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sábado, 14 de marzo de 2026

No nos justifican los cuadrantes rellenos de muchas cosas buenas que hayamos hecho sino por la humildad con que nos acercamos a Dios para empaparnos de su misericordia



 No nos justifican los cuadrantes rellenos de muchas cosas buenas que hayamos hecho sino por la humildad con que nos acercamos a Dios para empaparnos de su misericordia

Oseas 6, 1-6; Salmo 50; Lucas 18, 9-14

Yo soy bueno, pensamos o decimos algunas veces, yo soy muy cumplidor, yo no hago daño a nadie con lo que estoy haciendo, yo no soy como otros. Somos buenos, nos decimos, pero qué pronto aparece la autosuficiencia y comenzamos a compararnos y, como se suele decir, las comparaciones son odiosas, porque cuando hacemos comparación es para buscar diferencias, para sentirme con arrogancia que no soy como los otros, porque tenemos nuestras cualidades, porque nos creemos más listos, porque queremos mantener nuestras distancias; ya aparecen detalles que no son delicados, ya comienza la discriminación, ya comenzamos a subirnos en pedestales para no mezclarnos con cualquiera… y yo soy bueno.

Ha sido el primer pensamiento que me ha surgido, mirándome a mí mismo el primero, al escuchar el texto que nos ofrece hoy el evangelio. El evangelista al presentarnos este episodio parece que nos está haciendo una catequesis, porque fijándose en las actitudes que muchas veces mantenemos en la vida recuerda aquella parábola de Jesús, la de los dos hombres que subieron al templo a orar. Subieron, es cierto, a algo bueno, porque subieron para la oración para el encuentro con Dios, pero qué bagajes tan distintos llevaban el uno y el otro. La parábola habla de un fariseo y de un publicano.

Cuando hablamos del bagaje no se trata de lo que llevaban en los bolsillos sino de las actitudes que llevaban en el corazón. ¿El fariseo llevaba los bolsillos llenos? Llevaba el corazón recargado con mucha autosuficiencia; no era como los demás, se decía a sí mismo y con ello pretendía justificarse ante Dios; muchas cosas llevaba anotada en su libreta de cuentas como si fueran avales, era cumplidor, pagaba sus diezmos, hacía sus ayunos y hasta daba sus limosnas que bien se escuchaban sus monedas cuando caían en el arca del templo, no se metía con nadie porque muchas distancias iba poniendo en camino porque había que saber bien con quien se podía encontrar y no se mezclaba con cualquiera, ya se había puesto en el lugar que creía corresponderle allí en templo por delante de todos. Su corazón estaba endiosado, parece que no necesitara a Dios, sino que más bien Dios tenía que estar agradecido por todas las cosas que hacía. ¿Era una oración agradable al Señor?

Sin embargo el publicano se había quedado en un rincón escondido y no se atrevía ni a levantar los ojos. Simplemente reconoce que es un pecador. ¿Podrían acusarle de todo aquello que le atribuían a los publicanos y por lo que los consideraban pecadores en aquella sociedad de puritanos? A él lo que le importaba en aquel momento era cómo se sentía ante Dios y cuál sería la mirada de Dios para él en aquellos momentos que se sentía en su presencia. Solo repetía que era un pecador esperando alcanzar la misericordia del Señor.

Si en otra ocasión Jesús había dicho de la mujer pecadora que se había atrevido a acercarse a sus pies para lavárselos que se le perdonaban sus muchos pecados porque amaba mucho, era ahora la misericordia del Señor la que se derramaba sobre quien se sentía pecador para volver a su casa justificado, pero justificado no por sus obras sino por la misericordia del Señor que se había derramado sobre su corazón. Es lo que viene a expresarnos la parábola de Jesús. No nos justificamos por nosotros mismos, sino que es la misericordia del Señor la que nos justifica, la que derrama su gracia y su perdón, la que nos inunda con el amor de Dios cuando con humildad nos acercamos a El.

En este camino cuaresmal que estamos haciendo tenemos que aprender a buscar esa justificación no por los cuadrantes que llevemos en nuestras manos de todas las cosas buenas que hacemos, sino por la humildad con que nos presentamos a Dios para aprender de su misericordia y de su amor y renovada nuestra vida comencemos a actuar con la misma misericordia y amor compasivo con los demás. 




viernes, 13 de marzo de 2026

No nos preocupemos tanto de todos los mandamientos que hemos de cumplir sino del amor que dará sentido y valor a cuanto hacemos porque nos sentimos amados de Dios

 




No nos preocupemos tanto de todos los mandamientos que hemos de cumplir sino del amor que dará sentido y valor a cuanto hacemos porque nos sentimos amados de Dios

Oseas 14, 2-10; Salmo 80; Marcos 12, 28b-34

La vida está llena de normas, de reglamentos, de protocolos como dicen ahora, de preceptos y de leyes a las que tenemos que estar atentos en todo momento; por donde quiera que vayamos, por donde quiera que nos movamos tenemos que estar atentos a cómo hemos de circular por la vida, y cuando digo circular no me refiero a todas las normas y leyes de tráfico que hemos de tener en cuenta cuando nos ponemos en carretera, sino que serán las normas o estatutos para mantener una buena ciudadanía allá donde vivamos por ejemplo, serán la leyes fundamentales de un Estado o de una nación, o serán los reglamentos en cualquier sociedad o grupo al que deseemos pertenecer, serán las normas de buena convivencia en todo lo que sean nuestras relaciones sociales, hasta en la manera como hemos de sentarnos a la mesa para comer, por decir algo que nos puede parecer insulso pero que ahí está en nuestra vida social. ¿Qué es lo importante en todo eso? ¿A qué tenemos que hacerle caso o habrá algo que podamos dejar de cumplir?

