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martes, 3 de septiembre de 2024

Jesús viene a darnos la fuerza de su Espíritu para sentirnos libres de todas esas ataduras y llevarme siempre por el camino del bien empedrado en el amor

 


Jesús viene a darnos la fuerza de su Espíritu para sentirnos libres de todas esas ataduras y llevarme siempre por el camino del bien empedrado en el amor

1Corintios 2, 10b-16; Salmo 144; Lucas 4, 31-37

¿Llegaríamos a entender que ofreciéndole a uno que está privado de libertad en la cárcel salir de ella liberado que se negase? Diríamos que está loco, que no sabe lo que hace. Pero no es tan extraño si nos ponemos a pensar un poquito; vivimos con tantas ataduras en nuestra sociedad pero parece que somos felices con ellas; pensemos en tantas dependencias que nos creamos continuamente, pensemos en los vicios que nos aturden, y podríamos poner muchos ejemplos; pero no somos capaces de dejarlo, el alcohólico no es capaz de liberarse de esa dependencia que tanto daño le está haciendo, el drogadicto de sus drogas, pasiones que nos dominan y de las que no somos capaces de liberarnos… podíamos pensar en muchas cosas.

Hoy nos choca en el evangelio, como en algún otro texto como el endemoniado de Gerasa, que aquel hombre poseído por el mal ponga resistencia a ser curado por Jesús. Es todo un signo, porque signo es la liberación del mal que Jesús quiere realizar en nuestra vida cuando nos está anunciando el Reino de Dios – como escuchábamos en la sinagoga de Nazaret cuando Jesús hace la proclamación del profeta nos da las señales de esa liberación del año de gracia del Señor – pero es signo también lo que hoy escuchamos de lo que sucede en nosotros mismos, en nuestro interior.

Es la imagen que se nos presenta en el peregrinar por el desierto rumbo a la tierra prometida, que muchas veces parece que preferían haberse quedado en Egipto siendo esclavos que aquel camino duro que tenían que estar realizando en búsqueda de la ansiada libertad. Cuando luchamos dentro de nosotros mismos con tantas cosas que queremos superar, muchas veces pareciera que nos quedamos con la añoranza de lo vivido en ese mal camino, pero que pensamos algunas veces que lo pasábamos bien. Nos cuesta arrancarnos de todas esas cosas que tantas ataduras han producido en nosotros.

El anuncio del Reino de Dios es un anuncio de liberación. Es hacer que Dios sea el único Señor de nuestra vida. Eso significa decir ‘el Reino de Dios’. Y con Dios en nuestra vida nos sentimos en la plenitud de nuestro ser; algunos piensan que la religión coarta nuestra vida porque nos pone limites, no nos permite hacer aquello que nosotros quisiéramos y que pensamos que nos hace felices. No hemos entendido lo que significa tener a Dios en nuestra vida, no hemos entendido lo que es la voluntad de Dios para nosotros, no es crear dependencias, sino poner libertad en nosotros, hacer que vayamos a lo que es lo fundamental de la persona y de la vida, caminar por caminos de dignidad y de respeto; nunca un mandamiento del Señor nos llevará a hacer daño a los demás, sino todo lo contrario, nos llevará siempre al respeto y al amor.

Cuántos dioses nos vamos poniendo en nuestra vida, todas esas cosas de las que decimos que sin ellas no podríamos vivir. Y son las cosas a las que nos atamos, pero son, y es peor, las actitudes que tenemos en el corazón con lo que pretendemos dominar, tener poder sea del que sea, creernos en una palabra dioses, es el orgullo para estar por encima de todo y de todos, es centrarlo todo en nosotros mismos y en lo que me dé satisfacción.

Cuántas ataduras y apegos sentimos en el corazón que va a provocar unas actitudes no buenas contra los demás. Por eso nos decía Jesús que es del corazón de donde sale la maldad que nos hace impuros. Y eso nos cuesta aceptarlo, es un camino que algunas veces se nos hace duro por los apegos del corazón, y arrancarnos de un apego cuesta, duele, parece que nos hiere pero cuando logramos desprendernos de él qué liberados nos sentimos.

Jesús viene a darnos la fuerza de su Espíritu para sentirnos en verdad libres, para liberarnos de todas esas ataduras, para vencer esa resistencia que incluso podamos sentir dentro de nosotros mismos, para llevarme siempre por el camino del bien que es un camino empedrado en el amor.

miércoles, 19 de junio de 2024

Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios

 


Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios

2 Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todavía hay quien va buscando el reconocimiento y el aplauso, quien va buscando, como se suele decir pero como en realidad sucede, la foto. ¿Nos gustan los aplausos? Nos sentimos halagados es cierto y se aviva nuestro orgullo y nuestro amor propio; pero también es cierto que nos sentimos turbados, al menos quienes queremos ir por la vida con humildad y sencillez. Bien sabemos que para todos no es así.

Pero hoy de lo que queremos hablar es de la sencillez y autenticidad con que hemos de ir por la vida, como nos pide Jesús. No es que ocultemos lo bueno que realicemos, porque ya en otro momento dirá que los hombres vean vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo. Una cosa es que queramos y busquemos nuestra gloria, y otra que a partir de nuestras buenas obras sean muchos los que reconozcan la obra de Dios y den gloria al Padre del cielo.

Jesús se centra hoy en tres pilares de la religiosidad y de la espiritualidad judía, como son la oración, el ayuno y la limosna. Y cuando nos ofrece sus pautas Jesús para la vivencia por nuestra parte de esa religiosidad está teniendo en cuenta lo que con cierta normalidad se contemplaba en su entorno. Jesús denuncia en muchas ocasiones las actitudes hipócritas y de vanagloria que tenían los fariseos, aquel grupo que se consideraba fiel cumplidor de la ley de Moisés en sus prácticas muy estrictas, pero que sin embargo están envueltos de vanidad y de la búsqueda de la apariencia exterior sin darle verdadera autenticidad a sus vidas.

Es lo que nos pide Jesús. Sencillez y humildad lejos de la vanidad y la apariencia, autenticidad para que aquello que realicemos lo hagamos desde el corazón, verdadera espiritualidad porque lo que se busca es la gloria de Dios viviendo en profundidad nuestro encuentro con El por medio de la oración. Lo bueno que realicemos tiene que surgir de lo más intimo y secreto del corazón.

Por eso nos dirá que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha; por eso nos pide esa interiorización en nuestra oración porque lo que buscamos es el encuentro íntimo y profundo con Dios; por eso nos pide hacer desaparecer esas señales externas que quieran manifestar nuestra penitencia y nuestro sacrificio.

Recordamos cómo alabará la actitud humilde del publicano cuando subió al templo para la oración que humilde se sentía pequeño y pecador ante Dios, frente a quien hacía gala ostentosamente de sus cumplimientos casi como una exigencia con la que se presentaba ante Dios. Vete a tu cuarto interior, nos dice Jesús, que no es tanto escondernos cuando hacer verdadero silencio en torno nuestro para poder escuchar la voz de Dios que es lo que verdaderamente importa. Cuando estamos con nuestras galas de lo que hacemos estaremos como distraídos con esas vanidades y no podremos escuchar la voz de Dios en nuestro corazón.

