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lunes, 3 de junio de 2024

Seamos capaces de reconocer nuestras piedras de tropiezo y debilidades, para que encontremos esa piedra adecuada que se convierta en piedra angular de nuestra vida

 


Seamos capaces de reconocer nuestras piedras de tropiezo y debilidades, para que encontremos esa piedra adecuada que se convierta en piedra angular de nuestra vida

2 Pedro 1,1-7; Salmo 90; Marcos 12,1-12

A veces no sabemos por qué reaccionamos de una determinada manera ante situaciones que se nos presentan inesperadas o antes cosas que nos suceden por una parte y que no entendemos por qué nos pasan esas cosas, o también cuando alguien nos dice algo que nos toca la fibra más delicada de nuestra vida, algo que nos afecta, algo que nos pone el dedo en la llaga como suele decirse. Levantamos la voz, nos ponemos a gritar, surgen actitudes o gestos de violencia en nuestras palabras o incluso en lo casi intentamos hacer. ¿Qué nos está sucediendo?

Así vemos que fue la reacción de los principales judíos cuando escucharon la parábola que les propone. Aquellos viñadores a los que se les había confiado el cuidado de una viña, que además el dueño había preparado con mucho mimo, que no quieren rendir cuentas de los frutos recogidos para hacer los necesarios repartos entre unos y otros. Enviara quien enviara todos fueron tratados mal, incluso el propio hijo del propietario enviado finalmente es rechazado y lo matan fuera de la propia viña.

Se ven retratados los dirigentes del pueblo judío. ¿Qué han hecho con aquella viña que Dios ha puesto con tanto esmero y cuidado en sus manos? ¿Qué hicieron con los profetas enviados de Dios que eran rechazados y muchos murieron en consecuencia? ¿Qué es lo que van a hacer ahora con el Hijo? Nosotros que escuchamos la parábola hoy la interpretamos fielmente poniendo cada cosa en su sitio. Pero la parábola hoy la escuchamos no solo para interpretar cómo los judíos en la época de Jesús podían verse reflejados en ella, sino que somos nosotros hoy los que tenemos que hacer una lectura de la parábola viéndola en el hoy de nuestra vida, con nuestras circunstancias, con nuestras forma de reaccionas y de entender las cosas, porque es hoy Palabra que Dios quiere decirnos a nosotros y con lo que querrá señalarnos algo en concreto para nuestra vida.

Pensemos en las interpretaciones que nos hacemos tratando de que sea siempre algo suave para nosotros. también nos cuesta enfrentarnos a la cruda realidad, tampoco nos gusta que nos ponga en el dedo en la llaga, o en esas cicatrices que hemos ido dejando en nuestra vida detrás de esos choques violentos de una forma o de otra que tantas veces tenemos, detrás de esa rencillas y resentimientos que muchas veces incluso llegan a modelar nuestro carácter y nos volvemos reservados y desconfiados, detrás de esas vanidades con que nos adornamos para parecer buenos, para decir que nosotros sí cumplimos cuando lo hacemos detrás de la fachada de la apariencia pero con poca sinceridad en el corazón.

Son tantas las heridas que llevamos en el alma que hasta nos cuesta reconocernos con sinceridad. Y no nos gusta que nos lo digan. Matamos al mensajero que viene a señalarnos donde están nuestros peligros. Como los obreros de la viña. Nos queremos aprovechar de todos los méritos, que nadie nos haga sombra. Y si podemos poner un poquito más ya estaremos arrimando bien el ascua a nuestra sardina.

La parábola nos pone en entredicho muchas de las cosas que hacemos y a veces con toda naturalidad pero que sabemos bien que no andamos en lo correcto, que no andamos con la conciencia muy limpia, porque siempre tenemos nuestras pegas, nuestras disculpas, nuestras pantallas para que no se vea con claridad allí donde metemos la pata. Y todos podemos meter la pata, porque somos humanos y llenos de debilidades. Seamos capaces de reconocerlo, para que encontremos esa piedra adecuada que se convierta en piedra angular de nuestra vida. Encontraremos un verdadero tesoro.

domingo, 3 de diciembre de 2023

Vuélvete Señor, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, es la súplica con que iniciamos el camino del Adviento

 


Vuélvete Señor, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, es la súplica con que iniciamos el camino del Adviento

Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7; Sal 79; 1 Corintios 1, 3-9;  Marcos 13, 33-37

Supongamos que tenemos un terreno, que tenemos un campo de cultivo en el que tenemos plantada una viña; lo trabajamos y esperamos recoger un día sus frutos; ha sido confiado a unos labradores, pero el amo de la viña vendrá con frecuencia a visitar su viña, a escuchar a aquellos labradores que la trabajan para ver lo que se necesita para hacerla producir mejor, no solo para recoger un día los frutos, sino también para recrearse en ella y en cuanto está produciendo. El amo de la viña viene y aquellos encargados del cuidado de la viña están atentos a su llegada, lo esperan, lo escuchan, como un día al final de la cosecha han de rendir cuentas de ese trabajo.

Me he querido detener en esta imagen porque de alguna manera es lo que ahora estamos viviendo, de manera especialmente intensa en este tiempo de Adviento que comenzamos. Es lo que, podríamos decir, viene a recordarnos. Es lo que esperamos y anhelamos, la venida del Señor al campo de nuestra vida y de nuestro mundo, es lo que pedimos y para lo que queremos prepararnos. Porque queremos pensar de manera especial en esa venida del Señor en el hoy de nuestra vida. Y es lo que con especial intensidad tenemos que vivir en este momento.

¿Cómo está el campo de nuestra vida? ¿Cómo está el campo de nuestro mundo? Tenemos la tentación y el pesimismo de verlo todo poco menos que perdido. Es cierto que hay cosas que nos desalientan, nos preocupan, nos inquietan, tenemos el peligro de perder la paz de nuestros corazones. Son muchas, es cierto, las turbulencias que vive nuestra sociedad hoy; muchos los desencantos y mucha también la indiferencia, aturdidos por el materialismo de la vida - ¿en qué convertimos incluso la navidad que vamos a celebrar? -, arrastrados por la superficialidad que se impone de muchas maneras para hacer que tantos vayan a su rumbo sin metas, sin valores, despreocupados de todo e insolidarios. Y podemos caer en esas redes, se nos pueden enfermar las plantas que pretendemos cultivar esa finca de la vida.

Clamamos al Señor, como decíamos en el salmo que se nos ofrece hoy en la liturgia, ‘Despierta tu poder y ven a salvarnos… Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, y al hijo del hombre que tú has fortalecido…’

‘Ven, Señor, a salvarnos’, es la súplica que en estos días estará en nuestros labios y en nuestro corazón. No solo en estos días, ha de ser algo presente siempre en nuestra vida, en nuestra oración. Cada día tenemos que aprender a descubrir y a sentir la presencia de Dios con nosotros. Cada día hemos de recibirle y escucharle, cada día hemos de sentir su presencia que se hace fuerza y que se hace vida en nosotros para no desalentarnos en nuestras tareas, para no dejarnos arrastrar por esa indiferencia o ese materialismo de la vida que todo lo inunda, para darle profundidad a lo que hacemos y a lo que vivimos. Solo así podremos obtener los buenos frutos que el Señor nos pide.

Vamos a celebrar la Navidad y para eso queremos prepararnos durante este tiempo del Adviento, pero al recordar y celebrar su venida recordamos también que El prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. Y es lo que tenemos que saber descubrir esa venida del Señor cada día a nuestra vida. El nos va saliendo al encuentro de muchas maneras y tenemos que saber descubrir y sentir su presencia.

