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sábado, 10 de octubre de 2026

Despertemos para que contagiemos con el entusiasmo de nuestra fe y el compromiso serio de nuestro amor

 


Despertemos para que contagiemos con el entusiasmo de nuestra fe y el compromiso serio de nuestro amor

Gálatas 3, 22-29; Salmo 104; Lucas 11, 27-28

Yo me pregunto a veces cuáles son nuestros entusiasmos y hasta donde llegaríamos por ellos. Constantemente estamos viendo en nuestro entorno, o los medios de comunicación se encargan de hablarnos de esas cosas y manifestarnos esos entusiasmos por las cosas más dispares, cómo la gente se manifiesta en diversas situaciones, bien porque estén reclamando cosas que ellos consideran justas o protestando contra lo que consideran injusto, bien, por ejemplo, tras acontecimientos deportivos llenos de triunfos y vemos como la gente se echa a la calle para vitorear a los campeones de turno, bien sea en fiestas que recogen ancestrales tradiciones que se quieren mantener vivas como son las fiestas populares o las romerías, y así podríamos hacer una lista casi interminable de momentos en que vemos a la gente con alborozo y entusiasmo o reclamando o celebrando alguna cosa.

¿Qué es lo que los mueve y motiva a esos entusiasmos y a esas manifestaciones? ¿será simplemente dejarse arrastrar por una mayoría o por un grupo influyente o todos tendrán en su interior esos buenos deseos que les llevan a ese entusiasmo en sus manifestaciones? Sin embargo pareciera que la gente, o que la misma sociedad necesitaría de esos impulsos para mantenerse viva. Y vuelvo a hacerme la pregunta cuáles son nuestros entusiasmos y hasta dónde seríamos capaces de llegar.

Me vienen a la mente estas consideraciones y también estas preguntas que tenemos que hacernos a nosotros mismos a partir del episodio que nos ofrece hoy el evangelio. Jesús va rodeado de la gente que se agolpa en multitudes en su entorno de un lado para otro; como dirá el evangelista en su relato en alguna ocasión ni les daban tiempo para comer, y aunque se vaya a despoblados y si previo aviso allí se encontrará siempre con esas multitudes que le esperan. Pero en medio de aquel grupo que ahora le sigue y ha estado escuchándole una voz anónima con todo el entusiasmo del mundo se hace notar con su grito. Una voz que quiere ser alabanza al Maestro pero que emplea una forma indirecta para proclamar su alabanza hablando de lo dichosa que tendría que sentirse la madre de tal hijo. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Era una mujer la que había prorrumpido en aquel grito pero que viene a expresarnos también el orgullo que ella como mujer y como madre también sentiría.

Ya sabemos cuál fue la reacción de Jesús. No rechazó las palabras y el entusiasmo de aquella mujer sino que les dio una nueva dirección. Son buenas las alabanzas también en aquellos que las pronuncian, porque son también un reconocimiento; no buscamos alabanzas ni hacemos las cosas por una alabanza pero sí esa palabra de alabanza puede hacer que quienes la escuchamos le demos una nueva dirección a nuestra mirada que a la larga puede ser también una nueva dirección a nuestra vida. La alabanza que recibimos no nos puede hacer nunca engreídos, sino agradecidos y más humildes.

Pero, como decíamos, Jesús nos hace pensar en algo nuevo y distinto, donde encontrar nuestra verdadera dicha y felicidad. Por eso nos dice: ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Esa tiene que ser nuestra dicha, esa nueva forma de escuchar, porque nos dice escuchar y cumplir. La Palabra del Señor es nuestra vida pero si la sembramos en el corazón para hacer que dé fruto. Es lo importante, es lo que nos dará la más honda satisfacción en el corazón. Es el camino que nos está señalando Jesús que hemos de tomar. ¿Mereceremos nosotros esa alabanza y esa bienaventuranza?

En la brevedad de esta reflexión quisiera quedarme con una pregunta muy concreta que tendríamos que hacernos los cristianos al hilo de cómo comenzábamos el comentario de hoy. ¿Dónde está el entusiasmo de los cristianos? Creo que siendo bien conscientes de nuestra fe tenemos los mayores motivos para manifestarnos con entusiasmo y con una alegría que nadie nos podría quitar. ¿Donde hacemos manifestaciones clamorosas de nuestra fe y nuestro amor cristiano? Ya sé que algunos me dirán que ya hacemos durante el año muchas procesiones en Semana Santa y en nuestras fiestas que son una proclamación pública de nuestra fe. Pero nos tenemos que preguntar. ¿Son manifestaciones entusiastas con las que queremos contagiar a los demás de aquello en lo que nosotros creemos?

En cualquier manifestación, sea el que sea el motivo por el que se haga, los manifestantes con su forma de hacerlo están queriendo contagiarnos a todos del espíritu que ellos tienen para manifestarse por aquello, por ejemplo, que reclaman, poco menos que nos empujarán con su entusiasmo para que nosotros también participemos. ¿Es eso lo que los cristianos hacemos o quizás nos contentamos con unos actos muy formales, muy bien ordenados y organizados pero a la larga muy aburridos en los que nadie se siente invitado a participar o a vivir?

Claro que la proclamación y manifestación de nuestra fe no se tiene que quedar en unos gritos que demos en un momento determinado, sino que el grito que entusiasme e invite son las posturas que tomamos en la vida desde nuestra fe y nuestro amor cristiano y desde los compromisos que vivamos en medio de nuestra sociedad. Despertemos para que contagiemos con el entusiasmo de nuestra fe y el compromiso serio de nuestro amor.


viernes, 9 de octubre de 2026

Jesús es el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no andemos en el vacío, sólo en Él encontraremos el verdadero sentido y podremos alcanzar nuestra verdadera plenitud

 


Jesús es el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no andemos en el vacío, sólo en Él encontraremos el verdadero sentido y podremos alcanzar nuestra verdadera plenitud

 Gálatas 3, 7-14; Salmo 110; Lucas 11, 15-26

Una casa vacía, con bonitas apariencias externas puede ser un peligro de ser asaltada y ocupada con las dificultades subsiguientes para arrojar de ella esos nuevos ocupantes. El ejemplo lo estamos escuchando continuamente en noticias que nos hablan de asaltos y de ocupaciones, pero no queremos referirnos a esas situaciones sociales del momento sino que podemos ponerlo de ejemplo de lo que nos puede suceder a nosotros mismos con nuestra vida. Queremos vivir bien y nos hemos ido rodeando en esta sociedad que ahora llamamos o con la que ahora soñamos del bienestar de multitud de cosas que pensamos que nos hacen bella la vida, nos rodeamos de comodidades, queremos hacernos la vida fácil, nos llenamos de adornos de materialismo y de sensualismo porque queremos tener de todo y queremos disfrutar de todo, pero ¿cuáles son las riendas por las que marcha nuestra vida?

