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viernes, 26 de junio de 2026

Algo nuevo tiene que surgir en nuestro corazón cuando nos sentimos curados porque nos sentimos amados, ofreciendo ese mismo amor

 

Algo nuevo tiene que surgir en nuestro corazón cuando nos sentimos curados porque nos sentimos amados, ofreciendo ese mismo amor 

2 Reyes 25, 1-12; Salmo 136;  Mateo 8, 1-4

Excluimos, somos excluidos o nos excluimos a nosotros mismos, resumo con ellos posturas, actitudes, maneras de actuar que tenemos muchas veces con nosotros mismos o con los que nos rodean, creando unas diferencias o exclusivismos que nos distancian y que nos dividen. Algunas veces de una manera muy sutil, otras de forma descarada en actitudes, comportamientos o gestos que tenemos hacia los que nos parecen distintos, otras veces bajo una capa de aparente humildad que encierra realmente un orgullo mal curado dentro de nosotros mismos.

Me hago esta reflexión desde el relato de aquel leproso que se atrevió a acercarse a Jesus que nos cuenta hoy el evangelio. Partimos es cierto de una situación de discriminacion incluso considerada legal por aquello en principio de evitar los peligrosos contagios de una enfermedad que con la higiene y medios de la época se consideraba hasta una maldición; el leproso era excluido no sólo de la vida familiar sino de su presencia en medio de la comunidad, habían de vivir apartados para siempre de todo contacto humano.

Pero aquel hombre tuvo la valentía de reconocer, es cierto con humildad, su enfermedad, pero de romper también todas aquellas barreras para acercarse a Jesus, incluso en medio de la gente. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le pide a Jesús. Se sabe no limpio, se sabe impuro como lo ha condenado su sociedad, pero sabe quién puede limpiarle, quien puede de nuevo devolverle su dignidad. ¿Qué va a hacer Jesús? ‘Quiero, queda limpio’, es su respuesta.

Cuántas veces hemos reflexionado sobre este hecho con muchas conclusiones para nuestra vida. Pero no lo hemos de dar ya por todo hecho y reflexionado. Es Palabra de vida para nosotros hoy, en este mundo concreto en el que estamos, pero también para nuestra vida tan llena de lepras, cuando nos creemos buenos y hasta mejores que los que están a nuestro lado, o cuando seguimos con nuestras cobardías para camuflar tantas debilidades que hay en nosotros, cuando no damos el paso para salir de esas situaciones en las que nos hemos metido o arrancar de nosotros tantas amarguras que seguimos guardando en el corazón, cuando por orgullo no nos dejamos sanar esas viejas heridas y por el contrario vamos con las púas de nuestros resentimientos y recelos hiriendo a quien se interponga en nuestro camino.

¿Seremos capaces de tener la humildad de reconocer que no estamos tan limpios como queremos aparecer y pedirle a Jesus que nos sane y que nos limpie?

Pero hay algo más de lo que tenemos que ser capaces, tomar las actitudes y las posturas de Jesús para ir rompiendo muros y barreras para que nadie se sienta apartado, poniendo el bálsamo de nuestro amor en nuestros gestos y palabras para ir sanando también a cuantos encontremos en esa situación en los caminos de la vida, tendiendo la mano como oferta de confianza y amor a quien sea que encontremos sin importarnos ni el color de su piel ni su apariencia.

Algo nuevo tiene que surgir en nuestro corazón cuando nos sentimos curados porque nos sentimos amados, para ofrecer también ese mismo amor a los demás.


jueves, 25 de junio de 2026

Dejémonos sorprender y también interrogar por las palabras de Jesús que nos abren a nuevos caminos de vida

 


Dejémonos sorprender y también interrogar por las palabras de Jesús que nos abren a nuevos caminos de vida

2 Reyes 24, 8-17; Salmo 78; Mateo 7, 21-29

La vida nos sorprende a cada paso y tendríamos que reconocer que ahí precisamente está su riqueza, pero quizás esas sorpresas que nos vamos encontrando producen estupor o inquietud, porque nos hacen que tengamos nuevos planteamientos, una nueva visión de la cosas o de lo que sucede, nos haga interrogarnos interiormente por aquello que hacemos y su sentido y valor, nos haga corregir posturas, pero siempre quizás detrás se nos abre una nueva esperanza porque nos hace ver nuevos horizontes. 

No siempre quizás nos consideremos preparados para esa novedad que se nos plantea, porque quizás nos sentimos cómodos con lo que hacemos, nos deja en nuestras rutinas y nos parece que con lo de siempre no necesitamos tanto esfuerzo, que no siempre nos gusta. Si nos ponemos a reflexionar seriamente nos damos cuenta que eso nos sucede en muchos aspectos de la vida.

Así nos sucede con el Evangelio; lo escuchamos pero no siempre quizás dejamos que penetre dentro de nosotros produciéndose revoltura interior porque nos es más cómodo seguir en lo de siempre. Lo escuchamos pero quizás sean palabras que se lleva el viento, no nos detenemos lo suficiente a rumiar, a plantarlo en el corazón. pero tenemos que darnos cuenta de que tenemos que tomárselo en serio.

Hoy al final de este texto que hemos escuchado, vemos que nos dice el evangelista que  ‘la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas. ¿Quienes son los que sienten admiración? Como en otros lugares del evangelio se nos dice serán los pobres, los humildes, los sencillos los que sentían renacer la esperanza en sus corazones cuando escuchaban a Jesús.

Porque las palabras de Jesús en ese diálogo que sostiene con la gente siembran inquietud, son sorprendentes y están planteando actitudes y posturas nuevas. No nos vale estar diciendo todo el día ‘¡Señor! ¡Señor!’ Es cierto que es un grito de fe y con ello estamos proclamando que Dios es el Señor de nuestra vida a quien acudimos, pero también nos está diciendo Jesús que no solo hemos de decir eso sino que necesitamos ponernos en camino. A Dios lo agradaremos no porque gritemos que creemos en Él, sino porque queremos escucharle y hacer su voluntad. ¿Será esa nuestra manera de hacer nuestra oración a Dios? Pensemos que muchas veces vamos más con nuestra lista de peticiones preparada para despachar con Dios, que con los oídos del corazón abiertos para sentirle y para escucharle. ¿De verdad cuando salimos de nuestra oración salimos llenos de Dios porque nos hemos dejado inundar por su presencia?