El ayuno no es tanto lo que le podamos restar de alimento a nuestro estómago cuanto todas aquellas cosas de las que debemos desprendernos para poder tener un corazón libre para amar de verdad según el corazón de Cristo. Ayunemos de orgullos y de vanidades, ayunemos de nuestro amor propio y de nuestros deseos de reconocimientos y recompensas, pero ayunemos también de tantas cosas que nos entretienen y nos distraen que se convierten en ataduras de las que tan difícil nos es liberarnos; pensemos en tantas cosas que tenemos a mano continuamente y estamos utilizando a cada momento, pero que si nos faltaran nos parece que ya no seríamos nadie, que nos parece que no podríamos vivir sin ellas.

Piensa, por ejemplo, en ese aparatito que ahora mismo tienes en tus manos para leer esta reflexión, ¿qué serías sin tu móvil, sin tu tablet, sin esos medios que nos unen a las redes sociales? ¿No habría que hacer ayuno de ellas para entrar más en contacto con los que tienes a tu lado?

Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios.

martes, 23 de abril de 2024

Vaciemos nuestra mente de ideas preconcebidas y tengamos un corazón disponible para seguir la senda que el Espíritu nos traza para nosotros hoy

 


Vaciemos nuestra mente de ideas preconcebidas y tengamos un corazón disponible para seguir la senda que el Espíritu nos traza para nosotros hoy

Hechos de los apóstoles 11, 19-26; Salmo 86;  Juan 10, 22-30

¿Creemos o no creemos? A veces también nos llenamos de dudas. ¿Será cierto todo lo que nos dicen? ¿Estaré equivocado en esto de llamarme cristiano, de ser seguidor y discípulo de Jesús? ¿Por qué tengo que creer en la Iglesia? Y así van surgiendo una lista grande de preguntas, de interrogantes que nos hacemos por dentro, aunque no siempre manifestemos esas inquietudes que llevamos dentro, aunque en ocasiones tratemos de adormecer esas inquietudes y preguntas, para no complicarnos la vida, porque nos contentamos con lo que siempre ha sido así. Porque no queremos dudar, porque entonces a donde vamos a ir.

No nos asustemos. Algunas veces no nos gusta pensar en estas cosas, entrar en esos planteamientos, preferimos dejarnos arrastrar por algo que al final se nos ha convertido poco menos que en una rutina de la vida; pero es que ponernos a pensar es un quebradero de cabeza, ponernos a pensar quizás nos despierte algo en nuestro interior y nos damos cuenta de que hay cosas que cambiar, ponernos a pensar a lo mejor nos va a llevar a otros compromisos que no siempre estamos dispuestos a asumir.  Y de todos esos interrogantes o inquietudes, quizás alguna vez sacamos a nivel de la luz algunas cosas, pero un poco nos quedamos ahí, podíamos decir, detrás y ya iremos dando los pasos que nos arrastren los que están a nuestro lado o cerca de nosotros, pero por nosotros mismos hacemos poco por salir de esa modorra. Pero sabemos que las cosas hay que plantearlas y plantearlas crudamente para  poder encontrarnos con la luz.

Hoy el evangelio nos habla de la inquietud de algunos que se reúnen en torno a El en Jerusalén. Han subido, viniendo de todas partes, para celebrar alguna de aquellas fiestas que van celebrando a través del año además de la Pascua. Algunos conocerán a Jesús, sobre todo si son de Galilea, porque es allí donde Jesús ha realizado mayor actividad recorriendo pueblos y ciudades; si son del entorno de Jerusalén y de la región de Judea lo conocerán menos, aunque de oídas las noticias han corrido y habrán tenido algún conocimiento de Jesús. ¿Será este el Mesías? Se preguntan cuando oyen hablar de sus enseñanzas con autoridad, cuando escuchan de los milagros y de los signos que hacía. Y la pregunta se la trasmiten a Jesús. No nos tengan aquí en dudas para siempre, dínoslo claramente, ‘tú, ¿quién eres? ¿Eres el Mesías?

Me conocéis y no me conocéis, viene a decirles Jesús. Sabéis cosas de mí, pero aun no habéis captado cual es mi verdadera misión. Fijaos en los signos que realizo, fijaos en las obras que hago; el árbol se conoce por sus frutos. El Mesías de Dios lo reconoceréis si os dejáis conducir por el Padre, si abrís vuestro corazón a Dios, para descubrir la obra de Dios en lo que realizo. Tenéis que ser ovejas de mi rebaño, porque son las que saben lo que yo hago por ellas.

¿Nos dejaremos nosotros conducir por el Espíritu de Dios? Es quien nos habla en los corazones, quien nos descubre y revela las obras de Dios y lo que es su voluntad. Vemos también tantas cosas a nuestro alrededor y no sabemos discernir las obras de Dios. Quizás nos hemos hecho una idea, tenemos una manera de pensar, queremos quizás que sea Dios el que se acomode a lo que nosotros queremos, pero no dejamos que su sabiduría se derrame sobre nosotros.

Ha sido quizás algo que hemos ido construyendo en nuestra vida con el paso de los años, con el paso de los siglos quizás en referencia lo que en si misma es la Iglesia. Y tenemos el peligro y la tentación de hacernos un evangelio a nuestra manera, conforme a lo que son nuestras exigencias o lo que imaginamos que tendría que ser nuestro mundo; pero hemos ido por una pendiente resbaladiza y en algunas cosas podemos estar bien lejos del verdadero evangelio de Jesús.

Tenemos que sabernos detener, vaciar nuestra mente de ideas preconcebidas, para que nuestro corazón se siempre liberado de tantas predisposiciones que nos hemos ido creando y ahora solo haya disponibilidad para Dios. Nos cuesta arrancarnos. Nos cuesta ese camino de conversión que cada día hemos de ir realizando. Cerremos los ojos para no seguir contemplando esos caminos erróneos que podemos tomar y que sea el Espíritu del Señor el que nos trace esas nuevas sendas. Cuando nos encontramos con Jesús de forma auténtica algo nuevo tiene que brotar en nuestro corazón. ¿Estaremos dispuestos?

viernes, 16 de febrero de 2024

Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

 


Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Es cierto que siempre nos echan en cara lo mismo; es como si fuera una vía de escape fácil para aquellos que quizás no están tan tranquilos en su conciencia, pero que a manera se justificación de lo que ellos no hacen y en el fondo están sintiendo que algo distinta tiene que ser su vida, el echarnos en cara o el juzgarnos si lo que hacemos está bien hecho o no, o si lo que hacemos es como una pantalla para ocultar nuestras cosas de nuestra vida desordenada.

