Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta enfermedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta enfermedad. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de septiembre de 2025

Unas raíces dañadas o que se quedan en la superficie no tendrán la fuerza para alimentar y sostener el árbol y hacer que dé buenos frutos ¿será así nuestra vida?

 


Unas raíces dañadas o que se quedan en la superficie no tendrán la fuerza para alimentar y sostener el árbol y hacer que dé buenos frutos ¿será así nuestra vida?

1Timoteo 1,15-17; Salmo 112; Lucas 6, 43-49

Cada mañana en mi paseo de cada día paso junto a una huerta que está en las cercanías de mi casa; está dedicada a cultivos menores, tiene algunos árboles frutales y unas vides, que casi tendría que ser su cultivo principal; pero he venido observando que ni son aprovechables los frutos de esos árboles ni pueden tener una cosecha beneficiosa de las uvas que cultivan; las plantas y los árboles están, podíamos decir, enfermos por las plagas que les afectan y los frutos no son nada aprovechables, más bien los vemos por los suelos e inservibles.  No entro en juicio por respeto sobre lo que dichos agricultores realizan con su campo, pero es cierto que el cuidado no es el mejor, donde podría haber hermosos frutos, todo casi se convierte en árboles y plantas dañadas y todo es inservible.

Me fijo en estas cosas y pienso en lo que hago o como cuido mi vida, mirando también mucho de lo que sucede alrededor. No es solo vivir, porque, por decirlo así, respiramos. Necesitamos una prevención y un cuidado para que el mal no nos dañe, para que finalmente los frutos de nuestra vida sean buenos. En principio Dios nos ha creado para que seamos árbol bueno; bien lo dice la Biblia cuando nos habla de la creación donde cada cosa que va saliendo de las manos de Dios, nos dice ‘y vio Dios que era bueno’. El maligno ya inoculó su veneno en el corazón de Eva y de Adán despertando la ambición y el orgullo, y como decimos, así entró el mal en el mundo. Es la tentación que nosotros seguimos teniendo y el mal también se va metiendo en nuestro corazón.

Es hermoso lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos’. Y añade. ‘El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa del corazón lo habla la boca’.

¿Qué sale de nuestro corazón? Es importante que lo consideremos y analicemos nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra manera de actuar. Nos metemos muchas veces en una pendiente muy resbaladiza, y nos dejamos arrastrar. Es necesario detenernos y descubrir lo que está dañado en nosotros para curarlo; descubrir que es lo que vamos guardando en nuestro corazón, cuales son nuestros recuerdos por ejemplo de lo vivido y la reacción de nuestros sentimientos ante lo que nos va sucediendo; acumulamos muchas veces demasiadas tensiones y la cuerda tensa se puede romper; mantenemos muchas heridas abiertas en nuestro corazón por los roces que vamos teniendo en la vida y no nos preocupamos de curarlas, y una herida mal curada hará que la enfermedad se vaya extendiendo, los sentimientos negativos sigan permaneciendo en nosotros y se irá dañando nuestro espíritu; cuántos malos humores que tenemos muchas veces que nos hace reaccionar mal con todo el mundo son consecuencia de esas heridas mal curadas.

Tenemos que buscar una solidez para nuestra vida y por eso es importante tener una vida sana, pero tener sano el corazón. Un cimiento con un cemento corroído no tendrá la suficiente fortaleza para sostener el edificio. Nos habla hoy Jesús del edificio edificado sobre roca, que aguantará vientos y tempestades. 

¿Dónde habremos buscado nosotros esa fortaleza del espíritu? ¿Cuál es el fondo de nuestra espiritualidad? ¿Nos estaremos quedando en la superficialidad? Las raíces que no se ahondan en la tierra, sino que se quedan en la tierra superficial no tendrán la fuerza necesaria para alimentar y para sostener el árbol. ¿Estaremos haciendo eso con nuestra vida?

lunes, 8 de julio de 2024

Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

 


Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Salmo 144; Mateo 9, 18-26

Como tengamos salud, lo tenemos todo. Eso nos decimos muchas veces. Y no queremos la enfermedad ni el sufrimiento. Aunque muchas son las ambiciones que tenemos en la vida, - porque ¿quién no quiere sacarse la lotería con lo que podríamos tapar tantos huequitos, como decimos tantas veces? ¿Quién no quiere que las cosas le salgan bien, prosperen sus negocios, o vea el fruto de su trabajo? ¿Quién en el fondo no quiere tener éxito en la vida, ganar en prestigio, poder alcanzar grandes puestos que son como logros o triunfos en la vida? – sin embargo nos decimos que teniendo salud, lo tenemos todo. Nos aparece en un momento determinado la enfermedad y nos sentimos como descolocados, no sabemos cómo reaccionar, perdemos la calma y la serenidad, nos sentimos aburridos en la vida. Pero ¿solo esa salud corporal es verdaderamente lo importante?

Seguramente podemos llegar a darnos cuenta que detrás o por encima de esa salud corporal hay otra cosa que sí puede llenar la vida. No estamos enfermos, pero estamos tristes porque quizás nos duelen los desaires que nos puedan hacer los demás. No tenemos ninguna enfermedad a la vista ni en nosotros ni en los que amamos, pero quizás no tenemos auténtica paz en casa, en las relaciones entre los más cercanos y sentimos en nuestro interior que realmente nos falta algo que nos pueda hacer más felices. Y así podemos seguir haciéndonos más comparaciones pero es necesario sentir y descubrir lo que verdaderamente es la vida que hemos de vivir en plenitud.

Hoy el evangelio nos ofrece un episodio que realmente se desdobla en dos a lo largo de su desarrollo. En principio viene un padre angustiado; ¿por qué su angustia? Su hija está en las últimas o acaba de morir – según el relato de uno u otro de los evangelistas – y pide la presencia de Jesús en su hogar; quiere que vaya le imponga las manos a su hija para que haya vida.

De camino una mujer se atraviesa, vamos a decirlo así, en el camino; viene con su enfermedad, sus hemorragias que no se curan, a pesar de haberse gastado todo lo que tenía en médicos y medicinas; pero aquella mujer tiene una confianza plena en Jesús, por eso se atreve a tocar el manto de Jesús intentando que ni siquiera El lo note. En aquella mujer hay muchos miedos y temores; su enfermedad la hacía impura y no podía presentarse en medio de la gente; después al sentirse curada sigue aún temiendo el verse descubierta, por eso intenta pasar desapercibida entre la gente hasta que no le queda más remedio que reconocer lo que ha hecho y presentarse ahora ante Jesus.

¿Es solo la enfermedad o la muerte en sentido físico lo que está afectando a estas personas? Hay angustias y otros sufrimientos del espíritu, hay miedos y desconfianzas que le hacen ocultarse; hay una paz que falta en el corazón; hay un no terminar de reconocer lo que se es también con sus debilidades, hay una turbación del espíritu que parece difícil de curar. Todavía Jairo siente desconfianza cuando aun yendo ya Jesús de camino le vienen a anunciar que ya no hay nada que hacer.

Pero cuando aquella mujer reconoce toda su situación y es capaz de manifestarse con libertad también delante de los demás, no sólo ha recobrado su salud sino que ha recobrado su dignidad, su confianza en sí misma, su propia valoración. ‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús; pero solo le ha curado de sus hemorragias sino que la ha curado dentro de sí misma, pero ahora sí que se sentirá otra mujer en toda su grandeza.

