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martes, 12 de mayo de 2026

Mostremos en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que vivimos, porque las caras de circunstancias y aburrimiento que a veces ponemos no convencen a los demás

 


Mostremos en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que vivimos, porque las caras de circunstancias y aburrimiento que a veces ponemos no convencen a los demás

 Hechos 16, 22-34; Salmo 137; Juan 16, 5-11

Nos sucede a nosotros también como a los discípulos que estaban rodeando a Jesús en la última cena y en esos posteriores momentos en que Jesús con sus palabras está haciendo brotar de su corazón sus mejores sentimientos y deseos para sus discípulos. Pero los discípulos no terminaban de entender de aquellas confidencias de Jesús.  Por mucho que Jesús les dijera no querían separarse de El; no terminaban de entender las promesas que Jesús les hacia del envío del Espíritu Santo y por eso están tristes.

¿Quién de nosotros alguna vez en su imaginación, vamos a decirlo así, no habrá querido sentirse al lado de Jesús en aquellos momentos que hablaba a las gentes, sintiéndonos nosotros uno más en medio de aquellas multitudes y también nos habremos dicho que si hubiéramos estado allí hubiéramos creído más en las palabras de Jesús? Han sido momentos de fervor que hemos vivido, momentos en que han aflorado los mejores sentimientos de nuestro corazón, momentos intensos de grandes emociones que nos han hecho hacer mil promesas, pero cuando nos han llegado los momentos difíciles, cuando han aparecido las dudas y los miedos, cuando en un momento determinado hemos tenido que dar una respuesta comprometida, ¿hasta donde hemos llegado?

Separamos quizás aquellos momentos de emoción con el día a día de nuestra vida y ya no sabemos hasta donde llega en nuestra vida nuestra fe; también quizás en esos momentos difíciles nos ha faltado algo, nos hemos llenado de miedos, seguimos sin descubrir la presencia de Jesús que en su Espíritu siempre está con nosotros. Se nos puede desinflar la fe que quizás en otro momento vivimos con tanto fervor. ¿Llegaremos a mostrar en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que decimos que tenemos? Esa alegría es algo que muchas veces nos falta, porque no terminamos de entender lo que significa la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida; aunque sea un articulo de nuestra fe que recitamos cuando decimos el Credo quizás son palabras que no hemos metido lo suficiente en nuestro corazón. De ahí las caras de tristeza – o de aburrimiento – que muchas veces ponemos. ¿Podremos en verdad convencer a alguien con esas caras de circunstancias con que muchas veces vivimos nuestra religiosidad?

Creo que tenemos que revisar muy bien muchas de las cosas que vivimos y con las que queremos manifestar que son en verdad unos seguidores de Jesús. Muchas rutinas se nos pegan al corazón y comenzamos a caer por la pendiente de la tibieza y de la superficialidad. Nos podemos quedar en apariencias que se vuelven vanidad y que no son la expresión profunda de una fe con la que nos sentimos comprometidos en toda nuestra vida.

Hoy nos ha dicho Jesús unas palabras que muchas veces nos cuesta entender y nos damos nuestras explicaciones que se nos pueden quedar en lo superficial. Nos ha prometido que nos enviará su Espíritu pero nos dice que ‘cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado’. Convictos, nos dice, de un pecado, de una justicia y de una condena. ¿No será nuestro pecado no terminar de aceptar todas las palabras de Jesús viviendo una fe superficial o según conveniencias?

Hay una certeza grande de que con los ojos de la cara no vamos a ver a Jesús, por ejemplo, con la imagen que nos es fácil imaginar tal como estaría entonces en medio de los discípulos. Pero Jesús nos dirá, sin embargo, que le veremos, es la visión que el Espíritu Santo pone en los ojos de nuestra alma para descubrir esa presencia de Jesús; lo tenemos en los sacramentos, por ejemplo, pero lo podemos sentir en el corazón y es una forma de ver; pero Jesús en los demás, ¿no nos ha dejado también signos de su presencia cuando nos dice que lo que le hagamos al otro al El se lo hacemos?

¿Mereceremos acaso condena por esas carencias con que vamos viviendo nuestra vida de fe, nuestra vida cristiana? Siempre está la esperanza de la misericordia, porque Jesús no ha venido para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por El.

lunes, 11 de mayo de 2026

El Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre que dará testimonio de Jesús, y que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús

 


El Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre que dará testimonio de Jesús, y que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús

Hechos 16, 11-15; Salmo 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Es cierto que a veces al tener que enfrentarnos a lo desconocido se nos pueden llenar de temores el corazón porque en nuestras dudas y miedos no sabemos si sabremos afrontar esas nuevas situaciones que se nos presenten y de alguna manera se nos meten muchas cosas en la cabeza, muchas imaginaciones en que podemos barruntar que no va a ser fácil lo que tenemos que hacer.

Nos sucede en el día a día de nuestra vida, nos sucede cuando tenemos entre manos un nuevo proyecto que aunque nos llena de ilusión también nos aparecen esos miedos de si seremos capaces de llevarlo a cabo, nos sucede en la tarea de superación personal que cada uno vivimos donde nos damos cuenta de nuestras posibilidades pero también de nuestras debilidades que nos podrían llevar a muchos tropiezos, y nos sucede en el camino de nuestra fe, de nuestro compromiso cristiano en medio del mundo que nos rodea.

¿De donde sacaremos fuerza?, quizás nos preguntamos muchas veces, o quizás después de realizados esos proyectos también nos preguntamos cómo fuimos capaces de afrontar todo eso y llevarlo adelante, dónde encontramos esa fortaleza para llegar a hacer lo que incluso creíamos que éramos incapaces de realizar.

Jesús nos está hablando hoy del ‘Paráclito que enviará desde el Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre’. Jesús les había prometido que no los abandonaba, que El estaría con ellos pero les hacia saber que era de una manera nueva. Lo irán luego experimentando después de la resurrección en aquellas manifestaciones de Jesús como hemos venido meditando en esta pascua. Será el Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre el que dará testimonio de Jesús, como hoy nos dice. Y el que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús. Todo un misterio de Dios, todo un misterio de amor.

Jesús no les oculta que no todo será siempre fácil. Les habla de persecuciones e incluso muerte, y les anuncia todo esto para que cuando lleguen esos momentos difíciles no se vengan abajo, ‘cuando llegue la hora os acordéis de que yo os lo había dicho’. Pero Jesús les estará garantizando que con la fuerza del Espíritu, el Paráclito, podrán dar ese testimonio de Jesús.

