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sábado, 31 de enero de 2026

Tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio

 


Tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio

2Samuel 12, 1-7a. 10-17; Salmo 50; Marcos 4, 35-41

¿Le tenemos miedo a la oscuridad o a un lugar tenebroso? Quiero de antemano decir que en los lugares donde me muevo nuestros caminos están alumbrados; pero bien pronto nos quejamos si por cualquier razón falta un día la iluminación de esos lugares por donde transitamos. No están tan lejos para nosotros pero quizás muy presente en muchos lugares esa oscuridad que no ayuda a caminar con tranquilidad, más otros temores que nos llenan de temores por tantos otros peligros que pudieran aparecer; no iríamos solos por esos lugares, buscaríamos la compañía de quien nos diera confianza y seguridad para poder hacerlo con tranquilidad.

Aunque no son solo esas las oscuridades que nos llenan de temores en la vida; lo incierto del futuro, el lanzarnos a otros horizontes de la vida, el tener que asumir nuestras responsabilidades, el emprender tareas nuevas con todas las incertidumbres que acompañan, el embarcarnos en algo nuevo y distinto a lo que estábamos acostumbrados a realizar, y no digamos quienes tienen que dejar atrás sus lugares habituales para ir en búsquedas de un futuro mejor, y ahí estoy pensando en todo ese mundo de la inmigración, que a algunos nos inquieta el que nos lleguen personas nuevas, pero no podemos olvidar lo que pasa por las mentes de quienes tienen que abandonar su tierra y no siempre en las mejores condiciones para buscar un futuro mejor. Nuestra tierra canaria se ve envuelta en ese problema de la inmigración, cosa que nos preocupa, pero nos olvidamos que en otro tiempo nosotros o nuestros mayores fueron también inmigrantes.

Me vienen estos pensamientos y reflexiones desde la página del evangelio que hoy se nos ofrece. Es ya el atardecer y Jesús les dice a los discípulos de ir a la otra orilla. Atravesar en la noche el lago no era cosa muy agradable sobre todo con las tormentas que en él se solían levantar. Es lo que sucede, la barca poco menos que hace agua; aquellos pescadores avezados a esas tormentas luchan por mantener la deriva de la barca, pero parece que la tormenta se hace cada vez peor.

Y Jesús, ¿dónde está? Durmiendo a pesar de la tormenta en un rincón de la barca. No pueden más. Lo despiertan. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ es el grito, es la súplica, es la amargura con que se dirigen a Jesús. ‘¡Hombres de poca fe! ¿por qué dudáis?’ A pesar de estar Jesús en la barca se sentían solos, como si a Jesús no le importara.

Son significativos los detalles que se convierten en signo de muchas cosas para nosotros, para nuestra vida. Hay que ir a la otra orilla, nos está diciendo Jesús también. Y el hecho de que pensemos que tenemos que embarcarnos en algo distinto ya nos hace aparecer los temores, las preguntas sobre esa otra orilla a la que nos quiere embarcar Jesús. Preferimos quedarnos en nuestra comodidad o en nuestra rutina; siempre se ha hecho así, nos decimos ¿por qué tenemos que intentar otras cosas, otros métodos quizás, otras tareas más evangelizadoras? Se nos pone todo turbio delante de nosotros, no sabemos qué hacer o como emprender esas nuevas tareas.

Pero hoy la Iglesia necesita ir a la otra orilla, salir de esas aguas tranquilas donde nos hemos acostumbrado a navegar, y no queremos darnos cuenta que son otros tiempos, que son otras exigencias, que son otros planteamientos lo que tenemos que hacernos. Y nos contentamos con guardar el ganado que tenemos pero no nos damos cuenta que hay muchas otras ovejas a las que tenemos que ir a buscar. En esa dejadez en la que vivimos con tan poca inquietud misionera vemos los derroteros de nuestra sociedad, vemos como se va perdiendo el sentido cristiano de la vida en nuestra sociedad. Es que los tiempos cambian, nos dicen algunos, pero en este nuevo tiempo también tenemos que anunciar el evangelio, también tenemos que dar a conocer el nombre de Jesús. Tiempos de borrascas y de oscuridades, de temores y de dudas, nos van apareciendo. Como los discípulos aquella noche en la barca. Pero tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús.

