la semilla de cada dia
Una semilla de la Palabra de Dios para cada día
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miércoles, 24 de junio de 2026
Sintamos igualmente que el Señor ha hecho también para nosotros gracia hoy en el nacimiento de Juan en el desierto de nuestro mundo
martes, 23 de junio de 2026
Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos
Una
camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de
plenitud, siendo felicidad para todos
2 Reyes, 19, 9-36; Salmo47; Mateo, 76.12-14
¿Es difícil ser bueno? Algunas veces
podemos tener esa sensación; queremos caminar con rectitud pero nos vemos atraídos
por tantas cosas en nuestro entorno que parece que al final no sabemos con qué
quedarnos. Queremos hacer el bien y nos parece que estamos haciendo el tonto
cuando vemos tanta malicia a nuestro alrededor y nos parece que solo tienen éxito
los que actúan con esa astucia y esa maldad. Nos vemos quizás burlados porque
somos buenos, porque hacemos el bien, porque somos generosos con los demás y
nos desprendemos de muchas cosas por compartir con los otros.
¿Qué hacemos? Entramos en esa senda que
contemplamos en nuestro entorno o intentamos caminar con esa rectitud que nos
hemos propuesto como meta de nuestra vida. Se nos hace difícil en ocasiones
pero tenemos que mirar a nuestra conciencia y pensar si vamos a enterrar o a
olvidar esos valores que sabemos que son los que nos van a dar verdadera
grandeza a nuestra vida.
Es el camino de fidelidad que hemos
emprendido y que tenemos que seguir. Como nos dice hoy Jesús en el evangelio no
podemos tirar esas perlas preciosas por los suelos o dejar que las hociquen los
cerdos. Como cristianos hemos emprendido un camino que nos ha abierto ante
nuestra vida el evangelio del Reino de Dios y eso es lo que queremos vivir.
Costará esfuerzo, afán de superación en cada paso que demos, ser capaces de
hacer oídos sordos a esos cantos de sirena que nos ofrecen tantas cosas pero
que sabemos que son vanidad y vacío, tendremos que saber negarnos muchas veces
a nosotros mismos esos caprichos que muchas veces nos aparecen pero bien
disimulados para llegarnos a confundirnos.
¿Qué es lo que de verdad deseamos de la
vida? ¿Seguir viviendo entre falsedades y apariencias? ¿Dejarnos engatusar por
esas vanidades que pronto nos daremos cuenta que nos van a llevar a un vacío de
nuestra existencia?
¿Qué pediremos que los demás puedan
ofrecernos y que en verdad enriquezcan nuestra vida? Seguro que no queremos ir
por ese camino de superficialidades; buscaremos respeto y comprensión, que
seamos capaces de ayudarnos y tendernos la mano para caminar juntos y superar así
las dificultades, una buena convivencia donde desde ese respeto sepamos
valorarnos los unos a los otros y tratemos de lograr una armonía en nuestras
relaciones. Parecen cosas muy elementales pero nos damos cuenta de que son una
buena base para hacer que nuestra sociedad sea mejor.
Como nos dice hoy Jesús en el evangelio
‘todo lo que deseáis que los demás hagan con nosotros, hacedlo vosotros con
ellos’. Es el camino del amor que Jesús nos traza en el evangelio, un amor
generoso y que siempre será creativo, un amor que nos lleva a la búsqueda de lo
mejor que nosotros podamos ofrecer por ellos, un amor que no está esperando a
que nos amen para nosotros comenzar a amar sino que siempre tomará la
iniciativa, aunque nada haya recibido ni nada sea luego lo que nos vayan a ofrecer.
El amor que nos enseña Jesús en el evangelio es de gran altura y profundidad.
Nosotros en nuestro amor a quien estamos imitando es a Jesús que por nosotros
se entregó. Nos enseñará a amar, no de cualquier manera, sino como El nos ha
amado. Es la maravilla del amor cristiano que se hace también comprensión y
perdón y que eleva nuestro espíritu a alturas sobrenaturales.
Como decíamos el camino algunas veces
se nos hace estrecho, pero sabemos que es el camino cierto que nos lleva a la
plenitud.
lunes, 22 de junio de 2026
Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo
Es el
amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a
poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo
2 Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Salmo 59; Mateo
7, 1-5
Decía san Agustín ‘si corriges,
hazlo con amor; y si perdonas, hazlo con amor’. Una hermosa sentencia que
tendríamos que recordar al albur de lo que nos está diciendo hoy Jesús en el
evangelio. Si lo haces así habrás aprendido a hacerlo con humildad.
Vamos demasiado de autosuficientes y de
maestros por la vida. Somos los que nos lo sabemos todo y lo que todo lo
hacemos bien. Que nadie nos diga nada. Porque ya estaremos preparados con la
regla en alto para humillar a quien trate de decirnos algo en contra de
nuestras opiniones. Cuando empleo esta expresión de la regla en algo lo hago
recordando aquellos tiempos en que el maestro quizás corregía más con la regla
que con las palabras de convencimiento para hacernos ver nuestro error. Hoy la
regla es la descalificación, es el tener en cuenta la lista de errores que tú
en otro momento hayas podido cometer para ahora echártelo en cara y hacerte
perder autoridad para lo que tratas de decirle buenamente, son las palabras
hirientes que quieren hacer creer como un tonto que nada sabes ni nada puedes
decir, es el querer imponer mis criterios porque tú ya estás trasnochado. De
cuántas cosas nos valemos para aceptar una corrección.
Que la corrección nunca sea un juicio
condenatorio porque se volverá contra nosotros por nuestra falta de humildad.
Nos habla Jesús de la paja en el ojo ajeno que queremos retirar mientras
tenemos una viga en el nuestro. Qué importante es que nos miremos a nosotros
mismos primero en toda su crudeza, pero comenzaremos a ser más humildes y a
tener mayor delicadeza cuando vamos a ayudar a los demás.
Jesús nos está planteando en el sermón
del monte que venimos escuchando en el evangelio ese sentido nuevo de nuestras
relaciones mutuas cuando nos está dando las características del Reino de Dios
que anuncia. Un mundo nuevo de fraternidad cuyos lazos son los del amor de
hermanos. Los hermanos no se imponen los unos a los otros, los hermanos saben
caminar juntos y a la par, los hermanos se respetan y valoran cada uno en sus
valores y capacidades sabiendo ocupar cada uno su lugar, los hermanos se ayudan
a salir de los atolladeros de la vida con los menos daños y consecuencias, los
hermanos no humillan ni discriminan.
