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sábado, 30 de mayo de 2026

Mostremos la autenticidad de nuestra humanidad que será garantía de que hemos entendido el sentido y el valor del evangelio de Jesús

 


Mostremos la autenticidad de nuestra humanidad que será garantía de que hemos entendido el sentido y el valor del evangelio de Jesús

Judas 17.20b-25; Salmo 62; Marcos 11, 27-33

¿Lo que vale en la vida son los títulos que le den vanidad a la posición en la que queremos presentarnos o la autenticidad de una vida noble capaz de poner humanidad en aquello que hacemos?

A veces nos quedamos encandilados cuando llegamos a un lugar, al despacho de un profesional o a su lugar de trabajo y lo primero que nos encontramos en la pared frente a nosotros todo un conjunto de titulaciones expedidas por las más exitosas universidades por ejemplo, o los galardones o premios recibidos en diferentes competiciones a todos los niveles, o los diplomas logrados en mil congresos o como quieran llamarse a los que se haya asistido. ¿Se nos quiere mostrar ahí y así la calidad profesional de esa persona y su preparación? Parece que eso sería lo que le daría prestigio y calidad a ese profesional o a esa institución a la que pertenece. Pero, ¿realmente eso nos está manifestando la calidad profesional y humana de esas personas o esas instituciones? ¿No serían otros parámetros bien alejados de la vanidad los que tendríamos que tener en cuenta? Y todos podemos caer en esa tentación porque así nos hemos ido construyendo la vida y la sociedad.

Hoy en el evangelio le están pidiendo títulos de autoridad a Jesús para hablar como habla en el templo, o para actuar como ha actuado queriendo que el templo del Señor sea en verdad purificado. No nos consta por ningún lugar que Jesús se hubiera formado en alguna escuela rabínica; por eso quizás no le dan autoridad a sus palabras. No pertenecía a ninguna de aquellas familias influyentes de Jerusalén que tenían mucho poder en sus manos manipuladoras, y por eso le niegan autoridad para hacer lo que hace; para algunos solo es un profeta taumaturgo de Galilea, y ya dirán algunos que ningún profeta ha surgido de esa tierra.

Cuando le hacen esta petición Jesús responde con una pregunta a la que han de responder si son capaces con sinceridad y autenticidad. Y Jesús les habla del bautismo de Juan, algo muy reciente que todos habían vivido. ¿De dónde procedía ese bautismo de Juan? Tenían que definirse aquellos que incluso habían enviado embajadas a Juan para preguntarle también por su autoridad. ¿Sería un profeta? ¿Podría ser acaso el Mesías? ¿Podía considerarse incluso tan grande como aquellos profetas antiguos que todos veneraban?

La respuesta les comprometía. ¿Serían capaces de reconocer el profetismo de Juan Bautista? Entonces, ¿por qué no le creyeron? Ahora podían verse entre la espada y la pared; para el pueblo Juan seguía siendo un gran profeta que además había rubricado con su sangre la autenticidad del mensaje que transmitía.  ¿Con esa misma autenticidad ahora los Maestros de la Ley eran fieles al mensaje que trataban de transmitir? ¿No habría también una manipulación hablando de aquellas cosas que a ellos les mantuvieran en una posición de preponderancia sobre la gente sencilla? ¿Eran los que hacían interpretaciones rigoristas para imponer normas y preceptos, mientras ellos no movían un dedo por aplicárselo a sus propias vidas? Muchas cosas así seguimos encontrándonos en los caminos de la vida.

Porque todo esto tenemos que verlo reflejado en nosotros mismos, en lo que hacemos y decimos, en nuestra manera de interpretar las cosas, en lo que quizás recordamos con agrado de la Palabra de Dios pero al mismo tiempo de tantas cosas de las que no queremos hablar porque vemos reflejadas muchas actitudes y posturas que llevamos en nuestro interior y que también manifestamos con nuestras vanidades. No todas las páginas del evangelio las aplicamos de la misma manera a nuestras vidas. Mira cómo estamos buscando siempre esa rendija por la que nos podamos escapar, por donde nos podemos ver libres de cosas más profundas en las que se pone en juego la autenticidad de nuestra fe.

