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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

 


Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

Proverbios 30, 5-9; Salmo 118; Lucas 9, 1-6

En tus manos está, en tus manos lo dejo, decimos cuando queremos confiar a alguien la realización de algo que queremos importante, que no hemos de realizar por nosotros mismos, pero que ponemos toda nuestra confianza en alguien para que lo lleve a cabo. Confiamos en que es capaz, que tiene los medios o los conocimientos para realizarla, que tiene la autoridad quizás de una experiencia o también desde los valores y cualidades que posee y que estamos seguros de que podrá llevarla adelante.

Es lo que estamos viendo en este pasaje del evangelio; lo consideramos un momento clave e importante en que Jesús va, podríamos decirlo así, delegando en sus discípulos, a quienes como nos dice el evangelista les ha dado autoridad, para que sigan realizando su misión, el anuncio del evangelio con palabras y con signos. ‘En tus manos está, en tus manos lo dejo’, como decíamos al principio. Han de hacer el anuncio del Reino, han de mostrar los signos de que llega el Reino de Dios y los corazones han de cambiar. Por eso como dice el evangelista ‘les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades’ y terminará diciendo que ‘se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes’.

Y nos habla el evangelista de la disponibilidad que Jesús les pide, vacíos de sí mismos para que todo su apoyo y su confianza para la misión que han de realizar la pongan en Dios. ‘No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno’. No llevar nada para el camino significa no poner la confianza en las propias seguridades, medios o apoyos humanos, sino depender únicamente de la fuerza de la Palabra y de la providencia del Padre. La libertad interior del enviado nace de esta desnudez: quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino, como nos decía un teólogo de nuestro tiempo, Carlos María Martini.

Es necesario también una disponibilidad y una predisposición a ser acogedores pero también a ser acogidos, allí donde nos reciban. Es algo nuevo y distinto, es cercanía y es corazón; como les dirá Jesús en otro momento no pueden actuar a la manera de los jefes y poderosos de este mundo, porque la misión es la del servicio y para eso hay que ponerse a la altura de todos, también del más pequeño y del más bajo, porque en su Reino la grandeza está en el servir y en el hacerse el último de todos.

¿Será esta la imagen que damos los servidores del evangelio, la imagen que da la Iglesia hoy en medio del mundo que nos rodea? Tenemos, es cierto, que vivir en el mundo de hoy, con los medios de los que hoy disponemos, pero no tenemos que hacernos a la manera del mundo que nos rodea. Demasiadas veces cometemos el error de presentarnos con los parámetros del mundo y cuando llegan a confundirnos con las maneras de ser del mundo estamos perdiendo toda credibilidad. La Iglesia no puede ser nunca una sociedad a la manera de las sociedades del mundo. Otra tiene que ser la manera de ser ese rostro de Dios en medio de los que nos rodean.

Nuestra pobreza y nuestro espíritu de servicio tiene que ser la primera señal que demos, con esa cercanía a los demás estaremos diciendo cómo el Señor nos ama, nuestra fortaleza no tiene que estar en los medios o recursos humanos que utilicemos, porque nuestra fortaleza la tenemos en el Espíritu del Señor que tiene que llenar e inundar nuestra vida. El verdadero evangelizador tiene que revestirse desde lo más hondo de humanidad para poder mostrar esa ternura de Dios.

Y una cosa muy hermosa que está pidiendo Jesús a los que son sus enviados, han de ser sanadores de nuestro mundo. Nos hablaba de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba pero también de curar enfermos. No nos quedemos en el milagro por el milagro, porque tenemos una enfermedad de la que queremos ser curados, es una sanación mucho más profunda la que tenemos que realizar que va más allá de un cuerpo dolorido o impedido.

Las curaciones de los enfermos, es cierto, son signos que hemos de realizar, pero los signos nos hablan de algo más; hay dolor y sufrimiento que tenemos que curar, hay angustias en las que tenemos que poner serenidad, hay inquietudes en el corazón donde tenemos que orientar, hay oscuridades en la vida que tenemos que iluminar, hay muchos equívocos que tenemos que corregir, hay caminos que tenemos que enderezar, hay pobreza del corazón que tenemos que enriquecer, hay amor que tenemos que hacer florecer en tantos caminos llenos de odios y de insolidaridades, hay alegrías que tenemos que despertar en tantos corazones llenos de tristeza, hay un mundo nuevo que tenemos que sanar y reconstruir.

¿Estaremos siendo en verdad signos de esa nueva salud y salvación que Cristo viene a ofrecernos? En nuestras manos está, es nuestra responsabilidad y nuestra misión.


martes, 22 de septiembre de 2026

Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

 


Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Salmo 118; Lucas 8, 19-21

Hay hechos o palabras que algunas veces de entrada nos desconciertan porque parece que no están en la onda de lo que nosotros esperábamos, de lo que podría ser lo justo o lo correcto según los parámetros que habitualmente utilizamos para juzgar lo que nos sucede en la vida, pero que sin embargo pueden ser cosas que tras el primer impacto nos abren a nuevos horizontes, a nuevos planteamientos, a una nueva manera de ver la realidad.

Esto nos sucede en cosas que nos suceden en la vida o en nuestros encuentros con personas que de alguna manera nos sirven de revulsivo para nuestra realidad, con personas de una manera de actuar ciertamente profético no porque sean anuncio de cosas futuras como algunas veces entendemos lo del sentido profético, sino que nos hacen ver la realidad de una manera distinta y nos hacen plantearnos la vida de cada al futuro de una forma nueva.

Es lo que nos puede suceder con el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece, o como nos sucede tantas veces cuando con espíritu abierto recibimos el evangelio, esa buena noticia que Jesús quiere ofrecernos. Si es evangelio no es para que sigamos con viejas noticias o maneras de ver, sino que en verdad tiene que ser novedad en nuestra vida. Es el sentido de la palabra misma, pero que no se queda en la palabra sino en el mensaje que nos quiere transmitir.

Hoy el evangelista comienza narrándonos que María y los familiares de Jesús vienen en su búsqueda, quieren acercarse a Él con la dificultad de toda la gente que rodea a Jesús que viene a ser como una barrera para ese acercamiento. El evangelio muchas veces nos habla de esas aglomeraciones que se forman en torno a Jesús, cómo la gente se apretujaba alrededor de Jesús porque todos querían estar cerca, todos querían escucharle, todos querían sentir el beneficio de su presencia. Nos habla de las multitudes que de todas partes salen al encuentro con Jesús allí por donde va, de los que le rodean haciendo que aquella pobre mujer se contentara con tocar la orla del manto de Jesús, de los que se apretujaban a su puerta haciendo que quienes llevaban a aquel paralítico rompieran el techo para hacerlo descender hasta los pies de Jesús. Es lo que ahora sucede cuando María y sus hermanos, como se dice en el lenguaje del evangelio, quieren llegar también hasta Jesús.

