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lunes, 26 de octubre de 2026

No vayamos de indiferentes por la vida y pasemos de largo ante quienes están necesitando una llamada, un signo de esa cercanía del amor de Dios

 


No vayamos de indiferentes por la vida y pasemos de largo ante quienes están necesitando una llamada, un signo de esa cercanía del amor de Dios

 Efesios 4, 32 — 5, 8; Salmo 1; Lucas 13, 10-17

Vamos demasiado de indiferentes por la vida. ¿La vida nos ha endurecido? ¿O nos habremos acostumbrado? También nos puede suceder que damos el esquinazo, porque damos la vuelta y nos inventamos el ir por otro lado para no enterarnos, o también le echamos a los demás el muerto, nos lo quitamos de encima, porque eso les toca a otros; ¿que hacen las autoridades, nos decimos tantas veces, que con tantos problemas y no hacen nada? No hacemos nosotros nada, pero elevamos la culpa lejos de nosotros para que no nos haga sombra y estamos esperando a que otros hagan, como decimos, los que tienen que hacerlo. Y nosotros seguimos tan indiferentes y tan insensibles.

El evangelio nos enseña con los detalles, no son necesarios cosas extraordinarias, aunque quizás se nos pueden pasar y no somos capaces de detenernos para ver ese detalle que por ejemplo nos ofrece Jesús. Quiero reconocer que muchas veces he escuchado, leído, comentado y meditado este texto del evangelio que hoy se nos ofrece, pero en esta ocasión me he detenido en un detalle. Jesús llegó a la sinagoga como de costumbre los sábados – le hemos visto en muchas ocasiones tanto en Nazaret como en Cafarnaún, aunque era su costumbre hacerlo en los pueblos que iba visitando para anunciar el Reino de Dios – y el evangelista nos habla de una mujer que llevaba encorvada 18 años por su enfermedad. Quizás pasaría hasta desapercibida porque podría parecer una mujer anciana más entre todas que se había ido encorvando por el paso de los años y las enfermedades como nosotros nos podemos encontrar a tantas. Pero detalladamente se nos dice que Jesús se fijó en ella y la llamó. No pasó desapercibida para Jesús. ‘La llamó y le dijo, mujer quedas libre de tu enfermedad, Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios ’.

Luego vendrían los comentarios del jefe de la sinagoga porque la curación había sido realizada un sábado y los razonamientos que nos ofrece Jesús. ¿Podemos llevar a abrevar a un buey o a un asno que tengamos atados, pero porque es sábado no se va a liberar a esa mujer del mal que le aqueja?

Jesús. nos va enseñando lo maravilloso que es el amor y cómo hemos de saber expresarlo desde esas pequeñas cosas de cada día, o desde esos detalles donde manifestamos nuestra cercanía pero también la sintonía de nuestro espíritu. Un día sintió que una mujer había tocado la orla de su manto, en otra ocasión se detendrá en la calle de Jerusalén para fijarse en un ciego de Nacimiento, se acercará al ultimo rincón de la piscina de Betsaida donde hay un paralítico que parece perdido y olvidado de todos, escuchará el clamor del ciego que al borde del camino pide limosna y pide que le ayuden y les pedirá a sus acompañantes que antes se sentían molestos que lo traigan a su presencia, al pie de la higuera en Jericó descubrirá a quien está escondido tras sus hojas y le pedirá que se baje porque querrá hospedarse en su casa. Muchos momentos podríamos seguir detallando de ese Jesús estar atento al sufrimiento que hay a su alrededor y aunque pase desapercibido o sea incómodo para otros, El se detiene, ofrece su presencia y su palabra para levantar al que está caído. Allí está vivo el amor y así se nos manifiesta.

¿Estará vivo de la misma manera el amor en nosotros y así lo manifestamos? No es necesario hacer mucho ruido pero ¿cómo se levanta el ánimo cuando alguien se detiene a nuestro lado porque se ha fijado en nosotros y penetra nuestro interior con su mirada? Es ese gesto aunque sea silencioso, es esa mirada que nos llena de luz, es esa simple palabra que nos llega al alma, es esa mano tendida para sostenernos cuando nos parece que nos vamos a caer, es ese caminar a nuestro lado compartiendo nuestro sudor, es ese estímulo que sentimos en lo más hondo cuando encontramos ese gesto de compasión y de humanidad.

Es lo que podemos ofrecer a los demás, pero porque antes nosotros también lo hemos sentido en nuestra vida; quizás en ocasiones también íbamos encorvados porque había muchas cosas que pesaban sobre nosotros, encorvados arrastrando viejas ataduras de las que no habíamos sido capaces de liberarnos por nosotros mismos, encorvados en nuestras rutinas o en nuestras cobardías, encorvados porque había pasiones que nos dominaban y no podíamos saborear lo que era la verdadera libertad. Dios ha llegado a nosotros de alguna manera y ha puesto nueva luz en nuestros corazones regalándonos su perdón, sanándonos de nuestras viejas ataduras, abriéndonos nuevos horizontes llenos de luz.

La Palabra de Dios ha llegado también a nosotros señalándonos esas cosas concretas de nuestra vida de las que necesitamos ser liberados. Y aunque a veces aún tímidamente hemos comenzado a dar pasos. El que ahora nos hagamos esta reflexión es también un detenerse de Jesús a nuestro lado y llamarnos para que nos acerquemos a Él. Pero ahora nosotros también tenemos que ser ese signo para los que están a nuestro lado y comenzar a actuar a la manera de Jesús. Alguien puede estar esperando esa presencia nuestra, esa palabra o esa mano tendida. No sigamos indiferentes por los caminos de la vida y pasemos de largo.


domingo, 25 de octubre de 2026

Convenzámonos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comencemos a amar a Dios y al prójimo como eje fundamental de nuestra vida

 


Convenzámonos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comencemos a amar a Dios y al prójimo como eje fundamental de nuestra vida

Éxodo 22, 20-26; Salmo 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

Si viniera ahora alguien a preguntarnos a cualquiera de nosotros, por ejemplo uno que no es cristiano ni tiene mayores conocimientos del cristianismo, qué es lo que tiene que hacer o lo que tiene que cumplir para ser cristiano, ¿qué crees que sería la respuesta más común o socorrida? Probablemente alguno comenzaría por decirle que leyera la Biblia, o que fuera a misa o a la Iglesia, que tiene que bautizarse, que tiene que ser bueno y tratar bien a la gente, que debe compadecerse de los pobres, que tiene que aprenderse el catecismo y el credo, que tiene rezar sus oraciones todos los días, y así seguramente comenzaría a decirle cosas y cosas que hacer, recordando mandamientos, recordando normas y preceptos de la Iglesia y a la larga no nos estaríamos diferenciando mucho si esa misma pregunta para ser un buen judío se hubiera hecho a algunos de aquellos maestros de la ley que ahora vienen a hacerle una pregunta a Jesús, darían como respuesta. Aquel maestro de la ley recordaría los 613 preceptos unidos a más disposiciones y normas que componían las enseñanzas que se enseñaban a los judíos.

