabemos que nos ama?

No una nueva fórmula sino una nueva forma de vivir nuestra oración es lo que necesitamos. No es fácil pero tenemos que dar pasos para que sea así.

miércoles, 17 de junio de 2026

Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

 


Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

No eches a perder aquello que haces poniéndole demasiados galones, tantos que no se va a valorar lo que tú has sido capaz de realizar por ti mismo, por lo que tú eres y sabes hacer, sino que esos adornos externos realmente lo van a ocultar.  Para que quede bonito, decimos, y lo que estamos haciendo es desvirtuándolo.

Así nos puede suceder en muchas situaciones de la vida, por eso hemos de cuidar la autenticidad de lo que hacemos, que eres tú mismo en tu interior el que tienes que saber darle valor. Cuando ponemos otras intenciones y quiere aparecer el lucimiento realmente hemos desvalorado lo que en principio con nuestra buena voluntad habíamos querido hacer. No busquemos las alabanzas externas sino mejor lo que tú en tu interior sientas. De eso nos está previniendo Jesús.

Nos habla hoy de tres momentos o de tres situaciones, en este caso concreto, en referencia a nuestra religiosidad, pero que lo podríamos ampliar a todo lo bueno que podamos hacer en la vida. La apariencia y la vanidad están reñidas con la autenticidad, porque cuando hacemos las cosas buscando esa alabanza de los demás, aparte de nuestra vanidad le añadimos más cosas para que tengan brillo que encandile a los demás, lo que empañará el auténtico brillo que debería tener y ya ha perdido su autenticidad.

Jesús parte siempre de cosas concretas, señala situaciones que observa en su entorno, nos da pautas para nuestra autenticidad, pero quiere que evitemos las vanidades que podamos contemplar en otros que quieran presentarse como modelos para nuestra vida. Seré modelo auténtico si actúo desde mi mismo en lo que soy y en lo que vivo en lo más profundo de mi, no porque así quiera presentarme ante los demás como su yo estuviera en un estadio superior al que tienen que aspirar los que me rodean. Hemos de reconocer que somos débiles y a pesar de nuestra buena voluntad y de nuestro esfuerzo en ocasiones pueda ser que no aparezca tan perfecto para los demás. Hemos de pasar por el camino de la humildad, de reconocer lo que somos, lo que somos capaces de hacer, pero también de las limitaciones que envuelven nuestra vida.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración y del ayuno. Nos está pidiendo autenticidad, no apariencia. Ya en otro momento nos dirá que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, luego no podemos ir tocando campanillas por delante nuestro cuando vamos a compartir con los demás. La discreción hará valiosa tu generosidad pero además no humillará a quien recibe lo que compartamos.

Y al hablarnos de la oración nos dice que vayamos al lugar escondido. Recordamos la parábola que un día nos propondrá de los dos que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano. Rezar en lo escondido significa la interioridad que hemos de darle a nuestra oración, que no es cuestión de muchos rezos, como nos dice, no hacen falta muchas palabras; la oración es vivir un encuentro de amor. Es por donde tenemos que comenzar y lo que tiene que ser el meollo de nuestra oración; nos sentimos amados y nos dejamos inundar por el amor, y para eso no hacen falta muchas palabras, lo importante es vivir, es sentir en el corazón, es entrar en esa sintonía de amor que será escuchar y saborear todo ese amor que sentimos. Cuanto tendríamos que decir, cuanto tendríamos que reflexionar, cuanto tendríamos que mirar nuestra forma de orar.

Es el sentido de autenticidad que hemos de darle a nuestros ayunos. ¿Es la ofrenda de un sacrificio? Pero tiene que ser algo salido de verdad del corazón. Lo importante no es la apariencia que podamos manifestar exteriormente, sino ese control de nuestra vida que podemos aprender a hacer desde lo más hondo de nuestro corazón. No son ofrendas o sacrificios de cosas lo que le agrada al Señor, sino ese corazón contrito, ese corazón humilde que reconoce cuanto tiene que transformar en si mismo en ese camino de ascensión y superación que tiene que ser su vida.

Aprenderemos a decir no, no para machacarnos en el sufrimiento, sino como un aprendizaje de liberación; no nos ata nuestro capricho, no se nos impone nuestro egoísmo, no nos dejamos arrastrar por nuestro amor propio, no queremos que prevalezca nuestra vanidad que nos hace orgullosos y soberbios, no dejamos que se impongan sobre nosotros las pasiones, no nos queremos dejar arrastrar por el ambiente que nos rodea, y para eso tenemos que aprender a decir no; el ayuno no es en sí una limitación del alimento por si mismo, sino que el ayuno tiene que pasar por todas esas cosas de las que no nos queremos dejar dominar en la vida. No es apariencia ni se queda en gestos externos, pasa por la transformación de nuestra vida que es un camino de conversión.