Es que nosotros hacemos tantas cosas buenas, nos decimos, porque damos nuestras limosnas, porque vamos a la Iglesia de vez en cuando, porque cumplimos nuestras promesas, porque le llevamos flores a la Virgen… y así nos hacemos muchas consideraciones donde pensamos que ya hacemos lo suficiente.

‘Aquel día muchos dirán: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?. Entonces yo les declararé: Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obran la iniquidad’.

Son fuertes las palabras de Jesús. por eso a continuación nos habla de la casa edificada sobre roca o sobre arena; ¿cuál será la que soportará firme los embates de los temporales? El que escucha las palabras de Jesús y las pone en práctica; no deja que se las lleve el viento, ni se las coman los pajarillos del cielo o se sientan ahogadas por los abrojos, como nos enseñará en otra parábola del evangelio. 

¿Cuál es el camino que nosotros estamos haciendo? ¿Nos dejamos sorprender pero también interrogar por las palabras de Jesús para abrirnos a nuevos caminos? 


miércoles, 24 de junio de 2026

Sintamos igualmente que el Señor ha hecho también para nosotros gracia hoy en el nacimiento de Juan en el desierto de nuestro mundo

Sintamos igualmente que el Señor ha hecho también para nosotros gracia hoy en el nacimiento de Juan en el desierto de nuestro mundo


Isaías 49, 1-6;Salmo 138;Hechos 13, 22-26;Lucas 1, 57-66. 80

‘Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella… Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él…’
Hoy celebramos el nacimiento de Juan Bautista. Grande fue la alegría en las montañas de Judá a la hora de su nacimiento. Grande es la alegría también con que el pueblo cristiano celebra la fiesta de su nacimiento. Se preguntaban sus parientes y vecinos qué sería de aquel niño. Muchas cosas extraordinarias rodeaban su nacimiento y todos lo comentaban; había felicitado a Isabel cuando se enteraron que en su vejez iba a ser madre, y ahora con todo lo que rodeaba su nacimiento era causa de comentario y reflexión para aquellas gentes. 
A nosotros también nos hace reflexionar. Y nosotros desde nueva fe sabemos cuál fue su misión y vemos ciertamente que la mano del Señor estaba con él. Su mismo nombre nos lo indica; querían que se llamara Zacarías como su padre porque era lo usual en el primogénito de una familia, pero Zacarías e Isabel sabían que el nacimiento de aquel niño era una gracia, un regalo del Señor y grande era la misión que traía con su nacimiento. Es el significado de la palabra, del nombre que se le iba a imponer, Juan, que viene a significar algo así como que Dios ha hecho gracia; fue, ciertamente una gracia para aquella familia que tanto deseaban un hijo y se vieron enriquecidos con esa gracia del Señor, pero iba a ser una gracia para Israel con la misión que traía como ya le había señalado el ángel a Zacarias en su visión en el templo, era el que venía como un nuevo Elias a reunir a los hijos dispersos de Israel.
Profeta y más que profeta, como diría de él Jesús mismo, el mayor de los nacidos de mujer con la misión de preparar los caminos del Señor, como predicaría más tarde en el desierto. Para nosotros también sigue resonando la palabra y la figura del Bautista; muchos son los caminos que hemos de saber enderezar en nuestra vida para ir al encuentro del Señor que viene a nosotros; su palabra nos resuena no solo en el tiempo del Adviento cuando en la cercanía de la Navidad nosotros también hemos de prepararnos, sino que siempre estará siendo testimonio a nuestro lado de ese camino de rectitud que hemos de vivir aunque duros se nos hagan nuestros caminos.
Algunas veces también nos sentimos como en medio de un desierto en ese mundo que tenemos a nuestros pies y sobre el que caminamos con tantas asperezas y sequedades que nos hacen difícil la siembra de la semilla que se ha puesto en nuestras manos. Corazones resecos e insensibles porque solo piensan en sus intereses y se olvidad de lo que es la rectitud y la honestidad, un caminar sin rumbo dejándonos arrastrar por los vientos del materialismo y del sensualismo como si fuéramos arenas del desierto ofreciéndonos como cantos de sirena placeres o soluciones para la vida que nos dejan con el corazón cada vez más vacío, esa falta de autenticidad de tantos que se envuelven en la fastuosidad de la vanidad y la apariencia. 
Necesitamos escuchar la voz del Bautista que nos invita a una transformación de nuestras vidas para encontrar ese verdadero camino que nos haga aceptar el evangelio que nos anunciará y propondrá Jesus. En medio de la alegría y de la fiesta de su nacimiento son preguntas que nosotros también tendremos que hacernos aquellos vecinos de la Montaña de los que se nos habla en el nacimiento de Juan. ¿Qué será de este niño? ¿Qué es lo que nosotros tenemos que ver hoy para nuestra vida en la celebración de su nacimiento? ¿sentiremos igualmente que el Señor ha hecho también para nosotros gracia hoy en su nacimiento?

martes, 23 de junio de 2026

Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

 


Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

2 Reyes, 19, 9-36; Salmo47; Mateo, 76.12-14

¿Es difícil ser bueno? Algunas veces podemos tener esa sensación; queremos caminar con rectitud pero nos vemos atraídos por tantas cosas en nuestro entorno que parece que al final no sabemos con qué quedarnos. Queremos hacer el bien y nos parece que estamos haciendo el tonto cuando vemos tanta malicia a nuestro alrededor y nos parece que solo tienen éxito los que actúan con esa astucia y esa maldad. Nos vemos quizás burlados porque somos buenos, porque hacemos el bien, porque somos generosos con los demás y nos desprendemos de muchas cosas por compartir con los otros.

¿Qué hacemos? Entramos en esa senda que contemplamos en nuestro entorno o intentamos caminar con esa rectitud que nos hemos propuesto como meta de nuestra vida. Se nos hace difícil en ocasiones pero tenemos que mirar a nuestra conciencia y pensar si vamos a enterrar o a olvidar esos valores que sabemos que son los que nos van a dar verdadera grandeza a nuestra vida.

Es el camino de fidelidad que hemos emprendido y que tenemos que seguir. Como nos dice hoy Jesús en el evangelio no podemos tirar esas perlas preciosas por los suelos o dejar que las hociquen los cerdos. Como cristianos hemos emprendido un camino que nos ha abierto ante nuestra vida el evangelio del Reino de Dios y eso es lo que queremos vivir. Costará esfuerzo, afán de superación en cada paso que demos, ser capaces de hacer oídos sordos a esos cantos de sirena que nos ofrecen tantas cosas pero que sabemos que son vanidad y vacío, tendremos que saber negarnos muchas veces a nosotros mismos esos caprichos que muchas veces nos aparecen pero bien disimulados para llegarnos a confundirnos.