¿Hasta dónde llega nuestra autenticidad?


viernes, 29 de mayo de 2026

Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

 


Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

1 Pedro 4,7-13; Salmo 95; Marcos 11, 11-26

Dos días de la vida de Jesús, en este caso en su estancia en Jerusalén y sus alrededores que tienen una aparente normalidad pero en donde se van dejando algunas señales de algo nuevo que Jesús quiere para ese mundo nuevo del Reino de Dios que anuncia.

Una mañana o un día de observación a su llegada a la ciudad santa que terminará en una tarde de paz y de descanso al recogerse en Betania. Ya sabemos cuanto significaba Betania para Jesús con aquella familia que le acogía y de qué manera en su hogar. Una búsqueda de frutos en una higuera solo llena de hojas, porque aun parece no es el tiempo de dar fruto pero que nos estará enseñando esa búsqueda de fruto o de crecimiento de nuestra vida que nunca podemos dejar de lado.

Si en el día anterior había estado observando cuanto sucedía en su entorno en el templo y en Jerusalén ahora será el momento de ordenar lo que estaba desordenado, de darle sentido a lo que había caído en una rutina, de rehacer lo que se había embrollado y necesitaba una restauración. Gestos y detalles que no siempre son comprendidos, gestos y detalles que nos tienen que hacer que tengamos una mirada más profunda que será lo que nos llevará a una mayor autenticidad de cuanto hacemos.

Y Jesús nos hablará de la fe que será capaz de mover montañas, y del valor de la oración que cuando es humilde y confiada siempre tendrá la certeza de que va a ser escuchada. Fe y oración que no es solo para un gozo o disfrute personal, que también hemos de saborearlo, sino que nos tiene que hacer estar siempre en una postura de apertura al otro, para aceptar y para comprender, para perdonar y para dar siempre una nueva oportunidad.

Qué importante es esa premisa para una verdadera oración, si no hay esa apertura al otro tampoco lograremos la apertura de nuestro corazón a Dios. Por eso nos dice que ‘cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. ¿No será eso también lo que nos está enseñando cuando nos da como modelo de nuestra oración el padrenuestro?

Sacando consecuencias de lo que nos muestran hoy las palabras del evangelio tenemos que plantearnos cómo en medio de nuestras actividades, por muchas que sean, siempre hemos de sacar ese tiempo para el descanso espiritual. No podemos decir que no tenemos tiempo porque eso significaría que hemos hecho una verdadera valoración del sentido de nuestra vida.

Es necesario ese tiempo de crecimiento interior, ese tiempo en que buscamos, ¿por qué no?, donde tenemos asentadas las raíces de nuestra vida; y para eso necesitamos un sosiego interior para poder mirar con atención, para poder analizar lo que hacemos o los caminos que estamos haciendo, para contemplar de verdad lo que es la realidad no lo que imaginamos o soñamos, para poder trazarnos planes de crecimiento y maduración de nuestra vida. No seremos fecundos por ser solamente una higuera llena de hojas, sino por esos brotes de vida que surgen de nosotros y que van a hacer florecer nuestro mundo como promesa de mejores frutos.

Cuántas veces pasamos por los caminos de la vida y no terminamos de contemplar cuanto en ellos se nos ofrece; vamos a lo nuestro, a nuestras carreras o a nuestros compromisos, a salir del paso o apresurados porque queremos llegar a todo y no podemos. Algunas veces ni nos damos cuenta de las personas que caminan a nuestro lado. Para tener esa mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, hemos de saber tener una mirada interior que será la que dará verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos.

jueves, 28 de mayo de 2026

Ojalá todos seamos capaces de unirnos a la oración sacerdotal de Cristo Sacerdote, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’

 


Ojalá todos seamos capaces de unirnos a la oración sacerdotal de Cristo Sacerdote, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’

Génesis 22, 9-18; Salmo 39; Mateo 26, 36-42

Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, es la oración que se  nos ofrece hoy en el salmo responsorial y que seguramente muchas veces hemos repetido. ¿Lo hemos repetido simplemente porque se nos ofrece en la liturgia? ¿Lo habremos repetido arrancándola desde lo hondo de nuestro corazón en un momento difícil, en un momento de oscuridad, en un momento en que nos habíamos visto envueltos por agobios o por fracasos, por incomprensiones o en medio de soledades en nuestras luchas?

