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martes, 29 de septiembre de 2026

Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios

 




Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios

Daniel 7,9-10.13-14; Salmo 137; Juan 1,47-51

Nos habremos quedado ‘moscas’, como suele decirse, cuando quizás nos han presentado a alguien de quien pensábamos que no le pudiéramos conocer de nada o él tampoco nos pudiera conocer a nosotros, cuando de repente nos dice que él ya nos conocíamos. ¿De qué me conoces?, seguramente la preguntamos y esperamos que nos dé razones de ese conocimiento. Y quizás podía haber buenas razones y motivos para que hubiera ese conocimiento, aunque no cueste comprender por qué.

Es lo que sucede en este pasaje del evangelio que hoy se nos propone en esta fiesta de los Santos Arcángeles; luego podremos ver la razón por la que se nos propone en la liturgia este evangelio. En este caso lo que sucede es que Natanael es llevado a la presencia de Jesús por su amigo Felipe que ya es seguidor de Jesús y cuando le es presentado a Jesús éste comienza a hablar maravillas de Natanael, ‘un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Realmente Jesús hace una gran alabanza de aquel a quien ahora le están presentando. A cualquiera que le hicieran una alabanza así se le subirían los colores a la cara.

Es entonces cuando surge la pregunta, ‘¿y de qué me conoces tú a mi?’ Hay que tener un buen conocimiento de la persona para hacer una alabanza así, y quiera que no el que así es alabado sentirá mucho orgullo y satisfacción en su corazón. Sin embargo se preguntará, ¿por qué esta alabanza? ¿Yo qué he hecho para merecer una alabanza así? Pero ahí está la respuesta de Jesús. ‘Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi’. Muchas elucubraciones nos hemos hecho a lo largo de los siglos sobre el sentido de estas palabras de Jesús. ¿Por qué no darle un sentido positivo?

Alguien en sus comentarios sobre este texto piensa en ese lugar secreto de Natanael donde él quizás buscaba el silencio interior y la reflexión. Todos tenemos un lugar, donde nos gusta retirarnos, donde aun en soledad nos sentimos muy a gusto porque nos ayuda a buscar esa paz interior que en las carreras de la vida no llegamos a alcanzar, un lugar para el silencio y para escucharnos a nosotros mismos, un lugar donde nos abrimos a la trascendencia y nos gusta comenzar a mirar más allá, a tratar de descubrir algo distinto, un lugar para rumiar una y otra vez cuanto nos sucede, lo que nos dicen y escuchamos, lo que sutilmente sentimos dentro de nosotros mismos muchas veces sin saber de dónde viene.

Un lugar de oración donde vamos más allá de la repetición de unas palabras dichas o pensadas por otros por muy bonitas que sean, un lugar para la escucha o para detectar aquello que eleva nuestro espíritu, un lugar donde al rumiar esos impulsos interiores se nos abren nuevos caminos, nos aparecen nuevas sugerencias. La oración no son esos rezos en que repetimos siempre las mismas palabras que se convierten en una rutina para nosotros; oración es entrar en otra sintonía en la vida cuando entramos en la honda de Dios; es la apertura del corazón para ver, para contemplar, para comprender algo nuevo y distinto pero también para entrar en diálogo con la mente y el corazón. abiertos a la escucha del mensaje que Dios quiere transmitirnos.

Aquellas palabras un tanto enigmáticas que se cruzaron entre Jesús y Natanael fueron una auténtica oración, porque quizás a Natanael le hizo recordar aquel lugar y aquellos momentos que quizás debajo de la higuera tantas veces se había pasado con tantos interrogantes de su vida. Algo especial y sobrenatural lo había envuelto en aquellos momentos aunque él no supiera bien lo que le estaba sucediendo; era la presencia de Dios en su vida que elevaba su corazón.; esa presencia de Dios que como tantas veces vemos en la Biblia se manifiesta a través de sus ángeles.

Con la presencia del ángel Gabriel en Nazaret María había sentido cómo Dios le envolvía haciendo que el Espíritu de Dios la inundará para convertirla en la Madre de Dios; con la presencia del arcángel san Rafael Tobías había sentido la gracia de Dios que le devolvía la luz a sus ojos y a su vida. Así le había manifestado el arcángel que era Él quien presentaba ante Dios las súplicas y oraciones que Tobías hacía y por eso había acompañado al joven Tobías en su camino. Es esa fuerza interior que sentimos en nuestras luchas contra la tentación y contra el mal como una presencia del Arcángel san Miguel en nosotros para vencer todo mal en nuestra vida.

Es lo que hoy estamos celebrando en la fiesta de los santos arcángeles. Es lo que Jesús terminará diciendo a Natanael y a los discípulos ante el asombro que los embargaba ante el misterio de Jesús. ‘En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’. ¿No nos estará diciendo Jesús que es lo que experimentamos en una verdadera y auténtica oración que va más allá de pedir a Dios que nos solucione nuestros problemas? Es el ángel del Señor que está con nosotros y nos envuelve de esa presencia de Dios.

Pero tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, como nos dirá Jesús en otro lugar que cuando vayamos a orar busquemos ese lugar a solas y con tranquilidad, ese momento en que sintamos esa paz interior porque ciertamente nos sintamos llenos de Dios, como María, la llena de gracia porque el Señor estaba con ella. Será así cómo vivimos de forma auténtica nuestra oración.


lunes, 28 de septiembre de 2026

Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 


Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 Job 1, 6-22; Salmo 16; Lucas 9, 46-50

Parece que no nos cabe en la cabeza de que en la vida no todos somos igualmente importantes; pronto nos hacemos nuestras escalas y jerarquías de quienes son los importantes y en consecuencia los poderosos, mientras los demás son los del montón que no tendrían que hacer otra cosa que estar bajo la dependencia de esos que se consideran más importantes o más poderosos; parece que eso fuera parte de nuestra condición humana dado que nos parece verlo siempre con toda normalidad.

De alguna manera todos tenemos la tentación aunque muchas veces tratemos de disimularla, pero nos gusta un escaño alto. Les pasaba también a los discípulos de Jesús que le oían hablar de un reino y ellos lo materializaban bastante buscando además el lugar que allí habían de ocupar, por lo que andaba en ocasiones a la greña entre unos y otros por estos motivos. Y el evangelista no nos oculta esas ambiciones y esas debilidades de los que siguen a Jesús, porque de alguna manera nos está retratando y es necesario que nosotros seamos capaces de reconocer que estamos en esa fotografía, porque además es ocasión para Jesús de dejarnos hermosas enseñanzas como hoy ocurre.

