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sábado, 11 de julio de 2026

La herencia que Jesús nos regala desde nuestro desprendimiento para seguirle en los caminos del amor que nos hace pasar por el sentido de una nueva comunión con visos de vida eterna

 


La herencia que Jesús nos regala desde nuestro desprendimiento para seguirle en los caminos del amor que nos hace pasar por el sentido de una nueva comunión con visos de vida eterna

Proverbios 2, 1-9;Salmo 33; Mateo 19, 27-29

¿Que regalo me vas a hacer? Somos amigos, ¿no? Alguna vez hemos escuchado una cosa así, seguramente de alguien que se nos dice amigo. Como también estamos pensando en las herencias que vayamos a recibir de nuestros mayores, y estamos pensando en propiedades, en cuentas bancarias, en posesiones o en títulos. ¿Somos interesados? Nos movemos en un mundo de materialidades, de posesiones, de prestigios o de poder que muchas veces fundamentamos en las riquezas materiales. ¿Es esa la verdadera herencia que podemos dejar tras nosotros tras el paso por esta vida? ¿Son esos los regalos que podemos ofrecer a quienes apreciamos? Pero así andamos en la vida.

Dijo Pedro a Jesús: Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’ ¿Andará Pedro en estas texituras de las herencias? Somos humanos; aquellos discípulos que Jesús había escogido y de entre los cuales había escogido aquellos doce Apóstoles entre los que se encontraba Pedro tenían por supuesto esas características humanas como todos y en sus corazones estaban las ambiciones que reinan en el corazón de todos los hombres. Un día se habían decidido a seguir el camino de Jesús y se habían hecho sus discípulos y ahora Jesús los había llamado a algo más. En su mente estaban los sueños de todo buen judío que esperaba la llegada del Mesías al que ellos le habían dado unas especiales características; significaba, según el pensamiento común, la liberación de toda opresión extranjera, lo que conllevaba todo un nuevo orden en lo político y en lo social acompañado de unas nuevas manifestaciones de poder. ¿Sería por ahí por donde estaban las herencias que pedía Pedro?

Si seguimos en la honda de Pedro nos puede producir una cierta confusión la respuesta de Jesús pero las palabras de Jesús van por otros caminos. Jesús siempre quiere elevar nuestra mente y nuestro espíritu, quiere que le demos otra trascendencia a la vida y a lo que hacemos, y terminará Jesús hablándonos de premios de vida eterna. Habla es cierto de que si hemos renunciado a padre o madre, a hermanos o a hermanas, o a todas esas materialidades de la vida vamos recibir el ciento por uno, y nos dice en esta vida. Es donde podemos quedarnos confundidos, pero es donde vamos a descubrir la verdadera riqueza que nos ofrece Jesús.

El ciento por uno, que nos dice Jesús, y nos habla de nuestra vida, porque vamos a aprender a valorar en todo su sentido ese amor que podemos recibir de los demás que en su reino ya no se reduce solamente a los que por lazos de sangre o de amistad tengamos cerca de nosotros sino que entramos en otra familia, en otra honda de amor que no solo nosotros ofrecemos sino que también recibimos. Es lo que tenemos que aprender a valorar, es la riqueza que estamos recibiendo del amor de los demás en toda esa profundidad nueva que va a tener un amor según el estilo de Jesús. En una verdadera comunidad cristiana cómo nos sentimos enriquecidos en esa vivencia de comunión y en ese sentido de familia que nos sentimos entre todos.

Pero aun nos dirá más Jesús, ‘y heredará la vida eterna’. Nos habla Jesús del Hijo del hombre en su trono de gloria, y para ellos que de tan cerca le han seguido ‘doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel’. Es el gozo de la esperanza, como es el gozo de la entrega y de nuestra disponibilidad, es el gozo de la comunión, es el gozo del amor. La verdadera herencia, el hermoso regalo del amor de Dios que se manifiesta en ese amor de los hermanos.

martes, 24 de enero de 2023

Un mundo nuevo, sí, un mundo de fraternidad, un mundo que nos tiene que llevar al entendimiento, a la concordia, a la paz, construido desde el amor

 


Un mundo nuevo, sí, un mundo de fraternidad, un mundo que nos tiene que llevar al entendimiento, a la concordia, a la paz, construido desde el amor

Hebreos 10,1-10; Sal 39; Marcos 3,31-35

Algunos nos dicen hoy que todo está cambiando, que esta sociedad en unos años no hay quien la conozca, que conceptos tradicionales que teníamos como intocables ahora parece que ya no son tan fundamentales, porque hay que tener otro concepto de la familia, de la vida y de cómo queremos que sea nuestra sociedad.

Puede ser que sea cierto eso de que esta sociedad en unos años no hay quien la conozca, tal como vemos que marchan las cosas, tal como vemos que es lo que quiere hacer de nuestra sociedad, tal como vemos una pérdida de valores muy importantes y que consideramos que siguen siendo fundamentales para nuestras relaciones mutuas y que sean verdaderamente humanas. No es cuestión de tradicionalismos a rajatabla, pero sí de conservar aquello que tiene verdaderamente validez para lo mejor de la vida y hasta para la felicidad del hombre, de la persona.

Alguno hoy encandilado con sus ideas que le dan una interpretación muy particular a todo pudiera quizás decirnos tras escuchar el texto del evangelio que hoy se nos ofrece, que Jesús tampoco cree en la familia, porque allí están su madre y sus parientes – hermanos como se dice en el lenguaje semita para referirse a todo pariente  - y parece que Jesús nos les hace caso. La valoración de la familia desde el mensaje del evangelio no hay quien nos lo pueda poner en duda. El evangelio se entiende y se explica a través del mismo evangelio, por eso siempre tenemos que mirar en todo su conjunto para poder captar y entender bien lo que es el mensaje de la Palabra de Dios.

Con ocasión de esa presencia de su madre y de sus hermanos o parientes como queramos llamarnos, Jesús está queriendo abrirnos horizontes de mayor universalidad, y nos está hablando de esa familia universal que entre todos tenemos que constituir, sin olvidar por supuesta a esa familia en la que hemos nacido y en la que nos hemos criado recibiendo los mejores valores para nuestra vida. Pero Jesús quiere que abramos los brazos de nuestro corazón para que en verdad nos sintamos hermanos de todos, y que si hay algo que nos une es la Palabra de Dios que Palabra de salvación para nosotros.

Por eso nos habla Jesús hoy de que seremos en verdad su familia si siempre y en todo sabemos buscar la voluntad de Dios. Eso es lo importante. No buscamos nuestra voluntad, sino el querer de Dios, el plan de Dios para nosotros que siempre será más sublime que todos los planes, por muy hermosos que sean, que nosotros nos podamos hacer.

Y es ahí en ese plan de Dios, en eso que es su voluntad para nosotros es donde tenemos que entretejer nuestra vida, en donde tenemos desarrollar eso que Dios quiere para nosotros. Busca Dios siempre la felicidad del hombre, que alcancemos la plenitud. El ha venido a ofrecernos ese camino que es y será siempre camino que nos lleva a nuestra mayor plenitud.

Por eso hoy Jesús se pregunta ante aquella situación que ahora están viviendo. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dice: estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

Cuando buscando la voluntad de Dios comenzamos a amarnos de verdad los unos a los otros porque sentimos esa comunión que tiene que haber entre todos porque somos una misma familia, estaremos expresando el amor que le tenemos a Dios de quien queremos hacer siempre su voluntad. Es un mundo nuevo, sí, un mundo de fraternidad, un mundo que nos tiene que llevar al entendimiento, a la concordia, a la paz; un mundo en que estaremos siempre buscando lo mejor de la persona y lo mejor para la persona, porque valoramos a todos y cada uno y porque para todos y cada uno trabajaremos para que vivan siempre en ese amor y en esa paz.

