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miércoles, 4 de noviembre de 2026

Rumiar y madurar en lo más hondo de nosotros lo que da sentido a nuestra vida como cristianos y no echarlo en el saco de los recuerdos que nunca volvemos a abrir

 


Rumiar y madurar en lo más hondo de nosotros lo que da sentido a nuestra vida como cristianos y no echarlo en el saco de los recuerdos que nunca volvemos a abrir

Filipenses 2, 12-18; Salmo 26; Lucas 14, 25-33

Supongamos que queremos construir una casa, no es cuestión solo de que dispongamos de unas piedras y nos pongamos a hacer por nuestra cuenta unas paredes que luego techemos para tener donde guarecernos; eso así se ve muy elemental, porque tendríamos que hacernos un proyecto de lo que queremos y ver si contamos con los medios necesarios para llevarlo a cabo, porque se nos puede quedar en una pared que se nos viene a ruina y de nada nos sirve lo que hemos intentado; como si queremos llegar a visitar un lugar que por lo oído nos pueda parecer interesante, pero ¿sabemos dónde está y cómo llegar a él? Tendremos que situarlo y situarnos para trazarnos una ruta y ver los medios de los que dispongamos para poder llegar allí.

En esas cosas somos cuidadosos en la vida y no queremos hacer las cosas a lo loco, pero tendríamos que ver si en lo que son las cosas más importantes de la vida que ya no son las cosas materiales como puede ser el sentido que le demos a nuestra vida y lo que queremos lograr como persona, o descubrir cual es nuestra función y nuestra misión en la vida, también nos lo estamos tomando en serio y nos lo pensamos bien; y desde ahí podríamos descender a planteamientos más profundos de la persona en los que tenemos que ver realmente qué camino hacemos o qué camino estamos tomando.

Yo diría que es lo que básicamente nos está planteando el evangelio; no se trata de fervores momentáneos que si no están bien fundamentados y alimentados prontamente se nos desinflan y nos quedamos en un vacío existencial que es muy peligroso. Nos dice hoy el evangelista que mucha gente seguía a Jesús. Los milagros despiertan fervores y entusiasmos que algunas veces pueden desembocar en entusiasmos del momento, pero que pronto se enfrían; las palabras de Jesús. sembraban, es cierto, inquietud en los corazones y hacían despertar igualmente esperanzas cuando en la vida quizá lo veían todo más negro; eran rayos de luz que querían iluminar un camino, pero cuando no sabemos aprovechar esa luz se nos puede quedar en un fogonazo que destella pero que pronto también podemos olvidar; claro que cuando son sentimientos que se van despertando en las personas al unirse con otros que pueden sentir lo mismo aparece ese entusiasmo que nos lleva a manifestarnos de alguna manera pero que si no llegamos a entender el sentido de esa luz al final vienen los cansancios y también todo se nos apagará.

Son cosas que suceden también en nuestra sociedad hoy y múltiples ejemplos de todo esto lo podemos ver cada día incluso como noticias de actualidad. Miremos si no cosas que en estos momentos están sucediendo a lo largo y ancho de nuestro mundo; cuantas manifestaciones y cuantos gritos que al final parece que no todos saben bien ni lo que están reclamando porque se dejan llevar por los fervorines que aparecen en los diferentes medios.

Jesús. nos dice el evangelista que se volvió hacia aquellos que le seguían y comienza a hacerles algunas reflexiones planteándoles si en verdad tienen claro lo que buscan y están dispuestos a poner todo de sí para encontrarlo. Han sido capaces de salir de sus casas y de sus poblados y se han puesto en camino, pero esa salida tiene que tener un sentido más hondo, porque primero que nada han de salirse de sí mismos; si solo estamos buscando unas satisfacciones personales, sentirnos a bien con nosotros mismos y no vemos más allá todavía no nos hemos puesto en camino. Emplea Jesús la palabra negación que no es anularse sino ser capaz de poner en segundo lugar, posponer, lo que no es lo fundamental. Habla Jesús de negarse a sí mismo pero también de muchas cosas que nos rodean y sobre las que hemos edificado hasta ahora nuestra vida, pero ponernos en el camino de Jesús para seguirle no es buscar esos apoyos de siempre sino entrar en un camino de disponibilidad, que podemos llamar pobreza, porque no es en lo material y en lo de siempre aunque sigamos teniéndolo entre manos en donde hemos de buscar el fundamento. Es un liberarse de ataduras para sentirnos verdaderamente libres, es arrancarse de unas rutinas o cosas que hemos hecho de siempre para encontrar una novedad en ese apertura a Dios pero también en esa apertura a los demás; nuevas han de ser nuestras relaciones con Dios como diferentes tienen que ser nuestras relaciones con los demás.

Es algo de lo que hemos de ser conscientes como el que va a edificar una torre tiene que saber lo que pretende hacer y cómo hacerlo, pero también hemos de ser conscientes de nuestras propias limitaciones y saber dónde tenemos que buscar el apoyo verdadero. ¿Estaremos disponibles, dispuestos a dejarnos llevar, a dejarnos conducir por el Espíritu divino?

Es algo que tiene que ser rumiado y madurado en lo más hondo de nosotros mismos para que no sean impulsos momentáneos sino todo un sentido de vida. ¿Será algo en lo que nos ponemos a pensar en nuestro interior habitualmente los cristianos? ¿Seguimos rumiando en casa lo que cada domingo nos ofrece la palabra del Señor cuando venimos a la Iglesia o será algo que pronto olvidamos y echamos en el saco de los recuerdos pero que nunca volvemos a abrir?


martes, 3 de noviembre de 2026

Tenemos que aprender a salir a los caminos porque ese gozo del banquete del Reino no lo podemos dejar encerrado sino que a todos hemos de llevar la invitación

 


Tenemos que aprender a salir a los caminos porque ese gozo del banquete del Reino no lo podemos dejar encerrado sino que a todos hemos de llevar la invitación

Filipenses 2, 5-11; Salmo 21; Lucas 14, 15-24

¡Qué bonito es esto! Así sí me gustaría vivir a mi, esto parece poco menos que la gloria, mira cómo la gente participa y colabora, me gustaría ser parte de esto. Expresiones así tenemos en ocasiones bien sea en referencia a una forma de vivir, bien sea porque nos gusta aquel lugar, bien sea porque nos parecen apetitosas las cosas que nos ofrecen, pero no terminamos de engancharnos, no ponemos todo el ánimo por nuestra parte para comenzar a participar, el propósito que quizás nos hicimos de participar, de poner yo también de mi parte, de entrar a formar parte de aquel grupo que nos parecía tan entusiasmante lo vamos posponiendo, voy a resolver estas cosas que tengo entre manos y luego ya me dedicaré plenamente a eso, bueno ya pronto comenzaré como decimos tantas veces cuando tenemos que tomar una decisión desde un buen propósito, pero que nunca llegamos a implicarnos, nunca llegamos a comenzar, siempre lo vamos posponiendo. 