Te he dicho que te basta la fe, le dice Jesus a aquel hombre que parece que lo ve todo perdido. Todo cambia a la llegada de Jesús a aquella casa; no se necesitan aquellas plañideras, no hay porque seguir con crespones de duelo, pero ha renacido la vida, hay que volver al ritmo y a la armonía de aquel hogar donde los padres se vuelven a sentar con los hijos para comer juntos, con todo lo que eso puede significar. ‘Dadle de comer a la niña’, les dice Jesus cuando la levanta de su postración. Jesús viene a levantarnos de nuestra postración, esa postración de nuestras angustias y desánimos, de nuestras desesperanzas y de verlo todo negro, de nuestras pasividades y desalientos, de seguir arrastrándonos por la vida cuando podemos caminar con dignidad por nosotros mismos.

Es algo más que la salud física, del cuerpo, o la liberación de una enfermedad; hay otras cosas que pueden hundirnos y de lo que Jesús quiere levantarnos, es esa paz que quiere poner en nuestros corazones, ese buen ánimo para enfrentar la vida aún cuando aparezcan momentos duros y difíciles.

¿Comprenderemos lo que es verdaderamente importante y nos hace plenamente felices?


domingo, 4 de febrero de 2024

Tenemos que seguir estando en camino, siempre se están abriendo caminos para seguir tendiendo la mano, para seguir haciendo el anuncio de esa Buena Nueva

 


Tenemos que seguir estando en camino, siempre se están abriendo caminos para seguir tendiendo la mano, para seguir haciendo el anuncio de esa Buena Nueva

Job 7, 1-4. 6-7; Sal 146; 1 Corintios 9, 16-19. 22-23; Marcos 1, 29-39

Cuando nos ponemos en camino en la vida, y decimos también que la vida misma es camino, ¿qué es lo que nos vamos encontrando? Personas, situaciones, acontecimientos, diversos, unos más buenos y agradables, pero también nos encontraremos con otras cosas que no nos agradan tanto, porque no solo puede ser la maldad de las mismas personas o de las situaciones que provocamos, sino que también nos encontraremos con dolor, con sufrimiento, con muchas angustias y desesperanzas. Es la misma realidad de la vida, porque así somos nosotros también, a pesar de los buenos deseos, tenemos tropiezos, no siempre hacemos lo mejor ni lo más correcto, muchas veces podemos ser incluso causa del mal de los demás, del sufrimientos de muchos que están nuestro lado.

¿Qué hacemos? ¿Cerramos los ojos para no enterarnos? ¿Nos desentendemos de esa realidad? Ya quisiera que todo fuera bueno y que todo fuera causa de felicidad, pero bien sabemos que no es así. ¿Tendremos suficiente sensibilidad en nuestro corazón para sentirnos de alguna manera solidarios? ¿Nos cruzamos de brazos y hacemos como que no nos hemos enterado? Por algo de humanidad que quede dentro de nosotros, seguro que nos pondremos a hacer algo.

Me estoy haciendo esta consideración, mirando lo que es la realidad de nuestra vida de cada día, y queriendo pensar además en lo que tendríamos que hacer, pero precisamente partiendo del texto del evangelio que hoy se nos ofrece. Vemos a Jesús en camino. Había llegado a Cafarnaún, el sábado había acudido a la sinagoga, aunque ahora no entremos en detalles de lo allí sucedido que ya comentamos el pasado domingo, y al salir va de camino, lo llevan a casa de Simón y Andrés. ¿Qué se va a encontrar allí? La suegra de Simón está enferma, le dice, y se acercó hasta ella. ¿Cuál sería el diálogo en aquellos momentos? El evangelista no nos dice nada, sino que tomándola de la mano la levantó de su postración. Se sintió curada y se puso a servirles, termina diciendo el evangelista.

Tender la mano para levantar, lo veremos hacer muchas veces a Jesús, nos mandará que nosotros también lo hagamos. Levantar, ¿de la postración? ¿De la enfermedad? De cuantas cosas necesitamos nosotros ser levantados, y de cuantas cosas también nosotros tenemos que ir levantando. Postrados en el sufrimiento, que no es solo la enfermedad corporal; levantar del desánimo y de la desesperanza, de la apatía y del aburrimiento, de nuestras comodidades y de nuestra insolidaridad, del miedo al compromiso y al implicarnos en lo que vamos porque tememos complicarnos. Postrados podemos sentirnos nosotros, pero postrados vemos a tantos a nuestro alrededor. ¿No tendremos que ir aprendiendo a tender la mano para levantar?

Al anochecer la puerta de la casa se llenó de gente que también quería agarrarse de esa mano de Jesús que los levantara. Le trajeron muchos enfermos de toda clase para que los curara. No habían venido antes quizá por aquello del descanso sabático, pero al anochecer había terminado el sábado y ya podían moverse con total libertad; las noticias habían corrido de lo que había realizado en la sinagoga con el que estaba poseído por un espíritu inmundo, y la noticia de la curación de la suegra de Simón habría corrido también como un reguero de pólvora, y allí estaban. ‘La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios’.

Pero nos dice algo importante a continuación el evangelio. ‘Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar’. El silencio de la madrugada, antes de la salida del sol, un momento propicio para repasar las cosas, para rebobinar todo lo sucedido, para repensarnos las cosas y encontrar el sentido profundo de lo que hacemos; Con momentos más o menos largo todos cuando vamos queriendo dar los pasos de la vida con madurez y equilibrio tenemos momentos así, de reflexión, de silencio; si somos creyentes lo hacemos sintiéndonos en la presencia de Dios, queriendo tener esa luz y esa visión de Dios sobre nuestra vida; es lo que llamamos oración. Daremos gracias por lo que vamos viviendo, pedimos perdón por los errores o por lo que no hemos sabido hacer, queremos sentir esa fuerza y esa luz que nos viene de lo alto y nos ilumina y nos anima, que nos hace encontrar los verdaderos caminos y nos dará fuerza para el compromiso.

A Jesús lo contemplamos en muchos momentos del evangelio en ese estado de oración. Humanamente podría ver delante de si muchos fantasmas que le confundieran; recordamos en su oración en el desierto que se siente tentado por el diablo, ya tendremos pronto ocasión de reflexionarlo; ahora mismo son los primeros discípulos los que le buscarán porque allí hay quizás una ocasión para buscar prestigios y aclamaciones, ‘todo el mundo te busca’, le dicen. ‘Tenemos que ir a otra parte, que para eso he venido’, les dirá y se pone de nuevo en camino. Jesús lo tiene claro.

Tenemos que seguir estando en camino, tenemos que ir a otra parte, no nos podemos quedar en lo mismo o donde pensamos que ya lo tenemos todo conseguido; siempre se están abriendo caminos delante de nosotros, porque tenemos que seguir tendiendo la mano, tenemos que seguir haciendo con nuestra vida ese anuncio de esa Buena Nueva. ¿Qué paso más nos pedirá el Señor? '¡Ay de mí si no evangelizare!'

martes, 11 de enero de 2022

Dejémonos conducir e iluminar por el Evangelio y encontraremos así la verdadera liberación que Jesús nos viene a traer dando sentido y valor nuevo a nuestra vida

 


Dejémonos conducir e iluminar por el Evangelio y encontraremos así la verdadera liberación que Jesús nos viene a traer dando sentido y valor nuevo a nuestra vida

1Samuel 1, 9-20; Sal.: 1Sam 2, 1-8; Marcos 1, 21-28

Hay cosas en la vida que nos oscurecen el alma y nos dejan obnubilados y como sin sentido. Una enfermedad que nos aparece de sorpresa en la vida cuando nos parecía que más sanos estábamos nos deja descolocados, nos hace hacernos muchas preguntas, nos ciega para no saber encontrar una luz y una respuesta.

