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sábado, 23 de mayo de 2026

Seamos misioneros del evangelio de Jesús comprometidos con nuestra comunidad cristiana en la tarea de la evangelización

 


Seamos misioneros del evangelio de Jesús comprometidos con nuestra comunidad cristiana en la tarea de la evangelización

Hechos 28, 16-20. 30-31; Salmo 10; Juan 21, 20-25

Cuando terminamos de leer un libro que quizás nos ha resultado interesante, podemos hacer varias cosas con él y en consecuencia con nuestra propia reacción ante su lectura; o bien lo damos por terminado y va a parar en un estante de nuestra librería, o lo desechamos como vemos hoy tantos libros en los contenedores de papel porque para nosotros ya no nos dice nada, o lo dejamos en la mesa muy cerca de nosotros porque queremos repasar de vez en cuando un capítulo o algunos párrafos que consideramos que nos pueden decir mucho para nuestra vida.

¿Por qué digo esto? hoy en la lectura continuada de la Palabra de Dios que hemos venido haciendo en este tiempo pascual, cuando llegamos precisamente a su culminación mañana con la celebración de Pentecostés, hemos concluido el relato de los Hechos de los Apóstoles y por otra parte el Evangelio de san Juan. ¿Qué nos queda de todo esto que hemos venido escuchados? ¿Cerramos el libro y lo dejamos para otra ocasión?

No es un libro cualquiera el que hemos venido escuchando; y digo escuchando porque no es una simple lectura lo que hemos venido haciendo; la Palabra de Dios no es un libro para simplemente leer; es Palabra viva que tenemos que escuchar, por eso hemos de dejarle espacio abierto para que llegue al corazón; no podemos andar con prevenciones que serían obstáculo para que llegue al corazón cuando la damos por ya conocida como nos sucede tantas veces en que ya no ponemos tanta atención para la novedad que tiene que significar para nuestra vida; será una semilla que no llega a germinar – recordemos la parábola del sembrador – y no podrá dar fruto.

Esa historia viva de la Iglesia primitiva, que no se encierra en si misma, que siente la inquietud del mandato de Jesús de llevar la buena noticia de la salvación hasta los confines de la tierra, esa inquietud del Pablo que una vez que se ha encontrado con Cristo se hace misionero itinerante de la Buena Noticia de Jesús, tiene que poner también inquietud en nuestro corazón. ¿En que nos parecemos a aquellas primeras comunidades? ¿Seremos en verdad misioneros del evangelio de Jesús en el entorno donde hacemos nuestra vida? ¿En qué medida nos sentimos comprometidos con nuestra comunidad cristiana para ofrecer nuestros servicios y colaborar en esa tarea de la evangelización?

Por otra parte al finalizar el evangelio de Juan se nos deja un comentario precioso y que viene a expresar la razón por lo que se ha escrito el evangelio. Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo podría contener los libros que habría que escribir’.

El discípulo que es testigo y da testimonio; el discípulo que tiene tantas cosas que decirnos de Jesús, el discípulo que nos está invitando a que también nosotros demos testimonio. Muchas cosas hemos sentido en nuestro corazón cuando hemos dejado las puertas abiertas para que se plantara en él la Palabra de Dios; pero eso no nos lo podemos guardar para nosotros mismos. Somos muy recatados para compartir nuestras experiencias espirituales, pero tenemos que pensar que eso que nos habrá ayudado tanto a nosotros puede ayudar también a los demás. Los discípulos de Jesús en su ausencia no se quedaron simplemente recordando y reviviendo aquello que había vivido con Jesús. Con la fuerza del Espíritu Santo que Jesús le había prometido se abrieron sus puertas y ventanas para salirse de si mismos e ir comunicar a los demás lo que ellos habían vivido. Mañana celebraremos Pentecostés.

‘Este es el discípulo que da testimonio’, que nos decía el evangelio en referencia al evangelista Juan. ¿Seremos nosotros en verdad el discípulo que sigue dando testimonio hoy?

