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jueves, 6 de agosto de 2026

Ante la inmensidad del misterio de Dios que quiere habitar en nuestro corazón no nos podemos sentir turbados sino llenos de paz y agradecidos por tan inmenso regalo de amor

 




Ante la inmensidad del misterio de Dios que quiere habitar en nuestro corazón no nos podemos sentir turbados sino llenos de paz y agradecidos por tan inmenso regalo de amor

2Pedro 1, 16-19; Salmo 96; Mateo 17, 1-9

Ante la inmensidad de lo infinito nos sentimos sobrecogidos; parece que no entra en la limitación de nuestros números y nuestros cálculos lo que contemplamos como infinito. Ante la inmensidad del firmamento que contemplamos en una noche estrellada, sabiendo como sabemos que entre esos puntos de luz que vemos en el firmamento hay millones de años de luz de distancia, nos sentimos casi como un punto invisible y al tiempo que nos gozamos de esa inmensidad que podemos contemplar pero que no somos capaces de imaginar al mismo tiempo en nuestra pequeñez más aún nos sentimos empequeñecidos y de alguna manera turbados. ¿Quiénes somos ante esa inmensidad? Nos quedamos sin respuesta.

He querido comenzar con cierta imaginación esta reflexión, pero precisamente a partir de lo que hoy contemplamos. La gloria del Señor se manifestó en el Tabor. Jesús había subido a ese monte alto que siempre identificamos con esa montaña del Tabor en medio de las llanuras y valles de Galilea con tres de sus discípulos para orar. Y el evangelio nos desvela el misterio de lo que allí sucedió en el relato del evangelista, al que más tarde Pedro hará referencia en sus cartas, como hemos escuchado en la primera lectura.

Los resplandores del cielo los envolvieron en la alta montaña de manera que Pedro querrá quedarse allí para siempre arrobado por aquellos resplandores. Pero será la voz del Padre la que se escuche en medio de aquella visión señalándonos a Jesús como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Será una nube la que ahora los envuelva cayendo por tierra los discípulos que de alguna manera se sentían transportados al cielo. Había que bajar de nuevo a la llanura; aquel misterio quedará escondido en el corazón porque solo podrán hablar de él después de la pascua, después de la resurrección.

‘No temáis’, les dice Jesús. El velo del misterio se ha descorrido, como el velo del templo de Jerusalén se descorrió también a la muerte de Cristo, porque en Cristo podemos conocer y dejarnos envolver por el misterio de Dios. Si ahora aquellos discípulos pudieron participar de ese momento de gloria Jesús nos dirá que de la misma manera nosotros seremos habitados por Dios. ‘El que me ama y cumple mis mandamientos, nos dirá, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’. Así podremos también nosotros resplandecer con la gloria de Dios. Pide Jesús al Padre que nosotros seamos también glorificados con la misma gloria de Dios con que el Padre le glorificó. ¿No es una gloria que así seamos amados de Dios que nos haga sus hijos?

Celebrar hoy esta fiesta de la Transfiguración del Señor y poder contemplar el Misterio de Dios que se nos revela no es algo que nosotros miremos como ajeno a nosotros. Es Cristo el que ha sido transfigurado, pensamos, pero nos estamos quedando cortos. En Cristo nosotros hemos sido glorificados y eso ha sido para nosotros la participación y vivencia de los sacramentos, que no por la carne ni por la sangre ni por ninguna otra razón humana sino por la fuerza de su Espíritu nos ha hecho partícipes de la vida de Dios para hacernos sus hijos.

Siempre recuerdo el hecho aunque no recuerdo a qué santo hacía referencia de cómo aquel buen hombre, con una fe maravillosa, cuando quería orar iba junto a la cuna de su niño recién bautizado y se ponía de rodillas porque decía que tenía la seguridad de que allí estaba Dios porque aún ningún pecado había manchado la pureza de aquella alma. Adoremos, sí, a Dios que quiere habitar en nuestro corazón, pongamos en Él nuestra fe y nuestro amor para sentir cómo en Cristo nosotros somos también glorificados.


miércoles, 5 de agosto de 2026

Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad

 


Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad

 Jeremías 31, 1-7; Jer 31, 10-13;Mateo 15, 21-28

‘¡Ayúdame!’ ¿Lo habremos escuchado alguna vez? Como recurso fácil enseguida pensamos en el amigo que se ve en apuros y que no sabe a quien acudir y cuando nos encuentra, quizás con mucha vergüenza en su cara, nos cuenta su situación. Pero sabemos ciertamente que de una forma u otra lo hemos escuchado muchas veces; quizás íbamos ensimismados repasando la lista de las cosas que vamos a comprar y a la puerta del supermercado nos cruzamos con alguien que nos está tendiendo una mano o en un cartelito nos habla de los hijos pero ante quien pasamos de largo sin detenernos a prestar atención; a la puerta de la Iglesia está quizás el inmigrante de siempre pero al que esquivamos para no tropezar porque ya vamos tarde para misa.

Escuchamos, y de eso sabemos mucho en nuestras islas de las pateras que continuamente llegan a nuestras costas y que con una mirada de esperanza porque ya cruzaron el mar nos están mirando pero que pronto puede convertirse en dolor y desilusión por quienes se quedaron en el mar o porque ahora no encuentran lo que tanto esperaban. ¿No nos están diciendo ¡ayúdame! esos miles que llegaron estos días a Ceuta, - y dejemos a un lago connotaciones y críticas políticas - y que muchos poco a poco han tenido que regresar por donde vinieron porque no encontraron ni un trozo de pan que llevarse a la boca?

¡Ayúdame!’ ha sido el grito que hemos escuchado en el evangelio en aquella mujer y madre cananea que va detrás de Jesús gritando porque tiene una hija muy enferma – poseída por un espíritu inmundo en la concepción de la enfermedad que entonces se tenía – y que parece no escuchar respuesta. Hasta los discípulos le dicen a Jesús que la atienda para que no les moleste más.

Aparecen una consideraciones que vienen a poner a prueba la fe de aquella mujer que vienen quizás a reflejar las consideraciones o las disculpas que nosotros nos hacemos o ponemos cuando vemos esa mano tendida a nuestro lado. Al final Jesús se admira de la fe de aquella mujer, que está hablando y suplicando desde un corazón dolorido, que está hablando y suplicando desde un corazón de madre que sufre en la situación en que se encuentra su hija, que está hablando desde ese mundo de distancias y discriminaciones en que tantas veces nos vemos envueltos; son, podríamos decir, los zapatos que lleva en sus pies cuando se acerca a Jesús, pero es también la fortaleza que le da la fe para creer y para confiar, para sobreponerse a lo que parece un camino lleno de obstáculos, a poner toda su confianza en quien ella sabe que la va a escuchar y ofrecerle el pan de los hijos.

Creo que aquí hay una hermosa lección para nuestra vida, para que aprendamos a superar esas prevenciones con que tantas veces vamos a caminando por la vida que nos hace desconfiados, que nos endurece el corazón y nos insensibiliza; a nosotros con nuestros zapatos de la comodidad nos resulta fácil el camino, pero tenemos que ponernos en los zapatos de esos que nos están tendiendo una mano, que los tenemos a las puertas de nuestros establecimientos y de los que pasamos de largo, que llegan a nuestras costas tras infames travesías y habiendo dejado atrás sus seres queridos en sus particulares situaciones y su tierra, o que llegan a nosotros de la manera que sea. ¿Seremos capaces de ponernos en sus zapatos de su pobreza y su miseria, de sus sufrimientos y soledades?

Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad en nuestros corazones, a poner más compromiso de amor con ese mundo que queremos hacer mejor, a darle todo el valor de su dignidad como personas a sea quien sea el que llegue a nuestro lado. Este evangelio de la cananea nos dice mucho.


martes, 4 de agosto de 2026

Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

 


Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Salmo 101; Mateo 15, 1-2. 13-14

Uno de los signos anunciados por el profeta por los que había de reconocerse la llegada del Reino de Dios era que los ciegos recobrarían la vista. Así lo proclamó Jesús en la sinagoga de Nazaret con aquel texto proclamado del profeta Isaías; y Jesús había dicho al terminar su proclamación que aquello allí anunciado se estaba cumpliendo entonces.

Bien vemos a lo largo del evangelio cómo se repiten las curaciones de los ciegos que acuden a Jesús y bien nos proclamará Jesús que El es la luz del mundo. ¿Para qué es la luz? Para que podamos ver, pero también para que podemos iluminar; tenemos que iluminar. Pero además nos está pidiendo que nosotros seamos luz y la luz no se puede ocultar, tiene que ponerse en el lugar más estratégico para que todos se puedan iluminar. Así nos pedirá que salgamos a nuestros caminos con la luz en nuestras manos para que todos sean iluminados; así hemos de tener cuidado que no nos falte el combustible que mantenga encendida nuestra luz, no sea que nos pase como a aquellas doncellas que no fueron previsoras y no llevaron alcuzas con suficiente aceite para mantener encendidas sus lámparas.

Pero hoy nos encontramos con lo que sería un contrasentido, los ciegos que no reconocen su ceguera, creen que ven pero sus ojos están ciegos, no tienen luz pero rechazan la luz. Ya lo decía el evangelio de Juan al principio, las tinieblas rechazaron la luz. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Surge el comentario a raíz de lo que le dicen los discípulos a Jesús. Los fariseos se habían escandalizado con las palabras de Jesús. Y Jesús no había hablado sino de la necesaria autenticidad de nuestra vida que no se puede quedar en apariencias. Nos pide Jesús que miremos el corazón que es de donde sale la más terrible maldad. ‘Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre’.

La ley del Señor que pedía la pureza interior desde la mayor autenticidad se había transformado con las normas y preceptos que se les hacían insoportables de lo que podían o no podían comer porque solo por eso se convertía en impuro el hombre. Y venían las normas de lavarse las manos para no caer en esa impureza por algo que pudieran haber tocado. Era algo muy arraigado en la fe judía y de lo que les costó liberarse. Recordemos aquella visión de Pedro en la que descendía del cielo un gran mantel con toda clase de alimentos y se le decía a Pedro que tomase de aquel mantel y comiese; Pedro se negaba porque allí había alimentos impuros, pero el Señor le decía que lo que Dios declaraba puro porque de sus manos había salido el hombre no podía declararlo impuro.

Ahora ante la observación de Jesús para que examinemos lo que sale de nuestra boca, lo que sale dentro de nosotros cuando tenemos el corazón lleno de maldad, los fariseos se escandalizan. Y es cuando Jesús nos deja esta observación de que son ciegos que no quieren reconocer su ceguera y por eso nunca irán en la búsqueda de la luz. ‘Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo’.

Que no nos sucede a nosotros esto. Tenemos cegueras porque son muchas las debilidades que nos envuelven; somos ciegos muchas veces cegados por el orgullo y por el amor propio; somos ciegos en nuestras autosuficiencias en que no nos dejamos enseñar; somos ciegos en nuestras insolidaridad que nos encierra en nosotros mismos; somos ciegos que solo nos miramos a nosotros mismos y lo que son nuestros intereses; somos ciegos arrastrados por la vanidad que nos hace creernos los mejores y los superiores; somos ciegos y no somos capaces de ver un hermano en quien está a nuestro lado sea cual sea su condición. Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo.


lunes, 3 de agosto de 2026

Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

 


Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

Jeremías 28, 1-17; Salmo 118; Mateo 14, 22-36

Queremos hacernos los valientes, pero todos pasamos por momentos de miedo; lo negamos muchas veces o lo disimulamos pero es reacción sicológica normal en cierto modo como una defensa ante situaciones en que nos vemos o nos parece encontrarnos en peligro. Una noche tenebrosa para atravesar caminos oscuros, llenos de sombras, con rincones desconocidos es la imagen que primero se nos presenta de lo que es el miedo; pero son muchas situaciones en la vida, muchas veces inesperadas y sorpresivas que no sabemos a dónde nos llevan, son situaciones de soledad vividas de muchas maneras en que nos parece que nadie nos tiene en cuenta, momentos en que nos parecía sentirnos seguros pero vemos que todo se mueve bajo nuestros pies, y no es solo lo físico o lo geográfico sino situaciones o problemas de la vida a los que continuamente tenemos que enfrentarnos.

¿A dónde nos agarramos? ¿Dónde encontraremos la fortaleza cuando nos sentimos con esa debilidad? ¿Qué nos puede dar seguridad que nos quite todos nuestros miedos? ¿Cómo salir de esas soledades? Son muchas las cosas que se nos plantean.

He comenzado haciéndome esta reflexión y estas preguntas en lo humano sobre nuestros miedos porque nos encontramos hoy en una situación de los discípulos de Jesús en que verdaderamente sintieron miedo, tanto como para recibir un reproche de Jesús. Había sido el episodio de la multiplicación de los panes y de los peces y Jesús los había apremiado para que cogieran una barca y fueran de regreso. Jesús. se quedó aparentemente para despedir a la gente, pero ellos iban solos en la barca. No había por qué tener miedo porque muchos de ellos eran unos avezados pescadores. Pero la travesía se les puso difícil, el viento les venía en contra, no podían avanzar y esto podía ser presagio de una tormenta como las que frecuentemente se desataban sobre el lago. El miedo comenzó a apoderarse de ellos, porque además Jesús. no iba en la barca con ellos. Travesías de la vida que muchas veces se nos hacen difíciles y sentimos la soledad de quien pudiera darnos ánimos.

Comenzaron a ver fantasmas en sus miedos porque alguien parecía que venía caminando sobre el agua; y comenzó a hacerse patente ese miedo y esas angustias que se desataban en el alma. ‘Se asustaron y gritaron de miedo’, comenta el evangelista. Pero no era un fantasma, era Jesús que venía a su encuentro. ¡Vaya si Él conoce nuestras debilidades y nuestros miedos! ‘Soy yo, no temáis’ era la voz de Jesús que podía darles seguridad y confianza pero aún Pedro desconfiado insiste en que él pueda también bajarse de la barca y caminar sobre el agua. Y ante la invitación de Jesús se arriesgó, aunque persistían los miedos en su interior y ante la menor ola le parecía que se hundía. Los vaivenes de la vida por los que todos pasamos; nos queremos hacer valientes o llenarnos de confianza, pero pronto quizás notamos que las cosas no son tan fáciles y volvemos a retroceder en lo que parecía que habíamos avanzado

¿En qué quedamos? ¿Comenzaremos a confiar o seguiremos con nuestros miedos? ¿Aprenderemos a sentir la mano amiga de Jesús que nos sostiene? Cuando pongamos toda nuestra fe y confianza podemos en verdad sentirnos seguros, pero algunas veces nos cuesta. Pero pronto podremos sentir esa paz y esa serenidad interior que tenemos que saber agradecer. Es algo que no tendríamos que perder nunca, algo que tenemos que saber buscar y pedir. Algo que va a dar fortaleza a nuestra vida cristiana, algo que hará que nunca nos sintamos solos.