Han estado discutiendo entre ellos eso de la importancia o de quien va a ocupar ese primer lugar en el Reino de Dios. En una ocasión en que Jesús les pregunta de qué hablaban por el camino se sienten azorados porque reconocen que esos sueños están muy lejos de lo que Jesús quiere proponernos cuando nos habla del Reino de Dios. En esta ocasión Jesús va directamente al grano sabiendo cuales eran sus ambiciones y nos deja una hermosa lección. Pone a un niño pequeño en medio de ellos y les dice que quien no se haga como un niño pequeño no es digno del reino de Dios. Porque ‘el que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’, les dice.

En la cultura de la época un niño era poco considerado, poco tenido en cuenta, era considerado algo así como un incapaz al que no hay que tener en cuenta porque poco podría aportar, no sirve aun ni para el trabajo. Y Jesús habla de acoger a un niño, que es como acogerlo a Él. Ya estarían pensando los que le escuchaba ‘pero si tú eres el maestro’, ¿cómo vamos a comparar a un niño con su infantil ignorancia con el Maestro? Y Jesús termina afirmando ‘el más pequeño entre vosotros es el más importante’.

¡Cómo tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad! No importa que nos parezca pequeña, no importa que sea un ignorante o sea cual sea su condición, no importa ni el color de su piel ni su raza, no importa su lugar de origen o donde pueda ahora habitar, no importa que sea conocido y reconocido o que nos parezca, como decimos, un don nadie… creo que en esto tenemos que pensar mucho y analizar nuestras actitudes y comportamientos con toda crudeza y con todo detalle. Pero nos hacemos estas valoraciones de las personas, porque tenemos muchos descartes, porque ponemos muchas pegas y nos hacemos muchas comparaciones, porque seguimos viendo al otro como un contrincante que nos puede quitar lo que nosotros por costumbre o por lo que sea consideramos muy nuestro. En esta época con tanta movilidad de las personas de un lugar a otro creo que nos daría mucho que pensar.

Y en esa aceptación y respeto que hemos de tener hacia toda persona entraría también otra cosa que Jesús nos está señalando, la valoración de lo que hacen los demás. Nos creemos tantas veces los únicos porque somos los que sabemos hacer las cosas, y vienen las discriminaciones y como decíamos antes los descartes, viene el restar importancia a lo que puedan hacer los otros porque nadie lo puede hacer tan bien como yo, y vienen las desconfianzas y los rechazos que hacemos a lo que hacen los demás de bueno, porque nos creemos que eso es cosa nuestra y nadie puede hacerlo igual.

Santiago y Juan vienen a decirle a Jesús que a uno que no era de los del grupo pero que echaba demonios en nombre de Jesús se lo quisieron prohibir. ¿Cómo se atreve a invocar lo bueno en nombre de Jesús si no es del grupo de los discípulos preferidos de Jesús? ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque el que no está contra vosotros, estará a favor vuestro’. ¿Cuáles son nuestras posturas y actitudes en este sentido? Seguro que habrá muchas que mejorar.


domingo, 27 de septiembre de 2026

En la hora del juicio final Jesús no nos va a preguntar por las cosas que sabíamos sino por las obras que hemos hecho, las señales del Reino de Dios que hemos dado con nuestra vida

 


En la hora del juicio final Jesús no nos va a preguntar por las cosas que sabíamos sino por las obras que hemos hecho, las señales del Reino de Dios que hemos dado con nuestra vida

Ezequiel 18, 25-28; Salmo 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

Muchas veces en nuestras apreciaciones sobre la conducta de los demás cuando nos encontramos a alguien que nos resulta un tanto protestón, que no siempre de entrada parece estar de acuerdo con lo que se le dice o con las cosas que se le encomiendan con mucha facilidad decimos que es un rebelde; pero también en ocasiones hemos tenido que llegar a reconocer que aquel que nos parecía más protestón y más rebelde es el más comprometido, el que cuando llega el momento de la verdad está más disponible que aquellos que nos parecían tan sumisos y obedientes.

Es la imagen que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio con esta pequeña parábola de los dos hijos enviados por su padre a trabajar al campo de su viña; allí está el rebelde y el protestón que incluso se enfrenta directamente con su padre diciéndole que él no va a trabajar a la viña; el otro hermano sumiso, el siempre bueno que en toda ocasión dice que sí pronto quizás se olvidará de lo prometido pero también de la encomienda de su padre y no llegará a hacer nada.

Está hablando Jesús rodeado de la gente que siempre le escucha, pero que a su lado están aquellos que siempre también están al acecho, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, que en esta expresión se engloban todos los que eran los dirigentes del pueblo en aquellos momentos, sacerdotes pertenecientes a los distintos grupos pero también los miembros del Sanedrín que era algo así como el parlamento religioso de Israel y sus gobernantes o los que tenían que cuidar la fidelidad del pueblo a la ley y a los profetas. Bien sabemos cómo se presentaban ante el pueblo casi como unos intocables, cumplidores de estrictas normas que habían ido imponiendo en las costumbres de Israel, pero en lo que no siempre se veía la necesaria congruencia.

Y Jesús emplea su pedagogía al hablar y expresarlo con aquella pequeña parábola, porque al final dejará una pregunta en el aire para que sean aquellos sumos sacerdotes y ancianos los que respondan. ‘¿Quien realmente cumplió con lo que pedía el padre a sus dos hijos?’ No pudieron menos que responder porque aparecía bien claro en el desarrollo de la propia parábola que aquel que aunque había dicho que no finalmente arrepentido había ido a cumplir con la voluntad del padre. Y es cuando Jesús les deja la sentencia. ‘En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis’.

¿Quiénes son los rebeldes hoy que al final sin embargo nos estarán dando las mejores señales del Reino de Dios? Quizás podemos decir muchas cosas hermosas del evangelio, que podemos hacer hermosas explicaciones – y aquí yo me interrogo a mi mismo si acaso no sé sino decir palabras bonitas -, manifestar que nos sabemos el catecismo de memoria y hasta ser unos maravillosos catequistas y podemos expresarnos con el ‘tecnicismo’ de la más alta teología, pero dónde está la congruencia de nuestras obras.

