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sábado, 8 de marzo de 2025

La experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida porque nos sentimos realmente necesitados de esa misericordia nos hará sentir una paz y alegría bien distinta

 


La experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida porque nos sentimos realmente necesitados de esa misericordia nos hará sentir una paz y alegría bien distinta

Isaías 58, 9b-14; Salmo 85; Lucas 5, 27-32

El que se cree satisfecho de todo no se sentirá en la necesidad de pedir ayuda, quien cree tenerlo todo nunca se sentirá pobre para pedir remedio para una necesidad que cree no tener, quien va con el estómago lleno no sentirá hambre y no pedirá comida, quien se cree sabio – y mira que digo que se cree sabio, no que sea sabio – no dejará que nadie le enseñe y le abra a otras dimensiones. ¿Nos creeremos nosotros satisfechos de todo porque todo tenemos y tan saciados que no aspiremos a mejores alimentos?

Creo que esta es una dimensión en la que nos está haciendo pensar el evangelio hoy. Parte el evangelista del hecho de la llamada de Jesús a Leví, que estaba en su mostrador de impuestos y Jesús le invita a seguirle. La decisión de Jesús y la respuesta de Leví fue un motivo de gozo y de que este hombre hiciera un banquete con Jesús y sus discípulos pero también con sus antiguos amigos y compañeros de profesión.

Leví era publicano, recaudador de impuestos con todo lo que esa profesión llevaba parejo en el mundo económico, y lo mismo eran considerados los compañeros de profesión. Pero por una parte desde ser considerado un colaboracionista con los romanos que detentaban el poder y el peligro de la usura con todas sus variantes que acompañaba a esta profesión, por parte de los judíos de forma despreciativa los llamaban publicanos y pecadores. Los que se consideraban puritanos con ellos no querían tener ninguna relación.

De ahí surge el comentario que hacen los fariseos porque Jesús comía con publicanos y pecadores; son las suspicacias que pretenden sembrar en los discípulos con sus comentarios. Pero ¿necesitan de médico los que están o se consideran sanos? Es lo que Jesús en su respuesta quiere hacerles ver. El no ha venido para santificar a los que ya se consideran justos, Jesús ha venido como salvador para los pecadores. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan’.

Es lo que necesitamos reconocer. Hambrientos que tenemos hambre y pedimos qué comer. Pecadores que necesitamos de la misericordia y del perdón. Es algo primordial aunque sabemos que nos cuesta reconocer. Siempre decimos que no tenemos pecado, que no tenemos culpa; siempre buscamos una disculpa para nosotros y alguien a quien culpabilizar. Por ahí tenemos que comenzar. De lo contrario, ¿de qué es lo que nos vendría a salvar Jesús si lo proclamamos nuestro Salvador?

No pueden ser palabras que repetimos sin más como aprendidas de memoria. Lo decimos y repetimos una y mil veces pero en el fondo de nuestro corazón no nos sentimos necesitados de su gracia, de su misericordia y de su perdón. Es la rutina en la que vamos cayendo, es el formalismo con que hacemos las cosas, pero es la falta de sinceridad de nuestro corazón, pero porque no nos miramos nuestro corazón, no queremos reconocer nuestras debilidades.

Qué fácil es decir que vivimos en un mundo pecador, o con qué ligereza hablamos de los demás como pecadores que tienen que convertirse, pero no somos capaces de reconocer que somos nosotros los primeros que necesitamos esa conversión. Son pecadores los de fuera, los que no vienen, pensamos tantas veces, y nos parecemos a los fariseos que juzgaban a los demás porque eran pecadores y juzgaban a Jesús y sus discípulos porque comían con los pecadores.

En nuestras celebraciones litúrgicas muchas veces de una forma y de otra estamos diciendo ‘Señor, ten piedad… ten misericordia de nosotros… atiende nuestras súplicas…’ pero, ¿realmente nos estamos sintiendo pecadores necesitados de esa misericordia del Señor? Tenemos que ser más congruentes con las palabras que pronunciamos, ser más auténticos en las palabras que decimos.

Quien ha pasado por malas situaciones en la vida, quizás como consecuencia de sus errores y fallos, cuando ha encontrado comprensión y misericordia en los demás para perdonarnos y para aceptarnos, realmente se tiene que sentir transformado por esa experiencia de misericordia que ha sentido en su vida y todo a partir de entonces va a ser nuevo y distinto.

Vivamos con intensidad esa experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida, porque realmente nos sentimos necesitados de esa misericordia, y seguro que a partir de ese momento nuestra vida va a ser bien distinta, disfrutaremos de una paz nueva en el corazón, pero al mismos tiempo seremos capaces de regalar ternura y comprensión a los que caminan a nuestro lado en sus debilidades, porque débiles un día nos sentimos. Es lo que vivió Leví tras su encuentro con Jesús y por lo que hizo fiesta en aquel banquete en que invitaba a sus amigos.

sábado, 25 de febrero de 2023

Jesús quiere llegar también a tu corazón y a mi corazón para que emprendamos el camino de la cuaresma que estamos iniciando y también nos está diciendo. ‘¡Sígueme!’