Ojalá, sí, no conozcamos a nuestro mundo porque lo transformemos a lo mejor desde los caminos del amor.

martes, 29 de enero de 2019

Jesús viene a enseñarnos a tener otra mirada porque quiere hacernos sentir una nueva fraternidad, en un nuevo sentido de familia cuando escuchamos y creemos en la Palabra de Dios



Jesús viene a enseñarnos a tener otra mirada porque quiere hacernos sentir una nueva fraternidad, en un nuevo sentido de familia cuando escuchamos y creemos en la Palabra de Dios

Hebreos 10,1-10; Sal 39; Marcos 3,31-35

Es como un hermano para mí’, decimos cuando presentamos un amigo, al que le tenemos mucho aprecio, con el que se han compartido muchas cosas, con quien no tenemos secretos, y en todo momento lo hemos sentido a nuestro lado; nos ha ayudado y le hemos ayudado, ha estado en los momentos difíciles y con él compartimos nuestras alegrías. 'Hay amigos que son más afectos que un hermano', dicen los libros de la Sabiduría.
En el mismo sentido lo decimos haciendo referencia a quien sin ser nuestra madre sin embargo en la vida se ha comportado con nosotros como una madre estando a nuestro lado, ofreciéndonos su cariño que es mucho más que una amistad. A uno y otro los sentimos como parte de nuestra familia, sin ser de la misma sangre, hay unos lazos que nos unen, que nos hacen sentirnos cerca los unos de los otros, y parece que vamos haciendo juntos el camino de la vida.
Me han venido a la mente estas experiencias humanas que habremos vivido quizás de una forma o de otra cuando he escuchado el texto del evangelio que nos ofrece hoy la liturgia del día. Jesús, como siempre está rodeado de mucha gente que se agolpa en torno suyo para escucharle y que hacía en ocasiones que fuera difícil llegar hasta Él; recordemos el caso del paralítico que llevan a su presencia y que tienen que descolgarlo del techo por no hay manera de entrar de forma normal por la puerta.
En esta ocasión están fuera la madre de Jesús y sus familias. El evangelio dice hermanos pero todos entendemos la forma de hablar de los orientales o de los semitas, para quienes todos los miembros de la familia, incluso los que nosotros en nuestro lenguaje decimos primos, se consideraban como hermanos. Por eso ahora a Jesús le dicen, 'Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan'.
Parecería que al recibir la noticia Jesús quisiera que se abriera paso para que puedan llegar hasta Él su madre y sus parientes, pero sin embargo nos sorprende preguntandose delante de todos ¿quiénes son su madre y sus hermanos? ¿No reconoce Jesús que aquella mujer que está allí es su madre y que aquellos son sus parientes que han venido quizás desde Nazaret para verlo y estar con El?
Jesús viene a enseñarnos a tener otra mirada. Quiere hacernos sentir una nueva fraternidad, en un nuevo sentido de familia; no quiere El romper los lazos que nos unen por la sangre sino que con toda intensidad quiere El que los estrechemos, pero quiere establecer una nueva relación. Ya nos dice Juan en el principio del Evangelio que en nosotros hay una nueva vida por la que nos sentimos y somos hijos de Dios; no fue por la carne o por la sangre ni por otro vínculo humano, sino que porque hemos puesto nuestra fe en Él su Espíritu viene a nosotros para hacernos hijos de Dios. Por esa fe y por la fuerza del Espíritu entramos a formar una nueva familia.
Ahora nos está diciendo que quienes somos su madre y sus hermanos, y no señala a todos los que hemos creído en la Palabra, la hemos escuchado y la hemos plantado en nuestro corazón. ¿Quienes son mi madre y mis hermanos?… Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’.
Como María, la que escuchó la Palabra de Dios, creyó en ella haciéndose su esclava, plantándola en su corazón y se convirtió en la Madre de Dios. Cuando nosotros escuchamos y creemos, cuando plantamos la Palabra de Dios en nuestra vida porque queremos cumplirla, hacerla vida en nosotros somos los hijos de Dios, entramos a formar parte de esa nueva familia de los hijos de Dios. Padre, madre, hermano o hermana somos todos los que escuchamos y creemos, los que llevamos a la vida y la cumplimos en nosotros, como nos dice hoy el Evangelio.
Hablamos al principio de ese otra forma se sentirnos familia porque nos queremos, porque compartimos y nos hacemos presente en la vida del otro, porque caminamos a su lado y sentimos en todo momento su presencia, su ayuda o su amor y decimos es como mi hermano, es como mi madre o mi padre, transportemos esto al ámbito de la fe y de la vida cristiana y entenderemos mejor las palabras de Jesús; transplantemos esto al terreno de los que creemos en Jesús y en su palabra y comprenderemos cómo tenemos que amarnos, cómo tenemos que estar los unos junto a los otros, cómo tenemos que ayudarnos y compartir porque ahora ya somos uno, ya hay unos nuevos vínculos de amor entre nosotros.





viernes, 22 de septiembre de 2017

Seguimos a Jesús caminando en comunión con El y con los hermanos siendo nuestra comunión el mejor signo para que el mundo crea

Seguimos a Jesús caminando en comunión con El y con los hermanos siendo nuestra comunión el mejor signo para que el mundo crea

1Timoteo 6,3-12; Sal 48; Lucas 8,1-3
‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades…’
Jesús caminando de pueblo en pueblo anunciando el Reino; con él los discípulos y en especial aquellos doce que había constituido en apóstoles con él, pero también la gente le seguía; ahora menciona el evangelista algunas mujeres que Jesús había curado. Es el grupo de los que siguen a Jesús más de cerca, siempre con El, escuchando sus enseñanzas pero también las explicaciones especiales que a ellos les hacia. Así se va constituyendo la primera comunidad, en torno a Jesús, escuchando su Palabra, sintiendo el regalo de su amor.
Seguimos a Jesús, nos llamamos sus discípulos y nos decimos cristianos; su Palabra tiene que ser también el alimento diario de nuestra vida; queremos escucharle de manera especial allá en lo hondo de nuestro corazón, queremos sentir el calor de su presencia, la fuerza de su amor.
Seguir a Jesús así, unidos, formando comunidad en torno a El tiene que ser nuestro gozo. Así nos amasamos en su amor, así vamos creando cada día más intensamente comunión con El, así formamos comunidad con los demás, nos sentimos en comunión con los que nos rodean, vamos creando la comunidad cristiana.
Pero no es un camino que hacemos en solitario, por nuestra cuenta, a nuestra manera; eso no sería la comunidad de Jesús, la comunidad de los que creemos en El; primero que nada es un camino que hacemos con El, a El tenemos que sentirnos unidos siempre abiertos a su amor, siempre con los oídos del corazón bien atentos para escucharle, siempre en sintonía de amor con El.
Ahí tiene que estar nuestra oración, ese dialogo continuo de amor. Los amigos que no se comunican, que no hablan, que no comparten, que no abren su corazón el uno al otro tienen el peligro de que su amistad se enfrié, se malee, se pierda; sucede tantas veces. Que no nos suceda con Jesús; por eso hemos de cultivar nuestra amistad con El, nuestra unión con El en la oración y en los sacramentos donde sentimos de manera especial la gracia de su presencia.
Pero nuestra unión con Cristo no nos separa de los demás, sino todo lo contrario. Nos tiene que llevar necesariamente a que cada día nos sintamos más en comunión con los otros. Una comunión de hermanos, somos una familia. En sintonía de amor con los demás que vamos haciendo los caminos juntos; y mutuamente nos apoyamos, nos ayudamos, nos estimulamos. El camino que el hermano hace a mi lado en medio de sus luchas y con todos sus esfuerzos es para mi un estimulo que me impulsa a yo también mantener esa lucha, a no dejarme vencer por el cansancio o la desilusión, a tener siempre esperanza de que podemos avanzar, de que podemos llegar a la meta.
Ahí en esa comunión con los hermanos escuchamos también la Palabra de Jesús, esa Palabra que nos llena de vida, que nos explica, que nos anima, que nos ayuda a descubrir el camino, que nos amplia horizontes, que nos hace ir con mayor ilusión cada día al encuentro con los demás. Ahí en esa comunión y por esa comunión nos convertimos en anunciadores de evangelio, porque nuestro amor y nuestra comunión se convierte en testimonio de lo que es el Reino, es anuncio de Buena Nueva de Salvación para nuestro mundo. Ya Jesús nos pedía que nos mantuviéramos unidos para que el mundo crea. Nuestra comunión es el mejor anuncio para que el mundo llegue a la fe en Jesús.

