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viernes, 27 de diciembre de 2024

Hacen falta testimonios de experiencias de fe, el mundo necesita testigos y eso tenemos que ser nosotros ante el mundo, lo que vimos y palpamos es lo que transmitimos

 


Hacen falta testimonios de experiencias de fe, el mundo necesita testigos y eso tenemos que ser nosotros ante el mundo, lo que vimos y palpamos es lo que transmitimos

1 Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8

Yo viví con él… Están hablando de alguien al que todos creen conocer, cada uno manifiesta por qué lo aprecia, lo que conoce de él, quizás las cosas que haya hecho y no terminan de ensalzar sus valores y virtudes, cada uno desde su apreciación, pero llega alguien que dice ‘yo lo conozco, yo viví con él mucho tiempo…’ Ya nadie pudo decir nada nuevo, allí estaba quien lo conocía mejor, porque con él  había convivido.

Es lo que nos viene a decir hoy el evangelista al que estamos celebrando. Ya desde los primeros momentos junto con Andrés se había atrevido a acercarse a Jesús y le preguntaba ‘¿Dónde vives?’ y Jesús les había respondido ‘venid y lo veréis’ y se fueron con él aquella tarde; tan importante había sido aquel momento que siempre recordaría incluso la hora de ese encuentro y esa petición. ‘Serían como las cuatro de la tarde’.

Hoy nos dirá al principio de su carta que lo que han visto y oído, lo que han palpado con sus propias manos – y recordamos como estuvo recostado en el pecho de Jesús en la noche de la ultima cena – ahora no pueden callarlo, tienen que decírnoslo, tienen que trasmitirlo y de eso nos quieren dejar constancia. Está su evangelio, están sus cartas que nos hablan de Jesús, que nos trasmiten el mensaje de Jesús, que no solo es relatarnos hechos, sino algo más hondo porque nos trasmiten la vida misma.

Es el apóstol y evangelista que hoy estamos celebrando aquí en estas fechas tan cercanas al nacimiento de Jesús, dentro de la octava de la Navidad. Aquel discípulo, como nos narra hoy el evangelio, que entrando al sepulcro vacío, viendo las vendas por el suelo y el sudario enrollado por otro lado, nos dice ‘vió y creyó’.

¡Qué importante esta experiencia! Nos habla de lo que vio, lo que experimentó, lo que palpó y ya tenemos que decir que no solo con las manos sino con su corazón, y desde ahí nos está hablando, desde ahí  nos está haciendo conocer a Jesús, desde ahí nos trasmite la buena noticia, el evangelio de nuestra salvación.

Pero qué importante lo que nosotros experimentemos, lo que nosotros vivamos, porque el testimonio que tenemos que dar no pueden ser solo palabras, no puede ser solamente desde cosas aprendidas o que hayamos recibido de los demás, aunque eso también sea importante; es lo que nosotros hemos de vivir, es esa experiencia de fe que nosotros tengamos, es lo que ha ido alimentando nuestra vida y nos ha hecho llegar a donde estamos, a ser lo que somos, a la vivencia que hay en nosotros.

Somos testigos que no solo tenemos que decir lo que otros nos han transmitido, sino lo que hemos hecho experiencia de nuestra vida. Y todos tenemos un camino recorrido, todos tenemos una experiencia de vida que parece que algunas veces se nos queda obnubilada con el paso del tiempo, hay muchas experiencias pasadas a las que tenemos que saber dar importancia, porque han sido los pasos que hemos dado; nunca son pequeños ni insignificantes, siempre tienen su importancia.

Es bueno que recordemos, es bueno que revivamos y reavivemos, es bueno que volvamos a caldear nuestro espíritu, para que nuestra fe no se enfríe ni se debilite, para que entonces nuestro testimonio sea más creíble, para que nosotros con el calor de la fe que vivimos caldeemos también el corazón de los demás y despertemos su, les ayudemos a que también tengan esa experiencia de fe. Así haremos camino de Iglesia, así podremos seguir haciendo ese anuncio, así podrá crecer el numero de los que creen en Jesús.

Hacen falta esos testimonios. El mundo necesita testigos y eso tenemos que ser nosotros ante el mundo.

sábado, 30 de noviembre de 2024

La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo… y nadie que crea en El quedará confundido

 


La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo… y nadie que crea en El quedará confundido

Romanos 10, 9-18; Salmo 18; Mateo 4, 18-22

Supongamos que queremos contarle a alguien algo que pensamos que es una buena noticia para esa persona, que podría beneficiarla mucho, que a nosotros también nos ha llenado de alegría y enseguida pensamos que teníamos que contárselo y en ese intento estamos, pero esa persona no quiere escuchar, porque nos dice que no le interesa, porque está entretenida en otras cosas por las que muestra mayor interés - ¡cuántas veces queremos hablar con alguien pero está entretenido con su móvil y no presta ni la más mínima atención a lo que le estamos diciendo! – seguramente que nos sentiríamos más, que esa persona una desagradecida, que no tiene interés por nada sino por sus entretenimientos. Claro que lo podríamos ver en sentido inverso, nos quieren hablar de algo que consideran importante, y nosotros tampoco le prestamos caso, seguimos entretenidos en nuestras cosas.

Nos parecen situaciones aberrantes, seguramente pensamos. Pero es mucho más frecuente de lo que queremos pensar. Y ya no se trata de esas noticias de cada día, que nos pueden llegar por los periódicos o por otros medios de comunicación. Estamos hablando entre creyentes, ¿cuál es la escucha y la atención que nosotros prestamos habitualmente a la buena noticia del Evangelio? La escuchamos, decimos, pero tendríamos que preguntarnos ¿cuántas veces cuando salimos de la Iglesia y de Misa al rato ya ni nos acordamos de lo que escuchamos en el evangelio que se nos proclamó en la celebración? ¿Dónde estábamos? ¿De qué o en qué estaba prendida nuestra mente y nuestra imaginación?

Hoy nos decía cosas hermosas el apóstol en su carta en la primera lectura de la celebración de este día de san Andrés. ‘Nadie que crea en él quedará confundido… pues todo el que invoque el nombre del Señor será salvo… ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien!’ Pero a continuación nos dice: ‘Pero no todos han prestado oídos al Evangelio… la fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo…’

¿Dónde está nuestra fe? ¿Escucharemos de verdad el mensaje que nos llega a través de la Palabra de Cristo? Es algo muy serio. Algo muy serio porque no siempre hemos tenido ese encuentro de fe con el Señor; no siempre nos hemos dejado sorprender por su llamada y por su amor; no siempre hemos querido vivir esa cercanía de la fe que se hace viva en nuestro corazón en ese encuentro con Jesús. Oímos y oímos, pero no escuchamos, no prestamos atención, no nos dejamos encontrar; buscamos quizás solo desde una curiosidad momentánea pero no llegamos al fondo de eso que buscamos y que en Jesús se nos ofrece.

Hoy estamos celebrando al apóstol san Andrés, hermano de Simón Pedro. Fue uno de aquellos que escucharon a Juan allá en la orilla del Jordán cuando señalaba el paso de Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y con Juan, el Zebedeo se fue detrás de Jesús. ‘¿Qué buscáis?’ todos conocemos ese diálogo, querían ver donde vivía Jesús. Era algo más que la búsqueda de un lugar, era la búsqueda de una luz, de una vida, de una persona. Saber donde vivía era querer conocer a Jesús en lo más íntimo y profundo de su persona. ‘Venid y lo veréis’, les dice Jesús y se fueron con El.

