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domingo, 22 de febrero de 2026

Dejémonos conducir por el Espíritu al silencio del desierto en este principio de Cuaresma y al encontrarnos con nosotros mismos veamos en Dios la verdad de nuestra vida

 


Dejémonos conducir por el Espíritu al silencio del desierto en este principio de Cuaresma y al encontrarnos con nosotros mismos veamos en Dios la verdad de nuestra vida

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Salmo 50; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11

¿Será posible que después de lo que sabemos o de lo que hemos vivido, de la experiencia de la misma realidad sigamos dejándonos convencer por la misma mentira?

Es múltiple la experiencia en este sentido que vamos teniendo de la vida misma, de lo que somos y de lo que hacemos, de las cosas que cada día nos suceden que tantas veces nos han hecho tropezar y a pesar de tantas promesas nos han llevado a tantos vacíos, de lo que palpamos en la misma sociedad en la que vivimos tan llena de mentiras y de engaños que al final terminan engatusándonos y seguimos confundiéndonos en las opciones que tendríamos que hacer para que las cosas sean mejor, o lo que es en la interioridad de nosotros mismos con nuestras ansiedades y con nuestras ambiciones, con nuestros sueños de grandeza o de poder, con lo que es la verdad de nosotros mismos y el sentido que le hemos de dar a nuestra vida en el que al final lo que queremos es endiosarnos. Y volvemos a reincidir una y otra vez, parece que nos hemos cegado. Es la realidad que estamos viviendo con sus amagos y sus tentaciones.

Necesitamos sabernos detener, necesitamos hacer desierto en nuestra vida para despojarnos de esas vanidades en las que nos dejamos envolver y paso a paso nos vayamos haciendo planteamientos serios de nuestra vida. Es lo que la Iglesia nos está ofreciendo en este tiempo de Cuaresma. Decimos que la cuaresma es prepararnos para la semana santa y la pascua, pero cuidado nos dejemos arrastrar por un ambiente no siempre muy evangélico y nos estamos preocupando de preparar muchas cosas materiales. ¿Solo toca preparar tronos procesionales o celebraciones muy solemnes, o toda la suntuosidad material, digámoslo así, con muchas profusión de objetos valiosos y suntuosidades? Lo que podría ser una ayuda si lo hacemos bien al final nos damos cuenta de que nos ha desenfocado de lo que realmente es importante; llegará la Pascua, porque será el tiempo pascual, pero no ha habido verdadera pascua en nosotros.

En este primer domingo toda la liturgia de la Palabra nos está hablando de tentaciones, nos recuerda la primera lectura la tentación de Adán y Eva en el paraíso y nos recordará el evangelio las tentaciones de Jesús en el desierto. Pero no las miremos como quien contempla un cuadro muy hermoso que nos describe algo pasado en el tiempo. Nosotros tenemos que meternos en ese cuadro; ya lo estamos haciendo con lo que previamente hemos reflexionado en lo que hemos convertido nuestra preparación y nuestro camino cuaresmal.

¿En qué ponemos el valor de la vida, de lo que tenemos que ser y de lo que tenemos que hacer? Lo material nos absorbe, las cosas que tenemos que hacer nos absorben y nos olvidamos de donde está su sentido; y de ahí nos surge un activismo del hacer por hacer, claro que detrás está todo aquello que queremos obtener para lograr una vida mejor, como solemos decir; pero ¿de qué estamos disfrutando de la vida? No sabemos saborearla de verdad porque vivimos nuestros agobios por nuestras ganancias, decimos porque necesitamos un pan para comer.

Pero ¿el disfrute de la vida está solamente en que llenemos nuestro estómago? ¿No habrá algo más que hemos de buscar en ese vivir que nos lleve a una plenitud de nuestro ser? ¿Qué es lo que realmente buscamos? ¿Qué es lo que nos ciega?

Por ese camino tendríamos que seguir preguntándonos por muchas cosas. Cuidado que nos queramos convertir en el centro de todo. Nos desconsuela estar encima del pedestal para ser reconocidos. No es que se nos tengan en cuenta nos valores o nuestras capacidades para contribuir con los demás a la mejora de ese mundo en el que vivimos.

No es el espíritu de servicio al que queremos darle importancia. Para nosotros muchas veces el que nos valoren es que nos pongan por encima de todo y los únicos, queremos sobresalir y queremos imponernos porque ya al final nos parece que lo único válido es lo nuestro, queremos ser admirados porque poco menos que nos hemos convertido en los salvadores de la humanidad, que nuestro poder y prestigio nos ponga por encima de todos. Nos endiosamos haciéndonos al mismo tiempo esclavos y adoradores de tantas vanidades de la vida.

¿Dónde hemos puesto a Dios en todos estos planteamientos de la vida? Jesús tuvo su momento, por así decirlo crítico, en el comienzo de la realización de su misión. Es este momento del que nos habla el evangelio de que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El relato de los evangelistas nos lo sitúan en este comienzo de su actividad apostólica aunque si nos fijamos bien en el evangelio aparecen otros momentos de tentación para Jesús. Hoy nos centramos en este momento de desierto y veremos al Jesús que conducido por el Espíritu va respondiendo a esa triple tentación.

¿Es solo de pan de lo que vive el hombre?, también nos preguntábamos nosotros. Y tenemos que dejarnos envolver por el Espíritu nosotros también para sentir cómo Dios es el que guía nuestra vida, cómo solo en El vamos a encontrar el valor y el sentido no solo de lo que hacemos sino de nuestro ser. No nos dejaremos, pues, seducir por ninguna propuesta que nos parezca que nos da la mejor solución. Descubramos el engaño, la mentira, la vanidad, el orgullo que nos quiere envolver, tras lo cual nos vamos a sentir vacíos. Dios nos llevará sobre las palmas de sus manos para que no caigamos en la tentación y la mentira del orgullo, Dios es el único Señor de nuestra vida que nos da el verdadero sentido de nuestro ser y a quien hemos de adorar.

sábado, 15 de junio de 2024

Aprendamos a confiar los unos con los otros; vayamos con la verdad por delante siempre; mostremos la sinceridad de nuestra vida, hagamos brillar la lealtad

 


Aprendamos a confiar los unos con los otros; vayamos con la verdad por delante siempre; mostremos la sinceridad de nuestra vida, hagamos brillar la lealtad

1 Reyes 19, 19-21; Salmo 15; Mateo 5, 33-37

¿Por qué nos costará tanto en el mundo en que vivimos creer en la palabra de los demás? Será quizás porque ya voy siendo mayor que recuerde aquellos tiempos en que no eran necesario ni papeles ni contratos para llegar a un acuerdo entre las personas incluso hasta en la compra de terrenos; bastaba la palabra dada, y como se solía decir entonces, aquella palabra iba a Misa. La garantía era la palabra, la honradez, la rectitud. Ahora demasiado vivimos en un mundo de desconfianzas; oímos tantas cosas que luego no se cumplen, escuchamos tantas promesas que no llegan a nada; se está creando un mundo de fantasía y de mentira, no hay sinceridad.

Es doloroso que tengamos que vivir así. Vivimos tras las apariencias, y porque sabemos que hay un velo de apariencia que todo lo tapa, desconfiamos. Necesitamos aprender a vivir en sinceridad y en rectitud. Quien obra rectamente actuará con sinceridad, no tiene nada que oculta, nada de lo que avergonzarse. Es cierto que podemos equivocarnos, cometemos errores, pero sin con sinceridad vamos por la vida, no tenemos que avergonzarnos sino aprender de esos errores reconociendo nuestra debilidad, nuestra posibilidad de errar, y creo que quien se presenta así con sinceridad delante de los demás, también con sus errores, será más apreciado y valorado.