Hay como tres imperativos que nos deja hoy Jesús en el evangelio y que son todo un programa de adviento. Estad preparados, nos dice, vigilad. Firmes en la fe, frente a cuanto nos rodea y nos puede envolver. No podemos perder esa línea de fe en todo aquello que vamos haciendo. Es lo que tiene que motivarnos, es lo que nos va a ir dando luz en medio de las oscuridades poniendo una nueva claridad en nuestros ojos, es lo que nos hará descubrir realidades nuevas en medio de todo ese revoltijo de la vida, es lo que nos hará no perder el rumbo frente a los vientos que nos pueden arrastrar por otros caminos, es lo que nos da la certeza de que con el amor es como podremos salvar el mundo. Diligentes en el amor. Es por el amor por lo que tenemos que apostar. Es el amor el que creará una nueva humanidad.

Por eso nos dice también que no nos dejemos engañar por el olvido de Dios, por el secularismo galopante, por el materialismo seductor que reina en nuestra sociedad. Por eso vigilantes, atentos, para escuchar al Señor. Es su Palabra la verdadera luz de nuestra vida que nos conduce a la verdad. Es Cristo nuestro único camino que nos conduce a la vida y nos llena de nueva vida.

Y ‘no tengáis miedo’, nos dice el Señor. No nos podemos sentir agobiados, no podemos perder la paz, nunca nos podremos sentir derrotados aunque sabemos que somos débiles y tenemos nuestros tropiezos. Siempre podemos levantarnos, despertarnos, arrancar de nuevo. Es la esperanza que tiene que llenar nuestra vida. Es la esperanza que tratamos de despertar ahora en este tiempo de Adviento, pero que tiene que acompañarnos siempre. Creemos en el que ha vencido la muerte y el pecado y a nosotros nos lleva también a esa victoria.

Por eso iremos repitiendo muchas veces, mientras seguimos cultivando aquel campo que ha puesto en nuestras manos para que un día produzca abundantes frutos, aquel cántico del Apocalipsis ‘maranatha, ven Señor Jesús’.

 

viernes, 5 de marzo de 2021

La historia, maestra de la vida, con ojos de fe se hace para nosotros historia de salvación donde siempre descubriremos el actuar de Dios por el bien del hombre

 


La historia, maestra de la vida, con ojos de fe se hace para nosotros historia de salvación donde siempre descubriremos el actuar de Dios por el bien del hombre

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

La historia es maestra de la vida. Esos acontecimientos vividos, ya sea en nuestra historia personal, ya sea aprendiendo de lo que ha sucedido en otros tiempos y a otras personas puede ayudarnos a leer esos acontecimientos, encontrar el sentido de lo que hacemos y también, ¿por qué no? de los errores del pasado aprender para no repetirnos en los mismos tropiezos, aunque no siempre lo logramos por ser malos aprendices.

Cuando hacemos una lectura atenta de lo que ha ido sucediendo a través de la historia, aprendemos; es una sabiduría acumulada en el pensamiento de tantos antes que nosotros que supieron buscar un sentido a la vida, que aprendieron desde lo acontecido a sacar pautas para nuestro actuar y hasta en muchas ocasiones aquellos acontecimientos sucedidos en otro tiempo pueden ser como calcos de lo que ahora nos sucede y es donde tenemos que aprender. Es lo que llaman la filosofía de la historia que es también la historia de la filosofía o lo que es lo mismo del pensamiento del ser humano que reflexiona sobre lo que le sucede y deduce principios de vida y pautas para nuestro caminar.

Pero el creyente añade algo más a todo eso que en lo humano podemos descubrir y nos puede ayudar. Para el creyente vista la historia igual que mira la vida con ojos de fe para descubrir la presencia de Dios termina reconociendo que la historia es para nosotros una historia de salvación. Llamamos habitualmente historia de salvación todo lo que la Biblia nos refleja de la historia de aquel pueblo, porque en ese pueblo de manera especial vemos el actuar de Dios que aun dejando al hombre en la entera libertad para su actuar, como don que le ha regalado el Señor, sin embargo Dios se va haciendo presente en esa historia y nos va guiando en ese camino aunque muchas nos lo queremos construir solamente a nuestra manera.

Por eso para nosotros la Biblia se ha convertido en libro sagrado que nos trasmite lo que es la voluntad y el deseo de Dios, la Palabra de Dios. Un camino que ha recorrido la humanidad que muchas veces se ha convertido en camino de contradicciones, pero que es también y así se nos refleja un camino de fidelidad pero también de infidelidades. Pero siempre detrás de todo ese actuar del hombre veremos la presencia y el actuar de Dios, presencia que es siempre presencia de amor, llamada de amor de Dios al hombre para que sepamos descubrir el camino de felicidad que Dios traza para el hombre.

Lo que hoy nos han trasmitido los dos textos sagrados que se nos ofrecen en la liturgia de este día es una imagen de todo esto que venimos reflexionando. La historia de José y sus hermanos, los hijos de Jacob, es un fiel reflejo de nuestra historia tan llena de ambiciones, envidias, rivalidades y traiciones. Lo vemos en esos pocos versículos que hoy hemos escuchado y es fiel reflejo de nuestra vida. Pero además hay algo más y es como Dios a través incluso de esos hechos de maldad y de inhumanidad va guiando los hilos de la historia y eso se va a convertir en momento muy importante en todo lo que seria la historia de la salvación. Todo el camino del éxodo arranca de este momento es que José es vendido y llevado como esclavo a Egipto, camino que será historia en la que Dios se manifestará para ofrecer su salvación a aquel que iba a ser su pueblo.

Pero es que además Jesús con la parábola que nos propone hoy en el evangelio le hace también una lectura de la historia llena de infidelidades y traiciones de aquel que había sido su pueblo y que había cuidado como el agricultor que había plantado su viña y había preparado debidamente su finca. Una viña, una historia, una vida que había confiado Jesús a su pueblo, pero el pueblo no había sabido rendirle sus frutos. Bien entendieron los fariseos y los jefes del pueblo la parábola que les proponía Jesús, porque luego fueron más fuertes sus deseos de quitarlo de en medio.

Pero no miramos solo para detrás para quedarnos en otras historias o cosas sucedidas en otros tiempos; miramos lo que es nuestra propia historia, nuestra propia vida bien reflejada tanto en la parábola como en la historia de José. Es la lección que tenemos que aprender, son los ojos nuevos con que tenemos que mirar, porque vamos a mirar la historia de nuestra vida con la mirada de Dios, con los ojos de Dios. A través de ese filtro si veremos todos los matices de nuestra historia pero sobre todo tenemos que descubrir todo lo que es el amor que Dios nos tiene que a pesar de nuestras infidelidades nos sigue llamando y sigue queriendo contar con nosotros.