Es el dolor físico que nos produce la enfermedad, pero son otros dolores los que se nos meten en el alma cuando nos llenamos de dudas y preguntas ante lo inesperado, ante la incertidumbre del futuro que nos espera, ante la incapacidad e invalidez espiritual para afrontar esa nueva situación que se nos presenta en la vida. Mucha madurez humana se necesita para afrontar situaciones así, pero muchos valores bien madurados que nos den fortaleza interior, pero que no siempre quizá sabemos encontrar en el momento adecuado.

Hablamos de la enfermedad como experiencia propia, pero podemos hablar de tantos tipos de sufrimiento, no ya en nosotros sino que contemplamos en los demás y que de la misma manera nos deja también descolocados en la vida. Como puede ser un accidente que todo nos lo cambia, una muerte súbita e inesperada de un ser querido y apreciado, muchas cosas que nos oscurecen la mente y nos dejan como sin sentido en la vida.

Esa inestabilidad emocional que se nos produce en nuestro interior nos puede llevar a unas actitudes de rechazo de todo lo que nos rodea, hasta de la vida misma, todo se nos vuelve como un sin sentido; incluso podemos ponernos en contra de lo bueno que nos rodea, porque quizá no soportamos que otros tengan vida, mientras nosotros nos vemos tan mermados en nuestras posibilidades; hasta una mano que se acerca compasiva a nosotros podemos rechazarla porque así nos vemos tan envueltos por el mal que ya no vemos esperanza. Mucha amargura se nos puede meter en el alma.

¿Dónde está Dios? nos podemos preguntar, pregunta que surge incluso en aquellos que antes podían parecer más creyentes. Es un mundo amargo, son situaciones difíciles, son momentos oscuros en que nos cuesta encontrar algún atisbo de luz. Pero ¿todo está perdido? Como creyente que ahora me estoy haciendo esta reflexión, desde cosas que puedan suceder en mi espíritu o de lo que contemplo en los demás, nuestra respuesta es que tenemos que buscar la luz, una luz que no nos fallará muchas que nos parezcan las oscuridades. No me queda otra que mirar a Jesús, que mirar el evangelio.

En el pasaje de hoy se nos dice que la gente estaba asombrada porque enseñaba con autoridad. Pero esa autoridad de Jesús, llamémosla así, se va a manifestar con ocasión de un hombre que hay en medio de la asamblea y que está absorbido por ese espíritu del mal. Endemoniados, los llamaban entonces; podemos hablar de enfermedades mentales, o enfermedades del espíritu, o tenemos que reconocer que mal hace ese daño en nuestro espíritu. Y aquel  hombre, en la presencia de Jesús y al escuchar su palabra manifiesta su rechazo. ¿Qué quieres de nosotros, qué quieres de mí?, viene a preguntar más o menos con este sentido. ‘¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.

‘¡Cállate y sal de él!’, le dice Jesús, y aunque aquel hombre se ve como retorcido por el mal que lo poseía, se vio liberado de él, se vio curado. Es cuando la gente de nuevo, y ahora con un sentido más hondo, reconoce la autoridad de la Palabra de Jesús. ‘¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen’.

Se manifiesta así la verdadera liberación que Jesús nos viene a traer. No es solamente curarnos del mal de la enfermedad, sino es curarnos y sanarnos desde lo más hondo de nosotros mismos. No es la enfermedad la que en el fondo nos desestabiliza, sino que algo nos falta en nuestro interior, o algo malo hemos dejado meter dentro de nosotros que no nos  hace encontrar la luz, el valor, la fortaleza, esos valores que tanto necesitamos para construir sobre verdaderos pilares nuestra vida. Y eso lo vamos a encontrar en Jesús.

Dejémonos conducir e iluminar por el Evangelio. Vayamos contemplando el camino de Jesús pero vayamos escuchando allá en lo más hondo de nosotros mismos su Palabra que día a día va a venir a nosotros. Dejemos que esa buena semilla se vaya sembrando en nuestro corazón y veremos cómo comenzarán a florecer unos nuevos valores en nuestra vida, que nos darán motivos para vivir, fuerza para luchar, luz para nuestro caminar.

Sentiremos que no caminamos solos envueltos en dudas y oscuridades porque junto a nosotros está el Señor, nuestro corazón se va a ver inundado de su gracia y caminaremos por esos caminos del Evangelio, por esos caminos del nuevo Reino de Dios.

domingo, 27 de junio de 2021

Con ojos de fe hagamos una lectura creyente de nuestra vida para darnos cuenta de que en los peores momentos siempre Jesús estuvo caminando a nuestro lado

 


Con ojos de fe hagamos una lectura creyente de nuestra vida para darnos cuenta de que en los peores momentos siempre Jesús estuvo caminando a nuestro lado

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24; Sal. 29; 2Corintios 8, 7. 9. 13-15; Marcos 5, 21-43

‘Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva’. Es la súplica de Jairo, el jefe de la sinagoga que acude a Jesús. Su niña está en las últimas. En el desarrollo de la escena, con las tardanzas en llegar a la casa de Jairo, le avisarán de qué para qué molestar más al maestro, porque la niña ha muerto. A su llegada ya estaban las plañideras cumpliendo su oficio en el duelo.

Una súplica llena de esperanza pero que las circunstancias harán que parezca que hasta la esperanza se pierde, porque no hay nada que hacer. ¿Nos recordará esto algo de lo que pasa entre nosotros? Será con motivo de una enfermedad grave, donde hacemos todo lo que está a nuestro alcance o nos valemos de los medios que la ciencia incluso nos pueda ofrecer, pero que llega un momento en que parece que todas las esperanzas se derrumban. La gravedad de la enfermedad, la muerte quizás que acecha.

Serán quizás los problemas en los que nos vemos envueltos en la vida. ¿Quién no tiene problemas? ¿Quién no ha pasado momentos de zozobra porque surgió un problema que iba a arruinar nuestra vida y del que no sabíamos cómo librarnos? Situaciones de angustia, de desesperanza, momentos en que lo vemos todo oscuro porque nos parece que todo está contra nosotros. Cosas que nos angustian y nos llenan de miedo, nos desorientan y no sabemos a donde acudir, cosas que nos duelen por dentro y que hacen brotar muchas veces una rebeldía interior.

Será por lo que tantos han pasado en este último año de la pandemia con las personas que se contagiaban y enfermaban, que luchaban entre la vida y la muerte ayudados por todo lo que los servicios sanitarios podían ofrecer, mientras los familiares tenían que quedarse a la distancia sin nada que hacer refugiándose solamente en la oración porque nada más se les permitía siempre con la esperanza del milagro, de poder ver un día a su familiar salir de aquella situación para volver al reencuentro con los suyos, la vuelta a su casa. 

Y en nuestro interior se entremezclan multitud de sentimientos y de interrogantes. ¿Qué nos vale la vida? ¿Qué sentido tiene todo este sufrimiento? ¿Cuáles son las cosas verdaderamente importantes de la vida? Quizás nos vemos abocados a despojarnos de todo, desde nuestras ideas preconcebidas o hasta de aquellas cosas que antes considerábamos tan importantes y de las que vemos ahora su poco valor. ¿Nos obliga todo esto a hacer como un reciclaje en la vida? ¿Habrá que plantearse el valor de muchas cosas en las que habíamos puesto nuestra esperanza? ¿Y la fe de qué nos sirve, qué respuesta nos ayuda a encontrar, qué es en lo que verdaderamente creemos?

Aquel hombre Jairo aunque parece sentirse muy seguro cuando presenta su súplica a Jesús para que vaya a imponer su mano sobre su niña para que se cure y viva, seguramente en su interior también le rondaban dudas e interrogantes. Todos nos los planteamos cuando nos vemos apretados por el dolor. En el camino cuando le avisan de que su niña ya ha muerto, todo se derrumbaba en su corazón. Pero allí estaba Jesús con su presencia, con su palabra. ‘Te he dicho que basta que tengas fe’. Y las palabras que con tanta seguridad escuchaba a Jesús volvieron quizá a hacer reavivar el rescoldo de su fe y siguió caminando al lado de Jesús sin saber qué es lo que realmente se iba a encontrar o la salida que todo aquello iba a tener. Pero El siguió confiando en Jesús.