Tenemos que saber apreciar la valentía de quien sabe levantarse, quien tiene valor para decir que se ha equivocado y pide disculpas, quien es capaz de recomenzar de nuevo para tratar de hacer las cosas bien; ahí está la verdadera rectitud, no en las apariencias, no en la ocultación.

Hoy Jesús en el evangelio nos está enseñando a actuar con esa rectitud y con esa sinceridad tan necesaria en la vida. ‘Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no’. Es la forma de actuar rectamente. Jesús sale al paso con esta enseñanza al tema de los juramentos. Jurar es poner una garantía, es poner a algo o alguien como testigo de la verdad de aquello que decimos o del compromiso serio y cierto de cumplir aquello a lo que nos comprometemos. El juramento, por así decirlo, más sublime es poner a Dios por testigo de la verdad que decimos o prometemos. Es algo serio, algo grandioso, pero con lo que no podemos jugar. Por eso nos dice Jesús que vaya por delante nuestro si o nuestro no, que no es suficiente más.

Por eso en nuestra ética más fundamental sabemos que no hemos de jurar sin necesidad. Y no hay necesidad si estamos acostumbrados, como se suele decir, a ir siempre con la verdad por delante, a hablar y actuar siempre con sinceridad, a actuar siempre con rectitud alejando de nosotros toda falsedad o toda apariencia, sea lo que sea lo que hagamos. Por eso a la persona que actúa siempre con rectitud no es necesario pedirle el juramento. Basta la palabra, que está avalada con la verdad de su vida.

Peor es cuando en el juramento no hay ni verdad ni sinceridad en nuestro compromiso. Pecado grande contra Dios es ponerle por testigo de algo que no es verdad, de algo falso, de algo en lo que no queremos actuar con sinceridad. Por eso en nuestra ética está como condición para un juramento necesario y auténtico el hacerlo con justicia, hacerlo con verdad.

Aprendamos a confiar los unos con los otros; vayamos con la verdad por delante siempre; mostremos la sinceridad de nuestra vida, aunque tenga también sus limitaciones; esa sinceridad será lo que nos hará grandes a pesar de nuestra pequeñez. Es la lealtad con que hemos de aparecer siempre en la vida. Nos ganaremos el respeto y la confianza, sabremos colaborar mejor los unos con los otros, estaremos haciendo un mundo mejor desde la verdad.


miércoles, 24 de marzo de 2021

Busquemos la libertad que me hace encontrarme conmigo mismo para desatar ataduras, para liberarnos de caprichos, para encontrar la verdadera sabiduría de mi vida

 


Busquemos la libertad que me hace encontrarme conmigo mismo para desatar ataduras, para liberarnos de caprichos, para encontrar la verdadera sabiduría de mi vida

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal.: Dn 3, 52ª-56ª; Juan 8, 31-42

¡Qué difícil hablar de libertad! Es el ansia, es cierto, de todos los hombres y de todos los pueblos, hoy y en todos los tiempos. Queremos libertad es el grito que más se escucha; se sigue repitiendo en manifestaciones de todo tipo, y incluso en aquellas en las que parece que lo que se pide nada tenga que ver con la libertad, sin embargo es el eslogan preferido, el eslogan más repetido y algunas veces uno se pregunta si los que están pidiendo libertad saben lo que piden. ¿Cómo se reflejará todo eso en sus vidas?

Libertad porque yo tengo derecho a opinar lo que a mí me parezca; libertad porque yo quiero hacer lo que yo quiero por mí mismo sin que nadie me coarte, nadie me tenga que señalar lo que tengo que hacer; libertad, libertad, oímos repetir una y otra vez quizá cuando esos gritos van teledirigidos por intereses de quienes saben manipular los gritos de los que piden libertad pero son los más esclavos porque no hacen sino repetir lo que les dicen sin convicciones profundas, sin un sentido de vida, sin una metas que den más plenitud a la persona, sin valoración ni respeto a los que puedan opinar en contra, porque si opinas de forma distinta ya te dicen que estás atentando contra la libertad. Se siente uno desencantado viendo peticiones y razonamientos, descubriendo intereses oscuros y ocultos de los que manejan los hilos con lo que acabamos todos siendo unas marionetas.

Libertad es cierto es la aspiración más noble de la persona, pero una libertad que me haga grande porque encuentre un verdadero sentido a mi vida; una libertad que valora la persona por encima de todo pero que nos lleva también a respetarla en sus planteamientos aunque nos puedan parecer equivocados; una libertad que con profundos fundamentos construye la vida de las personas desarrollando lo más noble que hay en ellas y así hace una sociedad también más justa; libertad que me levanta del ras del suelo para no ser pisoteado pero me hace ver valores altos, nobles, espirituales que me dan la verdadera grandeza; libertad que me hace encontrarme conmigo mismo para desatar ataduras, para liberarnos de caprichos, para encontrar la verdadera sabiduría de mi vida; libertad que me ayuda también a descubrir la presencia de Dios en mi vida y en mi mundo, pero que no viene para coartar sino para engrandecer al ser humano.

Hoy nos dice Jesús que El viene a nosotros para que sepamos encontrar esa verdadera sabiduría de la vida que nos va a conducir por los verdaderos caminos de la libertad. Y hoy nos dice: ‘Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Conocer la verdad que nos hace libres. Es esto muy importante.

Ya podríamos afirmar de entrada que la mentira nos esclaviza porque es la verdad la que nos libera. De cuántas falsedades nos rodeamos, de cuántas vanidades y apariencias, de cuántos orgullos con los que queremos figurar de otra manera a lo que realmente somos y que nos llenan de apegos, de esclavitudes de tantas cosas, empezando por hacernos esclavos de nuestro amor propio.

Y Jesús viene a liberarnos. Cuando hablamos de liberación, de salvación pensamos en el pecado que nos ata y nos esclaviza, pero puede que se quede en un concepto al que al final no le demos el verdadero valor.


Tenemos que emplear esa palabra liberación con toda la carga de profundidad que tiene, porque nos arranca de esos apegos del alma, de esas esclavitudes que engañosamente muchas veces presentamos como camino de libertad; nos engañamos cuando nos hacemos esclavos del orgullo y del amor propio, de la vanidad de la vida con que nos presentamos y de todas esas apariencias que camuflan y ocultan el vacío que llevamos en nuestro interior. Un vacío que nos llena de falsedad y de mentira, un vacío que finalmente nos esclaviza.

¿Piensas que solo cuando haces lo que te apetece, lo que te dictan tus pasiones, lo que te da la gana como se suele decir tan fácilmente, es cuando somos realmente libres de verdad? Piénsatelo dos veces.

