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sábado, 27 de junio de 2026

Sepamos despojarnos de nuestros aires de grandeza para humildes ponernos siempre en actitud de servicio y cercanía

 


Sepamos despojarnos de nuestros aires de grandeza para humildes ponernos siempre en actitud de servicio y cercanía

Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19; Salmo 73; Mateo 8, 5-17

Algunas veces quizás nosotros no sabemos cómo acercarnos a alguien desde nuestros deseos de conocerlo, o desde nuestra necesidad esperando quizás una ayuda, y estaremos atentos a las señales que pueda darnos o que nosotros podamos encontrar de que podemos acercarnos con libertad y confianza; o quizás al revés somos nosotros los que quizás podamos ofrecer algo pero no queremos forzar el que alguien quiera aceptarnos, no queremos herir su susceptibilidad y al mismo tiempo respetar su libertad y lo que hacemos es dejarnos caer, como solemos decir, ponernos a tiro, dar señales de que esas personas pueden con libertad confianza acudir a nosotros.

Podríamos decir que es lo que encontramos en Jesús. Se deja encontrar, se pone a tiro, su presencia y sus gestos están invitándonos a que vayamos a Él porque en Él nunca nos sentiremos defraudados. Son muchos los momentos en que lo contemplamos así a lo largo del evangelio; se hace el encontradizo, se detiene junto a ciego del camino, se fija en quien quizás nadie se ha fijado y pasa desapercibido para muchos, deja incluso que le rompan el techo de la casa con tal de que puedan llegar hasta Él, o va allí donde hay soledad y sufrimiento para ofrecer su palabra, tender su mano o levantarnos de nuestra camilla.

Llega Jesús a Cafarnaún y se deja encontrar por aquel centurión romano que por allí anda con sus angustias porque su criado a quien apreciaba mucho está enfermo. Y ante la petición confiada de aquel hombre quiere ponerse en camino para ir a su casa. ‘Voy a curarle’, le dice. Pero por contra encontraremos la humildad y la grandeza de aquel hombre, no por sus títulos que puedan merecer honores, sino por la forma confiada y humilde de dirigirse a Jesus. ‘No soy digno de que vayas a mi casa…’ comienza diciendo pero para afirmar su certeza de que la Palabra de Jesús es verdadera y será suficiente para que su criado se pueda curar. El sabe de mandos y de órdenes, sabe de cumplimiento de mandatos y de disponibilidad, y Jesús puede hacerlo. ‘Una palabra tuya bastará’.

Hemos hablado de la grandeza que manifiesta este hombre, pero es Jesús mismo quien lo alabará. ‘No he encontrado en Israel una fe tan grande’. ‘Vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán en la mesa del Reino de los cielos’, se comentará en otro lugar. ‘Que te suceda conforme has creído’, el poder y la grandeza de la fe.

Pero en el resto del evangelio de hoy seguiremos contemplando a Jesus que allí a donde llega o por donde pasa todo se va llenando de vida. Será la suegra de Simón a quien Jesus levanta de la cama y pronto ella se pondrá a servirles, pero serán las multitudes que se agolpan a su puerta buscando esa sanación de sus enfermedades y sobre todo la salud y salvación para sus vidas. El evangelista recordará lo anunciado por el profeta Isaías, Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades’.

Nos queda preguntarnos si nosotros nos ponemos a tiro de ese encuentro con el Señor que nos sana y nos llena de vida; pero al mismo tiempo tenemos que plantearnos cómo nosotros vamos a saber acercarnos allí donde hay dolor y sufrimiento también para regalar vida. Hemos de levantarnos también y ponernos en actitud de servicio que lo podemos reflejar de muchas maneras. ¿Seremos en verdad cercanos los unos con los otros? ¿Seré capaz de despojarme de esos aires de autosuficiencia para ponerme al lado de los que más sufren?


sábado, 30 de mayo de 2026

Mostremos la autenticidad de nuestra humanidad que será garantía de que hemos entendido el sentido y el valor del evangelio de Jesús

 


Mostremos la autenticidad de nuestra humanidad que será garantía de que hemos entendido el sentido y el valor del evangelio de Jesús

Judas 17.20b-25; Salmo 62; Marcos 11, 27-33

¿Lo que vale en la vida son los títulos que le den vanidad a la posición en la que queremos presentarnos o la autenticidad de una vida noble capaz de poner humanidad en aquello que hacemos?

A veces nos quedamos encandilados cuando llegamos a un lugar, al despacho de un profesional o a su lugar de trabajo y lo primero que nos encontramos en la pared frente a nosotros todo un conjunto de titulaciones expedidas por las más exitosas universidades por ejemplo, o los galardones o premios recibidos en diferentes competiciones a todos los niveles, o los diplomas logrados en mil congresos o como quieran llamarse a los que se haya asistido. ¿Se nos quiere mostrar ahí y así la calidad profesional de esa persona y su preparación? Parece que eso sería lo que le daría prestigio y calidad a ese profesional o a esa institución a la que pertenece. Pero, ¿realmente eso nos está manifestando la calidad profesional y humana de esas personas o esas instituciones? ¿No serían otros parámetros bien alejados de la vanidad los que tendríamos que tener en cuenta? Y todos podemos caer en esa tentación porque así nos hemos ido construyendo la vida y la sociedad.

Hoy en el evangelio le están pidiendo títulos de autoridad a Jesús para hablar como habla en el templo, o para actuar como ha actuado queriendo que el templo del Señor sea en verdad purificado. No nos consta por ningún lugar que Jesús se hubiera formado en alguna escuela rabínica; por eso quizás no le dan autoridad a sus palabras. No pertenecía a ninguna de aquellas familias influyentes de Jerusalén que tenían mucho poder en sus manos manipuladoras, y por eso le niegan autoridad para hacer lo que hace; para algunos solo es un profeta taumaturgo de Galilea, y ya dirán algunos que ningún profeta ha surgido de esa tierra.

Cuando le hacen esta petición Jesús responde con una pregunta a la que han de responder si son capaces con sinceridad y autenticidad. Y Jesús les habla del bautismo de Juan, algo muy reciente que todos habían vivido. ¿De dónde procedía ese bautismo de Juan? Tenían que definirse aquellos que incluso habían enviado embajadas a Juan para preguntarle también por su autoridad. ¿Sería un profeta? ¿Podría ser acaso el Mesías? ¿Podía considerarse incluso tan grande como aquellos profetas antiguos que todos veneraban?

La respuesta les comprometía. ¿Serían capaces de reconocer el profetismo de Juan Bautista? Entonces, ¿por qué no le creyeron? Ahora podían verse entre la espada y la pared; para el pueblo Juan seguía siendo un gran profeta que además había rubricado con su sangre la autenticidad del mensaje que transmitía.  ¿Con esa misma autenticidad ahora los Maestros de la Ley eran fieles al mensaje que trataban de transmitir? ¿No habría también una manipulación hablando de aquellas cosas que a ellos les mantuvieran en una posición de preponderancia sobre la gente sencilla? ¿Eran los que hacían interpretaciones rigoristas para imponer normas y preceptos, mientras ellos no movían un dedo por aplicárselo a sus propias vidas? Muchas cosas así seguimos encontrándonos en los caminos de la vida.

