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sábado, 13 de junio de 2026

 


Contemplando el Corazón Inmaculado de María aprendamos de ella a guardar en el corazón para asombrarnos ante las maravillas de Dios

 

Eso no lo olvidaré nunca, lo llevaré siempre guardado  en mi corazón, decimos agradecidos a alguien cuando hemos tenido una experiencia hermosa, esa persona ha hecho algo extraordinario por mi quizás en el momento que más lo necesitaba, más abandonado me sentía, o pasaba por una situación difícil en la vida; no lo olvidaremos, lo llevaremos siempre en el corazón.

Son experiencias cotidianas que podemos vivir por las que nos sentiremos eternamente agradecidos; son, por ejemplo, las experiencias hermosas que las madres guardarán para siempre de sus hijos; aquel detalle que con ella un día tuvieron que pareció insignificante pero donde ellas se sintieron arropadas por el amor del hijo, que podía parecer insignificante pero que tanto significó para ellas; en eso las madres son una expertas, porque igual guardan lágrimas amargas que pasaron quizás en silencio cuando vieron a los suyos en situaciones difíciles en las que quizás poco podían hacer, poco podían ayudar; pero allí estaba la madre detrás en silencio y con lagrimas de amargura en su corazón y eso no lo olvidarán nunca.

¿Por qué me estoy haciendo estas consideraciones? Hoy la liturgia, después de haber celebrado ayer el día del Sagrado corazón de Jesús, nos invita a que miremos al corazón de María. Y precisamente el evangelio de la infancia de Jesús nos deja como unas muletillas ante cuanto iba sucediendo en el entorno de Jesús y que María, con ese asombro ante el misterio pero con una fe confiada y firme, como nos dice el evangelio, ‘todas aquellas cosas las iba guardando en el corazón’.

Hablamos de asombro ante el misterio porque fue cómo ella se vio sorprendida con aquella embajada angélica que le anunciaba que iba a ser la Madre del Señor. Ya nos comenta el evangelista que ante las palabras del ángel María se quedó absorta meditando y rumiando cuanto el ángel del Señor le estaba comunicando. Podrá decir luego que el Señor se había fijado en la pequeñez de su esclava y en ella había realizado obras grandes. ¿Cómo María podía hacerse esa consideración para descubrir las maravillas del Señor en su vida? Porque se dejaba sorprender por el Señor, y rumiaba y meditaba en su corazón cuanto el Señor le iba manifestando.

Será luego en cada acontecimiento, la llegada inesperada de los pastores a la cueva de Belén que contaban por qué habían llegado hasta aquel lugar y las señales del cielo que habían recibido, el cántico de los ángeles que iluminaba el cielo, aquellos magos de oriente que aparecieron venidos de lejos con aquellos regalos del oro, el incienso y la mirra con todo su significado, más tarde cuando Jesús jovencito ya se queda en el templo porque tenía que ocuparse de las cosas de su Padre, aquel ir creciendo de Jesús no solo en estatura sino en Sabiduría, serán cosas que María irá guardando en su corazón.

Por eso su corazón será tan sensible ante lo que sucede en su entorno; la veremos ir presurosa hasta la montaña, a la casa de Isabel, porque no cayeron en saco roto las palabras del ángel que le hablaban del embarazo de su prima y sabía que allí podía prestar un servicio; María lo guardaba y lo rumiaba en su corazón pero le había ponerse en camino. Es la atención que estará prestando en las bodas de Caná para notar que allí pasaba algo, que allí faltaba el vino para acudir a Jesús, porque allí había que poner un remedio o una solución. ¿No la veremos en silencio al pie de la cruz y cómo guardaría en su corazón cuanto estaba sucediendo?

Comenzábamos comentando cómo ante cosas extraordinarias de las que nos hayamos visto beneficiados decíamos que serían cosas que guardaríamos para siempre en el corazón, pero creo que cuando hoy estamos contemplando el corazón de María convertido en un buzón de amor donde tanto iba guardado algo nos está enseñando para nosotros también aprender a guardar y rumiar en nuestro corazón.