Son características muy valiosas en
nuestras mutuas relaciones y que van a contracorriente de un mundo de
prepotencias y discriminaciones, de manipulación y dominio de la manera que sea
de los unos sobre los otros, de desconfianzas y zancadillas porque siempre
queremos prevalecer y quitamos de en medio a quien nos pudiera hacer sombra. Y
nos cuesta remar a contracorriente pero nosotros tenemos unos valores que son
los realmente van a dar grandeza a nuestra vida. Hoy se habla mucho de dignidad
y de derechos humanos pero seguimos poniendo barreras en el camino de la vida
difíciles de sortear para muchos porque siempre trataremos de arrimar el ascua
a nuestra sardina.
Tendrá que ser siempre la humildad y la
sencillez los que guíen nuestros pasos, moderen nuestros gestos y llenen de
delicadeza nuestro trato con los demás. Será ahí donde estaremos manifestando
nuestra verdadera grandeza; como nos dirá Jesús en otro momento del evangelio
será el más importante el que sea capaz de ser más servidor. Por eso nos dirá
que quien quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos. Y
ahí tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar los que nos decimos
seguidores de Jesús. Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de
nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá
hacer nacer un mundo nuevo.
domingo, 21 de junio de 2026
Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?
Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?
Jeremías 20, 10-13; Salmo 68; Romanos 5, 12-15; Mateo 10, 26-33
Cuando estamos convencidos de algo lo defenderemos a capa y espada – es una forma de decir – porque nada ni nadie nos puede quitar ese convencimiento. Encontraremos razones y motivos que den fuerza a nuestras palabras, nos valdremos de todos los argumentos, pero defenderemos esa verdad. Experiencias tenemos en personas que nos rodean, capaces de darlo todo por ese convencimiento, y quizás en más de una ocasión nos habremos visto así defendiendo nuestra verdad.
Sin embargo nos queda por dentro una duda o una pregunta, ¿tendremos esos convencimientos tan fuertes? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? ¿Y si se ponen en peligro aquellas cosas que poseemos o acaso hasta se pudiera llegar a poner en peligro nuestra vida? ¿Mostraremos así con valentía nuestro convencimiento?
Pareciera que yo pongo duda incluso a esas afirmaciones un tanto categóricas con las que he comenzado esta reflexión. Pero me remito a lo que es nuestra vida, a nuestras actitudes y a nuestros valores, porque quizás muchas veces nos dejamos arrastrar, nos cuesta ir a contracorriente, si todo el mundo vive así, ¿por qué yo voy a ser distinto? Son quizás tentaciones que nos acechan.
Y podemos pensar en la rectitud de nuestra vida como podemos estar pensando también en lo que es el mundo de nuestros negocios, de nuestras ganancias y de lo que no queremos que sean perdidas, de nuestros principios morales, y por supuesto tendríamos que estar pensando en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana desde los valores del Evangelio que Jesús nos propone para vivir el Reino de Dios. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?
Porque nos entran los miedos cuando vemos que el mundo que nos rodea pasa de religión, del evangelio, de los valores cristianos, que no todo el mundo piensa lo mismo, que muchos incluso nos van a la contra y estarán incluso sacando a flote de manera interesada nuestras debilidades para desprestigiarnos, para quitarle valor a nuestro anuncio, para seguir queriendo sostener nuestra sociedad sobre unos valores bien distantes de los que nosotros queremos proclamar desde el evangelio. Y nos cuesta nadar a contracorriente frente a ese mundo para proclamar con valentía nuestros valores para la construcción de nuestra sociedad.
Nos sentimos débiles en muchas ocasiones e inseguros porque también poco nos hemos preocupado por fundamentar bien nuestra fe, por vivir unas intensas experiencias de Dios que nos llenen de fortaleza, porque parece que nos faltan argumentos, pero lo que realmente nos falta es confianza en la palabra de Jesús que nos promete la asistencia de su Espíritu. Y vamos entonces queriendo compaginar todo para no enfrentarnos con los que nos presentan otra manera de sentir y de vivir, y nos hacemos cobardes y timoratos. En este corto texto del evangelio por tres veces nos dice Jesús que no tengamos miedo.
En la primera lectura hemos escuchado las consideraciones que se hace el profeta Jeremías que se ve acosado por todas partes, pero como finalmente terminó confesando ‘el Señor es mi fuerte defensor…’ Se siente fuerte y no se amilana, no se cruza de brazos, sigue proclamando con valentía su misión profética, aunque encuentre el rechazo de los que están a su alrededor.
Es a lo que nos está invitando Jesús, pero también nosotros tenemos en muchas ocasiones la tentación de buscar nuestros refugios, de hacernos nuestras rebajas a la hora de compromiso para quedarnos tranquilos y no se tan estridentes frente a nuestra sociedad; pero Jesús nos dice que lo que nos dice en secreto tenemos que proclamarlo desde la azotea.
¿Nos refugiamos quizás en rezos y en un cristianismo muy encerrado en el culto y en las devociones pero con poca trascendencia en todo lo que es la vida social del entorno en el que vivimos? Un cristianismo muchas veces meramente sociológico apoyado en tradiciones o costumbres ancestrales, que se puede manifestar en expresiones artísticas, hemos de reconocer, de indudable valor, pero que finalmente terminamos convirtiendo en fiesta de interés ‘turistico’ para que vengan a visitar nuestro pueblo.
¿Qué estamos haciendo de nuestra religiosidad? ¿Qué estamos haciendo del evangelio que vivieron y nos trasmitieron esos santos a los que ahora celebramos con nuestras romerías? ¿Qué tendrá que ver todo eso con un auténtico evangelio?
Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por Él ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio? ¿Cuáles tendrían que ser las actitudes, las posturas, los compromisos con los que un cristiano hoy tiene que anunciar a Jesús? Son preguntas serias que nos tenemos que hacer y busquemos respuestas en el evangelio.
Más tendríamos que hacer los cristianos un camino sinodal en el que juntos reflexionemos el Evangelio para encontrar el mejor modo de hacer el anuncio hoy ante nuestro mundo. Confieso que a mi también me cuesta.
sábado, 20 de junio de 2026
Busquemos lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón
Busquemos lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón
2 Crónicas 24, 17-25; Salmo 88; Mateo 6,24-34
Está bien y bonito eso que desde hace unos años hemos acuñado como la sociedad del bienestar; es humano, ¿por qué no decirlo?, que queramos vivir bien, ser cada día más felices, alejar de nosotros preocupaciones y sufrimientos y por supuesto todos hemos de luchar por una vida más digna cada día; son nuestros sueños y nuestros anhelos, porque además Dios nos quiere felices, y la persona cada día ha de ir superándose cada vez más por tener un mejor nivel de vida.