Dios nos va poniendo señales en esos caminos de la vida que nos alientan, que nos dan seguridad, que nos hacen perder los miedos. Siempre habrá una palabra buena y de ánimo que escuchamos quizás de quien menos lo esperamos, siempre aparecerá una persona buena que se pone a nuestro lado, quizás en silencio, pero que se convierte en nuestra compañía, siempre pueden aparecer cosas que nos suceden y que nos abren nuevos caminos, siempre habrá una luz encendida aunque sea tenue en nuestra senda que nos dará seguridad a nuestro caminar.


domingo, 2 de agosto de 2026

La compasión y la misericordia mueven a la compasión que se convierte en lluvia que transforma la sequedad y aridez en el campo florido de una nueva humanidad

 


La compasión y la misericordia mueven a la compasión que se convierte en lluvia que transforma la sequedad y aridez en el campo florido de una nueva humanidad

Isaías 55, 1-3; Salmo 144; Romanos 8, 35. 37-39; Mateo 14, 13-21

La compasión y la misericordia mueven también a compasión; la ternura de un corazón que se derrite de amor nos hace sentir cómo se despierta esa ternura de nuestro corazón. Las lágrimas que se desprenden de un corazón compasivo se convierte en lluvia dorada que transforma nuestra sequedad y aridez en campo florido de amor. Por eso tenemos que estar convencidos que es el amor y solo el amor el que transforma nuestro mundo para bien y para poder alcanzar la mejor armonía de paz.

Con este pensamiento vengo a resumir lo que es el hermoso mensaje que nos transmite hoy la Palabra de Dios. Pudieran parecernos bellas anécdotas o historias ejemplares las que se nos ofrecen pero están manifestándonos toda la hondura del amor de Dios que es el que tiene que envolver nuestra vida y que nosotros hemos de resumar por nuestros poros para transformar nuestra vida pero también para transformar el mundo que nos rodea.

No podemos ir de insensibles por la vida porque nosotros personalmente tengamos más o menos resuelta nuestra situación. La autosuficiencia es muy peligrosa porque produce sequedad e insensibilidad en nuestro corazón. La mirada con que contemplemos el mundo que nos rodea, si es que en verdad somos humanos y además nos llamamos cristianos seguidores de Jesús tiene que ser un reflejo de la mirada de Jesús. Hoy lo contemplamos en el evangelio y vemos que aquella mirada de Jesús. transformó la mirada de los que estaban a su lado despertando en ellos nuevas actitudes aunque no supieran bien cómo resolver el problema.

Nos comienza narrando el evangelista que cuando Jesús se enteró de la muerte de Juan Bautista quiso irse con sus discípulos más cercanos a un lugar tranquilo y apartado. ¿Quitarse del punto de mira de Herodes y de cuantos ya comenzaban a tramar contra El? Entra dentro de toda lógica humana, aunque como veremos en otros momentos también le gusta irse con sus discípulos cercanos a lugares de retiro y de silencio que aprovechaba para instruirlos de manera especial.

La gente se entera de los caminos que está tomando Jesús y a través de cualquier senda llegan al lugar donde iba a ir Jesús. Una multitud agotada por los caminos, haciéndose acompañar también por sus enfermos y cuantos sufrían le sale al encuentro. Y nos dice el evangelista que a Jesús. se le conmovieron las entrañas; normalmente traducimos la palabra utilizada por el evangelista como lástima o compasión, pero en la raíz griega de la palabra empleada viene a significar lo que hemos dicho, se le conmovieron las entrañas. Afloró la misericordia y la compasión, o lo que es lo mismo, poner el corazón al lago de la miseria y del sufrimiento; ¿no tiene que surgir entonces la ternura? Se puso a enseñar y a curar a los enfermos.

Pero aquella ternura del corazón de Cristo estaba también contagiando a los que le rodeaban. Como se hacía tarde vienen a decirle que los despida, que es tarde, que no tienen provisiones, que puedan ir a las aldeas cercanas a buscarse algo que comer. Era una señal en los discípulos de ese contagio de amor aunque no sepan qué más pueden hacer porque solo tienen cinco panes y dos peces. ¿Y qué es esto para tantos?

‘Dadle vosotros de comer’, les dice Jesús. No se tienen que ir abandonados a su suerte. ¿Sentís esa compasión en vuestro corazón? ‘Dadles vosotros de comer’. Nuestra preocupación no es sólo constatar la realidad sino que tiene que llegar a poner remedio, a buscar soluciones. Muchos trabajos de campo nos hacemos para ver la realidad, pero que se quedan ahí en un estudio bonito sin encontrar soluciones, y las soluciones tienen que pasar por nuestro compromiso personal que significa contar con lo que somos o tenemos, pero contar con las personas. Jesús. quiere contar con sus discípulos, entonces y hoy.

Hubo que sentar a las personas - ¿para que encontraran descanso en sus cansancios? - , porque venían exhaustos por el camino; hubo que ir encontrando aquellos cinco panes y dos peces de lo poco que tenían; hubo que comenzar a tener la predisposición de repartir y compartir, allí estaba la mano de Jesús en las manos de los discípulos que comenzaron a repartir el pan y los peces. Floreció el amor. ¿Serán pasos que tenemos que ir dando para que florezca nuestro mundo en una nueva humanidad?

Es el amor y la compasión el mejor caldo de cultivo que tiene que reflejarse en nuestras vidas. Y Jesús. quiere contar con nosotros, contigo y conmigo, aunque digamos que no tenemos sino unos pocos panes que no son suficientes para todos. Si me los guardo solo para mi claro que no alcanzarán, pero cuando llegan a conmoverse las entrañas como una madre que siente en su corazón lo que le pasa a sus hijos, comenzaremos a desprendernos, comenzaremos a olvidarnos de nosotros mismos, comenzaremos a desparramar amor.

Así estaremos creando una nueva humanidad.


sábado, 1 de agosto de 2026

El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

 


El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

Jeremías 26, 11-16. 24; Salmo 68; Mateo 14, 1-12

¿Qué hacemos si algo nos molesta? Ya buscaremos la forma de hacerlo desaparecer para que no vuelva a molestarnos. Si es una piedra que se nos atraviesa en el camino la tiraremos ladera abajo para quitarla de en medio y no nos vuelva a entorpecer nuestro paso; quizás no se nos ocurra tratar de sacar algo bueno y utilizarla quizás en una pared o muro que impida que otros materiales se desparramen por el camino.

