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martes, 10 de febrero de 2026

Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón

 


Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón

1 Reyes 8, 22-23. 27-30; Salmo 83; Marcos 7, 1-13

Solemos decir que la repetición de algo, aunque en principio nos cueste o incluso nos disguste, terminará por habituarnos a lo que hacemos e incluso a tomarle gusto. En el aprendizaje de muchas cosas muchas veces este es el método, la forma de aprender a hacerlo; y de ahí pueden nacer las costumbres que en fin de cuentas no es sino repetición de lo que nos han enseñado o trasmitido, que entonces se convierten en tradiciones de nuestra vida.

¿Es este el método ideal? Creo que habría que utilizar más el razonamiento, nuestra inteligencia y el gusto por lo que hacemos, porque también al final por mucho que sean buenas esas cosas pueden convertirse en una rutina sin sentido ni valor. ¿Por qué haces esto? la respuesta fácil es decir porque siempre se ha hecho así. Pero ¿qué sentido tiene eso que estás haciendo? ¿Qué significa en tu vida? ¿Qué valor tiene? Muchas veces esas cosas ni las planteamos, no buscamos la raíz, la razón profunda, simplemente al final repetimos.

Mucho cuidado hemos de tener con las tradiciones y las costumbres. Muchas veces gastamos esfuerzos enormes en recuperar esas tradiciones, que quizás como algo folclórico podrían estar bien, pero ¿qué valor y sentido tiene eso hoy? ¿Qué sentido le da eso a mi vida? ¿Será algo que realmente vivo o solamente algo que repito? Y esto tendría que estar también en el punto de mira de muchas de nuestras prácticas religiosas, a las que vamos simplemente por cumplir. No digo que no sean válidas, pero la cuestión es vivir no simplemente cumplir. ¿Serán así nuestras oraciones? ¿Será así nuestra participación de la vida? ¿Será así la recepción de los sacramentos? No vengo a echar abajo todas esas cosas, sino que nos planteemos nosotros allá en lo más hondo de nosotros mismos el cómo lo hacemos para que llegue a ser vida en nosotros.

Es lo que venían planteándole a Jesús los fariseos, aquellos tan fieles y rigurosos cumplidores. Ahora se quejan de que los discípulos de Jesús no se lavan las manos antes de comer siguiendo la tradición de los mayores. ¿Por qué habría que lavarse las manos? ¿Solamente por una tradición? ¿De donde nacería esa tradición? Un pueblo que atraviesa nómada desierto no tenía muchos medios de higiene con las funestas consecuencias para epidemias que podrían surgir entre ellos. ¿No nos impusieron el uso de las mascarillas en la pasada pandemia para evitar contagios? ¿Tenemos que tomárnoslo ahora nosotros poco menos que como un rito religioso?

Se les impone a aquel pueblo nómada del desierto que tienen que lavarse las manos, higiene necesaria para no mezclar los alimentos con cosas que podrían ser perjudiciales. Pero lo convirtieron en un rito religioso, y es de lo que ahora se quejan los fariseos a Jesús. ‘Este pueblo me honra con los labios’, les recuerda Jesús que había dicho ya el profeta. Pero, ¿dónde ponemos el corazón?, ¿dónde encontramos lo que le dé hondura a nuestra vida?

Son los planteamientos serios que tenemos que hacernos en nuestra vida, las revisiones de cómo hacemos las cosas y qué sentido le damos, no vayamos nosotros también por un cumplimiento frío y ritual pero no con algo que cale hondo en nuestros corazones. Muchas cosas las cosas que tendríamos que revisar en lo que nos tomamos como costumbre e incluso como rutina; cuando solamente hacemos las cosas desde ese sentido al final, en lugar de cogerle gusto, lo que hacen es cansarnos y poco a poco nos vamos enfriando y dejándolo todo a un lado. Que cuando hacemos las cosas solo por costumbre o por ley estamos indicando ya la superficialidad que puede haber en lo que hacemos. Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón.

lunes, 9 de febrero de 2026

Soy yo, nos dice Jesús cuando se acerca a nuestro corazón y a nuestra vida para darnos la mano y levantarnos, o en su amor disculpar lo que nosotros hayamos hecho

 


Soy yo, nos dice Jesús cuando se acerca a nuestro corazón y a nuestra vida para darnos la mano y levantarnos, o en su amor disculpar lo que nosotros hayamos hecho

1 Reyes 8, 1-7. 9-13; Salmo 131; Marcos 6, 53-56

Aquellas personas que consideramos importantes en la vida tenemos el peligro de convertirlas en personajes; sí, digo bien, personajes o bien porque los vemos en la distancia, quizás su autoridad o su prestigio los ha endiosado, se han colocado o los hemos colocado en pedestales que los ponen a distancia y los alejan de los demás mortales, y al final más que el respeto y el amor va predominar el miedo de los que estamos fuera de esos pedestales, o el dominio autoritario desde la altura y la distancia.

Son cosas que suelen suceder, aunque bien desearíamos que fuera de otra manera; si son personas importantes para mi por lo que en mi pueden influir, por el ejemplo que me pueden dar o por los servicios que me puedan prestar, nos gustaría verlos cercanos, caminando a nuestro lado, queriendo trasmitirnos algo pero sobre todo escuchándonos y abriendo su corazón a lo que es nuestra vida. Cuando encontramos personas así de cercanas a pesar de su autoridad o de la función que realicen en la vida, y no por populismo y adulación que eso se nota por mucho que se trate de disimular, nos sentimos sorprendidos pero al mismo tiempo gozosos, porque sentimos que caminan a nuestro lado y así pueden sintonizar mejor con lo que nosotros somos.

Hoy el evangelio nos habla de esa cercanía de Dios. Si en los pasajes anteriores vimos la sorpresa rayana en el miedo de los discípulos en la noche bregando en el mar en su barca cuando Jesús aparece caminando sobre el agua, ahora lo vemos con los pies bien embarrados en la tierra caminando en medio de todos aquellos que con sus sufrimientos se acercaban a El queriendo tocarle al menos la orla de su manto; y Jesús se dejaba. Allá en el lago le había dicho a los discípulos ante su temor, ‘soy yo, no temáis’, ahora nos está diciendo también ‘soy yo, acercaos a mi todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré, en mi encontraréis vuestro descanso’.