Es lo que necesitamos. Que a pesar de todos los tumultos que tengamos en nuestra mente o en nuestro corazón todavía nuestros oídos puedan prestar atención a la palabra de Jesús. ‘Te he dicho que basta con que tengas fe’. No se nos puede derrumbar nuestra fe si somos capaces de darnos cuenta de quien camina a nuestro lado. Eso no lo podemos olvidar. Oscuros pueden ser los caminos, fuertes pueden ser las tormentas que tengamos que atravesar en la vida, duros pueden ser los interrogantes que nos planteemos por dentro, pero sepamos ver quién camina a nuestro lado y nuestro camino no será tan oscuro, la tormenta no será tan fiera, y aunque no sepamos cómo vamos a salir, al final veremos que hay luz y que hay vida.

Esa muerte, ese camino oscuro, esa tormenta al final no será nada más que un sueño cuando nos encontremos con la vida de nuevo. ‘La niña no está muerta, sino que está dormida’, les decía Jesús pidiendo que callaran aquellas plañideras, pero se reían de El. Nos puede pasar que cuando nos vean en esa tormenta que estamos atravesando con la confianza puesta en Jesús, alguien quizá pueda reírse de nosotros. Pero no nos importa porque sabemos de quien nos fiamos.

Sabemos que su mano nos va a levantar de nuestra postración, de nuestra caída, de la muerte en la que podamos encontrarnos por esas circunstancias o esos momentos malos que estemos pasando. ‘Talita kumí’, nos dirá también Jesús a nosotros y nos tenderá la mano y nos levantará de nuestra camilla de muerte y nos dirá que tenemos que seguir en la vida con las mismas luchas pero también con la misma ilusión pero con la certeza de que no estamos solos, porque Cristo camina a nuestro lado.

¿Habremos experimentado algo de eso en la vida? Mira con ojos de fe cuanto te ha sucedido y podrás hacer una nueva lectura de tu vida – una lectura creyente o desde la fe - y también quizás de lo que han sido tus sufrimientos o tus angustias. Con ojos de fe te darás cuenta de quien venía caminando a tu lado y quizás no te dabas cuenta. Pero Jesús nunca nos deja de la mano.

sábado, 16 de enero de 2021

Como Jesús hemos de aprender a mirar para saber llegar al fondo del alma y comenzar a creer en los otros, perder los miedos a mirar y hacer desaparecer las desconfianzas

 


Como Jesús hemos de aprender a mirar para saber llegar al fondo del alma y comenzar a creer en los otros, perder los miedos a mirar y hacer desaparecer las desconfianzas

 Hebreos 4,12-16; Sal 18;  Marcos 2,13-17

Vamos de paso o vamos de paseo, pero  no terminamos de ver, no miramos ni contemplamos. Y se nos pueden pasar las cosas desapercibidas. Pero quizá lo de menos sea que se nos pasen las cosas desapercibidas aunque tendríamos que tener espíritu contemplativo para observan tantas maravillas con las que nos podemos ir encontrando. Lo más grave quizás sea que pasemos de largo y no veamos a las personas, nos pasen desapercibidas.

Pero nuestra mirada no puede ser superficial ni solamente externa; tendríamos que ahondar más, se capaces de mirar a los ojos y a través de los ojos llegar al alma, llegar a contemplar y comprender lo que hay en el corazón de cada persona con la que nos vamos cruzando. Es difícil pero nos llevaríamos grandes sorpresas, porque podríamos encontrar cosas bellas, podríamos encontrarnos maravillosos valores en esas personas, que sí se nos han pasado desapercibidos.

Hoy el evangelio nos habla de que Jesús iba de paso para la orilla del lago; allí se detuvo a charlar con la gente, a hacer el anuncio del Reino; era su constante en aquellos momentos, pues aún estaba haciendo el primer anuncio invitando a seguirle, invitando a convertirse, a cambiar los corazones, que exigiría quizá también otros cambios más profundos en la vida de las personas.

Pero Jesús estaba atento a todo; El no pasaba simplemente de largo. Por eso nos dice el evangelista que al pasar se fijo en Leví, el recaudador de impuestos, que estaría allí en su garita o detrás de su mesa, o sentado en un banco de la plaza, pero que estaba en su oficio. Pero Jesús se fijó en él y lo invitó a seguirle. Era una interpelación directa que pareciera que no permitía ninguna otra respuesta. ‘Sígueme’, y aquel hombre lo siguió, se levantó y se fue con Jesús y llevó a Jesús a su casa.

Son esas miradas de Jesús y esas palabras que interpelan y que parece que exigen pero que son una invitación al amor, a ser capaces de despojarse de muchas cosas. Leví estaba en su oficio, en su negocio; porque la tarea de recaudador de impuestos era un negocio, tenía sus ganancias, porque probablemente el hecho de manejar muchos dineros hiciera que también se convirtiera en prestamista; lo podemos deducir de otros momentos del evangelio. Tenía su negocio montado y su vida asegurada.

Y ahora Jesús le invita a algo nuevo que es una incertidumbre porque no sabemos a qué derroteros nos puede llevar el seguimiento de Jesús. Pero con en un buen negocio, aunque se desprendiera de todo, él se arriesgó y se fue con Jesús. Y vaya si acertó. Se le veía contento porque ofreció un banquete a Jesús y sus discípulos y también a sus amigos de profesión. Jesús había mirado el corazón de Leví y en contra de todo lo que otros pudieran pensar sabía cuales eran sus valores y a lo que estaba dispuesto.

¿Seríamos nosotros capaces de poner nuestra vida en un riesgo ante una invitación semejante a la que recibió Leví en aquella mañana? Claro que tendríamos que dejarnos mirar por Jesús y El llegue al fondo de nuestro corazón. Como nosotros tenemos que aprender a mirar a los demás para saber llegar al fondo del alma de los demás y comenzar a creer en los otros. Perder los miedos a mirar y hacer desaparecer las desconfianzas. No nos atrevemos muchas veces a mirar porque vamos ya llenos de prejuicios, nos hacemos nuestra idea y no confiamos en los demás. Por eso no miramos, pero tampoco nos dejamos mirar. Nos contentamos con ir de paso pero sin contemplar las grandezas del alma de todos aquellos con los que nos vamos encontrando.

En aquella ocasión había algunos que desconfiaban. Por allá andaban diciendo los fariseos y los letrados cómo se atrevía Jesús a comer con aquella gente si eran unos pecadores. Habían hecho su juicio y su condena de antemano. Cosa que Jesús nunca hará, porque siempre está presente la misericordia del Señor y aunque haya enfermedad, aunque haya pecado, siempre se puede alcanzar la curación porque siempre se puede alcanzar el perdón. Jesús es el médico que viene a curar y viene a salvar.

miércoles, 13 de enero de 2021

Le llevaban a Jesús a los enfermos y nosotros llevamos los sufrimientos de nuestros hermanos y de nuestro mundo que está enfermo y que no siempre quiere conocer a Jesús

 


Le llevaban a Jesús a los enfermos y nosotros llevamos los sufrimientos de nuestros hermanos y de nuestro mundo que está enfermo y que no siempre quiere conocer a Jesús

Hebreos 2,14-18; Sal 104; Marcos 1,29-39

Hablar de los demás es fácil; aunque intentamos en la vida respeto y discreción sabemos bien cómo en nuestras conversaciones algo que nos es fácil que nos surja es el hablar de los otros; esas comidillas donde comentamos de todo, pero donde caemos también tan fácilmente en la murmuración, la crítica y la condena, el sembrar sospechas y desconfianzas.