Le llevan la noticia a Jesús y en lugar de abrirles paso para que puedan llegar hasta Él nos dice algo que en principio nos deja desconcertados. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ ¿No los reconoce Jesús? Quiere decirnos algo más, quiere abrirnos nuevos horizontes, quiere hablarnos de una nueva familia. ¿No nos había dicho ya el evangelio que no por la carne o por la sangre se iba a comenzar a ser familia de Dios, hijos de Dios, sino por la fuerza del Espíritu en quienes creen en El? Es lo que ahora nos está diciendo Jesús. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.

‘Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’, nos dice. Ese escuchar es algo más que oír unas palabras; ese escuchar es ponerse en camino para algo nuevo y distinto; ese escuchar es un sentido nuevo para la vida, para nuestras relaciones, para lo que somos y para lo que hacemos, para una nueva manera de mirar al que está a nuestro lado, para sentir que entramos en una nueva relación con los demás de manera que nadie es ajeno o está distante de nuestra vida, para derribar barreras que nos aíslan o abismos que nos distancian porque hemos borrado todas las distinciones y alejado de nosotros todo tipo de discriminación, para una nueva forma de hacer camino en la vida.

No es solo dejar que las palabras entren por nuestros oídos, es hacer que queden sembradas en el corazón, es sentir que son siembra en nuestra vida que le da una nueva fecundidad, es comenzar a quitar la dureza de nuestro corazón para que esa semilla quede bien sembrada, es quitar pedruscos y abrojos de caprichos o de vanidades para hacer que en verdad germine como en tierra buena, es comenzar a sentir que estamos en el mismo campo que entre todos tenemos que mejorar, es apreciar que aunque no tengamos la misma sangre sin embargo hay unos nuevos lazos que nos unen porque comenzamos a amarnos de verdad.

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Se preguntaba Jesús, pero nos está hablando de una nueva familia. ¿Estaremos convencidos nosotros que tenemos que ser esa nueva familia de Jesús no solo porque digamos que creemos mucho y tenemos mucha fe sino porque comenzamos a llevar a la vida ese sentido del Reino de Dios del que nos habla Jesús?


lunes, 21 de septiembre de 2026

Cuando hoy celebramos a san Mateo cuyo nombre alguien ha traducido como ‘el regalo de Dios’, nos sentimos bendecidos con el regalo de la misericordia de Dios hecho perdón

 


Cuando hoy celebramos a san Mateo cuyo nombre alguien ha traducido como ‘el regalo de Dios’, nos sentimos bendecidos con el regalo de la misericordia de Dios hecho perdón

Efesios 4, 1-7. 11-13; Salmo 18; Mateo 9, 9-13

Hay momentos sorpresa en la vida que nos pueden causar gran impacto y de alguna manera dan un revolcón a nuestra vida que nos lo hace cambiar todo. Situaciones inesperadas pero que se convierten en momentos inigualables que siempre mantendremos en el recuerdo. Algo que nos hace sentir una nueva percepción de nosotros mismos porque comenzamos a vernos de manera nueva y a encontrar sentido para muchas cosas. Quizás aunque nos sentíamos bien en lo que hacíamos sin embargo teníamos la percepción de que no éramos aceptados y se veían incluso con malos ojos aquello que realizábamos que en fin de cuentas era una profesión a la que dedicábamos la vida, pero quizás en un momento determinado vimos que éramos tenidos en cuenta, se quería contar con nosotros para algo distinto y aunque inexplicable sin embargo considerábamos algo sublime, porque era de alguna manera una invitación a que fuéramos percibidos como algo distinto y que nos haría cambiar nuestra vida.

Podíamos decir que algo así le estaba sucediendo a Leví, o Mateo, según queramos llamarle. Pertenecía a un grupo y a una profesión que era rechazada por una gran mayoría y en la que incluso se habían ganado la fama de avaros considerándolos así como unos pecadores públicos para aquella sociedad. Era recaudador de impuestos, alguien que trabajaba con el dinero de los impuestos que se llevarían los romanos como pueblo invasor, pero que les daba ocasión a unas manipulaciones no siempre del todo justas. Sin embargo Jesús a su paso por delante de su garita de impuestos se había fijado en él y le había invitado a formar parte del grupo de los que le seguían más de cerca.

¿Se lo podía esperar? ¿Acaso podía ser una posibilidad para su vida? Sin embargo su respuesta tenía que llevar cambios muy importantes en su vida y en su manera de actuar. Quizás él también había escuchado a Jesús acaso en aquel sermón de la montaña allá en las cercanía del lago, le habría visto actuar en Cafarnaún con las multitudes que lo escuchaban o en los enfermos que eran llevados a su presencia para ser curados. Sin embargo seguir a aquel maestro significaría también un estilo de vida distinto que ya no se podría mover entre las comodidades de quien poseía muchos bienes, sino en un desprendimiento y una austeridad que incluso le haría estar pendiente de las ayudas que pudiera recibir.

Sin embargo, como él mismo nos lo relatará su respuesta fue pronta y generosa. Levantándose de su mostrador de impuestos lo dejó todo y se dispuso a seguir a Jesús. Pero antes como una señal de lo que significaría aquel cambio de vida quiso celebrar un banquete para Jesús con los principales de la ciudad, con los discípulos de Jesús que iban a ser sus compañeros, pero también con los que habían sido hasta entonces compañeros suyos.

Había sido aquella llamada, aquel querer Jesús contar con él un revulsivo, pero un revulsivo iba a ser también aquel banquete con tan variados comensales. Algunos comenzarán a protestar y a criticar, porque Jesús se estaba mezclando también con pecadores y con gente de mala fama. Tendrá que intervenir Jesús. ‘El médico no es para los sanos sino para los que están enfermos’, o para aquellos que creyéndose sanos tendrían que ser los primeros en reconocer la malicia de su corazón para poder ser sanados.

Una clara referencia a lo que allí estaba sucediendo. Por eso Jesús sentenciará con palabras del profeta ‘misericordia quiero y no sacrificios’. ¿De qué nos servirán esos sacrificios de autocomplacencia y de vanidad si no hay misericordia en el corazón? Es lo que Jesús nos está mostrando. Tenemos que parecernos a Dios que es rico en misericordia; caminando por los caminos de la misericordia es cómo mejor haremos presente a Dios en nuestra vida y en nuestro mundo. Su presencia en la tierra es una búsqueda de los pecadores para manifestarles que Dios los ama y que siempre está dispuesto a la misericordia y al perdón porque Dios sigue contando con nosotros a pesar de nuestra indignidad y de nuestro pecado. Aunque quizás sigamos siendo rechazados por el mundo que nos rodea que no llega a entender nunca lo que es la misericordia, que siempre va a tener memoria de nuestro pecado que no querrá olvidar, sin embargo Dios cuenta con nosotros, olvida y disculpa nuestro pecado porque incluso será capaz de disculparnos a causa de nuestra debilidad, nos regala su amor y nos tenderá la mano para ofrecernos un camino nuevo.