¿Qué es lo que de verdad deseamos de la vida? ¿Seguir viviendo entre falsedades y apariencias? ¿Dejarnos engatusar por esas vanidades que pronto nos daremos cuenta que nos van a llevar a un vacío de nuestra existencia?

¿Qué pediremos que los demás puedan ofrecernos y que en verdad enriquezcan nuestra vida? Seguro que no queremos ir por ese camino de superficialidades; buscaremos respeto y comprensión, que seamos capaces de ayudarnos y tendernos la mano para caminar juntos y superar así las dificultades, una buena convivencia donde desde ese respeto sepamos valorarnos los unos a los otros y tratemos de lograr una armonía en nuestras relaciones. Parecen cosas muy elementales pero nos damos cuenta de que son una buena base para hacer que nuestra sociedad sea mejor.

Como nos dice hoy Jesús en el evangelio ‘todo lo que deseáis que los demás hagan con nosotros, hacedlo vosotros con ellos’. Es el camino del amor que Jesús nos traza en el evangelio, un amor generoso y que siempre será creativo, un amor que nos lleva a la búsqueda de lo mejor que nosotros podamos ofrecer por ellos, un amor que no está esperando a que nos amen para nosotros comenzar a amar sino que siempre tomará la iniciativa, aunque nada haya recibido ni nada sea luego lo que nos vayan a ofrecer. El amor que nos enseña Jesús en el evangelio es de gran altura y profundidad. Nosotros en nuestro amor a quien estamos imitando es a Jesús que por nosotros se entregó. Nos enseñará a amar, no de cualquier manera, sino como El nos ha amado. Es la maravilla del amor cristiano que se hace también comprensión y perdón y que eleva nuestro espíritu a alturas sobrenaturales.

Como decíamos el camino algunas veces se nos hace estrecho, pero sabemos que es el camino cierto que nos lleva a la plenitud.

 

lunes, 22 de junio de 2026

Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

 


Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

2 Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Salmo 59; Mateo 7, 1-5

Decía san Agustín ‘si corriges, hazlo con amor; y si perdonas, hazlo con amor’. Una hermosa sentencia que tendríamos que recordar al albur de lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Si lo haces así habrás aprendido a hacerlo con humildad.

Vamos demasiado de autosuficientes y de maestros por la vida. Somos los que nos lo sabemos todo y lo que todo lo hacemos bien. Que nadie nos diga nada. Porque ya estaremos preparados con la regla en alto para humillar a quien trate de decirnos algo en contra de nuestras opiniones. Cuando empleo esta expresión de la regla en algo lo hago recordando aquellos tiempos en que el maestro quizás corregía más con la regla que con las palabras de convencimiento para hacernos ver nuestro error. Hoy la regla es la descalificación, es el tener en cuenta la lista de errores que tú en otro momento hayas podido cometer para ahora echártelo en cara y hacerte perder autoridad para lo que tratas de decirle buenamente, son las palabras hirientes que quieren hacer creer como un tonto que nada sabes ni nada puedes decir, es el querer imponer mis criterios porque tú ya estás trasnochado. De cuántas cosas nos valemos para aceptar una corrección.

Que la corrección nunca sea un juicio condenatorio porque se volverá contra nosotros por nuestra falta de humildad. Nos habla Jesús de la paja en el ojo ajeno que queremos retirar mientras tenemos una viga en el nuestro. Qué importante es que nos miremos a nosotros mismos primero en toda su crudeza, pero comenzaremos a ser más humildes y a tener mayor delicadeza cuando vamos a ayudar a los demás.

Jesús nos está planteando en el sermón del monte que venimos escuchando en el evangelio ese sentido nuevo de nuestras relaciones mutuas cuando nos está dando las características del Reino de Dios que anuncia. Un mundo nuevo de fraternidad cuyos lazos son los del amor de hermanos. Los hermanos no se imponen los unos a los otros, los hermanos saben caminar juntos y a la par, los hermanos se respetan y valoran cada uno en sus valores y capacidades sabiendo ocupar cada uno su lugar, los hermanos se ayudan a salir de los atolladeros de la vida con los menos daños y consecuencias, los hermanos no humillan ni discriminan.

Son características muy valiosas en nuestras mutuas relaciones y que van a contracorriente de un mundo de prepotencias y discriminaciones, de manipulación y dominio de la manera que sea de los unos sobre los otros, de desconfianzas y zancadillas porque siempre queremos prevalecer y quitamos de en medio a quien nos pudiera hacer sombra. Y nos cuesta remar a contracorriente pero nosotros tenemos unos valores que son los realmente van a dar grandeza a nuestra vida. Hoy se habla mucho de dignidad y de derechos humanos pero seguimos poniendo barreras en el camino de la vida difíciles de sortear para muchos porque siempre trataremos de arrimar el ascua a nuestra sardina.

Tendrá que ser siempre la humildad y la sencillez los que guíen nuestros pasos, moderen nuestros gestos y llenen de delicadeza nuestro trato con los demás. Será ahí donde estaremos manifestando nuestra verdadera grandeza; como nos dirá Jesús en otro momento del evangelio será el más importante el que sea capaz de ser más servidor. Por eso nos dirá que quien quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos. Y ahí tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar los que nos decimos seguidores de Jesús. Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo.

domingo, 21 de junio de 2026

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

 



Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

Jeremías 20, 10-13; Salmo 68; Romanos  5, 12-15; Mateo 10, 26-33

Cuando estamos convencidos de algo lo defenderemos a capa y espada – es una forma de decir – porque nada ni nadie nos puede quitar ese convencimiento. Encontraremos razones y motivos que den fuerza a nuestras palabras, nos valdremos de todos los argumentos, pero defenderemos esa verdad. Experiencias tenemos en personas que nos rodean, capaces de darlo todo por ese convencimiento, y quizás en más de una ocasión nos habremos visto así defendiendo nuestra verdad.

Sin embargo nos queda por dentro una duda o una pregunta, ¿tendremos esos convencimientos tan fuertes? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? ¿Y si se ponen en peligro aquellas cosas que poseemos o acaso hasta se pudiera llegar a poner en peligro nuestra vida? ¿Mostraremos así con valentía nuestro convencimiento?