Recordemos que Jesús en el juicio final no nos va a preguntar por las cosas que sabíamos sino por las obras que hemos hecho. Quizás lo que no sabían tanto se nos va a adelantar, quizás los que veíamos como rebeldes porque siempre están inconformes con lo que veían a su alrededor, quizás los que nos parecía que estaban llenos de imperfecciones porque como todos tenían tropiezos en su vida y que también podían cometer errores y nos parecía que andaban descarriados, en el fondo de su corazón había un amor que era el que despertaba esa inquietud y esa búsqueda a pesar de los errores y tropiezos, en el fondo de su corazón había una sintonía con los demás que otros desde las alturas de sus pedestales no podían mantener, eran los que en verdad sabían ser desprendidos cuando era necesario darlo todo por los demás, los que verdaderamente estaban dando aun con sus imperfecciones las señales del Reino de Dios que así se había presente entre nosotros.

¿Por donde andamos nosotros? ¿Nos seguiremos quedando en los cumplimientos y en los formalismos? ¿Estaremos quedándonos en las apariencias que nos llenan de vanidad? ¿Seremos de los que aun ponemos distancias porque con todos no nos conviene mezclarnos para que no nos confundan?

Es bonito lo que desde la ternura de su corazón le pide Pablo a los filipenses. ‘Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús…’

¿Será esa la manera en que nos comprometemos nosotros a trabajar en el campo de la viña del Señor? Muchas cosas tendríamos que decir, cada uno saque sus consecuencias desde lo que es su vida.


sábado, 26 de septiembre de 2026

Tenemos que convencernos que la Pascua va a estar siempre presente en nuestra vida para que no nos desinflemos ni perdamos la serenidad del corazón

 


Tenemos que convencernos que la Pascua va a estar siempre presente en nuestra vida para que no nos desinflemos ni perdamos la serenidad del corazón

Eclesiastés 11, 9 – 12, 8; Salmo 89; Lucas 9, 43b-45

Si todo estaba marchando tan bien, nos decimos, cuando vemos a veces que las cosas se tuercen, que comienzan a aparecer los problemas y los contratiempos, que quizás ya no somos tan bien aceptados como lo éramos antes, que hay alguien que parece que siempre está a la contra; sucede en los ámbitos por ejemplo de acción comunitaria o social, pero nos puede suceder incluso entre los más cercanos a nosotros que parece que comienzan a alejarse o que tomas otros rumbos en la vida; o nos sucede en el ámbito de nuestra vida personal, con nuestros compromisos personales, con el espíritu de superación y crecimiento en el que vivimos, en las tareas que emprendemos o los trabajos que realizamos, las cosas no salen tan bien como antes, ahora nos sentimos más cansados y hasta parece que hemos perdido la ilusión, nos sentimos que no somos comprendidos incluso por aquellos más cercanos a nosotros porque se trazan sus planes que no son lo que realmente nosotros buscamos o pretendemos y así en muchas situaciones más.

Nos preguntamos el por qué de estas nuevas situaciones, de estos cambios, de esos derroteros que nos parece que nos llevan al fracaso y así muchas cosas más. Los caminos no parecen tan llanos. Y eso son cosas que nos encontramos así todos los días por un lado o por otro. Muchos interrogantes quizás se acumulan en nuestro interior porque nos cuesta asumir cuanto nos está sucediendo o nos pudiera suceder.

Es lo que se nos está planteando en el evangelio con Jesús. Mucha gente lo sigue entusiasmada. Hemos escuchado estos días cómo la gente lo seguía y se deshacía en alabanzas. En las preguntas que Jesús les hace a los discípulos vemos como un resumen en las respuestas variadas que estos le dan. Pero Jesús sabe muy bien que pueden ser momentos de fervor y entusiasmo que ante cualquier contrariedad pronto se pueden desinflar. Como nos sucede a nosotros, como vemos que sucede en muchas ocasiones en el ámbito de la Iglesia, momentos fervorosos que pueden ser antesala de turbulencias y contratiempos.

Por eso Jesús quiere abrirles bien los ojos a los discípulos, por una parte preparándolos para todo lo que va a suceder y sus posibles reacciones como veremos cuando llegó el momento de la pasión y de la muerte, pero también preparándonos para que lo que puede ser el camino de la Iglesia. Ha sido así a lo largo de los siglos, pero todos conocemos situaciones así en nuestras parroquias y en nuestras comunidades. El globo se puede desinflar ante cualquier pinchazo, pinchazo ocasionado en muchas ocasiones por nuestra misma debilidad y por la falta de comprensión que manifestamos tantas veces ante la debilidad de los demás.

Jesús. les habla claramente de cuanto puede sucederle al Hijo del hombre, de cuánto va a ser su vida de pascua y de pasión cuando sea entregado en manos de los gentiles. Cuando las cosas nos parece que marchan esplendorosas cuánto nos cuesta aceptar estos anuncios, cuánto nos cuesta pensar en esos momentos oscuros que nos pueden sobrevenir, cuánto nos cuesta aceptar lo que se pascua en nuestra vida. Para los momentos en que planeamos sin ninguna dificultad parece que si estamos preparados, pero para las pruebas pensamos que eso no nos va a tocar nunca a nosotros y prescindimos de esos nubarrones oscuros que pueden descargar sobre nosotros.

Por eso dice el evangelista que a los discípulos les costaba entender estas palabras de Jesús. Y así estarían hasta que sucediera que entonces se dispersarían o se refugiarían en el vernáculo esperando que escampara la tormenta y vinieran nuevos momentos de calma que tampoco imaginaban cómo podrían ser. ‘No entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto…’

Los miedos siguen perdurando, las oscuridades siguen acompañándonos, los sentidos indescifrables siguen estando presentes, permanecen las dudas en nuestro corazón que no sabemos cómo resolver. ¿Cómo nos aplicaremos todo esto a nuestra vida? Es la realidad en la que tenemos que dar testimonio, son las seguridades que necesitaremos, ¿sabremos escoger el camino que nos ha trazado Jesús? ¿Qué nos sigue diciendo el evangelio? ¿Seremos también de los que nos desinflamos fácilmente? Tenemos que convencernos que la Pascua estará siempre presente en nuestra vida.


viernes, 25 de septiembre de 2026

Tenemos que saber caminar con Jesús por la Cesarea de nuestro mundo de hoy reconociéndolo, es cierto, como Mesías pero escuchando también que el Hijo del hombre tiene que padecer y morir

 


Tenemos que saber caminar con Jesús por la Cesarea de nuestro mundo de hoy reconociéndolo, es cierto, como Mesías pero escuchando también que el Hijo del hombre tiene que padecer y morir

Eclesiastés 3, 1-11; Salmo 143;  Lucas 9, 18-22

Hay ocasiones en que el entusiasmo de muchos provoca arrebatos en nuestras posturas, en las decisiones que tomamos, en nuestros comportamientos de los que al final ni terminamos de ser conscientes de verdad qué es lo que buscábamos, qué es lo que nos entusiasma, o incluso las medias locuras que llegamos a hacer como consecuencia de ese entusiasmo colectivo que en cierto modo nos arrastra.