¿Por qué seremos así? Parece que siempre tenemos una disculpa favorable a nosotros en cuanto con ello queremos justificarnos.

Alguien que está escuchando a Jesús que continuamente habla del Reino de Dios, entusiasmado por las palabras de Jesús, exclama en alta voz en medio de las gentes, parece ser que era uno de los comensales que estaban a la mesa con Jesús en aquella invitación que le habían hecho y con aquellas recomendaciones que Jesús hacía. ‘¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!’ Parece que todas aquellas consideraciones que Jesús en aquella o ocasión hacía le convencían. Pero fácil es hablar en medio de un entusiasmo, fácil es hacernos propósitos en un momento de fervor, fácil es sentirse arrastrados quizás por el impulso de otros que toman iniciativas, pero luego ¿dónde estará la continuidad?

Es lo que Jesús quiere ahora decirles. La mesa del Reino de Dios está preparada e incluso nos puede parecer apetitosa, pero quizás pueden ser otros los intereses que tiran de nosotros y nos arrastran por otras sendas. Propone Jesús la parábola de los que son invitados al banquete de bodas y cuando todo está preparado y se les dice a los invitados que pasen a sentarse a la mesa comienzan las disculpas, comienzan a acordarse de cosas que tienen que hacer y que ahora no pueden dejar, comienzan a pensar en sus trabajos y todos van dejando la mesa puesta para irse a sus ‘quehaceres’, digámoslo entre comillas.

¿Nos estaremos viendo retratados? ¿Dónde están nuestros entusiasmos y lo que luego realmente hacemos? ¿Dónde están nuestros propósitos y cuándo realmente comenzamos a cumplirlos? ¿Dónde está aquello de que este grupo, esta institución me parece algo estupendo, pero cuando nos decidimos a comenzar a participar? ¿Dónde están nuestros olvidos, nuestros entretenimientos o la poca importancia que al final le damos a aquello que nos parecía tan ideal y tan bueno? ¿Mereceremos que se nos mantenga la invitación?

La mesa está preparada y aunque los invitados no se la merecían el banquete no ha de dejar de celebrarse. ‘Salid aprisa a las plazas y calles de la ciudad y traigan aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’, le dice a sus criados; y como aún no se termina de llenar la sala del banquete vuelve a insistir para que ‘salgan por los caminos y senderos, e les insistan hasta que entren y se llene mi casa. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete’.

La mesa no puede estar vacía.  Toda persona merece estar en la mesa del Señor. Toda persona está dotada de dignidad para compartir la fiesta. Sin distinción alguna. Sin discriminación. La vida se convierte en una verdadera celebración cuando nadie queda fuera. Seamos anfitriones que construyan, incluyan y que nunca pongan excusas para compartir el banquete del Señor.

Es una invitación a que analicemos nuestras respuestas, nuestras decisiones que tantas veces se quedan indecisas, los propósitos que se quedan en buenos deseos, las promesas que muchas son interesadas para obtener lo que queremos aunque luego no correspondemos. Muchas son las actitudes y las maneras de actuar que tenemos que revisar. 

Pero es también una invitación a la apertura del corazón, porque muchas veces cerramos puertas, ni entramos ni dejamos entrar, mantenemos reservas, hacemos distinciones y todos merecen participar de esa mesa, todos están invitados y llamados; hagamos la mesa grande para que todos quepamos, sintamos el gozo de encontrarnos con tantos a los que muchas veces hemos excluido. 

Tenemos que aprender a salir a los caminos porque ese gozo del Reino no lo podemos seguir dejando encerrado. Algo nuevo tiene que haber en nuestra vida, no nos quedemos en buenos deseos, sino pongámonos por obra.


lunes, 2 de noviembre de 2026

Una conmemoración no sólo para derramar una lágrima o tener un buen recuerdo, una conmemoración que nos llena de trascendencia con valor de eternidad en nuestra oración

 


Una conmemoración no sólo para derramar una lágrima o tener un buen recuerdo, una conmemoración que nos llena de trascendencia con valor de eternidad en nuestra oración

Sabiduría 4, 7-15; Salmo 26; Romanos 5, 5-11; Juan 14, 1-6

Intentamos caminar por la vida como si tuviéramos todas las seguridades, todo estuviera en nuestra mano de modo que nada pudiera suceder sin que nosotros pudiéramos controlarlo. Nos sentimos seguros y valientes, de alguna manera nos hacemos dominantes porque nos creemos hasta dueños de la vida misma; pareciera que a nada tenemos miedo ni nada nos hiciera temblar. Pero no sé ciertamente si es verdad que nos sentimos seguros y nada tenemos miedo y quizás muchas veces pudiera ser como una pantalla con la que olvidáramos las inseguridades que tenemos por dentro; queremos dar una buena sensación pero quizás por dentro tenemos muchos interrogantes que en algunas ocasiones salen a flote.

¿Estamos tan seguros que la vida nos va a durar todo lo que nosotros queremos para alcanzar aquellas metas o aquellos sueños que tengamos? Cuando nos aparece la enfermedad que nos hace sentirnos débiles, cuando vivimos la experiencia de la muerte en personas de nuestro entorno, cuando surge algo inesperado que echa por tierra tantos sueños e ilusiones, cuando se desgarra nuestro corazón ante fatídicos accidentes con múltiples muertes como ahora recientemente hemos vivido en España, y eso que no pensamos en la guerra con sus muertes porque la vemos un poco más lejana aunque siempre sentimos alguna preocupación… aparecen esos interrogantes y esos miedos, aparecen esos temblores no solo de piernas sino de nuestro espíritu porque sigue siendo como un velo negro que nos va a envolver.

¿Qué respuestas podemos encontrar? ¿Dónde está esa luz que ilumine esas oscuridades que aparecen en nuestro espíritu? ¿Qué sentido podemos encontrar? Será siempre algo pesaroso que nos queremos quitar de encima, que tratamos de envolver quizás con muchos disimulos que no nos dan respuesta pero que al menos nos distraen o quitan de la vista eso que sentimos tan desagradable como sea la muerte.

Hoy Jesús, en el texto del evangelio que se nos ofrece, situado en momentos previos a lo que va a ser su pasión y que terminaría en su muerte, con aquellas sensaciones tan desagradables que están teniendo sus discípulos más cercanos porque va a suceder algo que ellos no comprenden, en estos momentos les dice, nos dice, que no perdamos la calma, que no se turbe nuestro corazón, que pongamos toda nuestra fe en El y en su Palabra, en el amor del Padre. No hay cosa peor que sentirnos turbados porque es como sentirse desestabilizado, sin saber encontrar rumbo ni sentido a nada.