Sí, tenemos que preguntarnos, ¿cuáles son los valores en lo que la hemos fundamentado para que cuando venga un temporal no sea arrasada? ¿Cuál es el sentido profundo que le hemos dado a nuestra vida? ¿Llegaremos a darnos cuenta de que a pesar de todas esas cosas de las que queremos disfrutar nuestra vida está vacía? ¿Donde encontramos de verdad apoyo y fortaleza para cuando vengan los momentos de prueba? Incluso en las vivencias religiosas o de intento de espiritualidad que podemos tener, ¿en qué o en quien las fundamentamos?

Quizás nos damos cuenta de que nos llamamos cristianos, pero Cristo no aparece por ningún lado en nuestra vida. ¿Dónde está una auténtica y verdadera fe en Jesús? ¿Nos quedamos en devociones a imágenes que pueden terminar en un fanatismo religioso pero que no dan fundamento a nuestra vida?

Muchos seguían a Jesús por los caminos de Galilea y Palestina quizás entusiasmados con sus milagros, pero pocos fueron los que llegaron con Él hasta el pie de la cruz; y a todos les costó mucho pasar por aquella prueba y luego cerciorarse de que era verdad que había resucitado como lo había anunciado. Pero ahora mismo vemos quienes hacen interpretaciones de sus milagros, porque quizás vieran en peligro aquellos posicionamientos que en nombre de la religión habían tomado, y llegan de forma que nosotros hoy consideramos blasfema a decir que Jesús realizaba aquellas expulsiones de demonios con el poder del mismo demonio. Les costaba entrar en el camino de la fe que Jesús les estaba señalando, porque quizás a ellos les agradaba más mantener sus prestigios sobre los que los rodeaban.

Entremos en ese camino de la fe para que Jesús sea el verdadero fundamento y sostén de nuestra vida. Es la fe en Jesús la que nos llevará a la salvación, como nos ha estado reflexionando el apóstol san Pablo en la carta a los Gálatas que también estamos escuchando. Es Jesús el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no sea una casa vacía que sea fácil de asaltar. Son las imágenes que Jesús nos está proponiendo hoy en el evangelio.

Muchas veces también desde una forma humana queremos ordenar y organizar nuestra vida, nos hacemos buenos planteamientos de cosas que tenemos que intentar hacer mejor para nosotros también ser mejores, pero solo confiamos en nuestras planificaciones y en la fuerza que tenemos en nosotros mismos; es bueno tener una voluntad fortalecida para enfrentarnos a esos caminos de la vida pero tenemos que darle otra hondura a nuestra vida para alcanzar esas metas más altas, es la verdadera espiritualidad de la que tenemos que llenar nuestro corazón que será luego como esa lanzadera que nos hará llegar a metas más altas.

Pero no es una espiritualidad cualquiera, una espiritualidad fundamentada en nuestra fe en Jesús. Es la cepa profunda en la que hemos de enraizar todos los sarmientos de nuestra vida si queremos en verdad que dé fruto. Sin mí, nos dice Jesús, no podéis hacer nada. Por eso nos dirá en otro momento que Él es el Camino, y la Verdad, y la Vida, y nadie va al Padre sino a Él. Hoy nos está pidiendo que no andemos haciendo dobles juegos, como nos dirá en otro momento que no andemos haciendo remiendos o componendas en nuestra vida. Hoy nos dice claramente o que estamos con Él o que estamos contra El. ‘El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama’.

Jesús es el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no andemos en el vacío, sólo en Él encontraremos el verdadero sentido y podremos alcanzar nuestra verdadera plenitud.


jueves, 8 de octubre de 2026

No olvidemos nunca el amor del Señor que de tantas maneras se ha manifestado en nuestra vida, sintamos agradecidos la emoción del amor de Dios en nosotros

 


No olvidemos nunca el amor del Señor que de tantas maneras se ha manifestado en nuestra vida, sintamos agradecidos la emoción del amor de Dios en nosotros

Gálatas 3, 1-5; Salmo: Lc 1, 69-75; Lucas 11, 5-13

Alguna vez quizás hemos sentido emoción en el alma porque nos encontramos con alguien que casi sin darnos cuenta por qué esa persona se muestra agradecida con nosotros porque nos dice que nosotros un día la ayudamos, la escuchamos y fuimos comprensivos con ella dándole unos momentos de nuestro tiempo cuando ella se sentía sola y que casi no podía confiar en nadie porque nadie ponía tampoco confianza en ella. Aquel gesto que nosotros tuvimos que casi no recordamos porque lo hicimos como algo espontáneo que estaba en nuestra manera de ser sin embargo alguien seguía recordando con gratitud y ahora poco menos que se ponía a nuestra disposición. El gozo agradecido de aquella persona al encontrarse de nuevo con nosotros también ponía una nota de alegría y emoción en nuestro corazón.

Son actitudes que hemos de mantener en nuestra vida, que tienen que llevarnos por una parte a mantener en tensión esa generosidad de nuestro corazón., pero que también tendría que hacernos recordar cuantas cosas buenas en ese sentido también nosotros hemos recibido a lo largo de la vida. Eso pone también una confianza en nuestro espíritu porque sabemos que siempre puede haber alguien que nos escuche, nos tienda su mano, pueda hacer algo por nosotros y también nos da confianza para acercarnos de una forma nueva a los demás.

Me han surgido estos pensamientos y reflexiones cuando he escuchado en lo profundo de mi mismo el texto del evangelio de hoy. Jesús está invitándonos a acudir al Padre con confianza y perseverancia en nuestra oración. Bien sabía Jesús las prevenciones que muchas veces tenemos cuando vamos a orar. ¿Seremos escuchados? ¿Dios nos va a atender en aquello que le vamos a pedir? Y algunas veces nos desanimamos si no vemos que nuestros deseos son cumplidos tal como nosotros los pedimos y viene la reacción de que Dios no nos escucha. ¿Será bueno que vayamos ya con esa negatividad y pasividad a nuestra oración? ¿Cuál es el sentido que tendría que tener?

¿Por qué en nuestra oración no partimos de lo que recordamos lo que ha sido el amor de Dios para nosotros? Es necesario ese reconocimiento porque es como un acto de fe. Saber ante quién estamos, reconocer el amor que Dios nos tiene y hacer algo así como un resumen de la historia de nuestra vida donde hemos visto ese actuar de Dios en nosotros. Así nuestro encuentro con el Señor en la oración será distinto, será un encuentro de gozo y lleno al mismo tiempo de esperanza porque sabemos que estamos ante quien nos ama; será el momento de disfrutar de ese gozo, de esa presencia de Dios en nosotros, ante el que quizás nos quedamos sin palabras pero con el corazón. agradecido.

La biblia nos enseña mucho en ese sentido porque en esos grandes momentos de oración se comienza siempre recordando lo que ha sido la historia de amor de Dios para con su pueblo, lo que llamamos la historia de la salvación. Es lo que tenemos que saber hacer nosotros también. Y si Dios nos ama así como lo estamos constatando nos dará más confianza para acercarnos a Él porque queremos seguir sintiendo esa misericordia en nosotros; seremos pecadores, pero sabemos que Dios nos ama; habremos tenido mil tropiezos y cometido mil errores, pero nos estamos acercando al Dios compasivo y lleno de misericordia que además nos ha entregado a su propio Hijo por amor.