Decíamos que está bien y es bonito y no nos desdecimos de ello, pero también hemos de reconocer que se puede convertir en una trampa; no vamos a alcanzar todos igual nivel, ni quizás el nivel que esperamos, porque la vida se pone difícil, porque algunas veces quizás nos faltan oportunidades, porque tampoco sabemos buscar lo que realmente es importante, y vienen los fracasos y las decepciones, o vienen de nuevo los agobios porque siempre queremos tener más, y podemos terminar esclavizándonos de esos mismos agobios.
Hoy nos quiere hacer pensar Jesús. Parece que rompe todos nuestros esquemas. Pero es algo distinto lo que Jesús nos propone. No nos habla de que no busquemos una vida digna, ni que no utilicemos los medios humanos a nuestro alcance para seguir avanzando y creciendo en la vida; El nos ha hecho responsables precisamente de esa vida que ha puesto en nuestras manos y ya desde aquella primera página de la vida nos decía que creciéramos y nos multiplicáramos, pero lo que no quiere es que convirtamos en dioses de nuestra vida eso material que está al alcance de nuestras manos.
Por eso ha comenzado diciéndonos hoy que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero. Ya en otros momentos nos ha hablado de esa codicia que algunas veces esclaviza nuestro corazón de manera que nos parece que teniendo de todo ya somos felices de verdad. ¿Recordamos la parábola del que cogió grandes cosechas, amplió sus lagares y bodegas y se decía que ya podía vivir feliz porque tenía de todo?
Hoy quiere hacernos pensar que hay bellezas que tienen que envolver nuestra vida que no conseguimos desde la adquisición de cosas materiales. ¿No es bella una flor que llena de colorido nuestros campos y nos envuelve con su perfume? El afán por llenar nuestro estómago no tiene que hacer perder de vista otras cosas que en la vida nos dan más satisfacción. Los pajarillos del cielo son alimentados por el Creador de manera que ni uno solo se pierde sin que lo quiera Dios. En el aire se sostienen y nos alegran la vida con sus trinos posados en las ramas de nuestros árboles.
¿Qué es lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón? Hay tantas cosas que hemos de cuidar en nuestro paso por la vida, que hemos de vivir con gran responsabilidad, que nos tiene que hacer mirar a los otros de forma distinta y hacerles agradable la vida. Son cosas que no se pagan con dinero, son cosas que nos salen del alma desde la sencillez y la humildad y alegran de verdad nuestro corazón.
Hoy Jesús está queriendo enseñarnos a que pongamos toda nuestra confianza en Dios que es nuestro Padre que nos ama. ¿Y qué padre no quiere el bien de sus hijos? Por eso nunca tenemos que sentirnos abandonados; podrán venir vendavales en la vida y tormentas que nos amenazan con perder la paz, pues puestos en las manos de Dios nos sentimos seguros, no nos faltará esa paz y esa alegría interior sea cual sea la situación por la que pasemos.
Busquemos, pues, no lo que llene nuestros bolsillos, sino lo que llene el corazón; sepamos repartir ternura a nuestro paso y con nuestros gestos hagamos más agradable la vida de los que nos rodean. Es el Reino de Dios al que Jesús nos llama, el Reino de Dios que hemos de construir, el Reino de Dios que se va a manifestar en una nueva armonía y paz entre todos porque va a resplandecer de verdad el amor. En Dios confiamos para poder vivirlo. Es mucho más que una sociedad del bienestar, pero estaremos construyendo un mundo que ha encontrado la felicidad verdadera.
viernes, 19 de junio de 2026
Pongamos un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo
Pongamos
un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se
nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo
2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Salmo 131; Mateo 6,
19-23
¿Cuál es la luz que de verdad ilumina
tu vida? No vamos a responder de forma teórica pensando ya de antemano a lo que
nos quiere llevar el mensaje del evangelio de hoy. Vamos a responder desde lo
que es la cruda realidad de nuestra vida, a hacerlo con sinceridad. Es como
preguntarse seriamente, en lo que es la práctica de nuestra vida ordinaria de
cada día, lo que realmente es importante para mi, por lo que sería capaz de
darlo todo, seriamente, los intereses que tengo en la vida.
Ya terminaba Jesús el texto que hoy se
nos ha propuesto diciéndonos unas palabras que van mucho más allá de lo que
literalmente nos dicen porque de alguna manera sienta unos principios de
pensamiento. ‘La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu
cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará
a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la
oscuridad!’ No es referencia a enfermedades del cuerpo o de los ojos sino
algo así como suele decirse que veremos según el color del cristal con que se
mira. Y en esos filtros que ponemos es donde encontramos la respuesta.
Actuamos según esos intereses que
tenemos y no podemos negar que lo material o lo sensual son lentes de enfoque
habituales en nuestra vida. Queremos tener y queremos pasarlo bien, que
tengamos de todo y de todo podamos disfrutar; por ahí andan nuestros esfuerzos
y hasta nuestras luchas porque pronto aparecerán nuestras ambiciones y nuestras
envidias, que irán corroyendo la base de nuestra vida entrando en un estado de
corrupción de nuestro espíritu; es más, como el espíritu no lo tenemos en
cuenta aquello que no se usa al final termina atrofiándose y muriendo por
inacción. Algo que nos está sucediendo, que se van perdiendo todos esos valores
espirituales y nos vamos embruteciendo en lo material y en lo caduco.
¿Dónde tenemos puesto nuestro corazón?
¿Cuáles son, entonces, nuestros tesoros? Con aquello de que hemos creado todo
un mundo económico para ese necesario intercambio entre unos y otros para luego
poder obtener aquello que básicamente necesitamos para nuestra vida, hemos
terminado convirtiendo esa posesión de lo material en lo que parece que es el único
objetivo de nuestra vida. Nos creamos unos dioses para depender de ellos en
esos bienes materiales. Seremos tan avaros en la posesión de lo material que
por una parte nos quitarán la verdadera libertad interior y por otra no seremos
capaces ni de utilizarlos para mejorar nuestra vida. La avaricia nos hará mirar
solo el brillo del oro pero no sabremos utilizarlo para buscar camino de una
mayor dignidad en nuestra vida. El ojo enfermo que no nos permitirá ver la luz.