Leamos con detenimiento este pasaje del evangelio que hoy se nos propone para que encontremos esa verdad que es Jesús que nos da la más hermosa libertad.

sábado, 13 de junio de 2020

No nos dejemos envolver por esas tinieblas de la mentira, seamos auténticos y congruentes en nuestra vida y nuestra palabra sea siempre la verdad


No nos dejemos envolver por esas tinieblas de la mentira, seamos auténticos y congruentes en nuestra vida y nuestra palabra sea siempre la verdad

1Reyes 19, 19-21; Sal 15; Mateo 5, 33-37
‘Te lo juro por lo más sagrado…’ Y no es expresión de chiquillos como algunas veces pudiera aparentar. Hay personas que parece que no saben decir dos cosas seguidas sin que medie por medio un juramento. Y ya no es solo juramentarse para reafirmar que lo que estamos diciendo es verdad, sino que lo empleamos con frecuencia como promesa de futuro, algo que queremos hacer, algo que vamos a hacer y que alguien puede poner en duda de que seamos capaces de realizarlo y ya va por medio el juramento.
El juramento viene a ser como una reafirmación de que lo que decimos o prometemos es verdad. Lo reafirmamos con el juramento; y ya no es solo el carácter religioso sagrado que en si tendría el juramento poniendo a Dios por testigo de aquella afirmación que hacemos, sino que en nuestro mundo laicista muchas veces le quitamos esa referencia a Dios, pero ponemos por medio nuestro honor o nuestra conciencia. Es lo que vemos ya con frecuencia en la juramentación de lealtad y honradez al tomar posesión de un cargo público o de nuestros representantes sociales. También sabemos en lo que se quedan muchas veces esos juramentos cuando se hacen o esas promesas de lealtad apelando a la conciencia y al honor.
Con lo fácil que sería que nunca se pusiera en duda la veracidad de lo que afirmamos o de lo que prometemos, porque así es la veracidad de nuestra vida, así es la sinceridad con que siempre hablamos y actuamos, que en nosotros no cupiera ni la mentira ni la falsedad sino que fuéramos auténticos y leales como para que nuestras afirmaciones sean siempre verdad. Pero ya sabemos muy bien cómo andamos siempre con la  desconfianza ante aquello que prometen o nos prometen.
¿Nos conocía bien Jesús y ya sabía por dónde iban a ir nuestras flaquezas y deslealtades? Hoy le escuchamos en el evangelio decirnos que no juremos por ningún motivo. Pero es que Jesús en fin de cuentas viene a decirnos que lo que necesitamos es que seamos leales, seamos congruentes en nuestra vida, actuemos siempre movidos por la sinceridad y que si actuamos así nada ni nadie tendrían que poner en duda nunca nuestras palabras.
Y es que en los valores que Jesús viene a enseñarnos en el evangelio que tienen que resplandecer en nuestra vida están la verdad y la sinceridad. Nada que suene a falsedad o mentira cabe en la vida de quien es seguidor de Jesús que es Camino, y Verdad y Vida. Por eso le veremos hablar fuerte contra quienes tienen con plan de vida la falsedad y la hipocresía que es una mentira. Es la peor mentira de la vida; no es solo que digamos unas palabras por otras, que afirmemos como verdad algo que es mentira, sino la mentira de la vida misma cuando no actuamos con sinceridad, cuando nos dejamos arrastrar por la hipocresía para aparentar lo que realmente no somos.
Jesús es la luz que disipa toda mentira; Jesús es el camino que nos conduce a la verdad, siendo El mismo la verdad en plenitud; Jesús quiere que nos llenemos de vida que es llenarnos de amor para que actuemos siempre con sinceridad de corazón porque es la verdad que nos hace libres. Seguimos a Jesús el que vino a dar testimonio de la verdad aunque las tinieblas del mundo trataron de oscurecerla como siguen envolviéndonos esas mismas tinieblas en nuestra hora tan llena de falsedades y de vanidades. No nos dejemos envolver por esas tinieblas de la mentira, seamos auténticos y congruentes en nuestra vida con lo que decimos que creemos y que es la auténtica verdad de nuestra vida.

miércoles, 27 de mayo de 2020

En medio de un mundo de mentira y falsedad los cristianos somos santificados en el Espíritu de la Verdad para que demos testimonio de la verdad ante el mundo


En medio de un mundo de mentira y falsedad los cristianos somos santificados en el Espíritu de la Verdad para que demos testimonio de la verdad ante el mundo

Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19
Cuando amamos a alguien de verdad, sobre todo si es alguien que está a nuestro cuidado o sobre quien tenemos alguna responsabilidad, no solo nos preocupamos del momento presente, ayudándole a que viva lo mejor y de la mejor manera, o que desempeñe rectamente sus responsabilidades, sino que de alguna manera sentimos preocupación por su futuro; como solemos decir le deseamos lo mejor, y contribuimos en la medida de lo posible a ese futuro mejor de aquellos a quienes tanto amamos.
Si vislumbramos que las cosas no se les pueden presentar bien, que van a tener momentos difíciles o fuertes contratiempos con ellos ya sufrimos previamente y de alguna manera los prevenimos y preparamos para que sepan enfrentarse de la mejor manera posible a esos momentos difíciles del futuro. Pensemos en unos padres que vislumbran un futuro incierto para sus hijos, por ejemplo. La ternura de nuestro corazón se desborda y el amor que sentimos manifiesta también ese sufrimiento que ya llevamos con nosotros.
Es lo que estamos contemplando en la noche de la cena pascual, la ternura del corazón de Cristo por sus discípulos se desborda y se manifiesta de mil maneras. Son momentos de emoción, que quizá los discípulos palpan sin casi darse cuenta del alcance de las palabras de Jesús, pero allí se está derrochando esa ternura de Jesús por los discípulos que le han seguido y que están con El. Se manifiesta en la oración que Jesús hace al Padre en esos momentos, como decíamos de la ofrenda del ofertorio de su sacrificio, y quiere para sus discípulos lo mejor, los ha cuidado, ha estado al tanto de todo lo que les pasaba, allí estaban sus palabras, sus enseñanzas y sus gestos, pero ahora podrían los discípulos sentir el dolor de la ausencia de Jesús, pero quiere Jesús garantizar que nada las faltará y tendrán para siempre su presencia. De ahí la promesa del Espíritu Santo.
‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida’.
Vislumbra Jesús lo difícil que lo van a tener. Parecería que la mejor manera de hacer que no tuvieran que sufrir es liberarlos de ese mundo. Pero en ese mundo han de estar, aunque su sentido y su estilo van a ser bien diferentes. Por eso se van a encontrar con el odio del mundo, el rechazo, lo que ha sido la historia a través de los siglos de las fuerzas del mal en contra de la Iglesia, en contra de los discípulos de Jesús que se ha manifestado de diferentes maneras, pero que ahí ha estado siempre presente la persecución y el rechazo. Como lo tenemos hoy.
No es tarea fácil. Pero el discípulo de Jesús ha de dar testimonio de la verdad. ‘Santifícalos en la verdad’, pide Jesús al Padre. Y es que en el testimonio de la verdad han de ser santificados. No es necesario que digamos muchas cosas pero reconocemos que vivimos en un mundo de mentiras, de falsedades, de hipocresías y vanidades. Se oculta la verdad y se maneja todo a nuestros intereses. Últimamente se nos ha metido en el lenguaje esa expresión del ‘fake news’ que manifiesta muy bien esa mentira en que se quiere vivir en el mundo y se difunden cosas falsas como si fueran verdades y de manera incauta caemos en ello y nos lo creemos entrando en ese mundo de mentira que así nos manipula. Como suelen decir, ‘miente que algo queda’, que muchos tienen como lema y motor de vida.
Y ahí en medio estamos nosotros los cristianos que tenemos que dar testimonio de la verdad, que hemos de ser santificados, como dice Jesús, en la verdad. Pero en medio de ese mundo turbio y de tanta confusión sabemos que no nos sentimos solos, porque con nosotros está el Espíritu de la Verdad, el Espíritu de Jesús que El nos envía y será nuestra fuerza y nuestra sabiduría. Preparémonos con intensidad para la fiesta del Espíritu Santo que celebraremos el próximo domingo con Pentecostés.

