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viernes, 12 de junio de 2026

Nos sentimos bendecidos por Dios que nos ha regalado su amor, contagiemos de esa bendición de amor a los demás porque así manifestamos que hemos nacido de Dios

 


Nos sentimos bendecidos por Dios que nos ha regalado su amor, contagiemos de esa bendición de amor a los demás porque así manifestamos que hemos nacido de Dios

Deuteronomio 7, 6-11; Salmo 102;  1Juan 4, 7-16; Mateo 11, 25-30

Seguramente más de una vez hemos preguntado o nos hemos preguntado cuando nos sentimos queridos y valorados por alguien, ¿por qué a mí? ¿Por qué me quieres? ¿Qué he hecho yo o qué méritos tengo? Seguramente también nos han dicho ‘porque sí’, simplemente eso, nos quieren porque nos quieren y no hay más que decir. El amor verdadero no es por merecimientos, simplemente es un regalo, un don, una entrega gratuita que se nos hace sin  ningún otro interés; la cuestión es cómo vamos a corresponder a ese amor.

Es lo que le recuerda Moisés al pueblo en el libro del Deuteronomio. No porque fueran los mejores ni los más fuertes, no porque fueran los más sabios o los más poderosos, simplemente porque Dios los eligió. ‘El Señor se enamoró de vosotros y os eligió’. Es hermoso, es cómo con gratitud tenemos que sentirnos ante Dios. Es el regalo del amor de Dios lo que tenemos que sentir y lo que nos tendrá que hacer vivir de forma distinta. Estamos muchas veces más preocupados por los méritos que vamos a hacer que en gozarnos en el amor; y claro gozarnos en el amor nos hace sentirnos envueltos en amor y respirar amor; el amor entonces fluirá de nosotros como de forma espontánea, iremos manando amor con toda nuestra vida. ¡Qué distintas son las cosas!

Todo parte de Dios. Como nos dice san Juan es que Dios es amor. Y eso es lo primero, de lo que manarán todas sus consecuencias. Y las consecuencias es amarnos porque hemos nacido de Dios que es amor; los hijos son lo que les han dado sus padres; nosotros hemos nacido de Dios y tenemos que amar. Como nos sigue diciendo Dios envió al mundo a su Unigénito para que vivamos por medio de Él. ¿Cómo será entonces esa vida? No podemos responder de otra manera sino diciendo que amor. Así permaneceremos en Dios y Dios permanecerá en nosotros.

Un amor que nos llena de paz y nos hace humildes, un amor que nos hace rebosar de mansedumbre y hará que fluya la ternura en cuanto hacemos y vivimos. El amor nos hace humildes y la humildad nos impulsará al amor. Algunas veces nos cuesta entenderlo porque son muchas las tentaciones que sufrimos desde un entorno de autosuficiencia y de orgullo, que nos invitan a unas actitudes de prepotencia para responder de la misma manera a como actúa el mundo. Pero queremos fiarnos de la palabra de Jesús, poner toda nuestra confianza en El.

Es a lo que nos está invitando Jesús en el Evangelio. Pueden haber las tormentas que sean en nuestro espíritu o en nuestro entorno, nunca nos faltarán, pero no perderemos la paz porque nos hemos llenado de amor, que es lo mismo que llenarnos de Dios. En Él nos refugiamos, en su corazón nos introducimos, en el fuego de su amor nos caldeamos, en Él encontramos nuestro alivio y nuestro descanso. Es a lo que nos está invitando Jesús. Amemos de verdad y no perderemos la paz.

Hoy estamos celebrando la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Imagen que en sí mismo nos está hablando de ese amor de Dios; siempre el corazón lo proponemos como signo del amor. Es como una invitación para que crucemos nuestro corazón con su Corazón; como hacen los enamorados que van marcando todos sus pasos con ese signo de dos corazones entrelazados. Hemos comenzado nuestra reflexión recordando lo que le decía Moisés a su pueblo, que es Palabra que Dios nos dirige a nosotros también, que Dios se había enamorado de ellos y por eso los había elegido y regalado con su amor. Es lo que nosotros hemos de sentir también, pero no como una cosa romántica, sino como una realidad muy concreta en nuestra vida.

Recordemos la historia de nuestra vida y con ojos de fe descubriremos ese regalo de amor de Dios en cada paso de nuestra existencia. Intentémoslo, en nuestra reflexión, hacerlo de una forma muy concreta, recordemos hechos concretos de nuestra vida donde hemos visto de forma palpable esa historia de amor de Dios en nosotros y a nosotros. Nos sentimos bendecidos por Dios. Contagiemos de esa bendición de amor a los demás. Como nos decía san Juan, ‘Amémonos los unos a los otros ya que el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios… y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él’.


viernes, 27 de junio de 2025

Se nos manifiesta la mansedumbre del Corazón de Jesús, pero para que aprendamos llenar también de esa misma ternura y mansedumbre nuestro corazón

 


Se nos manifiesta la mansedumbre del Corazón de Jesús, pero para que aprendamos llenar también de esa misma ternura y mansedumbre nuestro corazón

Ezequiel 34, 11-16; Salmo 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7

Se sintió enormemente sorprendido. No lo esperaba. Aquello parecía salido de lo normal. Reconocía que el recorrido de su vida no había sido nada ejemplar, es más había cometido muchos errores que no admitían disculpa, sentía el remordimiento en su corazón  por el mal que había hecho, él mismo se había alejado de los suyos y daba la impresión que vivía como si los hubiera olvidado para siempre. Y cuando no esperaba ser bien recibido a su vuelta, se había encontrado poco menos que una fiesta, no solo estaban las puertas abiertas sino que a su encuentro salían los suyos, aquellos a los que había de alguna manera olvidado y dañado con su manera de vivir. Era una mano tendida la que se le estaba ofreciendo para hacerle entrar, era un abrazo que todo lo perdonaba. Allí estaba comenzando a palpar lo que era el amor verdadero.

Nos pueden recordar estas palabras alguna parábola del evangelio, pero son cosas que también nos encontramos en la vida; personas dispuestas a seguir amando, personas dispuestas a perdonar, personas dispuestas incluso a olvidar para siempre lo que les hayan hecho sufrir; parecen imposibles, y así lo ven algunos, pero son realidades que también nos encontramos en la vida. Hay quien sabe lo que es tener un amor auténtico que está por encima de todas las posibles ofensas y llega más allá. Hay también quien lo ha experimentado en su corazón y nunca lo olvidará. Repito, no son sueños o imaginaciones, sino son realidades.

Pero si he querido comenzar mi reflexión con estas hermosas experiencias humanas es simplemente para recordar que es una experiencia que está por encima de todo eso que todos podemos experimentar y vivir. De eso nos está hablando la fiesta litúrgica que hoy celebramos y de eso nos está hablando la palabra de Dios. Podemos comenzar recordando lo que nos dice san Pablo para hablarnos del amor que Dios nos tiene; nos ama, no porque nosotros lo merezcamos, sino que a pesar de que somos pecadores, Dios nos amó. Cuantas veces nosotros decimos que solo amamos a aquellos que nos aman, que somos amigos de los que saben ser amigos con nosotros, ‘amigo de mis amigos’ decimos tantas veces. Pero mira lo que es el amor, mira cómo es Dios como nos diría san Juan ‘es amor’, y el amor no está en que nosotros hayamos amado sino en que ‘Dios nos amó primero’. La iniciativa siempre parte de Dios.