Será ese guardar en el corazón de forma agradecida cuando nos vemos sorprendidos por tantas cosas buenas de las que nos vamos beneficiando en la vida, pero creo que tiene que ser para algo más; ese guardar y rumiar en el corazón nos hará ver muchas situaciones de una forma distinta, nos tiene que servir para no guardar amarguras pero sí para descubrir caminos de sanación; nos tiene que servir para que se nos abran mas nuestras mentes y nuestro corazón para estar atento a lo que le sucedan a los demás, pero también para encontrar caminos de servicio como hizo María; ese guardar y rumiar en el corazón nos hará descubrir las maravillas de Dios que se nos manifiestan o que Dios quiere incluso realizar en nuestra vida.

Ese guardar en el corazón significa poner en nuestro corazón a esas personas que queremos, que caminan a nuestro lado, con los que nos vamos cruzando en los caminos de la vida, sean cuales sean las cosas que de ellos recibimos incluso cuando nos sentimos heridos. Como la madre que siempre tendrá en su corazón también al hijo desagradecido pero que una madre siempre llevará en el corazón.

Mucho aprendemos del corazón de Maria. Con ella queremos cantar ese cántico de alabanza y de gratitud a Dios.

viernes, 12 de junio de 2026

Nos sentimos bendecidos por Dios que nos ha regalado su amor, contagiemos de esa bendición de amor a los demás porque así manifestamos que hemos nacido de Dios

 


Nos sentimos bendecidos por Dios que nos ha regalado su amor, contagiemos de esa bendición de amor a los demás porque así manifestamos que hemos nacido de Dios

Deuteronomio 7, 6-11; Salmo 102;  1Juan 4, 7-16; Mateo 11, 25-30

Seguramente más de una vez hemos preguntado o nos hemos preguntado cuando nos sentimos queridos y valorados por alguien, ¿por qué a mí? ¿Por qué me quieres? ¿Qué he hecho yo o qué méritos tengo? Seguramente también nos han dicho ‘porque sí’, simplemente eso, nos quieren porque nos quieren y no hay más que decir. El amor verdadero no es por merecimientos, simplemente es un regalo, un don, una entrega gratuita que se nos hace sin  ningún otro interés; la cuestión es cómo vamos a corresponder a ese amor.

Es lo que le recuerda Moisés al pueblo en el libro del Deuteronomio. No porque fueran los mejores ni los más fuertes, no porque fueran los más sabios o los más poderosos, simplemente porque Dios los eligió. ‘El Señor se enamoró de vosotros y os eligió’. Es hermoso, es cómo con gratitud tenemos que sentirnos ante Dios. Es el regalo del amor de Dios lo que tenemos que sentir y lo que nos tendrá que hacer vivir de forma distinta. Estamos muchas veces más preocupados por los méritos que vamos a hacer que en gozarnos en el amor; y claro gozarnos en el amor nos hace sentirnos envueltos en amor y respirar amor; el amor entonces fluirá de nosotros como de forma espontánea, iremos manando amor con toda nuestra vida. ¡Qué distintas son las cosas!

Todo parte de Dios. Como nos dice san Juan es que Dios es amor. Y eso es lo primero, de lo que manarán todas sus consecuencias. Y las consecuencias es amarnos porque hemos nacido de Dios que es amor; los hijos son lo que les han dado sus padres; nosotros hemos nacido de Dios y tenemos que amar. Como nos sigue diciendo Dios envió al mundo a su Unigénito para que vivamos por medio de Él. ¿Cómo será entonces esa vida? No podemos responder de otra manera sino diciendo que amor. Así permaneceremos en Dios y Dios permanecerá en nosotros.