Sentimos, en cierto, la tentación de responder echándoles en cara lo que ellos no hacen, pero mejor es que nos lo tomemos en serio y como un buen punto de arranque para muchas cosas que tendríamos que mejorar en nuestra vida. ¿Qué sentido tienen nuestros ayunos y por qué los hacemos? La religiosidad que vivimos en nuestra vida ¿es auténtica porque hay una profunda relación con Dios o son solo costumbres o rutinas porque siempre se ha hecho así y alguna cosa habrá que hacer? Mientras ayunamos o hacemos actos de penitencia o dedicamos nuestro tiempo a muchas expresiones de una religiosidad popular ¿por dónde anda nuestra vida? ¿Por dónde andan nuestras relaciones con los demás?

Son preguntas que con sinceridad tenemos que hacernos en nuestro interior para analizar dónde está la autenticidad de nuestra vida. ¿Nos quedamos solo en apariencias, en asistir a unos actos o realizar una serie de prácticas religiosas pero simplemente como una costumbre que se puede convertir en rutina? No estamos queriendo juzgar ni condenar a nadie, sino que os invito a que busquemos esa autenticidad, esa verdad de nuestra vida. No digo que esté mal o no las críticas que nos pueden hacer, pero pueden ser punto de partida para una reflexión que nos hagamos, para una renovación que ciertamente tenemos que hacer de nuestra vida.

A esto nos invita este camino de cuaresma que acabamos de comenzar. Es cierto que de una forma o de otra se nos van a ofrecer toda una serie de prácticas religiosas, vamos a rescatar muchas cosas de esa religiosidad popular que reconozcamos que ha sido así es lo que ha alimentado la fe del pueblo sencillo a lo largo de los años y de los siglos, pero bien sabemos que todo no se puede quedar ahí.

Sí, religiosidad es la forma con la que expresamos lo que es nuestra relación con Dios; es el sentido incluso de la palabra religión. Será algo que tenemos que cultivar con todo espero y queriendo darle la mejor y mayor profundidad. Pero bien sabemos que nuestra relación con Dios estará mejor anudada en la medida en que sabes anudar bien nuestra relación con los demás. No podemos, de ninguna manera, separar la una de la otra.

Por eso hoy el profeta, en nombre de Dios, nos ha dicho y con toda energía cuál es el verdadero ayuno que el Señor quiere. Está claro y no hay que darle ni muchas explicaciones ni muchas interpretaciones.

‘Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos’.

Romper y desatar cadenas y correas, cuantas ataduras nos buscamos, pero con cuantas ataduras queremos dominar sobre los demás; hacer desaparecer lo que haya en nuestra vida que pueda ser un peso para los demás, desterremos exigencias, intransigencias y malos humores con los que tantas veces cargamos contra los otros y les hacemos pasar malos momentos; rompamos las cerraduras con las que queremos guardar solo para nosotros mismos y dejemos que se desparrame de forma generosa lo que somos y lo que tenemos para que todos puedan llegar a vivir con dignidad.

No es fácil. Son muchos los apegos que llevamos en la vida, los orgullos que nos siguen encerrando en nosotros mismos, la insolidaridad que muchas veces hierve dentro de nosotros mismos y cuya espuma nos impide descubrir lo que hay y lo que sufren los que están nuestro lado, no nos enteramos ni nos queremos enterar. Cambiar esas posturas y actitudes produce más desgarro dentro de nosotros que los tirones que nos pueda dar un estómago hambriento solo por un día.

¿Cuál será el ayuno que me está pidiendo el Señor en esta cuaresma que acabamos de comenzar?


domingo, 26 de marzo de 2023

Comencemos a desatar vendas y ataduras y a despojarnos de sudarios de muerte ya para siempre para poder vivir el verdadero sentido de resurrección y de pascua

 


Comencemos a desatar vendas y ataduras y a despojarnos de sudarios de muerte ya para siempre para poder vivir el verdadero sentido de resurrección y de pascua

Ezequiel 37, 12-14; Sal 129; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

¿Qué hacemos, cómo reaccionamos si en un momento determinado por algunas circunstancias que consideramos grave mandamos aviso a quien sabemos que nos aprecia y nosotros apreciamos también pero parece no dar respuesta y no acude a nuestra llamada? ¿Seguimos esperando? ¿Seguimos confiando? De diversas maneras podemos reaccionar, ¿disculpando quizás que no haya captado de verdad la señal de alarma de nuestras palabras? ¿Dando por rota esa relación ante la respuesta negativa? ¿Seguir esperando y confiando porque siempre habrá una respuesta o una razón?

Esto puede parecer un caso hipotético pero situaciones en la vida así nos encontramos, ya sea en nuestras relaciones con los demás, o allá en lo más hondo de nosotros mismos en lo que son nuestras esperanzas, es lo que es esa trascendencia con que queremos vivir la vida, lo que es la situación de angustia de un mundo que sufre con guerras, con hambre y miseria, con tanta pobreza, con tantas situaciones que nosotros consideramos injustas y por las que clamamos a Dios en nuestra oración y en nuestra esperanza.

¿Será que Dios no nos escucha? Nos atrevemos a aventurar desde esa misma angustia en la que vivimos muchas veces. ¿O acaso nuestra relación con Dios está solo motivada porque esperamos el milagro que todo nos lo solucione? ¿Llegaremos a vislumbrar algo más sobre el sentido de la vida ante ese aparente, vamos a decirlo así, silencio de Dios?

¿Será de algo de todo esto de lo que nos está hablando hoy el evangelio? Jesús no acudió ante el aviso y súplica de aquellas dos hermanas; su llegada a Betania tendríamos que decir que fue tardía porque ya habían pasado incluso cuatro días de que Lázaro había sido enterrado. Pero Jesús está allí. Le había dicho a los discípulos que aquella enfermedad no era mortal, sino para que se manifestara la gloria de Dios y hasta entonces no habían comprendido. Todo parecía tinieblas, oscuridad. Y allí está el dolor y la queja de las hermanas. ‘Si hubieras estado aquí…’

‘Tu hermano resucitará’, le dice Jesús. Y la esperanza de aquella mujer habla de la resurrección al final de los tiempos. Pero Jesús quiere decirnos algo más. Porque Jesús habla de resurrección y de vida que ahora tenemos que hacer realidad en nuestra existencia. Es algo más que un cuerpo no muera, o que un cuerpo vuelva a la vida. Jesús nos está hablando de una vida permanente, de una vida para siempre, de una vida que en todo momento hemos de vivir. Y Jesús nos habla de creer en El, porque quien cree en El no muere.

Nos está abriendo Jesús a un nuevo sentido de la fe y de la vida. Nos habla de un nuevo vivir que solo en El podemos encontrar. Nos habla entonces de una nueva forma de vivir que tiene que haber en nosotros. Desde la fe en Jesús lo podemos descubrir. Esa vida nueva que de Jesús recibimos es el milagro que nosotros estamos llamados a hacer dándole un nuevo valor a nuestra existencia, dándole un nuevo sentido a lo hacemos, sintiendo que somos nosotros los que vamos a hacer que haya esa nueva vida en nuestro mundo porque vamos a actuar de una manera nueva.

