Seamos
misioneros del evangelio de Jesús comprometidos con nuestra comunidad cristiana
en la tarea de la evangelización
Hechos 28, 16-20. 30-31; Salmo 10; Juan 21,
20-25
Cuando terminamos de leer un libro que quizás nos ha resultado
interesante, podemos hacer varias cosas con él y en consecuencia con nuestra
propia reacción ante su lectura; o bien lo damos por terminado y va a parar en
un estante de nuestra librería, o lo desechamos como vemos hoy tantos libros en
los contenedores de papel porque para nosotros ya no nos dice nada, o lo
dejamos en la mesa muy cerca de nosotros porque queremos repasar de vez en
cuando un capítulo o algunos párrafos que consideramos que nos pueden decir
mucho para nuestra vida.
¿Por qué digo esto? hoy en la lectura continuada de la Palabra de Dios
que hemos venido haciendo en este tiempo pascual, cuando llegamos precisamente
a su culminación mañana con la celebración de Pentecostés, hemos concluido el
relato de los Hechos de los Apóstoles y por otra parte el Evangelio de san
Juan. ¿Qué nos queda de todo esto que hemos venido escuchados? ¿Cerramos el
libro y lo dejamos para otra ocasión?
No es un libro cualquiera el que hemos venido escuchando; y digo
escuchando porque no es una simple lectura lo que hemos venido haciendo; la
Palabra de Dios no es un libro para simplemente leer; es Palabra viva que
tenemos que escuchar, por eso hemos de dejarle espacio abierto para que llegue
al corazón; no podemos andar con prevenciones que serían obstáculo para que
llegue al corazón cuando la damos por ya conocida como nos sucede tantas veces
en que ya no ponemos tanta atención para la novedad que tiene que significar
para nuestra vida; será una semilla que no llega a germinar – recordemos la parábola
del sembrador – y no podrá dar fruto.
Esa historia viva de la Iglesia primitiva, que no se encierra en si
misma, que siente la inquietud del mandato de Jesús de llevar la buena noticia
de la salvación hasta los confines de la tierra, esa inquietud del Pablo que
una vez que se ha encontrado con Cristo se hace misionero itinerante de la
Buena Noticia de Jesús, tiene que poner también inquietud en nuestro corazón.
¿En que nos parecemos a aquellas primeras comunidades? ¿Seremos en verdad
misioneros del evangelio de Jesús en el entorno donde hacemos nuestra vida? ¿En
qué medida nos sentimos comprometidos con nuestra comunidad cristiana para
ofrecer nuestros servicios y colaborar en esa tarea de la evangelización?
Por otra parte al finalizar el evangelio de Juan se nos deja un
comentario precioso y que viene a expresar la razón por lo que se ha escrito el
evangelio. ‘Este es el
discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos
que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se
escribieran una por una, pienso que ni el mundo podría contener los libros que
habría que escribir’.
El discípulo
que es testigo y da testimonio; el discípulo que tiene tantas cosas que
decirnos de Jesús, el discípulo que nos está invitando a que también nosotros
demos testimonio. Muchas cosas hemos sentido en nuestro corazón cuando hemos
dejado las puertas abiertas para que se plantara en él la Palabra de Dios; pero
eso no nos lo podemos guardar para nosotros mismos. Somos muy recatados para
compartir nuestras experiencias espirituales, pero tenemos que pensar que eso
que nos habrá ayudado tanto a nosotros puede ayudar también a los demás. Los discípulos
de Jesús en su ausencia no se quedaron simplemente recordando y reviviendo
aquello que había vivido con Jesús. Con la fuerza del Espíritu Santo que Jesús le
había prometido se abrieron sus puertas y ventanas para salirse de si mismos e
ir comunicar a los demás lo que ellos habían vivido. Mañana celebraremos
Pentecostés.
‘Este es
el discípulo que da testimonio’, que
nos decía el evangelio en referencia al evangelista Juan. ¿Seremos nosotros en
verdad el discípulo que sigue dando testimonio hoy?