Así somos los humanos y es la piedra en la que fácilmente tropezamos. Nos es más fácil comentar lo que hizo o lo que no hizo, lo que me desagrada o lo que pueda llevar a una condena, que sentir una verdadera preocupación por la otra persona y con todo el respeto del mundo, por ejemplo, estar atento a sus necesidades o a sus problemas para prestar alguna ayuda.

Si algo se nos permitiera como correcto sería el buscar el apoyo de los otros para ayudar a salir de unos problemas o necesidades, o el saber acudir a quien de verdad pueda prestar una ayuda a la persona para que pueda salir adelante. Ese interés en el buen sentido por los otros es algo que quizá no siempre entra en nuestros planes porque quizá tememos hasta donde nos puede llevar el compromiso.

Respetamos a la persona y el camino que haya querido escoger para su vida, pero con todo el respeto del mundo muchas veces esa persona necesita una mano que le ayude a levantarse, a encontrar nuevo camino, a llegar a una luz que dé sentido y orientación a sus problemas.

Hoy he querido fijarme este aspecto positivo que debiéramos tener en nuestra preocupación por los demás y lo hago al hilo del evangelio que se nos propone. Jesús ha salido de la sinagoga y va a casa de Simón Pedro y Andrés. A continuación el evangelista nos relata cómo cura a la suegra de Pedro que está en cama con fiebre, y a una multitud que se agolpa a su puerta en la que traen a muchos enfermos con todo tipo de dolencias. A la mañana siguiente, cuando Jesús se ha retirado en la madrugada a la soledad y silencio del amanecer para la oración, vienen diciéndole que hay mucha gente que le busca y que le espera.

Nos fijamos siempre en la solicitud de Jesús por los demás y en especial por los enfermos, como un signo que va realizando de ese Reino de Dios que está anunciando y que ahora quiere llevar su anuncio a otras aldeas y lugares. Nos fijamos en ese corazón misericordioso y compasivo de Jesús siempre atento al sufrimiento de los demás, a nuestro sufrimiento del que nos quiere sanar.

Pero hay un aspecto en el que quiero fijarme y que viene a ser ya en aquellos que comienzan a seguirle como un signo de que ellos están acogiendo también ese reino de Dios y están ya mostrando señales en su vida. Fijémonos en la mediación que hay en todos estos casos de los que hoy nos habla en el evangelio de personas que muestran interés por los que sufren y cómo se convierten en cierto modo en intercesores ante Jesús. Cuando llegan a casa de Simón Pedro y Andrés ‘le dicen’ que la suegra de Pedro está enferma; aquellos enfermos que se agolpan a la puerta de la casa ‘han sido traídos’, y el final será Pedro quien ‘va a decirle que hay mucha gente que le busca’.

Gente que habla de los demás y se preocupa de los demás, pero que van a decírselo a Jesús. Preocupación por los otros para ayudarles a salir de sus problemas e intercesión a quien en verdad puede sanarlos y darles nueva vida. Y es aquí donde me pregunto por esa preocupación que yo pueda sentir por los demás. Es cierto que rogamos al Señor por los nuestros, por nuestros familiares y los que están cercanos a nuestra vida; pienso que siempre estarán presentes en nuestra oración. Pero ¿nuestra preocupación y nuestra oración se sale de ese círculo de los más cercanos haciendo una oración más universal para presentarle al Señor nuestra súplica por los problemas del mundo?

Creo que aquí tendríamos que hacernos muchas consideraciones en este sentido, de cual es nuestra oración. Serán cuantos sufren en nuestro mundo de una forma o de otra, serán quienes se ven atenazados por tantas cosas que les esclavizan y les dominan, serán los problemas concretos de esa sociedad en la que vivimos y los derroteros que se van tomando, será la preocupación por los que tienen responsabilidades en nuestra sociedad por los que tendríamos que rezar aunque quizá no piensen como nosotros ni actúen según nuestros principios pero para quienes tendríamos que pedir también esa luz de lo alto que les lleve a actuar en justicia y por el bien de todos, será nuestra oración por la Iglesia y las situaciones difíciles que vive la Iglesia en el mundo de hoy y los problemas que tienen muchos cristianos para testimoniar su fe.

La suegra de Simón está enferma, nuestra sociedad está también enferma; le llevaban a Jesús los enfermos y nosotros llevamos a Jesús esos sufrimientos de nuestros hermanos; todo el mundo buscaba a Jesús y quería estar con El, ahora habrá muchos que no lo buscan o que quieran quizás desterrar el nombre de Jesús, pero por ellos también tenemos que pedir para que un día sean capaces de reconocer la luz.

jueves, 15 de octubre de 2020

Sepamos detenernos, hacer silencio, hacer vacío en nuestro interior para buscar donde encontrar esa paz que necesitamos, entonces podremos comenzar a escuchar y a sentir a Dios

 


Sepamos detenernos, hacer silencio, hacer vacío en nuestro interior para buscar donde encontrar esa paz que necesitamos, entonces podremos comenzar a escuchar y a sentir a Dios

Eclesiástico 15, 1-6; Sal 88;  Mateo 11, 25-30

La vida es una buena maestra de la vida; y aunque nos parezca un círculo cerrado sin embargo creo que todos nos damos cuenta como en la vida misma hemos ido aprendiendo a vivir. Quizás hayamos tenido que pasar por experiencias fuertes que nos han enseñado a descubrir lo que es verdaderamente importante de la vida; claro que no siempre somos buenos alumnos o discípulos que queramos aprender y quizás muchas cosas no nos sirvan de nada, pero depende de nosotros.

Los golpes que recibimos en la vida nos hacen bajar los humos y cuando nos creíamos prepotentes, capaces de todo, llenos de poder o incluso nos creíamos llenos de sabiduría hubo quizá un acontecimiento que nos marcó, una enfermedad que nos hizo comprender lo débiles que somos y lo caducas que se pueden convertir las cosas que habíamos consideramos tan esenciales, hubo una prueba grande en la vida que quizás nos desestabilizó y nos ayudó a buscar otros sentidos de lo que realmente estábamos haciendo que nos dimos cuenta que de nada nos servía ni nada nos llenaba porque había un vacío muy grande en el interior.

La vida nos enseña si somos capaces de pararnos a reflexionar, a analizar, a buscar verdaderamente el por qué de las cosas o si llegamos a descubrir donde está nuestra verdadera grandeza. Ojalá fuéramos buenos discípulos y aprendiéramos.

Me estoy haciendo estas reflexiones, por una parte con la luz de la Palabra de Dios que hoy se nos propone en la liturgia y por otra parte teniendo en cuenta la fiesta de santa Teresa de Jesús que hoy celebramos.

Teresa era una mujer fuerte que buscaba a Dios y lo hacía con toda la intensidad también de su carácter fuerte. Por eso entró en el Carmelo, las monjas contemplativas del convento de la Encarnación en Ávila. En principio según el estilo de la época en que incluso quienes pudiesen provenir de familias pudientes tenían hasta su servicio especial dentro del convento. Así pasó muchos años pero pronto su vida se vio llena de muchas turbaciones que hasta en cierto modo le hicieron poner en peligro su fe.

Enfermedades por una parte, que incluso en momentos la tuvieron alejada del convento, mucha turbación de su espíritu que buscaba y buscaba pero siempre estaba llena de dudas y de turbulencias en su propia fe hasta que pudo ir saliendo de todo aquello que la ponía a prueba pero que haciéndole bajar sus humos en un camino de humildad comenzó a encontrar el camino de ascesis y perfección que le llevaría a las más altas cotas de la mística. Cuando se vació de sí misma se pudo llenar de Dios. Y qué gran obra realizó a partir de ese momento con la reforma del Carmelo.