Pero queremos quedarnos simplemente en todo lo que es ese entramado de nuestra vida social, sino que quizás tenemos que ir a algo más profundo con lo que vamos a manifestar nuestra identidad. ¿Pueden ser las normas éticas o morales a las que tenemos que atenernos para vivir todo lo que es la dignidad de la persona y la rectitud de una vida?

Me he entretenido en este preámbulo que nos puede valer también para plantearnos muchas cosas para entender la pregunta que aquel maestro de la ley le viene a hacer a Jesús, como escuchamos hoy en el evangelio. ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? Y entenderemos esta pregunta porque aparte de los mandamientos que vienen reflejados en los libros de la Ley, en el Pentateuco, que además se desarrolla en muchas cosas y detalles concretos que marcan la vida del pueblo de Dios, con el paso del tiempo desde la influencia de los diversos grupos religiosos los judíos se habían llenado de leyes y preceptos que al final incluso a los maestros de la ley les era difícil recordar y cumplir. De ahí la pregunta que la hace a Jesús, que podría ser también nuestra pregunta, que no en vano nos llenamos también de tantos cánones.

Podríamos decir que aquel maestro de la ley que le viene a preguntar a Jesús se debate entre la cantidad de leyes para saber qué es lo importante, pero la respuesta de Jesús podíamos decir que va por otro camino, aquello que verdaderamente va a dar calidad a la vida del hombre, a la vida del creyente. Por eso recordando literalmente Jesús lo que ya en el Pentateuco se decía nos lo viene a centrar todo en el amor. El amor a Dios sobre todas las cosas pero al mismo tiempo y con la misma intensidad el amor al prójimo.

No es algo para decir simplemente como aprendido de memoria, es algo que hemos de tener como el sentido de nuestra vida. De ahí podremos derivarlo luego todo, pero ahí tenemos que centrarlo todo. Porque además no parte del amor que nosotros podamos poner por nuestra parte, sino que siempre partirá del amor que Dios nos tiene. Con todo el corazón, con toda la fuerza de su Espíritu, con todo el pensamiento de Dios El nos ama. Porque Dios nunca  nos aparta de su pensamiento sabemos que nunca nos faltará su amor. Qué seguridad más grande sentimos en nuestro interior.

En esa onda nosotros hemos de entrar; y como el amor de Dios siendo muy personal y también muy directo a nuestra persona, a cada persona, porque nos ama como si fuéramos únicos, es también el amor que Dios tiene a todos y en consecuencia por ese camino nosotros también hemos de andar. Y ese amor vale más que todos los holocaustos y sacrificios, porque no son cosas lo que nosotros ofrecemos sino que nos ofrecemos a nosotros mismos, nos damos a nosotros mismos, porque eso es realmente el amor.

Si así estamos en el pensamiento de Dios que nos ama ¿también seremos capaces de tener en nuestro pensamiento a ese prójimo al que tenemos que amar? Ovala fuéramos capaces de hacerlo así, porque será la forma de comenzar a amar de verdad. Cuando te cueste amar a alguien ponla en tu pensamiento de la misma manera que Dios te tiene en su pensamiento.

jueves, 12 de marzo de 2026

Desterremos todo lo que sea negatividad de nuestra vida para saber valorar la luz y saberla encontrar, respeto a lo bueno de los demás, buen cimiento de un mundo mejor

 




Desterremos todo lo que sea negatividad de nuestra vida para saber valorar la luz y saberla encontrar, respeto a lo bueno de los demás, buen cimiento de un mundo mejor

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

Sucedía entonces y sigue sucediendo hoy. Cuando nos cegamos en nuestras ideas o en nuestra manera de ver las cosas, por eso mismo porque nos cegamos no seremos capaces de ver la luz que hay en los demás. Nos ciegan nuestros fanatismos cuando pensamos que no se pueden hacer las cosas sino como nosotros las hacemos porque nos creemos los únicos buenos y sabios; entonces todo lo que hagan los demás lo vemos desde ese filtro y entonces nada vale de lo que hagan los que no piensan como nosotros. Lo estamos viendo continuamente en todo el ámbito de la vida social y tenemos que decir también de la vida política.