Nuestra espera no será un cruzarnos de brazos para que todo nos lo den hecho, sino ponernos manos a la obra. Jesús nos está diciendo que quitemos esas lozas de sepulcro, de muerte que vemos por todas partes en esas personas que sufren, en esas situaciones difíciles que vivimos, en ese mal que contemplamos a nuestro alrededor. Tenemos que hacer salir a nuestro mundo de ese sepulcro de muerte en que nos hemos metido. Tenemos que ir desatando vendas que nos han atado y siguen atando de pies y manos a tantos a nuestro lado.

Cuando Lázaro a la voz de Jesús salió del sepulcro aun salio atado de pies y manos con los sudarios y vendas de la muerte y Jesús les mandó que se los quitasen. Es lo que con Jesús tenemos que aprender a hacer. Fijémonos que cuando Jesús resucitó, se encontraron las vendas por el suelo y el sudario doblado en sitio aparte; ya Jesús resucitado no estaba atado con aquellas vendas ni envuelto en aquel sudario. Es lo que tiene que realizarse en nuestra vida desde nuestra fe en Jesús y es lo que tenemos que realizar nosotros con los demás, con nuestro mundo.

Estamos ya a punto de celebrar la Pascua y será lo que tendrá que realizarse en nosotros si vamos a vivir de verdad la Pascua. Es el anuncio de resurrección que entonces haremos a nuestro mundo, pero es la tarea que nosotros tenemos que comenzar a realizar en nuestro mundo. Esa es nuestra verdadera esperanza. Esa es nuestra verdadera tarea. Esa es la manera en que llegaremos a proclamar nuestra fe en Cristo resucitado que a nosotros nos resucita y nos da vida. Comencemos a desatar vendas y ataduras y a despojarnos de sudarios de muerte ya para siempre.


domingo, 19 de marzo de 2023

Un camino de liberación, un camino de pascua que al final nos llenará de los resplandores de la nueva luz de la resurrección

 


Un camino de liberación, un camino de pascua que al final nos llenará de los resplandores de la nueva luz de la resurrección

1Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13ª; Sal 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Un camino de liberación como siempre lo es todo encuentro con Jesús. Y es que en la vida andamos con muchas ataduras, muchas cosas de nuestro entorno o que nos creamos nosotros mismos que nos llenan de limitaciones y esclavitudes. Allí está un ciego con su limitación, con su discapacidad, es ciego de nacimiento, no ha sabido nunca lo que es la luz. Pero en torno a él vemos muchas otras limitaciones, manipulaciones que nos hacemos los hombres porque nos encerramos en nuestras dudas o en nuestras interpretaciones de las cosas que también nos impiden ver la luz de la grandeza humana, de lo que Dios nos regala, de esa libertad nueva que podemos encontrar desde lo más hondo de nosotros mismos.

Allí estaba aquella interpretación que aparece ya en los propios discípulos de Jesús, pero que era muy habitual, de considerar que la enfermedad es un castigo, es la consecuencia de un pecado. Jesús quiere abrirnos los ojos, aquel hombre ha nacido ciego para que seamos capaces de ver las obras maravillosas de Dios.

Por eso la presencia de Jesús es liberadora. Nadie le ha pedido que cure de su ceguera a aquel hombre, pero Jesús quiere poner signos de liberación en la vida. Y el hombre se confía, ya es importante ese hecho, se deja hacer por Jesús que le pone barro en los ojos, camina hasta Siloé para lavarse, recobra la luz para sus ojos, pero comienza también su espíritu a ver una nueva luz. Con todo lo que a continuación le va a suceder, entre las preguntas de los dirigentes, las desconfianzas de la gente, los miedos de sus propios padres, él sigue creyendo que quien hizo que recobrara la vista tiene que venir de Dios, y se enfrentará a todos, y hasta sufrirá la expulsión de la sinagoga, ser considerado incluso como un maldito. Pero ha recobrado su dignidad.

Comienzan a aparecer las cegueras alrededor, desde los que niegan que Jesús pudiera realizarlo porque lo ha realizado en sábado y la ley está por encima de toda obra buena que podamos realizar y la ley así mirada se convierte a la larga en una esclavitud, desde los que se llenan de miedos y cobardías y no llegan a dar la cara por aquel hombre. Cuántas veces nos sentimos así coartados, con dudas que no queremos resolver bien, con miedos, con ataduras, con cobardías, no damos la cara, nos echamos para detrás, o no somos capaces de dar el paso adelante para comenzar a confiar, para dar un cambio en nuestra vida y preferimos seguir en lo de siempre.

Y aquel hombre aún no sabía quién lo había curado pero seguía confiando en quien le había abierto los ojos, que no solo fueron los de su rostro, sino una nueva forma de mirar, una libertad interior para expresar lo que sentía; se sentía ya un hombre nuevo y distinto, había comenzado a confiar cuando se dejó hacer por quien no conocía, y ahora seguía confiando en lo que era la obra de Dios. Cuando de nuevo se encuentre con Jesús y ya sus ojos lo puedan contemplar hará una rotunda confesión de fe para no volver atrás.

Tenemos que dejarnos encontrar por Jesús y confiar. No permitir que se nos metan los miedos y las dudas en el alma. Tenemos que arriesgarnos. Dejar que Jesús toque la fibra de nuestra alma, allí quizá donde más nos duele, allí donde se nos recuerda cuántas han sido las ataduras que hemos vivido en nuestra vida, allí donde se nos recuerdan sufrimientos que no son solo los padecimientos corporales que hayamos sufrido sino otros que llevamos en el fondo del alma y que queremos muchas veces disimular o acallar pero que no nos han dejado ser todo lo que tendríamos que haber sido, que nos han impedido esa plenitud de felicidad a la que realmente estamos llamados; pasiones ocultas que no hemos sabido superar, resentimientos y rencores que no hemos llegado a curar, desconfianzas hacia los que nos rodean que muchas veces nos han aislado, errores que hemos cometido y que en nuestro orgullo no hemos querido reconocer.

Dejemos que Jesús ponga su mano sobre nosotros, nos ponga ese lodo que parece que nos mancha, pero que va a ser camino de ir a Siloé, de ir a lavarnos en el agua que Jesús nos ofrece, en la Sangre del Cordero que hará que al final nuestras vestiduras aparezcan blancas y resplandecientes porque en la misericordia del Señor hemos sido lavados y liberados. También tenemos que hacer el proceso, dar los pasos necesarios, ponernos en camino hacia ese encuentro con Jesús, verdadera liberación de nuestra vida. Encontraremos la verdadera dignidad.

Es el camino hacia la pascua que vamos realizando en esta Cuaresma que al final nos llenará de los resplandores de la resurrección.

jueves, 24 de febrero de 2022

Quitemos de nuestra vida aquellas piedras que nos hacen tropezar y no seamos culpables del daño que pueden hacer también a los demás

 


Quitemos de nuestra vida aquellas piedras que nos hacen tropezar y no seamos culpables del daño que pueden hacer también a los demás

Santiago 5,1-6; Sal 48; Marcos 9,41-50

Aquel hombre llegaba todas las noches enfadado a su casa porque en el camino, en el que no había mucha luz, todas las noches tropezaba en la misma piedra y caía en el mismo hoyo; protestaba y protestaba, pero no había nada cuando había luz por el día para ver donde estaba aquel tropiezo que todas las noches le hacía caer. Lo fácil que hubiera sido que durante el día buscase el lugar y tratase de hacer un arreglo, quitar aquella piedra que estorbaba en el camino para no volver a tropezar en lo mismo; ya se suele decir en nuestro refranero español que el único burro que tropieza dos veces en la misma piedra es el hombre.

