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martes, 28 de julio de 2026

Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

 




Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

Jeremías 14, 17-22; Salmo 78; Mateo 13, 36-43

Preguntamos cuando no sabemos. Tendría que ser lo normal, porque no siempre lo entendemos todo, hay cosas que nos cuesta entender; no es solo lo que nos dicen o enseñan, sino lo que va sucediendo en la vida, lo que vamos contemplando, las situaciones en que nos encontramos. Tendríamos que estar siempre en actitud receptiva, de querer aprender. No siempre entendemos el por qué de las cosas, nos cuesta, se nos hace difícil. Pero también hemos de reconocer que en ocasiones el orgullo nos puede más y parece que si nos mostramos débiles porque no entendemos y preguntamos bajamos en el nivel de apreciación que quisiéramos tener; pero quizás sea ese orgullo el que realmente nos hace bajar de escala. Ojalá no nos dominara tanto el amor propio y fuéramos más humildes.

Los discípulos de Jesús, aun con sus ambiciones y sus sueños y con la carga que podía pesar sobre ellos de sus costumbres y tradiciones ademas con la cierta manipulación que sufrían por parte de sus dirigentes, tienen deseos de aprender y con el amor que sentían por Jesús les hacía tener confianza para manifestarse tal como eran, en ocasiones también ambiciosos con sus sueños, y para hacer preguntas cuando no entendían, aunque a veces les gustara más algunas cosas a su manera.

De alguna manera iban sintiendo el impacto de lo nuevo que les estaba ofreciendo Jesús, y la buena noticia del Evangelio cuando queremos escucharla con sinceridad nos impacta y nos deja en cierta manera descolocados por los cambios que tenemos que hacer en nuestra mente y en nuestro corazón. Ya vemos como en ocasiones se resisten a lo que les anuncia Jesús y entre ellos siguen apareciendo sus apetencias y en cierto modo sus enfrentamientos por el lugar que fueran a ocupar en ese futuro Reino de Dios que Jesús anunciaba.

Ya en otro momento le preguntarán a Jesús por qué siempre les habla en parábolas a la gente, ahora cuando llegan a casa le preguntan directamente por el sentido de la parábola. Cambien ellos quizás cuando iban escuchándola tuvieran la misma reacción que los servidores de aquel propietario que querían arrancar ya de raíz aquella mala planta que iba apareciendo; les costaría entender la decisión de aquel dueño del terreno de dejar que crecieran juntos el trigo y la cizaña; ellos quizás también lo vieran como un peligro, como nosotros, sobre todo cuando nos vemos afectados por el mal que nos rodea y que en ocasiones nos hace daño, que quisiéramos hacer desaparecer del mundo a esos que nos están haciendo daño. ¿No habrá sido en ocasiones también la oración que nosotros hemos hecho?

Jesús en breves pinceladas les da la clave para entender la parábola. Los ciudadanos del Reino, los partidarios del maligno, el juicio final donde aquellos que se han mantenido como ciudadanos del Reino, los justos, brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Pero es necesario mantenerse en la integridad del camino, lo que no siempre es fácil; terminamos muchas veces dejándonos deslizar por esas rampas o pendientes que nos parecen más fáciles; somos conscientes cómo fácilmente caemos en la tibieza que es la mejor pendiente para que al final terminemos hundiéndonos.

Es necesario mantener una vigilancia, fortalecernos interiormente, que nuestra espiritualidad no decaiga, que nos mantengamos bien arraigados como el sarmiento a la cepa para que podamos dar fruto, que alimentemos nuestro espíritu con la gracia del Señor y nos dejemos iluminar continuamente por la Palabra de Dios, que haya ese espíritu de búsqueda y esos deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos esa novedad de la gracia a nuestra vida, que nos abramos interiormente a esa gracia del Señor y crezcamos en nuestro espíritu de oración.

¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Tendremos la humildad del reconocimiento de nuestra debilidad? ¿Nos dejaremos enseñar?


domingo, 26 de julio de 2026

No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

 


No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

1Reyes 3, 5. 7-12; Salmo 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52

¿Será todo en la vida cuestión de suerte? Parecería que es lo que andamos deseando; se multiplican los juegos de suerte, a ver si nos toca y nos parece que algo así tiene que ser la vida; fijémonos cómo con toda naturalidad nos estamos deseando suerte en lo que emprendamos, en lo que hacemos, en el camino que tomamos, en las decisiones que tenemos que tomar en la vida; pero si no buscamos con seriedad, no nos esforzamos y lo trabajamos, no nos preparamos en todos los aspectos no solo para lo que nos vaya a tocar sino para lo que vamos a ser en primer lugar y hacer en consecuencia, no es cuestión de que estemos esperando a que nos baje un pajarito del cielo y ponga la suerte en nuestras manos. Si no buscamos, ¿qué es lo que vamos a encontrar? Si no nos esforzamos ¿qué es lo que vamos a conseguir? Si no trabajamos ¿qué sentido tiene nuestro vivir?

Jesús nos está hablando del Reino de Dios y nos está explicando en qué consiste o como hemos de hacer para vivirlo. Nos propone parábolas, nos hace explicaciones, nos abre caminos, nos señala cuál es su importancia, nos está marcando los pasos que hemos de ir dando. Nos habló del sembrador y de la semilla, nos hablo de la tierra buena que hemos de preparar y de la realidad cruda que nos vamos a encontrar porque en el mismo campo encontremos el resultado de la buena semilla pero también de las plantas venenosas por así llamarlas que nos vamos a encontrar en una mezcla que pudiera ser confusa, nos habló de la importancia de la semilla en sí aunque nos pareciera insignificante pero que sin embargo nos pueden dar plantas hermosas, nos habló de la levadura que ha de hacer fermentar la masa y ahora nos habla de tesoros escondidos o de perlas preciosas por las que hemos de darlo todo.

Son las parábolas que hemos ido escuchando y las que hoy también nos ofrece. Tener un tesoro a nuestro alcance o una perla preciosa más que una suerte es un regalo que Dios nos está ofreciendo. El evangelio es ese regalo aunque a veces no lo sabemos apreciar o porque andamos entretenidos en otras cosas nos pasa desapercibido porque nos parece escondido. El plan que nos ofrece Dios para nuestra vida no es cualquier cosa que hemos de tomarnos con frivolidad. Pero hemos de tener ojos y oídos atentos, un corazón bien abierto con buena sintonía para poder descubrirlo y saborearlo. Cuando tengamos esa apertura de nuestro corazón llegaremos a entender la sabiduría de vida que encontramos en el evangelio. Y no la podemos desperdiciar, no la podemos dejar pasar, no podemos andar desinteresados por ella.