Cuando hoy estamos celebrando a san Mateo, cuyo nombre alguien traducirá como el regalo de Dios, vamos a sentir gozo en nuestro corazón porque a pesar de los pesares siempre nos sentiremos regalados con el amor de Dios siempre compasivo y misericordioso.


domingo, 20 de septiembre de 2026

Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña

 


Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña

Isaías 55, 6-9; Salmo 144; Filipenses 1, 20c-24. 27A; Mateo 20, 1-16

¿Por qué siempre hemos de estar comparándonos los unos a los otros, sacando a relucir méritos o merecimientos, lo mejor que nosotros lo hacemos y siempre la inferioridad de los otros? Hemos convertido la vida en un tira y afloja, en una lucha competitiva para ver quién acaba primero la carrera y a la larga en buscar por los medios que sea el descalificar al otro porque al final ni lo consideramos digno de estar en esa competición.

No tendría que ser la vida una competición, porque aunque mucho hablamos de deportividad no es esa la manera habitual que empleamos para desarrollar lo mejor de nosotros mismos. Competencia en el sentido de que saquemos lo mejor de nosotros mismos para desarrollar la función que tengamos en la vida o ser nosotros mismos es una cosa, pero convertir la vida en una competición es bien distinto. Por eso andamos siempre con el reloj en la mano, no tanto para aprovechar nosotros el tiempo que no se nos pierde en superficialidades, sino para tener en cuenta y medir lo que hacen los otros, que siempre nos parecerá que no vale tanto como lo que nosotros hacemos.

Son los primeros pensamientos que me surgen al escuchar la Palabra de Dios que en este domingo se nos ofrece. Muchas veces habremos reflexionado sobre esta parábola de los obreros llamados a la viña en distintas horas del día. Una parábola que rompe esquemas sobre la forma cómo nosotros nos organizamos y medimos lo que hacemos. Una parábola que nos enseña cómo valorar el trabajo pequeño o grande que realizan los demás. Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña. Una parábola que nos hace mirar con ojos distintos a los que llegan a nuestro mundo y a nuestra vida en la hora del hoy manteniendo siempre por encima de todo su dignidad de personas y valorando que en esta hora que nos parece intempestiva sin embargo pueden hacer por nuestro mundo y por nosotros. Una parábola que nos está enseñando lo maravilloso que es el amor que nos tiene que hacer comprensivos y generosos abriendo siempre nuestros brazos con un sentido amplio y universal.

Los obreros de la primera hora quizás miraban mal a aquellos que se incorporan en horas distintas, al final protestarán porque a los últimos se les ha pagado igual que a los primeros que parecieran que se llevaron todo el calor y el bochorno del día. ¿No habrán también en nosotros esos sentimientos encontrados en relación a lo que hacen los demás porque nos parece que lo que hacemos nosotros sí vale y tendría que tener el reconocimiento de lo que hemos hecho?

Afloran a veces sentimientos negativos en nosotros cuando vemos tanta gente distinta a nuestro alrededor y nos aparecen incluso algunos resabios racistas en relación a los que vienen de otros países. Nos van a quitar el pan de nuestros hijos, dicen a veces algunos, como si el mundo fuera solo nuestro. ¿No tendría que decirnos a nosotros, como aquellos obreros de última hora de la parábola, que están ociosos porque nadie los ha contratado? Tanto que hablamos de la globalidad de nuestro mundo, tanto que hablamos de la dignidad de las personas y ¿por qué hacemos tantas distinciones que se convierten en discriminaciones?

Por eso decía que esta parábola nos va a enseñar a tener una mirada distinta y a provocar en nosotros unas nuevas actitudes para hacer que la vida sea más que una competición una colaboración entre todos, cada uno desde su tiempo y su lugar, para hacer que tengamos un mundo más humano, nuestras mutuas relaciones tengan más humanidad, y ciertamente aprendamos a ser verdaderamente solidarios los unos con los otros. Es el camino del amor que tendría que imperar en nuestra vida.

Ya nos recordaba el profeta que los planes de Dios son distintos y superiores a la mezquindad con que nosotros vamos caminando por la vida. Es la novedad que nos ofrece el evangelio que nos pedirá una vestidura nueva, unos odres nuevos para el vino nuevo, un hombre nuevo que se haya despojado de esas vestiduras viejas del egoísmo y la insolidaridad para vestir el traje de fiesta que siempre resplandece con las múltiples joyas del amor vivido en los mil detalles con que expresamos el amor a cuantos nos rodean, sean quienes sean, hagan lo que hagan. ¿Vestiremos ese traje del hombre nuevo de la gracia?


sábado, 19 de septiembre de 2026

La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza, pensemos si estamos dejando de lado campos donde habría de sembrarse también la semilla

 


La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza, pensemos si estamos dejando de lado campos donde habría de sembrarse también la semilla

1Corintios 15, 35-37. 42-49; Salmo 55; Lucas 8, 4-15

La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza. ¿Sabe él de antemano los frutos que va a recoger? Podrá hacerse sus previsiones en vista de lo que haya preparado la tierra para echar la simiente, pero siempre lo hace con una esperanza; se cumplirán o no sus previsiones, pero no quiere dejar ni un palmo de tierra sin que allí se eche la simiente y, como decíamos, siempre con la esperanza, como solemos decir que los tiempos vengan buenos, que no acechen las plagas, que la tierra se vuelva fecunda, que germine debidamente la semilla y no tenga obstáculo para crecer y para dar fruto.

Hoy nos habla el evangelio de un sembrador, y por lo que parece es trigo o semejante la semilla arrojada a la tierra, pero que nosotros desde nuestras experiencias y la multiplicidad de plantas que nos pueden dar fruto podíamos pensar en cualquier otra simiente. No quiere, como decíamos, el agricultor o el sembrador dejar ningún palmo de tierra donde se arroje la semilla para que, aunque sean muchas las dificultades que surjan de cualquier lugar podamos obtener un fruto.

Creo que entre otras cosas es también la intención de quien nos ofrece la parábola, de Jesús que es el sembrador que recorrerá todos los campos, llegará a los lugares más inverosímiles siempre con el deseo de sembrar la semilla, de regalarnos su amor. Ya de antemano la parábola nos está hablando de que en todos los lugares aquella semilla no pudo prender y si acaso germinó muchas veces se perdió; pero el sembrador en su esperanza no dejó de sembrar la semilla en todos los lugares.

