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martes, 6 de octubre de 2026

Sepamos cultivar esa planta de la amistad con Jesús sabiendo estar a su lado y disfrutar en silencio del perfume de su presencia que es la verdadera oración

 


Sepamos cultivar esa planta de la amistad con Jesús sabiendo estar a su lado y disfrutar en silencio del perfume de su presencia que es la verdadera oración

 Gálatas 1, 13-24; Salmo 138; Lucas 10, 38-42

Las amistades son una planta que hemos de saber cuidar bien y con mucha atención; una amistad descuidada es una planta marchita que si no se reaviva pronto se seca y se muere; no nos vale decir somos amigos porque un día nos encontramos y saludamos, hablamos quizás un poco, pero luego cada uno siguió por su lado y no cuidamos nuevos encuentros y comunicaciones, nuevas muestras de afecto y cercanía para mantener viva aquella planta que nos pudo dar flores hermosas; de la misma manera que tan pronto brota la primera flor ya queremos cogerla y acapararla haciéndonos dueños de ella para hacer lo que nos apetezca; el cultivo lleva su tiempo, es necesario tener paciencia, no pedir antes de tiempo unos frutos que no han madurado, porque lo que hacemos es malograr esa planta. Cuánto tendríamos que aprender en este sentido porque algunas veces parece que queremos edificar comenzando por las ventanas o por el techo sin poner los necesarios sólidos cimientos.

Hoy el evangelio nos habla de unas amistades de Jesús, aquel hogar y aquella familia de Betania que vemos ya compuesta solo por tres hermanos, Marta, María y Lázaro. Hoy se nos presenta una escena que podríamos llamar bucólica; Jesús que llega con sus discípulos, aquella casa quedaba a paso del camino que subía a Jerusalén y por el que habitualmente transitaban los peregrinos que venían de Galilea a través del valle del Jordán.

Nos podemos imaginar fácilmente la escena y el lugar, el patio con sus lugares de sombra para el descanso, el pozo de donde sacar el agua necesaria, el resto del hogar. Allí descansa Jesús; varias veces el evangelio nos mencionará Betania como lugar a donde Jesús solía retirarse estando en Jerusalén por su cercanía. La hermana mayor con esa hospitalidad tan propia del lugar que anda afanada en los preparativos para la acogida de aquel grupo que ha llegado a su casa, María que hace los honores de estar junto a su huésped en amena conversación, aunque surgirán las quejas de Marta porque su hermana estaba embelesada con las palabras de Jesús y no le presta ninguna ayuda. Pero ambas están expresando todos los valores de la hospitalidad y de la acogida y cultivando aquella amistad surgida entre unos y otros.

Es una amistad que se está construyendo y que tendrá su proceso, porque cuando lleguen los momentos difíciles de la enfermedad de uno de los miembros de la familia querrán tener a Jesús con ellos que, aunque avisado, llegará tarde al encuentro. Todo servirá para hacer crecer aquella amistad, que va más allá de unos afectos humanos porque se llenará de trascendencia y una fe sometida a prueba saldrá fortalecida porque sentirán en sus vidas la acción maravillosa de Dios.

Muchas conclusiones podemos ir deduciendo, por una parte, para lo que son nuestras amistades humanas, como decíamos antes, que tenemos que saber cultivar para que se mantengan firmes a pesar de los contratiempos o malentendidos que pudieran surgir; la solución no son las rupturas aunque son posibles las quejas llenas de comprensión; cuánto nos cuesta en ocasiones cómo por cualquier dificultad en que nos pareció que no éramos bien atendidos por el amigo pronto le dimos la espalda olvidando tantos momentos de estar sentados en el patio de la vida simplemente escuchándonos el uno al otro.

Pero trémolo también en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Tenemos que aprender a sentarnos a los pies de Jesús para escucharle, para gozarnos con la paz de su presencia; nuestra oración no puede ser solo un listado de peticiones que llevamos en nuestro portafolio cuando vamos a la audiencia del Señor todopoderoso. Como Marta y como María tenemos que saber ponernos ante El, también con nuestros agobios y muchas preocupaciones de cosas por hacer como Marta, pero con el silencio de María que se sienta a sus pies para escuchar o para disfrutar de su presencia.

No temamos al momento de silencio de nuestros ratos de oración, de esos momentos incluso en que nos parece que andamos perdidos pero que simplemente allí estamos, y allí estamos porque nos sentimos bien, allí estamos porque estamos disfrutando del momento, de una presencia, de un silencio y de una paz en el alma, allí estamos porque queremos escuchar pero para escuchar necesitamos de ese silencio, de ese no andar preocupados por nuestras cosas o quehaceres o incluso los problemas que veamos alrededor, sino escuchar lo que allá en lo más hondo de nosotros mismos vamos sintiendo que irá dando respuesta, seguro que sí, a todas esas cosas o preocupaciones que están ahí encerradas en lo más hondo de nosotros mismos.

Estaremos creciendo en amistad con nuestro Dios; estaremos creciendo en lo que tiene que ser nuestra vida y nuestro seguimiento de Jesús.


lunes, 5 de octubre de 2026

No enterremos ni olvidemos lo que nos ha llevado hasta el presente con visos de futuro, gratitud, fermentación de la paz en el corazón y confianza ante el camino a recorrer

 


No enterremos ni olvidemos lo que nos ha llevado hasta el presente con visos de futuro, gratitud, fermentación de la paz en el corazón y confianza ante el camino a recorrer

Deuteronomio 8, 7-18; Salmo: 1Crón 29; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

En la vida a veces nos volvemos olvidadizos. Cuando llegan los buenos momentos en la euforia con que vivimos la nueva situación es fácil que olvidemos, algunas veces inconscientemente, pero muchas veces también porque no queremos recordarlo, las turbulencias por las que pasamos, los esfuerzos y el sudor con que luchamos por salir de aquella situación, y algo terrible que también nos puede suceder es que olvidemos a quien entonces nos echó una mano para salir adelante, o quizás también las promesas que entonces hicimos a nosotros mismos pero también a quienes nos ayudaron que ahora fácilmente no recordamos.

Terminamos siendo desagradecidos con la vida misma que tanto nos ha enseñado, con nosotros mismos porque hasta olvidamos lo que nos curtió aquel esfuerzo de superación, o a quienes fueron nuestro apoyo y nos dieron ayuda, desde tantas personas a nuestro alrededor como a Dios que nunca nos abandonó; bien pedíamos su ayuda, pero una vez curados como aquellos leprosos del evangelio corremos a disfrutar de los momentos luminosos pero pocos somos los que volvemos a quien puso esa luz en nuestra vida.