Leyendo la historia para tener la lección bien aprendida pone una nueva página en blanco en nuestras manos para que escribamos el ahora de nuestra historia, el ahora de nuestra vida siempre con la esperanza de un día llegar a la meta con una hermosa nueva historia de salvación, para alcanzar la salvación definitiva y final que Dios nos ofrece.

viernes, 13 de marzo de 2020

Cuidemos la vida y el mundo para embellecerlo en frutos de valores que nos engrandecen y evitando la destrucción a que en ocasiones le sometemos con nuestra maldad


Cuidemos la vida y el mundo para embellecerlo en frutos de valores que nos engrandecen y evitando la destrucción a que en ocasiones le sometemos con nuestra maldad

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46
Cada día en mi paseo con mi perrito paso entre los viñedos de mi pueblo asentados en las cercanías de mi casa. A lo largo del año voy viendo todo el proceso que lleva su cultivo, preparando las tierras y liberándolas de toda maleza que pueda dañar el cultivo y desarrollo de la vida, pero contemplando también en su tiempo las podas que liberan de ramajes inútiles e innecesarios, pero también cómo en la medida que van surgiendo y creciendo los distintos brotes se sulfatan para liberarlos de dañinas plagas hasta ver brotar sus frutos en hermosos racimos cortados a su tiempo para llevar al lagar. En ocasiones son los propietarios quienes realizan su labor o en otras son personas que las han arrendado para cultivarlas, pero siempre con mimo y esmero esperando obtener los mejores frutos a su sacrificado trabajo. Pero siento la tristeza también de los terrenos abandonados, de las viñas no cuidadas y, podríamos decir, enterradas en medio de zarzales y de abrojos que las ahogan y no las dejan producir.
Confieso que me recuerda continuamente diversos momentos del evangelio como la parábola que hoy se nos ofrece. No habla también de un propietario de una vida que la preparó y la cuidó de la mejor manera posible, confiándola a unos viñadores para que continuaran el trabajo y le hicieran rendir los mejores frutos. Pero aquellos arrendadores se creyeron dueños en su ambición haciéndose oídos sordos para el rendimiento de cuentas a quien era el verdadero propietario.
Cuando escuchamos una parábola ya sabemos que no nos quedamos en la literalidad de lo que es la narración que se nos ofrece en ella, pero bien sabemos que todos los detalles que se nos ofrecen han de tener su traslación a lo que es nuestra vida concreta y a lo que es el meollo del mensaje que se nos quiere ofrecer. Así tenemos que hacerlo con esta parábola tratando de interpretar y entender muy bien lo que significa cada uno de los personas o en este caso hasta la misma propiedad de la viña.
Aquellos escribas y fariseos que escucharon de labios de Jesús la parábola bien entendieron su significado sabiendo que iba por ellos y por lo que ha sido toda la historia de Israel. Se sintieron aludidos, de manera que esto les motivaba más para tratar de eliminar a Jesús.
¿Nos sentiremos aludidos nosotros de igual modo? ¿Esa viña cuidada y preparada por aquel propietario que luego confió a aquellos viñadores no estará significando también la historia de nuestra vida? Ese regalo que Dios ha puesto en nuestras manos, como ha sido toda la creación para el servicio del hombre, de la humanidad, que Dios nos confía no solo para que la cuidemos en su primigenio estado sino que la desarrollemos y hagamos crecer llenando de vitalidad nuestro mundo, un mundo que no es solo exclusividad de algunos sino que es bien y riqueza para toda la humanidad.
¿Qué hacemos de nuestra vida?, nos preguntamos. ¿Qué estamos haciendo de nuestro mundo? Tenemos que interrogarnos nosotros y sentirnos interpelados por cuando sucede en nuestro mundo desde el mal uso, la mala administración que nosotros estamos haciendo de esa riqueza de la creación.
Con demasiado egoísmo tratamos nosotros nuestra propia vida, como toda la obra de la creación, porque nos adueñamos de ella como si fuera algo exclusivo nuestro que podemos hacer con ello lo que nos da la gana. Será el mal trato que le damos a nuestra propia vida cuando no solo no la cuidamos sino que la dañamos con tantos abusos que de ella hacemos. Podemos pensar en ese mundo de violencia en que nos vemos envueltos, como puede ser tantas cosas viciosas que dañan nuestra vida por el mal uso que hacemos de cuanto está en nuestras manos. Y pensamos, repito, en nuestra propia vida, pero tenemos que pensar en todo lo que hacemos con nuestro mundo que en lugar de embellecerlo muchas veces lo que hacemos es destruirlo.
Muchas más consideraciones podríamos hacernos al hilo de esta parábola, pero valgo esto para hacernos tomar conciencia de la responsabilidad con que hemos de tratar nuestra vida y la naturaleza de ese mundo que nos rodea y en el cual vivimos. ¿Qué dejaremos o cómo lo vamos a dejar para cuantos vienen después de nosotros? ¿Será como esas viñas maltratadas o descuidadas que a veces nos encontramos en nuestro entorno?

miércoles, 17 de mayo de 2017

Cultivemos nuestra vida cristiana y nuestra espiritualidad con el mimo con el que el agricultor cuida su viña para que de buenos frutos

Cultivemos nuestra vida cristiana y nuestra espiritualidad con el mimo con el que el agricultor cuida su viña para que de buenos frutos

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8
Cada mañana o cada tarde en mis habituales paseos diarios tengo la suerte de disfrutar pasando junto a una pequeña finca que esta plantada con viñas y frutales. Es una delicia pasar junto a ella sobre todo en esta época primaveral donde cada día se ve brotando con fuerza todo lo que en ella esta plantado. Ahora las viñas están en toda su frondosidad y colorido haciendo que sus ramas incluso se vuelquen sobre el propio camino. Ahí vemos surgir toda la fecundidad de la vida. Es triste cuando al pasar ve uno algunas de sus ramas o sarmientos que han sido desgajados y comienzan a secarse sus hojas sobre el resto de la planta en plena fluoración. Serán unos sarmientos que se han desgajado de la cepa y no podrán fruto.
Es la imagen que se ha revivido en mi mente al escuchar el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece en la liturgia. Nos habla de la vid y de sus frutos; nos habla de los sarmientos unidos a la vid, a la cepa para que puedan dar frutos; nos habla de la poda a su tiempo, no fuera de lugar, para que la planta pueda resurgir tras el invierno con fuerza y dar buenos frutos; nos habla de los sarmientos que se secan y no valen sino para echarlos al fuego. Nos habla en fin de cuentas de que tenemos que estar unidos a Jesús como los sarmientos a la vida porque sin El no podremos dar fruto.
Las imágenes tienen fuerza en si mismas y nos hablan con pocas palabras pero diciéndonos cosas muy importantes. Nos están hablando de esa necesidad de que vivamos unidos a Cristo porque sin El nada somos y no podremos dar frutos de vida eterna. Es algo en lo que podemos fallar fácilmente, porque nos creemos fuertes, porque creemos que ya sabemos lo que tenemos que hacer, que tenemos fuerzas por nosotros mismos, y abandonamos nuestro cultivo espiritual, abandonamos la oración, dejamos de vivir con intensidad la vida sacramental y pronto decaemos, pronto nos enfriamos, pronto caemos por la pendiente resbaladiza de la superficialidad y viene la tibieza espiritual, y al final nos sentimos como desgajados de lo que tiene que ser en verdad nuestra vida cristiana.
Pero nos están hablando de todo lo que es un programa de ascesis en nuestra vida cristiana. De cuantas cosas tenemos que purificarnos, cuantas cosas inservibles tenemos que arrancar, podar de nuestra vida. Es esa purificación, ese revisarnos, ese plantearnos una y otra vez lo que son nuestras metas y nuestros ideales para ver si lo estamos logrando, si de verdad vamos dando esos pasos que nos hagan crecer en nuestro espíritu, en nuestra espiritualidad cristiana.
A muchas consideraciones los llevan estas bellas imágenes que se nos ofrecen hoy en el evangelio. Yo veo cada día al paso de la finca de la que antes hablaba al agricultor, al viñador cuidando, atendiendo su finca, regando o abonando, poniendo las cosas en su orden o limpiando de las malas hierbas que dañen los frutos, prestando atención a los calores fuertes o a los vientos que pudieran estropear su cosecha. No se descuida, no abandona su finca, esta atento cuidándola para obtener los frutos deseados.
¿Seremos así nosotros en nuestra vida espiritual? ¿Cultivamos nuestra fe y nuestro amor para que se manifiesten luego en los verdaderos frutos de una vida cristiana?

