El sol brilla en lo alto para iluminar a todos sin diferencia ni distinción, yo soy nadie para ir poniendo una sombrilla en el camino para que mi amor no llegue a todos también
1 Corintios 8, 1b-7. 11-13; Salmo 138; Lucas 6, 27-38
¿Qué podemos decir para dar una explicación que sea más clara que las propias palabras del evangelio que hoy escuchamos? Creo que si nos pusiéramos a dar muchas explicaciones al final terminamos mancillando esta página y quizás haciéndole decir lo que no dice. Jesús nos habla con toda claridad. Pero la claridad está no sólo en sus palabras, porque de alguna manera tiene que expresarse sino en lo que es su propia vida. No nos enseña ni nos pide ninguna cosa que Él no haya vivido.
Por eso decimos siempre que el evangelio es Jesús; El mismo es esa buena noticia para nosotros porque en Él está reflejado todo lo que nosotros hemos de vivir cuando aceptamos su evangelio. No es aceptar palabras sino aceptarlo a Él. No podemos ver otra cosa, otro razonamiento sino su amor y nos toca entonces amar como Él nos ha amado. No olvidemos que es el modelo y el límite – pero no por abajo, sino por arriba – que nos pone cuando nos dice que tenemos que amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado. Y ahí se acabaron las medidas y los límites.
En el evangelio de Lucas estas palabras que hoy hemos escuchado vienen inmediatamente después de que nos propusiera las bienaventuranzas. Y quiero fijarme en una; cuando nos dice que seremos dichosos y bienaventurados cuando nos odien y nos insulten. Podríamos pensar que eso es algo bien difícil de hacer, porque encima de que estamos recibiendo odios e insultos, calumnias y acusaciones, violencias que nos dañan no solo por el maltrato físico que podamos recibir sino por la indignidad a la que nos someten, tengamos incluso entonces que sentirnos felices, decir que somos bienaventurados por eso, cuando parece que la reacción más espontánea sería otra.
Y ahí está la clave, no vamos a reaccionar como parece que espontáneamente tendríamos que hacerlo sino que como nos dirá hoy tenemos que ser capaces de poner la otra mejilla, tenemos que ser capaces de despojarnos de nuestro manto para compartirlo con aquel que nos lo quiere quitar, tenemos que ser capaces de prestar no porque luego nos lo vayan a devolver y con intereses sino sabiendo que no podrán nunca hacerlo porque no tienen con qué, tenemos que ser capaces no solo de poner buena cara cuando nos insulten sino también de rezar por esas personas pidiendo a Dios lo mejor para ellas. No es tarea fácil porque no es lo que espontáneamente haríamos, porque el cuerpo nos lo pide como solemos decir. Seremos dichosos y felices, nos decía la bienaventuranza cuando seamos así maltratados.
Es que la honda en la que nosotros entramos es otra. Nuestra sintonía tiene que ser la del amor; y cuando suena la sintonía del amor de Dios sonará para todos, porque en ese amor nadie se puede sentir excluido. Veamos el camino de Jesús porque es el rostro misericordioso de Dios nuestro Padre que ha sido ha querido encarnarse para estar en medio de nosotros.
¿Quiénes lo rodean porque realmente están comenzando a sentirse amados de verdad? Los pobres y los humildes, los que son sencillos y quieren ser limpios de corazón, los que sienten por otra parte los peores tormentos del corazón porque no solo por si mismos se sienten pecadores sino porque además son los despreciados de todos los que se consideran puros; acoge a la mujer pecadora y se siente a la mesa con los pecadores; le echarán en cara que acoge y come con los publicanos, pero también se ha sentado a la mesa de los fariseos que tienen aun más duro el corazón; en el camino de la cruz se dejará consolar hasta dejarse limpiar el rostro como un día en camino a la casa de Jairo dejará que una mujer impura toque su manto para ser curada; permitirá que lo crucifiquen entre dos ladrones porque está dispuesto a abrirle las puertas del paraíso aquella misma tarde tan pronto sienta el arrepentimiento en su corazón; mientras lo están cosiendo al madero todavía tendrá una súplica de perdón para quienes lo están haciendo disculpándolos incluso porque no saben lo que hacen.
¿Nos extraña, pues, que nos pida que amemos a nuestros enemigos y recemos por quienes nos afligen? El sol que brilla en lo alto y que a partir de su muerte en la cruz va a tener un nuevo resplandor lo hace sobre buenos y malos, sobre justos e injustos, ¿quiénes somos nosotros para ir poniendo sombrillas a nuestro paso para que no llegue nuestro amor también a todos? No es necesario decir mucho más sino escuchar directamente las palabras del evangelio.