Siempre necesitamos algo o alguien que nos haga detenernos, que nos haga ser conscientes de lo que estamos haciendo para que nuestros actos sean verdaderamente racionales, que no nos ofusquemos en esos entusiasmos colectivos sino que en verdad sean maduras, verdaderamente razonables y humanas las decisiones que tomemos, aunque esto signifique en ocasiones que parece que andamos a contracorriente porque estamos tomando posturas que no siempre son comprendidas.

Creo que a estas alturas de evangelio Jesús quiere hacernos hacer una pausa, un detenernos para rumiar muy bien las decisiones que vamos tomando, para que no nos llamemos a engaño, para que clarifiquemos muy bien lo que queremos y lo que decidimos.

Hoy parece que ha llegado ese momento. Ahora están incluso fuera de los territorios propiamente de Palestina y por aquí no son tantos los entusiasmos por Jesús. Es el momento de hablar, de reflexionar, de aclarar posturas, de saber bien a qué nos atenemos. Están cerca de Cesarea de Filipo en los nacientes del Jordán donde uno de los Herodes para congraciarse con los césares ha mandado edificar esta ciudad. Pero lo de menos es la importancia del lugar, sino la importancia del momento. Jesús comienza a hacer preguntas comprometedoras. ¿Qué piensa la gente del Hijo del Hombre? Conocidos son los entusiasmo que se provocan tras los milagros y los signos que va realizando. Todo parece algo nuevo y el sufrimiento se va transformando en aquellos corazones que comienzan a llenarse de esperanza. Las reacciones de las gentes son diversas y la percepción que van teniendo de quien puede ser Jesús es distinta; cada uno lo puede ver según el color de su cristal, de sus sueños, de sus expectativas, de lo que haya podido haber recibido. Lo miran como profeta, como alguien muy grande como aquellos profetas antiguos, ven casi una reencarnación de Juan Bautista a quien recientemente Herodes ha mandado decapitar. Son muy variadas las reacciones y así se lo van haciendo saber a Jesús recogiendo algunas de aquellas aclamaciones que la gente hacía cuando veían cosas extraordinarias y sobrenaturales en el quehacer y en la presencia de Jesús.

Pero la reflexión que Jesús quiere que hagan tiene que ir mucho más allá que expresar las opiniones de otros. Son ellos, los que están más cerca de Jesús los que tienen que definirse. ‘Vosotros, ¿quién decís que el Hijo del Hombre?’ Las respuestas se hacen más difíciles de dar y parece que nadie quiere tomar la delantera. Pero hay alguien siempre decidido que no quiere sin embargo quedarse atrás. ‘Tú eres el Mesías’, aclarará Pedro. ¿Podrán todos hacer semejante afirmación? Claro que todos comenzaban a verlo así; es sus corazones reinaban ya nuevos sentimientos aunque aún estuvieran llenos de miedos y afloraban con demasiada frecuencia sus ambiciones para ese Reino que Jesús anunciaba que aun así no terminaban de verlo claro.

Pero también podrían surgir por medio las confusiones con las ansias y sueños que ellos tenían para su pueblo cuando llegase la hora del Mesías. Por eso Jesús en este momento de confidencias y de profundizaciones quiere poner claramente los puntos sobre las íes. El Hijo del Hombre tiene que padecer. Un jarro de agua fría que parecía que les echaba por tierra todas sus esperanzas. Ese mundo nuevo que Jesús quiere construir no va a ser fácil, porque además encontrará mucha oposición. Y es lo que Jesús les está anunciando, aunque ellos no lo terminan de asimilar. A nadie le gustan los contratiempos, que nos lleve la contraria o quieran hacernos ver caminos distintos a los del triunfo que todos deseamos.

¿No será algo que nos sigue sucediendo hoy cuando nos ponemos lejos de algo que nos pueda hacer sufrir? ¿No buscaremos nosotros también triunfos fáciles y un camino de laureles? ¿No estaremos acomodando muchas veces nuestro ser la Iglesia de Jesús a esos reinos de nuestro mundo tan llenos de vanidades y fantasías? Es incluso el lenguaje que muchas veces hemos empleado, algunos signos de poder y de gloria que queremos seguir manifestando y usando, tantas coronas de mucho brillo con que queremos seguir representando muchas cosas de nuestra fe y de nuestra Iglesia.

¿No tendríamos que detenernos a pensar muy bien estas cosas que hoy Jesús nos está plateando en el evangelio?


jueves, 24 de septiembre de 2026

Que no sea solo una curiosidad morbosa por la que buscamos a Jesús sino dejémonos sorprender por lo que El quiere ofrecernos aunque rompa nuestros planes

 


Que no sea solo una curiosidad morbosa por la que buscamos a Jesús sino dejémonos sorprender por lo que El quiere ofrecernos aunque rompa nuestros planes

Eclesiastés 1, 2-11; Salmo 89; Lucas 9, 7-9

La curiosidad es parte del contexto humano en el que vivimos; queremos conocer, queremos saber, estamos al tanto de lo que sucede, prestamos mucha atención a las novedades que nos van apareciendo en la vida, queremos estar a la última en las noticias. Sentimos curiosidad no solo por las cosas o los acontecimientos sino también por las personas de nuestro entorno, y si alguien distinto aparece pronto queremos saber de él e indagamos, o estamos atentos a lo que hace o a lo que dice para hacernos nuestras apreciaciones y juicios.

¿Es buena la curiosidad? Bien entendida y mientras no haya como una morbosidad en esos deseos nos abre a nuevos conocimientos o a nuevos encuentros, nos hace encontrar nuevas riquezas humanas y de alguna manera también es como una invitación a superarnos o a ser mejores; lo malo es cuando se mezclan las desconfianzas y nacen los recelos, las malas interpretaciones o los intentos de manipulación.