Porque todo esto tenemos que verlo reflejado en nosotros mismos, en lo que hacemos y decimos, en nuestra manera de interpretar las cosas, en lo que quizás recordamos con agrado de la Palabra de Dios pero al mismo tiempo de tantas cosas de las que no queremos hablar porque vemos reflejadas muchas actitudes y posturas que llevamos en nuestro interior y que también manifestamos con nuestras vanidades. No todas las páginas del evangelio las aplicamos de la misma manera a nuestras vidas. Mira cómo estamos buscando siempre esa rendija por la que nos podamos escapar, por donde nos podemos ver libres de cosas más profundas en las que se pone en juego la autenticidad de nuestra fe.

¿Hasta dónde llega nuestra autenticidad?


viernes, 24 de enero de 2025

Nos sentimos agradecidos y emocionados con el amor que el Señor nos tiene que sigue confiando en nosotros, impulsados a buscar nuevas metas de superación

 


Nos sentimos agradecidos y emocionados con el amor que el Señor nos tiene que sigue confiando en nosotros, impulsados a buscar nuevas metas de superación

Hebreos 8,6-13; Salmo 84; Marcos 3,13-19

Nosotros escogemos a nuestros amigos; conoceremos a muchos pero tener la consideración de amigos solo serán algunos; ¿qué les pedimos o qué les ofrecemos? Fundamentalmente la lealtad de la amistad con todas las características que les acompañan, normalmente teniendo en cuenta su sinceridad y sus valores humanos; habrá quienes sean interesados en otras cosas, poder, influencia, prestigios sociales, pero ahí no vamos realmente buscando la amistad; no nos importa quienes son en ese sentido sino como se muestran con nosotros para poder confiar. Con los amigos se van a compartir muchas cosas, todo lo que encierra la amistad.

De la misma manera podríamos decir cuando buscamos colaboradores para algo que vamos a emprender; no lo hacemos a la ligera y tendremos nuestros criterios propios; partiríamos de esa lealtad de la amistad y de ser personas con inquietud, aunque en la vida no hayan destacado por muchas cosas, pero buscamos lo que hay en lo más hondo de ellos mismos y que sabemos que pueden sacarlo a todo para emprender lo que le confiemos; muchas veces desde lo pequeño y lo que nos parece menos relumbrante quizás encontramos esas personas ideales en las que podemos confiar.

En torno a Jesús se había ido formando ya un grupo de personas que le seguían más de cerca, que compartían lealmente con Jesús muchas cosas, porque quizás a muchas cosas habían sido capaces de renunciar para escuchar a Jesús y estar al lado de Jesús. Llega el momento de ir formando aquel grupo que iba a ser como imagen de esa nueva comunidad que se iba a formar a partir de Jesús. Es lo que hoy contemplamos en el evangelio.

Algún evangelista nos dirá que se pasó la noche en oración; eran decisiones serias que no se podían tomar sin una previa reflexión; por eso le vemos que aquel día con sencillez, pero con la solemnidad que conllevaba aquel momento fue llamando uno a uno a los doce que iba a tener con El y a los que iba a llamar sus enviados, apóstoles. El evangelista nos da la relación. Les hemos visto en distintos momentos cuando Jesús los ha llamado a seguirle, cuando se han ido con él dejándolo todo, procedentes en cierto modo de diversos ambientes, pero muy cercanos a Jesús pues algunos incluso serán parientes. ‘Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él’.

Y ya vemos desde el primer momento que se confía en ellos porque les da autoridad para lo que han de realizar. Ellos han de ser signos de ese Reino de Dios que se estaba constituyendo y habían de realizar también esas señales de que el Reino de Dios estaba llegando. Por eso nos dice el evangelista que ‘instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios’.

Comienza a plasmarse lo que era el Reino de Dios que Jesús venía anunciando. Había invitado a la conversión para creer en esa buena noticia y aquellos doce habían dado señales de que estaban en ese camino, a pesar de sus debilidades, a pesar de que haya momentos en que no terminen de entender lo que Jesús les enseñe, a pesar de sus ambiciones humanas que seguían latentes en sus corazones y de las que tendrían que irse poco a poco desprendiendo. Eran los que estaban con Jesús y los enviados de Jesús.

Con cierta emoción escuchamos nosotros este relato del evangelio porque estamos viendo que Jesús nos llama también a ser sus amigos, a que demos esas señales del Reino de Dios en nuestra vida y entonces seamos capaces también de desprendernos de esas cosas que quedan en nosotros como rémoras que nos impiden caminar libremente.

Nos sentimos agradecidos y emocionados con el amor que el Señor nos tiene que así sigue confiando en nosotros, conociendo como conocemos nuestras debilidades y tropiezos, pero al tiempo nos sentimos impulsados a caminar, a levantarnos, a mirar a lo alto, a buscar nuevas metas de superación en nuestra vida. Gracias, Señor, por seguir confiando en nosotros y seguir llamándonos amigos.

domingo, 14 de julio de 2024

Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje, los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia del Reino de Dios que tenemos que proclamar

 


Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje, los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia del Reino de Dios que tenemos que proclamar

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13

Nos confían un trabajo o una tarea y enseguida nos hacemos nuestras planificaciones y nuestros presupuestos; necesitamos esto, lo otro y lo de más allá… pronto vamos a ver con qué contamos, qué es lo que vamos a necesitar para sacar esa obra adelante. No digo que no tengamos que hacerlo en nuestras tareas humanas, en el desempeño de nuestras responsabilidades, pero ¿habría que contar solo con esto o con otras cosas?

Lo mismo podemos decir de un viaje que vamos a emprender; siempre pagamos la novatada en los primeros viajes, nos cargamos de multitud de cosas por lo que pueda suceder, decimos, por los imprevistos que puedan surgir, y llevamos la maleta a reventar de cosas que volverán sin que las hubiéramos tocado y con la incomodidad del peso que hemos ido arrastrando.

Hoy Jesús nos sorprende y bien que tenemos que aprender de esa sorpresa. Ha escogido de entre los discípulos a los apóstoles que va a enviar con su misma misión y autoridad. Han de ponerse en camino para anunciar el Reino de Dios, como había hecho Jesus desde el comienzo de su actividad pública y apostólica.

El también había ido itinerante de pueblo en pueblo anunciando la buena noticia de la llegada del Reino de Dios. Es el envío que ahora realiza en aquellos a los que llama apóstoles. ¿Y qué van a necesitar? Solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas buenas sandalias, pero nada de suministros, nada de repuestos, nada en el bolsillo que dé seguridades. Han de ponerse en camino con la confianza de que su fuerza estará en la Palabra que pronuncien, el mismo anuncio que están haciendo.

¿No nos tendría que hacer pensar mucho estas recomendaciones de Jesús a los cristianos que nos sentimos también enviados con la misma misión de Jesús? Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje. Cuidado que los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia que tenemos que proclamar. Con tanto que nos preocupamos de los recursos y de los preparativos no va a llegar a tiempo la Buena Noticia que tenemos que anunciar.

