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miércoles, 16 de octubre de 2024

Una nueva mirada de comprensión desde el reconocimiento de la propia debilidad, un impulso de ascesis y crecimiento que nos lleva a una más profunda espiritualidad

 


Una nueva mirada de comprensión desde el reconocimiento de la propia debilidad, un impulso de ascesis y crecimiento que nos lleva a una más profunda espiritualidad

Gálatas 5, 18-25; Salmo 1; Lucas 11, 42-46

Alguna vez habremos visto en algún trabajo cómo un encargado de obra exigente trata de hacer llevar a un trabajador un peso que supera sus fuerzas, pero que además dicho encargado no es capaz de echar una mano para ayudar cuando ni él mismo es capaz de llevar tremendo peso o realizar dicho trabajo que quiere imponer a su subordinado. Lo consideramos injusto e inhumano, no lo soportaríamos quedándonos callados ante tal situación.

No serán pesos materiales o trabajos injustos de este tipo – que también los hay – pero si somos conscientes cuando nos detenemos a pensar un poco de situaciones en que nos volvemos exigentes con los demás cuando a nosotros mismos nos lo perdonamos todo; son, por ejemplo, nuestras habituales criticas a lo que hacen los demás, los prejuicios con que vamos tantas veces por la vida, o el juicio tan a la ligera que hacemos sobre la vida de los demás, sin ser capaces de ponernos en su lugar, para ver realmente lo que nosotros seríamos capaces de hacer. De qué manera tan fácil caemos por esas pendientes de prejuicios, de condenas, de críticas sin mirarnos primero a nosotros mismos.

Hoy contemplamos a Jesús que habla palabras duras contra ciertos sectores de la sociedad de su tiempo y sobre todo de aquellos que se consideraban dirigentes y desde unas opciones radicales se volvían exigentes con los demás. Pero sobre todo Jesús está haciendo hincapié en el vacío con que esas personas, sin embargo, vivían sus vidas cuando tanto les exigían a los demás. Un vacío interior o una podredumbre que les llenaba de malicias.

El camino de la vida tiene que ser de otra manera; nuestras actitudes para con los demás tienen que estar más llenas de autenticidad; hemos de saber ir a lo que verdaderamente es fundamental y no quedarnos en superficialidades y apariencias. Son cosas con las que fácilmente solemos tropezar cuando no hay verdadera profundidad en nuestras vidas. Tenemos que ahondar en nuestro espíritu, pero no para buscarnos a nosotros mismos sino para llenarnos de verdad del Espíritu de Dios que tiene que ser el que verdaderamente nos guíe. Será ahí cómo tendremos una verdadera espiritualidad que no se queda en cumplimientos o en apariencias. Esa sigue siendo una gran tentación en nuestra vida y una piedra de tropezar.

Tenemos que saber buscar ese crecimiento interior. Por eso necesitamos mucho también el mirarnos a nosotros mismos para conocer nuestra realidad y no quedarnos entonces en apariencias; cuando nos conocemos de verdad no entraremos en comparaciones con nadie, ni en juicios de condena para con los demás, sino que aprenderemos a ser en verdad comprensivos. Al darnos cuenta de nuestra realidad reconocemos nuestra debilidad, y cuanto nos cuesta a nosotros ese crecimiento, esa superación de mi vida en la que tengo que trabajar todos los días. No andaremos buscando justificaciones para nosotros y nuestra mirada a los demás será bien distinta.

Una tarea de ascesis, de crecimiento, de superación; una mirada de comprensión que se tiene que convertir en una mano tendida para ayudar a caminar juntos y a sabernos levantar mutuamente en nuestros errores y caídas; un comenzar a creer en la persona y en las posibilidades que tiene en la vida porque siempre seremos capaces de recomenzar lo que tantas veces hemos errado buscando el hacerlo mejor. Y eso nos hace comprensivos, y como hemos alcanzado nosotros misericordia con la misma generosidad queremos ofrecerla también a los demás.

sábado, 27 de julio de 2024

No podemos esperar a que alguien haga algo sino que tenemos que comenzar por poner a disposición los cinco panes de nuestra pobreza

 





No podemos esperar a que alguien haga algo sino que tenemos que comenzar por poner a disposición los cinco panes de nuestra pobreza

2Reyes 4, 42-44; Sal. 144; Efesios 4, 1-6; Juan 6, 1-15

¡Que alguien haga algo! ¿No suele ser esa la reacción primera cuando sucede algo como un accidente, o cuando contemplamos una situación alarmante en la que pensamos que realmente habría que hacer algo? Que hay guerras y violencias, que los poderosos hagan algo; que hay situaciones extremas de pobreza y de miseria, que vendan todos esos tesoros y con eso podemos darle de comer a toda esa gente; que sentimos que nos llegan los inmigrantes ilegales y ya no sabemos que hacer, que pongan remedio, que los políticos se mojen, que haya barreras que impidan esa invasión que nos está llegando… y podríamos pensar en mil situaciones más. ¿Cuál es el remedio? ¡Que alguien haga algo! Siempre estamos esperando que sean otros los que comiencen a hacer algo. ¿Nos podemos quedar en eso?

Somos muy buenos para tirar los balones fuera, como se suele decir, pero apuntar a ver qué es lo que yo puedo o tengo que hacer, eso es algo que nos cuesta más pensar. ¿Estaremos definiéndonos así sobre el sentido y el valor que le damos a la vida, a nuestra vida y a la implicación que nosotros tenemos o tendríamos que tener? Cuando nosotros pasamos por situaciones así, en ese accidente, esa violencia, en esas miserias, ¿con qué nos contentamos? ¿Simplemente nos resignamos? Algunas veces destacamos por la mucha pasividad que hay en nuestras vidas; qué difícil se nos pone el salir de esa pasividad.

Escuchamos hoy una página muy hermosa del evangelio que está muy llena de mil detalles que nos tendrían que hacer pensar. No la podemos leer de corrido, dando por sentado que ya la conocemos y nos la sabemos. Es evangelio hoy para nosotros, luego es noticia de salvación y de vida hoy para nosotros y como tal tenemos que escucharla, de lo contrario estaríamos destrozando el evangelio, cuando le hacemos perder esa novedad, esa buena noticia que tiene hoy para nosotros.

Jesús se ha puesto en camino con los discípulos, en este caso haciendo una travesía, para ir más allá, para ir al otro lado. Allí se van a encontrar con algo distinto e inesperado; tenemos que salir también, ponernos en camino, saber ir al otro lado… pero entonces nos dice el evangelista que Jesús subió a la montaña. Ir al otro lado y hacer una ascensión a un lugar más alto, nos dará una nueva perspectiva; sabemos bien que una mirada desde la altura nos hace situar las cosas y los lugares con más precisión y de distinta manera. ¿Tendrá ya esto algún significado para nosotros? ¿No estaremos quedándonos siempre en el mismo sitio y con la misma perspectiva y por eso no seremos capaces de ver algo nuevo?