 

viernes, 22 de mayo de 2026

Cuando nos dejamos llevar por la disponibilidad del amor descubriremos las maravillas de Dios porque llegaremos a sentir su presencia

 


Cuando nos dejamos llevar por la disponibilidad del amor descubriremos las maravillas de Dios porque llegaremos a sentir su presencia

Hechos 25, 13b-21; Salmo 102; Juan 21, 15-19

Ahora en estas diversas manifestaciones de Cristo resucitado va haciéndoles sentir su presencia de una manera especial porque así han de dejarse envolver por su Espíritu para ser sus testigos hasta los confines del mundo. Son momentos de sentir algo especial, son momentos que nos preparan para el anuncio, momentos que hacen rebrotar la esperanza y ese compromiso de llevar ese anuncio de la buena nueva de Jesús hasta el último rincón.

No nos pide Jesús otra cosa que amor. Es ese dialogo tan tierno entre Jesús y Pedro. Ya habíamos como tantas veces se había adelantado Simón para ir por delante en esas promesas de amor, para dejar bien sentado cuanto lo amaba y que estaría incluso dispuesto a dar la vida por Jesús. Así eran los impulsos del corazón que no podía permitir que nada le pasara. Cómo se ponía de pesado queriendo convencer a Cristo que nada de aquello que anunciaba le podía pasar de manera que Jesús quiere quitárselo de delante porque está síendo una tentación para El. Palabras duras serán las que pronunciará en ese momento.

Jesús ahora le pregunta por su amor, no uno, sino dos, hasta tres veces. Quiere Jesús que pastoree sus ovejas. Un  día se lo había anunciado Aquel de quien hablaban Moisés y los profetas. En otra ocasión ante el aturdimiento de Pedro por la pesca tan grande que habían recogido en el lago porque se había dejado confiar en la palabra de Jesús, se le había anunciado que sería pescador de hombres. Ahora se había repetido aquella pesca y allí en medio estaba Jesús. También ahora había confiado en la Palabra de Jesús que le señalaba por donde había que echar la red. Es la disponibilidad del amor.

Jesús confía en el amor, y cuando ponemos amor de verdad todo es posible. Nosotros tenemos que confiar en el amor que Dios nos tiene, de cuántas maneras maravillosas nos lo va manifestando en el día a día de nuestra vida. Y ahí tiene que estar nuestra respuesta de amor, aunque nos sintamos débiles, aunque muchas veces no hemos sabido estar a la altura de ese amor. Como Pedro tenemos que decirle, que la amamos y el conoce las medidas de nuestro amor – ‘tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’ -. ¿Estaremos dispuestos como Pedro a dejarnos ceñir para ser capaces de dar la vida también por el Maestro?

 

jueves, 21 de mayo de 2026

Saboreemos el amor que Dios nos tiene cuando nos hace participes de su vida divina que es lo que nos va a mantener en una verdadera comunión

 


Saboreemos el amor que Dios nos tiene cuando nos hace participes de su vida divina que es lo que nos va a mantener en una verdadera comunión

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Salmo 15; Juan 17, 20-26

Meditando con serenidad y sin prisas estas palabras de Jesús que nos ofrece el evangelio nos damos cuenta de lo importante que era esa unidad que pedía para nosotros. Es insistente en sus peticiones, como insistentes tenemos que ser nosotros en nuestra reflexión para asimilar de la mejor manera posible estas palabras de Jesús.

Decimos muchas veces en nuestra rapidez de reacción, sí, ya sé lo que Jesús nos quiere decir, pero quizás sea nuestra interpretación, nuestra manera de ver las cosas que un poco se lo queremos aplicar a lo que nos dice Jesús. Esa unidad que está pidiendo Jesús para nosotros los que creemos en Él, y como nos dice de aquellos que creen en Él por lo que nosotros le hemos transmitido no es cualquier cosa. No es decir que más o menos nos pongamos de acuerdo en aquello en lo que ya coincidimos, pero seguramente incluso detrás de ese acuerdo quedan muchas lagunas, quedan muchas diferencias que no sabemos cómo aunar.

Y lo que está pidiendo Jesús para nosotros es que entre nosotros haya una comunión semejante a la que hay entre Él y el Padre. ‘Como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno’. Esa comunión del Hijo con el Padre es mucho más que ponerse de acuerdo en algunas cosas; esa comunión significa una misma vida, no unas vidas paralelas, porque es el amor el que los une, el que logra esa unidad. Como continúa diciéndonos ‘Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno…’ Decirnos que nos ha hecho participes de la gloria de Dios, que el Hijo tiene junto al Padre, es como decirnos que nos ha hecho partícipes de su vida. De ahí la unidad, la comunión de vida y de amor.