Y no digamos que nos sentimos solos, porque Jesús con la fuerza de su Espíritu está a nuestro lado, aunque algunas veces nos desentendemos de tal manera que no nos damos cuenta de la presencia de Jesús; y así nos vienen nuestros miedos y nuestras cobardías.

Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’, nos dice también a nosotros Jesús. Con El siempre tenemos que sentirnos seguros.

viernes, 30 de enero de 2026

No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

 


No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Salmo 50; Marcos 4, 26-34

No es lo mismo pasividad que saber estar pero dejar hacer. El pasivo se desentiende, no se preocupa pase lo que pase, de alguna manera es como si pensara que las cosas vienen solas y de forma automática. Pero cuando sabemos estar cumplimos con nuestra responsabilidad en lo que nos toca, mantenemos una vigilancia para ser consciente de lo que sucede, pero dejamos hacer, confiamos en las responsabilidades de los otros, cada uno en su lugar, pero también contemplamos el misterio de lo que recibimos como regalo, pero también el misterio de las personas que asumen sus responsabilidades, toman  parte en lo que les corresponde y son capaces también de desarrollarse como personas.

Hoy Jesús nos ofrece una parábola en que se nos ofrece la contemplación de ese misterio en lo que sucede sin que él intervenga; en este caso se nos hace contemplar la capacidad de la semilla por si misma de germinar y producirnos vida, nos hace ser agradecidos porque en ello estamos contemplando los dones de Dios en nosotros mismos y también en cuantos nos rodean. El labrador ha sembrado la semilla, ahora el campo florece por si mismo para que al final podamos recoger frutos. Descubrimos la acción de Dios y no pretendemos ocupar su lugar, con respeto y gratitud contemplamos.

Podemos pensar, como siempre hacemos cuando reflexionamos sobre esta parábola – recientemente la hemos meditado también – en la fuerza que por si misma tiene la semilla y en ella vemos la Palabra de Dios, sembrada en nosotros o que nosotros también tenemos que sembrar en los campos de la vida. Y tenemos que dejar que esa semilla actúe por dentro, en nosotros mismos o en quienes la queremos sembrar. Nuestra tierra que somos nosotros tenemos que estar dispuestos a acoger esa semilla y a dejar hacer en nosotros; si no la echamos en saco roto esa semilla un día germinará vida en nosotros o en aquellos donde la hemos sembrado. Es el actuar de Dios pero es la respuesta del hombre, que no es pasividad, que es dejarnos hacer por el Espíritu del Señor.

Pero me lleva a pensar esta reflexión que me estoy haciendo en la semilla sembrada en los demás. Tenemos que hacer que esa semilla también germine y dé su fruto, pero tenemos que saber respetar el ritmo de las personas. Nos pasa en todos los aspectos en los que tratamos de trasmitir algo a los demás, ya sea la tarea educativa que tengamos que realizar o ya sea la labor apostólica que podemos realizar. Queremos respuestas prontas, queremos que la gente cambie poco menos que de forma automática, queremos que lo que le indicamos a alguien sobre lo que tiene que hacer, ya desde el momento lo realice con toda perfección. Dejemos hacer, dejemos que cada uno dé sus pasos, sepa superar las montañas que tiene que atravesar o llegue a tener fuerza para dejar atrás cosas que quizás le perjudiquen. Nos volvemos impacientes e intransigentes. Creo que la parábola en eso también nos está dando lecciones.

