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sábado, 11 de julio de 2026

La herencia que Jesús nos regala desde nuestro desprendimiento para seguirle en los caminos del amor que nos hace pasar por el sentido de una nueva comunión con visos de vida eterna

 


La herencia que Jesús nos regala desde nuestro desprendimiento para seguirle en los caminos del amor que nos hace pasar por el sentido de una nueva comunión con visos de vida eterna

Proverbios 2, 1-9;Salmo 33; Mateo 19, 27-29

¿Que regalo me vas a hacer? Somos amigos, ¿no? Alguna vez hemos escuchado una cosa así, seguramente de alguien que se nos dice amigo. Como también estamos pensando en las herencias que vayamos a recibir de nuestros mayores, y estamos pensando en propiedades, en cuentas bancarias, en posesiones o en títulos. ¿Somos interesados? Nos movemos en un mundo de materialidades, de posesiones, de prestigios o de poder que muchas veces fundamentamos en las riquezas materiales. ¿Es esa la verdadera herencia que podemos dejar tras nosotros tras el paso por esta vida? ¿Son esos los regalos que podemos ofrecer a quienes apreciamos? Pero así andamos en la vida.

Dijo Pedro a Jesús: Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’ ¿Andará Pedro en estas texituras de las herencias? Somos humanos; aquellos discípulos que Jesús había escogido y de entre los cuales había escogido aquellos doce Apóstoles entre los que se encontraba Pedro tenían por supuesto esas características humanas como todos y en sus corazones estaban las ambiciones que reinan en el corazón de todos los hombres. Un día se habían decidido a seguir el camino de Jesús y se habían hecho sus discípulos y ahora Jesús los había llamado a algo más. En su mente estaban los sueños de todo buen judío que esperaba la llegada del Mesías al que ellos le habían dado unas especiales características; significaba, según el pensamiento común, la liberación de toda opresión extranjera, lo que conllevaba todo un nuevo orden en lo político y en lo social acompañado de unas nuevas manifestaciones de poder. ¿Sería por ahí por donde estaban las herencias que pedía Pedro?

Si seguimos en la honda de Pedro nos puede producir una cierta confusión la respuesta de Jesús pero las palabras de Jesús van por otros caminos. Jesús siempre quiere elevar nuestra mente y nuestro espíritu, quiere que le demos otra trascendencia a la vida y a lo que hacemos, y terminará Jesús hablándonos de premios de vida eterna. Habla es cierto de que si hemos renunciado a padre o madre, a hermanos o a hermanas, o a todas esas materialidades de la vida vamos recibir el ciento por uno, y nos dice en esta vida. Es donde podemos quedarnos confundidos, pero es donde vamos a descubrir la verdadera riqueza que nos ofrece Jesús.

El ciento por uno, que nos dice Jesús, y nos habla de nuestra vida, porque vamos a aprender a valorar en todo su sentido ese amor que podemos recibir de los demás que en su reino ya no se reduce solamente a los que por lazos de sangre o de amistad tengamos cerca de nosotros sino que entramos en otra familia, en otra honda de amor que no solo nosotros ofrecemos sino que también recibimos. Es lo que tenemos que aprender a valorar, es la riqueza que estamos recibiendo del amor de los demás en toda esa profundidad nueva que va a tener un amor según el estilo de Jesús. En una verdadera comunidad cristiana cómo nos sentimos enriquecidos en esa vivencia de comunión y en ese sentido de familia que nos sentimos entre todos.

Pero aun nos dirá más Jesús, ‘y heredará la vida eterna’. Nos habla Jesús del Hijo del hombre en su trono de gloria, y para ellos que de tan cerca le han seguido ‘doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel’. Es el gozo de la esperanza, como es el gozo de la entrega y de nuestra disponibilidad, es el gozo de la comunión, es el gozo del amor. La verdadera herencia, el hermoso regalo del amor de Dios que se manifiesta en ese amor de los hermanos.

viernes, 2 de enero de 2026

¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad, solamente en un niño pobre nacido en Belén y recostado entre las pajas de un establo o hemos de dar una razón más?

 


¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad, solamente en un niño pobre nacido en Belén y recostado entre las pajas de un establo o hemos de dar una razón más?

1 Juan 2, 22-28; Salmo 97;  Juan 1, 19-28

Tú, ¿quién eres? Una pregunta que surge casi espontáneamente cuando nos encontramos a alguien a quien no conocemos, pero que por diversas circunstancias tenemos que entrar en relación con él; saber con quien estamos hablando, con quien tratamos, qué clase de relación podemos entablar con esa persona según sea su identidad. Pero la pregunta se puede volver más dura y más inquirente, cuando hay algo de lo que sospechamos, algo que quizás no termina de agradarnos, o por la forma cómo se presenta esa persona con lo que está haciendo. Tú, ¿quién te crees que eres?, como cuestionando su identidad o su autoridad para lo que está haciendo.

Con una pregunta parecida vinieron en embajada desde Jerusalén a Juan que estaba en el desierto en la orilla del Jordán para algo así como pedirle cuentas por lo que estaba haciendo.  ‘Tú, ¿Quién eres?, ¿un profeta?, ¿Elías?, ¿el Mesías? ¿Quién eres?, para que podamos responder a quienes nos han enviado’. La presencia de Juan en la orilla del Jordán había sembrado inquietudes e interrogantes en los de siempre, aunque no eran ellos los que venían a escucharle.

La gente sencilla venida de todos los rincones se arremolinaba en torno a Juan y compungidos por su predicación querían hacer penitencia, como Juan les invitaba. Se sumergían en el agua del Jordán como un signo de aquella penitencia y conversión que necesitaban. Pero se creaban desconfianzas en los que estaban acostumbrados a lo de siempre y donde ellos tenían especial parte.

Ya escuchamos la humildad de Juan que no se considera profeta, que no quiere compararse al profeta Elías, aunque más tarde Jesús diría de él que era más que profeta y que Elías ya había venido aunque no habían querido reconocerlo, y por supuesto no era el Mesías sino la voz que gritaba en el desierto para preparar los caminos del Señor. Sin embargo había algo que sí señalaba claramente el Bautista. En medio de ellos estaba y lo conocían; en medio de ellos estaba Aquel a quien no se consideraba digno de desatarle la correa de sus sandalias; más tarde lo señalará como el que viene a bautizar no con agua sino con Espíritu Santo y fuego.

Este evangelio que a primera vista nos podría parecer fuera de lugar, porque más bien lo veríamos como más propio del tiempo del Adviento, nos viene bien escucharlo en este tiempo de Navidad. En medio de nosotros está, pero ¿lo conoceremos? Y no nos vale hacer ahora afirmaciones teóricas porque nos sabemos el credo de memoria.

Tenemos que preguntarnos si en verdad lo conocemos, si de la manera que hemos venido celebrando la Navidad estamos dando señales que en verdad lo conocemos. ¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad? ¿Solamente en un niño que vemos nacer pobre en Belén y recostado entre las pajas de un establo? ¿No adornaremos demasiado ese establo para a pesar de lo que es hacerlo muy confortable? O también tendríamos que preguntarnos qué tal es esa cuna que hayamos preparado en nuestro corazón y en nuestra vida para recibir a Jesús.

¿Quién eres tú?, es la pregunta que nos ha servido de base para comenzar nuestra reflexión, pero ¿habrá alguien que nos la  haga a nosotros desde lo que nosotros estamos haciendo para celebrar auténticamente la navidad o para manifestar la autenticidad y sinceridad de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano? No le tengamos miedo a la pregunta, sino dejémonos interpelar por ella porque somos nosotros mismos los que tenemos que preguntarnos si estamos dando razón autentica de nuestra fe y de nuestra condición de cristianos con lo que hacemos o con nuestra manera de vivir.