No es una frase fácil de decir, tenemos que reconocer; cuando venimos a Dios en nuestra oración normalmente ya venimos predispuestos a lo que queremos conseguir y parece como si fuera Dios el que tiene que acomodarse a nuestros deseos o peticiones. Pero con esta frase decimos algo muy distinto, no es mi voluntad, no son mis deseos, no es que me salgan las cosas bien, no es que yo quede satisfecho; estoy renunciando a todo eso, porque no es mi voluntad la que tiene que prevalecer sino la voluntad de Dios. ‘Para hacer tu voluntad’.

¿Le fue fácil a Abraham mientras subía al Monte para realizar aquel sacrificio que en su corazón sentía que Dios le estaba pidiendo? Era su hijo, el que tanto había deseado, en quien estaba su descendencia, el hijo de la promesa que Dios en su ancianidad le hacía concedido. Y subían juntos al monte del sacrificio porque para Abraham lo primero era la voluntad de Dios, el querer de Dios.

Es lo que se vislumbra también en el huerto de los Olivos, en Getsemaní. Había sido una entrada solemne y tenebrosa, las tinieblas de la noche todo lo envolvían. Pero Jesús había ido dejando retazos de su corazón en aquella entrada. ‘Sentaos aquí, mientras voy allá a orar’, les había dicho al grupo aunque con El se había llevado a Pedro, Santiago y Juan. ‘Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo’. Había llegado la hora de la ofrenda, de la entrega, sacrificio, del amor más supremo. No era fácil tampoco para Jesús, por eso pedía que pasara de él aquella hora de beber el cáliz. Pero sabía que era el momento supremo. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’. Y la ofrenda se realizó, el sacrificio se consumó, el amor más grande resplandeció. Es la hora en que se manifiesta el Sacerdocio de Cristo.

Jesús no quiere estar solo en ese momento; pide a los suyos que oren con Él, aunque se caen de sueño, aunque la angustia les requemecome el alma, aunque siguen con sus miedos y desconfianzas porque incluso se han llevado una espada ceñida al cinto. Contemplan la intensidad de la oración de Jesús y sus palabras llenas de angustia pero también con la firmeza de la obediencia de la fe, pero siguen atónitos, siguen en sus sueños, siguen en medio de sus sombras.

¿No será así cómo muchas veces nos encontramos nosotros cuando vamos al encuentro del Señor para nuestra oración? ¿Qué es lo que seguimos llevando en nuestras mentes? Nuestras mentes que utilizan muchas veces nuestros rezos para seguir cayendo en esa misma somnolencia. No es solo ya que nos durmamos mientras rezamos, sino que es la somnolencia que acompaña nuestra vida y que le hace perder hondura a nuestra oración, porque seguimos pensando en lo nuestro, seguimos pensando en lo que vamos a obtener, pero no terminamos de abrir nuestro corazón a Dios para ver qué es lo que Dios quiere.

Nuestra oración no nos libera de nuestras luchas, pero sí nos hará atravesar ese campo de batalla de la vida con otra determinación, con otro sentido, con otro valor. No serán las espadas que llevemos al cinto las que nos harán salir vencedores; esas espadas de nuestras seguridades, esas espadas de nuestra verdad, de nuestra prepotencia, de nuestros prestigios, de nuestra autosuficiencia, de nuestros caprichos de nada nos valen si no sabemos renunciar a nuestro yo para buscar solamente lo que es la voluntad de Dios.