Maravillémonos de ese actuar de Dios y seamos agradecidos por la paciencia que en su misericordia tiene con nosotros, porque no siempre sabemos dar la respuesta adecuada. Pero no nos durmamos. Tratemos de seguir creciendo por dentro, aunque nadie lo vea, pero iremos logrando esa madurez humana y cristiana que todos necesitamos. Vayamos dando esos necesarios pasos de nuestro crecimiento espiritual. Seamos esa tierra abonada y preparada para recibir esa semilla que produzca en nosotros frutos de santidad. Ojalá pudiéramos llegar a decir con la prontitud de María que se cumpla en nosotros lo que es la voluntad de Dios.

jueves, 29 de enero de 2026

No podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos desde autosuficiencia sino con la humildad del que se siente regalado con ellos

 


No podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos desde autosuficiencia sino con la humildad del que se siente regalado con ellos

2 Samuel 7, 18-19. 24-29; Salmo 131; Marcos 4, 21-25

Solemos decir que aquel que acapara lo que tiene, bien porque lo haya ganado o porque lo haya recibido, solo para si mismo olvidándose y prescindiendo de los que están a su lado es un terrible e insolidario egoísta. Es mío, me lo gané yo, son mis cosas, hago lo que quiero… suele repetir para justificarse.

Pensamos en bienes materiales o riquezas y podemos decir no sé cuantas maravillas de justicia distributiva, de justicia social y de la insolidaridad injusta de quienes se creer ricos y absolutos poseedores de lo que tienen. Pero podemos darle una amplitud mayor, porque no es solo lo material, sino lo que soy, lo que son mis dones o mis cualidades, lo que llamamos nuestra riqueza espiritual que si mal la usamos terminaremos en la peor pobreza del espíritu. La riqueza de la vida, y quiero pensar en lo más profundo de la vida de cada uno, no es para acapararla solo para nosotros mismos.

Podemos decir que son nuestros esfuerzos o nuestras propias cualidades innatas, y es importante que sintamos toda esa riqueza espiritual que tenemos, reconozcamos nuestros valores y nuestras capacidades y nosotros mejoremos también nuestra vida. Pero ¿en qué consiste esa mejora? ¿En encerrarnos en nosotros mismos? ¿En poner una valla a nuestro alrededor para salvar lo que somos? ¿Y de qué te vale lo que eres si con ello no enriqueces también la vida de los demás? ¿No te das cuenta que aunque recibas muchas reverencias y adulaciones al final te vas a sentir muy solo?

Hoy nos está diciendo Jesús en el evangelio que la luz no es para ocultarla debajo de un cajón sino para ponerla en alto e ilumine a los demás. Esa luz que tú tienes no es solo para ti – es cierto que esa luz te ha ayudado a descubrir tu valor y el sentido de las cosas y de la vida – pero precisamente por eso con esa luz tienes que iluminar a los demás. Esa luz te ha ayudado a crecer por dentro porque te ha dado un sentido a tu ser y a lo que tienes, pero si la llegas a encerrar significa que no has entendido aun el sentido de esa luz.

‘No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz’, nos continúa diciendo hoy Jesús en el evangelio. Unos valores que tú tienes y que has de desarrollar, pero que necesariamente te han de llevar a abrirte a los demás. No podemos cruzarnos de brazos mientras vemos que hay oscuridades que podemos iluminar; no podemos quedarnos insensibles porque ya nosotros tenemos, ya nosotros sabemos, que los otros busquen, que los otros trabajen, como decimos tantas veces. La insensibilidad nos aleja bastante de esa madurez humana que hemos de alcanzar.

Todo esto nos lo está diciendo Jesús para el desarrollo de todos esos valores humanos con los que tenemos que contribuir al bien y la mejora de nuestra sociedad. Son un regalo y una responsabilidad, es un don y es una tarea. No podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos de nuestra soberbia y autosuficiencia que los anularía, los apagaría y dejaría sin sentido.