Jesús pone en camino a aquellos discípulos que envía para que con su presencia sean en verdad signos de ese Reino de Dios que anuncian; es anunciar que solo Dios es el Señor, el Rey de nuestras vidas pero lo rodeamos de tantas cosas que pareciera que esas cosas son verdad los señores de nuestra vida. La presencia de los enviados tiene que convertirse en señales y signos de amor; van a acercarse allí donde está el sufrimiento, allí donde se ha perdido la esperanza, allí donde ha reinado la insolidaridad y el desamor para poner señales de vida, para despertar al amor.

Es lo que tenemos que ir curando, es lo que en verdad tenemos que ir transformando nuestro mundo. ¿Irán floreciendo en verdad en torno a donde haya unos cristianos las flores de la solidaridad y del amor? ¿Habrá más corazones sanos porque con nuestra presencia hemos ido contagiando de vida a nuestro mundo enfermo?

Es la autoridad con la que van los discípulos de Jesus, mientras nosotros tantas veces nos preocupamos de organizar muchas cosas, pero no terminamos de ser esos signos de amor. No terminamos de despertar esperanzas en este mundo tan lleno de amarguras y de sufrimientos. Es nuestra tarea, es la misión que Jesus nos ha confiado, es la siembra de evangelio que tenemos que ir haciendo. Nuestras palabras, nuestros gestos, nuestra presencia tienen que ser en verdad unos rayos de luz para nuestro mundo.

No es tarea fácil, no siempre seremos bien recibidos, pretenderán desprestigiarnos de mil maneras, podemos tener la tentación de sentirnos fracasados porque no logramos realizar lo que Jesus nos ha confiado, hay el peligro de que nuestro corazón se llene de amargura por la desconfianza que encontramos cuando estamos intentando hacer las cosas de la mejor manera posible.

Hay una cosa que nos puede pasar desapercibida en este texto del evangelio. Nos dice Jesus que cuando tengamos que marcharnos de un lugar porque no nos reciben, a la salida nos sacudamos el polvo de nuestros pies. Muchas veces lo hemos interpretado como un echarles en cara a los que no nos ha recibido, lo que han hecho. Pero quiero verlo de otra manera distinta. Nos sacudimos el polvo de nuestros pies, porque no podemos dejar que quede sobre nuestros corazones la amargura y el resentimiento. Son esos lodos los que tenemos que quitar de nuestros pies para poder seguir caminando livianos para ir a hacer el anuncio en otro lugar.

Con el bastón en la mano, con las sandalias limpias de desánimos y desconfianzas tenemos que seguir caminando, porque la semilla tenemos que seguirla sembrando, porque el resplandor de la paz no puede faltar de nuestros rostros, porque tenemos que seguir siendo signos de ese reino que anunciamos con nuestro desprendimiento, con nuestro amor, con nuestra comprensión y nuestro perdón.


miércoles, 10 de julio de 2024

Parece que predicamos muchos pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio

 


Parece que predicamos muchos pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

¿Qué significa tener poder? La pregunta podría tener diferentes y variadas respuestas según lo que sean las apetencias y los deseos de cada uno. Queremos ser poderosos, no lo ocultemos – bueno algunos no lo ocultan sino que de muchas maneras manifiestan sus deseos de poder – pero para algunos sentirse poderoso será poder disponer de todo lo que apetece, no carecer de nada, y mostrar así su grandeza delante de los demás; tener poder puede significar tener autoridad, lo que significa mandar, disponer no ya sólo de cosas sino incluso de la vida o de la manera de vida de los demás, porque desde mi poder haré y manipularé lo que sea necesario para que se haga lo que yo quiera y como yo lo quiero; poder entonces puede ser dominio que exige sumisión en los demás porque yo soy el que mando y el que digo como tienen que ser las cosas… así podríamos seguir desgranando esas muchas maneras con las que yo me manifestaría poderoso, por encima de los demás, en actitud y postura de dominio.

¿Será ese nuestro estilo y lo que tiene que ser el sentido de nuestra vida? Ya les dirá Jesús en algún momento en que los discípulos andan discutiendo por detrás de Jesús quién será más poderoso, quien va a ocupar los puestos de dominio, que entre ellos no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo. Es un camino distinto por el que debemos transitar.

Hoy el evangelio nos habla sin embargo de que Jesús dio poder y autoridad a aquellos que había escogido como apóstoles. ¿Cuál es el sentido de ese poder y de esa autoridad? No les dice jesus que les da poder para que vayan mandando sobre los demás, sino para que puedan ir liberando de todo lo que signifique mal entre aquellos a los que Jesús envía a anunciar la buena noticia del Reino de Dios. No nos confundamos con las palabras.

Claramente nos trasmite el evangelio lo que fueron las palabras y la intención de Jesús.  ‘Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia…’ Expulsar los espíritus inmundos y curar todo lo que signifique sufrimiento. No es dominio, no es estar en primer lugar, no es mostrar grandezas a la manera de los poderosos de este mundo que se rodean de personas que les sirvan, es arremangarse para ponerse a curar y a sanar. No es vestirse ropas lujosas que manifiesten poder y grandeza, sino quitarse el manto y ceñirse bien ceñido para coger una jofaina y ponerse a lavar los pies a los demás, como lo hizo en la cena pascual, donde incluso dirá que lo llaman Maestro y Señor y en verdad lo es. ¿Cómo? En el ejemplo del servicio.

No sé, aquí me quedo pensando en mi vida, en mis actitudes y en mis posturas, en mi manera de hacer las cosas y de trabajar con los demás. ¿Estaré yo ciñéndome bien para estar disponible para el trabajo y para el servicio? Incluso cuando voy haciendo el bien muchas veces llevamos dentro de nosotros esos pensamientos y sueños por los que me siento grande porque quizás estoy haciendo cosas buenas.

Me quedo pensando en muchos tramos de mi vida en las que quizás he perdido el tiempo porque ese orgullo que llevamos dentro ha echado a perder muchas cosas buenas que aparentemente estaba haciendo pero que las malograba desde mi interior por mis orgullos y mis sueños.

Me quedo pensando en la Iglesia ¿qué imagen estaremos dando? ¿No habrá demasiados oropeles, no habrá demasiadas vestimentas lujosas, no habrá demasiados signos de grandeza y de poder en lugar de ceñirnos bien para ir a lavar los pies a la humanidad sufriente que nos rodea y que no sea solo por apariencia y espectáculo? Parece que predicamos mucho pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio. Tendríamos que leer muchas veces más este texto que hoy se nos ofrece.


martes, 9 de enero de 2024

Tendríamos que preguntarnos cual es la autoridad de la Iglesia y los creyentes cuando nos presentamos ante el mundo de hoy

 


Tendríamos que preguntarnos cual es la autoridad de la Iglesia y los creyentes cuando nos presentamos ante el mundo de hoy

1Samuel 1, 9-20; Sal.: 1 Sam 2, 1-8;  Marcos 1, 21-28

Supongamos un profesor que es un gran intelectual, tiene un currículo maravilloso por los estudios que ha realizado y por los conocimientos que tiene pero cuando dicta una conferencia o da una clase es la persona más aburrida del mundo, la gente no le entiende, la gente se deja dormir escuchándole o terminan marchándose del lugar donde él quiera estar enseñando, no lo logra.