lunes, 27 de enero de 2020

Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad


Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30
Sembrar desconfianza es como ir socavando el terreno por los cimientos y como aparentemente nadie lo ve o se da cuenta pronto el edificio se vendrá abajo. Parece una maldad grande y así es realmente y con frecuencia nos encontramos actitudes así en la vida. No podemos alcanzar las altas cotas que otros están logrando con su tarea, nos corroe la envidia por dentro y buscaríamos la forma que fuera para destruir.
Y una forma es sembrar desconfianza; una forma es querer quitar el prestigio de aquel que vemos como contrincante. Es un lenguaje que vemos con demasiada frecuencia en la vida social, en la vida política, donde se siembra con facilidad la sospecha de los dobles intereses, se hace desconfiar de la gente porque les ponemos intenciones que ellos no tienen, porque aplicamos el éxito de lo que los otros han conseguido a las malas artes. Cuantas situaciones en este sentido podemos ver cada día en la vida social y en la vida política, pero que eso luego se traslada también a nuestras relaciones personales con los que estamos más cerca. Nos volvemos destructivos en lugar de ser constructores aprovechando todo  lo bueno de los demás.
Cuando le has quitado el prestigio a alguien con tus falsedades que difícil es que lo pueda recuperar. Es lo que hacemos con las críticas destructivas, que es como si desplumaras a una gallina en la calle un día de viento y luego quisieras recoger de nuevo las plumas. Y esos bulos corren disparatados sin que nadie los pueda detener; es lo que ahora llaman las falsas noticias, fake news creo que se dice ahora, para distraer al personal de lo que está sucediendo y para socavar lo bueno que los otros puedan estar haciendo. No somos capaces de aceptar nuestra incapacidad para hacer algo bueno pero lo que hacemos es desprestigiar al otro.
Es lo que vemos que sucede con Jesús. Hay quien no puede aceptar aquel mensaje nuevo que Jesús les ofrece. Anclados en su conservadurismo, que muchas veces es cuidar por sus posicionamientos, por las ventajas y beneficios que para ellos mismos tienen, no son capaces de abrirse a aquel mundo nuevo, a aquel sentido nuevo de las cosas, de la vida, que les ofrece Jesús.
Son graves las acusaciones que hacen contra Jesús, graves y blasfemas. Por eso les dirá Jesús que quien peca contra el Espíritu Santo no tiene perdón, porque quien niega la acción del Espíritu divino en nuestros corazones nunca será capaz de reconocer la negrura de su corazón y abrirse a la gracia misericordiosa de Dios. Acusan a Jesús de que obra con el poder del maligno; es algo muy grave lo que están diciendo.
No podemos negar el amor y la misericordia de Dios cuando lo vemos tan palpable delante de nuestros ojos. Es la acción de Jesús que nos muestra el rostro misericordioso de Dios en aquellos signos que realiza. Pero veamos eso mismo en nuestra propia vida, o en lo que sucede a nuestro alrededor. Eso bueno que vemos realizar a los demás ¿por qué no lo vemos como una gracia de Dios para nosotros, porque en esas obras buenas se manifiesta lo que es la bondad de Dios?
Seamos capaces de descubrir y aceptar tanto bueno que podemos recibir de los demás. Es una gracia de Dios para nosotros. Que no haya nunca actitudes y posturas negativas ante lo bueno que realizan los otros.

martes, 14 de enero de 2020

Aprendamos nosotros a llenar nuestra vida de palabras de verdad, porque siempre sean palabras de vida, palabras que ayuden a encontrar la grandeza y dignidad de la persona


Aprendamos nosotros a llenar nuestra vida de palabras de verdad, porque siempre sean palabras de vida, palabras que ayuden a encontrar la grandeza y dignidad de la persona

1Samuel 1, 9-20; Sal. 1 Sam 2, 1-8; Marcos 1, 21-28
Las palabras nos cansan y nos aburren; las gastamos de tal manera que le hacemos perder su sentido y su significado. La palabra tendría que decirnos la verdad de lo que llevamos dentro, pero bien sabemos cómo las utilizamos para ocultar la verdad, cuántas mentiras discurren como ríos que lo inundan todo desde nuestras palabras humanas, que terminan siendo inhumanas porque la mentira destruye y solo busca manipular y destruir la verdad del hombre.
No queremos ser negativos pero nos sentimos aterrados con tal torrente de palabras falsas y mentirosas. Las queremos llenar de encantos pero lo que queremos es engañar para conquistar y para manipular. Y somos manipulados por las palabras llenas de vanidad y falsedad de los poderosos que quieren engañarnos diciéndonos que buscan nuestro bien cuando solo buscan sus intereses, y nos confunden las palabras que se llenan de promesas que saben que no van a cumplir para poner como una pantalla y por detrás cada cual solo busca sus intereses o su poder. Lo escuchamos todos los días, los medios de multiplicación camuflan esas mentiras pero si somos un poco sensatos nos damos cuenta enseguida de tanto engaño. Podríamos poner tantos nombres y tantas circunstancias… abramos un poquito los ojos y lo veremos claramente.
Tenemos que buscar la que es verdadera palabra que nos lleva o nos comunica la verdad. Es esa palabra que vemos sincera salir del corazón del hombre y que solo refleja la bondad que se lleva en el interior, en el corazón de cada persona, que es la verdad de su vida. Tenemos que saber sintonizar con esa palabra y con esa verdad porque sería lo único que nos conduciría por los caminos de la plenitud de la persona.
Hoy nos dice el evangelio que Jesús había ido a la sinagoga a enseñar y la gente estaba asombrada porque enseñaba con autoridad y no como los escribas… y más tarde dirá que ese modo de enseñar es nuevo. No son palabras huecas y vacías. Hablaba del Reino de Dios pero, podríamos decir, no conceptos como aprendidos de memoria, sino que a sus palabras acompañaban las señales. Lo vemos hoy en el evangelio.
Anunciar el Reino de Dios es anunciar que en ese reino Dios tiene que ser el único Señor de la vida y del hombre. El hombre no puede ser dominado por el mal, sino que ha de sentirse liberado desde lo más hondo. Y la Palabra de Jesús no nos engaña, ahí están los signos que realiza que manifiestan ese poder y señorío de Dios que lo que hará siempre es buscar el bien del hombre, la mayor dignidad de la persona. Por veremos a Jesús liberando a los oprimidos por el mal, como anunciaba en la sinagoga de Nazaret cuando proclamaba aquel texto de Isaías.
Hoy hay un hombre poseído por un espíritu impuro, nos dice el evangelista. Y Jesús poniéndolo en medio libera a aquel hombre de aquella posesión maligna. Será cuando la gente se quede admirada de su autoridad porque hasta los espíritus inmundos le obedecen.
Aprendamos nosotros a llenar nuestra vida de palabras de verdad, porque siempre nuestras palabras sean palabras de vida, palabras que nos ayuden a encontrar esa grandeza de la persona, palabras que salgan de lo más hondo de nosotros mismos, pero de un corazón lleno de bondad y de bien, y nuestras palabras mostrarán el amor y nuestras palabras harán siempre el bien.

sábado, 15 de junio de 2019

La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilita el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor


La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilita el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor

2Corintios 5, 14-21; Sal 102; Mateo 5, 33-37
Hoy para todo necesitamos dejar constancia en documento escrito firmado y sellado y si es ante notario mejor, y aun así seguimos con la desconfianza de la falsedad, porque la veracidad de nuestras palabras no es algo que brille con brillo especial.
Recordamos la veracidad de la palabra dada por nuestros mayores, daban su palabra, un apretón de manos y ya no era necesario ningún documento más porque nos podíamos fiar de la palabra dada. Hoy quizá hay momentos que ni bajo juramento nos creemos en lo que nos decimos. Ocultamos, engañamos, dejamos lados oscuros que nadie entiende o para que no nos entiendan y así vamos por la vida con la desconfianza por delante porque no nos fiamos, como se suele decir, ni de nuestra propia sombra.
Estamos haciendo mención por una parte a la veracidad y a la sinceridad con que hemos de andar por la vida en este mundo tan lleno de vanidades y de falsedades. Prima nuestro yo y nuestros intereses y ocultamos la verdad para que nada nos perjudique en nuestros intereses particulares y egoístas y nos vamos envolviendo en trampas de todo tipo. ¿Qué mundo y qué sociedad hacemos así?
Pero también estábamos haciendo mención a que ni siquiera respetábamos lo sagrado del juramento. Jurar es poner a alguien por testigo de aquello que hacemos o decimos, pero, ¿quién se puede fiar de nosotros para ser testigos de la veracidad de lo que decimos? Claro que en su sentido más profundamente religioso el juramento es poner a Dios por testigo de lo que decimos. Si en cualquier juramento unas condiciones necesarias son la sinceridad de lo que decimos y la justicia con que lo hacemos, ¿cómo podemos atrevernos a jurar por Dios en la falsedad y en la injusticia de nuestros actos? Grave pecado, grave sacrilegio tendríamos que decir. Por eso para no mermar la santidad y la importancia del juramento no ha de hacerse sin necesidad.
Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el Evangelio. Y nos dice que no juremos ni por lo más sagrado. Que nos basta decir si o decir no. Con lo que hay que resaltar entonces la sinceridad con que andamos por la vida. Ojalá siguiéramos el mandato del Señor. Qué felices seríamos y que bonitas serían nuestras mutuas relaciones. Crearíamos confianza entre unos y otros y así seriamos capaces de tendernos las manos los unos a los otros para caminar juntos y para juntos hacer que nuestro mundo sea mejor.
Desgraciadamente llenamos de oscuridades nuestra vida con nuestra falta de sinceridad. Y no son solo ya las palabras que pronunciemos sino las actitudes negativas con que vivimos en la vida. Nos queremos revestir de honorabilidad pero tenemos muchos lados oscuros en la vida, esas sombras de vanidad, de falsedad de hipocresía en que nos envolvemos. Despojémonos de esas falsas vestiduras y revistámonos de luz, la luz de la sinceridad y de la verdad, la luz de la autenticidad y de la congruencia.
La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilitan el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor. Y en esto los que nos decimos seguidores de Jesús tenemos un compromiso que cumplir. Seguimos a Jesús que es el Camino, y la Verdad, y la Vida.


martes, 28 de agosto de 2018

La autenticidad, la compasión y la sinceridad son virtudes y valores que hemos de cuidar y hacer resplandecer en nuestra vida para hacernos verdaderamente creíbles



La autenticidad, la compasión y la sinceridad son virtudes y valores que hemos de cuidar y hacer resplandecer en nuestra vida para hacernos verdaderamente creíbles

2Tesalonicenses 2,1-3a.14-17; Sal 95; Mateo 23,23-26

La sinceridad es una de las virtudes y valores que más apreciamos. Una persona sincera nos merece confianza; a quien encontramos con engaños y falsedades pronto le perdemos el respeto y porque nos es creíble para nosotros nos será muy difícil mostrarle nuestra confianza.
Son las mentiras en las que ocultamos la verdad, las mentiras en las que a conciencia decimos una cosa por otra porque queremos engañar, son las mentiras de la falsedad con que ocultamos nuestra autentica apariencia no mostrándonos como somos, son las mentiras de la vanidad y de la hipocresía con que vivimos la vida queriendo aparentar lo que realmente no somos, son las mentiras de la incongruencia con que vivimos la vida mientras proclamamos unos principios muy bonitos sin embargo nuestro actuar va por otros derroteros.
Algunas veces hemos infantilizado demasiado el concepto de la mentira dejando de lado las tremendas mentiras que puede haber en nuestra vida que son las que verdaderamente nos hacen daño.
Las personas que se nos manifiestan con autenticidad merecen nuestro aprecio, aunque lo que descubramos no sean solo virtudes, sino que podamos apreciar incluso las debilidades de su vida. A fuer de sinceros tendríamos que ser capaces de reconocer que todos tenemos debilidades y no actuamos a la perfección aunque lo deseáramos, pero si no ocultamos nuestras debilidades de alguna manera estamos diciendo que son cosas que queremos superar, que en nosotros quiere haber un esfuerzo de superación. Pero la debilidad que quizás mas nos cuesta perdonar en el otro es su falta de autenticidad ocultando tras un velo de vanidad la realidad de su propio ser.
Jesús que es la verdad en si mismo, de quien incluso sus adversarios alaban su sinceridad y lealtad, se muestra dura en el evangelio con quienes llenan su vida de hipocresía y falsedad; el hipócrita que está queriendo mostrar una cara distinta a lo que es la realidad de su vida de alguna forma nos está demostrando la vaciedad de su vida; no tiene nada bueno que mostrar y se oculta tras las vanidades y apariencias.
Lo venimos escuchando en el evangelio en estos días. Son duras las palabras de Jesús contra los fariseos a los que llama hipócritas, porque aunque se ponen exigentes en la apariencia de una vida muy cumplidora, por dentro más que vacíos lo que están llenos de podredumbre. Sepulcros blanqueados los llama. Mucha blancura de cal por fuera pero que oculta y quiere disimular la podredumbre de su interior. Muy limpia la copa y el plato en su exterior, pero muy sucia en su interior.
No tengamos miedo de mostrar la autenticidad de nuestra vida; no queramos vivir en apariencias; que haya verdadera congruencia en nuestro actuar con lo que proclamamos con nuestras palabras; que tratemos de llenar nuestro corazón de los verdaderos valores que van a reflejarse en el actuar de nuestra vida. Que nos mostremos verdaderamente creíbles por la sinceridad de nuestro actuar.

miércoles, 22 de junio de 2016

Analicemos con sinceridad esas actitudes profundas del corazón y seamos árbol bueno que dé siempre frutos buenos

Analicemos con sinceridad esas actitudes profundas del corazón y seamos árbol bueno que dé siempre frutos buenos