Por eso nos decía Jesús cuando nos enseñaba a orar a petición de los discípulos que no necesitamos muchas palabras, porque Dios mejor que nadie conoce nuestro corazón. y conoce lo que necesitamos porque Él es siempre ese Padre amoroso que nos escucha. Es cierto que desgranamos en la presencia del Señor nuestras necesidades y preocupaciones, pensaremos en los que nos rodean y nos ama y amamos, pensaremos en la sombras de nuestro mundo que quisiéramos transformar, pensaremos en el sufrimiento de los demás para los que nosotros tenemos que ser siempre salud; y es que en la medida en que vayamos desgranando ante Dios todo eso que llevamos en el corazón, con la confianza del hijo que habla con su padre, iremos sintiendo también lo que el Señor nos va pidiendo, lo que su Espíritu va inspirando en nuestro corazón, iremos encontrando el compromiso que surgirá en nuestra vida después de nuestra oración; será una verdadero diálogo de amor en que Dios nos estará también hablando al corazón.

No olvidemos nunca el amor del Señor que de tantas maneras se ha manifestado en nuestra vida; sintamos la emoción del amor de Dios en nosotros que nos impulsará a llevar también ese amor a los demás.


miércoles, 7 de octubre de 2026

Dejémonos enseñar por María que cuando le rezamos el Rosario nos está haciendo contemplar todo el proyecto del amor de Dios iluminando nuestra vida

 


Dejémonos enseñar por María que cuando le rezamos el Rosario nos está haciendo contemplar todo el proyecto del amor de Dios iluminando nuestra vida

Zacarías 2, 14-17; Salmo: Lc. 1, 46-55;Lucas 1, 26-38

Los caminos de la vida a veces se nos hacen oscuros y necesitamos una luz que nos haga encontrar nuestros rumbos o una mano que nos guíe en medio de sus turbulencias para sentirnos fuertes y poder realizarlo también con seguridad; torpes e incomprensiblemente insensatos a causa muchas veces de nuestras autosuficiencias y orgullos seríamos si negáramos esa ayuda que se nos pudiera ofrecer o rechazáramos esas luces que nos pudieran iluminar el camino para hacerlo con seguridad. Es cierto y hasta bueno para nuestra autoestima que hemos de saber hacer el camino por nosotros y hemos de poner todo lo que podamos de nuestra parte, pero sería también una falta de humildad que hasta en cierto modo nos degradaría el rechazar esas luces o esas ayudas. No es nuestro orgullo y amor propio lo que nos engrandece sino precisamente la humildad de reconocer nuestra debilidad lo que nos dará mayor madurez a nuestra vida. Mal empedrados quedan nuestros caminos si lo construimos a base de orgullo y autosuficiencia.

Así nos sucede en nuestra vida cristiana y en el descubrimiento y realización del plan de Dios. Necesitamos una apertura de espíritu que es un abrirnos a Dios para descubrir su voluntad que no es otra cosa que un plan de amor para nosotros que muchas veces nos sorprende pero que también nos abre a cosas maravillosas a realizar en nosotros. Es un proceso que nos cuesta porque nos envuelven muchas oscuridades con falsas luces que nos confunden y desorientan. Creemos que tenemos nuestros planes bien definidos pero no siempre somos capaces con humildad de abrirnos a ese plan de Dios que nos llevará por derroteros más hermosos. No siempre es fácil.

¿Por qué no aprender de María? La mujer que supo abrir su corazón a Dios para dejarse sorprender por el camino que Dios estaba abriendo ante ella para su vida. En su buen deseo de la fe que ponía en Dios y del amor que le profesaba, porque era una profunda creyente ella tenía un plan para su vida. Pero Dios viene a ofrecerle algo maravilloso en lo que ella no pensaba. Dios había puesto su amor en ella para hacerla su madre, para que ella contribuyera con su maternidad, en lo que ella no había pensado, para Dios hacerse más Emmanuel, más Dios con nosotros, encarnándose en su seno. Y María dijo Sí a Dios, como escuchamos hoy en el evangelio.

No iba a ser un camino fácil, pues ya las Escrituras habían anunciado los sufrimientos del Hijo del Hombre y María fue capaz de ponerse en ese camino. Nos habla de como se puso en camino hacia las montañas de Judea para servir a quien podía necesitarla, su prima Isabel que en su vejez iba a tener un hijo, pero María seguiría estando en camino; es el camino de Belén donde en principio iba a pasar por la no acogida, porque para ellos no había sitio en la posada, es el camino de la pobreza para dar a luz en un establo a quien venía como salvador del mundo, es el camino del rechazo y del destierro porque comenzaba a aparecer la sangre del martirio, sería el camino del silencio en Nazaret mientras esperaba la llegada de la Hora de Dios con el comienzo de la predicación de Jesús. Será el camino que la llevará finalmente al Calvario a pie de la cruz que desde madre dolorosa se iba a convertir en la madre de todos los creyentes, la madre de la Iglesia. Un camino realizado porque un día había acogido el plan de Dios en su vida. Ella, la que guardaba todas aquellas cosas, cuanto sucedía en su corazón para rumiarlas desde el amor sintiendo lo que el proyecto de Dios.

¿No será eso lo que nos está enseñando María a cuantos caminamos en lo que llamamos este valle de lágrimas donde quizás tantas oscuridades nos envuelven y tenemos el peligro de perder el rumbo del camino de nuestra vida? Hoy la estamos invocando como Virgen del Rosario en esta devoción tan arraigada en el pueblo cristiano que no siempre sabemos aprovechar en todo su valor y sentido.

¿Qué es el rosario? No solo es una cadena con unas cuentas que hoy hemos terminado por convertirlo en un adorno como si fuera un collar que colgamos de nuestro cuello. Está de moda, como todos sabemos y ya cualquiera hace gala de llevarlo sin saber ni siquiera su significado. Sí, podemos decir, es un collar de perlas, y de las más preciosas, porque es una cadena de oración que a los pies de María queremos hacer mientras ella nos hace ir contemplando todo el misterio de de la vida de Jesús mientras vamos caminando, como decíamos antes, con nuestras oscuridades, con nuestros desconciertos, con nuestros agobios y problemas a los que nos parece tantas veces que no encontramos salida y solución.