Siempre cuando reflexionamos sobre esta parábola pensamos en qué clase de tierra somos, de cuáles son los pedruscos de nuestra tierra o la dureza del camino, cuáles son los zarzales de nuestros apegos o las cosas que nos distraigan de ese fruto que tendríamos que dar. Y ciertamente tenemos que hacernos esos planteamientos y esa reflexión.

Pero yo quiero fijarme hoy en el sembrador con su esperanza y con su esfuerzo por sembrar la semilla en todos los lugares aunque pudiera prever que no siempre iba a tener la tierra propicia para que germinara y llegara a dar fruto. ¿Y si en medio de aquellos pedregales hubiera un trozo de buena tierra que ayudará a la germinación de la semilla? ¿Y si en un momento determinado alguien pudiera desprenderse de esos apegos para hacer posible que al menos en alguna parte del campo se pudiera coger fruto? El corazón del hombre puede cambiar, ahora puede tener unos apegos, pero en algún momento podemos caer en la cuenta de que tenemos que liberarnos de esas cosas para emprender un buen cultivo de la tierra de nuestro corazón.

La esperanza de Dios, vamos a decirlo, así como una manera de hablar, tiene un sentido distinto de nuestras esperanzas que un día se nos pueden desinflar, pero cuando queremos actuar según el actuar de Dios de otra manera hemos de realizar nuestras tareas. Quiero pensar en esos desánimos que muchas veces rondan por nuestra cabeza o nuestro corazón cuando queremos trabajar por los demás y no siempre vemos el fruto que deseamos; cómo en nuestras tareas algunas veces descartamos el llegar a algún lugar, algún ambiente, algún campo de trabajo de la vida, porque nos parece que son lugares donde no se puede sacar nada y para qué, nos decimos, vamos a gastar esfuerzos ahí. Y rondan alrededor de nuestras iglesias, de nuestras comunidades bolsas de personas o de campo de trabajo que de antemano desechamos por difícil.

¿Dónde está nuestra esperanza? ¿Dónde la confianza que ponemos en aquel que guía nuestra vida y nos acompaña? ¿Dónde está ese arrojo y valentía que nos impide quedarnos quietos superando los miedos que podamos tener a los posibles fracasos? Nuestras cobardías y miedos están impidiendo que la semilla del evangelio se siembre en todos los campos. ¿Es esa manera de actuar la que quiere el Señor de nosotros?


viernes, 18 de septiembre de 2026

Necesitamos desacomodarnos y desinstalarnos de una vez por todas porque es necesario hoy ponernos en camino de lugar en lugar para llevar la buena noticia de Jesús

 


Necesitamos desacomodarnos y desinstalarnos de una vez por todas porque es necesario hoy ponernos en camino de lugar en lugar para llevar la buena noticia de Jesús

1Corintios 15, 12-20; Salmo 16; Lucas 8, 1-3

Caminando de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad; una vida itinerante y es que las buenas noticias no se pueden quedar estancadas. Era la invitación que Jesús continuamente hacía, había que prepararse para poder recibir una buena noticia, pero una buena noticia que no se podía quedar estancada en quienes la recibían, las noticias son para comunicarlas, y para poder comunicarlas hay que ponerse en camino, salir, no quedarse en el sitio, había que desacomodarse porque si nos quedamos cómodos en donde estamos la noticia no podrá correr de boca en boca; por eso pedía Jesús conversión, que era ese desinstalarse de quedarnos plácidamente donde estamos para disponernos a algo nuevo que nos va a traer esa buena noticia. Jesús dirá cuando quieran que El se quede allí más tiempo, que es necesario ir a otros lugares, que otros sitios y otros pueblos están esperando también que les llegue esa buena noticia.

Creo que si pensamos un poquito en todo esto que vamos diciendo muchos nuevos planteamientos tendrían que salir para nuestras vidas, porque nos cuesta desinstalarnos, salir de esa comodidad de quedarnos donde estamos o en lo que hacemos; con qué facilidad nos entra una modorra espiritual, nos quedamos adormilados, nos contentamos con cuidar lo que ya tenemos, y al final terminamos envejeciéndonos. Y digo envejeciéndonos no solo porque cada vez nos vamos poniendo más mayores, sino porque la falta de vitalidad, de compromiso nos envejece en nuestra fe, nos hace perder esa energía espiritual tan necesaria en tantos momentos de la vida.

¿Qué nos está sucediendo en la mayoría de nuestras comunidades cristianas, en la mayoría de nuestras parroquias, y tenemos que reconocerlo en el conjunto de la Iglesia? Nos hemos envejecido. Miremos quienes quedamos en nuestras parroquias, quienes son los que habitualmente participan en la misa dominical que tendría que ser hermosa expresión de la vitalidad de la vida de una parroquia; ¿quienes nos quedan o quedamos? personas mayores, la juventud ausente, la mayoría con un conformismo de cumplir y ya está, poca vitalidad que nos lleve a hacer nuevas cosas, a buscar nuevos caminos, a emprender nuevas iniciativas para hacer llegar el mensaje del evangelio a más gente. ¿No tenemos tiempo y siempre estamos ocupados o nos cuesta salir de la modorra de nuestra rutina para dedicar parte de nuestro tiempo para reunirnos, para tener iniciativas que nos lleven a hacer un anuncio más explícito del evangelio?

Nos dice hoy el evangelio que acompañaban a Jesús en aquel caminar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, aquellos discípulos más cercanos que habían estado desde el principio con Jesús, un día a doce de ellos los va a constituir en grupo especial, en apóstoles, pero también algunas personas entre ellas algunas mujeres que alguna gracia habían recibido de Jesús; allí estaba ‘María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios’ como nos comenta el evangelista y que en varios momentos más veremos muy cerca de Jesús, pero también algunas otras mujeres, ‘Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes’. Eran el apoyo de Jesús y el grupo que en torno a Él se había formado, porque incluso nos habla de algunas que ayudaban con sus bienes.

Es bonito este resaltar el evangelista a este grupo que camina con Jesús. Un momento en nuestra reflexión para aprender a valorar esos pequeños grupos, demasiado reducidos en la mayoría de las ocasiones, pero en muchos casos mujeres sencillas pero con una disponibilidad grande para el servicio que realizan muchas tareas en nuestras comunidades y parroquias. Algunas veces, hemos de reconocer, que pareciera que descansa en ellas toda la vida y la actividad de nuestras parroquias.