¿Dónde encontraremos en alguien la sensatez suficiente para reconocer que su adversario hace cosas buenas y cosas que están bien? ¿Dónde están los que siguen construyendo con las mismas piedras buenas de sus adversarios aunque luego las podamos pulir según nuestro gusto? Hay una acritud muy dura en nuestra sociedad, unos orgullos que a nada bueno nos van a conducir.

Es lo que estaba sucediendo en este episodio que hoy se nos ofrece en el evangelio. Jesús curó a un sordomudo. Entendamos bien lo que nos habla el evangelio, porque en aquel momento la enfermedad o todo lo pusiera una limitación a la vida de las personas, ceguera, invalidez, ser sordomudo como en este caso, era considerada como un mal lo que venía a significar una posesión del maligno, por eso los llamaban endemoniados.  Jesús libera de su mal a aquel hombre y comenzó a hablar.

Podríamos pensar en la sorpresa y la admiración que tal hecho podía producir en los que lo contemplaban. Muchas veremos que la gente alaba al Señor que realiza tales maravillas. Pero es donde aparecen los malquerientes, los que no aceptaban a Jesús porque tampoco querían escuchar su mensaje del Reino de Dios. Y cuando estamos enconados con una cosa o con alguien todo lo que haga esa persona nos parece mal; es lo que tratan de decir aquellos opositores a Jesús. No lo está haciendo con el poder de Dios sino con el arte y poder del maligno. Tremenda incongruencia, podríamos decir, que el maligno se expulse a sí mismo de aquellos a los que tiene poseídos. Mira hasta donde somos capaces de llegar cuando estamos enfilados contra alguien.

¿Por qué nos dejamos absorber por tanta maldad? Nos creemos tan seguros que no nos damos cuenta de la debilidad que tenemos debajo de los pies. Nos cegamos, como decíamos antes, y ya no queremos ver los rastros de luz allí donde verdaderamente están. Y lo tremendo es que cuando nos envolvemos de esas malicias y de esos orgullos no nos damos cuenta de que esas actitudes negativas nos están socabando la tierra bajo nuestros pies y un día todo se nos vendrá abajo.

Además con esa negatividad en nuestras vida poco podremos construir que sea de provecho y tenga validez permanente. Es la superficialidad en la que vamos cayendo en la vida. Qué lástima como queremos ser constructores de una nueva sociedad pero lo hacemos desde los rencores y resentimientos, las envidias nos llevaran a querer destruirnos unos a otros, con esas heridas mal curadas en nuestro corazón no podrá aparecer una verdadera alegría y a pesar de las muchas músicas el alma está llena de tristezas, aunque decimos que queremos un mundo mejor no termina de aparecer la paz porque seguimos alimentando esas malquerencias en el corazón.

Jesús nos habla de aquel hombre que se creía fuerte e invencible pero que pronto todo se derrumbará y se le vendrá abajo, porque el maligno seguirá insuflando esos malos sentimientos en su corazón que todo lo destruirá. Qué necesaria esa actitud de vigilancia que hemos de mantener en nuestra vida, esa humildad para reconocer lo débiles que somos, y cómo tenemos que abrir nuestro corazón a la fortaleza del Espíritu para mantener esa rectitud en nuestras vidas, pero también para saber valorar cuanto de bueno hay también en los demás.

Es el sentido que hemos de darle a este camino cuaresmal que estamos haciendo para llegar a la Pascua.


miércoles, 11 de marzo de 2026

Los mandamientos, nuestra sabiduría e inteligencia, sendas de solidaridad, caminos de humanidad, principios de auténtica justicia, parámetros de autenticidad y sinceridad

 


Los mandamientos, nuestra sabiduría e inteligencia, sendas de solidaridad, caminos de humanidad, principios de auténtica justicia, parámetros de autenticidad y sinceridad

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

No sé por qué siempre tenemos en nuestra cabeza la idea de que nosotros hacemos las cosas mejor que los demás, que nuestra manera de hacer las cosas es mejor y estamos más acertados, y viene como consecuencia que en nuestro orgullo llegamos a ponernos por encima de toda norma o regla que nos impone la sociedad, por eso al final terminamos saltándonos todo mandato o mandamiento porque lo vemos obsoleto, una imposición que nos viene de atrás y nosotros lo haríamos mejor. Somos rebeldes y terminamos actuando de una forma anárquica y sin sentido.

Olvidamos el sentido, el valor y la sabiduría contenida en los mandamientos. Ahí, a pesar de esos devaneos medio anarquistas que nos aparecen algunas veces, en lo más hondo de nosotros mismos llevamos grabado lo que llamamos la ley natural que nos hace descubrir verdaderamente lo que es lo bueno y lo que es lo malo, a diferenciar el bien y el mal, a buscar la autenticidad de la vida y lo que nos conduce por caminos de rectitud. Nos podemos sentir influidos por el mal como una tentación, pero en la sinceridad de nuestro corazón sabemos cual es el verdadero camino, donde está la auténtica sabiduría de nuestra vida. Una sabiduría que se ve enriquecida en ese camino que juntos emprendemos y donde aportamos la sabiduría que cada uno llevamos en el corazón.