Es la oración de Cristo Sacerdote, como hoy celebramos, que cuando la hacemos nuestra es también la oración de nuestro sacerdocio, porque estamos así participando del Sacerdocio de Cristo. Por nuestro bautismo todos somos con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes. Pero en este día queremos recordar a quienes se han unido a Cristo en este sacerdocio ministerial por el Orden Sacerdotal, que imprime en sus almas ese carácter que los hace sacerdotes para siempre. Todo el pueblo cristiano tiene hoy que unirse a esa oración por los Sacerdotes y con su oración se están uniendo a esta oración Sacerdotal de Cristo.

No es fácil esa oración pero dejándonos conducir por el Espíritu de Jesús también seremos capaces de decirla. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.


miércoles, 27 de mayo de 2026

El que quiera ser grande y primero entre vosotros, que sea vuestro servidor, esclavo de todos, el Hijo del hombre ha venido a servir y dar su vida en rescate por muchos

 


El que quiera ser grande y primero entre vosotros, que sea vuestro servidor, esclavo de todos, el Hijo del hombre ha venido a servir y dar su vida en rescate por muchos

1Pedro 1, 18-25; Salmo 147; Marcos 10, 32-45

Yo quiero contemplar este pasaje del evangelio desde la naturalidad con que los discípulos mantenían sus conversaciones con Jesús, donde se iban expresando espontáneamente, exponiendo de forma natural lo que eran sus sueños y sus aspiraciones, aquellos sentimientos que se habían ido creado dentro ellos en esa cercanía con que se manifestaba Jesús y con la que ellos también podían expresarse. Una conversación de amigos, donde no aparecen reproches sino que cada uno se va expresando con libertad y confianza.

Por eso aquellos, como sucede siempre en todos los grupos humanos, que se sentían con una mayor confianza y cercanía, por aquello de que eran parientes, le presentan sus sueños. Queríamos ser de los que estemos más cerca de ti, aquellos en los que tú pongas toda tu confianza para dirigir este grupo y todo lo que vaya surgiendo en el futuro. En ese leguaje y deseos humanos buscaban poder, estar por encima de los demás y ser los que cortaran el bacalao en el futuro.

Y Jesús siempre tiene la salida para todo. ¿Queréis pareceros a mi para ser los que en mi nombre dirijan un día esta nueva comunidad? Pareceros a mí significa estar dispuestos a pasar por el mismo bautismo que yo voy a pasar. En momentos así de entusiasmo y en los que queremos ganarnos las voluntades, estamos dispuestos a todo aunque no sepamos al final sus consecuencias. Pasaréis, sí, por un bautismo como el mío, pero los primeros puestos están reservados, algo más y más exigente pide el Padre.

La conversación ya no está gustando al resto de los discípulos; ellos tienen también sus sueños y nadie se les va a adelantar. Surge ese rumrum por lo bajo. Jesús lo detecta todo. Jesús pone los puntos sobre las íes; hay que aclarar el sentido de esta nueva comunidad. Aquí no podemos ir buscando el poder por el poder, aquí no valen las apariencias y vanidades; aquí no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo.

Creo que esto los cristianos tenemos que escucharlo más, la Iglesia tiene que manifestarlo mejor porque nos estamos pareciendo demasiado a los poderes de este mundo.  Llega el momento en que tenemos que dar un parón, aunque nos duela, aunque se produzcan desgarros en el corazón o entre los miembros de la comunidad, tenemos que bajarnos de pedestales y despojarnos de tantos ropajes que nos confunden. Es difícil, pero tenemos que dejar actuar más al Espíritu en nuestra Iglesia.

Tenemos en verdad que contemplar a Jesús, el que, como hoy mismo no dice, no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Había precisamente comenzado el evangelio diciéndonos que estaban subiendo a Jesús y Jesús va haciendo sus anuncios, anuncios que no siempre son escuchados no comprendidos. Que no era solo lo que les estaba sucediendo a los discípulos en aquel momento, sino que es lo que nos sucede hoy. Nos lo damos por sabido, nos lo damos por repetido y entonces pierde para nosotros el encanto y la sorpresa del evangelio. Es importante escucharlo y saber que es el evangelio de nuestra vida.