Pareciera que yo pongo duda incluso a esas afirmaciones un tanto categóricas con las que he comenzado esta reflexión. Pero me remito a lo que es nuestra vida, a nuestras actitudes y a nuestros valores, porque quizás muchas veces nos dejamos arrastrar, nos cuesta ir a contracorriente, si todo el mundo vive así, ¿por qué yo voy a ser distinto? Son quizás tentaciones que nos acechan.

Y podemos pensar en la rectitud de nuestra vida como podemos estar pensando también en lo que es el mundo de nuestros negocios, de nuestras ganancias y de lo que no queremos que sean perdidas, de nuestros principios morales, y por supuesto tendríamos que estar pensando en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana desde los valores del Evangelio que Jesús nos propone para vivir el Reino de Dios. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?

Porque nos entran los miedos cuando vemos que el mundo que nos rodea pasa de religión, del evangelio, de los valores cristianos, que no todo el mundo piensa lo mismo, que muchos incluso nos van a la contra y estarán incluso sacando a flote de manera interesada nuestras debilidades para desprestigiarnos, para quitarle valor a nuestro anuncio, para seguir queriendo sostener nuestra sociedad sobre unos valores bien distantes de los que nosotros queremos proclamar desde el evangelio. Y nos cuesta nadar a contracorriente frente a ese mundo para proclamar con valentía nuestros valores para la construcción de nuestra sociedad.

Nos sentimos débiles en muchas ocasiones e inseguros porque también poco nos hemos preocupado por fundamentar bien nuestra fe, por vivir unas intensas experiencias de Dios que nos llenen de fortaleza, porque parece que nos faltan argumentos, pero lo que realmente nos falta es confianza en la palabra de Jesús que nos promete la asistencia de su Espíritu. Y vamos entonces queriendo compaginar todo para no enfrentarnos con los que nos presentan otra manera de sentir y de vivir, y nos hacemos cobardes y timoratos. En este corto texto del evangelio por tres veces nos dice Jesús que no tengamos miedo.

En la primera lectura hemos escuchado las consideraciones que se hace el profeta Jeremías que se ve acosado por todas partes, pero como finalmente terminó confesando ‘el Señor es mi fuerte defensor…’ Se siente fuerte y no se amilana, no se cruza de brazos, sigue proclamando con valentía su misión profética, aunque encuentre el rechazo de los que están a su alrededor.

Es a lo que nos está invitando Jesús, pero también nosotros tenemos en muchas ocasiones la tentación de buscar nuestros refugios, de hacernos nuestras rebajas a la hora de compromiso para quedarnos tranquilos y no se tan estridentes frente a nuestra sociedad; pero Jesús nos dice que lo que nos dice en secreto tenemos que proclamarlo desde la azotea.

¿Nos refugiamos quizás en rezos y en un cristianismo muy encerrado en el culto y en las devociones pero con poca trascendencia en todo lo que es la vida social del entorno en el que vivimos? Un cristianismo muchas veces meramente sociológico apoyado en tradiciones o costumbres ancestrales, que se puede manifestar en expresiones artísticas, hemos de reconocer, de indudable valor, pero que finalmente terminamos convirtiendo en fiesta de interés  ‘turistico’ para que vengan a visitar nuestro pueblo.

¿Qué estamos haciendo de nuestra religiosidad? ¿Qué estamos haciendo del evangelio que vivieron y nos trasmitieron esos santos a los que ahora celebramos con nuestras romerías? ¿Qué tendrá que ver todo eso con un auténtico evangelio?

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por Él ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio? ¿Cuáles tendrían que ser las actitudes, las posturas, los compromisos con los que un cristiano hoy tiene que anunciar a Jesús? Son preguntas serias que nos tenemos que hacer y busquemos respuestas en el evangelio.

Más tendríamos que hacer los cristianos un camino sinodal en el que juntos reflexionemos el Evangelio para encontrar el mejor modo de hacer el anuncio hoy ante nuestro mundo. Confieso que a mi también me cuesta.


sábado, 20 de junio de 2026

Busquemos lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón

 


Busquemos lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón

2 Crónicas 24, 17-25; Salmo 88; Mateo 6,24-34

Está bien y bonito eso que desde hace unos años hemos acuñado como la sociedad del bienestar; es humano, ¿por qué no decirlo?, que queramos vivir bien, ser cada día más felices, alejar de nosotros preocupaciones y sufrimientos y por supuesto todos hemos de luchar por una vida más digna cada día; son nuestros sueños y nuestros anhelos, porque además Dios nos quiere felices, y la persona cada día ha de ir superándose cada vez más por tener un mejor nivel de vida.

Decíamos que está bien y es bonito y no nos desdecimos de ello, pero también hemos de reconocer que se puede convertir en una trampa; no vamos a alcanzar todos igual nivel, ni quizás el nivel que esperamos, porque la vida se pone difícil, porque algunas veces quizás nos faltan oportunidades, porque tampoco sabemos buscar lo que realmente es importante, y vienen los fracasos y las decepciones, o vienen de nuevo los agobios porque siempre queremos tener más, y podemos terminar esclavizándonos de esos mismos agobios.

Hoy nos quiere hacer pensar Jesús. Parece que rompe todos nuestros esquemas. Pero es algo distinto lo que Jesús nos propone. No nos habla de que no busquemos una vida digna, ni que no utilicemos los medios humanos a nuestro alcance para seguir avanzando y creciendo en la vida; El nos ha hecho responsables precisamente de esa vida que ha puesto en nuestras manos y ya desde aquella primera página de la vida nos decía que creciéramos y nos multiplicáramos, pero lo que no quiere es que convirtamos en dioses de nuestra vida eso material que está al alcance de nuestras manos.

Por eso ha comenzado diciéndonos hoy que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero. Ya en otros momentos nos ha hablado de esa codicia que algunas veces esclaviza nuestro corazón de manera que nos parece que teniendo de todo ya somos felices de verdad. ¿Recordamos la parábola del que cogió grandes cosechas, amplió sus lagares y bodegas y se decía que ya podía vivir feliz porque tenía de todo?