 


Jesús quiere llegar también a tu corazón y a mi corazón para que emprendamos el camino de la cuaresma que estamos iniciando y también nos está diciendo. ‘¡Sígueme!’

Isaías 58, 9-14; Sal 85; Lucas 5, 27-32

Hay momentos y hay encuentros que no pasan desapercibidos, que dejan huella, y más aun que nos marcan un paso que tenemos que dar. De una forma o de otra son experiencias que podemos tener en la vida; y no porque sucedan cosas extraordinarias, sino que son el paso a paso del día a día con aquellas cosas más ordinarias que nos suceden o con aquellas personas con que nos encontramos de las que quizás no esperábamos nada especial. Pero ese momento fue diferente, como decíamos, marcó un paso que teníamos que dar, y en el que quizá nunca habíamos pensado, porque ya llevábamos la rutina de cada día sin salirnos de lo de siempre.

Así estaba aquel día Leví detrás de su mostrador o garita o como queramos llamarla donde cobraba los impuestos. Eran las rutinas de siempre, con los comentarios de la gente de siempre por el oficio que desempeñaba, por las quejas habituales en los que tienen que pagar, con todas esas particularidades que se sucedían cada día en quien tenía aquel oficio. Nada esperaba de especial aquel día.

Pero pasó Jesús, se detuvo también delante de aquel mostrador, ¿iba también a pagar sus impuestos? ¿Iba a pedir ayuda a quien se dedicaba también a aquel negocio de los prestamos y las deudas para resolver alguna situación del grupo?, algunos podían pensar en esas y muchas cosas, ¿o era por simple curiosidad? Pero Jesús se había acercado a Leví y solo había pronunciado una palabra, ‘sígueme’.

Y todo cambió. ¿Qué sucedió en aquel momento? ¿Qué color o qué música tenía aquella palabra? ¿Qué mirada se habría cruzado entre Jesús y el publicano? ¿Qué sintonía se había producido entre ambos? El evangelio no nos da detalles, pero algo había sucedido, porque todo había comenzado a caminar con otros rumbos.

El publicano se levantó de su mostrador y se fue con Jesús. Ahora le había invitado a su casa y había preparado una comida para Jesús y sus discípulos, pero allí estaban también los amigos del cobrador de impuestos. Había sonido de fiesta y de alegría porque algo en verdad había cambiado.

Como siempre, por allá andarán los que están al acecho. Jesús y sus discípulos sentado a la mesa de un publicano, pero además rodeado de muchos publicanos y pecadores. Era incomprensible, se dejan caer los comentarios como quien no quiere la cosa, pero aquello es algo que no pueden tolerar, no pueden aceptar. Y los rumores llegarán a los oídos de Jesús.

El médico no es para los sanos o los que se creen que están sanos, sino para los enfermos. Jesús ha venido para estar al lado del  hombre, allí donde el hombre le necesita. El viene a traernos la salud y allí donde puede faltar esa salud, allí quiere estar. Claro que está con los publicanos y con los pecadores, pero también quiere estar con aquellos que se creen justos, porque quizá son los más enfermos, pero estos no se dejarán, estarán siempre poniendo barreras.

Jesús viene a nuestro encuentro, se acerca allí donde nosotros estamos, en lo que es nuestra vida, nuestro dolor o nuestros anhelos; Jesús camina siempre con los brazos abiertos dejando que su sombra pueda llegar a todos, o todos puedan acercarse hasta su manto; Jesús se deja encontrar y dejará no solo la puerta abierta sino también el tejado dispuesto para que lo abran y puedan llegar hasta él, Jesús se acercará al que está solo y abandonado de todos y no tiene a nadie que le ayude; Jesús querrá sintonizar con aquel corazón solitario que parece que nadie quiere sintonizar con él y le dirá que lo necesita, que quiere que él también forme parte del grupo de los que van a estar siempre cerca de Jesús.

Por eso hoy llegó junto al mostrador de los impuestos, por eso llegó a la casa de Leví, por eso comerá con los publicanos y con los pecadores, por eso quiere llegar también a tu corazón y a mi corazón para que emprendamos sin ningún temor el camino de la cuaresma que estamos iniciando. También nos está diciendo. ‘¡Sígueme!’ ¿Qué respuesta le vamos a dar? ¿Dejaremos pasar ese momento único de encuentro con Jesús?

sábado, 5 de marzo de 2022

Experimentemos en nosotros la misericordia de Dios porque nos sentimos enfermos y necesitados de sanación y llevemos el don de la paz a cuantos están necesitados de perdón

 


Experimentemos en nosotros la misericordia de Dios porque nos sentimos enfermos y necesitados de sanación y llevemos el don de la paz a cuantos están necesitados de perdón

 Isaías 58, 9-14; Sal 85; Lucas 5, 27-32

No se nos ocurre pensar en una persona que está enfermo y que no va al médico, o que le oculta algunos aspectos de su padecer. ¿Será que no quiere curarse? Podríamos decir que no nos cabe en la cabeza, todos amamos la salud, todos deseamos quitar ese mal de la enfermedad que algunas veces puede dañar nuestro cuerpo; de la misma manera que el médico lo que querrá es la salud de sus pacientes; cómo nos quejamos si vamos al médico y no nos atiende o lo hace con displicencia, como nos rebelamos si el médico no acierta con la enfermedad que padecemos y en lugar de mejorar, empeoramos. El médico es para sanar al enfermo, para hacerle recuperar la salud, y no se nos ocurre impedir que un enfermo llegue a encontrar la salud.