¿Nos quedaremos en cosas que hacer y nos olvidaremos de qué es lo importante que tenemos que vivir? Por eso ante esta pregunta que le plantean hoy a Jesús, más que nada para ponerle a prueba como en otras ocasiones, es decirnos que tenemos que amar. Es el amor lo que tiene que ser el centro de nuestra vida, un amor no vivido de cualquier manera, sino centrado de la forma más intensa en que se pueda vivir, a Dios y al prójimo.

Jesús responde recogiendo simplemente lo que está recogido, como suele decirse, en la ley y en los profetas, citando textualmente aquellas palabras entresacadas de la ley de Moisés y que como un 'mantra' todo judío sabía de memoria y repetía en multitud de ocasiones en su día.

‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ , era la pregunta que le hacía el doctor de la ley. ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’, le responderá Jesús. Y viene a concluir Jesús: ‘En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

Como decíamos, no es hacer cosas, no es cumplir con unos mandamientos, no es realizar unos gestos o prácticas religiosas en momentos determinados, es un vivir, una nueva forma de vivir que nos hace vivir de forma distinta a Dios, pero que nos comienza a hacer tener una forma diferente de ver a los demás. Es buscar lo que verdaderamente es lo fundamental, lo que viene a dar sentido y valor a lo que es nuestra vida.

Y todo esto parte para nosotros de una experiencia maravillosa que tenemos en nuestra vida, sentirnos amados de Dios. Era la Buena Noticia que anunciaba Jesús, recordarnos, y su presencia era una señal de ello, que Dios nos ama. Es lo que transforma nuestra vida, es lo que comienza a darnos ese nuevo sentido porque si nos sentimos así tan valorados es porque sabemos que Dios nos ama. Con muchas imágenes nos lo irá recordando Jesús a lo largo del evangelio, pero son los signos que Jesús realiza los que nos manifiestan ese amor de Dios que transforma nuestras vidas. Pone luz en nuestros ojos o vigor en nuestra vida para que comencemos a vivir de manera distinta; nos muestra su amor derramando su misericordia sobre nosotros que nos purifica como limpia al leproso de su enfermedad perdonando nuestros pecados para que podamos vivir la pureza del amor.

No es un amor que se queda en palabras – somos muy fáciles y tenemos la tentación de comenzar a decir cosas bonitas del amor – sino que se transforma en gestos y posturas, en actitudes y acciones concretas, se tiene que manifestar en la forma de estar en la vida y en el compromiso que nos lleva a la entrega más profunda; es un amor que nos empapa y nos envuelve, un amor que se transpira e inunda cuanto hay alrededor, un amor que se contagia y se convertirá en una invitación y en una exigencia en nuestras relaciones con los demás.

Dejémonos contagiar por el amor y contagiemos con ese virus del amor a cuantos nos rodean y haremos un mundo mejor, haremos saltar las barreras que nos dividen y nos distancian, y comenzaremos a hacer calzadas reales bordeadas de las flores de nuestros gestos de amor, y nos sentiremos dulcemente anudados en ese lazo que nos hace sentirnos unos los unos con los otros y en comunión.

¿Cuándo nos convenceremos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comenzaremos a amar a Dios y al prójimo como verdadero eje de nuestra vida?


sábado, 24 de octubre de 2026

La paciencia de Dios es infinita porque grande es su misericordia y su amor y va dejando a nuestro lado señales que nos llaman a dar frutos de conversión

 


La paciencia de Dios es infinita porque grande es su misericordia y su amor y va dejando a nuestro lado señales que nos llaman a dar frutos de conversión

Efesios 4, 7-16; Salmo 121; Lucas 13, 1-9

¿Por qué me tiene que pasar esto a mi?, nos habremos preguntado alguna vez cuando los problemas se nos acumulan, parece que las desgracias y los accidentes nos persiguen y caemos en las sombras del desánimo y la desilusión; o es también cuando nos preguntamos a nosotros mismos, o le preguntamos a Dios, ¿por qué me pasa esto a mi? ¿qué he hecho yo para merecer esto? Y pensamos en castigos, en culpabilizaciones por cosas pasadas, en sentirnos como malditos por las cosas que nos suceden.

No estamos lejos aun del pensamiento que tenían los judíos en el tiempo de Jesús que pensaban en la enfermedad como una maldición de Dios, en los accidentes como castigos y se preguntaban también que habrá hecho ese en su vida para ahora estar sufriéndolo así; recordamos cuando los discípulos le preguntaban a Jesús a su paso por las calles de Jerusalén se encontraron con un ciego de nacimiento. ´¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?’ aún nos quedan antiguos resabios de pensamientos así a pesar de tantos siglos de cristianismo.

Es lo que ahora vienen a contarle a Jesús por diferentes hechos acaecidos en Jerusalén en aquellos días; una torre en la piscina de Siloé que se derrumbó y en su caída murieron algunos de los enfermos que allí estaban esperando la curación en el movimiento de aquellas aguas; también Pilatos había condenado a unos Galileos por ciertos hechos sucedidos en el templo y allí fueron ejecutados. Algo sacrílego para ellos en este caso pero que en una y otra situación estaban hablando también de castigos. Jesús les pregunta que si ellos se consideran más justos que quienes murieron de esa manera violenta, pero les advierte también que peor les puede pasar si no se convierten. ¿Tendrían que saber descubrir un signo del amor de Dios que nos llama continuamente a la conversión para enderezar nuestras vidas?

Pero para hablarnos de esa ‘paciencia’ de Dios que siempre está esperando nuestra respuesta les propone una sencilla parábola. La del hombre que año tras año venía a buscar frutos en la higuera de su huerta y nunca conseguía; le pide al viñador que la arranque pero el viñador le dice que espere un año más que él la va a cuidar con especial mimo abonándola una y otra vez esperando que de fruto.

La misericordia del Señor es grande y en su amor nos está poniendo señales continuamente al lado de nuestro camino para que descubramos su llamada, para que convirtamos nuestro corazón. Pero nos quedamos cegados en nuestras rutinas o en nuestras viejas costumbres y no somos capaces de ver la luz.