¿Qué se encuentra Jesús? Una multitud hambrienta; siempre decimos la gente tenía ganas de escuchar a Jesús, es cierto, pero es algo más. Allí estaba aquella gente con sus necesidades, con sus problemas, con sus dificultades para la vida y también estarían esperando una respuesta. Pero además aquella multitud tenía hambre, habían caminado mucho para llegar a donde encontrarse con Jesús y las provisiones parece que habían sido pocas.

‘¿Con qué compraremos panes para que coman estos?’ Es la pregunta que, como decíamos antes, nos hacemos también ante las necesidades, los problemas, todo eso que vemos en la vida. ¿Serán otros los que tienen que resolverlo? Y cuando los discípulos se hacen sus cálculos de cuanto necesitaría para alimentar a toda aquella gente, además si hubiera un sitio donde conseguirlo que allí en el desierto no lo tenían, es cuando Jesús les dice que le den ellos de comer. No hay que ir a busca a ningún sitio, sino que ellos tenían que darle de comer. ¿Nos dice algo?

Mientras Felipe se entretiene haciéndose sus cálculos, Andrés viene diciendo que por allí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces. ‘¿Pero qué es eso para tantos?’ Como con lo que tenemos no podemos alcanzar, ¿nos lo guardamos? ¿Nos quedamos con los brazos cruzados? ¿No le damos importancia ni valor a lo que son las cosas pequeñas? ¿Vamos a despreciar la oferta de aquel muchacho porque eso no da para todo lo que se necesita?

Ya vemos que el actuar de Jesús no va por esos caminos. Aquellos cinco panes de cebada, los panes de los pobres, sí van a ser aceptados. Por eso Jesús pedirá que la gente se siente en el suelo y ya conocemos todo lo que sucedió a continuación. Comieron todos hasta saciarse y al final hasta sobró. ‘Recoged los pedazos que han sobrado para que nada se pierda’, les dice Jesús.

¿Cuándo vamos a pensar en ser ese muchacho de los panes de los pobres? Es que yo no valgo, es que yo no tengo, es que lo necesito para mí, es que… y cuantas disculpas nos vamos poniendo, porque no nos hemos puesto en camino, porque no hemos ido más allá, porque no hemos subido a la altura, porque seguimos con nuestras rastreras perspectivas. Y seguimos viniendo a la Iglesia, y seguimos de la misma manera; y celebramos la Eucaristía pero se nos queda en un rito que no nos impulsa a algo más; y seguimos diciendo que venimos a comulgar en la Misa, pero no comulgamos con los hermanos; y nos damos la paz ritualmente en la celebración, pero luego no buscamos la manera de llevarnos bien con el vecino o con el pariente con quien no nos hablamos…

Cuánto nos cuesta arrancar, cuánto nos cuesta arrancarnos de nosotros mismos, cuánto nos cuesta hacer Eucaristía de nuestra vida. Seguiremos en los próximos domingos que vienen a ser continuación de este signo de hoy de la multiplicación de los panes.

viernes, 13 de octubre de 2023

Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

 


Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Habremos oído hablar de esa táctica que con malicia algunos tratan de emplear para salirse con la suya y lograr derrotar – digámoslo así – al adversario, ‘divide y vencerás’. Unas fuerzas divididas son fuerzas debilitadas. Crea desconfianza y tienes a alguien en camino de ser derrotado. Y no solo hemos de pensarlo en tantas situaciones que vemos en la vida social en que se emplean esas maneras de actuar, sino que personalmente lo sentimos dentro de nosotros mismos cuando nos llenamos de dudas, cuando nos sentimos atados por nuestra propia debilidad, cuando no podemos confianza en aquellos medios que tenemos a nuestro alcance para crecer y para madurar, y así en tantas cosas.

De ahí la necesaria firmeza, fortaleza que tenemos que buscar, que tenemos que conseguir allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque a la larga es un camino de lucha el que vamos realizando, un camino de superación y de crecimiento, de verdadera hondura y profundidad que tenemos que darle a la vida. Y no es fácil. Pero tenemos la seguridad de quien está con nosotros en ese camino; no nos faltará nunca la fuerza del Espíritu del Señor, pero tenemos que saber contar con El. Y no siempre lo hacemos.

Cuando vienen haciéndole aquellos planteamientos a Jesús que lo que buscaban era restar la credibilidad del propio Jesús ante los demás - ¿qué era decir que aquellos milagros que Jesús realizaba los hacía por arte y con el poder del mismo demonio? – Jesús nos dice y enseña que no podemos andar entre dos aguas, que cuando le seguimos a El nuestra decisión tiene que ser firme para estar siempre a su lado, aunque puedan venir momentos oscuros, que siempre los hay en la vida. ‘O conmigo o contra mí, el que no recoge conmigo, desparrama’, les dice.

Y nos señala cómo no podemos confiarnos, porque vayamos consiguiendo algunas victorias, porque vayamos consiguiendo algunos logros en ese camino que queremos realizar. Cuando no mantenemos la constancia, la permanencia en el esfuerzo, tan pronto nos aflojemos, comenzaremos a retroceder. Es como una pendiente resbaladiza por la que tenemos que ascender; no nos podemos detener porque ya hayamos logrado subir algunos trozos de ese camino, porque tan pronto nos detengamos, como por inercia, comenzaremos de nuevo a descender.

Nos habla Jesús del enemigo malo que hemos expulsado de nosotros, pero que pronto va a volver con nuevas fuerzas y al menor descuido pronto nos volveremos a ver envueltos por él. ¿No tenemos la experiencia en nuestra vida espiritual, en ese camino de superación que queremos ir haciendo, que cuando creíamos que ya habíamos superado ciertas cosas para siempre, volvimos a caer en la misma tentación? ‘El final de aquel hombre, nos dice Jesús, será peor que al principio’.

Es el camino de ascesis que tenemos que realizar continuamente en nuestra vida. Pero ya sabemos cómo volvemos con tanta facilidad a las rutinas de siempre; tenemos momentos de fervor y entusiasmo y parece que todo marcha sobre ruedas, nos cuidamos espiritualmente, frecuentamos los sacramentos, participamos en la celebración de la Eucaristía, queremos vivir una vida intensa de oración, pero poco a poco nos entra de nuevo la tibieza espiritual, un día dejamos una cosa, otro día nos buscamos disculpas, y poco a poco abandonamos toda aquella intensidad que nos habíamos propuesto y volvemos a las andadas.