No se trata tanto de lo que nosotros por nosotros mismos seamos capaces de hacer, que podemos hacer más de lo que nosotros pensamos, pero es que no vamos por caminos de autosuficiencias ni de orgullos personales, estamos en otra honda, otro el sentido espiritual que debe envolver nuestra vida porque es envolvernos del Espíritu de Dios. El Espíritu que nos ilumina y nos llevar a que podamos comprenderlo todo, el Espíritu que completa en nuestro corazón esa revelación de Dios porque nos recordará todo lo que Jesús nos ha enseñado, el Espíritu que nos da fortaleza para quitar miedos, para abrir puertas, para saltar sobre esos abismos y barreras que tantas veces nos creamos, que le da profundidad a nuestra vida para que no nos quedemos ni en la apariencia ni en lo superficial, el Espíritu que nos hace humildes porque no somos dueños de una verdad sino mensajeros de una buena nueva, el Evangelio de Jesús, el Espíritu que va a animar y dar sentido también a nuestra oración porque solo con la acción del Espíritu podremos decir que Jesús es el Señor y llamar Padre a Dios.

Mucho tendríamos que reflexionar sobre todo esto porque aunque nos decimos cristianos y creyentes que hemos puesto nuestra fe en Jesús sin embargo con demasiada frecuencia nos olvidamos de esta acción del Espíritu Santo en nosotros. Nos sentimos débiles por nosotros mismos y cuando nos envuelven los problemas o se nos hace costoso el testimonio que hemos de dar de nuestra fe parece que nos sentimos sin fuerzas y en nuestros miedos muchas veces reculamos y no somos lo valientes que tendríamos que ser. Muchos miedos y cobardías se nos meten en el alma.

Tendríamos que escuchar con mucha atención estas palabras de Jesús y hacerlas vida de nuestra vida. Muchas veces decimos que el Espíritu Santo es el gran olvidado, pero es que realmente está ahí en el credo de nuestra fe, pero no terminamos de asimilar y sentir su presencia en nosotros y en la vida de la Iglesia.

domingo, 10 de mayo de 2026

No nos ha dejado huérfanos Jesús, nos da el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad que nos inspira y nos hace sentir siempre la presencia de Jesús

 


No nos ha dejado huérfanos Jesús, nos da el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad que nos inspira y nos hace sentir siempre la presencia de Jesús

Hechos 8, 5-8. 14-17; Salmo 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21

Cuando vivimos arropados los unos con los otros formando un equipo o un grupo pero sobre todo con la presencia de alguien que, como un líder, nos da fuerza y ánimos para ir logrando las metas que nos proponemos, que además ha puesto su confianza en nosotros y nos ha ayudado a crecer y madurar dándonos además confianza en nosotros mismos, si en un momento determinado esa persona nos falla, porque no puede seguir con nosotros, porque por ejemplo le sobreviene la muerte de forma inesperada, nos parece que nos venimos abajo, que perdemos nuestra seguridad y confianza, nos parece que ya nos sentimos imposibilitados para llevar a cabo aquellas metas que nos habíamos propuesto. ¿Seremos capaces de renacer de nuestras cenizas? ¿Dónde y cómo vamos encontrar esos apoyos que nos ayuden a seguir creyendo en nosotros mismos?

Pongo esta imagen en el comienzo de la reflexión de hoy porque de alguna manera se sentían así los discípulos de Jesús ante los acontecimientos que se avecinaban por lo que el mismo Jesús les había señalado; teniendo aun a Jesús con ellos ya comenzaban a sentirse solos y abandonados, incapaces de continuar con la tarea del Reino de Dios que Jesús les había encomendado. Es la tristeza que están viviendo en la cena pascual con esos aires de despedida que los envolvían.

Pero las palabras de Jesús es decirles que no les dejará abandonados. Palabras de aliento y de ánimo, palabras que siempre como todas las palabras de Jesús siembran esperanza. ‘No os dejaré huérfanos, les dice, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’. Sin embargo, a ellos les cuesta entender. Jesús les insiste en la fidelidad que han de mantener, han de seguir haciendo y haciéndolo con intensidad todo aquello que Él les ha enseñado. Han de mantenerse firmes en su amor que tiene que transformarse en amor en sus vidas.

Por eso les habla de una presencia nueva, que será como su abogado y defensor, que les hará tener presente siempre las palabras de Jesús, lo que Jesús les ha enseñado. El Paráclito, es la palabra que se emplea en el evangelio, que viene a significar algo así como el Defensor. ‘Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.

Sentirán entonces en sí mismos el Espíritu de Jesús que les hace presente a Jesús; sentirán su inspiración para las obras buenas que tienen que seguir haciendo; sentirán en su corazón como llegarán a entender mejor todo el sentido de Jesús, todo lo que significaba aquella buena nueva que venía a ser Jesús para el mundo. No todos lo comprenderán ni podrán conocerlo, solo quienes han puesto totalmente su fe y su confianza en Jesús podrán entender el sentido de sus Palabras y podrán llegar a sentir en sus corazones la presencia del Espíritu Santo.

Estamos entrando ya en las rectas finales de nuestro tiempo de Pascua, porque el próximo domingo celebraremos ya la Ascensión y dentro de quince días Pentecostés. Es momento de seguir intensificando la vivencia de la Pascua, que no se nos quede ya como un recuerdo pasado; seguimos viviendo la Pascua, como ese sentido pascual tiene que estar presente siempre en la vida del cristiano cada día. Pero viene siendo el momento ya de irnos preparando para la fiesta de Pentecostés para que sintamos en verdad la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, en nuestra vida, y en la vida de la Iglesia.

Momento de despertar nuestra fe en la presencia del Espíritu Santo sin el cual nuestra vida podría quedarse en un vacío e incluso nuestras celebraciones en unos rituales sin vida. Recordemos que no hay sacramento sin la acción del Espíritu Santo que nos hace sentir en el Sacramento la presencia y la acción de Jesús. ¿No invocamos al Espíritu Santo para que transforme nuestras ofrendas del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús?  No olvidemos que por el agua y el Espíritu hemos renacido a una nueva vida en nuestro Bautismo. Y es por la acción del Espíritu Santo por el que recibimos el perdón de los pecados en el Sacramento de la Penitencia.