Son también las actitudes negativas que nosotros muchas veces vamos mostrando en nuestra vida; primero no somos capaces de darnos cuentas de nuestras propias sombras, como se suele decir, nadie ve su propia sombra, pero qué atentos estamos para ver las sombras de los demás y cómo reaccionamos, como si nosotros fuéramos los hombres perfectos que lo hacemos todo bien y caminamos siempre con rectitud. Sin embargo nuestra higuera sigue sin dar los frutos que el Señor nos pide.

¿Nos dejaremos cultivar por la gracia del Señor que es para nosotros una llamada? Una llamada que nos llega por la mano o por la palabra de ese viñador que está a nuestro lado y nos quiere hacer ver nuestras propias sombras; pero no queremos escuchar, rechazamos esa mano, en nuestra autosuficiencia que se convierte en orgullo y en soberbia nos hacemos sordos, o queremos poner distancia de allí donde sabemos que nos van a recordar nuestra debilidad o nuestra torpeza. Cuántas veces ante una palabra de advertencia que con cariño alguien nos puede hacer llegar – porque si se preocupan de nosotros y nuestra manera de ser o de hacer las cosas es porque nos aprecian y nos quieren – sin embargo reaccionamos diciendo que nosotros sabemos lo que tenemos que hacer.

Y Dios sigue llamándonos y poniendo señales al borde del camino que transitamos, sigue ofreciéndonos el abono de su gracia porque Dios sigue esperando que un día demos esos buenos frutos.


viernes, 23 de octubre de 2026

Seamos capaces de discernir las señales aunque parezcan humildes y pequeñas que nos hacen sentirnos optimistas y llenos de esperanza para crear un mundo nuevo y mejor

 


Seamos capaces de discernir las señales aunque parezcan humildes y pequeñas que nos hacen sentirnos optimistas y llenos de esperanza para crear un mundo nuevo y mejor

Efesios 4, 1-6; Salmo 23;  Lucas 12, 54-59

Ahora todos entendemos del tiempo, es tema fácil de nuestras conversaciones y sobre todo los más veteranos del lugar siempre están pendientes del horizontes y de las señales del cielo, de las nubes, sus formas y su situación – es curioso como en nuestra tierra nos fijamos mucho en las formas que adquieren las nubes cuando están sobre el Teide -, de los vientos según vengan en un sentido o en otro, para decir el tiempo atmosférico que se avecina, si tendremos lluvias o tendremos calor; es cierto que hoy ya estamos más pendientes de las cartas de isobaras que vemos en las imágenes de la televisión que nos hablan de los pronósticos del tiempo.

Miramos las señales de nuestros tiempos atmosféricos pero quizás nos cuesta más hacer una lectura de la historia y de la vida, de los acontecimientos que se suceden en nuestro mundo y no llegamos a entender, o al menos en ocasiones hacemos oídos sordos, las señales que se nos dan de lo que es la sociedad en la que vivimos y los derroteros que quizás tendríamos que enmendar.

¿No será eso lo que Jesús nos quiere decir con las palabras que le escuchamos hoy en el evangelio? Después de decirnos que sabemos hablar mucho del tiempo, nos afirma, ‘sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que es justo?’ Es lo que solemos llamar los signos de los tiempos. Tenemos que aprender a leer nuestra historia, que no es necesario que hagamos un viaje muy largo a tiempos pasados, sino saber descubrir en esos acontecimientos cercanos a nuestro tiempo presente como también los acontecimientos que vamos viviendo en nuestra propia vida para hacer un discernimiento de cuanto acontece.

Pero cuidado con la luz que ponemos en nuestros ojos porque también podríamos tener la tentación de ser catastrofistas para verlo todo negro y no descubrir tras esa pantalla de tantas cosas que nos parece que lo llenan todo de oscuridad luces tintineantes, muchas veces como rescoldos, que nos dicen que aun queda una llama que podemos reavivar, que tenemos que saber discernir para no apagar esa pabilo humeante del que podemos hacer brotar una llama que llene de renovado calor la vida para hacerla de nuevo resplandecer.

Hay todavía en nuestro mundo pequeñas semillas que un día germinarán y nos podrán ofrecer bellas flores prometedoras de exuberantes frutos. Seamos capaces de fijarnos y valorar esas pequeñas luces que podemos encontrar a nuestro alrededor porque si sabemos unirlas y hacerlas entrar en comunión podremos hacer que brillen resplandecientes estrellas que como soles iluminen nuestro camino.

San Pablo hoy en la carta a los Efesios que estamos escuchando estos días cuando nos pide que vivamos conforme a la vocación a la que hemos sido convocados y nos señala esas cosas que nos pueden parecer pequeñas y humildes pero que pueden tener, que van a tener mucha importancia en nuestra vida. ‘Sed siempre humildes y amables, nos dice, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz’. Todo un hermoso programa, todo un catálogo de virtudes y valores que hemos de desarrollar, humildad, amabilidad, comprensión y aceptación mutua, amor y comunión que serán constructores de la verdadera paz.

Fijémonos, pues, en esa gente humilde y sencilla que camina a nuestro lado, que no hace ruido pero que deja una hermosa huella tras de sí; sintamos admiración por quienes tienen un corazón siempre comprensivo y lleno de misericordia; apoyemos a tantos que sin gritos sin embargo están siempre buscando el encuentro entre unos y otros, que son capaces de promover momentos de encuentro y cercanía entre todos siendo lazos de unión y promotores de todo aquello bueno que nos hace sentirnos que vamos en el mismo barco y todos tenemos que remar en la misma dirección.

Son las señales de algo nuevo que puede surgir en nuestro mundo, son señales de que el Reino de Dios no está agostado, son señales de esa pequeña semilla que hemos de sembrar pero que un día germinará en una vida nueva para nuestro mundo. Con ojos de fe tenemos que saber mirar nuestro mundo y cuando sucede a nuestro alrededor, Dios nos está dejando señales de que en verdad podemos hacer un mundo nuevo y mejor.


jueves, 22 de octubre de 2026

Dejémonos sorprender por el evangelio aunque nos deje inquietos y desconcertados porque el bautismo recibido tiene que encender una hoguera en el corazón

 


Dejémonos sorprender por el evangelio aunque nos deje inquietos y desconcertados porque el bautismo recibido tiene que encender una hoguera en el corazón

Efesios 3, 14-21; Salmo 32;  Lucas 12, 49-53

No dejan de sorprendernos y a veces desconcertarnos muchas páginas del evangelio que cuando vamos a él desde nos planteamientos a razonamientos meramente humanos nos cuesta entender y cómo traducirlo en la vida. En más de una ocasión se me ha acercado alguien con corazón inquieto y con deseos de búsqueda porque quiere encontrar respuestas y luz para su vida y cuando le he invitado a que se acerque a la Biblia, que se acerque al evangelio me dice que lo ha intentado y que se encuentra en ocasiones cosas que no entiende y que de alguna manera le llenan de confusión.