Pero es también lo que nos decía el profeta Ezequiel. ‘Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia’. Será también en lo que abundará el evangelio. El Pastor no se contenta con las ovejas que tiene en el redil, va a buscar a la perdida allá donde quiera que esté. Una cosa tan sencilla pero al mismo tiempo tan hermosa, una cosa que nosotros no siempre sabemos hacer, porque cuantas veces pasamos de largo ante las ovejas perdidas y descarriadas. ¿No es de alguna manera lo que muchas veces pensamos cuando vemos a muchos a nuestro alrededor que han echado a perder sus vidas y para los que decimos que ya no tienen remedio y nada hacemos por ellos?

No sé si os dais cuenta que cuando estamos contemplando todo lo que es el amor que Dios nos tiene, ahí están las palabras de Pablo, ahí están esas imágenes del pastor y de las ovejas descarriadas que el buen pastor siempre buscará, nos está haciendo pensar en nuestras actitudes, en nuestra manera de actuar, en nuestra forma de reaccionar ante el mal que podemos ver en nuestro mundo; cuantas reticencias seguimos poniendo, cuantas lamentaciones que se quedan, eso si, en muchas palabras quizás hasta llenas de lágrimas, pero que no se traducen en actitudes nuevas, en acercamiento por nuestra parte a los otros para decirles que el amor es posible y nosotros se lo manifestemos con nuestros gestos, cuando nuestra nueva manera de actuar.

Hoy estamos celebrando la fiesta grande del Sagrado Corazón de Jesús, que es de alguna manera celebrar la fiesta del amor que Dios nos tiene, la fiesta del amor que experimentamos en nuestra vida, pero la fiesta del amor nuevo que nosotros hemos de vivir.

Nos acercamos a Jesús porque nos manifiesta la mansedumbre de su corazón. Pero Jesús nos está diciendo ‘aprended de mi’, tenemos que tener también esa mansedumbre y esa humildad, esa ternura y ese amor que se hace cercanía para todos. Nos gozamos en el amor de Dios, pero nos tenemos que poner en camino de ese mismo amor.

viernes, 7 de junio de 2024

No nos extrañe que alguien derrame de mil manera su ternura con los demás, somos nosotros, a imagen del corazón traspasado de Cristo, los que hemos desparramarnos en amor

 




No nos extrañe que alguien derrame de mil maneras su ternura con los demás, somos nosotros, a imagen del corazón traspasado de Cristo, los que hemos desparramarnos en amor

Oseas 11, 1b. 3-4. 8c-9; Efesios 3, 8-12. 14-19; Juan 19, 31-37

En este mundo nuestro tan insensible para muchas cosas encontrarse con alguien en quien todo son muestras de ternura es algo que nos sorprende; alguien que siempre nos habla con suma delicadeza, comedido y parco en sus palabras, pero que sin embargo muestra cercanía por sus gestos, que se detiene a hablar contigo y con delicadeza muestra la preocupación por lo que son tus problemas, que sabe detenerse y abajarse para poner a su altura ante cualquier persona para escucharle, para tener siempre palabras de comprensión, para nunca recriminar, pero para sentirte levantado  porque parece que su mano puesta sencillamente sobre nuestro hombro nos da fuerza para sentirnos nuevos o para emprender algo nuevo, que mira a los ojos de un niño y le hace sonreír, que despierta en nosotros buenos sentimientos incluso cuando lo estamos pasando mal porque su presencia nos estimula. 

¡Qué hermoso encontrarnos algo así en la vida! Es una joya preciosa que no podemos dejar marchar, que no podemos perder. ¿Podremos encontrarnos alguien semejante?

He querido pensar en ello y detenerme a hacer esta descripción que quizás a alguien le parezca imposible, porque creo que es un camino que hemos de saber tomar para de una vez por todas romper esa espiritual de insensibilidad en donde tenemos el peligro y la tentación de meternos, porque es además lo que hoy podemos contemplar en Jesús, verdadero rostro de la misericordia y de la compasión de Dios.

Hoy, sobre todo el evangelio, terminará hablándonos de un corazón roto y traspasado del que ya parece imposible que pueda fluir más sangre y por eso contemplamos que se derrama también agua. Médicamente algunos nos explican que fue como una ruptura de los órganos internos del pecho y es de la pleura del pulmón de donde sale esa agua mezclada con la sangre. Dejamos a un lado esas humanas explicaciones para entrar en otros rasgos de humanidad que podemos ver en un corazón traspasado como el de Cristo, tal como nos narra hoy el evangelio.

Jesús se ha dado con todo el corazón, como solemos decir de quien ama y se entrega hasta dar todo de sí. Es lo que contemplamos en Cristo. ‘A mi nadie me arrebata la vida’, diría en otro momento, ‘sino que yo la entrega libremente’. Más allá de toda esa confubalación de escribas y fariseos y de todos los dirigentes de Israel que querían quitar de en medio a Jesús – que es cierta y no podemos negar porque ahí están también los datos históricos del evangelio – es Jesús el que ha subido libremente a Jerusalén sabiendo lo que eso iba a significar. ‘Yo soy’, dirá saliéndoles al encuentro cuando van a prenderle en Getsemaní y es Jesús quien se adelanta.

‘El Hijo del Hombre será entregado en manos de los gentiles’ había El mismo anunciado, pero por encima de todo eso estaba el amor infinito del Padre que tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo único. Y no venía Jesús a otra cosa sino como enviado del Padre para hacer su voluntad. No nos trasmite otra cosa sino lo que ha recibido del Padre, no es otro su alimento sino hacer la voluntad del Padre.

Será el momento supremo de la entrega y de su muerte en Cruz, tras la cual le veremos con el corazón traspasado, pero es el camino que Jesús ha ido recorriendo por los pueblos y aldeas de Galilea, de Palestina y más allá porque se acercará a donde curar a la hija de la cananea, o liberará al poseso en la región de los gerasenos. Pero es que le hemos visto derramando esa ternura de un corazón lleno de misericordia cuando cura a los enfermos y perdona a los pecadores, cuando levanta de la camilla al paralítico y pondrá luz en los ojos del ciego para decirnos que nos quiere llenos de luz, que no nos quiere paralíticos y anquilosados sino que nos quiere siempre en camino porque a todos hemos de anunciar su amor y su paz. Podríamos recorrer una a una las páginas del evangelio para contemplar esa ternura de Dios que nos viene a poner en caminos de una nueva humanidad.