Recordemos lo que se nos dice en el Apocalipsis, ‘porque no eres ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’. Es a lo que nos lleva la tibieza espiritual.


sábado, 30 de septiembre de 2023

Nos sigue costando a nosotros también ese camino de ascesis y de superación, de crecimiento y renovación que hemos de ir realizando todos los días en el seguimiento de Jesús

 


Nos sigue costando a nosotros también ese camino de ascesis y de superación, de crecimiento y renovación que hemos de ir realizando todos los días en el seguimiento de Jesús

Zacarías 2, 5-9. 14-15c; Jr 31,10.11-12ab.13;Lucas 9,43b-45

Hay ocasiones en que no entendemos o no queremos entender. Se suele decir que no hay peor sordo que aquel que no quiere oór. Cuando nos dicen cosas que parece que nos cortan las alas, para que no volemos tanto, para que no soñemos tanto, para que pongamos los pies en la realidad, para que aceptemos que no todo en la vida son risas y fiestas, que también vendrán momentos duros, que cuando vamos con momentos muy entusiastas no siempre las cosas terminan como nosotros queremos, porque vendrán contratiempos, vendrán cosas que se nos ponen en contra, porque somos débiles y en cualquier paso podemos tener un resbalón. No es que vayamos de pesimistas por la vida pensando que siempre nos van a venir cosas malas, pero tenemos que aceptar la realidad, y si hay alguien que nos advierte, al menos tenemos que ponernos a pensar para que las aguas no se nos salgan de nuestras madres.

Hoy parece contradictorio el evangelio, porque comienza diciéndonos que la gente entusiasmada por Jesús venían de todas partes para escucharle, y a continuación Jesús comienza a anunciarles todo lo que le puede pasar cuando suban a Jerusalén. 'Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres', les dice Jesús.

Y claro, los discípulos no entendían; si la gente andaba entusiasmada por Jesús y venían de todas partes. Ellos escuchaban las alabanzas de la gente que decía que Dios había visitado a su pueblo, que un gran profeta había surgido en medio de ellos. ¿Cómo es que habla Jesús de que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres? No puede ser. Mejor no escuchar, mejor no entender para no complicarse. No se atrevían a preguntarle a Jesús que les explicara aquellas palabras.

Tenían que pararse a pensar. 'Meteos esto en la cabeza', que les decía Jesús. Tenían que recapitular todas aquellas cosas que les había enseñado, aquello que tantas veces a ellos de manera especial se los había explicado. Y Jesus les hablaba del servicio, de hacer el último para poder ser grande. Y Jesús les hablaba de que para seguirle había que darle una vuelta grande a la vida, y eso significaba cambiar muchas formas de pensar, eso significaba nuevas actitudes y posturas. Y Jesús les hablaba del grano de trigo que se entierra y muere para que pueda germinar para dar fruto. Y Jesus les hablaba de que había que hacer podas como todo buen viñador, porque muchas cosas habían de transformarse en su vida, para poder ser en verdad sus discípulos.

Pero ya sabemos que ellos seguían erre con erre con sus ambiciones y sus sueños; ellos seguían discutiendo entre ellos quien había de ser el primero y el principal; ellos ahora no podían entender aquello que les decía Jesús que el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los hombres. Es que entenderlo era darle sentido a todo aquello que Jesús les había enseñado, pero eran muchos los apegos que seguían en su corazón.

Nos sigue costando a nosotros también. Nos sigue costando ese camino de ascesis y de superación, ese camino de crecimiento que hemos de ir realizando todos los días de nuestra vida. Lo que nos cuesta esfuerzo parece que lo rehusamos, queremos que todo sea fácil, que todos quizás estuvieran de acuerdo con nosotros para no tener que enfrentarnos a momentos difíciles. El camino de la cruz no es fácil, y es el camino que hemos de estar dispuestos a asumir, porque es el camino del amor y de la entrega. Y no hay otro camino porque es como seguimos al Maestro, y tenemos que recordar que el discípulo nunca será más que el maestro.

Hay momentos de calvario que se nos presentan en la vida y puede ser que se nos vuelven amargos en nuestro corazón. Pero sabemos una cosa, en ese camino no andamos solos, en ese camino Jesús está con nosotros, porque Él es nuestro cirineo, en ese camino no nos faltará la fuerza del Espíritu, que ya nos dijo que no temieramos que nos llevaran a los tribunales y a la cárcel porque el Espíritu hablará por nosotros. Tenemos que poner más fe en las palabras de Jesús. Tenemos que fortalecer nuestro Espíritu y no perderemos la paz del corazón.


jueves, 24 de febrero de 2022

Quitemos de nuestra vida aquellas piedras que nos hacen tropezar y no seamos culpables del daño que pueden hacer también a los demás

 


Quitemos de nuestra vida aquellas piedras que nos hacen tropezar y no seamos culpables del daño que pueden hacer también a los demás

Santiago 5,1-6; Sal 48; Marcos 9,41-50

Aquel hombre llegaba todas las noches enfadado a su casa porque en el camino, en el que no había mucha luz, todas las noches tropezaba en la misma piedra y caía en el mismo hoyo; protestaba y protestaba, pero no había nada cuando había luz por el día para ver donde estaba aquel tropiezo que todas las noches le hacía caer. Lo fácil que hubiera sido que durante el día buscase el lugar y tratase de hacer un arreglo, quitar aquella piedra que estorbaba en el camino para no volver a tropezar en lo mismo; ya se suele decir en nuestro refranero español que el único burro que tropieza dos veces en la misma piedra es el hombre.

Es lo que nos pasa en la vida; nos damos cuenta de nuestras debilidades, cuales son las situaciones en las que solemos tropezar en ese camino de nuestra vida cristiana, en ese nuestro camino de relación con los demás, pero seguimos con nuestro orgullo porque no queremos agachar la cabeza, seguimos con nuestros errores porque no queremos esforzarnos por corregirnos, seguimos con la misma cerrazón del corazón pensando en nosotros mismos y no pensando nunca en los demás.

Hoy nos habla Jesús con imágenes muy fuertes para hacernos caer en la cuenta de esa piedra de tropezar que no solo nos está hundiendo a nosotros mismos, porque primero que nada nos hacemos daño a nosotros mismos, pero con las que también podemos dañar a los demás.

Drásticamente nos habla de Jesús de arrancarnos nuestro ojo o de cortarnos nuestra mano si son causa de mal para nosotros o para los demás. No es que ahora tengamos que ir mancos por la vida cortándonos las manos, pero sí es necesario que nos tomemos las cosas en serio y arranquemos de nosotros todo ese mal que nos hace daño. Como una mala hierba que no basta que la cortemos por encima para eliminarla, sino que es necesario arrancarla de raíz para que no vuelva a salir, así ese camino de superación, de purificación que tenemos que ir realizando en nuestra vida.

Primero que nada tenemos que ser capaces de reconocer el error que hay en nuestra vida, ese mal que nos hace daño a nosotros y a los demás, porque mientras no lo reconozcamos con toda sinceridad poco podremos arrancarlo. Cuántas cosas tenemos que arrancar de nuestra vida, cuantos apegos, cuántas ataduras, cuántas rutinas, cuántas malas costumbres... un camino de purificación y superación.