Y así en todos los sacramentos. Pero así tendría que ser en toda nuestra vida de fe, en nuestra oración en la que nos sentimos hijos que hablamos y oramos al Padre, como en todo lo que significa el compromiso de nuestro amor; dejémonos inspirar por el Espíritu Santo para esas nuevas iniciativas de compromiso de amor que hemos de vivir cada día, pero es con la fuerza del Espíritu cómo vamos a expresar nuestro amor. ¿No es nuestro Paráclito, nuestro Defensor? Cuando algo nos cueste o se nos haga difícil invoquemos al Espíritu y sentiremos la fuerza de Jesús para realizar sus mismas acciones.

No estamos solos, no nos ha dejado huérfanos Jesús. Con la fuerza de su Espíritu seguiremos creyendo en nuestras posibilidades, ser testigos de Jesús con nuestra vida, dar testimonio de nuestra fe.

 


sábado, 9 de mayo de 2026

No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

 


No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

Hechos 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

Ya lo decía el principio del evangelio de san Juan, la luz quiso brillar para disipar las tinieblas, pero las tinieblas no la quisieron recibir, querían prolongar el reino de la oscuridad y de la muerte. ¿Por qué los que aman y hacen el bien no son comprendidos, es más, muchas veces son rechazados y hasta perseguidos? El que hace el bien pone al descubierto lo que es obra del maligno y a nadie le gusta verse denunciado por las obras del mal que realiza, no solo trata de ocultarlas o disimularlas sino que muchas veces incluso nos las querrá presentar como buenas. Es la gran confusión en que vivimos en nuestra sociedad, es el rechazo de las obras de la luz, es el embrollo en que queremos meter todas las cosas porque siempre buscamos fallos y debilidades para quitar el brillo y el resplandor de lo bueno.

¿Nos tiene que desanimar todo esto? ¿Hará que temamos aparecer con nuestros resplandores de luz cuando queremos anunciar la buena nueva de Jesús? Podremos decir que somos débiles y también pecadores, pero no podemos ocultar el brillo de la bueno, no podemos dejar de anunciar la buena nueva de Jesús, no tienen por qué hacernos callar.

Jesús en aquella conversación de sobremesa después de la cena pascual, que sonaba a despedida, a ultimas recomendaciones, a hacerles sentir que su presencia nunca nos fallará, que nos prometerá la fuerza del Espíritu que nos lo enseñará y recordará todo pero que también va a ser nuestra fuerza interior para mantenernos en nuestra fidelidad y también para hacer anuncio del evangelio, les hace ver a los discípulos también las dificultades en que se van a encontrar. Si lo rechazaron a El, el discípulo no es mayor que su maestro y lo mismo también nos vamos a encontrar ese rechazo. Son las palabras que hoy le escuchamos a Jesús.

Palabras que sostuvieron el ánimo de los discípulos y de aquellos primeros momentos de la Iglesia que realmente no fueron fáciles, pero son las palabras que siguen sosteniéndonos a nosotros hoy que tampoco tenemos fácil hacer el anuncio del evangelio de Jesús. Palabras de Jesús que tienen que dar claridad a nuestra mente al tiempo que fortaleza al corazón para discernir en cada momento la situación en la que nos encontramos, lo que necesita ese mundo que nos rodea, y la fuerte voluntad por nuestra parte para seguir en nuestro compromiso como discípulos de Jesús que han sido enviados al mundo con una buena nueva que traería la verdadera alegría y paz a nuestro mundo.

Nos tenemos que sentir seguros en el Señor. No vamos desde nuestra valentía personal, no son solo las cualidades que nosotros podamos tener para hacer de la mejor manera posible nuestra acción pastoral, es la confianza que sentimos en el Señor porque El es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es la presencia del Espíritu del Señor que guía e inspira nuestras iniciativas y toda nuestra actividad.

Una tarea que comenzamos haciendo allí donde estamos, con nuestra familia y con la gente que nos rodea, que como nos anuncia hoy Jesús no siempre nos comprenderán ni nos aceptarán. No importa que en ocasiones resultemos incómodos, porque eso significa que llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios; no importa que nos digan que también nosotros somos pecadores, eso ya lo reconocemos, pero sentimos el amor de Dios en nuestra vida que ha sido misericordioso con nosotros y eso nos hace que con mayor coraje queramos dar nuestro testimonio. Pero la luz no se oculta debajo de la mesa sino que se pone en alto para que ilumine a todos.

Limpiemos, es cierto, la pantalla de nuestra vida, para que se refleje la luz verdadera. Es lo que tenemos que hacer. Es el compromiso de la fe que hemos puesto en Jesús.

viernes, 8 de mayo de 2026

No somos los siervos que simplemente tenemos que obedecer, somos los elegidos de Dios a quienes llama amigos, para permanecer en su amor y dar fruto

 


No somos los siervos que simplemente tenemos que obedecer, somos los elegidos de Dios a quienes llama amigos, para permanecer en su amor y dar fruto

Hechos 15, 22-31; Salmo 56;  Juan 15, 12-17

¿Desde cuándo somos amigos? ¿Cómo comenzó nuestra amistad? ¿Me buscaste de alguna manera interesándote por mí o yo me dejé encontrar? Preguntas así se hacen alguna vez los amigos cuando ya hay una amistad consolidada y llegan momentos quizás de mayores confidencias. ¿Por qué comenzamos a ser amigos? ¿Qué encontramos el uno en el otro que nos llamara la atención y provocara esa amistad? Pero creo que es importante también lo que ya antes mencionábamos de dejarnos encontrar; porque eso significa una apertura por nuestra parte pero también es la atención y la llegada del otro a nuestra vida.

¿Podremos o tenemos que hacernos preguntas así en torno a nuestra fe y a nuestro seguimiento de Jesús? Fácilmente podemos pensar que ha sido el resultado de una búsqueda por nuestra parte, con sus reflexiones y momentos de interiorización personal; es cierto que es necesario una maduración por nuestra parte en lo humano y luego también en el camino de nuestra fe, pero hay algo más misterioso y maravilloso al mismo tiempo de lo que hoy nos habla también el evangelio.