Un amor que nos llena de paz y nos hace humildes, un amor que nos hace rebosar de mansedumbre y hará que fluya la ternura en cuanto hacemos y vivimos. El amor nos hace humildes y la humildad nos impulsará al amor. Algunas veces nos cuesta entenderlo porque son muchas las tentaciones que sufrimos desde un entorno de autosuficiencia y de orgullo, que nos invitan a unas actitudes de prepotencia para responder de la misma manera a como actúa el mundo. Pero queremos fiarnos de la palabra de Jesús, poner toda nuestra confianza en El.

Es a lo que nos está invitando Jesús en el Evangelio. Pueden haber las tormentas que sean en nuestro espíritu o en nuestro entorno, nunca nos faltarán, pero no perderemos la paz porque nos hemos llenado de amor, que es lo mismo que llenarnos de Dios. En Él nos refugiamos, en su corazón nos introducimos, en el fuego de su amor nos caldeamos, en Él encontramos nuestro alivio y nuestro descanso. Es a lo que nos está invitando Jesús. Amemos de verdad y no perderemos la paz.

Hoy estamos celebrando la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Imagen que en sí mismo nos está hablando de ese amor de Dios; siempre el corazón lo proponemos como signo del amor. Es como una invitación para que crucemos nuestro corazón con su Corazón; como hacen los enamorados que van marcando todos sus pasos con ese signo de dos corazones entrelazados. Hemos comenzado nuestra reflexión recordando lo que le decía Moisés a su pueblo, que es Palabra que Dios nos dirige a nosotros también, que Dios se había enamorado de ellos y por eso los había elegido y regalado con su amor. Es lo que nosotros hemos de sentir también, pero no como una cosa romántica, sino como una realidad muy concreta en nuestra vida.

Recordemos la historia de nuestra vida y con ojos de fe descubriremos ese regalo de amor de Dios en cada paso de nuestra existencia. Intentémoslo, en nuestra reflexión, hacerlo de una forma muy concreta, recordemos hechos concretos de nuestra vida donde hemos visto de forma palpable esa historia de amor de Dios en nosotros y a nosotros. Nos sentimos bendecidos por Dios. Contagiemos de esa bendición de amor a los demás. Como nos decía san Juan, ‘Amémonos los unos a los otros ya que el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios… y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él’.


jueves, 11 de junio de 2026

Aprendamos a sortear los tropiezos que aparecen en las aglomeraciones de la vida y estemos siempre dispuestos a disculpar para saber caminar juntos

 

Aprendamos a sortear los tropiezos que aparecen en las aglomeraciones de la vida y estemos siempre dispuestos a disculpar para saber caminar juntos

Hechos, 11, 21-26; 13, 1-3; Salmo 97; Mareo 5, 20-26

Si tenemos que caminar en medio de una aglomeración de personas seguramente tendremos que ir sorteando mil obstáculos que se interponen en nuestro camino, que muchas veces son las mismas personas con las que nos vamos cruzando, porque no todos vamos en la misma dirección, porque cada uno va absorto en sus pensamientos buscando quizás su propia salida, nos cruzamos entre unos y otros y algunas veces tropezamos con esas mismas personas; trataremos de ir con el mayor cuidado, atento a lo que nos vamos encontrando, evitando en nuestros roces dañarnos los unos a los otros, pero aun así nos aparecerán caras de mal humor, gente que se siente molesta o nosotros mismos nos sentimos quizás como unos inútiles porque no somos capaces de avanzar sin esos tropiezos.

Puede ser una imagen de lo que es el camino de nuestra vida, y ahora no nos referimos a un caminar geográfico, sino lo que es nuestra vida en si misma. No caminamos solos por la vida aunque algunas veces cuando nos asoma la insolidaridad o el egoísmo pretendemos aislarnos, vivimos en sociedad, vivimos en medio de una comunidad humana, estamos siempre en relación con los otros, empezando por la familia con la que convivimos, las personas más cercanas a nosotros, como pueden ser los vecinos o los amigos, pero en ese ámbito entran nuestras relaciones laborales y sociales.