Pero, ¿y si es una persona la que nos resulta molesta? Seguramente nos alejaremos de ella para evitar sentir esa incomodidad, no estaría quizás en nuestra mano hacerla desaparecer pero buscaremos medios para destruir su presencia y no sea algo que nos está incordiando recordándonos quizás algo no tan bueno de nuestra vida; ya buscaremos influencia o medios para que no sea una sombra que nos persigue; mucho de esto vemos en la vida utilizando nuestra prepotencia, oliéndonosla de los ardides que sean, desprestigiando o intentando anular la palabra o el testimonio que esa persona pueda ofrecer si es algo que nos toca en heridas que llevamos en el alma.

Hoy el evangelio nos está ofreciendo una imagen en ese sentido. Herodes se pregunta por lo que está sucediendo con aquel profeta aparecido en el desierto a orillas del Jordán. Pero a Herodes le incomoda la palabra y el testimonio del Bautista porque en su misión profética también denuncia el comportamiento de Herodes. Algo le queda a Herodes de temores de índole religiosa en su conciencia porque aunque quisiera acallar aquella voz que le resulta tan incomoda sin embargo no se atreve. Pero a instancias e influencia de los que le rodean, la mujer con quien convive que es la mujer de su hermano, al final el Bautista termina encerrado en los calabozos queriendo hacer así que aquella voz no se oiga.

La intriga continua al tiempo que se manifiesta la debilidad de una vida entregada a los placeres de todo tipo; vendrá la ocasión en la fiesta de aquel cumpleaños en que dejándose arrastrar por todo aquel mundo de vanidad promete más de lo debería. Al baile de la hija de Herodías promete que le daría lo que pidiese aunque fuese la mitad de su reino. Y es la ocasión de acallar aquella voz incómoda porque le piden la cabeza de Juan Bautista; no quiere ser el que pierda el prestigio de su poder, porque las promesas las había hecho en medio de sus cortesanos, y manda decapitar a Juan.

Pero la voz seguirá escuchándose, será algo que siempre será recordado. La entrega de la vida desde el amor es como la semilla que muere para dar frutos. Jesús nos lo recordará más tarde desde su propia entrega como la prueba del amor más hermoso, del que da la vida por los que ama. Es el milagro de la entrega: de la muerte por amor se genera vida. Y el grito del amor no se puede acallar. Siempre es camino de vida, siempre es piedra de construcción, siempre es comienzo de algo nuevo, nunca será estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos.

El amor, su testimonio, a veces puede molestar cuando se convierte para nosotros en espejo para que se reflejen nuestras carencias, nuestros egoísmos, nuestra insolidaridad, nuestro vacío interior y tratamos de empañarlo o de ocultarlo. Es lo que nos decía el principio del evangelio de san Juan cuando nos hablaba de la luz y de las tinieblas, que las tinieblas rechazaron la luz, pero los resplandores de luz por mucho que se quiera ocultar por algún lado escaparán, por decirlo de alguna manera, para iluminar nuestra vida.

Pueden llegar horas de tinieblas por tanto mal que envuelve nuestro mundo, pero tenemos la certeza y la esperanza de la victoria de la luz. Por eso miramos a Cristo, no solo muerto en la cruz, como la gran prueba del amor, sino en la victoria de la resurrección donde, como decíamos antes, se genera la vida y la vida sin fin.


jueves, 30 de julio de 2026

Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús

 

Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús

Jeremías 26, 1-9; Salmo 68; Mateo 13, 54-58

¿Qué me va a enseñar ese a mí?, habremos oído en alguna ocasión a alguien que con su prepotencia trataba de descalificar a alguien que quizás le estaba dando la solución a un problema, estaba planteando algo nuevo que bien podría valer para su vida, o simplemente le estaba dando un consejo en alguna situación compleja en que se encontrase. Quizás nosotros también en más de una ocasión habremos actuado así, porque aquel que nos está queriendo decir algo decimos que lo conocemos de siempre y que sabemos de dónde viene o por donde anda. Es la rebaja que siempre queremos hacerle a lo que nos puedan ofrecer otros porque nosotros sí sabemos y no necesitamos que nadie nos enseñe o nos diga nada. Es la respuesta que damos cuando nos dicen algo para hacernos caer en la cuenta en algo que no pensábamos, pero que enseguida decimos, ‘yo lo sé, ¿qué me vas a decir?’.

Estamos hablando de ámbitos meramente humanos, de nuestras relaciones de los unos con los otros, pero que cosas así adquieren unas tonalidades especiales cuando entrabamos en ámbito de lo espiritual o de la práctica y vivencia de nuestro ser cristiano. ¿Nos dejamos enseñar? ¿Nos dejamos acompañar? ¿Escuchamos lo que el otro pueda ofrecernos desde su propia experiencia espiritual y de vida cristiana? Es que yo soy cristiano de siempre, es que mi familia, mi madre… estaban mucho en la Iglesia; es que yo hice la primera comunión y recibí todos los sacramentos… y así seguimos argumentando que parece más bien que estamos cerrando puertas a lo que de los demás podamos recibir.

Es lo que estamos viendo hoy en el relato del evangelio de la visita de Jesús a su pueblo, Nazaret, donde se había criado. Como enseguida comenzarán a decir cuando le escuchan en la sinagoga, es que es el hijo del carpintero, ahí están sus hermanas y su familia, ¿dónde ha aprendido todo eso?, porque siempre le habían visto allí en Nazaret como un niño o como un joven cualquiera. Y como comenta el evangelista Jesús se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro; en otro momento se nos dirá que estaban esperando que allí realizara los signos y milagros que ellos sabían que hacía en otros lugares; claro, era su pueblo, su familia, sus amigos, allí tenía que manifestar que con ellos tenía alguna preferencia.

¿Por qué hacemos las cosas o qué es lo que buscamos? Nos mueven muchas veces los intereses, y unos intereses egoístas y muy llenos de orgullo. Cuando no hay disponibilidad no puede aparecer la fe; cuando no hay humildad que nos lleve a una apertura del corazón no seremos capaces de ver lo bueno que se nos ofrece; cuando no hay deseo de abrir el corazón a una nueva sintonía seguirán prevaleciendo los ecos de nuestro egoísmo y orgullo que ahogarán lo que de verdad podría llenar de paz nuestro corazón.

Malos acompañantes de camino son el orgullo y la vanidad porque nos desfigurarán haciéndonos perder lo mejor de nosotros mismos y lo que tendría que ser nuestra verdadera identidad. Entraremos en un camino de ramplonería, donde simplemente o nos dejamos arrastrar por luces que nos encandilan y confunden o nos deslizamos por las pendientes de las rutinas que nos impedirán darle nuevos rumbos a nuestra vida.

Mucho tendríamos que analizar para comenzar a corregir rumbos y dejarnos enseñar y conducir. El Señor va poniendo señales a nuestro lado, muchos signos de lo que es la voluntad de Dios podríamos descubrir en nuestro entorno si fuéramos capaces de salirnos de esa ceguera que nos encierra en nosotros mismos. Hagamos un alto en el camino, comencemos a quitar esos filtros en que nos hemos envuelto para iluminarnos con la verdadera luz, para aprender la verdadera sabiduría del Evangelio que de muchas maneras se nos puede manifestar. Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús.