Tenemos, es cierto, que tenerlas en cuenta y valorarlas, pero no nos podemos quedar ahí, solo en esas personas. La comunidad ha de tener más vida, muchos más tendríamos que despertar de una vez por todas para salir de nuestra modorra y de nuestra comodidad, para saber ponernos en camino, porque muchos son los lugares y son las situaciones donde es necesario hacer ese anuncio del Evangelio, llevar esa buena noticia.


jueves, 17 de septiembre de 2026

Ni pongamos nosotros una fachada para impresionar ni dejemos de ver lo que hay tras la apariencia de aquel con quien nos encontramos que nos puede estar gritando pidiendo amor

 


Ni pongamos nosotros una fachada para impresionar ni dejemos de ver lo que hay tras la apariencia de aquel con quien nos encontramos que nos puede estar gritando pidiendo amor

1Corintios 15, 1-11; Salmo 117; Lucas 7, 36-50

Con qué facilidad nos dejamos impresionar por las fachadas; según vemos el aspecto de la fachada ya estamos pensando lo que puede haber por dentro, y con qué facilidad nos equivocamos; y no estoy pensando en fachadas de edificios que también nos pueden llevar a muchas decepciones, sino las fachadas que algunas veces nosotros mismos nos creamos para impresionar a los que nos ven dando una apariencia de lo que no somos y por ahí andan todas nuestras vanidades y apariencias buscando prestigios o haciendo manifestaciones de influencias y de poder, pero es también el juicio que nos hacemos de las otras personas y la fachada en la que nos fijamos puede ser su apariencia de sencillez o de pobreza, puede ser su raza o el color de su piel, o sean tantos prejuicios que nos hacemos fácilmente de los otros, de las fachadas que nos creamos o de las fachadas que hemos de desmontar para aprender a descubrir lo que realmente es la persona. Y aquí sí que tendríamos que hacer un repaso muy grande y muy importante de nuestros prejuicios, de las actitudes de prepotencia con que nos presentamos y juzgamos y de tantas cosas que tendríamos que revisar en nuestra vida.

La situación en la que nos hace pensar hoy el evangelio surge cuando Jesús es invitado por un fariseo muy principal en el pueblo y estando a la mesa sin saber por qué ni por donde ha podido aparecer una mujer se postra a los pies de Jesús, lavando sus pies con sus lágrimas, derramando caros perfumes y creando una situación de incomodidad entre todos los comensales. Allá está el anfitrión de aquella casa además de pasarlo mal por la situación que inesperadamente se les ha presentado preguntándose si en verdad Jesús es o no es un profeta para darse cuenta de que aquella mujer es una pecadora.

Pero Jesús ve mucho más allá de la apariencia de aquella mujer pecadora como también lo que hay detrás del pensamiento de aquel hombre. Y Jesús propone una pequeña parábola, de los dos deudores y quien estaría más agradecido si se le condonan sus deudas para hacer recapacitar al fariseo del valor de aquella mujer que además está realizando los signos de la hospitalidad que el anfitrión de la casa no supo hacer. En aquella mujer sobre todo hay mucho amor. Lo están manifestando sus lágrimas que son signo de un arrepentimiento, aquel perfume que derrama sobre los pies de Jesús y aquellos besos con los que le manifiesta su respeto y su amor.

Será una gran deudora, pero Jesús no está allí para pasar cuentas; es un corazón arrepentido y lleno de amor y eso es lo que importa porque es lo que está ya haciendo grande a aquella mujer. No es la prepotencia de un banquete con todos sus signos de opulencia, sino el amor que lleva a mover el corazón de Dios. Ahí están sus palabras que no van a ser comprendidas y como siempre pasadas por el tamiz de su manera de ver las cosas de Dios - ¿quien puede perdonar pecados sino Dios?, se preguntan porque les parece que Jesús se está atribuyendo un poder que según ellos no tiene-; pero la medida de Dios no es a la manera de la medida de los hombres. Lo que mira Dios es nuestro corazón para ver si encuentra amor.

¿Seremos capaces de una vez por todas de mirar más allá de esa fachada ante la que nos quedamos tantas veces? Detrás de ese rostro que contemplamos siempre hay una vida, ¿seremos capaces de preguntarnos y de interesarnos por ella? Detrás de ese rostro puede haber unos problemas o una cadena de sufrimientos ¿podemos acaso imaginárnoslos? Detrás del color de la piel de ese emigrante, haya llegado como haya llegado a nuestras costas o a nuestra tierra ¿no podemos pensar que hay unas familias con toda su carga de pobreza pero también de angustia porque no saben nada de él, si ha llegado o no a nuestras costas cuando tantos se quedan en la travesía del mar? ¿Seremos capaces de ver la capacidad de amor que hay en esos corazones o la soledad que nos está pidiendo a nosotros unas migajas de amor?


miércoles, 16 de septiembre de 2026

Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

 


Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

1Corintios 12, 31 – 13,13; Salmo 32; Lucas 7, 31-35

Nunca llueve a gusto de todos, solemos decir muchas veces; y no es solo que no estemos nunca contentos con el tiempo meteorológico que tengamos, que si hace calor, que si hace frío, que si tenemos mal tiempo, que si los tiempos están cambiando que son temas de conversación bastante frecuentes; pero cuando empleamos esa expresión queremos decir algo más, nunca estamos contentos en cómo estamos o lo que tenemos aunque seamos nosotros mismos los que nos lo hemos labrado.

¿Descontento? ¿poca confianza en lo que hacemos? ¿inconformismo? ¿incongruencia en las actitudes o en las posturas que tomamos con las que al final ni nosotros mismos estamos de acuerdo? ¿falta de metas o de principios que den una orientación firme a nuestra vida? Yo suelo decir, sin embargo, que un cierto inconformismo sí que necesitamos en la vida, porque será también lo que nos vuelva críticos con nosotros mismos y nos haga crecer, porque nos lleve a corregirnos y a buscar siempre algo mejor para nuestra vida. Pero quizás nuestros inconformismos no siempre vayan por ese camino, sino porque no nos hacen lo que a nosotros nos agrada o nos resulta más fácil.

Jesús se pregunta a quién puede comparar aquella generación que entonces le tocó sortear. Y dirá que son como niños que no saben lo que quieren, que salen a jugar a la plaza y no terminan de ponerse de acuerdo en los juegos que les harían participar a todos. ¿Seguiremos siendo también hoy nosotros como niños que no sabemos lo que queremos?

Jesús, de alguna manera, hace una comparación en las reacciones que tuvieron cuando Juan Bautista apareció allá en el desierto a la orilla del Jordán y la reacción que ahora están teniendo con su presencia y su manera de anunciarles el Reino de Dios. Mientras había gente que iba a escuchar con gusto a Juan queriendo entrar en aquel camino de preparación para la inminente venida del Mesías, otros lo rechazaban por su austeridad, su manera de presentarse y las palabras duras que en ocasiones pronunciaba invitando a la penitencia y a la conversión; por contra otros querían restarle autoridad, allí estaban aquellas embajadas enviadas desde Jerusalén pidiéndole que se identificará claramente si era un profeta o si era el Mesías.

