Una
pregunta que no es una formalidad es cómo y dónde hemos de preparar la cena
pascual en el hoy de nuestra vida
Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26,
14-25
Cuando
tenemos la sensación de que se acerca algo importante o cuando se nos anuncia
un acontecimiento que de alguna manera puede marcar un antes y un después en
nuestra vida, como cuando nos acercarnos a fechas que para nosotros son
importantes porque han hecho historia en nuestra vida o en la vida de nuestro
pueblo, lo normal es que nos preparemos bien sea para dejarnos sorprender eso
que nos llega y no esperábamos, o hagamos las previsiones necesarios para esos
acontecimientos que hemos de celebrar. Cuantos momentos de la vida nos pasamos
preparando y en cierto modo pregustando ya hechos o fechas que consideramos
importantes. Porque de la preparación y predisposición por nuestra parte va a
depender lo que luego habremos de vivir.
Estos días
que vivimos son días de mucho ajetreo en la preparación de todo lo que
consideramos necesario para la Semana Santa en la que ya estamos, pero en donde
siempre nos quedan cosas que preparar a última hora. Tremenda movida vemos
estos días en nuestros templos y en torno a las imágenes sagradas. Estamos
preparando la semana santa, nos decimos, y hay muchas cosas que hacer.
Pero aun así
quizás tendríamos que hacernos con sinceridad la pregunta que le hacían a Jesus
aquel día, vísperas ya casi de la Pascua, ‘¿Dónde quieres que te preparemos
la cena de la Pascua?’, aunque no sé si quizás tendríamos que darle una
vuelta a esa pregunta en un ¿qué tenemos que preparar para la Pascua o cómo
tenemos nosotros que prepararnos para la celebración de la Pascua? Quizás no
sean cosas, ni sea un lugar, sino algo más profundo.
También
tendríamos que decir que si nos hemos tomado en serio y con toda sinceridad
este camino cuaresmal que llevamos haciendo ya cuarenta días ahí hemos tenido
que ir encontrando la respuesta a esa pregunta que nos estamos haciendo. Ese es
realmente el sentido de la Cuaresma y esa mesa de la Palabra que se ha abierto
día a día ante nosotros habrá tenido que
servirnos en esa preparación. Esperemos que el camino no haya sido en vano,
aunque muchos cantos de sirena nos ha ofrecido la sociedad en este tiempo que
nos habrán podido servir de distracción. Pero el cristiano que quiere vivir su
fe con intensidad sabe que siempre se va a encontrar vientos en contra, vientos
racheados que nos pueden hacer perder la estabilidad de nuestro camino y
nuestro destino.
En el texto
del evangelio es cierto que los discípulos andaban preocupados, al estar en
Jerusalén y allí no tener hogar propio, por esa preparación de los detalles de
la cena. Vemos cómo Jesús les señala dónde y ellos hacen los preparativos. Y el
evangelista nos ofrece ya los primeros momentos de esa cena pascual, desde
aquello que ellos estaban viviendo y desde lo que podían intuir por las
palabras de Jesus. Estos preparativos y este principio de la cena que vienen
enmarcados en momentos de sombras, teniendo en cierto modo como casi
protagonista a Judas Iscariote. Por una parte se ha puesto en contacto con los
sumos sacerdotes para la entrega, y por otra parte Jesús señalará ya desde el
comienzo de la cena la traición que se está gestando.
Es el marco
que nos ofrece la liturgia de este día en los diferentes textos de la Palabra
de Dios y es el marco también que nosotros estamos poniendo con nuestra vida.
El profeta nos presenta el tercer cántico del siervo de Yahvé, donde nos
hablará de ultrajes y sufrimientos; ‘ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban
mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos’, nos dirá el profeta, pero al mismo tiempo por una
parte la sensación de no sentirse abandonado ‘el Señor Dios me ayuda… mi
defensor está cerca, ¿quién pleiteará contra mi?’, mientras nos enseña a
decir una palabra de aliento y abre mis oídos para escuchar los lamentos.
¿Nos tendrá que hacer pensar todo esto
en nuestros propios sufrimientos o en el sufrimiento que envuelve nuestro
mundo? Creo que tenemos que tener conciencia de esto y no lo podemos olvidar. Porque esto formará
parte de la Pascua, nuestra pascua que hemos de vivir pero también de lo que ha
de ser el anuncio de Pascua que nosotros hagamos a nuestro mundo. El Señor nos
ofrece la mesa de la Pascua para que todos podamos sentarnos en su rededor;
todos estamos llamados a esta mesa pascual, porque todos tenemos que sentir ese
paso salvador de Dios por nuestras vidas como quiere hacerse presente en
nuestro mundo, incluso en ese mundo que le da la espalda, porque la salvación es
para todos, porque todos hemos de contemplar la gloria de Dios.
¿Cómo nos vamos entonces a preparar?
¿Qué disposiciones tiene que haber en nuestra vida? ¿A qué lugares concretos
tendremos que ir para hacer más presente al Señor?