Las parábolas nos hablan de que aquellos hombres, el agricultor y el comerciante fueron capaces de darlo todo por obtenerla. No era lo importante aquello de lo que tuvieron que desprenderse, de lo que fueron capaces de desprenderse sino de lo hermoso que llegó a sus manos y que no querían perder. Muchas veces cuando pensamos o hablamos de la vida cristiana parece que pusiéramos por delante las cosas que tenemos que dejar y nos olvidamos de la maravilla que se nos ofrece para vivir. Y es que encontrarnos con Cristo y su evangelio es encontrar ese tesoro, esa perla preciosa por lo que tenemos que ser capaces de dejarlo todo para vivirlo. No es el peso de lo negativo sino la riqueza de lo que vamos a vivir.

Es algo en lo que tenemos que detenernos para pensar. Si estamos pensando en aquello de lo que tenemos que desprendernos parece que se nos haría duro y difícil por tantos apegos que tenemos en el corazón; se convierte así nuestra vida cristiana en una lucha tormentosa y es por lo que tantas veces vamos los cristianos por la vida sin alegría, con cara de circunstancias y de sufrimiento. Igual que quien he encontrado algo valioso irá alegre por la vida y a todos se lo irá contando, así tendríamos que ir los cristianos por la vida porque vamos contando una buena noticia, vamos queriendo transmitir algo que nos da mucha alegría en la vida. Algo nos está fallando cuando los cristianos vamos haciendo nuestro camino con caras de tristeza y como si lleváramos un peso insoportable encima de nosotros.

Sin embargo con Cristo hemos encontrado la libertad verdadera porque en El hemos encontrado el perdón de nuestros pecados, con Cristo hemos encontrado el camino de la verdadera felicidad, con Cristo seremos capaces de hacer que nuestro mundo sea mejor, con Cristo se acaban los agobios porque El es nuestra paz y nuestro descanso, con Cristo reverdece la esperanza y florece la ilusión porque vamos llenando nuestro mundo de amor. Y esto no es cuestión de suerte sino de un regalo de amor que Cristo nos ofrece.

jueves, 9 de julio de 2026

no son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y generosidad

 


No son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y nuestra generosidad con los hacemos el anuncio del Reino

Oseas 11, 1-4. 8c-9; Salmo 79; Mateo 10, 7-15

La vida no depende solamente de los medios materiales que tengamos; son necesarios porque además vivimos en un mundo excesivamente mercantilista y a todo le ponemos precio y para todo parece que necesitaríamos esos medios materiales. pero vivir es algo más; hacer por la vida no se reduce a que tengamos o no tengamos medios materiales, porque estamos nosotros, con nuestro ser, nuestros valores, nuestras capacidades y muchas veces sin un duro podemos hacer maravillas. Es lo que nosotros nos implicamos desde lo más hondo de nosotros mismos. Y esto podemos decirlo, aunque muchas veces nos cueste comprenderlo y hacerlo, de todos los aspectos de la vida.

Parto de esa experiencia humana que tendríamos que saber trasladar a lo que es la vida de la Iglesia y su acción pastoral; muchas veces decimos que nos vemos con las manos atadas para tantos proyectos que quisiéramos realizar porque decimos que no tenemos medios. ¿Dónde están las personas y su compromiso? ¿Dónde está el dejarnos en verdad conducir por el Espíritu? Es a lo que nos quiere conducir hoy el evangelio.

Ayer escuchábamos cómo escoge a doce de entre todos sus discípulos para que sean los Apóstoles, sus principales enviados, como imagen además de lo que será el envío que nos haga a todos. Y con los poderes, como decíamos ayer, que les da han de ir realizando lo mismo que Jesús para hacer el anuncio del Reino de Dios y mostrar las señales de que nos ha llegado el Reino de Dios.

Pero hoy Jesús nos da unos detalles para cómo realizar esa misión. Y nos envía sin nada, quiere que vayamos desprendidos, por eso ni dinero en el bolsillo ni túnicas de repuesto, solo unas sandalias y un bastón para el camino. Han de ir con la disponibilidad del corazón pero también abiertos a lo que puedan recibir. Por eso les dice que se queden en la casa donde los reciban. No van desde el poderío ni desde las distancias de sentirse ricos y poderosos, van con la humildad de la pobreza y de los que saben que dependen no de sí mismos sino en este caso de los demás, de allí donde los reciban, y por supuesto del Espíritu del Señor que es su fortaleza y su sabiduría.

Nos tiene que hacer pensar, es cierto, en nuestros grandes proyectos pastorales y de lo que llamamos el prestigio de la Iglesia que queremos conservar; pero el prestigio y el valor ni está en las grandes obras, ni en la presentación ostentosa de la presencia de la Iglesia. De cuántas vanidades y orgullos nos tenemos que desprender para ser en verdad esa Iglesia de Jesús tal como vemos en aquella primera comunidad que se reunió en torno a Él.

Pero también nos lo tenemos que pensar a la hora de lo buenos que tenemos que hacer a los demás, de la semilla que tenemos que ir sembrando en nuestro mundo, de ese compromiso con que hemos de vivir nuestra vida alentada por el espíritu de la fe. No podemos, no somos capaces, no sabemos qué hacer, no tenemos medios… son cosas que nos decimos y tras las que nos escudamos y al final terminamos sin hacer nada. ¿Dónde está nuestro amor? ¿Dónde está nuestra disponibilidad y la generosidad de nuestro corazón? 

Muchas cosas tenemos que pensar y revisar, muchas decisiones serias y valientes tenemos que tomar, mucha confianza hemos de poner en el Señor.


martes, 7 de julio de 2026

Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

 


Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

Oseas, 8, 4-13; Sal. 113; Mateo 9, 32-38

Vemos a alguien caminando a nuestro lado, como suele decirse, con la lengua fuera por el cansancio ante el esfuerzo que tiene que realizar o la intensidad de lo que está haciendo, y más en días como los que estamos pasado por nuestros lares de intenso calor, nos hace sentir compasión y lástima y si de nuestra parte estuviera les ayudaríamos en lo que fuéramos capaces. Normalmente nuestro corazón se conmueve cuando vemos el sufrimiento de los demás, salvo que fuéramos unos desalmados.

Es la imagen que quiere ofrecérsenos en el texto del evangelio que hoy escuchamos. Jesús recorre pueblos y aldeas en aquellos caminos de Galilea siempre con el mismo anuncio del Reino de Dios que llega y para el que hemos de estar preparados; las gentes escuchando las palabras de Jesús y contemplando los signos que realiza le siguen, sienten como se enardecer sus corazones y parece que renace en ellos la esperanza; se sienten desorientados porque los mensajes que han venido recibiendo no siempre les llegan al corazón ni parece que responden a sus expectativas; parece como si fueran llevados de un lado para otro en medio de un mar embravecido o unas corrientes que no les llevan a ninguna parte. Es lo que Jesús les quiere hacer constatar. Parecen ovejas sin pastor que a ninguna parte son conducidas.