Pero es lo que está sucediendo con Jesús; hay multitudes que le aclaman y reconocen los signos que realiza a pesar de que muchas veces se puede quedar en un entusiasmo pasajero, mientras otros ponen en duda su autoridad y su poder atribuyéndole incongruentemente poderes satánicos a la hora de realizar milagros o expulsiones de demonios, como tampoco le aceptarán considerándolo un desprestigio el que coma y se reúna con publicanos y pecadores.

¿Quien tendrá la razón? ¿donde encontrar la verdadera sabiduría que nos haga discernir bien las opciones que hemos de tomar?

Pero claro que cuando escuchamos este mensaje del evangelio no nos quedamos en un ojo crítico con lo que sucedía en aquellos tiempos y nos narra el evangelista, sino que ahí tenemos que saber descubrir una plantilla de lo que ahora a nosotros mismos nos pueda suceder. ¿Cómo escuchamos y qué valor le damos a lo que la Iglesia hoy nos enseña y nos propone en nombre del evangelio en este momento concreto de nuestra historia? ¿Cuál es la atención que le prestamos a la voz del Papa o de nuestros pastores más directos? ¿Qué interpretaciones hacemos?

Como decíamos al principio no siempre llueve al gusto de todos y cada uno quiere acercar el ascua a su sardina; según los presupuestos que tengamos en nuestra mente queremos aplicar o queremos dejar de lado lo que la Iglesia nos propone a través de sus pastores. Y entramos en catalogaciones, y hablamos de tendencias, y hacemos comparaciones con las maneras de actuar de los dirigentes o de las ideologías del momento.

¿No seríamos capaces de pensar que es el Espíritu del Señor el que en verdad guía a la Iglesia y esa diversidad que algunas veces nos parece encontrar sea lo que en cada momento, y a través del pastor que Dios nos ha dado en ese momento, es lo que necesitábamos para el anuncio del Reino en el mundo concreto en que vivimos? Mucho tenemos que discernir y muchos tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu que nos llena de la verdadera sabiduría.


martes, 15 de septiembre de 2026

Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

 


Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

1Corintios 12, 12-14. 27-31a; Salmo 99; Juan 19, 25-27

¡Qué pocos habían quedado al pie de la cruz de Jesús! ¿Huían también del dolor y del sufrimiento? Solo estaba uno de los discípulos, aquel a quien amaba mucho Jesús, una mujer pecadora de la que Jesús había expulsado siete demonios y que desde entonces lo había seguido por todas partes, su madre y la hermana de su madre, una mujer casi anónima de la que solo sabemos que era María la de Cleofás; apenas unas mujeres en el camino habían mostrado su compasión con sus lágrimas, pero Jesús les había dicho que no llorasen por Él sino por ellas mismas y por sus hijos; los que lo habían hecho todo por llevarle a la cruz desde lejos observaban el espectáculo, aquellas muchedumbres que un día le habían seguido ahora andaban por otros caminos porque aquello parecía que acababa mal. Quienes quedaban allí en primera línea parecían el nuevo resto de Israel, pero de dónde iba a hacer un pueblo nuevo.

Es el cuadro que nos toca hoy seguir contemplando desde que ayer contemplábamos a Jesús levantado en lo alto de la cruz para atraer a todos hacia Él, aunque ahora parecían bien pocos los que quedaban. La cruz asusta, el dolor nos hace huir y el temor al sufrimiento nos lleva a escondernos para que quizás no nos toque a nosotros, pero ese ronco reseco y atormentado de nuestra vida tiene que rebrotar para hacer surgir una nueva flor.

Pero la vida nace en medio del dolor y si no que lo diga la madre que da a luz a un hijo; la semilla enterrada aparentemente para hacerla desaparecer engendra una nueva planta que un día florecerá; triturados quizás por el sufrimiento podremos purificarnos de la hojarasca que nos llenaba de maleza y podados esos sarmientos resecos e infructuosos podemos sacar el mejor vino que pone nueva alegría en nuestro corazón o el mejor aceite de nuestra vida para poder iluminar mejor a los que están a nuestro lado; es el amor el que da sentido a la entrega hasta la muerte y será lo que hará aparecer nuevos resplandores de luz.

Es la luz de la esperanza que podemos descubrir en los ojos de María tras el filtro de sus lágrimas de dolor al pie de la cruz de Jesús. Tras la cortina de dolor de la cruz de Cristo en el Calvario nos está naciendo una madre, podríamos decirlo así, cuando Jesús confía su madre al cuidado del discípulo amado y confía a María la misión de madre para aquellos que estamos naciendo desde ese alumbramiento en la propia Cruz de Jesús.

Es un regalo más que Jesús nos está haciendo en este momento supremo. Nos ha regalado su vida y su amor porque eso significa su entrega y su muerte; ese camino nuevo que abría ante nosotros en la medida que anunciaba el Reino de Dios ahora tiene ya su consolidación con su entrega de amor y su muerte en la cruz. Pero nos ha querido dejar también a su madre, nos la ha regalado como madre, nos ha puesto bajo su cuidado; y como madre estará siempre caminando a nuestro lado, haciendo camino con la Iglesia, haciéndonos sentir lo que también vale el sufrimiento y el dolor cuando en verdad tenemos cimentada nuestra vida en el amor.

Hoy la llamamos y la celebramos como Virgen de los Dolores; hoy sentimos más fuerte que nunca que ella es la Madre de amor que siempre está a nuestro lado; Madre del amor tendríamos que llamarla porque es el que va a ser alivio y consuelo en el camino de nuestra vida tan lleno muchas veces de dolores y de sufrimientos.

Con María aprendemos su sentido; sintiendo la presencia de la madre junto a nosotros nos sentimos aliviados y fortalecidos en nuestros dolores y en nuestras angustias y no es que las busquemos pero sí aprendemos que el amor será nuestra mejor medicina que tonifica nuestra vida, pero que con amor tenemos que saber llegar a cuantos se debaten en sus dolores y sufrimientos para con los gestos y compromisos de nuestra vida ser consuelo y remedio y les podamos ayudar a encontrar ese camino que les lleve a Dios y sentirse en El renovados de verdad.

¿Seremos poquitos o serán numerosos los que aun permanecemos al pie de la cruz? Ahí queremos estar con ese amor que sentimos porque somos también los amados del Señor, con la rémora de nuestra antigua vida de pecado porque en esa cruz de Jesús nos sentiremos purificados para llegar a ser ese hombre nuevo de la gracia, en el anonimato quizás de nuestra vida anodina y fría que muchas veces se nos puede quedar vacía y sin sentido, pero sintiendo, sin embargo, la presencia de una madre, a la que invocamos como Virgen de los dolores, que vela siempre junto a nuestro lecho de sufrimiento y dolor en tantas circunstancias de nuestra vida y nos hace encontrar la mejor gracia del Señor que transforme nuestras vidas.