Todo envuelto por la autenticidad del amor.

martes, 16 de junio de 2026

Nuestro modelo ha de ser siempre el amor de Dios del que nosotros con nuestras nuevas actitudes hemos de ser un reflejo

 


Nuestro modelo ha de ser siempre el amor de Dios del que nosotros con nuestras nuevas actitudes hemos de ser un reflejo

1Reyes 21, 17-29; Salmo 50; Mateo 5, 43-48

Cuando llueve, llueve para todos, solemos decir, claro que con la misma lógica tendríamos que decir, cuando hay pan, hay pan para todos; pero aquí las lógicas se quiebran y es cuando entramos nosotros y comenzamos a acaparar para nosotros mismos, olvidándonos de los demás, o pensando que cada uno se las arregle como pueda.

Pero Jesús nos ha traído a cuento esa sentencia o ese dicho de la lluvia queriendo decirnos que en las actitudes que hemos de tener con los demás no tenemos que estar haciéndonos distingos, buscando preferencias, o actuando simplemente dando respuesta solo desde nuestros instintos más primarios, como si siempre tuviéramos que estar a la defensiva frente a los que nos hayan podido hace daño o a partir de cómo nos hayan tratado.

Jesús está hablándonos del amor que debe envolver nuestra vida y que ha de ser como la razón de ser de lo que hacemos o del trato que tengamos con los demás. Por eso ese pan del amor no ha de tener exclusividades ni tenemos que negarlo a partir de los criterios de cómo nos hayan tratado a nosotros.

Jesús nos está proponiendo algo que rompe muchos esquemas, nos está pidiendo una renovación muy profunda de nuestras actitudes y de la manera que tengamos de tratar a los demás. Porque nos está hablando de un amor que ha de tener una categoría universal, un pan que a nadie podemos negar. Viene a romper aquel esquema de que solo hemos de amar a los amigos, que solo vamos a responder con amor cuando nos hayan ofrecido amor. ¿Se convertirá así el amor en un intercambio, y aquí podríamos decir que interesado, como si le estuviéramos poniendo precio al amor que damos según sea el amor que recibimos? La regla económica de la oferta y la demanda, como en nuestras transacciones materiales.

Es claro Jesús. No podemos seguir actuando según esos parámetros antiguos. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial…’ y es aquí cuando nos dice que así seremos hijos del Padre Celestial ‘que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Esos son los parámetros de Dios que tendrán que ser a partir de ahora nuestros parámetros. No caben otras medidas interesadas. No caben esos precios que le ponemos a lo bueno que nosotros podamos hacer. Y es que algo nuevo tiene que distinguirnos a aquellos que queremos vivir el Reino de Dios. Como tantas veces hemos recordado, por eso nos pedía Jesús que teníamos que darle la vuelta totalmente a nuestra vida, conversión en una palabra, para poder aceptar el Reino de Dios, para poder vivir el Reino de Dios. Porque es una vida nueva la que tenemos que vivir. Y claro que será algo que nos cueste, pero es el paso necesario que hemos de dar.

Como nos dirá a continuación, ‘porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Y es cuando nos está planteando el modelo ideal de altas miras. ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. No nos podemos andar con posturas y actitudes raquíticas, no podemos andar con medidas interesadas, no podemos seguir manteniendo el corazón cerrado, podíamos decir, por partes, porque comenzamos a hacer distinciones y rebajas. Nuestro modelo será siempre el amor de Dios., del que nosotros hemos de ser un reflejo.

domingo, 14 de junio de 2026

Sanemos las heridas que muchas veces podemos llevar en el corazón con la medicina del amor y con tu actitud generosa podrás también repartir felicidad

 


Sanemos las heridas que muchas veces podemos llevar en el corazón con la medicina del amor y con tu actitud generosa podrás también repartir felicidad

1Reyes, 21, 1-16; Sal. 5; Mateo 5, 38-42

‘El cristianismo no es fácil, pero es feliz’, decía San Pablo VI en una ocasión a unos estudiantes romanos que asistían a una de sus audiencias. Como la vida, como los trabajos que realizamos, como el camino que hacemos, muchas veces no es fácil pero al final disfrutamos viviendo, como nos sentimos satisfechos y felices cuando hemos llegado a completar nuestro trabajo, como nos sentimos al final del camino por muchas que hayan sido los piedras que hayamos tenido que sortear en el camino. Pero es que tendríamos que decir algo más, es que incluso con esas piedras nos sentimos felices haciendo el camino; en medio de nuestros esfuerzos nos sentimos felices en nuestro trabajo; seguramente es algo que no todos entienden, porque no saben ser felices en lo que son y en lo que hacen.

Es lo que nos quiere Jesús enseñar en el llamado sermón del monte, que comienza precisamente proclamando las bienaventuranzas; quiere decirnos Jesús que el camino de su seguimiento es un camino de felicidad; por eso nos dirá que serán dichosos y felices los pobres y los que se ven perseguidos, los que sufren no solo en si mismos en sus carencias sino también por el sufrimiento de los demás porque lo hacen propio, y así podemos seguir desgranando todas las bienaventuranzas, que ya hemos meditado recientemente.