No tenemos que preocuparnos en responder con palabras sino presentar las obras de nuestro amor, nuestro autentico compromiso de nuestro ser cristiano, aunque no tenemos que avergonzarnos de confesar nuestra fe en Jesús ante quien nos lo requiera.

domingo, 18 de mayo de 2025

Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor y ese será el camino de nuestra gloria y nuestro triunfo con el que haremos un mundo mejor

 


Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor y ese será el camino de nuestra gloria  y nuestro triunfo con el que haremos un mundo mejor

Hechos 14, 21b-27; Salmo 144; Apocalipsis 21, 1-5ª; Juan 13, 31-33a. 34-35

Cuando hablamos de gloria, de glorificación y lo hacemos en términos muy a lo humano, a lo terreno y material, por decirlo de alguna manera, pensamos en triunfos, en victorias, en aclamaciones; la gloria de un deportista es la victoria personal o la victoria de su equipo, es el triunfo sobre el adversario, es la aclamación que va a tener de sus seguidores o de los que valoran esa victoria; salvo que nos hagamos unas interpretaciones ya muy particulares en las que se admire el esfuerzo realizado aunque no haya vencido se suele decir que su victoria es su superación, es su esfuerzo, o es el lograr llegar a aquella final aunque no haya habido triunfo sobre el adversario.

¿Cómo podemos entender las palabras que emplea Jesús hoy en el evangelio en las que habla de que ha llegado la hora de la glorificación precisamente en el contexto en que las pronuncia? Ya al comenzar la cena pascual el evangelista nos dice que ha llegado su hora, y lo repetirá Jesús en distintos momentos. Ya anteriormente hablando en Jerusalén había hablado de que estaba deseando que llegara la hora de la glorificación, mientras se escucha como un grito una voz venida del cielo que habla de esa glorificación.

Ahora ha salido ya Judas del cenáculo, y bien sabemos por los derroteros por los que caminaba pues iba a preparar el prendimiento de Jesús en aquella noche, y Jesús vuelve a hablar de glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros’. Son palabras que tienen un tinte especial, de ahí la tristeza que embarga al grupo de los discípulos, que no entienden lo que suceda, pero que presienten que algo especial va a suceder, como Jesús les había anunciado y ellos no habían comprendido.

Es el comienzo de la pasión; pronto vendrá el prendimiento, y como les ha dicho Jesús ‘me queda poco de estar con vosotros’. Pero es la hora de la entrega y del amor. Aunque sea difícil de ver y comprender todo lo que va a suceder tiene un sentido. Es el sentido de quien se entrega por nosotros, es el sentido del amor. Es el amor de Dios al hombre y al mundo que no se detiene hasta entregar a su Hijo para que nosotros tengamos vida. Aunque sean pasos amargos, porque a nadie le gusta el sufrimiento, fueron los pasos decididos con que Jesús subía a Jerusalén sabiendo que el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles, pero nadie le arrebata la vida, como nos dirá en una ocasión, sino que El la entrega libremente.

Puede pedirle al Padre que le libere de ese cáliz, pero El está dispuesto a llegar hasta el final. Porque no hay amor más grande que el de quien entrega su vida por los que ama. Es lo que está haciendo Jesús y la gloria de Dios se manifiesta cuando se manifiesta el amor, cuando llegamos a descubrir lo que es el amor que Dios nos tiene. Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor. Era lo que los judíos no entendían de la manera en cómo Jesús e presentaba como Mesías. Para ellos el Mesías tenía que se un caudillo que hiciera la guerra a quienes los oprimían para en esa violencia dominarlos y conquistar su libertad. No era la guerra que Jesús iba a emprender ni la que nos confiara a nosotros sus seguidores.

Y ese será el camino de nuestra gloria, el camino de nuestro triunfo. Es nuestra lucha y nosotros queremos ver también derrotados nuestros enemigos, pero nuestra victoria no viene por la violencia, nuestra victoria viene por el amor. Por eso nos dirá que será nuestro distintivo, por lo que nos conocerán. Es su ley y su mandato, amar. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros’.

Es la tarea que nos confía, pone en nuestras manos para poder manifestar la gloria de Dios. Solo en el amor se va a manifestar la gloria de Dios. Muchas veces tenemos la tentación de la ostentación en las cosas externas. Nos rodeamos de muchos resplandores y brillos que no son sino hojarasca; tenemos demasiadas manifestaciones de poder desde la imposición y desde la vanidad. Todavía seguimos sin entender las palabras de Jesús y pretendemos imponernos, convertir nuestra manera de ver y vivir el amor en leyes humanas que terminan maleándose porque se nos meterán nuestros intereses y nuestras vanidades por medio. Incluso hasta cuando hablamos de paz en tantos conflictos como nos encontramos en el mundo, terminamos hablando de imposiciones y exigencias, pero llegamos a entender que solo por el camino del amor es como la vamos a encontrar.

Tenemos que ver el camino de Jesús para hacerlo nuestro camino. Tenemos que ver lo que fue la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús para que lo hagamos también nuestra gloria porque emprendamos ese mismo camino de entrega y de amor. Despojémonos de esas ansias de poder que se sigue manifestando en nosotros y en nuestra Iglesia, esa fastuosidad y vanidad que lo que hace es crear abismos y distancias, que además nos están alejando del evangelio. Bajemos a ese terreno llano donde nos sentimos todos a la misma altura y se palpa la cercanía entre nosotros porque estamos todos caminando el mismo camino del amor.

sábado, 12 de abril de 2025

Tenemos que vivir la Pascua de una forma honda pasando por una renovación de nuestra vida y dejando que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme

 


Tenemos que vivir la Pascua de una forma honda pasando por una renovación de nuestra vida y dejando que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme

Ezequiel 37, 21-28; Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

También nosotros nos preguntamos muchas veces ¿es que no hay nadie que haga nada? Cuando somos conscientes de la problemática que vive nuestro mundo, cuando nos sentimos confundidos con tantas cosas que vemos que no marchan a nuestro gusto y que mucha gente anda descontenta, nos hacemos la pregunta. Y se trata de lo que es la vida social ordinaria que vivimos en la cercanía a nosotros con tantas violencias, con tanta corrupción, con el desorden moral que estamos contemplando como va en crecida, con la gente desilusionada por tantos problemas a los que no encuentran solución, y contemplamos la vida política, la marcha de nuestros dirigentes con actuaciones que no terminamos de comprender aunque aceptemos la disparidad de criterios que podamos tener, nos preguntamos quien va a salvar a nuestra sociedad, quien va a salvar a nuestro mundo. Pensamos en personajes carismáticos que puedan convencer, pensamos en verdaderos dirigentes de nuestra sociedad que nos saquen del atolladero, ¿Dónde podemos encontrar quien encuentre solución al mundo en que vivimos?

He querido comenzar mi reflexión de hoy en las vísperas del inicio de la semana santa palpando de alguna manera la situación en que vivimos en el hoy de nuestra vida, como también tendríamos que palpar lo que es nuestra vida personal con sus problemas y sus inquietudes, con las incertidumbres que se nos plantean muchas veces y los interrogantes que tenemos dentro de nosotros mismos porque pienso que lo que vamos a celebrar tiene que ser luz para esa situación que vivimos en todos los ámbitos de la vida. Es como haremos verdadera celebración de nuestra fe.

En la Palabra que hoy se nos ha proclamado el profeta describe también una situación difícil que vivió en muchos momentos el pueblo de Dios, divisiones entre ellos, destierros lejos de su patria, momentos en que parecía que habían perdido toda esperanza; tenemos que saber leer el lenguaje profético que se trasluce también en lo que en aquel momento estaban viviendo los judíos. La presencia de Jesús les había llenado de interrogantes y también de dudas por lo que Jesús anunciaba; quienes estaban bien situados se sentían seguros con su manera de vivir y veían quizás un peligro incluso de revolución desde las palabras y anuncios de Jesús; ellos no podían perder su influencia, que aunque estaban bajo el dominio de los romanos los dirigentes del pueblo tenían asegurado su puesto. ¿Qué podía suceder?