Hoy quiere hacernos pensar que hay bellezas que tienen que envolver nuestra vida que no conseguimos desde la adquisición de cosas materiales. ¿No es bella una flor que llena de colorido nuestros campos y nos envuelve con su perfume? El afán por llenar nuestro estómago no tiene que hacer perder de vista otras cosas que en la vida nos dan más satisfacción. Los pajarillos del cielo son alimentados por el Creador de manera que ni uno solo se pierde sin que lo quiera Dios. En el aire se sostienen y nos alegran la vida con sus trinos posados en las ramas de nuestros árboles.

¿Qué es lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón? Hay tantas cosas que hemos de cuidar en nuestro paso por la vida, que hemos de vivir con gran responsabilidad, que nos tiene que hacer mirar a los otros de forma distinta y hacerles agradable la vida. Son cosas que no se pagan con dinero, son cosas que nos salen del alma desde la sencillez y la humildad y alegran de verdad nuestro corazón.

Hoy Jesús está queriendo enseñarnos a que pongamos toda nuestra confianza en Dios que es nuestro Padre que nos ama. ¿Y qué padre no quiere el bien de sus hijos? Por eso nunca tenemos que sentirnos abandonados; podrán venir vendavales en la vida y tormentas que nos amenazan con perder la paz, pues puestos en las manos de Dios nos sentimos seguros, no nos faltará esa paz y esa alegría interior sea cual sea la situación por la que pasemos.

Busquemos, pues, no lo que llene nuestros bolsillos, sino lo que llene el corazón; sepamos repartir ternura a nuestro paso y con nuestros gestos hagamos más agradable la vida de los que nos rodean. Es el Reino de Dios al que Jesús nos llama, el Reino de Dios que hemos de construir, el Reino de Dios que se va a manifestar en una nueva armonía y paz entre todos porque va a resplandecer de verdad el amor. En Dios confiamos para poder vivirlo. Es mucho más que una sociedad del bienestar, pero estaremos construyendo un mundo que ha encontrado la felicidad verdadera.

 


viernes, 19 de junio de 2026

Pongamos un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo

 


Pongamos un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Salmo 131; Mateo 6, 19-23

¿Cuál es la luz que de verdad ilumina tu vida? No vamos a responder de forma teórica pensando ya de antemano a lo que nos quiere llevar el mensaje del evangelio de hoy. Vamos a responder desde lo que es la cruda realidad de nuestra vida, a hacerlo con sinceridad. Es como preguntarse seriamente, en lo que es la práctica de nuestra vida ordinaria de cada día, lo que realmente es importante para mi, por lo que sería capaz de darlo todo, seriamente, los intereses que tengo en la vida.

Ya terminaba Jesús el texto que hoy se nos ha propuesto diciéndonos unas palabras que van mucho más allá de lo que literalmente nos dicen porque de alguna manera sienta unos principios de pensamiento. ‘La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’ No es referencia a enfermedades del cuerpo o de los ojos sino algo así como suele decirse que veremos según el color del cristal con que se mira. Y en esos filtros que ponemos es donde encontramos la respuesta.

Actuamos según esos intereses que tenemos y no podemos negar que lo material o lo sensual son lentes de enfoque habituales en nuestra vida. Queremos tener y queremos pasarlo bien, que tengamos de todo y de todo podamos disfrutar; por ahí andan nuestros esfuerzos y hasta nuestras luchas porque pronto aparecerán nuestras ambiciones y nuestras envidias, que irán corroyendo la base de nuestra vida entrando en un estado de corrupción de nuestro espíritu; es más, como el espíritu no lo tenemos en cuenta aquello que no se usa al final termina atrofiándose y muriendo por inacción. Algo que nos está sucediendo, que se van perdiendo todos esos valores espirituales y nos vamos embruteciendo en lo material y en lo caduco.

¿Dónde tenemos puesto nuestro corazón? ¿Cuáles son, entonces, nuestros tesoros? Con aquello de que hemos creado todo un mundo económico para ese necesario intercambio entre unos y otros para luego poder obtener aquello que básicamente necesitamos para nuestra vida, hemos terminado convirtiendo esa posesión de lo material en lo que parece que es el único objetivo de nuestra vida. Nos creamos unos dioses para depender de ellos en esos bienes materiales. Seremos tan avaros en la posesión de lo material que por una parte nos quitarán la verdadera libertad interior y por otra no seremos capaces ni de utilizarlos para mejorar nuestra vida. La avaricia nos hará mirar solo el brillo del oro pero no sabremos utilizarlo para buscar camino de una mayor dignidad en nuestra vida. El ojo enfermo que no nos permitirá ver la luz.

No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban’, nos dice Jesús. Es lo caduco y lo efímero que tan fácilmente podemos perder. Y no solo es porque en lo efímeros que son pronto se pueden acabar, o por la ambición codiciosa de otros los podemos perder porque nos los roban, sino que somos nosotros mismos los que estaremos perdiendo la verdadera grandeza de nuestra vida.

Pensando que solo lo material nos da felicidad nos olvidamos de disfrutar de la presencia de los demás, disfrutar de la amistad y la compañía de los amigos y de los que te quieren, disfrutar del buen corazón que se vuelve generoso, sentirte en verdad satisfecho cuando haces el bien a los demás, gozarte en lo que es la sinceridad de la vida, elevar nuestro espíritu para disfrutar de lo espiritual y poder entrar en la sintonía divina que nos envuelve con su amor.

‘Haceos tesoros allí donde no hay polilla ni carcoma que los corroan, ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón’. ¿Entraremos en esa nueva sintonía de la vida? ¿Sabremos poner un hermoso filtro en nuestros ojos para ver la vida de una manera distinta? Que no se nos atrofie nuestro espíritu, que seamos capaces de crecer desde lo más hondo.

jueves, 18 de junio de 2026

Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

 


Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6, 7-15

Aunque nos decimos muy libres y autosuficientes, que sabemos hacer las cosas por nosotros mismos y tenemos nuestras maneras, sin embargo en el fondo nos gustan las fórmulas; ¿cómo tenemos que hacer eso?, nos preguntamos muchas veces y estamos esperando que nos den detalladamente los pasos que tenemos que dar, para todo tenemos protocolos de cómo hay que hacer las cosas reglamentándonos según las situaciones en que nos encontremos lo que tenemos que hacer. Mira por donde hasta en nuestra relación con Dios queremos tener unas formulas, unas palabras que simplemente repitiéndolas decimos que estamos orando, que estamos hablando con Dios.