Hoy nos habla Jesús de esos detalles que nos pueden parecer pequeños en nuestro trato o en nuestra relación con los demás, pero que sin embargo muchas veces nos pueden producir amargura en el corazón; pero Jesús quiere que vivamos sanamente esas situaciones en que nos podemos ver contrariados por las dificultades que encontramos en esas relaciones; nos podemos sentir ofendidos, puede parece que son exigentes con nosotros los demás en lo que nos piden, nos cuesta quizás desprendernos de nuestras cosas para compartirlas con los demás.

Todo nos viene a decir Jesús tenemos que aprender a vivirlo de una manera sana. ¿De qué nos vale mantener esa herida abierta en nuestro corazón cuando alguien nos ha ofendido si al final seremos nosotros los que lo estaríamos sufriendo? Quienes guardan resentimiento en su corazón por algo malo que hayan recibido de los demás y hasta decimos pues no le perdono para que se aguante, el que está sufriendo eres tú por mantener ese resentimiento en tu corazón. Trata de sanar esa herida, y la mejor medicina es el amor, responde no con odio sino con amor. Es difícil, es cierto, porque nuestra reacción espontánea es la violencia, pero cuando calmas tu corazón con amor serás feliz, como nos venía a decir el Papa en la cita que mencionábamos al principio. ‘No hagáis frente al que os agravia’, nos decía Jesús.

Y en ese sentido iban las palabras de Jesús en lo que nos decía a continuación. Dale más de lo que te pide o te exige, y al final la generosidad de tu corazón te hará sentirte mejor, te hará sentirte más feliz. No nos escondamos de aquel que sabemos que nos va a pedir algo, como algunas veces espontáneamente sentimos ganas de hacer. No cruces a la otra acera para no encontrarte con aquel con quien tienes algo pendiente, vete de frente por la vida pero siempre haciendo rebosar de amor tu corazón. Se acabarán los miedos y florecerá la generosidad en el corazón. No será fácil pero al final te sentirás feliz.

Regala una flor.

Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con las mismas entrañas de Jesús

 


Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con las mismas entrañas de Jesús

Éxodo 19, 2-6ª; Salmo 99; Romanos 5, 6-11; Mateo 9, 36 – 10, 8

Hay algo de lo que se habla hoy en nuestro mundo con mucha facilidad y es hablar del amor; aparece por todos lados, es una conversación fácil y todos decimos que amamos, pero creo que tendríamos quizás que preguntarnos si estaremos diciendo lo mismo, si estaremos hablando del mismo amor; de lo que es amar en su esencia; es fácil decir que somos amigos de mis amigos, decimos que amamos cuando nos sentimos amados o porque nos aman, cuando nos ofrecen algo en correspondencia, porque con la misma facilidad decimos que un día el amor se acabó entre dos personas o entre dos amigos y después ya no queda nada de lo que decíamos que fue ese amor. Cuando actuamos así, cuando amamos así ¿estaremos empleando ese concepto en el mismo sentido que Jesús nos ofrece?

Es lo que se nos revela hoy en la Palabra de Dios. Hoy por ejemplo el evangelio nos relata cómo Jesús se encontró con aquella multitud que le esperaba y a los que ve como ovejas sin pastor. Y nos dice el evangelista que ‘se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonados como ovejas que no tienen pastor’. Quería fijarme en el sentido de esa palabra que emplea el evangelista; nos habla de compasión, pero ¿qué significa esa palabra en su propia raíz? Es el estremecimiento que siente en sus entrañas una madre por su hijo, pero ese amor de madre así no se perderá nunca, porque una madre nunca olvida al hijo de sus entrañas, aunque el hijo la abandone o se marche de su lado.

Jesús siente ese estremecimiento en sus entrañas por aquella multitud, siente ese estremecimiento en sus entrañas por nosotros. Así es el amor de Dios. Y nos lo explicará de forma muy hermosa y diríamos que impresionante san Pablo. No nos ama Dios porque nosotros le hayamos amado, sino que el amor de Dios es primero, es lo inicial. Seamos nosotros como seamos, Dios nos ama. No terminamos de considerarlo lo suficiente.

Como sigue diciéndonos el apóstol ‘por una persona buena tal vez se atrevería uno a morir’, que es como nosotros hacemos habitualmente en lo que decimos que es nuestro amor, amamos a los que nos parecen buenos o han sido buenos con nosotros. Pero el amor de Dios va más allá. ‘Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros’. ¡No es nada lo que nos está diciendo! No por nuestros merecimientos, sino que cuando parecía que no merecíamos nada, sin embargo El nos amó. Pero aun nos dirá más. ‘Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!’ El amor de Dios siempre permanece y cuando ya ha dado Cristo su sangre por nosotros, ¿cómo no nos va a seguir amando y ofreciéndonos su salvación?