Es hermoso todo esto que estamos considerando, cuando pensamos que somos partícipes de la vida de Dios. Es lo que realmente Jesús nos ha ido enseñando a lo largo de todo el evangelio y que tenemos que rumiar hondamente en nosotros para que así lo hagamos nuestra vida. No es fácil, porque siempre en el corazón aparece el egoísmo y se desvirtúa todo amor. Somos muy débiles y muy humanos y nos aparecen nuestras apetencias y nuestras ambiciones, pronto comenzamos a marcar distancias, queremos tener lo nuestro y con ello queremos sobresalir, y comienzan a hacernos cosquillas las envidias y las desconfianzas.

Tenemos que cuidarnos muy bien, tenemos que estar bien enraizados en la vid para no ser sarmientos inútiles que se desperdicien. Porque no es solo la buena voluntad que nosotros podamos poner, los esfuerzos que nosotros realicemos que tenemos también que realizarlos, sino sentir la gracia de Dios que obra en nosotros, porque todo es un don de Dios con el que nosotros hemos de cooperar.

Fijémonos en la ternura del corazón de Cristo para con nosotros. Nos quiere tener junto a Él, que no nos dispediguemos, que siempre nos sintamos arropados por su amor. ‘Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo’. ¿Cómo correspondemos a esa ternura de Dios con nosotros? Tenemos que saborearla porque es saborear el amor de Dios. Y el amor no se queda en hacer cosas, el amor es para saborearlo. Si no fuera así pobre testimonio podríamos dar.


miércoles, 20 de mayo de 2026

Que la emoción con que recibimos las palabras de Jesús nos hagan crear esos necesarios lazos de comunión que tienen que haber entre los que creemos en Jesús

 


Que la emoción con que recibimos las palabras de Jesús nos hagan crear esos necesarios lazos de comunión que tienen que haber entre los que creemos en Jesús

Hechos 20, 28-38; Salmo 67;  Juan 17, 11b-19

Cuando las palabras llegan al corazón porque han salido también del corazón, nos emocionamos, nos sentimos conmovidos; como le estaba sucediendo al grupo de los apóstoles que aquella tarde habían comido con Jesús el Cordero Pascual, pero que ahora en las palabras que Jesús les dirige, palabras que a estas alturas se han convertido en oración y que conmocionan al grupo de los discípulos que están con Jesús. Se hace silencio, ya no tienen nada que decir ni que preguntar, como hace unos momentos, pero con todas esas muestras de cercanía y de desahogo que tiene con ellos en su emoción no tienen nada que decir.

Así tenemos que escuchar nosotros también esta oración que Jesús está haciendo al Padre también por nosotros. Pareciera que nos deja solos, como dice, mientras estaba con los discípulos les hacía sentirse seguros aunque en ocasiones afloraran los miedos, pero Él estaba a su lado; parece como si Jesús tampoco quisiera desprenderse de ellos aunque sabe que tiene que volver al Padre, por eso ¿a quien mejor encomendar su cuidado sino al Padre del cielo que así ha de protegerlos?

Si un día se les había revelado, como en aquella ocasión que a Pedro le revela en su corazón la respuesta que ha de dar a Jesús – ‘no lo dices por ti mismo sino porque mi Padre del cielo te lo ha revelado en el corazón’, le había dicho Jesús – justo es que ahora sintamos su presencia y su protección. Por eso Jesús nos ha prometido el Espíritu de Dios, y Él tiene que volver al Padre para enviar su Espíritu divino sobre sus corazones para que se sientan seguros.

Están absortos los discípulos con lo que Jesús les está revelando, con lo que Jesús les está pidiendo; si hasta ahora se habían mantenido unidos formando el grupo de los Doce en torno a Jesús, aunque a veces tuvieran sus más y sus menos con sus ambiciones, con sus carreras por ver quién sería el primero, quién es el que iba a ser el más importante, pero en torno a Jesús se habían mantenido unidos, ahora Jesús les está pidiendo que una unidad aun tiene que ser mayor. No van a ser ya solo el grupo de los Doce, sino que la comunidad irá creciendo, diversas opiniones y sentimientos irán apareciendo en esa nueva comunidad cada vez más compleja, pero una cosa es importante para que el mundo crea, su unidad.

