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sábado, 11 de julio de 2026

La herencia que Jesús nos regala desde nuestro desprendimiento para seguirle en los caminos del amor que nos hace pasar por el sentido de una nueva comunión con visos de vida eterna

 


La herencia que Jesús nos regala desde nuestro desprendimiento para seguirle en los caminos del amor que nos hace pasar por el sentido de una nueva comunión con visos de vida eterna

Proverbios 2, 1-9;Salmo 33; Mateo 19, 27-29

¿Que regalo me vas a hacer? Somos amigos, ¿no? Alguna vez hemos escuchado una cosa así, seguramente de alguien que se nos dice amigo. Como también estamos pensando en las herencias que vayamos a recibir de nuestros mayores, y estamos pensando en propiedades, en cuentas bancarias, en posesiones o en títulos. ¿Somos interesados? Nos movemos en un mundo de materialidades, de posesiones, de prestigios o de poder que muchas veces fundamentamos en las riquezas materiales. ¿Es esa la verdadera herencia que podemos dejar tras nosotros tras el paso por esta vida? ¿Son esos los regalos que podemos ofrecer a quienes apreciamos? Pero así andamos en la vida.

Dijo Pedro a Jesús: Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’ ¿Andará Pedro en estas texituras de las herencias? Somos humanos; aquellos discípulos que Jesús había escogido y de entre los cuales había escogido aquellos doce Apóstoles entre los que se encontraba Pedro tenían por supuesto esas características humanas como todos y en sus corazones estaban las ambiciones que reinan en el corazón de todos los hombres. Un día se habían decidido a seguir el camino de Jesús y se habían hecho sus discípulos y ahora Jesús los había llamado a algo más. En su mente estaban los sueños de todo buen judío que esperaba la llegada del Mesías al que ellos le habían dado unas especiales características; significaba, según el pensamiento común, la liberación de toda opresión extranjera, lo que conllevaba todo un nuevo orden en lo político y en lo social acompañado de unas nuevas manifestaciones de poder. ¿Sería por ahí por donde estaban las herencias que pedía Pedro?

Si seguimos en la honda de Pedro nos puede producir una cierta confusión la respuesta de Jesús pero las palabras de Jesús van por otros caminos. Jesús siempre quiere elevar nuestra mente y nuestro espíritu, quiere que le demos otra trascendencia a la vida y a lo que hacemos, y terminará Jesús hablándonos de premios de vida eterna. Habla es cierto de que si hemos renunciado a padre o madre, a hermanos o a hermanas, o a todas esas materialidades de la vida vamos recibir el ciento por uno, y nos dice en esta vida. Es donde podemos quedarnos confundidos, pero es donde vamos a descubrir la verdadera riqueza que nos ofrece Jesús.

El ciento por uno, que nos dice Jesús, y nos habla de nuestra vida, porque vamos a aprender a valorar en todo su sentido ese amor que podemos recibir de los demás que en su reino ya no se reduce solamente a los que por lazos de sangre o de amistad tengamos cerca de nosotros sino que entramos en otra familia, en otra honda de amor que no solo nosotros ofrecemos sino que también recibimos. Es lo que tenemos que aprender a valorar, es la riqueza que estamos recibiendo del amor de los demás en toda esa profundidad nueva que va a tener un amor según el estilo de Jesús. En una verdadera comunidad cristiana cómo nos sentimos enriquecidos en esa vivencia de comunión y en ese sentido de familia que nos sentimos entre todos.

Pero aun nos dirá más Jesús, ‘y heredará la vida eterna’. Nos habla Jesús del Hijo del hombre en su trono de gloria, y para ellos que de tan cerca le han seguido ‘doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel’. Es el gozo de la esperanza, como es el gozo de la entrega y de nuestra disponibilidad, es el gozo de la comunión, es el gozo del amor. La verdadera herencia, el hermoso regalo del amor de Dios que se manifiesta en ese amor de los hermanos.

viernes, 10 de julio de 2026

Una misión vivida con entereza y valentía, un testimonio vivo de lo que es el sentido de nuestra vida, un compromiso desde nuestra fe por mejorar nuestro mundo

 