¿Estaríamos dispuestos a ese camino de despojo que contemplamos en Jesús? ‘El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos’.

martes, 26 de mayo de 2026

Desde la riqueza del amor de Dios necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos

 


Desde la riqueza del amor de Dios necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos

1 Pedro 1, 10-16; Salmo 97; Marcos 10, 28-31

Retomamos de nuevo el  tiempo ordinario una vez que hemos terminado el tiempo pascual y aunque ayer lunes de Pentecostés tuvimos una celebración muy especial de la Virgen María, sin embargo entraba ya en el ritmo del tiempo Ordenarlo. Hoy ya con los textos propios recomenzamos de nuevo a rumiar la riqueza de la Palabra de Dios que se nos va ofreciendo cada día.

Esa oportunidad que nos ofrece la Palabra de Dios para alimentar nuestro camino de fe, ir renovando nuestra vida dejándonos interrogar en lo hondo del corazón por los diversos temas que se nos van ofreciendo. Hemos de reconocer que es una riqueza inmensa que tenemos a mano y que va construyendo nuestra vida. Interrogantes a nuestra conciencia, nuevos planteamientos que nos van abriendo nuevos horizontes, un camino abierto para hacer juntos, compartiendo toda esa riqueza que nos ofrece la Palabra de Dios.

Quizás nos hace ver las mismas tentaciones a las que nos vemos sometidos, porque en la rutina de cada día no siempre sabemos descubrir la sabiduría para la vida que nos ofrece la Palabra de Dios. Pensamos que son exigencias que nos obligan a dar pasos, y por supuesto hemos de estar atentos a lo que nos sorprende la misma Palabra de Dios. Nos parece quizás que todo son exigencias para nuestra vida y es lo que en ocasiones hace que nos sintamos incómodos con lo que nos pide la Palabra de Dios. Pero ¿habremos pensado en lo que nos ofrece?

Claro que cuando descubrirlos ese riqueza de amor Dios para con nosotros que se nos manifiesta de mil maneras y al mismo tiempo nos sentimos como transportados en la santidad con que Dios se nos manifiesta, necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos, como nos dice hoy san Pedro en su carta. ‘Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: Seréis santos, porque yo soy santo’. Es la consecuencia del amor y de la santidad de Dios.

Pero como de alguna manera hemos dicho ya en nosotros puede estar la queda por lo que hacemos y por lo que nos parece que es poco lo que recibimos. Es el planteamiento que le hace Pedro a Jesús. ‘Pedro se puso a decir a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. Ante esto a veces nos sentimos avergonzados porque nos parece que somos un poco mezquinos. Pero son los pensamientos humanos que surgen espontáneos en nuestro interior. Y Jesús no se hace sordo a aquella petición de Pedro. ‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’.

Las palabras son claras pero a veces parece que no sabemos interpretarlas, por el miedo quizás que llevamos dentro de aparecer interesados. Pero las palabras de Jesús están ahí, y tenemos que mirar nuestra vida, tenemos que mirar lo que tenemos a nuestro alrededor, tenemos que comenzar a hacer esa lista interminable de lo que cada día recibimos del Señor, de esa satisfacción interior que sentimos cuando hacemos el bien, cuando sembramos una buena semilla, esa alegría que llevamos en el corazón por lo que estamos haciendo, de las personas de nuestro entorno que nos quieren y nos aprecian, de los que en nuestras comunidades cantan con nosotros las alabanzas del Señor. ¿No estaremos recibiendo el ciento por uno?

lunes, 25 de mayo de 2026

Nunca nos sobra la súplica de una Madre, por eso a Maria acudimos cuando la proclamamos Madre de la Iglesia, madre de todos los creyentes

 


Nunca nos sobra la súplica de una Madre, por eso a María acudimos cuando la proclamamos Madre de la Iglesia, madre de todos los creyentes

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86; Juan 19, 25-34

Siempre decimos que las palabras de un moribundo son sagradas, que su ultima voluntad se convierte en ley para sus herederos, que sus deseos son regalos para nosotros. Es lo que estamos escuchando hoy en el evangelio.