2Reyes 22, 8-13; 23, 1-3; Sal 118; Mateo 7, 15-20

Qué a gusto se siente uno cuando se encuentra con una persona sincera y leal; se manifiesta auténtica, tal como es, lo que piensa o lo que siente surge espontáneamente, podríamos decir, en su semblante, en la forma de actuar, en el trato que tiene con nosotros. Es algo muy hermoso y confortable.
Si así nos manifestáramos siempre con esa lealtad y con esa sinceridad en verdad que seríamos más felices, porque habría una mayor humanidad en nuestro trato y eso facilitaría la convivencia. Cuando nos encontramos con corazón torcido, que oculta la verdadera intención de lo que hace, que se  manifiesta con doblez nos llenamos de desconfianza porque realmente no sabemos cual es la verdadera intención de lo que hace y eso nos malea también a nosotros. La desconfianza es mala compañera en el camino de la vida, en la convivencia de cada día con nuestros semejantes.
Y esto nos puede suceder en muchos aspectos. Es una hipocresía y falsedad de la vida y esos son malos cimientos si queremos realmente hacer que nuestro mundo sea mejor. Será incluso desgraciadamente en nuestro trato familiar – un buen camino para destruir nuestras familias – pero es luego en el día a día con los que convivimos, convecinos, compañeros de trabajo, en las actividades de la vida social, y desgraciadamente nos lo podemos encontrar en aquellos que están llamados a dirigir o ayudar a encauzar los rumbos de la sociedad en la que vivimos.
Esta reflexión no se nos puede quedar en constatar lo que tantas veces vemos en nuestro entorno y denunciar esa falsedad de la vida, sino que tenemos que hacérnosla dentro de nosotros mismos para que no caigamos en esas redes, en esas tentaciones que nos pueden aparecer en nuestros comportamientos y en nuestras actitudes.
Los orgullos nos pueden llevar a fantasear en lo que quisiéramos ser y entonces manifestarnos en unas actitudes hipócritas con las que podemos hacer mucho daño a los que están a nuestro lado o conviven con nosotros. Es mirarnos en la realidad de nuestra vida, que tendremos nuestras virtudes y nuestros defectos, pero manifestarnos con autenticidad, con sinceridad alejando de nosotros toda vanidad que es una falsedad.
Alguno podrá pensar y qué tiene que ver todo esto con el evangelio del día y que queremos comentar. Jesús nos habla de falsos profetas que en el fondo son lobos rapaces; nos habla de auténticos frutos de verdad y de justicia que tenemos que saber ofrecer a los demás; nos habla de árboles dañados que no pueden dar nunca buenos frutos. Que no seamos nosotros nunca ese árbol dañado, porque hayamos llenado nuestra vida de falsedad, de vanidad, de hipocresía. Que no andemos por la vida con dobles intenciones ocultas en aquello que hagamos. Que vayamos mostrándonos con autenticidad en lo que hacemos para que así provoquemos ese mundo de sinceridad, de lealtad, de bien, de verdad que entre todos tenemos que realizar.
Analicemos con sinceridad esas actitudes profundas que tengamos en el corazón y seamos árbol bueno que dé siempre frutos buenos. Son los frutos del Reino de Dios que entre todos hemos de construir.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Despojémonos de nuestros orgullos y vanidades, entremos por el camino de la sinceridad y de la verdad y encontraremos a Dios

Despojémonos de nuestros orgullos y vanidades, entremos por el camino de la sinceridad y de la verdad y encontraremos a Dios

Números 24,2-7.15-17ª; Sal 24; Mateo 21,23-27

A Dios no nos podemos acercar si no es con sinceridad de corazón. Acercarnos a Dios ya en sí es un acto de fe pero solo con corazón humilde será grande esa fe. Nunca el orgullo fue buen camino para ir a Dios; nunca desde la malicia de la mentira y del disimulo podemos conocer a Dios. Por es necesaria esa sinceridad que nos hace humildes y esa humildad que nos hace mirar con sinceridad nuestra vida. Y a ese corazón humilde y sincero sí se manifiesta Dios, se hace presente en su vida, le hace saborear la sabiduría de Dios, puede llegar al conocimiento de Dios.
Sin embargo nuestro orgullo aparece fácilmente en nuestra vida; nos queremos hacer nuestra propia imagen de Dios o incluso nosotros mismos queremos hacernos dioses porque nos creemos autosuficientes, porque nos creemos que nos lo sabemos todo y no necesitamos ninguna revelación que nos ayude a descubrir el misterio, porque tenemos nuestras ideas preconcebidas y nos cuesta abajarnos de nuestros pedestales para abrirnos a la sabiduría de Dios.
En el evangelio que queremos comentar hoy vemos que los escribas y fariseos ya tenían su idea preconcebida de lo que había de ser el Mesías, ahora se presenta Jesús a quien entre el pueblo sencillo se le considera como un gran profeta y quizá que podría ser el Mesías, pero Jesús no se está presentando conforme a aquellas ideas que ellos tenían de lo que habría de ser el Mesías; ya tienen por delante el rechazo a todo lo que haga y lo que diga Jesús, o bien le dicen que está endemoniado cuando cura a los enfermos y expulsa a los demonios, según ellos con el poder del príncipe de los demonios, o bien le preguntan por su autoridad para enseñar o para hacer lo que hace como la reciente expulsión de los vendedores del templo; es verdad que Jesús no ha ido a estudiar a sus escuelas rabínicas y eso les descoloca porque sin embargo se manifiesta con autoridad en lo que enseña. No saben, o no quieren, abrirse al misterio de Dios que en Jesús se está manifestando.
Vienen con preguntas a Jesús pero no lo hacen con la sinceridad del que busca la verdad; vienen con preguntas a Jesús porque quieren cazarlo en sus respuestas para tener de qué acusarlo y quitarlo de en medio. Hoy Jesús les desenmascara con la pregunta que les hace sobre el sentido del bautismo de Juan, y no entra en el juego de sus preguntas. La sabiduría de Jesús ve en verdad los corazones de los hombres y allí no había sinceridad ni verdadero deseo de encontrar a Dios.
¿Nos pasará algo así a nosotros? ¿Vamos con sinceridad a la búsqueda de Dios y nos queremos poner ante El con la sinceridad y verdad de nuestra vida, aunque seamos pecadores? Porque tenemos el peligro de ni siquiera ante Dios que conoce de verdad hasta el fondo nuestros corazones, somos capaces de reconocer nuestra indigencia, nuestra pobreza espiritual o nuestro pecado. Despojémonos de nuestros orgullos y vanidades, entremos por el camino de la sinceridad y de la verdad y encontraremos a Dios. Nos vamos a encontrar un Dios compasivo y misericordioso que nos ama a pesar de nuestros pecados y nos ofrece generosamente el perdón de su misericordia.

martes, 13 de octubre de 2015

Viviendo con sinceridad y autenticidad, alejamos de nosotros apariencias y vanidades para poner humildemente nuestro corazón en el Señor

Viviendo con sinceridad y autenticidad, alejamos de nosotros apariencias y vanidades para poner humildemente nuestro corazón en el Señor