No buscaban ellos realmente quien viniera como salvador a dar un nuevo rumbo a las cosas; los pensamientos que tenían de lo que seria el Mesías también estaba confuso en sus mentes. Se atisbaban los peligros; más tarde les sucedería, no muchos años después, que Jerusalén y el templo serían aniquilados. Era lo que en el fondo temían, por eso como se atreve a decir el Sumo Sacerdote ‘es mejor que muera uno solo por todo el pueblo’. No era consciente del sentido profético de sus palabras, que el evangelista nos recordará.

¿Quién va a ser esa luz que nos guíe? ¿Quién va a ser ese salvador que nos libere de todos esos momentos oscuros? ¿Quién será el que pueda dirigir nuestra vida por caminos nuevos donde encontremos la paz y tengamos respuesta a nuestras inquietudes? El evangelista nos está diciendo que las palabras del Sumo Sacerdote tenían valor profético. En Jesús encontrarán cumplimiento.

Y es lo que vamos a celebrar, pero no solo contemplando a Jesús como el Salvador esperado solo en otros tiempos, sino como quien es el verdadero camino de salvación en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Ojalá supiéramos escuchar y supiéramos dejarnos conducir por las palabras de Jesús. Para nuestros miedos, para nuestras dudas e incertidumbres, para esa desorientación que vivimos en nuestra vida, para esos momentos tormentosos que seguimos viviendo donde sigue reinando la violencia y la injusticia, donde sigue imperando la corrupción y la maldad, para esos momentos en que no sabemos dialogar y ponernos de acuerdo Jesús es la luz que nos ilumina.

La pascua que vamos a celebrar tiene que seguir teniendo sentido en nuestras vidas. Pero no la podemos vivir de una forma superficial, no nos podemos quedar en exterioridades llenas de vanidad, no podemos tener una alegría superficial que se desvanece pronto como el humo de nuestros incensarios; tenemos que vivir la Pascua de una forma honda; y eso tiene que pasar por una renovación de nuestra vida, por dejar que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme; por dejar que Cristo cargue sobre sí todas esas maldades nuestras, toda esa superficialidad y vanidad y la ponga junto a su cruz, nos ponga a nosotros junto a su cruz, porque será la forma de que todo eso lo transformemos en vida, porque será la forma en que nosotros lleguemos a transformarnos en esos hombres nuevos, será la mejor forma de vivir y celebrar la Pascua.

viernes, 10 de enero de 2025

Tenemos que saber escuchar el evangelio de Jesús, entender esa buena nueva que nos ofrece, comprender ese hermoso proyecto de vida que tiene para nosotros e implicarnos en El

 


Tenemos que saber escuchar el evangelio de Jesús, entender esa buena nueva que nos ofrece, comprender ese hermoso proyecto de vida que tiene para nosotros e implicarnos en El

1Juan 4, 19–5, 4; Salmo 71; Lucas 4, 14-22a

Cuando tenemos un proyecto entre manos y que consideramos importante, que queremos llevar a cabo ya nos encargaremos de buscar los mejores medios para realizarlo, ya trataremos de convencer a aquellos que por una parte podrían salir beneficiados de aquella obra que emprendemos, o que sabemos que tienen medios y posibilidades de ayudarnos a realizarla, que hagan su aportación, que pongan mano a la obra con nosotros, que nos ofrezcan los medios que necesitamos y quizás no tenemos, pero lo importante es llevarla a cabo, desarrollar aquel proyecto. Buscaremos los mejores medios, ofreceremos quizás la mejor publicidad, trataremos de crear entusiasmo en los que nos rodean, queremos conseguir lo mejor, lo que resulte incluso más esplendido.

Pero ¿en todas las cosas, en todos nuestros proyectos actuaremos de la misma manera? ¿Pondremos quizás más empeño en cosas que en lo material reluzcan más? ¿En esos proyectos incluiremos un sentido de vida para hacer que nuestro mundo sea mejor? ¿Qué lugar le damos a las cosas del espíritu, a lo espiritual, o a un sentido religioso de la vida? Cuando hablamos del crecimiento y mejora de nuestros pueblos, ¿en qué nos fijaremos de manera primordial? ¿Solo pensamos alcanzar mayor riqueza, que nuestro pueblo tenga un mejor nombre y prestigio entre los pueblos de alrededor, o que la gente viva mejor solo porque tiene de todo?

Estamos estos días recorriendo esas primeras páginas del evangelio en sus diferentes relatos y contemplando los primeros pasos de Jesús. Por las palabras que pronuncia, por las señales que va realizando, por las esperanzas latentes en el pueblo de Israel en la espera de un Mesías, pero contando también con la situación social que vivían en aquellos momentos puede comenzar a vislumbrarse en aquel ‘profeta’ – porque así comenzaban a considerarlo – que apareció por los diferentes pueblos de Galilea la posibilidad de que fuera el Mesías, con lo se culminarían todas sus esperanzas. Pero, ¿dónde tenían puestas sus esperanzas en aquellos momentos? ¿Qué imagen se habían formado del Mesías anunciado y prometido y que quizás podían pensar que estaba entre ellos?

Hoy contemplamos a Jesús en la visita que hace al pueblo donde se había criado, cuando ya había recorrido otros muchos lugares de Galilea, y se presenta en la sinagoga el sábado para hacer la lectura de la ley y de los profetas. Era su primera aparición pública además en la que había sido su ciudad. Sus palabras y sus anuncios podían tener el carácter de programáticas. La lectura que hace del profeta Isaías podía tener perfectamente ese sentido al hablar del que lleno del Espíritu venía a proclamar una buena noticia y un año de gracia del Señor.

Pero los comentarios de Jesús en su brevedad, pero también las señales que está dando de lo que va a ser su vida que podían llenar de esperanza los corazones, para otros podrían resultar decepcionantes; no estaban cumpliendo las expectativas que ellos tenían de lo que sería y haría el Mesías. Jesús das unas señales en los enfermos que recobran la salud y la vida, pero habla de una liberación que no era lo que ellos realmente estaban soñando. Esa liberación que Jesús quiere realizar tiene que ir a lo más hondo de la persona, de cada persona, porque es el camino auténtico para encontrar la verdadera paz.

Pero los hombres siempre andamos con nuestras prisas, queremos conseguirlo todo de un golpe, y no parecen ser los caminos que Jesús nos propone en el proyecto que tiene para nosotros y para nuestro mundo. Nos creamos muchas ilusiones, pero eludimos el compromiso, lo que de nuestra parte tenemos que no solo hacer sino ser. Los planes de salvación que Dios nos ofrece son otros y serán los que nos podrán llevar a la verdadera felicidad, a hacer un mundo mejor, pero no siempre los entendemos, ni siempre queremos comprometernos con ello.

Queremos muchas veces cosas espectaculares, nos llaman la atención las cosas extraordinarias aunque muchas veces se puedan quedar en el brillo de lo superficial, buscamos en fin las vanidades de la vida; es incluso como muchas veces hemos entendido la religión, la forma de expresar nuestros sentimientos religiosos; por eso en alguna ocasión nos dirá Jesús que le honramos solamente con los labios mientras nuestro corazón está lejos de Él.