Es lo que hoy, en la liturgia de este día, se nos está recordando en la Palabra de Dios. Es la recomendación que le está haciendo Moisés al pueblo que está a punto de entrar en la tierra prometida después de aquellos largos años de desierto una vez liberados de Egipto. Han vivido en la penuria y la escasez con mil sacrificios y van a llegar a una tierra que poéticamente se dice que mana leche y miel; no es lo mismo atravesar un desierto inhóspito que establecerse en una tierra que pueden poseer y trabajar para obtener unos frutos de su trabajo que en el desierto no lo podían lograr ni lo habían tenido en la esclavitud de Egipto. Llegarían tiempos de bonanza y hasta de riqueza y podía venir el peligro del olvido. Es la recomendación que en nombre del Señor Moisés hace a su pueblo. Recordar con corazón agradecido el camino recorrido para saber dar un sentido a lo que ahora han de vivir.

¿No necesitaremos eso nosotros en la vida en las diversas situaciones que en nuestra historia personal o en nuestra historia como pueblo hemos tenido que atravesar? Hoy andamos borrando demasiadas memorias históricas a nivel de la sociedad y lo queremos hacer también tantas veces en nuestra vida personal. ¿No estaremos perdiendo nuestra propia identidad cuando queremos dejar a un lado para siempre esos caminos recorridos que han sido sobre los que hemos construido nuestra vida, desde donde hemos llegado a una madurez, con lo que queremos ahora mantener una estabilidad en nuestra existencia?

No todo ha sido perfecto en nuestra vida porque hemos cometido muchos errores y algunas veces en los recovecos de la conciencia pudieran aparecer quizás culpabilidades que queremos acallar; no es cuestión solo de echar tierra encima o meter la cabeza debajo del ala. Se trata de encontrar y mantener la paz de nuestro espíritu que sólo en el perdón podemos encontrar. Por eso esta jornada de témporas que hoy los cristianos vivimos, tiene por una parte aquella gratitud de la que antes hablábamos por el camino recorrido, pero tiene también este momento de reconciliación cuando buscamos encontrarnos con Dios y el perdón que generosamente nos ofrece. Solo cuando nos sentimos envueltos por la misericordia del Señor comenzaremos a sentir esa paz pero al mismo tiempo nos hace que nosotros seamos servidores de la reconciliación para los demás porque actuemos con la misma misericordia.

Pero aunque ahora los momentos puedan comenzar a ser mejores no estamos exentos de tropiezos y dificultades que sabemos que nosotros solos no siempre tenemos fuerza para afrontar por muy autosuficientes que nos creamos. No estamos solos en este camino de la vida porque no nos faltará la gracia del Señor. Es el momento de la confianza, no solo porque nos creamos capaces de seguir haciendo lo bueno, sino porque no nos faltará la fuerza y la gracia del Señor. Es con quien tenemos que saber contar, es la puerta de la oración que se nos abre para encontrarnos con la gracia del Señor.

A nivel social como a nivel personal estos días reemprendemos tareas y trabajos tras el descanso veraniego en nuestras latitudes, recomienzo de cursos para los estudiantes y reinicio de las actividades pastorales en nuestras comunidades cristianas, momentos de planificaciones y de trazarnos objetivos con las distintas acciones para lograrlos. Como creyentes le damos un sentido a estos momentos y es a lo que nos está invitando la Iglesia con esta Jornada llamada de témporas, que quizás pase desapercibida para la mayoría, pero que no podemos dejar a un lado cuando nos tomamos en serio nuestros compromisos y nuestra vida.


domingo, 4 de octubre de 2026

Seguir a Jesús significa romper las vallas que nos aíslan para vivir un nuevo sentido de comunión con el mundo que nos rodea aportando los frutos de nuestra riqueza espiritual

 


Seguir a Jesús significa romper las vallas que nos aíslan para vivir un nuevo sentido de comunión con el mundo que nos rodea aportando los frutos de nuestra riqueza espiritual

Isaías 5, 1-7; Salmo 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

Un afán muy natural, podríamos decir, que todos tenemos es el de la posesión de las cosas; esto es mío y esto es tuyo, y separamos, y diferenciamos, y ponemos vallas, y mantenemos las distancias con nuestra propia identificación, y nos sentimos posesores de aquello que alcanzamos a obtener; y porque somos los que poseemos tales cosas, sea cuales sean los títulos por los que las tengamos, nos sentimos con el derecho de hacer cada uno de su capa un sayo, como dice el refrán, hacemos lo que queremos con aquello que poseemos; claro que en la medida en que aumentamos esas posesiones parece como si nosotros también nos fuéramos inflando, subiendo de pedestal en pedestal, nos consideramos dueños y señores, poco menos que reyes, pero esas subidas pudieran ir mermando otras cosas que es nuestra humanidad, nos hacemos obsesivos con lo que poseemos, con lo material, con lo que ya comenzamos a llamar riqueza y comienzan también los distanciamientos con las personas; ¿no habíamos puesto vallas para enmarcar lo nuestro?, pero a esas vallas no les permitimos a cualquiera que las atraviesen. Aquello que parecía bueno, en principio, ¿podría haberse ido maleando nuestro corazón para llenarlo de orgullos y vanidades, de actitudes egoístas e insolidarias, e incluso de injusticia?

Nos habla hoy la Palabra de Dios tanto en el texto del profeta como en el evangelio de una viña que alguien se había cuidado de sembrar y de preparar todo lo necesario para su cultivo. El profeta nos lo presenta como el canto de amor de un amigo por su viña, que había entrecavado y preparado para que diera frutos, pero dio agrazones. El propietario de la parábola del evangelio que lo había preparado todo hasta un lagar y una bodega confió su viña a unos agricultores para que la cultivaran y al final le rindieran cuenta con sus frutos. Pero aquellos viñadores se sintieron dueños de la viña y no quisieron rendir cuentas al amo de aquella viña. Y nos habla la parábola del mundo de violencia que se desató desde aquella actitud posesiva de los viñadores; cómo rechazaron y maltrataron a los enviados y finalmente mataron al hijo del propietario para hacerse dueños de la viña.

Mucho nos quiere decir tanto el canto de amor a la viña del profeta como esta parábola que Jesús nos ofrece en el evangelio. ¿Cómo nos sentimos nosotros ante esa viña que Dios ha puesto en nuestras manos cuando nos ha dado la vida? Es quizás la primera pregunta que pudiera surgir. ¿Nos sentiremos dueños o nos sentiremos administradores?