martes, 20 de septiembre de 2016

Nuestras actitudes y comportamientos nunca pueden ser un obstáculo para que otros lleguen hasta Jesús

Nuestras actitudes y comportamientos nunca pueden ser un obstáculo para que otros lleguen hasta Jesús

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Sal 118; Lucas 8, 19-21

‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Habían intentado llegar hasta Jesús su madre que venía con algunos familiares; bien sabemos que la expresión hermanos en el lenguaje semita tiene la amplitud de abarcar a los familiares más cercanos. No había podido acercarse a Jesús porque el gentío que lo rodeaba lo impedía; por eso algunos de los discípulos le avisan a Jesús.
Algunos piensan que es un desaire de Jesús hacia la familia, cosa que no podemos aceptar, sino que Jesús quiere darnos un mensaje bien hermoso de la nueva familia de los hijos de Dios que El nos viene a constituir. ‘Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’. Somos la familia de Jesús si aceptamos y escuchamos su Palabra; somos la familia de Jesús cuando en verdad tratamos de reflejar en nuestra vida, en nuestros comportamientos, en nuestras actitudes, en nuestro sentido de vida lo que El quiere trasmitirnos en el evangelio. Un reto que nos está lanzando Jesús a nuestra vida. No basta decir ‘¡Señor, Señor!’ sino que nos es necesario cumplir la voluntad del Padre del cielo, como nos dirá en otro lugar.
Pero al hilo de estas palabras con que le anuncian a Jesús que allí están su madre y sus hermanos que no alcanzan a poder llegar hasta El, me hago otra reflexión. ¿Habrá en nuestro entorno alguien que quiera llegar hasta Jesús y no pueda? En aquella ocasión los mismos que estaban alrededor de Jesús porque querían escucharle y estar con El fueron obstáculo para que alguien también pudiera llegar hasta Jesús, en este caso María y familiares.
Pero quiero reflexionar y plantear y plantearme si acaso los que estamos cerca de Jesús pudiéramos ser obstáculo para que otros puedan llegar hasta Jesús, si acaso yo con mi vida no tan ejemplar pueda ser ese obstáculo para alguien. Nos puede suceder. Quizá nosotros nos podemos sentir muy entusiasmados y contentos con nuestra fe, pero no pensamos en los otros, en los que no conocen a Jesús, aquellos a quienes no se les anuncia, aquellos que están en nuestro entorno y quizá no llegan a ver nuestro testimonio, o aquellos a los que quizá podemos escandalizar con nuestro contra-testimonio.
Somos muy religiosos quizá, nos gusta rezar, asistir a cuantos actos religiosos se organicen en nuestro entorno, acudimos a santuarios del Señor o de la Virgen con asiduidad, no faltamos a una fiesta o a una procesión, pero luego nuestra vida de cada día no va en consonancia con esa fe, nuestros valores dejan mucho que desear porque no entran en verdadera sintonía con el Evangelio. Nuestra vida no es un auténtico testimonio y así nos podemos convertir en un obstáculo para que otros sintonicen con el evangelio, sintonicen con Jesús. Somos interferencia.
Aprendamos de María, la madre de Jesús. María que siempre tuvo abierto su corazón a Dios pero para que se realizara en ella siempre lo que era la voluntad de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase, cúmplase en mí según tu palabra’. Y la vemos caminar con su fe siempre al servicio de los demás, en una disponibilidad total, generosa en lo más hondo de su corazón para estar atenta siempre a todas las necesidades, madre implorante e intercesora no por sí sino para los demás. María, la que supo vaciarse de si misma para llenarse de Dios, pero para dar cabida en su corazón a todos los hombres que ahora para siempre serán sus hijos.
¿Serán esas nuestras disposiciones? ¿Será esa la generosidad que inspire el actuar de nuestro corazón y cuanto hagamos en la vida? Así nos convertiremos en trasmisores del Evangelio, así nos convertiremos en un hermoso eslabón para que todos puedan llegar hasta Jesús.

martes, 22 de septiembre de 2015

Escuchamos la Palabra de Dios que nos impulsa a abrirnos al amor, al servicio, a la comunión de la nueva familia de Dios

Escuchamos la Palabra de Dios que nos impulsa a abrirnos al amor, al servicio, a la comunión de la nueva familia de Dios

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Sal 121; Lucas 8, 19-21

‘Estos son mi madre y mis hermanos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica’. Le habían dicho a Jesús que fuera estaba su madre y sus parientes que venían a verlo. Y esta fue la reacción de Jesús. Dejarnos esa hermosa sentencia. Escuchar la Palabra, pero no solo oírla, sino llevarla a la vida, llevarla a la práctica de cada día. Quienes así lo hicieran formarían parte de su nueva familia; así se constituía la nueva comunidad.
No es que no quisiera saber de su madre y de sus hermanos o parientes; quería más bien aprovechar todo momento para enseñarnos algo. Además María, su madre, era el mejor ejemplo y modelo de lo que estaba diciendo. María es modelo de escucha pero también de cómo hacer vida en la propia vida la Palabra de Dios escuchada. No quería María otra cosa que hacer que en ella se cumpliera siempre la voluntad de Dios.
Tenemos que recordar una y otra vez aquel episodio de Nazaret. María siempre tiene abierto su corazón a Dios, siempre quiere estar en la sintonía de Dios. Es así como recibe al ángel enviado por Dios, es así como se abre al misterio de Dios que se le manifiesta, es así como escucha y quiere hacerlo de una manera profunda la palabra que lleva a ella de parte de Dios.
Cuando la saluda el ángel se queda meditando en aquello que ha escuchado; quiere entenderlo pero quiere hacerlo vida de su vida; aunque le cueste entender, por eso pregunta, pero no quiere hacer otra cosa que descubrir los designios de Dios. Por eso María es la llena de Dios, la llena e inundada de la gracia de Dios. ‘Llena de gracia… porque el Señor está contigo’, le dice el ángel. Ella es la agraciada con el favor de Dios.
Por eso terminará sintiéndose la pequeña, la humilde, la esclava del Señor que no quiere otra cosa que hacer la voluntad de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi, según tu palabra’. Que se cumpla en ella el designio de Dios es su deseo, es su oración. Y la Palabra de Dios se encarnó en ella; y la Palabra de Dios estuvo presente en su corazón durante toda su vida.
Esa Palabra de Dios que si le había abierto el corazón a Dios, ahora la llevaba a abrir su corazón a los demás; allí estaba María siempre dispuesta al servicio; allí estaba María siempre atenta allí donde hubiera una necesidad; allí estaría María donde se viviera la comunión en el amor; ahí estará María al pie de la cruz para hacer también su ofrenda de amor; pero ahí estará María siempre presente en la vida de la Iglesia para alentar a sus hijos a vivir en la comunión, en el servicio, en el amor.
Y hoy nos dice Jesús que si queremos ser parte de su familia, si queremos entrar en esa nueva comunidad de fe y de amor de todos los que quieren ser sus discípulos, tenemos que hacer como María, escuchar y plantar la Palabra de Dios en nuestro corazón, en nuestra vida. Cuánto tenemos que aprender de María. Qué hermoso caminos hemos de recorrer de mano de María para vivir en el amor, para vivir en el servicio, para vivir en esa nueva comunión. 