A lo largo del evangelio detectamos a muchos que sienten curiosidad por Jesús. ¿Qué les podía aportar aquel que aparecía como un profeta en medio del pueblo? Llamaban la atención los signos que realizaba, pero más aún para muchos sus palabras, sus enseñanzas, los nuevos planteamientos que hacía, la novedad que encontraban en aquella nueva manera de presentarse ante el pueblo. Las gentes vienen de todos los lugares o le salen al paso en los caminos porque quieren conocer a Jesús, en otros quizás su curiosidad sea interesada porque buscan el milagro o la solución fácil a sus problemas, muchos se sienten inquietos con aquella nueva manera de proceder.

Le busca el centurión porque tiene un criado enfermo, la mujer de las hemorragias se cuela entre la gente para poder llegar siquiera a tocar la orla de su manto, Zaqueo se sube a la higuera porque no quiere dar la cara pero siente curiosidad por conocer a Jesús, le busca Nicodemo en la noche porque muchas cosas oscuras tiene dentro de sí y solo en Jesús encontrará claridad, le buscan los enfermos o los que desde su pobreza no saben a quien acudir, le buscan las madres para que bendiga a sus hijos, le buscan los dirigentes del pueblo y de la religión de su tiempo a ver en que puede fallar para tener de qué acusarle y poderlo quitar de en medio porque ya se está convirtiendo en un estorbo para sus intereses y sus manipulaciones, le busca Herodes porque quizás siente remordimiento por lo que ha hecho al eliminar al Bautista o porque quiere poco menos que un circo que los entretenga entre sus juegos palaciegos.

Y nosotros, ¿buscamos a Jesús? ¿Cuáles pueden ser nuestros intereses o nuestras intenciones? ¿Habrán algunas sombras que necesitan alguna luz, algún peso en el corazón del que necesitamos ser liberados? ¿Estaremos ciertamente buscando un camino y nos encontramos desorientados en la vida? ¿buscamos una tranquilidad, que no una paz del corazón, que nos haga sentirnos bien porque ya estamos cumpliendo con lo que nos parece que es lo que tendríamos que hacer?

Pueden parecer preguntas un tanto descabelladas pero es lo que nos interroga por dentro cuando hoy hemos visto en el evangelio que Herodes también tenía curiosidad por conocer a Jesús. En algún momento alguien vendrá a decirle a Jesús que Herodes lo anda buscando, hoy le vemos quizás revolverse por los pasillos de su palacio cuando ha oído hablar de lo que hace y dice Jesús y recuerda lo que en su cobardía había hecho con Juan el Bautista.

No puede ser, desde luego, una curiosidad como quien busca un espectáculo para entretenernos aunque algunas veces hayamos convertido nuestra religiosidad en algo así; no puede ser una calma y una tranquilidad que surja solamente desde unos cumplimientos; no podemos buscar a Jesús como al taumaturgo que de manera milagrosa nos saque de nuestros apuros y nos dé solucionadas las cosas; no puede ser un arrorró o canción de cuna que nos adormece y nos evita complicaciones y compromisos; no puede ser el buscarle porque ahora está como de moda y todo el mundo habla de él como nos sucede tantas veces en la manera de escuchar a nuestros pastores e incluso al Papa.

¿Por qué y cómo buscamos a Jesús? Es una pregunta seria que hemos de hacernos para ver realmente cuales son nuestras motivaciones, porque algunas veces buscamos solamente satisfacer unos intereses. No es solamente lo que yo quiera encontrar en Jesús sino la apertura de nuestro corazón para dejarnos sorprender por lo que Jesús quiere ofrecernos.


miércoles, 23 de septiembre de 2026

Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

 


Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

Proverbios 30, 5-9; Salmo 118; Lucas 9, 1-6

En tus manos está, en tus manos lo dejo, decimos cuando queremos confiar a alguien la realización de algo que queremos importante, que no hemos de realizar por nosotros mismos, pero que ponemos toda nuestra confianza en alguien para que lo lleve a cabo. Confiamos en que es capaz, que tiene los medios o los conocimientos para realizarla, que tiene la autoridad quizás de una experiencia o también desde los valores y cualidades que posee y que estamos seguros de que podrá llevarla adelante.

Es lo que estamos viendo en este pasaje del evangelio; lo consideramos un momento clave e importante en que Jesús va, podríamos decirlo así, delegando en sus discípulos, a quienes como nos dice el evangelista les ha dado autoridad, para que sigan realizando su misión, el anuncio del evangelio con palabras y con signos. ‘En tus manos está, en tus manos lo dejo’, como decíamos al principio. Han de hacer el anuncio del Reino, han de mostrar los signos de que llega el Reino de Dios y los corazones han de cambiar. Por eso como dice el evangelista ‘les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades’ y terminará diciendo que ‘se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes’.

Y nos habla el evangelista de la disponibilidad que Jesús les pide, vacíos de sí mismos para que todo su apoyo y su confianza para la misión que han de realizar la pongan en Dios. ‘No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno’. No llevar nada para el camino significa no poner la confianza en las propias seguridades, medios o apoyos humanos, sino depender únicamente de la fuerza de la Palabra y de la providencia del Padre. La libertad interior del enviado nace de esta desnudez: quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino, como nos decía un teólogo de nuestro tiempo, Carlos María Martini.

Es necesario también una disponibilidad y una predisposición a ser acogedores pero también a ser acogidos, allí donde nos reciban. Es algo nuevo y distinto, es cercanía y es corazón; como les dirá Jesús en otro momento no pueden actuar a la manera de los jefes y poderosos de este mundo, porque la misión es la del servicio y para eso hay que ponerse a la altura de todos, también del más pequeño y del más bajo, porque en su Reino la grandeza está en el servir y en el hacerse el último de todos.

¿Será esta la imagen que damos los servidores del evangelio, la imagen que da la Iglesia hoy en medio del mundo que nos rodea? Tenemos, es cierto, que vivir en el mundo de hoy, con los medios de los que hoy disponemos, pero no tenemos que hacernos a la manera del mundo que nos rodea. Demasiadas veces cometemos el error de presentarnos con los parámetros del mundo y cuando llegan a confundirnos con las maneras de ser del mundo estamos perdiendo toda credibilidad. La Iglesia no puede ser nunca una sociedad a la manera de las sociedades del mundo. Otra tiene que ser la manera de ser ese rostro de Dios en medio de los que nos rodean.

Nuestra pobreza y nuestro espíritu de servicio tiene que ser la primera señal que demos, con esa cercanía a los demás estaremos diciendo cómo el Señor nos ama, nuestra fortaleza no tiene que estar en los medios o recursos humanos que utilicemos, porque nuestra fortaleza la tenemos en el Espíritu del Señor que tiene que llenar e inundar nuestra vida. El verdadero evangelizador tiene que revestirse desde lo más hondo de humanidad para poder mostrar esa ternura de Dios.

