Una conmemoración no sólo para derramar una lágrima o tener un buen recuerdo, una conmemoración que nos llena de trascendencia con valor de eternidad en nuestra oración
Sabiduría 4, 7-15; Salmo 26; Romanos 5, 5-11; Juan 14, 1-6
Intentamos caminar por la vida como si tuviéramos todas las seguridades, todo estuviera en nuestra mano de modo que nada pudiera suceder sin que nosotros pudiéramos controlarlo. Nos sentimos seguros y valientes, de alguna manera nos hacemos dominantes porque nos creemos hasta dueños de la vida misma; pareciera que a nada tenemos miedo ni nada nos hiciera temblar. Pero no sé ciertamente si es verdad que nos sentimos seguros y nada tenemos miedo y quizás muchas veces pudiera ser como una pantalla con la que olvidáramos las inseguridades que tenemos por dentro; queremos dar una buena sensación pero quizás por dentro tenemos muchos interrogantes que en algunas ocasiones salen a flote.
¿Estamos tan seguros que la vida nos va a durar todo lo que nosotros queremos para alcanzar aquellas metas o aquellos sueños que tengamos? Cuando nos aparece la enfermedad que nos hace sentirnos débiles, cuando vivimos la experiencia de la muerte en personas de nuestro entorno, cuando surge algo inesperado que echa por tierra tantos sueños e ilusiones, cuando se desgarra nuestro corazón ante fatídicos accidentes con múltiples muertes como ahora recientemente hemos vivido en España, y eso que no pensamos en la guerra con sus muertes porque la vemos un poco más lejana aunque siempre sentimos alguna preocupación… aparecen esos interrogantes y esos miedos, aparecen esos temblores no solo de piernas sino de nuestro espíritu porque sigue siendo como un velo negro que nos va a envolver.
¿Qué respuestas podemos encontrar? ¿Dónde está esa luz que ilumine esas oscuridades que aparecen en nuestro espíritu? ¿Qué sentido podemos encontrar? Será siempre algo pesaroso que nos queremos quitar de encima, que tratamos de envolver quizás con muchos disimulos que no nos dan respuesta pero que al menos nos distraen o quitan de la vista eso que sentimos tan desagradable como sea la muerte.
Hoy Jesús, en el texto del evangelio que se nos ofrece, situado en momentos previos a lo que va a ser su pasión y que terminaría en su muerte, con aquellas sensaciones tan desagradables que están teniendo sus discípulos más cercanos porque va a suceder algo que ellos no comprenden, en estos momentos les dice, nos dice, que no perdamos la calma, que no se turbe nuestro corazón, que pongamos toda nuestra fe en El y en su Palabra, en el amor del Padre. No hay cosa peor que sentirnos turbados porque es como sentirse desestabilizado, sin saber encontrar rumbo ni sentido a nada.
Jesús quiere que le demos una nueva trascendencia a nuestra vida; una trascendencia que no se queda en el recuerdo que podamos dejar, o en las lágrimas que vamos a hacer derramar en aquellos que nos quieren y nos aprecian. Es algo distinto, porque Jesús quiere que le demos una plenitud con valor de eternidad a lo que hacemos, porque Jesús nos está hablando, aunque emplee un lenguaje muy humano que nos pueda confundir si no lo sabemos interpretar, de una vida que va más allá de la muerte; la muerte puede parecer un fin, un terminarse todo y ya nada más hay, pero Jesús nos habla de otro vivir, de una nueva plenitud. Hay ha hablado de unas estancias que va a preparar y nos podemos quedar muy en el lado material de lo que es una estancia; Jesús quiere decirnos algo más; ya nos dice en otro momento que quien cree en Él no morirá para siempre, y nos habla entonces de vida eterna, nos habla de resurrección, como le decía a Marta y María con la muerte de Lázaro.
Es la verdadera trascendencia que le damos a la vida y a lo que hacemos desde esa esperanza, de esa fe que ponemos en la Palabra de Jesús. Es lo que va a darnos verdadero apoyo en nuestra vida para que no tiemble nuestro corazón ni nos sintamos tan turbados que ya no sabríamos ni qué pensar. ‘El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?’, que decíamos en el salmo. No temeré, nada me hará temblar, porque en los momentos oscuros no me va a faltar esa luz, porque en los momentos que surjan tantos interrogantes ante lo que nos parece incomprensible en tantas muertes, voy a sentir la seguridad que me da la Palabra de Señor en quien confío. Buscamos el rostro de Dios, nos llenamos de ánimo porque confiamos en el Señor.
Esto nos hace mirar con toda responsabilidad la vida que se ha puesto en nuestras manos y que tenemos que cuidar desde el primer instante de su existencia hasta el último minuto en este mundo, pero que ahí no se acaba para nosotros. Es el sentido bonito que tiene la conmemoración que en este día hace la Iglesia de todos los difuntos; no es solo un día para derramar una lágrima en tantos recuerdos acumulados de unas vidas con las que hemos convivido; no es solo gozarnos por otra parte de ese rastro bueno, de esas huellas que han dejado en nosotros por las que también hemos de dar gracias; es algo más, esta conmemoración es oración, porque es sentirnos unidos en Dios y porque es pedir que en Dios hayan encontrado esa plenitud; pero es también que nosotros aprendamos de ese vivir o aprendamos a vivir en esa trascendencia con valor de eternidad que siembra en nuestros corazones la esperanza que tenemos puesta en el Señor.