Sepamos ser ese discípulo que se ha enamorado del evangelio para sacar en cada momento de su riqueza lo que va a ser la sabiduría de nuestra vida

 


Sepamos ser ese discípulo que se ha enamorado del evangelio para sacar en cada momento de su riqueza lo que va a ser la sabiduría de nuestra vida

Jeremías 18, 1-6; Salmo 145; Mateo 13, 47-53

Vivimos en la loca carrera de las prisas, porque todos queremos llegar lo más pronto posible a nuestras metas, no nos importa saltar etapas o darnos empujones los unos a los otros, que pueden terminar en atropellos. Como en la carretera que siempre queremos que no vaya nadie delante de nosotros y buscamos adelantar sea como sea, aunque pongamos en peligro muchas cosas. Hemos perdido la paciencia, no terminamos de darnos cuenta que el trabajo tiene que avanzar con tiento porque hay que cuidar mil detalles para que se pueda realizar bien.

Pero ya entendemos que con lo que estoy diciendo no nos queremos referir a las cosas materiales que vayamos haciendo sino que es la construcción de la propia vida, que tiene sus etapas y que hemos de cuidar con esmero. Está en juego lo que somos, que es mucho más importante que lo que tenemos. Muchas veces nuestra vida se puede parecer a esa red, de la que nos habla Jesús hoy en el evangelio, que recoge toda clase de peces que luego habrá que discernir bien con lo que nos quedamos; así nuestra vida con sus valores, pero también con los tropiezos que podamos ir teniendo en nuestros propios errores o en las cosas que no siempre hacemos bien y que tenemos que saber reconocer y corregir.

Nos hablaba también el profeta de la vasija de barro en manos del alfarero que la modela; no podemos dejar a lo que salga, el alfarero con su saber hacer la va modelando para encontrarle su fortaleza y su belleza, y el barro se deja hacer, se deja manejar, por decirlo de alguna manera, por las manos expertas del alfarero. ¿Seremos alfareros de nuestra propia vida? ¿o dejaremos que el alfarero divino nos vaya modelando? Está la sabiduría y el poder de Dios con la fuerza de su Espíritu, pero el Señor al mismo tiempo nos ha concedido el don de la libertad con que nosotros hemos de responder; nuestra disponibilidad no es falta de libertad, es dejarnos conducir para con la fuerza del Espíritu divino podamos hacer relucir lo mejor de nosotros mismos.

Jesús nos habla en parábolas, precisamente con el texto de hoy concluimos este capítulo donde san Mateo nos ha condensado las principales parábolas de Jesús, y somos nosotros ahora los que nos tenemos que dejar enriquecer con las enseñanzas del evangelio que nos conducen a desarrollar en nosotros los mejores valores.

No es solo conocer las parábolas, quedarnos, por así decirlo, en el ejemplo que en ellas podamos encontrar sino dejarnos envolver por ese espíritu de sabiduría que nos va a hacer alcanzar una maravillosa riqueza espiritual como alimento de nuestra vida que nos va iluminando en cada situación. Tenemos que saber aplicar a la vida de cada día esa sabiduría que hemos ido acumulado en nuestro interior. Por eso nos habla del letrado que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos y en cada momento va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo según convenga.

Ojalá así tengamos presente la Palabra de Dios en nuestra vida, estemos tan empapados de esa sabiduría del evangelio que allá por donde vayamos dejemos el rastro y el perfume de lo que llevamos dentro y es la mejor riqueza de nuestra vida. Con qué facilidad recordamos una canción de moda o traemos a cuento una frase que un día nos llamó la atención porque la dijo un personaje de nuestros gustos o que está de moda, pero qué poco los cristianos citamos el evangelio o los textos sagrados de la Biblia; con qué facilidad nos sentimos encantados con maneras de pensar o de actuar que nos vienen de los países más exóticos y los queremos convertir en filosofía de nuestra vida, y qué pronto olvidamos toda la profundidad de los valores del evangelio que además han sido piedras fundamentales de nuestra cultura occidental. Nos vamos a hacer no sé qué experiencias que nos parecen exóticas y nos olvidamos del sentido de nuestra oración y meditación cristiana que pone verdaderos cimientos de nuestro crecimiento humano y espiritual.

¿No tendríamos los cristianos que rescatar con más entusiasmo toda la riqueza y sabiduría el Evangelio que verdaderamente nos humaniza y nos hace crecer espiritualmente?

miércoles, 29 de julio de 2026

Aprendamos a entrar en la nueva órbita de un nuevo amor que de Jesús aprendemos cuando nos amó hasta dar su vida por nosotros

 


Aprendamos a entrar en la nueva órbita de un nuevo amor que de Jesús aprendemos cuando nos amó hasta dar su vida por nosotros

1 Juan 4,7-16; Salmo 33; Juan 11,19-27

Se nos llena la boca cuando hablamos de amor; todos sabemos hablar del amor, o decimos que sabemos; todos nos ponemos muy amorosos para decir que el amor es el que salva al mundo, y que tendríamos que querernos más y todas esas cosas que decimos en consecuencia, pero ¿será cierto que así nosotros creemos en el amor? Empezamos porque ponemos medidas y decimos quienes se merecen nuestro amor y quienes no, que no podemos amar a todos de la misma manera, que nos gusta ser correspondidos para entonces nosotros darnos más en ese amor, y seguimos poniendo distancias y fijándonos en circunstancias; cuando las cosas marchan bien parece que es fácil amar, pero ¿seremos capaces de llegar al sufrimiento por ese amor? Y luego decimos que es el distintivo de los cristianos, pero, ¿se notará?

Hoy se nos ofrece en el evangelio una situación donde parece que se va a medir lo que es el amor verdadero. Una familia que está pasando por un momento difícil en la muerte de uno de los hermanos. Y eran los amigos de Jesús, allí donde tantas veces Jesús había recalado en su camino hacia Jerusalén, pues Betania quedaba al paso de ese camino que hacían los que bajaban de Galilea por el valle del Jordán para subir desde Jericó luego a Jerusalén entrando por el monte de los Olivos. Allí vemos que Jesús descansa muchas veces e incluso viene desde Jerusalén para pernoctar en aquel hogar.

Cuando enfermó Lázaro y aunque avisado por las hermanas Jesús que estaba más allá del Jordán se quedó aun unos días y al llegar a Betania Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Todo aquello había sido una prueba dura en una familia que había ofrecido la acogida de la amistad tantas veces a Jesús. No nos extrañan las palabras que a modo de saludo le dirigen ambas hermanas a Jesús. ‘Si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano’. ¿Hasta donde podía seguir llegando el amor y la amistad? ¿estará entrando en sintonía esa situación con momentos en los que también en nosotros parece que se pone a prueba el amor?

Hay un hermoso diálogo que se entrecruza entre las hermanas doloridas y Jesús. Se habla de vida y de resurrección, se habla de fe y se va a manifestar lo que es el amor. Incluso veremos que cuando Jesús llega a la entrada del sepulcro de Lázaro se conmueve en su dolor y se le saltan las lágrimas, podríamos decir. ‘Mira, cómo le amaba’, comentarán los presentes. ¿Se seguirá manteniendo vivo ese amor en aquellas hermanas aun en medio de su sufrimiento?