viernes, 17 de marzo de 2017

Sepamos acoger como un don y un regalo lo que de lo demás recibimos en forma de consejo, de palabra amiga o de corrección y eso contribuya a los buenos frutos de nuestra vida

Sepamos acoger como un don y un regalo lo que de lo demás recibimos en forma de consejo, de palabra amiga o de corrección y eso contribuya a los buenos frutos de nuestra vida

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
Hay ocasiones en que no nos sentimos bien, reaccionamos mal cuando alguien nos dice algo que no nos agrada o, por ejemplo, nos pide que seamos más coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos; no nos agrada que nos señalen lo que quizá no hacemos bien, o en forma positiva nos reclamen actitudes buenas, posturas claras y valientes en nuestros comportamientos.
¿Nos falta humildad para reconocer nuestros errores? ¿Miramos con malos ojos al amigo que se atreve a pedirnos una actitud buena, un buen comportamiento en un determinado momento? ¿No nos agrada buen consejo de un amigo que en fin de cuentas lo que quiere es nuestro bien pero que en nuestro orgullo rechazamos porque decimos que nadie tiene que meterse en nuestras cosas y nosotros sabemos lo que tenemos que hacer? ¿Volvemos la espalda a quien nos dice la verdad? Son cosas que en algunos momentos nos pueden pasar. Pero nos creemos demasiado buenos para reconocer que también cometemos errores y no siempre damos el ejemplo que tendríamos que dar.
Frutos buenos tendríamos que saber dar en nuestra vida; así tendrían que resplandecer nuestros valores, así tendríamos que ser también ejemplo para los demás. Hay cosas buenas en nuestra vida que quizá no desarrollamos debidamente, hay talentos que quizás hemos enterrado, hay cualidades que muchas veces no desarrollamos para el bien sino que tenemos la tentación de utilizarlas de manera egoísta y las podemos convertir en un mal en nuestra vida.
Hoy Jesús nos habla en la parábola de una viña bien cuidada y preparada. Nos recuerda esta parábola aquel cántico de amor del antiguo testamento del amigo por su viña. Una viña en esta parábola que el amo confía a unos viñadores que han de cuidarla y sacarle fruto, del que han de rendir cuentas.  La viña parece que está dando sus frutos, pero el dueño de la viña no ve su rendimiento porque aquellos viñadores se aprovechan injustamente de lo que no es suyo y terminan incluso maltratando a los enviados del dueño de la viña o matando al hijo también enviado.
Es cierto que la parábola en su contexto más próximo está haciendo una descripción de la historia de Israel que tanto ha recibido del amor de Yahvé pero que no está dando sus frutos e incluso está rechazando a los enviados de Dios – como tantas veces hizo con los profetas – como ahora está rechazando a Jesús. Bien lo entendieron los sumos sacerdotes y los fariseos que hablaba por ellos y ahora trataban también de echarle mano, aunque temían a la gente.
Pero la parábola hemos de saber leerla, saber escucharla en nuestro corazón en el contexto de nuestra propia vida. ¿Cuál es fruto que nosotros estamos dando a tanto como hemos recibido del Señor en nuestra vida? Todo cuanto recibimos ha de servirnos siempre para el bien; y los dones del Señor se nos manifiestan de muchas maneras. Es cierto ahí están nuestras cualidades, nuestros propios valores, las capacidades que tenemos en nuestra vida y hemos de saber desarrollar para el bien.
Pero también acojamos como un don para nosotros cuanto podemos recibir de los demás; ese buen consejo, esa palabra que trata de poner claridad en nuestras ideas y en nuestra manera de actuar, esa corrección amigable que recibimos acojámosla como esa cosa buena que nos beneficia y nos enriquece; tengamos la humildad de aceptar lo que recibimos también de los demás y no nos creamos tan autosuficientes que creemos que todo nos lo sabemos y que todo lo hacemos siempre bien. Necesitamos esa palabra, ese consejo, esa corrección y todo eso nos ayudará a crecer de verdad. Que se manifieste en los frutos de nuestra vida.

viernes, 27 de mayo de 2016

No podemos ser solo una higuera llena de hojas sino que en nuestra vida se han de manifestar los frutos del amor como respuesta al amor eterno de Dios

No podemos ser solo una higuera llena de hojas sino que en nuestra vida se han de manifestar los frutos del amor como respuesta al amor eterno de Dios

1Pedro 4,7-13; Sal 95; Marcos 11, 11-26

Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas…’ Caminaba desde Betania a Jerusalén y dice el evangelista que Jesús sintió hambre. Pero en la higuera todo se había quedado en hojas, no tenía fruto.
Una imagen bien significativa de lo que Dios pedía de su pueblo; una imagen bien significativa de lo que nos pide a nosotros también. Ya nos hablaba el profeta de la viña amada que tanto había cuidado su amo, pero que no dio uvas buenas, sino agraces; ya nos hablará Jesús también de la viña en la parábola en la que tanto empeño había puesto el amo para confiarla luego a unos labradores que la cuidaran y rindieran fruto, pero no lo hicieron. En el mensaje del evangelio siempre hemos de ver la relación de unos textos con otros y como se explican mutuamente.
Hay una referencia clara al pueblo de Israel. Ahí estaba su historia, una historia de salvación, una historia de amor de Dios por su pueblo a lo largo de la historia; cuánto había hecho por su pueblo con sus profetas y reyes, con la liberación de Egipto y el paso del mar Rojo, con la travesía por el desierto guiados por Moisés, a la sombra de la nube que los cubría, con la luz de la salvación que les conducía. Y ya sabemos bien la respuesta.
Pero el texto de hoy nos relata más cosas, porque al llegar al templo y ver su situación Jesús quiere purificarlo. ‘¿No está escrito: Mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos…’ El lugar santo que tenia que servir para dar culto al Señor, para el encuentro vivo con Dios en la escucha de la Ley y los Profetas y en el cántico de alabanza al Creador se había convertido en un mercado. 
Cómo tenemos la tentación de profanar lo más santo, de convertir aquello que tendría que ayudarnos a nuestro encuentro con el Señor en algo que satisfaga nuestros intereses o busque acrecentar nuestras ganancias. Cuantas tentaciones tenemos de manipular lo más religioso y sagrado solo buscando nuestro interés egoísta. Cómo queremos manipular o chantajear de alguna manera a Dios en nuestra relación con El porque realmente no buscamos la gloria del Señor. ‘El culto que me dan está vacío…’ es la queja del Señor a través de los profetas y que nos refleja también el evangelio.
Por eso hoy tenemos que preguntarnos con toda sinceridad tras la escucha de este evangelio cuál es el fruto que nosotros estamos dando como respuesta a todo lo que es el amor del Señor que de manera tan maravillosa se derrama sobre nuestra vida.
Jesús terminará hablándonos de la fe, la fe capaz de mover montañas, cuando en verdad ponemos toda nuestra confianza en el Señor. No se trata, entendemos bien, de cambiar la geografía de cuanto nos rodea, sino de esa transformación de nuestro corazón. No es un adorno externo que nos ponemos, sino que tiene que ser algo hondo que en verdad transforme y de un sentido nuevo a nuestra vida. Esa fe que nos hace sentirnos amados por un Dios que es Padre del que verdaderamente hemos de sentirnos hijos amados.

viernes, 6 de marzo de 2015

Una parábola que es la historia del amor de Dios siempre fiel que se traduce en la vida nuestra de cada día

Una parábola que es la historia del amor de Dios siempre fiel que se traduce en la vida nuestra de cada día