Romanos 1,16-25; Sal 18; Lucas 11,37-41

Cuantas cosas se pueden ocultar tras una apariencia bonita; vanidades de la vida, orgullos que nos quieren revestir de brillos exteriores, apariencias externas que tratan de ocultar las miserias de nuestro interior, la mentira que nos impide ser sinceros con nosotros mismos y con la que tratamos de engañar a los que nos rodean. Son tentaciones que sufrimos cada día cuando nos falta la humildad de la verdad.
Nos contentamos con cumplir formalmente pero desde nuestro interior no sería lo que nos gustaría hacer. Podemos aparecer con mucha rectitud aparente y hasta nos convertimos en exigentes con las actitudes, las posturas o las acciones de los demás, pero no somos capaces de exigirnos a nosotros mismos de la misma manera. Con qué sinceridad tendríamos que enfrentarnos a todo esto.
Nos puede parecer una anécdota lo que vienen a plantearle a Jesús los fariseos, o acaso una cuestión de higiene. Lo curioso es que lo que podían ser meras formas de cortesía y de higiene para evitar contagios y enfermedades, o expresa corrección también en el trato y respeto que le debemos a los demás, los fariseos lo habían convertido en ley, le habían dado hasta un significado religioso donde hablaban de impureza legal, es cierto, pero con una connotación fuertemente religiosa. Lo habían convertido en una fuerte exigencia, el tema de lavarse las manos al volver de la plaza antes de sentarse a la mesa.
En esta ocasión el asunto surge cuando un fariseo invita a su casa a Jesús a comer y se extrañó que Jesús no se lavara las manos antes de sentarse a la mesa. Hay otro episodio del evangelio en que Jesús también está invitado en casa de un fariseo, pero éste realmente no le había ofrecido todo lo que eran las normas habituales para la hospitalidad y acogida, donde estaba lo del agua para lavarse o el perfume que se ofrecía como un obsequio al visitante.
Entonces será la mujer pecadora la que con su amor y sus lágrimas y perfumes va a suplir lo que el fariseo no le había ofrecido y dará ocasión para un hermoso mensaje de Jesús. Ahora también Jesús viendo el recelo del fariseo tendrá oportunidad de dejarnos un hermoso mensaje.
‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’, le dice Jesús. ¿Es el lavarse las manos o será la acogida a la persona lo que es importante? ¿Es la formalidad de una limpieza interior o será más importante cómo tengamos el corazón?
Mucho tendrían que hacernos pensar estas palabras de Jesús, para examinar de verdad cuales son las intenciones que tenemos en el corazón, para no quedarnos en esa pureza o santidad de apariencia sino que tengamos verdaderamente limpio del corazón. Podemos hacer incluso muchas cosas buenas, pero las intenciones que tengamos por dentro sean intenciones torcidas porque busquemos un reconocimiento, unas alabanzas, o el que nos consideren muy buenos sabiendo nosotros que no es oro todo lo que reluce en nuestra vida porque ocultamos orgullos y soberbias, buscamos vanidades.
No son los ritos los que le dan profundidad a la vida del hombre; el rito tendrá que ser signo de algo más profundo que llevamos dentro. Esto nos vendría bien para hacernos pensar en cómo, por ejemplo, desarrollamos y vivimos nuestros ritos religiosos; eso, si se quedan simplemente en ritos, y no son signos de lo que verdaderamente llevamos o hacemos en nuestro interior. “Yo ya fui a Misa y cumplí”, decimos tantas veces, pero mientras estaba corporalmente en la celebración mi mente y mi corazón estaban lejos, no había un verdadero encuentro y relación con el Señor; con nuestros labios vamos recitando oraciones, pero nuestra mente está en otra parte, en otras cosas que tenemos que hacer, cuando no estemos maquinando el mal.
Vivamos con sinceridad y autenticidad; alejemos de nosotros apariencias y vanidades; centremos de verdad nuestra vida en el Señor reconociendo también humildemente lo que hay de pecado muchas veces en nuestro corazón.

lunes, 27 de enero de 2014



No desconfiemos nunca de la acción de Dios en nosotros que nos lleva por caminos de santidad

2Sam. 5, 1-7.10; Sal. 88; Mc. 3, 22-30
‘Un reino en guerra civil, no puede subsistir; una familia dividida, no puede subsistir…’ son los ejemplos que les propone Jesús para rebatir la injuriosa blasfema calumnia que quieren levantar contra él.
Ya habían dicho de Jesús que blasfemaba cuando perdonó los pecados al paralítico que llevaron a su presencia. Pero ahora son ellos los que blasfeman contra el Espíritu de Dios presente en Jesús queriendo atribuirle que si expulsa los demonios lo hace con el poder del jefe de los demonios, lo que se sale de toda congruencia; por eso Jesús les dice lo del reino en guerra civil o la familia dividida que no pueden subsistir. ‘Si Satanás se rebela contra sí mismo para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido’.
El espíritu maligno es el espíritu de la confusión y de la mentira. Es la forma como también nosotros somos tentados tantas veces queriendo crear confusión en nuestro espíritu. A la larga la tentación está en presentarnos lo malo como bueno, en querernos convencer de que aquello en lo que somos tentados no es tan malo, es natural, no tendríamos que verlo como malo.
Fijémonos como nosotros  mismos muchas veces a sabiendas de que lo que hacemos no es bueno, sin embargo queremos buscarnos mil justificaciones para hacer lo que hacemos y nunca nosotros queremos sentirnos culpables y, si acaso llegamos a reconocer que no es tan bueno lo que hemos hecho, trataremos de echarle la culpa a los demás.
Eso nos está enseñando cómo tenemos que tratar de formar nuestra conciencia rectamente, buscando los fundamentos verdaderos de la moralidad de nuestros actos en lo que es la ley del Señor y en su palabra revelada. Como se suele decir queremos arrimar el ascua a nuestra sardina, y de una forma subjetiva queremos ver la cosas  pero no las confrontamos lo  más objetivamente posible con lo que es la ley del Señor y su revelación de la que la Iglesia es la más autentica trasmisora.
La catequesis que hemos recibido a lo largo de la vida no siempre ha sido todo lo profunda que tenía que haber sido,  porque muchas veces se nos ha quedado en los elementales conocimientos que recibimos de niños en consonancia con la edad y madurez que entonces teníamos. Hubiéramos necesitado que en la medida que íbamos madurando como personas hubiéramos ido madurando también esa formación cristiana y moral, de donde surgen tantas lagunas luego en la necesaria madurez de nuestra vida cristiana.
Y es entonces cuando el espíritu maligno se aprovecha de esa debilidad e inmadurez de nuestra formación para crearnos esas confusiones en nuestro espíritu para arrastrarnos con la tentación y al pecado que nos aleje de los caminos de Dios. Tentaciones que nos ayudarían a superar, por una parte esa más profunda formación en nuestra vida cristiana y moral, pero que también con una vida de más intensa relación con Dios en nuestra oración y en la práctica de los sacramentos. Es la gracia del Señor que nos acompañaría en nuestra vida y nos daría fortaleza con la tentación y el mal.
Pidámosle al Señor que nos conceda la fortaleza de su Espíritu para mantenernos firme frente a toda tentación; que nos dé Espíritu de Sabiduría para saber discernir bien todo cuando nos va sucediendo y no se cree en nuestro corazón ese espíritu de confusión que nos lleva por los caminos de la mentira y el mal. Que no desconfiemos nunca de la acción de Dios en nuestra vida; El nos va conduciendo, siendo nuestra fortaleza frente al maligno; sepamos dar gracias a Dios por el Espíritu Santo que llena nuestro corazón y nos enseña a recorrer los caminos de la santidad.