Podríamos hacer a lo largo de los cuatro evangelios un recorrido sobre las vocaciones de aquellos primeros discípulos; es cierto que Juan y Andrés se fueron tras Jesús tras lo que había señalado Juan Bautista e iban preguntando a Jesús donde vivía, como un deseo de conocerle. Pero veremos que hay una constante y son las llamadas de Jesús; se nos describen algunos momentos como la llamada de los pescadores a la orilla del lago o tras la pesca milagrosa, la vocación de Leví que estando tras el mostrador de los impuestos Jesús le llama y la invita a seguirle; es cierto también que muchos vienen hasta Jesús invitados por otros que ya siguen de cerca de Jesús, como sería Simón Pedro o Natanael, y podemos recordar el momento en que de entre todos ellos Jesús escoge a los doce a los que llamará Apóstoles y que van a estar de una manera muy cercana a Jesús.

Pero hoy Jesús nos está dando la clave cuando incluso nos deja como sentido fundamental de la vida del discípulo el amor. ‘Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado’, les dice pero nos señala también la medida de ese amor. ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. No es un amor cualquiera, porque es el amor que es capaz de dar la vida. Y Jesús nos llama amigos, esos por quienes ha dado su vida. Y nos revela algo importante. ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

No somos los siervos que simplemente tenemos que obedecer; Jesús nos ha revelado lo más hondo de sí mismo para que vivamos en comunión con Él; por eso nos llama amigos. Somos los amigos que Él ha elegido, nos ha llamado por nuestro nombre, sabe cómo somos y sabe también de nuestras debilidades, pero somos los amigos en quien Jesús confía. Pero ¿qué hemos de hacer? ¿Cómo hemos de responder? Quiere que demos frutos pero unos frutos que permanezcan. Por eso recordamos lo que ya nos había dicho, quiere que permanezcamos en su amor, porque permaneciendo en su amor es cómo podremos llegar a dar fruto.

Por eso el amor se convierte en una exigencia para nosotros; El nos dice que es su mandato que nos amemos los unos a los otros; es algo que con gusto hemos de hacer porque cuando nos sentimos así amados y elegidos del Señor, cuando nos dice que somos sus amigos, ¿qué otra cosa podemos hacer sino amar?


jueves, 7 de mayo de 2026

Despertemos los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y el gozo de nuestro amor del que nos sintamos envueltos y contagiemos a los demás

 


Despertemos los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y el gozo de nuestro amor del que nos sintamos envueltos y contagiemos a los demás

Hechos 15, 7-21; Salmo 95; Juan 15, 9-11

En un buen ambiente de alegría y de fiesta no podemos menos que sentirnos contagiados por ese buen ambiente y mantener el tono de esa alegría; se dice que quien viene con cara de tristeza y de circunstancias a un lugar así donde todos están disfrutando de esa alegría viene a aguar la fiesta; tenemos que participar de esa alegría común y saber ponernos a tono porque nos sentiremos contagiados y hasta comenzaremos a ver nuestros problemas o nuestras situaciones personales de otra manera.

¿Estaremos muchos cristianos aguando la fiesta que tendría que ser la vivencia de nuestra fe y el sentirnos cristianos y amados de Dios? Primero decir que no siempre estamos manifestando nuestra alegría en medio de la vida y que nosotros tendríamos los mayores motivos para vivir esa alegría; somos cristianos porque nos sentimos amados de Dios, envueltos por su amor y en ese amor hemos de permanecer; claro que aguamos la fiesta también porque en muchas ocasiones no se nota tanto el amor como los ramalazos de egoísmo que aparecen en nuestras actitudes y posturas. Muchas veces somos cristianos tristes, de excesivas lágrimas y angustias lo que nos estaría convirtiendo en tristes cristianos, con lo que eso connota.

Hoy nos está diciendo Jesús que permanezcamos en su amor. No es un mandato, aunque en algún momento lo llamemos mandamiento del amor, es una consecuencia de vida cuando nos sabemos amados. ‘Yo os he amado’, nos dice Jesús, pero nos dice que es toda una corriente de amor que parte del amor de Dios ‘como el Padre me ha amado’, así llega ese amor a nosotros y en que hemos de permanecer.

¿Qué significa ese permanecer en su amor? Algunas veces interpretamos en que en determinados momentos tenemos que hacer algunas obras de amor; claro que ese amor se va a ir manifestando en lo que hacemos, pero no con cosas sueltas a las que queremos unir como en cadena, porque claro pensado así habrá momentos en que nos podríamos saltar esas acciones de amor. Es algo mucho más profundo. Quien se siente amado con un amor como el que Dios nos tiene le ha de parecer lo más natural del mundo amar también; nos sentiremos envueltos y empapados de ese amor para que lo único que se refleje de nuestra vida sea precisamente eso, el amor.

Tendríamos que sentirnos envueltos en ese buen ambiente, como decíamos al principio, de manera que tan contagiados nos sintamos que no sea otra cosa que amor lo que vaya fluyendo de nuestra vida. Y cuando fluye el amor qué lejos quedan las actitudes egoístas e insolidarias, qué tan espontánea surge de nuestro corazón la comprensión y el perdón, cómo apartamos de nosotros todo lo que sea resentimientos, recelos y rencores, posturas vengativas, perversas dobles intenciones, envidias, malas ambiciones que nos lleven al orgullo o a la malicia, a la violencia o a la malquerencia. Serían cosas que irían aguando nuestro amor, ese buen ambiente de comunión que entre nosotros tendría que haber.

Y termina diciéndonos hoy Jesús ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’. ¿Será esa la alegría que envuelve nuestra vida de cristianos? Sería la alegría de nuestra vida que tendría que manifestarse de mil manera en todo momento, nuestro corazón siempre tendría que estar cantando, pero algunas veces no lo manifestamos ni en nuestras mismas celebraciones; si decimos celebraciones tendríamos que decir fiesta, pero de cuanto aburrimiento las llenamos a veces.

¿Cuándo despertaremos de verdad los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y del amor que con gozo vivimos?

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

La apariencia del mucho ramaje no nos va a garantizar buenos frutos, tentación de autosuficiencia y vanidad de la que nos hemos de curar con una buena poda

 


La apariencia del mucho ramaje no nos va a garantizar buenos frutos, tentación de autosuficiencia y vanidad de la que nos hemos de curar con una buena poda

Hechos 15, 1-6; Salmo 121; Juan 15, 1-8

Tenemos que curarnos de autosuficiencias y de vanidades, una enfermedad que se nos mete en nuestras venas y nos hace creernos que somos los únicos o somos los mejores porque quizás en un momento dado hemos hecho cosas buenas o que nos parecían buenas y ya nos creíamos sabedores de todo y no aceptamos ninguna palabra que nos haga ver el valor de lo que hacemos de otra manera; aparecen los orgullos, el amor propio que terminarán queriendo eliminar a quien nos pudiera hacer sombra; es una cadena a la que parece que no le damos fin. Por eso tenemos que comenzar con humildad reconociendo que de nada nos vale esa autosuficiencia y esa vanidad.