‘No atesoréis para vosotros tesoros
en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren
boquetes y los roban’, nos dice Jesús. Es lo caduco y lo efímero que tan
fácilmente podemos perder. Y no solo es porque en lo efímeros que son pronto se
pueden acabar, o por la ambición codiciosa de otros los podemos perder porque
nos los roban, sino que somos nosotros mismos los que estaremos perdiendo la
verdadera grandeza de nuestra vida.
Pensando que solo lo material nos da
felicidad nos olvidamos de disfrutar de la presencia de los demás, disfrutar de
la amistad y la compañía de los amigos y de los que te quieren, disfrutar del
buen corazón que se vuelve generoso, sentirte en verdad satisfecho cuando haces
el bien a los demás, gozarte en lo que es la sinceridad de la vida, elevar
nuestro espíritu para disfrutar de lo espiritual y poder entrar en la sintonía
divina que nos envuelve con su amor.
‘Haceos tesoros allí donde no hay
polilla ni carcoma que los corroan, ni ladrones que abran boquetes y roben.
Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón’. ¿Entraremos en esa nueva sintonía de la vida?
¿Sabremos poner un hermoso filtro en nuestros ojos para ver la vida de una
manera distinta? Que no se nos atrofie nuestro espíritu, que seamos capaces de
crecer desde lo más hondo.
jueves, 18 de junio de 2026
Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre
Jesús
con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos
hijos amados del Padre
Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6,
7-15
Aunque nos decimos muy libres y
autosuficientes, que sabemos hacer las cosas por nosotros mismos y tenemos
nuestras maneras, sin embargo en el fondo nos gustan las fórmulas; ¿cómo
tenemos que hacer eso?, nos preguntamos muchas veces y estamos esperando que
nos den detalladamente los pasos que tenemos que dar, para todo tenemos
protocolos de cómo hay que hacer las cosas reglamentándonos según las
situaciones en que nos encontremos lo que tenemos que hacer. Mira por donde
hasta en nuestra relación con Dios queremos tener unas formulas, unas palabras
que simplemente repitiéndolas decimos que estamos orando, que estamos hablando
con Dios.
¿Será eso lo que en alguna ocasión le
pedían los discípulos a Jesús cuando le pedían que les enseñara a orar, como
hacían también los fariseos con sus seguidores? Los discípulos contemplaban la oración
de Jesús, en alguna ocasión con el Tabor le verán incluso transfigurarse cuando
está en oración, y querían orar como Jesús y parece que no terminaban de
encontrar el camino. ¿No nos sucederá de alguna manera a nosotros también?
Es la respuesta que nos da Jesús hoy en
el evangelio, nos enseña lo que tiene que ser nuestra oración, que no puede ser
una formula aunque en eso la hemos convertido. Tenemos que entender muy bien lo
que Jesús nos está diciendo, porque más que una fórmula que repitamos nos está
enseñando una manera de sentirnos con Dios, nos está revelando una forma de
vivir nuestra relación con Dios.
No es tanto lo que nosotros queramos
decirle a Dios; como nos dice que nuestro Padre sabe lo que nos hace falta
antes de que se lo pidamos. Convertimos nuestra oración en muchas palabras que
decimos o una lista de peticiones que traemos previamente preparada. Muchas
veces decimos que antes que eso nosotros tenemos que aprender a escuchar a
Dios, es cierto, pero es mucho más lo que tiene que ser nuestro encuentro con El;
es sentirnos envueltos en su amor porque somos sus hijos y nos ama; por eso la
primera palabra, el primer sentimiento que expresamos es llamarle Padre; y
cuando digamos o sintamos eso de verdad todo se transformara en ese momento en
nuestra vida.
Nos sentimos hijos amados de Dios y en
El nos sentimos santificados; nos sentimos hijos amados de Dios y a partir de
ese momento todo tiene que ser distinto en nuestra vida. Es lo que se va
expresando en esas palabras de Jesús cuando nos enseña a orar. Pero quizás
nosotros nos contentamos con repetirlas, muchas veces a la carrera, y no
saboreando todo lo que es ese amor que Dios nos tiene a partir del cual nos
sentimos transformados.
Claro que queremos hacer su voluntad,
que queremos sentir que es el único Señor de nuestra vida, que nos sentimos
perdonados entrando también nosotros en ese órbita del perdón para los demás,
claro que nos sentimos fortalecidos con su presencia y ya nada tememos porque
El está con nosotros. Pero no se puede quedar en palabras que repetimos una y
otra vez pero tras las cuales al final nos sentimos igual que siempre y nuestra
vida no se siente transformada.
Qué lástima que nuestra oración la
hayamos convertido en un recitar palabras por las que pasamos sin que en verdad
lleguen a lo hondo de nuestra vida; y nos sucede en nuestra oración personal o
nos sucede en nuestras celebraciones, que terminan siendo frías y rutinarias
que tenemos que terminar en un tiempo determinado para no cansarnos. ¿Es que se
puede uno cansar cuando está viviendo la experiencia de sentirse amado por
Dios? ¿Por qué tenemos que estar pensando en lo que luego tenemos que hacer
pero no vivimos hondamente ese momento en que nos sentimos de manera especial
en la presencia de quien sabemos que nos ama?
No una nueva fórmula sino una nueva
forma de vivir nuestra oración es lo que necesitamos. No es fácil pero tenemos
que dar pasos para que sea así.
miércoles, 17 de junio de 2026
Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos
Todo
en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará
sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos
2Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6.
16-18
No eches a perder aquello que haces
poniéndole demasiados galones, tantos que no se va a valorar lo que tú has sido
capaz de realizar por ti mismo, por lo que tú eres y sabes hacer, sino que esos
adornos externos realmente lo van a ocultar.
Para que quede bonito, decimos, y lo que estamos haciendo es
desvirtuándolo.
Así nos puede suceder en muchas
situaciones de la vida, por eso hemos de cuidar la autenticidad de lo que
hacemos, que eres tú mismo en tu interior el que tienes que saber darle valor.
Cuando ponemos otras intenciones y quiere aparecer el lucimiento realmente
hemos desvalorado lo que en principio con nuestra buena voluntad habíamos
querido hacer. No busquemos las alabanzas externas sino mejor lo que tú en tu
interior sientas. De eso nos está previniendo Jesús.