Jesús quiere que le demos una nueva trascendencia a nuestra vida; una trascendencia que no se queda en el recuerdo que podamos dejar, o en las lágrimas que vamos a hacer derramar en aquellos que nos quieren y nos aprecian. Es algo distinto, porque Jesús quiere que le demos una plenitud con valor de eternidad a lo que hacemos, porque Jesús nos está hablando, aunque emplee un lenguaje muy humano que nos pueda confundir si no lo sabemos interpretar, de una vida que va más allá de la muerte; la muerte puede parecer un fin, un terminarse todo y ya nada más hay, pero Jesús nos habla de otro vivir, de una nueva plenitud. Hay ha hablado de unas estancias que va a preparar y nos podemos quedar muy en el lado material de lo que es una estancia; Jesús quiere decirnos algo más; ya nos dice en otro momento que quien cree en Él no morirá para siempre, y nos habla entonces de vida eterna, nos habla de resurrección, como le decía a Marta y María con la muerte de Lázaro.

Es la verdadera trascendencia que le damos a la vida y a lo que hacemos desde esa esperanza, de esa fe que ponemos en la Palabra de Jesús. Es lo que va a darnos verdadero apoyo en nuestra vida para que no tiemble nuestro corazón ni nos sintamos tan turbados que ya no sabríamos ni qué pensar. ‘El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?’, que decíamos en el salmo. No temeré, nada me hará temblar, porque en los momentos oscuros no me va a faltar esa luz, porque en los momentos que surjan tantos interrogantes ante lo que nos parece incomprensible en tantas muertes, voy a sentir la seguridad que me da la Palabra de Señor en quien confío. Buscamos el rostro de Dios, nos llenamos de ánimo porque confiamos en el Señor. 

Esto nos hace mirar con toda responsabilidad la vida que se ha puesto en nuestras manos y que tenemos que cuidar desde el primer instante de su existencia hasta el último minuto en este mundo, pero que ahí no se acaba para nosotros. Es el sentido bonito que tiene la conmemoración que en este día hace la Iglesia de todos los difuntos; no es solo un día para derramar una lágrima en tantos recuerdos acumulados de unas vidas con las que hemos convivido; no es solo gozarnos por otra parte de ese rastro bueno, de esas huellas que han dejado en nosotros por las que también hemos de dar gracias; es algo más, esta conmemoración es oración, porque es sentirnos unidos en Dios y porque es pedir que en Dios hayan encontrado esa plenitud; pero es también que nosotros aprendamos de ese vivir o aprendamos a vivir en esa trascendencia con valor de eternidad que siembra en nuestros corazones la esperanza que tenemos puesta en el Señor.


domingo, 1 de noviembre de 2026

No en cosas extraordinarias sino en lo que son las pequeñas cosas de cada día, poniendo en ello todo nuestro corazón, alcanzaremos la felicidad y santidad a la que somos llamados

 


No en cosas extraordinarias sino en lo que son las pequeñas cosas de cada día, poniendo en ello todo nuestro corazón, alcanzaremos la felicidad y santidad a la que somos llamados

 Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Salmo 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Felicidad, santidad, plenitud, satisfacción, gozo interior, rectitud… ¿serán palabras que pueden estar interrelacionadas unas con otras y que nos puedan conducir a un pensamiento que exprese nuestros mejores deseos y que de alguna manera sintiéramos como sinónimos? Claro que no todos ponemos la felicidad en lo mismo y cada uno pueda sentirse feliz por su cuenta y a su manera, no son las mismas cosas las que nos dan esa satisfacción y gozo interior, ni quizás tenemos las mismas metas ideales de la vida… pero creo que aun con nuestras dudas en nuestros planteamientos podrían hacernos pensar para sincerarnos con nosotros mismos y ver qué es lo que realmente buscamos y si es lo que merece la pena. No quiero poner dudas ni sembrar incertidumbres, pero de los pasos por la oscuridad algunas veces llegamos a entender mejor lo que es la luz.

Planteo como estas contraposiciones cuando quiero comentar lo que en este día del primero de noviembre estamos celebrando; es la festividad o solemnidad de Todos los Santos. Y aquí hay otro concepto que algunas veces se nos puede convertir en un equívoco porque muchas veces cuando pensamos en los Santos y en esta celebración en concreto quizás estamos pensando en seres extraordinarios que hicieron cosas grandiosas y extraordinarias en la vida, con milagros extraordinarios o con martirios como forma de alcanzar esa santidad, con lo que estaríamos alejándonos excesivamente de esta nuestra vida que consideramos tan sencilla y ramplona; parecería entonces que eso de la santidad no es para nosotros que somos tan ordinarios y no podemos o nos cuesta alcanzar lo extraordinario.

Y no es eso lo que nos quiere proponer Jesús en el evangelio. Fijémonos, por ejemplo, que el Apocalipsis nos habla de multitudes innumerables y cuando se pregunta quienes son y de donde han venido se habla de los que han venido de la gran tribulación y han lavado sus manos en la Sangre del Cordero. No habla de hechos extraordinarios sino de haber cruzado la vida pero al tiempo se habla del regalo que en ellos ha realizado la Sangre del Cordero que es quien los ha purificado para brillar con la santidad de Dios.

Y Jesús en el evangelio emplea la imagen de la felicidad; ser dichoso o ser bienaventurado que es la expresión que se uso es eso lo que viene a significar, ser feliz. ¿Y nos dice Jesús que para ser felices, dichosos, bienaventurados es necesario hacer cosas extraordinarias? Sencillamente nos está expresando Jesús esas cosas sencillas y ordinarias que vamos viviendo en la tribulación de la vida, por recoger las palabras del Apocalipsis. Simplemente habla de los pobres y de los que actúan con mansedumbre en sus vidas, de los que lloran porque en sí mismo sienten sufrimientos o de los que saben llorar con los demás, de los que buscan el bien y luchan por conseguirlo, de los que con su mansedumbre se convierten en instrumentos de paz porque siempre van tendiendo por delante los lazos del amor, los que viven con rectitud su vida de cada día, alejando se sí la doblez y la vanidad, las intenciones torcidas y la dureza del corazón, los que en esas tribulaciones de la vida entienden las incomprensiones y no reaccionan con maldad ni violencia a la oposición que puedan encontrar en los demás.

No son cosas extraordinarias sino eso que cada día vivimos, eso con lo que cada día nos encontramos, eso que con las pequeñas cosas de cada día pero a las que le damos importancia y queremos vivirlas con toda la intensidad de nuestro ser, poniendo en ellas todo nuestro corazón. Y nos dice Jesús que seremos felices, que seremos bienaventurados. Y ese es el camino de la santidad que tenemos que vivir, porque ese es el camino donde estamos haciendo visible ese Reino de Dios del que nos habla Jesús.

No siempre lo lograremos con toda perfección pero vamos dando paso a paso cada día. Esos santos que celebramos y admiramos, que incluso la Iglesia ha reconocido su santidad, también tenían sus días oscuros, también pasaron por turbaciones de su espíritu, también sentían que la debilidad pesaba sobre sus vidas, pero quisieron hacer el camino, se dejaron lavar por la sangre del Cordero, tenían muy presente en sus vida que estaban llenos del amor de Dios que les había hecho hijos en el Hijo de Dios.

Es de lo que nos ha hablado san Juan en la carta que hemos escuchado hoy en la segunda lectura que nos trasmite esa gran noticia, ese evangelio para nosotros, que somos en verdad hijos de Dios; así nos ha llamado Dios y así nos ha amado Dios. Y ahora a nosotros nos queda el sentirnos así amados y así hijos de Dios queriendo en verdad descubrir todo lo que eso significa. ‘Cuando se nos manifieste, nos dice, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es’. Y termina diciéndonos, esa es nuestra esperanza y en esa esperanza nos sentimos purificados. Recordamos una vez más la sangre del Cordero en que hemos lavado nuestra vida. Viene en consecuencia que quienes tenemos esa esperanza y nuestra vida no puede ser igual, así tiene que resplandecer la santidad de nuestra vida, no por obras extraordinarias, como decíamos, sino en esas cosas de cada día.

Es lo que hoy contemplamos y celebramos en la Solemnidad de Todos los Santos y es a lo que todos nos sentimos llamados y comprometidos.


sábado, 31 de octubre de 2026

¿Dónde está el lugar de un verdadero cristiano y cuál ha de ser el resplandor de su mirada? Sigamos los pasos de Jesús

 


¿Dónde está el lugar de un verdadero cristiano y cuál ha de ser el resplandor de su mirada? Sigamos los pasos de Jesús

Filipenses 1, 18b-26; Salmo 41; Lucas 14, 1. 7-11

Vamos a ver si cogemos un buen sitio, nos habremos dicho en alguna ocasión cuando íbamos a una comida, ya fuera porque nos invitaran o simplemente porque íbamos a comer a un restaurante; queremos tener un buen sitio, igual que si asistimos a un lugar donde haya mucha aglomeración de gente, ni nos queremos quedar aislados, ni estar con quienes no nos agraden, o tener que quedarnos en un rincón. Son apetencias humanas y hasta podríamos decir que muy razonables. ¿Para que nos sirvan de manera especial a nosotros? ¿Para ser vistos por los demás? ¿Por la vanidad de quedar bien en la foto, por decirlo de alguna forma?

Es lo que Jesús estaba observando en aquella ocasión en que lo habían invitado a comer en casa de un fariseo, personaje muy importante, y que también estaba rodeado de sus amigos y correligionarios que se daban de codazos por ocupar los primeros puestos. Era una gente acostumbrada a hacerse notar; buscaban siempre los primeros puestos en las sinagogas para darse importancia y los viera la gente y cuando hacían algo bueno tenían que hacerse notar. Qué distinto y qué distante de lo que era el estilo de Jesús.

Por eso Jesús, en la confianza con quien lo ha invitado y también con la conciencia de lo que era el sentido del Reino de Dios que anunciaba se permite hacer unas recomendaciones a los comensales; cuando te inviten no busques los primeros puestos ni los lugares de honor, ten la humildad, más bien, de irte al último rincón. que si el que te invitó considera que otro es tu sitio va a llevarte a ese lugar y vas a quedar bien.

Parece un recomendación de amigos por la forma tan sencilla como Jesús lo propone, pero bien sabemos que detrás hay todo un sentido de vida; lo que continuamente había hecho Jesús, cuando recibía alabanzas por los signos que realizaba el procuraba conducirlos a Dios, que la alabanza fuera para Dios; cuando curaba a los enfermos les decía que no dijeran nada porque Él no iba buscando la fama de un milagrero que busca siempre ganancias y beneficios, cuando en el desierto tras la multiplicación de los panes quisieron hacerlo rey, embarcó corriendo y deprisa a los discípulos rumbo a Cafarnaún y El fue a retirarse a solas en la montaña de manera que a la mañana siguiente estarían aún buscándolo y sin saber cómo había llegado a Cafarnaún.

Ya les dirá de forma muy concreta a sus discípulos más cercanos que siempre andaban con sus ambiciones también de primeros puestos que entre ellos no podía ser como hacían los poderosos de la tierra, que ellos tenían que hacerse los últimos y los servidores de todos, porque el servir, el amar con todas sus consecuencias aunque uno tenga que olvidarse de sí mismo es la mayor de las grandezas. ‘Los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos, porque el que se enaltece será humillado, pero el que se humilla será enaltecido’. Y terminará reafirmando que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida.

Claro que nos dará más motivaciones para ese espíritu de servicio con que hemos de vivir nuestra vida cuando nos diga que cuanto le hacemos al hermano será como si a Él se lo hubiéramos hecho. Recordemos sus palabras cuando nos habla del juicio final. Es el mandamiento del amor que nos deja como legado; progresivamente nos va enseñando a que tenemos que saber amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos, ¿seré yo capaz de poner al otro en mi lugar siendo capaz de olvidarme de mi mismo para amar al hermano?

Pero dará un paso más en ese termómetro del amor porque ya luego nos dirá que tenemos que amar como Él nos ha amado; ya esto son otras alturas, otras medidas si contemplamos hasta donde llegó su amor; por eso nos dirá que no hay mayor amor que el de quien da su vida por el hermano, lo que hizo Jesús.

Pero aún encontraremos un paso más y es que en el hermano, sea quien sea, tenemos que ver el rostro de Jesús. ‘A mi me lo hicisteis’, nos dirá. No buscamos un rostro bonito, no buscamos a quien nos caiga agradable, no buscamos una fotografía bonita y entonces no sea desagradable aquella persona con quien estoy. Sea quien sea, venga de donde venga, sean cuales sean sus valores y aptitudes, esté en el lugar que esté, tendré que ver el rostro de Dios, el rostro de Jesús porque es así cómo lo estoy amando.


viernes, 30 de octubre de 2026

Qué diferentes pueden ser nuestras miradas según los filtros que les pongamos, el único colorido que hemos de saturar siempre es el del amor

 


Qué diferentes pueden ser nuestras miradas según los filtros que les pongamos, el único colorido que hemos de saturar siempre es el del amor

 Filipenses 1, 1-11; Salmo 110; Lucas 14, 1-6

Más de una vez habremos escuchado aquello de que vemos las cosas según el color del cristal con que se mira; el color viene a ser como un filtro, en cambio la luminosidad de un cristal incoloro hará que veamos la realidad de los colores que se dispersan ante nosotros en cada cosa; las tonalidades de colores pueden expresar los sentimientos o las emociones que llevamos en nuestro interior, la pasión con que miramos la vida como también nos pueden hacer resaltar los tintes negros de la vida.