Ya sabemos lo que paso porque a la mañana siguiente ya estaba contando a su hermano lo que habían encontrado, a quien habían encontrado, y se lo llevo a Jesús. Pero será más tarde, a la orilla del lago, cuando Jesús pase a su lado y les diga ‘venid conmigo que os hará pescadores de hombres’. Y ahora sí que lo dejaron todo y se fueron con Jesús. Escucharon y se encontraron con Jesús; escucharon y la fe nació en sus corazones; escucharon y se fiaron de Jesús y no se sintieron defraudados porque se encontraron con la salvación.

¿Tendríamos que revisar muchas cosas en nosotros quizás? ¿Serán otras las actitudes que tengamos ante la Palabra que se nos proclama? ¿Tendremos en verdad deseos de escuchar esa buena noticia que se nos quiere transmitir y que tantas veces hemos dejado de lado?

lunes, 30 de noviembre de 2020

A la manera de Andrés tendríamos que ser capaces de decirle al que te encuentras en el camino ‘me he encontrado con Jesús que es mi Salvador’

 


A la manera de Andrés tendríamos que ser capaces de decirle al que te encuentras en el camino ‘me he encontrado con Jesús que es mi Salvador’

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

¡Oye! ¿No te has enterado? Viene alguien contándonos. Algún acontecimiento, algo que alguien hizo o que alguien dijo y que en su entorno llamó la atención. Las noticias vuelan, solemos decir. Por eso si nos encontramos con alguien que no se ha enterado, nos extraña. Pero puede suceder, o vive aislado, o vive en su mundo sin importarle demasiado lo que sucede a su alrededor, o aun no ha habido tiempo para que llegue alguien contando. Pero ha venido ese amigo, impresionado quizá por la cosa, y nos cuenta y nosotros nos convertimos también en vehículo que trasmite a los demás porque también nosotros contamos si nos parece la cosa interesante o importante.

Me hago esta primera reflexión en esta fiesta de san Andrés, apóstol, que hoy estamos celebrando. Aunque el evangelio nos habla de la llamada de Jesús en el lago y ya comentaremos algo también, sin embargo en el evangelio de Juan la vocación de Andrés aparece de otra manera. Formaba parte de aquellos Galileos que habían bajado hasta el Jordán para escuchar a Juan – aquí tendríamos que decir también, alguien le llevó la noticia del bautista – y de labios de Juan Bautista escucha como señala a Jesús que pasaba como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Le llamó la atención a él y a Juan el Zebedeo que con él estaba y se fueron tras Jesús. Yo hemos meditado quizá muchas veces en el diálogo de Jesús con aquellos dos jóvenes inquietos. ‘¿Qué buscáis? Maestro, ¿dónde vives? Venid y lo veréis…’ y se fueron con Jesús. No sabemos más, lo único es que a la mañana siguiente – es la forma de narrarnos las cosas el evangelista, lo de la mañana siguiente – Andrés se encuentra con su hermano Simón y ya le está anunciando que han encontrado al Mesías, y lo llevaron con Jesús. Como decíamos antes, las noticias corren, las noticias vuelan, aquí vemos su transmisión en este caso.


Creo que puede ser el mensaje importante que hoy escuchemos en esta Palabra de Dios que se nos proclama en la fiesta de san Andrés y de la misma figura de Andrés. No podemos callar ni ocultar aquello que hemos encontrado. Lo que son buenas noticias tenemos que transmitirlas y más en este mundo nuestro que necesita tanto de buenas noticias cansados como estamos de negruras y cosas negativas. Esa fe que vivimos y que da sentido a nuestras vidas no nos la podemos guardar para nosotros solos. Como aquellos primeros discípulos que estaban dispuestos a todo. Buscando se fueron tras Jesús porque el Bautista se los señalaba; querían conocer a Jesús, dónde vivía, cuál era su vida, querían estar con El. Pero no se guardaron lo que encontraron.

Si allá en la orilla del lago mientras están echando las redes Jesús pasa y les invita a seguirle para ser pescadores de algo más que de unos peces del lago, es porque a ellos había llegado la noticia de Jesús, se la habían transmitido unos a otros y ahora están prontos, están dispuestos a todo por seguir Jesús. ‘Dejaron todo y lo siguieron’, que dice el evangelista. En otro momento veremos también que unos griegos, unos gentiles se acercan a Felipe y a Andrés porque quieren conocer a Jesús, y ellos prontamente los llevan hasta Jesús. Es un apóstol, no solo porque Jesús lo ha escogido para enviarlo en su nombre, sino porque ya él desde el primer conocimiento que tiene de Jesús está hablando de El, está transmitiendo ese mensaje a los demás.

Creo que esto tiene que hacer que nos hagamos muchas preguntas en nuestro interior. ¿Hasta dónde estaremos dispuestos a hacer como Andrés? O simplemente te pregunto, para que te respondas en la sinceridad de tu corazón, ¿a cuántas personas has hablado de lo que ayer domingo cuando fuiste a Misa escuchaste en el evangelio y de la reflexión que surgió en tu interior? ¿Cuántas veces le hablas de Jesús, de Dios, de la Iglesia, del Evangelio a aquellos que te rodean, con los que te encuentras todos los días? O seamos sinceros ¿quizá no fue buena noticia para ti el evangelio que escuchaste por la poca atención que le prestaste?

Muchas veces nos ponemos negativos y nos quejamos del rumbo de nuestro mundo, de la indiferencia con que viven los demás a todo lo que sea religioso o cristiano, de la pendiente de maldad y corrupción por la que vamos cayendo, pero quizá tendríamos que preguntarnos ¿qué de positivo estamos haciendo en nuestra vida de cada día para que el mundo sea mejor? ¿Qué transmisión estamos haciendo de nuestra fe, del evangelio que decimos que queremos vivir? ¿Cuántas veces a la manera de Andrés le hemos dicho a alguien ‘me he encontrado con Jesús que es mi salvador’?

Tendríamos que recordar lo que nos decía el apóstol; ‘Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? y ¿cómo anunciarán si no los envían?’

lunes, 21 de septiembre de 2020

Mateo aprendió del resplandor de los ojos de Jesús y qué mirada tan bonita de Cristo nos ha dejado reflejada en su evangelio para que podamos conocer de verdad a Jesús

 


Mateo aprendió del resplandor de los ojos de Jesús y qué mirada tan bonita de Cristo nos ha dejado reflejada en su evangelio para que podamos conocer de verdad a Jesús

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

La vida está llena de contrastes, de luces y de sombras, de miradas limpias y de corazones turbios. No es difícil encontrarnos esos contrastes llenos de sombras ante un mismo acontecimiento y con diversidad de personas alrededor. Cada uno tiene su mirada que no siempre es mutuamente enriquecedora, sino que depende del filtro que tengamos ante nuestros ojos, del filtro que tengamos en nuestra mente ante lo que estamos contemplando o lo que sucede en nuestra presencia. Así será la opinión o el juicio que le hagamos a las personas que contemplamos, así son las interpretaciones que haces de cuanto sucede. Esa diversidad desde un aspecto positivo podría ser enriquecedora, pero en la negatividad que llevamos muchas veces en nuestro corazón resultará más bien destructiva.

Es la diversidad de matices y de opiniones que contemplamos en el pasaje del evangelio que hoy se nos propone. No era la misma la mirada de Jesús a Leví, el recaudador de impuestos a quien Jesús llama a seguirle, que la opinión que tenían de él, incluso podríamos decir que por prejuicio, los escribas y fariseos que vemos en el entorno.