El camino de toda persona tiene que ser siempre un camino de superación, para ser capaces de dar cada día un paso más alto. Significa esfuerzo, significa ascesis, significa ir examinando continuamente la vida para ver cuáles son esas pasiones que nos dominan, cuáles son esas raíces que nos hacen daño. Un camino donde ponemos, es cierto, toda nuestra voluntad, pero es un camino que no hacemos solos porque contamos con la fuerza y con la ayuda de la gracia del Señor.

Esa gracia de Dios que se nos manifiesta en ese buen ejemplo que recibimos de los que están a nuestro lado, que con las mismas debilidades que nosotros los vemos sin embargo en un camino de ascensión, en un camino de superación; esa gracia de Dios que recibimos de la buena palabra o del buen consejo de esa persona buena que se acerca a nosotros y se nos ofrece para ayudarnos; esa gracia de Dios que recibimos del testimonio de los santos que si ahora los vemos en ese grado de perfección y santidad como ejemplo para nuestra vida, tenemos que saber ver ese esfuerzo que ellos en su vida también tuvieron que hacer, esas cosas en las que tuvieron que superarse o arrancar de sus vidas. Esa gracia de Dios que recibimos en los sacramentos alimento de nuestra vida cristiana y fortaleza del Espíritu que nos enriquece con la gracia del Señor.

Jesús nos había recordado en otros momentos del evangelio que tenemos que ser luz del mundo y sal de la tierra. Y ahora nos recuerda, que si la sal se ha echado a perder no nos vale para nada.Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salaréis? Tened sal entre vosotros y vivid en paz unos con otros’. Tengamos esa buena sal de nuestras buenas obras con las que daremos gloria al Padre del cielo pero con la que ayudaremos a los demás a que también glorifiquen a nuestro Padre Dios.

lunes, 14 de septiembre de 2020

En el duro camino de la vida, en el camino de la fe que en ocasiones se nos llena de oscuridades la Cruz es la enseña del amor y es la bandera de nuestra esperanza

 


En el duro camino de la vida, en el camino de la fe que en ocasiones se nos llena de oscuridades la Cruz es la enseña del amor y es la bandera de nuestra esperanza

Números 21, 4b-9; Sal 77; Juan 3, 13-17

Los caminos de la vida en ocasiones se nos hacen duros y costosos, se nos llenan de dificultades, de sombras; todo lo que signifique ascensión – y así ha de ser siempre el camino de la vida – entraña esfuerzo, sacrificio, porque cada paso que demos ha de tener mayor altura dejando atrás muchas cosas. En ocasiones nos cansamos, aunque tengamos clara cual es nuestra meta; quizá no la alcanzamos a ver, pero sabemos que ahí está y que tenemos que esforzarnos por alcanzarla.

Al decir estas palabras me veo a mi mismo subiendo a una montaña con el ansia de llegar a la cima aunque nos cueste, y digo me veo subiendo a una montaña como tantas veces ascendí a lo más alto de nuestro Teide, quizá sintiendo el vértigo de la altitud pero queriendo poner todo mi esfuerzo por alcanzar la cima. Allí en lo alto estaba la meta. Siempre hay una esperanza en nuestra vida.

Es una imagen con la que he querido iniciar esta reflexión que por una parte me hace mirar la referencia de la primera lectura que nos habla del pueblo hebreo en la larga y costosa travesía por el desierto. Muchos cansancios, muchas carencias y dificultades, muchas luchas que tuvieron que mantener incluso con los pueblos por los que hacían la travesía, la dureza y sequedad del desierto en que escaseaba el agua o se veían atacados por plagas como en el caso a que hoy se hace referencia de las serpientes venenosas; muchos momentos de dudas, de deseos de volver atrás o de no haber emprendido aquella aventura por la libertad, muchas protestas incluso contra Dios. ¿No nos pasa a nosotros igual muchas veces en nuestras luchas? ¿Habremos perdido alguna vez la esperanza?

Moisés levantó como un estandarte en medio del campamento aquella señal de la serpiente para que mirando hacia lo alto su mirada fuera más allá para poner toda su confianza en el Señor. Aquel estandarte como a los soldados en la batalla les dio valor para seguir adelante y se sentían sanados y salvados. Pero todo eso se convierte en un signo para nosotros. Jesús hace referencia a ello en el evangelio que escuchamos. ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna’. Así renace en la cruz para nosotros la esperanza.

‘Así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre’, nos dice. Hoy estamos celebrando la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y hacia ella nosotros elevamos nuestros ojos. Pero miramos a la cruz para ver quien en ella está crucificado. Porque es Jesús quien es nuestro Salvador y hacia El elevamos nuestros ojos. La cruz se convierte para nosotros en ese estandarte, como lo de la serpiente en el desierto o como la bandera que llevan los soldados en la batalla que levanta su ánimo para la lucha y se sienten fuertes.

Es lo que nosotros necesitamos en ese camino de ascensión, como decíamos al principio para que no desistamos en nuestro empeño, en nuestro esfuerzo. Frente a los momentos de desánimo que podamos sentir en la lucha de la vida de cada día, frente a esos momentos de decaimiento en que nos parece que nos sentimos sin fuerzas para seguir avanzando, frente a esos momentos en que parece que todo está en contra nuestra y las dificultades se multiplican, frente a esos momentos de oscuridad en que nos llenamos de dudas o en que nos cuesta ver con claridad hacia donde vamos, tenemos ante nosotros la enseña, el signo, la bandera de la cruz que nos está gritando la Buena Nueva de la Salvación que nos viene por Jesús. Es el signo del amor y es la bandera de la esperanza.

No miramos la cruz como signo tenebroso y de muerte. A muchos no les gusta que le hablen de la cruz, olvidándose quizá de la cruz que llevan en su carne día a día, porque además siempre en nuestra vida estará presente el sufrimiento. A muchos les parece cruel y sanguinario el signo de la cruz, pero se olvidan del amor que en ella puso Jesús para ser nuestra salvación. No hay amor más grande. La cruz para nosotros significa el amor más grande. Y El se dio con el amor más grande, porque entregó su vida, porque se dio totalmente por nosotros pasando por la cruz y por la muerte pero a quien contemplamos para siempre resucitado y glorioso.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Porque nos sentimos amados de Dios, a El permanecemos unidos para siendo en verdad así discípulos de Jesús para dar en abundancia los frutos del amor



Porque nos sentimos amados de Dios, a El permanecemos unidos para siendo en verdad así discípulos de Jesús para dar en abundancia los frutos del amor

