Testigos
llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros
mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos
Hechos 1, 1-11; Salmo 46; Efesios 1, 17-23;
Mateo 28, 16-20
¿A dónde nos
quedamos mirando cuando nos sucede algo sorpresivo que de alguna manera
estábamos esperando pero cuya sorpresa no esperamos en este momento? ¿Al cielo?
¿Al suelo? ¿A cuanto nos rodea, ya sea el espacio mismo donde estamos, ya sea
lo que hay en nuestro entorno que hasta nos puede resultar novedoso porque así
andamos por la vida que ni nos fijamos en donde estamos, o a los que están a
nuestro alrededor para que nos den algunas explicaciones? ¿Cuál sería nuestra
reacción?
Así nos
encontramos a los apóstoles y los discípulos más cercanos en las experiencias
de pascua que han ido viviendo, ya fueran las apariciones en el cenáculo, a las
mujeres a las puertas de la sepultura, a los que caminaban Emaús, allá junto al
algo de Tiberíades en aquel amanecer, o ahora en este monte que según el
evangelista que nos lo relata lo sitúa en Galilea o en el propio Jerusalén en
el monte de los Olivos. La misma
reacción siempre de sorpresa con las palabras de Jesús, con los gestos de
Jesús, con la misión que les confía Jesús.
‘¿Qué hacéis
ahí plantados mirando al cielo?’ son las voces de los ángeles que los sacan de su
ensueño. No les dice que no tienen que seguir mirando también al cielo, pero han de tener los pies bien plantados en la tierra. ‘El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros
y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo’. Pero mientras nos ha confiado una misión. Como nos
dice muy claramente el evangelista Mateo hoy: ‘Se me ha dado todo poder en
el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar
todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el final de los tiempos’.
En sus confusiones cuando una sorpresa
llegaba tras de otra todavía preguntaban ‘Señor, ¿es ahora cuando vas a
restaurar el reino a Israel?’ Todavía no se aclaraban sobre lo que
significaba que Jesús era el Mesías; seguían con pensamientos humanos porque no
habían terminado de entender lo que era la liberación que Jesús nos traía. Por eso les dice Jesús que permanezcan aun en
Jerusalén hasta que reciban ‘la fuerza del Espíritu Santo que va a
venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y
Samaría y hasta el confín de la tierra’. Ya les había hablado del Espíritu
de la Verdad que se lo enseñaría todo. Necesitaban esa fuerza del Espíritu y
todo cambiaría en sus corazones y en sus mentes. Luego habían de ser testigos
hasta el confín de la tierra.
Pero nos ha asegurado una cosa que
estaría con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Hemos de
salir, entonces, con el testigo en nuestra mano, hemos de ir como testigos
anunciando esa buena noticia de salvación a todos los hombres, porque no hay
bajo el cielo ni sobre la tierra otro
nombre que pueda salvarnos. Lo experimentamos en nosotros cuando nos
sentimos amados y perdonados, cuando nos sentimos llenos de una nueva paz y de
una alegría que nadie nos podrá arrebatar, cuando nos sentimos transformados y
ponemos en nuestras vidas otros valores y otra manera de actuar, cuando nos
sentimos impulsados a ponernos en camino sin temor a los peligros o a los
rechazos que podamos encontrar, cuando nuestro corazón ha cambiado y comenzamos
a desprendernos de nosotros mismos y nos damos generosamente por los demás.
Estamos siendo unos testigos.
Unos testigos llenos de esperanza, que
seguimos, sí, mirando al cielo porque sabemos que de allí nos viene la gracia,
seguimos mirando al cielo porque continuamente nos mantenemos en esa esperanza
de la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, seguimos mirando al cielo
que es también mirarnos dentro de nosotros mismos para sentir como Dios reina
en nuestros corazones, seguimos mirando al cielo porque de allí nos llega esa
luz para comprender el camino, para no tropezar en las piedras que en él se nos
van a atravesar, para encontrar medios para abrir nuevos caminos de paz y de
convivencia para los que están a nuestro lado, porque nosotros también queremos
hacer ascensión cuando tratamos de superarnos y levantarnos por encima de esos
materialismos que nos quieren envolver, porque sabemos que el Señor está con
nosotros, reina en nuestros corazones y la fuerza de su Espíritu es quien nos
guía y nos sostiene.
Toda una sorpresa este misterio de amor
que nos envuelve en esta fiesta de la Ascensión. ‘Que se nos dé espíritu de
sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón
para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de
gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su
poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza
poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y
sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder,
fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este
mundo, sino en el futuro’. Recordemos y rumiemos en nuestro interior estas
sabias palabras del Apóstol.
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