No podemos olvidar la inmensidad de la grandeza de Dios que lo llena todo con su presencia y tenemos que mostrar nuestro reconocimiento y adoración, porque solo a Dios tenemos que adorar – cuidado con los dioses que nos creamos, o cuidado que en nuestra soberbia nosotros nos endiosemos y queramos ponernos en la alturas – pero al mismo tiempo hemos de sentir la cercanía de Dios, porque el amor no lo podemos sentir nunca en la lejanía. La Encarnación es la revelación de esa cercanía de Dios que es amor, que camina con nosotros, que lo sentimos en lo más profundo de nuestro corazón, y cuya presencia hemos de ir sabiendo descubrir en la realidad de todas las cosas y sobre todo en la realidad de las personas que caminan a nuestro lado. Pero para eso es necesario entrar en la sintonía del amor, la única que de verdad nos va a hacer sentir a Dios.

Se dejaba tocar, como nos dice el evangelista, en aquel deseo de la gente de al menos poder tocar la orla de su manto. ¿No recordáis a aquella mujer de las hemorragias? Es el Jesús que nos tiende su mano, que ayudará a terminar de descolgar desde el techo a aquel paralítico que querían hacer llegar a sus pies, que como hemos recordado no hace mucho pondrá barro en los ojos del ciego para que vaya a lavarse a la piscina de Siloé, que se dejará lavar los pies por parte de aquella mujer pecadora que con su cabello pretendía secar las lagrimas que con antes se los había lavado, que dejará que los niños se sienten sobre sus rodillas en sus juegos para bendecidles y disfrutar mutuamente del cariño verdadero como es el cariño de un niño.

Podríamos seguir recordando muchos más momentos del evangelio. Es Jesús que se acerca a nosotros, a nuestra vida tal como nosotros somos, que querrá lavarnos los pies a lo que no podemos negarnos si queremos tener parte con El, como le diría a Pedro. Dejémonos, pues, tocar en lo más hondo del corazón por el amor de Dios que así se nos manifiesta en Jesús. No importa lo que seamos o lo que hayamos hecho, pues El siempre tendrá una disculpa para nosotros porque no sabíamos lo que habíamos hecho. 

Ojalá nos llenáramos de esos sentimientos de Jesús y sea como en verdad  nos acercamos a los demás y a todos acogemos sin distinción.

domingo, 8 de febrero de 2026

No escondamos la luz, hagamos resplandecer la luz de nuestro amor como nueva aurora para nuestro mundo y nuestra oscuridad se volverá mediodía

 


No escondamos la luz, hagamos resplandecer la luz de nuestro amor como nueva aurora para nuestro mundo y nuestra oscuridad se volverá mediodía

Isaías 58, 7-10; Salmo 111; 1Corintios 2, 1-5; Mateo 5, 13-16

Muchas veces los problemas del día a día de la vida nos agobian, nos parece sentirnos desorientados y sin saber que hacer; son nuestros problemas personas, los interrogantes que se nos plantean ante lo que sucede o lo que vemos, calamidades de todo tipo en la propia naturaleza, problemas que afectan a las personas de nuestro entorno que también nos producen desgarro en el corazón, situación de la sociedad y del mundo en general que algunas veces no sabemos ni por donde vamos o a donde vamos a llegar… cuando tenemos una cierta sensibilidad en nuestro espíritu todo esto nos hace sufrir, nos preguntamos qué podemos hacer, cuál es el sentido de todo esto que sucede, hasta donde llegaría nuestro compromiso y todo eso nos hace sentirnos como a oscuras porque en cierto modo nos sentimos impotentes.

Hoy el evangelio y toda la palabra de Dios que se nos proclama en este domingo nos habla de luz y de sal; dos imágenes que nos han dado hermosas reflexiones y que cuando con sinceridad las escuchamos y las reflexionamos pueden ser también un interrogante para el compromiso de nuestra vida y de lo que cristianos podemos y tenemos que hacer en este mundo tan complejo en el que vivimos. No nos podemos quedar en bonitas palabras y esa es una tentación frecuente; lo podemos convertir en poesía pero si no lo convertimos en vida de poco nos vale.

Porque lo que Jesús nos está diciendo es que nosotros desde nuestra fe en El y habiendo escuchado su Buena Noticia del Evangelio tenemos que convertirnos en esa luz y en sal para nuestro mundo, para ese mundo concreto en el que vivimos con sus sufrimientos, con sus vaivenes que le hacen ir de un lado para otro parece que sin rumbo, o al menos no es el rumbo que a nosotros nos gustaría que tomara.

Creo que lo que nos está pidiendo hoy el evangelio es que echemos pie a tierra, nos metamos de verdad en medio de esos hombres y mujeres que sufren por tan diversos motivos, no los miremos como espectadores que se ponen en frente, sino como quienes nos mezclamos con esas personas que sufren para hacer nuestros sus sufrimientos, sus carencias, sus angustias. Misericordia de verdad es poner el corazón allí donde está la miseria, allí donde está el sufrimiento, donde está ese mal o esa carencia que hace sufrir a tantos y si ponemos el corazón pronto nos pondremos al unísono, pero es precisamente entonces cuando contagiamos de lo que llevamos en nuestro corazón.

El profeta nos decía que compartiéramos nuestro pan con el indigente; compartir no es dar una migaja de lo que nos sobra sino que eso que tenemos lo partimos y entonces lo compartimos, por eso seguía diciéndonos que al que está sin techo le demos hospedaje, al que ves desnudo le cubres su desnudez, y al que está afligido le ofreces tu consuelo llorando con sus mismas lágrimas. Y continuaba diciéndonos el profeta que entonces es cuando brillará tu luz como una aurora, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía.

Fijémonos en una cosa hermosa, seremos nosotros los primeros iluminados, para nosotros ya no habrá oscuridad. Hemos compartido la luz, hemos querido iluminar a los demás, a nuestro mundo, y nosotros somos los primeros iluminados. ¿No decíamos en nuestra reflexión del principio que ante todo ese agobio que nos produce todo eso que contemplamos alrededor a nosotros mismos nos parecía que estábamos a oscuras sin saber que hacer o qué camino tomar?

Nunca podemos tener palabras de desánimo ni de condena ante lo que podamos contemplar. Es una tentación fácil en la que caemos tantas veces, porque de alguna manera queremos quitarnos de encima la culpa de lo que no hayamos hecho bien y lo fácil es culpar al otro. Nuestra palabra siempre tiene que ser una invitación a la vida, un ayudar a encontrar ese camino de luz. Cuando hemos descubierto el camino buscando ser esa sal y esa luz para los demás, somos nosotros los primeros iluminados, ‘tu oscuridad se volverá mediodía’, que decía el profeta.