Y en ese camino, claro, nos aparecen los tropiezos, nuestro carácter, nuestra manera de pensar, los objetivos personales que podamos tener, la manera de ver incluso la sociedad en la que vivimos, una multitud de cosas que tendrían que llevarnos al intercambio y al diálogo, al compartir y al caminar juntos; pero no siempre es fácil porque el intercambio se puede convertir en enfrentamiento, el caminar juntos nos puede hacer que nos fijemos más en las debilidades que en los valores, la llamada a compartir se puede trastocar en desconfianzas, y así pueden ir apareciendo las diferencias pero también las heridas que en los encuentros se pueden producir.

¿Es imposible hacer ese camino juntos? ¿Se hace difícil e imposible la convivencia? ¿Comenzaremos a cavar zanjas de división y lejanía? A pesar de nuestra buena voluntad, reconocemos que somos humanos y nos pueden ir apareciendo esas sombras que pueden ir oscureciendo nuestra vida. ¿Lo damos por imposible? Un cristiano no se puede dar por vencido en esas cuestiones aunque desde dentro de nosotros aparezca esa fiera que llevamos oculta.

Es de lo que quiere hoy hablarnos el evangelio. Será el amor que pongamos en nuestra vida lo que sanará esos impulsos negativos que nos pueden aparecer dentro de nosotros; será el amor el que nos impulse a esa delicadeza de nuestra vida para evitar esos roces que tanto daño nos harían; delicadeza en nuestros gestos y en nuestras palabras, en la manera de acercarnos a los otros con respeto y valoración siempre de la persona, y en la humildad con que nos llegamos a los demás para que haya esa cercanía y esa mutua comprensión. Jesús nos habla de manera fuerte cuando se trata de las palabras con que tratamos o nos referimos a los demás. Qué triste es escuchar el lenguaje fuerte y despreciativo que suena a nuestro alrededor para referirse a los que nos parecen distintos.

Jesús nos invita a que siempre busquemos la reconciliación; y para eso es necesario saber acercarse con humildad también a aquel con quien no estamos de acuerdo o que incluso nos haya dañado u ofendido. Recordemos que en otro momento Jesús nos dirá que no solo hemos de amar al enemigo sino también rezar por él. Seremos capaces de eso cuando sea la bondad la que prevalezca en nuestro corazón, para no responder de la misma manera, para quizás guardar silencio aunque nos parezca que perdamos, a poner siempre la disculpa antes que la acusación; no es fácil porque nuestro orgullo y amor propio se nos rebelan, pero hemos de saber sacar la fortaleza de nuestro espíritu y saber que con nosotros está el espíritu del Señor que es quien nos da fuerza y alimenta nuestro amor.

El Señor nos ha colmado con su misericordia para que nosotros actuemos también con la misma misericordia con los demás. Sabremos así sortear los tropiezos que aparecen en la aglomeración de la vida y estaremos siempre a disculpar para sabernos acercar mejor.

miércoles, 10 de junio de 2026

No nos quedemos en una vida ramplona y vacía, sino abramos nuestro espíritu a horizontes que nos descubran la verdadera grandeza humana

 


No nos quedemos en una vida ramplona y vacía, sino abramos nuestro espíritu a horizontes que nos descubran la verdadera grandeza humana

 

Sembramos una semilla porque queremos que germine y nos dé una hermosa planta que un día nos pueda ofrecer generosos y abundantes frutos; ya nos preocuparemos de cultivarla debidamente para que nos pueda dar lo mejor de sí, la preservaremos de plagas que puedan mermarnos la cosecha, la abonaremos de la mejor manera posible para obtener el más sabroso fruto.