Son preguntas que quizás con toda naturalidad nos podemos hacer, porque son preguntas que nos rondan en nuestro interior tantas veces. ¿Nos merecerá mantenernos en esa honda del amor que aun nos puede llevar al sufrimiento, o que hemos de vivirlo en medio de nuestro sufrimiento? Es cuando tenemos que preguntarnos si nuestro amor siempre es verdadero o tenemos que estar buscándonos razones y alguna fuerza extraordinaria para poder mantenernos en ese camino del amor aunque el camino sea dura, aunque no encontremos correspondencias, aunque en ocasiones nos parezca que nos sentimos abandonados y nada ni nadie nos tiene en cuenta.

Pero nuestro reflejo y nuestro espejo para amor no puede ser otro que el amor de Dios. Y es que el amor de Dios siempre está primero; cuando digo esto quiero decir algo más de lo que decimos habitualmente de que amamos a Dios por encima de todas las cosas; es que Dios nos ha amado a nosotros por encima de todas las cosas, el amor de Dios está primero, porque ha sido El quien primero nos ha amado. La misma vida es el primer regalo de su amor. Es lo que nos decía el apóstol Juan en su carta, ‘no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero’. Es lo que contemplamos en Jesús cuando nos dice que nadie tiene un amor más grande que aquel que da su vida por los que ama. Y Jesús nos está diciendo que nos ama tanto, que es tan grande su amor que no teme pasar por el sufrimiento y la muerte para manifestarnos su amor.

El sufrimiento y la muerte así adquieren sentido; en medio de nuestros sufrimientos, y la vida nos da muchos, hemos de saber mantenernos en ese amor. Es lo que están comprendiendo Marta y María de Betania en aquellos momentos del reencuentro con Jesús, por eso se llenan de vida, traspasarán los umbrales de la tumba y de la muerte para mantenerse en la vida; como un signo de todo ello Lázaro es devuelto a la vida, o como dijo Jesús lo despertó de aquella muerte y lo hizo salir de aquel sepulcro para que se mantuviera vivo allí el amor. Veremos cómo más tarde María de Betania derramará el más caro perfume sobre los pies de Jesús para significar como están envueltos en el perfume del amor.

¿Aprenderemos a entrar en esa nueva órbita de un nuevo sentido del amor?

martes, 28 de julio de 2026

Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

 




Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

Jeremías 14, 17-22; Salmo 78; Mateo 13, 36-43

Preguntamos cuando no sabemos. Tendría que ser lo normal, porque no siempre lo entendemos todo, hay cosas que nos cuesta entender; no es solo lo que nos dicen o enseñan, sino lo que va sucediendo en la vida, lo que vamos contemplando, las situaciones en que nos encontramos. Tendríamos que estar siempre en actitud receptiva, de querer aprender. No siempre entendemos el por qué de las cosas, nos cuesta, se nos hace difícil. Pero también hemos de reconocer que en ocasiones el orgullo nos puede más y parece que si nos mostramos débiles porque no entendemos y preguntamos bajamos en el nivel de apreciación que quisiéramos tener; pero quizás sea ese orgullo el que realmente nos hace bajar de escala. Ojalá no nos dominara tanto el amor propio y fuéramos más humildes.

Los discípulos de Jesús, aun con sus ambiciones y sus sueños y con la carga que podía pesar sobre ellos de sus costumbres y tradiciones ademas con la cierta manipulación que sufrían por parte de sus dirigentes, tienen deseos de aprender y con el amor que sentían por Jesús les hacía tener confianza para manifestarse tal como eran, en ocasiones también ambiciosos con sus sueños, y para hacer preguntas cuando no entendían, aunque a veces les gustara más algunas cosas a su manera.

De alguna manera iban sintiendo el impacto de lo nuevo que les estaba ofreciendo Jesús, y la buena noticia del Evangelio cuando queremos escucharla con sinceridad nos impacta y nos deja en cierta manera descolocados por los cambios que tenemos que hacer en nuestra mente y en nuestro corazón. Ya vemos como en ocasiones se resisten a lo que les anuncia Jesús y entre ellos siguen apareciendo sus apetencias y en cierto modo sus enfrentamientos por el lugar que fueran a ocupar en ese futuro Reino de Dios que Jesús anunciaba.

Ya en otro momento le preguntarán a Jesús por qué siempre les habla en parábolas a la gente, ahora cuando llegan a casa le preguntan directamente por el sentido de la parábola. Cambien ellos quizás cuando iban escuchándola tuvieran la misma reacción que los servidores de aquel propietario que querían arrancar ya de raíz aquella mala planta que iba apareciendo; les costaría entender la decisión de aquel dueño del terreno de dejar que crecieran juntos el trigo y la cizaña; ellos quizás también lo vieran como un peligro, como nosotros, sobre todo cuando nos vemos afectados por el mal que nos rodea y que en ocasiones nos hace daño, que quisiéramos hacer desaparecer del mundo a esos que nos están haciendo daño. ¿No habrá sido en ocasiones también la oración que nosotros hemos hecho?

Jesús en breves pinceladas les da la clave para entender la parábola. Los ciudadanos del Reino, los partidarios del maligno, el juicio final donde aquellos que se han mantenido como ciudadanos del Reino, los justos, brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Pero es necesario mantenerse en la integridad del camino, lo que no siempre es fácil; terminamos muchas veces dejándonos deslizar por esas rampas o pendientes que nos parecen más fáciles; somos conscientes cómo fácilmente caemos en la tibieza que es la mejor pendiente para que al final terminemos hundiéndonos.

Es necesario mantener una vigilancia, fortalecernos interiormente, que nuestra espiritualidad no decaiga, que nos mantengamos bien arraigados como el sarmiento a la cepa para que podamos dar fruto, que alimentemos nuestro espíritu con la gracia del Señor y nos dejemos iluminar continuamente por la Palabra de Dios, que haya ese espíritu de búsqueda y esos deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos esa novedad de la gracia a nuestra vida, que nos abramos interiormente a esa gracia del Señor y crezcamos en nuestro espíritu de oración.

¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Tendremos la humildad del reconocimiento de nuestra debilidad? ¿Nos dejaremos enseñar?


lunes, 27 de julio de 2026

Una semilla que nos parece insignificante que germina en silencio y nos dará hermosa planta con sus frutos, así en nuestra vida hemos de hacer germinar nuestros valores

 


Una semilla que nos parece insignificante que germina en silencio y nos dará hermosa planta con sus frutos, así en nuestra vida hemos de hacer germinar nuestros valores

Jeremías 13, 1-11; Salmo : Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 13, 31-35

¿Tú crees que con esa mezquindad o esa menudencia vas a poder conseguir algo que sea verdaderamente importante? Le decimos a quien viene con ilusión por hacer algo pero los medios de los que dispone parecen ridículos porque consideramos que con esos medios no va a poder llegar a ninguna parte. O es lo que pensamos de nosotros mismos cuando nos confían una misión que parece que se sale de nuestras posibilidades porque nos sentimos pobres de medios y pequeños, porque quizás pensamos que para eso no valemos y que entonces no merece la pena ni intentarlo. Pensamos que para hacer algo importante nosotros tenemos que considerarnos unos genios, pero vemos que no lo somos, o que necesitamos grandes medios para lograrlo. Así nos descartamos a nosotros mismos, porque no nos valoramos, como comenzamos también a descartar a otros o descartar proyectos que nos parece que no valen la pena.