Por algo nos decía Jesús en el evangelio que brillen nuestras buenas obras ante los hombres para que todos glorifiquen al Padre del cielo. Es nuestra tarea y nuestro compromiso. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Estaremos como cristianos y miembros de la Iglesia siendo eso para nuestro mundo de hoy? ¿Cómo tenemos que ser luz, como tenemos que ser sal para nuestra tierra?

sábado, 7 de febrero de 2026

Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

 


Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

1 Reyes 3, 4-13; Salmo 118; Marcos 6, 30-34

Siéntate tranquilo ahí un rato y descansa, habremos dicho a alguien o nos han dicho a nosotros mientras andamos agobiados con nuestros trabajo, en un corre y corre sin parar por lo mucho que tenemos que hacer, o por lo que nos exigen quizás las circunstancias de la vida; nos sentimos responsables y no queremos dejar de hacer todo lo que podamos, nos quita el sueño, nos quitan hasta las ganas de comer. Pero quizá llega alguien a nuestro lado y con gran sabiduría nos invita a descansar, a parar en nuestra actividad, como dicen ahora a desconectarse, hoy lo llaman también vacaciones, lo necesitamos, ya llegará el momento de reemprender nuestra tarea.

Y esto tenemos que reflexionarle y aplicárnoslo en todas las tareas de la vida; son nuestras responsabilidades familiares, son las responsabilidades laborales, son los compromisos que quizás hemos adquirido con la sociedad en la que vivimos a la que dedicamos nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, será todo lo que hacemos por nuestro crecimiento personal, nuestra formación, nuestros estudios, el tiempo que le dedicamos a una actividad intelectual o a la vida social.

Es necesario encontrar esa serenidad del espíritu, para rumiar aquello que estamos haciendo, para despertar nuevas inquietudes, para tensar nuestro espíritu recargando las baterías; no podemos dar si nos hemos vaciado tanto que ya no nos queda animo en nuestro interior para seguir realizando nuestra labor, hemos de hacer crecer la temperatura de nuestro termómetro espiritual porque con todas esas cosas que nos van agobiando y llenando nuestro tiempo se nos puede enfriar la intensidad de nuestra vida espiritual y caer en una tibieza que pudiera ser muy peligrosa.

Por aquí va el mensaje del evangelio hoy. Jesús había escogido a doce que envió a hacer el anuncio del Reino por distintos lugares; ahora es el momento del regreso y ahí está el entusiasmo de los discípulos por la misión realizada; y Jesús les invita a irse a un sitio donde estén solos, sin el ajetreo de la gente que ni les daba tiempo para comer, para descansar. Allá se van a un lugar apartado para estar con Jesús. ¿Un intercambio de experiencias decimos hoy a nuestras reuniones pastorales? ¿No será algo más? ¿Un ahondar en esa experiencia de estar con Jesús para sentirse renovados y continuar con la intensidad necesaria?

Llamémosle como queramos llamarlo, tenemos muchas posibilidades o tener que saber buscar y encontrar los momentos; todos lo necesitamos. Hemos hablado de esa necesaria espiritualidad que ha de haber en nuestra vida como cimiento de cuanto tenemos que realizar; necesitamos conectar con el Espíritu del Señor, y para eso necesitamos silencios, necesitamos de momentos de tranquilidad y paz para poder escuchar por dentro, para vernos con toda claridad a nosotros mismos y para renovar esas motivaciones que tenemos para nuestra lucha, para nuestro trabajo apostólico, para poder ser en verdad misioneros del mensaje de Jesús en el mundo en que vivimos.

Necesitamos los cristianos que queremos vivir nuestro compromiso de más momentos de silencio para encontrar la serenidad para nuestra vida; necesitamos de momentos de escucha interior porque por fuera ya estamos oyendo continuamente muchas palabras; es algo más que ese torrente de palabras lo que necesitamos escuchar; es necesaria una predisposición por nuestra parte.

Nos está diciendo Jesús: ‘Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco’. ¿Nos iremos en la barca con El?  ¿O comenzaremos a darle largas como tantas veces, porque como decimos no tenemos tiempo? Os aseguro que no será un tiempo perdido.

viernes, 6 de febrero de 2026

Para hacer que en las situaciones fluctuantes de la vida brille siempre la rectitud y la humanidad hemos de saber poner cimientos sólidos de rica espiritualidad

 


Para hacer que en las situaciones fluctuantes de la vida brille siempre la rectitud y la humanidad hemos de saber poner cimientos sólidos de rica espiritualidad

Eclesiástico 47, 2-13; Salmo 17; Marcos 6, 14-29

No pretendemos justificar a nadie, pero bien sabemos que la vida es muy compleja, se nos torna muchas veces difícil, se van sucediendo situaciones que nos cuesta comprender, muchas veces cosas que nos parecen absurdas, insensatas y contradictorias y en medio estamos nosotros con nuestros sueños y ambiciones, que siempre queremos más o queremos otra cosa, que nos halaga la vanidad en muchas ocasiones pero que también nos dejamos influir por los respetos humanos, que queremos mantener nuestro prestigio y con nadie queremos quedar mal deseando contentar a todos, que muchas veces no sabemos lo que queremos y andamos como veletas de un lado para otro, que nos sentimos sorprendidos por cosas que nos agradan pero que luego no sabemos cultivar en nuestra vida. Y terminamos haciendo quizás lo que no queríamos pero que por nuestro orgullo pensábamos que no podíamos hacer otra cosa, y más tarde vendrá quizás la mala conciencia. ¿Cómo teníamos que haber actuado? Quizás lo pensamos tarde.

Algo así quizás se sentía Herodes cuando oye hablar de Jesús. Son cosas buenas las que escucha y le vienen los recuerdos y la trayectoria de muchos momentos de su vida. Recuerda a Juan Bautista, aquel profeta del desierto a quien le gustaba escuchar; pero luego había tantas sombras en su vida, tantas cosas que influían en él que no supo como actuar. Es lo que nos está relatando hoy el evangelio que se centra en lo que llamamos el martirio de Juan.

Nos detalla el evangelista todo lo sucedido en aquel cumpleaños y fiesta de Herodes. Su euforia con sus juramentos ofreciendo hasta la mitad de su reino a la bailarina hija de Herodías que tan magníficamente les había alegrado la fiesta. Pide la que quieras; instigada por su madre Salomé pide la cabeza de Juan Bautista. Una sombra se atravesó por la mente de Herodes, pero estaba su prestigio y su palabra dada aunque fuera algo injusto lo que se le pedía; estaba el respeto humano lleno de amor propio por aquellos que le rodeaban. Era el fruto del fluctuar de su vida, una vida llena de superficialidad y de vanidad. Su ambición era el poder y todo lo demás estaba supeditado a sus deseos, no había principios ni fundamento en una vida así.