Y una cosa muy hermosa que está pidiendo Jesús a los que son sus enviados, han de ser sanadores de nuestro mundo. Nos hablaba de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba pero también de curar enfermos. No nos quedemos en el milagro por el milagro, porque tenemos una enfermedad de la que queremos ser curados, es una sanación mucho más profunda la que tenemos que realizar que va más allá de un cuerpo dolorido o impedido.

Las curaciones de los enfermos, es cierto, son signos que hemos de realizar, pero los signos nos hablan de algo más; hay dolor y sufrimiento que tenemos que curar, hay angustias en las que tenemos que poner serenidad, hay inquietudes en el corazón donde tenemos que orientar, hay oscuridades en la vida que tenemos que iluminar, hay muchos equívocos que tenemos que corregir, hay caminos que tenemos que enderezar, hay pobreza del corazón que tenemos que enriquecer, hay amor que tenemos que hacer florecer en tantos caminos llenos de odios y de insolidaridades, hay alegrías que tenemos que despertar en tantos corazones llenos de tristeza, hay un mundo nuevo que tenemos que sanar y reconstruir.

¿Estaremos siendo en verdad signos de esa nueva salud y salvación que Cristo viene a ofrecernos? En nuestras manos está, es nuestra responsabilidad y nuestra misión.


martes, 22 de septiembre de 2026

Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

 


Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Salmo 118; Lucas 8, 19-21

Hay hechos o palabras que algunas veces de entrada nos desconciertan porque parece que no están en la onda de lo que nosotros esperábamos, de lo que podría ser lo justo o lo correcto según los parámetros que habitualmente utilizamos para juzgar lo que nos sucede en la vida, pero que sin embargo pueden ser cosas que tras el primer impacto nos abren a nuevos horizontes, a nuevos planteamientos, a una nueva manera de ver la realidad.

Esto nos sucede en cosas que nos suceden en la vida o en nuestros encuentros con personas que de alguna manera nos sirven de revulsivo para nuestra realidad, con personas de una manera de actuar ciertamente profético no porque sean anuncio de cosas futuras como algunas veces entendemos lo del sentido profético, sino que nos hacen ver la realidad de una manera distinta y nos hacen plantearnos la vida de cada al futuro de una forma nueva.

Es lo que nos puede suceder con el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece, o como nos sucede tantas veces cuando con espíritu abierto recibimos el evangelio, esa buena noticia que Jesús quiere ofrecernos. Si es evangelio no es para que sigamos con viejas noticias o maneras de ver, sino que en verdad tiene que ser novedad en nuestra vida. Es el sentido de la palabra misma, pero que no se queda en la palabra sino en el mensaje que nos quiere transmitir.

Hoy el evangelista comienza narrándonos que María y los familiares de Jesús vienen en su búsqueda, quieren acercarse a Él con la dificultad de toda la gente que rodea a Jesús que viene a ser como una barrera para ese acercamiento. El evangelio muchas veces nos habla de esas aglomeraciones que se forman en torno a Jesús, cómo la gente se apretujaba alrededor de Jesús porque todos querían estar cerca, todos querían escucharle, todos querían sentir el beneficio de su presencia. Nos habla de las multitudes que de todas partes salen al encuentro con Jesús allí por donde va, de los que le rodean haciendo que aquella pobre mujer se contentara con tocar la orla del manto de Jesús, de los que se apretujaban a su puerta haciendo que quienes llevaban a aquel paralítico rompieran el techo para hacerlo descender hasta los pies de Jesús. Es lo que ahora sucede cuando María y sus hermanos, como se dice en el lenguaje del evangelio, quieren llegar también hasta Jesús.

Le llevan la noticia a Jesús y en lugar de abrirles paso para que puedan llegar hasta Él nos dice algo que en principio nos deja desconcertados. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ ¿No los reconoce Jesús? Quiere decirnos algo más, quiere abrirnos nuevos horizontes, quiere hablarnos de una nueva familia. ¿No nos había dicho ya el evangelio que no por la carne o por la sangre se iba a comenzar a ser familia de Dios, hijos de Dios, sino por la fuerza del Espíritu en quienes creen en El? Es lo que ahora nos está diciendo Jesús. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.

‘Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’, nos dice. Ese escuchar es algo más que oír unas palabras; ese escuchar es ponerse en camino para algo nuevo y distinto; ese escuchar es un sentido nuevo para la vida, para nuestras relaciones, para lo que somos y para lo que hacemos, para una nueva manera de mirar al que está a nuestro lado, para sentir que entramos en una nueva relación con los demás de manera que nadie es ajeno o está distante de nuestra vida, para derribar barreras que nos aíslan o abismos que nos distancian porque hemos borrado todas las distinciones y alejado de nosotros todo tipo de discriminación, para una nueva forma de hacer camino en la vida.

No es solo dejar que las palabras entren por nuestros oídos, es hacer que queden sembradas en el corazón, es sentir que son siembra en nuestra vida que le da una nueva fecundidad, es comenzar a quitar la dureza de nuestro corazón para que esa semilla quede bien sembrada, es quitar pedruscos y abrojos de caprichos o de vanidades para hacer que en verdad germine como en tierra buena, es comenzar a sentir que estamos en el mismo campo que entre todos tenemos que mejorar, es apreciar que aunque no tengamos la misma sangre sin embargo hay unos nuevos lazos que nos unen porque comenzamos a amarnos de verdad.

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Se preguntaba Jesús, pero nos está hablando de una nueva familia. ¿Estaremos convencidos nosotros que tenemos que ser esa nueva familia de Jesús no solo porque digamos que creemos mucho y tenemos mucha fe sino porque comenzamos a llevar a la vida ese sentido del Reino de Dios del que nos habla Jesús?


lunes, 21 de septiembre de 2026

Cuando hoy celebramos a san Mateo cuyo nombre alguien ha traducido como ‘el regalo de Dios’, nos sentimos bendecidos con el regalo de la misericordia de Dios hecho perdón

 


Cuando hoy celebramos a san Mateo cuyo nombre alguien ha traducido como ‘el regalo de Dios’, nos sentimos bendecidos con el regalo de la misericordia de Dios hecho perdón

Efesios 4, 1-7. 11-13; Salmo 18; Mateo 9, 9-13

Hay momentos sorpresa en la vida que nos pueden causar gran impacto y de alguna manera dan un revolcón a nuestra vida que nos lo hace cambiar todo. Situaciones inesperadas pero que se convierten en momentos inigualables que siempre mantendremos en el recuerdo. Algo que nos hace sentir una nueva percepción de nosotros mismos porque comenzamos a vernos de manera nueva y a encontrar sentido para muchas cosas. Quizás aunque nos sentíamos bien en lo que hacíamos sin embargo teníamos la percepción de que no éramos aceptados y se veían incluso con malos ojos aquello que realizábamos que en fin de cuentas era una profesión a la que dedicábamos la vida, pero quizás en un momento determinado vimos que éramos tenidos en cuenta, se quería contar con nosotros para algo distinto y aunque inexplicable sin embargo considerábamos algo sublime, porque era de alguna manera una invitación a que fuéramos percibidos como algo distinto y que nos haría cambiar nuestra vida.