Y aquí, claro, tenemos que plantearnos qué estamos haciendo con nuestra fe. Es una luz que ilumina nuestra vida, pero es una luz que la que tenemos que iluminar a nuestro mundo. No podemos ocultar nuestra fe, ni podemos acomodarnos tanto a la sociedad que nos rodea por aquello de que no le dan importancia a la fe, porque entonces les estaríamos haciendo perder todo el sentido a esa fe que tenemos. Si consideramos que es una luz para nuestra vida, esa luz no nos la podemos quedar para nosotros mismos sino que con ella, aunque sea con todo respeto, tenemos que iluminar a los demás. Es el testimonio que en todo momento tenemos que dar.

Como nos dirá Jesús en otro momento ‘alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos’. ¿De verdad estaremos convencidos de estas palabras de Jesús? Entonces, ¿por qué no somos más misioneros en el mundo que nos rodea?

miércoles, 28 de enero de 2026

La parábola del sembrador no es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida

 


La parábola del sembrador no es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida

2 Samuel 7, 4-17; Salmo 88; Marcos 4, 1-20

Pudiera parecer una escena de película con una escenografía bien preparada donde pareciera que cada detalle, cada movimiento está previamente dispuesto para dejarnos no sólo impresionar sino envolver por la dulzura y la paz que nos trasmiten sus escenas. Pero no se queda en eso lo que pretende transmitirnos hoy el evangelio. Es algo de suma importancia y algo maravilloso que se desarrolla con sencillez, tal como siempre se presenta Jesús, allá en Cafarnaún en las orillas del lago.

Poco a poco la gente había oído hablar de Jesús, escuchado por parte de muchos su mensaje que luego como pólvora se iba difundiendo en ese hermoso boca a boca como se transmiten las cosas buenas y ya no había momento en que Jesús no se encontrará rodeado de gente, no solo del lugar donde estuviera en ese momento sino venida de distintos lugares, que querían escucharle. Jesús camina entre la gente, va allí donde hacen su vida y su trabajo, como le vemos acudir también a donde la gente se reúne para orar y escuchar la Ley y los Profetas, las sinagogas. Un lugar propicio para reunirse la gente es allí donde van a comprar su pescado de los pescadores llegados del lago y donde la gente hace su convivencia y sus encuentros, ¿no sucede así en nuestros mercados que no solo se reducen a las compras que vamos a realizar sino a los saludos y a los encuentros, a las charlas y conversaciones?

Hoy es tanta la gente que se apretuja en torno a Jesús que decide subirse a una de aquellas barcas aun meciéndose en las olas del lago, para desde allí enseñar al pueblo que le escucha. No se presenta Jesús como un doctor de la ley o como aquellos escribas encargados de enseñar las Escrituras al pueblo con palabras doctas y en cierto modo repetitivas que no calen en la conciencia de los que escuchan. Ya dirán más tarde que Jesús no enseña como quien habla de palabras aprendidas de memoria, sino que se maravillan de su enseñanza, porque nadie ha enseñado como Él.

 Y sus palabras son sencillas porque les habla de lo que ven hacer o hacen ellos mismos en sus trabajos en el campo, les habla del sembrador que sale a sembrar a voleo la semilla en medio de sus campos. Una semilla sembrada así no toda caerá en la misma tierra con igual condiciones, semillas que caen en la tierra surcada y preparada pero semillas que se desbordan de los campos preparados por caminos endurecidos por el paso de personas y carruajes, en los pedregales que se forman alrededor o en medio de los zarzales y malas hierbas nacidas por doquier.

¿Desconcertará que el sembrador tenga aparentemente tan poco cuidado como que la semilla caiga en esos diferentes terrenos exponiéndose que no germinan debidamente, se seque la plata que surja por falta de raíces y humedad, o simplemente sirva de alimento a los pajarillos del cielo? Pero la intención de Jesús es clara. No niega la efectividad en sí misma que tiene la semilla, pero si nos pone en atención para que cuidemos ese terreno donde vamos a sembrarla.