Tenemos que saber escuchar el evangelio, entender esa buena nueva que nos ofrece Jesús, comprender ese hermoso proyecto de vida que tiene para nosotros e implicarnos en El. En ese proyecto de Jesús tenemos que poner todos nuestros empeños y todo nuestro esfuerzo; merece la pena. Es lo que hoy Jesús en el evangelio nos viene a ofrecer.

jueves, 12 de diciembre de 2024

Tenemos que saber escuchar, saber ir con corazón libre al encuentro con la Palabra de Dios dispuesto a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del evangelio

 


Tenemos que saber escuchar, saber ir con corazón libre al encuentro con la Palabra de Dios dispuesto a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del evangelio

Isaías 41, 13-20; Salmo 144; Mateo 11, 11-15

Muchas veces todo lo que escuchamos no es lo que realmente ha sucedido; escuchamos, por ejemplo, un estruendo, es una pared que se derrumbó dicen algunos, otros nos dirán que fue una explosión, que fue una ráfaga de viento fuerte, que fue un avión que pasó y nos dejó su zumbido, que fue un trueno… y así seguimos escuchando muchas cosas. Pero claro que no me estoy refiriendo a esos sonidos que de esa manera llegan a nuestros oídos, sino que son las interpretaciones que nos podemos hacer de lo que nos dicen o nos cuentan, nos quedamos en la literalidad de las palabras o por lo que en otras ocasiones hemos escuchado nos hacemos nuestra interpretación, nos dejamos llevar por lo que previamente nosotros pensamos o escuchamos lo que otros nos dicen que dijo o quiso decir. Es importante pero no es fácil en muchas ocasiones; muchas veces puede ser causa de conflictos posteriores dentro de nosotros mismos, o en nuestras relaciones con quien nos quiso decir algo o con las personas que nos rodean.

‘El que tengo oídos, que oiga’, nos dice hoy Jesús en el evangelio, pero que es sentencia que nos repite en diversas ocasiones. Tenemos que tomarnos en serio lo que escuchamos, tenemos que tomarnos en serio las palabras de Jesús, tenemos que tomarnos en serio la Buena Noticia, el Evangelio que trata de trasmitirnos, no nos lo podemos tomar con superficialidad. Quedarnos en lo que nos parece que hemos oído, que muchas veces solo escuchamos según nuestros intereses, que también tenemos nuestras ideas preconcebidas, que nos hacemos nuestras interpretaciones. ¿No es lo que les sucedía entonces a los judíos que tenían una idea preconcebida de lo que iba a ser el Mesías y se quedaban entonces desconcertados con lo que veían en Jesús?

Hoy nos ha hablado Jesús de Juan Bautista del que hace grandes elogios. La liturgia nos ofrece esta palabras de Jesús en el contexto del tiempo del Adviento que vamos recorriendo y donde tan importante es la figura del Mesías, que vino a preparar los caminos del Señor. En ese sentido ha ido la lectura del profeta que hoy se nos ha ofrecido.

Hoy nos dice Jesús de Juan que nadie más grande que él ha nacido de mujer; nos habla también del profeta Elías que todos tenían la creencia que había de venir antes de la llegada del Mesías y Jesús nos dice que Elías es Juan, si es que queremos creerlo. En otro momento del evangelio volverá a hablarnos en ese sentido. Las palabras de Jesús hoy están enmarcadas en aquel momento en que Juan había enviado desde la cárcel a algunos de los discípulos que aun le seguían con la pregunta a Jesús si era El en verdad a quien esperaban, en una palabra, si era el Mesías anunciado.

Y nos habla Jesús de la violencia que sufre el anuncio del Reino de los cielos en una cierta referencia a la misma oposición que Jesús iba encontrando en ciertos sectores a su evangelio. Solo los esforzados lograran alcanzarlo, nos dice, que no significa que por la violencia tengamos que imponer el Reino de Dios, sino la violencia que tenemos que hacernos a nosotros mismos para superarnos y vivir los valores que nos ofrece; demasiado a lo largo de los tiempos no hemos sabido escuchar y entender estas palabras de Jesús y hemos querido imponer lo que solo tiene que ser una oferta de gracia.

Es por lo que nos está diciendo Jesús que el que tenga oídos, que oiga. Tenemos que saber escuchar, tenemos que saber ir con corazón libre al encuentro con la Palabra de Dios; corazón libre que es esa humildad y vacío de  nosotros mismos con que tenemos que escuchar; corazón libre que no se deja influir, que no pierde su libertad, que acoge con sencillez, que va con apertura deseoso de recibir vida, no condicionado por intereses de nuestra vida o lo que nos parece que a nosotros nos conviene, liberado de nuestras viejas historias para poder acoger la novedad que siempre es el evangelio que Jesús nos ofrece, dispuesto a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del evangelio, buscando siempre esos caminos de amor que Jesús quiere trazar para nuestra vida.

 

jueves, 26 de septiembre de 2024

Definirnos por Jesús no es repetir un catecismo aprendido de memoria sino manifestar con lo que hacemos y vivimos todo lo que significa Jesús para nosotros

 


Definirnos por Jesús no es repetir un catecismo aprendido de memoria sino manifestar con lo que hacemos y vivimos todo lo que significa Jesús para nosotros

Eclesiastés 3, 1-11; Salmo 143; Lucas 9, 18-22

Hay preguntas que son difíciles de responder. Nos pueden preguntar una dirección y si sabemos responderemos dando los detalles por dónde podemos ir y cómo encontrar lo que buscamos; nos preguntan por algo que ha sucedido, y contaremos con pelos y señales el acontecimiento; nos preguntan por algo que hayamos estudiado y conocemos muy bien y seremos capaces dar la respuesta acertada; y así muchas cosas en la vida pero decíamos sin embargo que hay preguntas que son difíciles de responder.

Nos preguntan que nos definamos, que digamos quienes somos, y seguramente comenzaremos dando nuestro nombre, de donde somos o de donde venimos; pero sabemos que lo que nos preguntan es algo más y entonces daremos vueltas y vueltas definiéndonos a nosotros mismos, quizás hablando de la familia de la que procedemos, los estudios que hayamos hecho, la profesión que realizamos y así seguiremos dando vueltas pero definirnos en el yo de nuestra vida nos cuesta más, nos es más difícil dar esa definición de nuestra vida. ¿Y cuando nos preguntan que definamos a los demás?

Es la pregunta que Jesús les está haciendo hoy a los discípulos. Textualmente Jesús está preguntando por la opinión de la gente pero también por la opinión de ellos de forma muy concreta. Pero me atrevo a decir que Jesús lo que les está diciendo es que se definan a sí mismos en la relación que tienen con El, lo que Jesús significa en sus vidas que es algo más que algo aprendido de memoria. Porque eso es lo que nos está pidiendo a nosotros hoy.

Los discípulos comenzaron a resumir lo que ellos escuchaban de la gente. Ya sabemos como había mucha gente entusiasmada con lo que hacía y lo que decía Jesús y surgían voces de alabanza y de reconocimiento de la acción de Dios en Jesús. ‘Nadie ha hablado como El’, decían; ‘Dios ha visitado a su pueblo’, exclamaban otros. Sentían que era un profeta, como aquellos antiguos profetas que habían conformado la historia de Israel tal como transmitían las Escrituras – se fundamentaban en la ley y los profetas – o recordaban alguien tan cercano como Juan el que bautizaba hasta hace poco en las aguas del Jordán en el desierto de Judea. Así lo fueron expresando los apóstoles ante la pregunta de Jesús.

Pero la pregunta de Jesús iba más allá. No era solo la opinión de la gente, sino era cómo ellos, los que estaban siempre con El, lo percibían. ‘Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ Era una pregunta más comprometedora, porque eran ellos los que tenían que definirse; decir lo que otros piensan si eso no me compromete a mí, es fácil, pero lo que ahora pedía Jesús era más comprometedor porque era expresar lo que Jesús significaba en sus vidas. ¿Hasta dónde lo conocían? ¿Hasta dónde estarían dispuestos a darlo todo por El, aunque ya un día habían dejado sus barcas y su trabajo, sus familias y hasta su propio pueblo para seguirle? Pero ¿por qué le seguían? ¿Hasta dónde estaban dispuestos a llegar? ¿Qué es lo que realmente ellos pensaban de Jesús?