Es cierto que es nuestra vida, la que tenemos que hacer crecer y desarrollar; no podemos olvidar lo que son nuestros propios valores, nuestras cualidades o nuestras habilidades que nos dan tantas posibilidades; podemos pensar igualmente en lo que se ha ido enriqueciendo nuestra vida en la medida en que nos hemos ido formando y madurando en la vida, con lo que hemos recibido de los demás, ya sean los padres que nos dieron la vida, nos criaron y nos formaron, pero también lo que de la sociedad que nos rodea hemos ido recibiendo y aquí si tendríamos que preguntarnos ¿y cuáles son los frutos que ahora nosotros estamos ofreciendo tras todo lo que hemos recibido? ¿Qué uso estamos haciendo de nuestra vida?

Tenemos también la tentación de la que nos habla otra parábola de hacer nuestras propias bodegas y graneros para guardarnos todo esos frutos que hayamos obtenido como si fueran solo para nosotros. Creo que podemos entender claramente por donde va esta consideración cuando nos encastillamos en nuestras torres, en nuestro mundo muy particular, cuando nos encerramos en nosotros mismos, cuando no somos abiertos para compartir esa riqueza interior con los demás. Y no estoy queriendo referirme solo a unas riquezas materiales, que para muchos parece que fuera la única riqueza de la vida, sino también a todo eso que llena nuestro espíritu, como pueden ser nuestros conocimientos, como son nuestras capacidades y cualidades, como sea todo eso que sabemos y podemos hacer.

Son los que se desentienden de la sociedad en la que viven, se aíslan en sus cosas o en sus casas, pero no son capaces de poner un granito de arena para mejorar la sociedad en la que viven; somos seres sociales porque no nos queda más remedio que vivir en un mismo mundo, pero muchas veces queremos vivir aislados y sin sentir ninguna preocupación por esa sociedad en la que viven; se desentienden de los problemas de los demás de los que no quieren enterarse porque dicen que no quieren meterse en la vida de nadie, y no son capaces de comprometerse en ninguna actividad que pueda mejorar el entorno social en el que viven.

Vivimos demasiado aislados, en lo mío o en los míos, en mis cosas, cumpliré con mi trabajo porque quiero obtener unos medios de vida, pero me desentiendo de lo demás. Son las vallas con las que cercamos lo que creemos nuestra propiedad como decíamos al principio. Jesús nos está haciendo otros planteamientos de vida cuando nos habla del Reino de Dios, Jesús quiere que tengamos otras actitudes en nuestro corazón, Jesús nos ayuda a descubrir otros valores que nos hacen entrar en una nueva relación con los otros y con el mundo que nos rodea; quien sigue a Jesús y quiere vivir en el Reino de Dios tiene que tener otro sentido de comunión. Lo contrario sería caer por una pendiente resbaladiza que nos llevaría a un abismo.


sábado, 3 de octubre de 2026

Sepamos sentir la alegría de Dios en nosotros que se hace también presente para nuestro mundo a través de señales humildes y sencillas del Reino presente en nuestras vidas

 


Sepamos sentir la alegría de Dios en nosotros que se hace también presente para nuestro mundo a través de señales humildes y sencillas del Reino presente en nuestras vidas

 Job 42,1-3.5-6.12-17; Salmo 118; Lucas 10,17,24

Con la alegría y el contento de un chiquillo con zapatos nuevos quizás también nosotros nos habremos sentido alguna vez, pero no quizás por cosas extraordinarias sino por cosas tan sencillas y ordinarias que quizás ni habías intentado hacer; algo que quizás nos parecía un juego y demasiado infantil pero que siendo mayores y no estando acostumbrados a los juegos de los niños de hoy a sus maquinitas y sus juegos electrónicos sin embargo en alguna ocasión lo intentamos y fuimos capaces de realizarlo; eso nos da alegría, no porque hiciéramos algo muy extraordinario sino porque fuimos capaces de realizar algo tan sencillo que hasta nos parecía infantil. Queremos hacer cosas que consideramos grandes e importantes y habitualmente no le damos importancia a esas cosas que nos parecen pequeñas o incluso infantiles. Pero nos dan mucha alegría en el corazón.

Hoy nos cuenta el evangelio que aquellos que había enviado como apóstoles para hacer el anuncio del Reino vienen alegres y contentos porque pudieron realizar las mismas cosas que le había visto hacer a Jesús. En expresión muy del evangelio y el lenguaje y la apreciación de los acontecimientos de la época llegan a decir que han visto cómo los demonios se les sometían en el nombre de Jesús y como este les dice ‘estaba viendo a Satanás caer como un rayo desde el cielo’.

Una alegría que les envuelve a todos y que quiere expresar Jesús con una acción de gracias al Padre. Aquellos pobres pescadores, aquellos hombres rudos y sencillos que Jesús había ido recopilando, por decirlo de alguna manera, en sus caminos de predicación por distintos sitios están experimentando en la sencillez de sus vidas cómo se manifiesta la obra de Dios. Y Jesús da gracias al Padre que se revela y se manifiesta en los pequeños y en los sencillos. Así son las cosas de Dios cuando nosotros por nuestra parte tantas veces estamos buscando cosas extraordinarias y maravillosas; pero los caminos de Dios son distintos, el actuar de Dios no va por esas cosas extraordinarias sino que tenemos que descubrirlo en lo pequeño y en lo sencillo. 

Aquellos pescadores que pensamos que solo sabían de redes y de pescas, aquellos hombres y mujeres rudos y sencillos que incluso en ocasiones se corazón se les encogía para no terminar de entender lo que Jesús les enseñaba, ahora en sus vidas están viendo las obras de Dios, a través de sus obras están anunciando y realizando la construcción del Reino de Dios.

¿No nos tendrá eso que hacernos mirar nuestra vida y nuestras obras, o mirar lo que sucede a nuestro alrededor y que por nuestra ceguera tantas veces nos ha pasado desapercibido? ¿Seremos capaces de percibir esas señales del Reino que en nosotros también se está realizando y también manifestando?

Cuántas personas en nuestro entorno están viviendo calladamente en esas señales del Reino de Dios que se realiza en sus vidas. Personas que calladamente comparten con toda generosidad y que ya lo hace parece que hasta de forma natural porque es algo que llevan empapado en sus vidas; personas que van curando con su palabra sencilla, con sus gestos de amor, con su atención y su escucha a quienes vienen a ellos cargados de angustias y para los que siempre tienen una palabra que levanta los ánimos, que ayuda a descubrir cosas bellas en la vida, que calladamente están rezando ofreciendo sus vidas al Señor por el bien de la Iglesia, por los que se sienten solos y abandonados, y así tantas y tantas cosas que nos pueden pasar desapercibidas pero que tenemos que hacer brillar, por las que nosotros también como Jesús dar gracias al Padre que así se nos revela y manifiesta.