Es cierto que era un recaudador de impuestos y éstos tenían mala fama y eran mal considerados por los judíos, que los tenia como unos colaboracionistas con el poder extranjero, y como todos los que manejaban dineros – como sigue sucediendo hoy – ya por eso se les consideraba siempre como unos ladrones. Ya se llevaban el sobrenombre de publicanos o pecadores.

Pero Jesús quiere contar con él. Y es que Jesús mira con una mirada distinta al hombre, a la persona, no pone por medio ese filtro de maldad al que tan dados somos nosotros. Y lo invita a seguirle y va a formar parte no solo de los discípulos en general, sino que formará parte del grupo de los Doce, especialmente escogidos por Jesús. Mientras, los fariseos porque Jesús come con Mateo y sus amigos los publicanos en aquel banquete que le ofrece a Jesús, ya estaban con sus prejuicios y condenas, criticando que Jesús comiera con lo que ellos consideraban pecadores.

Pero Jesús tiene una respuesta para resaltar lo que es la misericordia de Dios que El refleja en sus posturas y actitudes y en toda su vida. El médico no es para los sanos, sino para los enfermos y El ha venido a curar y a salvar. ‘Aprended lo que significa Misericordia quiero y no sacrificio: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores’.

Claro que también tendríamos que resaltar otros momentos de luz que podemos contemplar en este pasaje. Es la prontitud con que Mateo responde, en contraste con esa actitud reticente de los que se creían justos, como sucedía con los fariseos. ‘Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió’. Aparte de lo que hemos dicho de la mirada luminosa de Jesús hacia el corazón de aquel hombre al que llama, tenemos que destacar esta prontitud de respuesta; podría ser un pecador, era considerado como decíamos un publicano, pero allí estaba pronto para seguir a Jesús, - ‘se levantó’ inmediatamente - dejándolo todo.

Mucho nos dice para nuestra vida. Ya hacíamos referencia al principio de esos claroscuros que muchas veces encontramos también en nuestro corazón. No es solo el contraste que podemos contemplar en las opiniones, juicios y prejuicios de los que nos rodean, sino que es algo que muchas veces nos sucede en nuestro propio interior. Por la malicia que quizás tengamos dentro de nosotros mismos, por las influencias que podemos recibir del mundo que nos rodea, por la timidez o la cobardía con que algunas veces actuamos en que no somos capaces de enfrentarnos a lo negativo de los demás ofreciendo nuestra opinión, ese lado positivo de las cosas en el que tenemos que fijarnos.

Nos vemos envueltos en ese torbellino y demasiados cristales tamizados llevamos delante de nuestros ojos. Cuando el cristal está muy tamizado con colores predeterminados nos sucede como con esas gafas que cuanta más luz reciben más oscuras se nos vuelven y así vemos tantas veces la vida con tanta oscuridad y negatividad aunque hubiera mucha luz alrededor.

Mateo aprendió, podríamos decir, de esa mirada de Jesús y qué mirada tan bonita de Cristo nos ha dejado reflejada en su evangelio para que podamos conocer de verdad a Jesús. Hoy estamos, precisamente, celebrando la fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista.

sábado, 30 de noviembre de 2019

A partir de un encuentro en Andrés nació la fe para seguir a Jesús y convertirse en su mensajero ¿habremos tenido nosotros un encuentro así con Jesús en nuestra vida?


A partir de un encuentro en Andrés nació la fe para seguir a Jesús y convertirse en su mensajero ¿habremos tenido nosotros un encuentro así con Jesús en nuestra vida?

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22
Hay encuentros que son poco más que tropezarnos con alguien y hay encuentros que dejan huella. Vivimos en mundo de comunicaciones y estamos en contacto quizá con las personas que están al otro lado del mundo porque hoy los medios nos lo permiten, pero no somos capaces de detenernos a hablar en un tú a tú con el que está a nuestro lado, o con quienes tengamos la oportunidad de vernos cara a cara.
Decimos que conocemos mucha gente y tenemos muchos amigos, pero en verdad ¿ese conocimiento nos lleva a algo hondo, a una comunicación más profunda de nuestro yo, a un encuentro vivo con la persona? Enseguida quizá corremos porque queremos irnos a otro lado o no queremos permitir que se nos metan en el yo más profundo que nos guardamos. Y eso nos hace superficiales, nos impide incluso encontrarnos con nosotros mismos, porque ocultando tanto quizá hasta queremos ocultarnos a nosotros mismos.
Cuando hay un encuentro verdadero quedará siempre una huella en nosotros, será algo que ni podremos olvidar ni permitirá quizá que nuestra vida sea igual. Pero de esos no-encuentros tenemos muchos en la vida y seguimos en nuestra loca carrera.
Hoy estamos celebrando a alguien que encontró la importancia de su vida en un encuentro. Había inquietud en su corazón, es cierto, y allá había acudido al Bautista junto al Jordán porque todos hablaban de aquel profeta que predicaba en el desierto, en la orilla del Jordán. Quizá ya las palabras de Juan comenzarán a hacer mella en él y a preparar su corazón, porque eso cuando Juan les señala al que iba pasando ante ellos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, o lo que es lo mismo, señalándolo como el Mesías esperado, Andrés y otro amigo procedente también del mar de Galilea se fueron detrás de aquel a quien Juan había señalado.
‘¿Qué buscáis?’ les había preguntado. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ había sido la respuesta como si hubieran estado más interesados en el lugar de residencia que en la persona. ‘Venid y lo veréis’ Había sido la respuesta y con El se fueron. El compañero anotaría más tarde incluso la hora que era en aquel momento. ‘Eran las cuatro de la tarde’, comentaría. Y se les pasaron las horas, la tarde y la noche, el tiempo con El.
¿Qué sucedería en esos momentos? Solamente podemos decir que se habían encontrado con El, porque a la mañana siguiente – o no importa el tiempo que habría pasado aunque pareciera que fue a la mañana siguiente – cuando Andrés se encontró con su hermano Simón y le anuncia que habían ‘encontrado’ al Mesías. Un encuentro, que no había sido cualquier cosa. Un encuentro en que no importa el tiempo que había pasado en él. Un encuentro que le hace descubrir muchas cosas. Un encuentro por el que se siente cogido. Un encuentro que no podrá callar y por eso con el primero que se da de bruces ya le está contando lo que le ha sucedido. Fue el encuentro con Jesús que marcó sus vidas.
Los otros evangelistas nos contarán que allá en la orilla del lago estaban repasando las redes después de la pesca, o que habían salido a pescar y habían cogido una redada grande donde en la noche anterior no habían cogido nada, pero siempre está ese encuentro. Jesús que pasa junto a ellos y les invita a seguirle; Jesús que les dice que hay que echar de nuevo las redes al agua para pescar y que les dirá luego que van a ser pescadores de hombres.
A partir de entonces ya va a estar siempre con Jesús. Nada lo va a detener; será del grupo de los doce, será de los más cercanos a Jesús, con El subirá también a Jerusalén para la fiesta de la Pascua, en el Cenáculo estará en la noche memorable de la cena pascual, y en el cenáculo se van a encontrar definitivamente con Cristo resucitado. De labios de Jesús antes de la Ascensión escuchará su mandato de ir por el mundo anunciando el Evangelio, la buena nueva que él un día había escuchado y ahora como hizo primero con su hermano, ahora tendrá que hacerlo con todos los hombres anunciando que Jesús es el Señor.
Y todo a partir de un encuentro. ¡Qué importante! Nos decimos nosotros también discípulos de Jesús y en El decimos que tenemos puesta nuestra fe. De una forma o de otra habremos tenido también, con mayor o menos intensidad a lo largo de nuestra vida, un encuentro con Jesús, del que ha brotado nuestra fe en El. Es necesario que revivamos ese encuentro de fe que un día vivimos, es necesario que lo reavivemos para mantener viva esa experiencia y ese recuerdo que hay el peligro que se nos haya quedado un tanto diluido.
Esa frialdad que se nos mete en el espíritu tantas veces puede significar que esa señal está llegando débil a nuestro corazón – como nos sucede con la señal de las redes sociales que nos llega débil y nos debilita la comunicación – y se nos puede estar enfriando nuestra fe y nuestro entusiasmo por Jesús. Tenemos que buscar manera de reavivar nuestra fe, nuestra vivencia de Jesús, ese encuentro profundo con El que cada día hemos de mantener.
¿Necesitaremos una oración más intensa de encuentro vivo con el Señor? ¿Necesitaremos escuchar con una mayor intensidad en nuestro corazón la Palabra de Dios? ¿Necesitaremos encender el fuego de una espiritualidad profunda porque en verdad nos dejemos llenar por el Espíritu?
Esta fiesta del apóstol san Andrés que hoy estamos celebrando puede ser una llamada y una gracia para nosotros. No la echemos en saco roto.