Me gusta despertar con luminosidad en los ojos, para poder disfrutar del amplio colorido de la vida, aunque en ocasiones las circunstancias de la vida pongan diversas tonalidades en nuestra mirada. Son esos filtros con que miramos cuanto sucede en nuestro entorno o nos sucede a nosotros mismos, pero son también los filtros con que miramos a las personas que nos rodean; nos podemos dejar influir ya sea por el momento malo o bueno por el que estemos pasando, pero también desde unos criterios, unas maneras de ver que nos hemos impuesto en la vida, o también por el ambiente o el sentido de la vida que nos rodea.

¿Podremos mantener siempre esa mirada luminosa? Qué diferentes pueden ser nuestras miradas influidos por las circunstancias, como diferentes las miradas de los que están a nuestro alrededor aunque estemos contemplando el mismo hecho, pero que como consecuencia de esa mirada la daremos diferentes interpretaciones.

Es lo que estamos contemplando en el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. Jesús está viviendo un momento que puede tener un significado especial, lo han invitado en casa de unos fariseos a comer; nos vamos encontrar esas diferentes miradas, pues estando a la mesa se acercó un hombre enfermo de hidropesía, nos relata el evangelista. El ambiente era muy dispar, por un lado aquellos fariseos con sus criterios tan legalistas y tan puritanos y un hombre enfermo que poco menos que para ellos era como un maldito, era por su enfermedad un hombre impuro; pero está también Jesús que se ha visto envuelto por aquel ambiente tan dispar, porque además los fariseos estaban al acecho a ver lo que hacía Jesús, las desconfianzas de los torcidos corazones.

Era muy distinta la mirada de los que allí se encontraban alrededor de aquella mesa, había un colorido distinto que se resaltaría según de quien fuera la mirada. Pero la mirada de Jesús es siempre luminosa y allí hay un hombre con su sufrimiento; lo que veía Jesús en aquel hombre era bien diferente de la mirada ‘morbosa’ por sus malas intenciones de quienes lo habían invitado a aquella comida. Para Jesús quien estaba allí en medio era un hombre con su sufrimiento que había que liberar de aquella enfermedad. Y ese es el actuar de Jesús. Y allí quedaron en el aire las preguntas e interrogantes que Jesús planteaba que al final no supieron responder. ‘¿Es lícito curar los sábados, o no?… ¿A quién de vosotros se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca en seguida, aunque en día de sábado?… y no pudieron replicar… Pero Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió’.

¿Nos estará señalando Jesús cómo tiene que ser nuestra mirada? Quitemos los filtros de nuestras desconfianzas y nuestros prejuicios, de nuestras rutinas que terminan acostumbrándonos a las oscuridades y no somos capaces de ver ningún destello de luz, de nuestras autosuficiencias que se convierten muchas veces en prepotencias con lo que intentaremos ir anulando a los demás cuando no son como nosotros, de nuestra superioridad que nos hace sentirnos por encima y termina alejándonos de todos, de nuestros miedos y cobardías que nos hace ver todo inestable y nos llena de indecisión, de esas aureolas de buenos y de santos con que nos rodeamos que nos hacen soberbios y orgullosos… son tantos los filtros que estamos poniendo que no dejamos florecer el amor.

El único brillo que hemos de poner es el del amor que no hemos de temer saturarlo demasiado porque es lo que tiene que dar verdadero color a nuestra vida.


jueves, 29 de octubre de 2026

Jesús quiere acogernos bajo sus alas, como la gallina a sus polluelos, es nuestra protección, nuestra roca y nuestra fortaleza, nos da su Espíritu como armadura de nuestra fe

 


Jesús quiere acogernos bajo sus alas, como la gallina a sus polluelos, es nuestra protección, nuestra roca y nuestra fortaleza, nos da su Espíritu como armadura de nuestra fe

 Efesios 6, 10-20; Salmo 143; Lucas 13, 31-35

La imagen que nos propone hoy Jesús me transporta poco menos que a mi infancia; en casa teníamos gallinas como era habitual entonces en nuestras casas en el campo y siempre recuerdo con cierta emoción y añoranza aquella imagen de la gallina que salía con sus polluelos tras ella por los patios y finalmente ver a la gallina anidando bajo sus alas a los pollitos, como decíamos, mientras alguno se escapaba de su protección y ella con su pico lo volvía hacer que se refugiara al calor de sus alas. ¡Cualquiera se atrevía a tratar de coger alguno de aquellos polluelos refugiados bajo las alas de la gallina madre!

Con una ternura sin igual Jesús habla de cómo El, como una gallina que cuida a sus polluelos bajo sus alas, se ha preocupado, digámoslo así, de estar a nuestro lado para ayudarnos a hacer nuestro camino. Se desprenden estos sentimientos del corazón de Jesús cuando por un lado le hablan de cómo Herodes está preguntando por Él y no con buenas intenciones, pero también cómo siente que no todos quieren escucharle y seguirle y que está emprendiendo un camino que le llevará a la Pascua.

No le preocupa tanto lo que Herodes pudiera hacerle, y Jesús se mantiene valientemente sin ningún temor en su anuncio del Reino de Dios, pero si sabe que su camino va a terminar en pasión. Ahora directamente no lo dice como ya lo ha anunciado en otros momentos, pero ahí está la lamentación por Jerusalén que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ‘No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén’ dice sin embargo y sabe bien cuál es su camino de pascua.

¿Seremos nosotros igualmente conscientes de cuál es nuestro camino cuando queremos ser en verdad testigos del Evangelio? No es el discípulo mayor que su maestro, nos dirá en otra ocasión. Nuestro camino no es otro que Jesús. Ya nos dirá ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Y nosotros tenemos que plasmarlo. Y no vamos a estar pensando si somos o no somos aceptados, lo importante es nuestra fidelidad que dará testimonio de Jesús, que dará testimonio de esa buena noticia que vamos haciendo vida en nosotros. ¿Habrá quien no lo entienda? No vamos buscando el aplauso de los hombres.

Demasiado queremos en ocasiones contentar a todo el mundo y hacemos o no hacemos las cosas porque caigamos bien o no, o porque queremos ser aceptados por todos. Cuando vamos con esas prevenciones no estamos siendo fieles a Jesús que fue en verdad signo de contradicción y ante el cual había que decantarse claramente. ‘Conmigo o contra mí, y el que no está conmigo desparrama’. Vamos desparramando demasiado cuando queremos contentar a todos, cuando buscamos aplausos y reconocimientos o mantener nuestros prestigios ante los ojos de los hombres.

Pero siguiendo con la imagen con que se presenta Jesús y que mencionamos al principio de nuestra reflexión de hoy, Jesús está queriendo acogernos bajos alas, es nuestra protección, es nuestra roca y nuestra fortaleza; para eso nos da su Espíritu, que pondrá fortaleza en nuestro corazón, palabras en nuestros labios y valentía para el testimonio.