Pero nos tiene que ayudar a pensar. Hablábamos al principio de la complejidad de la vida, de los vaivenes que nos llevan de un lado para otro como un barco a la deriva que no ha sabido enterrar bien sus anclas o no ha sabido distribuir debidamente la carga de la vida; son detalles que nos llevan a zozobrar como quizás tantas veces nos habrá sucedido.

Es necesario fundamentar bien nuestra vida en unos valores que nos den profundidad y nos den estabilidad; tenemos que saber lo que queremos, lo que son nuestros objetivos y nuestras metas, los medios que tenemos a mano para hacer esa navegación por la vida sin zozobrar. No es fácil, porque muchas son las influencias que recibimos, muchos son los cantos de sirena que la vida nos ofrece para atraernos a cosas que parecen fáciles, a la comodidad de una vida sin esfuerzo, a unas rutinas que nos arrastran sin tino por sus raíles que nos llevaran a descarrilar.

Es necesario saber crecer por dentro; los cimientos que van a dar fortaleza y estabilidad al edificio no se ven porque quedan enterrados, pero tenemos que tener buenos cimientos. Necesitamos de una espiritualidad profunda porque así nos sintamos inundados por el Espíritu del Señor que es nuestra sabiduría y nuestra fortaleza. Dejémonos envolver por el evangelio de manera que empape totalmente nuestra vida para que así broten por gracia esos frutos que son frutos de vida eterna. Sabremos entonces bien lo que tenemos que hacer en esas situaciones fluctuantes de la vida y siempre va a brillar la rectitud y la humanidad en lo que hacemos.

jueves, 5 de febrero de 2026

Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

 


Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

1Reyes 2, 1-4. 10-12; 1 Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Quien recibe el encargo de algo importante y que puede tener enorme trascendencia para muchos puede experimentar encontrados sentimientos en sí mismo ante la tarea que tiene por delante, desde el orgullo que siente porque han confiado en él y también la incertidumbre de si será capaz de llevar a cabo aquello que se le encomienda; pero si además los recursos humanos que se le ofrecen son escasos, o más bien se le pide que no se apoye en esos recursos sino en la fuerza de lo que está realizando, la sinceridad de su palabra y el testimonio que a través de sí mismo pueda ofrecer de la validez e importancia de lo que realiza, podríamos pensar que en esos sentimientos aflora también el temor de que además no lo vayan a aceptar los que le rodean o con quienes ha de realizar dicho encargo.

Me hago esta previa consideración ante lo que escuchamos hoy en el evangelio. En torno a Jesús se había ido formando una pequeña comunidad de seguidores, de discípulos que le siguen continuamente por todas partes, que están siempre con Él y a los que en esa cercanía les ha ido, podíamos decir, enseñando, manifestándoles todo el sentido que tenía el Reino de Dios que anunciaba. Ahora de entre ellos escoge a doce a los que a enviar a hace ese mismo anuncio del Reino de Dios que Jesús venía haciendo, confiándoles su misión y toda su autoridad.

Pero aquí viene lo que podríamos llamar lo paradójico. Los envía con las manos vacías, podríamos decir. Les pide que se olviden de los recursos humanos, por no llevar solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas sandalias para sus pies. Ni dineros, ni siquiera provisiones, ni siquiera túnica de repuesto. Solo han de ir con lo puesto. Comerán lo que les ofrezcan allí donde vayan llegando y donde sean acogidos, quedándose en la casa donde entren hasta que se vayan de aquel sitio; si son rechazados sacudirán el polvo de sus pies y marcharán a otra parte. Solo sus palabras anunciando la conversión por la llegada del Reino de Dios y la autoridad de Jesús para ir transformando los corazones con las señales de algo nuevo que han de manifestar con su amor, porque sobre todo a los que más sufren han de atender de manera primordial.

Como termina diciéndonos hoy el evangelio ‘ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. No eran cosas extraordinarias las que realizaban ni se apoyaban en medios extraordinarios. Era la sencillez y autenticidad de sus vidas. Era la verdadera riqueza del evangelio. Era el comienzo de algo nuevo que como buena semilla plantada tenía que ir haciendo brotar una planta nueva, un nuevo sentido de vida.

¿Seremos capaces de hacer nosotros lo mismo que realizaron aquellos Doce a los que Jesús les confió esta misión de anunciar el Reino de Dios? Tenemos que decir que es nuestra tarea porque un cristiano tiene que ser siempre misionero. Algunas veces cuando oímos hablar de esto quizás nos ponemos a pensar, y yo, ¿qué puedo hacer? ¿Qué es lo que tengo que hacer para ser misionero en medio de los que nos rodean? ¿Con qué medios voy a contar?

Tienes una palabra que anunciar y un testimonio que dar. Y eso has de hacerlo con la autenticidad de tu vida. Y nosotros pensamos en rodearnos de tantos medios, y estamos imaginando las técnicas que tenemos que aprender, los medios de los que nos hemos de valer. Jesús los mandó con lo puesto, porque lo importante era la autenticidad de sus vidas y el testimonio del amor con lo que así manifestarían la autoridad que Jesús les confió.

Si decíamos antes de los encontrados sentimientos con que nos podemos encontrar ante una misión que se nos confía, muchas veces nosotros vamos por los temores de no saber qué hacer o cómo hacer, pero no llegamos a ver la necesidad de la confianza en la providencia divina que estará con nosotros y con la fuerza del Espíritu que nos conducirá a ese testimonio de vida que hemos de dar. Llenémonos del amor de Dios y nuestra vida va a resplandecer en múltiples gestos que manifiestan que vivimos el Reino de Dios.


miércoles, 4 de febrero de 2026

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

 


El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

2 Samuel 24, 2. 9-17; Salmo 31; Marcos 6, 1-6

¿Qué se cree él? ¿Quién se cree que es? Reacciones así hemos visto más de una vez, o quizás nosotros mismos hemos tenido, ante alguien que nos dice cosas que no nos gustan porque nos están poniendo el dedo en la llaga, diciéndonos la verdad que no nos gusta escuchar. Una persona que trata de comportarse con gran nobleza y rectitud, que quizás la vemos comprometida en acciones a favor de los demás o que se convierte en denuncia de situaciones que no son tan buenas, pero que quizás nos molestan, nos sentimos heridos porque nos están diciendo las cosas claras; y nos surgen esas preguntas que cuestionan a la persona, a la que quitamos autoridad en lo que dice porque buscamos sombras que la desprestigien. ‘Si ese individuo lo conozco yo de toda la vida… y sé quien es su familia…’ y así nos montamos buenas historias con tal de no aceptarlo.