Hechos 15, 1-6; Sal 121;  Juan 15, 1-8
Unidos venceremos, es una expresión que como un slogan quizás habremos escuchado más de una vez en distintas manifestaciones de la vida social queriendo expresar como entendemos bien en la frase que la unión hace la fuerza en otra expresión presentada como un principio y un valor para la vida de la sociedad. No pretendo hacerme portavoz de ningún tipo de reivindicación social pero con toda libertad creo que podemos usar esta expresión que nos viene a resumir lo que Jesús hoy nos quiere presentar en el evangelio.
Y no se trata ya de la unión entre unos y otros donde sintamos el apoyo de los otros en nuestras luchas o en nuestro camino de superación, sino que Jesús quiere hablarnos de otra muy necesaria unión para poder realizar el camino de la vida cristiana. Un camino como llevamos bien experimentado en la vida que no siempre es fácil, un camino con obstáculos y tropiezos, un camino en cuyo entorno nos pueden aparecer en muchas ocasiones tantas cosas que nos atraen y nos distraen de esa meta a la que queremos llegar; un camino de exigencias dentro de nosotros mismos en ese crecimiento humano y personal, pero en ese camino de crecimiento espiritual que tenemos que realizar; un camino en el que sentimos la tentación, porque el enemigo como león rugiente anda a nuestro acecho, como nos dirá la carta del apóstol san Pedro.
Otra dificultad que podemos encontrar en el camino y que está en nosotros mismos es la autosuficiencia. Nos creemos capaces de hacer el camino por nosotros mismos, sin darnos cuenta de que no es solo la voluntad o la decisión que tomemos por nosotros mismos, sino que también es puro asunto de gracia. No se trata de vivir nuestra vida; no se trata de hacer nuestros esfuerzos personales porque queremos cultivar esta virtud o aquella otra; no se trata de ese deseo de superación por nuestra parte en que queremos ir haciendo una ascesis como si solo se tratara de un programa que nos trazamos y que nos proponemos cumplir.
Y es que todo parte del regalo del amor de Dios; nos sentimos amados por Dios, nos sentimos inundados y nuestra vida se transforma como hemos dicho en más de una ocasión recientemente. No es que nosotros hayamos amado a Dios y por eso tratamos de hacer méritos cumpliendo con esto o con aquello, sino que el amor consiste en que Dios nos amó primero, como nos enseña san Juan en sus cartas. Esa es la grandeza y la maravilla de nuestra vida cristiana.
Y aquí viene lo que nos dice Jesús hoy. Tenemos que estar unidos a El como el sarmiento a la vid, porque el sarmiento que se desgaja no dará fruto, se secará y poco más servirá que para el fuego. Esa es la unión que nos hace fuertes, nuestra unión con El, porque sin El nada podemos hacer, como nos dice hoy. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.
Podrán venirnos tormentas, momentos oscuros y de tensión, tentaciones y cosas que nos pueda distraer, pero nada podrá apartarnos del amor de Cristo, como nos dice san Pablo. Y es ese amor, y esa unión la que tenemos que mantener; unidos, pero no es una unión cualquiera, es nuestra unión con el Señor, venceremos. No nos faltará su gracia, como la savia que corre por los sarmientos que están unidos a la vid.
Claro que nuestra unión con el Señor nos hace mantenernos unidos también con los demás hermanos, porque formamos como un gran racimo, como una piña, porque somos una familia, porque vivimos la comunión del amor que parte y arranca del amor que el Señor nos tiene. Y con ese amor amaremos a los demás, cumpliremos el mandamiento del Señor, el mandamiento del amor. Unidos venceremos, como decíamos al principio que es mucho más que un slogan para nuestras relaciones o reivindicaciones sociales, porque la unión importante es la que mantenemos con el Señor.
Como termina diciéndonos Jesús hoy, ‘con esto recibe gloria mi Padre, daréis fruto abundante y seréis discípulos míos’.

martes, 21 de abril de 2020

Somos unos enamorados que queremos vivir el amor de Cristo, queremos vivir en el amor de Cristo y así queremos nacer de nuevo poniendo amor en nuestra vida


Somos unos enamorados que queremos vivir el amor de Cristo, queremos vivir en el amor de Cristo y así queremos nacer de nuevo poniendo amor en nuestra vida

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 7b-15
‘Tenéis que nacer de nuevo’, nos insiste hoy Jesús en el evangelio. No es tarea fácil. Como hemos comentado muchas veces el seguimiento de Jesús no es cuestión de arreglitos sino de radicalidad, de vida nueva.
Ya sabemos que cuando andamos con componendas porque queremos quedar bien con todos, al final no quedamos bien con ninguno. Así como en la vida tenemos que mostrarnos con sinceridad, con veracidad, con autenticidad, manifestando como somos, lo que son nuestros planteamientos y nuestros ideales, no buscando agradar a este o al otro para que todos queden contentos. El que no se manifiesta auténticamente como es pretende engañar, está llenando de mentira su vida, quien no es totalmente congruente en lo que realiza al final será rechazado porque se descubrirá su engaño, su falsedad y eso es algo que es rechazable.
El cristiano que sigue a Jesús es que en El ha descubierto la verdad de su vida. El evangelio de Jesús se convierte en su meta y en su ideal, aunque se sabe débil y pecador, pero estará siempre en un estado de crecimiento, de superación, de maduración espiritual en su vida. Claro que no es una cosa que logremos de la noche a la mañana, sino que es un proceso que vamos realizando día a día. Igual que toda persona madura es una persona reflexiva, una persona que se examina a sí mismo, que se traza metas por las que lucha, así tenemos que ser maduros en nuestro seguimiento de Jesús.
Reconocemos que no es fácil, que nos cuesta, que exige un esfuerzo, una ascesis día a día, pero su meta es vivir la vida de Cristo. Ya llegaría a decir san Pablo que no vivía él, sino que era Cristo quien vivía en él. Así se sentía identificado, así se había transformado, así había nacido de nuevo, como nos dice hoy el evangelio. Es arrancar todo lo que hay de muerte en nosotros para llenarlo de la vida de Cristo. Lo que nos exige darle hondura a la vida, hacernos reflexivos como decíamos antes, porque tenemos que ir confrontando cada día nuestra vida con el sentido del evangelio. Nos hace escuchar allá en lo  hondo del corazón, nos hace abrirnos a la Palabra de Dios.
Y todo porque nos sentimos cautivados por Cristo. Somos unos enamorados que queremos vivir el amor de Cristo, queremos vivir en el amor de Cristo. Y así queremos poner amor en nuestro corazón, en nuestra vida, en lo que hacemos, en esa nueva manera de relacionarnos con los demás, en esa exigencia que tenemos dentro de nosotros mismos para no dejarnos nunca arrastrar por la desgana, para no dejar enfriar ese amor contagiándonos de la insolidaridad de tantos, en esos pasos que día a día damos para purificarnos por dentro para no caer en la fatuidad del materialismo de nuestro mundo, en esa forma intensa de vivir la vida.
Lejos de nosotros toda superficialidad, lejos de nosotros los paños calientes como se suele decir. Y lo podremos realizar porque Jesús nos ha dado su Espíritu, que es nuestra fuerza y nuestra luz, que es la fuente de nuestro amor y el motor de nuestro vivir. El testimonio lo tenemos claro en lo que querían vivir aquellas primeras comunidades cristianas como nos hablan hoy los Hechos de los Apóstoles.
Nosotros queremos mirar al que ha sido elevado a lo alto porque desde lo alto nos enseña lo que es la verdadera entrega y el amor más auténtico. Hoy termina diciéndonos el evangelio que ‘lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna’.
Lo acabamos de contemplar en la celebración del misterio pascual de Cristo. En nuestra mente y en nuestro corazón está muy presente al que fue clavado en lo alto del madero y hacia El miramos porque sabemos que de ahí nos viene la salvación. Pero a ese crucificado lo contemplamos resucitado, porque es el Señor vencedor del pecado y de la muerte que a nosotros nos llena de vida, a nosotros nos quiere hacer vivir su misma vida. Y para eso, como comenzamos diciendo, tenemos que saber nacer de nuevo.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Cultivemos nuestra vida cristiana y nuestra espiritualidad con el mimo con el que el agricultor cuida su viña para que de buenos frutos