‘Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego, dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre’. Jesús nos hizo el regalo de su madre. Si en Nazaret escuchamos la respuesta de disponibilidad de María para que en ella se cumplieran las palabras del Ángel enviado del Señor, ahora en la cruz no hacían falta palabras, no hacían falta respuestas porque estaba todo dicho; allí estaba ella la que había ofrecido su corazón de Madre y en el amor también se había ofrecido  en su firmeza al estar al pie de la cruz.

La primero lectura en el relato de la creación del hombre y la mujer se nos dice que ‘Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven’, ahora en el evangelio Jesús se fija en una mujer, su madre, para que fuera madre de todos los creyentes. Es la Nueva Eva de la gracia, así la piropeó el ángel en Nazaret, la agraciada del Señor, la llena de toda gracia. Justo es que en la liturgia cuando ayer con Pentecostés hablábamos del nacimiento de la Iglesia pronto comencemos a recordar a la que es la Madre de la Iglesia. Así la quiso llamar san Pablo VI cuando promulgó la Constitución sobre la Iglesia que dedica un capítulo muy importante a la función de María, la Madre de Dios, como madre de la Iglesia. Y es lo que el Papa Francisco formalizó para que este lunes siguiente a Pentecostés celebremos esta fiesta de María, Madre de la Iglesia.

No divinizamos a María sino que siempre la veremos muy humana en ese don de su maternidad. Nos dice el evangelista que desde aquella hora Juan la recibió en su casa. Pero vamos a escuchar dos palabras de María que podrían seguir expresando esa su maternidad sobre toda la Iglesia. Una palabra que le dirige a Jesús en las bodas de Caná de Galilea, ‘no tienen vino’, y otra palabra que dice a los sirvientes, ‘haced lo que El os diga’.

¿No es la función de Madre que ruega y que intercede por sus hijos? ¿No la hemos visto en las vísperas de Pentecostés reunida con la Iglesia naciente pidiendo la pronta venida del Espíritu? Nunca está de más la súplica e intercesión de una madre.

Algunos nos dicen que por qué rezamos a la Virgen, que dirijamos siempre nuestra oración directamente a Jesús porque El es el único Mediador; ya sé que Jesús nos enseñó a tener confianza en nuestra oración y ser perseverantes en ella, porque Dios siempre nos escucha, pero, como decíamos, no está demás la súplica de una Madre, porque mientras le suplicamos para que interceda por nosotros ella también estará inspirándonos en nuestro corazón esas nuevas actitudes que tenemos que poner en nuestra vida para hacernos agradables ante el Señor. No tenemos vino, el vino del Espíritu que tantas veces se ahoga en nosotros y pedimos a Maria para alcanzar ese vino nuevo de la gracia.

Pero no olvidemos la otra palabra que con tanto amor nos dice a nosotros María, ‘haced lo que El os diga’. Es el recordatorio de María a nuestro corazón. No vamos nunca buscando el hacer nuestra voluntad o capricho, lo importante es la voluntad del Señor. ¿No pedía Jesús en Getsemaní primero que pasara de él aquel cáliz, pero luego reconvertir la oración para decir ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’? Es lo que María nos estará recordando, es la reconversión que tenemos que hacer de nuestra oración para buscar siempre lo que es la voluntad de Dios. María, nuestra madre, nos lo está recordando.

domingo, 24 de mayo de 2026

Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida y también a la renovación de la vida de nuestra Iglesia

 


Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida y también a la renovación de la vida de nuestra Iglesia

Hechos, 2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino es por el Espíritu Santo’. Comienzo mi reflexión hoy con estas palabras del Apóstol que vienen a ser toda una confesión de fe en el Espíritu Santo, y que nos llevan a la más profunda confesión de fe en Jesús. Cuando Jesús preguntaba a los apóstoles sobre lo que pensaba la gente o pensaban ellos mismos del Hijo del Hombre, tras la respuesta que dio Pedro con sus Palabras, Jesús le dice que no lo ha expresado por si mismo sino por la revelación del Padre en su corazón. ¿Seremos en verdad conscientes de ello?