Nos quiere levantar para hacernos hijos inundándonos de su vida divina, pero nos quiere hombres nuevos llenos de auténtica humanidad porque esas han de ser las señales del Reino de Dios que hemos de mostrar. Hemos de dejar también que nuestro corazón se traspase por esa lanza del amor para que de la misma manera se diluya en ternura y en verdadera humanidad con los demás.

Es lo que hoy estamos contemplando cuando estamos celebrando esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Tenemos que dejarnos traspasar por esa llama del amor divino, porque como nos dirá Jesús en otro momento ‘fuego ha venido a traer a la tierra y no quiere sino que arda’. Es el incendio de amor con que hemos prender a toda la humanidad para que en verdad surja algo nuevo. Que no nos extrañe que alguien derrame de mil manera su ternura con los demás, como decíamos al principio, porque somos nosotros los que a imagen del corazón de Cristo hemos derramarnos en amor por los demás.


lunes, 12 de junio de 2023

Cada una de las bienaventuranzas que nos propone nos va recordando los pasos de Jesús, los gestos de Jesús, el actuar de Jesús

 


Cada una de las bienaventuranzas que nos propone nos va recordando los pasos de Jesús, los gestos de Jesús, el actuar de Jesús

2Corintios 1, 1-7; Sal 33; Mateo 5,1-12

Por la boca rebosa lo que llevamos en el corazón, se suele decir. Aquello que vivimos y experimentamos dentro de nosotros mismos lo reflejamos en nuestras palabras, pero sobre todo lo reflejamos en nuestra forma de vivir. Es cierto que hablamos desde conceptos aprendidos, desde cosas que escuchamos, pero sobre todo lo intentamos hacer desde dentro, desde lo más hondo de nosotros mismos. También es cierto que aquello que expresamos son nuestros deseos, algo a lo que aspiramos o con lo que soñamos aunque aun no lo hayamos alcanzado; expresa ese deseo interior, ese crecimiento que buscamos, esas cosas que quizás queremos transformar en nosotros mismos.

No podemos juzgar con ligereza lo que dicen los demás y tacharlos quizás de incongruentes, porque no sabemos bien los deseos que hay en su corazón, las luchas interiores que puedan estar realizando, el ansia de superación que hay en su vida y que quizás le cuesta mucho dar esos pasos que necesitan. Porque nos pasa a nosotros mismos, porque son nuestras luchas que los demás no conocen y no entienden. Algunas veces son sueños que tenemos en nuestra vida, pero al menos comenzamos por soñar algo distinto, algo nuevo. De ahí arrancarán nuevas metas, desde ahí aparecen los ideales que nos levantan y nos impulsan a caminar aunque el camino algunas veces nos cueste.

Hoy nos encontramos en el evangelio una de sus páginas más hermosas, Jesús nos propone las bienaventuranzas, nos dice cómo lograremos en verdad ser dichosos, ser felices con la felicidad más honda, son todo un resumen del evangelio. Podíamos decir que cuando Jesús nos está desgranando las bienaventuranzas nos está dando los trazos de su rostro, del rostro de Dios, de su corazón lleno de vida y de misericordia. Si antes decíamos que hablamos de lo que llevamos en el corazón, de lo que es nuestra vida, esto tenemos que decir ahora de Jesús.

Hagamos una relectura del texto sagrado y vayamos poniendo al lado el rostro de Jesús. Cada una de las bienaventuranzas que nos propone nos va recordando los pasos de Jesús, los gestos de Jesús, el actuar de Jesús. Aquello que diría más tarde san Pedro, ‘pasó haciendo el bien’. Ahí contemplamos el corazón de Cristo, ahí contemplamos la buena nueva que nos quiere anunciar, ahí contemplamos como en visión adelantado lo que tendría que ser nuestra vida cuando de verdad optamos por el Reino de Dios.

No voy a entrar en este momento en detalle en cada una de las bienaventuranzas sino, como decía, os invito a hacer una relectura, pero pausada, deteniéndonos para ver las distintas páginas del evangelio, deteniéndonos para ver cómo hacemos realidad eso en nuestra propia vida, como vamos copiando el corazón de Cristo en nosotros.

Veremos como van naciendo nuevas actitudes en nosotros, cómo aprenderemos a tener nuevos gestos de humanidad y de amor con los que están a nuestro lado, cómo iremos purificando el corazón, como nos sentiremos impulsados a algo nuevo que nos lleve al encuentro, al amor, a la autenticidad de nuestra vida, a un camino de búsqueda del bien, de lo bueno, de lo justo, como irá apareciendo una nueva ternura en nuestro corazón, como nos sentiremos fuertes frente a las adversidad y contratiempos que nos encontremos en la vida.

viernes, 24 de junio de 2022

Contemplar el Corazón de Jesús es aprender la lección del amor que llena de ternura nuestros corazones y le da una nueva sintonía a nuestro mundo

 


Contemplar el Corazón de Jesús es aprender la lección del amor que llena de ternura nuestros corazones y le da una nueva sintonía a nuestro mundo

Ezequiel 34, 11-16; Sal 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7

Todos necesitamos amor; el mundo está ansiando amor, es un camino de plenitud que todos deseamos encontrar. Sin el amor sentiremos el vacío más hondo que no sabemos dónde llenar.

Aunque sea la palabra más repetida, aunque hablemos de tantas formas de amor que la lista parecería interminable, los poetas de mil maneras nos hablen románticamente del amor, terminemos incluso llamando amor a cualquier cosa que suscite pasión, pero siguen habiendo corazones rotos y con tantas heridas producidas por las confusiones del amor, siguen apareciendo hambrientos de amor que no terminan de encontrarlo, las miradas siguen frías porque no han encontrado esa chispa que las encienda en un nuevo calor y seguiremos encontrando caminantes desorientados que lo buscan y no lo encuentran, que dan vueltas y vueltas en su búsqueda pero siguen sufriendo la soledad del amor. Muestra un poquito de ternura y pronto encontrarás a tantos que se pegarán a ti en búsqueda de esa ternura.

¿Dónde encontraremos esa ternura y ese amor verdadero que nos llene de plenitud y de felicidad? ¿Dónde podemos encontrar ese amor que no solo llene nuestros vacíos existenciales sino que nos conduzca a lo que nos pueda hacer sentir la mayor grandeza del ser humano? Porque estamos hechos para el amor. La creación de la vida nació del amor más profundo de Dios que nos transmite y hace partícipes de su misma esencia.

Hoy estamos los cristianos celebrando una gran fiesta del amor simbolizado en el corazón de Cristo, en el corazón de Jesús. Su presencia entre nosotros siendo Emmanuel es la prueba más grande del amor que Dios nos tiene, nos dio y nos entregó a su propio Hijo. Por eso siempre contemplar a Jesús es contemplar el amor de Dios. Se manifiesta en cada gesto y en cada instante de su vida, lo vemos significado en su presencia en medio del pueblo elegido con su cercanía y con sus signos de amor.