Y eso necesitamos seguir considerándolo hoy, en el momento presente, en el que también pueden ir apareciendo esas rupturas y divergencias como la historia nos ha mostrado que así ha sido a lo largo de los siglos; pero no solo pensamos en esas grandes heridas por la falta de unidad de todos los que creemos en Cristo, sino que en el día a día de nuestras comunidades, de nuestros pequeños grupos de cristianos también pueden ir apariencia esa grietas cuando nos falta humildad y amor, cuando nos dejamos arrastrar por nuestras ambiciones y más nos parecemos a los hijos del mundo con todas sus luchas que también reflejamos muchas veces en el seno de la Iglesia, o cuando quizás pretendemos acomodarnos a los pareceres o deseos del mundo y aparecerá también una comunidad, una iglesia dividida.

‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros’, comienza pidiendo Jesús. ‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad’. Es como debemos dejarnos impregnar por el amor de Dios que así nos mantiene unidos y nos santifica. Somos enviados al mundo, nos dice Jesús, y para que el mundo nos crea tenemos que manifestar esa unidad y esa verdad en el amor. ¿Seremos capaces?

Que la emoción con que recibimos las palabras de Jesús nos hagan crear esos necesarios lazos de comunión que tienen que haber entre los que creemos en Jesús.

 


martes, 19 de mayo de 2026

Todo siempre para la mayor gloria de Dios, reconociendo el evangelio de Jesús, noticia de gran alegría, porque Dios es nuestro Padre

 


Todo siempre para la mayor gloria de Dios, reconociendo el evangelio de Jesús, noticia de gran alegría, porque Dios es nuestro Padre

Hechos 20, 17-27; Salmo 67; Juan 17, 1-11a

Ha llegado la hora, la hora de la glorificación, dice Jesús; y estas palabras son pronunciadas cuando están reunidos en las horas previas al comienzo de la pasión, como epílogo a la cena pascual. Habla de gloria de Dios y habla de amor y de entrega hasta dar la vida, en cierto modo habla de muerte; es lo que hace que muchos no entiendan, que a nosotros mismos nos cueste también comprender, porque hablar de gloria parece que significaría hablar de triunfos y de victorias, pero a nuestros ojos humanos muchas veces nos cuesta verlo.

Hay ocasiones en que se nos hace difícil porque la subida del calvario que vamos encontrando en la vida se nos hace dura; cuántos contratiempos y malentendidos y también interpretaciones maliciosas, cuántos obstáculos desde lo que nos cuesta superarnos a nosotros mismos pero también de la oposición que en nuestro entorno podremos encontrar, no siempre somos comprendidos, querrán echar muchas veces sobre nosotros la basura de los desprestigios porque nos ven débiles y no somos tan perfectos.

Y Jesús nos está hablando de glorificación; aunque humanamente muchas de las cosas que nos suceden nos duelen sin embargo hemos de saber darle un sentido y un valor. El camino de pasión y de pascua que emprendía Jesús no era un camino fácil; recordemos que ante el sufrimiento que se avecinaba en Getsemaní suda sangre; ‘que pase de mi este cáliz’, será su súplica, ‘pero no se haga mi voluntad sino la tuya’ concluirá diciendo Jesús en su oración.

Se ha puesto en manos del Padre, pero en manos del Padre nos deja también a nosotros. ‘He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos… porque son tuyos… y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti’.

Es la oración de Jesús por nosotros, por su iglesia que aun camina en este mundo. Una oración que nos está pidiendo a nosotros que permanezcamos en su amor, que guardemos su palabra, que crezcamos más y más en el conocimiento de Dios, que seamos capaces de poner toda nuestra fe en El, por muy difícil que sea el camino, por muchas que sean las tinieblas con que nos vayamos encontrando.

Pero es una oración de Jesús al Padre pidiendo por nosotros que quedamos en el mundo, y en el mundo tenemos una misión, y en el mundo aunque sea adverso tenemos un testimonio que dar, en el mundo tenemos que ser testigos manifestando en nuestra vida lo que es la obra de Jesús. Todo siempre para la mayor gloria de Dios, como nos dejó bien resumido en su lema san Ignacio de Loyola. Y, ¿cuál es esa gloria de Dios? Hoy nos lo está diciendo Jesús en el evangelio que ha de convertirse en vida para nosotros. ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.