Hablamos de aspectos humanos en los que nos vemos envueltos todos los días, porque eso de la salud es algo que todos ansiamos. Pero esa imagen nos puede decir algo más con el evangelio que hoy hemos escuchado. Aunque nos parezca que en este caso el centro del evangelio está en la llamada de Jesús a Leví para que le siga, y tenemos que valorar por una parte esa invitación de Jesús a seguirle y la prontitud con que responde a la llamada del Señor, esto es motivo para otro mensaje que se nos quiere trasmitir en este camino cuaresmal que hemos iniciado.

Hemos escuchado las murmuraciones y comentarios que se hacen los fariseos por una parte porque Jesús haya llamada a un publicano, a un recaudador de impuestos – con lo mal mirados que eran entonces – a seguirle, pero la critica más feroz viene porque Leví hace un banquete y en él con Jesús y sus discípulos están también muchos otros publicanos amigos y compañeros que fueron de Leví.  ‘Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús: ¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?’

Es cuando aparece la respuesta de Jesús. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan’.  Jesús es el médico que viene a sanarnos. ‘Dios quiere que todos los hombres se salven y tengan vida eterna’, se nos dirá en otro momento del evangelio. Es la razón, podríamos decir, del Emmanuel, Dios con nosotros. Por eso Jesús viene a nuestro encuentro sin hacer ninguna diferencia ni distinción. Va a buscar al hombre enfermo, va al encuentro del pecador, dejará que todos se acerquen a El, siempre ofrecerá la paz para los corazones y la salvación.

Busca al paralítico que anda allá perdido en medio de la multitud pero que nadie atiende, se acerca al pie de la higuera para hacer bajar a Zaqueo porque quiere hospedarse en su casa, permite que la mujer pecadora le lave los pies con sus lágrimas y derrame el caro perfume, al paralítico que hacen bajar desde el techo a su presencia para que lo cure lo primero que le ofrece es el perdón de los pecados, siempre despedirá a los que se acercan a El con la paz. ‘Vete en paz y no peques más’. Y nos enseñará como nosotros tenemos que llevar ese mensaje de paz para todos cuando anunciemos la buena nueva de su salvación, dándonos poder para curar enfermedades, expulsar demonios y sobre todo llevar el bálsamo del perdón y del amor de Dios.

Como contra portada vemos la actitud de los fariseos, que ni comen ni dejan comer. Les molesta que Jesús esté con los pecadores, no entenderán nunca el mensaje del perdón que Jesús va proclamando. En sus corazones retorcidos no son capaces de experimentar en si mismos esa sanción que Jesús ofrece a todos y siempre están queriendo contagiar con su mala levadura el resentimiento, el odio y el rencor.

Experimentemos nosotros esa misericordia de Dios en nuestra vida, porque nos sentimos enfermos y necesitados de su sanación, nos sentimos pecadores y ansiamos ese perdón y esa misericordia que Jesús nos ofrece, y con esa misma misericordia vayamos al encuentro con los demás regalando paz, repartiendo amor, ayudando a descubrir la alegría de sentir la misericordia del Señor.

viernes, 2 de julio de 2021

Jesús nos propone en la opción de la misericordia, porque la necesitamos para nosotros mismos, y porque tenemos que saberla ofrecer generosamente a los demás

 


Jesús nos propone en la opción de la misericordia, porque la necesitamos para nosotros mismos, y porque tenemos que saberla ofrecer generosamente a los demás

Génesis 23,1-4.19; 24,1-8.62-67; Sal 105;  Mateo 9,9-13

¿Por qué iremos dándonos de orgullosos en la vida y creyéndonos los mejores? Al final tenemos que reconocerlo. No somos tan perfectos aunque nos creamos buenos; sin embargo ante los demás queremos aparentar, nos cuesta reconocer nuestras debilidades, es más, en ocasiones nos volvemos intransigentes porque les pedimos a los otros unos niveles de conducta que nosotros no nos preocupamos de alcanzar. Para nosotros siempre tendremos alguna disculpa, para los demás lo que más fácil nos sale es el juicio y la condena. Siempre estaremos mirando con lupa la vida de los demás, pero para nuestra vida ponemos unas pantallas.

Pero siempre hay en nosotros una miseria que necesita de la comprensión y de la misericordia. Montados en el caballo del orgullo y de la soberbia no podremos aguantar mucho tiempo, aunque nos cueste bajarnos de ese caballo. Y cuando con sinceridad llegamos a reconocer nuestras debilidades y encontramos en los demás comprensión y misericordia, qué distintos nos sentimos. Al final tenemos que estar agradecidos.

Por eso Jesús nos pone en la opción de la misericordia; porque la necesitamos para nosotros mismos, y porque tenemos que saberla ofrecer generosamente a los demás. El camino de Jesús es ir buscando allá donde hay un corazón roto porque con su amor quiere recomponerlo.