El profeta nos había anunciado, como hoy se nos presenta en las lecturas de la liturgia, como el pastor que viene a apacentar a su rebaño en los mejores pastos escogidos. ‘Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré… Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré… Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia…’

Y nos habla Jesús en la parábola del evangelio del pastor que busca a la oveja perdida y hará fiesta cuando la ha encontrado. Es Jesús ese Buen Pastor, como nos dirá repetidamente en otro momento. Así es el amor que Dios nos tiene. Como nos decía el apóstol, ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado… Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros’.

Contemplar a Jesús es aprender de El lo que es el amor verdadero, es comenzar a llenar también nuestro corazón de amor para que encontremos esos caminos de felicidad y de plenitud. ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, nos dirá en otro momento, aprended de mí que soy manso y humilde de corazón’. Esa mansedumbre y esa humildad que es el gran signo de que hemos llenado el corazón del amor verdadero.

Es la verdadera ternura que hemos de poner en nuestro corazón para que aprendamos a ir de manera nueva al encuentro con los demás. Vayamos con esa ternura, vayamos con esa sencillez y humildad de manifestarnos como somos incluso con nuestras debilidades, vayamos con esa mansedumbre de espíritu y veremos cómo iremos sintonizando de verdad con los corazones de los demás y estableciendo una nueva sintonía para nuestro mundo. ¿No decíamos antes que si manifestamos un poco de ternura pronto encontraremos cómo muchos quieren apegarse a nuestro corazón para disfrutar de ella?

Muchos corazones rotos se van a ver curados, muchos ojos se llenarán de un nuevo brillo, muchos corazones vacíos comenzarán de nuevo a tener vida, muchos van a encontrar ese rumbo que les lleve a ellos también de plenitud y de felicidad. Muchos aprenderán también lo que es el amor que va más allá de unas palabras bonitas o de un momento de pasión y comenzarán a darle a la mutua relación un nuevo sentido y valor. Porque cuando nosotros nos llenamos de amor verdadero nunca lo guardaremos para nosotros mismos sino que iremos repartiendo esa nueva vida a cuantos hambrientos deambulan a nuestro alrededor.

Aprendamos del corazón de Cristo que hoy estamos contemplando y celebrando.

viernes, 11 de junio de 2021

Cuando el amor de Cristo es nuestra raíz y nuestro cimiento estaremos venciendo las sombras de violencia y de odio para hacer que todo sea una historia de amor

 


Cuando el amor de Cristo es nuestra raíz y nuestro cimiento estaremos venciendo las sombras de violencia y de odio para hacer que todo sea una historia de amor

Oseas 11, 1b. 3-4. 8c-9; Sal: Is 12; Efesios 3, 8-12. 14-19; Juan 19, 31-37

Todo es una historia de amor. Y cuando digo todo estoy queriéndome referir a todas las situaciones en que se encuentra el hombre y en las que se encuentra la humanidad.

Miremos en sentido positivo lo que ha sido el camino del  hombre y el camino de la humanidad; es cierto que hay demasiadas sombras tanto en uno como en otro lado, porque son fuertes las sombras de odio y de violencia que se han metido en los entresijos de nuestra historia tanto a nivel personal como en lo que ha sido el transcurrir de la humanidad. Pero si hemos sido capaces de llegar a donde estamos no es desde la destrucción del odio y de la violencia sino porque siempre ha esta presente en el hombre el amor que ha sido motor de lo mejor de nuestro caminar. Si no hubiera habido hombres y mujeres que amaban intensamente es cierto que estaríamos destruidos, pero hemos sobrevivido gracias al amor siempre presente de alguna manera en la vida de nuestro mundo.

Todo es una historia de amor, repito, y ahora quiero referirme a lo que es la historia de amor de Dios a la humanidad. La llamamos historia de la salvación, y es que ese amor de Dios nos ha arrancado – salvado – de ese mundo de violencia y de odio cuando hemos sentido la presencia de Dios en medio de nosotros. No creemos en un Dios lejano, que situamos allá en lo arcano de los cielos, sino que creemos en el Dios que se hace presente e interviene en la historia del hombre y de la humanidad. Muchas veces ha sido tan fuerte la influencia de ese odio y violencia que quería arrasar el mundo que al estar mezclado Dios en la historia de los hombres, nos hicimos también una imagen de Dios cargado de esa violencia que llegó a poner confusión en muchos corazones.


Pero si recorremos la historia de la salvación en las páginas de la Biblia veremos cómo es Dios siempre el que se acerca a buscar al hombre regalándole con su amor. Hoy hemos escuchado un hermoso texto del profeta Oseas que nos habla de ese amor y de esa búsqueda de Dios. ‘Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo… Con lazos humanos los atraje con vínculos de amor’. ¿Qué otra cosa es, por ejemplo, la liberación de la esclavitud de Egipto y el camino de desierto para llegar a la tierra prometida? Los profetas irán luego recordando al pueblo la Alianza como signo de ese amor y de esa presencia de Dios en medio de su pueblo. Será duro el camino, porque aparecen con demasiada frecuencia esas sombras de infidelidad a ese amor por parte del pueblo, pero Dios permanece fiel a su promesa.

La culminación la tenemos en Jesús. ¿Qué es la vida de Cristo sino la manifestación del rostro amoroso de Dios? ¿Qué es lo que nos enseña Jesús? A vivir en el amor, a que resplandezca en la vida del hombre y de la humanidad ese amor que será el camino que nos conduzca a la verdadera felicidad y a la más grande plenitud. ¿Qué es lo que hará Jesús? Entregar su vida por amor para ponernos en ese camino renovado de amor. ‘Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su hijo para que tuviéramos vida y vida en plenitud’.

Y eso es lo que hoy estamos celebrando cuando celebramos esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Como manera de expresarnos en el corazón ponemos nuestra capacidad de amor. Por eso cuando estamos queriendo celebrar ese amor de Dios nos fijamos en el corazón de Cristo El que nos ha dicho que los que estamos cansado y agobiados vayamos a El porque es manso y humilde de corazón y en su corazón encontraremos nuestro descanso.

Como nos dice hoy san Pablo en la carta a los Efesios ‘que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.

El amor nuestra raíz y nuestro cimiento… comprendiendo el amor de Cristo.  Cuando así lo hacemos haremos una corrección importante en la historia del amor del hombre y de la humanidad. Es nuestra vocación y es el mandato de Cristo cuando nos envía a hacer el anuncio de la Buena Nueva de la salvación a todos los hombres.