martes, 21 de julio de 2015

Cumplir la voluntad de Dios, creer en su nombre, convertir nuestra vida a la Buena Nueva del Reino nos llena de la vida de Dios

Cumplir la voluntad de Dios, creer en su nombre, convertir nuestra vida a la Buena Nueva del Reino nos llena de la vida de Dios

Éxodo 24,21-15,1; Sal.: Ex 15,8-9.10.12.17; Mateo 12,46-50
Con Jesús no valen los tráficos de influencias ni los nepotismos. Qué distinto a lo que estamos acostumbrados o a lo que estamos tentados en la vida. No es que no tengamos en cuenta la familia; de ninguna manera. Eso no lo podemos decir nosotros los cristianos que tenemos que defender a ultranza el valor de la familia a la que consideramos como cédula fundamental de nuestra sociedad. Ahí nacimos y a su calor crecemos y maduramos, aprendemos lo que es realmente la vida y nos vamos llenando de valores desde lo que la familia nos trasmite. El amor familiar, el calor del amor de la familia es un hermoso caldo de cultivo para el crecimiento de nuestra vida.
Pero es otra cosa a lo que nos referimos cuando hablamos de los nepotismos o de los tráficos de influencias. ‘Es que yo soy pariente de…’ podemos escuchar con cierta frecuencia, queriendo valernos de unos lazos familiares, algunas veces bien lejanos, para nuestro medrar en la vida. Cuantas veces en las relaciones sociales y laborales se trata de utilizar estos resortes para conseguir un puesto o simplemente para darnos importancia en la vida más allá o por encima de las cualidades o capacidades que tengamos por nosotros mismos. Están también los que van colocando desde su poder social a sus allegados en lugares importantes de los que luego nos podremos valer con cierta manipulación para conseguir nuestros intereses o nuestras ganancias ya sea en lo económico o en el estatus social o incluso político.
Decíamos que con Jesús no valen esas cosas. Recordamos como aquella madre quiso hacer valer su parentesco con la familia de Jesús para lograr que sus hijos ocuparan primeros puestos en el Reino tal como ella se lo imaginaba. Y Jesús en aquel momento habló de cáliz, de pasión, de entrega hasta la muerte incluso.
Ahora vienen a decirle a Jesús que su madre y sus parientes han venido a verle. ‘Uno se lo avisó: Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo’. A lo que Jesús replicará: ‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre’.
¿Es un rechazo de Jesús a su familia? De ninguna manera lo podemos ver así. Jesús está descubriéndonos un nuevo sentido de ser su familia, la nueva relación que con El se ha de establecer. Aquellos que buscan a Dios con sincero corazón queriendo en todo hacer su voluntad son los que van a entrar a formar parte de esa nueva familia de los hijos de Dios. No es por la carne o la sangre, ni por ningún lazo de ese tipo humano por donde entramos a formar parte de su familia. Recordemos aquello que nos decía el principio del evangelio de Juan. ‘A cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios. Estos son los que no nacen por vía de la generación humana, ni porque el hombre los desee, sino que nacen de Dios’.
Es lo que nos está diciendo hoy Jesús. ‘El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre’. Cumplir la voluntad de Dios, recibir a Jesús y su luz que ilumina nuestra vida, creer en su nombre, convertir nuestra vida a esa Buena Nueva del Reino de Dios nos hace hijos de Dios, nos llena de la vida de Dios. Como nos dirá en otro lugar no es solo decir ‘¡Señor, Señor!’ sino hacer la voluntad del Padre que está en el cielo. María merecerá la alabanza, porque ella plantó la voluntad de Dios en su vida. ‘Hágase en mí según tu palabra’, que le dijo al ángel. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’, dirá Jesús en clara alabanza a su madre como a todos los que cumplen la voluntad de Dios en sus vidas.

martes, 28 de octubre de 2014

La celebración de la fiesta de los apóstoles nos hace sentirnos ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios

La celebración de la fiesta de los apóstoles, san Simón y san Judas, nos hace sentirnos ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios

Ef. 2, 19-22; Sal.18; Lc. 6, 12-19
‘A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos. Te ensalza el glorioso coro de los Apóstoles’. Así proclamamos en el himno de acción de gracias del ‘Te Deum’, y tomando de ahí estas palabras las hemos proclamado con el aleluya del Evangelio en esta fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas.
En el evangelio hemos escuchado una vez más el relato de la elección de los Doce. ‘Jesús pasó la noche orando a Dios y cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a Doce de ellos, y los nombró Apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación de los Doce, con relaciones familiares y hasta con los apodos con que eran conocidos. Detalles del Evangelio. ‘Los nombró Apóstoles’; iban a ser sus enviados - que eso significa como sabemos la palabra apóstol -, pero ahora los iba a tener junto a sí, y a ellos de manera especial les iría revelando todo lo referente al Reino de Dios.
 La celebración de la fiesta de los apóstoles que vamos haciendo a lo largo del año litúrgico en fechas determinadas según las tradiciones de las diversas Iglesias tiene un profundo sentido eclesial. Es una característica fundamental de la fe que tenemos en Jesús, que recibimos de la Iglesia y que en la Iglesia vivimos y celebramos, al tiempo que desde la Iglesia la anunciamos y proclamamos al mundo. Una fe eclesial enraizada en los apóstoles, como  nos decía san Pablo en la carta a los Efesios ‘estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas y el mismo Cristo Jesús es la piedra fundamental’, la piedra angular.
San Pablo nos ofrece tres imágenes para hablarnos de esa comunión eclesial. Nos habla de una ciudadanía, ciudadanos del pueblo de Dios; nos habla de una familia, porque somos ‘miembros de la familia de Dios’; y nos habla de un edificio, como ya hemos comentado ‘edificado sobre el cimiento de los apóstoles’. Todo nos habla de unidad y de comunión. Porque todo esto nos está llamando a vivir en esa comunión que crea en nosotros y entre nosotros la fe y el amor cristiano. 
Como nos dice no nos sentimos ni extranjeros ni forasteros, porque todos formamos parte de esa nueva ciudadanía del pueblo de Dios. Ya no somos ni de aquí ni de allá, somos un solo pueblo en el que nadie se ha de sentir distinto ni extraño, porque ese nuevo pueblo no es ajeno a nosotros sino que nosotros formamos parte, somos miembros de pleno derecho de ese pueblo. Cuando uno visita un pueblo que no es el suyo, bien porque vaya a otro lugar, a otra región o vayamos al extranjero, en principio nos sentiríamos extraños, porque no es nuestro pueblo, aquello son otras gentes, allí hay otras costumbres, nos podemos sentir distintos.
Pero en la Iglesia, en el pueblo de Dios nadie se siente extraño, porque todos nos sentimos uno en  la misma fe que profesamos y en el amor mutuo que vivimos. Somos una familia, que es la otra imagen que nos ofrece san Pablo, y en la familia nos sentimos todos iguales porque hay unos lazos de la sangre y del amor que nos hace sentirnos unidos y querernos. Así tiene que ser en la Iglesia.
Sería triste que viviéramos esa experiencia negativa en nuestra Iglesia, porque creáramos distancias y distinciones entre nosotros. No tendría ningún sentido. Por eso tenemos que profundizar en ese sentido de comunión, profundizar en ese amor que entre todos hemos de tenernos, crear esos lazos de amor cristiano entre nosotros, sentirnos ‘ensamblados en el mismo edificio’, empleando palabras del apóstol en la carta a los efesios.
No puede haber barreras entre nosotros porque somos hermanos, porque somos una familia, la familia de los hijos de Dios. Para eso ha venido Cristo derribando el muro que nos separaba, el odio, con su sangre derramada en la cruz. Si siguiéramos con barreras, con esas distinciones y distanciamientos entre nosotros, haríamos infructuosa en nosotros la sangre que Cristo en su pasión derramó por nosotros.
Que la fiesta de los santos Apóstoles nos haga crecer en comunión y en unidad; que nos sintamos verdaderamente Iglesia, una familia, la familia de los hijos de Dios, donde todos nos queremos y nos aceptamos, donde unidos caminamos juntos en la espera de la plenitud del Reino de Dios que un día en el cielo con los ángeles y santos podremos vivir. 