Como nos decía san Pablo en la Carta a los Efesios, ‘por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios’. Estamos revestidos de la armadura de Cristo; en nuestra oración nos llenamos de Dios y nos sentimos fortalecidos.


miércoles, 28 de octubre de 2026

El grupo de los apóstoles surgió de la noche de oración de Jesús, nosotros para seguirle en fidelidad y en la misión que nos confía necesitamos a ir también a una noche de oración

 


El grupo de los apóstoles surgió de la noche de oración de Jesús, nosotros para seguirle en fidelidad y en la misión que nos confía necesitamos a ir también a una noche de oración

Efesios 2, 19-22; Salmo 18; Lucas 6, 12-19

Tenemos un hermoso proyecto en nuestras manos y queremos llevarlo a cabo y es normal que nos busquemos los mejores gestores para poder realizar todos los planes que tenemos en mente; aparte de una búsqueda personal entre aquellos que conocemos y que consideramos preparados, con los mejores valores de laboriosidad y con más capacidad y preparación para realizar aquello que tenemos en mente es normal que se acuda a una selección desde unas oposiciones o de presentación por parte de los interesados de su mejor currículo; siempre está la posibilidad de equivocarnos y cometer errores pero en cierto modo son riesgos que con todo cuidado corremos. Es como actuamos en nuestra sociedad, con nuestros proyectos y con nuestras metas, y no queremos, es cierto, actuar a lo loco.

Jesús en su predicación ha ido anunciando un reino de Dios que está por llegar; en torno a Él se ha ido formando el grupo de los discípulos, de los que creen en Él y en su Palabra y llenos de ilusión se han dispuesto a seguirle; Él va llamando a los que quiere que estén con Él pero al mismo tiempo va dando las características de ese Reino y las actitudes y posturas que han de tener los que le siguen; no oculta dificultades, porque el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza cuando hasta en el campo las aves tienen sus nidos y los animales salvajes sus madrigueras; plantea sus exigencias de radicalidad porque una vez emprendido el camino no se puede estar volviendo la mirada atrás, y la disponibilidad que han de tener ha de ser siempre para el servicio siendo capaces de hacerse los últimos y servidores de todos.

¿Son los mejores los que se hacen discípulos de Jesús y le siguen? Contemplamos que el arco iris es variado y no dejan de tener sus sueños y ambiciones, sus momentos de duda porque algunas veces no terminan de entender lo que les dice Jesús porque pesan mucho más los sueños y ambiciones que llevan dentro, y al final algunos le salen ranas porque o le traicionan o le niegan de forma cobarde.

Pero son los que Jesús ha elegido, con los que ha querido contar, a pesar de sus ambiciones o sus dudas. Y es que el grupo que sigue a Jesús no ha brotado de una selección de unas oposiciones ganadas ni en la búsqueda de las mejores lumbreras que se podrían encontrar entre los doctores de la ley; son unos pescadores, unos hombres rudos de aquellos campos y pueblos de Galilea, alguno podrá parecer más preparado pero lleva tras de sí el sambenito de haber sido un publicano y para los judíos era algo decir algo así como que era un pecador. Ya le echaban en cara los de la oposición (?) que no andaba rodeado sino de prostitutas y de pecadores.

Pero aquel grupo del que se rodea Jesús sale de una noche de oración, como hoy escuchamos en el evangelio. ‘Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios’. Y como continúa diciendo el evangelista al amanecer los llamó y fue nombrado aquellos doce a los que iba a constituir apóstoles. Sabía quienes eran porque la sabiduría de Dios penetra los corazones, pero a ellos los había escogido. No fue una gestión burocrática a realizar con unos protocolos predeterminados. Fue la elección del corazón de Dios. Fue una elección para ponerse en camino; pronto bajan a la llanura donde se van a encontrar con ese grupo grande de discípulos que quieren escuchar a Jesús, pero que llegan allí también con sus limitaciones y sus enfermedades y todos querían tocar a Jesús para sentirse sanados por Él. Será allí donde sigan anunciando la buena nueva del Reino que llega, es allí donde tienen que ir manifestando con signos como ese Reino de Dios nos transforma.

Y pienso ahora mientras voy reflexionando sobre este evangelio en nosotros, en nuestras comunidades, en nuestra Iglesia, en nuestros pastores. Y estamos aquí, no porque seamos los mejores o los más preparados, porque también nosotros tenemos nuestras limitaciones, nuestras ilusiones que algunas veces desenfocan nuestra visión o nuestras ambiciones que nos enferman el corazón; nosotros también con nuestras dudas y nuestros miedos; nosotros que estamos aquí no porque sepamos más o nos hayamos ganado unas oposiciones, sino porque hemos sentido en nuestro corazón esa llamada del Señor, esa predilección de Dios por nosotros a pesar de que somos lo que somos, ese amor de Dios que se hace misericordia para nuestras debilidades, nuestros errores y nuestros tropiezos.

Si aquel primer grupo surgió después de una noche de oración de Jesús, nosotros ahora para seguir a Jesús, mantenernos en su fidelidad y realizar la misión que nosotros también nos confía necesitamos aprender a ir a esa noche de oración. Para estar con el Señor y aprender a sentirnos a gusto con Él, para purificar tantas cosas y enderezar nuestros caminos, para sentir la fuerza de su Espíritu que es la que nos hará caminar. ¿Aprenderemos también a aprender a valorar a los que están a nuestro lado con su misión aunque también caminen en la debilidad porque en ellos también confía el Señor?


martes, 27 de octubre de 2026

Pequeñas semillas que parece que nadie nota, tenues resplandores que brillan allá y acá, señales del Reino de Dios que tenemos que avivar para fermentar nuestro mundo

 


Pequeñas semillas que parece que nadie nota, tenues resplandores que brillan allá y acá, señales del Reino de Dios que tenemos que avivar para fermentar nuestro mundo

Efesios 5, 21-33; Salmo 127; Lucas 13, 18-21

Nosotros hoy también podemos tener una confusión semejante en la cabeza a la que tenían los judíos del Reino de Dios que anunciaba Jesús porque entonces se dejaban influir por unos deseos de liberación de toda opresión extranjera como vivían en la situación del momento y nosotros nos podemos dejar también influir por las ideas de prepotencia y de poder con todas sus consecuencias que puede entrañar la idea de un reino en el hoy de nuestra vida.

Una liberación que podríamos llamar política y de soberanía que tenían entonces con una mezcla de sueños de grandeza y poderío que nos encandila en el hoy de nuestra vida; todos queremos ser grandes e importantes, admiramos las cosas grandiosas y extraordinarias y nos puede parecer que por ahí han de ir las aspiraciones de la vida. ¿Se mezclará algo de todo eso en lo que podríamos llamar sentido cristiano o también en la imagen de Iglesia que algunas veces podamos transmitir a la semejanza de los poderes o instituciones de la sociedad?