Es lo que nos pasa en la vida; nos damos cuenta de nuestras debilidades, cuales son las situaciones en las que solemos tropezar en ese camino de nuestra vida cristiana, en ese nuestro camino de relación con los demás, pero seguimos con nuestro orgullo porque no queremos agachar la cabeza, seguimos con nuestros errores porque no queremos esforzarnos por corregirnos, seguimos con la misma cerrazón del corazón pensando en nosotros mismos y no pensando nunca en los demás.

Hoy nos habla Jesús con imágenes muy fuertes para hacernos caer en la cuenta de esa piedra de tropezar que no solo nos está hundiendo a nosotros mismos, porque primero que nada nos hacemos daño a nosotros mismos, pero con las que también podemos dañar a los demás.

Drásticamente nos habla de Jesús de arrancarnos nuestro ojo o de cortarnos nuestra mano si son causa de mal para nosotros o para los demás. No es que ahora tengamos que ir mancos por la vida cortándonos las manos, pero sí es necesario que nos tomemos las cosas en serio y arranquemos de nosotros todo ese mal que nos hace daño. Como una mala hierba que no basta que la cortemos por encima para eliminarla, sino que es necesario arrancarla de raíz para que no vuelva a salir, así ese camino de superación, de purificación que tenemos que ir realizando en nuestra vida.

Primero que nada tenemos que ser capaces de reconocer el error que hay en nuestra vida, ese mal que nos hace daño a nosotros y a los demás, porque mientras no lo reconozcamos con toda sinceridad poco podremos arrancarlo. Cuántas cosas tenemos que arrancar de nuestra vida, cuantos apegos, cuántas ataduras, cuántas rutinas, cuántas malas costumbres... un camino de purificación y superación.

El camino de toda persona tiene que ser siempre un camino de superación, para ser capaces de dar cada día un paso más alto. Significa esfuerzo, significa ascesis, significa ir examinando continuamente la vida para ver cuáles son esas pasiones que nos dominan, cuáles son esas raíces que nos hacen daño. Un camino donde ponemos, es cierto, toda nuestra voluntad, pero es un camino que no hacemos solos porque contamos con la fuerza y con la ayuda de la gracia del Señor.

Esa gracia de Dios que se nos manifiesta en ese buen ejemplo que recibimos de los que están a nuestro lado, que con las mismas debilidades que nosotros los vemos sin embargo en un camino de ascensión, en un camino de superación; esa gracia de Dios que recibimos de la buena palabra o del buen consejo de esa persona buena que se acerca a nosotros y se nos ofrece para ayudarnos; esa gracia de Dios que recibimos del testimonio de los santos que si ahora los vemos en ese grado de perfección y santidad como ejemplo para nuestra vida, tenemos que saber ver ese esfuerzo que ellos en su vida también tuvieron que hacer, esas cosas en las que tuvieron que superarse o arrancar de sus vidas. Esa gracia de Dios que recibimos en los sacramentos alimento de nuestra vida cristiana y fortaleza del Espíritu que nos enriquece con la gracia del Señor.

Jesús nos había recordado en otros momentos del evangelio que tenemos que ser luz del mundo y sal de la tierra. Y ahora nos recuerda, que si la sal se ha echado a perder no nos vale para nada.Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salaréis? Tened sal entre vosotros y vivid en paz unos con otros’. Tengamos esa buena sal de nuestras buenas obras con las que daremos gloria al Padre del cielo pero con la que ayudaremos a los demás a que también glorifiquen a nuestro Padre Dios.

domingo, 11 de julio de 2021

Un bastón y unas sandalias para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro y para dejar unas huellas señalando que con el camino de Jesús es posible ese mundo mejor

 


Un bastón y unas sandalias para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro y para dejar unas huellas señalando que con el camino de Jesús es posible ese mundo mejor

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13

Un bastón y unas sandalias, signos del caminante, del que sale a los caminos, del que se pone en camino, del que va a la aventura porque una aventura es ir a lo desconocido, una aventura es llevar la alforja vacía confiando solo en lo que va a encontrar, en lo que le van a ofrecer en la acogida, si la hay. Un camino hecho desde la confianza en nosotros mismos que vamos haciendo el camino, o en aquellos con los que nos encontramos que nos van a recibir y a los que le vamos a ofrecer no cosas, porque nada llevamos en la alforja, sino lo que nosotros mismos somos.

Un bastón y unas sandalias, signo de la vida misma que es camino, camino nuevo que no hemos recorrido, camino nuevo que hemos de hacer, de trazar incluso con nuestros pasos. Así es la vida, no la habíamos vivido sino que cada día nos iremos encontrando algo nuevo que es la vida misma que vivimos. Un camino del que al irlo recorriendo iremos recogiendo cosas, iremos aprendiendo a vivir, iremos dándole un sentido y un destino, pero un camino donde vamos dejando unas huellas, las huellas de nuestros pasos, las huellas de lo que hemos hecho, las huellas de nuestra vida misma.

Un bastón y unas sandalias que lo único que Jesús les permite llevar a aquellos que El envía. Las alforjas irán vacías de provisiones materiales, para que puedan ir cargadas del amor que será lo que acompañará al mensaje. No eran profetas ni hijos de profetas, como humilde y sabiamente reconocía Amós en lo que hemos escuchado en la primera lectura; él solo era un cultivador de higos que el Señor había sacado de su tierra y de su trabajo para ir a anunciar lo que el Señor le pidiere. Con las alforjas vacías, solo con las sandalias y el bastón, con la pobreza en sus manos pero con la misión que el Señor les encomendaba ellos ahora tenían que salir y ponerse en camino.

Han de salir a anunciar el Reino y lo único que llevarán será la experiencia que ellos mismos han tenido, lo que han vivido en sus vidas en el encuentro con el Señor. Para estar con Jesús se han tenido que descargar de muchas cosas, los pescadores un día habían abandonado sus barcas y sus redes y todos habían dejado atrás las ataduras humanas de sus casas y sus pertenencias o de sus familias; se habían tenido que liberar de muchas ataduras para poder estar con Jesús.

Por eso ahora irán con el poder de ayudar a liberar a los demás de sus ataduras. Les dio ‘autoridad sobre los espíritus inmundos’, dice el evangelista y luego comentará que ‘salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’.

Es la tarea ilusionante de la evangelización en la que todos también hemos de estar embarcados. Porque es lo que a nosotros Jesús también nos confía. Así, simplemente con un bastón en nuestras manos porque sabemos bien de quien nos confiamos y unas sandalias en nuestros pies porque largo es el camino que tenemos que realizar también tenemos que ir al encuentro del mundo para hacer ese anuncio del evangelio. Es un camino nuevo cada día, como cada día es nueva la vida que vivimos; es quizá con la incertidumbre de lo que nos vamos a encontrar donde no siempre puede ser que no seamos tan bien acogidos, pero con la alegría que llevamos en nuestro corazón desprendido de muchas cosas, pero apoyado totalmente en el Señor.