¿Por qué esa vida nuestra no la miramos desde ese plan de Dios? ¿Por qué no la miramos con esa mirada de María, la que supo ver en cuanto le sucedía el proyecto de amor de Dios para nosotros? Otra luz encontraríamos para nuestra vida, otro sentido para cuanto hacemos y pasamos, otros caminos se abrirían ante nosotros, otra fuerza sentiríamos en nuestro interior para ese nuevo sentido de la vida que hemos de vivir. Es lo que nos está enseñando María en el rezo o con el rezo del Rosario. Encontraríamos también otra paz y otra serenidad para nuestro corazón, se despertaría una nueva esperanza, comenzaríamos a caminar con nueva humildad, nos sentiríamos cada día más comprometidos para hacer nuestro mundo mejor. Dejémonos enseñar por María.


martes, 6 de octubre de 2026

Sepamos cultivar esa planta de la amistad con Jesús sabiendo estar a su lado y disfrutar en silencio del perfume de su presencia que es la verdadera oración

 


Sepamos cultivar esa planta de la amistad con Jesús sabiendo estar a su lado y disfrutar en silencio del perfume de su presencia que es la verdadera oración

 Gálatas 1, 13-24; Salmo 138; Lucas 10, 38-42

Las amistades son una planta que hemos de saber cuidar bien y con mucha atención; una amistad descuidada es una planta marchita que si no se reaviva pronto se seca y se muere; no nos vale decir somos amigos porque un día nos encontramos y saludamos, hablamos quizás un poco, pero luego cada uno siguió por su lado y no cuidamos nuevos encuentros y comunicaciones, nuevas muestras de afecto y cercanía para mantener viva aquella planta que nos pudo dar flores hermosas; de la misma manera que tan pronto brota la primera flor ya queremos cogerla y acapararla haciéndonos dueños de ella para hacer lo que nos apetezca; el cultivo lleva su tiempo, es necesario tener paciencia, no pedir antes de tiempo unos frutos que no han madurado, porque lo que hacemos es malograr esa planta. Cuánto tendríamos que aprender en este sentido porque algunas veces parece que queremos edificar comenzando por las ventanas o por el techo sin poner los necesarios sólidos cimientos.

Hoy el evangelio nos habla de unas amistades de Jesús, aquel hogar y aquella familia de Betania que vemos ya compuesta solo por tres hermanos, Marta, María y Lázaro. Hoy se nos presenta una escena que podríamos llamar bucólica; Jesús que llega con sus discípulos, aquella casa quedaba a paso del camino que subía a Jerusalén y por el que habitualmente transitaban los peregrinos que venían de Galilea a través del valle del Jordán.

Nos podemos imaginar fácilmente la escena y el lugar, el patio con sus lugares de sombra para el descanso, el pozo de donde sacar el agua necesaria, el resto del hogar. Allí descansa Jesús; varias veces el evangelio nos mencionará Betania como lugar a donde Jesús solía retirarse estando en Jerusalén por su cercanía. La hermana mayor con esa hospitalidad tan propia del lugar que anda afanada en los preparativos para la acogida de aquel grupo que ha llegado a su casa, María que hace los honores de estar junto a su huésped en amena conversación, aunque surgirán las quejas de Marta porque su hermana estaba embelesada con las palabras de Jesús y no le presta ninguna ayuda. Pero ambas están expresando todos los valores de la hospitalidad y de la acogida y cultivando aquella amistad surgida entre unos y otros.

Es una amistad que se está construyendo y que tendrá su proceso, porque cuando lleguen los momentos difíciles de la enfermedad de uno de los miembros de la familia querrán tener a Jesús con ellos que, aunque avisado, llegará tarde al encuentro. Todo servirá para hacer crecer aquella amistad, que va más allá de unos afectos humanos porque se llenará de trascendencia y una fe sometida a prueba saldrá fortalecida porque sentirán en sus vidas la acción maravillosa de Dios.

Muchas conclusiones podemos ir deduciendo, por una parte, para lo que son nuestras amistades humanas, como decíamos antes, que tenemos que saber cultivar para que se mantengan firmes a pesar de los contratiempos o malentendidos que pudieran surgir; la solución no son las rupturas aunque son posibles las quejas llenas de comprensión; cuánto nos cuesta en ocasiones cómo por cualquier dificultad en que nos pareció que no éramos bien atendidos por el amigo pronto le dimos la espalda olvidando tantos momentos de estar sentados en el patio de la vida simplemente escuchándonos el uno al otro.

Pero trémolo también en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Tenemos que aprender a sentarnos a los pies de Jesús para escucharle, para gozarnos con la paz de su presencia; nuestra oración no puede ser solo un listado de peticiones que llevamos en nuestro portafolio cuando vamos a la audiencia del Señor todopoderoso. Como Marta y como María tenemos que saber ponernos ante El, también con nuestros agobios y muchas preocupaciones de cosas por hacer como Marta, pero con el silencio de María que se sienta a sus pies para escuchar o para disfrutar de su presencia.

No temamos al momento de silencio de nuestros ratos de oración, de esos momentos incluso en que nos parece que andamos perdidos pero que simplemente allí estamos, y allí estamos porque nos sentimos bien, allí estamos porque estamos disfrutando del momento, de una presencia, de un silencio y de una paz en el alma, allí estamos porque queremos escuchar pero para escuchar necesitamos de ese silencio, de ese no andar preocupados por nuestras cosas o quehaceres o incluso los problemas que veamos alrededor, sino escuchar lo que allá en lo más hondo de nosotros mismos vamos sintiendo que irá dando respuesta, seguro que sí, a todas esas cosas o preocupaciones que están ahí encerradas en lo más hondo de nosotros mismos.

Estaremos creciendo en amistad con nuestro Dios; estaremos creciendo en lo que tiene que ser nuestra vida y nuestro seguimiento de Jesús.


lunes, 5 de octubre de 2026

No enterremos ni olvidemos lo que nos ha llevado hasta el presente con visos de futuro, gratitud, fermentación de la paz en el corazón y confianza ante el camino a recorrer

 


No enterremos ni olvidemos lo que nos ha llevado hasta el presente con visos de futuro, gratitud, fermentación de la paz en el corazón y confianza ante el camino a recorrer

Deuteronomio 8, 7-18; Salmo: 1Crón 29; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

En la vida a veces nos volvemos olvidadizos. Cuando llegan los buenos momentos en la euforia con que vivimos la nueva situación es fácil que olvidemos, algunas veces inconscientemente, pero muchas veces también porque no queremos recordarlo, las turbulencias por las que pasamos, los esfuerzos y el sudor con que luchamos por salir de aquella situación, y algo terrible que también nos puede suceder es que olvidemos a quien entonces nos echó una mano para salir adelante, o quizás también las promesas que entonces hicimos a nosotros mismos pero también a quienes nos ayudaron que ahora fácilmente no recordamos.

Terminamos siendo desagradecidos con la vida misma que tanto nos ha enseñado, con nosotros mismos porque hasta olvidamos lo que nos curtió aquel esfuerzo de superación, o a quienes fueron nuestro apoyo y nos dieron ayuda, desde tantas personas a nuestro alrededor como a Dios que nunca nos abandonó; bien pedíamos su ayuda, pero una vez curados como aquellos leprosos del evangelio corremos a disfrutar de los momentos luminosos pero pocos somos los que volvemos a quien puso esa luz en nuestra vida.