Una misión vivida con entereza y valentía, un testimonio vivo de lo que es el sentido de nuestra vida, un compromiso desde nuestra fe por mejorar nuestro mundo

Oseas 14, 2-10; Salmo 50; Mateo 10, 16-23

Cuando vamos a encargar a alguien una tarea habitualmente somos entusiastas con aquello que pretendemos y ese entusiasmo tratamos de trasmitirlo a aquellos que van a ser colaboradores nuestros en esa obra; nuestro entusiasmo contagia ilusión, despierta interés, pone ánimo en quienes van a realizar esa tarea, pero también debería haber algo que no tendríamos que ocultar y es el realismo del esfuerzo que tenemos que realizar que nos exigirá incluso sacrificios ni tampoco podemos olvidar las dificultades y contratiempos que podemos encontrar; no seriamos lo suficientemente leales si no lo hiciéramos.

En el texto del evangelio que venimos comentando estos días hemos escuchado como Jesús escoge a doce de entre todos los discípulos a los que constituye Apóstoles, a los que preparará de manera especial para la misión que les va a confiar. Son las recomendaciones que hemos escuchado en estos días de cómo han de realizar su misión y son las palabras en cierto modo duras que hoy le escuchamos. Habla Jesús de las dificultades, no siempre van a ser escuchados y muchas veces rechazados; encontrarán dificultades hasta donde menos se lo piensan como son quizás sus propios familiares o las personas más cercanas; les habla claramente Jesús de que se puede convertir en una persecución por la que incluso serán llevados a los tribunales o incluso odiados por todos.

Pero aunque Jesús les dice que se verán incluso como ovejas en medio de lobos, sin embargo no han de perder la serenidad de su espíritu con la que sabrán actuar con fortaleza pero también con sencillez, con la humildad de quien se siente seguro de la verdad de lo que ofrece, pero también con la astucia de saber encontrar los medios y los modos de que el mensaje no deje de anunciarse. Y es que Jesús les está diciendo que no los deja solos porque su Espíritu estará siempre con ellos; será su Espíritu el que les dará esa fortaleza y esa serenidad incluso en la persecución, pero también con su sabiduría ponga palabras en sus labios para dar testimonio de su mensaje.

Estas palabras de Jesús que hoy escuchamos nos hacen ver y entender la historia de la Iglesia a través de todos los tiempos; ya lo vemos de forma palpable en el propio relato de los Hechos de los Apóstoles en la historia de aquellos primeros momentos de los cristianos. No fueron siempre carreras de victoria y el hecho está en la historia de martirio de los primeros apóstoles. Pero no ha faltado a través de todos los tiempos como no nos falta hoy. En muchos lugares en que la Iglesia es rechazada y perseguida incluso en países que habían sido debidamente evangelizados.

Pero no nos podemos quedar en pensar en esas situaciones más llamativas sino cómo con la cultura actual se quieren ir socavando esos valores humanos y cristianos que han sido básicos en nuestra civilización occidental y europea queriendo hacer desaparecer todo lo que suene a profundamente religioso y cristiano. Y para eso no tenemos que ir muy lejos porque lo tenemos entre nosotros, en nuestros ambientes y en la manera de actuar de parte de la sociedad que nos rodea.

Las palabras que les decía Jesús a los apóstoles en esta página del evangelio que estamos comentando bien nos viene escucharlas como dichas a nosotros hoy. Es lo que Jesús nos está pidiendo hoy, ese mantener viva y despierta nuestra fe para seguir dando nuestro testimonio con nuestro compromiso y con el anuncio que con nuestra palabra y nuestra vida tenemos que hacer. Nuestro amor y nuestra humildad tienen que resplandecer, pero también el arrojo y valentía de nuestro espíritu porque nada ni nadie nos podrá hacer callar. Sentimos también la fuerza del Espíritu de Jesús que nos anima y nos fortalece.