No todos, como suele suceder siempre saben leer el mensaje que Jesús quiere transmitirles, algunos se harán sus propias interpretaciones interesadas, porque están sintiendo que lo que jesús les anuncia y les propone va a exigir un cambio en sus vidas; recordemos que siempre Jesús comienza su predicación invitando a la conversión, a abrirnos a ese cambio y transformación total que tienen que darle a su existencia. 

Que un hombre poseído por el mal y encima con tantas limitaciones en su vida como la sordera o el no poder hablar sea curado de su mal viene a significar cómo nuestros oídos están sordos por tantas cosas o tantos apegos o intereses y tenemos que abrirnos a algo nuevo que se nos está ofreciendo; son los signos del Reino de Dios que nos están pidiendo la vivencia de otros nuevos valores, el desgarro de nuestro interior de todas esas malas voluntades, la apertura para poder encontrarnos con esa luz nueva que quiere iluminar nuestras vidas, pero para muchos eso puede significar perder los papeles, perder las influencias, tener que comenzar de nuevo al recorrido, y eso cuesta y es difícil; por eso querrán atribuir las obras de Jesús al espíritu del mal para crear confusión en los demás.

¿No andaremos nosotros también con esas sorderas que nos hacen escuchar lo que nos interesa? ¿No nos sentiremos en muchas ocasiones confundidos y desorientados por esa lucha interior que sostenemos cuando vemos donde está la luz pero preferimos las luces opacas de nuestras rutinas de siempre?

Jesús nos dice que la mies es abundante pero que los operarios son pocos; está contemplando esas multitudes ansiosas de algo nuevo pero a quienes no siempre llega ese mensaje de salvación. ¿Cómo es ese mundo que nos rodea? ¿Seguirá habiendo en el fondo el deseo de algo y mejor, algo que eleva nuestros espíritus y nos traiga metas de gran altura? A pesar del gran vacío que podríamos contemplar en muchos a nuestro alrededor, sin embargo hay ansia de algo mejor aunque muchas veces no se sepa definir bien lo que queremos. 

Ahí tendríamos que estar nosotros para decir la palabra oportuna, para ofrecer una novedosa orientación para la vida de los que nos rodean, para convertirnos nosotros también en una señal para los que están a nuestro lado y puedan discernir a dónde se tienen que dirigir, para despertar deseos de querer escuchar esa buena nueva del Evangelio. Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos en medio del mundo?


sábado, 4 de julio de 2026

Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, es una buena noticia que hace nueva nuestra vida

 

Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, es una buena noticia que hace nueva nuestra vida

Amós 9, 11-15; Salmo 84;  Mateo 9, 14-17

Nos gusta recibir buenas noticias. Estamos atentos a los diversos medios de comunicación para saber de qué va el mundo de la misma manera que nos comunicamos con aquellos más cercanos a nosotros que siempre tienen algo que contarnos de cuanto sucede a nuestro alrededor; desgraciadamente la mayoría de las noticias que recibimos tienen los tintes negativos de tantas calamidades que afectan a nuestro mundo y a nuestra sociedad que es algo que por nuestra sensibilidad nos inquieta; pero aun si queremos seguir escuchando noticias esperando siempre algo bueno y algo positivo que de alguna manera nos aliente y sea como luz para nuestro camino. 

Hay noticias que recibimos y que nos impactan y nos inquietan, que nos hacen reaccionar de alguna manera y que también van marcando el ritmo y el rumbo de nuestras vidas; cosas que nos afectan en lo más íntimo de nosotros, cosas que nos hacen pensar y nos hacen ver las cosas de otra manera, cosas, palabras o acontecimientos que nos producen un impacto profundo y o nos pueden desestabilizar en lo que es nuestra rutina de cada día, o nos hacen dar un giro a nuestras vidas.

Cuando Jesús comenzó a predicar en Galilea le decía a la gente que se preparara porque les llegaba una gran y buena noticia; en el ritmo de la predicación que había sido del Bautista la invitación que Jesús hacía era la conversión para poder creer en esa buena noticia del Reino de Dios que llegaba. Era una buena noticia que haría cambiar muchas vidas en quienes la aceptaron, una buena noticia que impacta y nos tendría que llegar de inquietud para buscar esos nuevos valores que nos iba a proponer.

No todos lo van a comprender porque están muy anclados en las costumbres de siempre, en la interpretación que ellos se habían hecho de la ley y los profetas, de las Escrituras santas, y no estaban dispuestos a hacer ese cambio, por eso su reacción será ir a la contra, rechazar, no dejar que llegara esa buena noticia a sus corazones. Es lo que iremos encontrando a lo largo del evangelio.

Hoy vienen algunos a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen con los viejos ritos de los ayunos y las penitencias, como los discípulos de Juan o como los discípulos de los fariseos. Jesús tratará una vez más de hacerles comprender la novedad de esa Buena Noticia, de ese Evangelio, que Él está proclamando. Y lo hace siempre, podríamos decir, con su pedagogía de ponernos imágenes como señales que hemos de entender. Por eso habla de rotos y de remiendos, por eso habla de odres viejos y nuevos que habrá que renovar para recibir ese vino nuevo que Él nos ofrece. 

Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor’. Es una vestidura nueva la que tenemos que vestir, no nos vale lo viejo remendado, sino que es necesario esa transformación profunda que nos hace un hombre nuevo. 

Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan’. Es la conversión profunda de nuestro corazón y de nuestra vida. No podemos ser los mismos ante la Buena Noticia del Evangelio de Jesús. 

¿Significa en verdad eso para nosotros? Cuando queremos en verdad confrontar nuestra vida con el evangelio que escuchamos muchas veces nos quedamos pensando en qué cosas tengo que cambiar. ¿Significa eso los remiendos que le he de poner a mi vida para que no desentone mucho con el evangelio que escuchamos? Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, porque seguramente serán las que no están verdaderamente ancladas en Jesús y su evangelio.

martes, 23 de junio de 2026

Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

 


Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

2 Reyes, 19, 9-36; Salmo47; Mateo, 76.12-14

¿Es difícil ser bueno? Algunas veces podemos tener esa sensación; queremos caminar con rectitud pero nos vemos atraídos por tantas cosas en nuestro entorno que parece que al final no sabemos con qué quedarnos. Queremos hacer el bien y nos parece que estamos haciendo el tonto cuando vemos tanta malicia a nuestro alrededor y nos parece que solo tienen éxito los que actúan con esa astucia y esa maldad. Nos vemos quizás burlados porque somos buenos, porque hacemos el bien, porque somos generosos con los demás y nos desprendemos de muchas cosas por compartir con los otros.

¿Qué hacemos? Entramos en esa senda que contemplamos en nuestro entorno o intentamos caminar con esa rectitud que nos hemos propuesto como meta de nuestra vida. Se nos hace difícil en ocasiones pero tenemos que mirar a nuestra conciencia y pensar si vamos a enterrar o a olvidar esos valores que sabemos que son los que nos van a dar verdadera grandeza a nuestra vida.