El evangelio termina narrándonos como Jesús eligió a los Doce y los envió con su misma misión. Como nos dice el evangelista, ‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis’. Pero ¿qué significa ese envío? Tenemos que ir con las mismas entrañas de misericordia de Jesús a los demás. Con ese mismo estremecimiento en nuestras entrañas ante lo que vamos encontrando en nuestro mundo, esa multitud por la que Jesús se compadecía porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor.

Así tenemos que mostrarnos los cristianos. Es la tarea y la misión que Jesús nos confía. ¿Y no es así ese mundo que contemplamos a nuestro alrededor? Cuánto sufrimiento y cuánta soledad, cuánto vacío y cuanta frialdad por muchas palabras bonitas que digamos; nuestro mundo está roto, se siente también desorientado en muchas cosas; el ambiente que nos rodea, la situación de nuestra sociedad, la indiferencia de tantos, la insolidaridad que aflora tantas veces en nuestros corazones porque siempre nos miramos primero a nosotros mismos, las discriminaciones y desconfianzas que siguen existiendo, la maldad y la ambición de muchos que les lleva a ser injustos con los demás, los resentimientos y las envidias que van sembrando cizañas allá por donde pasan, los afanes de grandeza y de poder que llenan de orgullo a tantos y que contemplamos alrededor en tantos y para lograrlo no les importa arrasar con quien sea o con lo que sea.

Ahí nos envía Jesús a curar enfermos y a resucitar muertos, como nos dice hoy el evangelio. No podemos decir que nada podemos hacer. ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para que nuestro mundo cambie? ¿Sentiremos ese estremecimiento también en nuestras entrañas para llegar a manifestar el verdadero amor?

sábado, 13 de junio de 2026

 


Contemplando el Corazón Inmaculado de María aprendamos de ella a guardar en el corazón para asombrarnos ante las maravillas de Dios

 

Eso no lo olvidaré nunca, lo llevaré siempre guardado  en mi corazón, decimos agradecidos a alguien cuando hemos tenido una experiencia hermosa, esa persona ha hecho algo extraordinario por mi quizás en el momento que más lo necesitaba, más abandonado me sentía, o pasaba por una situación difícil en la vida; no lo olvidaremos, lo llevaremos siempre en el corazón.

Son experiencias cotidianas que podemos vivir por las que nos sentiremos eternamente agradecidos; son, por ejemplo, las experiencias hermosas que las madres guardarán para siempre de sus hijos; aquel detalle que con ella un día tuvieron que pareció insignificante pero donde ellas se sintieron arropadas por el amor del hijo, que podía parecer insignificante pero que tanto significó para ellas; en eso las madres son una expertas, porque igual guardan lágrimas amargas que pasaron quizás en silencio cuando vieron a los suyos en situaciones difíciles en las que quizás poco podían hacer, poco podían ayudar; pero allí estaba la madre detrás en silencio y con lagrimas de amargura en su corazón y eso no lo olvidarán nunca.

¿Por qué me estoy haciendo estas consideraciones? Hoy la liturgia, después de haber celebrado ayer el día del Sagrado corazón de Jesús, nos invita a que miremos al corazón de María. Y precisamente el evangelio de la infancia de Jesús nos deja como unas muletillas ante cuanto iba sucediendo en el entorno de Jesús y que María, con ese asombro ante el misterio pero con una fe confiada y firme, como nos dice el evangelio, ‘todas aquellas cosas las iba guardando en el corazón’.

Hablamos de asombro ante el misterio porque fue cómo ella se vio sorprendida con aquella embajada angélica que le anunciaba que iba a ser la Madre del Señor. Ya nos comenta el evangelista que ante las palabras del ángel María se quedó absorta meditando y rumiando cuanto el ángel del Señor le estaba comunicando. Podrá decir luego que el Señor se había fijado en la pequeñez de su esclava y en ella había realizado obras grandes. ¿Cómo María podía hacerse esa consideración para descubrir las maravillas del Señor en su vida? Porque se dejaba sorprender por el Señor, y rumiaba y meditaba en su corazón cuanto el Señor le iba manifestando.

Será luego en cada acontecimiento, la llegada inesperada de los pastores a la cueva de Belén que contaban por qué habían llegado hasta aquel lugar y las señales del cielo que habían recibido, el cántico de los ángeles que iluminaba el cielo, aquellos magos de oriente que aparecieron venidos de lejos con aquellos regalos del oro, el incienso y la mirra con todo su significado, más tarde cuando Jesús jovencito ya se queda en el templo porque tenía que ocuparse de las cosas de su Padre, aquel ir creciendo de Jesús no solo en estatura sino en Sabiduría, serán cosas que María irá guardando en su corazón.