martes, 23 de septiembre de 2014

Ojalá sintiéramos inquietud por anunciar la Palabra a todos los que están fuera para que también conozcan a Jesús

Ojalá sintiéramos inquietud por anunciar la Palabra a todos los que están fuera para que también conozcan a Jesús

Prov. 21, 1-6.10-13; Sal. 118; Lc. 8,19-21
El episodio que nos narra en estos cortos versículos el evangelista podría pasar como una anécdota más de las tantas cosas que sucedían cada día en el entorno de Jesús con la gente que se arremolinaba a su alrededor para escucharle. Ya nos ha dicho como vienen de todas partes y son muchos los que quieren escucharle o llevar hasta El sus enfermos.
En la orilla del lago se ha tenido que subir Jesús a una barca para hablarles desde allí mientras la gente en la playa les escuchaba; ya en otra ocasión nos hablaba de que la gente llenaba la casa hasta la puerta cuando vinieron con aquel paralítico que no podían entrar y terminan por quitar unas lozas de la azotea para descolgarlo a los pies de Jesús. Ahora llegan hasta Jesús su madre y unos parientes, hermanos en la expresión semita para referirse a todos los familiares cercanos. No es necesario meternos ahora con más explicaciones del término hermano que siempre la Iglesia lo ha interpretado en este sentido.
Le avisan a Jesús: ‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Una ocasión para una hermosa enseñanza de Jesús en la respuesta directa que da a este anuncio. Con Jesús formamos una nueva familia, que no son los vínculos de la carne y de la sangre ni siquiera la cercanía de una amistad. Hay algo más hondo que nos hace entrar en la familia de Jesús. Es su respuesta. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra’.
Como tantas veces decimos no es un rechazo de Jesús a su madre y a sus parientes, ni mucho menos. Lo podemos ver incluso como una alabanza para María,  que fue la primera que escuchó y dijo ‘sí’. Cuántas veces hemos cantado, ‘Madre de todos los hombres enséñanos a decir: Amén’. De María aprendemos a decir sí, plantar la Palabra de Dios en nuestro corazón. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra’, le respondió María al ángel de la Anunciación. Y será la contra alabanza de Jesús cuando la mujer anónima del Evangelio comenzó a prorrumpir en alabanzas a la Madre de Jesús. ‘Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’.
Ahí tenemos la primera enseñanza, para saber nosotros acoger la Palabra de Dios y llevarla a nuestra vida cumpliéndola. No nos basta decir ‘sí’, si luego no obedecemos la Palabra y el mandato del Señor. No nos basta decir ‘Señor, Señor’, si luego no cumplimos la voluntad del Padre. Ante nosotros está el Hijo amado de Dios a quien tenemos que escuchar, a quien queremos seguir, en quien ponemos toda nuestra fe, a quien queremos amar.
Pero quisiera hacerme otra consideración, que quizá para algunos les pudiera parecer un forzar el texto sagrado, pero es que siento una inquietud en el corazón y este texto hoy escuchado, quizá en la literalidad de sus palabras, alimenta aún más esa inquietud. Son las palabras con las que anunciaron a Jesús la presencia de María y de sus familiares. ‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’, le dicen.
Sí, fuera está María y su familia que quiere verle y les es difícil entrar. Pero cuántos estarían fuera, ignorantes quizá de lo que allí sucede, con curiosidad quizá, o con deseos de ver a Jesús y no terminan de verlo. ‘Están fuera y quieren verte’, que dice el evangelista. Algunas veces nos contentamos con los que venimos, los que llegamos al entorno de la Iglesia o llegamos incluso a participar en las celebraciones, pero cuántos están fuera y en los que quizá tendríamos que sembrar la inquietud de querer ver y conocer también a Jesús.
Estos días en nuestro entorno se están celebrando las fiestas del Cristo, ya sea en La Laguna, en Tacoronte o seguirán también en otros muchos pueblos. La otra noche participaba yo en una celebración de la Eucaristía dentro de estas fiestas. El templo es cierto está prácticamente lleno, pero cuando salió la procesión tuve la oportunidad de mirar hacia la plaza del entorno del Santuario y allí había una multitud grande de gente que había venido a la fiesta, estaban viendo desfilar la procesión con la Imagen del Cristo y se agolparían en las aceras a su paso y así en todas las procesiones de la fiesta. Pero esa gente no llegaba a entrar a la celebración, ‘estaban fuera’ y quizá se contentaban con ver el paso de la Imagen sagrada. Como tantas otras personas en el entorno de la fiesta se acercarían por aquel ambiente aquellos días, pero se quedaban solo en eso. Aunque en la fiesta del Cristo, sin embargo se quedaban fuera, en lo de fuera.

¿No nos dice nada todo esto? ¿No tendríamos que sentir una inquietud en el corazón porque a esas personas también tendríamos que anunciarle a Jesús, para que conozcan a Cristo no solo en una imagen sino en todo su misterio de salvación y en su evangelio? Pensemos, sí, en los que están fuera y quizá también quieran ver a Jesús. ¿Qué hacemos nosotros para llevarles ese conocimiento de Jesús? Siento esa inquietud en el corazón.

martes, 24 de julio de 2012


La familia de los que creemos en Jesús y hacemos la voluntad del Padre
Miqueas, 7, 14-15.18-20; Sal. 84; Mt. 12, 46-50

‘Oye, que tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo’, vinieron a decirle a Jesús mientras El estaba enseñando a la gente. 

Esta expresión a muchas personas les resulta confusa, no sólo por la respuesta de Jesús que a alguno le podría parecer en una muy particular interpretación que Jesús no hace caso de su propia familia. La confusión y en lo que muchos se fundamentan para decirnos que los católicos enseñamos cosas que no son verdad y que de María decimos cosas que el evangelio contradice cuando hablamos de la Virginidad de María. 

Nos dicen Jesús tuvo más hermanos, porque ahora le dicen que allí están sus hermanos esperándole, o porque en la sinagoga de Nazaret cuando sus convecinos se admiran de la sabiduría de Jesús hacen referencia a sus hermanos y hermanas. Muchas discusiones habremos escuchado o tenido por este motivo cuando nos vienen de otras iglesias cristianas o desde algunas sectas a decirnos que nosotros estamos equivocados. 

No merma para nada la grandeza de María y el papel que Dios quiso asignarle en la historia de nuestra salvación como Madre de Jesús nuestro Redentor y como Madre de Dios el que María tuviera o no tuviera más hijos. Dejando esto como una premisa de nuestra reflexión, sí tenemos que saber interpretar el sentido que muchas palabras o conceptos podían tener para una gente de una cultura distinta como son las gentes de Oriente o las gentes del entorno semítico.

