Aprendamos
a sortear los tropiezos que aparecen en las aglomeraciones de la vida y estemos
siempre dispuestos a disculpar para saber caminar juntos
Hechos, 11, 21-26; 13, 1-3; Salmo 97; Mareo
5, 20-26
Si tenemos que caminar en medio de una aglomeración
de personas seguramente tendremos que ir sorteando mil obstáculos que se
interponen en nuestro camino, que muchas veces son las mismas personas con las
que nos vamos cruzando, porque no todos vamos en la misma dirección, porque
cada uno va absorto en sus pensamientos buscando quizás su propia salida, nos
cruzamos entre unos y otros y algunas veces tropezamos con esas mismas
personas; trataremos de ir con el mayor cuidado, atento a lo que nos vamos
encontrando, evitando en nuestros roces dañarnos los unos a los otros, pero aun
así nos aparecerán caras de mal humor, gente que se siente molesta o nosotros
mismos nos sentimos quizás como unos inútiles porque no somos capaces de
avanzar sin esos tropiezos.
Puede ser una imagen de lo que es el
camino de nuestra vida, y ahora no nos referimos a un caminar geográfico, sino
lo que es nuestra vida en si misma. No caminamos solos por la vida aunque
algunas veces cuando nos asoma la insolidaridad o el egoísmo pretendemos
aislarnos, vivimos en sociedad, vivimos en medio de una comunidad humana,
estamos siempre en relación con los otros, empezando por la familia con la que
convivimos, las personas más cercanas a nosotros, como pueden ser los vecinos o
los amigos, pero en ese ámbito entran nuestras relaciones laborales y sociales.
Y en ese camino, claro, nos aparecen
los tropiezos, nuestro carácter, nuestra manera de pensar, los objetivos
personales que podamos tener, la manera de ver incluso la sociedad en la que
vivimos, una multitud de cosas que tendrían que llevarnos al intercambio y al
diálogo, al compartir y al caminar juntos; pero no siempre es fácil porque el
intercambio se puede convertir en enfrentamiento, el caminar juntos nos puede
hacer que nos fijemos más en las debilidades que en los valores, la llamada a
compartir se puede trastocar en desconfianzas, y así pueden ir apareciendo las
diferencias pero también las heridas que en los encuentros se pueden producir.
¿Es imposible hacer ese camino juntos?
¿Se hace difícil e imposible la convivencia? ¿Comenzaremos a cavar zanjas de
división y lejanía? A pesar de nuestra buena voluntad, reconocemos que somos
humanos y nos pueden ir apareciendo esas sombras que pueden ir oscureciendo
nuestra vida. ¿Lo damos por imposible? Un cristiano no se puede dar por vencido
en esas cuestiones aunque desde dentro de nosotros aparezca esa fiera que
llevamos oculta.
Es de lo que quiere hoy hablarnos el
evangelio. Será el amor que pongamos en nuestra vida lo que sanará esos
impulsos negativos que nos pueden aparecer dentro de nosotros; será el amor el
que nos impulse a esa delicadeza de nuestra vida para evitar esos roces que
tanto daño nos harían; delicadeza en nuestros gestos y en nuestras palabras, en
la manera de acercarnos a los otros con respeto y valoración siempre de la
persona, y en la humildad con que nos llegamos a los demás para que haya esa
cercanía y esa mutua comprensión. Jesús nos habla de manera fuerte cuando se
trata de las palabras con que tratamos o nos referimos a los demás. Qué triste
es escuchar el lenguaje fuerte y despreciativo que suena a nuestro alrededor
para referirse a los que nos parecen distintos.
Jesús nos invita a que siempre
busquemos la reconciliación; y para eso es necesario saber acercarse con
humildad también a aquel con quien no estamos de acuerdo o que incluso nos haya
dañado u ofendido. Recordemos que en otro momento Jesús nos dirá que no solo
hemos de amar al enemigo sino también rezar por él. Seremos capaces de eso
cuando sea la bondad la que prevalezca en nuestro corazón, para no responder de
la misma manera, para quizás guardar silencio aunque nos parezca que perdamos,
a poner siempre la disculpa antes que la acusación; no es fácil porque nuestro
orgullo y amor propio se nos rebelan, pero hemos de saber sacar la fortaleza de
nuestro espíritu y saber que con nosotros está el espíritu del Señor que es
quien nos da fuerza y alimenta nuestro amor.
El Señor nos ha colmado con su
misericordia para que nosotros actuemos también con la misma misericordia con
los demás. Sabremos así sortear los tropiezos que aparecen en la aglomeración
de la vida y estaremos siempre a disculpar para sabernos acercar mejor.