Cultivemos nuestra vida cristiana y nuestra espiritualidad con el mimo con el que el agricultor cuida su viña para que de buenos frutos

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8
Cada mañana o cada tarde en mis habituales paseos diarios tengo la suerte de disfrutar pasando junto a una pequeña finca que esta plantada con viñas y frutales. Es una delicia pasar junto a ella sobre todo en esta época primaveral donde cada día se ve brotando con fuerza todo lo que en ella esta plantado. Ahora las viñas están en toda su frondosidad y colorido haciendo que sus ramas incluso se vuelquen sobre el propio camino. Ahí vemos surgir toda la fecundidad de la vida. Es triste cuando al pasar ve uno algunas de sus ramas o sarmientos que han sido desgajados y comienzan a secarse sus hojas sobre el resto de la planta en plena fluoración. Serán unos sarmientos que se han desgajado de la cepa y no podrán fruto.
Es la imagen que se ha revivido en mi mente al escuchar el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece en la liturgia. Nos habla de la vid y de sus frutos; nos habla de los sarmientos unidos a la vid, a la cepa para que puedan dar frutos; nos habla de la poda a su tiempo, no fuera de lugar, para que la planta pueda resurgir tras el invierno con fuerza y dar buenos frutos; nos habla de los sarmientos que se secan y no valen sino para echarlos al fuego. Nos habla en fin de cuentas de que tenemos que estar unidos a Jesús como los sarmientos a la vida porque sin El no podremos dar fruto.
Las imágenes tienen fuerza en si mismas y nos hablan con pocas palabras pero diciéndonos cosas muy importantes. Nos están hablando de esa necesidad de que vivamos unidos a Cristo porque sin El nada somos y no podremos dar frutos de vida eterna. Es algo en lo que podemos fallar fácilmente, porque nos creemos fuertes, porque creemos que ya sabemos lo que tenemos que hacer, que tenemos fuerzas por nosotros mismos, y abandonamos nuestro cultivo espiritual, abandonamos la oración, dejamos de vivir con intensidad la vida sacramental y pronto decaemos, pronto nos enfriamos, pronto caemos por la pendiente resbaladiza de la superficialidad y viene la tibieza espiritual, y al final nos sentimos como desgajados de lo que tiene que ser en verdad nuestra vida cristiana.
Pero nos están hablando de todo lo que es un programa de ascesis en nuestra vida cristiana. De cuantas cosas tenemos que purificarnos, cuantas cosas inservibles tenemos que arrancar, podar de nuestra vida. Es esa purificación, ese revisarnos, ese plantearnos una y otra vez lo que son nuestras metas y nuestros ideales para ver si lo estamos logrando, si de verdad vamos dando esos pasos que nos hagan crecer en nuestro espíritu, en nuestra espiritualidad cristiana.
A muchas consideraciones los llevan estas bellas imágenes que se nos ofrecen hoy en el evangelio. Yo veo cada día al paso de la finca de la que antes hablaba al agricultor, al viñador cuidando, atendiendo su finca, regando o abonando, poniendo las cosas en su orden o limpiando de las malas hierbas que dañen los frutos, prestando atención a los calores fuertes o a los vientos que pudieran estropear su cosecha. No se descuida, no abandona su finca, esta atento cuidándola para obtener los frutos deseados.
¿Seremos así nosotros en nuestra vida espiritual? ¿Cultivamos nuestra fe y nuestro amor para que se manifiesten luego en los verdaderos frutos de una vida cristiana?

viernes, 9 de octubre de 2015

La madurez de nuestra vida cristiana se manifiesta en la firmeza de nuestros principios y en la fidelidad en todo momento a los valores del evangelio

La madurez de nuestra vida cristiana se manifiesta en la firmeza de nuestros principios y en la fidelidad en todo momento a los valores del evangelio