Nos cuesta que nos digan que eso que hacemos y que nos parece bueno se puede hacer de otra manera, porque quizás nosotros siempre lo hemos hecho así; nos cuesta aceptar algunos errores que hemos cometido, quizás con la mejor buena voluntad, como nos cuesta aceptar esa buena palabra que nos dice en un momento determinado que quizás debemos dejar de hacer algunas cosas.

Hoy el evangelio parece que se hace agricultor o para los agricultores, pues nos está hablando de prácticas que se realizan en la agricultura para mejorar la producción de lo que cultivamos, y que quizás a los que somos ajenos a ese mundo de la agricultura nos pudiera costar entender; si ese árbol lo vemos tan bonito y tan frondoso, ¿por qué tenemos que cortar algunas de sus ramas?, se puede preguntar el que es ignorante en esas tareas.

Nos habla de la vid y de los sarmientos, nos habla de esa tarea que realiza el viticultor en un momento determinado que corta muchos de esos sarmientos que podrían hacer improductiva aquella planta, para que luego pueda dar mejores frutos; pero ha de cuidar el viticultor en conservar lo que es esencial para que un día puedan brotar abundantes frutos. No voy a ponerme aquí a dar lecciones de esos trabajos agrarios, pero desde lo elemental podemos entender lo que con esta alegoría nos quiere enseñar Jesús para nuestra vida. Y cómo el buen sarmiento tiene que estar bien unido o injertado en la cepa para que surja la vida, para que surjan los frutos.

Es el examen que necesitamos hacer de nuestra vida con serenidad y con realismo; aunque nos parezca que hacemos muchas cosas ¿en verdad estaremos dando los frutos que Dios nos pide? ¿Habrá ramajes en nuestra vida que necesitamos cortar, que necesitamos podar que ese es el nombre porque nos podríamos quedar en las apariencias y final seamos una higuera con muchas cosas pero con pocos frutos en sus troncos? Hablábamos de la autosuficiencia y de la vanidad, como enfermedades que dañaban nuestro espíritu; cuando nos creemos que por nosotros mismos somos capaces de hacer muchas cosas maravillosas, pero que al final todo se quedará en mucho ruido y pocas nueces, como dice el refrán.

Es la humildad que nos hará verdaderamente grandes cuando sabemos que tenemos que estar bien unidos al Señor, porque no es nuestra obra, no son las maravillas que nosotros podamos realizar, sino que es la obra del Señor; en El entonces nos apoyamos, en El encontraremos esa fortaleza y esa sabiduría que necesitamos; en el nos daremos cuenta de cuántas cosas tenemos que podar en nuestra vida para que haya autenticidad en aquello que hacemos; no buscamos méritos ni reconocimientos, que nos cuelguen medallas al cuello o nos den diplomas; lo importante es que busquemos la gloria del Señor.

Es lo que nos está pidiendo el Señor, permanecer en Él, como el sarmiento en la vid, para que demos fruto abundante. ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’, nos dice hoy el Señor. De lo contrario seríamos sarmientos secos e infructuosos. Esa es la gloria del Señor que hemos de buscar. ‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’. Todo siempre, como decíamos, para la gloria del Señor.


martes, 5 de mayo de 2026

La paz no es tópico del que echamos manos para ir en contra de los que piensan o actúan distinto, es un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás

 


La paz no es tópico del que echamos manos para ir en contra de los que piensan o actúan distinto, es un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás

Hechos 14, 19-28; Salmo 144; Juan 14, 27-31a

¿Seremos capaces de mantenernos en paz a pesar de tantas guerras que nos rodean y hasta nos envuelven? Hablar de la paz y del no a la guerra casi se ha convertido en un tópico que alimenta nuestras conversaciones de cada día y de lo que no dejamos de hablar. Pero fijémonos en una cosa, utilizamos el tema de la paz para ir siempre en contra de alguien a quien culpamos de todas esas guerras. Es cierto que la situación de nuestro mundo y nuestra sociedad es convulsa pero la convertimos en grandes temas que se pueden convertir hasta en eslóganes de vida, pero ¿buscamos esa paz dentro de nosotros mismos? Yo me pregunto si esa tremenda convulsión que vive nuestro mundo y nuestra sociedad y entonces pensamos en esa cercanía a nosotros de la sociedad en la que vivimos, no será debido a que no hemos sabido encontrar esa paz en nuestro interior. Porque es que lo que llevamos en el corazón es lo que se va a reflejar en esa situación que se vive en el mundo.

Fijémonos en el momento que viven los discípulos de Jesús cuando le escuchamos estas palabras que hoy nos trasmite el evangelio. No están viviendo un buen momento, en la incertidumbre incluso en que están ante lo que va a suceder según lo que Jesús les ha ido anunciando. Estaban inquietos y tristes, porque además todo les sonaba a despedida. Varias veces les dice Jesús que no se acobarden ni se sientan agobiados en lo que está sucediendo y Jesús de la mejor manera les dice que El siempre estará con ellos aunque llegue el momento de su vuelta al padre.

Me recuerda esos momentos de despedida cuando llega el momento, por ejemplo, de que un familiar o una persona querida para nosotros tiene que marchar y ya no va a estar con nosotros, esos momentos previos suelen ser muy dolorosos; me vienen a la memoria momentos de mi niñez cuando los familiares, padres o hermanos, tenían que emigrar a otro país. Aunque aun estuvieran con nosotros y nos prometieran de mil maneras que no nos iban a olvidar, llorábamos como niños en la angustia de la despedida. ¿No serían algo así los momentos que estaban viviendo en aquellas circunstancias los discípulos?

‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, les dice Jesús. Pero Jesús promete algo más, no les puede faltar la paz. No era ya solo decirnos el saludo de paz que entre los judíos era decirse ‘shalom’ (paz) sino que tenía que ser algo que se mantuviera en nuestro corazón. Por eso les decía Jesús: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’. No es la paz que se logra con la imposición, no es la paz fruto de un orden exterior, no es la paz que se gana con la guerra, no es la paz del dominio de uno sobre otros, del más fuerte frente al más débil, no es la paz del silencio impuesto. ‘No os la doy yo como la da el mundo’. Miremos lo que se está queriendo hacer en los grandes conflictos que hoy vivimos; es lo que algunas veces también intentamos los unos sobre los otros donde en nuestra prepotencia buscamos dominio y manipulación.

Jesús nos ha ido dejando las bases de esa paz que El quiere para nosotros cuando nos ha ido hablando del Reino de Dios y de sus características; Jesús nos ha puesto el cimiento verdadero a partir del amor; un amor que no se queda en palabras bonitas, un amor que construimos en unas relaciones sinceras y humildes de los unos con los otros, un amor que se sobrealimenta en la comprensión y en el perdón, un amor que porque saber perdonar de verdad sabe también olvidar  y que se convierte en restaurador de unas relaciones estables y duraderas, un amor de corazón abierto haciendo hueco para que en él quepamos todos sin diferencia ni distinción, un amor que no deja de darse a pesar de las incomprensiones que encuentre en su derredor, un amor que siempre es respetuoso al mismo tiempo que generoso, que es ofrecimiento pero que se convierte en regalo de cada día.

¿Buscaremos así la paz que Jesús quiere ofrecernos? Ya no es un tópico sino un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás.

 

lunes, 4 de mayo de 2026

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él… una nueva y distinta comunión porque nada nos separará del amor de Dios

 


El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él… una nueva y distinta comunión porque nada nos separará del amor de Dios

Hechos 14, 5-18; Salmo 113; Juan 14, 21-26

El que mejor guarda los recuerdos es el amor. Cuando hemos tenido la experiencia de sentirnos amados será algo que nunca se borrará de nuestra vida. Es más la experiencia de amar y ser amado nos llevará a que no queramos separarnos del amado, sino a querer cada día más profundizar en esa comunión de vida nacida del amor. A los amigos les gusta estar juntos, no queremos separarnos de nuestros padres, de nuestra familia porque allí nos sentimos amados, los enamorados buscan ese encuentro, esa relación, esa unidad para que nada los separe. La memoria más grande es la del amor.

Esto es lo que está queriendo expresarnos Jesús; nos pide, es cierto, que tengamos fe en El, pero esa fe va más allá de aceptar unas verdades o dejarme entusiasmar por unas emociones; la fe que nos está pidiendo Jesús tiene que transformarse en amor. Por eso nos dice el que acepta sus mandamientos y los guarda, ese le ama; no es un mero cumplimiento como si fueran simplemente unos protocolos que tuviéramos que cumplir para que todo salga bien. Es algo más hondo, porque todo tiene que nacer de la fe y del amor. No son cumplimientos formales, hacer las cosas porque hay que hacerlas, sino que desde nuestra voluntad más hondo queremos ponernos en su camino.

Y ahora viene lo que a continuación nos dice que es entrar en esa órbita del amor; seguimos a Jesús porque lo amamos, claro que nuestro amor se ve enriquecido por la experiencia que hemos tenido del amor que El nos tiene. Las gentes, como los discípulos, se iban detrás de Jesús porque lo veían en El, lo que le escuchaban les entusiasmaba porque se les abrían nuevos horizontes para sus vidas, comprendían que con aquello que Jesús les proponía un mundo nuevo se abría en sus horizontes, y cuando encontramos a alguien que responde a nuestras expectativas, que pone una nueva esperanza e ilusión en nuestra vida poco a poco, podríamos decirlo así, nos vamos enamorando de El, comienza a actuar el amor en nuestro corazón, y eso se va convirtiendo en seguimiento de Jesús.

Pues ahora viene a decirnos algo maravilloso Jesús. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Estamos entrando en otra órbita, porque guardamos su Palabra el Padre nos amará, pero más aún, será Dios el que no querrá separarse de nosotros, querrá morar en nosotros. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’. ¿Habremos pensado de verdad en lo que esto significa? Vamos a convertirnos en morada de Dios. Es algo maravilloso.

No podemos decir que no lo sabíamos porque desde lo más elemental del catecismo siempre es algo de lo que se nos ha hablado cuando se nos dice que por el Bautismo nos convertimos en morada de Dios y templos del Espíritu. Pero quizás muchas veces se nos queda en unos conceptos que tenemos ahí en la cabeza, pero a lo que no le sacamos el suficiente jugo, no lo reflexionamos todo lo que tendríamos que reflexionarlo, pero aquí lo que hoy claramente Jesús nos dice en el Evangelio. Cómo tenemos que considerar la grandeza de nuestra vida, esa gran dignidad de la que Dios nos ha dotado cuando decimos que somos hijos de Dios, que Dios mora en nosotros.

Y para ello tenemos la garantía del Espíritu. Como nos dice, ‘nos lo enseñará todo’ e irá convirtiéndose en memoria de amor para que nunca lo olvidemos. ¿Será ese el amor con que vivimos y respondemos a nuestra fe que nos lleva a querer vivir profundamente esa unión con Dios?

domingo, 3 de mayo de 2026

Buscamos sendas para no perdernos y encontrar sentido a la vida, pero Jesús nos dice que El es el camino, y la verdad, y la vida para llevarnos a la plenitud

 


Buscamos sendas para no perdernos y encontrar sentido a la vida, pero Jesús nos dice que El es el camino, y la verdad, y la vida para llevarnos a la plenitud

Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 1Pedro 2, 4-9; Juan 14, 1-12

En la vida queremos encontrar camino; podríamos decir que eso va inserto en el mismo sentido de la vida, porque haber encontrado ese camino es haber encontrado el sentido de la vida. Cuando queremos llegar a algo, a algún lugar o incluso al encuentro con los otros queremos saber cómo podemos llegar, cuales son nuestros pasos, qué es lo que tenemos que hacer, o lo que es lo mismo el camino que hemos de recorrer.

En nuestros terrenos humanos – y aquí podemos darle mucha amplitud a esta palabra – nos trazamos sendas o ponemos señales para tener la certeza de que no nos vamos a perder y podemos llegar a donde aspiramos. Algunas veces nos cuesta encontrarlo, no sabemos leer las señales, o se nos hace difícil hacer su recorrido, y nos quejamos del sin sentido de la vida porque quizás no podemos llegar a lo que ansiamos o soñamos. Y ya no se trata solamente de ir de un lugar a otro, sino de algo más profundo que es nuestro vivir.