¿Tendríamos que ser nosotros imágenes de esa madre con nuestro amor al lado del sufrimiento de los demás?


lunes, 14 de septiembre de 2026

Para nosotros la cruz así con Cristo crucificado es gloriosa, estandarte de la victoria del amor, antídoto de salvación que Dios nos ofrece con su amor

 


Para nosotros la cruz así con Cristo crucificado es gloriosa, estandarte de la victoria del amor, antídoto de salvación que Dios nos ofrece con su amor

Números 21, 4b-9; Salmo 77; Juan 3, 13-17

Si recibiéramos, por ejemplo, una mordedura maligna y con efectos mortales a causa del veneno que transmite dicha mordedura buscaríamos inmediatamente un antídoto que contrarreste el efecto de tal veneno evitándose así la muerte o las consecuencias de tal mordedura; lo podemos llamar vacuna o el nombre que la ciencia haya querido darle, pero normalmente se producen dichos antídotos a partir del mismo veneno que se quiere contrarrestar; es lo que son las vacunas contra la gripe u otras enfermedades víricas con la que se pretende crear esos anticuerpos que contrarresten el efecto de tal virus o veneno.

Al ver la imagen de las serpientes venenosas de las que nos habla la primera lectura y como elevando aquella serpiente de bronce en medio del campamento quienes mordidos con aquella mordedura venenosa elevasen la mirada hacia aquel signo se curarían pensé en estos antídotos que se utilizan para contrarrestar los efectos venenosos. Jesús en el evangelio hace uso de esa misma imagen y nos dice que cuando Él sea levantado en lo alto, hablándonos de su muerte en la cruz encontraríamos la salvación.

¿Es la cruz la que nos dará la salvación? Es Jesús que ha sido crucificado en la cruz quien es nuestro verdadero y único salvador. Aquella que significaba tormento, sufrimiento y muerte por el amor de Jesús, que es manifestación del amor que Dios nos tiene se convierte para nosotros en camino de salvación. No es en la cruz por sí misma sino en quien por amor fue crucificado y elevado en alto donde encontraremos la salvación. El camino del amor por el cual se hizo presente en el mundo es un camino de entrega y entrega hasta el final, es la senda que recorrió Jesús y nos enseñó que ese tenía que ser también nuestro camino, pero a Él le costó la vida por parte de quienes no entendían ni querían entender ese camino de amor que nos estaba señalando Jesús, por eso para nosotros su muerte, y con ella contemplamos el suplicio que le llevó a la muerte, se convierte en signo de vida porque es el signo más grandioso del amor.

Tanto amó Dios al mundo, le estaba diciendo Jesús a Nicodemo, que nos entregó a su Hijo y Jesús nos dirá que la prueba más grande del amor es la de dar la vida por aquellos a quienes se ama. Pero para Jesús no fueron solo palabras, para Jesús fue la realidad de su vida. ¿Puede haber algo más hermoso que la ternura de Dios que se manifiesta en un pesebre que hace de cuna para Dios que se hace hombre? Y de Jesús se nos dirá que pasó por el mundo haciendo bien y así lo contemplamos en su cercanía con los pobres y con los humildes, pero con la misericordia que acoge a los pecadores y despreciados de la sociedad de entonces, en el derroche de misericordia con que cura a los enfermos y todos los que se ven impedidos de cualquier forma, así lo contemplaremos en su camino hasta el calvario bajo el peso de la cruz o pendiente de ella en lo alto cuando es crucificado.

Pero en todo eso no hay sino una sola cosa, amor. Por ese amor lo que parecía un signo de sufrimiento y de muerte se convirtió por el amor, podríamos decir así, en antídoto para la vida y salvación. No será ya por ese amor que allí se manifiesta para nosotros los cristianos la cruz en un signo de horror sino de gloria, porque allí estábamos viendo a Cristo glorificado; con orgullo queremos llevar la cruz porque así queremos darnos por amor; como signo de esa presencia del amor de Dios la tendremos presente en nuestros caminos y en nuestras casas, porque queremos que sea el signo del amor que nosotros queremos vivir.

Pero sí hay una cosa que hemos de cuidar y tener bien en cuenta y es la incongruencia que podría darse en nuestra vida si llevamos la cruz pero no vivimos en el amor y con amor. Cuidado que llevemos una bonita cruz colgada de nuestro cuello y luego seamos insolidarios y encerrados en nosotros mismos; cuidado que hagamos hermosas fiestas en honor de la cruz y sigamos manteniendo nuestras divisiones entre nosotros; cuidado que nos llamemos cristianos y hasta hacemos con frecuencia la señal de la cruz pero sigamos odiando en nuestro corazón, manteniendo rencores y resentimientos, dejándonos envolver por celos y por envidias para hacernos daños los unos a los otros y seamos incapaces de perdonar.

Es cierto que son tentaciones que como mordeduras venenosas muchas veces nos acechan en la vida, pero levantemos los ojos a lo alto, miremos a la cruz y a quien en ella está clavado, escuchemos la palabra de Jesús que perdona y disculpa incluso a los que lo están crucificando y que finalmente pone su espíritu en las manos del Padre, porque sabe que allí está un signo de amor, como la señal de que la victoria sobre el mal es el amor. Para nosotros la cruz así con Cristo es gloriosa, es estandarte de la victoria del amor en nuestra lucha contra el mal, es el antídoto de salvación que Dios nos ofrece.


domingo, 13 de septiembre de 2026

Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

 


Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

Eclesiástico 27, 30 – 28, 7;Salmo 102;Romanos 14, 7-9;Mateo 18, 21-35

Qué pronto olvidamos lo que recibimos, no terminamos de ser lo suficientemente agradecidos. Y no estoy pensando ahora solamente en regalos de cosas materiales que podamos recibir un día de un amigo, los regalos que recibimos de aquellas personas que nos aprecian que nos ofrecen algo que incluso les pudo costar conseguir o que son muy valiosos para ellos y sin embargo han sido capaces de desprenderse de ello, o un favor que en un momento determinado recibimos de alguien que ha querido mostrarnos su aprecio ayudándonos – que por supuesto en estas situaciones también somos desagradecidos y pronto lo olvidamos – sino que también podemos pensar en algo mucho más hondo como puede ser el amor que Dios nos tiene.

¿Consideramos que la vida es un regalo del amor de Dios por el que tenemos que estar eternamente agradecidos? Y en consecuencia podemos pensar en tantos dones de Dios que de mil maneras nos manifiesta su amor. Agradecidos a su amor nuestra respuesta, sin que Él nos lo pida, tendría que ser el querer amar de la misma manera.