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

El hombre maduro es una persona con principios, sabe lo que quiere y a la hora de tomar decisiones lo hace con firmeza y valentía, aunque algunas veces le cueste; intenta que nada le tuerza de su camino y trata de actuar en su vida conforme a esas ideas, esos principios que son como su norte y su guía.
El cristiano todo eso lo ve desde el prisma de la fe y será Jesucristo y su evangelio la fuente de sus principios y el motor de su vida. Un autentico cristiano es el que ha hecho una opción firme y clara en su vida por Jesús y su evangelio. Se siente verdaderamente libre con la mayor de las libertades, pero trata de encauzar su vida desde esos valores del Evangelio porque ahí cifra toda su felicidad y la mayor plenitud de su vida. Y es que Jesús no ha venido a anular al hombre en su libertad, sino precisamente a darle una mayor profundidad que le haga caminar por los caminos de la plenitud más grande en su dignidad.
Sin embargo somos conscientes que son muchos los cantos de sirena, por llamarlos de alguna manera, que nos quieren llamar la atención y distraernos de ese camino que hemos emprendido. Son muchas las cosas de nuestro entorno que pudieran atraernos y arrastrarnos por caminos bien distintos de los del evangelio. Es ahí donde un cristiano siempre ha de andar vigilante, atento, fiel a sus principios y a sus valores para que el mal no se introduzca en el corazón. No podemos bajar la guardia porque de una manera muy subliminal con apariencias de bien la tentación quiere engañarnos.
Muchas veces tenemos la tendencia a aflojar la tensión, o nos decimos, bueno, eso son pequeñeces, cosas de menor importancia y no pasa nada porque un día podamos consentirnos en algo. Pero ya sabemos que es como una pendiente muy resbaladiza que nos hace caer casi sin darnos cuenta y luego nos costará detenernos para enderezar el rumbo de nuestra vida.
Es la reflexión que me hago a partir del evangelio de este día. Todo parte de aquel momento en que Jesús expulsa el demonio de un hombre poseído por un espíritu inmundo y de los comentarios interesados que algunos se hacen. Pero Jesús quiere prevenirnos y recordarnos que no podemos andar con medias tintas, nadando entre dos aguas, como se suele decir. Que nuestra opción por El y por el evangelio tiene que ser total en nuestra vida. ‘El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama’, nos viene a sentenciar Jesús de forma radical.
Luego nos hablará de cómo siempre el diablo ronda buscando la manera de tentarnos y hacernos caer otra vez. ‘Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero, como no lo encuentra, dice: Volveré a la casa de donde salí." l volver, se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio’.
Creo que todos habremos pasado alguna vez por la experiencia de que en cosas que pensábamos que teníamos ya superadas en ese camino de ascesis que hemos ido haciendo en nuestra vida, de repente, sin saber cómo, volvimos a tropezar en la misma piedra y volvimos por las andadas. Quizá habíamos aflojado la guardia, como solemos decir, pensábamos que todo estaba superado y no mantuvimos la debida vigilancia y volvimos a tropezar en lo mismo. Cuántas experiencias personales podríamos cada uno contar.
Es el camino de superación que hemos de ir recorriendo siempre, no olvidando nunca nuestros principios y nuestros valores, apoyándonos de verdad en el Señor para mantenernos fieles. Que así se manifieste la madurez de nuestra vida, de nuestro compromiso cristiano cuando de verdad amamos a Jesús y queremos seguirle por los caminos del evangelio.

sábado, 4 de julio de 2015

Hemos de ser el hombre nuevo de la gracia que se deja conducir por el Espíritu que todo lo renueva

Hemos de ser el hombre nuevo de la gracia que se deja conducir por el Espíritu que todo lo renueva

Génesis 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Mateo 9, 14-17
Cuántos propósitos nos hacemos casi cada día. Es cierto que queremos ser mejores, corregirnos de ciertas cosas que nos damos cuenta que no son tan buenas, desearíamos tener siempre buenas actitudes hacia los demás, pero quizá nos damos cuenta que muchas veces las cosas se nos quedan en buenos deseos y no avanzamos como nos gustaría. Esto que nos sucede en la vida de cada día en su aspecto más humano y si queremos decir más terreno, nos sucede en nuestra vida espiritual y en todo lo que compromete nuestra vida cristiana.
Quizá nos suceda que vamos poniendo parches o remiendos en nuestra vida pero nos hemos planteado seriamente la radicalidad de lo que significa ser cristiano, ser discípulo de Jesús, vivir el Reino de Dios plenamente en nuestra vida. Es cierto que las batallas no las ganamos todas de una vez y de alguna forma hemos de ir como planificando ese camino de superación, de ascesis que hemos de ir haciendo en nuestra vida, pero hemos de tener claras las metas hacia las que aspiramos, hemos de tener claro lo que entraña querer vivir el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y nos propone que a la larga es vivir nuestra vida cristiana.
Nos hemos de dar cuenta de que esas cosas que iremos haciendo en ese camino de superación y de purificación interior no son metas en si mismas, sino que todo eso ha de ayudarnos a alcanzar esa meta final de vivir el Reino de Dios en toda su plenitud, que ahora en este vida lo iremos siempre viviendo imperfectamente a causa de nuestras flaquezas y debilidades, pero que tenemos la esperanza de que un día lo alcanzaremos en plenitud en Dios.
Los discípulos de Juan y los fariseos vienen a plantearle a Jesús ‘cositas’ podemos decir cuando le preguntan si sus discípulos ayunan o no ayunan; para ellos lo de ayunar se había convertido en algo así como un reglamente que hay que cumplir y parecía que la meta estaba en ello. Jesús quiere que le demos otro sentido a las cosas que hagamos incluso en ese sentido penitencial. No es el ayuno o la penitencia la que nos salva, porque quien nos salva es Jesús que es el único Salvador. Pero ese ayuno o esa penitencia serán unos peldaños que nos tienen que ayudar a ir subiendo en esa purificación interior, en ese camino de superación para alcanzar a vivir las actitudes profundas del Reino de Dios.
No son remiendos los que hemos de poniendo en nuestra vida con las cosas que hagamos, sino que hemos de buscar ser ese hombre nuevo del que nos habla san Pablo, o esos odres nuevos de los que nos habla hoy Jesús en el evangelio. No es vestirnos por fuera como si todo se quedara en apariencia, sino que ha de ser el cambio interior, profundo que nos haga ser hombres nuevos.
Por eso nos dice hoy que a vino nuevo, odres nuevos. Es el vino nuevo del Reino de Dios que nos ha de hacer en verdad ese hombre nuevo de la gracia. Y digo hombre nuevo de la gracia, porque no es solo cuestión de voluntarismo por nuestra parte, sino que es cuestión de gracia, de dejarnos conducir por el Espíritu de Dios que es quien lo transforma todo.

miércoles, 15 de octubre de 2014

El testimonio de vida de santa Teresa sigue siendo un grito a la Iglesia de hoy para seguir buscando la fidelidad al evangelio

El testimonio de vida de santa Teresa sigue siendo un grito a la Iglesia de hoy para seguir buscando la fidelidad al evangelio