Buscamos quizás porque queremos encontrar respuestas, pero algunas veces lo que nos está sucediendo es que no nos dejamos sorprender; nos parece que esas respuestas que buscamos tienen que ir en un sentido que de alguna manera hemos predeterminado pero para encontrarnos con la palabra de Dios tenemos que escuchar y hacerlo sin nuestros prejuicios o nuestras predeterminaciones; y escuchar despojándonos de lo que nosotros pensamos se nos hace imposible, porque incluso en nuestros diálogos humanos con los que están a nuestro lado muchas veces decimos que dialogamos, pero lo que hacemos es discutir sin escuchar, porque ya llevamos de antemano pensado lo que creemos que piensa el otro y no nos detenemos a escuchar, y mucho nos tendrá que decir el otro. Es lo que tenemos que hacer con Dios, escuchar dejándonos sorprender por lo que el Señor quiere manifestarnos, mucho será lo que el Señor quiere decirnos.

Emplea hoy Jesús palabras que nos parecen duras y pensamientos en nuestra prevención que nos parecen contradictorios e inaceptables. Habla de fuego y de violencia, habla de bautismo y de muerte, habla de división cuando por otra parte se nos ha presentado como el Príncipe de la Paz y en su nacimiento los ángeles del cielo al cantar la gloria de Dios cantaban como un anuncio la paz para aquellos que Dios ama.

Pero con estas palabras que ahora nos está diciendo Jesús ¿no nos estará trazando el cuadro de lo que ahora mismo está sucediendo a su alrededor? Aunque aparentemente en el relato del evangelio parece que todos querían escucharle y estar con Él, pues nos habla de multitudes venidas desde todos los rincones de Palestina, sin embargo por en medio van apareciendo continuamente los que no lo aceptan, los que traban discusiones con Él porque les parecen inaceptables las palabras y las actitudes de Jesús; si Jesús estaba anunciando un Reino de Dios en donde entre sus principales características tenía que estar la paz, el amor, la comunión, sin embargo en torno a Jesús se iba forjando también la división que llegaría a calar entre sus mismos discípulos más cercanos cuando entre ellos andaban discutiendo por los primeros puestos y alguno defraudado lo abandonaría y lo traicionaría.

Por algo proféticamente el anciano Simeón había dicho que aquel niño iba a ser un signo de contradicción y que en su presencia tendrían que decantarse los que optaban por la luz o por las tinieblas. ¿No será también la opción que nosotros hemos de hacer en nuestro seguimiento de Jesús pero que sin embargo muchas veces sentimos que nuestro corazón está dividido?

Y ese primer grito desgarrador de Jesús porque sentía que había de recibir un bautismo que ya parecía que estaba tardando, es el fuego del amor que arde fuerte en su corazón desde el que quiere llenar de vida el mundo que le rodea. Un día también les había dicho a aquellos que aspiraban a los primeros puestos si estaban dispuestos a beber su mismo cáliz o ser bautizados con el mismo bautismo que el de Jesús. Y aquí es donde nosotros tenemos que pensar nuestra respuesta, si queremos o no dejarnos envolver por ese fuego del Espíritu que haga de nosotros unos hombres nuevos.

¿Tenemos miedo al fuego del amor? ¿Trataremos igualmente de templar el ardor de ese fuego como hacemos tantas veces cuando simplemente vamos queriendo poner remiendos a nuestra vida? ¿Habremos pensado lo suficiente lo que significa, lo que tiene que significar en todas sus consecuencias ese bautismo de Jesús? No se nos puede quedar el bautismo en un rito lejano que recibimos un día porque nuestros padres nos trajeron a bautizar cuando éramos niños sin que ahora esté repercutiendo en nuestras vidas con unas actitudes nuevas y con un amor llevado hasta el final. Creo que la escucha de este evangelio va a ser una sorpresa grande para nuestra vida.


miércoles, 21 de octubre de 2026

Es algo serio lo que nos dice Jesús de la vigilancia que hemos de mantener para ver las señales de su llegada, atención y disponibilidad para hacer sitio en nuestro corazón

 


Es algo serio lo que nos dice Jesús de la vigilancia que hemos de mantener para ver las señales de su llegada, atención y disponibilidad para hacer sitio en nuestro corazón

 Efesios 3, 2-12; Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6; Lucas 12, 39-48

Supongamos que un amigo nos anuncia que nos va a venir a visitar, aunque no nos señala en principio el día de su llegada; simplemente nos lo dice para que lo sepamos y tengamos en cuenta aunque no nos pide nada especial; sin embargo ese amigo es para nosotros algo importante, ha sabido estar con nosotros en el momento que más lo necesitábamos y nos ha expresado de mil maneras su cariño y amistad.

¿Qué hacemos ante su anuncio aunque no nos haya señalado fecha aunque suponemos que puede ser inminente y nos llegue en el momento menos pensado porque sabemos además que a él le gusta darnos esas sorpresas? Seguro que ya desde el primer momento estaremos pensando cómo lo vamos a recibir, qué hospedaje le vamos a brindar, tendremos preparado aquello que sabemos que son sus gustos y nos prepararemos para darle la mejor de las estancias. Es la mejor respuesta que podemos dar a las muestras de su amor y no será para nosotros agobio su llegada sino motivo de gran alegría; no son los temores a quedar mal sino el deseo de ofrecer lo mejor de nuestro amor y nuestra amistad.

¿Actuaremos así en todas las facetas de la vida? ¿Le daremos ese sentido a esa vigilancia de la que nos habla Jesús en el evangelio porque siempre tendríamos que estar atentos a su venida a nuestra vida? ¿Es el sentido que le damos a nuestra esperanza?

De muchas maneras y en distintos momentos del evangelio nos habla Jesús de su venida para la que hemos de estar preparados. Fácilmente le estamos dando imagen a estas palabras de Jesús en referencia a una segunda venida al final de los tiempos, o a lo más pensamos en el final de nuestros días cuando vamos a encontrarnos definitivamente con El.