Es lo que hoy escuchamos en el evangelio. El Dios que se revela a los pequeños y a los humildes. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños’. Jesús da gracias al Padre enseñándonos así que cuando entramos en ese camino de humildad entraremos en el camino del encuentro con Dios. Pero nos cuesta recorrer ese camino; es el gran obstáculo para la fe, un corazón engreído, porque un corazón engreído nunca se dejará enseñar. Y hoy vamos por la vida de autosuficientes con esos conocimientos que decimos que tenemos, con esas ciencias que habremos adquirido. Y nos olvidamos que si capacidad tenemos para el conocimiento y para la ciencia es porque Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Pero eso lo hemos querido cambiar.

Necesitamos aprender de la vida, como decíamos al principio de nuestra reflexión. Si fuéramos capaces de mirar con más atención cuánto nos va sucediendo en la vida seguro que entraríamos por otros caminos. Pero la soberbia que tantas veces se nos mete dentro de nosotros nos impide aprender las lecciones que la misma vida nos esta ofreciendo. Tenemos como referencia a Jesús, mirémosle a El y aprendamos de El, asemejémonos a él en la mansedumbre y en la humildad de nuestro corazón. Porque a la larga vivimos atormentados en medio de nuestras carreras y nuestras luchas y no somos capaces de encontrar esa paz para nuestro espíritu.

Sepamos detenernos, hacer silencio, hacer vacío en nuestro interior para buscar donde encontrar esa verdadera paz que necesitamos. Cuando estemos en ese vacío y en ese silencio podremos comenzar a escuchar y a sentir a Dios, podremos descubrir que es lo que de verdad tiene que llenarnos interiormente y que nos dará esa verdadera paz y esa fuerza que tanto necesitamos.

Jesús nos dice hoy: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’.

lunes, 12 de marzo de 2018

Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir


Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir

Isaías 65,17-21; Sal. 29; Juan 4,43-54

‘Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’.
En la vida continuamente tenemos que estar enfrentándonos a una multitud de problemas. Y no el menor de ellos el dolor y la enfermedad. No solo cuando personalmente nos vemos afectados por alguna enfermedad, por el dolor de algún miembro de nuestro cuerpo del que nos cuesta liberarnos, o cuando nos vemos sometidos a la invalidez y la discusión de algún miembro del cuerpo como consecuencia de un accidente que hayamos sufrido o alguna enfermedad grave que hayamos padecido, sino cuando esto tenemos que sufrirlo en un ser querido que está a nuestro cuidado ya sea por el paso de los años o los sufrimientos de la vida. ¿Cómo nos enfrentamos a ello? ¿Cuál es nuestra manera de reaccionar?
Tenemos el peligro de refugiarnos en la pasividad o como dicen algunos el destino porque esto me tocó a mi y pacientemente lo sufrimos aguantándonos como podamos; aparece en muchas ocasiones la desesperación, la pérdida de la esperanza que nos llena de amargura nuestro corazón y que no solo nos hará sufrir a nosotros sino que hará sufrir mucho más a los que están a nuestro lado. O tratamos de ser positivos en la vida para luchar y buscar por todos los medios la solución de esos problemas encontrando remedio de la forma que sea para nuestro dolor, nuestra enfermedad o nuestras discapacidad.
Siempre buscamos un sentido aunque algunas veces se nos haga tan oscuro que no seamos capaces de encontrarlo. Queremos no perder la esperanza y al mismo tiempo reconociendo la limitación que de alguna manera se nos impone tratamos de encontrar una fuerza, aunque también con humildad seremos capaces de pedir ayuda para lo que no podemos hacer por nosotros mismos. En esa misma debilidad podremos ser capaces de sentirnos fuertes o encontrar la fuerza para mantener el ánimo y darle un valor y sentido a lo que tenemos que vivir.
No es fácil todo esto que estamos diciendo. Aparece muchas veces la depresión y nos sentimos tentados a tirar la toalla. Necesitamos también encontrar a nuestro lado ejemplos que nos estimulen, palabras que nos den ánimos, metas por las que cada día luchar un poco para ir subiendo peldaños en ese camino de la vida que por el sufrimiento se nos puede hacer muy duro.
Allá en lo más profundo de nosotros mismos queremos mantenernos firmes, no perder la esperanza, y encontrar un sentido desde esa fe que tenemos.  Fe, es cierto, en nosotros mismos que somos capaces de levantar vuelo aunque sea difícil, pero también una fe sobrenatural que nos haga mirar a lo alto o a lo mas hondo de nosotros donde podemos encontrarnos con Dios. Tenemos que intentar buscarle y escucharle, sentir su presencia que nos da fuerza, pero al mismo tiempo mirar a su Hijo en la cruz también en medio de sufrimientos como nosotros que lo convirtieron en Redentor.
Hoy hemos visto en el evangelio a un hombre, que además era pagano, era un funcionario real, pero que en el problema de enfermedad que tiene en su casa, ha oído hablar de Jesús y acude a Jesús. Básicamente va pidiendo la curación del enfermo, pero en su encuentro con Jesús encontró algo más, porque su fe se vio fortalecida para confiar en la palabra de Jesús. No bajó Jesús a su casa para curar al enfermo, pero estuvo al lado de aquel hombre que sufría y le hizo creer y no perder la esperanza iluminando su vida a un sentido nuevo y a un valor nuevo. Su hijo se vería curado, pero quien realmente se curó fue él y toda su familia porque comenzaron a creer y confiar plenamente en Jesús.
¿No será algo así lo que nosotros necesitemos cuando nos veamos enfrentados al dolor, al sufrimiento, a la enfermedad o a la discapacidad de nuestros miembros? Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir.




lunes, 5 de febrero de 2018

La fe y la esperanza no solo eran la confianza de tener unos cuerpos sanos, sino el sentido de una nueva vida que vislumbraban en Jesús

La fe y la esperanza no solo eran la confianza de tener unos cuerpos sanos, sino el sentido de una nueva vida que vislumbraban en Jesús