Así tendría que ser la vida, tendría que ser nuestra vida, en crecimiento contínuo, en la maduración de nuestra existencia, en el cultivo de los mejores valores, en sacar lo mejor de nosotros mismos; no nos podemos contentar simplemente con dejarnos llevar, en quedarnos en una vida amorfa, opaca y vacía, en buscar lo más fácil o lo que nos cueste menos esfuerzo, hemos de saber desarrollar nuestras mejores posibilidades, sacar nuestra mejor belleza interior, siempre podemos estar en crecimiento buscando más y buscando lo mejor, algo nuevo podemos aprender y algo más hermoso podemos descubrir, aun con nuestras limitaciones y debilidades sin embargo ha de ser un camino de perfección, un camino de plenitud. Es el camino de madurez al que tenemos que aspirar aunque eso signifique esfuerzo y en ocasiones también sacrificio.

Esto que estamos queriendo expresar manifiesta lo que son los mejores sentimientos y mejores deseos humanos que en todos los aspectos de la vida hemos de saber reflejar. Es expresión de nuestra mejor riqueza interior, porque la vida es algo más que vegetar. Es el sentido profundo que le hemos de dar a nuestro existir. En la fe que tenemos en Jesús encontramos esa luz y esa fortaleza para ese crecimiento interior que se va a manifestar en nuestra gran humanidad. Los parámetros que nos va ofreciendo el evangelio nos sirven de cauce y son luz para nuestro camino. Desde esa fe nos sentimos impulsados a ese crecimiento, a ese ir más allá, a buscar esos caminos que nos lleven a una plenitud de vida.

Es lo que nos está queriendo decir hoy Jesús en el evangelio. Por eso Jesús nos está diciendo que El no viene a ofrecernos rebajas sino a ofrecernos caminos que nos lleven a la plenitud, aunque en ocasiones nos parezcan costosos. Pero ya en otro momento nos dirá que su yugo es suave y llevadero.

Ya sé que tendemos a liberarnos de todo lo que nos parezca imposición o merma de lo que decimos que es nuestra libertad, pero quizás lo que sea necesario es liberarnos de nosotros mismos, de nuestras rutinas y nuestro afán de comodidad, nuestros deseos de alcanzar las cosas con el mínimo esfuerzo y rehuir todo lo que pueda significar sacrificio. Siempre cuando nos parece que llegan los tiempos de renovación lo que pensamos es en reformas que todo lo cambien para hacerlo todo a nuestra imagen y semejanza, o lo que es lo mismo, al albur de nuestro capricho o nuestras ambiciones.

También quizás en aquellos momentos en que Jesús apareció por los caminos de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios habría algunos que pensaran que Jesús era aquel reformador que iba a liberarles de la Ley. Y Jesús les dice que no ha venido a abolir sino a dar plenitud. Ha venido a ayudarnos a encontrar esa plenitud de la persona humana, a descubrir su verdadera grandeza, a poner nuevos horizontes en sus vidas, a elevar su espíritu para no quedarse en la materialidad de las cosas que al final se convierten en rutinas y finalmente en esclavitudes. Y nos dice que quiera entrar por ese camino es el que será grande en el Reino de los cielos.

¿Nos tomaremos así el camino del evangelio y en consecuencia el camino de nuestra vida cristiana?

martes, 9 de junio de 2026

No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

 


No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

1Reyes 17, 7-16; Salmo 4; Mateo 5, 13-16

Esto está un poco soso, decimos cuando nos ofrecen un plato de comida, pero que no tiene sabor; esto está soso decimos cuando estamos en una reunión que tendría que ser animada y con alegría de fiesta, pero damos la impresión que allí todos estamos aburridos y como de compromiso; a éste le falta una pizca de sal decimos cuando alguien nos está cantando una canción pero lo hace con desgana, siguiendo la música, sí, pero sin ritmo y sin entusiasmo… para muchas cosas en la vida empleamos esa imagen de la sal que tenemos o que nos falta en aquello que hacemos.

Jesús emplea esta imagen en el evangelio y mucho nos quiere decir con ello, porque, como nos dice, si la sal se vuelve sosa, ¿quien la salará, quien le dará sabor? Creo que entendemos muy bien lo que Jesús nos está queriendo decir, porque nos está hablando de nuestra fe, que es la que nos da sabor a nuestra vida, el sentido de Cristo, el sentido espiritual y sobrenatural a lo que hacemos y a lo que vivimos. Es la sal que tenemos que llevar a nuestro mundo, pero para ello será necesario que estemos bien impregnados del sabor de Cristo. ¿O acaso algunas veces los cristianos damos la impresión de que vivimos ‘un poco sosos’ nuestra fe y compromiso cristiano?

