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sábado, 14 de junio de 2025

Tenemos que ser creíbles, no por los juramentos que hagamos, o las muchas palabras vacías que digamos, sino por la autenticidad y sinceridad de nuestra palabra en consonancia con nuestra vida

 


Tenemos que ser creíbles, no por los juramentos que hagamos, o las muchas palabras vacías que digamos, sino por la autenticidad y sinceridad de nuestra palabra en consonancia con nuestra vida

2Corintios 5, 14-21; Salmo 102; Mateo 5, 33-37

Algunas veces nos encontramos con personas que parece que no saben pronunciar dos palabras sin que por medio esté un juramento. ¿Será porque sus palabras habitualmente son vacías y sin contenido y ahora para hacerse creíbles lo que hacen es utilizar el juramento como para darle valor o importancia a lo que dicen? Cuando de forma habitual no vamos con la verdad por delante, como se suele decir, o cuando andamos ocultando cosas, no siendo del todo sinceros en lo que hablamos o decimos, ya estamos pensando que la gente desconfía de nosotros y parece que entonces nos vemos obligados al juramento. Qué bonito sería ir con sencillez en nuestra vida, con palabras sinceras y verdaderamente llenas de contenido.

Es lo que el evangelio está queriendo decirnos. Por supuesto recuerda Jesús de entrada lo que estaba en los mandamientos desde siempre, que de ninguna manera podemos jurar en falso, jurar con mentira, pero también nos dice que no hay que hacerlo sin necesidad. Y sin necesidad de juramento estaríamos si nos acostumbráramos a ir siempre con sinceridad en la vida. Nuestra sinceridad es la que nos hace creíbles, y cuando sabemos que estamos tratando con una persona que es sincera, nunca le pediremos más garantías para aceptar aquello que nos dice.

Démosle pues verdadero contenido a nuestras palabras, autenticidad y verdad porque todo vaya acompañado por la forma en que nosotros vivimos. La sencillez y la humildad deben acompañarnos siempre y no necesitamos muchas palabras para comunicar la verdad que llevamos dentro a los demás. Por eso tenemos que saber ser reflexivos, madurando en nuestro interior aquello que vamos a expresar; así no saldrán palabras vacías, estamos cansados de tanta palabrería y de tantas promesas que se presentan seguramente como una pantalla para ocultar el vacío que llevamos dentro. Y eso, tenemos que reconocerlo, sucede en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Por eso al final terminamos hastiados de tanta mentira y ya no creemos en nada ni en nadie.

Seguramente tienes la experiencia que aquellos momentos que han dado hondura a tu vida, porque quizás te hicieron ver las cosas de otra manera, porque encontraste el sentido de muchas cosas, se originó en un buen consejo, breve en palabras, que te dio alguien lleno de sabiduría; es lo que te hizo pensar, rumiar en tu interior, darle vueltas a las cosas y encontrar una luz para tu vida.

Que sepamos tener también nosotros esa palabra sabia que trasmitamos a los que están a nuestro lado; esa palabra que ofrecemos con humildad y sencillez; esa palabra que no hace alardes de nada, sino que en si misma es sabia porque antes nosotros la hemos rumiado y saboreado en nuestro interior; no será nunca una palabras vacía y hueca, una palabra sin sentido, siempre va a ser como un faro que nos ilumina, nos hemos dejado nosotros iluminar por ella, y con esa luz queremos hacerla llegar a los demás; será una palabra que nos sale de lo más hondo de nosotros mismos, porque de alguna manera con ella estamos dando parte de nosotros para enriquecer a los demás.

Es la autenticidad y la veracidad que nos pide Jesús. Nos pide que no andemos con juramentos sino que nos baste decir un si, o decir un no, en el momento oportuno. Es la sabiduría que vamos aprendiendo del evangelio, que da hondura a nuestra vida cristiana y nos hará más creíble el anuncio que nosotros hemos de hacer a los demás. La mejor garantía de credibilidad es la congruencia que mostremos entre nuestras palabras y nuestra vida; lo que no se vea realmente reflejado en nuestra vida nunca será aceptado por mucha palabrería que digamos o por muchos juramentos que hagamos.

jueves, 24 de agosto de 2023

Hay dudas y hay preguntas, hay silencios y hay oscuridades, pero en esos procesos debajo de la higuera siempre podemos encontrar a Dios

 


Hay dudas y hay preguntas, hay silencios y hay oscuridades, pero en esos procesos debajo de la higuera siempre podemos encontrar a Dios

Apocalipsis 21, 9b-14;Sal 144;Juan 1, 45-51

Algunas veces somos crédulos para aceptar lo que nos dicen en torno a las cosas que suceden, noticias que nos dan, comentarios que nos hacen sobre situaciones o problemas de la vida, pero hay ocasiones en que nos resistimos, no nos lo creemos así porque sí y de alguna manera queremos comprobar la veracidad de lo que se nos dice, la confianza que podemos poner en quien nos está comunicando algo, y de alguna manera lo ponemos todo en duda. no es malo el comprobar, el cerciorarnos de la verdad que nos comunican antes de ofrecer nuestro asentimiento. Muchas veces corren noticias que se divulgan con demasiada facilidad, noticias en ocasiones nacidas también de ciertos fanatismos con los que queremos ver las cosas según sean nuestras apetencias o nuestros gustos; hay, por otra parte, personas a las que gusta el sensacionalismo y de cualquier cosa se crean un mundo grandioso y fantasioso que muchas veces pueda estar bien lejos de la realidad. Por eso, digo, es bueno sopesar con equilibrio lo que no dicen para poder encontrar lo que es la auténtica verdad.

¿Era una situación así la que vivían en aquellos momentos en Israel? Estaba, es cierto, la esperanza del pueblo judío en la pronta venida del Mesias, pues de alguna manera los tiempos se cumplían segun lo anunciado por los antiguos profetas. Era especial la situación que vivían bajo la dominación romana, que tanta inquietud podría producir en sus cosas aumentando sus deseos de la pronta venida del Mesías. Habían, o mejor, aún estaban viviendo la experiencia de aquel profeta surgido allá en el desierto en las orillas del Jordán con el anuncio de la inminente venida del Mesías; él en cierto modo se presentaba como el precursor con la misión de preparar los caminos para la llegada del Mesías, acudían por esto gentes no solo de Jerusalén sino de toda Palestina para escucharle, y ya algunos hablaban de que había señalado a quien iba a ser el Mesías. 

Con estas noticias llega un amigo de Natanael a contarle que han encontrado al Mesías. Felipe encuentra a Natanael y le dijo: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret’. Pero Natanael lo pone en duda, no se lo cree. Por mucho que le insista su amigo, no se traga así tan fácilmente sus palabras; claro que surge también la rivalidad pueblerina entre pueblos vecinos, al decirle que es de Nazaret, y él era de Caná de Galilea, un pueblo cercano. ‘De Nazaret no puede salir nada bueno’. 

Aunque algunas veces pareciera que nos escudamos en esas rivalidades es normal y podríamos decir que tambien bueno que surjan esas dudas que nos hacen pensar, que nos hacen reflexionar, que nos hacen buscar; aunque nuestra mente parezca un torbellino de cosas y de ideas de las que nos parece imposible salir es la manera de cribar, es la manera de ir a lo más profundo para no quedarnos en frivolidades, para no quedarnos en lo superficial, para encontrar lo que llegue a ser nuestra verdadera sabiduría.