Sintiendo la revelación del misterio de Dios en nuestra vida llegamos entonces a descubrir lo que es la ley de Dios para nosotros y que no podemos descartar de ninguna manera ni por cualquier motivo, porque tiene una validez eterna y porque ahí se nos manifiesta lo que el Creador ha querido poner en nosotros para engrandecer nuestra dignidad.

Qué hermoso lo que hoy escuchamos en la Palabra de Dios y en primer lugar quiero fijarme en lo que nos dice el Deuteronomio. ‘Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño…  esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos…  dirán: Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación…’ Nuestra sabiduría y nuestra inteligencia, nos dice. Qué hermoso y qué orgulloso tendríamos que estar. Por eso terminaba diciéndonos: ‘ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas’.

Por eso Jesús nos dirá en el evangelio que ‘No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley… es lo que nos hará grandes en el Reino de los cielos’.

Corazón agradecido es lo que hemos de manifestar porque Dios así nos hace partícipes de su sabiduría divina que viene a engrandecer el corazón del hombre, nos hace encontrar y respetar nuestra verdadera dignidad. Es el camino de la auténtica felicidad del hombre, porque desde lo más hondo del corazón sentimos cómo hemos de amarnos  y respetarnos.

Es lo que buscan los mandamientos, trazarnos las sendas de la verdadera felicidad en ese respeto mutuo, en esa búsqueda del bien común, en ese saber valorarnos y en ese saber colaborar. Son sendas que nos hacen solidarios, caminos de humanidad, principios de una auténtica justicia, parámetros que nos hacen auténticos y sinceros, que nos alejan de la falsedad y del engaño, que evitan todo lo que pueda ser daño de la dignidad de toda persona, donde ponemos como centro y motivo el amor porque aprendemos del amor de Dios.

Arranquemos de nosotros esa autosuficiencia y ese orgullo que destruye la auténtica sabiduría de nuestro corazón. Tengamos la humildad de dejarnos guiar y conducir caminando por esas sendas iluminadas con la luz del Espíritu divino. Mucho tenemos que revisar en este camino cuaresmal y una cosa importante sería el ver cual es la valoración que nosotros hacemos en nuestra vida de los mandamientos del Señor. Tenemos que mirarnos con sinceridad para darnos cuenta de esa dejadez y superficialidad de la que tantas veces nos envolvemos. Pidamos al Espíritu divino que nos ilumine para saber valorar y llevar a la práctica de nuestra vida la sabiduría de los mandamientos del Señor.


martes, 10 de marzo de 2026

Aprendamos a saborear la misericordia de Dios que en su amor nos perdona, pero que de la misma manera seamos misericordiosos con los demás, muchas heridas que sanar

 


Aprendamos a saborear la misericordia de Dios que en su amor nos perdona, pero que de la misma manera seamos misericordiosos con los demás, muchas heridas que sanar

Daniel 3, 25. 34-43; Salmo 24; Mateo 18, 21-35

En nuestras relaciones sociales y en nuestras relaciones personales entre unos y otros hay algo que normalmente tenemos muy en cuenta es que si alguien ha actuado con generosidad con nosotros, porque nos ha liberado de algo, alguna deuda por ejemplo, o nos sacó en un apuro luego haya algo de lealtad en nuestra vida hacia esas personas y de alguna forma correspondamos; al menos evitaremos algo que les pudiera molestar o causar algún perjuicio porque de alguna forma les estamos agradecidos y no queremos olvidarlo.

Pero ¿sabremos valorar de igual manera la gracia y los beneficios que en la vida misma estamos recibiendo de Dios? Hay algo que tenemos que aprender a saborear, la misericordia que Dios tiene con nosotros cuando nos está ofreciendo continuamente su perdón. Pero algunas veces en nuestra manera de actuar es como si no lo hubiéramos saboreado debidamente. Es la ligereza con que vivimos nuestra vida y también nuestras relaciones con Dios.

Quizás nos damos cuenta de nuestros errores, porque ya incluso evitamos la palabra pecado, quizás los reconocemos y de alguna forma le pedimos perdón a Dios, pero ¿nos daremos cuenta lo que tiene que ver con todo esto el amor? No pensamos que nuestro pecado en fin de cuentas es una herida de amor, una herida al amor; nos ha faltado ese amor en nuestra vida y entra el pecado en nosotros, porque o hay un olvido de Dios, o perdemos la consideración que hemos de tener con los demás, y aparece el egoísmo, y el orgullo, y la falta de sinceridad, el mal que le hacemos a los demás, el trato injusto. Una herida al amor, como decíamos, y eso significa una ruptura con Dios y con lo que es hacer su voluntad. Y tenemos que llamarlo pecado.

Será desde ese amor cuando acudimos a Dios porque solo en el amor de Dios es donde podemos sanar esa herida de muerte en nosotros que es el pecado. Y como decíamos antes tenemos que aprender a saborear ese amor y esa misericordia de Dios que se nos manifiestan en su perdón.