Poner esa sal en nuestra vida y en nuestro mundo significa muchas cosas. A cuantos nos encontramos por la vida que parece que caminan sin rumbo y sin entusiasmo por la misma vida, han perdido la ilusión de vivir, de crecer, de soñar y aspirar a algo nuevo, a algo grande y mejor; viven una vida amorfa, simplemente dejándose arrastrar por las horas y por los días pero sin darle hondura a lo que hacen, en la superficialidad que se queda en apariencias; viven sin alegría, sin motivaciones, siempre en sus rutinas sin esforzarse por algo distinto y mejor, siempre cansados  y sin ganas, dejándose envejecer y morir. ¿Podemos permitir en aquellos que están a nuestro lado que vivan una vida así sin vivir?

El compromiso de nuestra fe no es solo para una satisfacción personal en nuestras vivencias o experiencias religiosas, sino que tiene que llevarnos a una transformación de ese mundo que nos rodea. La fe en nosotros ha sido ese grano de sal que ha dado un sabor y un sentido a nuestra vida; la fe nos llena de inquietud y nos hace vivir con intensidad cada paso de nuestra vida; pone alegría en nosotros porque llena de esperanza nuestro corazón y creemos que es posible algo nuevo y mejor; la fe nos impulsa a superarnos y a crecer y pone entusiasmo en aquello con lo que nos sentimos comprometidos, da profundidad a nuestras razones para vivir y nos motiva a buscar siempre lo mejor. Estamos, entonces, llamados a poner vida en nuestro mundo, a contagiar de eso que vivimos a cuanto nos rodea. Allí donde hay un cristiano tiene que haber vida y amor a la vida.

Es lo que nos está diciendo Jesús hoy cuando nos dice que somos la sal de la tierra o cuando nos dice también que tenemos que ser la luz del mundo. Tenemos que iluminar. No podemos ocultar nuestra fe. La luz no es para meterla y encerrarla en un cajón, sino para ponerla en alto para que pueda iluminar. Y es lo que tenemos que hacer los cristianos. No podemos ser cristianos vergonzantes que vamos ocultando lo que hacemos; no por orgullo o vanagloria que ya nos dirá Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, sino porque tenemos que iluminar, porque nos sentimos responsables de llevar esa luz de nuestro amor para hacer germinar un mundo nuevo donde falta tanta vida.

Aun siendo conscientes de nuestras flaquezas y debilidades sin embargo escuchando las palabras de Jesús que ‘brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

lunes, 8 de junio de 2026

Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

 


Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

1Reyes 17, 1-6; Salmo 120; Mateo 5, 1-12

Jesús había comenzado anunciando la pronta llegada del Reino de Dios. Era una palabra alentadora y de esperanza lo que Jesús estaba anunciando. Algo nuevo y distinto tenía que suceder con la llegada del Reino; era el deseo más profundo que todos sentían desde su pobreza y desde el sentirse oprimidos porque se sentían sin libertad; vivían bajo la opresión de un reino extranjero que como suele suceder con los dominadores todo sería un expolio con sus impuestos que les llevaría a una miseria peor. Tiempos convulsos y sin esperanza; por eso escuchar ese anuncio era como un rayo de luz en el horizonte que traería algo nuevo.

Pero Jesús al hacer ese anuncio además pedía conversión para poder creer de verdad en lo que El les anunciaba; y conversión era un cambio total de planteamientos o de forma de vivir y hacer las cosas, porque de lo contrario no entenderían nunca lo que significaba ese Reino anunciado por Jesús. Por eso, no todos ni siempre entenderán, se les costará entender las palabras de Jesús.