Le estaba pasando a Jesús. Había ido a su ciudad y se había puesto a enseñar en la sinagoga como hacía por todos los lugares por donde iba anunciando el Reino de Dios. El evangelista Marcos a quien corresponde este relato no nos detalla cual era el mensaje de Jesús, pero sin lugar a dudas era el anuncio de la llegada del Reino de Dios pidiendo la conversión para creer esa Buena Noticia; como en otros los signos que realizaba daban autoridad a sus palabras.

Pero la gente se cuestiona. ‘¿De donde la viene esta sabiduría?’ Lo conocían de toda la vida porque allí en Nazaret se había criado, y allí estaban sus familiares, y allí había trabajo con su padre José. ‘¿No es este el carpintero?’ se decían. Y mencionaban a todos sus parientes conocidos de todos como era además normal en un pueblo pequeño. Y comenzó a aparecer la desconfianza, no le creían, no le aceptaban; ¿qué podían recibir ellos de alguien que era como ellos? ¿Si viniera revestido de autoridad de otros lugares o de alguna escuela rabínica? ¡Qué difícil se nos hace comprender los misterios de Dios!

‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’, les dice Jesús con palabras que se han convertido en sentencia y en refrán. Y como continúa diciendo el evangelista ‘no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe’, pero como se continúa diciéndonos Jesús continuó con su misión profética por todos los lugares y aldeas de Galilea.

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, hablará las palabras que tiene que decir aunque no sean escuchadas, manifestará las maravillas del Señor aunque no sean reconocidas, seguirá sembrando la semilla de la Palabra de Dios aunque no siempre encuentre la tierra apropiada; en algún lugar brotará esa semilla, algunos terminarán reconociendo las maravillas del Señor, Dios sigue actuando y acercándose a nosotros aunque seamos las tinieblas que rechazamos la luz. Y es que Dios se manifiesta en lo humilde y lo sencillo, se manifiesta en los pequeños y en los parece que no son nada, se acerca a la humanidad para hacer su mismo camino pero para abrir nuevos caminos ante él. Será costosa la misión y tiene mucho de pascua, de pasión y de muerte, pero de la muerte hará resurgir la vida porque ahí está siempre el paso del Señor.

Contemplamos el actuar de Jesús pero en El tenemos que vernos reflejados, no en vano con Cristo nos hemos hecho sacerdotes, profetas y reyes, y esa misión no la podemos abandonar. No siempre nos será fácil, muchas veces también nos encontraremos que no somos aceptados, no a todos va a gustar el anuncio de verdad que tenemos que hacer, pero hay una fidelidad y una lealtad en nuestro corazón que no podemos abandonar; con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor que nos alienta, que pone palabras en nuestros labios, pero que nos transforma para que seamos en verdad testimonio ante el mundo que no nos quiere creer y que en ocasiones tratará de quitarle valor a nuestras palabras. Somos pecadores, es cierto, pero por eso mismo somos testigos de lo que es el amor del Señor, es el hermoso testimonio que tenemos que dar.

martes, 3 de febrero de 2026

Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe

 


Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe

2 Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Salmo 85;  Marcos 5, 21-43

Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe. Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Un hombre lleno de angustia, ¿cómo no lo va a estar si se le muere su niña?, que no sabe a donde acudir pero cuando oye la llegada de Jesús allá corre para pedir auxilio. Y Jesús que quiere ir al encuentro de la persona en su más cruda realidad se pone en camino a casa de Jairo; cuando vamos de camino con alguien van saliendo las inquietudes o las dudas que llevamos en nuestro interior, los interrogantes que se nos plantean, las inseguridades en que nos sentimos. Seguramente no fue un camino en silencio, aunque el evangelio nos lo relate en escuetas palabras. En algún momento surgirá el pensamiento quizás del fracaso porque ya está todo perdido. Son las pocas palabras que le escuchamos a Jesús pero con ellas diría muchas cosas. ‘¿No te he dicho que basta con que tengas fe?’

En el intervalo del camino siguen sucediendo cosas. Una muchedumbre rodea aquella pequeña comitiva y lo apretuja. Perdida en aquella muchedumbre una mujer que también ha perdido sus esperanzas con la enfermedad que le aflige. Jesús parece ser que será el único que sostenga su esperanza, aunque ve difícil llegar a Jesús porque además por su enfermedad es una persona impura y no podría mezclarse con la gente. Pero la fe, como dirá Jesús en otro momento, mueve montañas y ella logra abrirse paso hasta Jesús para tocar al menos la orla de su manto. Y sucede lo inesperado, siente la mujer que se ha curado porque cesan sus hemorragias, pero siente también Jesús que alguien le ha tocado.

‘¿Quién me ha tocado?’, se vuelve Jesús. Allá el intrépido discípulo le dirá que cómo hace esa pregunta si la gente lo apretuja por todas partes. Es distinto lo que ha sucedido, la multitud apretuja y tocamos sin sentir, pero la fe toca en lo más hondo y sentiremos como nos transformamos. Aquella gente por curiosidad quizás, porque Jesús se dirige a la casa de Jairo que tiene una hija enferma, por la novedad que se pueden encontrar si realmente Jesús la cura, se dan de empujones y empellones también al cuerpo de Jesús. Y todo se quedará ahí, pero lo que sucedido con aquella mujer es distinto. Finalmente dará el paso adelante para sentirse plenamente confortada con las palabras de Jesús. ‘Tu fe te ha salvado, sigue viviendo con fe y tendrás vida…’ así terminan los caminos que con fe hacemos hasta Jesús.

Como finalmente sucedió con Jairo y su hija. Todavía el trecho de camino que queda por hacer va a ser difícil. ‘No molestes al maestro que no hay nada que hacer’, le dicen los que vienen con noticias de la casa. Al llegar el alboroto de las plañideras aunque Jesús les repite una y otra vez que no está muerta sino dormida. Son palabras que cuesta creer. Finalmente llegan en medio de dolor de todos a la cámara donde está la niña que ha fallecido. ‘A ti te lo digo, niña, levántate’ y la niña se levantó con vida. Un camino dificultoso, pero un camino de fe que se convierte en gracia; allí está el regalo de Dios.