Es el camino de fidelidad que hemos emprendido y que tenemos que seguir. Como nos dice hoy Jesús en el evangelio no podemos tirar esas perlas preciosas por los suelos o dejar que las hociquen los cerdos. Como cristianos hemos emprendido un camino que nos ha abierto ante nuestra vida el evangelio del Reino de Dios y eso es lo que queremos vivir. Costará esfuerzo, afán de superación en cada paso que demos, ser capaces de hacer oídos sordos a esos cantos de sirena que nos ofrecen tantas cosas pero que sabemos que son vanidad y vacío, tendremos que saber negarnos muchas veces a nosotros mismos esos caprichos que muchas veces nos aparecen pero bien disimulados para llegarnos a confundirnos.

¿Qué es lo que de verdad deseamos de la vida? ¿Seguir viviendo entre falsedades y apariencias? ¿Dejarnos engatusar por esas vanidades que pronto nos daremos cuenta que nos van a llevar a un vacío de nuestra existencia?

¿Qué pediremos que los demás puedan ofrecernos y que en verdad enriquezcan nuestra vida? Seguro que no queremos ir por ese camino de superficialidades; buscaremos respeto y comprensión, que seamos capaces de ayudarnos y tendernos la mano para caminar juntos y superar así las dificultades, una buena convivencia donde desde ese respeto sepamos valorarnos los unos a los otros y tratemos de lograr una armonía en nuestras relaciones. Parecen cosas muy elementales pero nos damos cuenta de que son una buena base para hacer que nuestra sociedad sea mejor.

Como nos dice hoy Jesús en el evangelio ‘todo lo que deseáis que los demás hagan con nosotros, hacedlo vosotros con ellos’. Es el camino del amor que Jesús nos traza en el evangelio, un amor generoso y que siempre será creativo, un amor que nos lleva a la búsqueda de lo mejor que nosotros podamos ofrecer por ellos, un amor que no está esperando a que nos amen para nosotros comenzar a amar sino que siempre tomará la iniciativa, aunque nada haya recibido ni nada sea luego lo que nos vayan a ofrecer. El amor que nos enseña Jesús en el evangelio es de gran altura y profundidad. Nosotros en nuestro amor a quien estamos imitando es a Jesús que por nosotros se entregó. Nos enseñará a amar, no de cualquier manera, sino como El nos ha amado. Es la maravilla del amor cristiano que se hace también comprensión y perdón y que eleva nuestro espíritu a alturas sobrenaturales.

Como decíamos el camino algunas veces se nos hace estrecho, pero sabemos que es el camino cierto que nos lleva a la plenitud.

 

sábado, 20 de junio de 2026

Busquemos lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón

 


Busquemos lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón

2 Crónicas 24, 17-25; Salmo 88; Mateo 6,24-34

Está bien y bonito eso que desde hace unos años hemos acuñado como la sociedad del bienestar; es humano, ¿por qué no decirlo?, que queramos vivir bien, ser cada día más felices, alejar de nosotros preocupaciones y sufrimientos y por supuesto todos hemos de luchar por una vida más digna cada día; son nuestros sueños y nuestros anhelos, porque además Dios nos quiere felices, y la persona cada día ha de ir superándose cada vez más por tener un mejor nivel de vida.

Decíamos que está bien y es bonito y no nos desdecimos de ello, pero también hemos de reconocer que se puede convertir en una trampa; no vamos a alcanzar todos igual nivel, ni quizás el nivel que esperamos, porque la vida se pone difícil, porque algunas veces quizás nos faltan oportunidades, porque tampoco sabemos buscar lo que realmente es importante, y vienen los fracasos y las decepciones, o vienen de nuevo los agobios porque siempre queremos tener más, y podemos terminar esclavizándonos de esos mismos agobios.

Hoy nos quiere hacer pensar Jesús. Parece que rompe todos nuestros esquemas. Pero es algo distinto lo que Jesús nos propone. No nos habla de que no busquemos una vida digna, ni que no utilicemos los medios humanos a nuestro alcance para seguir avanzando y creciendo en la vida; El nos ha hecho responsables precisamente de esa vida que ha puesto en nuestras manos y ya desde aquella primera página de la vida nos decía que creciéramos y nos multiplicáramos, pero lo que no quiere es que convirtamos en dioses de nuestra vida eso material que está al alcance de nuestras manos.

Por eso ha comenzado diciéndonos hoy que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero. Ya en otros momentos nos ha hablado de esa codicia que algunas veces esclaviza nuestro corazón de manera que nos parece que teniendo de todo ya somos felices de verdad. ¿Recordamos la parábola del que cogió grandes cosechas, amplió sus lagares y bodegas y se decía que ya podía vivir feliz porque tenía de todo?

Hoy quiere hacernos pensar que hay bellezas que tienen que envolver nuestra vida que no conseguimos desde la adquisición de cosas materiales. ¿No es bella una flor que llena de colorido nuestros campos y nos envuelve con su perfume? El afán por llenar nuestro estómago no tiene que hacer perder de vista otras cosas que en la vida nos dan más satisfacción. Los pajarillos del cielo son alimentados por el Creador de manera que ni uno solo se pierde sin que lo quiera Dios. En el aire se sostienen y nos alegran la vida con sus trinos posados en las ramas de nuestros árboles.

¿Qué es lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón? Hay tantas cosas que hemos de cuidar en nuestro paso por la vida, que hemos de vivir con gran responsabilidad, que nos tiene que hacer mirar a los otros de forma distinta y hacerles agradable la vida. Son cosas que no se pagan con dinero, son cosas que nos salen del alma desde la sencillez y la humildad y alegran de verdad nuestro corazón.

Hoy Jesús está queriendo enseñarnos a que pongamos toda nuestra confianza en Dios que es nuestro Padre que nos ama. ¿Y qué padre no quiere el bien de sus hijos? Por eso nunca tenemos que sentirnos abandonados; podrán venir vendavales en la vida y tormentas que nos amenazan con perder la paz, pues puestos en las manos de Dios nos sentimos seguros, no nos faltará esa paz y esa alegría interior sea cual sea la situación por la que pasemos.

Busquemos, pues, no lo que llene nuestros bolsillos, sino lo que llene el corazón; sepamos repartir ternura a nuestro paso y con nuestros gestos hagamos más agradable la vida de los que nos rodean. Es el Reino de Dios al que Jesús nos llama, el Reino de Dios que hemos de construir, el Reino de Dios que se va a manifestar en una nueva armonía y paz entre todos porque va a resplandecer de verdad el amor. En Dios confiamos para poder vivirlo. Es mucho más que una sociedad del bienestar, pero estaremos construyendo un mundo que ha encontrado la felicidad verdadera.