¿Será eso lo que en alguna ocasión le pedían los discípulos a Jesús cuando le pedían que les enseñara a orar, como hacían también los fariseos con sus seguidores? Los discípulos contemplaban la oración de Jesús, en alguna ocasión con el Tabor le verán incluso transfigurarse cuando está en oración, y querían orar como Jesús y parece que no terminaban de encontrar el camino. ¿No nos sucederá de alguna manera a nosotros también?

Es la respuesta que nos da Jesús hoy en el evangelio, nos enseña lo que tiene que ser nuestra oración, que no puede ser una formula aunque en eso la hemos convertido. Tenemos que entender muy bien lo que Jesús nos está diciendo, porque más que una fórmula que repitamos nos está enseñando una manera de sentirnos con Dios, nos está revelando una forma de vivir nuestra relación con Dios.

No es tanto lo que nosotros queramos decirle a Dios; como nos dice que nuestro Padre sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos. Convertimos nuestra oración en muchas palabras que decimos o una lista de peticiones que traemos previamente preparada. Muchas veces decimos que antes que eso nosotros tenemos que aprender a escuchar a Dios, es cierto, pero es mucho más lo que tiene que ser nuestro encuentro con El; es sentirnos envueltos en su amor porque somos sus hijos y nos ama; por eso la primera palabra, el primer sentimiento que expresamos es llamarle Padre; y cuando digamos o sintamos eso de verdad todo se transformara en ese momento en nuestra vida.

Nos sentimos hijos amados de Dios y en El nos sentimos santificados; nos sentimos hijos amados de Dios y a partir de ese momento todo tiene que ser distinto en nuestra vida. Es lo que se va expresando en esas palabras de Jesús cuando nos enseña a orar. Pero quizás nosotros nos contentamos con repetirlas, muchas veces a la carrera, y no saboreando todo lo que es ese amor que Dios nos tiene a partir del cual nos sentimos transformados.

Claro que queremos hacer su voluntad, que queremos sentir que es el único Señor de nuestra vida, que nos sentimos perdonados entrando también nosotros en ese órbita del perdón para los demás, claro que nos sentimos fortalecidos con su presencia y ya nada tememos porque El está con nosotros. Pero no se puede quedar en palabras que repetimos una y otra vez pero tras las cuales al final nos sentimos igual que siempre y nuestra vida no se siente transformada.

Qué lástima que nuestra oración la hayamos convertido en un recitar palabras por las que pasamos sin que en verdad lleguen a lo hondo de nuestra vida; y nos sucede en nuestra oración personal o nos sucede en nuestras celebraciones, que terminan siendo frías y rutinarias que tenemos que terminar en un tiempo determinado para no cansarnos. ¿Es que se puede uno cansar cuando está viviendo la experiencia de sentirse amado por Dios? ¿Por qué tenemos que estar pensando en lo que luego tenemos que hacer pero no vivimos hondamente ese momento en que nos sentimos de manera especial en la presencia de quien sabemos que nos ama?

No una nueva fórmula sino una nueva forma de vivir nuestra oración es lo que necesitamos. No es fácil pero tenemos que dar pasos para que sea así.

miércoles, 17 de junio de 2026

Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

 


Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

No eches a perder aquello que haces poniéndole demasiados galones, tantos que no se va a valorar lo que tú has sido capaz de realizar por ti mismo, por lo que tú eres y sabes hacer, sino que esos adornos externos realmente lo van a ocultar.  Para que quede bonito, decimos, y lo que estamos haciendo es desvirtuándolo.

Así nos puede suceder en muchas situaciones de la vida, por eso hemos de cuidar la autenticidad de lo que hacemos, que eres tú mismo en tu interior el que tienes que saber darle valor. Cuando ponemos otras intenciones y quiere aparecer el lucimiento realmente hemos desvalorado lo que en principio con nuestra buena voluntad habíamos querido hacer. No busquemos las alabanzas externas sino mejor lo que tú en tu interior sientas. De eso nos está previniendo Jesús.

Nos habla hoy de tres momentos o de tres situaciones, en este caso concreto, en referencia a nuestra religiosidad, pero que lo podríamos ampliar a todo lo bueno que podamos hacer en la vida. La apariencia y la vanidad están reñidas con la autenticidad, porque cuando hacemos las cosas buscando esa alabanza de los demás, aparte de nuestra vanidad le añadimos más cosas para que tengan brillo que encandile a los demás, lo que empañará el auténtico brillo que debería tener y ya ha perdido su autenticidad.

Jesús parte siempre de cosas concretas, señala situaciones que observa en su entorno, nos da pautas para nuestra autenticidad, pero quiere que evitemos las vanidades que podamos contemplar en otros que quieran presentarse como modelos para nuestra vida. Seré modelo auténtico si actúo desde mi mismo en lo que soy y en lo que vivo en lo más profundo de mi, no porque así quiera presentarme ante los demás como su yo estuviera en un estadio superior al que tienen que aspirar los que me rodean. Hemos de reconocer que somos débiles y a pesar de nuestra buena voluntad y de nuestro esfuerzo en ocasiones pueda ser que no aparezca tan perfecto para los demás. Hemos de pasar por el camino de la humildad, de reconocer lo que somos, lo que somos capaces de hacer, pero también de las limitaciones que envuelven nuestra vida.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración y del ayuno. Nos está pidiendo autenticidad, no apariencia. Ya en otro momento nos dirá que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, luego no podemos ir tocando campanillas por delante nuestro cuando vamos a compartir con los demás. La discreción hará valiosa tu generosidad pero además no humillará a quien recibe lo que compartamos.

Y al hablarnos de la oración nos dice que vayamos al lugar escondido. Recordamos la parábola que un día nos propondrá de los dos que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano. Rezar en lo escondido significa la interioridad que hemos de darle a nuestra oración, que no es cuestión de muchos rezos, como nos dice, no hacen falta muchas palabras; la oración es vivir un encuentro de amor. Es por donde tenemos que comenzar y lo que tiene que ser el meollo de nuestra oración; nos sentimos amados y nos dejamos inundar por el amor, y para eso no hacen falta muchas palabras, lo importante es vivir, es sentir en el corazón, es entrar en esa sintonía de amor que será escuchar y saborear todo ese amor que sentimos. Cuanto tendríamos que decir, cuanto tendríamos que reflexionar, cuanto tendríamos que mirar nuestra forma de orar.