Necesitamos aprender a valorar tantas cosas pequeñas y hermosas que suceden en nuestro entorno, que en ocasiones vemos como lo más natural pero tras las cuales hay unas personas de fe, tras las cuales hay personas que están dejando un rastro de amor, un rastro de semillas del Reino de Dios. Prestemos más atención, dejémonos contagiar por esas personas buenas que nos parece que no hacen nada pero que sin embargo están sembrando hermosas semillas del Reino de Dios. Sepamos dar gracias a Dios por ello, y también por cuantas cosas hermosas el Señor realiza también a través de nuestras vidas.


viernes, 2 de octubre de 2026

En lo pequeño y en lo sencillo construimos el Reino de Dios, pero en lo pequeño y lo sencillo se nos manifiesta Dios, escuchemos a los santos ángeles que nos hacen sentir a Dios

 


En lo pequeño y en lo sencillo construimos el Reino de Dios, pero en lo pequeño y lo sencillo se nos manifiesta Dios, escuchemos a los santos ángeles que nos hacen sentir a Dios

Éxodo 23, 20-23a; Salmo 90; Mateo 18, 1-5. 10

Como decía aquel individuo cuando estaba buscando algo que necesitaba ‘grande, ande o no ande’; como sea algo aparatoso, portentoso ya nos vale para expresar lo que somos o lo que valemos; por eso andamos buscando en la vida esas manifestaciones de nuestra grandeza o de nuestro poder, aunque se nos quede solo en vanidad y en apariencia, pero ya cuidaremos de mostrar nuestra autosuficiencia, nuestras grandezas, nuestras vanidades aunque luego andemos vacíos por dentro. Es una tentación, en muchas ocasiones muy sutil, que nos persigue, aunque a la hora de hablar de lo que realmente nos importa tratemos de disimular, ocultando lo que son las verdaderas ambiciones que llevamos dentro.

No es precisamente en esa ostentación, en esa vanidad, en esas apariencias donde vamos a encontrar lo que verdaderamente nos satisfaga y nos haga encontrar nuestra verdadera grandeza. Pero ya buscamos la forma de disimularlo, pero bien sabemos lo que buscamos allá desde lo más hondo de nosotros mismos. Hoy Jesús nos está diciendo en el evangelio que otros son los parámetros que debemos tener en cuenta. Nos cuesta, sin embargo, muchas veces entender lo que Jesús quiere decirnos y ya nos hacemos nuestras interpretaciones para justificar lo que realmente buscamos.

¿Quien es el más importante en el reino de los cielos?, se preguntan muchos en el entorno de Jesús. Los mismos discípulos más cercanos a Jesús no son ajenos a estas preguntas, por las que los encontraremos muchas veces discutiendo, y a estos deseos, aunque habrá quienes entre aquellos que se consideran más cumplidores que nadie, cómo eran los maestros de la ley y los fariseos, que vienen también con esa misma pregunta a Jesús. Nos la encontraremos varias veces en el evangelio.

La respuesta hoy Jesús nos la da de una manera gráfica. Coge a un niño, lo pone en medio de todos, y nos dice que quien acoge a un niño como aquel es el que va a poder entrar en el Reino de los cielos, quien va a ser verdaderamente importante en el Reino de los cielos. Y nos habla de hacernos niños, pequeños y sencillos, personas que aparentemente nada significan y que no se crean con importancia, porque es la manera de acoger a Jesús. y su palabra. 

La imagen del niño viene a representar mucho en aquella época y en aquella cultura, porque el niño, por así decirlo, no representaba nada, era considerado como un ser sin valor, no se le tenía en cuenta, no tenía ningún derecho; hemos de saber entender lo que eran las costumbres y la cultura de la época.

Por esos caminos humildes y de sencillez han de ir nuestros valores; pero es que por ese camino humilde y sencillo es cómo podemos llegar a Dios, es desde ese corazón humilde y sencillo que está vaciado de vanidades y de ínfulas de soberbia desde el que podemos escuchar a Dios y encontrarnos con El. 

Tenemos que pensarlo bien cuando rodeamos muchas veces nuestra religiosidad y nuestra espiritualidad de signos de grandeza y ostentación que se nos puede quedar en humo que se disipa sin que de verdad desde nuestro corazón sintonicemos con Dios. De muchas cosas tenemos que despojarnos para que solo brille y resplandezca en nuestro corazón y en las manifestaciones religiosas que hagamos la luz de Dios. ¿Estaremos poniendo muchos velos superficiales de falsa espiritualidad en nuestras relaciones con Dios como es nuestra oración y nuestro culto?

Tenemos que saber discernir ese susurro de Dios que nos llega en el silencio de nuestro corazón que con la presencia de los santos ángeles nos hacen encontrarnos con Dios en lo más secreto de nosotros mismos. Hoy precisamente estamos celebrando la fiesta de los santos Ángeles Custodios que son los que nos hacen sentir la verdadera espiritualidad, que es el auténtico encuentro con Dios. Cuando Jesús nos ha propuesto al niño pequeño y humilde al que tenemos que acoger para sentir en el pequeño esa presencia de Dios nos ha dicho también que sus ángeles están en el cielo al mismo tiempo contemplando el rostro de Dios. 

¿No tendríamos que aprender a descubrir ese actuar de Dios en nosotros a través de eso pequeño y sencillo que nos está hablando de Dios, que nos hace sentir su presencia? Estemos atentos a esos ángeles de Dios que en lo pequeño y en lo sencillo nos hacen sentir la presencia y la fuerza de Dios en nuestras vidas.


jueves, 1 de octubre de 2026

Pongámonos en camino con un anuncio del que tenemos que ser signos, aun en las situaciones oscuras, el Reino de Dios ha llegado

 


Pongámonos en camino con un anuncio del que tenemos que ser signos, aun en las situaciones oscuras, el Reino de Dios ha llegado

Job 19, 21-27; Salmo 26; Lucas 10, 1-12

La imagen del camino es una imagen muy repetida que emplean tanto los poetas como los filósofos como por cualquiera que quisiera explicarnos el propio sentido de la vida; en camino con unas metas y unos objetivos, en camino como recorrido de múltiples experiencias que conforman la vida misma, en camino con sus logros y con sus dificultades al tiempo que con los momentos encantadores en que disfrutamos de la vida misma; la empleamos como imagen de lo que es nuestra vida cristiana y lo que significa el seguimiento de Jesús, como el mismo Jesús nos viene a decir que El es el Camino; una imagen del Reino de Dios que hemos de anunciar pero que primero que nada tenemos que vivir recorriendo nosotros también un camino, que podemos llamar si queremos un proceso de vida, de descubrimiento pero también de lo que hemos de vivir.