Decir que el concepto y la valoración que de la familia se hacían los semitas y los orientales es mucho más grande que el que nosotros en nuestra cultura, incluso nuestra cultura ya postmoderna, podemos tener. La familia en su conjunto y en toda su amplitud era algo muy valorado y muy sagrado. Los vínculos familiares creaban una unión muy profunda en todos los miembros de la familia, de manera que todos se consideraban hermanos. No solo son hermanos los nacidos del mismo padre y madre, sino todo el ámbito familiar era así considerado. Que a nosotros también en ocasiones nos sucede que tenemos parientes, primos con los que quizá mantengamos un vínculo mucho más estrecho que los propios hermanos por diferentes circunstancias que nos hayan surgido en la vida.

Esos son pues los hermanos de los que hablan quienes le anuncian a Jesús que allí están sus parientes buscándole o al hacer referencia en Nazaret a todos los parientes, a toda la familia que allí tenía Jesús. 

Aclarado esto, que nos conviene de vez en cuando explicar para quitar dudas y confusiones de nuestra cabeza, vamos a fijarnos también en el nuevo sentido que Jesús quiere darle a la palabra familia desde la respuesta que les da a quienes habían venido a traerle la noticia de la presencia allí de su madre y de sus parientes.

Ante lo que vienen a comunicarle Jesús se pregunta: ‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y señalando a los discípulos dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’. 

En Jesús nace una nueva familia. Somos los que creemos en El y a El  nos hemos unido desde el Bautismo. En la Catequesis cuando hablamos de los efectos del Bautismo siempre decimos que nos hace hijos de Dios, hermanos de todos los hombres y miembros de la Iglesia, miembros de la familia de todos los que creemos en Jesús y formamos la Iglesia.

Es necesario creer en Jesús, escucharle, seguirle, querer vivir su vida. Cuando creemos en Jesús buscamos siempre y en todo hacer la voluntad del Padre. Como lo hizo Jesús, como nos lo enseña hacer a nosotros, como nos enseña a que esa sea siempre una petición en nuestra oración al Padre. ‘Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’, decimos, pedimos en el padrenuestro. Así formamos la familia de Jesús. 

De María aprendemos a cumplir en todo la voluntad del Padre, ella que se llamó a sí mismo la humilde esclava del Señor con el deseo que se cumpliera siempre en ella la palabra de Dios, la voluntad del Padre.

viernes, 28 de octubre de 2011

Con la predicación de los apóstoles crezcamos en el conocimiento de Dios


Ef. 2, 19-22;

Sal. 18;

Lc. 6, 12-19

‘Ciudadanos del pueblo de Dios, miembros de la familia de Dios, templo consagrado al Señor, morada de Dios por el Espíritu…’ Es la descripción y el proceso que nos hace el apóstol en la carta a los Efesios que se nos ha proclamado en esta fiesta de los santos apóstoles san Simón y San Judas que estamos celebrando.

Descripción y proceso hemos dicho. Nos describe esa pertenencia por la fe al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia en la que somos como una familia por la comunión de amor que hay entre nosotros. Como hijos de Dios por el bautismo y porque queremos plantar la Palabra de Dios en nuestra vida somos esa familia de Dios. Recordamos lo que nos decía Jesús. ‘¿Quienes son mi familia, quienes son mi madre y mis hermanos y mis hermanas? Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’.

Esa Palabra de Dios que nos ha llegado por la predicación de los apóstoles. Como decíamos en la oración ‘nos llevaste al conocimiento de Dios por la predicación de los apóstoles’. Ahora nos dice san Pablo que estamos ‘edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’.

Enraizados estamos en la fe de los apóstoles nos llamamos Iglesia e Iglesia apostólica. Y es la fe de los apóstoles la que confesamos porque ellos como primeros testigos de la resurrección del Señor nos han trasmitido la fe por el anuncio del evangelio. Pero no nos quedamos en los apóstoles sino que queremos llegar hasta quien es la piedra angular, queremos llegar hasta Cristo verdadero y único fundamente de nuestra vida y de nuestra salvación.

Nos ha hablado de un ‘edificio para formar un templo consagrado al Señor, integrados en su construcción para ser morada de Dios por el Espíritu’. No es el edificio material, el templo físico y material en el que nos reunimos, sino que es ese edificio espiritual que formamos todos unidos en una misma fe y unidos a Cristo, para que demos culto espiritual al Padre ofreciendo nuestros cuerpos mortales, ofreciendo toda nuestra vida al Señor.

Cristo es el verdadero y auténtico templo de Dios y nosotros unidos a Cristo formamos parte de ese templo. Por Cristo, en Cristo y con Cristo se glorifica a Dios, se da todo honor y gloria a Dios. ‘Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique, exclamaba Jesús en la oración de la última cena, yo te he glorificado en este mundo, cumpliendo con la obra que me encomendaste…’ Nosotros nos unimos a Cristo para ser ese templo, para también con nuestra vida dar gloria al Señor.

Como nos decía, estamos ‘integrados en su construcción para ser morada de Dios por el Espíritu’. Es precisamente lo que Jesús promete cuando en la última cena Simón Tadeo le pregunta, ‘¿qué pasa para que te hayas manifestado a nosotros y no al mundo?’, que habla de si le amamos y guardamos su palabra el Padre nos amará y El y el Padre vendrán y harán morada en nosotros.

Son hermosas las consideraciones que nos podemos hacer en las fiestas de los apóstoles. Una celebración que nos ayuda a profundizar en toda la riqueza de nuestra fe y de nuestra pertenencia también a la Iglesia. Algo que tiene que ayudarnos a ir creciendo en ese conocimiento de Dios, como decíamos con la oración, que nos llega precisamente por la predicación de los apóstoles.

Algo que tiene que ayudarnos también a vivir nuestro compromiso de fe y nuestro compromiso con la Iglesia dando gloria al Señor en todo momento con nuestra vida santa. El contemplar a quienes nos anunciaron a Cristo nos impulsa también en ese deseo de anunciar también nosotros a Jesús, trasmitir nuestra fe, contagiar de nuestra vida cristiana a los demás para que todos también den gloria al Señor.