Mientras podemos pensar en otro profesor que es muy ameno, tiene muchos recursos a la hora de hablar, la gente lo pasa entretenida cuando lo escucha, pero quizás al final sus enseñanzas se quedan en las anécdotas que nos contado, los trucos - vamos a llamarlos así – pedagógicos que empleado, pero al final la gente se queda sin saber qué es lo que realmente les ha venido a decir, aunque no le negamos sus conocimientos ni inteligencia.

Pero podemos pensar en alguien más, que quizás no emplea muchas palabras a la hora de enseñar, aunque por supuesto siempre tiene un mensaje que transmitir, pero que junto a lo que enseña lo va realizando en la vida, porque no se queda su enseñanza ni en bonitas ni en profundas palabras, sino que sencillamente hace y en consecuencia convence, llega al corazón de las personas porque no son promesas sino realidades que se manifiestan en multitud de signos en lo que va realizando. Aquí sí que se manifiesta la autoridad del que enseña, porque lo hace con sus obras, con lo que va realizando que sí va llegando a la vida y al corazón de las personas.

Jesús, es cierto, es la verdad de Dios, nos muestra toda la Sabiduría de Dios, pero a Jesús lo vamos a contemplar a lo largo del Evangelio como el que se hace vida para nosotros porque en verdad va a llegar a nuestra vida para transformarnos. Jesús no es solamente el que nos señala caminos, sino que El mismo es el Camino, porque no tenemos que hacer otra cosa que seguir sus pasos, o más aun realizar lo que El realizó con sus pasos. A Jesús lo contemplamos con verdadera autoridad, como manifiestan hoy en el evangelio los que lo escuchan y los que lo contemplan.

‘Este enseñar es nuevo’, vienen a decir las gentes, lo hace con autoridad. Había recogido Jesús en la Sinagoga de Nazaret, como lo escuchamos en el evangelio de Lucas, que venia a dar libertad a los oprimidos, la vista a los ciegos, a ser buena noticia para los pobres que así serían evangelizados. Es lo que le vemos realizar hoy. Está en la Sinagoga adonde ha ido a enseñar, tras la proclamación de la Palabra de Dios. Su anuncio es la llegada del Reino de Dios, pero nos va a mostrar que esa llegada es real porque las señales anunciadas allí se van a ver realizadas.

Había un hombre poseído por un espíritu inmundo, que incluso se rebela contra Jesús al que de alguna manera no quiere ni dejar hablar. Pero ‘Jesús lo increpó: ¡Cállate y sal de él! El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él’. Aquello anunciado por los profetas allí se estaba realizando. Lo que Jesús anunciaba, la llegada del Reino de Dios, allí se estaba haciendo presente. En verdad Dios es el único Señor de la vida y del hombre, nos viene a decir Jesús con el signo que realiza cuando cura a aquel hombre, cuando lo libera del espíritu maligno.

Es la liberación profunda que Jesús quiere que se realice en la persona, en nosotros, en nuestro corazón. No son ya solamente las enfermedades de las que quiere curar, las cegueras que quiere quitar de nuestros ojos, o poner en movimiento nuestros miembros paralizados. Es que eso quiere realizarlo en nuestra vida, es lo que va a realizar en nuestra vida.

‘¿Qué es esto?’, se pregunta la gente. ‘Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen. Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’.

¿Serán esos también los signos que nosotros damos desde la fe que tenemos en Jesús en medio del mundo? ¿Son estas las señales del Reino de Dios que la Iglesia manifiesta hoy a cuantos nos rodean? Son preguntas que nos tenemos que hacer, pero son preguntas que nos comprometen. ¿No nos estaremos quedando en enseñanzas muy bonitas, en doctrinas muy sublimes, en ortodoxias muy cuidadas para no caer en el error,  pero en pocas realidades concretas de hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo de hoy?

martes, 30 de agosto de 2022

Dejemos actuar a Jesús, dejémonos liberar por El y podremos asombrarnos del poder y de la autoridad de su Palabra en mi vida, verdadero evangelio para nosotros

 


Dejemos actuar a Jesús, dejémonos liberar por El y podremos asombrarnos del poder y de la autoridad de su Palabra en mi vida, verdadero evangelio para nosotros

1Corintios 2, 10b-16; Sal 144; Lucas 4, 31-37

En un mundo en que escuchamos muchas palabras, disfrutamos cuando escuchamos a alguien que habla bien. Me explico, no se trata de quien habla correctamente usando las palabras y el lenguaje de manera bella – lo que es también un encanto frente a tantas perversiones del lenguaje -, sino queremos referirnos a quien habla certeramente, al que es auténtico y creíble en sus palabras, al que habla con ideas y pensamientos que convencen y que elevan el espíritu, lo que trata de transmitirnos por supuesto es algo recto y bueno, sino que además nos ilusiona con su verdad y con los planteamientos que nos hace.

Escuchamos demasiadas palabras falaces, mucha  palabrería, cantos de sirena que tratan de engañarnos presentándonos su verdad como verdad única, cuando descubrimos cuánto de partidismo y también de falsedad hay detrás de esas palabras, cómo detrás de palabras bonitas hay mucho de engaño y de mentira porque realmente no lo vemos reflejado en sus vidas.

Hoy nos ha dicho el evangelio que la gente estaba encantada con Jesús, se admiraban de las palabras que hablaba, y lo que más les convencía es que lo hacía con autoridad. Estaban cansados quizás de escuchar las mismas cosas a los maestros de la ley y que lo que les enseñaban no les llenaban el espíritu. Cuando escuchan a Jesús se entusiasmaban, sus corazones se llenaban de esperanza, y veían signos y señales del cumplimiento de lo que les anunciaba cuando les hablaba del Reino de Dios. Eran los signos y señales que realizaba.

‘Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad’, nos comenta el evangelista. Y cuando cura a aquel hombre poseído por el espíritu del mal que estaba allí en medio de ellos en la sinagoga, su asombro llegaba al máximo. ‘Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: ¿Qué clase de palabra es ésta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen. Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca’.

En verdad era una buena noticia lo que estaban escuchando, evangelio. Así se había presentado Jesús como esa buena noticia, como ese evangelio de vida para todos cuando anunciaba el Reino de Dios. ¿Será así cómo nosotros lo escuchamos?

Se suele decir que no hay noticia más vieja que la de ayer. Ya dejó de ser noticia. Lo que es noticia implica novedad, inmediatez; es lo que nos llega hoy, es lo que nos llega ahora y de alguna manera nos sorprende. Vamos a escuchar los noticieros en la radio o en la televisión para escuchar las últimas noticias, acudimos al periódico para leer cuales son las últimas noticias; algunas veces no nos valen las cosas impresas, porque ha tenido que pasar un tiempo en la impresión y ya han llegado posteriormente otras nuevas noticias; hoy con los modernos medios de comunicación, con Internet estamos al tanto y al minuto de lo que sucede en cualquier parte del mundo.