Es el sentido de autenticidad que hemos de darle a nuestros ayunos. ¿Es la ofrenda de un sacrificio? Pero tiene que ser algo salido de verdad del corazón. Lo importante no es la apariencia que podamos manifestar exteriormente, sino ese control de nuestra vida que podemos aprender a hacer desde lo más hondo de nuestro corazón. No son ofrendas o sacrificios de cosas lo que le agrada al Señor, sino ese corazón contrito, ese corazón humilde que reconoce cuanto tiene que transformar en si mismo en ese camino de ascensión y superación que tiene que ser su vida.

Aprenderemos a decir no, no para machacarnos en el sufrimiento, sino como un aprendizaje de liberación; no nos ata nuestro capricho, no se nos impone nuestro egoísmo, no nos dejamos arrastrar por nuestro amor propio, no queremos que prevalezca nuestra vanidad que nos hace orgullosos y soberbios, no dejamos que se impongan sobre nosotros las pasiones, no nos queremos dejar arrastrar por el ambiente que nos rodea, y para eso tenemos que aprender a decir no; el ayuno no es en sí una limitación del alimento por si mismo, sino que el ayuno tiene que pasar por todas esas cosas de las que no nos queremos dejar dominar en la vida. No es apariencia ni se queda en gestos externos, pasa por la transformación de nuestra vida que es un camino de conversión.

Todo envuelto por la autenticidad del amor.

martes, 16 de junio de 2026

Nuestro modelo ha de ser siempre el amor de Dios del que nosotros con nuestras nuevas actitudes hemos de ser un reflejo

 


Nuestro modelo ha de ser siempre el amor de Dios del que nosotros con nuestras nuevas actitudes hemos de ser un reflejo

1Reyes 21, 17-29; Salmo 50; Mateo 5, 43-48

Cuando llueve, llueve para todos, solemos decir, claro que con la misma lógica tendríamos que decir, cuando hay pan, hay pan para todos; pero aquí las lógicas se quiebran y es cuando entramos nosotros y comenzamos a acaparar para nosotros mismos, olvidándonos de los demás, o pensando que cada uno se las arregle como pueda.

Pero Jesús nos ha traído a cuento esa sentencia o ese dicho de la lluvia queriendo decirnos que en las actitudes que hemos de tener con los demás no tenemos que estar haciéndonos distingos, buscando preferencias, o actuando simplemente dando respuesta solo desde nuestros instintos más primarios, como si siempre tuviéramos que estar a la defensiva frente a los que nos hayan podido hace daño o a partir de cómo nos hayan tratado.

Jesús está hablándonos del amor que debe envolver nuestra vida y que ha de ser como la razón de ser de lo que hacemos o del trato que tengamos con los demás. Por eso ese pan del amor no ha de tener exclusividades ni tenemos que negarlo a partir de los criterios de cómo nos hayan tratado a nosotros.

Jesús nos está proponiendo algo que rompe muchos esquemas, nos está pidiendo una renovación muy profunda de nuestras actitudes y de la manera que tengamos de tratar a los demás. Porque nos está hablando de un amor que ha de tener una categoría universal, un pan que a nadie podemos negar. Viene a romper aquel esquema de que solo hemos de amar a los amigos, que solo vamos a responder con amor cuando nos hayan ofrecido amor. ¿Se convertirá así el amor en un intercambio, y aquí podríamos decir que interesado, como si le estuviéramos poniendo precio al amor que damos según sea el amor que recibimos? La regla económica de la oferta y la demanda, como en nuestras transacciones materiales.

Es claro Jesús. No podemos seguir actuando según esos parámetros antiguos. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial…’ y es aquí cuando nos dice que así seremos hijos del Padre Celestial ‘que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Esos son los parámetros de Dios que tendrán que ser a partir de ahora nuestros parámetros. No caben otras medidas interesadas. No caben esos precios que le ponemos a lo bueno que nosotros podamos hacer. Y es que algo nuevo tiene que distinguirnos a aquellos que queremos vivir el Reino de Dios. Como tantas veces hemos recordado, por eso nos pedía Jesús que teníamos que darle la vuelta totalmente a nuestra vida, conversión en una palabra, para poder aceptar el Reino de Dios, para poder vivir el Reino de Dios. Porque es una vida nueva la que tenemos que vivir. Y claro que será algo que nos cueste, pero es el paso necesario que hemos de dar.

Como nos dirá a continuación, ‘porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Y es cuando nos está planteando el modelo ideal de altas miras. ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. No nos podemos andar con posturas y actitudes raquíticas, no podemos andar con medidas interesadas, no podemos seguir manteniendo el corazón cerrado, podíamos decir, por partes, porque comenzamos a hacer distinciones y rebajas. Nuestro modelo será siempre el amor de Dios., del que nosotros hemos de ser un reflejo.

domingo, 14 de junio de 2026

Sanemos las heridas que muchas veces podemos llevar en el corazón con la medicina del amor y con tu actitud generosa podrás también repartir felicidad

 


Sanemos las heridas que muchas veces podemos llevar en el corazón con la medicina del amor y con tu actitud generosa podrás también repartir felicidad

1Reyes, 21, 1-16; Sal. 5; Mateo 5, 38-42

‘El cristianismo no es fácil, pero es feliz’, decía San Pablo VI en una ocasión a unos estudiantes romanos que asistían a una de sus audiencias. Como la vida, como los trabajos que realizamos, como el camino que hacemos, muchas veces no es fácil pero al final disfrutamos viviendo, como nos sentimos satisfechos y felices cuando hemos llegado a completar nuestro trabajo, como nos sentimos al final del camino por muchas que hayan sido los piedras que hayamos tenido que sortear en el camino. Pero es que tendríamos que decir algo más, es que incluso con esas piedras nos sentimos felices haciendo el camino; en medio de nuestros esfuerzos nos sentimos felices en nuestro trabajo; seguramente es algo que no todos entienden, porque no saben ser felices en lo que son y en lo que hacen.

Es lo que nos quiere Jesús enseñar en el llamado sermón del monte, que comienza precisamente proclamando las bienaventuranzas; quiere decirnos Jesús que el camino de su seguimiento es un camino de felicidad; por eso nos dirá que serán dichosos y felices los pobres y los que se ven perseguidos, los que sufren no solo en si mismos en sus carencias sino también por el sufrimiento de los demás porque lo hacen propio, y así podemos seguir desgranando todas las bienaventuranzas, que ya hemos meditado recientemente.