Es lo que hoy, en la liturgia de este día, se nos está recordando en la Palabra de Dios. Es la recomendación que le está haciendo Moisés al pueblo que está a punto de entrar en la tierra prometida después de aquellos largos años de desierto una vez liberados de Egipto. Han vivido en la penuria y la escasez con mil sacrificios y van a llegar a una tierra que poéticamente se dice que mana leche y miel; no es lo mismo atravesar un desierto inhóspito que establecerse en una tierra que pueden poseer y trabajar para obtener unos frutos de su trabajo que en el desierto no lo podían lograr ni lo habían tenido en la esclavitud de Egipto. Llegarían tiempos de bonanza y hasta de riqueza y podía venir el peligro del olvido. Es la recomendación que en nombre del Señor Moisés hace a su pueblo. Recordar con corazón agradecido el camino recorrido para saber dar un sentido a lo que ahora han de vivir.

¿No necesitaremos eso nosotros en la vida en las diversas situaciones que en nuestra historia personal o en nuestra historia como pueblo hemos tenido que atravesar? Hoy andamos borrando demasiadas memorias históricas a nivel de la sociedad y lo queremos hacer también tantas veces en nuestra vida personal. ¿No estaremos perdiendo nuestra propia identidad cuando queremos dejar a un lado para siempre esos caminos recorridos que han sido sobre los que hemos construido nuestra vida, desde donde hemos llegado a una madurez, con lo que queremos ahora mantener una estabilidad en nuestra existencia?

No todo ha sido perfecto en nuestra vida porque hemos cometido muchos errores y algunas veces en los recovecos de la conciencia pudieran aparecer quizás culpabilidades que queremos acallar; no es cuestión solo de echar tierra encima o meter la cabeza debajo del ala. Se trata de encontrar y mantener la paz de nuestro espíritu que sólo en el perdón podemos encontrar. Por eso esta jornada de témporas que hoy los cristianos vivimos, tiene por una parte aquella gratitud de la que antes hablábamos por el camino recorrido, pero tiene también este momento de reconciliación cuando buscamos encontrarnos con Dios y el perdón que generosamente nos ofrece. Solo cuando nos sentimos envueltos por la misericordia del Señor comenzaremos a sentir esa paz pero al mismo tiempo nos hace que nosotros seamos servidores de la reconciliación para los demás porque actuemos con la misma misericordia.

Pero aunque ahora los momentos puedan comenzar a ser mejores no estamos exentos de tropiezos y dificultades que sabemos que nosotros solos no siempre tenemos fuerza para afrontar por muy autosuficientes que nos creamos. No estamos solos en este camino de la vida porque no nos faltará la gracia del Señor. Es el momento de la confianza, no solo porque nos creamos capaces de seguir haciendo lo bueno, sino porque no nos faltará la fuerza y la gracia del Señor. Es con quien tenemos que saber contar, es la puerta de la oración que se nos abre para encontrarnos con la gracia del Señor.

A nivel social como a nivel personal estos días reemprendemos tareas y trabajos tras el descanso veraniego en nuestras latitudes, recomienzo de cursos para los estudiantes y reinicio de las actividades pastorales en nuestras comunidades cristianas, momentos de planificaciones y de trazarnos objetivos con las distintas acciones para lograrlos. Como creyentes le damos un sentido a estos momentos y es a lo que nos está invitando la Iglesia con esta Jornada llamada de témporas, que quizás pase desapercibida para la mayoría, pero que no podemos dejar a un lado cuando nos tomamos en serio nuestros compromisos y nuestra vida.


domingo, 4 de octubre de 2026

Seguir a Jesús significa romper las vallas que nos aíslan para vivir un nuevo sentido de comunión con el mundo que nos rodea aportando los frutos de nuestra riqueza espiritual

 


Seguir a Jesús significa romper las vallas que nos aíslan para vivir un nuevo sentido de comunión con el mundo que nos rodea aportando los frutos de nuestra riqueza espiritual

Isaías 5, 1-7; Salmo 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

Un afán muy natural, podríamos decir, que todos tenemos es el de la posesión de las cosas; esto es mío y esto es tuyo, y separamos, y diferenciamos, y ponemos vallas, y mantenemos las distancias con nuestra propia identificación, y nos sentimos posesores de aquello que alcanzamos a obtener; y porque somos los que poseemos tales cosas, sea cuales sean los títulos por los que las tengamos, nos sentimos con el derecho de hacer cada uno de su capa un sayo, como dice el refrán, hacemos lo que queremos con aquello que poseemos; claro que en la medida en que aumentamos esas posesiones parece como si nosotros también nos fuéramos inflando, subiendo de pedestal en pedestal, nos consideramos dueños y señores, poco menos que reyes, pero esas subidas pudieran ir mermando otras cosas que es nuestra humanidad, nos hacemos obsesivos con lo que poseemos, con lo material, con lo que ya comenzamos a llamar riqueza y comienzan también los distanciamientos con las personas; ¿no habíamos puesto vallas para enmarcar lo nuestro?, pero a esas vallas no les permitimos a cualquiera que las atraviesen. Aquello que parecía bueno, en principio, ¿podría haberse ido maleando nuestro corazón para llenarlo de orgullos y vanidades, de actitudes egoístas e insolidarias, e incluso de injusticia?

Nos habla hoy la Palabra de Dios tanto en el texto del profeta como en el evangelio de una viña que alguien se había cuidado de sembrar y de preparar todo lo necesario para su cultivo. El profeta nos lo presenta como el canto de amor de un amigo por su viña, que había entrecavado y preparado para que diera frutos, pero dio agrazones. El propietario de la parábola del evangelio que lo había preparado todo hasta un lagar y una bodega confió su viña a unos agricultores para que la cultivaran y al final le rindieran cuenta con sus frutos. Pero aquellos viñadores se sintieron dueños de la viña y no quisieron rendir cuentas al amo de aquella viña. Y nos habla la parábola del mundo de violencia que se desató desde aquella actitud posesiva de los viñadores; cómo rechazaron y maltrataron a los enviados y finalmente mataron al hijo del propietario para hacerse dueños de la viña.

Mucho nos quiere decir tanto el canto de amor a la viña del profeta como esta parábola que Jesús nos ofrece en el evangelio. ¿Cómo nos sentimos nosotros ante esa viña que Dios ha puesto en nuestras manos cuando nos ha dado la vida? Es quizás la primera pregunta que pudiera surgir. ¿Nos sentiremos dueños o nos sentiremos administradores?

Es cierto que es nuestra vida, la que tenemos que hacer crecer y desarrollar; no podemos olvidar lo que son nuestros propios valores, nuestras cualidades o nuestras habilidades que nos dan tantas posibilidades; podemos pensar igualmente en lo que se ha ido enriqueciendo nuestra vida en la medida en que nos hemos ido formando y madurando en la vida, con lo que hemos recibido de los demás, ya sean los padres que nos dieron la vida, nos criaron y nos formaron, pero también lo que de la sociedad que nos rodea hemos ido recibiendo y aquí si tendríamos que preguntarnos ¿y cuáles son los frutos que ahora nosotros estamos ofreciendo tras todo lo que hemos recibido? ¿Qué uso estamos haciendo de nuestra vida?