Pero Jesús en distintos momentos nos dirá también cómo viene a nosotros, porque en todo lo que le hagamos al otro es a El a quien se lo estamos haciendo, luego nos está diciendo cómo viene a nosotros en la persona del otro, cómo viene a nosotros en los diferentes acontecimientos que nos van sucediendo en nuestra vida que vienen a ser unos y otros también como sacramentos de su presencia, y pensamos en esa presencia y venida a nosotros cuando celebramos los sacramentos, de lo que también tendríamos mucho que reflexionar.

¿Estaremos, pues, vigilantes y preparados para sentir esa presencia con la que de esa manera viene a nosotros?

Ya no podemos estar pensando en momentos especiales o extraordinarios. Viene el Señor a nosotros de forma sencilla, en pequeñas cosas y gestos; llega el Señor a nosotros en el hermano con el que nos encontramos, en ese pobre que un día nos tiende su mano, en esa persona con la que convivimos o con la que trabajamos, en ese inmigrante o persona desconocida con la que nos cruzamos en la calle, en ese amigo con el que compartimos tantas cosas pero también en ese con el que ocasionalmente hemos hablado porque estábamos juntos en la parada del autobús. Pero quizás no estábamos vigilantes, para nosotros fue una cosa más que nos sucedió o un encuentro con alguien que tuvimos en ese momento y no supimos darle trascendencia a ese momento, y no fuimos capaces de que Dios estaba llegando a nosotros en esa persona, en esa palabra, en ese gesto, en ese acontecimiento.

Es algo serio lo que nos dice Jesús de la vigilancia que hemos de mantener, de la atención que hemos de prestar, de la disponibilidad de nuestro espíritu que siempre ha de estar atento y vigilante, de la apertura que siempre tiene que haber en nuestro corazón para hacer sitio en el para cualquiera que llegue a nosotros. El Señor nos ha avisado y a lo largo del evangelio nos ha ido dejando muchas pautas por las que tenemos que reconocer su presencia. ¿Pasará el Señor a nuestro lado y no nos daremos cuenta? ¿No tendríamos que despertar más nuestra fe y nuestra esperanza? No perdamos la alegría del encuentro con el amigo, de nuestro encuentro con el Señor.


martes, 20 de octubre de 2026

Vigilancia y atención, espera y esperanza vividas con sentido, grandeza en nuestra disponibilidad y espíritu de servicio, desarrollo de valores y cuidados, señales del Reino de Dios

 


Vigilancia y atención, espera y esperanza vividas con sentido, grandeza en nuestra disponibilidad y espíritu de servicio, desarrollo de valores y cuidados, señales del Reino de Dios

Efesios 2, 12-22; Salmo 84; Lucas 12, 35-38

¿Para qué te molestaste en venir a buscarme? Quizás le hemos dicho, sorprendidos por su generosidad al venir a nuestro encuentro cuando quizás veníamos de viaje y ya andábamos pensando a ver cómo solucionaremos la forma de llegar a casa, al encontrarnos con que sin nosotros haber pedido nada allí estaban para recibirnos y atendernos. Un momento así siempre se agradece, pero también es un toque de atención para los detalles que nosotros podemos tener con los demás sin que nos lo pidan. Son momentos también en los que se manifiesta la grandeza de espíritu que se puede tener, incluso que deberíamos saber tener atención de los unos con los otros; seguro que luego ya buscaremos formas para manifestar nuestra gratitud.

Me hace pensar en estos gestos humanos que tendríamos que saber tener los unos con los otros, lo que por otra parte realmente nos está pidiendo Jesús hoy en el evangelio. Nos habla de vigilancia y de atención, de esperas y de esperanzas vividas con sentido, de la grandeza que hemos de dar a nuestra vida desde nuestra disponibilidad y nuestro espíritu de servicio, de lo activa que tiene que ser nuestra vida que es más que ver pasar los días de una forma monótona y que nos tiene que llevar a aplicarnos con toda responsabilidad en las tareas que tenemos entre manos que es ciertamente la construcción de ese mundo en el que vivimos que hemos de mejorar cada día, de ese desarrollo de nuestros valores y cualidades porque como nos dirá en otro lugar no nos podemos contentar con enterrarlos en lugar seguro para que no se pierdan.

‘Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame’, nos dice Jesús hoy. No puede ser una actitud pasiva, la espera es en vigilancia, que es disponibilidad pronta. Por eso nos dice que hay que tener ceñida la cintura; cuando nos acostamos ya sea para el descanso o simplemente para pasar el tiempo porque no tenemos más que hacer, nos aflojamos el cinturón como una manera también de estar más cómodos; pero eso es señal de pasividad en nuestra inactividad, por eso nos dice que hay que tener las lámparas encendidas y para que esa luz se mantenga encendida tenemos que cuidar que no falte el aceite, no nos suceda como a aquellas doncellas que no llevaron aceite cuando esperaban al novio de la boda. Además no nos podemos dormir, porque el dueño puede llegar en cualquier momento y hay que abrir la puerta a su tiempo.

Creo que Jesús nos está sugiriendo muchas cosas que hemos de tener en cuenta en nuestra vida; nada de pasividad, nada de dejarnos dormir porque ya tendremos tiempo cuando nos avisen, nada de irresponsabilidad en la vida porque tenemos que estar preparados; nada de quedarnos tras la ventana para ver por dónde andan los tiempos; sí de vigilancia y atención porque cada momento es importante; sí de ojos bien abiertos porque sabemos que el Señor llega a nuestra vida también y principalmente en aquellos que están a nuestro lado o en aquellos que aunque los desconozcamos llegan a tocar a las puertas de nuestro mundo y en ellos viene el Señor.

