Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy
Proverbios 30, 5-9; Salmo 118; Lucas 9, 1-6
En tus manos está, en tus manos lo dejo, decimos cuando queremos confiar a alguien la realización de algo que queremos importante, que no hemos de realizar por nosotros mismos, pero que ponemos toda nuestra confianza en alguien para que lo lleve a cabo. Confiamos en que es capaz, que tiene los medios o los conocimientos para realizarla, que tiene la autoridad quizás de una experiencia o también desde los valores y cualidades que posee y que estamos seguros de que podrá llevarla adelante.
Es lo que estamos viendo en este pasaje del evangelio; lo consideramos un momento clave e importante en que Jesús va, podríamos decirlo así, delegando en sus discípulos, a quienes como nos dice el evangelista les ha dado autoridad, para que sigan realizando su misión, el anuncio del evangelio con palabras y con signos. ‘En tus manos está, en tus manos lo dejo’, como decíamos al principio. Han de hacer el anuncio del Reino, han de mostrar los signos de que llega el Reino de Dios y los corazones han de cambiar. Por eso como dice el evangelista ‘les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades’ y terminará diciendo que ‘se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes’.
Y nos habla el evangelista de la disponibilidad que Jesús les pide, vacíos de sí mismos para que todo su apoyo y su confianza para la misión que han de realizar la pongan en Dios. ‘No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno’. No llevar nada para el camino significa no poner la confianza en las propias seguridades, medios o apoyos humanos, sino depender únicamente de la fuerza de la Palabra y de la providencia del Padre. La libertad interior del enviado nace de esta desnudez: quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino, como nos decía un teólogo de nuestro tiempo, Carlos María Martini.
Es necesario también una disponibilidad y una predisposición a ser acogedores pero también a ser acogidos, allí donde nos reciban. Es algo nuevo y distinto, es cercanía y es corazón; como les dirá Jesús en otro momento no pueden actuar a la manera de los jefes y poderosos de este mundo, porque la misión es la del servicio y para eso hay que ponerse a la altura de todos, también del más pequeño y del más bajo, porque en su Reino la grandeza está en el servir y en el hacerse el último de todos.
¿Será esta la imagen que damos los servidores del evangelio, la imagen que da la Iglesia hoy en medio del mundo que nos rodea? Tenemos, es cierto, que vivir en el mundo de hoy, con los medios de los que hoy disponemos, pero no tenemos que hacernos a la manera del mundo que nos rodea. Demasiadas veces cometemos el error de presentarnos con los parámetros del mundo y cuando llegan a confundirnos con las maneras de ser del mundo estamos perdiendo toda credibilidad. La Iglesia no puede ser nunca una sociedad a la manera de las sociedades del mundo. Otra tiene que ser la manera de ser ese rostro de Dios en medio de los que nos rodean.
Nuestra pobreza y nuestro espíritu de servicio tiene que ser la primera señal que demos, con esa cercanía a los demás estaremos diciendo cómo el Señor nos ama, nuestra fortaleza no tiene que estar en los medios o recursos humanos que utilicemos, porque nuestra fortaleza la tenemos en el Espíritu del Señor que tiene que llenar e inundar nuestra vida. El verdadero evangelizador tiene que revestirse desde lo más hondo de humanidad para poder mostrar esa ternura de Dios.
Y una cosa muy hermosa que está pidiendo Jesús a los que son sus enviados, han de ser sanadores de nuestro mundo. Nos hablaba de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba pero también de curar enfermos. No nos quedemos en el milagro por el milagro, porque tenemos una enfermedad de la que queremos ser curados, es una sanación mucho más profunda la que tenemos que realizar que va más allá de un cuerpo dolorido o impedido.
Las curaciones de los enfermos, es cierto, son signos que hemos de realizar, pero los signos nos hablan de algo más; hay dolor y sufrimiento que tenemos que curar, hay angustias en las que tenemos que poner serenidad, hay inquietudes en el corazón donde tenemos que orientar, hay oscuridades en la vida que tenemos que iluminar, hay muchos equívocos que tenemos que corregir, hay caminos que tenemos que enderezar, hay pobreza del corazón que tenemos que enriquecer, hay amor que tenemos que hacer florecer en tantos caminos llenos de odios y de insolidaridades, hay alegrías que tenemos que despertar en tantos corazones llenos de tristeza, hay un mundo nuevo que tenemos que sanar y reconstruir.
¿Estaremos siendo en verdad signos de esa nueva salud y salvación que Cristo viene a ofrecernos? En nuestras manos está, es nuestra responsabilidad y nuestra misión.