Como les explicará luego a los discípulos más cercanos, aquel grupo que se había ido forjando en torno a Jesús, la semilla es el alimento de la Palabra de Dios, pero no siempre tenemos buen estómago para alimentarnos, no siempre tenemos oídos abiertos para escucharla ni tenemos las debidas disposiciones en nuestro interior para hacer que de fruto en nosotros. Nuestras preocupaciones y nuestros agobios, los afanes con que vivimos tan esclavizados por lo material que pone una coraza en nuestras vidas, la superficialidad con que vivimos que nos impide profundizar en lo que escuchamos, los intereses por los que luchamos que le están dando un sentido a nuestra vida influenciados por lo sensual, lo que me dé satisfacciones prontas aunque luego me dejan con mal sabor en la boca, las ínfulas de vanidad en las que nos envolvemos que nos hacen buscar brillos de oropeles olvidándonos donde están los verdaderos valores por los que tendríamos que luchar.

Dejemos que Jesús se siente en la barca en medio nuestro. Abramos nuestros oídos para no perder palabra, pero abramos nuestro corazón para que esa semilla de verdad se enraíce en nosotros y lleguemos a dar fruto. Cada uno sabemos las distracciones que tenemos en el corazón y hemos de saber evitarlas. Seamos campo bueno, seamos tierra buena. No es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida.


martes, 27 de enero de 2026

Desde la escucha de la Palabra vamos a ser como una gran familia que nos amamos y sentimos en comunión, cercanos los unos de los otros y preocupados siempre por los demás

 


Desde la escucha de la Palabra vamos a ser como una gran familia que nos amamos y sentimos en comunión, cercanos los unos de los otros y preocupados siempre por los demás

2 Samuel 6, 12b-15. 17-19; Salmo 23; Marcos 3, 31-35

De todo cuanto nos sucede podemos sacar siempre una lección, incluso de aquellos sucesos de la vida que nos pueden venir con crespones negros; nuestra tendencia es valorar las cosas positivas que nos sucedan, y por supuesto que siempre tenemos que valorarlas porque además se pueden convertir en estímulos para nuestro camino, pero también de un error podemos aprender, nos damos cuenta que lo que hicimos nos lleva al fracaso y trataremos de evitarlo en otra ocasión, pero no solo eso quizás cuando estamos en esos momentos difíciles, en esos momentos negros nos damos cuenta de quien en verdad está a nuestro lado, quienes son los verdaderos amigos que se preocupan por nosotros, pero aun cuando nos viéramos en la soledad más terrible podemos descubrir nuestra fortaleza interior, esa capacidad que tenemos de regenerarnos, de volver salir a flote, de redescubrir los verdaderos valores que nos van a dar sentido a nuestras vidas.

Serán momentos de reflexión que tenemos que hacernos con serenidad, quitando amarguras, tratando de ver resquicios de luz; no tenemos por qué deprimirnos porque sabemos que podremos salir adelante como en otras ocasiones quizás lo hemos hecho, y si somos creyentes sabemos que hay quien no nos deja solos y de alguna manera Dios se va a hacer presente en nuestra vida. Por eso comenzaba diciendo que de todo cuanto nos sucede siempre podemos aprender algo. Desarrollemos esa sabiduría de nuestro espíritu.

Jesús en su sabiduría divina va anunciando el Reino de Dios y cómo hemos de vivirlo desde la realidad de lo que viven cada día, pero aprovechando también las lecciones que podemos aprender de la misma naturaleza o del suceder de las cosas; de ahí surgen esas hermosas parábolas que nos va proponiendo para que entendamos cómo hemos de hacer crecer el Reino de Dios en nosotros. Está la fuerza del Espíritu de Dios que actúa en nosotros, pero está también lo que nosotros somos capaces de hacer, la manera como respondemos a esa llamada al Reino de Dios que Jesús nos hace.

Se vale Jesús incluso de lo que ocasionalmente le va sucediendo o sucediendo en su entorno. Ahora está rodeado de una multitud que le escucha hablar del Reino de Dios; no nos dice el evangelista qué es lo que en ese momento estará diciendo Jesús de cómo hacer realidad, hacer presente el Reino de Dios en nosotros, pero llegan algunos a anunciarle que allí está su madre y su familia que quieren verle.