Es lo que tenemos que ir haciendo con nuestro testimonio, porque no vamos a predicarnos a nosotros mismos, no vamos a decir lo buenos que somos, vamos a hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo. ¿Y qué necesitamos para eso? Que se conozca a Dios, la revelación de Dios. Es la Buena Nueva que vino a anunciarnos Jesús. Reconocerlo verdaderamente como el Señor de nuestra vida, que conozcamos y reconozcamos a Jesús.

lunes, 18 de mayo de 2026

En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo, palabras que nos hacen creer más en lo que nosotros podemos hacer en el nombre de Jesús

 


En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo, palabras que nos hacen creer más en lo que nosotros podemos hacer en el nombre de Jesús

Hechos 19, 1-8; Salmo 67; Juan 16, 29-33

En ese mundo que nos rodea que es la vida de cada día con sus luchas y con sus esfuerzos, contemplamos quizás el avance de algunos que parece que todo lo que emprenden tiene resultados exitosos, pero al mismo tiempo contemplamos también fracasos, derrotas, gente que no sabe cómo salir de los problemas a los que se enfrentan o cómo emprender tareas que puedan resultar exitosas; quizás pueda aparecernos el desasosiego y hasta la inquina ante el triunfo de los demás, y la sensación de inutilidad porque no somos capaces de salir adelante tan pronto como quisiéramos, las luchas se nos hacen interminables y la sensación que podemos sentir dentro de nosotros no es buena.

Es la vida con sus múltiples tareas, las responsabilidades de cada día, en el campo familiar o en el campo laboral, son los deseos de superación que sentimos dentro de nosotros mismos que nos gustaría cambiar en muchas cosas y es la sensación de impotencia y fracaso porque no lo logramos tan pronto o tan fácil como quisiéramos. Podemos pensar en todo lo referente a nuestra vida cristiana y al compromiso que hemos de vivir desde nuestra fe y a la tarea que queremos realizar en nuestro entorno, en ocasiones mal interpretada, rechazada, con fuerte oposición sobre todo desde donde se quiere vivir un laicismo hasta el extremo, de no querer permitir hasta ningún signo religioso en la vida. ¿Qué hacemos? ¿Estamos llamados a la derrota y al fracaso?

Jesús en la última cena, y son las palabras que día a día venimos escuchando en el evangelio en estos últimos días de pascua, decimos que son palabras de despedida, pero son palabras de Jesús que quieren hacerles mantener en la esperanza, hacer que no se sientan solos, cuando hasta ahora lo han tenido siempre a Él cerca quizás como un refugio cuando no entienden las cosas o se encuentran algún tipo de oposición.

Las palabras de Jesús hoy son verdaderamente alentadoras. El aliento lo sentimos desde que nos promete la presencia del Espíritu en nuestros corazones que inspirará cuanto hagamos y nos dará la fuerza que necesitamos. Pero Jesús nos invita a no temer, porque tenemos la victoria asegurada.  ‘Os he hablado de esto, nos dice, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Habrá luchas, nos dice Jesús; como nos ha anunciado en otro momento las persecuciones que hemos de sufrir. Porque el discípulo no es mayor que su Maestro, y ¿qué es lo que han hecho con Jesús? En cierto modo no tiene por qué extrañarnos el miedo que tenían los apóstoles para estar encerrados en el Cenáculo en aquellos días. ¿Podría pasarles lo mismo que le estaba pasando a Jesús? Claro que necesitarán la presencia y la fuerza del Espíritu a partir de Pentecostés para que todos aquellos miedos se acaben; A Pedro le veremos salir a hablar a la multitud, él que era tan parco en palabras aunque fuera mucho su entusiasmo por Jesús, señalándoles que han crucificado al que Dios resucitó de entre los muertos; contentos saldrán más tarde de la presencia del Sanedrín por haber podido sufrir castigos por el nombre de Jesús, atreviéndose a replicarles que ellos tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Pero todo eso tenemos que aplicárnoslo a nosotros. ¿No caminaremos por la vida muchas veces demasiado desalentados y con muchos temores en el corazón? Tenemos que aprender a creer en las palabras de Jesús, no solo para decir que son ciertas, sino para hacerlas sentido de nuestra vida, y desde esa confianza que tenemos en la victoria de Jesús comenzar a confiar en lo que nosotros podemos lograr, no solo para nosotros mismos, sino también para los demás. Las palabras de Jesús tienen que hacernos sentirnos seguros, nos tienen que impulsar a lanzarnos sin ningún temor por el mundo anunciando el nombre de Jesús como nuestro único Salvador.