Pero nosotros decimos que el evangelio es buena noticia. Alguien podría pensar fue noticia en otro tiempo o en otro lugar, y ya nos puede parecer viejo, ya nos puede parecer que no es noticia. Qué equivocados estamos, el evangelio sigue siendo esa buena noticia que hoy y ahora llega de parte de Dios a nuestra vida. No lo vamos a escuchar como un relato de otro tiempo o de otro momento, sino que tenemos que descubrir ahí lo que aquí y ahora el Señor quiere decirnos; dejarnos sorprender por el evangelio, dejarnos sorprender por esa Palabra de Dios que es una Palabra viva y que ahora nos llena de vida.

En ese relato del evangelio tenemos que ver el actuar de Dios ahora en mi vida y en mi mundo, y que quizás tiene que realizarse a través de mí. Esa es la maravilla. Nos ha hablado hoy de la Palabra y enseñanza de Jesús pero también de los signos de liberación que hacía; nos está hablando ahora Jesús de esos signos de liberación que sigue haciendo en mi vida, si dejo que Dios actúe en mí; aquel hombre de la sinagoga en principio parecía que rechazaba a Jesús, pero cuando Jesús actuó en él con toda su autoridad, la vida de aquel hombre cambió.

Es lo que tiene que suceder ahora en mí. También hay un mal en nuestro corazón que nos domina, y del que Jesús quiere liberarnos. Dejemos actuar a Jesús, dejémonos liberar por Jesús y podremos asombrarnos del poder y de la autoridad de Jesús en mi vida. Ojalá terminemos esta reflexión como aquellas gentes del evangelio, alabando a Jesús porque le hemos visto actuar en nosotros. La Palabra de Jesús no es una palabra falaz sino una Palabra llena de verdad y de vida.

martes, 31 de agosto de 2021

Dejemos que el Señor llegue a nosotros y su Palabra nos transforme y nos libere, que su Espíritu nos inunde con una nueva vida resplandeciente de amor y de espíritu de servicio

 


Dejemos que el Señor llegue a nosotros y su Palabra nos transforme y nos libere, que su Espíritu nos inunde con una nueva vida resplandeciente de amor y de espíritu de servicio

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lucas 4, 31-37

Va a saber este quien manda aquí. Lo habremos escuchado o lo habremos palpado en algunos que se creen con autoridad; una autoridad que parece en ocasiones que se guía por el capricho, por el autoritarismo, en plan de dominio y exigencia, poniéndose en un pedestal; tener autoridad para algunos es creerse superior y con el dominio de todo, hacer uso de ella en su propio beneficio, imponer sus ideas o su manera de hacer las cosas. Por supuesto esta descripción le repugnará a muchos, porque por supuesto entendemos que no todos lo viven así, pero si hemos de reconocer que es en cierto modo el estilo de la vida.

Hago esta referencia a la autoridad como una contraposición para comenzar la reflexión del evangelio, porque en él se nos dice hoy que las gentes reconocen en Jesús su autoridad. ‘Este modo de hablar es distinto’, dicen cuando le escuchan y cuando ven las obras que realiza. Y es que la palabra y la presencia de Jesús despertaban vida, despertaba esperanza; era una palabra y una presencia liberadora.

La presencia de Jesús es la del que se hace sencillo para saber hacerse el ultimo y el servidor de todos; la presencia de Jesús es cercanía para levantar y para liberar; la presencia de Jesús es paño de lágrimas, pero su consuelo no es una compasión paternalista, sino que siempre su presencia y su palabra estimula a algo nuevo, despierta esperanza, nos abre los ojos para tener una nueva visión y ver que las cosas pueden ser de otra manera.

Es cierto que todos no entenderán así la presencia de Jesús y de alguna manera es como un estorbo a su manipulación y a su dominio. Jesús viene a liberar, a despertar a la persona para otra perspectiva de vida. Vemos cuando Jesús llega hoy a la sinagoga de Cafarnaún mientras muchos le escuchan complacidos habrá también quien poseído por el espíritu del mal le rechaza. Nos habla el evangelio de endemoniados o poseídos por el maligno, pero en ello tenemos que saber ver también a quienes se aferran al mal y no quieren desprenderse de él y entonces la presencia de Jesús será un estorbo, porque Jesús quiere a la persona liberada de todo mal. Y así se manifiesta la autoridad de Jesús.

Nos habla el evangelio en este episodio de cómo Jesús liberó a aquel hombre poseído por el espíritu del maligno. El poseído por el mal opone resistencia, porque vemos cómo lo retuerce y lo tira por tierra. Fue la autoridad de la Palabra de Jesús la que le hizo llegar la salvación, una palabra que salva y que libera, una Palabra que llena de gracia y llena de vida, una palabra que nos pone en camino de una vida nueva en que ya no queramos ser nunca más esclavos del mal y del pecado.

Pero mirémonos a nosotros mismos. No nos contentamos con quedarnos contemplando ese episodio del evangelio como si con nosotros no fuera. Cuando escuchamos el evangelio nos ponemos en su lugar. También hay dentro de nosotros muchas cosas que nos atan y que nos esclavizan, muchas ambiciones que nos obnubilan y que en el deseo de alcanzar aquellas cosas a las que aspiramos muchas veces también vamos arrasando a nuestro paso a todo el que nos encontremos. Pensemos en esas actitudes de orgullo y de soberbia que tantas veces nos dominan y con las que queremos también violentamente dominar a los otros.

Cuánto nos cuesta reconocerlo, cuánto nos cuesta ser humildes, cuántas disculpas nos buscamos para justificarnos en nuestras actitudes y en nuestras posturas y hasta en el trato que tenemos con los demás. Es como si hubiera un rechazo desde nuestro interior no queriendo despojarnos de esas actitudes violentas y orgullosas. Como nos cuenta hoy el evangelio en aquel episodio de la sinagoga de Cafarnaún.

Dejemos que el Señor llegue a nuestra vida, que su Palabra nos transforme y nos libere, que su Espíritu nos inunde para que tengamos nueva vida resplandeciente de amor y de espíritu de servicio.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Una mejor relación de amor con Dios es camino también para unas relaciones más humanas entre los diversos estamentos de la sociedad



Una mejor relación de amor con Dios es camino también para unas relaciones más humanas entre los diversos estamentos de la sociedad

1Corintios 4, 6b-15; Sal 144; Lucas 6, 1-5

Ha habido épocas, y quizás no tan lejanas en el tiempo, en que las relaciones entre unos y otros, incluso hasta en el ámbito de la familia, estaban excesivamente basadas en el temor. Se hablaba de respeto, pero realmente se creaba una confusión muy grande en la mente y en los sentimientos de las personas que el respeto se confundía con el temor.

No era raro que los hijos más que respetaran, desde un respeto en el amor, lo que tenían era un cierto temor a los padres; pero eso sucedía en todo cuanto significara autoridad, que muchas veces se manifestaba y se imponía desde la fuerza; y no hablamos solamente desde regímenes dictatoriales, sino que si nos fijamos bien aún quedan resabios de esos estilos en muchos que ostentan la autoridad y que tratan de imponer por la fuerza sus ideas o su manera de concebir la sociedad; no siempre es una oferta sino que muchas veces se convierte en una imposición.