En el pasaje que hoy nos ofrece el Evangelio contemplaremos a Jesús que ha escogido y a llamado a los que quieren ser sus discípulos pero que al mismo tiempo los pone en camino; ser sus discípulos ha significado primero que nosotros hemos escuchado ese anuncio y esa invitación a darle la vuelta a nuestra vida para creer lo que se nos anuncia, la llegada del Reino de Dios, pero no como algo ajeno o externo a nosotros sino como algo que nosotros comenzamos a vivir; nos hemos dejado transformar para vivir en esas características, podríamos decir, de lo que es el Reino de Dios.

Pero hoy Jesús nos pone en camino para anunciar eso mismo que nosotros estamos viviendo; no es un mensaje que nos han dado y nosotros simplemente nos hemos de contentar con ser transmisores fieles, vamos a transmitir lo que nosotros vivimos, vamos a anunciar lo que vivimos, por eso nosotros mismos nos hemos de convertir en signos de lo que es ese Reino de Dios; no es solamente que nosotros podamos curar a los enfermos o expulsar demonios como nos dicen textualmente las palabras del Evangelio, sino que nosotros somos testigos de que eso se ha realizado en nosotros; es la forma con la que la palabra que anunciamos tiene toda su autoridad.

Repetidamente nos dice Jesús lo que tenemos que anunciar, ‘ha llegado el Reino de Dios’. No son solo palabras que pronunciamos sino que tiene que ser el signo de nuestra vida con el que manifestemos esa presencia del Reino de Dios. Pero como nos dice Jesús no es un camino fácil, vamos enviados como corderos en medio de lobos, el campo que tenemos que trabajar es muy grande y no somos suficientes obreros - ¿será por eso por lo que en otros lugares del evangelio Jesús nos propone la parábola en la que el dueño de la vida sale a distintas horas a buscar obreros para su viña? -, pero además habrá ocasiones en que no somos aceptados o somos rechazados.

Fijémonos que Jesús en ese momento en que quizás somos rechazados y tendremos que irnos a otro sitio nos sigue repitiendo lo mismo que tenemos que anunciar. Sacudimos el polvo de nuestros pies… pero tenemos que seguir repitiendo, ‘sabed que el Reino de Dios ha llegado’. Y esto tenemos que decirlo con convencimiento, porque el Reino de Dios no está con nosotros solamente cuando las cosas marchan de forma esplendorosa sino que también ahí, en la dificultad, en los problemas, en los momentos difíciles, cuando nos llegue el rechazo o el sufrimiento, cuando los caminos se nos vuelven oscuros y hasta tenebrosos tenemos que sentir que el Reino de Dios está con nosotros, que ha llegado el Reino de Dios.

Por la forma en que el cristiano vive esas situaciones estará dando señales de que el Reino de Dios ha llegado. Nos cuesta aceptar y afrontar esas situaciones, se nos hace duro el camino en esos momentos oscuros, tendremos quizás que caminar incluso entre lágrimas, pero seguimos manteniendo una fe, seguimos manteniendo el espíritu en alto, seguimos caminando con la certeza de que Dios está ahí con nosotros en ese camino concreto que nos ha tocado vivir, seguimos con la seguridad, porque así nos lo ha dicho Jesús, que el Reino de Dios ha llegado, y en esas situaciones nosotros hemos de ser testigos y mensajeros. Pongámonos en camino.


miércoles, 30 de septiembre de 2026

Mantengamos siempre el ritmo de los pasos de Jesús manteniendo nuestra fidelidad hasta el final aunque haya impedimentos o no seamos comprendidos

 


Mantengamos siempre el ritmo de los pasos de Jesús manteniendo nuestra fidelidad hasta el final aunque haya impedimentos o no seamos comprendidos

 Job 9,1-12.14-16; Salmo 87; Lucas 9,57-62

¿Me haces una rebaja? ¿cuánto tiempo me das para liquidar la cuenta? ¿podríamos combinar esto que parece tan bonito con aquello que tengo en casa de lo que no me gustaría desprenderme? ¿en cuanto tiempo tengo que decidirme? ¿lo puedo luego cambiar? ¿puedo volverme atrás si no me gusta? Son componendas, son arreglos a los que estamos acostumbrados en nuestras relaciones personales, en nuestros tratos comerciales, en las decisiones que tendríamos que tomar y ante lo que andamos siempre tan indecisos y bamboleantes. Rehuimos decisiones drásticas que condicionen nuestro futuro; los radicalismos parece que si pudieran valernos para nuestros gritos y reclamaciones, pero no tanto para las decisiones que hemos de tomar que marquen un rumbo a nuestra vida; estamos siempre temiendo tener que tomar decisiones que suenen a definitivas, tal es el relativismo en que vivimos.

Nos sucede en nuestra vida social, está en el ámbito de los planteamientos que tengamos que hacernos de la vida, nos toca en la vida familiar, están por medio los continuismos y permanencias como decimos ahora en nuestros trabajos y hasta en nuestras responsabilidades, ahí entran también los compromisos sociales en los que queramos implicar nuestra vida, nos llega y nos toca también a nuestra vida religiosa y todo lo que abarca el sentido cristiano de la vida. Indecisiones, falta de compromiso, poca continuidad, cansancios y aburrimientos que rompen muchos ritmos de la vida, actuamos muchos veces por impulsos momentáneos que muchas veces pronto se desinflan. Con esos presupuestos de vida ¿podemos plantearnos en serio un seguimiento de Jesús y una vida cristiana?

Es lo que se nos plantea hoy en el evangelio en algunos que se ofrecen para seguir a Jesús o en otros que condicionan su seguimiento a diversas situaciones que se puedan encontrar en su vida. Ya Jesús en otra ocasión nos dirá que o con El o contra El, que quien no recoge con El desparrama. Es la radicalidad que hoy también nos está planteando. Jesús no obliga a seguirle, Jesús invita, Jesús ofrece caminos, Jesús quiere que mantengamos una estabilidad en la vida y en las decisiones, no podemos ser veletas que nos dejemos llevar por el viento del momento. El impulso que nos ofrece su Espíritu es de continuidad y de estabilidad. No siempre es fácil, porque muchas veces nos podemos ver, como se suele decir, entre la espada y la pared, pero nuestras decisiones es necesario que sean firmes.

Hemos de tener claro lo que significa seguir a Jesús, ponernos en su camino; hay que tener en cuenta nuestra disponibilidad y nuestra generosidad, hemos de saber bien con que apoyos contamos, y hemos de tener claro lo que son las metas que nos propone Jesús. Por eso Jesús nos habla de ese vaciamiento de nuestra vida, donde no vamos a tener humanamente ni donde reclinar la cabeza pero siempre con la seguridad de que El acoge a los que están cansados y agobiados porque El es nuestro descanso; no podemos andar distraídos por la vida dejándonos arrastrar o engañar por cantos de sirena de otras cosas que nos pueden parecer también buenas y necesarias porque solo El es el sentido de nuestra vida; no podemos vivir de las añoranzas de lo que antes hayamos poder vivido sino que siempre tenemos que estar abiertos a la novedad que nos ofrece el Reino de Dios. Nos hablará no de remiendos sino de una vestidura nueva, nos hablará de odres nuevos para el vino nuevo del Reino de Dios.