1Reyes 8,1-7.9-13; Sal. 131; Marcos 6, 53-56

Muchas veces queremos guardar en nuestra intimidad aquellos sufrimientos que podamos tener. Aquellas imposibilidades o debilidades que tengamos porque quizá creemos que eso es algo muy íntimo y personal y no tenemos por qué darlo a conocer a quienes nos rodean. Muchos secretos se guardan tras los muros de una casa o también tras la fachada de serenidad que queremos mostrar en la vida. Nadie tiene que conocer nuestros sufrimientos o necesidades pensamos y así quizá no dejamos que alguien pueda ofrecernos una palabra o un gesto de consuelo. Nos lo guardamos en nuestro interior.
Es la respuesta que muchas veces damos cuando nos preguntamos cómo estamos o se interesan tal vez por un enfermo que tengamos en nuestra casa; estoy bien decimos, está mejor respondemos al interés que alguien pudiera mostrar por lo nuestro. Nos creamos un mundo de distancias y de aislamiento que nada nos ayuda. Nos situamos en el centro de una espiral que impide que los demás puedan llegar hasta nosotros siendo para nosotros un incomprensible circulo cerrado en el que no dejamos entrar a nadie ni nosotros queremos salir haciendo mas insoportable nuestro sufrimiento.
Es necesario que seamos capaces de atisbar por donde nos pueda entrar un rayo de luz o que alguien nos ayude a abrir una brecha por la que seamos capaces de salirnos o dejar entrar a los otros para ayudarnos a mitigar nuestro dolor o a encontrarle un sentido. Pero tenemos que dejarnos ayudar, abrir los oídos y los ojos de nuestro espíritu. Es el rayo de luz y de esperanza que necesitamos que ilumine nuestras vidas y nos ayude a ponernos en orden de verdad dentro de nosotros mismos. Quizá ese rayo de luz está cerca de nosotros pero estamos tan encerrados que no seremos capaces de verlo.
La llegada de Jesús por aquellos caminos y pueblos de Galilea fue ese rayo de luz que despertó las esperanzas en tantos llenos de sufrimientos. Habían vivido soportando estoicamente su dolor, pero ahora descubrían que se abría una puerta para sus vidas. Por eso corrían detrás de Jesús, al menos querían que la sombra de su manto se posara sobre ellos porque sabían que así sus vidas se podían llenar de luz. Todos querían sentir la mano de Jesús en sus vidas, o al menos tocarle la orla de su manto porque sabían que así sus corazones se podrían sanar.
Es lo que nos describe el evangelista. No eran solo sus cuerpos atormentados por el sufrimiento de su enfermedad o de sus limitaciones lo que llevaban hasta Jesús sino que eran sus vidas rotas deseando encontrar un sentido y una salvación. No nos podemos quedar en el milagro de unos cuerpos sanados de sus enfermedades o sus discapacidades, sino que hemos de descubrir la salud total que Jesús nos ofrece, por eso Jesús siempre pedía que se dejaran transformar el corazón. La fe y la esperanza no solo eran la confianza de unos cuerpos sanos, sino el sentido de una nueva vida que vislumbraban en Jesús.
¿Cómo vamos nosotros hasta Jesús? ¿Cuáles son los sufrimientos que llevamos y que nos atormentan en el corazón? ¿Por qué nos aislamos, nos encerramos en nosotros mismos queriendo muchas veces construir nuestra vida por nuestra cuenta y sin contar con los demás? ¿Cuál es el resquicio que hemos de dejar abrir en nuestra alma para que entre en nosotros esa luz nueva que nos hará vivir de una manera distinta? ¿Seguimos pensando que hemos de seguir guardándonos todo para nosotros mismos y que por nosotros solos podemos sanar nuestra vida?

lunes, 11 de septiembre de 2017

El tiempo de nuestro descanso podría ser el momento para a ir a encontrarnos con esa persona que vive en soledad, quizás por sus años, quizá por sus enfermedades u otras circunstancias de la vida

El tiempo de nuestro descanso podría ser el momento para a ir a encontrarnos con esa persona que vive en soledad, quizás por sus años, quizá por sus enfermedades u otras circunstancias de la vida

Colosenses, 1,24-2,3; Sal 61; Lucas 6,6-11
‘¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ Es la pregunta que les hace Jesús ante la resistencia y los recelos que tenían algunos porque era sábado y Jesús se había atrevido a curar a un enfermo. La ley del descanso sabático pesaba como una loza sobre la conciencia de aquellos tan fieles cumplidores de la ley. Por eso están al acecho de lo que haga Jesús. Curar era considerado como un trabajo y el sábado no se podía hacer ningún trabajo porque en el descanso todo tenía que estar reservado para el Señor. Pero ¿podian llegar las exigencias de la ley del descanso sabático hasta impedir que un hombre que sufría fuera curado? Las incongruencias de los legalismos cuando no hay verdadero espíritu en el corazón.
Pero puede ser una pregunta que nos haga también Jesús a nosotros. Ya sé que eso del descanso del día del Señor nos lo tomamos a nuestra manera. Por supuesto que el descanso es un bien para la persona y todos lo necesitamos. Ese detenernos de lo que son nuestros trabajos habituales sobre todo en referencia a las jornadas laborales donde vamos a recibir un salario para nuestro sustento, son algo importante que valoramos mucho en nuestra sociedad actual.
Necesitamos ese encuentro con los demás, ese convivir más intensamente con aquellos que amamos como son nuestra familia o también nuestros amigos; hemos de saber dedicar un tiempo a los nuestros, como necesitamos un tiempo también para nosotros mismos. Está bien y hasta es necesario sicológicamente ese desconectar de lo que son nuestras tareas habituales, pero quizá también habríamos de buscar un modo de darle el mejor sentido y valor a esa tiempo de nuestra actividad.
Como creyentes y cristianos es también el tiempo que aprovechamos mejor para nuestro culto al Señor; si cada día el cristiano ha de vivir la presencia de Dios en su vida sabiendo invocarle y darle gracias, pidiendo su gracia y su fuerza para las tareas y para la lucha de cada día y también para saber sentir su luz en nosotros que nos ayude, nos ilumine para esos pasos de nuestro diario caminar, en el tiempo del descanso podemos tener la oportunidad de un tiempo mas intenso de encuentro con el Señor, para escucharle, para sentir como camina junto a nosotros alimentando nuestra vida.
Es lo que hacemos los cristianos con la participación en la Eucaristía dominical, pero también cuando sabemos encontrar esos momentos de interioridad para saborear más pausadamente la palabra del Señor. No es solo un rito o una imposición de una norma, sino necesidad espiritual de nuestra vida. Solo así podremos levantar mejor nuestro espíritu sabiendo mirar a lo alto y teniendo fuerza para trazarnos también metas altas en nuestra vida.
Pero creo que podría ser también el tiempo para el vivir con más intensidad el compromiso de nuestro amor. Recojamos la pregunta de Jesús que recordábamos al principio. ‘¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ puede ser y tiene que ser el tiempo de dar vida, de compartir nuestro tiempo y nuestra persona en al amor a los demás. Son tantas las tareas que podemos hacer en este sentido. ¿No podría ser el momento para a ir a encontrarnos con esa persona que vive en soledad, quizás por sus años, quizá por sus enfermedades u otras circunstancias de la vida? Ahí queda el planteamiento y miremos qué hacemos o qué podemos hacer en este sentido que seguro que tenemos muchas posibilidades.

sábado, 7 de enero de 2017

Vayamos al Evangelio, vayamos a Jesús, sintamos su presencia salvadora, dejémonos iluminar por su luz, nunca nos sentiremos en oscuridad

Vayamos al Evangelio, vayamos a Jesús, sintamos su presencia salvadora, dejémonos iluminar por su luz, nunca nos sentiremos en oscuridad

1Juan 3,22–4,6; Sal 2; Mateo 4,12-17.23-25
A nadie le gusta la oscuridad; se nos hace difícil el caminar, los tropiezos y las dificultades de la vida nos parecen de mayor amplitud, el camino se hace más costoso y los peligros se nos hacen mayores. Que alegría se siente si vamos por un camino oscuro sin encontrar algo que nos oriente el que en algún punto aparezca una luz; es el faro que en la noche en las tinieblas del mar orienta a los navegantes alertándole de los peligros de la costa y orientándoles hacia donde encontrar refugio seguro en medio de la tormenta.
Hoy nos dice el evangelista, recordando lo que ya habían anunciado los profetas, que ‘el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, a los que habitaban en tierras de sombras de muerte una luz les brilló’. Está haciendo referencia el evangelista a aquel momento en que Jesús comenzó a predicar por las tierras de Galilea. ‘Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neptalí… Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’.
Fue el impacto que produjo la presencia de Jesús con su predicación y sus obras. Era el faro de luz que abría los corazones a la esperanza. Era la vida nueva que comenzaba porque comenzaba a hacerse presente el Reino de Dios. Es todo lo que significa Jesús y su salvación para todos los hombres. Si ayer en la epifanía contemplábamos la estrella que brillaba en lo alto iluminando el camino de aquellos Magos de Oriente que llegaron hasta Jesús en Belén, hoy vemos brillar esa luz de Cristo en medio del pueblo de Israel.
Es lo que tenemos que sentir nosotros desde nuestra fe en Jesús.  No nos podemos sentir nunca en la oscuridad y en la desesperanza. Duros, oscuros, con mil dificultades pueden ser los caminos de la vida pero siempre nosotros tenemos la luz de la fe, tenemos a Jesús con nosotros. Tenemos que escuchar hondamente el evangelio de Jesús en nuestro corazón y sentir su presencia salvadora.
Proclamaba Jesús el Evangelio del Reino y curaba todas las enfermedades y dolencias. Hemos dejado meter muchas dolencias en nuestro corazón y en nuestra vida, en ocasiones nos llenamos de oscuridad, de tristeza, de cansancios y desánimos porque nos puede parecer que nos sentimos solos o desorientados. Vayamos al Evangelio, vayamos a Jesús, sintamos su presencia salvadora, dejémonos iluminar por su luz. Nunca nos sentiremos en oscuridad si estamos con Jesús. 