Hoy Jesús nos propone una parábola para hablarnos del Reino de Dios. Y rompe moldes, nos deshabilita las ideas preconcebidas, nos echa por tierra tantos castillos en el aire que nos hemos edificado. Nos habla del Reino de Dios y no nos habla de cosas grandiosas y maravillosas, ni siquiera parece querer referirse a multitudes que forman parte en ese Reino del que Jesús nos está hablando. Habla de una semilla y además de una semilla muy pequeña que tampoco dará lugar a grandes plantas, o nos habla de unos granos de levadura que encima se va a diluir de tal manera en la masa con la que se mezcla de manera que ni siquiera se va a ver. Una pequeña semilla que generará una planta con sus frutos, que luego van a servir como condimento que dé sabor a nuestros alimentos; unos granos de levadura que se diluyen en la masa, pero que hará que esa masa fermente y nos pueda dar hermoso y sabroso pan.

Pero, ¿qué es entonces ese Reino de Dios? ¿Dónde y cómo podremos encontrarlo? ¿Cuál es ese sabor y cuál es ese fermento? Nos está hablando Jesús no de cosas grandiosas o extraordinarias que tengamos que hacer o incluso vivir, nos está hablando de algo pequeño y que incluso nos puede pasar desapercibido; nos está diciendo que en esas cosas y ordinarias que hacemos todos los días o que contemplamos en los demás hemos de saber poner ese sabor y hemos de convertirlo en esa levadura que haga fermentar la masa.

Y es que el amor que vamos viviendo y que vamos repartiendo no es escandaloso pero sí puede y tiene que ser contagioso. Seamos capaces de abrir nuestros ojos de una manera nueva para contemplar esos signos que nos pueden pasar desapercibidos del Reino de Dios en tantas cosas sencillas y que personas sencillas están realizando cada día cuando somos por ejemplo de compartir nuestra alegría y nuestra ilusión, cuando por nuestros gestos de generosidad podemos despertar esperanza en tantos que van arrastrándose por la vida, en esas personas que siempre y sin hacer ruido están dispuestas a echar una mano, a acompañar a alguien en su soledad, que se interesa y visita el vecino que está enfermo o que ya no sale de su casa, que comparte el perejil y la sal con el pariente que está cercano, que busca siempre una palabra de ánimo para aquel que ve caminando decaído a su lado, que está buscando siempre el encuentro y despertando la colaboración de los demás, que sabe acercarse en silencio a unos y otros para lograr la reconciliación entre los que se sienten distantes.

Semillas pequeñas y que parece que nadie nota pero que son señales del Reino de Dios que aunque nosotros muchas veces en nuestras negruras nos parece que todo anda mal sin embargo los valores del evangelio se han ido penetrando en nuestro tejido social y se está viviendo quizás mucho más de lo que nosotros imaginamos. Debemos valorar esos pequeños resplandores que quizás tenuemente van surgiendo y que tenemos que saber avivar. Tengamos los ojos abiertos para descubrirlo y seamos capaces de ser levadura que vaya haciendo fermentar esa masa, hacer florecer esas semillas y dar señales de que a pesar de todos los pesares el Reino de Dios se hace presente en nuestro mund


lunes, 26 de octubre de 2026

No vayamos de indiferentes por la vida y pasemos de largo ante quienes están necesitando una llamada, un signo de esa cercanía del amor de Dios

 


No vayamos de indiferentes por la vida y pasemos de largo ante quienes están necesitando una llamada, un signo de esa cercanía del amor de Dios

 Efesios 4, 32 — 5, 8; Salmo 1; Lucas 13, 10-17

Vamos demasiado de indiferentes por la vida. ¿La vida nos ha endurecido? ¿O nos habremos acostumbrado? También nos puede suceder que damos el esquinazo, porque damos la vuelta y nos inventamos el ir por otro lado para no enterarnos, o también le echamos a los demás el muerto, nos lo quitamos de encima, porque eso les toca a otros; ¿que hacen las autoridades, nos decimos tantas veces, que con tantos problemas y no hacen nada? No hacemos nosotros nada, pero elevamos la culpa lejos de nosotros para que no nos haga sombra y estamos esperando a que otros hagan, como decimos, los que tienen que hacerlo. Y nosotros seguimos tan indiferentes y tan insensibles.

El evangelio nos enseña con los detalles, no son necesarios cosas extraordinarias, aunque quizás se nos pueden pasar y no somos capaces de detenernos para ver ese detalle que por ejemplo nos ofrece Jesús. Quiero reconocer que muchas veces he escuchado, leído, comentado y meditado este texto del evangelio que hoy se nos ofrece, pero en esta ocasión me he detenido en un detalle. Jesús llegó a la sinagoga como de costumbre los sábados – le hemos visto en muchas ocasiones tanto en Nazaret como en Cafarnaún, aunque era su costumbre hacerlo en los pueblos que iba visitando para anunciar el Reino de Dios – y el evangelista nos habla de una mujer que llevaba encorvada 18 años por su enfermedad. Quizás pasaría hasta desapercibida porque podría parecer una mujer anciana más entre todas que se había ido encorvando por el paso de los años y las enfermedades como nosotros nos podemos encontrar a tantas. Pero detalladamente se nos dice que Jesús se fijó en ella y la llamó. No pasó desapercibida para Jesús. ‘La llamó y le dijo, mujer quedas libre de tu enfermedad, Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios ’.

Luego vendrían los comentarios del jefe de la sinagoga porque la curación había sido realizada un sábado y los razonamientos que nos ofrece Jesús. ¿Podemos llevar a abrevar a un buey o a un asno que tengamos atados, pero porque es sábado no se va a liberar a esa mujer del mal que le aqueja?

Jesús. nos va enseñando lo maravilloso que es el amor y cómo hemos de saber expresarlo desde esas pequeñas cosas de cada día, o desde esos detalles donde manifestamos nuestra cercanía pero también la sintonía de nuestro espíritu. Un día sintió que una mujer había tocado la orla de su manto, en otra ocasión se detendrá en la calle de Jerusalén para fijarse en un ciego de Nacimiento, se acercará al ultimo rincón de la piscina de Betsaida donde hay un paralítico que parece perdido y olvidado de todos, escuchará el clamor del ciego que al borde del camino pide limosna y pide que le ayuden y les pedirá a sus acompañantes que antes se sentían molestos que lo traigan a su presencia, al pie de la higuera en Jericó descubrirá a quien está escondido tras sus hojas y le pedirá que se baje porque querrá hospedarse en su casa. Muchos momentos podríamos seguir detallando de ese Jesús estar atento al sufrimiento que hay a su alrededor y aunque pase desapercibido o sea incómodo para otros, El se detiene, ofrece su presencia y su palabra para levantar al que está caído. Allí está vivo el amor y así se nos manifiesta.