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
En la parábola del evangelio podemos verlo un claro sentido pascual, porque en ella podemos ver un anuncio que Jesús hace de su propia muerte, al tiempo que viene a ser como un reflejo de toda la historia de la salvación, la historia del propio pueblo de Israel. Ya escuchábamos al final de la parábola que el evangelista nos dice que ‘Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos’.
Refleja la infidelidad del pueblo de Israel que no cuidó de aquella viña que se le había confiado, pero refleja también el amor del Señor por su pueblo que una y otra vez les envía mensajeros que les ayudasen a dar el fruto que se les pedía. ‘Llegado el tiempo envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondía… envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo’. Leer la historia del pueblo de Israel es leer esa historia de amor de Dios por su pueblo; cómo continuamente les está enviando a los profetas que les recuerden la Alianza.
‘Por último les mandó a su hijo…’ continúa diciendo la parábola porque hasta entonces no había habido los frutos de la conversión que se les pedían. ‘Agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron’. Fuera de las murallas de Jerusalén moriría Jesús. ‘Tanto había amado Dios al hombre que le envió a su propio Hijo…’ como tantas veces hemos escuchado en el evangelio y hemos meditado.
Pero es nuestra historia, la historia de la salvación en nuestra vida, la historia del amor de Dios para con nosotros. No nos quedamos en el Antiguo Testamento; miramos nuestra vida, recordamos nuestra vida. ‘Recordad las maravillas que hizo el Señor’, hemos repetido en el salmo. No solo los fariseos y sumos sacerdotes se han de dar cuenta que hablaba de ellos. Recordemos las maravillas que ha hecho el Señor en nuestra vida, recordemos nuestra propia historia, nuestra vida concreta. Cuántos momentos de gracia, cuántas llamadas del Señor, cuántas veces que hemos escuchado su Palabra, cuantas celebraciones de la Eucaristía de los sacramentos; un caudal de gracia del Señor en nuestra vida. Y ¿cuál ha sido nuestra respuesta?
Me atrevo a pensar que aún así el Señor sigue contando con nosotros. A pesar de nuestros fallos, nuestras debilidades, nuestros momentos de infidelidad;  parecería que nada valemos ni nada merecemos, pero el Señor sigue amándonos, sigue contando con nosotros.
Ha recordado Jesús al final de la parábola aquellas palabras del salmo ‘la piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido ahora en piedra angular’. Una clara referencia a sí mismo, rechazado por todos, pero nuestro único Salvador. Piedra angular de nuestra vida es Cristo sobre el que tenemos que fundamentar toda nuestra existencia.
Pero está diciéndonos también que nosotros que parecemos que no valemos nada, que más aun estamos llenos de debilidades y de pecados, sin embargo el Señor quiere contar con nosotros y de nosotros se vale para hacer llegar sus bendiciones y sus gracias a los demás.  ¿No había convertido a Pedro en piedra fundamental de su Iglesia y a pesar de su pecado, a pesar de que lo negó, sigue confiando en él, ‘pastorea mis ovejas, pastorea mis corderos’?
Pedro hizo una porfía de amor por Jesús cuando llorando su pecado se volvió de nuevo hacia El. Lloramos nuestros pecados, somos conscientes de nuestras flaquezas y debilidades, pero nos sentimos amados del Señor y nosotros queremos también porfiar nuestro amor. Este camino hacia la Pascua que estamos haciendo en esta cuaresma es una oportunidad para hacer esa porfía de amor, para convertir nuestro corazón totalmente hacia el Señor, para darle gracias también por todo lo que nos sentimos amados.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Escuchemos la invitación que nos hace el Señor para vivir su reino de salvación dándole gracias por los dones de gracia con que nos regala

Escuchemos la invitación que nos hace el Señor para vivir su reino de salvación dándole gracias por los dones de gracia con que nos regala

Ez. 34, 1-11; Sal. 22; Mt. 20, 1-16
‘Id también vosotros a mi viña’, les va diciendo aquel propietario cuando a las distintas horas del día, al amanecer, a media mañana, hacia el mediodía, a media tarde y ya también al caer la tarde, sale a la plaza en busca de trabajadores para su viña. ‘Os pagaré lo que es debido’, les decía a los que iba llamando en las distintas horas del día, mientras con los del amanecer había quedado apalabrado en un denario por la jornada.
Creo que reflexionando bien sobre la parábola muchas pueden ser las lecciones, mucho puede ser el mensaje que recibamos. Las parábolas nos hablan del Reino de Dios; son comparaciones que nos propone Jesús para que entendamos por medio de las imágenes que nos propone el sentido y los valores nuevos que se nos ofrecen con el Reino de Dios, lo mismo que las actitudes negativas que tenemos que corregir o arrancar de nuestro corazón.
Primero en esa llamada, y en esa llamada a las distintas horas del día, podemos escuchar la llamada que el Señor nos hace para vivir en su Reino. No importa la hora ni el momento, pero el Señor nos va llamando a cada uno en el momento propicio. A su reino todos estamos invitados, porque la salvación que Jesús nos ofrece es para todos. Puede ser que algunas veces hayamos estado ociosos en la vida, entretenidos quizá en otras cosas y no nos habíamos dado cuenta de lo que el Señor nos ofrece, pero El viene a nuestro encuentro y siempre tendrá una palabra de invitación para que vayamos con El.
Es una invitación a trabajar en su viña, como se nos dice concretamente en la parábola; es que cuando entramos en la órbita de la salvación ya no nos podemos quedar ociosos, porque ahí en medio de nuestro mundo tenemos una tarea que realizar, una misión que cumplir. Somos testigos de una salvación que recibimos, pero ese testimonio no nos lo podemos callar, sino que ese testimonio tenemos que proclamarlo, anunciar a los demás esa Buena Nueva de la Salvación.
Hay algo que llama la atención en la parábola y que lo mismo que a aquellos jornaleros les supo mal que a todos se les pagara en la misma cantidad aunque fueran a distintas horas a participar en aquel trabajo, también nosotros pensamos que tenemos que hacer méritos para recibir más o menos según lo que hayamos cosechado. Por eso protestan porque todos reciben la misma cantidad de un denario.
Y nos olvidamos que el don del Señor es gracia; sí, gracia, con lo que esa palabra significa. Es un regalo del Señor, porque la salvación no nos la ganamos nosotros, sino que es el Señor el que nos la regala, es una gracia, un don gratuito del Señor, al que por supuesto tenemos que responder. Es una gracia, un regalo del Señor el amor que El nos tiene; es una gracia, un don, un regalo del Señor el que podamos sentir su presencia y la fuerza de su Espíritu en nuestras luchas, en nuestros deseos de bien, en la superación de nuestros males, en el perdón que recibimos.
Empleamos la palabra gracia y olvidamos fácilmente su significado más genuino, es la gratuidad del don del Señor, de la vida y de la fuerza de su Espíritu; y a eso lo llamamos gracia. A lo que tendríamos nosotros que corresponder viviendo esa gracia, pero siendo también agradecidos con el Señor por el regalo de su gracia, de su vida, de su amor, de su salvación. ¿Cuántas veces nos paramos a darle gracias al Señor por cuanto de El recibimos?
Y finalmente aquel propietario corrige a aquellos obreros que andan por allá rezongando. ‘¿Es que vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?’, les dice el propietario a los que protestaban. Contentos tenemos que sentirnos de ver cómo el Señor derrama su gracia también sobre los demás y tendríamos que aprender a alabar y bendecir al Señor cuando vemos cómo la gracia enriquece la vida de los que nos rodean y se acercan también a vivir la salvación que Dios nos ofrece. Cuando veamos lo bueno que hay en los demás, quitemos de nuestro corazón esos resabios de envidias y recelos que se nos pueden meter, y sepamos darle gracias al Señor que nos hace ver las cosas buenas que hay en los demás.