Eclesiástico, 15, 1-6; Sal. 88; Mt. 11, 25-30
‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Es la antífona que nos propone la liturgia para comenzar hoy la celebración de esta fiesta de santa Teresa de Jesús. Sedienta de Dios buscó a Dios, lo encontró y se llenó de Dios, se transverberó en Dios en las más profundas cotas de contemplación mística.
Hace quinientos años nació en Ávila y allí a los veinte años se consagró al Señor entrando en el Monasterio de la Encarnación. Por eso estamos iniciando este año jubilar que celebra toda la orden de los Carmelitas y también toda la Iglesia de España con motivo de este quinientos aniversario de su nacimiento. Esperamos, incluso, que a lo largo del año el Papa Francisco, como lo ha prometido, se haga presente en Ávila y en Alba de Tormes, quizá en un viaje relámpago, en esta hermosa conmemoración que estamos haciendo este año.
Su vida fue una búsqueda de Dios, búsqueda afanosa y dura en momentos con sequedades en el espíritu, con momentos de crisis en que más buscaba la comodidad dentro del convento que el sacrificio hasta que se encontró con la sabiduría de Dios que le conduciría por altos caminos de santidad. Después de muchos años en el convento entre dudas y tormentos por fin convirtió totalmente su corazón a Dios y sintió que Dios la impulsaba por caminos de reforma y renovación no solo de su vida, sino también de los conventos del Carmelo. Había recorrido un largo camino de ascesis y de purificación subiendo poco a pocos las moradas de su Castillo interior hasta llegar al éxtasis supremo de su vida mística donde ya no vivía sino para Dios y para vivir plenamente unida a El.
Después de fundar el convento reformado de san José en la propia Ávila inició el camino de la reforma como mujer andariega por los caminos de Castilla y de España entera para ir multiplicando las fundaciones de los nuevos conventos nacidos de la reforma del Carmelo; tarea en la que se vio ayudada por otro gran santo reformador y místico también de la Orden del Carmelo, San Juan de la Cruz. Moriría en Alba de Tormes tal día como hoy en medio de sus grandes recorridos por los caminos de Castilla mientras se dirigía a Salamanca en esa tarea reformadora de la Orden del Carmelo.
 Bien podemos aplicar a santa Teresa lo que nos ha descrito el libro del Eclesiástico que escuchábamos en la primera lectura:El que teme al Señor obrará así, observando la ley, alcanzará la sabiduría’. Buscaba a Dios y se encontró con la sabiduría de Dios; el Dios que se revela y manifiesta a los que son pequeños y humildes, como escuchábamos en el evangelio, llenó el corazón de Teresa cuando purificándose y liberándose de todos sus apegos tras un duro camino de ascesis, supo vaciarse de si misma  y Dios llenó e inundó su corazón.
‘La alimentó con el pan de la sensatez y le dio a beber el agua de la prudencia… la llenó de sabiduría e inteligencia…, para que abriera su boca en la Asamblea…’ podemos parafrasear el texto de la primera lectura viendo la misión que tuvo santa Teresa en medio de la Iglesia. Asumió ella su misión y ella la humilde monja del convento se convirtió en maestra de la sabiduría de Dios en medio de la Iglesia con sus escritos y con el testimonio de su vida y quiso ser fiel a Dios y a la Iglesia hasta su muerte. La Iglesia lo ha reconocido no solo proclamándola como santa a quien podemos y tenemos que imitar y que se convierte en intercesora nuestra en el cielo, sino también declarándola doctora de la Iglesia porque de ella podemos aprender esos caminos de la mística que nos conducen a la perfección más alta y a la unión más profunda con Dios.
El testimonio y la vida de santa Teresa sigue siendo un grito que resuena hoy en medio de la Iglesia también en nuestros tiempos. No eran fáciles los momentos que vivió la santa en su tiempo pero tuvo la energía y la fortaleza de Dios para emprender la reforma de aquella parcela de la Iglesia,  que era la vida religiosa en aquellas comunidades del Carmelo para que mantuvieran su fidelidad al evangelio y a lo que era el espíritu de la Orden Carmelita desde el principio, pero que había comenzado por la propia reforma de su corazón para que fuera totalmente para Dios.
Su testimonio y ejemplo nos ayuda en nuestros tiempos que también decimos en muchas ocasiones que son difíciles, pero que también son el tiempo de Dios hoy para nosotros y para nuestro mundo; ese tiempo de Dios en que también hemos de saber buscar y encontrar esas raíces del Evangelio, ese espíritu del Evangelio que debe impregnar todo el sentir de la iglesia y todo el sentido de nuestra propia vida que hemos de reconducir por caminos de mayor fidelidad y santidad.

Testimonio y ejemplo para la Iglesia hoy; testimonio y ejemplo que personalmente para cada uno se ha de convertir en llamada del Señor a esa renovación de nuestra vida por caminos de mayor fidelidad y santidad. 

lunes, 15 de octubre de 2012


Un modelo de camino de perfección, santa Teresa de Jesús

Ecl. 15, 1-6; Sal. 88; Mt. 11, 25-30
‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Con esta antífona tomada de los salmos comienza la liturgia este día de la fiesta de Santa Teresa de Jesús. ¡Qué mejor para expresar el ansia de Dios de aquella alma sedienta de infinito que llegó a unión tan profunda con Dios en la mística de la contemplación!
Contemplar a Santa Teresa de Jesús es contemplar un ‘camino de perfección’ que fue todo el trascurso de su vida. A los diez y ocho años entra en el Carmelo, en el Monasterio de la Encarnación de Ávila donde había nacido. Han de pasar muchos años de luchas, de altibajos, de momentos de sequedad y momentos de consolación hasta que va subiendo poco a poco los peldaños de ese castillo interior que le llevaría a la perfección y a la santidad.
Ella misma lo narra con toda sinceridad en el libro de su vida. Momentos de cercanía de Dios y momentos de aridez espiritual, pero en los que poco a poco va enamorándose más y más del Amor de su vida. Era una guerra interior como ella misma explica. ‘Ni yo gozaba de Dios, ni traía contento en el mundo. Cuando estaba en los contentos del mundo, en acordarme de lo que debía a Dios era con pena; cuando estaba con Dios, las aficiones del mundo me desosegaban’. Pero poco a poco fue profundizando en oración que para ella era sentirse mirada de Dios para tratar con El de las cosas del Amado.
Cuando finalmente se da totalmente a Dios emprende la reforma del Carmelo, se va a San José, en el mismo Ávila y luego recorrería los caminos de España como la monja andariega fundando conventos y monasterios a lo largo y ancho de toda la geografía peninsular. Con san Juan de la Cruz colaboró en la reforma de la Orden Carmelitana que haría tanto bien a la Iglesia.
En la liturgia de este día se nos dice que el Señor suscitó a Santa Teresa para mostrarnos el camino de perfección, ya que se convierte en maestra de oración y de vida espiritual para todos nosotros. La Iglesia no solo reconoce su santidad sino que también la ha proclamado Doctora de la Iglesia, por lo que su vida se convierte en una escuela de enseñando de vida espiritual para toda la Iglesia, que enciende en nosotros los deseos de la verdadera santidad.
Aunque estamos lejos de esa santidad es el camino de perfección que nosotros tenemos que saber emprender también. Un camino de purificación, de humildad, de ascesis, de crecimiento interior. Un camino en el que hemos de ir creciendo también en nuestro espíritu de oración, aunque como le sucedía en principio a santa Teresa sintamos también tanto desosiego interior cuando intentamos sentirnos mirados por Dios en la oración. Pero como ella misma decía en inigualables versos ‘nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta’.
Que aprendamos nosotros a sentir también esas ansias de Dios, como expresábamos con el salmo en la antífona de entrada de la liturgia de este día. Que en verdad estemos sedientos de Dios y busquemos las fuentes de agua viva que nos lleven a la plenitud, nos hagan caminar esos caminos de perfección y santidad.
Como tantas veces hemos meditado en el evangelio que hoy también se nos proclama que sepamos hacernos, pequeños, humildes y sencillos porque es el camino que nos lleva mejor a conocer a Dios.