domingo, 17 de mayo de 2026

Testigos llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos

 


Testigos llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos

Hechos 1, 1-11; Salmo 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20

¿A dónde nos quedamos mirando cuando nos sucede algo sorpresivo que de alguna manera estábamos esperando pero cuya sorpresa no esperamos en este momento? ¿Al cielo? ¿Al suelo? ¿A cuanto nos rodea, ya sea el espacio mismo donde estamos, ya sea lo que hay en nuestro entorno que hasta nos puede resultar novedoso porque así andamos por la vida que ni nos fijamos en donde estamos, o a los que están a nuestro alrededor para que nos den algunas explicaciones? ¿Cuál sería nuestra reacción?

Así nos encontramos a los apóstoles y los discípulos más cercanos en las experiencias de pascua que han ido viviendo, ya fueran las apariciones en el cenáculo, a las mujeres a las puertas de la sepultura, a los que caminaban Emaús, allá junto al algo de Tiberíades en aquel amanecer, o ahora en este monte que según el evangelista que nos lo relata lo sitúa en Galilea o en el propio Jerusalén en el monte de los Olivos.  La misma reacción siempre de sorpresa con las palabras de Jesús, con los gestos de Jesús, con la misión que les confía Jesús.

‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ son las voces de los ángeles que los sacan de su ensueño. No les dice que no tienen que seguir mirando también al cielo, pero han de tener los pies bien plantados en la tierra. ‘El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo’. Pero mientras nos ha confiado una misión. Como nos dice muy claramente el evangelista Mateo hoy: ‘Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos’.

En sus confusiones cuando una sorpresa llegaba tras de otra todavía preguntaban ‘Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?’ Todavía no se aclaraban sobre lo que significaba que Jesús era el Mesías; seguían con pensamientos humanos porque no habían terminado de entender lo que era la liberación que Jesús nos traía.  Por eso les dice Jesús que permanezcan aun en Jerusalén hasta que  reciban ‘la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’. Ya les había hablado del Espíritu de la Verdad que se lo enseñaría todo. Necesitaban esa fuerza del Espíritu y todo cambiaría en sus corazones y en sus mentes. Luego habían de ser testigos hasta el confín de la tierra.

Pero nos ha asegurado una cosa que estaría con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Hemos de salir, entonces, con el testigo en nuestra mano, hemos de ir como testigos anunciando esa buena noticia de salvación a todos los hombres, porque no hay bajo el cielo ni sobre la tierra otro  nombre que pueda salvarnos. Lo experimentamos en nosotros cuando nos sentimos amados y perdonados, cuando nos sentimos llenos de una nueva paz y de una alegría que nadie nos podrá arrebatar, cuando nos sentimos transformados y ponemos en nuestras vidas otros valores y otra manera de actuar, cuando nos sentimos impulsados a ponernos en camino sin temor a los peligros o a los rechazos que podamos encontrar, cuando nuestro corazón ha cambiado y comenzamos a desprendernos de nosotros mismos y nos damos generosamente por los demás. Estamos siendo unos testigos.

Unos testigos llenos de esperanza, que seguimos, sí, mirando al cielo porque sabemos que de allí nos viene la gracia, seguimos mirando al cielo porque continuamente nos mantenemos en esa esperanza de la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, seguimos mirando al cielo que es también mirarnos dentro de nosotros mismos para sentir como Dios reina en nuestros corazones, seguimos mirando al cielo porque de allí nos llega esa luz para comprender el camino, para no tropezar en las piedras que en él se nos van a atravesar, para encontrar medios para abrir nuevos caminos de paz y de convivencia para los que están a nuestro lado, porque nosotros también queremos hacer ascensión cuando tratamos de superarnos y levantarnos por encima de esos materialismos que nos quieren envolver, porque sabemos que el Señor está con nosotros, reina en nuestros corazones y la fuerza de su Espíritu es quien nos guía y nos sostiene.

Toda una sorpresa este misterio de amor que nos envuelve en esta fiesta de la Ascensión. ‘Que se nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro’. Recordemos y rumiemos en nuestro interior estas sabias palabras del Apóstol.