Tenemos también la tentación de la que nos habla otra parábola de hacer nuestras propias bodegas y graneros para guardarnos todo esos frutos que hayamos obtenido como si fueran solo para nosotros. Creo que podemos entender claramente por donde va esta consideración cuando nos encastillamos en nuestras torres, en nuestro mundo muy particular, cuando nos encerramos en nosotros mismos, cuando no somos abiertos para compartir esa riqueza interior con los demás. Y no estoy queriendo referirme solo a unas riquezas materiales, que para muchos parece que fuera la única riqueza de la vida, sino también a todo eso que llena nuestro espíritu, como pueden ser nuestros conocimientos, como son nuestras capacidades y cualidades, como sea todo eso que sabemos y podemos hacer.

Son los que se desentienden de la sociedad en la que viven, se aíslan en sus cosas o en sus casas, pero no son capaces de poner un granito de arena para mejorar la sociedad en la que viven; somos seres sociales porque no nos queda más remedio que vivir en un mismo mundo, pero muchas veces queremos vivir aislados y sin sentir ninguna preocupación por esa sociedad en la que viven; se desentienden de los problemas de los demás de los que no quieren enterarse porque dicen que no quieren meterse en la vida de nadie, y no son capaces de comprometerse en ninguna actividad que pueda mejorar el entorno social en el que viven.

Vivimos demasiado aislados, en lo mío o en los míos, en mis cosas, cumpliré con mi trabajo porque quiero obtener unos medios de vida, pero me desentiendo de lo demás. Son las vallas con las que cercamos lo que creemos nuestra propiedad como decíamos al principio. Jesús nos está haciendo otros planteamientos de vida cuando nos habla del Reino de Dios, Jesús quiere que tengamos otras actitudes en nuestro corazón, Jesús nos ayuda a descubrir otros valores que nos hacen entrar en una nueva relación con los otros y con el mundo que nos rodea; quien sigue a Jesús y quiere vivir en el Reino de Dios tiene que tener otro sentido de comunión. Lo contrario sería caer por una pendiente resbaladiza que nos llevaría a un abismo.


sábado, 3 de octubre de 2026

Sepamos sentir la alegría de Dios en nosotros que se hace también presente para nuestro mundo a través de señales humildes y sencillas del Reino presente en nuestras vidas

 


Sepamos sentir la alegría de Dios en nosotros que se hace también presente para nuestro mundo a través de señales humildes y sencillas del Reino presente en nuestras vidas

 Job 42,1-3.5-6.12-17; Salmo 118; Lucas 10,17,24

Con la alegría y el contento de un chiquillo con zapatos nuevos quizás también nosotros nos habremos sentido alguna vez, pero no quizás por cosas extraordinarias sino por cosas tan sencillas y ordinarias que quizás ni habías intentado hacer; algo que quizás nos parecía un juego y demasiado infantil pero que siendo mayores y no estando acostumbrados a los juegos de los niños de hoy a sus maquinitas y sus juegos electrónicos sin embargo en alguna ocasión lo intentamos y fuimos capaces de realizarlo; eso nos da alegría, no porque hiciéramos algo muy extraordinario sino porque fuimos capaces de realizar algo tan sencillo que hasta nos parecía infantil. Queremos hacer cosas que consideramos grandes e importantes y habitualmente no le damos importancia a esas cosas que nos parecen pequeñas o incluso infantiles. Pero nos dan mucha alegría en el corazón.

Hoy nos cuenta el evangelio que aquellos que había enviado como apóstoles para hacer el anuncio del Reino vienen alegres y contentos porque pudieron realizar las mismas cosas que le había visto hacer a Jesús. En expresión muy del evangelio y el lenguaje y la apreciación de los acontecimientos de la época llegan a decir que han visto cómo los demonios se les sometían en el nombre de Jesús y como este les dice ‘estaba viendo a Satanás caer como un rayo desde el cielo’.

Una alegría que les envuelve a todos y que quiere expresar Jesús con una acción de gracias al Padre. Aquellos pobres pescadores, aquellos hombres rudos y sencillos que Jesús había ido recopilando, por decirlo de alguna manera, en sus caminos de predicación por distintos sitios están experimentando en la sencillez de sus vidas cómo se manifiesta la obra de Dios. Y Jesús da gracias al Padre que se revela y se manifiesta en los pequeños y en los sencillos. Así son las cosas de Dios cuando nosotros por nuestra parte tantas veces estamos buscando cosas extraordinarias y maravillosas; pero los caminos de Dios son distintos, el actuar de Dios no va por esas cosas extraordinarias sino que tenemos que descubrirlo en lo pequeño y en lo sencillo. 

Aquellos pescadores que pensamos que solo sabían de redes y de pescas, aquellos hombres y mujeres rudos y sencillos que incluso en ocasiones se corazón se les encogía para no terminar de entender lo que Jesús les enseñaba, ahora en sus vidas están viendo las obras de Dios, a través de sus obras están anunciando y realizando la construcción del Reino de Dios.

¿No nos tendrá eso que hacernos mirar nuestra vida y nuestras obras, o mirar lo que sucede a nuestro alrededor y que por nuestra ceguera tantas veces nos ha pasado desapercibido? ¿Seremos capaces de percibir esas señales del Reino que en nosotros también se está realizando y también manifestando?

Cuántas personas en nuestro entorno están viviendo calladamente en esas señales del Reino de Dios que se realiza en sus vidas. Personas que calladamente comparten con toda generosidad y que ya lo hace parece que hasta de forma natural porque es algo que llevan empapado en sus vidas; personas que van curando con su palabra sencilla, con sus gestos de amor, con su atención y su escucha a quienes vienen a ellos cargados de angustias y para los que siempre tienen una palabra que levanta los ánimos, que ayuda a descubrir cosas bellas en la vida, que calladamente están rezando ofreciendo sus vidas al Señor por el bien de la Iglesia, por los que se sienten solos y abandonados, y así tantas y tantas cosas que nos pueden pasar desapercibidas pero que tenemos que hacer brillar, por las que nosotros también como Jesús dar gracias al Padre que así se nos revela y manifiesta.