viernes, 25 de enero de 2019

Seamos capaces de abrir los ojos y los oídos del corazón para dejarnos encontrar por el Señor, como lo hizo Saulo de Tarso


Seamos capaces de abrir los ojos y los oídos del corazón para dejarnos encontrar por el Señor, como lo hizo Saulo de Tarso

Hechos 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18

A la gente le cuesta creer que se pueda cambiar y que se pueda cambiar de una manera radical. Quizás desde nuestra propia experiencia personal en que vemos cuánto nos cuesta superarnos, corregir aquel defecto o mala costumbre, ser mejores en cosas que reconocemos que no hacemos bien; o quizá observando a muchos en nuestro entorno que se envician con determinadas cosas y ya viven como esclavizados para siempre, desde el que quiere dejar de fumar y le cuesta horrores dejar el cigarrillo, o desde el que se acostumbra a la bebida llegando a límites que ya superan lo normal y que siempre tendrá una disculpa para otra copita o para decir que ya mañana comenzaremos, y no digamos nada los que se esclavizan con el mundo de las drogas donde tantos dramas estamos viendo cada día y podríamos mencionar muchas cosas más desde nuestras propias pasiones personales desordenadas. Y son también las rutinas de la vida, en nuestras manías, de las que  no terminamos de arrancarnos.
Claro tenemos experiencias negativas que entonces nos cuesta creer que alguien sí pueda cambiar su vida y de forma radical. Necesitaríamos ejemplos palpables delante de nuestros ojos que fueran un testimonio positivo que nos ayudará a comprender nuestras propias situaciones, pero también a aceptar el cambio que puedan realizar los demás.
Cuando entramos en el orden de lo religioso si no tenemos unas vivencias más o menos profundas de nuestra fe fácilmente entremos en el mundo de los recelos cuando de la noche a la mañana vemos a alguien que comienza a vivir de otra manera, se manifiesta más profundamente religioso o lo vemos muy comprometido con la Iglesia. Somos desgraciadamente desconfiados, queremos ver con demasiada facilidad segundas intenciones en lo que hace la gente y lo mismo  nos cuesta aceptar la sinceridad de tales personas que cambian su vida, quizá porque nosotros simplemente muchas veces nos dejamos arrastrar por nuestras rutinas y no llegamos a algo profundo en nuestra vida.
Pero es cierto, hemos de reconocerlo, que en un momento determinado hay algo que nos hace cambiar; una palabra que escuchamos y que nos plantea interrogantes interiores, un acontecimiento extraordinario que nos impacta y nos hace reflexionar, el testimonio positivo de otras personas a nuestro lado, o las mismas cosas de cada día en que normalmente no nos fijamos pero que en un momento dado nos llaman la atención y nos hacen preguntarnos por cosas fundamentales de la vida.
Quizá algo que contemplamos, escuchamos o vivimos en un momento determinado, pero que entonces quizás no  nos dijo nada, pero eso quedó en nuestro interior y fuimos rumiándolo hasta que un dia nos dimos cuenta de la verdad que contenían y encontramos una luz nueva para nuestro actuar y nuestro existir. Son llamadas que vamos recibiendo en la vida, a las que a veces no estamos atentos, pero que otras veces suenan fuerte dentro de nosotros y nos hacen plantearnos un nuevo sentido de vida.
Hoy estamos celebrando uno de esos cambios de gracia que también nos repercuten en nuestra vida. Lo llamamos conversión. Fue la conversión de Saulo en el camino de Damasco, como hemos escuchado en el relato de los Hechos de los Apóstoles. Sería luego san Pablo, uno de los Apóstoles del Señor, que aunque no fuera de los que siguieron a Jesús por aquellos caminos de Palestina, se convertiría en el gran Apóstol misionero del Evangelio en aquel mundo antiguo, podríamos decir, a lo largo y ancho del Mediterráneo.
¿Qué fue lo que le sucedió? Había sido un enemigo acérrimo del nombre de Jesús, de su evangelio y de cuántos seguían el camino de Jesús. Con cartas de las autoridades de Jerusalén iba a Damasco en búsqueda de esos seguidores de Jesús para llevarlos presos a Jerusalén. Pero Jesús le salió al encuentro.  No nos entretenemos ahora en los detalles que escuchamos detalladamente en el texto de los Hechos o de las mismas cartas de San Pablo.
Tras aquel encuentro su vida cambió, como solemos decir, se cayó del caballo, aunque en el texto sagrado no se habla de ningún caballo, pero es una expresión de la caída de su pedestal de orgullo e intransigencia tras ese encuentro con Jesús. Su vida cambió, de perseguidor intransigente se convirtió en Apóstol y misionero anunciando el nombre de Jesús. Mucho podríamos ahora hablar de su vida, de sus viajes, de sus escritos, las cartas apostólicas que tenemos recogidas en la Biblia y que escuchamos en su proclamación en la Iglesia como Palabra de Dios para nosotros.
No se trata de hacer una exégesis de su vida, sino que desde su testimonio de conversión mirarnos a nosotros mismos para ver la respuesta que hemos de dar a tantas llamadas que nos hace el Señor. Nos cuesta responder, nos cuesta cambiar, nos cuesta dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Necesitamos a aprender a responder a su gracia, a su llamada de amor y dejarnos encontrar por el Señor. Desde ese encuentro vivo nuestra vida sería bien distinta, el testimonio que tendríamos que dar sería muy valioso. ¿Seremos capaces de abrir los ojos y los oídos del corazón para dejarnos encontrar por el Señor, como lo hizo Saulo de Tarso?





viernes, 30 de noviembre de 2018

Celebramos a San Andrés que pronto dijo Sí al proyecto de Jesús y pronto comenzó a hacer su anuncio para nosotros tener también esa misma prontitud


Celebramos a San Andrés que pronto dijo Sí al proyecto de Jesús y pronto comenzó a hacer su anuncio para nosotros tener también esa misma prontitud