¿Seremos capaces de ponernos en camino al ritmo de los pasos de Jesús? Cuidado con las rebajas y los remiendos, cuidado con las mezclas y las componendas, cuidado con las indecisiones y las miradas hacia atrás lamentándonos de lo que hayamos tenido que dejar., cuidado con las reservas para tener algo en lo que apoyarnos si algo nos falla algún día, cuidado con los miedos y las cobardías.

Nos cuesta, pero que nunca nuestro corazón se aparte de lo que es nuestro verdadero camino, que en el fondo mantengamos siempre nuestra más profunda fidelidad aunque las circunstancias nos cambien muchas cosas o nos por alguna razón nos podamos ver impedidos para expresar todo lo que llevamos dentro. Nuestro ser tiene que mantenerse en una fidelidad interior aunque no sea comprendida.


martes, 29 de septiembre de 2026

Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios

 




Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios

Daniel 7,9-10.13-14; Salmo 137; Juan 1,47-51

Nos habremos quedado ‘moscas’, como suele decirse, cuando quizás nos han presentado a alguien de quien pensábamos que no le pudiéramos conocer de nada o él tampoco nos pudiera conocer a nosotros, cuando de repente nos dice que él ya nos conocíamos. ¿De qué me conoces?, seguramente la preguntamos y esperamos que nos dé razones de ese conocimiento. Y quizás podía haber buenas razones y motivos para que hubiera ese conocimiento, aunque no cueste comprender por qué.

Es lo que sucede en este pasaje del evangelio que hoy se nos propone en esta fiesta de los Santos Arcángeles; luego podremos ver la razón por la que se nos propone en la liturgia este evangelio. En este caso lo que sucede es que Natanael es llevado a la presencia de Jesús por su amigo Felipe que ya es seguidor de Jesús y cuando le es presentado a Jesús éste comienza a hablar maravillas de Natanael, ‘un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Realmente Jesús hace una gran alabanza de aquel a quien ahora le están presentando. A cualquiera que le hicieran una alabanza así se le subirían los colores a la cara.

Es entonces cuando surge la pregunta, ‘¿y de qué me conoces tú a mi?’ Hay que tener un buen conocimiento de la persona para hacer una alabanza así, y quiera que no el que así es alabado sentirá mucho orgullo y satisfacción en su corazón. Sin embargo se preguntará, ¿por qué esta alabanza? ¿Yo qué he hecho para merecer una alabanza así? Pero ahí está la respuesta de Jesús. ‘Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi’. Muchas elucubraciones nos hemos hecho a lo largo de los siglos sobre el sentido de estas palabras de Jesús. ¿Por qué no darle un sentido positivo?

Alguien en sus comentarios sobre este texto piensa en ese lugar secreto de Natanael donde él quizás buscaba el silencio interior y la reflexión. Todos tenemos un lugar, donde nos gusta retirarnos, donde aun en soledad nos sentimos muy a gusto porque nos ayuda a buscar esa paz interior que en las carreras de la vida no llegamos a alcanzar, un lugar para el silencio y para escucharnos a nosotros mismos, un lugar donde nos abrimos a la trascendencia y nos gusta comenzar a mirar más allá, a tratar de descubrir algo distinto, un lugar para rumiar una y otra vez cuanto nos sucede, lo que nos dicen y escuchamos, lo que sutilmente sentimos dentro de nosotros mismos muchas veces sin saber de dónde viene.

Un lugar de oración donde vamos más allá de la repetición de unas palabras dichas o pensadas por otros por muy bonitas que sean, un lugar para la escucha o para detectar aquello que eleva nuestro espíritu, un lugar donde al rumiar esos impulsos interiores se nos abren nuevos caminos, nos aparecen nuevas sugerencias. La oración no son esos rezos en que repetimos siempre las mismas palabras que se convierten en una rutina para nosotros; oración es entrar en otra sintonía en la vida cuando entramos en la honda de Dios; es la apertura del corazón para ver, para contemplar, para comprender algo nuevo y distinto pero también para entrar en diálogo con la mente y el corazón. abiertos a la escucha del mensaje que Dios quiere transmitirnos.

Aquellas palabras un tanto enigmáticas que se cruzaron entre Jesús y Natanael fueron una auténtica oración, porque quizás a Natanael le hizo recordar aquel lugar y aquellos momentos que quizás debajo de la higuera tantas veces se había pasado con tantos interrogantes de su vida. Algo especial y sobrenatural lo había envuelto en aquellos momentos aunque él no supiera bien lo que le estaba sucediendo; era la presencia de Dios en su vida que elevaba su corazón.; esa presencia de Dios que como tantas veces vemos en la Biblia se manifiesta a través de sus ángeles.

Con la presencia del ángel Gabriel en Nazaret María había sentido cómo Dios le envolvía haciendo que el Espíritu de Dios la inundará para convertirla en la Madre de Dios; con la presencia del arcángel san Rafael Tobías había sentido la gracia de Dios que le devolvía la luz a sus ojos y a su vida. Así le había manifestado el arcángel que era Él quien presentaba ante Dios las súplicas y oraciones que Tobías hacía y por eso había acompañado al joven Tobías en su camino. Es esa fuerza interior que sentimos en nuestras luchas contra la tentación y contra el mal como una presencia del Arcángel san Miguel en nosotros para vencer todo mal en nuestra vida.

Es lo que hoy estamos celebrando en la fiesta de los santos arcángeles. Es lo que Jesús terminará diciendo a Natanael y a los discípulos ante el asombro que los embargaba ante el misterio de Jesús. ‘En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’. ¿No nos estará diciendo Jesús que es lo que experimentamos en una verdadera y auténtica oración que va más allá de pedir a Dios que nos solucione nuestros problemas? Es el ángel del Señor que está con nosotros y nos envuelve de esa presencia de Dios.

Pero tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, como nos dirá Jesús en otro lugar que cuando vayamos a orar busquemos ese lugar a solas y con tranquilidad, ese momento en que sintamos esa paz interior porque ciertamente nos sintamos llenos de Dios, como María, la llena de gracia porque el Señor estaba con ella. Será así cómo vivimos de forma auténtica nuestra oración.


lunes, 28 de septiembre de 2026

Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 


Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 Job 1, 6-22; Salmo 16; Lucas 9, 46-50

Parece que no nos cabe en la cabeza de que en la vida no todos somos igualmente importantes; pronto nos hacemos nuestras escalas y jerarquías de quienes son los importantes y en consecuencia los poderosos, mientras los demás son los del montón que no tendrían que hacer otra cosa que estar bajo la dependencia de esos que se consideran más importantes o más poderosos; parece que eso fuera parte de nuestra condición humana dado que nos parece verlo siempre con toda normalidad.