martes, 19 de octubre de 2010

Somos miembros de la familia de Dios

Ef. 2, 12-22;
Sal. 84;
Lc. 12, 35-38

‘Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios’. Confieso que cualquiera de los párrafos o renglones de este texto de la carta de los Efesios podría valernos para iniciar nuestro comentario y reflexión porque por sí mismo nos da un hermoso mensaje.
Pablo está dirigiendo su carta a la comunidad de Efeso que en gran parte provenía del mundo pagano y que han aceptado a Jesús como su salvador. Hay en la comunidad también creyentes provenientes del judaísmo, y es por lo que les dice que ya nadie se puede considera ni extranjero ni forastero. Todos son ciudadanos ya del nuevo pueblo que ha nacido desde la salvación de Jesús, todos forman parte de esa nueva familia de los hijos de Dios.
‘Ahora estáis en Cristo Jesús. Por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos… El ha hecho de los dos pueblos una sola cosa… reconcilió con Dios a los pueblos reuniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz…’
Es hermoso. La Sangre de Cristo nos une, la sangre de Cristo nos reconcilia con Dios, la sangre de Cristo nos hace sentirnos un solo cuerpo. Cristo ha venido a traernos la paz. La paz que es el perdón y la gracia que nos concede. La paz que es nuestra unión con Dios. La paz que nos reconcilia entre nosotros, hace que nos reencontremos de verdad. Cristo ha derribado el muro que nos separaba y dividía, el pecado que nos rompía por dentro, nos apartaba de Dios, pero que también nos separaba de los demás. Por eso como nos dice ‘unos y otros podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu’.
Pero el mensaje no es sólo para los efesios que tienen que llenarse de gozo en su corazón y alabar a Dios por esa vida nueva que en Cristo ahora tienen. El mensaje es también para nosotros que igualmente tenemos que llenarnos de gozo cuando nos sentimos redimidos por la Sangre de Cristo. También tenemos que alabar a Dios por las maravillas que hace en nosotros. Pero todo esto nos tiene que llevar a considera cómo es nuestra vida, si todo esto es algo que vivimos nosotros, si todo esto nos lleva a ese encuentro profundo con los demás.
Ese pensamiento con el que comenzábamos de que ahora somos miembros de la familia de Dios tendría que hacer reflexionar y revisar el nivel de comunión, de cercanía, de verdadero amor fraterno que vivimos entre nosotros en el día a día de nuestra vida. Mal podemos sentir que somos esa familia de Dios si aún no hemos desterrado de nosotros esas cosas que nos enfrentan y nos dividen, nos alejan unos de otros o crean tensiones en nuestra relación.
El apóstol nos decía que Cristo con su sangre ha derribado el muro que nos separaba, el odio, pero quizá todavía no hemos puesto en nuestro corazón todo ese amor que tiene que acercarnos a los demás; quizá quedan dentro de nosotros resentimientos, envidias y no sé cuantas cosas que nos distancias; quizá puedan quedar dentro de nuestro corazón las desconfianzas que no nos hacen ser sinceros unos con otros. Todo eso tendría que cambiar. Como nos dice el apóstol Cristo ha venido ‘para hacer las paces y para crear un hombre nuevo’.
Es la tarea que nos queda ir realizando día a día, porque sabemos que nos cuesta. Pesa en nosotros como una rémora que nos arrastra hacia atrás nuestro egoísmo y nuestro amor propio. Pero con Cristo tenemos que saber de una vez por todas amar y perdonar.
Pidamos que nos inunde el Espíritu de la unidad y de la concordia.

martes, 20 de julio de 2010

Estos son mi hermano, mi hermana y mi madre…

Miqueas, 7, 14-15.18-20;
Sal. 84;
Mt. 12, 46-50

‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?’, se pregunta Jesús. En pocas palabras podemos resumir el mensaje del evangelio diciendo que Jesús viene a mostrarnos quienes y cómo formamos su nueva familia. La ocasión viene motivada porque mientras está hablando a la gente vienen a decirle que su madre y sus hermanos están fuera esperándole.
Aclarar lo que creo que entendemos todos y es que cuando en el lenguaje bíblico se está hablando de hermanos como en este caso lo que se está haciendo es una referencia a los familiares, no sólo a los hijos del mismo padre y madre. También nosotros empleamos ese sentido cuando nos referimos a un pariente muy querido del que decimos que es como un hermano para nosotros. Es un texto que muchas veces se ha utilizado para originar controversias y debates sobre si Jesús tuvo más hermanos, María tuvo otros hijos sin ser Jesús, pero no vamos a entrar ahora en ese aspecto. Valga lo comentado.
‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y señalando con la manos a los discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’. Está, sí, la familia a la que nos unen los lazos de la sangre. Pero con Jesús nace una nueva familia, la familia de quienes formamos el Reino de Dios; la familia de los que en verdad reconocen a Dios como Padre y como único Señor de su vida; la familia de los hijos de Dios; la familia de los que creyendo en Jesús vivimos en un nuevo sentido de amor y de fraternidad que nos une con los lazos más profundos; la familia de los que nos hemos dejado inundar por el Espíritu de Jesús para llenarnos de su nueva vida, esa vida que nos hace hijos de Dios; la familia, entonces, de los que queremos plantar en nuestro corazón y nuestra vida la palabra de Dios para cumplirla, para vivirla, para hacerla el único sentido y valor de nuestra existencia.
Por una parte podemos recordar otro texto del evangelio en cierto modo semejante. Una mujer anónima de entre el pueblo bendice y alaba a la madre que dio tal hijo ‘bendito el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron’, pero Jesús exclamará ‘dichosos, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen, plantándola en su vida, se parecen, se asemejan a María; hoy nos dice los que escuchan la Palabra y la cumplen, son como María, son su madre y su hermano y su madre.
Nosotros, los que creemos en Jesús, aquellos de los que dice el evangelio de Juan ‘a cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios. Estos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios’ somos esa nueva familia de Jesús desde que nacimos para El por el agua y el Espíritu en el Bautismo.
Pero que no lo seamos solamente porque se haya realizado un rito en nosotros, sino porque en verdad nosotros le hayamos dado ese Sí total de toda nuestra vida a la Palabra de Dios, porque la escuchemos y la plantemos en nuestro corazón. Que entonces por la fuerza del Espíritu nos sintamos transformados, nos sintamos hijos, nos sintamos miembros del Reino de Dios, familia de Jesús.
Escucha, pues, con atención la Palabra de Dios que llega a tu vida, plántala en tu corazón, conviértela en la única razón de tu existir.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Iglesia en marcha y comunidad que se construye en comunión

DEDICACION BASILICA SAN JUAN DE LETRÁN
Ez. 47, 1-2.8-9.12
Sal. 45
Jn. 2, 13-22


El día 9 de noviembre litúrgicamente se celebra la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma. Es la Catedral de Roma, la sede del Obispo de Roma y en consecuencia del Papa, Pastor de la Iglesia universal.
La fiesta nos quiere recordar y celebrar la Dedicación, la consagración de este templo, que se le llama el templo madre de toda la cristiandad. Y es al mismo tiempo una celebración profundamente eclesial, no sólo por este aspecto de la consagración de este templo, Iglesia, sino fundamentalmente porque quiere ser un signo de la comunión de todas las Iglesias con la Sede del Papa. Es la comunión necesaria de toda la Iglesia de Jesús, de todos los seguidores de Jesús.
En el marco de esta celebración la liturgia nos ofrece en la Palabra de Dios el texto que hace referencia a la expulsión de los vendedores del templo por parte de Jesús. ‘El celo de tu casa me devora’, recuerda el evangelista las palabras proféticas para aplicárselas a Jesús en este gesto de querer purificar el templo de Jerusalén de aquel mercado en que se había convertido.
La clave de la comprensión de este texto está en la respuesta de Jesús a los requerimientos de los judíos pidiendo explicación de con qué autoridad hacía aquello. ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’, les responde Jesús. No lo entienden, hablan del tiempo que habían tardado en su reconstrucción en los tiempos de Herodes, que incluso aún no había concluido, pero el evangelista nos dice que ‘él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron y dieron fe a la Palabra de Jesús y a la Escritura’. Una clara referencia en principio a su resurrección.
Pero en el marco de esta celebración se nos quiere decir algo más. Hablar de ese cuerpo y de ese templo, es hablar del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, que somos todos nosotros los que creemos en Jesús. Y aquí queremos centrar nuestra reflexión.
La imagen del templo edificio que se construye nos evoca no sólo la materialidad de un edificio material que se construye, sino que nos está hablando de ese templo que somos nosotros y que es la Iglesia.
Como dice uno de los prefacios de la Dedicación de una Iglesia, ‘esta casa visible… donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros…’ Podíamos decir, pues, que esta celebración es una invitación a la comunión; esa comunión necesaria que hemos de vivir en cuanto somos iglesia, comunidad, pueblo de Dios, o familia de Dios. Las mismas palabras lo indican; Iglesia es la convocatoria a un encuentro, los convocados a un encuentro que se encuentran unidos y reunidos; comunidad, ya la misma palabra la indica, los que viven en comunión; pueblo de Dios y familia que siempre implica que muchas se encuentran reunidos y en unidad.
Peregrinos que caminamos unidos; peregrinos hacia la Jerusalén del cielo, somos imagen y anticipo de esa Jerusalén celestial; peregrinos y constructores de esa Iglesia, de ese templo, de esa comunión que necesitamos tener los unos con los otros. ¡Cómo tenemos que cuidar la comunión entre nosotros! No puede faltar si en verdad nos sentimos Iglesia, nos sentimos familia y pueblo de Dios. Una tarea constante que tenemos que realizar. Un empeño y un compromiso, constructores de comunión. De cuántas maneras lo podemos expresar, lo tenemos que expresar en el día a día. Nunca destructores ni demoledores, siempre contribuyendo a la unidad, a la concordia, a la comunión.
Somos Iglesia en marcha, comunidad que se construye, familia que crece, cuerpo que se mantiene unido. Si nos faltara estaríamos destruyendo por la base nuestra fe, nuestro ser cristiano y no habría un auténtico seguimiento de Jesús. Que ese sea nuestro empeño.