¿Es nuestro camino?, tenemos que preguntarnos. Ahí están también nuestras dudas y nuestras ansiedades, seguimos preguntándonos ¿a quién tenemos que acudir?, oímos hablar de que llega Jesús pero quizás nos quedamos con la curiosidad pero no terminamos de descubrir algo más; ¿nos apretujaremos en torno a El para seguirle? Pero tiene que ser algo más que vernos envueltos en una masa, muchas veces quizás participamos en esos momentos multitudinarios de nuestra piedad popular, pero, ¿hasta donde llegamos?; ¿seremos capaces de abrirnos paso para llegar hasta Jesús y tocarle con la fe de aquella mujer aquejada de su enfermedad? Necesitamos tocar a Jesús o sentirnos tocados por El como aquellos leprosos que curaba, aquellos ciegos a los que ponía un poco de barro en sus ojos, aquellos sordomudos a los que tocaba sus labios o sus oídos, como a tantos a los que tendía una mano para levantarlos de sus camillas de postración.

Es algo más que un contacto físico, es el contacto de la fe para que circule la gracia, para que llegue a nosotros su vida, es el quizás quedarnos en silencio sentados en su presencia porque las palabras que tienen que resonar son las que Jesús nos dirige a nuestro corazón. No temamos quedarnos en silencio haciendo sentir sobre nosotros el peso de nuestras dudas o de nuestras debilidades. El todo lo transformará. Es la fe que nos sana, que nos salva, que pone vida en nosotros.

lunes, 2 de febrero de 2026

El Salvador ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel, el nuevo pueblo de Dios

 


El Salvador ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel, el nuevo pueblo de Dios

 Malaquías 3,1-41; Salmo 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando… el mensajero de la alianza… mirad que está llegado, dice el Señor del universo’. Así nos hablaba el profeta. ‘¿Quien resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada?’. Pero el salmo íbamos encontrando respuesta. ‘¡Portones! Alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el rey de la gloria’.

Nos llenamos de solemnidad porque el momento es importante. Es importante lo que  hoy estamos celebrando que es algo más que el cumplimiento ritual de una ofrenda, en la que todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Efectivamente para aquel cumplimiento ritual de la ley de Moisés aquel matrimonio joven cruzó los umbrales del templo con un niño en brazos. Podría parecer uno de tantos entre otras familias que venían también para ese ofrecimiento ritual.

Y así nos lo va narrando el evangelista, la presentación de Jesús en el templo a los cuarenta días de su nacimiento. Pero allí había un anciano lleno del Espíritu del Señor que aguardaba ese momento. Había recibido un oráculo del Señor de que no vería la muerte sin haber contemplado sus ojos al Salvador esperado. Por eso, sin ser sacerdote encargado de recibir aquellas ofrendas se adelanta tomando al niño en sus brazos para sorpresa de todos y prorrumpe en un cántico de alabanza al Señor. Allí se estaba cumpliendo lo anunciado por el profeta aunque pareciera que el momento no tenía la solemnidad de los anunciado por el profeta y cantado por los salmos.

Allí está aquel anciano que guiado por el Espíritu del Señor viene todos los días al templo para prorrumpir en ese cántico de alabanza al Señor. Es la entrada del mensajero de la nueva alianza; tienen que abrirse y agrandarse los umbrales y los dinteles de las puertas porque allí, en aquel niño, está ‘el Señor de la gloria, es el Señor, Dios del Universo, es el Rey de la gloria’. Los hombres tendemos a poner toda la solemnidad y hasta pomposidad de nuestros gestos y de nuestros ritos, pero la manera de actuar de Dios es de otra manera. Había querido nacer pobre, tan pobre que ni en la posada había sitio para su nacimiento, teniendo que refugiarse María y José en un establo y ser recostado entre las pajas de un pesebre todo un Dios que nacía haciéndose hombre. Ahora esa entrada que tendría que ser triunfal en el templo pasa casi desapercibida en la presencia de un niño en brazos de sus padres que por pobres harán la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas.

Pero el Anciano Simeón está cantando la gloria del Señor y siendo profeta que recibía a Dios en su templo pero que anunciaba el signo de contradicción que significaba para ser nuestro Salvador. ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

El Salvador que ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel. Es el momento solemne que hoy nosotros celebramos en la entrada de Jesús en el templo. Pero algo nuevo y distinto va a suceder porque desde ahora el verdadero templo de Dios es Jesús, en quien Dios se nos manifiesta, y por quien nos viene la salvación. Pero va a comenzar a haber un nuevo templo en la medida en que aceptamos por la fe en Jesús y nos unimos a El, para con El ser también sacerdotes, profetas y reyes.

Vamos nosotros a ser ungidos también por el Espíritu del Señor para convertirnos en templos de Dios. Así tenemos que ser esa señal de Dios en medio de los que nos rodean, en signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo. Si un día veremos a Jesús purificando aquel templo de Jerusalén que en lugar de casa de oración parecía más una cueva de ladrones, es la purificación con que hemos de vivir nuestra vida, la santidad que ha de brillar en nuestra vida para que demos esas señales de Dios en medio del mundo.

El anciano Simeón nos está enseñando a descubrir esas señales de Dios en lo pequeño y en lo sencillo, como supo encontrar al Mesías de Dios en aquel niño hijo de aquellos humildes padres. ¿Sabremos serlo nosotros para los demás?

Detrás de toda esta escena que contemplamos en el evangelio vemos la figura de María que parece pasar desaperciba aunque el anciano profetiza también el lugar de María, a quien una espada atravesará su alma porque así la veremos siempre a la sombra de Jesús y finalmente a la sombra de la cruz en el Calvario. Es la madre del Sacerdote  a quien se une para ella también hacer su ofrenda, pero va a ser también la misionera que vendrá a caminar a nuestro lado para ayudarnos a ir al encuentro de Jesús.

Nosotros los canarios en este día tenemos un lugar especial para María, porque la contemplamos y la celebramos como quien nos señala el camino de la luz. En un brazo su imagen porta a Jesús pero en su otra mano porta una luz para ser señal en el camino que nos conduzca hasta Jesús, para enseñarnos como no solo hemos de dejarnos iluminar por esa luz de Jesús sino que tenemos que ser señales de luz en nuestra vida para que todos vayan al encuentro de Jesús. Por eso la llamamos Candelaria, la portadora de la candela, de la luz, y de alguna manera todos tenemos que ser ‘Candelaria’, como María, portadores de la luz de Jesús para nuestro mundo.