Con los signos que va realizando va manifestando las señales de lo que era ese Reino de Dios, pero de igual manera la mayoría de las veces se quedaban en la materialidad del milagro realizado pero no llegaban a asumir la señal que eso significaba para sus vidas. Serán sus gestos y serán sus palabras las que lo Irán manifestando.

Hoy llega un momento – así nos lo compendia el evangelista – en que Jesús va a ir desgranando todas esas cosas en las que ha de manifestarse que el Reino de Dios ha llegado. Y hablará de dicha y de felicidad, como ya venían sintiendo de alguna manera en sus corazones en la medida en que crecía su esperanza. Pero las palabras de Jesús tomadas literalmente también desconciertan.

Llamará bienaventurados, o lo que es lo mismo, dichosos, felices a los pobres y a los que actúan con mansedumbre, a los que están llenos de sufrimientos o a los que nada tienen y tienen hambre, a los que se sienten inquietos en su interior insatisfechos por las situaciones que viven o lloran con los demás, a los que actúan remando a contracorriente porque nunca tendrán malicia en su corazón y a los que son incomprendidos. Y Jesús dice que para ellos es el Reino de Dios, que serán consolados y sentirán saciados tras su hambre o sus miserias, porque algún día alguien mostrará también compasión con ellos y tendrán una recompensa en el más allá por la bondad de su corazón. Pero, ¿no sería mejor obtener todo eso en el aquí y ahora para no vivir en esas angustias de la pobreza o con el sufrimiento de tantos a su lado? Somos los de lo inmediato, ¿de qué nos valen unas promesas para un mañana que aun es incierto? Quizás sean preguntas que nos hagamos.

Claro que pensamos así porque no hemos comenzado por lo primero que Jesús nos pedía cuando nos anunciaba la cercanía del Reino de Dios. Nos decía que teníamos que convertirnos para poder creer en el Reino de Dios, si no había ese cambio radical del corazón no llegaríamos a entender el Reino de Dios que Jesús nos anuncia. Por eso, porque nos falta esa conversión del corazón seguimos sin llegar a entender el mensaje de las bienaventuranzas.

Son unos valores nuevos los que tenemos que vivir; son unas actitudes nuevas que tenemos que poner en nosotros; es una manera nueva de entender la vida, de darle un valor nuevo y un sentido nuevo a lo que hacemos. Cuando comprendamos que no todo está en lo material que poseamos, que tiene que prevalecer la rectitud en nuestro corazón a pesar de que vayamos a contracorriente de lo que el mundo hace, que será esa inquietud que sentimos en nuestro interior la que nos llevará a nuevas posturas valientes sintiendo como propio también el sufrimiento de los demás, que será envolviendo el corazón de ternura y de compasión cómo haremos distintas nuestras relaciones con los demás, que será aprendiendo de la mansedumbre del corazón de Cristo cómo seremos capaces de comprender y hasta de perdonarnos, entonces comenzaremos a entender el mensaje de las bienaventuranzas, entonces sentiremos de verdad esa dicha y alegría que Jesús nos promete, aunque los momentos sean duros u oscuros.

¿Llegaremos en verdad a vivir el mensaje de las bienaventuranzas?

domingo, 7 de junio de 2026

Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

 


Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Salmo 147; 1 Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58;

Es bueno recordar la historia; suele decirse que es la madre de la vida, en la historia – aunque algunos quieran echarla en olvido - encontramos la sabiduría de la vida, porque lo que hemos ido viviendo nos va enseñando, ya sea desde las experiencias hermosas y gratificantes que hayamos tenido, ya sea también desde los momentos oscuros, los momentos de dificultad que parecían fracaso; siempre podemos obtener una lección, para ver cuales son los mejores caminos, como también lo que tenemos que evitar. Y podemos hablar de la historia como hecho social o podemos hablar también como algo personal en el recorrido que cada uno hemos ido haciendo.