No es solo que queramos experimentar y probar todo para poder llegar a conocerlo, pero si son necesarios en la vida encuentros profundos que incluso nos haga encontrarnos a nosotros mismos que también muchas podemos andar como perdidos. ¿Será ese en cierto modo el proceso que se estaba desarrollando en el corazón de Natanael mientras planteaba sus dudas a su amigo Felipe? 

Finalmente se dejó conducir. Felipe logró llevarlo ante jesús. Y aquí surgen las sorpresas por las alabanzas de Jesús y es el propio Natanael el que se siente sorprendido por las palabras de Jesus. ‘¿De qué me conoces?’, le pregunta. Jesús, sí, nos conoce; Jesus si sabe cual es nuestro corazón; Jesus si ha estado cerca de nuestra vida aunque nosotros no lo hubiéramos visto. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera yo te ví’. Y surgió la respuesta de fe de Natanael. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.

No sabemos qué había pasado debajo de la higuera. Pero podemos intuir ahí todo el proceso que se estaba desarrollando en su corazón que ahora venía a terminar con una experiencia de encuentro. Allí, debajo de la higuera, en ese proceso de la vida de Natanael aunque él entonces no se diera cuenta había estado Dios, había estado Jesús. Había sido como una llamada que había ido sintiendo en su corazón a la que se resistía, como luego se estaba resistiendo a la invitación de su amigo Felipe; pero su corazón había terminado abriéndose a Dios, había dado el paso adelante, ahora estaba ante jesús confesando su fe pero recibiendo también la promesa de cosas mayores.

¿Seremos capaces nosotros también de dejarnos conducir para llegar también a tener esa experiencia de Dios, como la que tuvo Natanael? También muchas veces ponemos resistencias, nos llenamos de dudas, buscamos muchas veces sin saber dónde o cómo buscar. Habrá un Felipe o habrá un Natanael que nos ayudará a encontrar la luz. No nos hagamos sordos a las invitaciones que podamos recibir.  Dejémonos conducir para llegar a ese encuentro con Dios.


martes, 6 de junio de 2023

Veracidad y autenticidad, crecimiento personal en camino de superación y testimonio de nuestros valores, responsabilidad con el mundo en que vivimos

 


Veracidad y autenticidad, crecimiento personal en camino de superación y testimonio de nuestros valores, responsabilidad con el mundo en que vivimos

Tobías 2,9-14; Sal 111; Marcos 12,13-17

‘Sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan…’ es una alabanza insólita en labios de los que se sentían enemigos de Jesús. Y digo sentían, porque era el sentimiento de ellos, porque para Jesús nunca hay enemigos, cuando a todos nos ha mandado amar. Pero digo alabanza insólita, porque detrás se esconde una malicia, una mala intención, porque es una forma de entrar en conversación para luego meter en apuros, podríamos decir, a Jesús con sus preguntas capciosas. Pero esto nos da oportunidad de hacernos varias reflexiones.

Primero quería fijarme en la frase en sí para preguntarnos si eso es lo que realmente buscamos en la vida. ¿Qué nobleza hay en nosotros? Es necesario, es cierto, que haya más autenticidad y más veracidad en la vida. Manifestar lo que en verdad somos, sin disimulos, sin arreglos, sin buscar apariencias. Hemos de reconocer que nos cuesta, porque no siempre somos trigo limpio.

Claro que si nos damos cuenta que hay deficiencias en nuestra vida en lugar de buscar disimulos, apariencias, lo que tenemos que hacer es un ejercicio de ascesis importante para tratar de superarnos, de corregirnos, de crecer de verdad en los buenos valores y en las buenas virtudes. Es que soy así, nos decimos tantas veces porque no queremos esforzarnos, porque nos cuesta encontrar ese dominio de nosotros mismos para en verdad ser mejores, y nos quedamos en los disimulos, en las vanidades. Importante ese esfuerzo de superación, de corrección de nosotros mismos y nuestras malas rutinas; siempre nuestra tendría que estar en ascensión. Y nos manifestamos como somos, también con nuestras limitaciones, con autenticidad.

Que haya en verdad veracidad en nuestra vida. Y esto implica por otra parte que aquello que son nuestros principios y nuestros valores no los podemos ocultar. Y este es el tema y el problema cuando estamos pendientes de lo que piensen los demás. Como dicen ahora, lo políticamente correcto, porque es lo que piensa la mayoría, o al menos los que más ruido hacen, y claro, nos decimos cobardemente, no nos vamos a poner en contra.

Nos falta valentía, y nos falta valentía para mostrar nuestra condición de creyentes, para expresar claramente lo que es nuestra fe, lo que nos nuestros valores morales. Y el mundo necesita testigos auténticos. Si nosotros hemos optado por estos valores y estos principios, si hemos optado por seguir el camino de Jesús y de su evangelio, es porque para nosotros tiene sentido, es una luz para nuestra vida, lo consideramos lo mejor. ¿Por qué no trasmitirlo también a los demás? No es proselitismo, sino que aquello en lo que creemos, lo trasmitimos, lo queremos contagiar, lo ofrecemos como camino de luz a todos los que caminan a nuestro lado. Y nos falta esa valentía, que significa que no terminamos de ser veraces y auténticos.

Y finalmente una referencia a lo que fue el motivo de estas intrigas contra Jesús. Como judíos se sentían dolidos de que tuvieran que pagar sus impuestos a Roma, país dominador en aquellos momentos del territorio judío. Se encontraban quizá como en un conflicto interior, porque ellos pensaban que sus tributos tenían que ser al templo como era su tradición, sus costumbres y sus leyes judías, porque era la contribución al bien de su propia tierra. De ahí la pregunta, pero también la sabia respuesta de Jesús porque veían que detrás de todo aquello había una cuestión política, que no era ahora su camino.

‘Dad al Cesar, lo que es del Cesar; dad a Dios, lo que es de Dios’, en referencia a las monedas usadas con sus propias efigies. Hablamos siempre de una separación de ámbitos y poderes, y solemos emplear esta frase según quizás nos convenga en cada momento. No mezclemos las cosas de Dios con las cosas de los hombres, nos decimos a partir de aquí tantas veces.

Pero ¿no nos querrá decir más y otra cosa Jesús también con esta afirmación? Hay unos deberes y unas obligaciones, llamémoslas así, en nuestra relacion con Dios y con todo lo que atañe a nuestra fe, que hemos de cuidar y testimoniar como de alguna manera hemos venido diciendo. Pero también tenemos unos deberes y unas obligaciones para con este mundo en el que estamos viviendo, esta sociedad de la que formamos parte, y de las que tampoco podemos desentendernos. Y es aquí donde también tenemos que pensar en nuestras responsabilidades con nuestra sociedad. Ahí también tenemos que contribuir, ahí tenemos nuestra parte, ahí también tenemos unos talentos que poner a juego buscando ese bien común, esa mejora de nuestra sociedad. Mucho nos tendría que hacer pensar, mucho tenemos que preguntarnos en lo que hacemos o en lo que estamos dejando de hacer.