Y esto es importante, porque eso tendrá también relación con los demás. Porque tenemos que entrar de nuevo en esa órbita del amor para una nueva relación con los demás, pero entrar en la órbita del amor significa entrar en una misma dinámica de misericordia como Dios ha tenido con nosotros. Y es de ese amor donde tiene que aparecer en nosotros esa capacidad de perdonar. Decimos que es difícil, pero ¿no será que no hemos terminado de entrar en esa dinámica de la misericordia? Desde esa ligereza con que andamos en la vida nos aparecerán todos esos límites que queremos poner para el perdón. Por eso las preguntas que nos hacemos tantas veces al estilo de la pregunta de Pedro  hoy en el evangelio.

Pero no solo tenemos el ejemplo de Jesús y podíamos pensar en muchos momentos, pero recordemos cómo desde la cruz está pidiendo perdón al Padre por aquellos que lo están crucificando; muchas veces al considerar esto quizás nos quedamos pensando en aquellos soldados que estaban cumpliendo unas órdenes que tenían que acatar. Pero, ¿quiénes eran realmente los que estaban crucificando a Jesús? Quienes lo habían entregado en manos de los gentiles, pensamos, y ya es admirable, pero y nosotros con nuestro pecado, ¿dónde nos quedamos?

Jesús  nos enseñó que en nuestra oración eso era algo que teníamos que tener también en cuenta. ¿Una petición nada más o una afirmación que hacemos de ese perdón que damos a los demás? ‘Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’, nos enseñó y decimos. Puede sonar a chantaje a la hora de pedir perdón a Dios, pero  ¿no tendría que ser compromiso por nuestra parte?

Ese tendría que ser un compromiso concreto de nuestra cuaresma, porque aún muchas heridas llevamos en el alma que tenemos que sanar.


lunes, 9 de marzo de 2026

Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades 2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30 Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar. En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos. Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El. Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco. Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida. ¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz. Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.

 


Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades

2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


domingo, 8 de marzo de 2026

Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, dejándonos sorprender por la presencia y la palabra de Jesús

 


Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, dejándonos sorprender por la presencia y la palabra de Jesús

Éxodo 17, 3-7; Salmo 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Siempre el evangelio, si lo escuchamos con la curiosidad de la fe dejando a un lado las viejas rutinas de lo que ya damos por sabido, será para nosotros una sorpresa apabullante, que de ninguna manera nos dejará indiferentes. Por eso es evangelio, noticia nueva siempre, noticia buena aunque en ocasiones nos desconcierte, noticia que nos abre horizontes de vida, noticia que nos hace sentir siempre la cercanía y el amor de Dios.

Si nos fijamos bien en este texto que llamamos de la samaritana que hoy se nos ofrece Jesús se nos presenta rompiendo todos nuestros moldes, nuestras rutinas, nuestras viejas costumbres, nuestra manera de actuar de siempre. Repito, por eso es evangelio.

Fijémonos, Jesús al ir de Judea, que parece ser el punto de partida, hasta Galilea hace un camino que no era el habitual, aunque fuera el más cercano, dada la malevolencia que había entre judíos y samaritanos, como se expresa en el mismo texto. Se detiene junto al pozo y estando en un lugar solitario porque los discípulos se  han ido al pueblo a buscar comida, se pone a hablar con una mujer; algo fuera de toda lógica y costumbre entre aquellos pueblos que no podían ponerse a hablar con una mujer en un lugar descampado como aquel; será ya anticipo de lo que vamos a ver continuamente en el evangelio en el que algunas mujeres le siguen de cerca. Pide agua a aquella mujer aunque luego sea El quien se ofrece a dar una mejor agua - y no importa que no tenga con que sacarla del pozo - que la de aquel pozo de Jacob que tanta importancia tenía para judíos y samaritanos. En las disputas entre judíos y samaritano sobre cual era el verdadero templo, Jesús propondrá una nueva forma de adoración a Dios, ‘en espíritu y verdad’. Aunque los discípulos le ofrecen la comida que han ido a buscar la rechaza porque Él hablará de otro alimento que será el que verdaderamente le mantendrá en aquella misión de ser el Mesías.

Es la nueva agua que calmará profundamente nuestra sed, porque eso es lo que Jesús quiere despertar en nosotros. Estamos bebiendo en la vida tantos sucedáneos de agua que al final terminarán dejándonos igual de sedientos porque en nada calman nuestra sed. Pensemos en qué es lo que buscamos en la vida, cuáles son nuestras auténticas prioridades, que cosas buscamos que nos den satisfacción, esa rutina de la vida en que nos cansamos aburridos de hacer lo mismo pero no somos capaces de romper esa espiral para buscar algo nuevo, esa superficialidad de nuestras vanidades que nos endiosan y nos hacen sentirnos por encima de todo y de todos, esa cerrazón de nuestros orgullos que crean abismos impenetrables, esas espinitas de las que nos vamos envolviendo en la vida que tan difícil nos hacen la convivencia con los demás.