Nos habla hoy de tres momentos o de
tres situaciones, en este caso concreto, en referencia a nuestra religiosidad,
pero que lo podríamos ampliar a todo lo bueno que podamos hacer en la vida. La
apariencia y la vanidad están reñidas con la autenticidad, porque cuando
hacemos las cosas buscando esa alabanza de los demás, aparte de nuestra vanidad
le añadimos más cosas para que tengan brillo que encandile a los demás, lo que
empañará el auténtico brillo que debería tener y ya ha perdido su autenticidad.
Jesús parte siempre de cosas concretas,
señala situaciones que observa en su entorno, nos da pautas para nuestra
autenticidad, pero quiere que evitemos las vanidades que podamos contemplar en
otros que quieran presentarse como modelos para nuestra vida. Seré modelo
auténtico si actúo desde mi mismo en lo que soy y en lo que vivo en lo más
profundo de mi, no porque así quiera presentarme ante los demás como su yo
estuviera en un estadio superior al que tienen que aspirar los que me rodean.
Hemos de reconocer que somos débiles y a pesar de nuestra buena voluntad y de
nuestro esfuerzo en ocasiones pueda ser que no aparezca tan perfecto para los
demás. Hemos de pasar por el camino de la humildad, de reconocer lo que somos,
lo que somos capaces de hacer, pero también de las limitaciones que envuelven
nuestra vida.
Nos habla Jesús de la limosna, de la oración
y del ayuno. Nos está pidiendo autenticidad, no apariencia. Ya en otro momento
nos dirá que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, luego no podemos
ir tocando campanillas por delante nuestro cuando vamos a compartir con los
demás. La discreción hará valiosa tu generosidad pero además no humillará a
quien recibe lo que compartamos.
Y al hablarnos de la oración nos dice
que vayamos al lugar escondido. Recordamos la parábola que un día nos propondrá
de los dos que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano. Rezar en lo
escondido significa la interioridad que hemos de darle a nuestra oración, que
no es cuestión de muchos rezos, como nos dice, no hacen falta muchas palabras;
la oración es vivir un encuentro de amor. Es por donde tenemos que comenzar y
lo que tiene que ser el meollo de nuestra oración; nos sentimos amados y nos
dejamos inundar por el amor, y para eso no hacen falta muchas palabras, lo
importante es vivir, es sentir en el corazón, es entrar en esa sintonía de amor
que será escuchar y saborear todo ese amor que sentimos. Cuanto tendríamos que
decir, cuanto tendríamos que reflexionar, cuanto tendríamos que mirar nuestra
forma de orar.
Es el sentido de autenticidad que hemos
de darle a nuestros ayunos. ¿Es la ofrenda de un sacrificio? Pero tiene que ser
algo salido de verdad del corazón. Lo importante no es la apariencia que
podamos manifestar exteriormente, sino ese control de nuestra vida que podemos
aprender a hacer desde lo más hondo de nuestro corazón. No son ofrendas o
sacrificios de cosas lo que le agrada al Señor, sino ese corazón contrito, ese corazón
humilde que reconoce cuanto tiene que transformar en si mismo en ese camino de
ascensión y superación que tiene que ser su vida.
Aprenderemos a decir no, no para
machacarnos en el sufrimiento, sino como un aprendizaje de liberación; no nos
ata nuestro capricho, no se nos impone nuestro egoísmo, no nos dejamos
arrastrar por nuestro amor propio, no queremos que prevalezca nuestra vanidad
que nos hace orgullosos y soberbios, no dejamos que se impongan sobre nosotros
las pasiones, no nos queremos dejar arrastrar por el ambiente que nos rodea, y
para eso tenemos que aprender a decir no; el ayuno no es en sí una limitación
del alimento por si mismo, sino que el ayuno tiene que pasar por todas esas
cosas de las que no nos queremos dejar dominar en la vida. No es apariencia ni
se queda en gestos externos, pasa por la transformación de nuestra vida que es
un camino de conversión.
Todo envuelto por la autenticidad del
amor.
martes, 16 de junio de 2026
Nuestro modelo ha de ser siempre el amor de Dios del que nosotros con nuestras nuevas actitudes hemos de ser un reflejo
Nuestro
modelo ha de ser siempre el amor de Dios del que nosotros con nuestras nuevas
actitudes hemos de ser un reflejo
1Reyes 21, 17-29; Salmo 50; Mateo 5, 43-48
Cuando llueve, llueve para todos,
solemos decir, claro que con la misma lógica tendríamos que decir, cuando hay
pan, hay pan para todos; pero aquí las lógicas se quiebran y es cuando entramos
nosotros y comenzamos a acaparar para nosotros mismos, olvidándonos de los
demás, o pensando que cada uno se las arregle como pueda.
Pero Jesús nos ha traído a cuento esa
sentencia o ese dicho de la lluvia queriendo decirnos que en las actitudes que
hemos de tener con los demás no tenemos que estar haciéndonos distingos,
buscando preferencias, o actuando simplemente dando respuesta solo desde
nuestros instintos más primarios, como si siempre tuviéramos que estar a la
defensiva frente a los que nos hayan podido hace daño o a partir de cómo nos
hayan tratado.
Jesús está hablándonos del amor que
debe envolver nuestra vida y que ha de ser como la razón de ser de lo que
hacemos o del trato que tengamos con los demás. Por eso ese pan del amor no ha
de tener exclusividades ni tenemos que negarlo a partir de los criterios de
cómo nos hayan tratado a nosotros.
Jesús nos está proponiendo algo que
rompe muchos esquemas, nos está pidiendo una renovación muy profunda de
nuestras actitudes y de la manera que tengamos de tratar a los demás. Porque
nos está hablando de un amor que ha de tener una categoría universal, un pan
que a nadie podemos negar. Viene a romper aquel esquema de que solo hemos de
amar a los amigos, que solo vamos a responder con amor cuando nos hayan
ofrecido amor. ¿Se convertirá así el amor en un intercambio, y aquí podríamos
decir que interesado, como si le estuviéramos poniendo precio al amor que damos
según sea el amor que recibimos? La regla económica de la oferta y la demanda,
como en nuestras transacciones materiales.
Es claro Jesús. No podemos seguir
actuando según esos parámetros antiguos. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a
tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros
enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro
Padre celestial…’ y es aquí cuando nos dice que así seremos hijos del Padre
Celestial ‘que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a
justos e injustos’.
Esos son los parámetros de Dios que
tendrán que ser a partir de ahora nuestros parámetros. No caben otras medidas interesadas.