 

domingo, 1 de febrero de 2026

No son paradojas, no son utopías, son impactos para la vida, interrogantes hondos que nos hacen emprender un camino nuevo para un mundo nuevo de felicidad

 


No son paradojas, no son utopías, son impactos para la vida, interrogantes hondos que nos hacen emprender un camino nuevo para un mundo nuevo de felicidad

Sofonías, 2, 3; 3, 12-13; Salmo 145; 1 Corintios, 1, 26-31; Mateo, 5, 1-12

Hay cosas en la vida que nos resultan una paradoja, de alguna manera incomprensibles, indescifrables, nos suenan a utopía y por eso pensamos quizás que son solo sueños pero irrealizables; pero precisamente por eso nos impactan, nos llaman la atención, nos hacemos preguntas, se convierten en interrogantes en la vida y no cejamos antes que vayamos encontrando una respuesta, una manera de entenderlo y al final nos damos cuenta que de alguna manera están denunciando actitudes nuestras, describiéndonos algo que quizás estamos viviendo o de lo que queremos huir.

Yo creo que el evangelio si lo escuchamos a tumba abierta, como se suele decir, sin prevenciones y poniendo toda la sinceridad de nuestra vida puede quizás resultarnos esa paradoja pero estás sembrando una inquietud y un interrogante en nuestro corazón. Pero claro, hemos de escucharlo con toda sinceridad, sin prejuicios, sin dar por adelantado que ya nos lo sabemos, dejándonos sorprender. No son utopías, no son sueños irrealizables, son caminos que hemos de recorrer, porque es además, y lo decimos ya por adelantado, algo que contemplamos en el propio Jesús.

Nos encontramos hoy ante una de esas páginas más sorprendentes del evangelio. Es de verdad una buena noticia, evangelio para nuestro hoy, para nuestro mundo, para cada uno de nosotros. Nos habla de eso que todos deseamos, la felicidad; pero lo que nos sucede es que parece que va a contracorriente de lo que nosotros pensamos, si, de lo que en el fondo pensamos, pero también de lo que son los deseos de nuestro mundo. Habla de dicha y de felicidad, pero habla de pobreza y sufrimiento, habla llantos y de lágrimas, habla de esfuerzos por algo que nos parece difícil de conseguir porque por mucho que nosotros queramos los andares de nuestro mundo van por otras sendas, habla de sentirnos perseguidos por lo bueno que queremos hacer, y habla de una vida humilde y sencilla sin malos deseos a pesar de lo que sea.

Pero es que tenemos que decir que donde Dios está cerca es precisamente de quienes están sufriendo esas situaciones. Es la buena noticia para los pobres, que Jesús anunciaba en la sinagoga de Nazaret, para los oprimidos, para los carentes de libertad, para los que tienen su vida llena de sufrimientos y limitaciones. Es lo que nos viene a decir Jesús cuando nos habla del Reino de Dios, es lo que contemplamos en Jesús a lo largo del todo el evangelio, es lo que hace que la vida y la palabra de Jesús sea evangelio, sea buena noticia.

Jesús quiere poner esperanza en los corazones, en los pobres y en los que lloran, en los que trabajan y luchan por un mundo mejor y mas justo a pesar de todo lo que les cueste, en aquellos que quieren caminar en rectitud a pesar de verse zarandeados por tanta maldad que tenemos en nuestro entorno; y esa esperanza en el corazón da fuerza en la vida, esa esperanza nos hace sentirnos satisfechos en todo eso en lo que estamos luchando por salir hacia delante. Podremos ir dando pasos aquí y ahora en esa liberación, podemos ir sembrando esa buena semilla siempre con la esperanza de que un día podamos alcanzar unos frutos, confiando que un día todo eso lo veremos en plenitud. Y en esa lucha nos sentimos dichosos, estamos ya pregustando esa felicidad que tanto ansiamos.

Pero además las bienaventuranzas que Jesús nos proclama se convierten en un reto para nosotros. ¿Dónde tenemos que estar? No escuchamos las bienaventuranzas para sentirnos contentos por todas las promesas que nos hace Jesús; escuchamos las bienaventuranzas para hacer como Jesús, para hacer también nosotros una elección; alguien ha traducido las bienaventuranzas diciendo dichosos y bienaventurados los que eligen ser pobres.

¿Qué nos quiere decir? ¿Qué tenemos que hacernos pobres para vivir en la pobreza y la miseria? Es algo mucho más sutil. Elegimos estar con los pobres, con los que lloran, con los que luchan, con los que optan por la mansedumbre en sus vidas a pesar de la violencia que nos envuelve, con los que paso a paso van transformando todo esos instrumentos de guerra en materiales de paz, con los que se sienten solos o incomprendidos por sus sueños y utopías pero siguen luchando por ello. Ahí es donde tenemos que estar, ahí es donde tenemos que convertirnos en liberadores de los demás, ahí es donde tenemos que ser ese buen paño de lágrimas con nuestra presencia y compañía que lleve consuelo a los que sufren y a los que se sienten solos.

Seguro que sentiremos una nueva forma de ser felices. Es la bienaventuranza que Jesús nos está proponiendo hoy en el evangelio en esto que pudiera parecernos tan paradójico pero que sin embargo nos pone en camino de un mundo nuevo, es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y viene a instaurar.

sábado, 31 de enero de 2026

Tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio

 


Tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio

2Samuel 12, 1-7a. 10-17; Salmo 50; Marcos 4, 35-41

¿Le tenemos miedo a la oscuridad o a un lugar tenebroso? Quiero de antemano decir que en los lugares donde me muevo nuestros caminos están alumbrados; pero bien pronto nos quejamos si por cualquier razón falta un día la iluminación de esos lugares por donde transitamos. No están tan lejos para nosotros pero quizás muy presente en muchos lugares esa oscuridad que no ayuda a caminar con tranquilidad, más otros temores que nos llenan de temores por tantos otros peligros que pudieran aparecer; no iríamos solos por esos lugares, buscaríamos la compañía de quien nos diera confianza y seguridad para poder hacerlo con tranquilidad.

Aunque no son solo esas las oscuridades que nos llenan de temores en la vida; lo incierto del futuro, el lanzarnos a otros horizontes de la vida, el tener que asumir nuestras responsabilidades, el emprender tareas nuevas con todas las incertidumbres que acompañan, el embarcarnos en algo nuevo y distinto a lo que estábamos acostumbrados a realizar, y no digamos quienes tienen que dejar atrás sus lugares habituales para ir en búsquedas de un futuro mejor, y ahí estoy pensando en todo ese mundo de la inmigración, que a algunos nos inquieta el que nos lleguen personas nuevas, pero no podemos olvidar lo que pasa por las mentes de quienes tienen que abandonar su tierra y no siempre en las mejores condiciones para buscar un futuro mejor. Nuestra tierra canaria se ve envuelta en ese problema de la inmigración, cosa que nos preocupa, pero nos olvidamos que en otro tiempo nosotros o nuestros mayores fueron también inmigrantes.