Y en ese camino que hacemos tenemos que ir dejando nuestras huellas, las huellas de nuestro amor y de nuestra generosidad. También nos vamos a encontrar enfermos, es más, un mundo enfermo al que tenemos que curar. Podemos hacerlo, el Señor nos ha dado autoridad para ello porque ha depositado todo su amor en nuestro corazón. No sabemos algunas veces como hacerlo pero vayamos siempre con el corazón abierto a lo que nos encontremos y el amor de nuestro corazón nos irá dictando lo que en cada momento tenemos que hacer. Son tantas las heridas que tenemos que curar, tantos los dolores que tenemos que mitigar, tantas las angustias y tristezas que tenemos que llenar de esperanza.

Sepamos hacer como Jesús estando al lado del que sufre o caminando juntos con los que van desesperanzados y desorientados por la vida, tendiendo la mano para levantar a los caídos o dejando que toquen también la orla de nuestro manto porque sientan sobre sus vidas la sonrisa de nuestro amor, dejando marcadas las huellas de nuestro amor para que haya alguien que sepa encontrarlas y llegue a entender el sentido y el valor del camino que hacemos.

Seamos todo oídos para sintonizar y escuchar las llamadas y los lamentos de muchas soledades que buscan una escucha o una compañía, y tengamos los ojos atentos para encontrarnos con aquellos en los que nadie se fija y se sienten abandonados por todos en el olvidado rincón donde parece que nadie los va a encontrar.

Un bastón y unas sandalias, para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro de los otros llevando un mensaje y dejando unas huellas que señalen a todos que es posible otro camino, que es posible ese mundo mejor con el que todos soñamos y a donde nos va a llevar este camino que hacemos con Jesús.

 

viernes, 4 de septiembre de 2020

No son componendas de ritualidades sino un camino radical para beber y vivir el vino nuevo del Reino de Dios

 


No son componendas de ritualidades sino un camino radical para beber y vivir el vino nuevo del Reino de Dios

1Corintios 4, 1-5; Sal 36;  Lucas 5, 33-39

Somos muy fáciles para echar en cara a los demás aquellas cosas que no nos gustan, para estar fijándonos con un filtro muy fino cuanto hacen los demás pero ver por donde los podemos coger, los podemos atacar o echarle en cara aquello que consideramos que hacen mal. No digo que sea consecuencia de esa manera de actuar que tenemos en la política, que parece que siempre estamos en tensión, en que no somos capaces de admitir o aceptar lo bueno que puedan realizar los contrincantes, pero si hemos de reconocer que existe demasiado en nuestras relaciones esa forma de actuar. Al que no hace las cosas como a mí me parece que tendrían que ser buscamos la manera de destruirlo, estamos siempre atacando y queriendo desprestigiar.

Como decíamos eso se vive de una forma muy tensa en la sociedad y en la vida política, pero nos afecta a la paz y a la serenidad que tendríamos que llevar en el corazón para ayudarnos en verdad los unos a los otros a ser más felices y a hacer un mundo mejor. Eso puede afectar también a nuestras comunidades cristianas en que fácilmente nos contagiamos de los estilos del mundo que nos rodea, y donde incluso en esos aspectos de la vida religiosa muchas veces terminamos politizándolo todo, o haciéndolo a la manera de la política.

Eso se vivió en el entorno de Jesús. Por allá andaban siempre los fariseos y los maestros de la ley con ojo avizor atentos no solo a las palabras de Jesús, sino a su forma de actuar, pero terminaban también de alguna manera acosando a los que querían seguir el camino de Jesús. Y es que no habían terminado de entender, o no habían querido entender el mensaje de Jesús con toda la renovación profunda que Jesús nos pedía en el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios.  Si nos anunciaba el Reino de Dios que habíamos de constituir justo era que todos los vestigios del reino viejo del pecado tendrían que desaparecer. Signo de ello eran los milagros que Jesús realizaba, pero era también esa nueva forma de vivir donde tendría que brillar esa paz del espíritu.

De muchas cosas rituales habían llenado sus vidas convirtiéndolas en cosas esenciales en la relación con Dios, pero que era de lo que había que desprenderse para vivir ese nuevo sentido de vida que Jesús nos ofrecía cuando nos liberaba de todo cuanto nos pudiera atar y esclavizar. Y muchas veces esos ritos se convertían en cosas esclavizantes que impedían vivir esa paz y esa alegría del corazón. Claro que tenemos que preguntarnos si acaso nosotros que nos decimos seguidores de Jesús también nos habremos llenado de muchas ataduras en ritualidades vacías de contenido que hacemos sin un profundo sentido de Cristo en el estilo del evangelio.

Lo que le plantean hoy a Jesús es por qué sus discípulos no ayunan como los discípulos de Juan o los discípulos de los fariseos. ¿Era en verdad para ellos el ayuno un signo purificador de sus vidas y de sus corazones o simplemente un rito que había que realizar vaciándolo de su verdadero sentido?

Jesús pide una renovación total de la vida. Y por eso nos habla de que no nos valen los remiendos, porque lo nuevo tira de lo viejo y hace un roto peor, nos dice. O nos habla de los odres nuevos para el vino nuevo. Dos imágenes de profundo significado. Ya Jesús nos había dejado el signo del vino nuevo en aquel milagro de las bodas de Caná de Galilea. El vino que Jesús ofrecía era un vino mejor que habría que aprender a saborear. Es el vino nuevo del evangelio que Jesús nos ofrece pero que necesita unos odres nuevos. Es esa vida nueva que hemos de vivir cuando en verdad optamos por el camino de Jesús. Es la radicalidad con que hemos de seguir a Jesús.

Recordamos aquel otro pasaje del evangelio en que alguien se ofrece para seguir a Jesús o Jesús le invita a seguirle. Como nos dice entonces no vale poner la mano en el arado y volver la vista atrás. Para seguir la línea recta de la arada hay que ir con la vista bien hacia delante en el punto a donde queremos llegar, si nos distraemos porque volvemos la vista a otro lado o queremos mirar para detrás la arada no seguirá esa línea recta sino que se desviará.