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Que alguien llegue a tu lado y de buenas a primeras te diga que te vayas con él, aparte de no ser algo muy habitual, creo que nos quedaríamos indecisos ante lo que hacer. ¿Me voy con él? ¿Para qué me quiere? ¿Qué quiere decirme o qué quiere enseñarme? Con lo desconfiados que somos a veces en la vida, no creo que la respuesta sea algo que demos inmediatamente. Nos lo tenemos que pensar.
Hoy en el evangelio vemos, sin embargo, la prontitud con que dieron respuesta aquellos pescadores del lago de  Galilea a la invitación que les hacia Jesús. ¿Fue una respuesta inmediata? La aparición de Jesús por aquellos lugares tampoco era cosa de ese momento con toda seguridad. Habría ido dándose a conocer, en círculos pequeños quizás habría ido hablando de sus proyectos; es lo que normalmente se suele hacer.
Si compaginamos unas páginas con otras del evangelio, Juan nos habla de su primera llamada y encuentro con Jesús estando con Andrés allá en las orillas del Jordán cuando habían ido a escuchar a Juan y el Bautista les había presentado a Jesús como el Cordero de Dios que viene a quitar el pecado del mundo. Nos detalla el evangelista que se habían tras Jesús y cuando Jesús se había vuelto hacia ellos preguntándoles qué es lo que buscaban, al preguntarle dónde vivía, los había invitado a ir con El. ‘Venid y lo veréis’.
Ya Andrés, entonces, se había quedado impresionado con Jesús – no sabemos donde estuvieron ni de qué hablaron – pues tan pronto se encuentra con su hermano Simón le dice que han encontrado al Mesías y se lo lleva para que conozca a Jesús.
Allí ellos buscaban y Jesús les invita a estar con El para que le conozcan. Ahora es Jesús el que pasar por la orilla, cuando ya había hecho los primeros anuncios del Reino de Dios, es el que invita primero a Simón Pedro y a Andrés luego también a Santiago y Juan a irse con El para hacerlos pescadores de hombres. Es el episodio que en la fiesta de san Andrés nos presenta el Evangelio en su liturgia.
El primer anuncio que Jesús va haciendo del Reino de Dios que llega, de que hemos de creer en esa Buena Noticia que significa ese anuncio que va haciendo, y la conversión del corazón que es necesario hacer para creer en ese anuncio va sembrando inquietud entre quienes le escuchan. Algo nuevo va a comenzar, hay mucho que cambiar empezando por el corazón para que se haga realidad eso que anuncia Jesús.
No viene anunciando Jesús cambios externos, como tantas veces escuchamos que vamos a mejorar el mundo, pero destruimos todo lo que hay y enseguida comenzamos a dar normas y leyes para imponer esa revolución que pretendemos. No se comienza por cambiar las cosas externamente, sino que tenemos que comenzar por cambiar nosotros desde dentro de nosotros mismos. Esa es la verdadera revolución cuando vemos lo nuevo que hemos de vivir y entonces lo que tenemos que transformar dentro de nosotros. No cambiamos a los otros imponiendo nuestras cosas, sino que cambiamos nosotros desde nuestro interior. Es la Buena Noticia que nos trae Jesús y en la que hemos de creer.
Andrés, su hermano Simón Pedro, los hermanos Zebedeos estuvieron pronto para responder. Jesús les estaba invitando a algo nuevo, por eso les habla de otra pesca, otra manera de ver y entender la vida. Un proyecto que Jesús presenta y al que ellos se unen. Son capaces de dejarlo todo, de hacer esa transformación de sus vidas para entrar en el proyecto de Jesús. Formarían parte del grupo de los Doce, los Apóstoles enviados por Jesús al mundo.
Y hoy estamos celebrando a uno de ellos, que respondió, que dijo Sí, que pronto estuvo para hacer el anuncio como lo hizo con su hermano, para llevar a los demás a Jesús como lo hico con aquellos gentiles que un día le dijeron que tenían ganas de conocer a Jesús. Cuando hoy celebramos a San Andrés nosotros queremos hacer lo mismo que él, responder pronto, y pronto comenzar a hacer el anuncio, y pronto estar dispuestos a llevar a los que nos rodean para que también conozcan a Jesús. Queremos entrar en el proyecto de Jesús, queremos y tenemos que ser apóstoles en medio del mundo.

martes, 11 de junio de 2013

Bernabé, hombre de bien lleno de Espíritu Santo y de fe

Hechos, 11, 21-26; 13, 1-3; Sal. 97; Mt. 10, 7-13
‘Dichoso este santo que mereció ser contado entre los apóstoles, pues era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe’. Con esta bendicion y alabanza ha comenzado la liturgia de hoy para honrar y celebrar a san Bernabé.
Cuando en el tiempo de pascua escuchábamos en la lectura de cada día el libro de los Hechos de los Apostoles nos apareció repetidamente la figura de Bernabé. Su nombre era José pero los apóstoles lo llamaron Bernabé que significa algo así como el que sabe consolar, el consolador. Hombre de bien lo llama la liturgia recogiendo también esas palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles cuando fue enviado a la comunidad de Antioquía de Siria.
Esta expresión puede hacer referencia por una parte a la generosidad de su corazón pues, como habíamos escuchado en los Hechos, había vendido sus campos para poner a los pies de los apóstoles el dinero recibido en beneficio de los pobres de la comunidad de Jerusalén. Hombre de bien en su generosidad en compartir, como destacaba aquella comunidad donde nadie pasaba necesidad porque todo lo ponían en común.
Pero decir hombre de bien es reconocer su rectitud y su prudencia, su saber hacer y estar en cada momento de la manera oportuna para buscar la paz y la armonía o para saber sacar a flote también los valores de los demás en beneficio de la comunidad. Es lo que le vemos hacer en aquella comunidad de Antioquía a donde fue enviado animando a aquella comunidad que iba creciendo más y más en el número de los creyentes, que como sabemos fue allí donde comenzaron a llamarse cristianos los que seguían el camino de Jesús.
Pero habría que destacar cómo supo ir a buscar a Saulo, recién convertido, que se había refugiado en su pueblo natal de Tarso, pero que ahora Bernabé trae y presenta a la comunidad para el buen servicio y todo el bien que va a hacer a la Iglesia.
En el texto que hemos escuchado hay otro aspecto que tendríamos que destacar. Saulo y Bernabé son señalados por el Espíritu Santo para una misión importante que se les va a confiar. ‘Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado’. En medio de oraciones y ayunos les imponen las manos, como signo de esa presencia del Espíritu en sus corazones, y comienza lo que va a ser el primer viaje apostólico de Saulo, que pronto se llamará Pablo, acompañado de Bernabé. Ya hemos escuchado y comentado ese hecho y ese viaje apóstolico en el tiempo de Pascua.
Con lo que vamos comentando de alguna manera ya vamos explicando lo que recordábamos al principio de la antífona del comienzo de la celebración. Allí se decía de Bernabé ‘hombre de bien, lleno del Espíritu Santo y de fe’. Casi no es necesario explicar más porque lo estamos viendo claramente cómo es el hombre que se deja conducir por el Espíritu Santo. Impulsado por el Espíritu fue enviado a aquella comunidad; impulsado por el Espíritu va a Tarso a buscar a Pablo para presentarlo a la comunidad; y ahora impulsado por el Espíritu, junto con Pablo, saldrá por el mundo siguiendo el mandato de Jesús para anunciar el Evangelio. ¿Quién puede vivir esa disponibilidad tan exquisita si no es un hombre de una fe profunda y llena de vida? ‘Lleno del Espíritu Santo y de fe’. En Chipre, su tierra, alcanzará el final de sus días y sufriría el martirio cerca de Salamina.
Y todo esto que venimos comentando y reflexionando, ¿para nuestra vida qué? ¿Qué mensaje podríamos aprender de san Bernabé? Hemos hablado de su generosidad y de su disponibilidad, de la rectitud de su vida y de su inquietud apóstolica, que le merecerá ser contado entre los apóstoles, aunque no formara parte del grupo de los Doce. Es lo que tendríamos que pedir al Señor con la intercesión de san Bernabé. Esa disponibilidad del corazón para el compartir, pero esa generosidad para ser capaces de darnos por los demás en el nombre del Evangelio.

‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’, les dice Jesús a los discípulos que envía para anunciar el evangelio. Y si nos fijamos bien en lo que nos dice hoy el evangelio es necesario esa disponibilidad y esa generosidad del corazón de manera amplia para hacer ese anuncio. No vamos a ir apoyados en elementos humanos y por eso Jesús nos manda ir desprendidos de todo. La confianza la ponemos en el Señor; la fuerza la tenemos en el Señor; será el Espíritu divino el que nos inspirará lo que hemos de hacer y lo que hemos de anunciar. A nosotros nos toca dejarnos conducir por el Espíriu del Señor, como lo estamos viendo hoy en Bernabé. Que el Señor nos dé esa generosidad y esa disponibilidad.

viernes, 10 de mayo de 2013

San Juan de Ávila una luz que nos refleja a Cristo y nos ayuda a encontrar el sabor del evangelio

San Juan de Ávila una luz que nos refleja a Cristo y nos ayuda a encontrar el sabor del evangelio

Mt. 5, 13-19
‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo… brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres que, al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.
Este mandato de Jesús a todos  nos afecta, porque ser sal o ser luz en medio del mundo es lo que tiene que ser todo cristiano por el resplandor de su santidad, por el brillo de su fe y por las obras del amor que han de envolver toda su vida. Es cierto que no es ni nuestra sal ni nuestra luz la que tenemos que trasmitir, sino que será siempre el sabor de Cristo, la luz de Cristo la que tiene que iluminarnos y de tal manera hemos de acoger esa luz que así brillemos delante de los demás por nuestra santidad para que todos puedan dar gloria a Dios.
Pero estos textos de la Palabra de Dios los estamos escuchando en esta celebración en la que hacemos memoria y fiesta de un santo que así brilló con esa luz de Dios en medio de su mundo y así supo trasmitir ese sabor de Cristo a cuantos le rodeaban. Nos referimos a san Juan de Ávila, nuestra gran santo español, reconocido como doctor de la Iglesia recientemente por el Papa. Hoy queremos hacernos esta reflexión desde la Palabra de Dios contemplando su figura.
El Maestro Ávila, como así se le llamaba en su tiempo, fue en aquellos tiempos del siglo XVI una gran luz que brilló en nuestra tierra española con especial brillo y esplendor. Hoy la Iglesia lo reconoce como doctor de la Iglesia porque la solidez de su doctrina iluminó entonces y sigue iluminando aún la vida de la Iglesia con sus enseñanzas y su magisterio.
Nacido en Almodóvar del Campo (Ciudad Real) muy jovencito marcha a la universidad de Salamanca a estudiar leyes. Pero aquello no le satisfacía a su espíritu y se vuelta a su tierra en la que pasará varios años de retiro y reflexión tratando de descubrir qué era lo que el Señor quería de él. Finalmente irá a la universidad de Alcalá (eran las dos grandes universidades de su tiempo) para estudiar teología y prepararse para el sacerdocio. No habían seminarios entonces para la formación de los futuros sacerdotes; será un fruto del Concilio de Trento - recuerdo que a nuestro seminario se le llamaba seminario conciliar - y será tarea en la que se embarcará con gran ahínco creando colegios para la formación de los futuros sacerdotes, principio y origen también de otras universidades.
Pero no adelantemos las cosas, porque una vez ordenado sacerdote marcha a Sevilla con intención de embarcar para América, para Nueva España - México - en concreto, pero el arzobispo de Sevilla al oírle predicar, le convence de que sus Américas estaban en España y en concreto en Andalucía. Apóstol de Andalucía se le reconoce porque a lo largo y a lo ancho de aquellas tierras se dedicó a la tarea de la evangelización hasta la hora de su muerte. Intensa fue su tarea evangelizadora y que nos puede servir de estímulo cuando tanto hablamos hoy en la Iglesia de una nueva evangelización.
Como hemos mencionado instituyó diversos colegios sacerdotales tanto para la preparación de los que aspiraban al sacerdocio como la formación continuada de los mismos sacerdotes. Es por eso por lo que en el siglo pasado, siendo aun Beato, el Papa Pío XII le declaró patrono del clero secular español. Pablo VI lo canonizó y Benedicto XVI lo reconoció como doctor de la Iglesia, según ya antes hemos mencionado.
Apóstol y misionero recorría pueblos y pueblos predicando y anunciando la Palabra de Dios, dirigiendo espiritualmente a cuantos se acercaban a él porque era un sacerdote de profunda espiritual sacerdotal y que resplandecía por su santidad. Santos como san Juan de Dios o san Francisco de Borja se convirtieron al Señor escuchando su predicación y siguiendo sus consejos y santos como Teresa de Jesús o el mismo Ignacio de Loyola recibían sus consejos para su propio progreso espiritual.
¿Dónde encontraba él la fuente de su espiritualidad y la fuerza para la inmensa tarea pastoral que realizaba? En la Oración y en la Eucaristía. Ya hemos mencionado que de joven se retiró varios años, abandonando sus estudios de leyes, para orar y reflexionar descubriendo lo que era la voluntad del Señor para su vida. Espíritu de oración que vivía con toda intensidad cada día a lo que dedicaba mucho tiempo y celebración fervorosa y de muy intensa devoción de la Santa Misa cada día, eran sus fuentes que nunca abandonó y que le llevó por esos caminos de santidad.
Así pudo llenarse de la sabiduría de Dios y resplandecer por su santidad. Así es para nosotros un testigo y un ejemplo que nos da testimonio de cómo nosotros hemos de crecer en esa espiritualidad que sea el verdadero fondo de nuestra vida. Ejemplo para lo sacerdotes, pero ejemplo también para todos los cristianos que, como decíamos al principio, hemos de ser luz, con la luz de Cristo, en medio de nuestro mundo, llevando la sal del evangelio que dé profundo sabor y sentido a neustras vidas.