‘Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo’, continúa diciéndonos Jesús. Nos está llamando bienaventurados porque si le estamos esperando así Él nos sentará en la mesa de su Reino. ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre… a heredar el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’, como nos dice que será esa bienaventuranza en el final de los tiempos. Nos hará sentar a su mesa y nos irá sirviendo. Es el Banquete del Reino definitivo del que nos hará participar. ¿Nos lo mereceremos? Es el regalo de su amor. Como se suele decir Dios nunca se queda atrás en esa medida del amor.


lunes, 19 de octubre de 2026

Busquemos y cultivemos los mejores valores para sentirnos verdaderamente humanos y haciendo que trascienda nuestra vida también en las huellas que dejamos a nuestro paso

 


Busquemos y cultivemos los mejores valores para sentirnos verdaderamente humanos y haciendo que trascienda nuestra vida también en las huellas que dejamos a nuestro paso

Efesios 2, 1-10; Salmo 99; Lucas 12, 13-21

Hay personas que nacen ciegas y no pueden ver porque la naturaleza les ha negado ese don pero hay sin embargo que se hacen ciegos, no porque se dañen los ojos de la cara sino porque su mente y su voluntad es la que se ha cegado cuando ha perdido la capacidad de dominio de sí mismo y son otras cosas los que los dominan; muchas cosas que son buenas en sí mismas pueden sin embargo dominarnos de manera que ya no tengamos control de nuestras decisiones, de lo que queramos hacer o de lo que es la vida misma para esa persona. Todo lo que nos domina sin control nos ciega, nos quita la libertad, nos merma como persona, y pueden ser los mejores deseos que tengamos pero que cuando se nos van fuera de nuestro control nos convierten en ciegos de la vida. En ese campo podemos pensar en todas las pasiones, que son parte de nuestro ser y que nos pueden dar impulso para muchas cosas buenas, pero que cuando se salen de control y nos dominan merman nuestra capacidad de ser personas en todo el sentido y plenitud de la palabra.

Es bueno y normal que deseemos lo bueno y lo mejor para nuestra vida, que deseemos la posesión de unos medios que nos va a ayudar y facilitar el desarrollo de una vida con total dignidad, pero cuando ese deseo de posesión de unos bienes para el desarrollo de la vida supera lo que en verdad necesitamos y se convierte en codicia comienza a cegar nuestra vida. El llegar a ese control y dominio depende de nosotros mismos para descubrir lo que es justo y necesario y para no convertir esos bienes o posesiones materiales en el todo de nuestra vida, en un ídolo al que adoramos perdiendo así todo el sentido de nuestra vida.

Es de lo que nos quiere hoy prevenir Jesús en el evangelio. La ocasión viene de una petición que alguien le hace para que medie con su hermano por los problemas de la herencia; fuerte caballo de batalla que tantas guerras provoca y tantas familias destruye por esa ambición sin control por la posesión de unos bienes, aunque este caso que le plantean a Jesús se trate de una herencia.

Pero esto le da oportunidad a Jesús para hacernos una severa advertencia. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Hacer que toda la vida de la persona dependa de los bienes que posea, de manera que se convierte en hambrienta ambición que es difícil de saciar. Siempre nos parece poco, siempre queremos más. Y muchas veces ya no se trata de tener para disfrutar del beneficio de esos bienes, sino por el gozo que siente en su interior por lo que tiene acumulado, aunque no lo disfrute. Es una tentación en la que todos podemos caer incluso en una carencia o una limitación de bienes que tengamos, pero que el agobio por acumularlos nos impide incluso disfrutar de lo más elemental de la vida. Muchos podemos contemplar en ese sentido en torno nuestro. ¿Para qué tanto si no sabe disfrutarlo?

Y Jesús propone una pequeña parábola. El hombre que tuvo una gran cosecha de manera que tuvo que agrandar sus bodegas y graneros para guardar y acumular todo lo que había cosechado. Ya pensaba que podía vivir la vida a lo grande porque tenía bienes suficientes para mucho tiempo, pero aquella noche falleció. ¿De qué le sirvió el tener sus bodegas y graneros a rebosar? ¿Cuál era en verdad el sentido de su vida?

Es la pregunta que tenemos que hacernos ante tanto agobio con el que vivimos muchas veces con nuestros trabajos. ¿Qué es lo que le va a dar verdadera felicidad a la persona? Decimos muchas veces que queremos lo mejor para nuestras familias y para tener los medios con que ofrecerle lo mejor viven en esos agobios, pero ¿qué es lo que en verdad hará más feliz a esa familia? No podemos, por ejemplo, disfrutar de la presencia de los nuestros, aunque luego le ofrezcamos todas las riquezas. ¿Es eso felicidad? ¿Es así como conseguimos lo mejor para el desarrollo de la persona humana si nos ha faltado la humanidad del encuentro y de la convivencia? No son cosas las que tenemos que regalar sino lo que les hace sentir de verdad nuestro cariño con nuestra presencia y cercanía.

Busquemos y cultivemos los mejores valores que nos hacen sentirnos más humanos y ahí son muchos los detalles en los que podemos manifestarlos; démosle trascendencia a nuestra vida y a lo que hacemos porque lleguemos a sentir verdadero gozo en nuestro espíritu; nos trascendemos con futuros de eternidad porque en Dios es donde vamos a alcanzar la plenitud de nuestra vida, pero hay también una trascendencia que podemos vivir en el día a día cuando dejamos buena huella para los demás, cuando sembramos nuestras buenas semillas en el corazón de los que están a nuestro lado o de nuestros hijos; estaremos mostrando un camino en el que nos sentimos verdaderamente libres y dueños de nuestros actos sin cegarnos ni esclavizarnos aunque sea de los mejores deseos.


domingo, 18 de octubre de 2026

Tenemos que sentirnos responsables de esa sociedad en la que vivimos y que entre todos tenemos que hacer mejor, y con ello, no lo olvidemos, estamos también dando gloria a Dios

 


Tenemos que sentirnos responsables de esa sociedad en la que vivimos y que entre todos tenemos que hacer mejor, y con ello, no lo olvidemos, estamos también dando gloria a Dios

 Isaías 45, 1. 4-6; Salmo 95; 1Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21

¿Por qué no sabremos aceptar que también aquellos que no piensan como nosotros también puede hacer cosas buenas y aceptar que también según su conciencia puede haber rectitud en sus vidas? Como no sean de nuestra onda ya pensamos que todo lo que intentan está tergiversado y no son capaces de tener una buena idea. Desgraciadamente es el enfrentamiento que estamos viendo de continuo en nuestra sociedad, donde nunca somos capaces de seguir edificando sobre las bases de algo bueno que hayan hecho los demás, que serán para siempre nuestros contrincantes; cuanto bueno destruimos desde nuestra suspicacia y nuestras desconfianzas, qué poco sabemos colaborar en lo bueno que hacen los demás aunque no sean de los nuestros, qué destructivos nos volvemos.

Pero esto no es nuevo, ha sido siempre así en el discurrir de los tiempos; cuánto nos cuesta entender que todos estamos en el mismo campo al que podríamos darle una belleza insólita y una productividad maravillosa si nos respetáramos más y no nos pusiéramos tantas zancadillas porque seguimos pensando que todo lo que hace el otro no es tan bueno como lo que nosotros hacemos.