¿Y eso es lo que nos hace feliz? ¿Ahí en verdad encontramos el sentido y el valor de la vida? Así caminos desorientados por la vida sin saber ni por donde vamos ni a dónde vamos, dando tumbos de un lado a otro, de una opinión a otra, de lo que nos dicen aquí o nos dicen allí sin saber a qué quedarnos; terminamos sin saber cual es el agua que va a calmar verdaderamente nuestra sed.

Y es que muchas veces no sabemos escuchar porque nos lo damos todo por sabido; nos falta encontrar esa verdadera sintonía  para escuchar aquello que eleve nuestra vida de verdad; por eso andamos ramplones, arrastrándonos en los mismos barros, dejándonos seducir por palabras engañosas, que parece que ya no estamos interesados en encontrar la auténtica verdad de nuestra vida, lo que nos dé auténtico sentido a nuestro vivir y a nuestro caminar, lo que verdaderamente nos eleve para encontrar lo que sería la auténtica grandeza de nuestra vida. No endurezcamos el corazón como si estuviéramos en Meribá o Masá en el desierto. Sintamos que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado.

Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, pero dejémonos sorprender por la presencia y por la palabra de Jesús. Seamos capaces de abrir nuestro corazón para reconocer nuestra realidad pero sobre todo para abrirnos a Dios, para escuchar a Jesús, para dejarnos sorprender por esa buena noticia que tiene para nosotros. Algo nuevo va suceder en nuestra vida, no lo dejemos pasar, no lo ignoremos, sintonicemos con la gracia de Dios, aprovechemos este camino cuaresmal que estamos haciendo, dejemos que la Palabra de Dios llegue de una forma viva a nosotros. Al final podremos ser con la Pascua ese hombre nuevo que Cristo quiere crear en nosotros.


sábado, 7 de marzo de 2026

Una buena noticia de salvación porque la misericordia del Señor es grande restituyendo en nosotros la dignidad de los hijos de Dios

 


Una buena noticia de salvación porque la misericordia del Señor es grande restituyendo en nosotros la dignidad de los hijos de Dios

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; 15, 1-3. 11-32

¿A quien no le ha sucedido que cuando comete un error, cuando hace algo que tiene conciencia de que está mal lo que en cierto modo siente es la cara que se le cae de vergüenza cuando tiene que presentarse ante los demás por lo que ha hecho y las represalias o castigos que pueda recibir? Somos humanos y no siempre sabemos valorar la exquisitez del perdón; somos humanos y de la misma manera que nos queda la cicatriz en el alma por aquello que alguien nos ha hecho y parece que siempre lo vamos a estar recordando manteniendo nuestras reticencias y de alguna manera buscando la revancha o el castigo que le podamos infligir a quien nos ha herido, así pensamos del sentido del perdón que podamos recibir.

El evangelio y toda la palabra de Dios que hoy se nos proclama vienen a desmontar esas ideas preconcebidas que nosotros podamos tener. Así nos lo decía el profeta Miqueas. ‘¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas…’ Es un texto, es cierto, del Antiguo Testamento, pero que resonancias nos trae de lo que Jesús nos viene a enseñar en el evangelio.

Hoy se nos presenta la parábola que llamamos habitualmente del ‘hijo pródigo’, aunque por una parte tendríamos que decir de los ‘dos hijos pródigos’ pues no solo hace referencia al que se fue de casa, sino que el otro aunque seguía viviendo bajo el mismo techo también era un ‘hijo pródigo’ bien alejado de su padre; sin embargo siempre al comentar esta parábola  decimos que más bien tendría que llamarse del ‘Padre misericordioso’ que es el verdadero protagonista de amor de la parábola.

Un reflejo por una parte de lo que es nuestra vida o de cómo termina cuando buscamos libertades que al final terminan esclavizándonos. Quería ser libre, liberarse de estar bajo el dominio, digamos así, de su padre, quería vivir la vida a su manera y al final sintió el peor vacío en sí mismo que jamás pudiera imaginar. Pero no solo el que marchó de casa, sino también en aquel que pareciendo sumiso sin embargo también tenía el corazón muy lejos de aquella misma casa y que sin embargo bien le costó reconocer.

Hay vacíos que cuando no sabemos llenar en la superficialidad de lo material o de los placeres al final nos hacen recapacitar y desear el camino donde podamos encontrar lo que de verdad llene nuestro espíritu. Era el recuerdo del hogar, de aquella vida que tanto le había costado aceptar y que le había llevado a tantas rupturas, era el deseo de volver a encontrarse bajo el paraguas del amor del padre, aunque sintiera que no lo mereciera, que las cosas no podían ser como antes, y que al menos deseaba un puesto, aunque fuera en el último lugar, de aquel hogar. ‘Trátame al menos como a uno de tus jornaleros’ era lo que quería pedir a su padre, pues no se consideraba digno de su perdón.