No caben esos precios que le ponemos a lo bueno que nosotros podamos hacer. Y
es que algo nuevo tiene que distinguirnos a aquellos que queremos vivir el
Reino de Dios. Como tantas veces hemos recordado, por eso nos pedía Jesús que
teníamos que darle la vuelta totalmente a nuestra vida, conversión en una
palabra, para poder aceptar el Reino de Dios, para poder vivir el Reino de
Dios. Porque es una vida nueva la que tenemos que vivir. Y claro que será algo
que nos cueste, pero es el paso necesario que hemos de dar.
Como nos dirá a continuación, ‘porque,
si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también
los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de
extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Y es cuando nos
está planteando el modelo ideal de altas miras. ‘Por tanto, sed perfectos,
como vuestro Padre celestial es perfecto’. No nos podemos andar con
posturas y actitudes raquíticas, no podemos andar con medidas interesadas, no
podemos seguir manteniendo el corazón cerrado, podíamos decir, por partes,
porque comenzamos a hacer distinciones y rebajas. Nuestro modelo será siempre
el amor de Dios., del que nosotros hemos de ser un reflejo.
domingo, 14 de junio de 2026
Sanemos las heridas que muchas veces podemos llevar en el corazón con la medicina del amor y con tu actitud generosa podrás también repartir felicidad
Sanemos
las heridas que muchas veces podemos llevar en el corazón con la medicina del
amor y con tu actitud generosa podrás también repartir felicidad
1Reyes, 21, 1-16; Sal. 5; Mateo 5, 38-42
‘El cristianismo no es fácil, pero
es feliz’, decía San Pablo VI en una
ocasión a unos estudiantes romanos que asistían a una de sus audiencias. Como
la vida, como los trabajos que realizamos, como el camino que hacemos, muchas
veces no es fácil pero al final disfrutamos viviendo, como nos sentimos
satisfechos y felices cuando hemos llegado a completar nuestro trabajo, como
nos sentimos al final del camino por muchas que hayan sido los piedras que
hayamos tenido que sortear en el camino. Pero es que tendríamos que decir algo
más, es que incluso con esas piedras nos sentimos felices haciendo el camino;
en medio de nuestros esfuerzos nos sentimos felices en nuestro trabajo;
seguramente es algo que no todos entienden, porque no saben ser felices en lo
que son y en lo que hacen.
Es lo que nos quiere Jesús enseñar en
el llamado sermón del monte, que comienza precisamente proclamando las
bienaventuranzas; quiere decirnos Jesús que el camino de su seguimiento es un
camino de felicidad; por eso nos dirá que serán dichosos y felices los pobres y
los que se ven perseguidos, los que sufren no solo en si mismos en sus
carencias sino también por el sufrimiento de los demás porque lo hacen propio,
y así podemos seguir desgranando todas las bienaventuranzas, que ya hemos
meditado recientemente.
Hoy nos habla Jesús de esos detalles
que nos pueden parecer pequeños en nuestro trato o en nuestra relación con los
demás, pero que sin embargo muchas veces nos pueden producir amargura en el
corazón; pero Jesús quiere que vivamos sanamente esas situaciones en que nos
podemos ver contrariados por las dificultades que encontramos en esas
relaciones; nos podemos sentir ofendidos, puede parece que son exigentes con
nosotros los demás en lo que nos piden, nos cuesta quizás desprendernos de
nuestras cosas para compartirlas con los demás.
Todo nos viene a decir Jesús tenemos
que aprender a vivirlo de una manera sana. ¿De qué nos vale mantener esa herida
abierta en nuestro corazón cuando alguien nos ha ofendido si al final seremos
nosotros los que lo estaríamos sufriendo? Quienes guardan resentimiento en su
corazón por algo malo que hayan recibido de los demás y hasta decimos pues no
le perdono para que se aguante, el que está sufriendo eres tú por mantener ese
resentimiento en tu corazón. Trata de sanar esa herida, y la mejor medicina es
el amor, responde no con odio sino con amor. Es difícil, es cierto, porque
nuestra reacción espontánea es la violencia, pero cuando calmas tu corazón con
amor serás feliz, como nos venía a decir el Papa en la cita que mencionábamos
al principio. ‘No hagáis frente al que os agravia’, nos decía Jesús.
Y en ese sentido iban las palabras de
Jesús en lo que nos decía a continuación. Dale más de lo que te pide o te
exige, y al final la generosidad de tu corazón te hará sentirte mejor, te hará
sentirte más feliz. No nos escondamos de aquel que sabemos que nos va a pedir
algo, como algunas veces espontáneamente sentimos ganas de hacer. No cruces a
la otra acera para no encontrarte con aquel con quien tienes algo pendiente,
vete de frente por la vida pero siempre haciendo rebosar de amor tu corazón. Se
acabarán los miedos y florecerá la generosidad en el corazón. No será fácil
pero al final te sentirás feliz.
Regala una flor.
Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con las mismas entrañas de Jesús
Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos.
Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con
las mismas entrañas de Jesús
Éxodo 19, 2-6ª; Salmo 99; Romanos 5, 6-11;
Mateo 9, 36 – 10, 8
Hay algo de lo que se habla hoy en
nuestro mundo con mucha facilidad y es hablar del amor; aparece por todos
lados, es una conversación fácil y todos decimos que amamos, pero creo que
tendríamos quizás que preguntarnos si estaremos diciendo lo mismo, si estaremos
hablando del mismo amor; de lo que es amar en su esencia; es fácil decir que
somos amigos de mis amigos, decimos que amamos cuando nos sentimos amados o
porque nos aman, cuando nos ofrecen algo en correspondencia, porque con la
misma facilidad decimos que un día el amor se acabó entre dos personas o entre
dos amigos y después ya no queda nada de lo que decíamos que fue ese amor.
Cuando actuamos así, cuando amamos así ¿estaremos empleando ese concepto en el
mismo sentido que Jesús nos ofrece?
Es lo que se nos revela hoy en la Palabra
de Dios. Hoy por ejemplo el evangelio nos relata cómo Jesús se encontró con
aquella multitud que le esperaba y a los que ve como ovejas sin pastor. Y nos
dice el evangelista que ‘se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y
abandonados como ovejas que no tienen pastor’. Quería fijarme en el sentido
de esa palabra que emplea el evangelista; nos habla de compasión, pero ¿qué
significa esa palabra en su propia raíz? Es el estremecimiento que siente en
sus entrañas una madre por su hijo, pero ese amor de madre así no se perderá
nunca, porque una madre nunca olvida al hijo de sus entrañas, aunque el hijo la
abandone o se marche de su lado.