viernes, 25 de enero de 2013


Vas a ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído

Hechos, 22, 3-16; Sal. 116; Mc. 16, 15-18
‘No pierdas tiempo, levántate… El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al justo y oyeras su voz, porque vas a ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído…’ Son las palabras de Ananías, enviado del Señor, para recibir y bautizar a Pablo. ‘Recibe el bautismo que por la invocación de su nombre lavará tus pecados’.
Ya lo hemos escuchado relatado por el mismo Pablo. Marchaba a Damasco con cartas de los sumos pontífices de Jerusalén para llevar presos a todos los que encontrara que hicieran el camino de Jesús. El mismo nos lo ha relatado; la saña con que perseguía a la Iglesia de Dios. Pero el Señor le había salido al paso en el camino y lo había elegido. ‘Yo os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure’, recordamos las palabras de Jesús a los apóstoles en la última cena. El Señor había elegido a Saulo - ese era su nombre que más tarde cambiaría por el de Pablo - y le había salido al encuentro.
‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús Nazareno, a quien tu persigues’. El resplandor de la luz de Cristo lo había tirado al suelo y le había cegado hasta que encontrara y aceptara la verdadera luz. Creía ver, pero estaba ciego. Tenía celo de Dios y por Dios quería luchar, pero no lo había conocido. Ahora ha sido el momento. Tendrán que llevarlo de la mano hasta que encuentre quien le imponga las manos y en el nombre del Señor se encuentre con la luz de Jesús para siempre.
Va a ser testigo ante todos los hombres de lo que había visto y oído, de la luz con la que se había encontrado, del Señor Jesús en quien  había encontrado la salvación. Será el apóstol que recorra tierras y mares para llevar el nombre de Jesús a todas partes. Para él también fueron las palabras de Jesús antes de su Ascensión al cielo que hemos escuchado en el evangelio. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará…’
No es necesario decir ahora muchas cosas del apostolado de Pablo en sus continuos viajes por aquel mundo en torno al mediterráneo. Ya en el tiempo de Pascua escuchamos en el relato de los Hechos de los Apóstoles el relato de sus primeros viajes y continuamente estamos leyendo sus cartas a las distintas Iglesias que han quedado para nosotros como Palabra de Dios en el canon de los libros canónicos inspirados que la Iglesia reconoce. De una forma o de otra muchas cosas conocemos de él y también de su mensaje que recibimos en sus cartas apostólicas. Es el apóstol de los gentiles - así lo reconoce la Iglesia - porque de manera especial a ellos se dedicó anunciándoles el evangelio.
Para nosotros ha de quedar un mensaje en esta fiesta de la conversión de san Pablo que estamos celebrando hoy. Que nuestros ojos también se abran a la luz; que nuestro corazón se encuentre también de manera viva con el Señor; que seamos capaces de abajarnos de nuestros orgullos y autosuficiencias porque es el mejor camino que nos conduce hasta Jesús; que seamos capaces de dejarnos impregnar también por el espíritu del Evangelio y al mismo tiempo seamos conscientes de que hemos de ser testigos de ese evangelio ante el mundo que nos rodea.
Somos también llamados y elegidos del Señor; sobre nosotros se derrama y se manifiesta su amor de forma continua y hemos de saber dar respuesta a su llamada y a la riqueza de la gracia que continuamente nos regala. Que en nuestra vida se vaya reflejando ese fruto, porque cada día seamos mejores, porque cada día nos impregnemos más del espíritu del Evangelio, y con nuestro buen testimonio nos hagamos evangelizadores de nuestros hermanos.
‘Concédenos a cuantos celebramos hoy su conversión, pedíamos en la oración litúrgica, ser, como él lo ha sido, testigos de tu verdad ante el mundo’. Bien necesita nuestro mundo conocer esa verdad de Cristo. Bien es necesario que se anuncie el evangelio. Bien importante es que llevemos esa luz de Cristo y su verdad a tantos que andan en las tinieblas de la duda y del error.
Aunque sea brevemente, no podemos dejar de mencionar la semana de oración por la unidad de las Iglesias que hoy culmina. Es el grito y la súplica de Jesús en la última cena: ‘que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti’. Para que el mundo crea es necesario que todos los que creemos en Jesús manifestemos esa unidad. No podemos anunciar a un Cristo dividido. El vino a reconciliar a todos los hombres derribando el muro que los separaba con su sangre derramada en la cruz. Que alcancemos esa tan ansiada unidad.
Pasos se han ido dando en los últimos tiempos, pero grandes pasos quedan aun por dar. Son muchas las cosas que nos unen porque una es la fe en Jesús, pero el egoísmo y el orgullo de los creyentes todavía pone trabas a esa unidad, por eso son grandes los pasos que aún se han de dar. Pero todo eso es obra del Espíritu que es el que mueve los corazones. De ahí nuestra oración intensa pidiendo por la unidad de las Iglesias.

lunes, 12 de noviembre de 2012


Promover y despertar la fe de los elegidos

Tito, 1, 1-9; Sal. 23; Lc. 17, 1-6
Varias cosas nos sugiere hoy la Palabra proclamada, de las que desgranaremos algunas en este breve comentario. Decir de entrada que comenzamos leyendo la carta de san Pablo a Tito, que es una de las cartas llamadas pastorales, y que seguiremos en lo que queda de este tiempo ordinario con las cartas de san Juan y el Apocalipsis.
En el texto hoy escuchado de la carta a Tito vemos ese sentido pastoral en las recomendaciones que el apóstol le hace cuando lo ha dejado al frente de la comunidad de Creta y de cómo ha de escoger a los que van a ser pastores en medio de la comunidad. Pero sí quería fijarme en el saludo del Apóstol. Podríamos decir que nos da como su título o la razón de ser de su preocupación por la Iglesia de Dios. Ha sido llamado para ser Apóstol de Jesucristo y enviado con una misión muy concreta.
‘Apóstol de Jesucristo para promover la fe de los elegidos y el conocimiento de la verdad’. Así se presenta Pablo. Es un elegido y un enviado. Enviado para anunciar el evangelio de Jesús, el evangelio de la verdad. Jesús es el Camino, y la Verdad y la Vida, por eso al anunciar a Jesús estamos encontrándonos con esa verdad que nos dará plenitud y sentido a nuestra vida. Y eso es despertar la fe, ‘promover la fe de los elegidos de Dios’.  Es el primer fruto del anuncio que se nos hace de la Palabra de Dios, nuestra fe. Se nos habla de Jesús para que creamos en El; se nos habla de Jesús para que creyendo en El alcancemos la salvación.
De ahí cómo se completa ese saludo del apóstol, que lo tomamos también nosotros para la celebración litúrgica: ‘Te deseo la gracia y la paz de Dios Padre y de Cristo Jesús Salvador nuestro’. Lo escuchamos cada día y ritualmente respondemos al saludo sacerdotal, pero creo que tendríamos que ser conscientes de verdad de la riqueza que se nos está ofreciendo con la gracia y la paz de Dios para nosotros. Gracia y paz de Dios que hemos de saber acoger en nuestra vida, hacerla vida nuestra.
Pero quería fijarme, aunque fuera brevemente, también en el texto del evangelio. ‘Es inevitable que sucedan escándalos’, nos dice Jesús, porque el mal está ahí al acecho como una piedra de tropezar. Precisamente la palabra escándalo eso significa, piedra de tropezar; el mal nos hace tropezar; pero lo peor del escándalo es cuando somos nosotros con nuestro mal los que hacemos tropezar a los demás. Jesús es duro con esa situación, porque quiere precavernos y quiere también que salgamos de esa situación de mal y de pecado que puede hacer tropezar a los demás.
Por eso nos dice a continuación cómo tenemos que ayudarnos mutuamente. Es una consecuencia del amor que nos tenemos. Cuando  nos amamos de verdad no queremos que aquel a quien amamos se vea enrollado en las redes del mal. Por eso cuando vemos tropezar a alguien tratamos de ayudarle, corregirle, estar a su lado para ayudarle a que se aparte de ese mal. Nos pueden decir, yo hago con mi vida lo que quiero, pero aun así nosotros podemos aconsejar, hacer ver el mal en que haya podido caer el hermano para ayudarle a salir de él.
La corrección algunas veces está mal considerada. Y digo esto porque no siempre sabemos corregir; es ayudar, es estar a su lado para que vaya dando esos pasos necesarios que le alejen de esa situación, es poner mucho amor y mucha comprensión. Algunas veces pensamos que con solo una palabra que digamos ya tendría que ser suficiente y nos olvidamos que a nosotros también nos cuesta trabajo y esfuerzo superarnos en nuestras cosas y no siempre lo logramos desde el primer momento. Es la paciencia y la esperanza del hermano que corrige, que ayuda porque ama.
Ante todo esto que les va planteando Jesús los discípulos terminar por exclamar ‘auméntanos la fe’. Aumentanos la fe, sí, le pedimos porque nos cuesta creer, porque nos cuesta superarnos, porque nos cuesta muchas veces hacer el bien, porque en fin de cuentas somos pecadores. Aumenta nuestra fe, Señor, que es aumenta tu gracia sobre nosotros, que no nos falte nunca la gracia y la fuerza del Espíritu.

