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viernes, 12 de junio de 2026

Nos sentimos bendecidos por Dios que nos ha regalado su amor, contagiemos de esa bendición de amor a los demás porque así manifestamos que hemos nacido de Dios

 


Nos sentimos bendecidos por Dios que nos ha regalado su amor, contagiemos de esa bendición de amor a los demás porque así manifestamos que hemos nacido de Dios

Deuteronomio 7, 6-11; Salmo 102;  1Juan 4, 7-16; Mateo 11, 25-30

Seguramente más de una vez hemos preguntado o nos hemos preguntado cuando nos sentimos queridos y valorados por alguien, ¿por qué a mí? ¿Por qué me quieres? ¿Qué he hecho yo o qué méritos tengo? Seguramente también nos han dicho ‘porque sí’, simplemente eso, nos quieren porque nos quieren y no hay más que decir. El amor verdadero no es por merecimientos, simplemente es un regalo, un don, una entrega gratuita que se nos hace sin  ningún otro interés; la cuestión es cómo vamos a corresponder a ese amor.

Es lo que le recuerda Moisés al pueblo en el libro del Deuteronomio. No porque fueran los mejores ni los más fuertes, no porque fueran los más sabios o los más poderosos, simplemente porque Dios los eligió. ‘El Señor se enamoró de vosotros y os eligió’. Es hermoso, es cómo con gratitud tenemos que sentirnos ante Dios. Es el regalo del amor de Dios lo que tenemos que sentir y lo que nos tendrá que hacer vivir de forma distinta. Estamos muchas veces más preocupados por los méritos que vamos a hacer que en gozarnos en el amor; y claro gozarnos en el amor nos hace sentirnos envueltos en amor y respirar amor; el amor entonces fluirá de nosotros como de forma espontánea, iremos manando amor con toda nuestra vida. ¡Qué distintas son las cosas!

Todo parte de Dios. Como nos dice san Juan es que Dios es amor. Y eso es lo primero, de lo que manarán todas sus consecuencias. Y las consecuencias es amarnos porque hemos nacido de Dios que es amor; los hijos son lo que les han dado sus padres; nosotros hemos nacido de Dios y tenemos que amar. Como nos sigue diciendo Dios envió al mundo a su Unigénito para que vivamos por medio de Él. ¿Cómo será entonces esa vida? No podemos responder de otra manera sino diciendo que amor. Así permaneceremos en Dios y Dios permanecerá en nosotros.

Un amor que nos llena de paz y nos hace humildes, un amor que nos hace rebosar de mansedumbre y hará que fluya la ternura en cuanto hacemos y vivimos. El amor nos hace humildes y la humildad nos impulsará al amor. Algunas veces nos cuesta entenderlo porque son muchas las tentaciones que sufrimos desde un entorno de autosuficiencia y de orgullo, que nos invitan a unas actitudes de prepotencia para responder de la misma manera a como actúa el mundo. Pero queremos fiarnos de la palabra de Jesús, poner toda nuestra confianza en El.

Es a lo que nos está invitando Jesús en el Evangelio. Pueden haber las tormentas que sean en nuestro espíritu o en nuestro entorno, nunca nos faltarán, pero no perderemos la paz porque nos hemos llenado de amor, que es lo mismo que llenarnos de Dios. En Él nos refugiamos, en su corazón nos introducimos, en el fuego de su amor nos caldeamos, en Él encontramos nuestro alivio y nuestro descanso. Es a lo que nos está invitando Jesús. Amemos de verdad y no perderemos la paz.

Hoy estamos celebrando la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Imagen que en sí mismo nos está hablando de ese amor de Dios; siempre el corazón lo proponemos como signo del amor. Es como una invitación para que crucemos nuestro corazón con su Corazón; como hacen los enamorados que van marcando todos sus pasos con ese signo de dos corazones entrelazados. Hemos comenzado nuestra reflexión recordando lo que le decía Moisés a su pueblo, que es Palabra que Dios nos dirige a nosotros también, que Dios se había enamorado de ellos y por eso los había elegido y regalado con su amor. Es lo que nosotros hemos de sentir también, pero no como una cosa romántica, sino como una realidad muy concreta en nuestra vida.

Recordemos la historia de nuestra vida y con ojos de fe descubriremos ese regalo de amor de Dios en cada paso de nuestra existencia. Intentémoslo, en nuestra reflexión, hacerlo de una forma muy concreta, recordemos hechos concretos de nuestra vida donde hemos visto de forma palpable esa historia de amor de Dios en nosotros y a nosotros. Nos sentimos bendecidos por Dios. Contagiemos de esa bendición de amor a los demás. Como nos decía san Juan, ‘Amémonos los unos a los otros ya que el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios… y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él’.


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