Cómo ejemplo, pero en positivo, tenemos lo que hoy nos dice el profeta que alaba a un rey pagano, que no conoce a Dios, al que considera como un ungido de Dios, que dio la libertad a su pueblo tras la cautividad de Babilonia. ¿No tendríamos que aprender a ver en lo bueno que hacen los demás también una llamada de Dios a nuestros corazones? Así aprenderemos a valorar lo bueno y positivo de cada persona, sea quien sea. Porque aun hoy seguimos haciendo nuestras diferencias y nuestras distinciones, que terminan siendo discriminación de alguien, porque nos parece distinto ya no lo aceptamos. ¿Miramos con los mismos ojos a cuantos se cruzan a diario en nuestro camino cuando empezamos a fijarnos en el color de su piel o su raza de origen, cuando los escuchamos hablar no con nuestro acento o cuando vemos sus costumbres distintas? Cuidado que desde ciertas esferas de nuestra sociedad se están motivando y hasta justificando estas discriminaciones.

Pero hoy el evangelio quiere decirnos mucho más. El episodio parte de aquellos que no aceptan a Jesús y están al acecho para ver cómo pueden eliminarlo y quitarlo de en medio. En esta ocasión se unen para poner a prueba a Jesús quienes podían parecer enemigos irreconciliables como eran los fariseos y los herodianos. Y la trampa va por el camino de los impuestos que han de pagar a los romanos como pueblo dominante. La respuesta de Jesús puede parecer comprometida, es lo que ellos intentan, porque se decantaría en contra de los romanos o en su favor, en contra de los que no querían que se pagaran más que los impuestos al templo o en su contra, con lo que se ganaría la enemistad de unos o de otros; lo que ellos pretendían, como sucede tantas veces en los cuestionamientos políticos, es el desprestigio del adversario.

Pero la sabiduría de Jesús está por encima de aquellas mentes obtusas. Jesús solamente les pide que le muestren la moneda que circulaba y con la que tenían que pagar el tributo. ‘¿De quién es esta imagen?’ La moneda lleva siempre de alguna forma la imagen del poder dominante que es quien la impone. No les queda más remedio que reconocer que la moneda que usaban incluso para sus transacciones comerciales es la moneda que les han impuesto los romanos. ‘¡Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!’

¿Estaremos dando a Dios lo que es de Dios?, podía ser una pregunta que nos tendríamos que hacer. Para nosotros Dios es el que tiene que ser el primero, estar sobre todo y cuanto hagamos tendría que ser siempre para la gloria de Dios. Si la imagen de la monedas que usamos en la vida están en función de esas relaciones que entre unos y otros hemos de tener desde la propia organización de nuestra sociedad, sin embargo no podemos olvidar que llevamos impresa la imagen de Dios en nuestro espíritu, porque la vida misma es un don de Dios, porque Él es nuestro Creador, pero además ha sido grabada en nuestra alma la imagen de Cristo porque él nos ha rescatado, no con oro o con plata, sino con el valor de su Sangre derramada por nosotros, como nos enseña san Pedro en sus cartas, y en el Hijo, en Cristo por la fuerza de su Espíritu hemos sido convertidos en hijos de Dios. ¿No tiene que ser entonces toda nuestra vida en cuanto hagamos siempre para la gloria de Dios?

Pero eso no nos dirime de la responsabilidad que hemos de tener con esa sociedad en la que vivimos. No ya porque usemos o no usemos la moneda con la efigie del César, sino desde nuestra condición de ser humano y ciudadano de este mundo con el que tenemos que sentirnos responsables. No somos ajenos a la vida de este mundo ni nos podemos desentender de él; somos también sus constructores porque Dios desde la creación nos lo ha puesto en nuestra manos y en nuestra manos también ha puesto unos talentos con los que tenemos que realizar la construcción de este mundo.

Cada uno aportaremos de lo que somos y sabemos, cada uno ha de saber respetar también el trabajo de los demás – todos siempre nos merecemos ese respeto, aunque muchas veces nos cueste aceptarlo - porque entre todos tenemos que estar contribuyendo al bien común desde nuestra manera de hacer o de pensar. Tenemos que sentirnos responsables de esa sociedad en la que vivimos y que entre todos tenemos que hacer mejor. Y con ello, no lo olvidemos estamos también dando gloria a Dios.


sábado, 17 de octubre de 2026

Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior, el mundo nos necesita

 


Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior, el mundo nos necesita

Efesios 1, 15-23;Salmo 8; Lucas 12, 8-12

En la vida tenemos que saber actuar con claridad y con congruencia; nuestro actuar, nuestra manera de plantearnos las cosas, los principios por los que nos regimos, que son también nuestras palabras, lo que decimos; todo lo cual tiene como cola una cadena de consecuencias, porque realmente tiene que haber una congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos; podemos proclamar muy bonitos principios pero si luego actuamos de otra manera, ¿de qué nos sirve? ¿dónde está nuestra congruencia? Claro que eso nos obliga a tener las cosas claras, lo que significa que tiene que ser algo que hemos pensado mucho, hemos reflexionado, hemos tratado de profundizar lo más posible.

Cuidado que la superficialidad nos puede desembocar en muchas incongruencias; además en nuestra palabra no nos podemos contradecir, por eso antes de hablar tenemos que pensar mucho las cosas y ahondar en nosotros mismos, en lo que es nuestra vida, como decíamos, esos principios por los que nos regimos, que no son simplemente para lucirnos ante los demás por todo lo que sabemos, sino para manifestar con nuestro actuar que estamos obrando siempre en consecuencia. Todos alegamos fácilmente de la rectitud con que queremos obrar, de la madurez de la que queremos hacer gala y hasta hacemos mil promesas, pero bien sabemos que muchas veces nos resbalamos por unas pendientes que nos hacen salirnos de cauce. Lo vemos con demasiada frecuencia en nuestro entorno, y también tenemos el peligro de deslizarnos nosotros por esas pendientes.

Como cristianos, ¿estaremos actuando con esa congruencia? ¿Tenemos realmente claros lo que son los caminos del Evangelio? Esto es algo que tenemos que analizar alguna vez en nuestra vida, encontrar esos momentos de silencio y reflexión para encontrarnos esa verdad de nuestro interior. No es precisamente el evangelio a lo que le demos demasiado tiempo de reflexión habitualmente; cuanto nos cuesta participar en esos grupos que se nos pueden ofrecer en nuestras comunidades para una mayor profundización de nuestra fe.

¿Estaremos como Iglesia haciendo lo suficiente en este sentido? La semilla ha de llegar a un determinado grado de maduración para que al sembrarla pueda germinar y al final darnos fruto. ¿Estaremos haciendo lo suficiente en este sentido?