miércoles, 6 de junio de 2012


Por designio divino llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús

2Tim. 1, 1-3.6-12; Sal. 122; Mc. 12, 13-17
‘Apóstol de Jesucristo por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús…’ Hermosa definición que hace Pablo de sí mismo, de su vocación y de su misión cuando saluda al hijo querido, Timoteo, en la segunda carta que hoy nos propone la liturgia.
No es voluntad propia, sino ‘designio de Dios’. ¿Qué es lo que nos anuncia? ¿Cuál es su mensaje? ‘La promesa de vida que hay en Cristo Jesús’. Podemos recordar que no fue Saulo el que buscó a Jesús sino que fue Jesús el que le salió al encuentro en el camino de Damasco cuando iba con sones de persecución para los que seguían el camino de Jesús.  ‘Lo he elegido para ser instrumento que lleve mi nombre a todos los pueblos’, le dijo el Señor a Ananías. Y se convirtió en mensajero de vida, de la vida de Jesús que a todos llena de vida y de salvación.
¿No será ese el mensaje que los que creemos en Jesús tenemos que llevar siempre a los demás? Esta carta de Pablo que estamos comentando forma parte de las llamadas cartas pastorales; en ellas el apóstol da instrucciones a aquellos discípulos a los que había encomendado unas comunidades - Éfeso a Timoteo, Creta a Tito, como bien  sabemos – y en este caso estamos viendo cómo el apóstol se preocupa de que Timoteo avive la gracia de Dios que recibió con la imposición de las manos.
Pero nos vale a todos, pastores y fieles, dichas recomendaciones porque todos tenemos la misión del apostolado, en virtud de nuestra fe en Jesús y nuestra pertenencia a la comunidad cristiana hemos de ser apóstoles, testigos de nuestra fe en medio del mundo. ‘Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, de amor y de buen juicio’. Por eso le dice, nos dice, ‘toma parte en los duros trabajos del evangelio, según las fuerzas que Dios te dé’.
No terminamos de considerar lo suficiente la riqueza del mensaje del evangelio que nos manifiesta el amor que Dios nos tiene desde toda la eternidad. Nos regala su amor y nos regala su vida que se manifiesta en plenitud en Jesucristo, el Señor. Sintiéndonos así amados de Dios, si lo consideráramos lo suficiente, nos sentiríamos urgidos a la santidad, a una vida santa. ¿Cómo no responder con una vida de amor a todo el amor que Dios nos tiene?
‘El nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación del mundo, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo, y ahora, esa gracia se ha manifestado por medio del evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal’. Maravilloso mensaje que tenemos que meditar pausadamente allá en lo hondo de nuestro corazón. Rumiarlo en nuestro interior, repetir una y otra vez la reflexión dejando que el Espíritu del Señor nos ilumine por dentro.
Esto para nuestra vida, pero esto también como mensaje que hemos de saber trasmitir a los demás. No conocemos a veces suficientemente todo lo que es el misterio de nuestra salvación y por eso nuestra vida en ocasiones es mediocre espiritualmente. Y si nos encontramos mucha gente a nuestro alrededor a los que no les dice nada o les dice poco la fe y el ser cristiano, hemos de reconocer porque muchas veces no se les ha hecho el debido anuncio.
¿Cómo van a creer si no se les anuncia el Evangelio? Esto nos urge con mayor intensidad el que tenemos que ser apóstoles, testigos de nuestra fe en Jesús, de la salvación que en Jesús Dios nos da para todos los  hombres. Que la gracia del Señor nos acompañe. Como dice el apóstol ‘estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio’. No nos faltará la gracia del Señor en ese testimonio que hemos de dar de Jesús y del evangelio.

viernes, 28 de octubre de 2011

Con la predicación de los apóstoles crezcamos en el conocimiento de Dios


Ef. 2, 19-22;

Sal. 18;

Lc. 6, 12-19

‘Ciudadanos del pueblo de Dios, miembros de la familia de Dios, templo consagrado al Señor, morada de Dios por el Espíritu…’ Es la descripción y el proceso que nos hace el apóstol en la carta a los Efesios que se nos ha proclamado en esta fiesta de los santos apóstoles san Simón y San Judas que estamos celebrando.

Descripción y proceso hemos dicho. Nos describe esa pertenencia por la fe al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia en la que somos como una familia por la comunión de amor que hay entre nosotros. Como hijos de Dios por el bautismo y porque queremos plantar la Palabra de Dios en nuestra vida somos esa familia de Dios. Recordamos lo que nos decía Jesús. ‘¿Quienes son mi familia, quienes son mi madre y mis hermanos y mis hermanas? Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’.

Esa Palabra de Dios que nos ha llegado por la predicación de los apóstoles. Como decíamos en la oración ‘nos llevaste al conocimiento de Dios por la predicación de los apóstoles’. Ahora nos dice san Pablo que estamos ‘edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’.

Enraizados estamos en la fe de los apóstoles nos llamamos Iglesia e Iglesia apostólica. Y es la fe de los apóstoles la que confesamos porque ellos como primeros testigos de la resurrección del Señor nos han trasmitido la fe por el anuncio del evangelio. Pero no nos quedamos en los apóstoles sino que queremos llegar hasta quien es la piedra angular, queremos llegar hasta Cristo verdadero y único fundamente de nuestra vida y de nuestra salvación.

Nos ha hablado de un ‘edificio para formar un templo consagrado al Señor, integrados en su construcción para ser morada de Dios por el Espíritu’. No es el edificio material, el templo físico y material en el que nos reunimos, sino que es ese edificio espiritual que formamos todos unidos en una misma fe y unidos a Cristo, para que demos culto espiritual al Padre ofreciendo nuestros cuerpos mortales, ofreciendo toda nuestra vida al Señor.

Cristo es el verdadero y auténtico templo de Dios y nosotros unidos a Cristo formamos parte de ese templo. Por Cristo, en Cristo y con Cristo se glorifica a Dios, se da todo honor y gloria a Dios. ‘Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique, exclamaba Jesús en la oración de la última cena, yo te he glorificado en este mundo, cumpliendo con la obra que me encomendaste…’ Nosotros nos unimos a Cristo para ser ese templo, para también con nuestra vida dar gloria al Señor.

Como nos decía, estamos ‘integrados en su construcción para ser morada de Dios por el Espíritu’. Es precisamente lo que Jesús promete cuando en la última cena Simón Tadeo le pregunta, ‘¿qué pasa para que te hayas manifestado a nosotros y no al mundo?’, que habla de si le amamos y guardamos su palabra el Padre nos amará y El y el Padre vendrán y harán morada en nosotros.

Son hermosas las consideraciones que nos podemos hacer en las fiestas de los apóstoles. Una celebración que nos ayuda a profundizar en toda la riqueza de nuestra fe y de nuestra pertenencia también a la Iglesia. Algo que tiene que ayudarnos a ir creciendo en ese conocimiento de Dios, como decíamos con la oración, que nos llega precisamente por la predicación de los apóstoles.

Algo que tiene que ayudarnos también a vivir nuestro compromiso de fe y nuestro compromiso con la Iglesia dando gloria al Señor en todo momento con nuestra vida santa. El contemplar a quienes nos anunciaron a Cristo nos impulsa también en ese deseo de anunciar también nosotros a Jesús, trasmitir nuestra fe, contagiar de nuestra vida cristiana a los demás para que todos también den gloria al Señor.