Por eso su corazón será tan sensible ante lo que sucede en su entorno; la veremos ir presurosa hasta la montaña, a la casa de Isabel, porque no cayeron en saco roto las palabras del ángel que le hablaban del embarazo de su prima y sabía que allí podía prestar un servicio; María lo guardaba y lo rumiaba en su corazón pero le había ponerse en camino. Es la atención que estará prestando en las bodas de Caná para notar que allí pasaba algo, que allí faltaba el vino para acudir a Jesús, porque allí había que poner un remedio o una solución. ¿No la veremos en silencio al pie de la cruz y cómo guardaría en su corazón cuanto estaba sucediendo?

Comenzábamos comentando cómo ante cosas extraordinarias de las que nos hayamos visto beneficiados decíamos que serían cosas que guardaríamos para siempre en el corazón, pero creo que cuando hoy estamos contemplando el corazón de María convertido en un buzón de amor donde tanto iba guardado algo nos está enseñando para nosotros también aprender a guardar y rumiar en nuestro corazón.

Será ese guardar en el corazón de forma agradecida cuando nos vemos sorprendidos por tantas cosas buenas de las que nos vamos beneficiando en la vida, pero creo que tiene que ser para algo más; ese guardar y rumiar en el corazón nos hará ver muchas situaciones de una forma distinta, nos tiene que servir para no guardar amarguras pero sí para descubrir caminos de sanación; nos tiene que servir para que se nos abran mas nuestras mentes y nuestro corazón para estar atento a lo que le sucedan a los demás, pero también para encontrar caminos de servicio como hizo María; ese guardar y rumiar en el corazón nos hará descubrir las maravillas de Dios que se nos manifiestan o que Dios quiere incluso realizar en nuestra vida.

Ese guardar en el corazón significa poner en nuestro corazón a esas personas que queremos, que caminan a nuestro lado, con los que nos vamos cruzando en los caminos de la vida, sean cuales sean las cosas que de ellos recibimos incluso cuando nos sentimos heridos. Como la madre que siempre tendrá en su corazón también al hijo desagradecido pero que una madre siempre llevará en el corazón.

Mucho aprendemos del corazón de Maria. Con ella queremos cantar ese cántico de alabanza y de gratitud a Dios.

viernes, 12 de junio de 2026

Nos sentimos bendecidos por Dios que nos ha regalado su amor, contagiemos de esa bendición de amor a los demás porque así manifestamos que hemos nacido de Dios

 


Nos sentimos bendecidos por Dios que nos ha regalado su amor, contagiemos de esa bendición de amor a los demás porque así manifestamos que hemos nacido de Dios

Deuteronomio 7, 6-11; Salmo 102;  1Juan 4, 7-16; Mateo 11, 25-30

Seguramente más de una vez hemos preguntado o nos hemos preguntado cuando nos sentimos queridos y valorados por alguien, ¿por qué a mí? ¿Por qué me quieres? ¿Qué he hecho yo o qué méritos tengo? Seguramente también nos han dicho ‘porque sí’, simplemente eso, nos quieren porque nos quieren y no hay más que decir. El amor verdadero no es por merecimientos, simplemente es un regalo, un don, una entrega gratuita que se nos hace sin  ningún otro interés; la cuestión es cómo vamos a corresponder a ese amor.

Es lo que le recuerda Moisés al pueblo en el libro del Deuteronomio. No porque fueran los mejores ni los más fuertes, no porque fueran los más sabios o los más poderosos, simplemente porque Dios los eligió. ‘El Señor se enamoró de vosotros y os eligió’. Es hermoso, es cómo con gratitud tenemos que sentirnos ante Dios. Es el regalo del amor de Dios lo que tenemos que sentir y lo que nos tendrá que hacer vivir de forma distinta. Estamos muchas veces más preocupados por los méritos que vamos a hacer que en gozarnos en el amor; y claro gozarnos en el amor nos hace sentirnos envueltos en amor y respirar amor; el amor entonces fluirá de nosotros como de forma espontánea, iremos manando amor con toda nuestra vida. ¡Qué distintas son las cosas!

Todo parte de Dios. Como nos dice san Juan es que Dios es amor. Y eso es lo primero, de lo que manarán todas sus consecuencias. Y las consecuencias es amarnos porque hemos nacido de Dios que es amor; los hijos son lo que les han dado sus padres; nosotros hemos nacido de Dios y tenemos que amar. Como nos sigue diciendo Dios envió al mundo a su Unigénito para que vivamos por medio de Él. ¿Cómo será entonces esa vida? No podemos responder de otra manera sino diciendo que amor. Así permaneceremos en Dios y Dios permanecerá en nosotros.