¿Hijos de otros tiempos? Algunas veces lo queremos justificar desde esos baremos. ¿Estilos de vivir y de conformar la sociedad donde aún no se habían desarrollado debidamente las libertades de las personas?  Pero aún con la libertad que decimos que hemos conquistado sin embargo sigue habiendo temores y miedos ante los que se manifiestan como poderosos. ¿Falta de un progreso cultural? Todo es posible, pero también se nos quieren imponer nuevas culturas que no son siempre un auténtico desarrollo de la persona y en lo que todos no están totalmente de acuerdo o con deseo de que sea así.

Esos estilos y esas maneras pesaban en todos los aspectos de la vida, de nuestras relaciones de los unos con los otros y ¿por qué no decirlo?, también en nuestra relación con Dios. Demasiado se nos inculcó quizá una religión desde el temor. Siempre ante el misterio de lo desconocido nos sentimos como con temor porque no sabemos qué hay detrás de ese velo que cubre ese misterio. Y ante la inmensidad y el poder de Dios de alguna casi como de forma espontánea surgía también el temor en nuestra relación con la divinidad. En cierto modo las cosas extraordinarias nos asustan y crean temores en el corazón. Desde una religiosidad natural se veía incluso en esos hechos extraordinarios de la naturaleza una como imagen de lo sobrenatural que podía crear esos temores en el corazón humano.

Sin embargo el Dios que se nos revela no es un Dios para el temor, sino para el amor. Una lectura atenta de todo lo que llamamos la historia de la salvación nos hace descubrir un camino de amor por el que Dios se preocupa por el hombre y para él quiere lo mejor manifestando así incluso su poder. Decimos con demasiada facilidad que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios del temor porque, repito, no siempre hemos sabido hacer una buena lectura de toda esa historia de la salvación.

Pero tenemos que reconocer que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios que se nos reveló en Jesús, rostro del amor y de la misericordia de Dios, al que nos enseña Jesús que llamemos Padre. Y lo que Jesús nos va proponiendo en el evangelio como los parámetros del Reino de Dios que anuncia y que viene a constituir es precisamente esa nueva forma de relación con Dios que no puede ser nunca desde el temor, sino siempre desde el amor.

Es lo que les cuesta entender a tantos judíos de la época de Jesús; es lo que les cuesta entender a los fariseos y a los maestros de la ley de su tiempo. Habían fundamentado su relación con Dios en el cumplimiento de unos mandamientos y de una serie de normas y preceptos que los acompañaban, que quien no cumpliera esas normas y preceptos se veía abocado al castigo divino. Por eso eran tan celosos de sus preceptos, por eso les costaba entender esa nueva forma de relación con Dios en la libertad y en el amor. Por eso vienen con sus quejas y sus condenas porque los discípulos de Jesús no cumplen los preceptos del ayuno. No entienden lo nuevo que Jesús les presenta, no entienden esa relación con Dios desde el amor, desde una ofrenda de amor, desde una obediencia en la fe y en el amor.

Pero no juzguemos a los judíos de aquella época sino mirémonos a nosotros mismos que después de veinte siglos de cristianismo aún seguimos tan pendientes del cumplimiento para evitar el castigo. Seguimos en una religión del temor en lugar de una religión del amor, una religión de cumplimientos para quedar todos tranquilos, pero no una ofrenda de amor y una relación de amor con el Dios al que Jesús nos ha enseñado a llamar Padre.

Mucho quizá tendríamos que revisar en nuestra vida, en nuestras actitudes, en nuestros cumplimientos, en lo que hemos enseñado y gastado quizá tanto esfuerzo. Pero ¿hay de verdad una apertura a Dios desde el fondo de nuestro corazón? ¿Hay en verdad un saborear el amor que Dios nos tiene para así aprender a dar esa respuesta de amor? ¿Hay de verdad una oración que sea encuentro de amor, o nos hemos quedado en una oración ritual donde repetimos unas palabras y con ello ya pensamos que hemos hablado a Dios? Cuánto nos cuesta salirnos de nuestras rutinas, cuánto nos cuesta vivir de verdad todos los valores del Reino de Dios.

Aquello que decíamos de esa sociedad de poderes y autoridades, de temores y de cumplimientos lo hemos trasladado demasiado al pie de la letra también a nuestro estilo de relación con Dios. Y quizá fundamentándonos demasiado en esa religión del temor hemos convertido nuestras relaciones personales en unas relaciones frías y poco humanas por tantas barreras de distanciamientos que nos hemos puesto entre unos y otros y siguen con sus autoritarismos de imposición quienes tienen la misión del servicio a la comunidad.

sábado, 22 de febrero de 2020

La fiesta de la Cátedra de san Pedro que hoy celebramos nos invita a vivir en comunión con Papa y con toda la Iglesia universal escuchando la Palabra que nos guía




La fiesta de la Cátedra de san Pedro que hoy celebramos nos invita a vivir en comunión con Papa y con toda la Iglesia universal escuchando la Palabra que nos guía

1Pedro 5, 1-4; Sal 22; Mateo 16, 13-19
Hoy es una fiesta litúrgica muy especial para toda la Iglesia aunque con especial relevancia en la Iglesia de Roma. Es por eso por lo que hemos vuelto a escuchar el evangelio que recientemente se nos ha ofrecido en la liturgia de cada día del tiempo ordinario. Hoy es la fiesta llamada así de la ‘Cátedra de san Pedro’.
¿Qué significado tiene? La cátedra es la sede desde la que enseña el maestro, el catedrático. Algo así como la silla donde se sienta para impartir con autoridad su enseñanza. Para que un poco nos entendamos recordemos que los profesores titulares, podríamos llamarlos así, de una universidad son los catedráticos, tienen cátedra, tienen la autoridad de la enseñanza porque así se le reconoce siendo así algo más que un titulo, porque es la autoridad de su saber, de su enseñanza.
Hablar de la Cátedra de Pedro es pensar en la autoridad que le dio Jesús sobre toda la Iglesia. ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré la Iglesia… Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’. Así lo hemos escuchado hoy en el evangelio, como podríamos recordar que le dice que se mantenga firme para que confirme en la fe a los hermanos. Y ya sabemos como después de la resurrección allá en la orilla del lago de Galilea le confirma esa misión tras aquella triple declaración de amor, ‘apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos…
Antes de la reforma del calendario litúrgico tras el concilio Vaticano II había dos fiestas de la Cátedra de Pedro, una celebrada en este día 22 de Febrero que era la llamada Cátedra de Antioquia, y el 18 de enero se celebraba la Cátedra de Roma. Se unificaron en una sola celebración en este día sin mención especial al lugar sino al hecho de la Cátedra.
Así como tenemos en Roma con todo esplendor el signo de esa Cátedra y recordamos como en la Basílica de san Pedro el Ábside de la Basílica está totalmente dedicado a la Cátedra de Pedro, sin embargo en Antioquia de Siria – hoy territorio turco – que tanta importancia tuvo en la iglesia primitiva porque allí fue donde primeramente se llamaron cristianos los seguidores del camino de Jesús no quedan restos ni señales como no hay vestigios del cristianismo primitivo. Recordemos todo lo que se dice de la comunidad de Antioquia en los Hechos de los Apóstoles. En las afueras de la ciudad nos encontramos unas ruinas muy mal conservadas de lo que pudo haber sido un templo que nos recuerdan esa Iglesia primitiva y esa cátedra de Pedro en aquel lugar. He podido tener la suerte de estar en ese lugar.
Pero centrémonos en lo que ha de significar esta fiesta y celebración en nuestra vida cristiana. Una invitación a la comunión, porque nos sentimos una Iglesia de Cristo que en comunión con el Papa y todos los Obispos, sucesores de Pedro y de todos los apóstoles conformamos la Iglesia de Cristo sobre la tierra. Una invitación a dejarnos conducir y a dejarnos guiar, manteniendo íntegra nuestra fe, alimentando ese amor de comunión en la celebración de la Eucaristía y de todos los sacramentos, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que con toda fidelidad nos transmite la Iglesia. Sabemos que la Iglesia está asistida por la fuerza del Espíritu del Señor que nos prometió que estaría siempre con nosotros hasta el final de los tiempos.
Esa Iglesia que conformamos todos los que creemos en Cristo como nuestro Salvador, aunque en medio de debilidades y también muchas veces oscuridades queremos mantener íntegra nuestra fe y nuestro amor. Porque confiamos en la asistencia y fuerza del Espíritu nos sentimos seguros en nuestro caminar y nos sentimos fortalecidos para el amor y para la comunión. Es una invitación a que nos sintamos Iglesia, a que amemos a la Iglesia como cosa nuestra que es, a que con orgullo nos manifestemos también como miembros de esa Iglesia y la defendamos también cuando es necesario.
Es ese espíritu de comunión el que nos hace escuchar con toda atención y amor la enseñanza de la Iglesia que nos llega por el ministerio del Papa y de los Obispos. Prestemos atención a su palabra, a su enseñanza.