 


lunes, 8 de junio de 2026

Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

 


Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

1Reyes 17, 1-6; Salmo 120; Mateo 5, 1-12

Jesús había comenzado anunciando la pronta llegada del Reino de Dios. Era una palabra alentadora y de esperanza lo que Jesús estaba anunciando. Algo nuevo y distinto tenía que suceder con la llegada del Reino; era el deseo más profundo que todos sentían desde su pobreza y desde el sentirse oprimidos porque se sentían sin libertad; vivían bajo la opresión de un reino extranjero que como suele suceder con los dominadores todo sería un expolio con sus impuestos que les llevaría a una miseria peor. Tiempos convulsos y sin esperanza; por eso escuchar ese anuncio era como un rayo de luz en el horizonte que traería algo nuevo.

Pero Jesús al hacer ese anuncio además pedía conversión para poder creer de verdad en lo que El les anunciaba; y conversión era un cambio total de planteamientos o de forma de vivir y hacer las cosas, porque de lo contrario no entenderían nunca lo que significaba ese Reino anunciado por Jesús. Por eso, no todos ni siempre entenderán, se les costará entender las palabras de Jesús.

Con los signos que va realizando va manifestando las señales de lo que era ese Reino de Dios, pero de igual manera la mayoría de las veces se quedaban en la materialidad del milagro realizado pero no llegaban a asumir la señal que eso significaba para sus vidas. Serán sus gestos y serán sus palabras las que lo Irán manifestando.

Hoy llega un momento – así nos lo compendia el evangelista – en que Jesús va a ir desgranando todas esas cosas en las que ha de manifestarse que el Reino de Dios ha llegado. Y hablará de dicha y de felicidad, como ya venían sintiendo de alguna manera en sus corazones en la medida en que crecía su esperanza. Pero las palabras de Jesús tomadas literalmente también desconciertan.

Llamará bienaventurados, o lo que es lo mismo, dichosos, felices a los pobres y a los que actúan con mansedumbre, a los que están llenos de sufrimientos o a los que nada tienen y tienen hambre, a los que se sienten inquietos en su interior insatisfechos por las situaciones que viven o lloran con los demás, a los que actúan remando a contracorriente porque nunca tendrán malicia en su corazón y a los que son incomprendidos. Y Jesús dice que para ellos es el Reino de Dios, que serán consolados y sentirán saciados tras su hambre o sus miserias, porque algún día alguien mostrará también compasión con ellos y tendrán una recompensa en el más allá por la bondad de su corazón. Pero, ¿no sería mejor obtener todo eso en el aquí y ahora para no vivir en esas angustias de la pobreza o con el sufrimiento de tantos a su lado? Somos los de lo inmediato, ¿de qué nos valen unas promesas para un mañana que aun es incierto? Quizás sean preguntas que nos hagamos.

Claro que pensamos así porque no hemos comenzado por lo primero que Jesús nos pedía cuando nos anunciaba la cercanía del Reino de Dios. Nos decía que teníamos que convertirnos para poder creer en el Reino de Dios, si no había ese cambio radical del corazón no llegaríamos a entender el Reino de Dios que Jesús nos anuncia. Por eso, porque nos falta esa conversión del corazón seguimos sin llegar a entender el mensaje de las bienaventuranzas.

Son unos valores nuevos los que tenemos que vivir; son unas actitudes nuevas que tenemos que poner en nosotros; es una manera nueva de entender la vida, de darle un valor nuevo y un sentido nuevo a lo que hacemos. Cuando comprendamos que no todo está en lo material que poseamos, que tiene que prevalecer la rectitud en nuestro corazón a pesar de que vayamos a contracorriente de lo que el mundo hace, que será esa inquietud que sentimos en nuestro interior la que nos llevará a nuevas posturas valientes sintiendo como propio también el sufrimiento de los demás, que será envolviendo el corazón de ternura y de compasión cómo haremos distintas nuestras relaciones con los demás, que será aprendiendo de la mansedumbre del corazón de Cristo cómo seremos capaces de comprender y hasta de perdonarnos, entonces comenzaremos a entender el mensaje de las bienaventuranzas, entonces sentiremos de verdad esa dicha y alegría que Jesús nos promete, aunque los momentos sean duros u oscuros.

¿Llegaremos en verdad a vivir el mensaje de las bienaventuranzas?

domingo, 17 de mayo de 2026

Testigos llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos

 


Testigos llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos

Hechos 1, 1-11; Salmo 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20

¿A dónde nos quedamos mirando cuando nos sucede algo sorpresivo que de alguna manera estábamos esperando pero cuya sorpresa no esperamos en este momento? ¿Al cielo? ¿Al suelo? ¿A cuanto nos rodea, ya sea el espacio mismo donde estamos, ya sea lo que hay en nuestro entorno que hasta nos puede resultar novedoso porque así andamos por la vida que ni nos fijamos en donde estamos, o a los que están a nuestro alrededor para que nos den algunas explicaciones? ¿Cuál sería nuestra reacción?

Así nos encontramos a los apóstoles y los discípulos más cercanos en las experiencias de pascua que han ido viviendo, ya fueran las apariciones en el cenáculo, a las mujeres a las puertas de la sepultura, a los que caminaban Emaús, allá junto al algo de Tiberíades en aquel amanecer, o ahora en este monte que según el evangelista que nos lo relata lo sitúa en Galilea o en el propio Jerusalén en el monte de los Olivos.  La misma reacción siempre de sorpresa con las palabras de Jesús, con los gestos de Jesús, con la misión que les confía Jesús.

‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ son las voces de los ángeles que los sacan de su ensueño. No les dice que no tienen que seguir mirando también al cielo, pero han de tener los pies bien plantados en la tierra. ‘El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo’. Pero mientras nos ha confiado una misión. Como nos dice muy claramente el evangelista Mateo hoy: ‘Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos’.

En sus confusiones cuando una sorpresa llegaba tras de otra todavía preguntaban ‘Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?’ Todavía no se aclaraban sobre lo que significaba que Jesús era el Mesías; seguían con pensamientos humanos porque no habían terminado de entender lo que era la liberación que Jesús nos traía.  Por eso les dice Jesús que permanezcan aun en Jerusalén hasta que  reciban ‘la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’. Ya les había hablado del Espíritu de la Verdad que se lo enseñaría todo. Necesitaban esa fuerza del Espíritu y todo cambiaría en sus corazones y en sus mentes. Luego habían de ser testigos hasta el confín de la tierra.