Son esas luchas también en nuestro interior cuando queremos crecer humana y espiritualmente, pero que nos sentimos tentados de tantas cosas que nos quieren arrastrar a ese materialismo de la vida que parece que todo lo invade. Ahí tenemos que manifestar nuestra rectitud, nuestra madurez y nuestra entereza.

jueves, 9 de julio de 2026

no son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y generosidad

 


No son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y nuestra generosidad con los hacemos el anuncio del Reino

Oseas 11, 1-4. 8c-9; Salmo 79; Mateo 10, 7-15

La vida no depende solamente de los medios materiales que tengamos; son necesarios porque además vivimos en un mundo excesivamente mercantilista y a todo le ponemos precio y para todo parece que necesitaríamos esos medios materiales. pero vivir es algo más; hacer por la vida no se reduce a que tengamos o no tengamos medios materiales, porque estamos nosotros, con nuestro ser, nuestros valores, nuestras capacidades y muchas veces sin un duro podemos hacer maravillas. Es lo que nosotros nos implicamos desde lo más hondo de nosotros mismos. Y esto podemos decirlo, aunque muchas veces nos cueste comprenderlo y hacerlo, de todos los aspectos de la vida.

Parto de esa experiencia humana que tendríamos que saber trasladar a lo que es la vida de la Iglesia y su acción pastoral; muchas veces decimos que nos vemos con las manos atadas para tantos proyectos que quisiéramos realizar porque decimos que no tenemos medios. ¿Dónde están las personas y su compromiso? ¿Dónde está el dejarnos en verdad conducir por el Espíritu? Es a lo que nos quiere conducir hoy el evangelio.

Ayer escuchábamos cómo escoge a doce de entre todos sus discípulos para que sean los Apóstoles, sus principales enviados, como imagen además de lo que será el envío que nos haga a todos. Y con los poderes, como decíamos ayer, que les da han de ir realizando lo mismo que Jesús para hacer el anuncio del Reino de Dios y mostrar las señales de que nos ha llegado el Reino de Dios.

Pero hoy Jesús nos da unos detalles para cómo realizar esa misión. Y nos envía sin nada, quiere que vayamos desprendidos, por eso ni dinero en el bolsillo ni túnicas de repuesto, solo unas sandalias y un bastón para el camino. Han de ir con la disponibilidad del corazón pero también abiertos a lo que puedan recibir. Por eso les dice que se queden en la casa donde los reciban. No van desde el poderío ni desde las distancias de sentirse ricos y poderosos, van con la humildad de la pobreza y de los que saben que dependen no de sí mismos sino en este caso de los demás, de allí donde los reciban, y por supuesto del Espíritu del Señor que es su fortaleza y su sabiduría.

Nos tiene que hacer pensar, es cierto, en nuestros grandes proyectos pastorales y de lo que llamamos el prestigio de la Iglesia que queremos conservar; pero el prestigio y el valor ni está en las grandes obras, ni en la presentación ostentosa de la presencia de la Iglesia. De cuántas vanidades y orgullos nos tenemos que desprender para ser en verdad esa Iglesia de Jesús tal como vemos en aquella primera comunidad que se reunió en torno a Él.

Pero también nos lo tenemos que pensar a la hora de lo buenos que tenemos que hacer a los demás, de la semilla que tenemos que ir sembrando en nuestro mundo, de ese compromiso con que hemos de vivir nuestra vida alentada por el espíritu de la fe. No podemos, no somos capaces, no sabemos qué hacer, no tenemos medios… son cosas que nos decimos y tras las que nos escudamos y al final terminamos sin hacer nada. ¿Dónde está nuestro amor? ¿Dónde está nuestra disponibilidad y la generosidad de nuestro corazón? 

Muchas cosas tenemos que pensar y revisar, muchas decisiones serias y valientes tenemos que tomar, mucha confianza hemos de poner en el Señor.


miércoles, 8 de julio de 2026

Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

 


Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

Muchas veces en la vida tenemos la tentación de ir como francotiradores; es justo que queramos hacer las cosas por nosotros mismos, pues tenemos nuestras capacidades y ciertamente hemos de desarrollar lo que son nuestras cualidades, nuestros valores, pero eso no significa que tengamos que ir por la vida en solitario haciéndolo todo por nosotros mismos. No podemos aislarnos de manera que ya no sepamos contar con los demás, y no es cuestión solo de efectividad sino incluso del sentido de nuestra vida, en lo que somos y en lo que tenemos que estar relacionados con los demás. no estamos hechos para la soledad, una característica fundamental del ser humano es la socialización, la capacidad de relacionarnos con los otros y en consecuencia ser capaces de vivir un sentido social y de comunión también en lo que hacemos.