Escuchemos, pues, esa invitación que el Señor nos hace a vivir su reino de salvación dándole gracias por los dones de gracia con que nos regala.

miércoles, 21 de mayo de 2014

No se concibe la vida de un cristiano que no viva unido a Cristo



No se concibe la vida de un cristiano que no viva unido a Cristo

Hechos, 15, 1-6; Sal. 121; Jn. 15, 1-8
La imagen de la vid o de la viña es una imagen que se repite en diversos momentos en el evangelio para hablarnos del Reino de Dios y de los frutos que hemos de dar, como lo hace Jesús con sus parábolas, o para hablarnos de la necesario unión que hemos de mantener precisamente para dar fruto, como lo hace hoy.
La vid es una planta que hay que cuidar si queremos obtener buen fruto de ella; en la parábola Jesús nos hablará como el viñador preparó su viña con todo cuidado dotándola incluso de una cerca y de un lagar antes de confiarla a unos labradores que habían de seguirla cuidando para obtener sus frutos; también en otra parábola nos hablará Jesús de cómo busca a todas horas obreros para trabajar en su viña. En este sentido va también el canto de amor del amigo a su viña, del que nos habla el profeta del Antiguo Testamento. No vamos a entrar ahora ni en las parábolas ni en el texto del profeta, sino queremos centrar nuestra reflexión en la imagen tal como nos la propone ahora la última cena.
Hoy nos habla de esa vid que ha de dar fruto, y para que dé los mejores frutos el labrador la poda y la cuida, porque aquel sarmiento que no da fruto se arranca para que no entorpezca el fruto de los demás. Bien sabemos cuanto es el trabajo que a lo largo del año ha de realizar el viticultor para obtener los mejores frutos de sus viñas, las mejores cosechas prometedoras de ricos caldos.  Pero el sarmiento desgajado del tronco de la vid, de la cepa, de nada nos sirve, sino para arrojarlo al fuego y arda. Es necesario que esté bien entroncado en la cepa para que pueda llegar a dar fruto abundante.
Pero si Jesús nos propone esta imagen, esta alegoría de la vid es para hablarnos de que sin El nada somos ni nada podemos alcanzar. La salvación nos viene por Jesús que nos llena de su vida para que podamos alcanzar la vida eterna. Pero esa gracia salvadora de Jesús tiene que ser algo que ha de estar alimentando continuamente nuestra vida. No es solo el momento primero de nuestra unión con Cristo en el Bautismo, por el que nos llenamos de su gracia y de su vida para ser hijos de Dios. Es necesario que siempre mantengamos esa unión con Cristo, para recibir esa savia de la gracia divina que nos vaya fortaleciendo en todo momento para vivir conforme a esa dignidad nueva y a esa salvación que de Cristo hemos obtenido.
‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos, nos dice; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mi no podéis hacer nada’. ¿Qué significa permanecer en Cristo y que Cristo permanezca en nosotros? No podemos romper ese vínculo de unión con Cristo que es la gracia divina que nos hará vivir en esa dignidad nueva de los hijos de Dios. Hemos de vivir manteniendo la gracia de Dios en nosotros que podemos perder a causa del pecado. Es la ruptura que nos aleja y separa de Dios.
Vivir en gracia de Dios, ya sabemos, es vivir sin pecado, porque cuando pecamos perdemos esa gracia de Dios. Si tenemos la desgracia de caer en el pecado y se realice esa ruptura en nosotros tendríamos que preocuparnos de restablecer esa unión por la gracia  lo más pronto posible a través del sacramento de la reconciliación.
Pero para vivir en gracia de Dios, sin temor a perder esa gracia divina en nosotros a causa del pecado, hemos de cuidar nuestra vida para alejarnos del pecado; por eso nos es necesaria la oración y nos es necesaria nuestra unión con el Señor a través de los sacramentos. Es lo que habitualmente llamamos una vida de piedad, una vida de relación con Dios. Ahí ha de estar presente en nuestra vida continuamente la Eucaristía como alimento de nuestra vida espiritual, de nuestra fe, de esa gracia divina en nosotros. Comiendo a Cristo en la Eucaristía, comulgando, nos llenamos de su gracia, nos llenamos de su vida que nos fortalece frente a las tentaciones y al pecado.
No se concibe la vida de un cristiano que no viva unido a Cristo; no se concibe la vida de un cristiano que no haga oración para llenarse de Dios; no se concibe la vida de un cristiano que no recibe la gracia de los sacramentos, acercándose a la Comunión en la Eucaristía, pero acercándose también con frecuencia al Sacramento de la Penitencia para recibir el perdón e ir purificando su alma de tantas debilidades y pecados que van afeando la santidad de nuestra vida.
No lo olvidemos: ‘El que permanece en mi y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mi no podéis hacer nada’.

viernes, 21 de marzo de 2014

Una historia que es nuestra historia, pero que es la historia del amor que Dios nos tiene



Una historia que es nuestra historia, pero que es la historia del amor que Dios nos tiene

Gén. 37, 3-4.12-13.17-28; Sal. 104; Mt. 21, 33-34.45-46
‘Recordad las maravillas que hizo el Señor’, fuimos repitiendo en el salmo. Bien nos viene recordarlo para reanimar nuestra fe y nuestra esperanza; bien nos viene recordarlo, reconociendo cuánto nos ama el Señor para saber ser agradecidos y cantar su alabanza, pero también para que eso  nos mueva a hacer de nuestra vida una acción de gracias continua al Señor.
Lo que el salmista nos iba recordando hace referencia a la historia de José en Egipto. Aunque hayamos celebrado hace poco la fiesta de san José, sabemos que no se refiere a san José, sino al hijo de Jacob del que nos habla la primera lectura. El José que por envidia de sus hermanos fue vendido como esclavo y llevado a Egipto, con el paso de los años se convertiría en un gobernador de Egipto y sería la salvación de sus hermanos y su familia cuando pasaban hambre en la tierra de Canaán.
Iremos recordando diversos retazos de la historia del pueblo de Israel en las lecturas que vayamos haciendo en la cuaresma, como es esta historia de José que hoy hemos escuchado. La marcha de los hijos de Jacob a Egipto donde se establecerían fue el inicio de la constitución del pueblo de Dios. Cuando sufren el acoso y la persecución de los faraones siglos más tarde surgirá Moisés, como caudillo de Israel a quien Dios confiará el que los saque de Egipto para llevarles a la tierra que le había prometido a Abraham. Es bueno ir recordando estas cosas que nos manifiestan el amor de Dios por su pueblo y donde se va forjando toda la historia de la salvación.
Una historia hecha de fidelidades y de infidelidades, pero donde siempre el amor del Señor permanecerá fiel por su pueblo al que ama, cuida y protege. De eso nos hablará la parábola del Evangelio; un reflejo de lo que fue la historia de Israel y que cuando los sumos sacerdotes y fariseos la escucharon entendieron que Jesús hablaba de ellos.
Un pensamiento que nos conviene a nosotros tener también muy presente, para darnos cuenta de que cuando Dios pronuncia su Palabra es una Palabra muy concreta que va por nosotros, que quiere iluminar nuestra vida y mostrándonos su amor ayudarnos a caminar nosotros por caminos de fidelidad. Algunas veces no nos gusta sentirnos aludidos por la Palabra que se nos proclama y hasta que podamos sentirnos ofendidos, pero con humildad y agradecimiento tendríamos que saber escucharla.
‘Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje…’ La imagen de la viña para hablarnos del pueblo de Dios es una imagen que ya aparece en el antiguo testamento en los profetas, en el canto de amor de mi amigo por su viña. Es lo que ahora quiere reflejarnos Jesús con lo que con la parábola está haciéndonos un resumen de lo que fue la historia del pueblo de Israel. Fidelidades e infidelidades, profetas que anuncian la Palabra de Dios y rechazo tantas veces por parte de aquel pueblo que se aleja de los caminos de Dios, nos quedan bien reflejados en la parábola.
Es la historia del pueblo de Dios del Antiguo Testamento pero hemos de reconocer que también es nuestra historia, la historia personal de cada uno de nosotros como la misma historia de la Iglesia y de la humanidad. ¿Quién puede decir que no tiene pecado y puede tirar la primera piedra? Reconocemos las maravillas que hace el Señor, como hemos comenzado diciendo en esta reflexión, pero nos miramos a nosotros tan amados de Dios, como el amor que aquel propietario tenía por su viña, pero que no siempre damos los frutos que nos pide el Señor y tantas veces nos hacemos oídos sordos a las llamadas que nos hace continuamente.
Oportunidad para reflexionar, para dar gracias por el amor que el Señor nos tiene que nos rodea con su gracia, pero también para revisarnos y ver qué respuesta tenemos que dar. Es a lo que quiere ayudarnos la Iglesia a través de su liturgia en este camino de Cuaresma que estamos haciendo. En la parábola contemplamos al hijo que es arrojado fuera de la viña y lo mataron, nosotros contemplamos al Hijo, a Jesús, que se entregó por nosotros para ser nuestra salvación. Acojamos su palabra y dejémonos interpelar por ella.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Una Palabra que el Señor nos dirige también en la tarde de nuestra vida