Por eso vemos cuáles son sus preferidos, los pobres y los que sufren; sufrimiento que vemos especialmente expresado en los enfermos de todo tipo de enfermedad que acuden a Jesús, pero que con esa cercanía Jesús quiere expresarnos otra hondura, para que seamos en verdad sensibles a todo tipo de sufrimiento; porque hay sufrimientos que llevamos en el corazón que son más duros de pasar que el tener algunas limitaciones físicas o tener nuestro cuerpo enfermo. Se expresa perfectamente en la búsqueda de Jesús de los pecadores. Aunque haya muchos que no lo entiendan, porque no llegan a vivir la experiencia de la misericordia.

Hoy lo contemplamos en el evangelio. La ocasión ha sido que Jesús ha llamado para que le siga y forme parte del grupo a un recaudador de impuestos. Es la vocación de Leví o de Mateo según sea el evangelista que nos traiga el relato. Ya es sorpresivo y verdaderamente significativo que Jesús llame para seguirle a alguien que no tiene buena prensa entre el pueblo. Los recaudadores de impuestos eran mal mirados, tan mal que los llamaban publicanos que era algo así como decirle que eran unos pecadores. Es cierto que los manejos de los dineros siempre tienen el peligro de manchar no solo las manos sino el corazón y muchos se convertían en verdaderos usureros; por otra parte eran considerados como unos colaboracionistas con el poder instituido, porque para ellos eran los impuestos que cobraban, lo que hacía que aún los consideraran peor.

Jesús ha llamado a Mateo que con una disponibilidad total deja atrás todas las cosas para irse con Jesús. Tan contento está que ofrece una comida a la que además de Jesús y los discípulos que ya le seguían estarán invitados los compañeros de profesión de Mateo. Los fariseos ponen el grito en el cielo, porque Jesús se ha mezclado con toda esa gente y come con ellos. Y es cuando nos deja el mensaje, el médico no es para los sanos sino para los enfermos, El ha venido para buscar a la oveja perdida por eso se acercará a los pecadores e incluso comerá con ellos porque es una manera de significar lo que es la misericordia del Señor que lo que mira es el corazón. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, recuerda Jesús con palabras de la Escritura.

Aquellos hombres y mujeres que eran despreciados por todos a los que consideraban unos pecadores y nadie querrá mezclarse con ellos se sienten acogidos y valorados por Jesús. Es el primer gesto que llama al corazón. Es decirnos que Dios nos ama y cuenta con nosotros a pesar de nuestras debilidades o nuestros pecados. Es un sentirnos levantados por la mano del Señor igual que levantaba a los paralíticos de sus camillas para ponerlos a andar, así levanta el corazón del hombre pecador para ponerlo también en camino de vida nueva.

Cómo nos sentimos reconfortados cuando a pesar de nuestras miserias nos sentimos comprendidos y aceptados, así tenemos que aprender a hacerlo con los demás. Tenemos que aprender a ser signos de esa misericordia sabiendo acercarnos con humildad y delicadeza, con mucha empatía y con mucho amor a esos corazones rotos que nos podemos encontrar a nuestro lado. Como Jesús sentarnos a la mesa con ellos, caminar a su lado, mostrar nuestra cercanía, nuestro respeto y nuestra comprensión, ser capaces de aceptar y valorar. ¿No será eso lo que también buscamos para nosotros? Sepamos ofrecerlo a los demás.

sábado, 20 de febrero de 2021

Nos sentimos desarmados cuando contemplamos el amor de Jesús hacia los pecadores y nos bajamos pronto de nuestras posturas discriminatorias hacia los demás

 


Nos sentimos desarmados cuando contemplamos el amor de Jesús hacia los pecadores y nos bajamos pronto de nuestras posturas discriminatorias hacia los demás

Isaías 58, 9-14; Sal 85; Lucas 5, 27-32

Hay una frase que solemos utilizar y que incluso empleamos como recurso educativo que sin embargo escuchando el evangelio de hoy me hace hacer un replanteamiento. Es aquello que decimos ‘dime con quién andas y te diré quien eres’. Según con la gente con la que te juntes, y lo decimos muchas veces a la gente joven que está a nuestro cuidado, vas a aparecer con tal o cual categoría; sobre todo la empleamos en un sentido negativo y peyorativo, pero pensemos si acaso no tiene mucho de discriminatorio en referencia a nuestra manera de ver a las personas, y en consecuencia no queremos que nuestros  hijos, por ejemplo, se mezclen con toda clase de personas.

Pero de alguna manera ¿no era así como estaban viendo los fariseos y los letrados a Jesús porque se juntaba con los pecadores, porque se sentaba a la mesa con los publicanos? Es lo que les están diciendo los fariseos y los escribas a los discípulos en aquella ocasión. ‘¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?’ Y ya vemos la respuesta de Jesús.

Había sucedido en esta ocasión – porque las ocasiones se repiten en el evangelio y Jesús también come con fariseos y gente que se considera como muy principal en sus arrogancias – después que invitara a Leví a seguirle. Leví, o Mateo según sea el evangelista que nos transmita este relato, era un publicano; bueno, Leví era un recaudador de impuestos, pero que por eso mismo los fariseos y los que se creían puros así los trataban, como publicanos, unos pecadores.