Necesitamos aprender a valorar tantas cosas pequeñas y hermosas que suceden en nuestro entorno, que en ocasiones vemos como lo más natural pero tras las cuales hay unas personas de fe, tras las cuales hay personas que están dejando un rastro de amor, un rastro de semillas del Reino de Dios. Prestemos más atención, dejémonos contagiar por esas personas buenas que nos parece que no hacen nada pero que sin embargo están sembrando hermosas semillas del Reino de Dios. Sepamos dar gracias a Dios por ello, y también por cuantas cosas hermosas el Señor realiza también a través de nuestras vidas.


viernes, 2 de octubre de 2026

En lo pequeño y en lo sencillo construimos el Reino de Dios, pero en lo pequeño y lo sencillo se nos manifiesta Dios, escuchemos a los santos ángeles que nos hacen sentir a Dios

 


En lo pequeño y en lo sencillo construimos el Reino de Dios, pero en lo pequeño y lo sencillo se nos manifiesta Dios, escuchemos a los santos ángeles que nos hacen sentir a Dios

Éxodo 23, 20-23a; Salmo 90; Mateo 18, 1-5. 10

Como decía aquel individuo cuando estaba buscando algo que necesitaba ‘grande, ande o no ande’; como sea algo aparatoso, portentoso ya nos vale para expresar lo que somos o lo que valemos; por eso andamos buscando en la vida esas manifestaciones de nuestra grandeza o de nuestro poder, aunque se nos quede solo en vanidad y en apariencia, pero ya cuidaremos de mostrar nuestra autosuficiencia, nuestras grandezas, nuestras vanidades aunque luego andemos vacíos por dentro. Es una tentación, en muchas ocasiones muy sutil, que nos persigue, aunque a la hora de hablar de lo que realmente nos importa tratemos de disimular, ocultando lo que son las verdaderas ambiciones que llevamos dentro.

No es precisamente en esa ostentación, en esa vanidad, en esas apariencias donde vamos a encontrar lo que verdaderamente nos satisfaga y nos haga encontrar nuestra verdadera grandeza. Pero ya buscamos la forma de disimularlo, pero bien sabemos lo que buscamos allá desde lo más hondo de nosotros mismos. Hoy Jesús nos está diciendo en el evangelio que otros son los parámetros que debemos tener en cuenta. Nos cuesta, sin embargo, muchas veces entender lo que Jesús quiere decirnos y ya nos hacemos nuestras interpretaciones para justificar lo que realmente buscamos.

¿Quien es el más importante en el reino de los cielos?, se preguntan muchos en el entorno de Jesús. Los mismos discípulos más cercanos a Jesús no son ajenos a estas preguntas, por las que los encontraremos muchas veces discutiendo, y a estos deseos, aunque habrá quienes entre aquellos que se consideran más cumplidores que nadie, cómo eran los maestros de la ley y los fariseos, que vienen también con esa misma pregunta a Jesús. Nos la encontraremos varias veces en el evangelio.

La respuesta hoy Jesús nos la da de una manera gráfica. Coge a un niño, lo pone en medio de todos, y nos dice que quien acoge a un niño como aquel es el que va a poder entrar en el Reino de los cielos, quien va a ser verdaderamente importante en el Reino de los cielos. Y nos habla de hacernos niños, pequeños y sencillos, personas que aparentemente nada significan y que no se crean con importancia, porque es la manera de acoger a Jesús. y su palabra. 

La imagen del niño viene a representar mucho en aquella época y en aquella cultura, porque el niño, por así decirlo, no representaba nada, era considerado como un ser sin valor, no se le tenía en cuenta, no tenía ningún derecho; hemos de saber entender lo que eran las costumbres y la cultura de la época.

Por esos caminos humildes y de sencillez han de ir nuestros valores; pero es que por ese camino humilde y sencillo es cómo podemos llegar a Dios, es desde ese corazón humilde y sencillo que está vaciado de vanidades y de ínfulas de soberbia desde el que podemos escuchar a Dios y encontrarnos con El. 

Tenemos que pensarlo bien cuando rodeamos muchas veces nuestra religiosidad y nuestra espiritualidad de signos de grandeza y ostentación que se nos puede quedar en humo que se disipa sin que de verdad desde nuestro corazón sintonicemos con Dios. De muchas cosas tenemos que despojarnos para que solo brille y resplandezca en nuestro corazón y en las manifestaciones religiosas que hagamos la luz de Dios. ¿Estaremos poniendo muchos velos superficiales de falsa espiritualidad en nuestras relaciones con Dios como es nuestra oración y nuestro culto?

Tenemos que saber discernir ese susurro de Dios que nos llega en el silencio de nuestro corazón que con la presencia de los santos ángeles nos hacen encontrarnos con Dios en lo más secreto de nosotros mismos. Hoy precisamente estamos celebrando la fiesta de los santos Ángeles Custodios que son los que nos hacen sentir la verdadera espiritualidad, que es el auténtico encuentro con Dios. Cuando Jesús nos ha propuesto al niño pequeño y humilde al que tenemos que acoger para sentir en el pequeño esa presencia de Dios nos ha dicho también que sus ángeles están en el cielo al mismo tiempo contemplando el rostro de Dios. 

¿No tendríamos que aprender a descubrir ese actuar de Dios en nosotros a través de eso pequeño y sencillo que nos está hablando de Dios, que nos hace sentir su presencia? Estemos atentos a esos ángeles de Dios que en lo pequeño y en lo sencillo nos hacen sentir la presencia y la fuerza de Dios en nuestras vidas.


jueves, 1 de octubre de 2026

Pongámonos en camino con un anuncio del que tenemos que ser signos, aun en las situaciones oscuras, el Reino de Dios ha llegado

 


Pongámonos en camino con un anuncio del que tenemos que ser signos, aun en las situaciones oscuras, el Reino de Dios ha llegado

Job 19, 21-27; Salmo 26; Lucas 10, 1-12

La imagen del camino es una imagen muy repetida que emplean tanto los poetas como los filósofos como por cualquiera que quisiera explicarnos el propio sentido de la vida; en camino con unas metas y unos objetivos, en camino como recorrido de múltiples experiencias que conforman la vida misma, en camino con sus logros y con sus dificultades al tiempo que con los momentos encantadores en que disfrutamos de la vida misma; la empleamos como imagen de lo que es nuestra vida cristiana y lo que significa el seguimiento de Jesús, como el mismo Jesús nos viene a decir que El es el Camino; una imagen del Reino de Dios que hemos de anunciar pero que primero que nada tenemos que vivir recorriendo nosotros también un camino, que podemos llamar si queremos un proceso de vida, de descubrimiento pero también de lo que hemos de vivir.

En el pasaje que hoy nos ofrece el Evangelio contemplaremos a Jesús que ha escogido y a llamado a los que quieren ser sus discípulos pero que al mismo tiempo los pone en camino; ser sus discípulos ha significado primero que nosotros hemos escuchado ese anuncio y esa invitación a darle la vuelta a nuestra vida para creer lo que se nos anuncia, la llegada del Reino de Dios, pero no como algo ajeno o externo a nosotros sino como algo que nosotros comenzamos a vivir; nos hemos dejado transformar para vivir en esas características, podríamos decir, de lo que es el Reino de Dios.

Pero hoy Jesús nos pone en camino para anunciar eso mismo que nosotros estamos viviendo; no es un mensaje que nos han dado y nosotros simplemente nos hemos de contentar con ser transmisores fieles, vamos a transmitir lo que nosotros vivimos, vamos a anunciar lo que vivimos, por eso nosotros mismos nos hemos de convertir en signos de lo que es ese Reino de Dios; no es solamente que nosotros podamos curar a los enfermos o expulsar demonios como nos dicen textualmente las palabras del Evangelio, sino que nosotros somos testigos de que eso se ha realizado en nosotros; es la forma con la que la palabra que anunciamos tiene toda su autoridad.