sábado, 15 de junio de 2013

Un corazón limpio y veraz es lo que agrada al Señor

2Cor. 5, 14-21; Sal. 102; Mt. 5, 33-37
‘A vosotros os basta decir sí o no’. Así nos dice Jesús. ¡Qué hermoso cuando una persona es creíble! No necesita nada más; sabemos que su palabra es siempre sincera, veraz; no necesitamos más argumentos ni pruebas. Es la persona que se muestra siempre y en todo con sinceridad, con sinceridad total. Se le puede creer. Se puede uno fiar.
Jesús nos dice que no nos es necesario nada más. De El también dijeron, llegaron a reconocer aunque les costaba hacerlo, que era veraz, porque en El no había engaño. Y es lo que nos pide Jesús para nuestra vida. Esas actitudes interiores sinceras sin doblez ni engaño, sin apariencias que traten de deslumbrar, mostrándonos siempre con autenticidad, es lo que el Señor quiere que tengamos en nuestro corazón.
Nos hemos comenzado a hacer esta reflexión que creo que nos viene bien a partir de esas palabras de Jesús pronunciadas con la ocasión del comentario que hace sobre el tema de los juramentos. ‘Yo os digo que no juréis en absoluto’, les dice. Era algo muy habitual entre los judíos pero Jesús quiere purificar muchas cosas y muchas costumbres, como nos sucede a nosotros también.
En el mandamiento del Señor está el no tomar el nombre de Dios en vano, y es ahí donde entra el tema de los juramentos. Cuando estamos jurando por cualquier cosa o ante cualquier afirmación que hacemos porque queremos que sea creíble, fácilmente estamos tomando el nombre de Dios en vano en un juramento que realmente es innecesario. Jurar es poner a Dios por testigo de la veracidad de aquello que decimos o de la promesa que hacemos como que la vamos a cumplir.
Claro que jurar con mentira, poniendo a Dios por testigo de una falsedad nuestra es grave pecado, el perjurio y eso tiene que estar siempre lejos de nosotros porque es una ofensa grave al santo nombre de Dios. Pero por otra parte creo que hemos de tener claro que el juramento habría que dejarlo para cosas o momentos que sean realmente importantes. Son las condiciones que siempre se nos ha enseñado en el catecismo que se han de tener para que con el juramento no ofendamos el nombre santo de Dios: Que sea verdadero, que sea justo y que sea necesario por la importancia del momento.
Hay personas que parece que no saben decir dos palabras seguidas sin que por medio haya un juramento para reafirmar la verdad de lo que están diciendo. ¿Será quizá porque son tan poco creíbles por la poca autenticidad y sinceridad que hay habitualmente en sus vidas por lo que creen necesario están haciendo juramento de cualquier cosa que afirmen para que se les pueda creer? A uno le entran algunas veces esas sospechas. Es por lo que Jesús ha terminado diciéndonos hoy que nosotros nos baste decir sí o no, y con la veracidad que hay en nuestra vida será suficiente para que se nos crea.
Como decíamos al principio qué hermoso cuando una persona es creíble, cuando nos hacemos creíbles ante los demás por la sinceridad con que vivimos nuestra vida, por la rectitud de nuestro obrar, por la autenticidad con que nos mostramos en todo momento. Es una persona trasparente, decimos, porque siempre estaremos apreciando la bondad de su corazón, la justicia de su obrar. Qué desagradable se nos hace una persona mentirosa, en la que notamos esa falsedad, esa poca sinceridad; y ya no son las palabras o afirmaciones que puedan hacer en un momento determinado, sino la actitud permanente que pueda haber en sus vidas.
En el evangelio vemos a Jesús condenar con palabras fuertes a esas personas que viven en esa doblez de su vida, en esa hipocresía de querer aparentar una cosa que realmente no están viviendo por dentro. Como le dirá a los fariseos, como tantas veces hemos escuchado, son como sepulcros blanqueados, por fuera muy limpios y muy relucientes de blancura, pero dentro lo que sabemos es que hay podredumbre.

Por eso lo mejor es un corazón limpio y sin maldad, un corazón sincero y sin doblez, una vida auténtica que busca siempre lo bueno y lo justo para todos. Que haya sinceridad en nuestra vida. El Espíritu del Señor nos llene de fortaleza para esa veracidad de nuestra vida. 

lunes, 9 de abril de 2012


Todos nosotros somos testigos

Hechos, 2, 14.22-32; Sal. 15; Mt. 28, 8-15
‘Dios resucitó a este Jesús y todos nosotros somos testigos’. Es el mensaje que oiremos repetidamente en estos días en la Palabra del Señor.
Se nos van ofreciendo textos por una parte en esta semana en los evangelios de cada día que nos van narrando las distintas apariciones de Cristo resucitado a sus discípulos. Y en la primera lectura por otra parte iremos escuchando el texto de los Hechos de los Apóstoles durante todo este tiempo de Pascua, y en estos días diversos hechos del comienzo de la predicación de los Apóstoles con el anuncio repetido del mensaje central de la resurrección de Jesús.
Decíamos que es el mensaje que oiremos repetidamente en la palabra de Dios, el mensaje de la resurrección de Jesús. Pero es que por otra parte tendríamos que decir que es el mensaje que también nosotros tenemos que ir haciendo una y otra con nuestra palabra y nuestra vida. Es el mensaje central de nuestra fe, de manera que nos llegará a decir san Pablo que si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe. Esa es la afirmación capital de nuestra fe, como nos decía Pedro en su discurso, ‘Dios resucitó a Jesús y todos nosotros somos testigos’.
Cuando dice todos nosotros somos testigos, en primer lugar se está refiriendo al testimonio de los discípulos que fueron testigos de la resurrección de Jesús. Pero en ese nosotros hemos de estar incluidos nosotros. Alguien podría pensar, que nosotros no estuvimos allí; pero tenemos que decir que la fe nos hace testigos; testigos porque por la fe hay algo muy profundo que nosotros podemos vivir y es la presencia de Cristo resucitado en nuestra vida, en la Iglesia, y en la vida de tantos cristianos que lo son en medio del mundo con su palabra y su vida.
Por la fe podemos llegar a vivencias hondas, que nos hacen sentir esa presencia de Dios en nuestra vida, en nuestro corazón. La fe no es una ilusión ni un sueño; la fe nos da una certeza y es la seguridad de que el Señor se hace presente en nuestra vida. Abriendo los ojos a la fe podemos descubrirlo, sentirlo, vivirlo, por ejemplo en nuestras celebraciones. No son un simple rito que realizamos. Son algo vivo, que pertenece a nuestra vida, que implica nuestra  vida. Y, maravilla de Dios, El se hace sentir presente en nuestra vida. Eso nos exige actuar desde la fe, abrir los ojos a la fe, dejarnos conducir por la fuerza del Espíritu del Señor.
En el evangelio se nos narran dos hechos. Por un lado nos habla de cómo ‘Jesús salió al encuentro’ de aquellas mujeres que habían ido al sepulcro, se lo habían encontrado vacío y unos ángeles les habían dicho que Jesús había resucitado y no había que buscar entre los muertos al que estaba vivo. ‘Impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos cuando de pronto Jesus les salió al encuentro’.
La invitación de Jesús es a la alegría y a confiar, a no tener miedo. ‘Alegraos’, les dice. ‘No tengáis miedo’. Y les confía la misión de irlo a anunciar a los discípulos que han de ir a Galilea donde Jesús se les manifestará. Aquellas mujeres serán testigos y apóstoles. Testigos porque el Señor resucitado les sale al encuentro; apóstoles porque llevan una misión y la misión es ir a dar testimonio. Tendrán la alegría del Señor y también su fortaleza para cumplir la misión.
El otro hecho que nos narra hoy el evangelista es el engaño y soborno de los guardias para que no sean testigos. Ellos han sido testigos del momento. Pero los tratan de hacer callar con el engaño de que han de decir que los discípulos se robaron el cuerpo de Jesús. El maligno que quiere seguir manifestando su poder con el engaño y la mentira. Pero el anuncio de la resurrección del Señor será algo más fuerte y luminoso y la noticia correrá por los espacios y a través de los tiempos. La luz no se puede apagar, la verdad no se puede acallar. La mentira siempre estará en la sombra, pero  nosotros estamos llamados a vivir en la luz. Es lo que nos hace testigos.