Y es que cuando el amor de Cristo es nuestra raíz y nuestro cimiento estaremos venciendo esas sombras de violencia y de odio que tanto daño nos han hecho a lo largo de nuestra historia personal como de la historia de la humanidad. Y es que decimos que con el amor de Cristo eso es posible, podemos hacer esa mejora, para que de verdad todo sea historia de amor, del amor del verdadero.

viernes, 19 de junio de 2020

Mantengámonos en su amor, dejémonos enamorar de Dios pero enamorémonos nosotros también de ese amor



Mantengámonos en su amor, dejémonos enamorar de Dios pero enamorémonos nosotros también de ese amor

Deuteronomio 7, 6-11; Sal 102; 1Juan 4, 7-16;  Mateo 11, 25-30
Hoy vamos a hablar de amor y de enamorados. No es nada extraño, es algo normal en la vida de las personas; buscamos el amor de nuestra vida, aparece el amor, nos sentimos enamorados, son cosas, podríamos decir, de todos los días. Como solemos decir, son cosas del corazón. ¿Por qué nos enamoramos de esta persona y no de otra? ¿Qué vemos o qué nos llama la atención? Los misterios del amor porque algunas veces no sabemos responder, sino ahí está, apareció el amor, nos sentimos enamorados y buscamos el conquistar a esa persona de la que estamos enamorados para nosotros. ¿Encontraremos respuesta? Son los dramas del corazón que vienen en consecuencia. Como decíamos, algo nos llama la atención, algo vemos en esa persona, ¿la belleza física? ¿Un atractivo de la persona? ¿Su belleza interior? Cada uno lo explica según sea su expresión, sus sentimientos, las emociones del alma que vive.
Pero bueno no vamos a hacer un tratado del tema. Es como una introducción, una imagen. Porque hoy el evangelio, la fiesta que estamos celebrando sí que nos habla del amor, sí que nos habla de un enamoramiento, pero ¿sabéis de quién? Fijémonos en esas hermosas palabras que escuchamos en el libro del Deuteronomio. Le habla Moisés al pueblo de cómo han sido elegidos por el Señor para ser su pueblo. Y es entonces cuando les dice: ‘Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros…’ Es el Señor el que los eligió, el que se enamoró de ellos, y no porque fueran un pueblo grande, no porque siempre hubieran sido un pueblo fiel. ‘Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones’. Una elección y una oferta a la que ha de corresponder una respuesta.
Es la maravilla del amor del Señor. Como nos dirá san Juan en su carta, ‘Dios es amor’. Ahí está todo el misterio. Y como nos explicará muy bien En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados’. Fue primero el amor que Dios nos tiene. Siguiendo con la imagen con que hemos comenzado El se enamoró de nosotros, no porque nosotros los mereciéramos sino por puro amor. Es la oferta del amor de Dios que está esperando nuestra respuesta.
Hoy estamos celebrando la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Es hablarnos, es celebrar el amor infinito que Dios nos tiene. Podíamos recorrer muchas páginas del evangelio. Bueno, tenemos que comenzar por decir que esa Buena Nueva, evangelio, que hemos de creer, el anuncio que nos hace  - una buena nueva es una buena noticia – es que Dios nos ama, porque Dios es nuestro Padre. Y en Jesús se manifiesta ese rostro misericordioso de Dios, ese amor que el Señor nos tiene. Fue la entrega fiel de Jesús hasta la muerte, pero son los múltiples gestos que contemplamos en Jesús a lo largo de todo el evangelio. Cuantas cosas, cuantos detalles de la vida de Jesús tendríamos que subrayar. Con los niños, con los pobres, con los desheredados de la sociedad, con los que son marginados y con los que nadie quiere, con los pecadores cualesquiera que fuera su pecado, con los que se sienten solos y abandonados…
‘Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, escuchamos que hoy nos dice, porque en mi encontrareis vuestro descanso, aprended de mi que soy manso y humilde de corazón’, nos está repitiendo. Son las palabras que hoy le escuchamos, pero como decíamos son esos múltiples gestos que le vemos realizar en todo momento con todos.  El nos busca, nos llama, nos eligió y abre su corazón para que vayamos a El.
Vayamos a El y seamos como El; vayamos a El y correspondamos a su amor con nuestro amor; vayamos a El porque sabemos que es nuestro descanso y nuestro consuelo y solo en El encontraremos la paz; vayamos a El y aprendamos de su amor; vayamos a El y nos hagamos nosotros también mansos y humildes de corazón; vayamos a El y como El tengamos siempre nuestro corazón abierto a los demás; vayamos a El y aprendamos a contar con los demás como El lo hace a pesar de los desaires que podamos recibir. Mantengámonos en su amor, dejémonos enamorar de Dios pero enamorémonos nosotros también de ese amor. El mantiene su favor con los que le aman más que por mil generaciones.

viernes, 28 de junio de 2019

Celebrar al Corazón de Jesús es querer sintonizar con el latido del amor de Dios para aprender a sintonizar con el corazón de los hombres nuestros hermanos



Celebrar al Corazón de Jesús es querer sintonizar con el latido del amor de Dios para aprender a sintonizar con el corazón de los hombres nuestros hermanos

Ezequiel 34, 11-16; Sal 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7
‘Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones’.
Bella imagen la que nos ofrece el profeta y que recoge la liturgia en la celebración de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús que hoy estamos celebrando. La imagen del pastor es la imagen de su amor por las ovejas, que las cuida, las libra de peligros, las alimenta, camina con ellas buscando los mejores pastos, las reúne cuando se dispersan. Así el Señor en nuestra vida. La Imagen del Corazón eso quiere expresarnos.
No nos quedamos en un órgano del cuerpo sino lo que con él queremos expresar sobre todo en nuestra cultura. Es toda la ternura de la vida la que queremos expresar con el corazón; son los más nobles sentimientos, es la cercanía de quien se quiere tener en las entrañas más intimas de nuestra vida, es el mismo latir y sentir como la criatura que está en el seno de la madre y late al mismo ritmo de su corazón.
Es el latido del amor de Dios; es el latido con el que nosotros tenemos que sintonizar para caminar, para vivir en el mismo ritmo del amor de Dios. Somos discípulos porque queremos seguir sus huellas, somos sus hijos porque queremos tener el mismo latido de amor. Así con El queremos hacernos uno, así El quiere habitar en nosotros poniendo su morada en nuestro corazón.
Es lo que hoy queremos celebra, porque es lo que como cristianos queremos vivir. ‘Que sean uno como tu Padre y yo somos uno’, pedía Jesús en la oración sacerdotal de la ultima cena. Y es que cuando nosotros hoy queremos sentir el latido del amor del Corazón de Cristo porque queremos hacer sintonizar nuestro corazón y nuestra vida con el latido de Dios, con el amor de Dios, es que eso necesariamente nos tiene que llevar a algo más.
No podremos decir que hemos sintonizado con el latido de Dios cuando no hemos aprendido a sintonizar con el latido del corazón de nuestros hermanos. Desgraciadamente se produce demasiada arritmia en ese latido conjunto que tendríamos que tener con nuestros hermanos. Es lo que tenemos que curar.
Es como tenemos que sentir que el Buen Pastor viene para curar nuestras heridas, esa arritmia de nuestro corazón en nuestra relación con los demás. Dejémonos sanar por ese Buen Pastor que cura las enfermedades de nuestra alma, de nuestro espíritu. Reconozcamos esas arritmias porque somos débiles o porque somos tantas veces orgullosos e insolidarios.
No podemos celebrar con sentido esta fiesta del Corazón de Jesús mientras no nos dejemos curar, mientras no arrojemos lejos de nosotros esas arritmias de nuestros orgullos e insolidaridades, mientras no nos dejemos inundar por esa medicina divina que es el amor que Dios nos tiene.
Nos costará en ocasiones porque es fuerte nuestro orgullo y desamor, tenemos que dejar que ponga en nuestros ojos esos colirios divinos para que veamos con una mirada más limpia y más lúcida a los hombres nuestros hermanos que caminan a nuestro lado. Con esa mirada nueva se caerán esas escamas que perturban nuestra visión y nuestro corazón.
Dejemos que el Buen Pastor nos busque, dejémonos encontrar y dejémonos sanar para que así podamos entrar en esa nueva y hermosa sintonía del amor según el latido del Corazón de Dios.