Esto que lo podemos hablar de lo que hacemos cada día en la vida, y lo aplicamos al cumplimiento de nuestras responsabilidades, o a lo que es el desarrollo de nuestra vida con nuestros trabajos o con la expresión de todo lo que es nuestro vivir, no se nos puede quedar en lo que es la materialidad de la vida, sino que tiene que relacionarse con el sentido más profundo de nuestra existencia y cuando en verdad somos creyentes  en consecuencia de nuestra búsqueda de Dios y de lo que es su voluntad para nosotros.

¿Será algo así lo que Jesús nos está manifestando en el evangelio? Podríamos decir que en las palabras que hoy le escuchamos y que forman parte de aquella sobremesa, por decirlo de alguna manera, tras la ultima cena, viene a resumirnos todo lo que ha sido el sentido de su vida y lo que va a ser también el sentido de la nuestra.

Son momentos de despedida, de últimas palabras y recomendaciones, pero es el momento en que Jesús abre totalmente su corazón a sus discípulos. Trata de sembrar y mantener la esperanza, por eso no se deben de entristecer ni sentirse abandonados porque Jesús lo que quiere es tenernos siempre junto a El para que vivamos en El. Habla de las estancias del cielo que nos va a preparar que es decirnos como quiere llevarnos junto a Dios para vivir eternamente en El.

A los discípulos les cuesta entender y comienzan las preguntas y repreguntas. Quieren conocer al Padre, porque aun les parece poco lo que Jesús les ha hablado del Padre y es cuando Jesús algo así como que les recuerda todo lo que ha sido su vida que no ha sido otra cosa que manifestarnos lo que es el amor que Dios nos tiene. Por eso terminará diciéndoles que quien lo ha visto a El ha visto al Padre, que no hay otro camino para ir a Dios que Jesús; ‘nadie va al Padre sino por mí’, les dice.

Y es cuando Jesús hace esa maravillosa afirmación. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. En Jesús estamos encontrando ese sentido de nuestra vida y para llegar a esa plenitud de vida eterna que tantas veces nos ha prometido no tenemos que hacer otra cosa que vivir la vida de Jesús. No busquemos otras sendas, no busquemos raras señales, no nos distraigamos del camino emprendido, sigamos los pasos de Jesús. ¿No nos ha ido Jesús a lo largo de su vida manifestándonos lo que son las señales del Reino de Dios?

Ese ha sido su evangelio para nosotros, esa ha sido la buena noticia que nos ha querido trasmitir; en sus parábolas nos lo ha explicado cuando nos habla de semillas que se siembran para dar fruto o para hacer crecer la vida en frondosos árboles que nos acojan a todos igual que la mostaza permite que los pajarillos hagan en ella sus nidos, o en banquetes de bodas con todas sus características al que todos estamos invitados; en los milagros que realiza están los signos de lo nuevo que tiene que ir surgiendo en el corazón de los hombres cuando nos sentimos envueltos en el amor y la misericordia de Dios; en el mandamiento del amor que nos deja están los medios para la comunión y para el encuentro, para la compasión y la comprensión y misericordia con que hemos de tratar a los demás; en sus gestos de cercanía dejándose incluso apretujar por la gente en sus caminos está la muestra de cómo Dios quiere caminar con nosotros y así es el Emmanuel, el Dios con nosotros.

¿Entenderemos entonces lo que nos dice Jesús que El es el Camino, y la verdad, y la vida? Pero ¿entenderemos también que nosotros hemos de mostrar también al mundo que nos rodea esas señales del Reino de Dios en nuestra nueva manera de actuar, en esas actitudes nuevas con que hemos de vivir, y en tantos gestos y detalles con los que hemos de manifestar que vivimos la vida de Jesús y nos hemos envuelto de su sabiduría?

sábado, 2 de mayo de 2026

Si quien ve a Jesús ve el rostro de Dios Padre, nos tenemos que preguntar si quien nos ve a los seguidores de Jesús estarán viendo también ese rostro de Dios

 


Si quien ve a Jesús ve el rostro de Dios Padre, nos tenemos que preguntar si quien nos ve a los seguidores de Jesús estarán viendo también ese rostro de Dios

Hechos 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

Algunas veces cuando nos están explicando algo que nos cuesta entender, que nos resulta engorroso, por ejemplo a resolver un problema complicado que por mucho que nos expliquen parece que no llegan nunca a la solución final, o algo tan sencillo como explicarnos un camino para llegar a una meta o los problemas que vamos a encontrar, en nuestros agobios por acabar antes al final le estamos pidiendo o que nos dé la solución final sin que nosotros tengamos que complicarnos la vida, o que nos lleven a ese lugar o meta sin mayores explicaciones; queremos todo a lo pronto y rápido, sin complicaciones ni compromisos, un mundo en cierto modo en el que queremos que nos den las cosas hechas.

Algo así les estaba sucediendo a los apóstoles cuando escuchaban a Jesús en la última cena; en que por una parte sentían una tristeza que les cortaba los ánimos ante la incertidumbre de lo que estaba por suceder, o también porque Jesús estaba en cierto modo elevando el nivel de sus palabras y revelaciones, el hecho es que se encontraban en que parecía que no entendían nada.

Jesús les había hablado muchas veces del Padre, del que El era el enviado, que el cumplimiento de su voluntad lo era todo para El, ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, les había dicho en una ocasión; toda la revelación del Reino de Dios que había venido haciendo Jesús era precisamente querer mostrarles el rostro de un Dios que es Padre y nos ama tanto que nos ha entregado a su Hijo y además quería hacernos sus hijos; pero los apóstoles no comprenden, por eso le piden ‘Muéstranos al Padre y nos basta’, porque asi les parece que ya para siempre se les van a acabar sus dudas.