Jueces, 9, 6-15; Sal. 20; Mt. 20, 1-16
La Palabra de Dios que escuchamos cada día, si nos acercamos a ella con fe y apertura de corazón, tiene una riqueza muy grande para alimentar nuestra vida en ese nuestro camino diario que queremos vivir en fidelidad y en amor.
Está siempre ese mensaje que se  nos quiere trasmitir y que en una lectura muy textual podemos recoger para nuestra vida fijándonos en las circunstancias concretas en que aquella Palabra fue proclamada, por ejemplo fijándonos en los hechos de la vida de Jesús que nos narran los evangelios y los diferentes mensajes que nos deja en sus parábolas, en sus discursos o simplemente en el diálogo con los discípulos. Es lo que en primer lugar quisieron trasmitirnos los evangelistas, por ejemplo refiriéndonos al evangelio, aquellas situaciones de la comunidad a la que Pablo dirige sus cartas, o aquellos diferentes momentos de la historia del pueblo de Israel que es historia de la salvación para aquel pueblo y para nosotros.
Pero muchas veces nos sucede que tratando de rumiar esos hechos y esas palabras que se nos trasmiten, abriendo en verdad nuestro corazón a Dios, convirtiendo esa Palabra en oración, porque es ese diálogo de amor que Dios tiene con nosotros y que nosotros en nuestra oración queremos tener con Dios, nos encontramos que determinada frase, determinada actitud de algo o alguien que aparece en aquel texto parece que nos dice algo en especial y que podemos en verdad aplicar a nuestra vida y a nuestras circunstancias de vida de hoy.
Es por ejemplo algunas cosas que podemos descubrir en la parábola que hoy desde la Palabra de Dios se nos ha propuesto. El texto es bien conocido y muchas veces lo hemos reflexionado sacando hermosos mensajes para nuestra vida. Un propietario que sale a contratar obreros para su viña y lo hace en diferentes horas del día, porque siempre se encontrará en la plaza quien esté sin trabajo. A todos paga el final un denario, tal como había acordado con los primeros contratados y ante la reacción nos habla de su generosidad y benevolencia para querer pagar también a los últimos del día también un denario. ‘¿Vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?’, les replica a quienes protestan. El premio para nuestra vida cuando respondemos a las invitaciones del Señor será siempre camino de vida eterna, y da igual que sean un denario o sean dos o más.
Al ir meditando en la parábola siempre se admira uno que salga a distintas horas, incluso cuando ya va cayendo la tarde, y se encuentre con obreros a los que envía a trabajar a su viña. Siempre hemos reflexionado que la llamada del Señor a nuestra vida puede venirnos en la primera hora o a la última hora y que siempre hemos de estar atentos a esa llamada del Señor para dar nuestra respuesta. Quizá algunos no se hayan encontrado con el Señor a lo largo de su vida, entretenidos como han estado en sus cosas por decirlo de manera suave, y será en el atardecer de la vida cuando el Señor les llame. No nos hagamos oídos sordos a su llamada y convirtamos nuestro corazón al Señor.
Pero quisiera fijarme - en el fondo es por donde ha ido mi reflexión - en que el propietario va llamando para trabajar en la viña. Esas diferentes horas del día podrían ser muy bien esos diferentes momentos de nuestra vida, unos más niños, otros más jóvenes o mayores, pero algunos en el atardecer de la vida, cuando ya somos muy entrados en años y con muchos achaques en nuestros cuerpos quizá. Llamada del Señor a la conversión, sí, pero llamada del Señor a trabajar en la viña; y trabajar en la viña significará implicarnos en tareas de apostolado, comprometernos en tareas en el seno de la Iglesia o en medio de la sociedad.
Algunas podrían decir, yo a mis años, ¿qué es lo que puedo hacer ya? Soy viejo y mi cuerpo está lleno de dolores y de achaques con muchas discapacidades quizá. Ya no podría hacer nada; ya no podría comprometerme en nada. Y te pregunto ¿estás seguro que ya no puedes hacer nada? ¿O será que no queremos hacer nada, que tenemos miedo al compromiso y por comodidad nos echamos atrás?
Creo que esto tendríamos que pensárnoslo y por ahí puede ir hoy el Señor en esa palabra que dirige a nuestro corazón. También en la tarde de la vida tenemos en nuestras manos un campo para trabajar, una viña del Señor de la que tendríamos que ocuparnos. No podemos pensar que porque seamos mayores ya no tenemos nada que hacer ni nada que aportar a nuestro mundo. En la parábola no solo son válidos los llamados a primera hora o a media mañana, sino también los llamados al atardecer.
En cualquiera de las horas de la vida siempre tenemos algo que ofrecer; y diría más, con la experiencia acumulada en nuestros muchos años, con lo que nos ha tocado luchar, sufrir, amar, gozar de tantas cosas muchos podemos ofertar, con mucho podemos enriquecer a los que vienen detrás, mucho le podemos decir para que no caigan quizá en los mismos errores en que nosotros caímos.

No importa que ahora hagamos más o menos, porque quizá nuestras pocas fuerzas nos impidan hacer grandes cosas, pero aunque nos parezcan pequeñas pueden ser grandes aportaciones que nosotros seguimos haciendo para bien de nuestro mundo, para bien de nuestra Iglesia, para mejora de nuestra humanidad. ¿No nos hace pensar mucho todo esto que estamos diciendo? Parémonos un poquito, porque ahí en lo hondo del corazón el Señor tendrá algo que decirnos.