Pedro, como siempre, será el que se adelante para dar respuesta. Muy certera, muy ajustada a lo que era Jesús y su misión. ¿Sería consciente de verdad del sentido de sus palabras? Jesús dirá que lo ha dicho porque el Padre se lo ha revelado en el corazón. Aunque un día diga que está dispuesto a dar la vida por Jesús, ¿hasta dónde llega en el compromiso de su vida aquella respuesta que está dando? Porque ahora dirá que es el Cristo, el Ungido de Dios, pero cuando a continuación diga que el Hijo del hombre tiene que padecer y ser entregado en manos de los gentiles, tratará de quitarle esa idea a Jesús de la cabeza.

Se llevaría hasta una espada a Getsemaní para defender a Jesús si fuera necesario, pero pronto se dejaría dormir en la vigilia, con el resto de los discípulos tras el prendimiento lo abandonaron y huyeron, y pronto en el patio del pontífice negará incluso que conoce a Jesús. Nuestros caminos, nuestros entusiasmos en un momento determinado, pero las tibiezas que pronto aparecen y terminamos también arrastrándonos y dejándonos llevar por lo que nos parece más fácil.


En nuestra respuesta también tenemos que definirnos, hasta donde estamos dispuestos a llegar, cómo vamos a dar la cara por esa fe que decimos que tenemos, cómo vamos a mantener caldeado nuestro espíritu para que no nos dominen esas tibiezas, y nos dejemos conducir no por el Espíritu de Jesús sino por el espíritu del mundo que nos parece también más fácil y más cómodo, con menos complicaciones.

¿Qué significa, pues, Jesús y su evangelio en nuestra vida?

domingo, 15 de septiembre de 2024

Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

 


Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

Isaías 50, 5-9ª; Sal. 114; Santiago 2, 14-18; Marcos 8, 27-35

Todos nos hacemos preguntas, algunas veces parece que nos vienen en cadena, otras surgen en un momento determinado casi por sorpresa, o no las hace la vida misma; preguntas sobre nosotros mismos, preguntas sobre aquellos que nos rodean, preguntas sobre esas personas que nos parecen importantes para nosotros; preguntas cuyas respuestas pueden tener sus consecuencias para nosotros, para lo que va a suceder y que quizás nos cuesta asumir; preguntas que nos dan miedo o que nos sorprenden, preguntas que pueden darle una vuelta a nuestra vida,  preguntas en fin sobre las que queremos encontrar una respuesta.

Hoy en el evangelio es Jesús el que hace unas preguntas, que en principio podrían parece inocentes, porque era recoger aparentemente las opiniones de los que les rodeaban; pero pregunta que poco a poco va comprometiendo, porque hay que dar una respuesta personal, pero respuestas que van a tener sus consecuencias, porque al final estará haciendo que los que se hagan las preguntas de donde están son los propios discípulos, o aquellos que quieren seguir a Jesús. Que todo puede ser al mismo tiempo un itinerario que nosotros también hemos de recorrer.

Primero pregunta Jesús sobre lo que piensa la gente del Hijo del Hombre; las respuestas son variadas según la percepción que la gente va teniendo de lo que hace Jesús, por eso le ven como un profeta, como un gran profeta como los grandes profetas antiguos, o como el recientemente martirizado Juan Bautista, con lo que también esas respuestas pueden tener algo de profecía.

Pero Jesús da un paso más, porque ahora pide una respuesta personal de aquellos que en este momento le rodean, sus discípulos más cercanos. Les impacta la pregunta ‘y vosotros, ‘¿quién decís que soy yo?’ La respuesta no pueden ser generalizaciones sino que tiene algo más personal y será Pedro el que se adelante a responder. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo’, el Hijo del Dios vivo. Otros evangelistas nos dejarán el comentario que hizo Jesús a esta respuesta de Pedro, que no la da por si mismo sino porque se lo ha revelado el Padre del cielo.

Pero Marcos, en el evangelio de hoy, hace que en esa pregunta y en esa respuesta veamos todo lo que tienen que ser sus consecuencias. El sentido del Mesías en Jesús es distinto. Por eso Jesús irá sacando consecuencias que ahora irán haciendo que sean los discípulos los que se interroguen por dentro y en cierto modo hagan una opción. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días’. No era esa la imagen que ellos tenían del Mesías a pesar de todo lo que Jesús les había enseñado y anunciado.

Aquello les impacta y les deja descolocados y como siempre será Pedro el que comience a hablar y actuar. Son interrogantes en el interior que no nos pueden dejar paralizados. Eso no puede suceder, eso no le puede pasar a Jesús con todo lo que la gente piensa de El y le busca y quiere seguirle. Pedro trata de convencer a Jesús, que no sé si será tratar de convencerse a si mismo de lo que Jesús les está planteando. Pero Jesús le rechaza, le aparta de su lado ‘¡Quítate de en medio!’, poco menos que le dice porque ‘eres una tentación para mí’.

Pero Jesús, ya dirigiéndose a todos, ¿dirigiéndose a nosotros quizás también?, nos vendrá a aclarar lo que va significar la fe que tengamos en El. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?’ No son solo palabras bonitas o aprendidas de memoria las que nos definen la fe que tenemos en Jesús sino que tienen que ser unas actitudes nuevas que hemos de tener en nuestro corazón.

¿Será así cómo nosotros queremos ser en verdad discípulos de Jesús? ¿Hasta dónde llega nuestra fe en El? Porque quizás estaremos muy entusiasmados cuando parece que son los buenos momentos, las grandes aclamaciones y los momentos de fervor, cuando quizás nos metemos en medio de una multitud entusiasta porque parece que todo es como una fiesta.

Cuando tenemos que ver la realidad que hay a nuestro lado, cuando descubrimos el sufrimiento de tantos, o cuando nos salen las cosas mal, cuando nos vemos envueltos en problemas que no parece que tengan solución, enfermedades que nos hacen sufrir en nuestros seres queridos o en nosotros mismos, cuando se nos hace difícil porque no todos nos entienden y parece que nadamos a contracorriente, cuando tenemos que comenzar a desprendernos de muchas cosas que llevamos demasiado apegadas en nuestra vida porque nos damos cuenta de que están muy lejos de los valores del evangelio, cuando tenemos que comenzar a compartir olvidándonos de nosotros porque vemos que hay otra gente con mayor necesidad, cuando tenemos que aceptar incluso a aquellos que no nos caen bien, ¿cómo reaccionamos? ¿Escuchamos y asumimos esas palabras que nos ha dicho Jesús de negarnos, de perder la vida, de tomar y cargar con nuestra cruz?

Preguntas, decíamos al principio, que algunas al final podrían sernos molestas. Preguntas que nos hace Jesús hoy y que nos hacen hacernos preguntas sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida. ¿Tememos las preguntas que nos hace el evangelio cuando lo escuchamos con corazón abierto?

jueves, 8 de agosto de 2024

En medio de nuestro camino de fe cuando nos envuelven problemáticas que nos hacen sufrir, ¿cuál es nuestra manera de reaccionar?

 


En medio de nuestro camino de fe cuando nos envuelven problemáticas que nos hacen sufrir, ¿cuál es nuestra manera de reaccionar?