Jesús no rechaza que quieran verle y estar con Él pero hace ver a los que le están escuchando ese nuevo sentido de comunión y de amor que tiene que haber en los que le sigan, en los que quieran vivir el Reino. ¿Veis a mi madre y mis hermanos? Podríamos decir que Jesús les dice a los que le escuchan, pues así tenemos que ser quienes escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Quien lo hace, viene a decirles, es mi madre, es mi hermano, es mi hermana… vamos a ser como una gran familia que nos amamos y nos sentimos en comunión, que estamos cercanos los unos de los otros y nos preocupamos siempre de los demás.

Allí está María la que un día merecerá la alabanza de aquella mujer anónima por ser la madre de Jesús, allí está María la que un día escuchó la voz de Dios y la plantó en su corazón, allí está María que porque escuchó esa voz del Señor corrió presurosa a la montaña donde sabía que había de servir, allí está María la que siempre estará pendiente de cuanto suceda porque no quiere el sufrimiento de nadie y ante el mal momento que están pasando aquellos novios en las bodas de Caná porque falta el vino intercederá ante Jesús aunque no haya llegado su hora, es María la que está como madre allá en el Cenáculo cuando los discípulos esperen ansiosos la promesa de Jesús. Ahí seguimos sintiendo a María enseñándonos a decir Si, y a sentirnos también los esclavos del Señor, aunque sabemos que somos hijos, porque queremos que la Palabra de Dios también se cumpla en nosotros.

    Es lo que les viene, nos viene a decir Jesús como en aquella ocasión que le dijeron que su madre y sus hermanos le buscaban. Tenemos que ser como esa familia, y de María aprendemos la gran lección como de tantos hermanos nuestros a través de la historia u hoy también en nuestro entorno han sabido escuchar la Palabra del Señor y plantarla en su corazón. Mereceremos así también la alabanza de Jesús si así lo hacemos, porque también en cuanto nos va sucediendo en la vida, como decíamos al principio, la Palabra del Señor también está hablándonos.

lunes, 26 de enero de 2026

Una semilla nos alimenta, pero una semilla germina también para hacer multiplicar los frutos, sembremos que algún de vuelta llegará de nuevo a alimentarnos a nosotros

 


Una semilla nos alimenta, pero una semilla germina también para hacer multiplicar los frutos, sembremos que algún de vuelta llegará de nuevo a alimentarnos a nosotros

2Timoteo 1, 1-8; Salmo 95; Marcos 4,26-34

Una semilla nos alimenta, pero una semilla también multiplica la vida, al germinar da inicio a nueva vida, a nuevas plantas que multiplican sus semillas, multiplican sus frutos. Es muy enriquecedora la imagen que se nos proyecta que tiene un hondo reflejo en nuestra vida, en lo que hacemos, en el fruto que damos, en el valor de nuestra vida y de nuestros actos; nada, pues, nos puede parecer insignificante porque su apariencia sea muy sencilla y elemental, como lo son muchas semillas, porque todo tiene una riqueza explosiva en su interior, no para destruir sino para crear vida.

Jesús en su pedagogía infinita y en su sabiduría divina nos deja repetidas veces en sus parábolas la imagen de la semilla, esparcida por el sembrador en los distintos campos de la vida aunque en no todos se va a recoger el mismo fruto, pero hundida pacientemente en tierra con la esperanza de que un día germinará, mezclada quizás con la cizaña de las malas hierbas que podrían poner en peligro sus frutos, en la insignificancia de una grano de mostaza que se nos escapa entre los dedos, pero que un día ha de producir fruto.

Dos parábolas nos propone hoy Jesús en el evangelio, de esa semilla que enterrada en tierra que el agricultor, sin que él mismo sepa cómo, pacientemente espera que un día germine para darnos una nueva planta que a su vez produzca sus frutos, y del insignificante grano de mostaza que llegará a darnos una planta en cuyo ramaje hasta los pájaros pueden hacer su nido.