Es lo que nos pasa tantas veces en el camino del seguimiento de Jesús; parece que nos cuesta mirar hacia delante, parece que estamos añorando tiempos pasados o cosas del pasado que tendríamos que haber dejado totalmente de lado; así vamos caminando con nuestras tibiezas, nuestra falta de compromiso, nuestra poca radicalidad en el seguimiento de Jesús. No vamos atentos a lo principal sino que iremos distrayéndonos en ese camino y es cuando comenzamos al mismo tiempo a tener actitudes no muy positivas con aquellos que van a nuestro lado haciendo también el camino, como decíamos al principio de esta reflexión.

domingo, 29 de marzo de 2020

En Jesús es donde la vida va a adquirir todo su sentido de plenitud para vivir de manera nueva desterrando de nosotros todas las sombras de la muerte

En Jesús es donde la vida va a adquirir todo su sentido de plenitud para vivir de manera nueva desterrando de nosotros todas las sombras de la muerte

Ezequiel 37, 12-14; Sal 129; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45
Alguien ha escrito que ‘la resurrección del amigo es parábola y es profecía de futuras victorias sobre todo tipo de muertes: Cristo ha venido para que «tengamos vida y la tengamos en abundancia» (Jn 10,10) y la conservemos para siempre’.
En el camino que vamos haciendo con la liturgia se nos presenta en este último domingo de cuaresma el evangelio de la resurrección de Lázaro antes de abrírsenos el pórtico de la semana en que celebraremos el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor. De la misma manera, en el evangelio de san Juan, aparece este relato que va a provocar la reacción de los judíos que quieren quitar de en medio a Jesús y que se pone como anticipo de la muerte y de la resurrección de Jesús. Por eso con el texto que citábamos decimos que es parábola y es profecía, sin dejar de ser un hecho cierto y real tal como nos lo relata el evangelio de Juan.
Y es que si ante el hecho de la muerte nos sentimos siempre sobrecogidos ante el misterio que para nosotros representa, si al mismo tiempo lo unimos a la vida y a la resurrección no deja de ser mayor misterio que nos abra a unos horizontes insospechados. No nos gusta la muerte y aunque la aceptemos como un destino fatídico en el más suave de los casos ante el que nos resignamos, nos rebelamos ante ella y no queremos morir; si por nosotros fuera y tuviéramos poder para ello buscaríamos lo imposible por no morir. Pareciera que todo se nos trunca y se quedaría como inacabada nuestra existencia y la encontramos como un sin sentido ante las ansias de vivir que todo tenemos.
Y cuando aparece ante nuestros ojos este texto que llamamos de la resurrección de Lázaro aunque realmente fue un revivir porque Lázaro finalmente algún día tendría que morir, sin embargo nos aparece ante nuestros ojos como un horizonte que se abre a algo nuevo y distinto, que luego contemplando la resurrección de Jesús adquiere para nosotros el mejor de los sentidos. Por eso decimos es parábola, pero también es profecía de victoria, porque podemos vencer sobre la muerte, porque la vida es mucho más que una existencia corporal, porque hay otra plenitud de vida que llevamos como semilla en nosotros y que en Jesús se volverá la mejor flor y el más hermoso fruto.
Si seguimos el relato del evangelio son significativas todas las palabras que vamos escuchando en labios de Jesús. Cuando le anuncian más allá del Jordán donde se había retirado hasta el momento en que llegara su hora que Lázaro está enfermo dirá que aquella enfermedad no es de muerte sino que servirá para que se manifiesten las obras de Dios. Algo así como lo que le escuchamos decir a los discípulos cuando se encontraron el ciego de nacimiento en las calles de Jerusalén manifestando que aquella ceguera no era consecuencia del pecado de nadie, sino para que se manifieste la gloria de Dios.
En el encuentro con las hermanas de Lázaro, primero Marta y luego también María, ante la queja de que si hubiera estado allí Lázaro no habría muerto Jesús les responde que Lázaro vivirá. Y se establece el diálogo de la resurrección del último día que estaba presente en la fe y la esperanza de Marta con la afirmación de Jesús de que quien cree en El vivirá para siempre. Marta habla de una resurrección de futuro y Jesús les dice que allí está El que es la resurrección y la vida. Solo le pide fe. No importa que Lázaro lleve ya cuatro días enterrado. ‘Quien cree en mí aunque haya muerto vivirá y vivirá para siempre’, les dice Jesús.
Y es que en Jesús es donde la vida va a adquirir todo su sentido de plenitud. Y es que creyendo en Jesús comenzamos a vivir de manera nueva. Cuando en verdad le hemos dado nuestro Sí a Jesús de nosotros ha de estar desterrada la muerte para siempre, porque lo que tiene que reinar en nosotros es el amor. Todas aquellas sombras de muerte del desamor y del odio tienen ya que desaparecer para siempre de nosotros. Por eso allí por donde va un creyente en Jesús irá haciendo surgir la vida porque irá haciendo florecer el amor. Es el reino de la verdadera solidaridad y del más profundo amor; es el reino que busca la justicia y la paz verdadera, no la que podamos imponer desde las violencias exteriores, sino la que va a nacer de un corazón lleno de amor y que siempre buscará lo mejor, siempre buscará el bien, siempre trabajará por la justicia, siempre será un sembrador de paz.
Y aquí hay un nuevo detalle que puede ser significativo de cómo vivimos nosotros esa nueva vida. Jesús llamó a Lázaro y le mandó salir fuera y Lázaro salió pero aun con los pies y las manos atados por las vendas. Faltaba algo, había que desatar aquellas vendas para que Lázaro pudiera caminar. ‘Desatadlo y dejadlo andar’, les dice Jesús, nos dice Jesús que nosotros tenemos que ir haciendo. Cuantos nos encontramos que tienen ansias de vivir pero aún tienen muchas ataduras en su vida que les impiden alcanzar la plenitud de su vivir. Ahí está nuestra tarea. Tenemos que desatar tantas ataduras, primero en nosotros si lo queréis pensar así, pero necesariamente siempre en los demás. No nos podemos quedar cruzados de brazos.
No lo olvidemos Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. En una plenitud que va mucho más allá de la vida corporal que tengamos pero que será vida de verdad si la vivimos en toda su plenitud. No olvidemos la dimensión del espíritu. Tenemos que amar nuestra vida, pero que la queremos vivir en esa plenitud que Jesús nos ofrece.

No nos desprendemos de ella, sino que hemos de conservarla y conservarla de la mejor manera. Una vida llena de trascendencia que va más allá del momento presente o del solo yo de nuestra vida, porque siempre hemos de estar abiertos a la vida de los demás, a los que podemos enriquecer con nuestra vida y a los que hemos de ayudar, como decíamos, a desatar de todas las ataduras que nos esclavizan y nos impiden vivir en libertad plena.

lunes, 19 de agosto de 2019

Un plan de vida en el que hemos de dar pasos día a día para llegar a la meta final con desprendimiento y generosidad


Un plan de vida en el que hemos de dar pasos día a día para llegar a la meta final con desprendimiento y generosidad