Hoy nos habla Jesús de esos detalles que nos pueden parecer pequeños en nuestro trato o en nuestra relación con los demás, pero que sin embargo muchas veces nos pueden producir amargura en el corazón; pero Jesús quiere que vivamos sanamente esas situaciones en que nos podemos ver contrariados por las dificultades que encontramos en esas relaciones; nos podemos sentir ofendidos, puede parece que son exigentes con nosotros los demás en lo que nos piden, nos cuesta quizás desprendernos de nuestras cosas para compartirlas con los demás.

Todo nos viene a decir Jesús tenemos que aprender a vivirlo de una manera sana. ¿De qué nos vale mantener esa herida abierta en nuestro corazón cuando alguien nos ha ofendido si al final seremos nosotros los que lo estaríamos sufriendo? Quienes guardan resentimiento en su corazón por algo malo que hayan recibido de los demás y hasta decimos pues no le perdono para que se aguante, el que está sufriendo eres tú por mantener ese resentimiento en tu corazón. Trata de sanar esa herida, y la mejor medicina es el amor, responde no con odio sino con amor. Es difícil, es cierto, porque nuestra reacción espontánea es la violencia, pero cuando calmas tu corazón con amor serás feliz, como nos venía a decir el Papa en la cita que mencionábamos al principio. ‘No hagáis frente al que os agravia’, nos decía Jesús.

Y en ese sentido iban las palabras de Jesús en lo que nos decía a continuación. Dale más de lo que te pide o te exige, y al final la generosidad de tu corazón te hará sentirte mejor, te hará sentirte más feliz. No nos escondamos de aquel que sabemos que nos va a pedir algo, como algunas veces espontáneamente sentimos ganas de hacer. No cruces a la otra acera para no encontrarte con aquel con quien tienes algo pendiente, vete de frente por la vida pero siempre haciendo rebosar de amor tu corazón. Se acabarán los miedos y florecerá la generosidad en el corazón. No será fácil pero al final te sentirás feliz.

Regala una flor.

Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con las mismas entrañas de Jesús

 


Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con las mismas entrañas de Jesús

Éxodo 19, 2-6ª; Salmo 99; Romanos 5, 6-11; Mateo 9, 36 – 10, 8

Hay algo de lo que se habla hoy en nuestro mundo con mucha facilidad y es hablar del amor; aparece por todos lados, es una conversación fácil y todos decimos que amamos, pero creo que tendríamos quizás que preguntarnos si estaremos diciendo lo mismo, si estaremos hablando del mismo amor; de lo que es amar en su esencia; es fácil decir que somos amigos de mis amigos, decimos que amamos cuando nos sentimos amados o porque nos aman, cuando nos ofrecen algo en correspondencia, porque con la misma facilidad decimos que un día el amor se acabó entre dos personas o entre dos amigos y después ya no queda nada de lo que decíamos que fue ese amor. Cuando actuamos así, cuando amamos así ¿estaremos empleando ese concepto en el mismo sentido que Jesús nos ofrece?

Es lo que se nos revela hoy en la Palabra de Dios. Hoy por ejemplo el evangelio nos relata cómo Jesús se encontró con aquella multitud que le esperaba y a los que ve como ovejas sin pastor. Y nos dice el evangelista que ‘se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonados como ovejas que no tienen pastor’. Quería fijarme en el sentido de esa palabra que emplea el evangelista; nos habla de compasión, pero ¿qué significa esa palabra en su propia raíz? Es el estremecimiento que siente en sus entrañas una madre por su hijo, pero ese amor de madre así no se perderá nunca, porque una madre nunca olvida al hijo de sus entrañas, aunque el hijo la abandone o se marche de su lado.

Jesús siente ese estremecimiento en sus entrañas por aquella multitud, siente ese estremecimiento en sus entrañas por nosotros. Así es el amor de Dios. Y nos lo explicará de forma muy hermosa y diríamos que impresionante san Pablo. No nos ama Dios porque nosotros le hayamos amado, sino que el amor de Dios es primero, es lo inicial. Seamos nosotros como seamos, Dios nos ama. No terminamos de considerarlo lo suficiente.

Como sigue diciéndonos el apóstol ‘por una persona buena tal vez se atrevería uno a morir’, que es como nosotros hacemos habitualmente en lo que decimos que es nuestro amor, amamos a los que nos parecen buenos o han sido buenos con nosotros. Pero el amor de Dios va más allá. ‘Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros’. ¡No es nada lo que nos está diciendo! No por nuestros merecimientos, sino que cuando parecía que no merecíamos nada, sin embargo El nos amó. Pero aun nos dirá más. ‘Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!’ El amor de Dios siempre permanece y cuando ya ha dado Cristo su sangre por nosotros, ¿cómo no nos va a seguir amando y ofreciéndonos su salvación?

El evangelio termina narrándonos como Jesús eligió a los Doce y los envió con su misma misión. Como nos dice el evangelista, ‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis’. Pero ¿qué significa ese envío? Tenemos que ir con las mismas entrañas de misericordia de Jesús a los demás. Con ese mismo estremecimiento en nuestras entrañas ante lo que vamos encontrando en nuestro mundo, esa multitud por la que Jesús se compadecía porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor.

Así tenemos que mostrarnos los cristianos. Es la tarea y la misión que Jesús nos confía. ¿Y no es así ese mundo que contemplamos a nuestro alrededor? Cuánto sufrimiento y cuánta soledad, cuánto vacío y cuanta frialdad por muchas palabras bonitas que digamos; nuestro mundo está roto, se siente también desorientado en muchas cosas; el ambiente que nos rodea, la situación de nuestra sociedad, la indiferencia de tantos, la insolidaridad que aflora tantas veces en nuestros corazones porque siempre nos miramos primero a nosotros mismos, las discriminaciones y desconfianzas que siguen existiendo, la maldad y la ambición de muchos que les lleva a ser injustos con los demás, los resentimientos y las envidias que van sembrando cizañas allá por donde pasan, los afanes de grandeza y de poder que llenan de orgullo a tantos y que contemplamos alrededor en tantos y para lograrlo no les importa arrasar con quien sea o con lo que sea.

Ahí nos envía Jesús a curar enfermos y a resucitar muertos, como nos dice hoy el evangelio. No podemos decir que nada podemos hacer. ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para que nuestro mundo cambie? ¿Sentiremos ese estremecimiento también en nuestras entrañas para llegar a manifestar el verdadero amor?