¿Es así cómo tenemos que pensar o es la manera de actuar en lo que tenemos entre manos? Somos tan insignificantes, pensamos, que ni quisiera nos atrevemos a imaginar las posibilidades que tendríamos de llevar adelante cosas que realmente merezcan la pena. Pero hoy Jesús en el evangelio nos da una lección.

Sigue hablándonos Jesús en parábolas para que entendamos lo que es el Reino de Dios pero también para que lleguemos a comprender lo que de nuestra parte podemos hacer pero al mismo tiempo otro misterio de gracia para poder realizarlo. Vayamos por partes. Nos habla Jesús por un lado de una semilla tan insignificante como la mostaza, o de ese pequeño puñado de levadura que mezclamos con la masa y que se va a diluir de tal manera que al final ni lo vemos pero que va a fermentar la masa. La insignificante semilla de la mostaza que nos puede dar una planta bien frondosa y con gran diferencia entre el tamaño de la semilla y de la planta que luego va a surgir. Como dice Jesús hasta los pájaros podrán anidar entre sus ramas. ¿Tenemos que descarta esa semilla por lo insignificante? Cualquier semilla que vayamos a sembrar siempre será algo menudo que se nos escurre entre los dedos pero que tiene la virtualidad de que al germinar nos puede dar una hermosa planta en la que se multiplicarán los frutos.

Creo que el mensaje que nos quiere dar Jesús es bien significativo de cara a nuestra propia vida y lo que nosotros nos valoramos a nosotros mismos o en referencia a las obras que hemos de emprender que siempre comenzarán por lo pequeño, muchas veces ocultándolas como cimientos bajo tierra que los ojos no verán pero de donde podremos conseguir obras maravillosas y de gran valor. ¿Podemos decir entonces que nosotros no valemos, que somos poca cosa y en consecuencia que no nos atrevemos a comprometernos a algo nuevo y distinto? Tu pequeño grano de arena se puede convertir en un elemento fuerte que dé cimiento a lo que hemos de emprender.

Pero hablábamos también de enterrar como se entierra un cimiento o como se entierra una simiente, una semilla; allí en lo oculto va a germinar sin que nosotros sepamos como ni veamos quizás ese proceso. Allí en lo secreto de la masa con la que se ha mezclado la levadura surgirá la fermentación necesaria en ese proceso de darnos un buen pan. Misterio, podíamos decir, de lo secreto y de lo escondido, que ya no depende del sembrador o de quien amasa la harina. Es su proceso de germinación o de fermentación que no depende ni del sembrador ni de quien realiza el amasijo.

¿No podemos pensar en ese actuar del Espíritu divino que va a dar consistencia a aquello que emprendemos y con admiración muchas veces de nuestra parte porque no nos creíamos capaces de ello van a surgir obras maravillosas? Como creyentes que somos hemos de saber reconocer ese actuar de Dios y dejarnos conducir por El; está es cierto nuestra responsabilidad que manifestaremos en nuestra disposición y en nuestro arrojo y valentía para aceptar una responsabilidad que nos confían, para emprender una tarea que vemos con esperanza cuanto bien va a producir. No nos queremos apoyar en nuestro orgullo personal, aunque aceptamos nuestra responsabilidad y ponemos de nuestra parte nuestra disponibilidad; dejemos que la gracia de Dios actúe en nosotros y se manifieste en aquello que intentamos hacer.

Y un proceso y otro se va realizando en lo oculto y en el silencio. No es necesario hacer ruido para realizarlo, solo al final va a sonar la melodía armoniosa de los frutos obtenidos; no tiene que gritar nuestro amor propio que se convierte en orgullo, sino que en el silencio de la humildad haremos que fructifiquen nuestras obras, porque a quien único tenemos que dar gloria es a Dios que nos confía tales tareas y pone tantas posibilidades en nuestras manos.

domingo, 26 de julio de 2026

No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

 


No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

1Reyes 3, 5. 7-12; Salmo 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52

¿Será todo en la vida cuestión de suerte? Parecería que es lo que andamos deseando; se multiplican los juegos de suerte, a ver si nos toca y nos parece que algo así tiene que ser la vida; fijémonos cómo con toda naturalidad nos estamos deseando suerte en lo que emprendamos, en lo que hacemos, en el camino que tomamos, en las decisiones que tenemos que tomar en la vida; pero si no buscamos con seriedad, no nos esforzamos y lo trabajamos, no nos preparamos en todos los aspectos no solo para lo que nos vaya a tocar sino para lo que vamos a ser en primer lugar y hacer en consecuencia, no es cuestión de que estemos esperando a que nos baje un pajarito del cielo y ponga la suerte en nuestras manos. Si no buscamos, ¿qué es lo que vamos a encontrar? Si no nos esforzamos ¿qué es lo que vamos a conseguir? Si no trabajamos ¿qué sentido tiene nuestro vivir?

Jesús nos está hablando del Reino de Dios y nos está explicando en qué consiste o como hemos de hacer para vivirlo. Nos propone parábolas, nos hace explicaciones, nos abre caminos, nos señala cuál es su importancia, nos está marcando los pasos que hemos de ir dando. Nos habló del sembrador y de la semilla, nos hablo de la tierra buena que hemos de preparar y de la realidad cruda que nos vamos a encontrar porque en el mismo campo encontremos el resultado de la buena semilla pero también de las plantas venenosas por así llamarlas que nos vamos a encontrar en una mezcla que pudiera ser confusa, nos habló de la importancia de la semilla en sí aunque nos pareciera insignificante pero que sin embargo nos pueden dar plantas hermosas, nos habló de la levadura que ha de hacer fermentar la masa y ahora nos habla de tesoros escondidos o de perlas preciosas por las que hemos de darlo todo.

Son las parábolas que hemos ido escuchando y las que hoy también nos ofrece. Tener un tesoro a nuestro alcance o una perla preciosa más que una suerte es un regalo que Dios nos está ofreciendo. El evangelio es ese regalo aunque a veces no lo sabemos apreciar o porque andamos entretenidos en otras cosas nos pasa desapercibido porque nos parece escondido. El plan que nos ofrece Dios para nuestra vida no es cualquier cosa que hemos de tomarnos con frivolidad. Pero hemos de tener ojos y oídos atentos, un corazón bien abierto con buena sintonía para poder descubrirlo y saborearlo. Cuando tengamos esa apertura de nuestro corazón llegaremos a entender la sabiduría de vida que encontramos en el evangelio. Y no la podemos desperdiciar, no la podemos dejar pasar, no podemos andar desinteresados por ella.

Las parábolas nos hablan de que aquellos hombres, el agricultor y el comerciante fueron capaces de darlo todo por obtenerla. No era lo importante aquello de lo que tuvieron que desprenderse, de lo que fueron capaces de desprenderse sino de lo hermoso que llegó a sus manos y que no querían perder. Muchas veces cuando pensamos o hablamos de la vida cristiana parece que pusiéramos por delante las cosas que tenemos que dejar y nos olvidamos de la maravilla que se nos ofrece para vivir. Y es que encontrarnos con Cristo y su evangelio es encontrar ese tesoro, esa perla preciosa por lo que tenemos que ser capaces de dejarlo todo para vivirlo. No es el peso de lo negativo sino la riqueza de lo que vamos a vivir.