Hoy en el evangelio Jesús nos está pidiendo que demos testimonio por El. Declararnos por El ante los hombres, nos dice, dar la cara. No lo podemos negar, pero tampoco podemos actuar como si no tuviéramos fe en El, y esa fe no es solo que recemos o vayamos a los actos de culto, comulguemos todos los domingos o recibamos los sacramentos en su momento.

Es mucho más, porque es nuestra manera de actuar en la vida, son nuestras relaciones con los demás, es la rectitud con que vivamos desde lo más hondo de nosotros mismos, es la asunción de nuestras responsabilidades con todas sus consecuencias, son los planteamientos que nos hacemos de cara a nuestra sociedad… en cada cosa, en cada momento hemos de actuar como cristianos, hemos de actuar en consonancia con lo que nos enseña el evangelio, es lo que hablamos o lo que decimos, el consejo que damos o la atención que le prestamos al otro. Y no es que tengamos que estar en todo momento nombrando a Dios, pero sí que aquello que hacemos o que decimos tenga ese sentido y ese valor desde la trascendencia de nuestra fe.

Pero Jesús hoy nos está enseñando algo más, a confiar en la asistencia y la inspiración del Espíritu Santo en cada momento y en cada situación. Como nos dice, no tenemos que preocuparnos de preparar nuestra defensa cuando seamos llevados a los tribunales, porque el Espíritu Santo obrará en nuestro interior y pondrá palabras en nuestros labios y actitudes y posturas en nuestra vida. Tenemos que creer en esa asistencia del Espíritu Santo y dejar que actúe en nosotros.

Seguro que tenemos la experiencia de que cuando vamos en la vida dejándonos así guiar por la fe y la gracia de Dios ha habido momentos en que hemos hablado y en que hemos actuado de forma que nosotros mismos nos hemos asustado del acierto y valentía con que obramos. ¿Por qué no creer en esa fuerza del Espíritu que actúa en nosotros? Mira que hoy nos dice del terrible pecado que es actuar contra la acción del Espíritu de Dios.

Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior.


viernes, 16 de octubre de 2026

Con Dios de nuestra parte se acabaron los miedos, caminamos con paso seguro aun con nuestras debilidades, nos sentimos amados emprendiendo con valentía los caminos del amor

 


Con Dios de nuestra parte se acabaron los miedos, caminamos con paso seguro aun con nuestras debilidades, nos sentimos amados emprendiendo con valentía los caminos del amor

Efesios 1, 11-14; Salmo 32; Lucas 12, 1-7

Por muy valientes que nos sintamos o digamos que somos siempre en la vida tenemos algunos miedos; muy maduros tenemos que ser para ser capaces de afrontar todos esos miedos y sentirnos de verdad liberados interiormente, pero no siempre somos tan maduros, tenemos nuestros miedos y dudas, incertidumbres ante el futuro de la vida, interrogantes a los que no siempre sabemos dar respuesta, desconfianzas ante los que nos rodean porque muchas veces dudamos de su sinceridad, miedos a los fracasos o a la pérdida de prestigio, a que la gente nos vea débiles si nos manifestamos cómo somos y entonces comiencen a no tener consideración de nosotros, miedos a que no seamos capaces de ser eficaces en lo que hacemos y lo llevemos todo a la ruina, muchas cosas que se nos meten en el alma y a veces nos hacen ser excesivamente cuidadosos, de manera enfermiza en ocasiones.

Nos sucede en la vida de cada día, en esos deseos de superación que tengamos que algunas veces se pueden desinflar y perder la presión, en los ámbitos de nuestra fe y de lo que es el seguimiento de Jesús. ¿Nos sentimos en verdad siempre seguros? ¿No habrá cosas que nos llenen de temores sobre todo cuando tenemos que vivir nuestra fe en un mundo que nos parece adverso? Podemos perder la paz en ocasiones. Los mismos derroteros de la Iglesia a veces nos hacen hacernos preguntas. Ahora mismo con la enfermedad imprevista del Papa nos sentimos inquietos en nuestro interior y hasta en ocasiones nos cuestionamos los caminos de Dios. Pero tenemos que convencernos que no son nuestros caminos los que tienen que imperar y que los designios de Dios van mucho más allá de lo que nosotros somos capaces de ver.

Hoy Jesús en el evangelio les dice a los discípulos y a todos aquellos que le escuchaban y querían seguirle que no tengan miedo. Los caminos no están siendo tan fáciles como algunas veces nosotros queremos ver; aunque en ocasiones se congregaban muchedumbres para escucharle y hasta son capaces de irse con Jesús hasta los lugares más insospechados, por detrás hay quienes están ronroneando, poniendo en duda lo que Jesús hace y su autoridad, presentando luchas de oposición en los comentarios que hacen o en las preguntas que le plantean a Jesús.

Pero Jesús les dice que no tengan miedo, que tengan cuidado con la levadura de los fariseos porque puede malear la masa y no querer dejar que fermente ni germine la semilla de evangelio que Jesús va sembrando. La oposición se puede volver violenta; en ocasiones ya Jesús comienza a anunciarles que en el futuro va a ser presentados incluso a los tribunales o metidos en la cárcel, por eso ahora les dice que no teman a los que pueden matar el cuerpo, que peor es que nos hieren por dentro, que quieran cauterizar esas semillas plantadas en nuestro corazón para volverlas estériles; por eso les dice que cuidado con los que les puedan llevar por caminos de perdición.

Y para afrontar todo eso Jesús les pide confianza. Les habla que el Padre del cielo nos ama y nos conoce y estará siempre de nuestro lado. Nos dice que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, para expresarnos cómo estamos en el corazón de Dios, o nos dice que si no valemos más que unos pajaritos del campo a los que Dios cuida, ¿no valdremos nosotros mucho más a los ojos de Dios?

Tenemos que saborear el sentirnos amados por Dios. Ahí está la clave. No es que digamos a ver cuántas cosas tenemos que hacer para contentar a Dios y Dios nos ame y cuide de nosotros. El amor de Dios está primero. El amor de Dios va por delante. Como nos dirá más tarde san Juan en sus cartas, no es que nosotros hayamos amado a Dios sino en que Dios nos amó primero y ese amor de Dios permanece para siempre. ¡Con qué seguridad y confianza en consecuencia hemos de sentirnos!

Con Dios de nuestra parte se acabaron los miedos, podemos caminar con paso seguro a pesar de nuestras debilidades; nos sentimos amados y eso engrandece nuestro espíritu y nos hace emprender también con valentía esos caminos del amor.