lunes, 15 de octubre de 2018

Con Jesús encontraremos la verdadera paz, es el descanso de nuestra alma y con El nuestro espíritu se siente siempre revivificado


Con Jesús encontraremos la verdadera paz, es el descanso de nuestra alma y con El nuestro espíritu se siente siempre revivificado

Eclesiástico 15,1-6; Sal 88; Mateo 11,25-30

Estamos cansados y necesitamos descansar, encontrar ese lugar y ese momento de relax, de tranquilidad, de silencio, donde quizás en el sueño, o simplemente sin hacer nada recuperar fuerzas, ponernos de nuevo a tono para recuperar el ritmo de la vida y de nuestros trabajos.
Pero hay cansancios y cansancios; no siempre es el cansancio físico tras una tarea agotadora, un trabajo muy intenso, sino que lo que necesitamos es recuperarnos por dentro, poner en orden quizá muchas cosas de la vida, sentir cómo nuestro espíritu se tonifica, porque en ese cansancio no es que no tengamos fuerzas físicas para el trabajo; nos falta el ánimo, nos sentimos en turbulencias interiores, el cansancio quizá es de la vida, de los problemas, de los agobios y es más bien lo que necesitamos es recuperarnos espiritualmente.
Ya no siempre no es un lugar de reposo lo que necesitamos sino saber encontrar una nueva actitud interior, quizá alguien que nos escuche o alguien que simplemente esté a nuestro lado, o nos diga una palabra de animo que levante de nuevo nuestro espíritu. Necesitamos encontrar paz para nuestro espíritu, y el abrazo de un amigo o de quien nos escuche nos puede hacer mucho bien.
Son muchos los agobios de la vida que algunas veces nos hacen perder el  norte y nos entra el desaliento, porque nos sentimos incapaces, porque nos damos cuenta de nuestra debilidad e impotencia, porque los errores o los tropiezos que hayamos tenido en la vida ahora quizá nos atormentan. Muchos secretos quizá se guardan en nuestro corazón que necesitaríamos desprendernos y liberarnos de ellos, pero no sabemos siempre en quien podamos confiar. Quien llegue a nosotros y nos haga sentir de nuevo la paz es como un ángel de Dios que llega a nuestro espíritu.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’. Hermosas y consoladoras palabras de Jesús. Jesús nos abre su corazón y en él sí podremos encontrar verdadera paz. A El podemos acudir porque sabemos que siempre seremos escuchados. Jesús no tiene relojes que midan el tiempo, no hay horarios de consulta y nunca tiene prisa porque siempre tiene su corazón abiertos para escucharnos.
En El encontraremos siempre un corazón compasivo y misericordioso porque siempre va a acogernos y recibirnos con amor y en su amor nos sentiremos en verdad renovados. En El vamos a encontrarnos con la verdad de nuestra propia vida porque florecerá la sinceridad en nosotros mismos, pero al mismo tiempo vamos a tener una luz nueva que nos haga ver las cosas de manera distinta. Con Jesús ya no va a haber secretos en nuestra vida ni nada querremos ocultar porque sabemos que El es compasivo y misericordioso y hasta para las más horribles miserias tendremos siempre su amor y su perdón.
Con Jesús encontraremos la verdadera paz. Es el descanso de nuestra alma y con El nuestro espíritu se siente siempre revivificado. Pongamos nuestra vida en sus manos, depositémosla en su corazón, su gracia nos cura y nos salva.

viernes, 8 de junio de 2018

Celebrar el Corazón de Jesús es sintonizar con su amor para con una nueva sensibilidad llevar también en nuestro corazón a nuestros hermanos con todo lo que es su vida


Celebrar el Corazón de Jesús es sintonizar con su amor para con una nueva sensibilidad llevar también en nuestro corazón a nuestros hermanos con todo lo que es su vida

Oseas, 11, .3-4.8-9; Sal.: Is. 12, 2-6; Efesios 3, 8-12.14-19; Jn. 19, 31-37b
‘Al llega a Jesús, un soldado con una lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua’.
La Buena Noticia del Evangelio (valga la redundancia) es anunciarnos el amor de Dios. Y Jesús es esa Buena Noticia, Jesús es ese Evangelio para nosotros. Contemplando a Jesús estaremos siempre contemplando el amor que Dios nos tiene, porque tanto amó Dios al mundo que nos envió, nos entregó a su Hijo único. Es la prueba y la manifestación palpable y certera de lo que es el amor de Dios. Nadie tiene mayor amor que el de quien da su vida por aquellos a los que ama.
En este viernes siguiente a la octava de la Solemnidad del Corpus celebramos la fiesta del Corazón de Jesús. Aunque siempre estuvo presente en la predicación de la Iglesia este evangelio del amor e incluso fueron surgiendo en distintos siglos devoción al Corazón de Cristo, como expresión y manifestación de ese amor, sería en el siglo XVII con la revelaciones que recibió Santa Margarita María de Alacoque en Paray-le-monial cuando ella nos manifiesta que el Señor le pide que se instituya en este día esta celebración del Corazón de Jesús. Decimos viernes siguiente a la octava en la consideración de la fiesta original del Corpus el jueves siguiente al domingo de la Santísima Trinidad.
Celebrar al Corazón de Jesús es meditar y celebrar todo lo que es el amor que Dios nos tiene. Hemos hecho mención al texto del evangelio que nos habla de la lanza del soldado que traspaso el costado de Cristo del que salió sangre y agua. Diríamos que nos manifiesta ese texto como Cristo se ha dado totalmente por nosotros derramando hasta la última gota de su sangre.
Como nos diría el poeta en un poema que se ha convertido en himno de la liturgia de las horas, ‘desde la cruz redentora, el Señor nos dio el perdón, y, para darnos su amor, todo a la vez, sin medida, abrió en su pecho una herida y nos dio su corazón’.
Cuando amamos de verdad decimos que lo hacemos con todo nuestro corazón; los enamorados en sus cánticos de amor se ofrecen sus corazones entrelazados para significa esa unión sublime de amor que inunda sus vidas; y en nuestro corazón escondidos llevamos los mas hermosos recuerdos de los seres que amamos, que han sido todos los signos de amor que del amor hemos recibido y que no queremos olvidar nunca ni perder de ninguna manera.
Así contemplamos el Corazón de Cristo y diríamos que queremos entrelazar nuestro corazón con el suyo para que así nos sintamos cada vez mas fortalecidos en esa respuesta de amor que tiene que ser nuestra vida a ese evangelio del amor que hemos recibido. Nos queremos introducir en ese corazón de Cristo, como queremos dejar que El habite en nuestro corazón como El mismo nos prometió para así mejor vernos inundados de su amor.
Pero pensemos en algo más. Cristo estará habitando en nuestro corazón cuando nosotros seamos capaces de abrir el nuestro a los hermanos que caminan a nuestro lado y comparten nuestra vida, para hacer nuestros no solo sus alegrías sino también sus sufrimientos y todas sus necesidades.
Cuando amamos a alguien, decíamos, lo llevamos en nuestro corazón. Llevemos a nuestros hermanos, a todos, con lo que es su vida, toda su vida con sus alegrías y sus sufrimientos, porque así estaremos comenzando a amarlos de verdad con todas sus consecuencias, porque así es como en verdad estará habitando también Dios en nuestro corazón. Sintonizando con el amor de Cristo, entonces, comenzarnos a tener una sensibilidad especial al sentir y al vivir de cuantos nos rodean introduciéndolos en nuestro corazón.