miércoles, 8 de julio de 2015

La misión de los discípulos de Jesús es la misión de la Iglesia de todos los tiempos, es nuestra misión: Hacer el anuncio de la Buena Noticia

La misión de los discípulos de Jesús es la misión de la Iglesia de todos los tiempos, es nuestra misión: Hacer el anuncio de la Buena Noticia

Génesis 41,55-57;42,5-7.17-24ª; Sal 32; Mateo 10,1-7
‘Jesús, llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’. Y a continuación el evangelista nos da el nombre de los doce a los que ha llamado y constituido apóstoles. ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’.
Es la misión de los discípulos de Jesús; es la misión de la Iglesia de todos los tiempos; es nuestra misión. Hacer el anuncio de la Buena Noticia; y la Buena Noticia es que llega el Reino de Dios; y en ese Reino de Dios no hay lugar para el mal. Por eso Jesús les da autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Pero quizá nos quedamos en las palabras y no es algo que llevamos a la vida, al anuncio que hemos de hacer con nuestras obras.
Hablamos quizá de espíritus inmundos y pensamos en diablos que están lejos de nuestra realidad; hablamos de curar dolencias y enfermedades y nos quedamos en solo las enfermedades de nuestro cuerpo. Pero creo que tendríamos que ahondar mucho más en ello para que de verdad hagamos algo muy práctico y real. Y entonces tenemos pensar en ese mal que se nos mete en el corazón cuando lo encerramos en nuestros egoísmos y orgullos, cuando nos dejamos arrastrar por nuestras violencias y por las vanidades de la vida, en esos resentimientos y rencores que no terminamos de curar, en esas ambiciones que nos ciegan y nos hacen correr detrás del poder llamese dinero o influencia, llámese dominio y manipulación de los que nos rodean o imposiciones que hacemos sobre los demás.
Son las cosas que tenemos que curar; son los espíritus malos que tenemos que expulsar; es la transformación que tenemos que ir haciendo de nuestro mundo para que en verdad pueda ser ese Reino de Dios.
Como he leído en un comentario a este texto del evangelio: ‘Hay que abrir los corazones al mensaje de Jesús, al Dios Padre que quiere cambiar las condiciones de este mundo: borrar la enfermedad, las dolencias, los corazones impuros… demostrar como Jesús que el Reino ha venido para asentarse entre los pecadores, los pobres, los marginados, los que están abiertos a la palabra de Dios y esperan y confían en su gran misericordia’.
Creo que este evangelio nos tiene que interpelar profundamente para preguntarnos seriamente si vivimos ese Reino de Dios en nosotros y cómo estamos haciendo presente ese Reino de Dios en nuestro mundo. Porque aquel mandato de Jesús que escuchamos en el Evangelio son palabras de Jesús que tenemos que seguir escuchando hoy. Somos nosotros los que ahora, en este momento concreto, en este mundo concreto, con nuestras nuevas actitudes empapadas del sentido del Evangelio, los que tenemos que hacer ese anuncio del Reino de Dios.
¿Lo estaremos haciendo de verdad? Los que nos ven, ¿notarán en nosotros que creemos en Jesús y en el Reino que Jesús nos proclama y que lo vivimos? Porque nos llamamos cristianos y nos creemos buenos pero quizá no mostramos, por ejemplo, ninguna preocupación por los que a nuestro lado se sienten solos. En muchas cosas concretas tendría que notarse ese Reino de Dios en nosotros.

martes, 13 de enero de 2015

Para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación

Para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación


Cuando en la vida nos aparece el sufrimiento, ya sea por la enfermedad que daña nuestro cuerpo, por las limitaciones que nos vayan apareciendo en la vida a causa de nuestras debilidades o también por el paso de los años, ya sea por las injurias que podamos recibir de los demás o por los problemas que nos afectan y nos agobian, nos cuesta aceptarlo, nos rebelamos en ocasiones o surgen muchas preguntas en nuestro interior sobre el sentido de todo lo que nos está pasando, poniendo en peligro en ocasiones incluso hasta nuestra fe. A nadie la gusta el sufrimiento que muchas veces se puede convertir en una prueba muy dolorosa también en un sentido espiritual.
El creyente que sigue a Cristo en El busca y quiere encontrar respuestas. Le miramos a El, el justo y el inocente, que al asumir nuestra naturaleza humana haciéndose hombre como nosotros lo veremos también envuelto en dolores y sufrimientos. Contemplamos el acoso que sufrió de parte de quienes no le entendían ni le aceptaban, pero sobre todo le contemplamos en su pasión y en su cruz. Fue su Pascua que para nosotros fue vida y salvación. Fue su Pascua que fue su entrega de amor en la ofrenda que de sí mismo había hecho desde su entrada en el mundo, ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’.
Es por ese camino donde tenemos que encontrar esa respuesta que buscamos,  ese sentido y ese valor que hemos de aprender a darle a nuestros sufrimientos. No es fácil; como decíamos antes, a nadie le gusta el sufrimiento. Pero nuestra vida encuentra sentido desde el amor.  Y primero que nada miramos el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús; que se nos manifiesta en Jesús en su entrega suprema de amor que fue su pascua, que fue su pasión y su muerte que culminó en la resurrección.
De eso nos ha hablado hoy la carta a los Hebreos que estamos escuchando en la primera lectura de la liturgia. ‘Al que Dios había hecho poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y su muerte’. Fijémonos en lo que nos dice ‘coronado de gloria y honor por su pasión y su muerte’. No fue ignominia, sino camino de gloria y honor. ‘Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación’. Gracia redentora para todos los hombres fue el sufrimiento de Cristo en su Pascua. Ofrenda de amor para nuestra salvación.
¿Encontraremos ahí un sentido y un valor para nuestros sufrimientos? ¿Encontraremos en Cristo esa respuesta que necesitamos y que ilumine nuestra vida ensombrecida por el sufrimiento? Cuestión de amor, cuestión de ofrenda de nuestra vida para darle ese valor también redentor y de gracia. Es pascua, decimos, porque ahí y así pasa Dios por nuestra vida, aunque nos cueste verle o que en ocasiones sea duro. Cuando encontramos ese sentido se convierte también para nosotros en una purificación de nuestra vida, y a la larga de una consagración de nuestra vida. Será manifestación de la gloria y el honor del Señor en nuestra vida. Será cauce de salvación y de gracia también para los demás.
¿Aprenderemos a hacerlo? ¿Sabremos decirle sí al Señor? Sabemos que no nos faltará nunca su gracia que nos fortalece y su luz que nos ayuda ver el camino. Que todo sea siempre para la gloria de Dios. La pascua siempre termina en vida, en luz, en resurrección. Que podamos alcanzarla.