martes, 14 de enero de 2020

Aprendamos nosotros a llenar nuestra vida de palabras de verdad, porque siempre sean palabras de vida, palabras que ayuden a encontrar la grandeza y dignidad de la persona


Aprendamos nosotros a llenar nuestra vida de palabras de verdad, porque siempre sean palabras de vida, palabras que ayuden a encontrar la grandeza y dignidad de la persona

1Samuel 1, 9-20; Sal. 1 Sam 2, 1-8; Marcos 1, 21-28
Las palabras nos cansan y nos aburren; las gastamos de tal manera que le hacemos perder su sentido y su significado. La palabra tendría que decirnos la verdad de lo que llevamos dentro, pero bien sabemos cómo las utilizamos para ocultar la verdad, cuántas mentiras discurren como ríos que lo inundan todo desde nuestras palabras humanas, que terminan siendo inhumanas porque la mentira destruye y solo busca manipular y destruir la verdad del hombre.
No queremos ser negativos pero nos sentimos aterrados con tal torrente de palabras falsas y mentirosas. Las queremos llenar de encantos pero lo que queremos es engañar para conquistar y para manipular. Y somos manipulados por las palabras llenas de vanidad y falsedad de los poderosos que quieren engañarnos diciéndonos que buscan nuestro bien cuando solo buscan sus intereses, y nos confunden las palabras que se llenan de promesas que saben que no van a cumplir para poner como una pantalla y por detrás cada cual solo busca sus intereses o su poder. Lo escuchamos todos los días, los medios de multiplicación camuflan esas mentiras pero si somos un poco sensatos nos damos cuenta enseguida de tanto engaño. Podríamos poner tantos nombres y tantas circunstancias… abramos un poquito los ojos y lo veremos claramente.
Tenemos que buscar la que es verdadera palabra que nos lleva o nos comunica la verdad. Es esa palabra que vemos sincera salir del corazón del hombre y que solo refleja la bondad que se lleva en el interior, en el corazón de cada persona, que es la verdad de su vida. Tenemos que saber sintonizar con esa palabra y con esa verdad porque sería lo único que nos conduciría por los caminos de la plenitud de la persona.
Hoy nos dice el evangelio que Jesús había ido a la sinagoga a enseñar y la gente estaba asombrada porque enseñaba con autoridad y no como los escribas… y más tarde dirá que ese modo de enseñar es nuevo. No son palabras huecas y vacías. Hablaba del Reino de Dios pero, podríamos decir, no conceptos como aprendidos de memoria, sino que a sus palabras acompañaban las señales. Lo vemos hoy en el evangelio.
Anunciar el Reino de Dios es anunciar que en ese reino Dios tiene que ser el único Señor de la vida y del hombre. El hombre no puede ser dominado por el mal, sino que ha de sentirse liberado desde lo más hondo. Y la Palabra de Jesús no nos engaña, ahí están los signos que realiza que manifiestan ese poder y señorío de Dios que lo que hará siempre es buscar el bien del hombre, la mayor dignidad de la persona. Por veremos a Jesús liberando a los oprimidos por el mal, como anunciaba en la sinagoga de Nazaret cuando proclamaba aquel texto de Isaías.
Hoy hay un hombre poseído por un espíritu impuro, nos dice el evangelista. Y Jesús poniéndolo en medio libera a aquel hombre de aquella posesión maligna. Será cuando la gente se quede admirada de su autoridad porque hasta los espíritus inmundos le obedecen.
Aprendamos nosotros a llenar nuestra vida de palabras de verdad, porque siempre nuestras palabras sean palabras de vida, palabras que nos ayuden a encontrar esa grandeza de la persona, palabras que salgan de lo más hondo de nosotros mismos, pero de un corazón lleno de bondad y de bien, y nuestras palabras mostrarán el amor y nuestras palabras harán siempre el bien.

jueves, 2 de enero de 2020

En la misión profética de Juan hemos de saber descubrir también cuál es nuestra misión profética en medio del mundo


En la misión profética de Juan hemos de saber descubrir también cuál es nuestra misión profética en medio del mundo