Aquí se nos está mostrando la maravilla del rostro de misericordia de nuestro Dios. ¿No nos había dicho Jesús en más de una ocasión que fuéramos compasivos y misericordiosos como lo es Dios siempre compasivo y misericordioso? Si el hijo que había marchado ahora daba pasos de vuelta a la casa del padre, era aquel padre el que salía corriendo a su encuentro para devolverle toda su condición de hijo amado. Revestido de nuevo con el traje de fiesta de los hijos, con anillo de la dignidad recuperada en sus manos y con nuevas sandalias en sus pies para no tener los mismos tropiezos era recibido con fiesta por su padre porque el hijo perdido se había encontrado y para él estaba preparado el gran banquete con el mejor ternero cebado.

Así es el corazón de Dios que sale a nuestro encuentro y nos busca como aquel padre con sus dos hijos pródigos. Y Dios nos dice que todo lo suyo es nuestro porque hemos recuperado la dignidad de hijos y si somos hijos somos herederos y coherederos de su gloria. Es el camino de dejarnos encontrar por la misericordia de Dios que hemos de saber emprender; pero es el camino del que también tenemos que saber ir dejando huellas porque con esa misma compasión y comprensión nosotros hemos de saber tratar a los demás. Es la confianza de sabernos perdonados pero es también la alegría que con que sabemos nosotros ofrecer el rico regalo de perdón a los demás.

¿Será esto una buena noticia de salvación para nosotros que hará nacer en nosotros una vida nueva?


viernes, 6 de marzo de 2026

No temamos sentirnos interpelados por la Palabra de Dios, aunque de momento nos haga sufrir en nuestra realidad, en Jesús encontraremos siempre la verdadera sanación de nuestras vidas

 


No temamos sentirnos interpelados por la Palabra de Dios, aunque de momento nos haga sufrir en nuestra realidad, en Jesús encontraremos siempre la verdadera sanación de nuestras vidas

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Salmo 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

‘¿Eso lo están diciendo por mi? Es la pregunta o la reacción cuando nos vemos aludidos quizás por un comentario que hace alguien en un momento determinado, que escuchamos directamente o quizás nos ha llegado a través de las insinuaciones de otras personas, por las palabras de un maestro o profesor que en su enseñanza utilizará imágenes y comparaciones para transmitirnos su mensaje, por algo que se plantea quizás en una reunión para tratar de resolver algunos problemas y donde con claridad quizás haya que afrontar situaciones o maneras de actuar a las que hay que dar alguna solución. Nuestra reacción puede ser diversa, desde el hacernos los tontos como si aquello no fuera con nosotros, o los resabios que nos surgen interiormente porque nos parece que no somos bien tratados o tratan de hacernos quedar mal, el rechazo y quizás el maquinar cómo podremos  ir contra aquellas personas. ¿Reconocer lo que eso que dicen nos vemos reflejados? Sería una buena señal de madurez, pero que no siempre sabemos afrontar.

Hoy Jesús emplea una parábola para tratar de que los judíos y en especial sus dirigentes se vean reflejados y que sea como una llamada de atención, una llamada a la conversión y a cambiar sus actitudes.

El dueño de la viña que la prepara de la mejor manera posible, poniendo incluso aquellos posibles medios que van a necesitar para hacerla producir de la mejor manera, pero que la arrienda a unos labradores para que la trabajen, le saquen frutos de los que él también como dueño ha de verse beneficiado dado todo lo que ha aportado. Vemos el desarrollo de la parábola y cómo aquellos viñadores acabaran sus frutos y no quieren rendir cuentas a nadie, es más, responderán con violencia.

Ya nos dice el evangelista que los fariseos, los escribas y los maestros de la ley que escuchan a Jesús sienten que habla con ellos. Es un reflejo de lo que ha sido la historia de la salvación reflejada en lo que ha sido la historia de Israel a lo largo de los tiempos. Pero ya vemos también su reacción. Tratarán de quitar de en medio a Jesús.

Pero no nos quedamos en lo antiguo, porque esto es Palabra de Dios hoy para nosotros. ¿Seremos capaces de vernos ahí reflejados también? Es algo que siempre nos cuesta; cuántas veces cuando escuchamos la Palabra de Dios en nuestra celebración y la explicación que nuestros pastores nos ofrecen también tenemos reacciones negativas. Queremos escuchar palabras edulcoradas pero nos hacemos sordos a la crudeza que muchas veces tiene la Palabra de Dios para nuestras vidas. Queremos palabras que nos adormezcan, no queremos escuchar ese grito de la Palabra de Dios que despierta nuestros corazones. Vamos poniendo filtros en nuestros oídos para escuchar aquello que nos arrulla y adormece y lo otro, lo que podría inquietarnos o hacer que nos hagamos preguntas en nuestro interior siempre queremos aplicarlo a los demás.

Y la Palabra de Dios es espada de doble filo que penetra hondo en nuestros corazones. Nos podemos sentir dañados cuando estás tocando las cicatrices de nuestras viejas heridas que no hemos sabido curar bien. Sintamos que si en ese primer momento de escucha nos sentimos impactados y nos puede producir heridas en nosotros, es porque hay algo que está enfermo en nosotros y tenemos que curar.