Podíamos decir que algo así le estaba sucediendo a Leví, o Mateo, según queramos llamarle. Pertenecía a un grupo y a una profesión que era rechazada por una gran mayoría y en la que incluso se habían ganado la fama de avaros considerándolos así como unos pecadores públicos para aquella sociedad. Era recaudador de impuestos, alguien que trabajaba con el dinero de los impuestos que se llevarían los romanos como pueblo invasor, pero que les daba ocasión a unas manipulaciones no siempre del todo justas. Sin embargo Jesús a su paso por delante de su garita de impuestos se había fijado en él y le había invitado a formar parte del grupo de los que le seguían más de cerca.

¿Se lo podía esperar? ¿Acaso podía ser una posibilidad para su vida? Sin embargo su respuesta tenía que llevar cambios muy importantes en su vida y en su manera de actuar. Quizás él también había escuchado a Jesús acaso en aquel sermón de la montaña allá en las cercanía del lago, le habría visto actuar en Cafarnaún con las multitudes que lo escuchaban o en los enfermos que eran llevados a su presencia para ser curados. Sin embargo seguir a aquel maestro significaría también un estilo de vida distinto que ya no se podría mover entre las comodidades de quien poseía muchos bienes, sino en un desprendimiento y una austeridad que incluso le haría estar pendiente de las ayudas que pudiera recibir.

Sin embargo, como él mismo nos lo relatará su respuesta fue pronta y generosa. Levantándose de su mostrador de impuestos lo dejó todo y se dispuso a seguir a Jesús. Pero antes como una señal de lo que significaría aquel cambio de vida quiso celebrar un banquete para Jesús con los principales de la ciudad, con los discípulos de Jesús que iban a ser sus compañeros, pero también con los que habían sido hasta entonces compañeros suyos.

Había sido aquella llamada, aquel querer Jesús contar con él un revulsivo, pero un revulsivo iba a ser también aquel banquete con tan variados comensales. Algunos comenzarán a protestar y a criticar, porque Jesús se estaba mezclando también con pecadores y con gente de mala fama. Tendrá que intervenir Jesús. ‘El médico no es para los sanos sino para los que están enfermos’, o para aquellos que creyéndose sanos tendrían que ser los primeros en reconocer la malicia de su corazón para poder ser sanados.

Una clara referencia a lo que allí estaba sucediendo. Por eso Jesús sentenciará con palabras del profeta ‘misericordia quiero y no sacrificios’. ¿De qué nos servirán esos sacrificios de autocomplacencia y de vanidad si no hay misericordia en el corazón? Es lo que Jesús nos está mostrando. Tenemos que parecernos a Dios que es rico en misericordia; caminando por los caminos de la misericordia es cómo mejor haremos presente a Dios en nuestra vida y en nuestro mundo. Su presencia en la tierra es una búsqueda de los pecadores para manifestarles que Dios los ama y que siempre está dispuesto a la misericordia y al perdón porque Dios sigue contando con nosotros a pesar de nuestra indignidad y de nuestro pecado. Aunque quizás sigamos siendo rechazados por el mundo que nos rodea que no llega a entender nunca lo que es la misericordia, que siempre va a tener memoria de nuestro pecado que no querrá olvidar, sin embargo Dios cuenta con nosotros, olvida y disculpa nuestro pecado porque incluso será capaz de disculparnos a causa de nuestra debilidad, nos regala su amor y nos tenderá la mano para ofrecernos un camino nuevo.

Cuando hoy estamos celebrando a san Mateo, cuyo nombre alguien traducirá como el regalo de Dios, vamos a sentir gozo en nuestro corazón porque a pesar de los pesares siempre nos sentiremos regalados con el amor de Dios siempre compasivo y misericordioso.


domingo, 20 de septiembre de 2026

Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña

 


Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña

Isaías 55, 6-9; Salmo 144; Filipenses 1, 20c-24. 27A; Mateo 20, 1-16

¿Por qué siempre hemos de estar comparándonos los unos a los otros, sacando a relucir méritos o merecimientos, lo mejor que nosotros lo hacemos y siempre la inferioridad de los otros? Hemos convertido la vida en un tira y afloja, en una lucha competitiva para ver quién acaba primero la carrera y a la larga en buscar por los medios que sea el descalificar al otro porque al final ni lo consideramos digno de estar en esa competición.

No tendría que ser la vida una competición, porque aunque mucho hablamos de deportividad no es esa la manera habitual que empleamos para desarrollar lo mejor de nosotros mismos. Competencia en el sentido de que saquemos lo mejor de nosotros mismos para desarrollar la función que tengamos en la vida o ser nosotros mismos es una cosa, pero convertir la vida en una competición es bien distinto. Por eso andamos siempre con el reloj en la mano, no tanto para aprovechar nosotros el tiempo que no se nos pierde en superficialidades, sino para tener en cuenta y medir lo que hacen los otros, que siempre nos parecerá que no vale tanto como lo que nosotros hacemos.

Son los primeros pensamientos que me surgen al escuchar la Palabra de Dios que en este domingo se nos ofrece. Muchas veces habremos reflexionado sobre esta parábola de los obreros llamados a la viña en distintas horas del día. Una parábola que rompe esquemas sobre la forma cómo nosotros nos organizamos y medimos lo que hacemos. Una parábola que nos enseña cómo valorar el trabajo pequeño o grande que realizan los demás. Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña. Una parábola que nos hace mirar con ojos distintos a los que llegan a nuestro mundo y a nuestra vida en la hora del hoy manteniendo siempre por encima de todo su dignidad de personas y valorando que en esta hora que nos parece intempestiva sin embargo pueden hacer por nuestro mundo y por nosotros. Una parábola que nos está enseñando lo maravilloso que es el amor que nos tiene que hacer comprensivos y generosos abriendo siempre nuestros brazos con un sentido amplio y universal.