Jueces 2,11-19; Sal 105; Mateo 19,16-22
En la vida a veces queremos alcanzarlo todo por así decirlo de un golpe. Queremos alcanzar una cosa, y ya. Como si todo fuera como nos sucede con las nuevas tecnologías, que tocamos un botón y automáticamente nos aparece en pantalla aquello que queríamos. Nos sucede que la tecnología algunas veces nos falla y las cosas no son tan automáticas como deseamos, y nos desesperamos en la espera, aunque solo unos cuentos segundos más.
Pero esa vida nuestra, que queremos que sea vivir de verdad y no de formas automáticas o virtuales, sabemos que las cosas llevan su curso, que hemos de tener la paciencia de ir por partes, de ir poniéndonos metas – aunque la meta final la tengamos en mente y no la olvidemos – pero metas cercanas, metas que vamos consiguiendo en el día a día. Será así como en verdad nos superamos, iremos limando esas asperezas de la vida que son nuestras debilidades y las cosas – las piedras – en las que tropezamos una y otra vez para ir superándonos y creciendo con sólidos fundamentos.
No podemos pretender un titulo universitario si previamente no hemos ido superando las enseñanzas medias que nos van capacitando para poder llegar a la profundidad de unos estudios universitarios.  Quien dice esto, hemos de pensarlo en ese día a día de nuestra vida en donde tenemos que ir dando los pasos necesarios para nuestro crecimiento humano y espiritual que dé madurez a nuestra vida. Esos pasos intermedios, esos pasos del día a día algunas veces nos resultan más costosos de lo que pensábamos, pero necesitamos darlos.
Hoy vemos en el evangelio que llega hasta Jesús un joven que está buscando el camino de una meta final. En su corazón hay inquietud y deseos de algo grande. Realmente es alguien que quiere darle trascendencia a su vida y no se contenta con metas de aquí abajo. Busca la vida eterna. Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?’ Claro que algunas veces buscamos recetas o soluciones rápidas o automáticas, como si haciendo o cumpliendo con algunas cosas buenas ya podemos conseguirlo. ¿Qué de hacer de bueno...?’ le pregunta a Jesús. Y Jesús le irá haciendo ver que hay que ir dando pasos.
La respuesta de Jesús nos señala el camino de buscar y realizar en nuestra vida lo que es la voluntad de Dios para nosotros. No es cuestión de ir haciendo cositas sin conformar nuestra vida con lo que es el plan de Dios. Un plan de Dios para nosotros que buscar siempre el bien del hombre y en consecuencia así conseguiremos la gloria del señor. No es simplemente que cumplamos con unas reglas que nos prohíben algo poniendo como limitaciones a nuestra vida, sino que sepamos buscar siempre lo que es el bien del hombre y de todo hombre porque así logramos, como decía, la gloria de Dios. No son prohibiciones así porque si, sino metas que se proponen a la vida. Todo cuanto hizo Dios lo hizo bueno y lo hizo para poner en el centro de su creación al hombre, como se nos dice ya en la primera página de la Biblia.
‘Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos’ le dice Jesús y ante la insistencia del joven Jesús se los detalla. Pero aquel joven es un hombre bueno que eso ha tenido por norma en su vida desde siempre. ‘Todo eso lo he cumplido desde mi niñez’, le responde. Y es ahora cuando Jesús le pide dar un paso más. Había posibilidades en aquel corazón bueno, sin embargo veremos luego que hay unos apegos de los que es difícil desprenderse. ‘Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo’.
Fue un paso que no fue capaz de superar. Era rico. Había muchos apegos en su corazón. Se fue muy triste y Jesús se le quedó mirándolo. Llegar hasta el final estaba exigiéndole algo en lo que le iba a sangrar el corazón y ya no fue capaz. No son recetas mágicas, son plan de vida que envuelve toda nuestra vida, lo que somos y lo que tenemos. Es un plan de vida que da profundo sentido a lo que somos y a lo que tenemos. Es un plan de vida de generosidad y de amor, de desprendimiento y despego de las cosas, de búsqueda de lo que es esencial y de liberación de ataduras. Es un plan de vida que nos conduce hasta el final. Y no podemos llegar al final si no damos esos pasos intermedios.
¿Seremos nosotros capaces de ir dando esos pasos que día a día nos pide el Señor? ¿Tenemos un corazón abierto y un corazón libre de ataduras para poder correr hasta la meta? Si queremos correr hasta alcanzar una meta que nos lleve al triunfo – vida eterna – tenemos que correr sin ataduras, sin pesos muertos que nos limiten y nos resten fuerzas para poder llegar hasta el final. ¿No vemos a los corredores en el estadio?

miércoles, 5 de abril de 2017

Jesús nos da la sabiduría mas divina porque nos descubre la verdad del hombre y la libertad más grandiosa porque nos libera del mal y del pecado

Jesús nos da la sabiduría mas divina porque nos descubre la verdad del hombre y la libertad más grandiosa porque nos libera del mal y del pecado

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Salmo: Dn. 3, 52. 53. 54. 55. 56; Juan 8, 31-42
Jesús nos habla hoy de verdad y de libertad, como al mismo tiempo nos hace reconocer nuestras esclavitudes y nuestras oscuridades. Creo que nos pueden hacer pensar mucho estas palabras de Jesús.
Verdad, libertad… todos hablan de ellos, todos tienen su opinión, todos quieren expresar su verdad muchas veces de manera subjetiva; no queremos absolutos, queremos hacerlo todo muy relativo, a nuestra conveniencia, a nuestra particular visión, en búsqueda de nuestras satisfacciones. Incluso nos hacemos nuestras muy particulares interpretaciones de las palabras de Jesús; como se suele decir queremos arrimar el ascua a nuestra sardina, porque nuestra verdad es la única que queremos que prevalezca.
Y en el mismo sentido cuando hablamos de libertad; en nombre de la libertad nos queremos permitir todo, pero claro todo lo que nos favorezca personalmente; en el choque con la libertad del otro, primero esta nuestra propia libertad y ya lo de respetar la libertad del otro lo relativizamos a nuestra conveniencia. ¿Será libertad o será libertinaje? Tendríamos que analizar mucho la manera de entenderlo, la manera de respetar a los demás, porque en nombre de nuestra libertad, de nuestra opinión o de nuestras ideas no tenemos por que molestar ni ofender a nadie. Es que es la verdad, decimos, y que le duela al que le duela, y no nos importa herir, incluso dañar.
Jesús nos invita a que le escuchemos, a que atendamos a sus palabras y seremos sus discípulos y nos dice que conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres. Es que escuchando a Jesús conoceremos la verdad plena, nos da su Espíritu para llenarnos de esa sabiduría divina que nos haga conocer la verdad. ¿Quién nos puede revelar mejor la verdad del hombre que Aquel que nos ha creado? Así como el artista es el que mejor nos puede explicar el sentido de su obra, como el artesano aquella obra que ha realizado, así nuestro Creador. Y Jesús es la revelación de Dios, la Palabra que nos descubre la verdad de Dios y la verdad del hombre que Dios ha creado. Es en Jesús donde vamos a encontrar el sentido verdadero de nuestra existencia.
Y conociendo esa verdad de Dios que nos revela la verdad del hombre alcanzaremos, si, la libertad. Conocemos así el camino que nos lleva a la plenitud de nuestro ser; sabemos entonces cuales son aquellas cosas que pueden mermar esa plenitud de vida, que nos pueden entonces esclavizar. Con Jesús, escuchando sus palabras, siguiendo su camino, alcanzaremos esa libertad verdadera. ¿No nos había dicho allá en la sinagoga de Nazaret que venia con el Espíritu del Señor para dar a los oprimidos la libertad?
Escuchemos, si, y desde lo mas hondo del corazón estas palabras que hoy nos dice Jesús: Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. El nos da la sabiduría más divina y la libertad más grandiosa.