Jesús siente ese estremecimiento en sus
entrañas por aquella multitud, siente ese estremecimiento en sus entrañas por
nosotros. Así es el amor de Dios. Y nos lo explicará de forma muy hermosa y
diríamos que impresionante san Pablo. No nos ama Dios porque nosotros le
hayamos amado, sino que el amor de Dios es primero, es lo inicial. Seamos
nosotros como seamos, Dios nos ama. No terminamos de considerarlo lo
suficiente.
Como sigue diciéndonos el apóstol ‘por
una persona buena tal vez se atrevería uno a morir’, que es como nosotros
hacemos habitualmente en lo que decimos que es nuestro amor, amamos a los que
nos parecen buenos o han sido buenos con nosotros. Pero el amor de Dios va más
allá. ‘Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores,
Cristo murió por nosotros’. ¡No es nada lo que nos está diciendo! No por
nuestros merecimientos, sino que cuando parecía que no merecíamos nada, sin
embargo El nos amó. Pero aun nos dirá más. ‘Si, cuando éramos enemigos,
fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón,
estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!’ El amor de Dios
siempre permanece y cuando ya ha dado Cristo su sangre por nosotros, ¿cómo no
nos va a seguir amando y ofreciéndonos su salvación?
El evangelio termina narrándonos como
Jesús eligió a los Doce y los envió con su misma misión. Como nos dice el
evangelista, ‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad
enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis
recibido, dad gratis’. Pero ¿qué significa ese envío? Tenemos que ir con
las mismas entrañas de misericordia de Jesús a los demás. Con ese mismo
estremecimiento en nuestras entrañas ante lo que vamos encontrando en nuestro
mundo, esa multitud por la que Jesús se compadecía porque estaban extenuadas y
abandonadas como ovejas sin pastor.
Así tenemos que mostrarnos los cristianos.
Es la tarea y la misión que Jesús nos confía. ¿Y no es así ese mundo que
contemplamos a nuestro alrededor? Cuánto sufrimiento y cuánta soledad, cuánto
vacío y cuanta frialdad por muchas palabras bonitas que digamos; nuestro mundo
está roto, se siente también desorientado en muchas cosas; el ambiente que nos
rodea, la situación de nuestra sociedad, la indiferencia de tantos, la
insolidaridad que aflora tantas veces en nuestros corazones porque siempre nos
miramos primero a nosotros mismos, las discriminaciones y desconfianzas que
siguen existiendo, la maldad y la ambición de muchos que les lleva a ser
injustos con los demás, los resentimientos y las envidias que van sembrando
cizañas allá por donde pasan, los afanes de grandeza y de poder que llenan de
orgullo a tantos y que contemplamos alrededor en tantos y para lograrlo no les
importa arrasar con quien sea o con lo que sea.
Ahí nos envía Jesús a curar enfermos y
a resucitar muertos, como nos dice hoy el evangelio. No podemos decir que nada
podemos hacer. ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para que nuestro mundo
cambie? ¿Sentiremos ese estremecimiento también en nuestras entrañas para
llegar a manifestar el verdadero amor?
sábado, 13 de junio de 2026
Contemplando
el Corazón Inmaculado de María aprendamos de ella a guardar en el corazón para
asombrarnos ante las maravillas de Dios
Eso no lo olvidaré nunca, lo llevaré
siempre guardado en mi corazón, decimos
agradecidos a alguien cuando hemos tenido una experiencia hermosa, esa persona
ha hecho algo extraordinario por mi quizás en el momento que más lo necesitaba,
más abandonado me sentía, o pasaba por una situación difícil en la vida; no lo
olvidaremos, lo llevaremos siempre en el corazón.
Son experiencias cotidianas que podemos
vivir por las que nos sentiremos eternamente agradecidos; son, por ejemplo, las
experiencias hermosas que las madres guardarán para siempre de sus hijos; aquel
detalle que con ella un día tuvieron que pareció insignificante pero donde
ellas se sintieron arropadas por el amor del hijo, que podía parecer
insignificante pero que tanto significó para ellas; en eso las madres son una
expertas, porque igual guardan lágrimas amargas que pasaron quizás en silencio
cuando vieron a los suyos en situaciones difíciles en las que quizás poco
podían hacer, poco podían ayudar; pero allí estaba la madre detrás en silencio
y con lagrimas de amargura en su corazón y eso no lo olvidarán nunca.
¿Por qué me estoy haciendo estas
consideraciones? Hoy la liturgia, después de haber celebrado ayer el día del
Sagrado corazón de Jesús, nos invita a que miremos al corazón de María. Y
precisamente el evangelio de la infancia de Jesús nos deja como unas muletillas
ante cuanto iba sucediendo en el entorno de Jesús y que María, con ese asombro
ante el misterio pero con una fe confiada y firme, como nos dice el evangelio,
‘todas aquellas cosas las iba guardando en el corazón’.
Hablamos de asombro ante el misterio
porque fue cómo ella se vio sorprendida con aquella embajada angélica que le
anunciaba que iba a ser la Madre del Señor. Ya nos comenta el evangelista que
ante las palabras del ángel María se quedó absorta meditando y rumiando cuanto
el ángel del Señor le estaba comunicando. Podrá decir luego que el Señor se
había fijado en la pequeñez de su esclava y en ella había realizado obras
grandes. ¿Cómo María podía hacerse esa consideración para descubrir las
maravillas del Señor en su vida? Porque se dejaba sorprender por el Señor, y
rumiaba y meditaba en su corazón cuanto el Señor le iba manifestando.
Será luego en cada acontecimiento, la
llegada inesperada de los pastores a la cueva de Belén que contaban por qué
habían llegado hasta aquel lugar y las señales del cielo que habían recibido,
el cántico de los ángeles que iluminaba el cielo, aquellos magos de oriente que
aparecieron venidos de lejos con aquellos regalos del oro, el incienso y la
mirra con todo su significado, más tarde cuando Jesús jovencito ya se queda en
el templo porque tenía que ocuparse de las cosas de su Padre, aquel ir
creciendo de Jesús no solo en estatura sino en Sabiduría, serán cosas que María
irá guardando en su corazón.
Por eso su corazón será tan sensible
ante lo que sucede en su entorno; la veremos ir presurosa hasta la montaña, a
la casa de Isabel, porque no cayeron en saco roto las palabras del ángel que le
hablaban del embarazo de su prima y sabía que allí podía prestar un servicio;
María lo guardaba y lo rumiaba en su corazón pero le había ponerse en camino.