Ya sabemos, porque Jesús nos lo ha explicado en otras parábolas que esa semilla nos está hablando de la Palabra de Dios, y también podemos decir, ¿por qué no?, de todo lo bueno que nosotros podamos hacer o podamos decir que cual buena semilla es sembrada en el corazón de la vida. Habiendo celebrado ayer el domingo de la Palabra de Dios claro que podemos insistir en la eficacia que tiene esa semilla porque en ella está el germen de Dios. No dejemos caer esa semilla en tierra infecunda porque endurezcamos nuestro corazón ni nos hagamos oídos sordos ante su proclamación. Tengamos fe en la eficacia de la Palabra de Dios en nuestra vida por eso con tanto amor tenemos que escucharla y plantarla en nuestro corazón. No dejemos que el viento se lleve esas páginas de la Palabra de Dios sino que sepamos apoyarnos en ella para hacer de verdad fructificar nuestra vida.

Pero como también decíamos vayamos nosotros también sembrando semillas de vida por los campos de la existencia que vamos atravesando. Es esa buena palabra que hemos de tener siempre en nuestros labios para irla sembrando allá por donde vayamos. también en nuestro interior la vida nos ha hecho ir acumulando una sabiduría desde la reflexión que de las cosas y de los acontecimientos nos vamos haciendo; tenemos más sabiduría dentro de nosotros de lo que podemos imaginar, hemos de saber limpiar de la paja de las superficialidades todo eso que en nuestro interior rumiamos; de ahí surge el buen consejo que podemos dar, esa orientación que podemos poner en los oídos y en el corazón de los que están a nuestro lado, esa respuesta reflexiva que podemos dar ante cualquier cuestión que se nos plantee, ese punto de vista distinto que podemos ofrecer en cualquier diálogo o discusión.

No temamos sembrar esa buena semilla que también nosotros llevamos en nuestro corazón, será como una semilla sembrada a voleo que el viento trasladará de un sitio a otro y que puede ir cayendo en la tierra buena de muchos corazones que estén esperando esa luz orientadora para sus vidas. No sabemos hasta donde puede llegar, no nos importe, sembremos lo bueno con constancia que será semilla que se multiplique y que ahora no sabemos pero con el tiempo quizás podamos recoger una hermosa cosecha. Alguna vez podrá llegar de nuevo a ti después de haber recorrido amplios mundos esa semilla que un día sembraste y que a la vuelta también podrá ayudarte a ti. Os confieso que me ha sucedido en la vida. No dejemos de sembrar.

domingo, 25 de enero de 2026

El evangelio es también hoy un anuncio de luz y de esperanza que nos da respuestas para este mundo en que vivimos

 


El evangelio es también hoy un anuncio de luz y de esperanza que nos da respuestas para este mundo en que vivimos

Isaías 8, 23b – 9, 3; Salmo 26; 1Corintios 1, 10-13. 17; Mateo 4, 12-23

El evangelio hoy, igual que lo ha hecho también el texto del profeta Isaías, ha comenzado a hablarnos de tiempos de sombras, pero también de tiempos de luz como seguramente veremos reflejado en el hoy de nuestra vida. Precisamente el evangelista recuerda el anuncio profético como algo que se da en cumplimiento en el hoy de su vida con la presencia de Jesús predicando por toda Galilea que se convirtió en un rayo de luz de esperanza para quienes le escuchaban.

Recordar brevemente que fueron los tiempos del profeta momentos de crisis en la situación política, social y religiosa que vivían entonces. Se repite en los momentos de Jesús que en todos las situaciones se sentían como en crisis, por la opresión de los romanos, por la inoperancia de las autoridades judías pero también por la manipulación de muchos de sus dirigentes, por los cambios que se habían ido produciendo en aquella sociedad en la medida en que se abría al mundo contemporáneo. Mantenían una esperanza que no veían cumplida; un primer rayo de luz había sido a su manera la presencia del Bautista en el desierto a la orilla del Jordán anunciando la inminencia de tiempos nuevos, pero seguían en su oscuridad.