De alguna manera todos tenemos la tentación aunque muchas veces tratemos de disimularla, pero nos gusta un escaño alto. Les pasaba también a los discípulos de Jesús que le oían hablar de un reino y ellos lo materializaban bastante buscando además el lugar que allí habían de ocupar, por lo que andaba en ocasiones a la greña entre unos y otros por estos motivos. Y el evangelista no nos oculta esas ambiciones y esas debilidades de los que siguen a Jesús, porque de alguna manera nos está retratando y es necesario que nosotros seamos capaces de reconocer que estamos en esa fotografía, porque además es ocasión para Jesús de dejarnos hermosas enseñanzas como hoy ocurre.

Han estado discutiendo entre ellos eso de la importancia o de quien va a ocupar ese primer lugar en el Reino de Dios. En una ocasión en que Jesús les pregunta de qué hablaban por el camino se sienten azorados porque reconocen que esos sueños están muy lejos de lo que Jesús quiere proponernos cuando nos habla del Reino de Dios. En esta ocasión Jesús va directamente al grano sabiendo cuales eran sus ambiciones y nos deja una hermosa lección. Pone a un niño pequeño en medio de ellos y les dice que quien no se haga como un niño pequeño no es digno del reino de Dios. Porque ‘el que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’, les dice.

En la cultura de la época un niño era poco considerado, poco tenido en cuenta, era considerado algo así como un incapaz al que no hay que tener en cuenta porque poco podría aportar, no sirve aun ni para el trabajo. Y Jesús habla de acoger a un niño, que es como acogerlo a Él. Ya estarían pensando los que le escuchaba ‘pero si tú eres el maestro’, ¿cómo vamos a comparar a un niño con su infantil ignorancia con el Maestro? Y Jesús termina afirmando ‘el más pequeño entre vosotros es el más importante’.

¡Cómo tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad! No importa que nos parezca pequeña, no importa que sea un ignorante o sea cual sea su condición, no importa ni el color de su piel ni su raza, no importa su lugar de origen o donde pueda ahora habitar, no importa que sea conocido y reconocido o que nos parezca, como decimos, un don nadie… creo que en esto tenemos que pensar mucho y analizar nuestras actitudes y comportamientos con toda crudeza y con todo detalle. Pero nos hacemos estas valoraciones de las personas, porque tenemos muchos descartes, porque ponemos muchas pegas y nos hacemos muchas comparaciones, porque seguimos viendo al otro como un contrincante que nos puede quitar lo que nosotros por costumbre o por lo que sea consideramos muy nuestro. En esta época con tanta movilidad de las personas de un lugar a otro creo que nos daría mucho que pensar.

Y en esa aceptación y respeto que hemos de tener hacia toda persona entraría también otra cosa que Jesús nos está señalando, la valoración de lo que hacen los demás. Nos creemos tantas veces los únicos porque somos los que sabemos hacer las cosas, y vienen las discriminaciones y como decíamos antes los descartes, viene el restar importancia a lo que puedan hacer los otros porque nadie lo puede hacer tan bien como yo, y vienen las desconfianzas y los rechazos que hacemos a lo que hacen los demás de bueno, porque nos creemos que eso es cosa nuestra y nadie puede hacerlo igual.

Santiago y Juan vienen a decirle a Jesús que a uno que no era de los del grupo pero que echaba demonios en nombre de Jesús se lo quisieron prohibir. ¿Cómo se atreve a invocar lo bueno en nombre de Jesús si no es del grupo de los discípulos preferidos de Jesús? ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque el que no está contra vosotros, estará a favor vuestro’. ¿Cuáles son nuestras posturas y actitudes en este sentido? Seguro que habrá muchas que mejorar.


domingo, 27 de septiembre de 2026

En la hora del juicio final Jesús no nos va a preguntar por las cosas que sabíamos sino por las obras que hemos hecho, las señales del Reino de Dios que hemos dado con nuestra vida

 


En la hora del juicio final Jesús no nos va a preguntar por las cosas que sabíamos sino por las obras que hemos hecho, las señales del Reino de Dios que hemos dado con nuestra vida

Ezequiel 18, 25-28; Salmo 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

Muchas veces en nuestras apreciaciones sobre la conducta de los demás cuando nos encontramos a alguien que nos resulta un tanto protestón, que no siempre de entrada parece estar de acuerdo con lo que se le dice o con las cosas que se le encomiendan con mucha facilidad decimos que es un rebelde; pero también en ocasiones hemos tenido que llegar a reconocer que aquel que nos parecía más protestón y más rebelde es el más comprometido, el que cuando llega el momento de la verdad está más disponible que aquellos que nos parecían tan sumisos y obedientes.

Es la imagen que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio con esta pequeña parábola de los dos hijos enviados por su padre a trabajar al campo de su viña; allí está el rebelde y el protestón que incluso se enfrenta directamente con su padre diciéndole que él no va a trabajar a la viña; el otro hermano sumiso, el siempre bueno que en toda ocasión dice que sí pronto quizás se olvidará de lo prometido pero también de la encomienda de su padre y no llegará a hacer nada.

Está hablando Jesús rodeado de la gente que siempre le escucha, pero que a su lado están aquellos que siempre también están al acecho, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, que en esta expresión se engloban todos los que eran los dirigentes del pueblo en aquellos momentos, sacerdotes pertenecientes a los distintos grupos pero también los miembros del Sanedrín que era algo así como el parlamento religioso de Israel y sus gobernantes o los que tenían que cuidar la fidelidad del pueblo a la ley y a los profetas. Bien sabemos cómo se presentaban ante el pueblo casi como unos intocables, cumplidores de estrictas normas que habían ido imponiendo en las costumbres de Israel, pero en lo que no siempre se veía la necesaria congruencia.

Y Jesús emplea su pedagogía al hablar y expresarlo con aquella pequeña parábola, porque al final dejará una pregunta en el aire para que sean aquellos sumos sacerdotes y ancianos los que respondan. ‘¿Quien realmente cumplió con lo que pedía el padre a sus dos hijos?’ No pudieron menos que responder porque aparecía bien claro en el desarrollo de la propia parábola que aquel que aunque había dicho que no finalmente arrepentido había ido a cumplir con la voluntad del padre. Y es cuando Jesús les deja la sentencia. ‘En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis’.