Ahí tiene que manifestarse también la veracidad de nuestra vida, nuestra autenticidad, la responsabilidad con que vivimos, lo que podemos hacer para que nuestro mundo sea mejor.

viernes, 18 de noviembre de 2022

El gesto de Jesús al expulsar a los vendedores del templo nos interpela a la sinceridad y congruencia de nuestra vida, de la sociedad y también de la Iglesia

 


El gesto de Jesús al expulsar a los vendedores del templo nos interpela a la sinceridad y congruencia de nuestra vida, de la sociedad y también de la Iglesia

Apocalipsis 10, 8-11; Sal 118; Lucas 19, 45-48

Una cosa es que en lo que decimos cuidemos de no herir ni ofender a nadie, por el respeto que toda persona nos merece, y otra cosa es que seamos acomodaticios de manera que lo que digamos, las opiniones que expresemos traten de agradar y halagar a todo el mundo; no seríamos sinceros ni consecuentes con nuestras ideas cuando nos callamos nuestros principios porque queremos que nuestras palabras sean agradables y no nos llevemos las iras de los que puedan opinar de forma distinta; seria cobardía, sería incongruencia, sería falta de sinceridad.

Hoy está de moda en la vida pública el que digamos lo que se considera políticamente correcto; quizás los dirigentes o una cierta clase política tratan de imponer sus ideas que pudieran ir incluso en contra de lo que han sido nuestros principios de siempre, nuestras costumbres más correctas, pero cuidamos de no expresarnos de manera distinta a como piensan los que pretenden dirigir nuestra sociedad para no ponernos en contra con las derivaciones que eso luego pudiera tener en beneficios a conseguir o en apoyos incluso para aquello que queramos emprender. Parecería que esos intereses, políticos o económicos, nos taparan la boca. Demasiado partidistas son las decisiones que se toman muchas veces en nuestra sociedad, también hay que decirlo.

Pero Jesús no tenía papas en la boca, como se suele decir en expresión popular. Cuando tenía que hablar hablaba, y cuando tenía que actuar actuaba. Es lo que contemplamos hoy en el hecho que nos narra el evangelio. El acontecimiento está incluso muy cercano a lo que fue su entrada triunfal en Jerusalén cuando fue aclamado por la multitud y por los niños, aunque otro evangelista nos lo presenta en otro momento. 

Jesús que llega al templo se encuentra con aquel espectáculo de vendedores de animales, cambistas con sus dineros y todo el mercado que se  había montado alrededor, como ya hemos tenido ocasión de comentar. Es un momento duro y fuerte en la actuación de Jesús, pues derriba las mesas de los cambistas y expulsa del templo a todos aquellos que lo habían convertido en un mercado. Escrito está: Mi casa será casa de oración; pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos’. Aunque también a continuación nos dice el evangelista que ‘todos los días enseñaba en el templo’.

¿Era Jesús el que era aclamado por la gente que incluso en una ocasión, después de la multiplicación de los panes, habían querido hacerle rey? ¿Era Jesús el Mesías esperado y en quien tantas esperanzas habían puesto muchos en Israel? ¿Era Jesús el que era seguido por multitudes incluso hasta cuando se alejaba a lugares apartados? ¿Era Jesús el que quería comenzar algo nuevo, lo que él llamaba el Reino de Dios, y que había de convencer a la gente que habían de seguirle y hacer lo que les enseñaba? Una reacción como ésta que hoy manifiesta al expulsar a los vendedores del templo ¿le ayudaría en verdad a realizar su misión y que la gente estuviera contenta con su predicación para seguirle de verdad y constituir el Reino de Dios?

Algunos dirían que no hizo lo políticamente correcto. Veremos incluso como enseguida ‘los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él’. No era del agrado de los dirigentes cuando quizá podrían ver en peligro sus intereses en que todo siguiera como estaba. ¿Quién estaría detrás de todo aquel montaje que ahora Jesús quiere desmontar? Ya sabemos las consecuencias.

Claro que todo esto tiene que hacernos pensar para el hoy de nuestra vida, de nuestro mundo, de nuestra iglesia incluso. ¿Nos estará interpelando Jesús por nuestras cobardías, por nuestra incongruencia, por nuestra falta de rectitud y veracidad en la vida? Nos analizamos a nosotros mismos para ver hasta donde llega la sinceridad de nuestra vida, pero mucho tenemos que mirar para la sociedad que nos rodea, esa sociedad que estamos creando, como para nuestro actuar también como iglesia en medio del mundo. ¿Andaremos también con dobles caras y dobles medidas?

¿Nos estaremos contagiando en esa falta de rectitud y de veracidad? Quien quiera entender que entienda. ¿Seremos en verdad la iglesia de la misericordia con todos y en toda situación o nos dejaremos llevar por las acciones vengativas que llaman muchas veces justicia de nuestra sociedad?

viernes, 9 de septiembre de 2022

Vivamos con autenticidad, con veracidad, siendo sinceros con la verdad de nosotros mismos y nuestras debilidades, camino de la verdadera grandeza

 


Vivamos con autenticidad, con veracidad, siendo sinceros con la verdad de nosotros mismos y nuestras debilidades, camino de la verdadera grandeza

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Sal 83; Lucas 6, 39-42

Con qué facilidad proyectamos sobre los demás lo que llevamos dentro de nosotros, lo que nos sucede, lo que pueden ser unos sentimientos negativos que llevemos dentro. Es como un mecanismo de defensa, no lo vemos en nosotros, porque no lo queremos ver y al final hasta nos convencemos de que eso nos pasa a nosotros, pero lo vemos siempre en los demás. Por eso nunca somos culpables, no tenemos defectos ni vicios, pero todo eso lo vemos en los demás, en los que nos rodean; y creamos sentimientos negativos dentro de nosotros, y contagiamos también a los demás de esos sentimientos negativos.


Qué bueno sería que con quien primero fuéramos sinceros es con nosotros mismos; porque nos engañamos, porque nunca vemos esas cosas en nosotros, y nos justificamos, y aparentamos, y nos llenamos de vanidades y de orgullos porque como somos tan perfectos nos endiosamos mientras siempre estamos condenando a los demás. Cuánto nos cuesta ser sinceros con nosotros mismos para no vivir de apariencias y de vanidades.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús con un sencillo ejemplo; fáciles somos para ver la más mínima mancha en el ojo ajeno, pero no somos capaces de darnos cuenta de la viga que llevamos en nuestros propios ojos. Y claro estamos tan ciegos que no seremos capaces de apreciar nunca lo bueno que hay en los demás. Tenemos que buscar el colirio que limpie nuestros ojos y le dé brillantez para ver y apreciar lo bueno de los demás. Por eso nos dice Jesús que quitemos primero la viga que llevamos en nuestros ojos antes que estar tan preocupados por la pequeña mota que puede haber en el ojo del hermano.

Nos dirá Jesús que con nuestras vanidades terminamos convirtiéndonos en ciegos que quieren guiar a otros ciegos. Y vamos a caer en hoyo. Es que necesariamente iremos tropezando por todas partes, porque hay ceguera en nosotros. Claro que tenemos que preocuparnos de que el hermano que va a nuestro lado en el camino de la vida no tropiece y caiga, pero tenemos que darnos cuenta del daño que con nuestra ceguera vamos haciendo a los demás.

El que tiene los ojos turbios nada bueno puede enseñar a los demás, el que se sube en falso a un pedestal, pronto se va a derrumbar porque no tiene consistencia y nos vendremos abajo, el que se oculta tras las apariencias de las vanidades para no dejar conocer la realidad de su vida, ha de saber que pronto se van a descorrer esos velo y nos van a dejar desnudos en nuestra realidad ante el mundo. ¿No dice el dicho popular que más pronto se coge a un mentiroso que a un cojo?