1Juan 2, 22-28; Sal 97; Juan 1, 19-28
‘Tú, ¿quién eres?’ fue la pregunta que vinieron a hacerle a Juan Bautista cuando estaba en el desierto junto al Jordán predicando y bautizando. Preguntaban por su identidad - ¿Era un profeta? ¿Era el Mesías? – y por las razones o motivos de lo que hacía. ¿Por qué haces lo que estás haciendo?
¿Quién eres tú para hacer o para decir lo que haces o lo que nos dices? ¿Quién te crees que eres? ¿Quién te ha dado autoridad, quien te ha dado velas para meterte en esto?  Son quizá preguntas y recriminaciones que nos hacemos los unos a los otros; cuando nos dicen lo que no nos gusta, cuando nos ponen el dedo en la llaga, cuando nos señalan que las cosas se pueden hacer de otra manera, cuando nos dicen que andamos equivocados porque ellos tienen otra manera de pensar o de plantearse las cosas, nos preguntamos por su autoridad, quién les ha dado velas en este entierro.
Nos sucede en muchos ámbitos. Hoy todos queremos tener razón, o que las cosas se hagan según nuestro parecer, y todo el que hace otra cosa porque tiene otros planteamientos o es un 'carca', o está loco y no sabe lo que hace, y nos inventamos no sé cuantas descalificaciones. Así andamos por la vida que nos cuesta buscar acuerdos porque las cosas se hacen como yo digo o no se hacen, y no terminamos de buscar puntos de entendimiento. Por grandes que sean los desacuerdos siempre puede haber algo en lo que nos podemos acercar si en verdad estamos buscando el bien, no un bien personal o particular, sino el bien común de nuestra sociedad.
Lo vemos en la vida social y lo vemos en la vida política y lo podemos ver en nuestros ámbitos comunitarios más cercanos incluso en la vida religiosa, o en nuestras comunidades cristianas. Y cuando creemos que tenemos la sartén por el mango vamos de avasalladores y destruimos todo lo bueno que otros hayan podido realizar, simplemente porque no fuimos nosotros los que tuvimos la iniciativa. Y esto es preocupante, porque no es ninguna forma de construir en positivo, sino solo lo hacemos desde un partidismo. Lástima es que no aprendamos de hechos pasados, de las lecciones de la historia, incluso de los fracasos que hayamos podido tener o que otros han tenido, siempre habría una lección que deducir, pero no lo hacemos. Es una tarea bien costosa pero que habría que intentarlo son sinceridad y por responsabilidad.
Cuando uno contempla la vida de cada día y queremos tener una visión nueva y distinta la Palabra de Dios que escuchamos nos abre a muchas reflexiones en todos los aspectos de la vida. Hoy hemos partido de aquellas suspicacias que tenían los dirigentes de Jerusalén ante la aparición de Juan junto al Jordán anunciando que los tiempos están ya cercanos y que hay que preparar la venida del Señor. Por eso viene a preguntarle por su autoridad y por su identidad. Y Juan les señala que ya en medio de ellos está al que no conocen pero que es la verdad el que viene a liberar a Israel.
Creo que esta misión profética de Juan tendríamos ver también cual es nuestra misión profética en medio del mundo. El venía a señalar al que había de venir y ya está en medio de ellos, y nosotros también tenemos esa misión. La misión del cristiano siempre es una misión profética de anuncio con la palabra y con el testimonio de nuestra vida. Nos cuesta entenderlo y asumirlo, porque en ocasiones nos llenamos quizá de miedos. Les cuesta al mundo que nos rodea aceptar nuestro testimonio y nuestra palabra y también nos preguntarán por nuestra autoridad; nuestras obras han de dar fe del testimonio que damos, y nuestra autoridad nos viene de nuestra unción bautismal que con Cristo nos hace sacerdotes, profetas y reyes. Gustará o no gustará, pero el testimonio de Jesús y del evangelio tenemos que darla frente al mundo.

martes, 3 de septiembre de 2019

Tenemos que transmitir con algo más que palabras, con el testimonio de nuestras obras, la autoridad del mensaje de Jesús que queremos llevar a los demás


Tenemos que transmitir con algo más que palabras, con el testimonio de nuestras obras, la autoridad del mensaje de Jesús que queremos llevar a los demás

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26;  Lucas 4, 31-37
Todos tenemos experiencia de habernos encontrado en la vida con personas que nos merecen toda admiración y respeto a las que escuchamos con gusto porque sus palabras están llenas de sabiduría en su sencillez, pero que nos llegan hondo al corazón. Son personas humildes y sencillas, personas de gran corazón y con una paz en su alma que trasmiten a través de todos los sentidos, y en quienes vemos reflejadas todas aquellas sabias consideraciones que nos hacen. La autoridad de sus palabras está en su porte, en su manera de ser y de estar, en esa ternura con que nos trasmiten sus sabios consejos. Nos quedaríamos para siempre con ellos escuchándoles y bebiéndonos sus palabras.
Hoy nos dice el evangelio cómo las gentes estaban asombradas por la autoridad con que hablaba Jesús y la sabiduría de sus palabras. Allá en la sinagoga de Nazaret al principio se habían visto sorprendidos, aunque luego la cerrazón de su corazón les llevara finalmente a rechazarle. Pero allí con el texto del profeta proclamado y que El decía que aquella Escritura se estaba cumpliendo en el hoy y allí que estaban viviendo, había anunciado que el Espíritu del Señor estaba sobre El que le enviaba a anunciaba la Buena Nueva a los pobres y la liberación a los oprimidos por el diablo.
De nuevo podía decir ahora en Cafarnaún que aquella Escritura allí se estaba cumpliendo. Les ensañaba como solo podía hacerlo El que era el verdadero maestro para todos, pero además los signos anunciados allí se estaban realizando. En medio de las gentes, ahora en la sinagoga de Cafarnaún, había un hombre poseído por un espíritu inmundo que incluso se pone a gritar interrumpiendo al mismo Jesús y a todos. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’.
Era, sí, un reconocimiento de quien era Jesús, aunque las gentes aun no lo habían reconocido como tal. Pero ellos era solamente el Maestro, cuanto más reconocerían que un profeta había aparecido en medio de ellos, pero aquel hombre poseído por el maligno lo estaba reconociendo como el Santo de Dios. Era en cierto modo un reconocimiento de que era el Hijo de Dios.
Pero eran los signos del Reino de Dios que llegaba. ‘Cierra la boca y sal’, fueron las palabras de Jesús. Y aquel hombre quedó liberado del mal. No es extraño que la gente se quedara admirada por la autoridad de las Palabras de Jesús. ‘¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.» Noticias de él iban llegando a todos los lugares de la comarca’. Y es que en Jesús podemos ver esas señales de autoridad de las que antes hablábamos y que nos hacia admirar la sabiduría  de aquellos hombres que decíamos nos agradaba escuchar. Era la liberación del mal, la buena noticia para los pobres y los oprimidos.
Era la obra de Jesús pero que tiene que ser también nuestra obra. Si hemos venido considerando la autoridad de las palabras de Jesús porque a sus palabras acompañaban los signos, quizá tendríamos que estarnos planteando qué autoridad tienen nuestras palabras cuando queremos hacer el anuncio de Jesús.
Cada cristiano tiene que ser un mensajero. Esa misión nos confió Jesús. Y queremos enseñar, queremos trasmitir el evangelio, queremos despertar la fe en el mundo que nos rodea, pero ¿creerán nuestras palabras? ¿No estaremos muchas veces haciendo una enseñanza teórica de Jesús y del evangelio? Nos hace falta algo más, nos hace falta que transmitamos en nuestras palabras esa autoridad del mensaje del evangelio.
No son solo palabras lo que tenemos que trasmitir, lo que tenemos que enseñar. Nos hace falta dar signos de esa liberación del mal. ¿Tenemos que ir haciendo milagros, cosas extraordinarias?
Cosas extraordinarias no hace falta, sino que vayamos dando en las cosas pequeñas de cada día signos de esa liberación del mal. Empezando por nosotros mismos con el estilo y sentido de nuestra vida, con el testimonio que demos a través de nuestras obras, de nuestra manera de vivir de que estamos en verdad liberados del mal. Hay tantos males que nos acechan, que nos dominan, que nos esclavizan y no terminamos de dar esas señales. De la misma manera que tenemos que ser signos en los demás, en lo que luchemos por la liberación del mal en cuantos nos rodean. Son las obras del amor, de un amor comprometido, que tenemos que realizar. Será la autoridad con que podamos presentarnos para hablar de Jesús.