Es algo en lo que tenemos que detenernos para pensar. Si estamos pensando en aquello de lo que tenemos que desprendernos parece que se nos haría duro y difícil por tantos apegos que tenemos en el corazón; se convierte así nuestra vida cristiana en una lucha tormentosa y es por lo que tantas veces vamos los cristianos por la vida sin alegría, con cara de circunstancias y de sufrimiento. Igual que quien he encontrado algo valioso irá alegre por la vida y a todos se lo irá contando, así tendríamos que ir los cristianos por la vida porque vamos contando una buena noticia, vamos queriendo transmitir algo que nos da mucha alegría en la vida. Algo nos está fallando cuando los cristianos vamos haciendo nuestro camino con caras de tristeza y como si lleváramos un peso insoportable encima de nosotros.

Sin embargo con Cristo hemos encontrado la libertad verdadera porque en El hemos encontrado el perdón de nuestros pecados, con Cristo hemos encontrado el camino de la verdadera felicidad, con Cristo seremos capaces de hacer que nuestro mundo sea mejor, con Cristo se acaban los agobios porque El es nuestra paz y nuestro descanso, con Cristo reverdece la esperanza y florece la ilusión porque vamos llenando nuestro mundo de amor. Y esto no es cuestión de suerte sino de un regalo de amor que Cristo nos ofrece.

sábado, 25 de julio de 2026

Que nuestros sueños de vivir en el Reino de Dios se plasmen en nuestro espíritu de servicio a la manera de Jesús para ser signo de Dios en medio del mundo

 


Que nuestros sueños de vivir en el Reino de Dios se plasmen en nuestro espíritu de servicio a la manera de Jesús para ser signo de Dios en medio del mundo

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Salmo 66; 2Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

Sueños todos tenemos; y no quiero referirme a esos sueños que a la hora del descanso nuestra mente y nuestra imaginación, como la loca de la casa como alguien la ha llamado, nos hace hacer viajes inimaginables que bien pudieran ser en ocasiones reflejos de recuerdos o de parte de nuestro subconsciente que hace aflorar mil cosas en nuestra imaginación o en los que pudiéramos leer también aspiraciones y deseos que llevamos ocultos y que en una vida de consciencia no nos atrevemos quizás a manifestar.

Pero no me refiero a esos sueños, sino en los que en estado de vigilia vienen también a nuestra mente e imaginación pero quizás como construcciones previas que nos hacemos de nuestro futuro. Nos vemos en situaciones que en el fondo son nuestras aspiraciones, nos hacemos proyectos llenos de imaginación que quizás luego no siempre nos atrevemos a plasmar, aparecen los deseos de cómo nos gustaría que fuese nuestra vida o quizás también la sociedad en la que vivimos, los cambios que nosotros haríamos para hacer que las cosas marchen mejor, o también a aquellas posiciones que nos gustaría alcanzar y por las que quizás nos pusiéramos a trabajar por conseguir.

Sueños, aspiraciones, proyectos, deseos de algo nuevo o que nosotros consideramos mejor que lo que hacemos o tenemos. ¿A donde nos pueden llevar? ¿Aflorará quizás la vanidad? ¿Nos quedaremos ensimismados en los sueños que nos parecen realidad pero que en el fondo no llegamos a realizar? ¿O serán un acicate para comenzar nuestras luchas que algunas veces pueden cegarnos? Pero sueños todos tenemos en nuestra mente porque además son signos de que estamos vivos y queremos vivir.

¿Por qué nos extraña que los hijos de Zebedeo también tuvieran sus sueños? La presencia y la palabra de Jesús había despertado esperanzas en el pueblo, podían estar comenzando a pensar que Jesús bien podía ser el Mesías anunciado por los profetas y que ellos con tantas ansias también esperaban; de Juan sabemos que incluso había sido discípulo del Bautista, aquel profeta que había surgido en el desierto en las orillas del Jordán; conocido era también el ardor con que vivían sus esperanza de manera que incluso les llamaran los ‘hijos del trueno’ y con las esperanzas de una futura restauración de la sobraría de Israel con la llegada del Mesías, siendo además parientes de Jesús es normal que soñaran con alcanzar algún lugar de influencia o de poder en ese Reino que anunciaba Jesús.

Es la petición que a través de su madre le hacen a Jesús. ¿Sabían lo que pedían? Al menos sabían lo que eran sus sueños que esperaban a alcanzar. Por eso ante la pregunta de Jesús no sé si con mucha conciencia del sentido con que Jesús les había la pregunta habían respondido que si y que no les importaba beber de la misma copa de Jesús. No solían haber muchas copas distintas para servir las bebidas en los banquetes donde casi todos bebían de las mismas copas. Claro que su conciencia no iba más allá de sus ambiciones terrenas aunque responden afirmativamente a Jesús.

Pronto surgirán los comentarios desconfiados de los otros que quizás también tenían las misma aspiraciones, pero que Juan y Santiago se les habían adelantado. Pero Jesús tiene la lección por de todo y en todo siempre El nos ofrece su enseñanza. ¿Sentarse a mi derecha o a mi izquierda? No me toca a mi concederlo, en los planes del Reino de Dios que es lo que quiere el Padre otros son los caminos. Por eso ante los reclamos soterrados de los demás El les explica que ser los primeros significa primero hacerse los últimos, que solo por el camino del servicio, de hacerse servidor de todos es por donde se alcanzarán las verdaderas grandeza.

Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo…’ Son los nuevos parámetros que nos ofrece Jesús; no vamos a ir copiando e imitando lo que son los poderes de este mundo, porque sabemos siempre como acaba todo, en la vanidad, en la soberbia, en los pedestales, en no buscar sino los propios intereses; lo estamos viendo continuamente, son noticias que nos salen todos los días en las primeras paginas de los noticiarios, aunque siempre se presentan con mucha sagacidad y disimulo, con bonitas palabras, pero con la doble cara de la falsedad y de la hipocresía.

Nosotros tenemos a quien imitar.Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos’. No tenemos otro modelo que Jesús. Pasó haciendo el bien, lo definirá más tarde san Pedro. Lo contemplaremos tomando la jarra del agua y ciñéndose la toalla para ponerse a lavar los pies de los discípulos. Y es así como tenemos parte con El, porque el nos lava los pies, pero porque nos dice que si el Maestro y el Señor nos ha lavado los pies, así tenemos que lavarnos los pies los unos a los otros.

Y aquí sí tenemos que responderle al Señor que sabemos lo que pedimos y lo que queremos, porque bien que nos lo ha explicado y bien que ha ido delante de nosotros dándonos ejemplo. Por eso comenzaremos a amarnos, pero no con un amor cualquiera sino como El nos ha amado y se ha entregado por nosotros.

Cuando hoy celebramos el día del Apóstol Santiago y además lo proclamamos patrono de España porque según la tradición a nuestras tierras del fin de la tierra vino a anunciar el Evangelio, ¿será esa la imagen que nosotros demos ante el mundo que nos rodean? ¿será es nuestra forma de evangelizar? ¿será esa la imagen de la Iglesia que damos ante el mundo que nos rodea? ¿serán esos nuestros sueños de cómo hemos de anunciar el Evangelio?