Y esto que estoy diciendo tiene una relación muy fuerte con lo que hoy se nos está planteando en el evangelio. Todo parte en esta ocasión de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces tengo que perdonar al hermano que nos haya ofendido. Había oído hablar continuamente a Jesús del amor que habíamos de tenernos los unos y los otros, nos decía que incluso teníamos que amar a los enemigos y rezar por quienes nos han hecho daño, nos decía cómo tenemos que amarnos todos y no dependiendo de su condición, su manera de pensar, o si fueran buenos o malos, porque Dios hacía salir el sol para todos de igual manera, viene como consecuencia que si rezamos incluso por los que nos han ofendido es que antes les habremos perdonado. Y ya sabemos que para nuestros orgullos y amor propio eso es algo que es bien difícil.

Pero Jesús no se queda en los límites – que ya a Pedro les parecen muy generosos de perdonar hasta siete veces – y nos dice cómo tenemos que perdonar siempre. Y nos propone una parábola que va mucho más allá de la anécdota para de alguna manera enseñarnos las razones que tenemos para perdonar. Y en referencia a lo que antes decíamos, es cuestión de gratitud recordando lo que nosotros hemos recibido.

Es la comparación que Jesús hace en la parábola entre los dos deudores, por así decirlo, en relación con quien tiene la deuda. Aquel amo de la parábola aunque exigió rendición de cuentas a quien le debía sin embargo al final se muestra generoso y perdona todo cuanto aquel siervo le debía. Pero éste pronto va a olvidar lo que él ha recibido para exigir sin posibilidad de perdón cuánto le debía su compañero que además en cantidad no tenía comparación. Mezquino tiene que ser quien ha disfrutado del perdón y no está sin embargo dispuesto a regalar ese mismo perdón con su semejante.

Todo quería de alguna manera centrarlo en si mismo y en su manifestación de poder, y cuando nos ponemos a nosotros como centro de nosotros mismos no podremos dar lugar para que el otro entre en mi corazón. Quien ha disfrutado de la misericordia y el perdón porque quien generosamente nos ha perdonado nos ha dejado entrar en su corazón ahora tendría que caminar por la vida con un corazón abierto e igualmente compasivo para con los demás; pero cuando nos convertimos en dioses de nosotros mismos de ninguna manera estaremos queriendo imitar a Dios cerrando nuestro corazón.

Quién encierra su corazón así podríamos decir que se está encerrando a sí mismo en la cárcel de los rencores y resentimientos que es el peor infierno que nadie puede vivir aunque en su orgullo quiera poner cara de felicidad. No hay cosa mejor que sanar esas heridas que podamos llevar dentro de nosotros con la mejor medicina que es la generosidad del amor y del perdón.

Ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso; y no es otra cosa que responder con espíritu agradecido al amor que Dios nos tiene. Pero me temo que hemos convertido como rutina el decir que pedimos perdón a Dios por nuestros pecados y no terminamos de saborear lo que es el perdón que Dios nos ofrece. ¿Será por eso por lo que incluso hemos convertido en una tortura el acercarnos al sacramento de la Penitencia porque no hemos terminado de saborear la misericordia del Señor que nos regala en su amor el perdón?


sábado, 12 de septiembre de 2026

Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

 


Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

1Corintios 10, 14-22; Salmo 115; Lucas 6, 43-49

Como siempre el evangelio siembra interrogantes dentro de nosotros y nos hace plantearnos muchas preguntas y nos deja con muchas inquietudes. Claro que depende también de la sinceridad con que vayamos a escucharlo, o si no ponemos corazas a nuestro alrededor que impidan que la Palabra de Dios, como espada de doble filo que se nos dice en otro lugar, pueda penetrar a lo más hondo del corazón y sembrar esa inquietud en nosotros; porque es cierto que somos capaces de ponernos filtros en nuestros oídos para escuchar solo lo que nos agrade o nos parezca que viene a ensalzar lo que podamos estar haciendo. Lejía de lavandero, fuego de fundidor son imágenes que escuchamos en la Escritura santa para hablarnos de la intensidad con que quiere llegar a nosotros la Palabra de Dios.

En estos pocos versículos, que parece que de forma desordenada se nos ofrecen hoy comienza haciendo que nos preguntemos qué clase de árbol somos en realidad nosotros sobre todo cuando somos capaces de reconocer que no siempre los frutos que damos son todo lo buenos que deberían ser; o preguntarnos también cuales son los cimientos de nuestras vidas porque somos conscientes de cómo nos tambaleamos fácilmente ante cualquier movimiento que nos deja llenos de inseguridad, o cómo fácilmente somos hoja que se lleva el viento cuando nos arrecian los temporales de la vida.

Sabemos que tenemos que ser buenos sembradores de las mejores semillas. Claro que las semillas que tenemos en nuestras manos salen de esos frutos que nosotros damos en la vida, y muchas veces más que hermosos frutales que nos den jugosas y sabrosas frutas, nos hemos maleado tanto que más bien parecemos zarzales con los que nos dañamos los unos a los otros. ¿Hasta dónde hemos llegado? ¿Nos quedamos en la apariencia de vistosos ropajes pero al final somos árboles infecundos que no producen fruto?

Las apariencias nos engañan, con nuestras apariencias y vanidades incluso con palabras bonitas pero vacías de contenido somos un engaño para los demás. Podemos hacer un discurso muy bello plagado de hermosas palabras y aparentemente sabios consejos, pero si dentro de nosotros mismos estamos vacíos porque en la vida no reflejamos nada de esos bonitos consejos, todo se quedará en apariencia, en exigencia que quizás presentamos para el otro, pero como no nos hemos exigido a nosotros mismos al final nuestra vida no llegará a dar fruto de verdad.

Hemos de saber reconocer nuestra debilidad y que también nosotros somos pecadores y entonces nuestra humildad y sinceridad serán buenas piedras que nos sirvan de cimiento para ese edificio de nuestra vida. Con nuestra humildad reconocemos donde está nuestra fortaleza y nuestra verdadera sabiduría, que ya no será cosa nuestra sino obra del Señor con la fuerza de su Espíritu. Será lo que en verdad hará fecunda nuestra vida y hará que nuestro testimonio pueda llevar al convencimiento de los demás. Se estará manifestando así nuestra congruencia, a pesar de nuestra debilidad, porque queremos cimentar bien nuestra vida en el Señor, en su Palabra y en la fuerza y sabiduría de su Espíritu.

Es lo que hoy también nos está interrogando desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿Cuál es la verdadera fortaleza de nuestra vida? ¿Cuáles son los hondos y bien fundamentados cimientos sobre los que estamos edificando nuestra existencia? ¿Cuáles son las raíces profundas del árbol de nuestra vida para que se mantenga lozano pero también para que llegue a dar buenos frutos?

Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida’.

‘Cada árbol se conoce por su fruto’, ya nos había dicho anteriormente. Por eso nos preguntamos qué clase de árbol somos nosotros, donde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida. ¡Cuidado con nuestros vacíos y con nuestra infecundidad! Cultivemos con intensidad nuestro espíritu, podamos los ramajes infecundos, como nos enseña en otro lugar del evangelio.