Nos está invitando Jesús a que vivamos con autenticidad, con veracidad. No temamos el reconocer nuestra debilidad, porque andamos en el país de los ciegos, como suele decirse, y el que más y el que menos todos tenemos nuestras cegueras, nuestras debilidades. ¿Por qué vamos a aparentar lo que en realidad nosotros?

Ya sé que por medio están nuestros orgullos, está nuestro amor propio, ese prestigio que queremos mantener aunque sea a costa de falsedades de la vida, está ese irse siempre comparando con los demás para vernos siempre como en un escalón por encima de los otros, esos halagos que deseamos recibir de los que nos rodean. Seamos sinceros con los demás sobre nuestra propia verdad tan llena de debilidades. La grandeza está en que seamos capaces de luchar por salir de esas debilidades, y esa humildad vamos a ser valorados por los que son realmente sinceros.

Recordemos lo que en otro lugar nos dirá Jesús que el que se enaltece será humillado, sino el que es capaz de humillarse será enaltecido de verdad.

lunes, 15 de febrero de 2021

Buscamos pruebas y seguridades que tenemos muy cerca porque las tenemos en nosotros mismos y en la experiencia de Dios que hemos vivido

 


Buscamos pruebas y seguridades que tenemos muy cerca porque las tenemos en nosotros mismos y en la experiencia de Dios que hemos vivido

Génesis 4,1-15.25; Sal 49; Marcos 8, 11-13

Aunque a veces nos digamos progresistas y que queremos avanzar, que queremos lo nuevo, haciendo no se cuantas transformaciones ya sea en nuestra sociedad o ya sea en nuestro trabajo de cada día, sin embargo en el fondo siempre buscamos seguridades; aquello nuevo que se nos ofrece, aquello que vamos a probar, aquello que se nos presenta como una mejora queremos tener la certeza de que se puede realizar, que es efectivo, en una palabra, buscamos seguridades. Y eso como decimos tantas veces en muchos aspectos de nuestra vida, desde lo más pequeño y sencillo que nos parece más ordinario o también cuando se nos presentan grandes proyectos del tipo que sean.

Ha aparecido un profeta por los caminos y pueblos de Galilea, ofrece algo nuevo que llama el Reino de Dios, su presencia y sus palabras despiertan esperanzas porque ofrece la realización de un mundo nuevo, parece que las promesas anunciadas desde antiguo y que han repetido una y otra vez los profetas llega el tiempo en que se van a realizar. Pero ¿será eso cierto? ¿Tiene algún futuro ese profeta que así se está presentando? ¿Se puede poner toda la esperanza en El? Está pidiendo una transformación muy grande en la que muchas de las cosas que se venían haciendo desde siempre tienen que cambiar, exige una autenticidad que no siempre somos capaces de ver en aquellos que nos hablan, ¿Podremos creer en ese profeta? ¿No necesitaremos pruebas que nos confirmen todo eso que está anunciando?

Podríamos ver en una cierta lógica humana, desde esas seguridades y certezas que pedimos ante lo que se nos ofrece que se nos den algunas pruebas de que lo anunciado por este nuevo profeta se va a hacer realidad, que en verdad llegan esos tiempos nuevos. Por eso le piden signos.

Jesús ha ido acompañando sus palabras con muchos signos que va realizando, los milagros en los que cura a los enfermos, sana a los leprosos, hace hablar a los sordomudos o caminar a los inválidos son los signos que nos manifiestan la veracidad y la autenticidad de las palabras de Jesús. Pero sobre todo aquellos que tendrían que cambiar muchas cosas en su vida, que hasta este momento se han considerado dirigentes del pueblo porque sus palabras y sus enseñanzas han ido marcando época, no quieren cambiar. Perderían prestigio quizá o cuotas de poder, por eso serán los que más fuertemente se van a oponer a Jesús pidiendo una y otra vez señales. No les bastan los milagros que Jesús ha ido realizando.


Y eso de pedir signos y señales, pruebas de la autenticidad de las palabras de Jesús se va a repetir muchas veces y va a ser motivo de fuertes diatribas entre Jesús y los fariseos, los letrados o los saduceos, pero ahora Jesús no les da respuesta, no les quiere dar nuevos signos, sino que sepan leer los signos que en aquella misma gente que escucha y que sigue a Jesús les pueden dar.

¿Seguiremos nosotros con la misma cerrazón? ¿Seguiremos también pidiendo signos y señales, pidiendo pruebas para poder creer y darnos por entero a Jesús? Tendríamos que comenzar por nuestra propia vida y reconocer cuántas señales ha puesto Dios en nosotros mismos de lo que es su amor por nosotros. Cuántas pruebas de que Dios nos ama, cuántos regalos de amor recibimos cada día, cuántas veces nos ha ofrecido y regalado su perdón, cuántas veces hemos sido capaces de levantarnos después de malos momentos, de pruebas por las que hemos pasado y si lo hemos hecho es porque no nos ha faltado la gracia del Señor.

Mira tu vida, mira lo que sientes en tu corazón, mira los horizontes que se te han abierto tantas veces en la vida cuando todo parecía oscuro, mira cómo pudiste mantenerte fuerte en aquellas ocasiones y momentos difíciles por los que has pasado. Mira toda esa experiencia de fe, todas esas vivencias religiosas que has tenido a lo largo de tu vida y cómo entonces te sentiste bien, te sentiste feliz porque te sentías lleno de Dios.

Y de la misma manera puedes contemplarlo en los demás, en los que se entregan, en los que trabajan por los demás, en los que viven un compromiso fuerte a favor de los pobres en medio de la comunidad, en tantos a los que ves caminar con ilusión y esperanza a tu lado a pesar de los nubarrones de la vida. Ahí tenemos las pruebas, las seguridades para que totalmente nos entreguemos a Jesús y a caminar los caminos del evangelio.

sábado, 29 de agosto de 2020

Un testimonio de fidelidad que hace resplandecer la verdad, el bien, la justicia, la solidaridad, el amor

 


Un testimonio de fidelidad que hace resplandecer la verdad, el bien, la justicia, la solidaridad, el amor

1Corintios 1, 26-31; Sal 32; Marcos 6, 17-29

No podemos confundir la fidelidad con la cabezonería nacida del orgullo o del amor propio pero que no sabe descubrir la rectitud de lo que hacemos. Hoy lo vemos claramente contrapuestos en los dos personajes del evangelio, Juan el Bautista, y el rey Herodes.

Brilla la fidelidad del Bautista en el anuncio profético que con su palabra y con su vida cuando anuncia la llegada del Mesías e invita a las gentes a preparar los caminos del Señor va señalando a cada uno cuales son los caminos que ha de enderezar señalando como siempre habrá que obrar en rectitud y justicia anteponiendo por encima de todo el amor. Su palabra es clara, sus gestos son proféticos, la denuncia del mal y de la injusticia están bien presentes en su palabra profética y el testimonio de fidelidad a esa Palabra de Dios que quiere trasmitir hasta el final. Todo quedará rubricado con su sangre al ser decapitado en su martirio, pues es testigo de la verdad y de la justicia hasta derramar su sangre por ello.

Enfrente, Herodes con su vida disoluta y llena de vicios. Aunque siente en su corazón la verdad de la palabra del Bautista y hasta se dice que le agradaba escucharle, el vicio y la pasión lo ciegan para hacerse sordo ante el profeta e instigado por quien es causa también de su ciega pasión tener encerrado en la mazmorra al Bautista porque no le agradaba la denuncia que había de su mal en sus palabras proféticas.