Es también lo que Jesús viene a enseñarnos en su propio actuar, porque además serán señales del Reino de Dios que Él nos anuncia. Imagen de ello es lo que hoy escuchamos en el evangelio. Jesús escogió a doce de entre todos los discípulos que le seguían, y como nos dice el evangelio, los constituyó apóstoles. Era el grupo que iba a estar más cerca de Jesús porque le acompañarán a todas partes, a los que de manera especial les explicaba lo que a las muchedumbres les hablaba en parábolas, los que iban a ser testigos más directos del actuar de Jesús, de lo que era la persona de Jesús; recordamos como a ellos les preguntará lo que piensa la gente del Hijo del Hombre, pero concretando luego más la pregunta para saber lo que ellos mismos pensaban. Un grupo que va a ser imagen y signo de lo que había de vivirse como el Reino de Dios.

Y a ellos, tan humanos como todos, con sus dudas y con sus pretendidas ambiciones, con sus debilidades pero también con toda la confianza que ponían en Jesús de manera que estando con Él se sentían seguros - recordamos el miedo que pasaron cuando la tempestad en el mar porque les parecía que Jesús se había desentendido de ellos - y a ellos les va a confiar Jesús la misión de seguir anunciando y constituyendo el Reino de Dios. Son los enviados de Jesús.

Pero son los enviados que han de hacer las mismas obras de Jesús. Recordamos lo que dice el evangelio, que les dio autoridad para curar enfermos y para expulsar demonios cuando salieran a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Algunas veces nos atamos a la literalidad de las palabras y podemos perder de vista el sentido hondo que tienen las palabras de Jesús. Cuando nos dice que les dió autoridad para curar y para expulsar demonios creo que las palabras de Jesús van mucho más allá de un poder taumatúrgico para realizar milagros. 

Jesús cuando curaba a los enfermos no era un simple curandero sino que en ello estaba realizando los signos del Reino de Dios. Fijémonos en la compasión de Jesús, en su amor hasta el extremo de que no quiere el sufrimiento del hombre, no quiere nuestro sufrimiento, por eso donde de verdad nos quiere sanar Jesús es dentro de nosotros mismos; es el gran milagro de la presencia de Jesús, esa transformación que se va realizando de nuestros corazones.

Es lo que Jesús quiere que hagan sus discípulos, sus mismas obras, con el mismo amor y compasión también tenemos que acercarnos a los demás y en esa compasión y misericordia estamos expresando lo que es el amor que Dios nos tiene. Un milagro que se queda en lo espectacular de lo taumatúrgico y no provoca el que nos sintamos amados de Dios no es precisamente lo que Jesús quiere que nosotros hagamos. Es nuestra vida con nuestro amor hasta el extremo, con esa compasión y misericordia rebosando de nuestro corazón el verdadero signo que tenemos que realizar. ¿Logramos que nos amemos más? Entonces estaremos haciendo de verdad las obras de Dios.


martes, 7 de julio de 2026

Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

 


Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

Oseas, 8, 4-13; Sal. 113; Mateo 9, 32-38

Vemos a alguien caminando a nuestro lado, como suele decirse, con la lengua fuera por el cansancio ante el esfuerzo que tiene que realizar o la intensidad de lo que está haciendo, y más en días como los que estamos pasado por nuestros lares de intenso calor, nos hace sentir compasión y lástima y si de nuestra parte estuviera les ayudaríamos en lo que fuéramos capaces. Normalmente nuestro corazón se conmueve cuando vemos el sufrimiento de los demás, salvo que fuéramos unos desalmados.

Es la imagen que quiere ofrecérsenos en el texto del evangelio que hoy escuchamos. Jesús recorre pueblos y aldeas en aquellos caminos de Galilea siempre con el mismo anuncio del Reino de Dios que llega y para el que hemos de estar preparados; las gentes escuchando las palabras de Jesús y contemplando los signos que realiza le siguen, sienten como se enardecer sus corazones y parece que renace en ellos la esperanza; se sienten desorientados porque los mensajes que han venido recibiendo no siempre les llegan al corazón ni parece que responden a sus expectativas; parece como si fueran llevados de un lado para otro en medio de un mar embravecido o unas corrientes que no les llevan a ninguna parte. Es lo que Jesús les quiere hacer constatar. Parecen ovejas sin pastor que a ninguna parte son conducidas.