¿Quiénes son los rebeldes hoy que al final sin embargo nos estarán dando las mejores señales del Reino de Dios? Quizás podemos decir muchas cosas hermosas del evangelio, que podemos hacer hermosas explicaciones – y aquí yo me interrogo a mi mismo si acaso no sé sino decir palabras bonitas -, manifestar que nos sabemos el catecismo de memoria y hasta ser unos maravillosos catequistas y podemos expresarnos con el ‘tecnicismo’ de la más alta teología, pero dónde está la congruencia de nuestras obras.

Recordemos que Jesús en el juicio final no nos va a preguntar por las cosas que sabíamos sino por las obras que hemos hecho. Quizás lo que no sabían tanto se nos va a adelantar, quizás los que veíamos como rebeldes porque siempre están inconformes con lo que veían a su alrededor, quizás los que nos parecía que estaban llenos de imperfecciones porque como todos tenían tropiezos en su vida y que también podían cometer errores y nos parecía que andaban descarriados, en el fondo de su corazón había un amor que era el que despertaba esa inquietud y esa búsqueda a pesar de los errores y tropiezos, en el fondo de su corazón había una sintonía con los demás que otros desde las alturas de sus pedestales no podían mantener, eran los que en verdad sabían ser desprendidos cuando era necesario darlo todo por los demás, los que verdaderamente estaban dando aun con sus imperfecciones las señales del Reino de Dios que así se había presente entre nosotros.

¿Por donde andamos nosotros? ¿Nos seguiremos quedando en los cumplimientos y en los formalismos? ¿Estaremos quedándonos en las apariencias que nos llenan de vanidad? ¿Seremos de los que aun ponemos distancias porque con todos no nos conviene mezclarnos para que no nos confundan?

Es bonito lo que desde la ternura de su corazón le pide Pablo a los filipenses. ‘Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús…’

¿Será esa la manera en que nos comprometemos nosotros a trabajar en el campo de la viña del Señor? Muchas cosas tendríamos que decir, cada uno saque sus consecuencias desde lo que es su vida.


sábado, 26 de septiembre de 2026

Tenemos que convencernos que la Pascua va a estar siempre presente en nuestra vida para que no nos desinflemos ni perdamos la serenidad del corazón

 


Tenemos que convencernos que la Pascua va a estar siempre presente en nuestra vida para que no nos desinflemos ni perdamos la serenidad del corazón

Eclesiastés 11, 9 – 12, 8; Salmo 89; Lucas 9, 43b-45

Si todo estaba marchando tan bien, nos decimos, cuando vemos a veces que las cosas se tuercen, que comienzan a aparecer los problemas y los contratiempos, que quizás ya no somos tan bien aceptados como lo éramos antes, que hay alguien que parece que siempre está a la contra; sucede en los ámbitos por ejemplo de acción comunitaria o social, pero nos puede suceder incluso entre los más cercanos a nosotros que parece que comienzan a alejarse o que tomas otros rumbos en la vida; o nos sucede en el ámbito de nuestra vida personal, con nuestros compromisos personales, con el espíritu de superación y crecimiento en el que vivimos, en las tareas que emprendemos o los trabajos que realizamos, las cosas no salen tan bien como antes, ahora nos sentimos más cansados y hasta parece que hemos perdido la ilusión, nos sentimos que no somos comprendidos incluso por aquellos más cercanos a nosotros porque se trazan sus planes que no son lo que realmente nosotros buscamos o pretendemos y así en muchas situaciones más.

Nos preguntamos el por qué de estas nuevas situaciones, de estos cambios, de esos derroteros que nos parece que nos llevan al fracaso y así muchas cosas más. Los caminos no parecen tan llanos. Y eso son cosas que nos encontramos así todos los días por un lado o por otro. Muchos interrogantes quizás se acumulan en nuestro interior porque nos cuesta asumir cuanto nos está sucediendo o nos pudiera suceder.

Es lo que se nos está planteando en el evangelio con Jesús. Mucha gente lo sigue entusiasmada. Hemos escuchado estos días cómo la gente lo seguía y se deshacía en alabanzas. En las preguntas que Jesús les hace a los discípulos vemos como un resumen en las respuestas variadas que estos le dan. Pero Jesús sabe muy bien que pueden ser momentos de fervor y entusiasmo que ante cualquier contrariedad pronto se pueden desinflar. Como nos sucede a nosotros, como vemos que sucede en muchas ocasiones en el ámbito de la Iglesia, momentos fervorosos que pueden ser antesala de turbulencias y contratiempos.

Por eso Jesús quiere abrirles bien los ojos a los discípulos, por una parte preparándolos para todo lo que va a suceder y sus posibles reacciones como veremos cuando llegó el momento de la pasión y de la muerte, pero también preparándonos para que lo que puede ser el camino de la Iglesia. Ha sido así a lo largo de los siglos, pero todos conocemos situaciones así en nuestras parroquias y en nuestras comunidades. El globo se puede desinflar ante cualquier pinchazo, pinchazo ocasionado en muchas ocasiones por nuestra misma debilidad y por la falta de comprensión que manifestamos tantas veces ante la debilidad de los demás.

Jesús. les habla claramente de cuanto puede sucederle al Hijo del hombre, de cuánto va a ser su vida de pascua y de pasión cuando sea entregado en manos de los gentiles. Cuando las cosas nos parece que marchan esplendorosas cuánto nos cuesta aceptar estos anuncios, cuánto nos cuesta pensar en esos momentos oscuros que nos pueden sobrevenir, cuánto nos cuesta aceptar lo que se pascua en nuestra vida. Para los momentos en que planeamos sin ninguna dificultad parece que si estamos preparados, pero para las pruebas pensamos que eso no nos va a tocar nunca a nosotros y prescindimos de esos nubarrones oscuros que pueden descargar sobre nosotros.

Por eso dice el evangelista que a los discípulos les costaba entender estas palabras de Jesús. Y así estarían hasta que sucediera que entonces se dispersarían o se refugiarían en el vernáculo esperando que escampara la tormenta y vinieran nuevos momentos de calma que tampoco imaginaban cómo podrían ser. ‘No entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto…’

Los miedos siguen perdurando, las oscuridades siguen acompañándonos, los sentidos indescifrables siguen estando presentes, permanecen las dudas en nuestro corazón que no sabemos cómo resolver. ¿Cómo nos aplicaremos todo esto a nuestra vida? Es la realidad en la que tenemos que dar testimonio, son las seguridades que necesitaremos, ¿sabremos escoger el camino que nos ha trazado Jesús? ¿Qué nos sigue diciendo el evangelio? ¿Seremos también de los que nos desinflamos fácilmente? Tenemos que convencernos que la Pascua estará siempre presente en nuestra vida.