Dar razón de nuestra fe desde la experiencia de Dios porque nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida
Hechos 5, 27-33; Salmo 33; Juan 3, 31-36
Cada uno habla de lo que sabe y de lo que es su vida, lo que son sus costumbres o lo que son sus ideales, de lo que es su sentido de vida y la manera de plantearse las cosas desde lo que vive; atrevidos hay que quieren hablar de lo que no saben, de lo que no tienen ni idea y tratan incluso de pontificar como si fueran unos expertos, cuando esas cosas quizás ni han entrado en su vocabulario; cuántos disparates nos encontramos en este sentido, pero además se lo creen que se lo saben todo y de todo pueden opinar. Claro que se puede opinar, pero hay que tener un poco de sentido común para al menos intentar enterarte de lo que estás hablando. Mucho de eso nos vamos encontrando en la vida.
Y nosotros, ¿de qué sabemos hablar? Es una pregunta seria porque en fin de cuentas se nos está planteando el sentido de nuestra vida. Y decimos que creemos y que somos cristianos, pero ¿lo somos con convencimiento? ¿Lo somos desde una experiencia viva de fe? ¿Lo somos solo por una rutina o una tradición pero sin plantearnos de verdad el sentido de nuestra fe? Sería algo que tendríamos que analizar muchos cristianos para ver hasta donde llega la madurez de nuestra fe. ¡Qué importante era aquel catecumenado que tenían que hacer los que se abrían a la fe antes de ser bautizados! Todo un camino de maduración, de interiorización, de formación para que hubiera un auténtico crecimiento para llegar a una madurez en la vida cristiana.
¿Seríamos capaces de hablar con todo sentido de Dios y de nuestra fe porque de verdad nos sentimos envueltos en la experiencia de sentirnos amados de Dios? Quien ha tenido de verdad esa experiencia de sentirse amado de Dios claro que puede hablar, y lo hará de una forma muy viva, de todo lo que significa nuestra fe, de todo lo que significa ser cristiano, porque además no serán solo sus palabras sino que lo estará reflejando en su vida. ¿Tendría que ser algo que reavivemos en nuestro propio interior para así reavivar nuestra vida cristiana?
Es la forma de dar razón de nuestra fe y del por que nos dejamos envolver por el amor para sea el auténtico motor de nuestra vida. No podemos ir renqueando en las cosas de la fe por la vida. Solo podremos hablar con todo sentido de lo que ha sido nuestra experiencia vital. Y aunque nos decimos cristianos a muchos falta esa experiencia vital, que es mucho más que sabernos unas cosas de memoria. Por eso decían los apóstoles y los discípulos cuando quieren prohibirles hablar de Jesús porque como les decían habían llenado Jerusalén con sus enseñanzas. ‘Tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Su experiencia de fe era lo que habían vivido por sí mismos desde el contacto y escucha de Jesús durante su vida, pero sobre todo ahora desde la experiencia de la resurrección. ‘Lo que hemos visto y oído no lo podemos callar’.
‘El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio… El que Dios envió habla las palabras de Dios…’ nos decía el evangelio. Y terminaba concluyendo, ‘el que cree en el Hijo posee la vida eterna’. ¿Nuestra fe en Jesús nos hace poseer la vida eterna? ¿Podemos en verdad hablar de estas cosas desde nuestra experiencia de fe?