Jer, 31, 31-34; Sal. 94; Mt. 16, 13-23

Hay momentos en que parece que las emociones que se nos suceden están como enfrentadas porque igual pasamos del entusiasmo y la euforia a momentos en que sentimos que las palabras caen como una loza pesada sobre nosotros y no terminamos de entender lo que nos sucede. Todos hemos tenido esos momentos de entusiasmo y hasta de alegría loca, mientras al momento se nos suceden momentos en que todo se nos vuelve oscuro sin encontrar comprensión para lo que sucede.

El pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece pareciera que va por ese camino. El grupo de los discípulos más cercanos a Jesús se encuentran a solas con El en aquellos momentos en que de alguna manera se sienten alejados de los entusiasmos de las multitudes que siguen a Jesús, pero es que son momentos de intimidad, de ir abriendo el corazón, de sentirse a gusto con Jesús, de ir manifestando incluso lo que piensan o lo que sienten, como sucede cuando tenemos esos momentos de mayor cercanía e intimidad.

Es ahí cuando surge la pregunta, o mejor las preguntas de Jesús sobre algo que les obligará a abrir más aun sus corazones aunque no sepan incluso como hacerlo. De alguna manera era preguntar por el cariño que sentían por Jesús aunque esas no sean las palabras que se emplean; pero es preguntar por lo que sienten la gente por Jesús y por lo que sienten ellos por Jesús. Por eso digo, no fue una sola pregunta sino que a la primera de lo que pensaba la gente se sucede la que va más directa a lo que ellos piensan.

‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Es la primera pregunta en la que se va a ir recogiendo lo que pensaba la gente, por lo que ellos escuchaban; pero era también una forma de expresarse ellos que también podían tener en su mente pensamientos semejantes. Lo llamaban el Maestro, era algo así como reconocer en él lo que también decía la gente de que con su Palabra y su presencia se palpaba un mensaje de Dios como hacían los profetas; esto sí que es nuevo, se decían cuando lo escuchaban, nadie ha hablado como El, con su autoridad. Algo de eso ellos sentían también en sus corazones, pero que muchas veces no sabían como expresarlo y por eso lo habían dejado todo y le seguían.

Aunque ya se van manifestando Jesús quiere algo más, que expresen libremente y con toda confianza lo que ellos verdaderamente sentían. ‘Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ Es la pregunta más directa que también es más difícil de responder. Pedro se convierte en portavoz. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Ahí están las palabras de Pedro, directas y con rotundidad; un día dirá que está dispuesto a todo por El, hasta dar su vida. Ahora deja que salga lo que brota de su corazón. Aunque Jesús le dirá que no lo dice por si mismo, que eso es algo que le ha sido revelado del cielo, que el Padre le ha puesto en su corazón.

Y Jesús le hablará de la misión que le tiene reservada. Ya un día le había cambiado el nombre como adelantando lo que va a ser su misión. Es lo que ahora le dice claramente. Es Pedro, será piedra y piedra que será cimiento, que será fundamento sobre el que se va a edificar la Iglesia. No sé si estarán entiendo todo el significado de las palabras de Jesús porque ahora cuando nos las trasmiten ha pasado ya la resurrección donde llegarán a comprender todo el misterio de Jesús. Pero las palabras de Jesús son también de confianza, ‘el poder del infierno no la derrotará’.

Momentos sí de emoción en aquella conversación de tan gran intimidad; momentos que ponen entusiasmo en sus corazón que se llenan de esperanza porque están vislumbrando algo nuevo que va a surgir, que aquel seguir a Jesús como ellos han hecho por los caminos de Galilea y de Palestina, sí han merecido la pena. Aunque todavía no terminan de entender del todo lo que significa ser el Mesías, ellos parece que están comenzando a ver realizados sus sueños, que eran los sueños del pueblo de Dios que esperaba la salvación.

Pero todo no se queda ahí y es cuando viene el desconcierto. Porque ahora les anuncia que ese Hijo del Hombre al que ellos han proclamado ya como Hijo de Dios, ha de subir a Jerusalén para pasar por una pascua de dolor y de sufrimiento. Porque allí en Jerusalén tendrá que padecer mucho por parte de los sumos sacerdotes y los maestros de la ley, que iba a ser incluso crucificado, aunque al tercer día resucitaría.

Es como un jarro de agua fría. Y aquel Pedro tan entusiasmado por Jesús y sus promesas le dice que eso no puede pasar, que se lo quite de la cabeza. Y Jesús lo apartará a un lado, porque es una tentación para El, porque piensa como los hombres y no piensa como Dios.

¿No serán las dudas que muchas veces también se nos meten en la cabeza? ¿No serán esos altibajos que tantas veces tenemos en nuestro seguimiento de Jesús que parece que pronto nos cansamos de seguirle y más cuando las cosas se nos pueden poner difíciles? 

En toda esa problemática que nos ofrece la vida, en toda esa problemática que vemos también en medio de la Iglesia, en nuestras comunidades, en toda esa problemática en que tantas veces nos vemos envueltos y que quizás nos hace sufrir, ¿cómo pensamos nosotros y cómo actuamos? ¿A la manera de los hombres, a la manera del mundo, en la forma de solucionar las cosas que tienen las gentes del mundo, o actuaremos según el pensar de Dios y desde otros valores?

lunes, 24 de junio de 2024

Por toda la comarca había corrido la noticia del nacimiento de Juan, estaban viendo la mano de Dios, como sólo saben hacerlo los humildes y los sencillos

 


Por toda la comarca había corrido la noticia del nacimiento de Juan, estaban viendo la mano de Dios, como sólo saben hacerlo los humildes y los sencillos

Isaías 49, 1-6; Salmo 138; Hechos de los apóstoles 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

Parece que estaba destinado para eso. Se nos escapa casi espontáneamente esa expresión cuando nos encontramos con una persona que nos resulta realmente espectacular; son las cosas que realiza y la manera especial que tiene de hacerlas, rompe moldes porque vemos que es capaz de hacer cosas que nadie ha sido capaz, se manifiesta con absoluta libertad y a nadie tiene miedo, actúa abriendo caminos, despertando las conciencias, poniendo nuevas ilusiones en los que caminan a su lado. Nos parece único.

¿Tendríamos que decir una cosa así de Juan el Bautista de quien hoy estamos celebrando la fiesta de su nacimiento? Por toda la comarca había corrido la noticia de su nacimiento, todos se hacían bocas de aquellas cosas que habían visto en su entorno, porque realmente era algo único; sus padres eran mayores y ya parecía imposible el nacimiento de un hijo de aquellos ancianos, pero Isabel estaba en cinta y ahora había dado a luz un niño.

Normal que todos la felicitaran, normal que se juntaran con los padres a la hora de la circuncisión e imposición del hombre; lo que no parecía normal eran los deseos de Isabel de llamarlo Juan porque según la costumbre debía llevar el nombre de su padre, Zacarías, aunque en ello aquella anciana estaba reconociendo el actuar de Dios en el propio significado del nombre. Por eso todos se preguntaban ¿cuál era el destino de aquel niño? ‘¿Qué iba a ser de aquel niño?’ Estaban viendo la mano de Dios, como sólo saben hacerlo los humildes y los sencillos.

Era el camino que iba a escoger Juan. Ya nos adelanta el evangelista que ‘El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel’. Ya lo veremos más tardes en la austeridad más severa, sus vestidos una piel de camello, su frugal comida las langostas del desierto y la miel silvestre, su estilo de vida la penitencia más severa con sus ayunos con lo que invitaba a todos a hacer penitencia porque había que preparar los caminos del Señor, su palabra que no estaba hecha de largos discursos pero sí de invitación a la conversión, a la solidaridad y a la rectitud de vida para actuar siempre con verdadera justicia. Era la sintonía que en los signos que rodearon su nacimiento supieron descubrir los pobres y los sencillos de corazón.

