Comer
el cuerpo de Cristo y beber su sangre es la manera de entrar en comunión con
Jesús para vivir su vida y ser resucitados a la vida eterna
Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Salmo 116;
Juan 6, 52-59
En ocasiones hay cosas que nos
desconciertan en la vida, se nos vuelven intragables, nos cuesta entender,
podemos cruzarnos de brazos, por decirlo de alguna manera, y hacer como si esto
no fuera con nosotros, o buscamos razonamientos, justificaciones y
explicaciones que muchas veces también nos cuesta hacer, o lo aceptamos sin
más, casi como un misterio más de la vida y tratamos de arreglárnosla como
podamos. Pero quizás en una experiencia profundamente vital lo vamos haciendo
nuestro para llegar no quizás a explicaciones, pero sí a ser algo que va a
formar parte de nuestra vida y que al final nos irá haciendo comprender muchas
cosas. Y es algo no solo en lo material sino en el sentido más espiritual de la
vida con lo que nos podemos encontrar.
Así se encontraban en aquel momento los
judíos de Cafarnaún ante la deriva de las palabras de Jesús en aquella búsqueda
que iban realizando que les hacia ir tras Jesús por todas partes aun hasta los
descampados donde parecía que Jesús quería refugiarse con sus discípulos más
cercanos en algunas ocasiones. Así había sucedido cuando ante la carencia de
provisiones Jesús les había alimentado milagrosamente allá en aquellos lugares
apartados hasta donde le habían seguido. Ahora habían venido a Cafarnaún en su
búsqueda y allí lo habían encontrado.
Pero en aquel encuentro Jesús les había
hecho pensar en lo que ellos jamás habrían adivinado. Desde plantearles lo que
de verdad sentían en su corazón cuando le buscaban, el por qué de sus
búsquedas, pero de la necesidad de poner toda su fe en El para poder encontrar
caminos de vida. Jesús les hablaba de un pan del cielo que habían de comer y
que no era el maná que el desierto Moisés les había dado, porque ahora Jesús
les decía que El era ese pan de vida, que era necesario comerle para tener vida
para siempre, para alcanzar la vida eterna.
Les costaba entender esa adhesión tan
radical que Jesús les estaba pidiendo. En sus visiones confundidas de lo que
sería el Mesías no terminaban de entender el mensaje de Jesús de lo que en
verdad significaba ese Reino de Dios del que tanto les había hablado. Ese pan
de vida se tenía que convertir en el sentido nuevo de todo que les ofrecía
Jesús y que tendría que hacerles entrar en un nuevo sentido de comunión con
Jesús. Por eso ahora Jesús les habla de comer, de comer su carne y de beber su
sangre para poder tener vida eterna; si Jesús les había pedido que había que
creer totalmente en el para ser resucitados en el ultimo día, ahora les está
diciendo que esa fe tiene que llevarles a una comunión tan grande como que
tienen que hacerse una sola cosa con Jesús.
Como el alimento que comemos y que lo
asimilamos de tal manera que se hace uno con nosotros, porque es el que va a
sostener nuestra vida, nos dará esa energía y fuerza que necesitamos para
vivir, no solo para que nuestros órganos vitales puedan funcionar, sino que es
la vida que es algo mucho más profundo que hay en nosotros, en nuestro existir.
Y Jesús nos dice entonces que tenemos que comerle para que haya esa asimilación
profunda de la vida de Dios en nosotros, para que podamos llegar a esa comunión
que nos hace uno con Jesús, de manera que nuestro vivir no es el vivir a
nuestra manera sino el vivir en el estilo y en el sentido de Jesús.
Y eso nos cuesta expresarlo con
nuestras palabras humanas, y tenemos que emplear una terminología que nos acerque
a ese sentido de vida que Jesús nos ofrece, por eso Jesús habla de comer su
carne y de beber su sangre, alimento de vida eterna, alimento que nos hace
vivir no nuestra vida sino la vida de Dios. En aquel momento de las palabras de
Jesús no se nos dice como se realizará ese misterio de vida que nosotros
llegaremos a comprender muy bien desde la cena pascual.
Pero aquel fue un momento de
desconcierto para todos, algunos lo abandonaron porque dura era aquella
doctrina, los discípulos más cercanos no son ajenos a ese desconcierto, pero el
amor que sienten por Jesús y el querer estar unidos a Jesús para siempre –
¡cómo les costaría su ausencia cuando llegó el momento de la pasión! – les hace
ahora estar con Jesús. ‘¿A dónde vamos a acudir si tú tienes palabras de
vida eterna?’, confesará Pedro. ¿Será esa la confesión que nosotros también
hagamos para comprender lo que significa comer a Jesús? Por algo a ese
sacramento de Jesús lo llamamos comunión.