viernes, 23 de junio de 2017

Hoy miramos a Jesús y contemplamos su Corazón, que es contemplar su vida, su cercanía, su amor, su ternura, su misericordia y compasión que nunca nos fallan

Hoy miramos a Jesús y contemplamos su Corazón, que es contemplar su vida, su cercanía, su amor, su ternura, su misericordia y compasión que nunca nos fallan

Deut. 7, 6-11; Sal 102; 1Jn 4, 7-16; Mt. 11, 25-30
Cuántas cosas hermosas se dicen entre sí los enamorados; rebuscan las más bellas palabras, se inventan las más originales imágenes, todo se vuelve romanticismo y poesía para expresar el amor que siente el uno por el otro, para expresar cómo el uno para el otro es vida de su vida, cómo lo lleva guardado en lo más hondo de su corazón, cómo quieren vivir una comunión eterna de amor de manera que nada les separe.
Estaréis pensando que me habré vuelto romántico al comenzar esta reflexión de hoy, pero es que quiero partir de esa hermosa realidad del amor humano, para considerar qué grande es el amor que Dios nos tiene y como tenemos que corresponder a ese amor. Esa imagen romántica del corazón, podríamos decir así, que empleamos en nuestro lenguaje humano para expresar la hondura del amor humano es la misma que hoy nos ofrece la iglesia para hablarnos del amor de Jesús por nosotros.
Hoy celebramos el sagrado Corazón de Jesús. Hoy estamos queriendo considerar lo hermoso del amor de Dios para con nosotros que así se manifiesta en Jesús, por eso queremos contemplar su corazón. Llegamos hoy a considerar y contemplar la sublimidad de la mística del amor. Hoy queremos levantarnos más y más en esa escala del amor para llegar a la más profunda comunión mística con Dios.
El amor siempre lleva a la comunión con el amado, quienes se aman quieren permanecer unidos y que nada los separe, llegan como a sentir y vivir como en un único corazón, porque así es la comunión de pensamientos, de sentimientos, de acciones que expresan esa profunda unión. Los que se aman se sienten como protegidos el uno en el otro, porque saben que su amor no les fallará y eso siempre será un aliciente para esa lucha y esa conquista de su mismo, para ese su crecimiento personal, para esa fortaleza contra las adversidades y problemas que surjan, para lograr no solo su propia felicidad sino también de cuantos le rodean.
Y todo eso lo sentimos en el amor de Dios. El nunca nos falla, su amor es fiel y es eterno, no solo nos ha amado desde toda la eternidad sino que nos seguirá amando por toda la eternidad. Unidos en el amor de Dios vamos a tener vida en plenitud, vida eterna la llamamos, porque nos estamos haciendo participes del ser de Dios. En el amor permanente de Dios que está siempre no solo junto a nosotros sino en nosotros, porque quiere habitar en nuestro corazón, sentiremos su fortaleza contra toda adversidad y todo cansancio en nuestras luchas. Estimulados en ese amor de Dios estaremos en continuo crecimiento interior y la felicidad mas honda que jamás ser humano podrá alcanzar porque nos llenamos de la dicha de Dios.
Hoy miramos a Jesús y contemplamos su corazón, que es algo más que contemplar un órgano del cuerpo, porque estamos contemplando su vida, estamos contemplando su cercanía, su amor, su ternura, su misericordia y compasión que nunca nos fallan, su protección, su gracia que inunda para siempre nuestra vida y para eso nos da la fuerza de su Espíritu.
No nos quedamos en romanticismos, es cierto; experimentamos en nosotros toda la fuerza del amor de Dios y queremos corresponder a ese amor que nos lleve a la más profunda comunión, que será con Dios, pero que necesariamente nos va a llevar a esa nueva comunión con nuestros hermanos, para quienes siempre en el amor querremos lo mejor.

viernes, 3 de junio de 2016

Nos regala Jesús su Espíritu, que es amor y que es misericordia, y que se derrama en nuestros corazones para hacernos rebosar también a nosotros de amor

Nos regala Jesús su Espíritu, que es amor y que es misericordia, y que se derrama en nuestros corazones para hacernos rebosar también a nosotros de amor

Ezequiel 34, 11-16; Sal 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7

‘El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado…’ Nuestra vida está inundada por el amor de Dios. Es la gran revelación que nos hace Jesús en el evangelio. Es lo que hoy de una manera especial quiere celebrar la Iglesia en esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.
Hablar del corazón al tiempo que es hablar de vida es hablar de ternura y de amor; hablamos de la ternura del corazón; hablamos de los sentimientos que guardamos en el corazón; hablamos de querer y de amar con todo el corazón. Es, si queremos decirlo así, una forma metafórica de hablar pero cuando amamos y queremos expresar toda nuestra ternura, parece que ahí en nuestro pecho está saltando y ardiendo de una manera especial nuestro corazón.
Por eso cuando queremos hablar del amor, de la ternura, de la misericordia de Dios nos referimos al corazón de Cristo. La prueba de su amor la fue manifestando continuamente en el evangelio en la manera de acercarse a los pobres y a los que sufren, a los niños y a los enfermos, a los pecadores y a los marginados de la sociedad de su tiempo, a la gente sencilla a la que se revelaba de una manera especial y a los pobres y que de todo carecían; era como un decirles, no tenéis nada en este mundo de pobreza y de sufrimiento, pero nunca os faltará el amor de Dios.
Por eso nos hablará del pastor que no solo cuida a las ovejas están cerca y le siguen sino que va a buscar a la oveja perdida y extraviada; querrá representarnos lo que es el amor de Dios que siempre nos busca y nos espera en aquel padre que espera pacientemente la vuelta del hijo que había escogido caminos de muerte, y al que ofrece con toda la generosidad de su corazón el abrazo del amor y del perdón, el abrazo que nos levanta y que nos llena de paz el corazón. Así podríamos seguir recordando muchas más imágenes que nos ofrece el evangelio.
Hoy queremos celebrar ese amor lleno de ternura que se hace misericordia y compasión para buscarnos y para llenarnos de paz, para ofrecernos el perdón pero para hacer que sintamos para siempre lo que es el amor. Es una celebración de la misericordia para que la experimentemos en nuestra vida, pero para que también nosotros nos llenemos y sintamos inundados por esa misericordia que sepamos ofrecer generosamente a los demás.
Para eso nos regala su Espíritu, que es amor y que es misericordia, y que se derrama en nuestros corazones para hacernos rebosar también a nosotros de amor. ‘Sed compasivos y misericordiosos como vuestro Padre del cielo’, nos había enseñado Jesús. Y El va delante de nosotros enseñándonos lo que es el amor y la misericordia, para que lo experimentemos en nosotros y para que lo vayamos regalando a los demás.
Cuántas oportunidades tenemos en la vida de expresar ese amor y esa ternura con los que nos rodean, cuantos gestos podemos tenemos con los demás, cuantos signos podemos ofrecer en los actos de nuestra vida de lo que es el amor eterno de Dios. 