Es la atención que estará prestando en las bodas de Caná para notar que allí
pasaba algo, que allí faltaba el vino para acudir a Jesús, porque allí había
que poner un remedio o una solución. ¿No la veremos en silencio al pie de la
cruz y cómo guardaría en su corazón cuanto estaba sucediendo?
Comenzábamos comentando cómo ante cosas
extraordinarias de las que nos hayamos visto beneficiados decíamos que serían
cosas que guardaríamos para siempre en el corazón, pero creo que cuando hoy
estamos contemplando el corazón de María convertido en un buzón de amor donde
tanto iba guardado algo nos está enseñando para nosotros también aprender a
guardar y rumiar en nuestro corazón.
Será ese guardar en el corazón de forma
agradecida cuando nos vemos sorprendidos por tantas cosas buenas de las que nos
vamos beneficiando en la vida, pero creo que tiene que ser para algo más; ese
guardar y rumiar en el corazón nos hará ver muchas situaciones de una forma
distinta, nos tiene que servir para no guardar amarguras pero sí para descubrir
caminos de sanación; nos tiene que servir para que se nos abran mas nuestras
mentes y nuestro corazón para estar atento a lo que le sucedan a los demás,
pero también para encontrar caminos de servicio como hizo María; ese guardar y
rumiar en el corazón nos hará descubrir las maravillas de Dios que se nos
manifiestan o que Dios quiere incluso realizar en nuestra vida.
Ese guardar en el corazón significa
poner en nuestro corazón a esas personas que queremos, que caminan a nuestro
lado, con los que nos vamos cruzando en los caminos de la vida, sean cuales
sean las cosas que de ellos recibimos incluso cuando nos sentimos heridos. Como
la madre que siempre tendrá en su corazón también al hijo desagradecido pero
que una madre siempre llevará en el corazón.
Mucho aprendemos del corazón de Maria.
Con ella queremos cantar ese cántico de alabanza y de gratitud a Dios.
viernes, 12 de junio de 2026
Nos sentimos bendecidos por Dios que nos ha regalado su amor, contagiemos de esa bendición de amor a los demás porque así manifestamos que hemos nacido de Dios
Nos sentimos bendecidos por Dios que nos ha regalado su amor, contagiemos de esa bendición de amor a los demás porque así manifestamos que hemos nacido de Dios
Deuteronomio 7, 6-11; Salmo 102; 1Juan 4, 7-16; Mateo 11, 25-30
Seguramente más de una vez hemos preguntado o nos hemos preguntado cuando nos sentimos queridos y valorados por alguien, ¿por qué a mí? ¿Por qué me quieres? ¿Qué he hecho yo o qué méritos tengo? Seguramente también nos han dicho ‘porque sí’, simplemente eso, nos quieren porque nos quieren y no hay más que decir. El amor verdadero no es por merecimientos, simplemente es un regalo, un don, una entrega gratuita que se nos hace sin ningún otro interés; la cuestión es cómo vamos a corresponder a ese amor.
Es lo que le recuerda Moisés al pueblo en el libro del Deuteronomio. No porque fueran los mejores ni los más fuertes, no porque fueran los más sabios o los más poderosos, simplemente porque Dios los eligió. ‘El Señor se enamoró de vosotros y os eligió’. Es hermoso, es cómo con gratitud tenemos que sentirnos ante Dios. Es el regalo del amor de Dios lo que tenemos que sentir y lo que nos tendrá que hacer vivir de forma distinta. Estamos muchas veces más preocupados por los méritos que vamos a hacer que en gozarnos en el amor; y claro gozarnos en el amor nos hace sentirnos envueltos en amor y respirar amor; el amor entonces fluirá de nosotros como de forma espontánea, iremos manando amor con toda nuestra vida. ¡Qué distintas son las cosas!
Todo parte de Dios. Como nos dice san Juan es que Dios es amor. Y eso es lo primero, de lo que manarán todas sus consecuencias. Y las consecuencias es amarnos porque hemos nacido de Dios que es amor; los hijos son lo que les han dado sus padres; nosotros hemos nacido de Dios y tenemos que amar. Como nos sigue diciendo Dios envió al mundo a su Unigénito para que vivamos por medio de Él. ¿Cómo será entonces esa vida? No podemos responder de otra manera sino diciendo que amor. Así permaneceremos en Dios y Dios permanecerá en nosotros.
Un amor que nos llena de paz y nos hace humildes, un amor que nos hace rebosar de mansedumbre y hará que fluya la ternura en cuanto hacemos y vivimos. El amor nos hace humildes y la humildad nos impulsará al amor. Algunas veces nos cuesta entenderlo porque son muchas las tentaciones que sufrimos desde un entorno de autosuficiencia y de orgullo, que nos invitan a unas actitudes de prepotencia para responder de la misma manera a como actúa el mundo. Pero queremos fiarnos de la palabra de Jesús, poner toda nuestra confianza en El.
Es a lo que nos está invitando Jesús en el Evangelio. Pueden haber las tormentas que sean en nuestro espíritu o en nuestro entorno, nunca nos faltarán, pero no perderemos la paz porque nos hemos llenado de amor, que es lo mismo que llenarnos de Dios. En Él nos refugiamos, en su corazón nos introducimos, en el fuego de su amor nos caldeamos, en Él encontramos nuestro alivio y nuestro descanso. Es a lo que nos está invitando Jesús. Amemos de verdad y no perderemos la paz.
Hoy estamos celebrando la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Imagen que en sí mismo nos está hablando de ese amor de Dios; siempre el corazón lo proponemos como signo del amor. Es como una invitación para que crucemos nuestro corazón con su Corazón; como hacen los enamorados que van marcando todos sus pasos con ese signo de dos corazones entrelazados. Hemos comenzado nuestra reflexión recordando lo que le decía Moisés a su pueblo, que es Palabra que Dios nos dirige a nosotros también, que Dios se había enamorado de ellos y por eso los había elegido y regalado con su amor. Es lo que nosotros hemos de sentir también, pero no como una cosa romántica, sino como una realidad muy concreta en nuestra vida.
Recordemos la historia de nuestra vida y con ojos de fe descubriremos ese regalo de amor de Dios en cada paso de nuestra existencia. Intentémoslo, en nuestra reflexión, hacerlo de una forma muy concreta, recordemos hechos concretos de nuestra vida donde hemos visto de forma palpable esa historia de amor de Dios en nosotros y a nosotros. Nos sentimos bendecidos por Dios. Contagiemos de esa bendición de amor a los demás. Como nos decía san Juan, ‘Amémonos los unos a los otros ya que el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios… y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él’.