Como dice el evangelista después de la prisión de Juan se había vuelto Jesús a Galilea pero no se había quedado en Nazaret sino que se había establecido en Cafarnaún; allí había comenzado su anuncio de la llegada del Reino de los Cielos y se predicación se había extendido también por los pueblos de alrededor. Son los primeros anuncios y pronto al ver los signos que Jesús realizaba la gente se congregaba a su alrededor para escucharle y le traían sus enfermos para que los curase. Algo nuevo estaba comenzando. Una buena noticia que los llenaba de esperanza; era una luz que se encendía en sus vidas, por eso el evangelista recuerda las palabras del profeta porque ahora se están dando cumplimiento.

Y es el anuncio que hoy nosotros escuchamos; y lo escuchamos desde nuestra vida, que también tiene sus luces y sus sombras; que es la situación social y religiosa concreta que vivimos y que en consecuencia vive la iglesia, vivimos también los cristianos; y son las cosas que surgen cada día en todos los aspectos de la vida que muchas veces también nos llenan de confusión; y no podemos dejar de ver el sufrimiento que embarga a tantos en el mundo de hoy, o esos golpes que nos desequilibran, nos plantean preguntas e interrogantes, nos hace pensar qué estamos haciendo de nuestra sociedad, como puede ser el reciente suceso que a todos nos tiene conmocionados, pues no son cosas de unas familias o de las personas que pasaron o pasan por ese mal momento, sino que son cosas que nos afectan a todos.

Y ahí tenemos que escuchar nosotros la Palabra de Dios, en esa vida concreta tenemos que sembrar esa semilla de la Palabra de Dios que nos haga reflexionar, que nos haga buscar caminos, que siembre en nuestro espíritu esa serenidad que necesitamos para enfrentarnos a esas situaciones sin que tengamos que enfrentarnos los unos a los otros, que ponga en nosotros esa esperanza que necesitamos que nos haga trabajar seriamente por hacer un mundo nuevo.

El anuncio que nos hace Jesús es la llegada del Reino de Dios, que va a haber algo nuevo en nuestras vidas, que los valores por los que hemos ido guiando nuestra vida quizás necesiten una transformación y un cambio, que a Dios tenemos que verlo más presente en nuestras vidas y que muchas veces tenemos tan alejado de nosotros en esa atonía e indiferencia religiosa en la que va cayendo nuestra sociedad porque es el Reino de Dios el que se va a instaurar.

¿Cómo hacerlo? En el anuncio de la llegada del Reino de Dios lo primero que nos pedía era conversión, un cambio profundo del corazón, una transformación de nuestras vidas, un nuevo rumbo que tenemos que darle a lo que hacemos y a lo que vivimos, porque si seguimos con componendas nada se va a arreglar. Como nos dirá en otra oración lo nuevo tira de lo viejo y se hace un roto peor. ¿Estamos dispuestos nosotros a dejarnos cautivar por la Palabra de Dios que escuchamos para comenzar de verdad una vida nueva?

El evangelio termina hoy hablándonos de la llamada y vocación de los primeros discípulos. Pescadores que estaban con sus barcas y sus redes a los que se invita a una pesca distinta, a ser pescadores de hombres. Y lo dejaron todo y se fueron con Jesús. Nos daría para hacernos muchas consideraciones, pero pensemos si acaso nosotros seremos capaces de dejarlo todo por seguir a Jesús. En ese mar de nuestro mundo, tan complejo como lo reflexionábamos, nosotros estamos llamados también a ser pescadores de hombres. ¿Llegaremos a ver ese tiempo de luz que nos anunciaba el profeta y el evangelio? ¿Así sentimos a Jesús nosotros?