viernes, 7 de junio de 2013

El Corazón de Jesús nos contagia de amor y de deseos de santidad

Ez. 34, 11-16; Sal. 22; Rm. 5, 5-11; Lc. 15, 3-7
Una persona de corazón es una persona profunda y a la vez cercana; entrañable y comprensiva, capaz de sentir emociones a la vez que ir al fondo de las cosas y los acontecimientos. Ser una persona de corazón es ser una persona íntegra y de gran personalidad, que actúa siempre con rectitud, que no tiene que significar rigidez a ultranza, porque será alguien capaz de ponerse en el lugar del otro porque su corazón tiene como una capacidad especial para comprender y para perdonar, para animar y para impulsar a quien está a su lado a metas grandes. Una persona de corazón enamora, porque queremos parecernos a ella o queremos estar siempre a su lado porque allí siempre nos sentiremos bien, aunque al mismo tiempo sintamos en nuestro interior exigencias grandes que nos estimulan e impulsan hacia arriba.
Hoy hablamos del corazón, pero queremos hablar del corazón de Cristo. Y en todo esto que hemos venido diciendo refiriéndonos a personas de corazón nos quedamos cortos cuando queremos referirlo a Cristo. Todo eso y mucho más podemos encontrar en el corazón de Cristo de manera que nuestras palabras se quedan cortas y pobres para expresar en toda su hondura lo que es el corazón de Cristo. Solamente tenemos que vivir su amor, experimentar su amor en nuestra vida para así sentirnos también contagiados de ese amor para parecernos a El, para actuar como el actúa.
La descripción que nos hace el profeta Ezequiel de lo que es ese pastor de nuestra vida que El anuncia proféticamente hemos de reconocer que es entrañable y nos da gusto ser ovejas de ese rebaño guiadas y cuidadas por ese pastor. Nos busca, nos llama, nos ofrece el mejor alimento en los mejores pastos, nos cuida con mimo cuando nos podamos sentir dolorosamente con heridas producidas por los avatares y luchas de la vida. Aunque andemos perdidos y descarriados el nos busca con afán y con ternura nos lleva de nuevo al redil en sus brazos curando las heridas que nos hayamos hecho en los duros barrancos de la vida.
Y es que ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado’, como nos decía san Pablo. Sentimos y experimentamos ese amor cuando contemplamos todo lo que fue la pasión de Cristo con su muerte en la cruz que no es otra cosa que el pastor que termina dando su vida por las ovejas para que nosotros tengamos vida. Cristo es el Pastor, pero es también el Cordero inmolado, como es también ese pan que se nos da como alimento cuando nos da su propia carne como comida y alimento. Ya no es un alimento externo, ajeno a sí mismo el que nos da, sino que es El mismo el que se nos da, se nos ofrece en comida.
Somos la alegría y el gozo de Dios, a pesar de que tantas veces nos descarriemos por esos caminos que intentamos tantas veces recorrer apartándonos del buen camino. Pero Jesús, como Buen Pastor que nos conoce y nos conoce con nuestras virtudes y con nuestros defectos, con nuestros descarríos y con nuestras pérdidas muchas veces incluso interesadas, sin embargo siempre va a buscarnos, y sigue amándonos a pesar de nuestras sombras y oscuridades, y nos cargará sobre sus hombros lleno de alegría e invitando a todos a vivir la fiesta porque la oveja perdida ha sido encontrada y ha vuelto de nuevo al redil de las ovejas. Así es la alegría del cielo; así es la alegría del corazón de Dios cuando volvemos de nuevo a El.
¡Cómo nos conoce el Señor y cómo nos ama! ¡Cómo va continuamente en nuestra búsqueda y nos ofrece el bálsamo de gracia que con amor cure nuestras heridas para que nunca más haya nada de muerte en nosotros, sino que todo sea vida y felicidad! No terminamos de agradecer al Señor cuantas llamadas de amor nos está haciendo continuamente mientras nosotros quizá nos hacemos oídos sordos. Quizá nos permite que algunas veces nos descarriemos para que descubramos su amor cuando viene en nuestra búsqueda, o para que cuando andemos hundidos en nuestras sombras recapacitemos cayendo en la cuenta de lo que hemos pedido por habernos alejado.
Muchas veces sin que nosotros quizá nos demos cuenta El está llamándonos e impulsándonos con la fuerza callada de su Espíritu para que dejemos los malos caminos, emprendamos el camino nuevo y bueno. Ahí en nuestro corazón está trabajándonos con su gracia, permitiéndonos quizá en algunos momentos que tropecemos y nos duela en el alma el golpe que recibimos con esos tropiezos, pero que no son otra cosa que llamadas de amor, silbos amorosos que diría el poeta, con los que quiere atraernos por sus caminos de amor.
Y es que cuando nos acercamos a su corazón lleno de amor por nosotros nos sentimos más impulsados al amor; sentimos como su presencia junto a nosotros nos levanta y nos hace mirar a lo alto para que descubramos esas grandes metas de amor que tiene para nuestra vida y que hemos de alcanzar.
Cerca de su corazón nos sentimos contagiados de su amor y brota el deseo de parecernos a El, de hacernos una cosa con El, como los enamorados que se contagian mutuamente de amor y les hace buscarse para vivir en la unión más honda y profunda. Así queremos unirnos a Cristo, vivir su vida, dejar que El penetre en lo más hondo de nuestra alma o querer nosotros al mismo tiempo introducirnos hasta lo más hondo de su corazón de amor para sentirnos abrigados y acariciados por su ternura, levantados con su misericordia e inundados de alegría por participar y gozar de su amor.
Qué dicha poder gozarnos en su amor; qué paz más profunda sentimos en nuestro espíritu cuando estamos unidos a Jesús; qué impulso más grande sentimos en nuestra alma para dar ese salto grande que nos lleve a la santidad; qué confianza más esperanzada llena nuestro corazón porque sabemos que en El siempre vamos a encontrar misericordia y perdón.