lunes, 3 de junio de 2013

Una viña y una vida cuidadosamente preparada por la gracia que ha de dar fruto

Tobías, 1, 1-2; 2, 1-9; Sal. 111; Mc. 12, 1-12
‘Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje…’ Así comienza la parábola que Jesús propone a los sumos sacerdotes, a los letrados y a los ancianos. Una parábola que de alguna manera recuerda el canto de amor del amigo a su viña, que nos había dejado el profeta. Esa viña preparada con tanto espero por su propietario y que confía a los labradores para que saquen sus frutos es una imagen muy llena de significado.
Cuando escuchamos la parábola, ya en su mismo relato, hacemos la interpretación para referirnos a la respuesta no tan positiva, sino muy llena de sombras del pueblo de Israel a lo largo de toda la historia de la salvación. Al final de la parábola el mismo evangelista nos dice que los sumos sacerdotes, letrados y ancianos comprendieron que la parábola iba por ellos y por eso mismo estaban buscando la manera de acabar con Jesús.
Por supuesto que el reflexionar sobre este aspecto de la parábola también nos puede ayudar a preguntarnos por nuestra respuesta y es en lo que hemos de incidir. Nos sería fácil y cómodo quedarnos en constatar cómo el pueblo de Israel no respondía a todo el amor que el Señor manifestaba sobre su pueblo a lo largo de la historia. Pero nos quedaríamos en mucha pobreza de mensaje si solo nos quedáramos ahí y no viéramos nuestra vida reflejada en ella.
Esa viña tan cuidadosamente preparada y podríamos decir enriquecida con tantos medios - la cerca, el lagar, la casa del guarda, etc… - nos está hablando de cuánto hace Dios con nosotros. La riqueza de esa viña, de la gracia divina que Dios ha puesto en nuestras manos derramando su amor sobre nosotros. Pero, ¿seremos en verdad conscientes de cuanto nos da el Señor?
Confieso que ayer tarde, mientras participaba en la procesión del Corpus en una parroquia, observando la gente que iba en la procesión, los que la veían pasar como meros espectadores, o aquellos con los que nos cruzábamos que iban a sus cosas y que se tropezaban de paso con la procesión, todo eso me hacía reflexionar y me hacía muchas preguntas en mi interior.
¿Éramos en verdad todos conscientes del misterio del amor de Dios que allí llevábamos entre nosotros al llevar a Cristo en la Eucaristía? No digo tanto los que iban en la procesión, pero quizá de aquellos que se asomaban a su paso o de aquellos con los que nos cruzábamos y tropezaban con la procesión, probablemente habrían hecho un día la comunión, o en aquellos que eran más jóvenes o más niños quizá no hacía tanto tiempo, pero ahora ¿qué les pasaba por la cabeza al ver o encontrarse con la procesión? ¿Recordarían en verdad lo que les enseñaron de la Eucaristía?
Pongo esto como ejemplo, por decirlo de alguna manera. Pero yendo a la imagen de la parábola y pensando en todos nosotros ¿seremos conscientes de esa viña que Dios ha puesto en nuestras manos, de esa riqueza de gracia que nos ha dado a lo largo de nuestra vida? ¿qué respuesta le estamos dando? Ya veíamos en lo que decíamos antes que algunas personas se quedaban como meros espectadores, y otros quizá se sorprendían al encontrarse con la procesión, y muchos pasaban de largo como siguen pasando de largo tantos ante la fe, la religión, la vida cristiana.
Pero no queremos juzgar a los demás, sino juzgarnos a nosotros mismos, analizarnos a nosotros mismos para ver cuál es la respuesta que nosotros le damos al Señor. Ante el hecho de aquellos criados que el amo envió a recoger sus frutos que en la historia de la salvación los podríamos ver como los profetas enviados por Dios a lo largo de los tiempos, nosotros tendríamos que preguntarnos cómo acogemos nosotros a quienes Dios pone a nuestro lado para trasmitirnos la Palabra de Dios. Y la misma Palabra del Señor, ¿cómo la acogemos? Porque muchas veces ponemos nuestros filtros para aceptar o no aceptar aquello que nos conviene o no nos conviene. Y así podríamos preguntarnos por muchas cosas de nuestra vida cristiana de cada día.

Sí, tenemos que sentir que la parábola el Señor la pone por nosotros, no por otros ni por gente de otro tiempo, sino para mi y para ti hoy, con lo que es nuestra vida. Y a la luz de esa Palabra tenemos que examinar nuestra vida y ver cuál es la respuesta que damos en ese cuidado de esa viña de gracia que Dios ha puesto en nuestras manos.

viernes, 1 de marzo de 2013


Un propietario plantó una viña ¿daremos frutos?

Gen. 37, 3-4.12-13.17-28; Sal. 104; Mt. 21, 33-34.45-46
El comienzo de la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio nos recuerda el canto de amor de mi amigo a su viña que nos trae el profeta Isaías, que habremos escuchado en alguna ocasión. ‘Mi amigo tenía una viña en fértil colina. La cavó y la despedregó, plantó cepas selectas, levantó en medio una torre y excavó también un lagar. Esperaba uvas, pero dio agrazones…’ Es de lo que nos habla Jesús para hablarnos del Reino de Dios y de la respuesta que nosotros damos a su amor. El propietario preparó su viña dotándola de todo lo necesario para poder obtener unas buenas cosechas y la confió a unos labradores.
Si tenemos una viña es porque queremos recoger sus frutos. Es lo que esperaba aquel propietario y como nos narra la parábola envió a sus criados a recoger los frutos y hasta finalmente envió a su propio hijo. Ya hemos visto lo que hicieron con unos y con el otro. Mucho nos quiere decir el Señor. Como dice al final el evangelista ‘los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos’. Una primera explicación que siempre hacemos de la parábola es ver reflejada la historia de la salvación y lo que finalmente hicieron con Jesús. El Padre  nos envió a su Hijo y sabemos como terminó clavado en una cruz.
La imagen de la viña, como bien sabemos, es algo que se repite a lo largo de la Biblia; ya lo hemos visto con la mención que hacíamos al profeta. Pero Jesús también nos hablará de que quiere que demos fruto y fruto abundante. El próximo domingo, tercero de Cuaresma, en este ciclo nos hablará de la higuera a la que su propietario viene a buscar fruto. Pero también recordamos que Jesús nos hablará de la vid y de los sarmientos para hablarnos de nuestra necesaria unión con él, pero también nos hablará de la poda para desechar los ramajes inútiles e inservibles para poder obtener mejores frutos.
Por eso la lectura que tenemos que hacer del mensaje de la parábola tenemos que aplicárnoslo a nosotros mismos. Cuánto nos ha regalado el Señor desde que nos dio la vida y a lo largo de nuestra existencia cuántas gracias hemos recibido de El. Cada uno tendría que recordar su propia historia personal viendo la historia de la salvación que Dios nos ha ofrecido y sigue ofreciéndonos en nuestra vida concreta. Pero ha de ser también la historia de nuestras respuestas; respuestas que hemos de reconocer no han sido siempre  positivas. Cuántos ‘no’ le hemos dado al Señor cuando con nuestro pecado le hemos dado la espalda.
Pero una cosa si tenemos que considerar y es cuánto nos regala el Señor con su amor. Tanto nos amó que nos envió a su Hijo que se entregó por nosotros. algo que hemos de tener siempre muy presente en nuestra vida, pero que ahora en este tiempo de cuaresma hemos de considerar con una especial intensidad. Es algo que no hemos de cansarnos de considerar porque así nos sentiremos más motivados para dar esa respuesta positiva, para ofrecer esos frutos que tenemos que dar con nuestra vida santa.
Aunque hoy la parábola no nos habla de la poda, ya que hemos  hecho mención a esos otros momentos en los que Jesús nos hablará de ello, creo que este tiempo de cuaresma es n tiempo propicio para ir purificando bien nuestra vida de todas esas cosas inútiles e inservibles que hay en nosotros que no nos ayudan a ser más santos, sino todo lo contrario. Un tiempo de ir revisándonos, purificándonos, arrancando de nosotros malas costumbres que se nos van metiendo como esas ramas que hay que podar.
A esto nos va ayudando la palabra del Señor que vamos escuchando cada día. A esto nos ayuda la gracia que el Señor nos ofrece en las celebraciones que vamos viviendo. En la oración personal que cada uno vamos haciendo nos sentiremos fortalecidos.