Cuando nos cegamos y caemos en las redes de la pasión todo es una pendiente peligrosa en la que parece que no podemos parar y como en una terrible espiral crece y crece el mal en el corazón. Es lo que le sucedió en aquella fiesta en el que la lujuria de todo tipo se había adueñado de sus corazones y ante la sensualidad del baile de la hija de Herodías promete y promete regalar hasta la mitad de su reino si así se lo piden. Aquella palabra y promesa insensata de la que no sabe volverse atrás aunque comprenda la maldad y crueldad de lo que le piden, por aquello de la fidelidad a una palabra dada y por miedo a perder el prestigio ante sus invitados, llevará a la muerte del bautista.

Ya decíamos que no podemos confundir la auténtica fidelidad con la cabezonería del orgullo y la pasión cuando incluso está en juego la vida de una persona. No se puede llamar fidelidad ese permanecer en una palabra dada cuando eso conduce a obrar el mal y la injusticia. La pasión nos ciega tantas veces, la cobardía nos encierra en nosotros mismos y nos hace temerosos, los prestigios del mundo nos llenan de vanidades que al final son vacíos para el alma y todo terminará volviéndose oscuro en nuestro interior y en nuestra vida toda.

Creo que este testimonio que hoy nos ofrece la Palabra de Dios en el martirio del Bautista nos tiene que llevar a hondas reflexiones para nuestra vida. Queremos quedar bien, mantener nuestros prestigios, dar una apariencia de persona buena y complaciente, tratar de agradar a todos y a todos complacer, pero cuidado nos veamos envueltos en esas vanidades que terminarán llevándonos a la ruina. Son pendientes resbaladizas y peligrosas.

Nuestro testimonio verdadero tiene que ser el de una vida recta y honrada, que busca el bien y la justicia, que hace resplandecer la generosidad y la solidaridad en un amor auténtico y que no se deja cautivar por respetos humanos ni por la adulación, y que si mantenemos nuestra fidelidad hasta el final es porque sabemos muy bien de quien nos hemos fiado.

sábado, 13 de junio de 2020

No nos dejemos envolver por esas tinieblas de la mentira, seamos auténticos y congruentes en nuestra vida y nuestra palabra sea siempre la verdad


No nos dejemos envolver por esas tinieblas de la mentira, seamos auténticos y congruentes en nuestra vida y nuestra palabra sea siempre la verdad

1Reyes 19, 19-21; Sal 15; Mateo 5, 33-37
‘Te lo juro por lo más sagrado…’ Y no es expresión de chiquillos como algunas veces pudiera aparentar. Hay personas que parece que no saben decir dos cosas seguidas sin que medie por medio un juramento. Y ya no es solo juramentarse para reafirmar que lo que estamos diciendo es verdad, sino que lo empleamos con frecuencia como promesa de futuro, algo que queremos hacer, algo que vamos a hacer y que alguien puede poner en duda de que seamos capaces de realizarlo y ya va por medio el juramento.
El juramento viene a ser como una reafirmación de que lo que decimos o prometemos es verdad. Lo reafirmamos con el juramento; y ya no es solo el carácter religioso sagrado que en si tendría el juramento poniendo a Dios por testigo de aquella afirmación que hacemos, sino que en nuestro mundo laicista muchas veces le quitamos esa referencia a Dios, pero ponemos por medio nuestro honor o nuestra conciencia. Es lo que vemos ya con frecuencia en la juramentación de lealtad y honradez al tomar posesión de un cargo público o de nuestros representantes sociales. También sabemos en lo que se quedan muchas veces esos juramentos cuando se hacen o esas promesas de lealtad apelando a la conciencia y al honor.
Con lo fácil que sería que nunca se pusiera en duda la veracidad de lo que afirmamos o de lo que prometemos, porque así es la veracidad de nuestra vida, así es la sinceridad con que siempre hablamos y actuamos, que en nosotros no cupiera ni la mentira ni la falsedad sino que fuéramos auténticos y leales como para que nuestras afirmaciones sean siempre verdad. Pero ya sabemos muy bien cómo andamos siempre con la  desconfianza ante aquello que prometen o nos prometen.
¿Nos conocía bien Jesús y ya sabía por dónde iban a ir nuestras flaquezas y deslealtades? Hoy le escuchamos en el evangelio decirnos que no juremos por ningún motivo. Pero es que Jesús en fin de cuentas viene a decirnos que lo que necesitamos es que seamos leales, seamos congruentes en nuestra vida, actuemos siempre movidos por la sinceridad y que si actuamos así nada ni nadie tendrían que poner en duda nunca nuestras palabras.
Y es que en los valores que Jesús viene a enseñarnos en el evangelio que tienen que resplandecer en nuestra vida están la verdad y la sinceridad. Nada que suene a falsedad o mentira cabe en la vida de quien es seguidor de Jesús que es Camino, y Verdad y Vida. Por eso le veremos hablar fuerte contra quienes tienen con plan de vida la falsedad y la hipocresía que es una mentira. Es la peor mentira de la vida; no es solo que digamos unas palabras por otras, que afirmemos como verdad algo que es mentira, sino la mentira de la vida misma cuando no actuamos con sinceridad, cuando nos dejamos arrastrar por la hipocresía para aparentar lo que realmente no somos.
Jesús es la luz que disipa toda mentira; Jesús es el camino que nos conduce a la verdad, siendo El mismo la verdad en plenitud; Jesús quiere que nos llenemos de vida que es llenarnos de amor para que actuemos siempre con sinceridad de corazón porque es la verdad que nos hace libres. Seguimos a Jesús el que vino a dar testimonio de la verdad aunque las tinieblas del mundo trataron de oscurecerla como siguen envolviéndonos esas mismas tinieblas en nuestra hora tan llena de falsedades y de vanidades. No nos dejemos envolver por esas tinieblas de la mentira, seamos auténticos y congruentes en nuestra vida con lo que decimos que creemos y que es la auténtica verdad de nuestra vida.

martes, 11 de febrero de 2020

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83;  Marcos 7, 1-13
La autenticidad con que nos manifestamos, la veracidad de la vida donde no nos quedamos en la apariencia y la vanidad exterior son valores muy importantes que nos manifiestan la madurez humana de la persona. Esa incongruencia que aparece en la vida cuando nuestras palabras van por un lado, pero lo que llevamos en el interior se queda lejos es algo que produce rechazo y desconfianza. ¿Cómo nos vamos a fiar de quien solo tiene gestos de cara a la galería pero de quien sabemos de la superficialidad que lleva dentro de si aunque nos parezca contradictoria la frase?
Son por otra parte en los que se quedan en las costumbres que convierten en reglas de su vida, pero que no saben ni que sentido darle a lo que están haciendo. Es que eso siempre se ha hecho así, nos dicen, y si les preguntas qué sentido tiene no saben darnos una respuesta. Está bien tener buenas costumbres porque son las que pueden hacer madurar nuestras virtudes, pero es necesario hacer las cosas con sentido dándole su auténtico valor. Hacer las cosas simplemente porque repetimos lo que siempre hemos hecho no siempre da la autenticidad de la persona y de lo que hacemos.
Costumbres que nacieron en unas circunstancias concretas y que entonces sirvieron para orientar el sentido de lo que hacíamos, no significa que por si mismas tengamos que seguir repitiendo lo mismo. Muchas veces se pueden convertir en reglas implacables a las que podemos darle mayor importancia incluso que a la humanidad con que hemos de tratar a los demás. Todo ha de servirnos para hacer crecer nuestras humanidad, hacer que nuestras relaciones sean humanas y entonces sepamos tratar con ese respeto pero también con esa bondad a los que están a nuestro lado.
Hoy en el evangelio vemos que le echan en cara a Jesús porque sus discípulos al regresar de la plaza comen sin lavarse las manos. Está bien las normas y reglas de higiene, pero llegar a convertir su cumplimiento o no en causa de una impureza del espíritu, es algo que llega a pasarse de la raya, podíamos decir. Fue necesario quizá en un tiempo educar al pueblo en esa higiene, viviendo además como vivían una vida errante de un lado para otro y donde no era fácil además tener lo suficiente para la higiene personal.
Por eso en la respuesta de Jesús les insiste en la necesaria pureza interior, que va mucho más allá de lavarse o no las manos, porque hayamos tocado algo que se considera impuro y nos puede volver impuros. Nos preocupamos de lo externo, pero no le prestamos la misma atención por lo menos al interior del hombre, nos preocupamos de esas impurezas legales, pero nos importa poco que nuestro corazón esté lleno de maldad y queramos más a los demás o los tratemos injustamente. ¿Qué será lo verdaderamente importante?
Les recuerda Jesús lo anunciado por el profeta. Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
Es la autenticidad con que hemos de mostrarnos en la vida, en todas las facetas de la vida, también en este aspecto religioso o cristiano. Tenemos que darle autenticidad, veracidad a aquello que hacemos, que no solo sean con nuestros labios, con gestos externos que hagamos como mera costumbre, pero que interiormente no nos significan nada.
Y en esto quiero resaltar algo que parece lo más normal, nuestras prácticas religiosas, ya desde nuestras oraciones personales, como nuestra participación en las celebraciones litúrgicas. Muchas veces se nos quedan en una rutina; es cierto que no nos podemos pasar sin hacer nuestras oraciones, y como dicen algunos no me puedo dormir sin rezar mis oraciones, pero cuidado que sea solo como una cantinela que nos adormece; no tengo sueño y me pongo a rezar para que me dé sueño. Y eso nos pasa, y eso es la manera como hacemos muchas veces las cosas.
Y lo mismo tendríamos que decir de nuestra participación en las celebraciones litúrgicas, como la misa por ejemplo. Yo fui a Misa, yo estaba en Misa, decimos, tu cuerpo, pero tu mente, ¿dónde estaba? ¿Aquellas oraciones en verdad eran tu oración porque tú lo estabas sintiendo por dentro, viviendo por dentro? Mucho tenemos que revisar en la vida en este sentido, no me quiero ahora alargar en este comentario y reflexión.


Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina, sino que en verdad sea vida en nosotros.

sábado, 15 de junio de 2019

La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilita el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor


La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilita el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor

2Corintios 5, 14-21; Sal 102; Mateo 5, 33-37
Hoy para todo necesitamos dejar constancia en documento escrito firmado y sellado y si es ante notario mejor, y aun así seguimos con la desconfianza de la falsedad, porque la veracidad de nuestras palabras no es algo que brille con brillo especial.
Recordamos la veracidad de la palabra dada por nuestros mayores, daban su palabra, un apretón de manos y ya no era necesario ningún documento más porque nos podíamos fiar de la palabra dada. Hoy quizá hay momentos que ni bajo juramento nos creemos en lo que nos decimos. Ocultamos, engañamos, dejamos lados oscuros que nadie entiende o para que no nos entiendan y así vamos por la vida con la desconfianza por delante porque no nos fiamos, como se suele decir, ni de nuestra propia sombra.
Estamos haciendo mención por una parte a la veracidad y a la sinceridad con que hemos de andar por la vida en este mundo tan lleno de vanidades y de falsedades. Prima nuestro yo y nuestros intereses y ocultamos la verdad para que nada nos perjudique en nuestros intereses particulares y egoístas y nos vamos envolviendo en trampas de todo tipo. ¿Qué mundo y qué sociedad hacemos así?
Pero también estábamos haciendo mención a que ni siquiera respetábamos lo sagrado del juramento. Jurar es poner a alguien por testigo de aquello que hacemos o decimos, pero, ¿quién se puede fiar de nosotros para ser testigos de la veracidad de lo que decimos? Claro que en su sentido más profundamente religioso el juramento es poner a Dios por testigo de lo que decimos. Si en cualquier juramento unas condiciones necesarias son la sinceridad de lo que decimos y la justicia con que lo hacemos, ¿cómo podemos atrevernos a jurar por Dios en la falsedad y en la injusticia de nuestros actos? Grave pecado, grave sacrilegio tendríamos que decir. Por eso para no mermar la santidad y la importancia del juramento no ha de hacerse sin necesidad.
Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el Evangelio. Y nos dice que no juremos ni por lo más sagrado. Que nos basta decir si o decir no. Con lo que hay que resaltar entonces la sinceridad con que andamos por la vida. Ojalá siguiéramos el mandato del Señor. Qué felices seríamos y que bonitas serían nuestras mutuas relaciones. Crearíamos confianza entre unos y otros y así seriamos capaces de tendernos las manos los unos a los otros para caminar juntos y para juntos hacer que nuestro mundo sea mejor.
Desgraciadamente llenamos de oscuridades nuestra vida con nuestra falta de sinceridad. Y no son solo ya las palabras que pronunciemos sino las actitudes negativas con que vivimos en la vida. Nos queremos revestir de honorabilidad pero tenemos muchos lados oscuros en la vida, esas sombras de vanidad, de falsedad de hipocresía en que nos envolvemos. Despojémonos de esas falsas vestiduras y revistámonos de luz, la luz de la sinceridad y de la verdad, la luz de la autenticidad y de la congruencia.
La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilitan el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor. Y en esto los que nos decimos seguidores de Jesús tenemos un compromiso que cumplir. Seguimos a Jesús que es el Camino, y la Verdad, y la Vida.


martes, 5 de junio de 2018

Autenticidad, sinceridad, veracidad, congruencia que manifiestan la madurez de nuestra vida y también la madurez de nuestra fe para anunciar el evangelio de Jesús


Autenticidad, sinceridad, veracidad, congruencia que manifiestan la madurez de nuestra vida y también la madurez de nuestra fe para anunciar el evangelio de Jesús

2Pedro 3,12-15a.17-18; Sal. 89; Marcos 12, 13-17
Autenticidad, sinceridad, veracidad, congruencia… valores importante, valores necesarios, valores que en teoría todos quisiéramos tener en cuenta, pero que muchas veces se diluyen desde los intereses que tengamos en la vida.
La madurez de nuestra vida pasa por tener en cuenta esos valores y saber vivir con autenticidad. Pero nos entran fácilmente cobardías o temores ante el hecho de que nos conozcan de verdad como somos; y entramos en disimulos, en aparentar lo que no somos, en ser capaces de decir en teoría cosas muy bonitas, pero en la realidad de la vida ocultamos mucho ante el temor de que nos conozcan. Tratamos quizá de acomodarnos, porque lo que nosotros pensamos o lo que queremos que sean metas u objetivos de nuestra vida no son del agrado de los que nos rodean, no son cosas que puedan entrar en el interés de los demás, la gente pueda tener otras opiniones o intereses y nos puede parecer que nadamos a contracorriente, y nos da miedo.
Creo que tenemos que aprender a ser valientes y sinceros. La vida la vamos construyendo entre todos y también nuestros valores son importantes. Y aquellos valores en los que creemos no tenemos por qué ocultarlos, porque nos pueda parecer que lo que hay a nuestro alrededor va por otro camino. Quizá haya quien nos quiera hacer callar, no permitir que nosotros ofrezcamos nuestra idea y nuestro pensamiento. Por eso tenemos que ser valientes para ofrecer nuestra verdad, nuestra manera de ver las cosas.
No imponemos, pero que tampoco traten de imponernos sus ideas. Que de eso hay mucho en la sociedad en la que estamos; cuantos se quejan de que si en otro tiempo no tenían libertad o se imponían las ideas de los que estaban en el poder, pero ahora tratan de hacer lo mismo. Nos hace falta un sentido de dialogo humilde, en que de verdad nos escuchemos y nos respetemos mutuamente.
Me surge esta reflexión que nos puede ayudar en muchos aspectos de la vida en que vivimos, de lo que sucede en nuestra sociedad, a partir de lo que escuchamos en el evangelio en que incluso quienes se tenían como enemigos eran capaces de reconocer de Jesús. Es cierto que van con preguntas capciosas queriendo implicar a Jesús en cuestiones de la vida social o incluso político de su tiempo, y que Jesús no rehuye sino que también nos da unas claves de actuación para que vivamos también con responsabilidad nuestros deberes cívicos de contribución con nuestros impuestos a la marcha de la comunidad.
‘Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en lo que la gente sea, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente’. Ya Jesús nos dirá de si mismo que El es el Camino, y la Verdad, y la Vida y que quien cree en El encontrará la salvación. ‘Tu lo dices, yo lo soy’, responderá sin rodeos ante Poncio Pilatos como no había ocultado su condición cuando el Sumo Sacerdote lo conjura por el nombre del Dios vivo y responderá abiertamente que es el Hijo de Dios a quien veríamos venir entre las nubes del cielo. Ya antes en Getsemaní ante los que venían a prenderle les responderá ‘Yo soy’. Es la Verdad que no se oculta.verdad
Nos vale para reafirmar nuestra fe en Jesús. Nos vale para recordarnos nuestras responsabilidades y deberes cívicos que no podemos rehuir. Nos vale para que en todo tengamos la valentía de ser sinceros y auténticos. No vale para perder la cobardía que tantas veces nos invade a la hora de hacer el anuncio del Evangelio en un mundo que lo pueda rechazar pero que sin embargo está hambriento de verdaderos valores y hambriento de Dios.

jueves, 17 de mayo de 2018

Verdaderos constructores de unidad y de comunión poniendo en común los valores de todos para que el mundo crea



Verdaderos constructores de unidad y de comunión poniendo en común los valores de todos para que el mundo crea

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Cuando queremos trasmitir un mensaje tenemos que ser verdaderamente congruentes entre lo que queremos trasmitir y lo que realmente es y refleja nuestra vida. Es un gran problema que nos encontramos hoy en la sociedad, en que no somos veraces, no somos auténticos porque una cosa es lo que queremos reflejar y bien distinto es lo que llevamos por dentro.
Es por una parte la hipocresía de la vida  con la que tan fácilmente quizás criticamos las cosas de los demás, pero en nuestro interior estamos haciendo igual o peor. Pudiera ser que a nivel de ideas tengamos las cosas claras, pero luego realmente eso no lo reflejamos en el actuar de nuestra vida. En muchas cosas podríamos fijarnos y ejemplos de un tipo y de otro tenemos muchos en la vida, de esa falta de autenticidad, de la no veracidad de nuestra vida, o de la hipocresía con que actuamos tantas veces quizá por dejarnos llevar por el ambiente que nos rodea.
En este aspecto los creyentes tenemos que ser más auténticos, más veraces con nuestra vida. Si nuestro anuncio es el Reino de Dios tiene que significar que nosotros esos valores del Reino los vivimos, aun con nuestras debilidades y flaquezas intentamos ponerlos por obra en nuestra vida.
Mal podemos hablar de misericordia si no tenemos un corazón misericordioso con los demás; mal podemos hablar de perdón si seguimos guardando en nuestro interior resentimientos, recelos, rencores, desconfianzas hacia los demás, deseos ocultos de revanchismo y de venganza; mal podemos hablar de humildad y cercanía a los demás, si nuestro corazón se sigue manifestando orgulloso y la soberbia nos domina para creernos siempre mejores y por encima de los demás; mal podemos hablar de amor si somos insolidarios con los que sufren y seguimos pensando en nosotros primero que en nadie. Y tenemos que reconocer que los cristianos no siempre somos ejemplo en estas cosas.
Hoy Jesús en su oración sacerdotal nos pone el dedo en la llaga. Pide al Padre que los que creemos en El seamos uno, mantengamos la unidad, porque será la manera en que de verdad el mundo crea. ‘Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’.
Es la gran herida de la Iglesia que se manifiesta y se presenta rota. No hay verdadera unidad entre todos los que creemos en Jesús; cuantas divisiones nos enfrentan y nos alejan; cuantas actitudes en los cristianos de diverso nombre que lo que hacen muchas veces es enfrentarnos y dividirnos. Y no es solo el cuadro doloroso de las diversas iglesias sino que es también en el seno de nuestras propias comunidades que no siempre nos manifestamos con esa unidad querida por Jesús.
Es la triste experiencia que podemos vivir muchas veces en nuestras propias parroquias o incluso en nuestras iglesias diocesanas. Cuantos distanciamientos también en quienes participamos en una misma eucaristía en el que ese abrazo de paz que nos damos no es verdaderamente sincero. También surgen esos resentimientos y esas desconfianzas, esas maneras de pensar distintas que en lugar de ser un medio de construcción en la unidad con el enriquecimiento mutuo son motivos de enfrentamientos y lejanías. ¿Y queremos anunciar el evangelio de Jesús?
Mucho tenemos que revisarnos; tenemos que aprender a aceptarnos para crear verdadera unidad y comunión; tenemos que buscar la forma de ser verdaderos constructores de la Iglesia porque aprovechemos los valores de todos para contribuir de verdad al bien común, a la unidad y a la comunión. Como nos dice Jesús, que seamos uno para que el mundo crea que Jesús es el enviado de Dios y el verdadero salvador de nuestra vida y nuestro mundo.

miércoles, 3 de enero de 2018

Es necesario hoy que manifestemos con nuestra vida, con nuestras actitudes y comportamientos, con nuestro compromiso, la autenticidad de nuestra fe

Es necesario hoy que manifestemos con nuestra vida, con nuestras actitudes y comportamientos, con nuestro compromiso, la autenticidad de nuestra fe

1Juan 2,29; 3,1-6; Sal 97; Juan 1,29-34

Lo que yo vi, nadie me lo puede negar, afirmamos con rotundidad cuando alguien quizás pueda poner en duda lo que decimos y de lo que hemos sido testigos. Es la fiabilidad de la veracidad. Y el que ha sido testigo de algo importante además es que no lo puede callar, siente la necesidad y la obligación de compartirlo, de hacer participe a los demás de aquello que ha visto, y más cuando es algo agradable, algo que le ha producido gran felicidad. Malo sería que nos callásemos aquello de lo que somos testigos si además sabemos que con ello podemos hacer bien a los demás. Tenemos que dar testimonio.
Claro que aquí me surge una pregunta primero que nada para mi vida misma, pero también con ella quiero ayudar a los que como yo decimos que tenemos fe, que creemos en Jesús. Si la fe ha sido importante en mi vida, me hace hacer una opción de vida porque en ella encuentro un sentido y un valor para mi existencia, y lo mismo digo para todos los que decimos que tenemos fe, ¿cuál es el testimonio que estamos dando de esa fe ante los que nos rodean?
Es tremendo, pero da la impresión algunas veces que tenemos miedo de expresar nuestra fe, de manifestarla en lo que somos y en lo que vivimos. ¿Es que acaso nos avergonzamos de nuestra fe? ¿Tenemos miedo a lo que nos pueda pasar, lo que puedan pensar los demás, las posturas opuestas que podamos encontrar si nos manifestamos auténticamente creyentes?
Es un drama. Sí, porque no siempre los que nos decimos creyentes en nuestra intimidad, luego no somos capaces de dar la cara, de manifestarnos públicamente con esa fe, porque nos parece que tenemos que ir a contracorriente. Aquí tendríamos que escuchar palabras fuertes de Jesús cuando no somos capaces de dar la cara. Es necesario en nuestro mundo que manifestemos con nuestra vida, con nuestras actitudes y comportamientos, con nuestra manera de enfocar las cosas, con el compromiso de lo que hacemos, la autenticidad de nuestra fe. No podemos callar.
Me ha surgido toda esta reflexión quizás desde mis propios miedos y cobardías, pero cuando he escuchado el testimonio que el Bautista da de Jesús en el texto del evangelio que hoy se nos propone. Lo señala claramente para todo aquel que lo quiera oír. ‘Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, dice señalando a Jesús a su paso. Y Juan dio testimonio y manifiesta como le había sido revelado en su corazón que aquel que al ser bautizado se iba a manifestar sobre El sería quien nos bautizara en el Espíritu. Y somos nosotros los bautizados en el Espíritu por el nombre de Jesús.
Es hermoso el testimonio que hoy escuchamos a Juan. Cuando estos días hemos venido celebrando la Navidad del Señor hemos tenido que vivir la maravillosa experiencia de la presencia de Dios en medio de nosotros. Es el Emmanuel a quien contemplamos en ese Niño nacido en Belén que los pastores encontraron con su madre recostado en el pesebre.
Si hemos vivido con intensidad esa experiencia no nos queda otra que dar autentico testimonio ante los que nos rodean. Es algo que no hemos podido vivir de cualquier manera ni nos puede dejar que nos quedemos en las mismas actitudes de cobardía de siempre. Con valentía tenemos que dar testimonio. Somos unos testigos y eso lo tenemos que proclamar en esas actitudes nuevas que nacen en nuestra vida, en una nueva forma de comportarnos, de vivir la esencia de nuestra fe cristiana.

viernes, 17 de octubre de 2014

El discípulo de Jesús tiene un estilo propio de hacer las cosas y vivir que aprendemos del Evangelio

El discípulo de Jesús tiene un estilo propio de hacer las cosas y vivir que aprendemos del Evangelio

Ef. 1,11-14; Sal. 32; Lc. 12, 1-7
Mucha gente está alrededor de Jesús queriendo escucharle. Se agolpan en torno a Jesús como para no perderse ni una palabra de manera que dice el evangelista que ‘hasta se pisaban los unos a los otros’. Jesús parece como se que se siente muy a gusto rodeado de toda aquella gente que parece que va abriendo su corazón dejando ver lo que sentía en su interior y va desgranando recomendaciones y advertencias. Y es que sus discípulos han de tener otro sentido, otra manera de hacer las cosas.
No puede ser simplemente por lo que se palpa en el ambiente o por lo que hagan los otros. Muchas veces nos vemos influidos casi sin darnos cuenta. Y esto hemos de tenerlo muy presente hoy en el mundo que vivimos con las sutilezas de la publicidad, con las técnicas de comunicación que se emplean por todas partes tratando de influir, tratando de mentalizar cada uno desde sus intereses o su manera de ver las cosas y casi sin darnos cuenta se nos van empapando otros sentidos, otros estilos y terminamos hacemos una mezcolanza grande donde todo nos parece bueno, o simplemente aceptamos esto o aquello porque lo dijeron en tal sitio, en tal medio de comunicación, o lo vimos en no sé qué película o leímos en un libro. Nos quieren meter las cosas por los ojos, o tratan sutilmente de influir en nuestra manera de pensar y si no estamos bien atentos y bien preparados caemos en sus redes.
Jesús les dice a los discípulos reunidos en torno a El: ‘Cuidado con la levadura de los fariseos’. La levadura casi no se ve y se mezcla con la masa y sin darnos cuenta vemos cómo todo aquello comienza a fermentar. Ya nos dirá Jesús en otro momento del evangelio que el reino de los cielos es como el puñado de levadura que la mujer mezcla con la masa para hacerla fermentar. Pero hay levaduras y levaduras. Ahora les dice Jesús que tengan cuidado con la levadura de los fariseos.
¿Qué quiere decir Jesús? He hemos reflexionado recientemente que tenemos que hacer las cosas de corazón, que tenemos que ser auténticos y verdaderos, que no podemos andar con dobles caras. Pues es por ahí por donde van las palabra de Jesús hoy con una denuncia clara y fuerte. ‘Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía’. El discípulo de Jesús no puede andar con esos dobles juegos ni con esas dobles caras; en el discípulo de Jesús no caben las mentiras ni los engaños. En una ocasión hasta sus mismos enemigos alaban a Jesús porque es veraz. Así tenemos que ser. No cabe en nosotros la hipocresía, como la de los fariseos, y tenemos el peligro de contagiarnos; y de eso quiere prevenirnos Jesús. El sentido de nuestro vivir es distinto; son otras las cosas de las que tenemos que dejar impregnar nuestro corazón, llenándolo del amor de Dios, de la gracia del Señor.
Son palabras fuertes y exigentes; palabras que pueden levantar ronchas, como se suele decir. A los fariseos que se creían tan justos y tan buenos no les caerían bien. Pero Jesús nos dice que no tengamos miedo. Ya Jesús les está anunciando que por proclamar la verdad del evangelio hasta la vida puede peligrar. ‘No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero  no pueden hacer más’. Y nos dice a los que hemos de temer, a los que pueden cambiar nuestro corazón para engañarnos y llenarnos de maldades. Esos son los peligrosos. Bien lo hemos comprobado a través de la historia de la Iglesia; bien lo habremos quizá podido comprobar y sentir en nuestras propias carnes con las incomprensiones de tantos y en la resistencia que encontramos cuando queremos hablar del Evangelio y queremos ser fieles a sus valores.
Pero Jesús nos dice que nos sentimos protegidos y fortalecidos en el Señor. El Señor es nuestra fortaleza y nuestra vida. Habla de los gorriones o de los pelos de la cabeza y nos viene a decir que nosotros valemos mucho más que todo eso. Por eso cuando tenemos que dar nuestro testimonio, cuando tenemos que proclamar la verdad del evangelio nos tenemos que sentir fuertes en el Señor, porque El no nos deja y nos abandona a nuestra suerte.
No nos podemos dejar cautivar por cantos de sirena; no nos podemos dejar engañar con otras sabidurías, porque nuestra sabiduría es la del amor, nuestra sabiduría la tenemos bien retratada en la cruz de Jesús. Porque es a Cristo, y éste crucificado a quien anunciamos no solo con nuestras palabras sino con la verdad de nuestra vida. Que la luz de su gracia nos ilumine.