Pero nos ha asegurado una cosa que estaría con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Hemos de salir, entonces, con el testigo en nuestra mano, hemos de ir como testigos anunciando esa buena noticia de salvación a todos los hombres, porque no hay bajo el cielo ni sobre la tierra otro  nombre que pueda salvarnos. Lo experimentamos en nosotros cuando nos sentimos amados y perdonados, cuando nos sentimos llenos de una nueva paz y de una alegría que nadie nos podrá arrebatar, cuando nos sentimos transformados y ponemos en nuestras vidas otros valores y otra manera de actuar, cuando nos sentimos impulsados a ponernos en camino sin temor a los peligros o a los rechazos que podamos encontrar, cuando nuestro corazón ha cambiado y comenzamos a desprendernos de nosotros mismos y nos damos generosamente por los demás. Estamos siendo unos testigos.

Unos testigos llenos de esperanza, que seguimos, sí, mirando al cielo porque sabemos que de allí nos viene la gracia, seguimos mirando al cielo porque continuamente nos mantenemos en esa esperanza de la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, seguimos mirando al cielo que es también mirarnos dentro de nosotros mismos para sentir como Dios reina en nuestros corazones, seguimos mirando al cielo porque de allí nos llega esa luz para comprender el camino, para no tropezar en las piedras que en él se nos van a atravesar, para encontrar medios para abrir nuevos caminos de paz y de convivencia para los que están a nuestro lado, porque nosotros también queremos hacer ascensión cuando tratamos de superarnos y levantarnos por encima de esos materialismos que nos quieren envolver, porque sabemos que el Señor está con nosotros, reina en nuestros corazones y la fuerza de su Espíritu es quien nos guía y nos sostiene.

Toda una sorpresa este misterio de amor que nos envuelve en esta fiesta de la Ascensión. ‘Que se nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro’. Recordemos y rumiemos en nuestro interior estas sabias palabras del Apóstol.

domingo, 3 de mayo de 2026

Buscamos sendas para no perdernos y encontrar sentido a la vida, pero Jesús nos dice que El es el camino, y la verdad, y la vida para llevarnos a la plenitud

 


Buscamos sendas para no perdernos y encontrar sentido a la vida, pero Jesús nos dice que El es el camino, y la verdad, y la vida para llevarnos a la plenitud

Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 1Pedro 2, 4-9; Juan 14, 1-12

En la vida queremos encontrar camino; podríamos decir que eso va inserto en el mismo sentido de la vida, porque haber encontrado ese camino es haber encontrado el sentido de la vida. Cuando queremos llegar a algo, a algún lugar o incluso al encuentro con los otros queremos saber cómo podemos llegar, cuales son nuestros pasos, qué es lo que tenemos que hacer, o lo que es lo mismo el camino que hemos de recorrer.

En nuestros terrenos humanos – y aquí podemos darle mucha amplitud a esta palabra – nos trazamos sendas o ponemos señales para tener la certeza de que no nos vamos a perder y podemos llegar a donde aspiramos. Algunas veces nos cuesta encontrarlo, no sabemos leer las señales, o se nos hace difícil hacer su recorrido, y nos quejamos del sin sentido de la vida porque quizás no podemos llegar a lo que ansiamos o soñamos. Y ya no se trata solamente de ir de un lugar a otro, sino de algo más profundo que es nuestro vivir.

Esto que lo podemos hablar de lo que hacemos cada día en la vida, y lo aplicamos al cumplimiento de nuestras responsabilidades, o a lo que es el desarrollo de nuestra vida con nuestros trabajos o con la expresión de todo lo que es nuestro vivir, no se nos puede quedar en lo que es la materialidad de la vida, sino que tiene que relacionarse con el sentido más profundo de nuestra existencia y cuando en verdad somos creyentes  en consecuencia de nuestra búsqueda de Dios y de lo que es su voluntad para nosotros.

¿Será algo así lo que Jesús nos está manifestando en el evangelio? Podríamos decir que en las palabras que hoy le escuchamos y que forman parte de aquella sobremesa, por decirlo de alguna manera, tras la ultima cena, viene a resumirnos todo lo que ha sido el sentido de su vida y lo que va a ser también el sentido de la nuestra.

Son momentos de despedida, de últimas palabras y recomendaciones, pero es el momento en que Jesús abre totalmente su corazón a sus discípulos. Trata de sembrar y mantener la esperanza, por eso no se deben de entristecer ni sentirse abandonados porque Jesús lo que quiere es tenernos siempre junto a El para que vivamos en El. Habla de las estancias del cielo que nos va a preparar que es decirnos como quiere llevarnos junto a Dios para vivir eternamente en El.

A los discípulos les cuesta entender y comienzan las preguntas y repreguntas. Quieren conocer al Padre, porque aun les parece poco lo que Jesús les ha hablado del Padre y es cuando Jesús algo así como que les recuerda todo lo que ha sido su vida que no ha sido otra cosa que manifestarnos lo que es el amor que Dios nos tiene. Por eso terminará diciéndoles que quien lo ha visto a El ha visto al Padre, que no hay otro camino para ir a Dios que Jesús; ‘nadie va al Padre sino por mí’, les dice.

Y es cuando Jesús hace esa maravillosa afirmación. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. En Jesús estamos encontrando ese sentido de nuestra vida y para llegar a esa plenitud de vida eterna que tantas veces nos ha prometido no tenemos que hacer otra cosa que vivir la vida de Jesús. No busquemos otras sendas, no busquemos raras señales, no nos distraigamos del camino emprendido, sigamos los pasos de Jesús. ¿No nos ha ido Jesús a lo largo de su vida manifestándonos lo que son las señales del Reino de Dios?

Ese ha sido su evangelio para nosotros, esa ha sido la buena noticia que nos ha querido trasmitir; en sus parábolas nos lo ha explicado cuando nos habla de semillas que se siembran para dar fruto o para hacer crecer la vida en frondosos árboles que nos acojan a todos igual que la mostaza permite que los pajarillos hagan en ella sus nidos, o en banquetes de bodas con todas sus características al que todos estamos invitados; en los milagros que realiza están los signos de lo nuevo que tiene que ir surgiendo en el corazón de los hombres cuando nos sentimos envueltos en el amor y la misericordia de Dios; en el mandamiento del amor que nos deja están los medios para la comunión y para el encuentro, para la compasión y la comprensión y misericordia con que hemos de tratar a los demás; en sus gestos de cercanía dejándose incluso apretujar por la gente en sus caminos está la muestra de cómo Dios quiere caminar con nosotros y así es el Emmanuel, el Dios con nosotros.