Un amor que nos llena de paz y nos hace humildes, un amor que nos hace rebosar de mansedumbre y hará que fluya la ternura en cuanto hacemos y vivimos. El amor nos hace humildes y la humildad nos impulsará al amor. Algunas veces nos cuesta entenderlo porque son muchas las tentaciones que sufrimos desde un entorno de autosuficiencia y de orgullo, que nos invitan a unas actitudes de prepotencia para responder de la misma manera a como actúa el mundo. Pero queremos fiarnos de la palabra de Jesús, poner toda nuestra confianza en El.

Es a lo que nos está invitando Jesús en el Evangelio. Pueden haber las tormentas que sean en nuestro espíritu o en nuestro entorno, nunca nos faltarán, pero no perderemos la paz porque nos hemos llenado de amor, que es lo mismo que llenarnos de Dios. En Él nos refugiamos, en su corazón nos introducimos, en el fuego de su amor nos caldeamos, en Él encontramos nuestro alivio y nuestro descanso. Es a lo que nos está invitando Jesús. Amemos de verdad y no perderemos la paz.

Hoy estamos celebrando la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Imagen que en sí mismo nos está hablando de ese amor de Dios; siempre el corazón lo proponemos como signo del amor. Es como una invitación para que crucemos nuestro corazón con su Corazón; como hacen los enamorados que van marcando todos sus pasos con ese signo de dos corazones entrelazados. Hemos comenzado nuestra reflexión recordando lo que le decía Moisés a su pueblo, que es Palabra que Dios nos dirige a nosotros también, que Dios se había enamorado de ellos y por eso los había elegido y regalado con su amor. Es lo que nosotros hemos de sentir también, pero no como una cosa romántica, sino como una realidad muy concreta en nuestra vida.

Recordemos la historia de nuestra vida y con ojos de fe descubriremos ese regalo de amor de Dios en cada paso de nuestra existencia. Intentémoslo, en nuestra reflexión, hacerlo de una forma muy concreta, recordemos hechos concretos de nuestra vida donde hemos visto de forma palpable esa historia de amor de Dios en nosotros y a nosotros. Nos sentimos bendecidos por Dios. Contagiemos de esa bendición de amor a los demás. Como nos decía san Juan, ‘Amémonos los unos a los otros ya que el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios… y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él’.


jueves, 11 de junio de 2026

Aprendamos a sortear los tropiezos que aparecen en las aglomeraciones de la vida y estemos siempre dispuestos a disculpar para saber caminar juntos

 

Aprendamos a sortear los tropiezos que aparecen en las aglomeraciones de la vida y estemos siempre dispuestos a disculpar para saber caminar juntos

Hechos, 11, 21-26; 13, 1-3; Salmo 97; Mareo 5, 20-26

Si tenemos que caminar en medio de una aglomeración de personas seguramente tendremos que ir sorteando mil obstáculos que se interponen en nuestro camino, que muchas veces son las mismas personas con las que nos vamos cruzando, porque no todos vamos en la misma dirección, porque cada uno va absorto en sus pensamientos buscando quizás su propia salida, nos cruzamos entre unos y otros y algunas veces tropezamos con esas mismas personas; trataremos de ir con el mayor cuidado, atento a lo que nos vamos encontrando, evitando en nuestros roces dañarnos los unos a los otros, pero aun así nos aparecerán caras de mal humor, gente que se siente molesta o nosotros mismos nos sentimos quizás como unos inútiles porque no somos capaces de avanzar sin esos tropiezos.

Puede ser una imagen de lo que es el camino de nuestra vida, y ahora no nos referimos a un caminar geográfico, sino lo que es nuestra vida en si misma. No caminamos solos por la vida aunque algunas veces cuando nos asoma la insolidaridad o el egoísmo pretendemos aislarnos, vivimos en sociedad, vivimos en medio de una comunidad humana, estamos siempre en relación con los otros, empezando por la familia con la que convivimos, las personas más cercanas a nosotros, como pueden ser los vecinos o los amigos, pero en ese ámbito entran nuestras relaciones laborales y sociales.

Y en ese camino, claro, nos aparecen los tropiezos, nuestro carácter, nuestra manera de pensar, los objetivos personales que podamos tener, la manera de ver incluso la sociedad en la que vivimos, una multitud de cosas que tendrían que llevarnos al intercambio y al diálogo, al compartir y al caminar juntos; pero no siempre es fácil porque el intercambio se puede convertir en enfrentamiento, el caminar juntos nos puede hacer que nos fijemos más en las debilidades que en los valores, la llamada a compartir se puede trastocar en desconfianzas, y así pueden ir apareciendo las diferencias pero también las heridas que en los encuentros se pueden producir.

¿Es imposible hacer ese camino juntos? ¿Se hace difícil e imposible la convivencia? ¿Comenzaremos a cavar zanjas de división y lejanía? A pesar de nuestra buena voluntad, reconocemos que somos humanos y nos pueden ir apareciendo esas sombras que pueden ir oscureciendo nuestra vida. ¿Lo damos por imposible? Un cristiano no se puede dar por vencido en esas cuestiones aunque desde dentro de nosotros aparezca esa fiera que llevamos oculta.