¿Era un profeta? ¿Era el Mesías anunciado? En el desierto se presentaría predicando la conversión porque había que preparar los caminos del Señor y de todas partes acudirán para escucharle y hacerse bautizar en las aguas del Jordán. De Jerusalén bajarán unos enviados preguntando con qué autoridad se presentaba ante Israel con aquel anuncio de la pronta venida del Mesías. Y él diría que no era un profeta, que no era el Mesías, que solo eran la voz que predicaba en el desierto invitando a preparar los caminos del Señor.

Pero Jesús dirá de El que es profeta y más que profeta porque no había nadie mayor que él de entre los nacidos de mujer. Era el precursor del Mesías, el que venía a preparar los caminos del Señor y para él lo importante era que recibieran a quien ya estaba en medio de ellos y no lo conocían. Pero El lo señalaría como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. De sus manos había recibido aquel bautismo en las aguas del Jordán, pero sobre todo había visto cómo se abría el cielo para bajar el Espíritu Santo sobre Jesús en forma de paloma y también había escuchado la voz que lo señalaba como el Hijo amado de Dios.

Por eso en su camino de humildad y sencillez no le importa menguar con tal que crezca el que había de crecer. Su misión era ser voz, pero la Palabra que había que escuchar era la de Dios, y eso se iba a reflejar en Jesús. Por eso dará paso al Mesías que viene, sus discípulos serán los primeros discípulos de Jesús y los que aún quedan con él cuando ya está en la cárcel serán enviados hasta Jesús para que lleguen a conocer y convencerse de que es el Mesías. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?’ es el mensaje que le llevan a Jesús de parte de Juan.

Gran alegría se suscitó en las montañas de Judea con su nacimiento y todos daban gloria a Dios. Es la alegría con que nosotros seguimos celebrando su nacimiento. No nos queda sino seguir su camino, entrar en esos caminos de humildad y de sencillez porque será la manera de descubrir las señales de Dios que se sigue manifestando hoy entre nosotros, convertir nuestro corazón a Dios, preparar también los caminos del Señor entrando en esa órbita nueva del amor y de la solidaridad, de la conversión y de la penitencia, de la justicia y del bien, de la verdad y de la rectitud. El daría testimonio no solo con su palabra en el desierto sino con su vida que también es inmolada para hacer que andemos y tengamos una vida nueva de rectitud.


lunes, 20 de mayo de 2024

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que es el que mueve nuestros corazones y nos impulsa a nuevas actitudes y compromisos

 


Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que es el que mueve nuestros corazones y nos impulsa a nuevas actitudes y compromisos

Santiago 4,1-10; Salmo 54; Marcos 9,30-37

A veces nos sucede. Estamos hablando con alguien que quizás nos está queriendo presentar un proyecto, algo que tiene en su cabeza y que le parece oportuno contar con nosotros, pero probablemente escuchamos sus primeras palabras pero pronto nos ponemos nosotros a soñar, a sacar nuestra idea o nuestro pensamiento o manera de ver pero que a la larga es bien distinto de lo que realmente se nos está diciendo. Nosotros estamos con nuestros sueños, o con lo que nosotros habíamos pensado de ese tema, aunque ahora se nos presenta de distinta manera; pero en nuestra cabeza no está entrando eso nuevo que se nos quiere decir, sino que seguimos con nuestros sueños o con nuestra manera de ver las cosas de siempre. Parece que andamos por distintos caminos.

Les estaba sucediendo a los discípulos con el mensaje de Jesús. Ya se venían haciendo a la idea de que Jesús era un nuevo profeta o acaso podría ser el Mesías. Pero ellos tenían su idea. Los profetas para ellos eran lo que se habían imaginado siempre cuando escuchaban las Escrituras, o el Mesías había de ser un caudillo victorioso que lograra la liberación de Israel del yugo extranjero al que estaban sometidos, y pronto se crearía un reino nuevo que tendría sus ejes de poder con personas que podían ser influyentes y poderosas; ya se veían ellos en ese entorno de poder a pesar de lo que Jesús les anunciaba una y otra vez. Ahora andan discutiendo quien sería más poderoso en ese nuevo reino del Mesías.

Jesús hablaba de entrega, de sacrificio, incluso de muerte para dar vida. Les anunciaba claramente lo que habría de suceder cuando subieran a Jerusalén, cómo iba a ser rechazado y entregado en mano de los gentiles que le darían muerte; les anunciaba también que resucitaría al tercer día. Pero ellos no entendían nada, porque tenían sus ideas en la cabeza y eso no podría suceder cómo Jesús les estaba anunciando. Pero en su terquedad, a pesar de la confianza y cercanía que les manifestaba Jesús, no se atrevían a preguntar sobre el sentido de sus palabras.

Y mientras van de camino andan discutiendo por los primeros puestos. Pero se ven sorprendidos al llegar a casa y Jesús preguntarles de qué iban discutiendo por el camino. Más grave y profundo se hizo el silencio, porque se vieron sorprendidos por la pregunta de Jesús que, podíamos decir, les había cogido in fraganti.

Cuantas veces nos sucede que escuchamos literalmente el evangelio pero no llegamos a entrar en su sentido y deja de ser evangelio para nosotros. Siempre ha de ser buena noticia pero que nos impulso a algo nuevo y distinto. De lo contrario no sería noticia, porque repetirnos lo de siempre no es noticia. Pero ya tantas veces lo escuchamos como si oyéramos repetir una y otra vez lo mismo, lo de siempre.

Algo nos está fallando en nuestra manera de escuchar, en la actitud de nuestro corazón, y también, ¿por qué no?, en la manera como se nos está haciendo ese anuncio. Comencemos, pues, por esa actitud pasiva que llevamos tantas veces en nuestro corazón que hace que no nos dejemos sorprender. Y el evangelio cada vez que lo escuchamos tiene que sorprendernos, porque algo nuevo nos está ofreciendo siempre para nuestra vida, algo que siempre además tendría que llenarnos de gozo porque aun cuando siempre tenga las exigencias de la conversión despierta siempre en nosotros una esperanza nueva.

Jesús terminará hablándonos hoy del servicio, de la acogida, de la humildad, de la sencillez. Es lo que tiene que irnos abriendo el corazón, haciendo esos ajustes que algunas veces nos producen crujíos, logrando esa renovación de nuestras actitudes, esa apertura a una nueva vida, ese ponernos en camino de algo nuevo y gozoso para nuestra vida, de ir manifestando en actos concretos que hay una nueva vida en nosotros. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que es el que mueve nuestros corazones.

martes, 23 de abril de 2024

Vaciemos nuestra mente de ideas preconcebidas y tengamos un corazón disponible para seguir la senda que el Espíritu nos traza para nosotros hoy

 


Vaciemos nuestra mente de ideas preconcebidas y tengamos un corazón disponible para seguir la senda que el Espíritu nos traza para nosotros hoy

Hechos de los apóstoles 11, 19-26; Salmo 86;  Juan 10, 22-30

¿Creemos o no creemos? A veces también nos llenamos de dudas. ¿Será cierto todo lo que nos dicen? ¿Estaré equivocado en esto de llamarme cristiano, de ser seguidor y discípulo de Jesús? ¿Por qué tengo que creer en la Iglesia? Y así van surgiendo una lista grande de preguntas, de interrogantes que nos hacemos por dentro, aunque no siempre manifestemos esas inquietudes que llevamos dentro, aunque en ocasiones tratemos de adormecer esas inquietudes y preguntas, para no complicarnos la vida, porque nos contentamos con lo que siempre ha sido así. Porque no queremos dudar, porque entonces a donde vamos a ir.