¿Qué hacemos los cristianos cuando nos reunimos para la Eucaristía? Hacemos memoria, porque recordamos todo lo que ha sido la historia de la salvación, porque recordamos todo lo que ha sido nuestra propia historia de salvación recordando y sintiendo presente el amor que Dios ha derramado en nosotros en nuestra vida concreta. Si nos lo tomáramos más en serio seguro que otras serían las respuestas que diéramos con nuestra vida. No es, pues, un rito a realizar de una manera formal, es una vivencia que tiene que hacerse carne en nosotros.

Hoy el libro del Deuteronomio invita al pueblo creyente a hacer ese recuerdo de su historia. Su esclavitud en Egipto y su liberación con todas las señales y prodigios que Dios realizó, su paso por el mar rojo como expresión de esa ruptura con la esclavitud y su apertura a un mundo nuevo de libertad, su camino por el desierto no exento de dificultades en las carencias de todo tipo al que se vieron sometidos, pero los signos que Dios fue realizando de su presencia que no los abandonaba ni de día ni de noche; fueron los manantiales que Dios hizo brotar en el desierto o fue el maná con que se alimentaron cuando no tenían otro pan. ‘Te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres’, termina diciendo el texto sagrado.

Es una imagen de lo que Cristo quiere ofrecernos. Un nuevo pan que nos alimenta y nos da vida para siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’, nos viene a decir Jesús. Es lo que hoy estamos celebrando y queriendo hacerlo además con una fiesta muy especial. Es por cierto lo que celebramos cada vez que los cristianos nos reunimos en Eucaristía.

Cristo Jesús se ha dado por nosotros para que tengamos vida y vida para siempre. Es el recorrido que hacemos a lo largo de todo el Evangelio, es la culminación de la Pascua en que Cristo se ha entregado por nosotros en su pasión y muerte y en su resurrección. Es la vida nueva que Cristo ofrece a cuantos creen en Él, por eso decimos que Cristo nos ha redimido, nos ha rescatado y liberado de la muerte y del pecado, que Él es nuestra Salvación. Pero es necesario que creamos en Él, pongamos en Él toda nuestra fe y toda nuestra confianza; es necesario que nos sintamos unidos a Él para así hacernos partícipes de su vida. Es lo que queremos expresar cuando nos reunimos los cristianos para celebrar la Eucaristía. Como decíamos, no es sola y simplemente un rito que realicemos, es una vivencia que tiene que formar parte de nuestra vida.

Mucho nos queda para llegar a comprender de verdad y llegar a hacer nuestra vida lo que celebramos en la Eucaristía. Muchas veces se nos queda como una cosa estanca que hacemos ahí en medio de nuestra vida, pero pareciera que no tuviera relación con ella. Por eso nuestras Eucaristías se nos quedan frías, no tienen la hondura de una vivencia profunda; se nos quedan en un rito para cumplir pero sin implicar nuestra vida en lo que estamos haciendo o celebrando, pierden incluso el verdadero sentido de celebración.

Tenemos que saber traer nuestra historia a nuestra celebración. No podemos desligar una de otra. Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera. Cuando estamos viviendo nuestra vida con toda autenticidad traeremos lo que es la Eucaristía a ese día a día de nuestra vida, para hacer que se sienta iluminada de una manera especial, porque se sentirá envuelta en el amor de Dios.

Entonces nuestra comunión será verdadera comunión, porque ya no es solo un rito sino que significa un entrar en comunión de verdad con Cristo y con todo lo que tiene que significar Cristo para nuestra vida; y cuando entramos en esa comunión con Cristo significa entonces cómo estamos entrando en comunión  con los demás. ¿No nos ha dicho El que cuanto a los demás hicimos a Él se lo hicimos? No puede haber separación sino comunión.

Comemos todos de un mismo pan para formar un solo cuerpo, que nos decía el apóstol. ¿Será así cómo nos sentimos cuando hemos ido a comulgar en la misa? Ya no podemos salir de la misa como si no nos conociéramos; algo nuevo tendrá que comenzar a unir nuestros corazones.