Me vienen estos pensamientos y reflexiones desde la página del evangelio que hoy se nos ofrece. Es ya el atardecer y Jesús les dice a los discípulos de ir a la otra orilla. Atravesar en la noche el lago no era cosa muy agradable sobre todo con las tormentas que en él se solían levantar. Es lo que sucede, la barca poco menos que hace agua; aquellos pescadores avezados a esas tormentas luchan por mantener la deriva de la barca, pero parece que la tormenta se hace cada vez peor.

Y Jesús, ¿dónde está? Durmiendo a pesar de la tormenta en un rincón de la barca. No pueden más. Lo despiertan. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ es el grito, es la súplica, es la amargura con que se dirigen a Jesús. ‘¡Hombres de poca fe! ¿por qué dudáis?’ A pesar de estar Jesús en la barca se sentían solos, como si a Jesús no le importara.

Son significativos los detalles que se convierten en signo de muchas cosas para nosotros, para nuestra vida. Hay que ir a la otra orilla, nos está diciendo Jesús también. Y el hecho de que pensemos que tenemos que embarcarnos en algo distinto ya nos hace aparecer los temores, las preguntas sobre esa otra orilla a la que nos quiere embarcar Jesús. Preferimos quedarnos en nuestra comodidad o en nuestra rutina; siempre se ha hecho así, nos decimos ¿por qué tenemos que intentar otras cosas, otros métodos quizás, otras tareas más evangelizadoras? Se nos pone todo turbio delante de nosotros, no sabemos qué hacer o como emprender esas nuevas tareas.

Pero hoy la Iglesia necesita ir a la otra orilla, salir de esas aguas tranquilas donde nos hemos acostumbrado a navegar, y no queremos darnos cuenta que son otros tiempos, que son otras exigencias, que son otros planteamientos lo que tenemos que hacernos. Y nos contentamos con guardar el ganado que tenemos pero no nos damos cuenta que hay muchas otras ovejas a las que tenemos que ir a buscar. En esa dejadez en la que vivimos con tan poca inquietud misionera vemos los derroteros de nuestra sociedad, vemos como se va perdiendo el sentido cristiano de la vida en nuestra sociedad. Es que los tiempos cambian, nos dicen algunos, pero en este nuevo tiempo también tenemos que anunciar el evangelio, también tenemos que dar a conocer el nombre de Jesús. Tiempos de borrascas y de oscuridades, de temores y de dudas, nos van apareciendo. Como los discípulos aquella noche en la barca. Pero tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús.

Y no digamos que nos sentimos solos, porque Jesús con la fuerza de su Espíritu está a nuestro lado, aunque algunas veces nos desentendemos de tal manera que no nos damos cuenta de la presencia de Jesús; y así nos vienen nuestros miedos y nuestras cobardías.

Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’, nos dice también a nosotros Jesús. Con El siempre tenemos que sentirnos seguros.

viernes, 30 de enero de 2026

No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

 


No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Salmo 50; Marcos 4, 26-34

No es lo mismo pasividad que saber estar pero dejar hacer. El pasivo se desentiende, no se preocupa pase lo que pase, de alguna manera es como si pensara que las cosas vienen solas y de forma automática. Pero cuando sabemos estar cumplimos con nuestra responsabilidad en lo que nos toca, mantenemos una vigilancia para ser consciente de lo que sucede, pero dejamos hacer, confiamos en las responsabilidades de los otros, cada uno en su lugar, pero también contemplamos el misterio de lo que recibimos como regalo, pero también el misterio de las personas que asumen sus responsabilidades, toman  parte en lo que les corresponde y son capaces también de desarrollarse como personas.

Hoy Jesús nos ofrece una parábola en que se nos ofrece la contemplación de ese misterio en lo que sucede sin que él intervenga; en este caso se nos hace contemplar la capacidad de la semilla por si misma de germinar y producirnos vida, nos hace ser agradecidos porque en ello estamos contemplando los dones de Dios en nosotros mismos y también en cuantos nos rodean. El labrador ha sembrado la semilla, ahora el campo florece por si mismo para que al final podamos recoger frutos. Descubrimos la acción de Dios y no pretendemos ocupar su lugar, con respeto y gratitud contemplamos.

Podemos pensar, como siempre hacemos cuando reflexionamos sobre esta parábola – recientemente la hemos meditado también – en la fuerza que por si misma tiene la semilla y en ella vemos la Palabra de Dios, sembrada en nosotros o que nosotros también tenemos que sembrar en los campos de la vida. Y tenemos que dejar que esa semilla actúe por dentro, en nosotros mismos o en quienes la queremos sembrar. Nuestra tierra que somos nosotros tenemos que estar dispuestos a acoger esa semilla y a dejar hacer en nosotros; si no la echamos en saco roto esa semilla un día germinará vida en nosotros o en aquellos donde la hemos sembrado. Es el actuar de Dios pero es la respuesta del hombre, que no es pasividad, que es dejarnos hacer por el Espíritu del Señor.

Pero me lleva a pensar esta reflexión que me estoy haciendo en la semilla sembrada en los demás. Tenemos que hacer que esa semilla también germine y dé su fruto, pero tenemos que saber respetar el ritmo de las personas. Nos pasa en todos los aspectos en los que tratamos de trasmitir algo a los demás, ya sea la tarea educativa que tengamos que realizar o ya sea la labor apostólica que podemos realizar. Queremos respuestas prontas, queremos que la gente cambie poco menos que de forma automática, queremos que lo que le indicamos a alguien sobre lo que tiene que hacer, ya desde el momento lo realice con toda perfección. Dejemos hacer, dejemos que cada uno dé sus pasos, sepa superar las montañas que tiene que atravesar o llegue a tener fuerza para dejar atrás cosas que quizás le perjudiquen. Nos volvemos impacientes e intransigentes. Creo que la parábola en eso también nos está dando lecciones.

Maravillémonos de ese actuar de Dios y seamos agradecidos por la paciencia que en su misericordia tiene con nosotros, porque no siempre sabemos dar la respuesta adecuada. Pero no nos durmamos. Tratemos de seguir creciendo por dentro, aunque nadie lo vea, pero iremos logrando esa madurez humana y cristiana que todos necesitamos. Vayamos dando esos necesarios pasos de nuestro crecimiento espiritual. Seamos esa tierra abonada y preparada para recibir esa semilla que produzca en nosotros frutos de santidad. Ojalá pudiéramos llegar a decir con la prontitud de María que se cumpla en nosotros lo que es la voluntad de Dios.