¿Entenderemos entonces lo que nos dice Jesús que El es el Camino, y la verdad, y la vida? Pero ¿entenderemos también que nosotros hemos de mostrar también al mundo que nos rodea esas señales del Reino de Dios en nuestra nueva manera de actuar, en esas actitudes nuevas con que hemos de vivir, y en tantos gestos y detalles con los que hemos de manifestar que vivimos la vida de Jesús y nos hemos envuelto de su sabiduría?

sábado, 14 de febrero de 2026

Nos sentamos poco a la vera del camino para simplemente hablar con los que pasan, a la puerta de la casa para charlar amigablemente del Reino de Dios con los que en ella habitan

 


Nos sentamos poco a la vera del camino para simplemente hablar con los que pasan, a la puerta de la casa para charlar amigablemente del Reino de Dios con los que en ella habitan

Hechos 13, 46-49; Salmo 116; Lucas 10, 1-9

¿Cuál va a ser en definitiva nuestra reacción final si nos hemos ofrecido voluntarios para hacer una tarea que nos parecía, por decirlo así, interesante, pero que cuando nos la confían nos hablan de que no es una tarea fácil, que no vamos a contar con demasiados medios o recursos para llevarla a cabo y ya de antemano nos dicen que vamos a toparnos con una oposición bien encontrada? ¿Tiraremos la toalla si tan difícil nos lo ponen? ¿Intentaremos seguir adelante? ¿Buscaremos por nuestra parte nuevas iniciativas, recursos, lo que sea necesario para que realmente se realice y no quede por cuenta nuestra, por nuestra dejadez, el posible fracaso?

Realmente la cuestión es inquietante. ¿Cómo se sentiría aquel grupo de discípulos a los que Jesús les está confiando una misión en la que les dice que además de que hay mucho trabajo y son pocos los que se comprometen con ese trabajo, los envía como corderos en medio de lobos?

Tenemos que pensar que esa es la tarea y la misión que Jesús nos está confiando a los que creemos en El, la misión que le confía a la iglesia que tiene que quitar de sí toda imagen de triunfalismos para darnos cuenta que el anuncio del evangelio en el mundo en que hoy vivimos no es tan fácil. Además Jesús nos está pidiendo por parte nuestra una disponibilidad total pero también la conciencia de que no hemos de actuar a la manera de cómo actúan los hombres de este mundo. De entrada nos está diciendo que vayamos con nuestra pobreza, vacíos y liberados de todo signo de grandeza o de prepotencia para, a partir solo de unos medios o recursos humanos, realicemos esa tarea y esa misión cuya efectividad no va a surgir de esos más o menos importantes medios humanos con los que podamos contar.

De mucho tenemos que aprender a despojarnos. Porque Jesús incluso se quitó el manto para ceñirse solo con una toalla cuando se puso a lavar los pies de los discípulos. Y es lo que hoy tenemos que hacer, es la misión de la Iglesia hoy en medio de nuestro mundo. No podemos aparecer rodeados de esplendores de grandezas o de riquezas cuando vamos a anunciar el evangelio; sería una imagen que no casa con el espíritu del Evangelio que tiene que ser anunciado, tiene que ser buena noticia para los pobres.

Tenemos que aprender a sentarnos humildemente en una pobre silla o banqueta con los de la casa para hablar sosegadamente, amigablemente, para hacer el anuncio del mensaje que llevamos.

Nos sentamos poco en el camino para simplemente hablar con los que pasan, nos sentamos poco a la puerta de la casa para charlar amigablemente con los que en ella habitan. Es lo que nos está diciendo Jesús, que entremos allí donde nos abren la puerta, comamos lo que nos ofrecen y a ellos, teniendo en cuenta lo que es en verdad sus vidas, le hagamos el anuncio del Reino de Dios. No nos pide discursos, sino conversaciones, no nos pide grandes recorridos, sino que seamos capaces de detenernos a la vera del camino con quien pasa o con quien nos encontremos o simplemente nos sentemos a tomar un café.

¿Será eso lo que verdaderamente está haciendo la Iglesia, estaremos haciendo nosotros o andaremos más preocupados de organizaciones y de planes de trabajo cuando el trabajo es eso que nos va saliendo cada día al paso? Hoy hablamos mucho de una nueva evangelización pero nos preocupamos poco de esos encuentros personales, organizamos muy bien nuestros horarios de culto y celebraciones de nuestras fiestas, pero nos olvidamos del caminar del día a día, a pie de calle, o sentados alrededor de la mesa del comedor para tener una amigable charla donde trasmitamos esa paz que nos viene a traer el evangelio.

Y ya sé que no es una tarea fácil, porque no siempre habrá quien nos escuche o en muchas ocasiones sintamos el rechazo, como ovejas en medio de lobos que nos dice hoy Jesús. Pero eso no tiene que impedir que sigamos haciendo el camino porque tenemos que seguir haciendo el anuncio de la buena nueva de Jesús.

jueves, 5 de febrero de 2026

Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

 


Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

1Reyes 2, 1-4. 10-12; 1 Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Quien recibe el encargo de algo importante y que puede tener enorme trascendencia para muchos puede experimentar encontrados sentimientos en sí mismo ante la tarea que tiene por delante, desde el orgullo que siente porque han confiado en él y también la incertidumbre de si será capaz de llevar a cabo aquello que se le encomienda; pero si además los recursos humanos que se le ofrecen son escasos, o más bien se le pide que no se apoye en esos recursos sino en la fuerza de lo que está realizando, la sinceridad de su palabra y el testimonio que a través de sí mismo pueda ofrecer de la validez e importancia de lo que realiza, podríamos pensar que en esos sentimientos aflora también el temor de que además no lo vayan a aceptar los que le rodean o con quienes ha de realizar dicho encargo.

Me hago esta previa consideración ante lo que escuchamos hoy en el evangelio. En torno a Jesús se había ido formando una pequeña comunidad de seguidores, de discípulos que le siguen continuamente por todas partes, que están siempre con Él y a los que en esa cercanía les ha ido, podíamos decir, enseñando, manifestándoles todo el sentido que tenía el Reino de Dios que anunciaba. Ahora de entre ellos escoge a doce a los que a enviar a hace ese mismo anuncio del Reino de Dios que Jesús venía haciendo, confiándoles su misión y toda su autoridad.

Pero aquí viene lo que podríamos llamar lo paradójico. Los envía con las manos vacías, podríamos decir. Les pide que se olviden de los recursos humanos, por no llevar solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas sandalias para sus pies. Ni dineros, ni siquiera provisiones, ni siquiera túnica de repuesto. Solo han de ir con lo puesto. Comerán lo que les ofrezcan allí donde vayan llegando y donde sean acogidos, quedándose en la casa donde entren hasta que se vayan de aquel sitio; si son rechazados sacudirán el polvo de sus pies y marcharán a otra parte. Solo sus palabras anunciando la conversión por la llegada del Reino de Dios y la autoridad de Jesús para ir transformando los corazones con las señales de algo nuevo que han de manifestar con su amor, porque sobre todo a los que más sufren han de atender de manera primordial.

Como termina diciéndonos hoy el evangelio ‘ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. No eran cosas extraordinarias las que realizaban ni se apoyaban en medios extraordinarios. Era la sencillez y autenticidad de sus vidas. Era la verdadera riqueza del evangelio. Era el comienzo de algo nuevo que como buena semilla plantada tenía que ir haciendo brotar una planta nueva, un nuevo sentido de vida.