Para un judío un recaudador de impuestos era un colaboracionista con el poder extranjero que era el que dominaba entonces en Israel, los romanos; ellos eran los que controlaban la hacienda y ponían los impuestos; los judíos por sí mismos tenían sus impuestos que iban a engrosar las arcas del templo de Jerusalén, pero que en principio era como la Hacienda del pueblo de Israel; pero ahora eran los dominadores extranjeros los que se llevaban esta parte, y los recaudadores era unos colaboracionistas.


Por otra parte tenían fama de usureros porque por un lado inflaban los impuestos a su capricho y beneficio, pero al mismo tiempo como hombres de dinero y de negocios eran unos prestamistas para aquellos que se veían en necesidad; un camino también para el lucro y las ganancias desmedidas por la gravedad de los intereses que imponían. Ejemplo tenemos en otro publicano que también tuvo su encuentro con Jesús, Zaqueo, del estilo de vida llena de injusticia en que vivían. De ahí su fama y la mala consideración que tenían ante el pueblo, eran unos publicanos, es decir, unos pecadores.

Y Jesús había escogido a Leví para seguirle, que prontamente dejó su mesa de cobrador de impuestos para irse con Jesús. Algo que le llenó de alegría y quiso celebrarlo con un banquete para Jesús y los discípulos que ya lo acompañaban, pero al que también invitó a sus amigos y compañeros de profesión; era algo así como una despedida. Y ahora vienen los fariseos criticando porque Jesús está en medio de ellos. ¿Dime con quién andas y te diré quien eres? Se lo estaban aplicando a Jesús.

Pero a Jesús no le importa, porque El es el médico que viene a curar no a los que se creen sanos sino a los enfermos. Y allí en medio de esos enfermos, en medio de los pecadores está Jesús  para sanar, para transformar los corazones. No soporta Jesús la discriminación; en su reino no caben esos estilos, algo nuevo tiene que surgir y algo a lo que están todos llamados, sean santos o sean pecadores, pero lo que Jesús nos trae es la gracia, lo que nos trae es el regalo del perdón, el regalo del amor de Dios.

Ya decíamos al empezar la cuaresma que es el tiempo del regalo, es el tiempo de la gracia que Jesús nos regala que es descubrirnos cuánto es el amor que Dios nos tiene. No importa lo pecadores que seamos, si somos capaces de reconocerlo, pero de reconocer sobre todo lo que es el amor que Dios nos tiene. Claro que eso nos tiene que poner en otra onda, en otra órbita, que es la manera con que nosotros miremos a los demás. Porque aquello de decir que según con quien andes así eres tú, entraña mucha discriminación hacia los que nosotros también como aquellos fariseos tratamos de mirar por encima del hombro.

Analicemos con sinceridad nuestra manera de mirar a los demás y en consecuencias nuestras discriminaciones. Sintámonos desarmados cuando contemplamos lo que es el amor de Jesús por todos. Pongámonos de parte de Jesús y aprenderemos entonces a ir como El siempre como médico para los demás, porque lo que queremos es sanar, porque lo que queremos es rescatar a los que se ven envueltos por el pecado, porque lo que queremos es llevar vida y hacer que vivamos con un nuevo estilo de vida, con el estilo del amor.

 

sábado, 16 de enero de 2021

Como Jesús hemos de aprender a mirar para saber llegar al fondo del alma y comenzar a creer en los otros, perder los miedos a mirar y hacer desaparecer las desconfianzas

 


Como Jesús hemos de aprender a mirar para saber llegar al fondo del alma y comenzar a creer en los otros, perder los miedos a mirar y hacer desaparecer las desconfianzas

 Hebreos 4,12-16; Sal 18;  Marcos 2,13-17

Vamos de paso o vamos de paseo, pero  no terminamos de ver, no miramos ni contemplamos. Y se nos pueden pasar las cosas desapercibidas. Pero quizá lo de menos sea que se nos pasen las cosas desapercibidas aunque tendríamos que tener espíritu contemplativo para observan tantas maravillas con las que nos podemos ir encontrando. Lo más grave quizás sea que pasemos de largo y no veamos a las personas, nos pasen desapercibidas.

Pero nuestra mirada no puede ser superficial ni solamente externa; tendríamos que ahondar más, se capaces de mirar a los ojos y a través de los ojos llegar al alma, llegar a contemplar y comprender lo que hay en el corazón de cada persona con la que nos vamos cruzando. Es difícil pero nos llevaríamos grandes sorpresas, porque podríamos encontrar cosas bellas, podríamos encontrarnos maravillosos valores en esas personas, que sí se nos han pasado desapercibidos.

Hoy el evangelio nos habla de que Jesús iba de paso para la orilla del lago; allí se detuvo a charlar con la gente, a hacer el anuncio del Reino; era su constante en aquellos momentos, pues aún estaba haciendo el primer anuncio invitando a seguirle, invitando a convertirse, a cambiar los corazones, que exigiría quizá también otros cambios más profundos en la vida de las personas.

