Lo
que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de
nuestro corazón
1 Reyes 8, 22-23. 27-30; Salmo 83; Marcos 7,
1-13
Solemos decir
que la repetición de algo, aunque en principio nos cueste o incluso nos
disguste, terminará por habituarnos a lo que hacemos e incluso a tomarle gusto.
En el aprendizaje de muchas cosas muchas veces este es el método, la forma de
aprender a hacerlo; y de ahí pueden nacer las costumbres que en fin de cuentas
no es sino repetición de lo que nos han enseñado o trasmitido, que entonces se
convierten en tradiciones de nuestra vida.
¿Es este el
método ideal? Creo que habría que utilizar más el razonamiento, nuestra
inteligencia y el gusto por lo que hacemos, porque también al final por mucho
que sean buenas esas cosas pueden convertirse en una rutina sin sentido ni
valor. ¿Por qué haces esto? la respuesta fácil es decir porque siempre se ha
hecho así. Pero ¿qué sentido tiene eso que estás haciendo? ¿Qué significa en tu
vida? ¿Qué valor tiene? Muchas veces esas cosas ni las planteamos, no buscamos
la raíz, la razón profunda, simplemente al final repetimos.
Mucho cuidado
hemos de tener con las tradiciones y las costumbres. Muchas veces gastamos
esfuerzos enormes en recuperar esas tradiciones, que quizás como algo
folclórico podrían estar bien, pero ¿qué valor y sentido tiene eso hoy? ¿Qué
sentido le da eso a mi vida? ¿Será algo que realmente vivo o solamente algo que
repito? Y esto tendría que estar también en el punto de mira de muchas de
nuestras prácticas religiosas, a las que vamos simplemente por cumplir. No digo
que no sean válidas, pero la cuestión es vivir no simplemente cumplir. ¿Serán así
nuestras oraciones? ¿Será así nuestra participación de la vida? ¿Será así la
recepción de los sacramentos? No vengo a echar abajo todas esas cosas, sino que
nos planteemos nosotros allá en lo más hondo de nosotros mismos el cómo lo
hacemos para que llegue a ser vida en nosotros.
Es lo que
venían planteándole a Jesús los fariseos, aquellos tan fieles y rigurosos cumplidores.
Ahora se quejan de que los discípulos de Jesús no se lavan las manos antes de
comer siguiendo la tradición de los mayores. ¿Por qué habría que lavarse las
manos? ¿Solamente por una tradición? ¿De donde nacería esa tradición? Un pueblo
que atraviesa nómada desierto no tenía muchos medios de higiene con las
funestas consecuencias para epidemias que podrían surgir entre ellos. ¿No nos
impusieron el uso de las mascarillas en la pasada pandemia para evitar
contagios? ¿Tenemos que tomárnoslo ahora nosotros poco menos que como un rito
religioso?
Se les impone
a aquel pueblo nómada del desierto que tienen que lavarse las manos, higiene
necesaria para no mezclar los alimentos con cosas que podrían ser
perjudiciales. Pero lo convirtieron en un rito religioso, y es de lo que ahora
se quejan los fariseos a Jesús. ‘Este pueblo me honra con los labios’,
les recuerda Jesús que había dicho ya el profeta. Pero, ¿dónde ponemos el corazón?,
¿dónde encontramos lo que le dé hondura a nuestra vida?
Son los
planteamientos serios que tenemos que hacernos en nuestra vida, las revisiones
de cómo hacemos las cosas y qué sentido le damos, no vayamos nosotros también
por un cumplimiento frío y ritual pero no con algo que cale hondo en nuestros
corazones. Muchas cosas las cosas que tendríamos que revisar en lo que nos
tomamos como costumbre e incluso como rutina; cuando solamente hacemos las
cosas desde ese sentido al final, en lugar de cogerle gusto, lo que hacen es
cansarnos y poco a poco nos vamos enfriando y dejándolo todo a un lado. Que
cuando hacemos las cosas solo por costumbre o por ley estamos indicando ya la
superficialidad que puede haber en lo que hacemos. Lo que nos conduce a
plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón.