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viernes, 24 de septiembre de 2021

Hay respuestas que tenemos que elaborar por nosotros mismos traduciéndolo a nuestra forma de vivir, así tiene que ser siempre nuestra respuesta de fe

 


Hay respuestas que tenemos que elaborar por nosotros mismos traduciéndolo a nuestra forma de vivir, así tiene que ser siempre nuestra respuesta de fe

Ageo 2, 1-9; Sal 42;  Lucas 9,18-22

A veces hay preguntas a las que nos cuesta responder. Tenemos que definirnos, tenemos que aclararnos, con nuestra respuesta vamos a manifestar de qué lado estamos, en ocasiones no tenemos las cosas claras y preferimos mirar para otro lado, hacernos sordos a esas preguntas que nos comprometen, dar largas con respuestas vagas, o acaso responder con lo que nos parece que es la respuesta de que quien nos pregunta y que le agradaría encontrar en nuestros labios. Pero al final terminamos no definiéndonos.

¿Cobardía? ¿Ignorancia y no tener las cosas claras? ¿Escurrir el bulto como se suele decir? Mucho de todo esto puede haber, pero puede estar indicando una pobreza de nuestra vida.

Hoy Jesús les plantea unas preguntas serias a los discípulos. O más bien tendríamos que decir que Jesús nos plantea a nosotros unas preguntas serias. Pregunta para empezar porque le cuenten lo que la gente opina de él, pero como quien no quiere la cosa hace la pregunta directa que sí es difícil de responder. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’

Responder comentando lo que dice la gente no es difícil, para eso hay siempre respuestas fáciles, porque además no nos comprometen, porque solo estamos reflejando lo que los otros pueden pensar y en eso no queremos entrar. Pero cuando la pregunta es directa, como la que hace Jesús, no nos podemos poner a mirar para otro lado, sino que tenemos que definirnos. En aquella ocasión les salvó la campana, como se suele decir, les salvó que siempre Pedro se adelanta y sí que dijo cosas interesantes. Claro que cuando luego Jesús les quiso explicar bien lo que significaba la respuesta de fe de Pedro, ya comenzaron a recular y hasta Pedro se pondría a decir que esas cosas a Jesús no le podían pasar; Jesús les había anunciado pasión y muerte, les había hablado del sentido de la Pascua que iban a subir a celebrar a Jerusalén y ellos no querían entender, no entraba eso en el planteamiento de sus vidas.

Hay preguntas que nos hacen pensar. Decía alguien que el que pregunta es porque piensa; en este caso tenemos que decir que es la respuesta que tenemos que dar donde tenemos que manifestar que pensamos de verdad. Y a esa pregunta directa que Jesús nos está haciendo en el hoy y ahora que estamos escuchando su Palabra no nos vale responder con respuestas del catecismo aprendidas de memoria. Bien que recordamos los mayores como teníamos que aprendernos de memoria, al pie de la letra, el catecismo para que siempre pudiéramos responder con las palabras acertadas. Pero podían ser solamente palabras aprendidas de memoria; hoy se nos pide que las palabras que pronunciemos, la respuesta que demos sea algo salido del corazón, es más, sea algo de verdad plasmado en nuestra vida.

¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué es Jesús para ti? Es importante que nos planteemos el quien o el qué, porque en eso puede estar lo que nosotros realmente vivamos. Es quien, pero es el qué de cómo nosotros lo vivimos. Es el quien que se tiene que hacer vida en nosotros. No son solo palabras bonitas lo que se nos pide, sino unas actitudes nuevas, una vida nueva, un sentido de vivir, un compromiso real con la vida y con los demás, unas vivencias que nos hacen tener unos sentimientos distintos, una mirada distinta, es un nuevo vivir.

Podemos repetir con toda facilidad las mismas palabras de Pedro ‘el Mesías de Dios’, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, pero tenemos que preguntarnos y eso cómo se va a traducir en nuestra vida, en nuestros comportamientos, en nuestras actitudes, en la manera de mirar la vida y de mirar a los demás, en nuestros compromisos. Es decir, sí, que es nuestra salvación, que Cristo murió por nosotros, pero tiene que ser luego el vivir esa salvación, porque tenemos una nueva manera de vivir, porque nos dejamos impregnar por el evangelio y eso se va a tener que reflejar en muchas cosas de mi vida. Será comenzar a vivir con toda intensidad todo lo que es el Reino de Dios anunciado por Jesús. No será hacer una bonita confesión de fe con nuestras palabras, mientras en la vida seguimos con nuestras rutinas, con nuestras vanidades, con nuestras ambiciones, con nuestros orgullos, con una falsedad de vida.

Y esa respuesta tiene que elaborarla uno por si mismo; soy yo, eres tú el que tienes que traducirlo a tu manera de vivir. No cubrimos nuestra vida con palabras bonitas, sino que nos impregnamos desde lo más hondo de la profundidad de la vida de Jesús.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Sepamos descubrir señales del Reino de Dios, ese Reino de Dios que también está presente entre nosotros, pero que tenemos que hacer crecer más cada día

 


Sepamos descubrir señales del Reino de Dios, ese Reino de Dios que también está presente entre nosotros, pero que tenemos que hacer crecer más cada día

Filemón 7-20; Sal 145; Lucas 17, 20-25

Una cosa es la imaginación y otra es la realidad; es bueno soñar, deseamos algo nuevo y mejor y soñamos en el momento en que llegue aquello que deseamos, pero en nuestros sueños quizá lo vivimos con tanta intensidad que ya pensamos que tiene que ser como lo tenemos en la imaginación; nos vale lo que decimos para el futuro de nuestra vida, para ese mundo nuevo y mejor que deseamos, para aquello que queremos para los seres a los que amamos y aunque no dejemos de soñar sin embargo la realidad nos va poniendo los pies sobre la tierra y tenemos que aceptar lo que en realidad se nos presenta, lo que en realidad conseguimos, o la realidad de cómo va a ser eso nuevo que esperamos.  Buenos los sueños, pero pongamos los pies sobre la tierra o escuchemos a aquellos que nos pueden ayudar a comprender como se realiza todo eso nuevo y bueno que deseamos.

Les pasaba a los judíos con la idea del Mesías que se habían forjado en sus cabezas, porque tampoco habían entendido o habían querido entender bien lo que les habían anunciado los profetas; se habían quedado en la literalidad de unas palabras o de unas imágenes con las que se quería expresar ese mundo nuevo que les traería el Mesías y se habían quedado con la imagen de un caudillo guerrero, que restituía la soberanía política del pueblo judío. Cuando ahora Jesús les hablaba del Reino de Dios, entendían que se refería a esos tiempos nuevos, pero no podían quitar de sus cabezas las imágenes que tenían, por eso la pregunta que hoy les escuchamos hacer a Jesús.


‘¿Cuándo va a llegar el Reino de Dios?’
¿Cuándo va a ser el momento en el que el Mesías va a comenzar a actuar? Recordamos que en momentos antes de la Ascensión aun los discípulos le preguntan a Jesús si ya ha llegado el momento de la restauración de la soberanía de Israel.

‘El reino de Dios, les dice, no viene aparatosamente, ni dirán: Está aquí o Está allí, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros’. Viene Jesús en pocas palabras a desmontar todo lo que en su imaginación y en sus sueños se habían creado. Soñaban, como soñamos nosotros también, con espectacularidades, cosas aparatosas. Como soñamos nosotros con apariciones y nos vamos de un lado para otro según oímos hablar de sucesos extraños y de apariciones.

Pero bien les había hablado Jesús del Reino de Dios, de cómo tenemos que irlo construyendo dentro de nuestro corazón cuando en verdad hacemos a Dios el único Señor de nuestra vida. Como luego lo vamos a ir reflejando en nuestras actitudes, en nuestros comportamientos, en nuestra nueva forma de pensar y de vivir, de relacionarnos con los demás y de sentirnos comprometidos con nuestro mundo para hacerlo mejor. Estamos haciendo que el Reino de Dios esté dentro de nosotros, se haga en verdad presente en nuestro mundo.

Les costaba entender a las gentes de la época de Jesús como nos sigue costando entender a nosotros hoy. Muchas veces nos sentimos inquietos ante los problemas de la vida, de la sociedad, ante todo lo que va sucediendo en nuestro mundo; hay cosas que nos desconciertan y querríamos de otra manera; nos gustaría ver como nuestro mundo se transforma y también queremos quizá cosas espectaculares, decimos, para que la gente crea y cambien las cosas. Pero también a nosotros nos dice Jesús que no busquemos esas espectacularidades porque no es así como se hace presente en el Reino de Dios y que el Reino de Dios lo tenemos dentro de nosotros y lo podemos sentir también en nuestro mundo.

Depende de nosotros, depende de nuestro corazón, depende del lugar en que pongamos a Dios en nuestra vida, depende también de esa mirada nuevo que tengamos hacia los demás. Dejemos que Dios sea el único Señor de nuestra vida y estaremos reconociendo que es nuestro Rey y somos de su Reino.

Pero hemos de saber descubrir el reino de Dios a nuestro alrededor en los demás. Algunas veces somos pesimistas y decimos que todo anda mal, pero tengamos una mirada distinta, una mirada más positiva para ver cuando derraman amor con sus vidas, cuantos hacen el bien y trabajan por los demás, cuantos se sienten comprometidos en hacer un mundo mejor y buscan la armonía y la paz; ahí tenemos que saber descubrir señales del Reino de Dios, ese Reino de Dios que también está presente entre nosotros, pero que, por supuesto, tenemos que hacer crecer más.

viernes, 15 de marzo de 2019

Arrepentimiento, reconciliación, conversión, tres palabras que son también actitudes y modos de comportamiento y cercanía con el hermano y con Dios



Arrepentimiento, reconciliación, conversión, tres palabras que son también actitudes y modos de comportamiento y cercanía con el hermano y con Dios

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26
Arrepentimiento, reconciliación, conversión, tres palabras que consideramos importantes y que son buenas actitudes a tener en cuenta siempre en nuestra vida, pero de manera especial en este camino cuaresmal que estamos haciendo.
‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos’, les dice Jesús a sus discípulos, nos dice hoy a nosotros. Es un reconocimiento de que podemos ser mejores, que tenemos que ser mejores. Es un reconocimiento de que no nos podemos considerar ya santos y justificados, porque sigue habiendo muchas debilidades en nuestra vida.
Jesús hace esta consideración y comparación porque los escribas y fariseos se consideraban ya justificados por si mismos, quieren presentarse con un aura de perfección delante de los demás, pero Jesús ha denunciado ya claramente muchas veces la falsedad e hipocresía que había en sus vidas. Por eso nos recuerda que tenemos que reconocer nuestras debilidades y pecados de los que tenemos que arrepentirnos; y nos recuerda muchas actitudes y comportamientos que podemos tener con los demás que necesitan una corrección y una purificación. 
Cuidado nosotros queramos presentarnos también con ese aura de santidad, de perfectos y santos cuando tantas debilidades tenemos en nuestra vida. Y nos es bueno revisar actitudes y comportamientos, revisar esos gestos y palabras que tenemos los unos con los otros, en los que muchas veces no está brillando precisamente la bondad y el respeto. Nos habla Jesús de esas palabras hirientes que nos decimos en tantas ocasiones.
Hoy nuestro lenguaje se ha vuelto vulgar, pobre, muchas veces insultante y ofensivo; nos hemos acostumbrado a esa violencia y vulgaridad de nuestras palabras que las que nos faltamos al respeto y parece que ya nadie se inmuta, todo el mundo lo ve tan normal. Vamos perdiendo delicadeza en la vida y cuando  no hay esa delicadeza en palabras y en trato nos hacemos vulgares, pero es que vamos deshumanizando nuestras relaciones, se va creando una acritud que termina en violencia y enfrentamiento. No son los mejores caminos del amor, pieza fundamental del Reino de Dios que queremos vivir.
Ese reconocimiento de esos tropiezos que vamos teniendo en la vida tiene que llevarnos necesariamente a una vuelta al reencuentro con los demás, a la reconciliación. Y Jesús es radical en su enseñanza, lo  absolutamente necesario que es ese reencuentro, esa reconciliación. No podría haber un verdadero encuentro con el Señor, si antes no nos hemos reconciliado con el hermano. Nuestra ofrenda no sería pura y agradable a Dios. Por eso ‘deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano’, nos dice Jesús.
Será así entonces cómo podremos volvernos de verdad y radicalmente a Dios, la autentica conversión. Necesarios esos pasos, pero necesario es que nos demos cuenta de que nos estamos volviendo a Dios, para que Dios sea en verdad el centro y el motor de toda nuestra vida.
Es un camino arduo, es cierto, porque necesitamos mucha humildad, despojarnos de nuestro yo egoísta para abrirnos de verdad al nosotros del encuentro y del saber caminar juntos. Tenemos que abajarnos del pedestal de nuestros orgullos para saber caminar al paso del hermano, sin tirantez ni acritud, con sencilla y con mucho amor, con delicadeza y exquisito trato, con gestos humildes y sencillos de cercanía y muchas muestras de lo que es un amor verdadero.

miércoles, 3 de enero de 2018

Es necesario hoy que manifestemos con nuestra vida, con nuestras actitudes y comportamientos, con nuestro compromiso, la autenticidad de nuestra fe

Es necesario hoy que manifestemos con nuestra vida, con nuestras actitudes y comportamientos, con nuestro compromiso, la autenticidad de nuestra fe

1Juan 2,29; 3,1-6; Sal 97; Juan 1,29-34

Lo que yo vi, nadie me lo puede negar, afirmamos con rotundidad cuando alguien quizás pueda poner en duda lo que decimos y de lo que hemos sido testigos. Es la fiabilidad de la veracidad. Y el que ha sido testigo de algo importante además es que no lo puede callar, siente la necesidad y la obligación de compartirlo, de hacer participe a los demás de aquello que ha visto, y más cuando es algo agradable, algo que le ha producido gran felicidad. Malo sería que nos callásemos aquello de lo que somos testigos si además sabemos que con ello podemos hacer bien a los demás. Tenemos que dar testimonio.
Claro que aquí me surge una pregunta primero que nada para mi vida misma, pero también con ella quiero ayudar a los que como yo decimos que tenemos fe, que creemos en Jesús. Si la fe ha sido importante en mi vida, me hace hacer una opción de vida porque en ella encuentro un sentido y un valor para mi existencia, y lo mismo digo para todos los que decimos que tenemos fe, ¿cuál es el testimonio que estamos dando de esa fe ante los que nos rodean?
Es tremendo, pero da la impresión algunas veces que tenemos miedo de expresar nuestra fe, de manifestarla en lo que somos y en lo que vivimos. ¿Es que acaso nos avergonzamos de nuestra fe? ¿Tenemos miedo a lo que nos pueda pasar, lo que puedan pensar los demás, las posturas opuestas que podamos encontrar si nos manifestamos auténticamente creyentes?
Es un drama. Sí, porque no siempre los que nos decimos creyentes en nuestra intimidad, luego no somos capaces de dar la cara, de manifestarnos públicamente con esa fe, porque nos parece que tenemos que ir a contracorriente. Aquí tendríamos que escuchar palabras fuertes de Jesús cuando no somos capaces de dar la cara. Es necesario en nuestro mundo que manifestemos con nuestra vida, con nuestras actitudes y comportamientos, con nuestra manera de enfocar las cosas, con el compromiso de lo que hacemos, la autenticidad de nuestra fe. No podemos callar.
Me ha surgido toda esta reflexión quizás desde mis propios miedos y cobardías, pero cuando he escuchado el testimonio que el Bautista da de Jesús en el texto del evangelio que hoy se nos propone. Lo señala claramente para todo aquel que lo quiera oír. ‘Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, dice señalando a Jesús a su paso. Y Juan dio testimonio y manifiesta como le había sido revelado en su corazón que aquel que al ser bautizado se iba a manifestar sobre El sería quien nos bautizara en el Espíritu. Y somos nosotros los bautizados en el Espíritu por el nombre de Jesús.
Es hermoso el testimonio que hoy escuchamos a Juan. Cuando estos días hemos venido celebrando la Navidad del Señor hemos tenido que vivir la maravillosa experiencia de la presencia de Dios en medio de nosotros. Es el Emmanuel a quien contemplamos en ese Niño nacido en Belén que los pastores encontraron con su madre recostado en el pesebre.
Si hemos vivido con intensidad esa experiencia no nos queda otra que dar autentico testimonio ante los que nos rodean. Es algo que no hemos podido vivir de cualquier manera ni nos puede dejar que nos quedemos en las mismas actitudes de cobardía de siempre. Con valentía tenemos que dar testimonio. Somos unos testigos y eso lo tenemos que proclamar en esas actitudes nuevas que nacen en nuestra vida, en una nueva forma de comportarnos, de vivir la esencia de nuestra fe cristiana.

jueves, 19 de octubre de 2017

Los compartimientos y actitudes que mantengo en la vida tendrían que ser siempre camino que llevara a todos a hacer el bien

Los compartimientos y actitudes que mantengo en la vida tendrían que ser siempre camino que llevara a todos a hacer el bien

Romanos (3,21-30a); Sal 129; Lucas (11,47-54)

¿Podemos ser obstáculo para el bien que los otros quieren hacer? Parecería que eso no tiene sentido porque en el fondo todos queremos lo bueno, queremos hacer el bien, y parece que tendríamos que alegrarnos que otros también hagan cosas buenas, hagan el bien a los demás; tendría que ser incluso un aliciente y un estimulo para nuestra vida.
Pero ya bien sabemos cómo la malicia llena el corazón de los hombres y en lugar de sentirnos estimulados lo que nos sucede es que nos llenamos de envidia, y ya sabemos lo destructiva que es la envidia cuando se nos mete en el corazón. El envidioso en lugar de ayudar querrá poner todos los obstáculos posibles, porque quizás nos duela que nosotros no podamos hacer eso bueno que hacen los demás. Y desprestigiamos, restamos importancia a lo que hacen los demás, sembramos desconfianza queriendo hacer ver que hay una caprichosa intención en quien está haciendo lo bueno, tratamos de llenar de sombras todo aquello que tendría que estar lleno de luz.
Es la malicia que se nos puede meter en el corazón y así nos convertimos en obstáculos para lo bueno de los demás. Cosas así nos podemos encontrar en las relaciones de los amigos, en el trato con los que conviven cerca de nosotros y que alguna vez por resentimientos que vienen de viejo nos hacen brotar esas malas yerbas que tanto daño nos pueden hacer. Algunas veces pueden ser resentimientos que se heredan de familia porque no sé quien y no sé en qué época alguien de aquella familia hizo algo que hirió a un antepasado nuestro y eso parece que no se olvida ni se perdona aunque pasen años y generaciones.
He ido en mi reflexión por este camino de las envidias pero que encierran orgullos mal curados en nuestro interior, pero también hay tantas formas en que por nuestro mal ejemplo podemos ser ese obstáculo para lo bueno y que de alguna manera por nuestro mal testimonio incitan o inclinan hacia lo malo a los que nos rodean. Es el mal ejemplo que podemos ver los mayores, son las situaciones de corrupción por ejemplo que vemos hoy en nuestra sociedad, que nos lleva a ver las cosas tan naturales, que ya hasta lo malo e injusto nos puede parecer bueno porque otros lo hacen. Son los obstáculos para lo bueno que nos podemos ir encontrando en el camino de la vida, o son los obstáculos que también nosotros mismos podemos ser para los demás.
Muchas cosas que pensar para caer en la cuenta de la rectitud en que hemos de vivir nuestra vida. Quizá pensamos en un momento determinado que aquello que nosotros hacemos o sentimos en nuestro interior es cosa nuestra y a nadie tiene que interesar, pero no nos damos cuenta que una mala actitud por nuestra parte en un momento determinado puede hacer daño a alguien, no solo porque lo podamos ofender, sino porque nuestro mal ejemplo es el peor daño que le hacemos, porque de alguna manera es abrirle las puertas al mal.
Me ha surgido esta reflexión - que quizá se quede incompleta porque son muchas las consecuencias que se pueden sacar - cuando he escuchado en el evangelio en la diatriba que sostiene con los escribas y con los fariseos diciéndoles: ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!’
Que no nos suceda así a nosotros. Que nuestras actitudes y comportamientos ayuden siempre a los que están a nuestro lado a hacer el bien y apartarse del camino del mal.

martes, 20 de septiembre de 2016

Nuestras actitudes y comportamientos nunca pueden ser un obstáculo para que otros lleguen hasta Jesús

Nuestras actitudes y comportamientos nunca pueden ser un obstáculo para que otros lleguen hasta Jesús

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Sal 118; Lucas 8, 19-21

‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Habían intentado llegar hasta Jesús su madre que venía con algunos familiares; bien sabemos que la expresión hermanos en el lenguaje semita tiene la amplitud de abarcar a los familiares más cercanos. No había podido acercarse a Jesús porque el gentío que lo rodeaba lo impedía; por eso algunos de los discípulos le avisan a Jesús.
Algunos piensan que es un desaire de Jesús hacia la familia, cosa que no podemos aceptar, sino que Jesús quiere darnos un mensaje bien hermoso de la nueva familia de los hijos de Dios que El nos viene a constituir. ‘Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’. Somos la familia de Jesús si aceptamos y escuchamos su Palabra; somos la familia de Jesús cuando en verdad tratamos de reflejar en nuestra vida, en nuestros comportamientos, en nuestras actitudes, en nuestro sentido de vida lo que El quiere trasmitirnos en el evangelio. Un reto que nos está lanzando Jesús a nuestra vida. No basta decir ‘¡Señor, Señor!’ sino que nos es necesario cumplir la voluntad del Padre del cielo, como nos dirá en otro lugar.
Pero al hilo de estas palabras con que le anuncian a Jesús que allí están su madre y sus hermanos que no alcanzan a poder llegar hasta El, me hago otra reflexión. ¿Habrá en nuestro entorno alguien que quiera llegar hasta Jesús y no pueda? En aquella ocasión los mismos que estaban alrededor de Jesús porque querían escucharle y estar con El fueron obstáculo para que alguien también pudiera llegar hasta Jesús, en este caso María y familiares.
Pero quiero reflexionar y plantear y plantearme si acaso los que estamos cerca de Jesús pudiéramos ser obstáculo para que otros puedan llegar hasta Jesús, si acaso yo con mi vida no tan ejemplar pueda ser ese obstáculo para alguien. Nos puede suceder. Quizá nosotros nos podemos sentir muy entusiasmados y contentos con nuestra fe, pero no pensamos en los otros, en los que no conocen a Jesús, aquellos a quienes no se les anuncia, aquellos que están en nuestro entorno y quizá no llegan a ver nuestro testimonio, o aquellos a los que quizá podemos escandalizar con nuestro contra-testimonio.
Somos muy religiosos quizá, nos gusta rezar, asistir a cuantos actos religiosos se organicen en nuestro entorno, acudimos a santuarios del Señor o de la Virgen con asiduidad, no faltamos a una fiesta o a una procesión, pero luego nuestra vida de cada día no va en consonancia con esa fe, nuestros valores dejan mucho que desear porque no entran en verdadera sintonía con el Evangelio. Nuestra vida no es un auténtico testimonio y así nos podemos convertir en un obstáculo para que otros sintonicen con el evangelio, sintonicen con Jesús. Somos interferencia.
Aprendamos de María, la madre de Jesús. María que siempre tuvo abierto su corazón a Dios pero para que se realizara en ella siempre lo que era la voluntad de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase, cúmplase en mí según tu palabra’. Y la vemos caminar con su fe siempre al servicio de los demás, en una disponibilidad total, generosa en lo más hondo de su corazón para estar atenta siempre a todas las necesidades, madre implorante e intercesora no por sí sino para los demás. María, la que supo vaciarse de si misma para llenarse de Dios, pero para dar cabida en su corazón a todos los hombres que ahora para siempre serán sus hijos.
¿Serán esas nuestras disposiciones? ¿Será esa la generosidad que inspire el actuar de nuestro corazón y cuanto hagamos en la vida? Así nos convertiremos en trasmisores del Evangelio, así nos convertiremos en un hermoso eslabón para que todos puedan llegar hasta Jesús.