Es la reflexión que tenemos que hacernos en este día de Pentecostés. Fue el cumplimiento de la promesa de Jesús; por eso desde el primer momento de la resurrección vemos cómo se manifiesta esta acción del Espíritu sobre los Apóstoles. Jesús en esa primera aparición como resucitado – vamos a emplear este lenguaje – les saluda con la paz. Dos veces repite ese saludo, pero al mismo tiempo les revela la manifestación del Espíritu para el perdón de los pecados. ¿Es que podría haber esa paz sin esa capacidad del perdón? Es el Espíritu el que va a crear esos lazos de comunión, esos lazos de amor que nos hacen posible que nos comprendamos y nos perdonemos; es el Espíritu el que acerca los corazones para el amor, porque el Espíritu nos llena de Dios; no es una cosa podríamos decir aislada que se va a poner en nuestro corazón sino que es Dios mismo quien nos envuelve e inunda nuestra vida, y Dios es amor.

Cuánto necesitamos, entonces, dejarnos envolver y conducir por el Espíritu en este nuestro tan dividido y enfrentado, donde florecen demasiado la rencillas y los resentimientos, donde somos capaces de mantener el corazón envenenado porque no tenemos la humildad y la valentía de abrirnos al perdón, este mundo tan lleno de violencias y enfrentamientos que hace que por cualquier palabra o cualquier gesto florezcan los espinos del orgullo creando surcos y abismos de distanciamientos o parapetándonos tras los muros del rencor. Qué difícil traspasar esas fronteras que así nos hemos ido creando si no somos capaces de dejar que el Espíritu siembre en nosotros las semillas del amor.

En el mundo de hoy algunas veces nos reconforta el ver aparecer en la sociedad que hay deseos de paz, y se forman movimientos en contra de la guerra y la destrucción que siguen haciendo de las suyas de manos de los poderosos ambiciosos; nunca será la guerra un camino para lograr la paz, porque la violencia nunca engendrará amor; pero también hemos de ser conscientes, y eso nos defrauda enormemente, que en el fondo de quienes reclaman la paz en esas situaciones tan dolorosas que vivimos en el mundo de hoy sin embargo en sus corazones no brilla siempre la paz y muchas veces resplandece más la revancha y la venganza; quien no ha sabido encontrar paz en su corazón difícilmente podrá ser instrumento de paz porque sus corazones van envenenados por el odio. Desgraciadamente lo vemos en tantas manifestaciones que deseamos pacíficas pero que terminan en violencia.

Ojalá esta fiesta de Pentecostés que estamos celebrando, esta fiesta del Espíritu Santo, despierte en nosotros los cristianos esos verdaderos deseos de paz, porque comenzamos a construirla dentro de nosotros mismos. Recibamos el don del Espíritu prometido por Jesús y sintamos cómo se llena de gozo nuestro corazón porque comenzamos a entrever esos nuevos valores y esas nuevas actitudes que nos hacen crecer dentro de nosotros mismos.

Que sintamos la alegría del Espíritu porque comenzamos a amarnos más; que sintamos la alegría del Espíritu que nos hace descubrir esas actitudes nuevas que hemos de tener los unos con los otros; que sintamos la alegría del Espíritu porque nos sentimos más hermanos y somos capaces de entendernos porque esos lenguajes que nos distancian o muchas veces también nos enfrentan los arrancamos de nuestras vidas; que sintamos la alegría del Espíritu porque se crea entre nosotros una nueva comunión en que las distancias geográficas ya no son un obstáculo o un impedimento para amarnos; que sintamos la alegría del Espíritu que nos impulsa a salirnos de nosotros mismos para llevar con arrojo y valentía el anuncio del Evangelio a todo ese mundo que nos rodea y que nos signos de nuestro amor sean capaces de llegar a los más desheredados de nuestra sociedad, pobres y emigrantes, gente que vive en la soledad o bajo el peso de la cruz del sufrimiento.

Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida que contribuya también a la renovación de nuestra Iglesia.