No todos, como suele suceder siempre saben leer el mensaje que Jesús quiere transmitirles, algunos se harán sus propias interpretaciones interesadas, porque están sintiendo que lo que jesús les anuncia y les propone va a exigir un cambio en sus vidas; recordemos que siempre Jesús comienza su predicación invitando a la conversión, a abrirnos a ese cambio y transformación total que tienen que darle a su existencia. 

Que un hombre poseído por el mal y encima con tantas limitaciones en su vida como la sordera o el no poder hablar sea curado de su mal viene a significar cómo nuestros oídos están sordos por tantas cosas o tantos apegos o intereses y tenemos que abrirnos a algo nuevo que se nos está ofreciendo; son los signos del Reino de Dios que nos están pidiendo la vivencia de otros nuevos valores, el desgarro de nuestro interior de todas esas malas voluntades, la apertura para poder encontrarnos con esa luz nueva que quiere iluminar nuestras vidas, pero para muchos eso puede significar perder los papeles, perder las influencias, tener que comenzar de nuevo al recorrido, y eso cuesta y es difícil; por eso querrán atribuir las obras de Jesús al espíritu del mal para crear confusión en los demás.

¿No andaremos nosotros también con esas sorderas que nos hacen escuchar lo que nos interesa? ¿No nos sentiremos en muchas ocasiones confundidos y desorientados por esa lucha interior que sostenemos cuando vemos donde está la luz pero preferimos las luces opacas de nuestras rutinas de siempre?

Jesús nos dice que la mies es abundante pero que los operarios son pocos; está contemplando esas multitudes ansiosas de algo nuevo pero a quienes no siempre llega ese mensaje de salvación. ¿Cómo es ese mundo que nos rodea? ¿Seguirá habiendo en el fondo el deseo de algo y mejor, algo que eleva nuestros espíritus y nos traiga metas de gran altura? A pesar del gran vacío que podríamos contemplar en muchos a nuestro alrededor, sin embargo hay ansia de algo mejor aunque muchas veces no se sepa definir bien lo que queremos. 

Ahí tendríamos que estar nosotros para decir la palabra oportuna, para ofrecer una novedosa orientación para la vida de los que nos rodean, para convertirnos nosotros también en una señal para los que están a nuestro lado y puedan discernir a dónde se tienen que dirigir, para despertar deseos de querer escuchar esa buena nueva del Evangelio. Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos en medio del mundo?


lunes, 6 de julio de 2026

Acompañar muchas veces en silencio, tender la mano cuando parece que no hay esperanza, dejar un rastro de confianza a nuestro paso, detalles humanos que nos elevan hasta Dios

 


Acompañar muchas veces en silencio, tender la mano cuando parece que no hay esperanza, dejar un rastro de confianza a nuestro paso, detalles humanos que nos elevan hasta Dios

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Salmo 144; Mateo 9, 18-26

Hemos de confesar que muchas veces esperamos cosas extraordinarias, gestos aparatosos, cosas que nos parezcan fuera de lo normal, y no somos capaces de detenernos a fijarnos en los pequeños detalles, esas cosas sencillas y naturales que suceden a nuestro lado y por su sencillez precisamente no le damos importancia, pero que sin embargo tienen una calidez humana que realmente conmoverían nuestro corazón si fuéramos capaces de detenernos y fijarnos en ellas. En esas cosas podemos leer la gran humanidad de quienes las realizan y se pueden convertir en divinas para nosotros porque nos ayudarían a elevar nuestro espíritu por encima de la materialidad de lo mismo que estamos haciendo y hasta nos pueden conectar con Dios que así se nos querrá manifestar muchas veces.

En este pasaje del evangelio que pretendemos comentar y que hoy nos ofrece la liturgia de este día quiero fijarme en esos pequeños detalles muy humanos y que nos pueden ayudar a descubrir muchas cosas. Un hombre ansioso y lleno de dolor porque su hija acaba de morir llega hasta jesús e incluso interrumpe todo lo que en aquel momento está sucediendo; Jesús estaba enseñando a la gente en el momento de la llegada de este hombre que le pide que vaya y ponga su mano sobre su niña muerta para que vuelva a la vida. 