Es de lo que quiere hoy hablarnos el evangelio. Será el amor que pongamos en nuestra vida lo que sanará esos impulsos negativos que nos pueden aparecer dentro de nosotros; será el amor el que nos impulse a esa delicadeza de nuestra vida para evitar esos roces que tanto daño nos harían; delicadeza en nuestros gestos y en nuestras palabras, en la manera de acercarnos a los otros con respeto y valoración siempre de la persona, y en la humildad con que nos llegamos a los demás para que haya esa cercanía y esa mutua comprensión. Jesús nos habla de manera fuerte cuando se trata de las palabras con que tratamos o nos referimos a los demás. Qué triste es escuchar el lenguaje fuerte y despreciativo que suena a nuestro alrededor para referirse a los que nos parecen distintos.

Jesús nos invita a que siempre busquemos la reconciliación; y para eso es necesario saber acercarse con humildad también a aquel con quien no estamos de acuerdo o que incluso nos haya dañado u ofendido. Recordemos que en otro momento Jesús nos dirá que no solo hemos de amar al enemigo sino también rezar por él. Seremos capaces de eso cuando sea la bondad la que prevalezca en nuestro corazón, para no responder de la misma manera, para quizás guardar silencio aunque nos parezca que perdamos, a poner siempre la disculpa antes que la acusación; no es fácil porque nuestro orgullo y amor propio se nos rebelan, pero hemos de saber sacar la fortaleza de nuestro espíritu y saber que con nosotros está el espíritu del Señor que es quien nos da fuerza y alimenta nuestro amor.

El Señor nos ha colmado con su misericordia para que nosotros actuemos también con la misma misericordia con los demás. Sabremos así sortear los tropiezos que aparecen en la aglomeración de la vida y estaremos siempre a disculpar para sabernos acercar mejor.

miércoles, 10 de junio de 2026

No nos quedemos en una vida ramplona y vacía, sino abramos nuestro espíritu a horizontes que nos descubran la verdadera grandeza humana

 


No nos quedemos en una vida ramplona y vacía, sino abramos nuestro espíritu a horizontes que nos descubran la verdadera grandeza humana

 

Sembramos una semilla porque queremos que germine y nos dé una hermosa planta que un día nos pueda ofrecer generosos y abundantes frutos; ya nos preocuparemos de cultivarla debidamente para que nos pueda dar lo mejor de sí, la preservaremos de plagas que puedan mermarnos la cosecha, la abonaremos de la mejor manera posible para obtener el más sabroso fruto.

Así tendría que ser la vida, tendría que ser nuestra vida, en crecimiento contínuo, en la maduración de nuestra existencia, en el cultivo de los mejores valores, en sacar lo mejor de nosotros mismos; no nos podemos contentar simplemente con dejarnos llevar, en quedarnos en una vida amorfa, opaca y vacía, en buscar lo más fácil o lo que nos cueste menos esfuerzo, hemos de saber desarrollar nuestras mejores posibilidades, sacar nuestra mejor belleza interior, siempre podemos estar en crecimiento buscando más y buscando lo mejor, algo nuevo podemos aprender y algo más hermoso podemos descubrir, aun con nuestras limitaciones y debilidades sin embargo ha de ser un camino de perfección, un camino de plenitud. Es el camino de madurez al que tenemos que aspirar aunque eso signifique esfuerzo y en ocasiones también sacrificio.

Esto que estamos queriendo expresar manifiesta lo que son los mejores sentimientos y mejores deseos humanos que en todos los aspectos de la vida hemos de saber reflejar. Es expresión de nuestra mejor riqueza interior, porque la vida es algo más que vegetar. Es el sentido profundo que le hemos de dar a nuestro existir. En la fe que tenemos en Jesús encontramos esa luz y esa fortaleza para ese crecimiento interior que se va a manifestar en nuestra gran humanidad. Los parámetros que nos va ofreciendo el evangelio nos sirven de cauce y son luz para nuestro camino. Desde esa fe nos sentimos impulsados a ese crecimiento, a ese ir más allá, a buscar esos caminos que nos lleven a una plenitud de vida.

Es lo que nos está queriendo decir hoy Jesús en el evangelio. Por eso Jesús nos está diciendo que El no viene a ofrecernos rebajas sino a ofrecernos caminos que nos lleven a la plenitud, aunque en ocasiones nos parezcan costosos. Pero ya en otro momento nos dirá que su yugo es suave y llevadero.

Ya sé que tendemos a liberarnos de todo lo que nos parezca imposición o merma de lo que decimos que es nuestra libertad, pero quizás lo que sea necesario es liberarnos de nosotros mismos, de nuestras rutinas y nuestro afán de comodidad, nuestros deseos de alcanzar las cosas con el mínimo esfuerzo y rehuir todo lo que pueda significar sacrificio. Siempre cuando nos parece que llegan los tiempos de renovación lo que pensamos es en reformas que todo lo cambien para hacerlo todo a nuestra imagen y semejanza, o lo que es lo mismo, al albur de nuestro capricho o nuestras ambiciones.

