Sepamos cultivar esa planta de la amistad con Jesús sabiendo estar a su lado y disfrutar en silencio del perfume de su presencia que es la verdadera oración
Gálatas 1, 13-24; Salmo 138; Lucas 10, 38-42
Las amistades son una planta que hemos de saber cuidar bien y con mucha atención; una amistad descuidada es una planta marchita que si no se reaviva pronto se seca y se muere; no nos vale decir somos amigos porque un día nos encontramos y saludamos, hablamos quizás un poco, pero luego cada uno siguió por su lado y no cuidamos nuevos encuentros y comunicaciones, nuevas muestras de afecto y cercanía para mantener viva aquella planta que nos pudo dar flores hermosas; de la misma manera que tan pronto brota la primera flor ya queremos cogerla y acapararla haciéndonos dueños de ella para hacer lo que nos apetezca; el cultivo lleva su tiempo, es necesario tener paciencia, no pedir antes de tiempo unos frutos que no han madurado, porque lo que hacemos es malograr esa planta. Cuánto tendríamos que aprender en este sentido porque algunas veces parece que queremos edificar comenzando por las ventanas o por el techo sin poner los necesarios sólidos cimientos.
Hoy el evangelio nos habla de unas amistades de Jesús, aquel hogar y aquella familia de Betania que vemos ya compuesta solo por tres hermanos, Marta, María y Lázaro. Hoy se nos presenta una escena que podríamos llamar bucólica; Jesús que llega con sus discípulos, aquella casa quedaba a paso del camino que subía a Jerusalén y por el que habitualmente transitaban los peregrinos que venían de Galilea a través del valle del Jordán.
Nos podemos imaginar fácilmente la escena y el lugar, el patio con sus lugares de sombra para el descanso, el pozo de donde sacar el agua necesaria, el resto del hogar. Allí descansa Jesús; varias veces el evangelio nos mencionará Betania como lugar a donde Jesús solía retirarse estando en Jerusalén por su cercanía. La hermana mayor con esa hospitalidad tan propia del lugar que anda afanada en los preparativos para la acogida de aquel grupo que ha llegado a su casa, María que hace los honores de estar junto a su huésped en amena conversación, aunque surgirán las quejas de Marta porque su hermana estaba embelesada con las palabras de Jesús y no le presta ninguna ayuda. Pero ambas están expresando todos los valores de la hospitalidad y de la acogida y cultivando aquella amistad surgida entre unos y otros.
Es una amistad que se está construyendo y que tendrá su proceso, porque cuando lleguen los momentos difíciles de la enfermedad de uno de los miembros de la familia querrán tener a Jesús con ellos que, aunque avisado, llegará tarde al encuentro. Todo servirá para hacer crecer aquella amistad, que va más allá de unos afectos humanos porque se llenará de trascendencia y una fe sometida a prueba saldrá fortalecida porque sentirán en sus vidas la acción maravillosa de Dios.
Muchas conclusiones podemos ir deduciendo, por una parte, para lo que son nuestras amistades humanas, como decíamos antes, que tenemos que saber cultivar para que se mantengan firmes a pesar de los contratiempos o malentendidos que pudieran surgir; la solución no son las rupturas aunque son posibles las quejas llenas de comprensión; cuánto nos cuesta en ocasiones cómo por cualquier dificultad en que nos pareció que no éramos bien atendidos por el amigo pronto le dimos la espalda olvidando tantos momentos de estar sentados en el patio de la vida simplemente escuchándonos el uno al otro.
Pero trémolo también en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Tenemos que aprender a sentarnos a los pies de Jesús para escucharle, para gozarnos con la paz de su presencia; nuestra oración no puede ser solo un listado de peticiones que llevamos en nuestro portafolio cuando vamos a la audiencia del Señor todopoderoso. Como Marta y como María tenemos que saber ponernos ante El, también con nuestros agobios y muchas preocupaciones de cosas por hacer como Marta, pero con el silencio de María que se sienta a sus pies para escuchar o para disfrutar de su presencia.
No temamos al momento de silencio de nuestros ratos de oración, de esos momentos incluso en que nos parece que andamos perdidos pero que simplemente allí estamos, y allí estamos porque nos sentimos bien, allí estamos porque estamos disfrutando del momento, de una presencia, de un silencio y de una paz en el alma, allí estamos porque queremos escuchar pero para escuchar necesitamos de ese silencio, de ese no andar preocupados por nuestras cosas o quehaceres o incluso los problemas que veamos alrededor, sino escuchar lo que allá en lo más hondo de nosotros mismos vamos sintiendo que irá dando respuesta, seguro que sí, a todas esas cosas o preocupaciones que están ahí encerradas en lo más hondo de nosotros mismos.
Estaremos creciendo en amistad con nuestro Dios; estaremos creciendo en lo que tiene que ser nuestra vida y nuestro seguimiento de Jesús.