No nos asustemos. Algunas veces no nos gusta pensar en estas cosas, entrar en esos planteamientos, preferimos dejarnos arrastrar por algo que al final se nos ha convertido poco menos que en una rutina de la vida; pero es que ponernos a pensar es un quebradero de cabeza, ponernos a pensar quizás nos despierte algo en nuestro interior y nos damos cuenta de que hay cosas que cambiar, ponernos a pensar a lo mejor nos va a llevar a otros compromisos que no siempre estamos dispuestos a asumir.  Y de todos esos interrogantes o inquietudes, quizás alguna vez sacamos a nivel de la luz algunas cosas, pero un poco nos quedamos ahí, podíamos decir, detrás y ya iremos dando los pasos que nos arrastren los que están a nuestro lado o cerca de nosotros, pero por nosotros mismos hacemos poco por salir de esa modorra. Pero sabemos que las cosas hay que plantearlas y plantearlas crudamente para  poder encontrarnos con la luz.

Hoy el evangelio nos habla de la inquietud de algunos que se reúnen en torno a El en Jerusalén. Han subido, viniendo de todas partes, para celebrar alguna de aquellas fiestas que van celebrando a través del año además de la Pascua. Algunos conocerán a Jesús, sobre todo si son de Galilea, porque es allí donde Jesús ha realizado mayor actividad recorriendo pueblos y ciudades; si son del entorno de Jerusalén y de la región de Judea lo conocerán menos, aunque de oídas las noticias han corrido y habrán tenido algún conocimiento de Jesús. ¿Será este el Mesías? Se preguntan cuando oyen hablar de sus enseñanzas con autoridad, cuando escuchan de los milagros y de los signos que hacía. Y la pregunta se la trasmiten a Jesús. No nos tengan aquí en dudas para siempre, dínoslo claramente, ‘tú, ¿quién eres? ¿Eres el Mesías?

Me conocéis y no me conocéis, viene a decirles Jesús. Sabéis cosas de mí, pero aun no habéis captado cual es mi verdadera misión. Fijaos en los signos que realizo, fijaos en las obras que hago; el árbol se conoce por sus frutos. El Mesías de Dios lo reconoceréis si os dejáis conducir por el Padre, si abrís vuestro corazón a Dios, para descubrir la obra de Dios en lo que realizo. Tenéis que ser ovejas de mi rebaño, porque son las que saben lo que yo hago por ellas.

¿Nos dejaremos nosotros conducir por el Espíritu de Dios? Es quien nos habla en los corazones, quien nos descubre y revela las obras de Dios y lo que es su voluntad. Vemos también tantas cosas a nuestro alrededor y no sabemos discernir las obras de Dios. Quizás nos hemos hecho una idea, tenemos una manera de pensar, queremos quizás que sea Dios el que se acomode a lo que nosotros queremos, pero no dejamos que su sabiduría se derrame sobre nosotros.

Ha sido quizás algo que hemos ido construyendo en nuestra vida con el paso de los años, con el paso de los siglos quizás en referencia lo que en si misma es la Iglesia. Y tenemos el peligro y la tentación de hacernos un evangelio a nuestra manera, conforme a lo que son nuestras exigencias o lo que imaginamos que tendría que ser nuestro mundo; pero hemos ido por una pendiente resbaladiza y en algunas cosas podemos estar bien lejos del verdadero evangelio de Jesús.

Tenemos que sabernos detener, vaciar nuestra mente de ideas preconcebidas, para que nuestro corazón se siempre liberado de tantas predisposiciones que nos hemos ido creando y ahora solo haya disponibilidad para Dios. Nos cuesta arrancarnos. Nos cuesta ese camino de conversión que cada día hemos de ir realizando. Cerremos los ojos para no seguir contemplando esos caminos erróneos que podemos tomar y que sea el Espíritu del Señor el que nos trace esas nuevas sendas. Cuando nos encontramos con Jesús de forma auténtica algo nuevo tiene que brotar en nuestro corazón. ¿Estaremos dispuestos?

lunes, 15 de abril de 2024

Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre

 


Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre

Hechos de los apóstoles 6, 8-15; Salmo 118; Juan 6, 22-29

Todos siempre andamos buscando; es desde una insatisfacción innata en que queremos más y mejor o queremos otras cosas. Queremos vivir y queremos siempre algo mejor para nuestra vida y buscamos eso que creemos que nos hará mejor la vida; buscamos la felicidad, buscamos ver satisfechas no solo nuestras necesidades básicas sino esas ansias que llevamos dentro; buscamos trabajo para conseguir lo que anhelamos, o buscamos el encuentro con los otros y por qué no decirlo, queremos ver lo que podemos conseguir con esa amistad que buscamos. Pero buscamos que nos lo den fácil, que sea quizás con el mínimo esfuerzo por nuestra parte, casi como si fuera un regalo del que siempre nos creemos merecedores; recordemos todas las reivindicaciones que en este sentido hacemos en todos los ámbitos. Nos seguimos preguntando qué buscamos y por qué buscamos.

Hoy nos habla el evangelio de cómo la gente buscaba a Jesús. Habían estado con él la tarde anterior y allí Jesús movido a compasión había repartido milagrosamente aquel pan que todos recibieron gratuitamente; querían hacerlo rey, pero Jesús se les escabulló. Aunque habían visto que no se había montado en el barco con los discípulos,  ahora en la mañana al no encontrarlo llegan como pueden hasta Cafarnaún. Allí está Jesús. Y le pregunta, ‘Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’ Es como decirle ayer nos dejaste con tres palmos de narices y ahora apareces aquí.

¿Qué buscaban? ¿Por qué buscaban a Jesús? El sabe bien interpretar esas búsquedas de la gente y por eso les dice que trabajen por aquello que los alimenta para siempre, no por lo que es caduco de un día y pronto los va  a dejar insatisfechos. Es el comienzo de un gran interrogante que Jesús les va plantando en el corazón.  Ayer todo era muy fácil, y todo fui gratuito, pudieron comer pan hasta hartarse. Pero parece que siguen teniendo hambre, siguen corriendo tras Jesús que parece que les puede hacer la vida fácil. Mira cómo los cura; ahora los ha alimentado en el desierto. ¿Qué es lo que se suele pedir a los dirigentes para que le solucionen los problemas a la gente? Que no les falte la comida y que se pueda conseguir fácilmente; y si encima algo de entretenimiento, pues mejor. Por eso Jesús les está haciendo este planteamiento.

En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios’.

Les va a costar entenderlo, porque cuando tenemos algo muy metido en la cabeza no es difícil cambiarlo. Era la idea, por otra parte, que ellos tenían de lo que había de ser el Mesías. Y para ellos en cierto modo Jesús se les está presentando como el Mesías. Pero lo que les está planteando Jesús es distinto, son otras posturas y otras actitudes las que hemos de tener, es otra manera de buscar pero también es algo nuevo lo que se les está ofreciendo aunque les cueste entenderlo y aceptarlo.

Estos primeros momentos de diálogo de Jesús con aquellas gentes de Cafarnaún va a dar pie para cosas nuevas y distintas, que todo va a salir en ese diálogo. Porque otro es el alimento que Jesús quiere ofrecerle. ‘El alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre’, les dice. Pero para eso han de realizar el camino que Dios quiere, aunque les cueste.

‘¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras que Dios quiere?’, es la pregunta que surge entonces y que tiene que surgir también en nuestro corazón. ¿Qué estamos dispuestos a hacer? ¿Qué pasos estamos dispuestos a dar? Porque también nosotros buscamos que las cosas sean fáciles, nos creemos que eso de seguir a Jesús es cumplir con unas cuantas cositas y ya está todo hecho.

Pero Jesús nos dirá algo distinto. ‘La obra de Dios es esta: que creáis en el que Él ha enviado’. Pudiera parecer fácil, pero no es cualquier cosa eso de creer en Jesús. Ya en otros momentos nos había hablado de conversión, de cambio profundo, de que era necesario dar la vuelta totalmente a la vida.