Repetidamente nos dice Jesús lo que tenemos que anunciar, ‘ha llegado el Reino de Dios’. No son solo palabras que pronunciamos sino que tiene que ser el signo de nuestra vida con el que manifestemos esa presencia del Reino de Dios. Pero como nos dice Jesús no es un camino fácil, vamos enviados como corderos en medio de lobos, el campo que tenemos que trabajar es muy grande y no somos suficientes obreros - ¿será por eso por lo que en otros lugares del evangelio Jesús nos propone la parábola en la que el dueño de la vida sale a distintas horas a buscar obreros para su viña? -, pero además habrá ocasiones en que no somos aceptados o somos rechazados.

Fijémonos que Jesús en ese momento en que quizás somos rechazados y tendremos que irnos a otro sitio nos sigue repitiendo lo mismo que tenemos que anunciar. Sacudimos el polvo de nuestros pies… pero tenemos que seguir repitiendo, ‘sabed que el Reino de Dios ha llegado’. Y esto tenemos que decirlo con convencimiento, porque el Reino de Dios no está con nosotros solamente cuando las cosas marchan de forma esplendorosa sino que también ahí, en la dificultad, en los problemas, en los momentos difíciles, cuando nos llegue el rechazo o el sufrimiento, cuando los caminos se nos vuelven oscuros y hasta tenebrosos tenemos que sentir que el Reino de Dios está con nosotros, que ha llegado el Reino de Dios.

Por la forma en que el cristiano vive esas situaciones estará dando señales de que el Reino de Dios ha llegado. Nos cuesta aceptar y afrontar esas situaciones, se nos hace duro el camino en esos momentos oscuros, tendremos quizás que caminar incluso entre lágrimas, pero seguimos manteniendo una fe, seguimos manteniendo el espíritu en alto, seguimos caminando con la certeza de que Dios está ahí con nosotros en ese camino concreto que nos ha tocado vivir, seguimos con la seguridad, porque así nos lo ha dicho Jesús, que el Reino de Dios ha llegado, y en esas situaciones nosotros hemos de ser testigos y mensajeros. Pongámonos en camino.


miércoles, 30 de septiembre de 2026

Mantengamos siempre el ritmo de los pasos de Jesús manteniendo nuestra fidelidad hasta el final aunque haya impedimentos o no seamos comprendidos

 


Mantengamos siempre el ritmo de los pasos de Jesús manteniendo nuestra fidelidad hasta el final aunque haya impedimentos o no seamos comprendidos

 Job 9,1-12.14-16; Salmo 87; Lucas 9,57-62

¿Me haces una rebaja? ¿cuánto tiempo me das para liquidar la cuenta? ¿podríamos combinar esto que parece tan bonito con aquello que tengo en casa de lo que no me gustaría desprenderme? ¿en cuanto tiempo tengo que decidirme? ¿lo puedo luego cambiar? ¿puedo volverme atrás si no me gusta? Son componendas, son arreglos a los que estamos acostumbrados en nuestras relaciones personales, en nuestros tratos comerciales, en las decisiones que tendríamos que tomar y ante lo que andamos siempre tan indecisos y bamboleantes. Rehuimos decisiones drásticas que condicionen nuestro futuro; los radicalismos parece que si pudieran valernos para nuestros gritos y reclamaciones, pero no tanto para las decisiones que hemos de tomar que marquen un rumbo a nuestra vida; estamos siempre temiendo tener que tomar decisiones que suenen a definitivas, tal es el relativismo en que vivimos.

Nos sucede en nuestra vida social, está en el ámbito de los planteamientos que tengamos que hacernos de la vida, nos toca en la vida familiar, están por medio los continuismos y permanencias como decimos ahora en nuestros trabajos y hasta en nuestras responsabilidades, ahí entran también los compromisos sociales en los que queramos implicar nuestra vida, nos llega y nos toca también a nuestra vida religiosa y todo lo que abarca el sentido cristiano de la vida. Indecisiones, falta de compromiso, poca continuidad, cansancios y aburrimientos que rompen muchos ritmos de la vida, actuamos muchos veces por impulsos momentáneos que muchas veces pronto se desinflan. Con esos presupuestos de vida ¿podemos plantearnos en serio un seguimiento de Jesús y una vida cristiana?

Es lo que se nos plantea hoy en el evangelio en algunos que se ofrecen para seguir a Jesús o en otros que condicionan su seguimiento a diversas situaciones que se puedan encontrar en su vida. Ya Jesús en otra ocasión nos dirá que o con El o contra El, que quien no recoge con El desparrama. Es la radicalidad que hoy también nos está planteando. Jesús no obliga a seguirle, Jesús invita, Jesús ofrece caminos, Jesús quiere que mantengamos una estabilidad en la vida y en las decisiones, no podemos ser veletas que nos dejemos llevar por el viento del momento. El impulso que nos ofrece su Espíritu es de continuidad y de estabilidad. No siempre es fácil, porque muchas veces nos podemos ver, como se suele decir, entre la espada y la pared, pero nuestras decisiones es necesario que sean firmes.

Hemos de tener claro lo que significa seguir a Jesús, ponernos en su camino; hay que tener en cuenta nuestra disponibilidad y nuestra generosidad, hemos de saber bien con que apoyos contamos, y hemos de tener claro lo que son las metas que nos propone Jesús. Por eso Jesús nos habla de ese vaciamiento de nuestra vida, donde no vamos a tener humanamente ni donde reclinar la cabeza pero siempre con la seguridad de que El acoge a los que están cansados y agobiados porque El es nuestro descanso; no podemos andar distraídos por la vida dejándonos arrastrar o engañar por cantos de sirena de otras cosas que nos pueden parecer también buenas y necesarias porque solo El es el sentido de nuestra vida; no podemos vivir de las añoranzas de lo que antes hayamos poder vivido sino que siempre tenemos que estar abiertos a la novedad que nos ofrece el Reino de Dios. Nos hablará no de remiendos sino de una vestidura nueva, nos hablará de odres nuevos para el vino nuevo del Reino de Dios.

¿Seremos capaces de ponernos en camino al ritmo de los pasos de Jesús? Cuidado con las rebajas y los remiendos, cuidado con las mezclas y las componendas, cuidado con las indecisiones y las miradas hacia atrás lamentándonos de lo que hayamos tenido que dejar., cuidado con las reservas para tener algo en lo que apoyarnos si algo nos falla algún día, cuidado con los miedos y las cobardías.

Nos cuesta, pero que nunca nuestro corazón se aparte de lo que es nuestro verdadero camino, que en el fondo mantengamos siempre nuestra más profunda fidelidad aunque las circunstancias nos cambien muchas cosas o nos por alguna razón nos podamos ver impedidos para expresar todo lo que llevamos dentro. Nuestro ser tiene que mantenerse en una fidelidad interior aunque no sea comprendida.