Pero Jesús estaba atento a todo; El no pasaba simplemente de largo. Por eso nos dice el evangelista que al pasar se fijo en Leví, el recaudador de impuestos, que estaría allí en su garita o detrás de su mesa, o sentado en un banco de la plaza, pero que estaba en su oficio. Pero Jesús se fijó en él y lo invitó a seguirle. Era una interpelación directa que pareciera que no permitía ninguna otra respuesta. ‘Sígueme’, y aquel hombre lo siguió, se levantó y se fue con Jesús y llevó a Jesús a su casa.

Son esas miradas de Jesús y esas palabras que interpelan y que parece que exigen pero que son una invitación al amor, a ser capaces de despojarse de muchas cosas. Leví estaba en su oficio, en su negocio; porque la tarea de recaudador de impuestos era un negocio, tenía sus ganancias, porque probablemente el hecho de manejar muchos dineros hiciera que también se convirtiera en prestamista; lo podemos deducir de otros momentos del evangelio. Tenía su negocio montado y su vida asegurada.

Y ahora Jesús le invita a algo nuevo que es una incertidumbre porque no sabemos a qué derroteros nos puede llevar el seguimiento de Jesús. Pero con en un buen negocio, aunque se desprendiera de todo, él se arriesgó y se fue con Jesús. Y vaya si acertó. Se le veía contento porque ofreció un banquete a Jesús y sus discípulos y también a sus amigos de profesión. Jesús había mirado el corazón de Leví y en contra de todo lo que otros pudieran pensar sabía cuales eran sus valores y a lo que estaba dispuesto.

¿Seríamos nosotros capaces de poner nuestra vida en un riesgo ante una invitación semejante a la que recibió Leví en aquella mañana? Claro que tendríamos que dejarnos mirar por Jesús y El llegue al fondo de nuestro corazón. Como nosotros tenemos que aprender a mirar a los demás para saber llegar al fondo del alma de los demás y comenzar a creer en los otros. Perder los miedos a mirar y hacer desaparecer las desconfianzas. No nos atrevemos muchas veces a mirar porque vamos ya llenos de prejuicios, nos hacemos nuestra idea y no confiamos en los demás. Por eso no miramos, pero tampoco nos dejamos mirar. Nos contentamos con ir de paso pero sin contemplar las grandezas del alma de todos aquellos con los que nos vamos encontrando.

En aquella ocasión había algunos que desconfiaban. Por allá andaban diciendo los fariseos y los letrados cómo se atrevía Jesús a comer con aquella gente si eran unos pecadores. Habían hecho su juicio y su condena de antemano. Cosa que Jesús nunca hará, porque siempre está presente la misericordia del Señor y aunque haya enfermedad, aunque haya pecado, siempre se puede alcanzar la curación porque siempre se puede alcanzar el perdón. Jesús es el médico que viene a curar y viene a salvar.

lunes, 21 de septiembre de 2020

Mateo aprendió del resplandor de los ojos de Jesús y qué mirada tan bonita de Cristo nos ha dejado reflejada en su evangelio para que podamos conocer de verdad a Jesús

 


Mateo aprendió del resplandor de los ojos de Jesús y qué mirada tan bonita de Cristo nos ha dejado reflejada en su evangelio para que podamos conocer de verdad a Jesús

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

La vida está llena de contrastes, de luces y de sombras, de miradas limpias y de corazones turbios. No es difícil encontrarnos esos contrastes llenos de sombras ante un mismo acontecimiento y con diversidad de personas alrededor. Cada uno tiene su mirada que no siempre es mutuamente enriquecedora, sino que depende del filtro que tengamos ante nuestros ojos, del filtro que tengamos en nuestra mente ante lo que estamos contemplando o lo que sucede en nuestra presencia. Así será la opinión o el juicio que le hagamos a las personas que contemplamos, así son las interpretaciones que haces de cuanto sucede. Esa diversidad desde un aspecto positivo podría ser enriquecedora, pero en la negatividad que llevamos muchas veces en nuestro corazón resultará más bien destructiva.

Es la diversidad de matices y de opiniones que contemplamos en el pasaje del evangelio que hoy se nos propone. No era la misma la mirada de Jesús a Leví, el recaudador de impuestos a quien Jesús llama a seguirle, que la opinión que tenían de él, incluso podríamos decir que por prejuicio, los escribas y fariseos que vemos en el entorno.

Es cierto que era un recaudador de impuestos y éstos tenían mala fama y eran mal considerados por los judíos, que los tenia como unos colaboracionistas con el poder extranjero, y como todos los que manejaban dineros – como sigue sucediendo hoy – ya por eso se les consideraba siempre como unos ladrones. Ya se llevaban el sobrenombre de publicanos o pecadores.

Pero Jesús quiere contar con él. Y es que Jesús mira con una mirada distinta al hombre, a la persona, no pone por medio ese filtro de maldad al que tan dados somos nosotros. Y lo invita a seguirle y va a formar parte no solo de los discípulos en general, sino que formará parte del grupo de los Doce, especialmente escogidos por Jesús. Mientras, los fariseos porque Jesús come con Mateo y sus amigos los publicanos en aquel banquete que le ofrece a Jesús, ya estaban con sus prejuicios y condenas, criticando que Jesús comiera con lo que ellos consideraban pecadores.