De ahí la respuesta de Jesús, ‘¿tanto tiempo con vosotros y aun no me conocéis? Quien me ve a Mí, ve al Padre’, termina diciéndoles Jesús. ¿Qué es lo que había hecho Jesús sino manifestarles ese amor del Padre? Aquellos signos que Jesús había ido realizando eran las señales por las que teníamos que reconocer el amor de Dios. El Jesús que se acerca al paralítico de la piscina para darle vida y hacerle caminar, el Jesús que se detiene junto al ciego del camino para devolverle la luz a sus ojos, el Jesús que tiende su mano hasta el leproso para librarle de la lepra, el Jesús que se deja lavar los pies por la mujer pecadora para que en su amor encuentre el amor de Dios, el Jesús que levanta de la camilla al paralítico que han descendido desde el techo hasta sus pies, el Jesús que muestra compasión con la mujer adultera a la que no condena sino que la invita a vivir una vida nueva y distinta, es el Jesús que nos está mostrando el rostro de Dios, el amor de Dios.

Todo en Jesús es amor y es vida, es salud y salvación, es la muestra de la misericordia de Dios y la manifestación de cómo Dios quiere estar a nuestro lado, en nuestro camino, en nuestra vida, en nuestras luchas para ser nuestra fortaleza y en nuestras dudas para ser nuestra luz, en todo lo que haya de muerte en nosotros para darnos vida, en nuestro pecado no solo para ofrecernos su perdón sino incluso para rogar al Padre disculpándonos que no sabíamos lo que hacíamos. Miramos a Jesús y miramos a Dios, contemplamos a Jesús y contemplamos el rostro misericordioso del Padre. ‘Quien me ve a Mi, ve al Padre’, nos está diciendo Jesús.

Pero esto nos está pidiendo algo más. Cuando decimos que creemos en Jesús no son meras palabras con las afirmamos que creemos en lo que nos ha dicho o enseñado Jesús; creer en Jesús significa identificarnos con El para vivir su misma vida, para hacer su mismo camino, para envolvernos en su mismo sabiduría de amor que dé un sentido nuevo a nuestra vida. ¿No significará esto que quien nos ve a nosotros tiene que ver en nosotros las mismas obras de Jesús? ¿Con lo que hacemos, con nuestras actitudes, con el valor que le damos a lo que vivimos seremos imagen de Jesús para que los demás lleguen también a Dios?

viernes, 1 de mayo de 2026

En el camino de la vida no nos podemos dejar envolver por oscuridades o por agobios, sino que hemos de mantener la esperanza porque el Espíritu de Dios está con nosotros

 


En el camino de la vida no nos podemos dejar envolver por oscuridades o por agobios, sino que hemos de mantener la esperanza porque el Espíritu de Dios está con nosotros

Hechos 13, 26-33; Salmo 2; Juan 14, 1-6

La vida no siempre se nos presenta fácil; queremos una vida de tranquilidad, quizás incluso nosotros estamos queriendo poner todos los ingredientes con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo para obtener la mayor felicidad en nuestra vida, vamos a decir incluso que tratamos de vivir en la mayor rectitud, pero no siempre encontramos esa serenidad para afrontar la vida misma, para mantener ese esfuerzo porque nos vienen cansancios y desilusiones, pero además es que encontramos tropiezos en el camino que se nos vuelve así dificultoso; podemos sentirnos abocados al desánimo, a perder la esperanza de poder lograr eso bueno a lo que aspiramos, y nos sentimos agobiados.

¿Dónde encontrar esos ánimos que necesitamos? ¿Cómo superar esos contratiempos que nos van apareciendo? ¿Cómo mantener esa serenidad de espíritu para no llegar a sentir esos agobios? ¿Habrá suficiente fortaleza en nuestro interior para mantener encendida esa llama de la esperanza? Preguntas que nos hacemos, búsquedas que vamos intentando, descubierto al tiempo de donde podemos sacar esa fortaleza. Lo necesitamos.

El evangelio de hoy ha comenzado con unas palabras de Jesús a sus discípulos para que no pierdan la calma, para que no se sientan embotados con tantos agobios. Sabemos que estas palabras fueron pronunciadas por Jesús en la última cena, la cena pascual que celebró con los discípulos antes de comenzar su pasión. En el ambiente se sentía esa carga de ansiedad por lo que seguramente sabían que se estaba tramando contra Jesús, pero también por los anuncios que Jesús había ido realizando. Los mismos gestos de Jesús en aquella cena sonaban a despedida, y eso estaba calando en el ambiente.

Como tantas veces nos sucede cuando barruntamos que nos pueden venir tiempos oscuros, que interiormente no nos sentimos bien, que parece que se nos cierra la mente y no podemos ver ni pensar con claridad. Necesitamos algo o alguien que nos serene, superponernos a esas ansiedades que van surgiendo en nuestro corazón, no adelantarnos a las negruras porque más negro se nos hace el camino.

Por eso escuchamos esas palabras de Jesús a sus discípulos en aquel momento en que les está hablando de su partida, pero quiere sembrar la esperanza y el buen animo en sus corazones. Más allá de lo que iba a significar la pasión que comenzaba, ellos estaban presintiendo que Jesús no iba a estar con ellos siempre, porque le hablaba de la vuelta al Padre. Por eso les habla de esas estancias junto a Dios que El va a prepararles. ‘Voy a prepararos sitios, volveré y os llevaré conmigo’, les dice.

Como luego seguirá prometiéndonos y ya tendremos oportunidad de reflexionar más sobre ello, le anuncia la presencia de su Espíritu que les hará sentir que Jesús siempre está con ellos, siempre está con nosotros. Por eso les dice que El es el Camino, y la Verdad, y la Vida. Con Jesús, y la fuerza de su Espíritu nos lo hará sentir, lo tenemos todo, porque no tenemos que hacer otra cosa que vivirle a El, que es hacer sus mismos pasos, empaparnos de su Sabiduría dejándonos envolver por la Palabra de Dios, y vivir, no solo a la manera de Jesús, sino la misma vida de Jesús. ¿Qué será el amor para nosotros?

Es lo que tenemos que vivir en nuestro camino de fe, es lo que tenemos que vivir y expresar como Iglesia, es el sentido de evangelio que hemos de darle a nuestra vida. Y así encontraremos sentido para todo, así nos encontraremos con aquella fuerza que decíamos que necesitamos para no desencantarnos de la vida, para seguir con nuestros esfuerzos de superación, para buscar y encontrar esa paz y ese serenidad del espíritu cuando nos aparezcan los agobios y los momentos oscuros, para seguir encontrando la fuerza que necesitamos para seguir con nuestras responsabilidades y nuestros compromisos aunque no seamos entendidos, aunque tiren piedras a nuestro paso para entorpecernos el camino.

Caminamos apoyados en el Señor, la presencia de su Espíritu es nuestra fortaleza.