¿Estará vivo de la misma manera el amor en nosotros y así lo manifestamos? No es necesario hacer mucho ruido pero ¿cómo se levanta el ánimo cuando alguien se detiene a nuestro lado porque se ha fijado en nosotros y penetra nuestro interior con su mirada? Es ese gesto aunque sea silencioso, es esa mirada que nos llena de luz, es esa simple palabra que nos llega al alma, es esa mano tendida para sostenernos cuando nos parece que nos vamos a caer, es ese caminar a nuestro lado compartiendo nuestro sudor, es ese estímulo que sentimos en lo más hondo cuando encontramos ese gesto de compasión y de humanidad.

Es lo que podemos ofrecer a los demás, pero porque antes nosotros también lo hemos sentido en nuestra vida; quizás en ocasiones también íbamos encorvados porque había muchas cosas que pesaban sobre nosotros, encorvados arrastrando viejas ataduras de las que no habíamos sido capaces de liberarnos por nosotros mismos, encorvados en nuestras rutinas o en nuestras cobardías, encorvados porque había pasiones que nos dominaban y no podíamos saborear lo que era la verdadera libertad. Dios ha llegado a nosotros de alguna manera y ha puesto nueva luz en nuestros corazones regalándonos su perdón, sanándonos de nuestras viejas ataduras, abriéndonos nuevos horizontes llenos de luz.

La Palabra de Dios ha llegado también a nosotros señalándonos esas cosas concretas de nuestra vida de las que necesitamos ser liberados. Y aunque a veces aún tímidamente hemos comenzado a dar pasos. El que ahora nos hagamos esta reflexión es también un detenerse de Jesús a nuestro lado y llamarnos para que nos acerquemos a Él. Pero ahora nosotros también tenemos que ser ese signo para los que están a nuestro lado y comenzar a actuar a la manera de Jesús. Alguien puede estar esperando esa presencia nuestra, esa palabra o esa mano tendida. No sigamos indiferentes por los caminos de la vida y pasemos de largo.


domingo, 25 de octubre de 2026

Convenzámonos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comencemos a amar a Dios y al prójimo como eje fundamental de nuestra vida

 


Convenzámonos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comencemos a amar a Dios y al prójimo como eje fundamental de nuestra vida

Éxodo 22, 20-26; Salmo 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

Si viniera ahora alguien a preguntarnos a cualquiera de nosotros, por ejemplo uno que no es cristiano ni tiene mayores conocimientos del cristianismo, qué es lo que tiene que hacer o lo que tiene que cumplir para ser cristiano, ¿qué crees que sería la respuesta más común o socorrida? Probablemente alguno comenzaría por decirle que leyera la Biblia, o que fuera a misa o a la Iglesia, que tiene que bautizarse, que tiene que ser bueno y tratar bien a la gente, que debe compadecerse de los pobres, que tiene que aprenderse el catecismo y el credo, que tiene rezar sus oraciones todos los días, y así seguramente comenzaría a decirle cosas y cosas que hacer, recordando mandamientos, recordando normas y preceptos de la Iglesia y a la larga no nos estaríamos diferenciando mucho si esa misma pregunta para ser un buen judío se hubiera hecho a algunos de aquellos maestros de la ley que ahora vienen a hacerle una pregunta a Jesús, darían como respuesta. Aquel maestro de la ley recordaría los 613 preceptos unidos a más disposiciones y normas que componían las enseñanzas que se enseñaban a los judíos.

¿Nos quedaremos en cosas que hacer y nos olvidaremos de qué es lo importante que tenemos que vivir? Por eso ante esta pregunta que le plantean hoy a Jesús, más que nada para ponerle a prueba como en otras ocasiones, es decirnos que tenemos que amar. Es el amor lo que tiene que ser el centro de nuestra vida, un amor no vivido de cualquier manera, sino centrado de la forma más intensa en que se pueda vivir, a Dios y al prójimo.

Jesús responde recogiendo simplemente lo que está recogido, como suele decirse, en la ley y en los profetas, citando textualmente aquellas palabras entresacadas de la ley de Moisés y que como un 'mantra' todo judío sabía de memoria y repetía en multitud de ocasiones en su día.

‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ , era la pregunta que le hacía el doctor de la ley. ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’, le responderá Jesús. Y viene a concluir Jesús: ‘En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

Como decíamos, no es hacer cosas, no es cumplir con unos mandamientos, no es realizar unos gestos o prácticas religiosas en momentos determinados, es un vivir, una nueva forma de vivir que nos hace vivir de forma distinta a Dios, pero que nos comienza a hacer tener una forma diferente de ver a los demás. Es buscar lo que verdaderamente es lo fundamental, lo que viene a dar sentido y valor a lo que es nuestra vida.

Y todo esto parte para nosotros de una experiencia maravillosa que tenemos en nuestra vida, sentirnos amados de Dios. Era la Buena Noticia que anunciaba Jesús, recordarnos, y su presencia era una señal de ello, que Dios nos ama. Es lo que transforma nuestra vida, es lo que comienza a darnos ese nuevo sentido porque si nos sentimos así tan valorados es porque sabemos que Dios nos ama. Con muchas imágenes nos lo irá recordando Jesús a lo largo del evangelio, pero son los signos que Jesús realiza los que nos manifiestan ese amor de Dios que transforma nuestras vidas. Pone luz en nuestros ojos o vigor en nuestra vida para que comencemos a vivir de manera distinta; nos muestra su amor derramando su misericordia sobre nosotros que nos purifica como limpia al leproso de su enfermedad perdonando nuestros pecados para que podamos vivir la pureza del amor.

No es un amor que se queda en palabras – somos muy fáciles y tenemos la tentación de comenzar a decir cosas bonitas del amor – sino que se transforma en gestos y posturas, en actitudes y acciones concretas, se tiene que manifestar en la forma de estar en la vida y en el compromiso que nos lleva a la entrega más profunda; es un amor que nos empapa y nos envuelve, un amor que se transpira e inunda cuanto hay alrededor, un amor que se contagia y se convertirá en una invitación y en una exigencia en nuestras relaciones con los demás.

Dejémonos contagiar por el amor y contagiemos con ese virus del amor a cuantos nos rodean y haremos un mundo mejor, haremos saltar las barreras que nos dividen y nos distancian, y comenzaremos a hacer calzadas reales bordeadas de las flores de nuestros gestos de amor, y nos sentiremos dulcemente anudados en ese lazo que nos hace sentirnos unos los unos con los otros y en comunión.

¿Cuándo nos convenceremos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comenzaremos a amar a Dios y al prójimo como verdadero eje de nuestra vida?