Agradezcamos que la Palabra de Dios nos interpele porque es señal de que en verdad estamos buscando un auténtico seguimiento de Jesús. Pero Jesús no viene para hacernos sufrir sino para liberarnos de todo sufrimiento, El quiere sanar nuestros corazones, poner vida nueva en nosotros aunque nos cueste arrancarnos de las viejas raíces del pecado que aún se mantienen en nuestro corazón; pero con Jesús nos sentiremos liberados, sanados, llenos de vida; su palabra siempre será una palabra de amor que nos llama y nos invita a ir hasta Él a pesar de nuestros agobios o de nuestras esclavitudes, en su amor siempre encontraremos la verdadera liberación.


jueves, 5 de marzo de 2026

Qué bellos van a ser los surcos que vayamos abriendo en el campo de la vida cuando ponemos cercanía y amistad porque en ellos florecerán las más hermosas flores

 


Qué bellos van a ser los surcos que vayamos abriendo en el campo de la vida cuando ponemos cercanía y amistad porque en ellos florecerán las más hermosas flores

Jeremías 17, 5-10; Salmo 1; Lucas 16, 19-31

Muchas veces en la vida vamos abriendo surcos a nuestro alrededor que podrían tener diverso valor para nosotros mismos y para cuantos conformamos este campo de la vida; me viene esta imagen pensando en el agricultor que labra la tierra y la prepara para sembrar en ella buena semilla de la que espera un día obtener buenos frutos; al labrar la tierra va abriendo esos surcos donde se ha de sembrar esa buena semilla, pero puede ser oportunidad para las malas hierbas, para los cardos o los espinos que en ella se aprovechen para hundir sus raíces haciendo de esa tierra un lugar inhóspito que además puede ahogar las plantas que podrían darnos ricos frutos.

Puede ser una imagen de lo que hacemos de nuestra vida; surcos que se vuelven abismos que en lugar de acercarnos nos alejan, terrenos que llenamos de abrojos por los que incluso sea difícil cruzar para acercarnos los unos a los otros. Depende de nuestras actitudes y posturas, depende de lo que con nuestra vida vamos haciendo cuando solo pensamos en nosotros mismos y pensamos que la presencia de los demás nos pudiera robar nuestra felicidad, por lo que preferimos ignorarlos, desentendernos de lo que es su vida o lo que puedan ser sus problemas; nos endiosamos a nosotros mismos pensando que somos los únicos o los reyes en torno a los que todos han de prestar su servilismo. Desgraciadamente hacemos mucho de eso en los caminos de la vida.

Hoy el evangelio nos ofrece una parábola donde contemplamos a quien hizo eso de su vida. Solo pensaba en su placer, en sus satisfacciones, en sus fiestas o en sus banquetes; alrededor de sí más que un surco creó un abismo que le hacía desentenderse de todo y de todos no siendo capaz de llegar a ver a quien estaba a su puerta. Pensaba que todo lo tenía y nada necesitaba hasta que se dio cuenta, aunque ya fuera tarde, que ese abismo que se había creado tenía valor de eternidad, esa vida aislada que había vivido ahora era abismo de soledad donde no podía encontrar ninguna satisfacción.

No había quien le refrescara la reseca lengua con un dedo mojado en agua, como él en el abismo que había creado en torno a si en vida no había sido capaz de tener la mínima compasión para quien sufría a su lado. Lo que sembramos es lo que luego recogeremos. Es lo que nos va describiendo la parábola.

Ahora quisiera prevenir a sus hermanos con fantasmales apariciones de muertos para que ellos no siguieran su mismo camino. Pero como le dice el patriarca Abrahán tienen a Moisés y a los profetas, que él tampoco había sabido escuchar, que entonces su vida hubiera sido distinta.

¿Cuáles son los surcos que nosotros hemos creado a nuestro alrededor? ¿Habremos sabido sembrar buenas semillas para obtener buenos frutos? La parábola nos está enseñando lo que tenemos que evitar y lo que tenemos que cuidar. Nunca esos surcos tienen que crearnos distancias sino más bien convertirse en caminos de acercamiento. Tenemos que saber abrir la puerta para salirnos de nosotros mismos, aunque nos creamos que en ese palacio insolidario estamos mejor, y bajar los escalones que nos llevan a la calle, que nos llevan a los caminos de la vida, allí donde todos podemos encontrarnos y escucharnos, allí donde no tengamos miedo de darnos la mano para caminar juntos, allí donde ofrecemos lo mejor de nosotros mismos no reservándonos nada de forma egoísta para nosotros solos, pero también donde sin temor de que no nos la vayan a dar pedir el agua de la presencia o de la palabra de quien nos acompaña en el camino.

No sentiremos la soledad porque siempre nos encontraremos la presencia, la comprensión, el buen ánimo de quienes caminan a nuestro lado y con nosotros también quieren compartir. Y sentiremos siempre que Dios camina a nuestro lado siendo nuestra verdadera fortaleza, viático y luz para nuestro camino, en Él ponemos toda nuestra confianza. Qué bellos van a ser entonces los surcos que vayamos abriendo en el campo de la vida porque en ellos florecerán las más hermosas flores.