Pero Jesús tiene una respuesta para resaltar lo que es la misericordia de Dios que El refleja en sus posturas y actitudes y en toda su vida. El médico no es para los sanos, sino para los enfermos y El ha venido a curar y a salvar. ‘Aprended lo que significa Misericordia quiero y no sacrificio: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores’.

Claro que también tendríamos que resaltar otros momentos de luz que podemos contemplar en este pasaje. Es la prontitud con que Mateo responde, en contraste con esa actitud reticente de los que se creían justos, como sucedía con los fariseos. ‘Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió’. Aparte de lo que hemos dicho de la mirada luminosa de Jesús hacia el corazón de aquel hombre al que llama, tenemos que destacar esta prontitud de respuesta; podría ser un pecador, era considerado como decíamos un publicano, pero allí estaba pronto para seguir a Jesús, - ‘se levantó’ inmediatamente - dejándolo todo.

Mucho nos dice para nuestra vida. Ya hacíamos referencia al principio de esos claroscuros que muchas veces encontramos también en nuestro corazón. No es solo el contraste que podemos contemplar en las opiniones, juicios y prejuicios de los que nos rodean, sino que es algo que muchas veces nos sucede en nuestro propio interior. Por la malicia que quizás tengamos dentro de nosotros mismos, por las influencias que podemos recibir del mundo que nos rodea, por la timidez o la cobardía con que algunas veces actuamos en que no somos capaces de enfrentarnos a lo negativo de los demás ofreciendo nuestra opinión, ese lado positivo de las cosas en el que tenemos que fijarnos.

Nos vemos envueltos en ese torbellino y demasiados cristales tamizados llevamos delante de nuestros ojos. Cuando el cristal está muy tamizado con colores predeterminados nos sucede como con esas gafas que cuanta más luz reciben más oscuras se nos vuelven y así vemos tantas veces la vida con tanta oscuridad y negatividad aunque hubiera mucha luz alrededor.

Mateo aprendió, podríamos decir, de esa mirada de Jesús y qué mirada tan bonita de Cristo nos ha dejado reflejada en su evangelio para que podamos conocer de verdad a Jesús. Hoy estamos, precisamente, celebrando la fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista.

sábado, 18 de enero de 2020

Necesitamos el colirio de Jesús para tener ojos nuevos para ver al que camina a nuestro lado siempre como un hermano en quien hemos de confiar



Necesitamos el colirio de Jesús para tener ojos nuevos para ver al que camina a nuestro lado siempre como un hermano en quien hemos de confiar

1Samuel 9, 1-4. 17-19; 10, 1ª; Sal 20; Marcos 2, 13-17
Nosotros nos lo pensaríamos bien antes de hacer una elección así, lo habremos pensado muchas veces cuando escuchamos este texto del evangelio. No es cuestión de pasar por la calle y al primero que encontremos invitarlo a estar con nosotros sabiendo lo trascendental que pudiera ser esa elección. Somos precavidos, decimos, y nos pensamos las cosas. No tenemos en el grupo de nuestros amigos a cualquiera. Ya me diréis que la gente joven de hoy no tiene esas precauciones y todos les pueden parecer buenos colegas, pero con los golpes de la vida también van aprendiendo y llega un momento en que se toman también sus precauciones.
Y todo esto ¿a qué viene? ¿La gente que nos rodea es así de precavida? ¿O acaso serán cosas que tenemos metidas en la cabeza los que ya somos mayores, quizá por los golpes que hayamos recibido en la vida? Pero a todos los niveles de la sociedad, en las empresas o en el ámbito de la administración pública, en el momento de repartir responsabilidades tenemos unos perfiles, nos gustaría que la gente tuviera un determinado talante, manera de pensar y de actuar, un prestigio – aunque qué fácilmente se enturbian esos prestigios y cómo habrá alguien que esté dispuesto a sacar trapos sucios -, una serie de condiciones según la responsabilidad que se vaya a desempeñar.
Parece que según el criterio de algunos la elección que Jesús hizo aquella mañana cuando venía del lago y atravesaba la ciudad no era muy acertada. ¿Cómo se le ocurría escoger a un publicano para formar parte de su grupo? Por allá andarían los puritanos de siempre haciendo sus juicios y sus condenas, ya que miraban con lupa todo lo que hacía aquel nuevo profeta que había aparecido en medio de ellos. Pero los criterios de Jesús eran bien distintos.
Al paso por la garita del recaudador de impuestos Jesús se había detenido y le había dicho a Leví que se viniera con El. Y Leví, el jefe de publicanos del lug, no se lo pensó dos veces sino que inmediatamente se levantó y lo siguió. Es más, quiso hacer una comida para celebrar ese paso que había dado y en consecuencia en aquella comida estaban también sus antiguos amigos, sus compañeros de profesión.
Mala fama tenían los publicanos, algunos se la habrían ganado con sus trapiches, pero el solo hecho de ser un colaboracionista con el poder imperante en aquellos momentos cobrando los impuestos, ya lo hacía odioso para los judíos, los despreciaban y los consideraban unos pecadores, por eso los llamaban publicanos. Pero Jesús quiso contar con Leví, hacer que formara parte del grupo de los discípulos cercanos y estaría en la lista de los Doce cuando Jesús escogió a los apóstoles.
Y es que Jesús no mira por las apariencias, sino que mira el corazón del hombre. Y es que Jesús cree en el hombre, cree en la persona y es posible que la persona cambie, se pueda comenzar a ser un hombre nuevo. Y es que Jesús no viene a buscar solo a los que ya se consideran justos, sino que Jesús es el médico que viene a sanar a los enfermos, El viene a curar el corazón del hombre, El confía siempre en nosotros a pesar de que tantas veces repitamos nuestro fallo.
¿Serán otros los criterios con que nosotros miremos a los demás? ¿Será desde perfiles interesados desde donde haremos el baremo de los demás, o nos fiaremos de esos nuevos perfiles de Jesús? ¿Cuál será la mirada con que miremos al que está a nuestro lado? Pongámonos el colirio de Jesús en nosotros para tener ojos nuevos con los que mirar al que está a nuestro lado y veámoslo siempre como un hermano al que tenemos que amar y en quien tenemos que confiar.