El evangelista es muy escueto en su narración, solo nos dice que Jesús se pone en camino acompañando a aquel hombre afligido por el dolor. No hay reproches por la interrupción, nada más pregunta Jesús pero se pone a caminar junto a aquel hombre. Hermosa imagen y comienzan las lecciones. Jesús escucha y acompaña a este hombre en el camino. Es suficiente para que el hombre se sienta seguro, para que aumente su confianza; aunque sea en silencio aquel hombre está ya abriendo las puertas no solo de su casa para que Jesús llegue ante su niña sino que podemos decir le está abriendo las puertas de su corazón. Ante el alboroto que se encuentra en su casa sigue permaneciendo en silencio pero seguro que su corazón ya está hablando. 

Jesus dirá que la niña no está muerta sino dormida, aunque se rían de El, para alejar a las plañideras de turno que siempre están poniendo velos negros a cuanto sucede; bien lo conocemos en la vida, los que siempre tienen un comentario que hacer pero nunca en positivo sino siempre remarcando los lados oscuros. 

Y viene el otro detalle de Jesús, la tomó de la mano y la levantó de su cama. Tomar de la mano, que nos tomen de la mano, o tomar nosotros la mano de alguien puede tener muchos significados y traernos también muchas consecuencias. Una señal de apoyo y de confianza que puede levantar el ánimo del corazón, un signo de cercanía que podemos permitir o que podemos rechazar poniendo más distancias, puede ser un rellenar un abismo que nos encierra en nosotros mismos o un romper los círculos de nuestras soledades.

Y el otro gesto hermoso que podemos contemplar en este evangelio está en lo que sucede mientras van de camino. Jesús va acompañando a aquel hombre, como ya decíamos, pero no es ajeno a cuanto sucede a su alrededor, no se aísla de los que están a su lado y su forma de ir en medio de las gentes es un ir también abriendo puertas a quien lo pueda necesitar; una mujer se atreve a acercarse por detrás en medio de todo aquel barullo para tocar la orla del manto de jesus. 

Será el atrevimiento de aquella mujer, nacido de la confianza que le inspira el Jesus que acompaña un camino de dolor, pero es también el dejarse tocar por parte de Jesús porque siempre en su cercanía con todos quiere dejar el rastro de su amor. Dejar a nuestro paso el rastro del amor, una cosa que puede sonar muy bonita en las palabras, pero que muchas veces nos cuesta realizar en nuestros caminos. ¿Será el rastro que vamos dejando tras nosotros para que todos puedan sentir la cercanía y el calor de nuestro amor?

Sepamos acompañar en el camino, ya sea del dolor y sus ansiedades como también en los caminos donde brille la alegría y la satisfacción de las cosas bien hechas. Sepamos igualmente tender la mano para levantar y para reconfortar, para ayudar a sortear los malos pasos del camino o para que sirvan de apoyo en el esfuerzo de la ascensión, para hacer que nos sientan cercanos y amigables y para tender puentes donde las distancias nos han separado. Dejemos que nuestra vida sea paño de lágrimas para los demás y con nuestra escucha hagamos que se abran nuevos caminos a quienes se ven entorpecidos por tantas debilidades. 

Gestos sencillos, detalles que nos parecen mínimos y casi imperceptibles, luces que iluminan el alma, y paños de lágrimas que ponen colirio en nuestros ojos para ver de manera distinta.


domingo, 5 de julio de 2026

‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón




 ‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón

Zacarías 9, 9-10; Salmo 144; Romanos 8, 9. 11-13;Mateo 11, 25-30

Problemas en lo personal o familiar que nunca faltan, una sociedad en la que entre tantos conflictos, tensiones, manipulaciones de todo tipo de los que se creen poderosos no sabemos en qué vamos a terminar, violencias y guerras que generan enfrentamientos de todo tipo y una sensación de falta de paz entre grupos o entre pueblos que se van convirtiendo en una espiral que cada vez se agranda más, y nos preguntamos cuándo va a acabar todo esto, qué podemos hacer, quisiéramos ir quitando de en medio a quienes provocan todos estos conflictos metiéndonos nosotros también en esa misma espiral, cuando cambiará nuestro mundo para que podamos tener paz de verdad.