También quizás en aquellos momentos en que Jesús apareció por los caminos de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios habría algunos que pensaran que Jesús era aquel reformador que iba a liberarles de la Ley. Y Jesús les dice que no ha venido a abolir sino a dar plenitud. Ha venido a ayudarnos a encontrar esa plenitud de la persona humana, a descubrir su verdadera grandeza, a poner nuevos horizontes en sus vidas, a elevar su espíritu para no quedarse en la materialidad de las cosas que al final se convierten en rutinas y finalmente en esclavitudes. Y nos dice que quiera entrar por ese camino es el que será grande en el Reino de los cielos.

¿Nos tomaremos así el camino del evangelio y en consecuencia el camino de nuestra vida cristiana?

martes, 9 de junio de 2026

No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

 


No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

1Reyes 17, 7-16; Salmo 4; Mateo 5, 13-16

Esto está un poco soso, decimos cuando nos ofrecen un plato de comida, pero que no tiene sabor; esto está soso decimos cuando estamos en una reunión que tendría que ser animada y con alegría de fiesta, pero damos la impresión que allí todos estamos aburridos y como de compromiso; a éste le falta una pizca de sal decimos cuando alguien nos está cantando una canción pero lo hace con desgana, siguiendo la música, sí, pero sin ritmo y sin entusiasmo… para muchas cosas en la vida empleamos esa imagen de la sal que tenemos o que nos falta en aquello que hacemos.

Jesús emplea esta imagen en el evangelio y mucho nos quiere decir con ello, porque, como nos dice, si la sal se vuelve sosa, ¿quien la salará, quien le dará sabor? Creo que entendemos muy bien lo que Jesús nos está queriendo decir, porque nos está hablando de nuestra fe, que es la que nos da sabor a nuestra vida, el sentido de Cristo, el sentido espiritual y sobrenatural a lo que hacemos y a lo que vivimos. Es la sal que tenemos que llevar a nuestro mundo, pero para ello será necesario que estemos bien impregnados del sabor de Cristo. ¿O acaso algunas veces los cristianos damos la impresión de que vivimos ‘un poco sosos’ nuestra fe y compromiso cristiano?

Poner esa sal en nuestra vida y en nuestro mundo significa muchas cosas. A cuantos nos encontramos por la vida que parece que caminan sin rumbo y sin entusiasmo por la misma vida, han perdido la ilusión de vivir, de crecer, de soñar y aspirar a algo nuevo, a algo grande y mejor; viven una vida amorfa, simplemente dejándose arrastrar por las horas y por los días pero sin darle hondura a lo que hacen, en la superficialidad que se queda en apariencias; viven sin alegría, sin motivaciones, siempre en sus rutinas sin esforzarse por algo distinto y mejor, siempre cansados  y sin ganas, dejándose envejecer y morir. ¿Podemos permitir en aquellos que están a nuestro lado que vivan una vida así sin vivir?

El compromiso de nuestra fe no es solo para una satisfacción personal en nuestras vivencias o experiencias religiosas, sino que tiene que llevarnos a una transformación de ese mundo que nos rodea. La fe en nosotros ha sido ese grano de sal que ha dado un sabor y un sentido a nuestra vida; la fe nos llena de inquietud y nos hace vivir con intensidad cada paso de nuestra vida; pone alegría en nosotros porque llena de esperanza nuestro corazón y creemos que es posible algo nuevo y mejor; la fe nos impulsa a superarnos y a crecer y pone entusiasmo en aquello con lo que nos sentimos comprometidos, da profundidad a nuestras razones para vivir y nos motiva a buscar siempre lo mejor. Estamos, entonces, llamados a poner vida en nuestro mundo, a contagiar de eso que vivimos a cuanto nos rodea. Allí donde hay un cristiano tiene que haber vida y amor a la vida.

Es lo que nos está diciendo Jesús hoy cuando nos dice que somos la sal de la tierra o cuando nos dice también que tenemos que ser la luz del mundo. Tenemos que iluminar. No podemos ocultar nuestra fe. La luz no es para meterla y encerrarla en un cajón, sino para ponerla en alto para que pueda iluminar. Y es lo que tenemos que hacer los cristianos. No podemos ser cristianos vergonzantes que vamos ocultando lo que hacemos; no por orgullo o vanagloria que ya nos dirá Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, sino porque tenemos que iluminar, porque nos sentimos responsables de llevar esa luz de nuestro amor para hacer germinar un mundo nuevo donde falta tanta vida.

Aun siendo conscientes de nuestras flaquezas y debilidades sin embargo escuchando las palabras de Jesús que ‘brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.