¿Seremos capaces de hacer nosotros lo mismo que realizaron aquellos Doce a los que Jesús les confió esta misión de anunciar el Reino de Dios? Tenemos que decir que es nuestra tarea porque un cristiano tiene que ser siempre misionero. Algunas veces cuando oímos hablar de esto quizás nos ponemos a pensar, y yo, ¿qué puedo hacer? ¿Qué es lo que tengo que hacer para ser misionero en medio de los que nos rodean? ¿Con qué medios voy a contar?

Tienes una palabra que anunciar y un testimonio que dar. Y eso has de hacerlo con la autenticidad de tu vida. Y nosotros pensamos en rodearnos de tantos medios, y estamos imaginando las técnicas que tenemos que aprender, los medios de los que nos hemos de valer. Jesús los mandó con lo puesto, porque lo importante era la autenticidad de sus vidas y el testimonio del amor con lo que así manifestarían la autoridad que Jesús les confió.

Si decíamos antes de los encontrados sentimientos con que nos podemos encontrar ante una misión que se nos confía, muchas veces nosotros vamos por los temores de no saber qué hacer o cómo hacer, pero no llegamos a ver la necesidad de la confianza en la providencia divina que estará con nosotros y con la fuerza del Espíritu que nos conducirá a ese testimonio de vida que hemos de dar. Llenémonos del amor de Dios y nuestra vida va a resplandecer en múltiples gestos que manifiestan que vivimos el Reino de Dios.


domingo, 1 de febrero de 2026

No son paradojas, no son utopías, son impactos para la vida, interrogantes hondos que nos hacen emprender un camino nuevo para un mundo nuevo de felicidad

 


No son paradojas, no son utopías, son impactos para la vida, interrogantes hondos que nos hacen emprender un camino nuevo para un mundo nuevo de felicidad

Sofonías, 2, 3; 3, 12-13; Salmo 145; 1 Corintios, 1, 26-31; Mateo, 5, 1-12

Hay cosas en la vida que nos resultan una paradoja, de alguna manera incomprensibles, indescifrables, nos suenan a utopía y por eso pensamos quizás que son solo sueños pero irrealizables; pero precisamente por eso nos impactan, nos llaman la atención, nos hacemos preguntas, se convierten en interrogantes en la vida y no cejamos antes que vayamos encontrando una respuesta, una manera de entenderlo y al final nos damos cuenta que de alguna manera están denunciando actitudes nuestras, describiéndonos algo que quizás estamos viviendo o de lo que queremos huir.

Yo creo que el evangelio si lo escuchamos a tumba abierta, como se suele decir, sin prevenciones y poniendo toda la sinceridad de nuestra vida puede quizás resultarnos esa paradoja pero estás sembrando una inquietud y un interrogante en nuestro corazón. Pero claro, hemos de escucharlo con toda sinceridad, sin prejuicios, sin dar por adelantado que ya nos lo sabemos, dejándonos sorprender. No son utopías, no son sueños irrealizables, son caminos que hemos de recorrer, porque es además, y lo decimos ya por adelantado, algo que contemplamos en el propio Jesús.

Nos encontramos hoy ante una de esas páginas más sorprendentes del evangelio. Es de verdad una buena noticia, evangelio para nuestro hoy, para nuestro mundo, para cada uno de nosotros. Nos habla de eso que todos deseamos, la felicidad; pero lo que nos sucede es que parece que va a contracorriente de lo que nosotros pensamos, si, de lo que en el fondo pensamos, pero también de lo que son los deseos de nuestro mundo. Habla de dicha y de felicidad, pero habla de pobreza y sufrimiento, habla llantos y de lágrimas, habla de esfuerzos por algo que nos parece difícil de conseguir porque por mucho que nosotros queramos los andares de nuestro mundo van por otras sendas, habla de sentirnos perseguidos por lo bueno que queremos hacer, y habla de una vida humilde y sencilla sin malos deseos a pesar de lo que sea.

Pero es que tenemos que decir que donde Dios está cerca es precisamente de quienes están sufriendo esas situaciones. Es la buena noticia para los pobres, que Jesús anunciaba en la sinagoga de Nazaret, para los oprimidos, para los carentes de libertad, para los que tienen su vida llena de sufrimientos y limitaciones. Es lo que nos viene a decir Jesús cuando nos habla del Reino de Dios, es lo que contemplamos en Jesús a lo largo del todo el evangelio, es lo que hace que la vida y la palabra de Jesús sea evangelio, sea buena noticia.

Jesús quiere poner esperanza en los corazones, en los pobres y en los que lloran, en los que trabajan y luchan por un mundo mejor y mas justo a pesar de todo lo que les cueste, en aquellos que quieren caminar en rectitud a pesar de verse zarandeados por tanta maldad que tenemos en nuestro entorno; y esa esperanza en el corazón da fuerza en la vida, esa esperanza nos hace sentirnos satisfechos en todo eso en lo que estamos luchando por salir hacia delante. Podremos ir dando pasos aquí y ahora en esa liberación, podemos ir sembrando esa buena semilla siempre con la esperanza de que un día podamos alcanzar unos frutos, confiando que un día todo eso lo veremos en plenitud. Y en esa lucha nos sentimos dichosos, estamos ya pregustando esa felicidad que tanto ansiamos.

Pero además las bienaventuranzas que Jesús nos proclama se convierten en un reto para nosotros. ¿Dónde tenemos que estar? No escuchamos las bienaventuranzas para sentirnos contentos por todas las promesas que nos hace Jesús; escuchamos las bienaventuranzas para hacer como Jesús, para hacer también nosotros una elección; alguien ha traducido las bienaventuranzas diciendo dichosos y bienaventurados los que eligen ser pobres.

¿Qué nos quiere decir? ¿Qué tenemos que hacernos pobres para vivir en la pobreza y la miseria? Es algo mucho más sutil. Elegimos estar con los pobres, con los que lloran, con los que luchan, con los que optan por la mansedumbre en sus vidas a pesar de la violencia que nos envuelve, con los que paso a paso van transformando todo esos instrumentos de guerra en materiales de paz, con los que se sienten solos o incomprendidos por sus sueños y utopías pero siguen luchando por ello. Ahí es donde tenemos que estar, ahí es donde tenemos que convertirnos en liberadores de los demás, ahí es donde tenemos que ser ese buen paño de lágrimas con nuestra presencia y compañía que lleve consuelo a los que sufren y a los que se sienten solos.

Seguro que sentiremos una nueva forma de ser felices. Es la bienaventuranza que Jesús nos está proponiendo hoy en el evangelio en esto que pudiera parecernos tan paradójico pero que sin embargo nos pone en camino de un mundo nuevo, es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y viene a instaurar.