Los obreros de la primera hora quizás miraban mal a aquellos que se incorporan en horas distintas, al final protestarán porque a los últimos se les ha pagado igual que a los primeros que parecieran que se llevaron todo el calor y el bochorno del día. ¿No habrán también en nosotros esos sentimientos encontrados en relación a lo que hacen los demás porque nos parece que lo que hacemos nosotros sí vale y tendría que tener el reconocimiento de lo que hemos hecho?

Afloran a veces sentimientos negativos en nosotros cuando vemos tanta gente distinta a nuestro alrededor y nos aparecen incluso algunos resabios racistas en relación a los que vienen de otros países. Nos van a quitar el pan de nuestros hijos, dicen a veces algunos, como si el mundo fuera solo nuestro. ¿No tendría que decirnos a nosotros, como aquellos obreros de última hora de la parábola, que están ociosos porque nadie los ha contratado? Tanto que hablamos de la globalidad de nuestro mundo, tanto que hablamos de la dignidad de las personas y ¿por qué hacemos tantas distinciones que se convierten en discriminaciones?

Por eso decía que esta parábola nos va a enseñar a tener una mirada distinta y a provocar en nosotros unas nuevas actitudes para hacer que la vida sea más que una competición una colaboración entre todos, cada uno desde su tiempo y su lugar, para hacer que tengamos un mundo más humano, nuestras mutuas relaciones tengan más humanidad, y ciertamente aprendamos a ser verdaderamente solidarios los unos con los otros. Es el camino del amor que tendría que imperar en nuestra vida.

Ya nos recordaba el profeta que los planes de Dios son distintos y superiores a la mezquindad con que nosotros vamos caminando por la vida. Es la novedad que nos ofrece el evangelio que nos pedirá una vestidura nueva, unos odres nuevos para el vino nuevo, un hombre nuevo que se haya despojado de esas vestiduras viejas del egoísmo y la insolidaridad para vestir el traje de fiesta que siempre resplandece con las múltiples joyas del amor vivido en los mil detalles con que expresamos el amor a cuantos nos rodean, sean quienes sean, hagan lo que hagan. ¿Vestiremos ese traje del hombre nuevo de la gracia?


sábado, 19 de septiembre de 2026

La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza, pensemos si estamos dejando de lado campos donde habría de sembrarse también la semilla

 


La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza, pensemos si estamos dejando de lado campos donde habría de sembrarse también la semilla

1Corintios 15, 35-37. 42-49; Salmo 55; Lucas 8, 4-15

La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza. ¿Sabe él de antemano los frutos que va a recoger? Podrá hacerse sus previsiones en vista de lo que haya preparado la tierra para echar la simiente, pero siempre lo hace con una esperanza; se cumplirán o no sus previsiones, pero no quiere dejar ni un palmo de tierra sin que allí se eche la simiente y, como decíamos, siempre con la esperanza, como solemos decir que los tiempos vengan buenos, que no acechen las plagas, que la tierra se vuelva fecunda, que germine debidamente la semilla y no tenga obstáculo para crecer y para dar fruto.

Hoy nos habla el evangelio de un sembrador, y por lo que parece es trigo o semejante la semilla arrojada a la tierra, pero que nosotros desde nuestras experiencias y la multiplicidad de plantas que nos pueden dar fruto podíamos pensar en cualquier otra simiente. No quiere, como decíamos, el agricultor o el sembrador dejar ningún palmo de tierra donde se arroje la semilla para que, aunque sean muchas las dificultades que surjan de cualquier lugar podamos obtener un fruto.

Creo que entre otras cosas es también la intención de quien nos ofrece la parábola, de Jesús que es el sembrador que recorrerá todos los campos, llegará a los lugares más inverosímiles siempre con el deseo de sembrar la semilla, de regalarnos su amor. Ya de antemano la parábola nos está hablando de que en todos los lugares aquella semilla no pudo prender y si acaso germinó muchas veces se perdió; pero el sembrador en su esperanza no dejó de sembrar la semilla en todos los lugares.

Siempre cuando reflexionamos sobre esta parábola pensamos en qué clase de tierra somos, de cuáles son los pedruscos de nuestra tierra o la dureza del camino, cuáles son los zarzales de nuestros apegos o las cosas que nos distraigan de ese fruto que tendríamos que dar. Y ciertamente tenemos que hacernos esos planteamientos y esa reflexión.

Pero yo quiero fijarme hoy en el sembrador con su esperanza y con su esfuerzo por sembrar la semilla en todos los lugares aunque pudiera prever que no siempre iba a tener la tierra propicia para que germinara y llegara a dar fruto. ¿Y si en medio de aquellos pedregales hubiera un trozo de buena tierra que ayudará a la germinación de la semilla? ¿Y si en un momento determinado alguien pudiera desprenderse de esos apegos para hacer posible que al menos en alguna parte del campo se pudiera coger fruto? El corazón del hombre puede cambiar, ahora puede tener unos apegos, pero en algún momento podemos caer en la cuenta de que tenemos que liberarnos de esas cosas para emprender un buen cultivo de la tierra de nuestro corazón.

La esperanza de Dios, vamos a decirlo, así como una manera de hablar, tiene un sentido distinto de nuestras esperanzas que un día se nos pueden desinflar, pero cuando queremos actuar según el actuar de Dios de otra manera hemos de realizar nuestras tareas. Quiero pensar en esos desánimos que muchas veces rondan por nuestra cabeza o nuestro corazón cuando queremos trabajar por los demás y no siempre vemos el fruto que deseamos; cómo en nuestras tareas algunas veces descartamos el llegar a algún lugar, algún ambiente, algún campo de trabajo de la vida, porque nos parece que son lugares donde no se puede sacar nada y para qué, nos decimos, vamos a gastar esfuerzos ahí. Y rondan alrededor de nuestras iglesias, de nuestras comunidades bolsas de personas o de campo de trabajo que de antemano desechamos por difícil.

¿Dónde está nuestra esperanza? ¿Dónde la confianza que ponemos en aquel que guía nuestra vida y nos acompaña? ¿Dónde está ese arrojo y valentía que nos impide quedarnos quietos superando los miedos que podamos tener a los posibles fracasos? Nuestras cobardías y miedos están impidiendo que la semilla del evangelio se siembre en todos los campos. ¿Es esa manera de actuar la que quiere el Señor de nosotros?