Son inquietudes, conflictos interiores, interrogantes que nos planteamos a los que quisiéramos dar solución; ¿unas leyes que impongan un nuevo orden social? ¿Solamente desde fuera, desde una reformas que llamaríamos estructurales es como vamos a hacer que nuestro mundo sea mejor? Y todo eso lo metemos también en nuestra oración, en nuestra petición a Dios que todo esto se acabe, que nos libere de esos conflictos y tensiones, y hasta nos preguntamos ¿dónde está Dios que permite todas estas cosas? Pero, como sabemos, los caminos de Dios son distintos. Es el cambio de nuestro corazón lo que hará posible ese mundo nuevo que tanto deseamos.

Hoy nos habla el profeta de unos tiempos nuevos, de un nuevo rey que aparecerá sobre la tierra, pero que viene montado en un asno, en la humildad de un burrito. Es el Mesías que llega desarmado,  no viene montado en un caballo de guerra, no viene rodeado de ejércitos ni exhibe los símbolos del poder humano, sino que su fuerza es la humildad y su autoridad es la paz. Así se nos manifiesta Jesús y no es solo imagen de lo que va a ser su entrada en Jerusalén sino en ese día a día del Jesús cercano que incluso se mezcla con publicanos y pecadores, de su corazón misericordioso que va siempre derramando paz y perdón.

Jesus bendice al Padre porque ha revelado sus secretos a los pequeños, y pequeños son los que tienen un corazón abierto, los que saben recibir, los que se dejan enseñar, corregir y acompañar, los que tienen siempre sus oídos disponibles para escuchar. Por eso dice que los que se creen sabios y poderosos, que ya no necesitan que nadie les enseñe ni nadie pueda hacer algo por ellos porque se sienten autosuficientes son apartados de esa revelación de Dios. ¿Quiénes eran los que escuchaban y seguían a Jesús reconociendo la mano de Dios en El? Lo vemos repetido a lo largo de todo el evangelio.

Por eso Jesús nos invita a ir a El; no nos va a enseñar una doctrina ni nos va imponer unas nuevas leyes. Simplemente Jesús ofrece su corazón porque en él sí vamos a encontrar nuestro descanso. No nos dice Jesús que ya no vamos a tener problemas porque todo se nos resuelve ni van a dejar de haber conflictos en nuestro alrededor, pero sí Jesús va a llenarnos de su mansedumbre y de la sencillez de su humildad para que afrontemos de una manera nueva todo cuanto nos pueda suceder. 

Nuestra oración será pedirle al Señor que nos quite ese problema, que nos curemos de esa enfermedad, que desaparezcan de nuestro entorno todos esos que nos crean conflictos o nos están haciendo daño, pero el Señor nos está diciendo que pongamos una mansedumbre como la suya en nuestro corazón para que aun en medio de todo eso que nos sucede no nos falte la serenidad y la paz en nuestro corazón. Nos cuesta entenderlo a veces porque parece que Dios no nos escucha aquello tan prioritario para nosotros que le pedimos, pero El nos está dando algo mejor que es esa paz que necesitamos en lo más hondo de nosotros mismos.

‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón. Su yugo es llevadero, nos dice, porque su yugo, lo que nos une es el amor y el amor nunca nos esclaviza, el amor nos hace sentir las personas más libres del mundo, porque nos sentimos amados y en consecuencia perdonados, pero nos empapa de un amor que se va a derramar por todos los poros de nuestra vida para envolver en el perfume de ese amor a cuanto nos rodea.

El descanso del alma no es la ausencia de problemas o conflictos, dificultades o incluso tropiezos, sino es sentir que nos sentimos abandonados en Dios, envueltos de su amor ya nada nos puede separar de Él porque nos sentimos inundados de su Espíritu que nos transforma y nos hace vivir una nueva vida y aun en medio de las tormentas de la vida el corazón encuentra una morada firme en la que permanecer y desde la que amar.