sábado, 17 de febrero de 2018

Los perfiles de Jesús cuando nos llama son bien distintos a los parámetros humanos e interesados en que nosotros nos movemos porque Jesús nos pide solamente una respuesta de amor

Los perfiles de Jesús cuando nos llama son bien distintos a los parámetros humanos e interesados en que nosotros nos movemos porque Jesús nos pide solamente una respuesta de amor

Isaías 58,9-14; Sal 85; Lucas 5,27-32

Cuando se quiere elegir a alguien para un trabajo determinado, para una misión concreta o para realizar algo que quizá tengamos que hacerlo en común normalmente buscamos a alguien que tenga, como se dice ahora, un determinado perfil, unas características, unos valores, una preparación que le ayuden a desempeñar esa misión o ese trabajo. No se escoge a cualquiera, muchas veces tenemos en cuenta su preparación o su historial. Somos muy selectivos y hoy en el mundo de efectividad en el que vivimos quizás mucho más.
¿Daría Leví el publicano ese perfil que se necesitaba para ser de los discípulos de Jesús y de los futuros constructores del Reino de Dios? De antemano decir que ya venia con la mala fama de los publicanos que no eran bien considerados por la gente y sobre todo por los que se consideraban como los principales o más influyentes en aquella sociedad. No sabemos si previamente había tenido algún interés por las cosas de Jesús o había acudido en alguna ocasión a conocerle o a escucharle. No parecía que fuera uno de los que Jesús llamara de manera especial.
Pero ahí están las sorpresas de Jesús que no se deja influir por nuestras consideraciones humanas. Pero en Jesús había un secreto más y es que El era el único que podía conocer el corazón del hombre. Nosotros juzgaremos por las apariencias y muchas veces también demasiado influenciados por los prejuicios. Jesús quiso contar con aquel hombre que estaba allí detrás del mostrador de los impuestos a pesar de no ser bien considerado por la mayoría de la gente. Jesús nos sorprende.
Se sintieron sorprendidos los escribas y los fariseos que allá andaban criticando las acciones de Jesús que siempre estaban mirando con lupa buscando tener como desprestigiarlo o de qué acusarlo. ¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?’ les dicen a sus discípulos, ya que no se atreven a enfrentarse cara a cara con Jesús.
Ya conocemos la respuesta de Jesús. Algo más que palabras porque es la actitud que Jesús siempre mantiene con todos. Es el pastor que busca la oveja perdida, la mujer que barre la casa para encontrar la moneda que se ha caído por cualquier rincón, es el Hijo del Hombre que no ha venido a ser servido sino a ser servidor de todos, es el medico que no está esperando a que llegue el enfermo sino que lo busca para sanarlo, es el rostro que nos manifiesta lo que es la misericordia del Dios que es compasivo y misericordioso.
Nos sentimos confortados cuando vemos cuanto nos ama Jesús que cuenta con nosotros a pesar de que somos pecadores. El amor de Dios esta no en que nosotros hayamos amado a Dios sino que El nos amó primero y dio su vida por nosotros, no porque nosotros fuéramos justos, sino precisamente siendo nosotros pecadores. Con qué confianza podemos acercarnos a Dios a pesar de que no seamos dignos. Sabemos que una palabra suya nos salvará.
Pero esa actitud de Jesús tiene que enseñarnos algo mas, cómo han de ser nuestras actitudes para los demás. ¿No andaremos nosotros en la vida con demasiados prejuicios? ¿No pondremos muy alto el listón de los perfiles que nos hacemos para los demás y comenzamos muy pronto a descartar a todo aquel que no nos cae bien? En este sentido muchas preguntas tendremos que hacernos con toda sinceridad porque hay muchas desconfianzas hacia los demás en nuestro corazón, muchas reticencias, muchas posturas discriminatorias aunque tratemos de disimularlas con mil razones. La actitud de Jesús que llama a Leví el publicano para ser uno de los apóstoles tendría que hacernos pensar mucho.