martes, 27 de enero de 2009

El más hermoso sacrificio a Dios: la ofrenda de nuestra voluntad

El más hermoso sacrificio a Dios: la ofrenda de nuestra voluntad

Hebreos, 10, 1-10

Sal. 39

Mc. 3, 31-35

Porque Jesús había dicho ‘aquí estoy, ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad’ podemos escuchar lo que nos dice el autor sagrado de la Carta a los Hebreos ‘todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre’.

El sacrificio, la oblación, la entrega de Cristo sí nos quita los pecados. ‘Porque es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados’. Por eso con el salmo podemos decir ‘Tu no quieres sacrificios ni ofrendas y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: Aquí estoy’.

Consideramos el valor del sacrificio de Cristo. Pero esto nos está enseñando también. ¿Qué es lo mejor que podemos ofrecerle al Señor? Algunas veces nos contentamos con ofrecerle cosas, pero el Señor lo que nos pide es nuestro corazón, nuestra voluntad, nuestra vida.

Podemos ofrecerle cosas, pero si luego nuestra voluntad no está dispuesta a adaptarse a lo que es la voluntad del Señor, ¿de qué nos sirve? ¿Pretendemos comprar la complacencia de Dios con las cosas que le ofrecemos, mientras nuestra vida sigue la senda del pecado? Somos muy fervorosos a veces para llevar ramos de flores en una ofrenda a la Virgen o cualquier santo de nuestra devoción. Pero las flores se marchitan y podíamos decir que ya van marchitas y muertas, si no van ofrecidas desde un corazón puro que busca en todo momento lo que es la voluntad del Señor.

Ofrecer el corazón, hacer coincidir mi voluntad con la voluntad de Dios es más costoso y es sacrificio verdadero. Arrancar de mi corazón el pecado, ser fuerte para no dejarme vencer por la tentación, nos cuesta más en nuestro interior que una cosa que podamos ofrecer desde fuera aunque nos cueste dinero.

Pero es que la aceptación de la voluntad de Dios, el escucharle y recibirle en nuestra vida nos hace entrar en la familia de Jesús. Es lo que nos enseña el evangelio de hoy. ‘Llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron llamar’. Entendido está por todos que hermanos significa parientes. Y Jesús se pregunta ‘¿Quiene son mi madre y mis hermanos?... El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre…’

Una nueva familia viene a enseñarnos Jesús que seremos cuando cumplimos la voluntad de Dios. Como decía el principio del evangelio de san Juan ‘a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de amor humano, sino que han nacido de Dios’. Creer en Jesús y aceptar su Palabra. Hacer vida nuestra la voluntad de Dios. Eso nos hace hijos de Dios. Una familia que está por encima y va más allá que la familia de la carne y de la sangre.

Seamos la familia de Jesús. Acojamos en nuestra vida lo que es la voluntad de Dios. Plantemos su palabra en nosotros. Hagamos la ofrenda de la obediencia de nuestra fe.

martes, 21 de octubre de 2008

Ciudadanos del nuevo pueblo de Dios y templo consagrado al Señor

Ef. 2, 12-22
Sal. 84
Lc. 12, 35-38

La carta que san Pablo dirige a los cristianos de Efeso que estamos ahora leyendo de forma continuada es una carta en la que habla a unos cristianos provenientes en su mayoría de la gentilidad aunque también los hay procedentes del judaísmo. Lo comprobemos perfectamente en lo que hoy escuchamos. ‘Erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa’.
Y ahí está ahora el mensaje central que nos quiere trasmitir el apóstol. Por la fe en Jesús ahora todos formamos un solo pueblo. La sangre de Cristo nos ha unido ‘derribando con su cuerpo el muro que los separaba’. ¿Qué es lo que los ha unido para formar un solo pueblo, un solo cuerpo? La cruz de Cristo, su sangre derramada.
Ahora nos viene a decir todos los que creen en Jesús son un hombre nuevo. ‘Cristo es nuestra paz’. Cristo nos ha venido a reconciliar, ‘para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él, al odio’.
Por supuesto que todo esto que estamos reflexionando con el texto de la Carta a los Efesios nos vale para todos, nos vale para esa vida nueva que todos los que creemos en Jesús tenemos que vivir. Por una parte es un nuevo estilo de vivir el que nosotros hemos de tener. Cristo vino para desterrar el odio de nuestra vida, para llenarnos del amor. No podemos retroceder de nuevo al hombre viejo del odio y del pecado cuando Cristo nos ha redimido y nos ha reconciliado.
Tenemos que ser ya el hombre nuevo del amor. ¿Por qué entonces seguir permitiendo que tantas veces nuestro corazón siga lleno de rencores y de envidias, de orgullos y de violencias? Esto tiene que ya estar desterrado para siempre de nuestra vida. Cristo ‘vino y trajo la noticia de la paz’, la paz para todos.
Pero sigue diciéndonos cosas hermosas el apóstol. Hay una nueva ciudadanía en nosotros, una nueva dignidad, una nueva forma de mirarnos los unos a los otros, una nueva forma de acercarnos al Señor. ‘Unos y otros podemos acercanos al Padre con un mismo Espíritu’, nos dice. ‘Sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios’. Un nuevo pueblo ha nacido con Cristo y somos ciudadanos de ese pueblo. Ya no somos ni extranjeros ni forasteros. No somos unos extraños los unos para los otros porque formamos parte del mismo pueblo, de la misma comunidad.
Una nueva familia se ha formado a partir de la sangre derramada de Cristo a la que entramos a formar parte desde nuestro bautismo. Somos miembros de la familia de Dios. Recordamos ‘¿quiénes son mi madre y mis hermanos y mi familia?... los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Somos nosotros ya esa familia desde el Bautismo. Escuchemos esa Palabra y llevémosla a la vida.
Pero algo más nos dice. Somos edificio de Dios. Edificio fundamentado ‘en el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Cristo es ya el centro de nuestra vida. Unidos a El formamos todos ese edificio que es templo y que es morada de Dios. ‘Por El todo el edificio queda ensamblado y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por El también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu’.
Recordemos nuestro bautismo. Recordemos la unción bautismal que nos ha consagrado para ser esa morada de Dios, para ser ese templo del Espíritu. Con nuestros cuerpos, con toda nuestra vida hemos, pues, de ofrecer un sacrificio agradable al Señor. Toda nuestra vida se hace ofrenda, se hace sacrificio unido al de Cristo, se hace acción de gracias, se hace alabanza para la gloria del Señor.
Es hermoso el mensaje. ¿Somos conscientes de ello? ¿Lo vivimos?